El Boletín trimestral de Tusquets Editores da cuenta de novedades interesantes. Una nueva novela de Aramburu (de su serie vasca, con el asesinato de Miguel Ángel Blanco al fondo), otra de Landero (con personajes aislados por culpa de la tormenta Filomena). Ésta sale a la venta el mismo día (el 4 de febrero) que estará en las librerías "Territorio", mi poesía reunida. Un día, sí, de lo más extremeño para ese sello en el que ambos tenemos la suerte de publicar.
31.12.25
25.12.25
La belleza y el dolor
La editorial Visor, en edición de Isabel Gemio y Jesús García Sánchez, publica esta antología con el fin de recaudar fondos para la Fundación Isabel Gemio.
Este es el índice de poetas: Rocío Acebal Doval, Verónica Aranda, Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Guillermo Carnero, Yolanda Castaño, José Cercas, Antonio Colinas, Isla Correyero, Luis Alberto de Cuenca, Inma Chacón, Diego Doncel. Ignacio Elguero, Vicente Gallego, Dionisia García, Pablo García Casado, Luis García Montero, Juan Antonio González Iglesias, loana Gruia, Almudena Guzmán, Karmelo Iribarren,, Clara Janés, Raquel Lanseros, Antonio Lucas, Aurora Luque, Chantal Maillard, Carlos Marzal, Ana Merino, Juan Carlos Mestre, Ángeles Mora, Emilia Oliva García, Carmen Palomo,, Isabel Pérez Montalbán, Cristina Peri Rossi, Juan Vicente Piqueras, Benjamín Prado, Antonio Praena, José Luis Rey, Alejandro Roemmers, Ana Rossetti, Joaquín Sabina, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Marta Sanz, Elvira Sastre, Jaime Siles, Kirmen Uribe, Julieta Valero, Álvaro Valverde, Fernando Valverde, Javier Velaza, Manuel Vilas y Luis Antonio de Villena.
Me han nacido en Cáceres, por cierto. Extremeños cuento ocho.
Este es mi poema, inédito hasta ahora. Feliz Navidad.
CONVERSACIONES
Que una caída
―tú que has sufrido tantas, los tobillos―
te obligara a dejar la vida amable
―en tu casa, a tus cosas―
que llevabas hasta que la cadera
se cruzó en tu camino fracturándose.
Ahora, aquí, en este escueto cuarto
―una cama, un armario, un sillón, una mesa―
intentas, poco a poco, acomodarte
a esta situación sobrevenida.
Y no sin desconcierto, lo sabemos.
Aquí y ahora
vengo a acompañarte en tu desdicha.
Para mitigar el dolor, las circunstancias
que adversas sustituyen
a aquellas más felices que se fueron.
Por eso conversamos.
Sentados en esta habitación
o en medio del paseo,
en la sala común o en el pasillo,
hablamos del presente y del pasado,
muchos menos, sin duda, del futuro.
Y eso nos hace bien.
Consuela, cura.
Tu memoria está intacta.
Facilita adentrarse en todo lo vivido
para rememorarlo con sosiego.
Hemos hecho del mal un aliado.
Nos salva dialogar sobre los vivos.
También sobre los muertos.
De lo que fue y aún sigue con nosotros
a pesar de los años transcurridos.
Estás a cinco de cumplir un siglo.
Las palabras dan fe de que no en vano.
te obligara a dejar la vida amable
―en tu casa, a tus cosas―
que llevabas hasta que la cadera
se cruzó en tu camino fracturándose.
Ahora, aquí, en este escueto cuarto
―una cama, un armario, un sillón, una mesa―
intentas, poco a poco, acomodarte
a esta situación sobrevenida.
Y no sin desconcierto, lo sabemos.
Aquí y ahora
vengo a acompañarte en tu desdicha.
Para mitigar el dolor, las circunstancias
que adversas sustituyen
a aquellas más felices que se fueron.
Por eso conversamos.
Sentados en esta habitación
o en medio del paseo,
en la sala común o en el pasillo,
hablamos del presente y del pasado,
muchos menos, sin duda, del futuro.
Y eso nos hace bien.
Consuela, cura.
Tu memoria está intacta.
Facilita adentrarse en todo lo vivido
para rememorarlo con sosiego.
Hemos hecho del mal un aliado.
Nos salva dialogar sobre los vivos.
También sobre los muertos.
De lo que fue y aún sigue con nosotros
a pesar de los años transcurridos.
Estás a cinco de cumplir un siglo.
Las palabras dan fe de que no en vano.
12.12.25
El beso de Bossu
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El 5 de octubre de 1979 uno tenía veinte años. Ese día el
fotógrafo Régis Bossu, de la agencia francesa Sygma, tiró una de las imágenes
más icónicas del siglo XX. Fue portada de Paris Match y ha pasado a la
historia como Besos desde Berlín. En ella se ve a los líderes de la
URSS, Leónidas Brezhnev, y de la República Democrática Alemana, Erich
Honecker, dándose un beso en la boca. Fue en un encuentro entre ambos
mandatarios comunistas celebrado con motivo del trigésimo aniversario de aquella
república.
Aunque parezca lo contrario, en ese beso no hubo pasión. Leo en La Vanguardia que ya era bien conocido «“el triple Brézhnev”: un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha y finalmente en los labios». Y el chiste: “Como político es basura... pero qué bien besa”.
La Wikipedia nos informa de que «el beso fraternal socialista era una forma especial de saludo» entre ellos. Se atribuye su origen al tradicional de los cristianos ortodoxos que los bolcheviques decidieron personalizar. En 1937 Stalin «plantó sus frondosos bigotes sobre la boca de Ivan Spirin, un héroe de la expedición polar» y en 1959, en Pekín, Mao Zedong le hizo una cobra a Jrushchov y el pretendido abrazo quedó en un apretón de manos. Y hasta ahora. Nada de besos.
Ni la agencia ni los camaradas ni sus respectivos países existen. Más famosa aún que la foto, el mural que la reproduce en el extinto muro de Berlín junto a la frase «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal»; del ruso, cómo no, Dimitri Vrubel.
Aunque parezca lo contrario, en ese beso no hubo pasión. Leo en La Vanguardia que ya era bien conocido «“el triple Brézhnev”: un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha y finalmente en los labios». Y el chiste: “Como político es basura... pero qué bien besa”.
La Wikipedia nos informa de que «el beso fraternal socialista era una forma especial de saludo» entre ellos. Se atribuye su origen al tradicional de los cristianos ortodoxos que los bolcheviques decidieron personalizar. En 1937 Stalin «plantó sus frondosos bigotes sobre la boca de Ivan Spirin, un héroe de la expedición polar» y en 1959, en Pekín, Mao Zedong le hizo una cobra a Jrushchov y el pretendido abrazo quedó en un apretón de manos. Y hasta ahora. Nada de besos.
Ni la agencia ni los camaradas ni sus respectivos países existen. Más famosa aún que la foto, el mural que la reproduce en el extinto muro de Berlín junto a la frase «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal»; del ruso, cómo no, Dimitri Vrubel.
Nota: Este texto se ha publicado en el número 280 que la excelente revista malagueña Litoral ha dedicado al beso. De lujo.
10.12.25
Preguntas y respuestas
La periodista Jessica Mouzo (El País) pregunta a la neurocientífica Liset Menéndez de la Prida, directora del Laboratorio de Circuitos Neuronales del madrileño Instituto Cajal: "¿La memoria nunca es realmente fiel a los hechos que experimentaste?", y ésta responde: "Exacto. La manipulas. La memoria tiene una parte composicional porque es una composición de secuencias de actividades neuronales. Y como esas mismas neuronas quedaron activadas en otras secuencias, en otra experiencia, cuando tú las evocas, es muy fácil que arrastren las activaciones de otras secuencias. La memoria siempre es lábil, editable. El ser humano no quiere engañarse, no hay una intencionalidad en ello, pero en función de la emocionalidad de las cosas, te pasa".
El periodista Jaime Rubio Hancock (El País) pregunta al psicobiólogo extremeño Ignacio Morgado (de San Vicente de Alcántara): "¿Por qué es tan importante la lectura?", y éste responde: "Porque proporciona experiencias que nunca podríamos vivir por nosotros mismos. Lo que una persona puede experimentar por sí misma es limitado, pero cuando nos sumergimos en un buen libro estamos viviendo no solo nuestra vida, sino la de otras personas: sus experiencias, sus fracasos, sus éxitos, sus motivaciones… Igual que las buenas series o los buenos podcasts".
NOTA. Las fotografías son, en orden de aparición, de César Hernández y Editorial Ariel.
