29.9.26

Una conversación con Mamen González



No sin pudor (cosas del carácter), doy a conocer esta conversación que mantuve la semana pasada en Onda Cero Plasencia con Mamen González. Gracias.
Por cierto, cité a Enric Miralles y lo llamé Carles, como al helenista.
La imagen de la cubierta de mi primer libro me tiene embelesado. ¿Podría haber quedado peor? Lo dudo.
Si quiere escuchar, pinche aquí. 

28.9.26

Biopoética: la obra de Pureza Canelo

Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) es el ejemplo de una persona discreta entregada en cuerpo y alma a la escritura; más en concreto, a la poesía. Para ella, una creencia. Una religión incluso.
De su biografía poco puede decirse. Nació en un pequeño pueblo del norte de Extremadura lindante con la Sierra de Gata, muy cerca de Coria y de La Raya portuguesa, en una familia acomodada de cuatro hermanos con un padre veterinario, Pedro Canelo, y una madre que personificaba el corazón del hogar: Leonor Gutiérrez. Estuvo interna en un colegio de Salamanca, estudió Magisterio en Madrid, fue jefa de la Oficina de Actividades Culturales de su Universidad Autónoma y después eficiente directora de la Fundación Gerardo Diego. Ya jubilada, sigue residiendo en la capital y pasa los veranos en Moraleja, su Oeste («en el oeste / de mi estirpe»). Ha ganado algunos premios (Adonáis, Ciudad de Salamanca, Ciudad de Torrevieja), ninguno de ellos «oficiales». En mayo de 2016 leyó su discurso de ingreso, «Oeste en mi poesía», en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes y ha donado su archivo y su biblioteca a la Diputación de Cáceres.
De su obra, sin embargo, lo que cabe decir es mucho. Uno ha subrayado siempre, y antes que cualquier otra cosa, su singularidad. ¿Acaso se le ha incorporado a algún grupo o capilla?, ¿puede afirmarse que sea, pongamos, poeta novísima, por la generación que le corresponde a causa de su edad? Su singularidad, insisto (que se justifica plenamente en el poema «A contra moda»), y su rigor, que es tanto como señalar su virtuosa simetría. Ni se parece a otras sin pecar de adanismo (tiene maestros: JRJ, César Vallejo, Gerardo Diego, Juan Larrea, García Lorca, Luis Rosales, Carmen Conde, Claudio Rodríguez…), ni casi ninguna se le acerca en lo que a su nivel de cohesión y complejidad incumbe.
Aunque sus últimas entregas están ligadas al sello valenciano Pre-Textos, sus libros han aparecido en distintas editoriales, como Hiperión. En cuanto a florilegios, en 2020 publicó la Editora Regional de Extremadura Poemas y otros nidos y Renacimiento, dos años antes,  Habitable. (Antología poética, 1971-2018), en edición de José Teruel, el mismo que se ha ocupado de esta muestra que comentamos, Hacer y deshacer. (Antología 1971-2025), que no deja de ser una suerte de ensayo general de su poesía reunida, aún por concretar, a la que hace referencia en uno de sus poemas últimos. Cabe agregar que no ve la luz en cualquier sitio, sino en la colección canónica por excelencia, Letras Hispánicas de Cátedra, y que es la primera poeta extremeña contemporánea (no distingo entre géneros) que, de manera individual, pasa a formar parte de su exigente nomenclátor.
Por el carácter de la colección en la que se publica, la introducción académica va de suyo. Es cierto que en algunos casos eso no significa que su lectura sea imprescindible. Ni recomendable siquiera. La de Teruel ―acaso el máximo especialista en la obra caneliana― lo es. Aporta mucho al libro y justifica la noble consideración de editor ―en el sentido más exacto de la palabra― al profesor de la Autónoma madrileña y poeta, no se olvide, un atributo que incorpora enjundia a su prólogo.
Antes de entrar en materia, precisemos la procedencia de los poemas aquí agrupados, no sin recordar que la «revisión continua» (no «corrección») a la que Canelo somete su poesía hace de cada nueva entrega un libro distinto (festín para filólogos) que, como tal, obedece a ese afán de «ordenación» que caracteriza su «poética movediza»: «Poema es orden», sentencia. Son piezas de Lugar común, Celda verde, El barco de agua, Habitable (Primera Poética), Tendido verso (Segunda Poética), Pasión inédita, No escribir, A todo lo no amado, Oeste, Retirada, Palabra Naturaleza y De Traslación. A esto hay que añadir la acertada recuperación de cuatro series: «Elementos» (revista Con Dados de Niebla, 1986), «Ventana a la muerte» (Revista de Occidente, 2018), «Aire donde estuvo una casa» (que se publicó por primera vez en la citada antología de Renacimiento y que, según propia confesión, sería la serie que ella salvaría de «una quema») y «Felicidad inversa la escritura» (revista Sibila, 2022). Además, la muestra incluye fragmentos de dos libros inéditos: Volver y Olvido (2023-2025), que conforman, para Teruel, una «autobiografía espiritual» donde tiene cabida, puntualiza uno, la reflexión y el diario. Como todo lo que toca Canelo, poesía al fin y al cabo.
