"Además está en trámite la supresión de algunos puestos como los directores del Instituto Agroalimentario o la Editora Regional". (El subrayado es mío.) Diario Hoy.
12.3.12
Adiós a Zona de paso
150 entrevistas después y tres años más tarde, el periodista Juan Domingo Fernández cierra en el diario Hoy su sección de entrevistas Zona de paso. Puedo asegurar que las he leído todas.
No conseguí, cuando pude, ser su editor, y mira que insistí, pero tengo la esperanza de que ese libro de conversaciones que JDF debe a sus lectores llegará. Tal vez por eso empieza su artículo de despedida con: "No daría para un libro, sino para tres".
Por lo demás, espero que vuelva con nuevos empeños, más allá de su colaboración semanal. Si hay alguien imprescindible en ese querido periódico, un referente con todas las consecuencias, es él.
No conseguí, cuando pude, ser su editor, y mira que insistí, pero tengo la esperanza de que ese libro de conversaciones que JDF debe a sus lectores llegará. Tal vez por eso empieza su artículo de despedida con: "No daría para un libro, sino para tres".
Por lo demás, espero que vuelva con nuevos empeños, más allá de su colaboración semanal. Si hay alguien imprescindible en ese querido periódico, un referente con todas las consecuencias, es él.
Hace unos meses, la revista Sibila publicó un poema que le está dedicado. Surgió después de nuestra conversación aquí, en casa, en esta habitación donde ahora escribo, una calurosa tarde de julio.
EL MURO
Me preguntas si ha sido esta ciudad
mi torre de marfil. Yo te respondo
que acaso las murallas
(a cuyos pies trabajo cada día,
a cuyas piedras se enfrentan las ventanas
del piso donde vivo,
a cuyo alrededor siempre paseo),
sin voluntad privada o excluyente,
han sido mi refugio, una isla aparte;
que entre sus muros, en fin, levantó uno
su mundo contra el mundo.
EL MURO
A Juan Domingo Fernández
El muro, yo y luego el mundo: Eso es mi mundo
Henrik Nordbrandt
El muro, yo y luego el mundo: Eso es mi mundo
Henrik Nordbrandt
Me preguntas si ha sido esta ciudad
mi torre de marfil. Yo te respondo
que acaso las murallas
(a cuyos pies trabajo cada día,
a cuyas piedras se enfrentan las ventanas
del piso donde vivo,
a cuyo alrededor siempre paseo),
sin voluntad privada o excluyente,
han sido mi refugio, una isla aparte;
que entre sus muros, en fin, levantó uno
su mundo contra el mundo.
11.3.12
Elogio de la lentitud
El viernes, al llegar del largo y caluroso paseo, me encontré con un libro. En mis manos, la preciosa edición de Hacia la tormenta, de Fernando Sanmartín, publicado por Xordica en 2005. Tenía muchas ganas de leer, ya lo dije, los diarios del autor zaragozano, amigo de mi amigo Elías Moro, que tiene mucho que ver con la sorpresa, así que tan contento.
Los que se dedican a la enseñanza saben bien cómo se llega al fin de semana y lo bien que sienta la tarde del viernes. Me di una ducha, me senté y empecé a ojear el ejemplar por dentro y por fuera. No me gusta mezclar lecturas y tenía otra entre manos. Al momento, iba Hacia la tormenta con todas las consecuencias. Casi al final, por un comentario acerca de los escritores y el alcohol, al bebedor que no soy ni nunca he sido le dio por pensar que me había bebido el libro como algún amigo degusta un whisky o un gin tonic en el salón de su casa al atardecer, serenamente. No me resultaba difícil adivinar que esa lectura no iba a defraudarme. Tampoco que me iba a resultar tan gratificante. Misterios de la literatura.
Sin alharacas, sin pedantería, sin ensañamiento, sin egotismo, con una prosa jugosa, elegante y eficaz no carente de ironía; una prosa de la mejor estirpe, de ahí su regusto a clásica, alguien de Zaragoza nos habla de sus lecturas, de sus viajes, de su modesta vida literaria, de sus amigos... Digo lo de Zaragoza porque Sanmartín y esa ciudad -él mismo lo declara: "formo parte de ella"- son inseparables, lo que me lleva a expresar mi sana envidia, insana siempre, de que allí convivan, y en la mejor armonía, tantos y tan buenos escritores de apellidos breves (una casualidad) que no nombro -salvo al inolvidable Romeo- para evitar omisiones u olvidos, algunos de los cuales -los citados "amigos"- pululan por estas páginas donde FS busca "cobijo".
Otro personaje central es su hijo Yorgos (como Seferis), que nace cuando lo está escribiendo (entre 1997 y 2002). Y "ella" (¿Mar?), tan difuminada como presente. Y, junto a ellos, la villa de Lekeitio, y otro mar: el mismo de todos los veranos.
Dije viajes y no son pocos los que hace este hombre. Con él nos acercamos a París y a Londres, pero también a Berlín, Bratislava, Siria o el Sahara. También de esos lugares habla lo justo, quizás porque, como dice en la primera entrada de su diario: "Una de las cosas que más admiro en literatura es el silencio". Y sigue: "Admirable compostura la de quienes utilizan el silencio como ropaje, como geometría". Es parte del tono de este breve libro sutil e inteligente que siempre dice más de lo que parece. Y es que Sanmartín tiene la gracia de acertar con los detalles, de trascender la cotidianeidad con la anilla de la literatura. Poco importa que hable de una linterna, una paloma o la fotografía de un buzo. Será porque le gusta mirar: "Mirar. Como una búsqueda".