7.12.25
La patria de la poesía
Hace un año reseñábamos aquí el primer tomo de la poesía
completa de Eduardo Chirinos (Lima, Perú, 1960-Missoula, EE.UU., 2016). En
homenaje a los Beatles, tituló los tres cuadernos que la componen con un
color: rojo, azul y blanco. Éste, Cuaderno azul, incluye
poemas publicados entre 2000 y 2010, de sus libros: Abecedario del agua,
Breve historia de la música, Escrito en Missoula, No tengo
ruiseñores en el dedo, Humo de incendios lejanos, Catorce formas de
melancolía y Mientras el lobo está.
En su prólogo (“Hacia el norte”), Álvaro Salvador demuestra
que conoce muy bien la poesía de Chirinos. Es cercano (fueron amigos) y didáctico.
Tras destacar, entre otros rasgos, el “eclecticismo formal”, su “lucidez
humilde y muy humana”, la capacidad del peruano por abordar “todos los
registros”, el “coloquialismo lleno de ternura e ironía estructurado en formas
realistas” (sin olvidar su oralidad, “la libertad neovanguardista” y el culturalismo)
y de dedicar algunas páginas a la presencia capital de los animales en su obra
(“metáforas culturales” para el autor), analiza el conjunto libro a libro.
Ya indicamos que El equilibrista de Bayard Street “anuncia
con claridad el Cuaderno azul”, por más que Chirinos lo incluyera
aún en el rojo. Por lo mismo, Abecedario del agua ―escrito en
prosa poética, colmado de lugares y de infancia― podría haber formado parte de
aquél. Cuestión de tono. A partir de Breve historia de la música “la
inflexión” en su trayectoria es evidente. Aunque “verbal”, la música de estos
poemas, inspirados en piezas populares y clásicas, se acerca al “estado de
pureza” que la caracteriza, con los que quiso “ofrecer un entramado de
historias que la música nos cuenta a aquellos que siempre la queremos
escuchar”.
Cuenta que Escrito en Missoula es fruto de un viaje
en coche y en pareja, “hacia el norte por el noroeste”, “en pos del espacio donde
habríamos de instalar nuestra casa”. De ahí que Salvador aluda perspicazmente a
“la fundación de un espacio poético”. Tan real como literario, matizo. La
alianza entre lo autobiográfico y lo metapoético es una constante en esta
poesía. Leemos: “Aquí he perdido y recuperado para siempre a mi padre”, al que
dedica la sección “El regalo”. Es un libro escrito en apasionada “plenitud”.
Donde vuelve a caer, confiesa, “en las redes de mi propia infancia”.
Con No tengo ruiseñores en el dedo, cambia de
registro. Salvador subraya su lucha por “descifrar lo «efable»”, no eso
inefable que habría “detrás de las palabras”. Las iluminaciones de esta entrega
así lo justifican: “El tiempo / incendia, el tiempo desvanece. / Y el poema
dice su verdad”.
Humo de incendios lejanos es un ambicioso, sorprendente
libro que parece escrito en estado de trance. Sin signos de puntuación ni
mayúsculas, entre el verso y el versículo, fluye como sólo la poesía automática
podría hacerlo, lo que no quiere decir que Chirinos la practicara. Es, ante
todo, la obra de un lector.
Asombra también la delicadeza de Catorce formas de
melancolía, d'après Boissier, donde vuelve a logradas formas breves
y epigramáticas.
El volumen se cierra por todo lo alto. Con el emocionante Mientras
el lobo está. Chirinos en estado puro. La nieve y el frío, la diabetes y
Carole Bouquet, Lennon, Cardenal y Heaney. “Me gusta la serenidad de Auden”.
“El dolor es la materia de la que están / hechos los poemas”. Que hablan de
“cosas / más bien simples”. Contra lo sublime, que “se hunde siempre en lo
ridículo”.
Chirinos es “el poeta hispanoamericano más brillante y
reconocido de su generación”, según Salvador. Sus lectores “construimos con su
recuerdo una patria, la patria de la poesía”.
| Eduardo Chirinos Edición al cuidado de Jannine Montauban. Prólogo de Álvaro Salvador Pre-Textos, Valencia, 2025. 384 páginas. 27, 00 €NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL. |
29.11.25
En el Parador de Mérida
El director del diario Hoy, el placentino Pepo Orantos, me llamó aquí atrás para invitarme a participar en el foro 'Constitución y Estatuto de Autonomía', organizado por el periódico que dirige y la Junta de Extremadura. En representación de ésta, acudió la consejera de Hacienda y Administración Pública de la Junta de Extremadura, Elena Manzano, portavoz del gobierno autonómico. Por lo visto y escuchado, imaginaba que esta profesora de Derecho era una política apasionada, lo que demostró en su breve discurso en defensa de la Constitución, de la que estamos, ay, más necesitados que nunca.
El moderador del acto fue el profesor de Derecho Constitucional y vicedecano de la Facultad de Derecho, Gabriel Moreno, y se sentó uno en esa figurada mesa redonda junto al profesor Manuel Pecellín y los novelistas históricos Elena Álvarez y Jesús Sánchez Adalid.
Según costumbre, llevé escritas mis escuetas reflexiones sobre lo que el profesor Moreno nos propuso de antemano. Estas son. Precisaré que la segunda no la leí tal cual, sino que hice un resumen para ganar tiempo. Por cierto, quien lea lo que sigue podrá poner en contexto esa frase que destaca la periodista acerca de las obras que se crearon durante la Dictadura. Si eso es lo más destacable que uno dijo, apaga y vámonos.
1
-Tras casi cincuenta años de andadura democrática y
constitucional, ¿cómo valoran los avances que se han producido en España y en
Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?
Ángel Luis Prieto de Paula subtituló su antología Las
moradas del verbo «Poetas españoles de la Democracia». A esa generación
pertenezco y me honra muchísimo ese rótulo. Fuimos los primeros en publicar sus
libros en un régimen democrático después de décadas de dictadura. Ahora, «tras
casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional», ejemplar
Transición mediante, se nos pregunta cómo valoramos «los avances que se han
producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas
y carencias?». En cinco minutos…
Hay que partir de una base o premisa general: la de la
libertad, consagrada por la Constitución desde el mismo Preámbulo; en el caso
que nos ocupa ―el de la cultura―, la libertad de expresión. El derecho “a la
producción y creación literaria, artística, científica y técnica», como reza el
artículo 20, apartado b de esa ley fundamental del Estado.
Desaparecida la censura (aunque, como matiza Andrés
Trapiello, refiriéndose a la actualidad y al controvertido fenómeno woke,
«cuando hablamos de censura, hablamos de modos sutiles de cancelación, de
apartamiento»), desaparecida la censura, decía ―la franquista al menos―, el
escritor o el artista ya no tiene excusas ni puertas al campo para no pergeñar lo
que se le antoje y pueda, de la obra maestra al bodrio perfecto.
Yendo a lo general de nuevo, los avances son
incuestionables, si bien no progresivos ni necesariamente a mejor a lo largo de
todos estos años. Ha habido épocas mejores y peores. Fueron extraordinarios los
años 80 y 90, pongo por caso, y no creo que sean precisamente ejemplares los
últimos, con un proceso de apresuramiento y banalización justificado en el
«todo vale» y en el descrédito de la crítica que ha tenido y tiene como mejor
aliado a internet y las redes sociales, la «cultura fan» y el populismo,
con una nueva brecha abierta por la Inteligencia Artificial.
Centrándonos en «lo nuestro», cabe decir otro tanto. Si algo
trajo la Constitución democrática y después el Estatuto de Autonomía fue la normalización,
ese estar por fin en la hora de España (y de Europa y del mundo) abandonando
nuestro atraso secular y la tradicional incuria. A partir del surgimiento
cultural. Y digo «surgimiento» porque, a diferencia de lo que pasaba en el
panorama nacional ―durante la Dictadura se escribieron, pintaron o compusieron
obras dignas de elogio; por estos lares, pocas―, nosotros veníamos directamente
de un erial.
A consecuencia de ese esfuerzo colectivo de artistas y
escritores, hoy podemos presumir de un plantel de autores señeros en todos los
ámbitos artísticos con libros, cuadros o canciones que verifican su importancia
e instituciones que avalan también ese merecido orgullo; baste citar las
Fundaciones Helga de Alvear, Europea de Yuste u Ortega Muñoz o museos como el
MEIAC o el Vostell-Malpartida. Otro tanto cabe decir de la red de bibliotecas
públicas municipales, otro logro digno de mención, si bien no culminado, pues a
la imprescindible construcción de los edificios no le siguió siempre la
contratación de bibliotecarios. Una carencia a la que habría que sumar la de
los bajos índices de lectura, ya que seguimos a la cola de los del país a pesar
de contar con un Plan de Fomento desde hace más de veinte años.