Estos poemas trazan un arco abarcador porque la muestra en muy amplia, lo que permite al lector tocar fondo y comprender cabalmente la evolución de esta poesía concebida desde la perplejidad.
Al frente de su libro De Traslación, leemos: «Si te pierdes conmigo en la nave de la poesía. Si no sabes a qué unirte, sobre los versos encontrarás una línea que se alterna en sucesión de espejismo del hacer y deshacer creación». En efecto, como recalca Teruel, «la creación poética para Pureza Canelo es una operación de hacer y deshacer, y más aún la segunda que la primera». De ahí la pertinencia del título elegido para esta selección (nada deja al azar esta «mujer / en escritura», persona tan meticulosa como obsesiva) que, si bien ha recaído en el editor, cuenta con la aquiescencia de la poeta, colaboradora necesaria de esta arriesgada empresa. La rebeldía («clave de bóveda», según Teruel) y lo salvaje (que ella suele asociar a su lenguaje) son nociones cercanas al «estilo indómito» (como ella lo define) de la extremeña. La libertad prima.
De lo mucho que cabría destacar del lúcido ensayo introductorio, uno subrayaría las observaciones en torno a la trascendencia de lo rural («yo soy de pueblo») y de la naturaleza (la doméstica de los alrededores de Moraleja), la metaforización de su lírica, el uso de la elipsis (con tanta importancia para su original sintaxis como, por ejemplo, el del encabalgamiento), la importancia de la autocrítica («y con ella la revisión moral del acto de existir, de estar en el mundo»), el poema como «lugar habitable», la «triple simultaneidad existencial, moral y metalingüística» de su poesía, el rasgo revisionista de estirpe juanramoniana (y el «todo lo que no suma resta»), el concepto de la poesía como amante (y el uso del monólogo interior), el convencimiento de que «escribir es vivir», la soledad y el recogimiento (tan propicio a la contemplación)…
Después de trazar una cumplida biografía y un análisis de las líneas generales, Teruel aborda el estudio de cada uno de los libros no sin advertir lo complejo de escoger tal o cual poema, toda vez que, en esta obra, «un poema solo se completa si se configura dentro de un conjunto más extenso: unidad libro, serie, antología o poesía reunida [nunca completa, matizo]». Antología, sí, pero entendida a su modo (que es el que sigue el editor): como unidad ordenada y coherente (libro en resumidas cuentas) y no como simple acarreo de poemas sueltos.
Tampoco faltan una oportuna nota a “Esta edición” y una clarificadora bibliografía. Pero vayamos por partes. Dijimos Moraleja («El lugar done más nací y seguiré naciendo»), el paraíso de la infancia, donde siempre vuelve: «Todo lo tengo aquí». Y, ya allí, lo rural como santo y seña; la naturaleza como ámbito de creación donde las metáforas encuentran su verdadera razón de ser, y sin perder por ello, como pretende la sarcástica recurrencia a lo agropecuario, un ápice de modernidad: «mi boca se negó a cantar / ecos y fundas trasnochadas». Pero cabe acercarse todavía más. Al espacio, real y mental a un tiempo, que ella ha denominado Oeste. Localizado en su pueblo natal y su entorno, casi siempre en verano: la casa de hiedra ya desaparecida (y su cuarto), la finca familiar: Vega de la Paloma (y los elementos del agro y el regadío), los suyos (en especial, su madre ―a quien dedica por completo Dulce nadie― y su hermano Luis, el pintor), el río Árrago, el pico Jálama, la visible Sierra de Gata… Un libro con ese título y su discurso de entrada en la Real Academia de Extremadura centran la descripción (y más) de ese particular territorio que, no obstante, ha logrado hacer, para cualquier lector, habitable. Un asequible universo.