FS podría hacer suya la definición de Tomeo -otro de la panda aragonesa-, eso de que "escribir es como abrir una ventana y ver el paisaje y contárselo a los que no están asomados contigo". Como previsible, no sé por qué, era su encuentro con Sánchez Ostiz (otro diarista imprescindible) al que define como "afiliado al entusiasmo, a la sinceridad, al aguante", algo que acaso Sanmartín también podría adjudicarse. Como eso otro que comenta a propósito del pintor Ignacio Fortún: "directo, sin retórica, sin trucos". Y uno escribe como es.
A pesar de la aludida brevedad -marca de la casa-, Hacia la tormenta tiene una segunda parte: "Otro viaje, otro argumento (2002)" dedicada a la experiencia de convivir con un cuadro de grandes proporciones del citado Fortún que se llevó a casa después de que el pintor le pidiera un texto para el catálogo de su próxima exposición.
En este libro de perfiles y detalles no está de más, en fin, fijarse en algunas menciones: la de Modiano, por ejemplo, de quien compra, en Estrasburgo, Le petite bijou, porque "en las novelas de este autor uno encuentra personas que son reos de su pasado. Algo que me resulta demasiado próximo". Son datos que sirven para que uno fije su nombre en esa noble lista de diaristas españoles que tantas satisfacciones dan a los lectores del presente y tanto juego darán a los estudiosos del futuro.
Uno se queda, el libro ya cerrado, con ganas de más. Y recuerda lo que Sanmartín escribió en la página 38: "Pero es el azar, a veces, quien coloca en nuestras manos los libros cuando le apetece". ¡Bendito azar!
Los que se dedican a la enseñanza saben bien cómo se llega al fin de semana y lo bien que sienta la tarde del viernes. Me di una ducha, me senté y empecé a ojear el ejemplar por dentro y por fuera. No me gusta mezclar lecturas y tenía otra entre manos. Al momento, iba Hacia la tormenta con todas las consecuencias. Casi al final, por un comentario acerca de los escritores y el alcohol, al bebedor que no soy ni nunca he sido le dio por pensar que me había bebido el libro como algún amigo degusta un whisky o un gin tonic en el salón de su casa al atardecer, serenamente. No me resultaba difícil adivinar que esa lectura no iba a defraudarme. Tampoco que me iba a resultar tan gratificante. Misterios de la literatura.
Sin alharacas, sin pedantería, sin ensañamiento, sin egotismo, con una prosa jugosa, elegante y eficaz no carente de ironía; una prosa de la mejor estirpe, de ahí su regusto a clásica, alguien de Zaragoza nos habla de sus lecturas, de sus viajes, de su modesta vida literaria, de sus amigos... Digo lo de Zaragoza porque Sanmartín y esa ciudad -él mismo lo declara: "formo parte de ella"- son inseparables, lo que me lleva a expresar mi sana envidia, insana siempre, de que allí convivan, y en la mejor armonía, tantos y tan buenos escritores de apellidos breves (una casualidad) que no nombro -salvo al inolvidable Romeo- para evitar omisiones u olvidos, algunos de los cuales -los citados "amigos"- pululan por estas páginas donde FS busca "cobijo".
Otro personaje central es su hijo Yorgos (como Seferis), que nace cuando lo está escribiendo (entre 1997 y 2002). Y "ella" (¿Mar?), tan difuminada como presente. Y, junto a ellos, la villa de Lekeitio, y otro mar: el mismo de todos los veranos.
Dije viajes y no son pocos los que hace este hombre. Con él nos acercamos a París y a Londres, pero también a Berlín, Bratislava, Siria o el Sahara. También de esos lugares habla lo justo, quizás porque, como dice en la primera entrada de su diario: "Una de las cosas que más admiro en literatura es el silencio". Y sigue: "Admirable compostura la de quienes utilizan el silencio como ropaje, como geometría". Es parte del tono de este breve libro sutil e inteligente que siempre dice más de lo que parece. Y es que Sanmartín tiene la gracia de acertar con los detalles, de trascender la cotidianeidad con la anilla de la literatura. Poco importa que hable de una linterna, una paloma o la fotografía de un buzo. Será porque le gusta mirar: "Mirar. Como una búsqueda".
FS podría hacer suya la definición de Tomeo -otro de la panda aragonesa-, eso de que "escribir es como abrir una ventana y ver el paisaje y contárselo a los que no están asomados contigo". Como previsible, no sé por qué, era su encuentro con Sánchez Ostiz (otro diarista imprescindible) al que define como "afiliado al entusiasmo, a la sinceridad, al aguante", algo que acaso Sanmartín también podría adjudicarse. Como eso otro que comenta a propósito del pintor Ignacio Fortún: "directo, sin retórica, sin trucos". Y uno escribe como es.
A pesar de la aludida brevedad -marca de la casa-, Hacia la tormenta tiene una segunda parte: "Otro viaje, otro argumento (2002)" dedicada a la experiencia de convivir con un cuadro de grandes proporciones del citado Fortún que se llevó a casa después de que el pintor le pidiera un texto para el catálogo de su próxima exposición.
En este libro de perfiles y detalles no está de más, en fin, fijarse en algunas menciones: la de Modiano, por ejemplo, de quien compra, en Estrasburgo, Le petite bijou, porque "en las novelas de este autor uno encuentra personas que son reos de su pasado. Algo que me resulta demasiado próximo". Son datos que sirven para que uno fije su nombre en esa noble lista de diaristas españoles que tantas satisfacciones dan a los lectores del presente y tanto juego darán a los estudiosos del futuro.
Uno se queda, el libro ya cerrado, con ganas de más. Y recuerda lo que Sanmartín escribió en la página 38: "Pero es el azar, a veces, quien coloca en nuestras manos los libros cuando le apetece". ¡Bendito azar!
10.3.12
Síndromes
Con la misma naturalidad con que un hipocondriaco se apropia de los síntomas de una enfermedad, el letraherido hace suyos los versos de un poeta. Con aquéllos, enferma; con éstos, sana.