Cabe destacar que, en Extremadura, tanto los «de dentro» (por
fin una generación entera se quedó aquí) como los «de fuera» (la emigración
intelectual, esa constante histórica), han convivido lejos de la polarización
política; así, pongo por caso, el monárquico y conservador Santiago Castelo
trabajó codo con codo con el republicano y comunista Ángel Campos Pámpano sin
que ello supusiera problema alguno. El fin ―la redención cultural de esta
tierra― justificaba esa actitud respetuosa.
Con todo, si hay una institución que represente mejor que
ninguna el espíritu de nuestro Estatuto ―en lo relativo a esta materia―, ésa es
la Editora Regional de Extremadura ―mucho más que un sello público―, eje
central de la política cultural extremeña. Fue, junto al Museo de Arte
Contemporáneo Helga de Alvear y al escritor Luis Landero, uno de los hitos que
señalé a Sergio Vila-Sanjuán, responsable de cultura del diario La
Vanguardia, cuando me pidió los tres más importantes de Extremadura para
ser reseñados en su libro Cultura española en democracia. Una crónica
breve de 50 años (1975-2024), publicado por la editorial Destino.
El catálogo de la Editora, cuarenta años le contemplan, se
adapta a la perfección al Artículo 7 del Estatuto, en concreto a sus puntos
segundo, décimo y decimonoveno. Porque, fomenta «los valores de los extremeños
y el afianzamiento de su identidad a través de la investigación, desarrollo y
difusión de los rasgos sociales, históricos, lingüísticos y culturales de
Extremadura en toda su variedad y extensión, con especial atención al rico
patrimonio de las formas tradicionales de la vida de los pueblos, en un marco
irrenunciable de pleno desarrollo socioeconómico rural». Porque considera «un
objetivo irrenunciable la masiva difusión de la cultura en su sentido más
amplio y un acceso igualitario de los extremeños a la información y a los
bienes y servicios culturales» y vela «por la conservación de los bienes del
patrimonio cultural, histórico y artístico». Porque, en fin, impulsa las «relaciones
con Portugal» y fomenta «las relaciones […] con los pueblos e instituciones de
la comunidad iberoamericana de naciones». A través de los libros, sí. No creo
que haya un instrumento mejor.
2
-La Constitución, en su artículo 44, y el artículo 7 del
Estatuto de Autonomía de Extremadura, establecen que los poderes públicos,
tanto estatales como autonómicos, promoverán e impulsarán la cultura y su
acceso, a los que todos tenemos derecho. Como escritores, ¿cómo valoran la
vigencia de este derecho y qué creen que puede mejorarse, desde las
instituciones y desde las políticas públicas, para potenciar la cultura?
La implicación de la Administración (Junta de Extremadura,
Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, etc.) ha sido sustancial para
conseguir el desarrollo cultural alcanzado. En literatura, ni la Asociación de
Escritores ni la Unión de Bibliófilos, por mencionar sólo a dos entidades,
podrían haber sobrevivido sin subvenciones del erario. Otro tanto cabe decir de
la Real Academia de Extremadura.
Por suerte, esa colaboración entre las instituciones
públicas y la sociedad civil, representada en este caso por escritores y
artistas, no ha sido intrusiva, sino respetuosa, al menos en lo que atañe a mi
experiencia, tanto como autor como en mi eventual condición de gestor. Más natural,
diría, con el largo gobierno de Rodríguez Ibarra (el que puso las bases de los
mejores logros, los propiciados en buena medida por un consejero excepcional:
Paco Muñoz), que con la de Fernández Vara (normal en un hombre con menos
sensibilidad cultural). De la etapa de Monago poco cabe decir, por su grisura.
Instauró los Premios Ceres, tan costosos como efímeros, y poco más. Un afán por
el relumbrón que a veces deslumbra a los políticos, como ha ocurrido en el
reciente caso de la Bienal de Novela Vargas Llosa. Con todo, de la actual
administración, tan efímera, es pronto para opinar, aunque no es poco que la
Editora Regional se haya mantenido muy activa y en buenas manos.: la de su
director, Antonio Girol, y su Jefa de Servicio, alma de esa casa, María José
Hernández.
Ya que se ha mencionado, sin las ayudas al teatro, empezando
por el Festival de Mérida, éste no existiría en la región desde hace tiempo, lo
mismo que los conciertos de música, poco importa si culta (con y sin variación
operística) o popular.
Las becas y las ayudas ―a creadores o a galerías de arte y
editoriales― demuestran que se ha hecho efectiva esa promoción e impulso al
derecho a la cultura, pero también ponen de manifiesto las penurias de la
iniciativa privada, en lo que al arte y la literatura se refiere, prácticamente
inexistentes. De nuestra proverbial pobreza dan fe esas parvedades. Razón de
más para que los poderes públicos promuevan e impulsen la cultura.
La preocupación por la igualdad se traslada al género, sí,
y, además, al medio, siendo el rural tan importante en Extremadura. A «la
equidad social y la cultura», como valor esencial, se refería Felipe González
en el discurso pronunciado en el Palacio Real con motivo de su reciente ingreso
en la Orden del Toisón de Oro.
En lo que concierne a las mejoras, propondría incrementar
los presupuestos de Cultura y no cejar en el empeño de incentivar la creación.
A efectos prácticos, esto es, económicos, ninguna imagen mejor para esta
tierra, tan visitada por su patrimonio monumental y paisajístico, que la que
refleja la cultura viva de hombres y mujeres empeñados en acabar de una vez por
todas con el sambenito de la inveterada catetez.
Y ya que menciono la palabra, una vez desaparecidos los
Extremadura a la Creación, creo que mereceríamos unos premios que, como en el
resto de Comunidades (debemos ser los únicos que no los tienen), honren a los
escritores y artistas. Llámense Premio de las Letras, de las Artes o de la
Crítica. A obras, por supuesto, ya realizadas y con el correspondiente marchamo
de rigor y excelencia.
Sí hay algo, y termino, que me preocupa, en lo que afecta al
apoyo «desde las instituciones y desde las políticas públicas», es lo del estremeñu
o castúo, ese invento lingüístico que algunos, y desde instancias
superiores y ámbitos parlamentarios, empiezan a denominar con una frivolidad
llamativa lengua o idioma.
NOTA: La fotografía es de JM Romero.
15.11.25
Lampedusa y sus lecturas españolas
Ya comenté aquí, al referirme a la correspondencia del autor de El gatopardo y su mujer, que estaba deseando leer este libro: Lampedusa y España. Lo publica, con el cuidado a que acostumbra, Acantilado. El libro es de Gioacchino Lanza Tomasi (Roma, 1934), hijo de Fabrizio Lanza Branciforte di Mazzarino, conde de Assar, y de la aristócrata española María Conchita Ramírez de Villa Urrutia y Camacho, y primo lejano del escritor siciliano, que lo acabó adoptando y al que nombró legatario. En la misma editorial, por cierto, apareció Viaje por Europa (que reseñé en la desaparecida revista Clarín), su correspondencia con otros primos, estos más cercanos: los Piccolo. Lucio, el poeta, quien verdaderamente instiga a Lampedusa, sin querer, a escribir su gran novela, y Casimiro, el artista.
La edición corre a cargo de Alejandro Luque, un especialista en su obra y alguien que conoce muy bien Sicilia, y ha sido revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi. Firma el prólogo Silvano Nigro y traduce la obra otro escritor: Andrés Barba.
Me gusta mucho lo que dice Silvano Nigro acerca de las bibliotecas de los escritores, esa "suerte de autobiografía", como dijo Manguel (del que ahora disfruto gracias a Mientras embalo mi biblioteca, después de dar buena cuenta de Con Borges y a la espera, ya está aquí, de El envés del tapiz).
Lo explica bien la nota editorial: "el príncipe pidió a Lanza (...) que lo ayudara a leer en la lengua de Cervantes los clásicos de la literatura hispánica. Estas páginas, dictadas por Lanza poco antes de morir, albergan no sólo un valiosísimo retrato de la vida que el maestro siciliano llevó en Palermo, sino también el privilegiado relato de formación de un muchacho que fue testigo de una aventura fascinante: el acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas."
En esa aventura de leer, a A Gioacchino Lanza le acompañó Francesco Orlando, al que debemos páginas inolvidables sobre su maestro, como Recuerdo de Lampedusa. Con otra distancia.