Hablamos antes de ciertos aspectos de su lenguaje que, por cierto, es el fundamento de este sólido edificio poético («una fe») que sigue en construcción (porque «la palabra ignora a la muerte»). Esa es la lucha: entre lo que se quiere (o necesita) decir y lo que se dice (o puede decirse). Contra la falacia de lo inefable, sí, pero a sabiendas de la insuficiencia del mismo lenguaje para expresar según qué sentimiento y pensamientos. Ese es el hacer y deshacer de esta «lírica extrema» y «extraña» (Canelo dixit), ensimismada, tan satisfactoria como frustrante, donde no falta ni la pasión ni el miedo.  
Se percibe en Canelo una inclinación por decir más con menos, por lo elíptico, por omitir elementos del discurso a propósito. No por el mero hecho de oscurecerlo («Si escribo tan oscuro, tan dentro / será por esa duda / en la cuesta / del hombre que camina / y otro tobogán reaparece», escribe, y «Busco la dificultad», «La dificultad nos pertenece»), sino por darle su auténtico significado (por irracional o hermético que parezca a rachas), pues que el misterio es imprescindible en poesía. Por eso su sintaxis, ya se dijo, es tan diferente a la del resto, siempre atenta a un ritmo interior que en nada se compadece con el de la métrica tradicional, sin que por ello sus versos (muy breves o sólo breves o llevados a la forma de versículos, en prosa también) pierdan su legítima condición musical. A ello contribuye el logrado uso del encabalgamiento.
Un detalle significativo: la eliminación de los artículos que preceden a algunos sustantivos que de pronto cobran, digamos, un protagonismo corpóreo: se personalizan.
«Metapoesía y autobiografía», apareja Teruel, lo que le lleva a adaptar un término feliz para designar ese continuo ir de la poesía (naturalizada como ser) a la vida, y viceversa: biopoética. Un hallazgo. Una y otra, sin solución de continuidad, dialogan en los poemas de Canelo, que trae a Pasión inédita un verso de Lope: «¿Que no escriba decís, o que no viva?». «Es de vivir de quien escribes», leemos en el mismo libro y: «Tú no vives de hacer escritura».
Todo en su poesía es ―sostiene el editor― «una autobiografía destilada, hecha lenguaje, donde revelación y ocultación se dan la mano, ya que los silencios son siempre elocuentes». Todo vida centrada en su obra (ideada «sin brújula») y al revés, desde la consciencia de servir a un destino ineludible que se hizo explícito en la adolescencia. «Exégeta de mí», dice en Volver, y: «No hay creación poética sin biografía humana y el alma de las cosas en ella, en la creación». Ni sin lector, matiza. Me recuerda aquello que dijo Gil de Biedma, un poeta en sus antípodas: «Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema». Canelo concluye: «A la poesía que sirvo es vivir».
Destino el suyo, que desempeña, con paciencia y perseverancia, en soledad («solísima me acompaño», «Vivo sola. […] Repito, vivo sola», «Porque tengo / la más pura soledad»), «porque repetición de una soledad común / se parece a la soledad del campo, indefensa y alta». Una soledad pensante. Como la inolvidable del internado. Una soledad retirada y cervantina, a la postre melancólica, si atendemos a la visión de conjunto. De saudade.
«La creación poética es enigma. En ella das vueltas al planeta o ninguna, te ahogas en el empeño. Alguna vez un zarpazo al aire y crees coger lo que querías. Todo es a tientas [cuántas veces se refiere a la ceguera como metáfora, resalto]. Mis libros, no extensos, son depósito de existencia, una como tantas otras, el animal humano es siempre poca cosa. Que ya está todo dicho bajo los astros, pero hay que concitarlo desde guiños indecibles. Esa es la fatal lucha del poeta, un resquicio para “sumar” visión de mundo desde el minúsculo yo», ha escrito Pureza Canelo con la perspicacia que la caracteriza. En sus poemas hace alusión en numerosas ocasiones a esa poesía humilde. La califica de «pobre», de «frugal», de «babel menor». Afirma que «la escritura es un extraño empeño». Ya indicó Teruel que Canelo no era ajena a la contradicción. Como cualquiera. Lo digo porque en el envés de estas aseveraciones está una poeta dotada de ambición. A pesar de que «A la que escribe le pierde su ambición», «He sido ambiciosa y mala adivina», confiesa. Ella ha sabido afrontar el reto vital de escribirla. En ello sigue. No puede callar. Ni debe, celebramos sus lectores. La poesía, «que se atreve con todo lo vivido y venidero», impone aquí su dominio. Para no pocos, será un descubrimiento. Dos libros y «un cuaderno de todo» por consumar y la edición de su poesía reunida serán acaso el futuro colofón de una obra llamada a perdurar.
 