Paseantes
"Quema el sol como de verano, ¡mecagüen la h...!", me dijo ayer un señor mayor, mientras se quitaba la chaqueta, al cruzarse conmigo debajo del Puente Nuevo.
9.3.12
Unos poemas de Antonio Gracia
Una cosa es lo sustantivo y otra lo anecdótico. Empezaré por lo primero. La editorial madrileña Huerga y Fierro publicó el pasado año en la bonita colección Signos, que fundó y dirigió Ángel Luis Vigaray, la antología El mausoleo y los pájaros, del poeta alicantino Antonio Gracia (Bigastro, 1946). La edición corrió a cargo del crítico y profesor Ángel L. Prieto de Paula. Aun estando de acuerdo en que los prólogos, introducciones o prefacios la mayor parte de las veces pueden y hasta deben saltarse, en pocas ocasiones ha estado uno más convencido de su utilidad. El que abre esta antología es, sin duda, necesario. Poco, casi nada, conocía uno de la poesía de Gracia. Luego contaré qué y por qué. Eso ha cambiado. Después de haber leído los poemas que aquí se incluyen, claro, y, además, por lo que aporta sobre esa poesía el esclarecedor estudio de Prieto de Paula. Que el poeta carece de grupo, generación o como quiera llamársele es cosa sabida. No así las claves de una aventura poética al margen y por libre, rara avis, donde se vuelve a hacer patente la actualización cernudiana del griego: carácter es destino. Lo explica perfectamente el editor. Allí, Oniria -la belleza, el amor y la muerte- y las "pulsiones fundamentales" del universo graciano: "la pasión amorosa, la creación literaria y el duelo por la mortalidad". Tiene razón cuando afirma que hay un antes y un después en la obra de Gracia, un límite marcado por el libro Hacia la luz (1998). Y uno prefiere, qué duda cabe, lo que vino a partir de entonces. Más clasicidad mediterránea, luz e himno y menos desesperación, elegía y retorcimiento. En suma: más y mejor poesía. Todo se lee (¿se comprende?) de otro modo tras recorrer el itinerario que traza el editor a propósito de los versos de este "sujeto del dolor", tan solipsista: "entre los versos nadie sino yo". ¿La consecuencia? Un buen puñado de poemas, que diría otro de sus antólogos, José Luis García Martín, que trascienden ese deliberado ensimismamiento, ese melancólico "yoísmo", y alcanzan al lector a través, sobre todo, de su pulsión romántica, en el mejor y más pleno sentido del término. Los versos de un poeta que merece, gustos aparte, ser considerado como tal.
En cuanto a lo segundo, la anécdota, poco puedo añadir. Con uno de sus libros, Devastaciones, sueños, Gracia se alzó con el premio "José de Espronceda" de Almendralejo. Uno estaba en el jurado que decidió otorgárselo por mayoría. Pocos meses después, en el acto donde se fallaba el Loewe de ese año, pude escuchar cómo un libro con el mismo título ganaba el prestigioso premio y, lo que me resultó aún más extraño, el autor también se llamaba Antonio Gracia. Era él. El mismo, quiero decir. Luego vino el lío monumental y la desposesión del premio y las confusas explicaciones y, por fin, en la bibliografía, la mención a esa obra como "no autorizada" en su primera edición de Libros del Oeste (2005).
Después de conocer mejor al poeta y a sus poemas (una cosa y la misma), no sé qué pensar sobre ese desagradable asunto al que, por cierto, Prieto de Paula no dedica ni una sola palabra. A buen seguro, por lo que dije al principio: que una cosa es lo sustantivo y otra, muy distinta, lo anecdótico. Por muy posmoderno que se quiera poner uno.
En cuanto a lo segundo, la anécdota, poco puedo añadir. Con uno de sus libros, Devastaciones, sueños, Gracia se alzó con el premio "José de Espronceda" de Almendralejo. Uno estaba en el jurado que decidió otorgárselo por mayoría. Pocos meses después, en el acto donde se fallaba el Loewe de ese año, pude escuchar cómo un libro con el mismo título ganaba el prestigioso premio y, lo que me resultó aún más extraño, el autor también se llamaba Antonio Gracia. Era él. El mismo, quiero decir. Luego vino el lío monumental y la desposesión del premio y las confusas explicaciones y, por fin, en la bibliografía, la mención a esa obra como "no autorizada" en su primera edición de Libros del Oeste (2005).
Después de conocer mejor al poeta y a sus poemas (una cosa y la misma), no sé qué pensar sobre ese desagradable asunto al que, por cierto, Prieto de Paula no dedica ni una sola palabra. A buen seguro, por lo que dije al principio: que una cosa es lo sustantivo y otra, muy distinta, lo anecdótico. Por muy posmoderno que se quiera poner uno.
8.3.12
Los Galanes y Margarit
Me acerqué hasta Guijo de Granadilla para una reunión del Patronato de la Casa-Museo "José María Gabriel y Galán"; la más concurrida, que uno recuerde, de los últimos años. Con representación institucional y todo: de Junta y Diputación. (Me llamó la atención, por cierto, que la responsable del Plan de Fomento de la Lectura llegara en coche oficial y con chófer. Nunca disfrutó uno de tales privilegios en esa honrosa tarea, ni en ninguna. ¿No dijeron las nuevas autoridades regionales que esas prebendas se habían terminado, que eso era cosa del dispendio socialista?)
Paco, el nieto del poeta, sigue luchando a brazo partido por la memoria de Galán, un combate que comparte con otra pasión confesa: la recuperación de la obra de su hermano José Antonio. De uno y otro hay libros a la espera de que la Editora Regional vuelva a la vida. A la ordinaria, digo, no a esa latente en la que subsiste gracias al empeño y la profesionalidad de quienes allí trabajan. Rosa Lencero explicó que pronto habrá alguien al frente. Nadie preguntó más.