El libro, cuenta Luque (también el autor), tiene su origen en Sevilla, del borrador (o "versión reducida") de una conferencia sobre Sicilia pronunciada por aquél en la fundación Tres Culturas y es fruto del "acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas". Un encuentro, cabe matizar, tardío (hablamos de los años cincuenta, entre 1955 y 1956). Para Gioacchino, "el libro de su vida", recalca el epiloguista.
A uno le ha interesado, más que nada, amén de los atinados juicios de valor sobre algunos escritores concretos (Cervantes -al que relaciona con Montaigne-, Lope de Vega, Unamuno, Tirso de Molina, etc.), lo que tiene de biografía de Lampedusa (y ya ahí, su condición de lector, que se nos da a conocer a través de su biblioteca personal y de sus visitas a las librerías palermitanas) y, de paso, de autobiografía de Lanza Tomasi. Al fondo, como cada vez que se habla de la vocación literaria del noble siciliano, los primos Piccolo. Lucio fue uno de los participantes de aquellos diálogos, más que lecciones, y por él conoció Lampedusa a poetas como san Juan de la Cruz, Garcilaso, Quevedo, Góngora, Juan Ramón Jiménez, Guillén...
La nacionalidad española de su madre, Conchita, es capital, como la del padre de ésta: Wenceslao Ramírez, embajador de España, autor, entre otros, de Una embajada en Marruecos en 1882. Su mujer, Anita Camacho trató a Picasso y fue retratada por él.
Muy sabrosos resultan los apuntes sobre el citado Orlando o la Princesa Lampedusa, Licy.
No faltan menciones a Vargas Llosa y Javier Marías y a sus respectivos análisis de El gatopardo.
El Lazarillo, las Soledades, el Quijote o La Celestina suscitan comentarios iluminadores, ya decía, propios de lectores fervorosos e inteligentes. Da cuenta de ellas en los diarios, de los que se rescatan en la edición algunas páginas.
En 1957 compró Lampedusa la obra completa de Lorca, publicada por Aguilar. Anotó: "Ni una palabra sobre su muerte ni sobre su homosexualidad". Lo que más le gustó: Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit. Le decepcionó, por otra parte, Pérez Galdós: "Básicamente, no es más que un pesado".
Como comprobó Lanza Tomasi en Sevilla, uno tampoco conocía el refrán español "A perro viejo no hay tus tus". Lampedusa, que trataba a sus perros como hijos, sí.
Las páginas finales del libro son tal vez las más interesantes. Párrafos como éste: "Éstas y otras muchas cosas tuvieron su origen hace casi setenta años en una ciudad siciliana de provincias, en una ciudad destruida, en el seno de una comunidad traumatizada y aislada de los grandes centros, de los talleres donde se establecen los intereses y las modas de la época. Pero Palermo no era, como España durante su sopor franquista, una casa de muertos. Giuseppe Lampedusa o Lucio Piccolo pertenecían a la categoría de los amateurs, es decir, los diletantes, pero también a la de los sabios apartados; eran el humus de un mundo civilizado. Todas esas pésimas sociedades meridionales tenían, y siempre tendrán, alguna Perséfone que regresa a la tierra y recorre los caminos de la sabiduría".
Sí, como dice Luque, "una aventura fascinante".
Lampedusa y España
Gioacchino Lanza Tomasi
Prólogo de Salvatore Silvano Nigro
Edición y epílogo de Alejandro Luque,
revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi
Traducción de Andrés Barba
Traducción de Andrés Barba
Acantilado, Barcelona, 2025. 112 páginas.
13.11.25
Castelo, periodista

Esto fue lo que dije en la mesa redonda de las primeras Jornada de Estudio Santiago Castelo que tuvo lugar el pasado día 8 de noviembre en la Sala Paraninfo Clara Campoamor de la Diputación de Badajoz.
Lo llevé escrito, una lección aprendida hace mucho de mi maestro Gonzalo Hidalgo Bayal. Por si acaso. Luego vino el debate.
De la crónica del aquella intensa mañana ya se ha ocupado su principal responsable: Carlos García Mera en su muro de Facebook.
Buenos días y gracias por invitarme a participar en este
acto, el primero del que se hace cargo la nueva directiva de la Asociación de
Escritores Extremeños, presidida por la poeta placentina Sandra Benito, justa
heredera de Isabel Pérez, de la saga de los Pérez González, tan cercana a José
Miguel Santiago Castelo.
Fue precisamente aquí, en esta ciudad, donde conocí en
persona a Castelo ―como la mayoría le llamaba y le llama―, en 1982, con motivo
del segundo Congreso de Escritores Extremeños.
El 30 de mayo de 2015, treinta y tres años después, decía en
ABC, al comienzo de mi artículo “Sólo vivir vale la pena”: “Santiago
Castelo (…) fue ante todo poeta. A pesar de su decidida vocación periodística, doy
por supuesto que es lo que él prefería. Por encima de todo. Que era esa
condición la que más le gustaba que le reconocieran sus lectores”. Ahora, diez
años más tarde, me he replanteado esa afirmación. A pesar de que cualquier
escritor que haya publicado libros en distintos géneros, a la hora de elegir cuál
de estos le define mejor, es muy probable que se decante por la poesía si dio a
la imprenta alguno de versos; que, pese a su insignificancia real, si lo
comparamos con la narrativa ―y, ya ahí, con la novela―, no habrá de importarle adornarse
él o que le califiquen otros, como poeta. En el caso de la persona que nos
convoca, dudo ahora qué título se atribuiría a sí mismo por encima de todos los
demás, si el de poeta, como dije hace una década, lo que fue de sobra, o el de
periodista, que también. Me da la impresión, después de tratarlo durante años, que
cuanto menos dudaría. Dijo Julio Bravo: “Su pasión por el periodismo sólo era comparable
a la que sentía por la poesía”. Podríamos dejarlo en tablas. A papá y a mamá.
No me cabe duda, sin embargo, de que su estilo periodístico era
el de un poeta. Eso no puede negarse. Se dice con frecuencia que la mejor prosa
está en manos de quienes escriben poesía. Se aprecia bien en el primer artículo
que publicó en el diario ABC, “Siete espigas bajo el sol”, sobre su
querido pueblo, Granja de Torrehermosa, de 1970, año que entró en esa santa
casa: “en toda la baja Extremadura, sólo tiene derecho a veranear el sol”.
Aunque la impronta de maestros que elogiaron la retórica,
como Pedro de Lorenzo, marcaron su huella, por más que lo lírico en su
vertiente, si se quiere, popular y hasta folclórica aflore por momentos, sobre
todo en su primera época, al final su estilo el propio de quien lee y escribe
poesía, lo que significa que cada palabra cuenta y que, en consecuencia, la que
no suma resta. Y mucho. El don de síntesis, al que se refirió su amigo Pere
Gimferrer en un poema memorable, pesó en él a la hora de fijar un texto y no
sólo por las prescritas limitaciones de espacio, sino por dar a lo escrito la
precisión que la verdadera poesía exige, por poco o nada poético que sea
el asunto que aborde.
Ya que hemos mencionado al ABC, bien está centrar
esta intervención en lo que esa cabecera representó en la vida de Castelo, que
empezó su carrera periodística en Extremadura, su tierra, a la que tanto quiso.
Y lo hago no sin reparo, pues tengo a mi lado a dos personas que conocen esa
faceta del granjeño mejor que yo. Para colmo, uno de ellos es, a la sazón,
director de esa histórica mancheta.
“Porque eras, Niño, el retrato viviente de ABC”,
escribió Antonio Burgos. Y: “Tú eras, Niño, un andante ejemplo […] del estilo
de ABC. Tú, Niño, encarnabas el espíritu liberal y literario de esta
Casa a la que entregaste tu vida y de la que eras símbolo vivo”. Suya es una
anécdota muy graciosa, que pone en boca de El Chupa, viejo telefonista de la
casa: “Señor Castelo, se pasa usted aquí más horas que el retrato de Don
Torcuato”.
[Por cierto, “Niño”
(tal o cual) es como llamaban a los alumnos en prácticas del periódico. Estoy
escuchando todavía su vozarrón inconfundible al otro lado del teléfono. Apenas
descolgabas, oías: “¡Niño!”. A veces le bastaba un “¡Eh!”.]
Juan Manuel de Prada, con el que tuvo una íntima amistad,
afirmó: que “este poetazo descomunal fue también la persona que mejor ha
encarnado el espíritu de ABC”.
De su importancia en ese medio de comunicación dan buena cuenta
estas pocas palabras de Jesús Lillo: “A su manera, fue un pionero de lo que
ahora se conoce como recursos humanos”.