Hacer y deshacer. (Antología 1971-2025)
Pureza Canelo
Edición de José Teruel
Cátedra, Madrid, 2026. 544 páginas. 20 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.



 

16.9.26

"Casi paisaje", de Alberto Guirao

1. Alberto Guirao (Madrid, 1989) es licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y autor de la novela Llegarás a Danmara (Almuzara, 2024), premio Fundación Antonio Gala.
Ha publicado los libros de poesía Ascensores (Fundación Centro de Poesía José Hierro, 2010), Los días mejor pensados (Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes, 2016) y Ulises X (Hiperión, 2020).
Ha obtenido el Premio Marcos R. Pavón de la Fundación Centro de Poesía José Hierro (2010), el  Félix Grande (2016) y el València Nova de la Institución Alfonso el Magnánimo (2020).
Durante el curso 2013-2014 formó parte de la duodécima promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). También disfrutó de una beca en la Residencia de Estudiantes de Madrid (2017-2018).
En la actualidad, trabaja como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto y dirige talleres de escritura creativa.
Sus poemas figuran, entre otras, en la antología de Luna Miguel Tenían veinte años y estaban locos (Madrid, La Bella Varsovia, 2011), que es uno de los florilegios de referencia citados por Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández en el estudio preliminar de Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025), que ha publicado Cátedra, con gran estruendo, en su mítica colección Letras Hispánicas. Lo digo porque ni en ésa ni en El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués (Vandalia/Fundación José Manuel Lara), otra muestra reciente, figura Guirao. Ni él ni ningún poeta extremeño por cierto, siendo evidente que había nombres y, sobre todo, obras dignas de figurar en ambas selecciones. Nombres como éste (que puede que no se ajustara a las normas de clasificación de los antólogos), con independencia, claro está, de su lugar de nacimiento, Madrid, y de su vinculación familiar con Plasencia. Sí, como diría aquél en su poética, tras nominar a numerosos poetas: «Somos demasiados».
Los profesores Molina Gil y López Fernández ―vuelvo al citado volumen― condensan el análisis del panorama español en torno a dos «derivas»: la vanguardista o experimental y la figurativa o realista, por más que señalen que hay una «vanguardización de lo figurativo y una figurativización de la vanguardia». En lo que a la poesía de Guirao se refiere, diría que participa más de la primera tendencia, pero que tal vez discurra ya hacia territorios menos radicales. Es obvio que lo experimental tiene su base en lo lingüístico, esto es, que el uso del lenguaje es decisivo. También en lo figurativo, por supuesto, pero sin el grado de «fragmentación, dislocación y reestructuración», por seguir a los citados antólogos, al que lo someten los vanguardistas.
Confieso que si ningún libro de Guirao aparece reseñado o comentado en Lecturas a poniente (donde agrupé las reseñas publicadas en el blog y en distintas revistas y suplementos sobre obras de poetas extremeños desde 2005 hasta 2024) no fue debido a su falta de calidad, digamos, sea lo que eso sea cuando hablamos de poesía, sino por mis dificultades para trasladar a palabras mis lecturas. He leído sus libros, me han gustado, pero no fui capaz de llevar, insisto, esas lecturas al papel (esto es, al documento de Word correspondiente).
Hace poco comentaba el crítico Vicente Luis Mora en el muro de Facebook de Ferrer Lerín algo que me inquietó y me sigue preocupando: «La valoración de la poesía en España se debe a la falta de formación y de capacidad lectora de las personas que la ponderan. Estos tipos, casi siempre varones, que piensan: “Si yo no entiendo este texto, no puede ser bueno”. Pregúntate por qué no lo entiendes». Más allá de que se dé uno por aludido (¿seré un señoro sin saberlo?), y del tono (habitual en el medio académico universitario), ¿desde cuándo la poesía ha de entenderse? En mi caso ―y sin entrar en digresiones inútiles―, aunque me cueste abordarlas, o por eso mismo, nunca me he atrevido a descalificar las apuestas arriesgadas. No llego, y, por tanto, no alcanzo a disfrutar esa lectura a fondo, pero la respeto. Y callo. Sin negar que esa cerrazón me incomoda. ¿Buena, mala? No sé. Sí que lo que nos ocupa ahora merece el calificativo de poesía, y eso ―más allá de peregrinas consideraciones teóricas, más o menos afortunadas― es lo que de verdad importa.
De la poesía de Guirao ha dicho, con lucidez, Marina Casado: «En una época en la que el panorama poético se halla dominado por la explicitud, nos encontramos con esta poesía de Alberto, compleja e indescifrable en una primera lectura, que va desvelando sus matices y su esencia a medida que profundizamos en ella. Una poesía originalísima a cuyo significado se llega después de bucear largo rato por sus mares, y se trata de un significado que puede variar de un lector a otro».
Distingue la escritora y periodista madrileña tres característica esenciales en ella: «la idea constante del viaje, la huida o el temor ante lo permanente», «la polifonía» y «la estructura dramática que a veces acerca los versos al género del teatro».
Destaca también que «la cotidianidad, que es analizada y desgranada en extremo, se espiritualiza, muy en la línea de la poética de Claudio Rodríguez, en la que asistimos a la sacralización de lo banal. Los versos de Alberto están cuajados de este trasvase constante entre lo sacro y lo profano».
 