Los actos suelen coincidir en estos sitios pequeños, así que, ya en Plasencia, nos fuimos a escuchar la lectura de Joan Margarit, una de las dos sesiones programadas para este curso del Aula de Literatura, qué casualidad, "José Antonio Gabriel y Galán". No había mucha gente cuando llegamos a Santa Ana. Un rato después, los habituales, una inmensa minoría, ya estaban sentados a la espera de las palabras del poeta catalán y, antes, de la presentación de Juan Ramón Santos.
No deja de sorprenderme ver en Plasencia (en el mismo lugar donde uno hizo su Primera Comunión) a escritores de la importancia de Margarit. Por una noche, somos menos provincianos.
No conocía a Margarit personalmente, pero he leído casi todos sus libros, que es lo que importa. Como a otros, me extrañó que leyera con tanta intensidad sus poemas. O la mayor parte. Al fin y al cabo, su poesía es sobria y cotidiana, de línea clara, poco enfática y, en consecuencia, poco dada a la recitación, lo que no significa que carezca de emotividad. Por cierto, leyó sólo tres poemas en las dos lenguas que usa, catalán y castellano, suficiente para apreciar las diferencias entre ambas (y las dificultades de la traducción), así como la belleza de la suya materna. El mismo poema, dos distintos.
No hubo coloquio al final. Uno echó de menos, más que nunca, la intervención del preguntador por excelencia del Verdugo, donde empezó el Aula. A quién mejor que a un arquitecto se le puede preguntar si su poesía es vertical u horizontal.
Paco, el nieto del poeta, sigue luchando a brazo partido por la memoria de Galán, un combate que comparte con otra pasión confesa: la recuperación de la obra de su hermano José Antonio. De uno y otro hay libros a la espera de que la Editora Regional vuelva a la vida. A la ordinaria, digo, no a esa latente en la que subsiste gracias al empeño y la profesionalidad de quienes allí trabajan. Rosa Lencero explicó que pronto habrá alguien al frente. Nadie preguntó más.
Los actos suelen coincidir en estos sitios pequeños, así que, ya en Plasencia, nos fuimos a escuchar la lectura de Joan Margarit, una de las dos sesiones programadas para este curso del Aula de Literatura, qué casualidad, "José Antonio Gabriel y Galán". No había mucha gente cuando llegamos a Santa Ana. Un rato después, los habituales, una inmensa minoría, ya estaban sentados a la espera de las palabras del poeta catalán y, antes, de la presentación de Juan Ramón Santos.
No deja de sorprenderme ver en Plasencia (en el mismo lugar donde uno hizo su Primera Comunión) a escritores de la importancia de Margarit. Por una noche, somos menos provincianos.
No conocía a Margarit personalmente, pero he leído casi todos sus libros, que es lo que importa. Como a otros, me extrañó que leyera con tanta intensidad sus poemas. O la mayor parte. Al fin y al cabo, su poesía es sobria y cotidiana, de línea clara, poco enfática y, en consecuencia, poco dada a la recitación, lo que no significa que carezca de emotividad. Por cierto, leyó sólo tres poemas en las dos lenguas que usa, catalán y castellano, suficiente para apreciar las diferencias entre ambas (y las dificultades de la traducción), así como la belleza de la suya materna. El mismo poema, dos distintos.
No hubo coloquio al final. Uno echó de menos, más que nunca, la intervención del preguntador por excelencia del Verdugo, donde empezó el Aula. A quién mejor que a un arquitecto se le puede preguntar si su poesía es vertical u horizontal.
7.3.12
VIRGEN DE LA SALUD
A Marina Gasparini
Subo junto a mi madre
por la calle Trujillo
y la lluvia es noticia
del otoño inminente.
De golpe, sin avisos,
las tardes de septiembre
-largas, anaranjadas-
dan paso a otras más dignas
de los meses del frío.
Lo recuerdo al leer
la evocación que haces
de una fiesta lejana
-Virgen de La Salute-
en la bella Venecia.
La de aquí es más temprana.
Inaugura estación,
aunque no sea el invierno.
En las dos la salud
es la excusa de muchos,
que la piden solícitos
por creencia o costumbre.
Aquí, como en aquélla,
se suben escalones
para alcanzar la gracia.
Se repiten, después,
dentro de la capilla
(que es parte de una puerta
de la vieja muralla)
letanías monótonas
que giran con las voces
de todos los presentes.
Ya fuera, bajo el arco,
mujeres con mandiles
venden dulces y frutas
-rosquillas, acerolas,
madroños y floretas -
mientras suena la música,
flautas y tamboriles.
Plasencia, sin embargo,
no huele a caramelo.
por la calle Trujillo
y la lluvia es noticia
del otoño inminente.
De golpe, sin avisos,
las tardes de septiembre
-largas, anaranjadas-
dan paso a otras más dignas
de los meses del frío.
Lo recuerdo al leer
la evocación que haces
de una fiesta lejana
-Virgen de La Salute-
en la bella Venecia.
La de aquí es más temprana.
Inaugura estación,
aunque no sea el invierno.
En las dos la salud
es la excusa de muchos,
que la piden solícitos
por creencia o costumbre.
Aquí, como en aquélla,
se suben escalones
para alcanzar la gracia.
Se repiten, después,
dentro de la capilla
(que es parte de una puerta
de la vieja muralla)
letanías monótonas
que giran con las voces
de todos los presentes.
Ya fuera, bajo el arco,
mujeres con mandiles
venden dulces y frutas
-rosquillas, acerolas,
madroños y floretas -
mientras suena la música,
flautas y tamboriles.