Otro amigo común, Carlos Medrano, alude a su campechanía, “su
cordialidad era irreductible y no se sometía al corsé del estrés periodístico
de las noticias […] ni a la diplomacia de muchas relaciones y gestiones que
Castelo, con su don de gentes, llevó a cabo con enorme elegancia desde sus
cargos de responsabilidad”.
En “Un hombre de lealtades hondas”, su discurso de recepción
del Premio Luca de Tena, declaró: “Mi vida entera se ha desarrollado en esta Casa
de ABC: aquí entré hace treinta y siete años, siendo un muchacho
espigado e inquieto; aquí aprendí todo lo que sé y de aquí no he querido moverme:
ésta es una escuela permanente del mejor periodismo, de la mejor literatura
[conviene resaltar esta condición de periódico literario por lo que dijimos
acerca de su estilo más arriba], donde se aprende a amar la verdad y la
libertad en una perfecta simbiosis de nobleza y liberalidad, de respeto a los demás
y de amor a la obra bien hecha. […] Yo, de niño—como tantos millares de
españoles—, leía ABC en mi casa extremeña con verdadera devoción y
cuando descubrí que quería ser periodista no podía imaginarme en otro sitio
sino en ABC”. “He servido lealmente”, sentencia. Ni siquiera cuando Luis
María Anson dejó la dirección de ABC para fundar La Razón en 1998,
y le propuso que le acompañara. Conviene recalcar el concepto de “fidelidad”; en
su caso, de origen monárquico, como él recordaba. En efecto, uno de los
principios básicos de un defensor de la monarquía (y Castelo, desde joven, se
acercó a Estoril a mostrar su lealtad y rendir su servicio a quien la
representaba, Don Juan, “el Rey padre”, como él lo designaba) es la fidelidad.
Bravo precisa: “Es imposible escribir la historia reciente
de ABC sin darle un lugar destacado a José Miguel Santiago Castelo, ligado
a esta casa desde el año 1970, y donde mantenía su despacho después incluso de
su jubilación; un despacho que fue durante años «lugar de peregrinación» para
decenas de redactores y colaboradores, que encontraban siempre en él refugio,
consejo o, simplemente, un oído atento y comprensivo. Castelo, como se le
conocía en la Redacción de ABC, lo llamaba su «confesionario laico»”. Y sigue:
“Le gustaba decir que, salvo engrasar las linotipias, había hecho de todo en ABC.
[…] Empezó en la sección de Sucesos y pasó por distintas secciones, desde el
desaparecido Huecograbado hasta Opinión y Colaboraciones […]. Entre 1983 y 1988
se desplazó los veranos a Palma de Mallorca para cubrir la información de la
isla, incluida la estancia de la Familia Real, para la sección ‘España en
Vacaciones’ […]. En 1988 fue nombrado subdirector del periódico y en 2010, año
de su jubilación, pasó a presidir el Consejo Asesor Editorial de ABC”.
Como ABC, era, ya se dijo, monárquico. Del
controvertido Juan Carlos I, del ejemplar Felipe VI y, cómo no, de Don Juan. Su
último artículo, de 3 de junio de 2014, se tituló “Una lección de grandeza
histórica” y fue escrito con motivo de la abdicación del rey y en él destaca la
mención a su padre en el discurso. Monárquico, pero, por encima de todo,
liberal. Era su talante.
Mención aparte en su vida periodística merecen, claro está, esos
veranos mallorquines de los ochenta (recaló en el céntrico Hotel Saratoga de Palma, en
el Paseo de Mallorca), donde ejerció como reportero y cronista. Y no sólo. Basta
con recordar su libro de poemas Siurell, y, vuelvo a recalcarlo,
artículos como “La Mallorca que verán los príncipes”, donde habla por extenso
de la isla en su característico estilo lírico.
Sí, a la Familia Real dedicó no pocos de esos artículos estivales.
Da cuenta, pongo por caso, de un Consejo de Ministros del Gobierno de Felipe
González en agosto del 83 presidido por Don Juan Carlos: “El Rey animó al
Gobierno a no caer en el desánimo y el pesimismo”.
Resultan muy curiosas, en estas crónicas de sociedad dignas
del Hola, sus apreciaciones sobre la vestimenta de sus protagonistas.
Pero no sólo a los reyes y su familia (la griega incluida) dedicó
Castelo esos reportajes. Por ellos pasaron también numerosos personajes del
deporte, la política, la cultura, la música, la farándula, etc. Así, los
Príncipes de Gales, los duques de Württémberg, Camilo José Cela, María Teresa
de Gelabert, la viuda de Llorenç Villalonga, a la que conoció y trató en esas
estancias mallorquinas, etc. En un artículo da cuenta del mareo del presidente
González por culpa del viaje de dos horas en helicóptero hasta Mallorca. En
otro analizó el fenómeno del top-less.
Porque había mucho de frívolo en esa vida de cronista al
sol, Castelo se permite en no pocas ocasiones echar mano del humor. Y de la
ironía, tal vez porque ambos sentidos son indivisibles. Nada extraño, por otra
parte, en quienes le conocimos. Sentarse a su lado en cualquier mesa estaba
justificado por su entretenida conversación (hilarante a ratos, inteligente
siempre) y, si hacía calor, por aprovechar las frescas, firmes sacudidas de su inseparable
abanico.
El escritor mallorquín José Carlos Llop (que le dedicó el
delicioso “Las terceritas de Castelo”) pensaba que “tenía un punto
valleinclanesco ―monárquico y sentimental― pasado por la escuela de Manuel
Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor”.
Es imposible hablar de él sin destacar su vinculación a
Extremadura. Solía decir, “me van a reñir de lo mucho que saco en ABC a mi
tierra”. Cualquier motivo ―la publicación de un libro, la concesión de un
premio, una lectura o una conferencia― era excusa bastante para que un escritor
extremeño apareciera allí. A última hora de la tarde recibías una llamada que
te instaba a que compraras el periódico al día siguiente.
Como recuerda Medrano, a los Congresos de Escritores asistía
acompañado de un joven periodista de la redacción de Cultura, con el encargo de
hacer la crónica diaria de lo ocurrido en esas jornadas. Y añade: “en ese liberalismo
que le caracterizaba, siempre tuvo a bien el elogio a lo que aportaba cada uno
por encima de la afinidades políticas, o de cualquier otro tipo, con el que a
veces se filtran las cosas. Como él decía, somos un periódico de derechas y en
el ABC Rodríguez Ibarra ha salido más veces que en El País”.
Sí, esa generosidad era amplia. En cuanto le enviabas un
nuevo libro, se movilizaba y él mismo se hacía cargo de que en ABC Cultural
apareciera la reseña consiguiente. Sé que no ocurría sólo conmigo, aunque me
atenga a mi propia experiencia.
Si bien uno había publicado su primer artículo en ABC
en 1987 y luego algunos más (casi siempre a petición suya: “¡Niño…!, ¡Eh!),
algunos incluso dictados por teléfono (tan viejo soy), supongo que pasé a hacerlo
con asiduidad cuando se encargó de la sección de Colaboraciones. Algunos de
ellos se reunieron en El lector invisible, libro que vio la luz en 2001
con textos escritos entre 1987 y 2000 para “Tribuna Abierta”, salvo uno. Me
ayudó en la selección Julián Rodríguez y publicó el libro, en la Editora
Regional de Extremadura, Fernando Pérez, amigo de Castelo y director de la
misma. En la preciosa colección Ensayo Literario. Se lo dediqué a él, cómo no.
Ya enfermo, batalló con Fernando Rodríguez Lafuente, coordinador
de ABC Cultural, para que me ocupara de la crítica de poesía. Lo
consiguió, aunque su victoria fue efímera. No aguanté los silencios y las
dilaciones de los responsables y renuncié, para su disgusto, al poco tiempo.
El ejemplo ―esa virtud reivindicada para España por Javier
Gomá, ya se ve que en vano― es lo mejor que he recibido de un ser tan desprendido
como Castelo. Sí, era espléndido, su adjetivo predilecto. En todos los
sentidos. Lo aprecié bien en cuantos jurados literarios compartimos, que no
fueron pocos. Siempre mantengo una de sus enseñanza, algo malévola, pero que
define bien su personalidad: la de que no gane nunca un libro por unanimidad.
Que sea por mayoría. Así, explicaba sonriendo, consigues aclarar al autor, que
puede ser amigo o conocido, que tú defendiste su original hasta el último
momento.