2. Casi paisaje se publicó el año pasado en Cántico, una de esas “editoriales audaces” (como Ultramarinos, La Bella Varsovia, Kriller71, Isla Elefante, Sloper, etc.) mencionadas en la introducción de Un estallido. Un sello cordobés, por más señas.
Desde la bien elegida cita que abre el libro, de la italiana Antonella Anedda, la voluntad de transgresión aflora. La de evitar los caminos más trillados, quiero decir, ese continuum realista que viene dominando la poesía española del último siglo, excepciones mediante.
El libro se divide en tres secciones. La primera «Lo que es la libertad» se abre con una cita de Graham Greene (donde el novelista inglés se pregunta en francés qué es la libertad) y consta de cinco poemas sin título numerados en romano. Lo fragmentario, una característica de la modernidad poética del siglo XXI, según los estudiosos antes citados, está aquí muy presente, como la ironía (que a veces da en humor), otro signo de los tiempos que, me temo, afecta a algún siglo más. Unidad en la discontinuidad. Fragmentos a su imán, para decirlo con Lezama. Al fondo, la precariedad y la crisis, otro tópico poético del primer cuarto del XXI. Lo urbano y lo político: el materialismo. Todo en un extenso monólogo ―con modos de diario, entreverado de metapoesía― donde el poeta conversa consigo mismo en un intento de explicar lo que sucede. Tan inexplicable. Tan extraño. La vida.
La segunda, «Las islas de Marcel», treinta y un poemas numerados en árabe, se abre con citas de Sara Gallardo («a cualquier nombre propio llaman identidad») y Gonçalo M. Tavares («tienes que avanzar»). Ahí, un viaje. Algo más largo y lejano que el trayecto en bus de la primera parte. A las islas griegas. Y no un viaje al uso. No al menos narrado o poetizado como tal. Debe quedar claro de una vez que el lenguaje, y su problema (diría Robayna), está en la base de esta poesía. O que es su eje. Por eso nadie puede esperar, ya se dijo, lo previsible, ni siquiera a la hora de evocar un tour tan habitual como ése. Y pues que en Grecia estamos (estuvo Guirao), nada más lógico que jugar con la intertextualidad y dejar caer entre los versos propios un puñado de versos ajenos y no de cualquiera: Estesícoro (uno de los nueve poetas líricos clásicos), Arquíloco de Paros, Tirteo, Safo, Alceo, Simónides de Ceos, Mimnermo, Alcmán, Solón… Alegra al lector este florilegio de poetas griegos que tan bien casa con los versos que hablan del viaje, el turismo, las islas, los ferrys, las playas, el buceo, la natación, Atenas, el Pireo, el tesoro de Delfos o la Acrópolis.
De nuevo, anotaciones de «este diario que escribes» (poema 26).
Si nos fijamos en la cita de Gallardo (y lo de la identidad), caeremos en la cuenta de que quien escribe estos poemas es Marcel Bochán, alter ego de Guirao, según la IA, lo que le permite otro juego: el del doble. El de ser y no ser. Juego que alterna con uno más: el de los homenajes literarios. Así, cuando dice: “… vendrá la muerte y tendrá un formulario” (y no “tus ojos”, como escribió Cesare Pavese) o ese “Cuando Marcel Bochán se despertó” que remite tanto a Kafka como a Monterroso.
Esta es la parte central del libro, la más larga, y, para mi gusto, la más lograda. Llena de hallazgos como «¿Por qué el intenso / color de esta toalla reluce más real que el del pez?». O «¿Qué son / la vida y las vacaciones sino una logística / fuera de la muerte y de casa?». O «el animal turístico pasta junto a la espuma». O «¿Cuánto habrá que nadar para ahogar esta angustia?». O «Si el tiempo sonase, concluyes, sonaría igual que un tendido / eléctrico en medio del campo».
Sorprende, por ejemplo, la referencia a la tribu amazónica pirahã, con una lengua sin números que consta de ocho consonantes y tres vocales, «sin memoria ni literatura». O la irrupción de la guerra de Troya, que cantó el mencionado Estesícoro.
A pesar de estar lejos, Guirao, con Valente (no sé si a propósito), reivindica la noción de lugar por encima de la de país o patria: «Por lo demás, ¿qué significa país más que una palabra / para vestir los domingos a juego corbata y gayumbos. / Terrible / debe ser habitar un país. Más que patria, ya sabes, será el cerro que fue”. Del placentino Valcorchero, por ejemplo.
Y tras la anécdota y la categoría, el toque humorístico y el irónico. Y un ritmo que no quiere imponerse pero que sabe acompañar, con su música, al que lee, ayudándose de una sintaxis que no deja de ser clave y fundamento de una escritura que se quiere distinta en tanto que única. Porque aspira a ser voz. Escrita en un español que no le hace ascos al inglés, de uso frecuente en expresiones y términos de actualidad o moda.
En la tercera sección, titulada “Las formas cuadradas y redondas del mundo”, Guirao nos lleva a Vietnam. De occidente a oriente. La cita que la abre, hermosísima, es del poeta chino Si Kongtu (funcionario de la corte imperial en el periodo más tardío de la dinastía Tang (835-907), apodado por él mismo «Manifestación del sabio», «Maestro del error comprensible» y «Escolar en retiro que puede soportar insultos»): «¡ojalá tu camino apunte siempre más allá! / pero demórate en los senderos ocultos, retirados».
La poesía de adelgaza, se abrevia. La concisión es ley. Su aire torna, como el paisaje, oriental. Más cerca del haiku que del epigrama. Diría que estamos ante un diario de viaje de nuevo. Ante anotaciones escuetas tomadas, o eso parece, rápidamente. Más apunte del natural que elaborada acuarela. Todo es ligereza, precisión. Síntesis.
Leemos: «Siglos preparándonos / para acoger / o habitar». «Tú también, ahora eres / casi paisaje». «Inmóvil, un ave / en la cima, quizás / en el centro de qué». «Aquí el aire es un peine». Y uno se pregunta: ¿Se puede ser más genuinamente oriental? Como cuando dice: «Es un silencio // sobre otro silencio», que fija al cabo una poética. El observador ―todo poeta verdadero lo es― anota: «¿Cómo vas a conservar / tantas imágenes? ¿Cómo / te van a conservar?».
Se cierra el libro con un epílogo: «El rocío empapa las mangas de San Juan». Un broche perfecto. Protagonista: «la efímera cigarra» del poema anónimo del que toma la cita. «Tu animal favorito». La dicción es aquí mucho más clásica. Seis estrofas que remata un verso de Juan de Yepes, de su Noche oscura del alma: «Estando ya mi casa sosegada». Un precioso y sutil poema de amor.
Puede que no le falte razón a Marina Casado cuando afirma que la poesía de Guirao es «compleja e indescifrable en una primera lectura»; con todo, mi experiencia con esta cuarta entrega del poeta placentino de Madrid ha sido completamente distinta a las anteriores. Más satisfactoria. Por más consciente, tal vez. Llegan tantos libros a nuestras manos… Este, ahora lo sé, no debería pasar desapercibido.
 