Plasencia, sin embargo,
no huele a caramelo.
| Foto: Joaquín Velázquez |
6.3.12
Habla, memoria
Volviendo al asunto de la desidia institucional, ahora que los mandamases culturales se empeñan en dejarse ver en actos de escasa entidad, pero siguen sin acudir a los que acaso importan (el último, la presentación madrileña de la colección poética Luna de Poniente, que, por cierto, patrocina un ayuntamiento popular), recuerdo un gracioso sucedido que anticipaba esta peregrina costumbre, tan reñida, ay, con la dichosa excelencia que siempre tienen los políticos en la boca. Fue al poco de tomar el poder el señor Vara. Desde la jefatura del gabinete de la innombrable consejera de entonces, se me instó a acudir a Madrid para representar al presidente de la Junta en un evento, que dirían ellos. En la calle Leganitos, vetusta sede de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, tendría lugar la presunta presentación de un libro sobre el ceramista emeritense, otrora famoso, Rafael Ortega, algo así como el M. Sansón de aquella época. Allá me fui, corbatina en ristre. Llegué, saludé, me presenté... Nadie me conocía ni me esperaba. Por uno, sin problema, pero iba en nombre, no se olvide, del mismísimo presidente. Así de profesional era aquel jefecillo. El que me mandó, digo. Tras aguantar el chaparrón en aquel oscuro y húmedo piso donde, en rigor, todo era vetusto, volví a casa. Tan deprisa que perdí la ocasión de saludar al nonagenario padre de Castelo, presente en el acto. Luego supe que había asistido, más que nada, por verme. Al día siguiente, ingenuo de mí (así acabé), llamé al susodicho jerarquina y me quejé. De la falta de coordinación y, sobre todo, de que todo un presidente de la Junta de Extremadura hubiera aceptado personarse, a través de uno, en lo que sólo fueron unas deslavazadas palabras sobre el citado alfarero pronunciadas, con la correspondiente retórica, por un amigo suyo que habló en esa condición y que era tan póstumo como aquél. ¿Libro? ¿Qué libro? No contento con eso, en un irresponsable ataque de responsabilidad, me tomé el atrevimiento (sí, más que ingenuo, g...) de escribir un e-mail al encargao de la cosa cultural del eximio político para advertirle, a toro pasado, de la inconveniencia de lidiar en según qué plazas. Éste vino a responderme, y no de buenas maneras, que quién era yo para dar lecciones (¡cuánta razón!) y, más allá, para opinar sobre la agenda del presidente. Pues bien, ese camino de cabras, que empezó a sustituir, metafóricamente hablando, a las carreteras y aun autovías que llegamos a transitar en el pasado (¿te acuerdas, Paco?), ha ido a peor en estos últimos años. Ahora, por esa trocha, pasa a duras penas nuestro entrañable animal patrio. ¿No dijo un poeta, pariente de Esperanza Aguirre, que éste era un "intratable pueblo de cabreros"? Todo cuadra.
5.3.12
Dos citas, un autorretrato y un consejo
1. "Gentes por lo demás delicadas y decentes, y que de seguro no soñarían jamás con abordar a un desconocido (que acaba de serles presentado) con la pregunta: «¿Qué, todavía enamorado?», se creen no obstante obligadas a decir desde el inicio, como si fuera un gesto de cortesía: «¿Y qué, tiene algún libro en curso?»" Julien Gracq, Capitulares.
2. "El miedo determina la conducta del individuo, solo o en muchedumbre. Te avisa del peligro, genera reacciones de alarma y defensa, pero ay de ti si solamente consistes en el miedo que te colma. " De Miedos, El Cultural.
3. Gonzalo Calcedo se autorretrata en el blog de Fernando Valls.
4. Qué buen consejo le dio Carlos Pujol a un jovencísimo Marcos Ordóñez hace años.
4.3.12
Clarín, 97
Sí, el 97, a tres de la primera centena, un número redondo de esos que odia Vila-Matas. De lo leído, que no es todo, me quedo, para empezar, con un descubrimiento que agradezco a Bruno Mesa: el de otro poeta, romano, Giorgio Vigolo, al que, ojalá, esté traduciendo para que podamos conocerlo como es debido y, por lo que se vislumbra, merece. Para seguir, con las magníficas prosas de José Julio Ordovás. Estuve a punto de incluirlo en mi entrada sobre los aragoneses, porque es de allí y porque también acaba de publicar un libro en La Isla de Siltolá: Una pequeña historia de amor, que ya tengo entre los que voy a leer de inmediato. Más después de lo que publica en la revista asturiana: Me ha hecho gracia el fragmento final, el más ligero, "Bipartidismo", que dedica a las presuntas guerras líricas: "El partidismo literario es una nefasta tontería. Los enfrentamientos entre escritores no se deben a posicionamientos ni éticos ni estéticos. Son peleas de gallos que utilizan la literatura como arma arrojadiza para hacerse con el control del gallinero".
Mi paisano Luis María Marina, diplomático en Lisboa, traduce a un interesante poeta portugués poco conocido, Alberto de Lacerda. Autor, pongo por caso, del poema "A la ciudad de Lisboa": "A pesar del horror en que vives sumergida / A pesar del horror en que vivimos sumergidos / He de sentir nostalgia cuando vuelva a partir / Cuando vuelva a partir sin nostalgia ninguna."
Ben Clark, por su parte, traduce a Edward Thomas, otro raro, un war poet que apenas escribió sobre la guerra y que murió demasiado joven en la batalla de Arras.
De otra medio paisana, María Brey, la mujer del extremeño Rodríguez Moñino (pareja que da nombre a la Biblioteca Pública de Cáceres), tía de Mariano Rajoy, escribe Inmaculada de la Fuente y con su memoria rescata la de la mejor España.