Quizá su lección más honda y humana fue cuando el PP de
Floriano montó el escándalo del fotógrafo Montoya, que tanto daño hizo a la
trayectoria política y a la salud de nuestro común amigo Paco Muñoz, con el que
Castelo viajó a La Habana. Me salpicaba el asunto porque el catálogo llevaba el
sello de la Editora, que por entonces uno dirigía. Fueron varias horas de
conversaciones telefónicas. Me iba informando de los movimientos que se iban sucediendo
en Madrid, pues el ministro Acebes se había implicado en el invento. La
tormenta amainó y no hubo nada, salvo una denuncia de Manos Limpias y la
pérdida de las elecciones al Ayuntamiento de Badajoz, de las que era cabeza de
cartel el mencionado Muñoz, lo que ocasionó, por su previa marcha de la
Consejería, un retroceso notable en materia de política cultural.
Las muertes prematuras de los escritores extremeños son una
constante dolorosa pero evidente: Ángel Campos Pámpano, Julián Rodríguez, Fernando
Pérez, Antonio Franco… Tengo ahora la edad que tenía él cuando murió, y eso me impresiona. Leo en una entrevista de 2011: “Usted, que
escribe su obra, como dice Pureza Canelo, a golpe de corazón, defiende las
causas preteridas. Quedan pocos paladines como Castelo”. Y éste responde: “Porque
pienso que el día de mañana yo también seré un escritor preterido al que nunca
faltará algún escritor que me saque del olvido”.
4.11.25
La visión está dentro
¿Es disparatado deducir que la radicalización nacionalista
en Cataluña ha influido en la escasa publicación de libros de poesía escritos en
catalán y traducidos al español o castellano, lengua oficial del Estado? Hace
años, no pasaba. Hay excepciones. El caso de Margarit, por ejemplo. Poco más. Resulta
por eso tan sorprendente como gratificante descubrir Las ocultaciones/Les
ocultacions, de Anna Gual (Barcelona, 1986), su octavo título (vertido con
solvencia por el poeta y editor Joan de la Vega), algunos reconocidos con
premios (éste ganó el Miquel de Palol). Sus versos han sido traducidos a
diversas lenguas y fue artista residente en el Palau barcelonés.
En el primer poema, “La petición”, Gual pide: “Ilumíname /
lo que no veré jamás”. A esa indagación dedica el libro entero, entendido como una
unidad de sentido gobernada por la idea central de buscar lo que se esconde u
oculta, lo que es misterioso (como ese ser no nato, su “ocultación predilecta”),
secreto u oscuro, sin que por ello su poesía sea hermética o mística. Declárase
“Adicta a la claridad / de las cosas más oscuras”. Aboga por “lo real”
(“realidades, no humo”, dijo Vinyoli) y usa un lenguaje diáfano y sobrio, donde
cada palabra está colocada en su lugar, como cada fragmento de roca en una
pared de piedra seca.
Su labor es de revelación o desvelamiento. Siempre pendiente
de la genealogía. El tono, meditativo (léase “La bengala”). Una línea medular se
ocupa de la reflexión sobre la poesía, que escribe “para amparar a alguien”,
“para abrigaros”. Ahí, poemas como “La policefalia”, “La lechuza”, “La
hiperconciencia”, “La nebulosa”, “La musa”… “Escribo sin escribir”, sostiene.
Habla de “Lo absurdo de escribir” y de que “Escribo para pertenecer a los
otros”. Su “animal preferido” es la “Poesía”. “Refugio” y “condena”. “Yo soy el
esqueleto del poema”, concluye.
Anna Gual
Edición bilingüe. Traducción de Joan de la Vega
Vaso Roto, Madrid, 2025. 152 páginas. 19 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.
2.11.25
Junto al Mar del Norte
De los cinco libros publicados por Sanmartín (Zaragoza,
1959) en lo que va de década, cuatro son de poesía: Ir la Norte, Evitar
la niebla, Archivo fotográfico y Costa Oeste. Poemas
de Göteborg. Antes dio a la imprenta otros siete, casi tantos como suman
los de su faceta narrativa. Bueno, más allá de lo didáctico, tal bicefalia no
existe. Quiero decir que Sanmartín escribe y punto. Su tono es siempre el
mismo, igual que su voz. Por eso en esta nueva entrega, como en todas, prima lo
poético, sí, aunque estos versos no quieran parecerlo. No hacen ostentación de
su lirismo y se muestran con la naturalidad propia de quien recela de la
palabra estilo.
Sanmartín nos explica en una nota que pasó el verano de 2023
en la ciudad sueca de Gotemburgo gracias a una residencia artística. Fue a
escribir un libro de viajes y se trajo, además, estos veinticinco poemas (sin
título, con la única puntación del punto final) que son también un diario de viaje.
Si bien la escritura es “lo desconocido” (cita a Duras), a
veces se convierte en un “autorretrato”. Y mucho de ello hay aquí, donde se
vislumbra el verdadero rostro del autor. “Desconozco la ficción / soy”. “¿Un
poema debe imitar nuestra vida?”, se pregunta con Glück. Anota lo que ve al
tiempo que se asoma al que fue y mira la memoria. Convalida sus recuerdos: es. “El
olvido es absurdo”, afirma.
“Lo que queda es la búsqueda. / El hallazgo pasa” (cita ahora
a Chivite), de ahí que se centre en los detalles. En los que encuentra en su
deambular ―mediante ferris, trenes o coches― por faros, islas, restaurantes o
museos. “No me gusta la realidad”, matiza. Estamos ante un “superviviente / que
se habla a sí mismo”; esto es, a todos.
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2025. 50 páginas. 15 €
NOTA: Esta reseña se ha publicada en EL CULTURAL.
28.10.25
Extremeños
Hace tiempo que crece la columna de libros de poemas de autores extremeños publicados en los últimos tiempos. He leído algunos y esperan su momento otros. Las circunstancias mandan. Para poesía, ay, está uno lo justo. Y menos. A pesar de eso, quiero dar cuenta aquí de esos títulos, siquiera sea para demostrar lo que no haría falta: que el momento lírico de este rincón (se publiquen aquí esos libros o no) es espléndido, por usar el adjetivo preferido de Castelo, al que recordaremos en Badajoz a primeros de noviembre. Sin orden de prelación, digamos, enumero.
Vida en el fin, de David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976). Del mismo autor, el prólogo y la edición de La mano en el fuego, la poesía íntegra del malogrado poeta Juan Antonio Bermúdez, que nació en Jerez de los Caballeros en 1970 y murió en Sevilla en 2022.
Peor que pedir, de Antonio Méndez Rubio (Fuente del Arco, 1967), un libro que reseñó con solvencia Jordi Doce en El Cultural.
Condición partisana, de Jesús García Calderón (Badajoz, 1959), que aparece al mismo tiempo que su perspicaz ensayo La era de los nombres ocultos (Sobre la intimidad vencida y la identidad digital) y que uno ha reseñado para Revista de Estudios Extremeños.
Puer delicatus, de Ángel Borreguero (Badajoz, 1996), afianza la sorpresa que nos causó su ópera prima: Putitos. Único.
Cantares del más acá, de Jorge Solís (Cáceres, 1991), lleva un subtítulo tan atractivo como inquietante: "Un objeto metapoético inspirado en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz".
Santuarios, de Tente Garrido ((Plasencia, 1980), da un paso decisivo en la ascendente carrera de este poeta por encima de todo musical.
Tránsitos, de Jesús María Gómez y Flores (Cáceres, 1964) culmina el ciclo (trilogía). Ilustran el libro los dibujos de Matilde Granado Belvís.
Remolinos y remansos, de Jorge Camacho Cordón (Zafra, 1966), es una antología de un poeta que hasta 2016 escribió en esperanto. Su primer libro en castellano se tituló Palestina estrangulada.
Lisboa caminada, del incansable Antonio María Flórez (donbenitense de Marquetalia, 1959), vuelve a demostrar que sobre esa ciudad de la poesía todavía no está todo dicho.
En ella vivió precisamente y sobre ella escribió un libro inolvidable, La ciudad blanca, Ángel Campos Pámpano al que Suso Díaz Estévez dedica (en gallego y a partir de versos del sanvicenteño) Diálogo en ausencia de Ángel Campos Pámpano.
Cierro la lista, de momento, con Jardín cerrado, de Carlos García Mera, al que Basilio Sánchez y yo hemos puesto sendos textos en la contracubierta. Copio el mío:
García Mera podría hacer suyos los versos de Sophia de Mello
Breyner Andresen: Escrevo para entender a mim mesmo. De raíz meditativa,
su poesía atiende a la humildad y la lentitud. Sus versos se inspiran en la
naturaleza y, desde la contemplación, construye metáforas cargadas de belleza y
verdad: “El poema es una majada /donde se refugia el sol de los rebaños”.
Es alguien a la busca de “un mundo limpio”, el que se atisba a través de este lenguaje deliberadamente intemporal, de resonancias clásicas, que indaga en el “misterio de lo humano”. “Para evitar la demasía de las palabras / vivo adentro”, precisa. Aspira a “Quedarse en uno mismo, / sentarse ante la mesa / que el silencio dispone”.