Alberto Guirao
Cántico, Córdoba, 2025. Colección Doble orilla poesía. 94 páginas. 15 €

Nota. Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.
 

14.9.26

Del amor ido

Catorce títulos forman el exigente catálogo de la colección de poesía de Editorial Milenio, dirigida hasta el pasado año por Josep M. Rodríguez y ahora por Carlos Marzal.
Cuestión de fe, del director del Cervantes de Tánger, se publica tres años después de su anterior entrega, Cerezas, que como otras consiguió premio: el Ciudad de Lucena Lara Cantizani. Eso ocurrió con Atenas, que se alzó con el Loewe; Adverbios de lugar, distinguido con el Ciudad de Melilla; y La hora de irse, con el Jaén.
De éste dice Marzal: “Algunos libros parecen querer edificarse sobre arenas movedizas: por la tradición a la que escogen pertenecer, por la dificultad de sus asuntos, y por la variedad de tonos”. No, fácil no era narrar en verso “la propia historia matrimonial” (el matrimonio, “Más que un contrato es un misterio”) y algo de “suicidio literario” sí tenía a priori. Por suerte, Piqueras sale indemne del desafío, a pesar de que el componente terapéutico de este tipo de operación lírica suele dar en catástrofe. Pocas cosas más difíciles que la poesía amorosa (ese “canto caníbal”), donde casi siempre descuella el desamor.
“Hoy me he muerto para nacer de nuevo” es el primer verso del libro. Elocuente. Al fondo, “la lluvia lenta de lo que ya no”. Y en medio, el desconcierto: “voy de ninguna parte a ningún sitio”. Y aquí y allá la levedad del aforismo: “Solo el amor se atreve a pronunciar / esa palabra que nos sueña: siempre”.
El libro no deja de ser una conversación. Con la amada y consigo mismo. Un diálogo donde se pone en cuestión la propia identidad: ser o no ser, tú o yo.
Escrito entre Roma, Atenas y Argel, confirma, ay, que “En el amor todo es cuestión de fe”. Que basta “amar y ser amado”.
  
Juan Vicente Piqueras
Editorial Milenio, Lérida, 2026. 114 páginas. 15 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


12.9.26

Los poemas veinteañeros de Vitale

Ida Vitale (Montevideo, 1923), decana de la poesía en español y una de sus máximos representantes (reconocida con premios como el Reina Sofía, Lorca y Cervantes) publicó en Tusquets su Poesía reunida en 2017 y en 2021 Tiempo sin claves. Ahora se recuperan quince poemas juveniles, en general inéditos.
En el epílogo, cuenta Camila Guillot cómo encontró por casualidad, mientras ordenaba la biblioteca de su padre, “un librito que más parece una libreta” dedicado a su abuelo Gervasio. Su título: Poemas (1943-1946). Al sacudirlo para quitarle el polvo, cayó un pedacito de papel y se desveló la autoría: eran de su alumna Ida Vitale. Un “tesoro” para la bibliófila Guillot que visitó a la poeta para mostrárselo y conseguir su permiso para darlo a conocer. “¿Quién querría leer esta vejestud?, fue la respuesta de Vitale, que al final consintió, tras pensarlo detenidamente, y la ayudó a transcribirlos. Como la edición es facsímil, podemos apreciar su hermosísima caligrafía. La copia resultaría sencilla.
Guillot habla de “estructura clásica” y, en efecto, los sonetos iniciales y el resto de poemas con rima de la primera parte dan a entender que no hay voluntad de experimentación sino más bien de ejercitar el estilo, algo natural en cualquier poeta que empieza. Son versos que surgen de esas lecturas tempranas e imprescindibles de la tradición; más modernista y romántica que áurea, en su caso.
En la segunda parte el tono cambia y ahí sí apreciamos la voz, aún no del todo nítida, de la poeta que Vitale ha logrado ser: “Sueño quebrarse el tiempo en la noche de los relojes”.
Al soneto vuelve en la tercera sección y sobresale el inicial, el que comienza: “Tanto he pensado en ti, oh, muerte mía”.
Siempre es emocionante descubrir los orígenes de los poetas que admiramos. Su precoz solvencia.

Poemas de juventud (1943-1946)
Ida Vitale
Tusquets, Barcelona, 2026. 104 páginas. 17 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL. 



 