Otra mujer, mi admirada Marina Gasparini, publica unas prosas, muy poéticas, en las que vuelve sobre su interminable Venecia: esta vez, a su verano (que tanto detestaba el veneciano Brodsky), a Las venezianas de Carpaccio y su fiesta de la Virgen de La Salute, cuando la ciudad sumergida huele a caramelo.
Reseñas aparte (muy divertido el comienzo de la que firma E. T., emocionada despedida a Benjamín Prado, exdirector de Cuadernos Hispanoamericanos: "Con un sobresaliente abría (sic) que calificar la etapa en que esta veterana revista..."), el número se cierra con un artículo de Laura Freixas sobre los diarios íntimos (que ha disgustado a Trapiello y que todavía no he leído) y un jugoso "Glosario editorial" del poeta y bloguero Rivero Taravillo: "Errata: eufemismo piadoso de falta de ortografía".
Mi paisano Luis María Marina, diplomático en Lisboa, traduce a un interesante poeta portugués poco conocido, Alberto de Lacerda. Autor, pongo por caso, del poema "A la ciudad de Lisboa": "A pesar del horror en que vives sumergida / A pesar del horror en que vivimos sumergidos / He de sentir nostalgia cuando vuelva a partir / Cuando vuelva a partir sin nostalgia ninguna."
Ben Clark, por su parte, traduce a Edward Thomas, otro raro, un war poet que apenas escribió sobre la guerra y que murió demasiado joven en la batalla de Arras.
De otra medio paisana, María Brey, la mujer del extremeño Rodríguez Moñino (pareja que da nombre a la Biblioteca Pública de Cáceres), tía de Mariano Rajoy, escribe Inmaculada de la Fuente y con su memoria rescata la de la mejor España.
Otra mujer, mi admirada Marina Gasparini, publica unas prosas, muy poéticas, en las que vuelve sobre su interminable Venecia: esta vez, a su verano (que tanto detestaba el veneciano Brodsky), a Las venezianas de Carpaccio y su fiesta de la Virgen de La Salute, cuando la ciudad sumergida huele a caramelo.
Reseñas aparte (muy divertido el comienzo de la que firma E. T., emocionada despedida a Benjamín Prado, exdirector de Cuadernos Hispanoamericanos: "Con un sobresaliente abría (sic) que calificar la etapa en que esta veterana revista..."), el número se cierra con un artículo de Laura Freixas sobre los diarios íntimos (que ha disgustado a Trapiello y que todavía no he leído) y un jugoso "Glosario editorial" del poeta y bloguero Rivero Taravillo: "Errata: eufemismo piadoso de falta de ortografía".
3.3.12
Burnside: en tierra de nadie
En un ensayo que trajimos hace poco aquí, Xavier Farré afirmaba que si tuviera que citar a algunos poetas afines al polaco Zagajewski, "los primeros que presentaría son el escocés John Burnside y el sueco Tomas Tranströmer". Pues bien, del primero, Burnside (Dumferline, 1955), se acaba de publicar en España una amplia antología de larga gestación, Conjeturas y esperanzas (Antología 1988-2008) (Colección La Cruz del Sur. Pre-Textos) al cuidado de Jordi Doce quien, además de traducir los poemas con la brillantez que suele, firma, más que un prólogo, un ensayo sobre su poesía, que contextualiza una de las aventuras poéticas más significativas de la Europa de entresiglos. Sólo por eso, los editores (el literario y los otros) deberían sentirse satisfechos. Pero hay más. Por ejemplo, Doce ha tomado la decisión de incluir, a modo de apéndice, la conversación entre Burnside y Zagajewski que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (moderada por él) en 2007, lo que no deja de ser una aportación sustantiva al volumen.
De la biografía de Burnside, ganador en 2011 del TS Eliot Prize, traductor de Aníbal Núñez en una antología que publicó la revista londinense Agenda, habría mucho que comentar: su juventud turbulenta, su inmersión en la meditación y el budismo ("Koi"), su vida nómada y errante ("y ningún sitio adonde ir"). Lo ha contado en sendos libros de memorias, A Lie About My Father y Waking Up in Toytown, "en el que explora las difíciles relaciones con su padre y las adicciones y trastornos mentales que padeció en su juventud, raíz de muchas de las obsesiones que conforman su imaginario". No es extraño que una de las palabras más frecuente en sus poemas sea "hogar".
"Mi obra se ocupa de una serie de asuntos recurrentes: la continuidad; la cualidad misteriosa del mundo natural y los momentos de revelación que a veces se presentan a los que parece que vivimos al margen de ese mundo, en los barrios de las afueras, en los pueblos o las ciudades pequeñas; las nociones de identidad como individuo aislado con una conciencia cambiante del yo y como miembro de una comunidad de vivos y de muertos; el paisaje de las afueras y del campo." Estas palabras de Burnside son elocuentes. Se podría precisar que buena parte de esas "afueras", esa "tierra de nadie", tienen que ver con pequeños puertos pesqueros de su Escocia natal y que para alguien de tierra adentro, como uno, los poemas allí ubicados tienen una capacidad de sugerencia digna de elogio. Por ejemplo el impresionante "El puerto de los hombres".
Como Zagajewski, Burnside es un "experto en epifanías", según subraya Jordi Doce, de ahí que, hable de lo que hable y se sitúe donde se sitúe -Mountain View, Newhaven o las Alpujarras-, todo lo que dice, a pesar de su cotidianeidad, parece novedoso, tocado con la varita mágica de lo poético que no deja de ser una manera de traducir en palabras el asombro o la perplejidad de lo que vemos o imaginamos en el mundo.