Introspectivos y lúcidos (“Somos Ícaros abrasados por el idioma de la luz”), gracias a un ritmo que revela su formación musical, estos fragmentos de un único, extenso poema, se ajustan a lo expresado por la poeta portuguesa: Digo para ver.
Es alguien a la busca de “un mundo limpio”, el que se atisba a través de este lenguaje deliberadamente intemporal, de resonancias clásicas, que indaga en el “misterio de lo humano”. “Para evitar la demasía de las palabras / vivo adentro”, precisa. Aspira a “Quedarse en uno mismo, / sentarse ante la mesa / que el silencio dispone”.
Introspectivos y lúcidos (“Somos Ícaros abrasados por el idioma de la luz”), gracias a un ritmo que revela su formación musical, estos fragmentos de un único, extenso poema, se ajustan a lo expresado por la poeta portuguesa: Digo para ver.
Para terminar, necesito dar cuenta de un ensayo (sí, es más que un artículo extenso) que no merece pasar desapercibido. Lo firma el poeta Serafín Portillo y se publica en la (nueva) Revista de Estudios Extremeños que ahora dirige, con la solvencia que le caracteriza, Luis Sáez Me refiero a "La naturaleza en la poesía extremeña contemporánea". Excelente. Un hito, no me cabe duda, en la bibliografía selecta acerca de la poesía escrita por extremeños.
19.10.25
Dónde queda casa
Nicole Brezin (Buenos Aires, 1993) ha trabajado como editora
en el sello madrileño Visor tras graduarse en la universidad de su ciudad
natal. El que reseñamos es su primer libro. Llega bien respaldado: con un
prólogo de Luis García Montero y una nota en la contracubierta de Cristina Peri
Rossi.
Ya en el primer poema alude a “la patria como un amor
perdido” y al “amor como una patria ganada”, versos que nombran las dos partes
de que consta el libro.
Desde el principio el tono es conversacional e íntimo: autobiográfico,
de ahí que lo dicho aspire a esa “difícil sencillez” de la que habla el
prologuista. Así cuando nos cuenta (el aire es inevitablemente narrativo) que
es la hermana mayor de dos mellizos (la ley primera, la de los hermanos unidos),
que el fuego destruyó su casa, que las heridas se adhieren a la memoria “como
una mancha de aceite / en nuestro sweater preferido”, que anhela un mapa sin
distancia “como una Pangea de origami”, que viene de un “sur remoto como un
sueño”, que pidió una foto a su madre para observar el pasado: “Quién eras, /
con qué vida soñabas”, que “nuestro dolor parirá ciudades”, que ignora si “allá
lejos y al sur” existirá su ciudad, que “hay cosas / que no deben perdonarse”…
“La memoria / también es un lugar”, sostiene Brezin, quien
en la segunda sección (arraigo y desarraigo) acepta un “nuevo norte ―que es
él”. El amor. El que “quemó las naves”. El que expresan poemas logrados como
“21 gramos”, “Luces de navidad” (“sobrellevo mis pérdidas en silencio”),
“Acrópolis” (“papá siempre sabía dónde estaba casa”), “Tradición” (la boda),
“Mestizo” (el hijo: “no seas extranjero”) o “Por el bien del mundo”, un precioso
himno: “Amémonos por los demás”. “Por el tiempo que nos queda”.
Nicole Brezin
Renacimiento, Sevilla, 2025. 104 páginas. 16 €
Hijos del cosmos
Mateos Frühbeck (Madrid, 1997) es doctor en Estudios
Hispánicos por la Autónoma madrileña. Sus investigaciones se centran en textos
autobiográfico del Siglo de Oro. Tránsil es su primer libro.
No soy un aficionado a la ciencia-ficción ni domino el
género. Poco importa. Este libro se sostiene por sí solo. La poesía verdadera lo
soporta todo. Sale indemne. Además, las menciones musicales (Beatles, Zimmer, Choo,
Barry B), divulgativas (Sagan, Asimov), literarias (Lope, Quevedo, Catalina de
Erauso), fílmicas (Interstellar,
Her) o relacionadas con el cómic (Kusamagi), están al alcance de
cualquier lector, melómano o cinéfilo informado. Del curioso internauta.
El libro, riguroso, sorprende. Por la capacidad imaginativa
de su autor y porque, a pesar de lo novedoso de la trama (hay un hilo
narrativo) y de las sugestivas escenas que proyecta (de las que uno resulta fascinado
espectador), logra expresarlo con un lenguaje tan claro como rítmico, nada pretenciosamente
experimental y sí sujeto a las tradicionales leyes de la métrica. Donde lo grecolatino
y lo barroco conviven.
Tránsil ―leemos en “Paisaje”― es una “sociedad”. Distópica,
apocalíptica y tecnológica. “Nuestra patria” en ruinas. “Una ciudad amurallada”,
donde “predomina el acero, los metales”, en la que ciborg, robots y androides coexisten
“con el resto de seres y personas”. Estos viven en “la desesperanza”. Aquellos,
“no aguardan el futuro”. Los más habitan protegidos en una especie de gran bóveda
“de cristal y granito”, “entre estas mil paredes de cristales”. Fuera está el
Yermo.
“En Tránsil el miedo es permanente”. Al fin del mundo, sobre
todo. Vienen de otra caída semejante. Radiactiva, antiecológica. Los jóvenes
“practican el silencio”, “contemplan muy despacio / la enfermedad telúrica del
tiempo”.
En “Sociedad”, la segunda parte, el amor se abre paso. Un
sentimiento complejo en ese colectivo híbrido. “Detrás de este horizonte está
el abismo”, leemos. Desde Tránsil, se ve.
Nicolás Mateos Frühbeck
XL Premio Hiperión de
Poesía
Hiperión, Madrid, 2025. 66 Páginas. 13 €
9.10.25
3.10.25
Prosas de verano
He venido escribiendo al final del verano algo sobre las lecturas que ocuparon parte de mi tiempo durante las vacaciones, digamos, laborales. Y no porque uno leyera más, como suele afirmar la mayoría; un distingo que carece de sentido desde que uno se jubiló. Ya he comentado muchas veces, además, que el calor es para mí el enemigo número uno de esa agradable tarea. Más si, como este agosto, se presenta tórrido, tanto de día como de noche. No digamos si, para colmo, se suma a esa flama la que procede de un incendio cercano, acompañada de humo y de cenizas, como el que nos tocó padecer durante casi dos semanas, el denominado de Jarilla, y en el que vimos desaparecer delante de nuestros ojos algunos paisajes de nuestra vida. Menos, por suerte, de los que temimos en un principio. De lo que vino después, prefiero no hablar. ¡Vaya veranito!
La lectura, insisto, exige una atmósfera y una atención que casa mal con los agobios —más psicológicos acaso que reales— de las altas temperaturas, aire acondicionado mediante. A pesar de eso, leer he leído. Natural. Prosa (esto es más raro), apenas poesía. Compensatoria, el nuevo y excelente libro de Fernando Pérez Fernández, que ha publicado Cumbreño en sus Ediciones Liliputienses, y poco más. Debería precisar que hablo de poesía ajena, porque la propia... A principios de septiembre entregué al editor el grueso documento que recoge la mía reunida y a su última, definitiva revisión he dedicado muchas horas de julio y agosto. Una labor tan apasionante (ahí va mi vida, o una parte sustancial de ella, aunque suene un tanto campanudo) como agotadora (por las dudas que suscita releer lo que uno ha escrito a lo largo de cuarenta años y más). No sé si por eso o porque estaba saturado de versos (la edad, imagino, toma por uno según qué decisiones), el caso es que, ya decía, la prosa ha sido el género dominante. Así, he disfrutado muchísimo con el segundo tomo de las memorias del poeta andaluz Jacobo Cortines, La edad ligera II ('Filosofía y Letras' seguido de 'Del tiempo airado'), publicado por Athenaica (qué sello, por cierto, tan interesante, donde apareció el primer volumen de sus recuerdos: La edad ligera. 'Este sol de la infancia' seguido de 'En la puerta del cielo'), con prólogo de la poeta Victoria León. En sus páginas, la familia (y sus complicaciones), las casas, el campo, los viajes, la enseñanza, la poesía, la música, la muerte (de Lilí, de tantos) y, por fin, la resurrección del amor. El libro va ganando peso a medida que avanza y su lectura, insisto, me resultó confortante y deliciosa.