10.9.26

El poder de lo inacabado

El barcelonés Carlos Permanyer reside en Castelldefels y trabaja como director creativo en una agencia de Andorra. Aunque se licenció en Filología Hispánica por la Autónoma de su ciudad natal, ha dedicado su vida a la publicidad y a la comunicación, lo que le ha reportado un gran prestigio y numerosos premios, tanto nacionales como internacionales.
De forma tardía, por más que su pasión por la lírica comenzara en la adolescencia, empezó a publicar. En esta década ya ha dado a la imprenta los libros Memoria de las nubes y He llegado hasta aquí, al que hay que sumar esta nueva entrega que comentamos y otra, Fingir entonces, que sigue en manos de un editor a la espera de que se decida por fin a publicarlo.
Hay un poema suyo en la antología Quedan los árboles, que cerró la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz, con otro ganó el premio Gabriel y Galán en 2023 y ha colaborado en las revistas Suroeste y Alga de poesía. Como se puede apreciar, estamos ante un autor con obra escasa y, por tanto, casi secreto, que, sin embargo, ha conseguido ser finalista del Loewe en la edición de pasado año. No es extraño tampoco que Indicios aparezca en la acreditada colección La Gruta de las Palabras, que con tanto rigor dirige el escritor Fernando Sanmartín.
En cierta ocasión me referí a “los poetas de la claridad”, un rótulo sin pretensiones didácticas, en el que podríamos englobar, entre otros, a algunos de los maestros más cercanos de Permanyer: Eloy Sánchez Rosillo, José Mateos y Basilio Sánchez; poetas consagrados que, por cierto, no han dudado en ponderar sus versos. En “Agradecimientos”, se recogen estas hermosas palabras de Rosillo: “Este es tu libro más extremado, y quizá el mejor. No se puede decir más con menos. La poesía es palabra, pero también es silencio, vacío pleno. Eso respiran tus nuevos poemas. Hay ahí una conciencia que mira el mundo, su complejidad, con ojos limpios y serenos. La sencillez es la esencia de la complejidad”.
Sánchez, por otra parte, es el autor del prólogo, que titula “Lo que se deja por decir”. Con la lucidez que le caracteriza, el cacereño reflexiona sobre el silencio y el asombro. Acerca de la poesía (la de Permanyer, la verdadera en general), dice: “es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas”, “una actitud ante la existencia”, “la voz del cuidado, la de la vigilancia compasiva”, “un intento de desentrañar una realidad que se nos escapa”, “una forma de perseverancia”…
Valora “la humildad, el trabajo y la paciencia” y subraya que los poemas de Indicios “no son propiamente literatura”. Da valor a la “armonía con el espacio” que destilan, a la “indagación contemplativa” desde “ese lugar que ha elegido para mirar el mundo”.
Recurre a un texto de Louise Glück sobre George Oppen para hablar de la elipsis (tan importante como recurso aquí), de “lo no dicho, la sugerencia, el silencio deliberado y elocuente”. Del “poder de lo inacabado”.
“La lectura de estos poemas nos ratifica en el convencimiento de que la escritura poética, más allá de todo lo que pueda pensarse sobre ella, es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y afectuoso a las cosas que se construye —y esto es lo esencial de su naturaleza— sobre el secreto, sobre lo que se deja por decir”, concluye.
Treinta y siete son los poemas que componen este libro. Breves en su totalidad, acorde a la pretensión de esencialidad de esta poesía de la sencillez.
El primer verso del poema inicial reza: “Fijar en el tiempo este lugar”, donde se resume esa voluntad espacio-temporal de la poesía genuina. El verso final no es menos significativo: “Tal vez indicios”, que bien podría haber sido el título del conjunto si no fuera porque lo que no suma, resta.
Poema a poema nos vemos refugiados en una atmósfera cada vez más densa y precisa, en medio de un paisaje mediterráneo de interior (a lo lejos se ve o se intuye el mar): valles profundos, escarpados barrancos, montes erosionados, bosques… La naturaleza prevalece y las evocaciones urbanas son insignificantes. Delante, “el mundo / que intentas descifrar”, “y la vida como un enigma”. Un búsqueda meditativa desde la incertidumbre: “Ya no sé lo que busco”. “Caminas pero sabes / que no vas a parte alguna”. Porque, escribe, “No es que la vida sea sencilla”. “Tengo la fe de un escéptico”, confiesa. Una búsqueda que se justifica en estos versos: “si pudiera elegir una palabra / sería travesía; / quizá tránsito”. Y ya que mencionamos las palabras, en el poema “Nada que añadir” leemos: “Voy al silencio. / Como a una querencia”. Y más adelante: “Este silencio, esta nieve, / ¿serán acaso todo?”.
Esta geografía remite a la infancia. De ella surge, diría. Porque “La infancia así era”. La de los campos de agosto, el trigo bajo el sol, el silencio del valle…
En “Siempre la ausencia / viene del cielo”, encontramos ecos de Claudio Rodríguez. En “Puede que el mundo esté bien hecho. / Pero nosotros no”, de Guillén.
“En la ausencia encuentro refugio”, dice, “En el silencio  me defiendo / y protejo de la vida”.
En esta suerte de peregrinación a las fuentes, por decirlo con lanza del Vasto, afirma: “En este valle / me reconozco. “Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”. Consciente de que ahí “Es cierto todo. / Todo lo que percibes”.
En la noche (“larga es la sombra de la noche”) encuentra un símbolo para dar fe de lo que le desconcierta. Las tardes, sin embargo, son propicias para sentir "la “plenitud de un instante”.
El poema final abrocha perfectamente este intenso paseo por un microcosmos tan tangible como misterioso. “Así es el asombro. / Conmoción y promesa. / Asisto al deslumbramiento / como si todo / lo viera por primera vez”. Pura coherencia.
 