Comenta también Doce que la suya es la "naturalidad del caminante", sí, pero de alguien que pasea con los cinco sentidos, por dentro y por fuera, consciente, muy atento a lo que sucede y pasa. Su capacidad de penetración, ya digo, es llamativa, incluso para el lector habitual de poesía. Con todo, vuelve a precisar el editor, no hay inocencia en su noción de lenguaje. Del modernism, toma, según Arthur Terry (que fue uno de sus mejores estudiosos) "la idea de que lenguaje por fuerza distorsiona la experiencia" y, completa Doce, "hace posible lo real", lo concibe y da forma. Algo que no es incompatible con el tránsito de su poesía por esa "tierra de nadie entre lo real y lo fantástico".
De "fluidez" se habla también en la introducción y la verdad es que da gusto deslizarse por estos poemas largos y discursivos, poemas compuestos, a su vez, de otros poemas, donde la narratividad nunca se impone al lirismo (en la conversación con Zagajewski alude a una "narración lírica"), algo que resulta factible, conviene añadir, gracias a la versión en español que, por suerte, no suena a poesía traducida. Basta con leer poemas como "El baile del manicomio", "Ola de calor" o "Sobre un tema de Lucrecio" para darse cuenta de lo que digo. Poemas, cabe anotar, con un vocabulario muy preciso; donde cada animal y cada planta, también cada utensilio, herramienta o arte de pesca, está nombrado con la exactitud propia de alguien que sabe bien de lo que habla.
Hay en ellos, además, una "ilusión de presente perpetuo". En la citada charla del Círculo, Burnside afirma que "el poema lírico es un viaje, o el final de un viaje por el que entramos en otra noción del tiempo, otra manera de vivirlo", que él relaciona con la durée bergsoniana. "Otro mundo" donde los vivos y los muertos conviven, ya se dijo, sin problemas.
Destaca, en fin, JD uno de sus impulsos centrales: la piedad, algo normal en una poesía que "tiene mucho de religiosa", sobre todo la más reciente, donde se constata un "aliento espiritual" y "la herencia cristiana". Una piedad nada abstracta, que uno toca cuando el poeta se refiere a sus vecinos: hombres tristes y mujeres resignadas que habitan ese mundo silencioso y legendario al borde de los bosques o del mar.
Ni libro del año ni del mes ni siquiera «uno de los mejores libros de los últimos años»; eso sí, Conjeturas y esperanza (que toma su título de un verso del poema "Pentecostés") es, ni más ni menos, un libro necesario que pone al alcance del lector una poesía y una poética que en palabras de W. N. Herbert evoca "el olvidado adjetivo «milagroso»". Atrévase.
De la biografía de Burnside, ganador en 2011 del TS Eliot Prize, traductor de Aníbal Núñez en una antología que publicó la revista londinense Agenda, habría mucho que comentar: su juventud turbulenta, su inmersión en la meditación y el budismo ("Koi"), su vida nómada y errante ("y ningún sitio adonde ir"). Lo ha contado en sendos libros de memorias, A Lie About My Father y Waking Up in Toytown, "en el que explora las difíciles relaciones con su padre y las adicciones y trastornos mentales que padeció en su juventud, raíz de muchas de las obsesiones que conforman su imaginario". No es extraño que una de las palabras más frecuente en sus poemas sea "hogar".
"Mi obra se ocupa de una serie de asuntos recurrentes: la continuidad; la cualidad misteriosa del mundo natural y los momentos de revelación que a veces se presentan a los que parece que vivimos al margen de ese mundo, en los barrios de las afueras, en los pueblos o las ciudades pequeñas; las nociones de identidad como individuo aislado con una conciencia cambiante del yo y como miembro de una comunidad de vivos y de muertos; el paisaje de las afueras y del campo." Estas palabras de Burnside son elocuentes. Se podría precisar que buena parte de esas "afueras", esa "tierra de nadie", tienen que ver con pequeños puertos pesqueros de su Escocia natal y que para alguien de tierra adentro, como uno, los poemas allí ubicados tienen una capacidad de sugerencia digna de elogio. Por ejemplo el impresionante "El puerto de los hombres".
Como Zagajewski, Burnside es un "experto en epifanías", según subraya Jordi Doce, de ahí que, hable de lo que hable y se sitúe donde se sitúe -Mountain View, Newhaven o las Alpujarras-, todo lo que dice, a pesar de su cotidianeidad, parece novedoso, tocado con la varita mágica de lo poético que no deja de ser una manera de traducir en palabras el asombro o la perplejidad de lo que vemos o imaginamos en el mundo.
Comenta también Doce que la suya es la "naturalidad del caminante", sí, pero de alguien que pasea con los cinco sentidos, por dentro y por fuera, consciente, muy atento a lo que sucede y pasa. Su capacidad de penetración, ya digo, es llamativa, incluso para el lector habitual de poesía. Con todo, vuelve a precisar el editor, no hay inocencia en su noción de lenguaje. Del modernism, toma, según Arthur Terry (que fue uno de sus mejores estudiosos) "la idea de que lenguaje por fuerza distorsiona la experiencia" y, completa Doce, "hace posible lo real", lo concibe y da forma. Algo que no es incompatible con el tránsito de su poesía por esa "tierra de nadie entre lo real y lo fantástico".
De "fluidez" se habla también en la introducción y la verdad es que da gusto deslizarse por estos poemas largos y discursivos, poemas compuestos, a su vez, de otros poemas, donde la narratividad nunca se impone al lirismo (en la conversación con Zagajewski alude a una "narración lírica"), algo que resulta factible, conviene añadir, gracias a la versión en español que, por suerte, no suena a poesía traducida. Basta con leer poemas como "El baile del manicomio", "Ola de calor" o "Sobre un tema de Lucrecio" para darse cuenta de lo que digo. Poemas, cabe anotar, con un vocabulario muy preciso; donde cada animal y cada planta, también cada utensilio, herramienta o arte de pesca, está nombrado con la exactitud propia de alguien que sabe bien de lo que habla.