Por seguir en Andalucía, doy cuenta de otra grata lectura. Me refiero a Pueblo, un puñado de prosas del poeta de Arcos de la Frontera Julio Mariscal, al que nunca olvido. Estuvo destinado como maestro, entre 1957 y 1967, en Paterna de Rivera (también en Cádiz) y a ese pueblo y a sus gentes dedica estas estampas que se ha preocupado de recuperar la Asociación Cultural Impresiones (quienes lo editan con toda dignidad), que preside Juan Sánchez, quien tuvo a bien, gracias a la mediación de José Manuel Benítez Ariza, ponerse en contacto conmigo para enviarme un ejemplar. No siempre merece la pena rescatar según qué inéditos, lo que no hace al caso. Para colmo de bienes, le pone un prólogo Pedro Sevilla.
Sigo leyendo la interminable, extraordinaria obra de Josep Pla, aunque no pueda hacerlo en su lengua original, como mi amigo Carlos Permanyer, que también le sigue la pista, y desde la Costa Brava, lo que tiene aún más mérito. Le ha tocado el turno a sus Cartas de Italia. Cómo resumir esas páginas. Más que lo que cuenta, ya se sabe, es cómo lo dice. Como anduvo por allí hace tanto, el sabor de época hace que sus descripciones ganen en autenticidad y sean más intensas. Del viajero más que del turista. El paseo, en todo caso, es muy completo y alcanza a todas las ciudades italianas importantes, o casi. Ah, como aclara en el prefacio, "en este libro no se habla de Roma de manera específica: se habría alargado demasiado". "Roma es una cosa aparte", remata. En ese delantal leemos: "Nunca me he sentido completamente extranjero en ningún lugar ni en ningún puerto de Mediterráneo y me gusta pensar que en ese ambiente situados frente a frente, nos entendemos todos con la mirada. Este mar ha creado un común denominador, ciertamente difícil de definir, pero antiquísimo y cierto, que se manifiesta a través de muchas formas de actitud positiva e incluso en una lúcida y general insatisfacción, más o menos resignada: la inquietud aireada a pleno sol". Y: "Los escritores que adolecemos de una falta de imaginación casi ridícula necesitamos para escribir, más que formas conocidas y familiares, fuertes estímulos externos. Si no disponemos siquiera de un gran contraste, borronear el papel nos fatiga".
Del escritor y diplomático Luis María Marina (ahora director de Relaciones Internacionales del Instituto Cervantes) habíamos leído diarios y otros textos ensayísticos, además de su poesía y sus traducciones; con todo, me ha sorprendido gratísimamente A orillas de la labor. Lo ha publicado Editorial Cuadernos del Laberinto en su colección La valija diplomática. Reúne ensayos de marcado tono autobiográfico centrados en sus estancias, por razones de trabajo, en Portugal (ha traducido a varios poetas portugueses) y Argentina, dos países de fuerte tradición cultural y, más allá, literaria y, en concreto, poética. Lo divide en tres partes: "De Lisboa", "Interludio madrileño" y "De Buenos Aires". Apasionante me ha parecido su semblanza (y más) del brasileño Da Costa e Silva, su análisis sobre Pessoa y España a partir del libro de Antonio Sáez Delgado, los textos sobre Pomar, Lourenço, Rangel o Vaz da Cunha, así como su diario de viaje a las Azores, islas de poetas. Eso en lo que respecta a la primera parte. La tercera, dedicada a su estadía porteña, destaca por su amplio conocimiento del panorama de los últimos cien años de acciones culturales entre España y Argentina, o viceversa. Destacaría además su estudio sobre la presencia en el país americano del poeta Juan Larrea y, sobre todo, por el descubrimiento (para mí) de otro Larrea, nieto del anterior: el también poeta Vicente Luy. Las páginas diarísticas que siguen son dignas de atención. Y de disfrute.
Leí casi todos estos libros de los que hablo al borde de una piscina (y alguno mientras ardía, para nuestra desesperación, lo alto de la sierra que teníamos enfrente). En una mañana y de una tacada, lo confieso, Juan Ramón Jiménez y las drogas, del bibliotecario de Hervás Jonás Sánchez Pedrero, publicado por El Desvelo Ediciones, del grupo Almuzara. Es admirable el rigor con el que está escrito y llama la atención lo bien documentada que está la "influencia de los fármacos en la vida y obra del poeta de Moguer", como reza el subtítulo de la obra. Parece mentira que con lo que ese hombre padeció, hipocondría mediante, lograra levantar esa imponente creación literaria que le hizo merecedor del Nobel. Todavía le aprecia uno más, a pesar de su endiablado carácter, después de conocer, con la exhaustividad debida, todo lo relativo a sus enfermedades y a los medicamentos y drogas que tomó para intentar superar sus enojosos síntomas. Chapeau!
Que el cántabro Rafael Fombellida es uno de los mejores poetas de su generación (la mía, la de los 80 o de la Democracia, somos los dos del 59) es algo que a estas alturas debería saber cualquier lector que se precie. En Lector de medianoche. Notas sobre poética y poetas, que publica Renacimiento, agrupa algo más que "notas" sobre autores que conoce bien; tan dispares como como Vicente Aleixandre, José Luis Hidalgo, José Hierro, Joan Margarit, Pureza Canelo, Luis Alberto de Cuenca y él mismo, que no deja de ser acaso lo más sugestivo del conjunto para quienes admiramos su poesía. No cabe duda de que estamos ante un lector con agudeza y con criterio.
Creo que la gran novela del verano es El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La asocio a esa estación. Es tal vez la que prefiero de entre las contemporáneas. El libro en sí y cuanto le rodea, empezando por esa carambola del destino que impidió a su autor verlo impreso, me han atraído desde siempre. Como Sicilia, de lo que trata, por universal que al cabo sea. Por eso he disfrutado tanto con Un matrimonio epistolar, de Caterina Cardona (en Elba, otro sello magnífico). Analiza la correspondencia entre el citado noble siciliano y su esposa, Alessandra Wolff von Stomersee, una baronesa báltica que introdujo el psicoanálisis (y a Freud) en Italia. Vivieron durante años separados. Ella en su castillo nórdico de Stomersee, en la actual Letonia, y él en su palacio sureño de Palermo. Dos casas, dos mundos. De ahí que las cartas de Licy (o Muri) y Ton Petit sean tan importantes. Cartas escritas en francés (eran dos políglotas), rara vez en inglés (idioma reservado para las bromas privadas) o italiano. Al fondo, la madre del escritor, una sombra tan inseparable de Lampedusa como sus casas, y sus primos, los Piccolo de Capo d'Orlando. No se olvide que el arranque de esa extraordinaria novela está en su pique, digamos, con ellos, en especial con Lucio, el poeta que con su primer libro, Canti barocchi alcanza el éxito y logra el beneplácito crítico del exigente Montale, resumido en la famosa frase "tenía la certeza matemática de que yo no era más tonto que ellos". Y vaya si no lo era. El libro no tiene desperdicio, sobre todo para los muy gatopardianos. Se cierra con un epílogo de Giorgio Manganelli donde leemos, por ejemplo: "Traducir es como ocultarse, desvelarse a medias, disfrazarse; la lengua extranjera, no vivida, funciona como una preciosa máscara, que mezcla culpabilidad e inocencia, confesión y reticencia: «un acercamiento siempre blindado a las cosas de la vida». La gracia —diría, traduciendo, el charme— del epistolario radica en la afectuosa inanidad del carteo entre cónyuges al mismo tiempo unidos y distantes, vinculados a lugares, a vocaciones imperativas y oscuramente discordantes. Las cartas constituyen un dibujo mental, la geometría de un espacio desierto, trazando líneas aseverativas e inestables, gestos intensos y precarios".
Ah, no veo el momento, ya que estamos, de tener en las manos Lampedusa y España, un libro de Gioacchino Lanza Tomasi que publica Acantilado y que anuncia con la alegría que merece Alejandro Luque, editor y firmante del epílogo (no existe la palabra "epiloguista"), además de un excelente conocedor de la isla y autor de Viaje a la Sicilia con un guía ciego.
Termino. No sin antes señalar que no puedo dar cuenta de dos libros de los que también he disfrutado sobradamente este verano porque los he reseñado por largo para la revista TURIA. Los dos están publicados en la misma colección (textos y pre-textos de Pre-Textos): El buen lugar, de Basilio Sánchez (una poética in extenso que justifica su acreditada obra poética), y La insistencia, de Jordi Doce (un lúcido cuaderno negro, "libro de duelo y convalecencia", que aporta al lector consuelo y dignidad). Y de otro, en fin, al que he puesto prólogo: Geografía escrita, de Álex Chico, que publica el placentino de Barcelona en su editorial de referencia: Candaya.
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