Carlos Permanyer
Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2026. 68 páginas. 12,00 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

3.9.26

À bout de souffle

Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958), que ha publicado las novelas La piel del camaleón (1993), Inviernos (1995) y Los placeres tristes (2002), y ha sido coautor de los guiones de las películas Agallas (2009), Tiempo sin aire (2015) y 70 binladens (2019), es, ante todo, poeta. Como tal, ha dado a la imprenta Los desiertos verdes (2006), La noche cerca (2012), Rwenzori (2015) y En jardines de arena (2019). En 2024 vio la luz la antología Postales del norte, donde reunió poemas (algunos inéditos) sobre el controvertido tema del terrorismo. Sobre ese asunto, que tanto ha marcado a los españoles, escritores o no, de nuestra generación (y de algunas anteriores y posteriores, tan largo fue su penoso rastro de violencia y de sangre), vuelve Gil Bengoa en este nuevo libro. De poesía, sí, no se dude, pero con un inesquivable y sutil hilo narrativo y una puesta en escena de lo más cinematográfica. No le falta intriga. Porque se nos cuenta una historia y se hace, como digo, de una manera fílmica determinada, no querría uno desvelar ningún misterio, que es tanto como decir que no pretendo destripar ni el relato en sí ni, menos aún, el final. Lo intentaré.
Por lo pronto, el libro se abre con una elocuente cita de la rumana Ana Blandiana: “y contemplar la línea que divide / el bien del mal”. Lo componen cuatro partes.
La primera va con un epígrafe de Eugénio de Andrade: “Son como un cristal / las palabras”. Y eso parece en estos poemas breves y sin título en los que abunda la elipsis, como es natural en alguien que dosifica la información que quiere trasladar al lector. Que juega con maestría la baza misteriosa. Como ocurre con el silencio: “¿Qué es el silencio? / ¿Una repentina oscuridad en la luz? / ¿El olor a tierra empapada tras un atormenta en la noche?”. Y sigue: “Suelen decirme / procura / siempre/ que incluso la mirada / sea / alusión al silencio”.
Las referencias se gradúan, están veladas, son noticias escuetas que el lector ha de interpretar a medida que avanza el libro, esto es, la historia.
La que hablaba antes era Ane, una niña. La protagonista. Sabemos que está con sus padres. En el extranjero (“palabras nuevas / en un idioma distinto”, un coche que “lleva el volante al otro lado”, fish and chips…). A orillas del mar. En un momento dado (viajan de ciudad en ciudad, el padre cambia de trabajo) se nombra Camber Sands (dunas famosas que se localizan en el condado de East Sussex, en Inglaterra).
Ane parece madura para su edad, que no se concreta. Reflexiona en voz alta. Recuerda a rachas una existencia anterior en un paisaje distinto, aunque “de fronteras”. Cenan en silencio (un silencio que persistentemente flota en el ambiente, ya se dijo, roto, si acaso, por lo dicho en voz baja) “a una hora diferente / de la otra vida”. Leemos “fuga”, “palabras secretas”… Son “testigos del silencio”. Y hay diálogos internos y juegos de voces. De pronto, un lugar: Avilés. Y una persona que vuelve de esa otra vida perdida: el abuelo, figura clave (luego sabremos el porqué) en la fabulación. Y otra que muere, amigo del padre.
La cita que abre la segunda parte, de Emily Dickinson, refuerza lo que venimos subrayando: “Qué silencioso se tiende el enigma”. “Mi castillo de arena” es el primer verso de un poema metafórico que incide de lleno en el secreto. “Pienso en nuestra casa / la casa de entonces / mi cuarto de siempre”. Que no es fácil vivir así lo delata el verso “Hay noches que dejo rastros de orina”. Y de nuevo, la memoria. Y allí, encapuchados y humo y cristales rotos y pancartas y “banderas en llamas”.  “Se brindaba por la libertad en silencio”, leemos. Y de nuevo el amigo muerto y lo que sintió: ¿temor, coraje, ira?
Ane se siente “Extrañada. / Extraviada. / Excluida”. Confiesa: “Soy un ave aturdida en jaula de silencio”. Y: “A solas deambulo con el misterio”. Y: “Es un drama vivir así, siempre amenazados”. “Debo pensar un refugio”, concluye. Un cine, por ejemplo, donde se esconden y una misteriosa mano toca la de su padre. “A resguardo en dónde. // A resguardo de quién. // A resguardo de qué”. Y de nuevo Avilés. Y Asturias. Y “nunca digas que somos vascos”. Y un “idolatrado idioma” que ha de silenciarse también: De ahí que su madre, como si vomitara, cubra, en un hueco de la playa, “sus palabras con arena”.
La tercera sección lleva al frente unas palabras de Anisa Koltz: “Con ellos paso de un exilio a otro”.
Y al principio del primer poema: “¿He nacido para el silencio?”. Y otra vez un cambio de domicilio: “escapando, siempre escapando”.
La historia se va precipitando hacia el final. Sorprendente, por cierto, como cabe a toda clásica narración que se precie. Un informativo de televisión, una llamada telefónica, una funcionaria de Servicios Sociales… La vuelta a casa.
Un solo poema ocupa la cuarta parte. Delante, unos versos de Rafael Cadenas: “Cuando eras inmortal. / Cuando eras”.
Han transcurrido algunos años. Otro guiño cinematográfico no menos clásico. Ane ya es una mujer. Pendiente de dos esperas.
  
Juan Gil Bengoa
Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2026. 84 páginas. 14,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.