Hay en ellos, además, una "ilusión de presente perpetuo". En la citada charla del Círculo, Burnside afirma que "el poema lírico es un viaje, o el final de un viaje por el que entramos en otra noción del tiempo, otra manera de vivirlo", que él relaciona con la durée bergsoniana. "Otro mundo" donde los vivos y los muertos conviven, ya se dijo, sin problemas.
Destaca, en fin, JD uno de sus impulsos centrales: la piedad, algo normal en una poesía que "tiene mucho de religiosa", sobre todo la más reciente, donde se constata un "aliento espiritual" y "la herencia cristiana". Una piedad nada abstracta, que uno toca cuando el poeta se refiere a sus vecinos: hombres tristes y mujeres resignadas que habitan ese mundo silencioso y legendario al borde de los bosques o del mar.
Ni libro del año ni del mes ni siquiera «uno de los mejores libros de los últimos años»; eso sí, Conjeturas y esperanza (que toma su título de un verso del poema "Pentecostés") es, ni más ni menos, un libro necesario que pone al alcance del lector una poesía y una poética que en palabras de W. N. Herbert evoca "el olvidado adjetivo «milagroso»". Atrévase.
Aníbal, 25 años
Cuando murió Aníbal, vivíamos en Jerte, no había móviles ni tampoco teléfono en casa y a Ángel Campos le costó localizarnos. Con todo, dejamos a L. en Plasencia con los abuelos y subimos a Salamanca. Llegamos cuando la gente salía del cementerio. Después, comimos con los amigos de Aníbal: Felipe, Tomás, Miguel... Éramos muchos. Parece mentira, pero de eso, como de casi todo, hace ya un cuarto de siglo.
2.3.12
El Loewe
Según costumbre, el trabajo es el trabajo y nunca más que ahora, no podré acudir a la presentación de Canción en blanco, de Álvaro García, XXIV Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe: el Loewe para el común. Será el próximo miércoles, día 14, y la tradicional comida tendrá lugar en el hotel Palace de Madrid. El presentador, de lujo, cómo no: Álvaro Pombo. Por si fuera poco, participará también el violonchelista Iagoba Fanlo. Aparte de saludar a jurados y amigos y de escuchar excelente música, se pierde uno el detalle de la casa (siempre bonito) y, sobre todo, la ocasión de dar un abrazo al ganador y traerte su libro en la mano. Ya llegará. Como casi todo.
[Fotografía: Jurado de la última edición. Archivo Fundación Loewe - Uxío da Vila]
1.3.12
Hombre en la niebla
Es el sugerente título del libro que ganó el último premio Adonais (sin tilde, por favor) y su autor es Jesús Bernal (Elche, 1976). Es la segunda obra publicada por este filólogo alicantino y especialista en informática que regenta una librería virtual, Full I Fusta, y que dice vivir "al margen de ambientes literarios".
No hace falta volver sobre el prestigio de ese premio que, nadie lo niega, no tiene ya la impronta que tuvo hace décadas. Pero eso importa poco. Vamos, que no es el premio quien hace al libro sino al revés. Con éste sale ganando Adonais. Por otra parte, a un jurado que cuenta con Eloy Sánchez Rosillo y Julio Martínez Mesanza entre sus miembros se puede presuponer acierto. Coherencia, sin duda. Es el caso, ya digo, aunque sepa de buena tinta que en ediciones muy recientes del veterano galardón algún libro hubiera merecido semejante reconocimiento. Premios.
Me ha gustado de Hombre en la niebla el tono, que en poesía lo es todo. El lenguaje común, el vocabulario esencial, el ritmo elegante. O la precisión y la exactitud, casi la sequedad, dicho en el mejor sentido.
Un paseante recorre distintos paisajes. Observa, siente, piensa y, luego, escribe. Sus referentes son una roca, un manantial, el viento, el agua... La naturaleza, el campo, son una presencia insoslayable. Pero no sólo. Tan certero resulta el poema "Paisaje de meseta" (en realidad, una poética) como "Ropa sin uso" (donde evoca el armario de alguien que ha muerto). Me he sentido muy cercano a "No sé por qué volví" o a "Vuelo del mirlo" y atisbo entre las lecturas de Bernal versos de algunos poetas mediterráneos que admiro como César Simón o Antonio Cabrera, a los que quizás Bernal no haya leído nunca, pero que se movieron o se mueven por ámbitos parecidos.
Se alegra uno, en fin, de que Adonais vuelva a darnos un libro digno de tan noble estirpe. No se puede pedir más.
No hace falta volver sobre el prestigio de ese premio que, nadie lo niega, no tiene ya la impronta que tuvo hace décadas. Pero eso importa poco. Vamos, que no es el premio quien hace al libro sino al revés. Con éste sale ganando Adonais. Por otra parte, a un jurado que cuenta con Eloy Sánchez Rosillo y Julio Martínez Mesanza entre sus miembros se puede presuponer acierto. Coherencia, sin duda. Es el caso, ya digo, aunque sepa de buena tinta que en ediciones muy recientes del veterano galardón algún libro hubiera merecido semejante reconocimiento. Premios.
Me ha gustado de Hombre en la niebla el tono, que en poesía lo es todo. El lenguaje común, el vocabulario esencial, el ritmo elegante. O la precisión y la exactitud, casi la sequedad, dicho en el mejor sentido.
Un paseante recorre distintos paisajes. Observa, siente, piensa y, luego, escribe. Sus referentes son una roca, un manantial, el viento, el agua... La naturaleza, el campo, son una presencia insoslayable. Pero no sólo. Tan certero resulta el poema "Paisaje de meseta" (en realidad, una poética) como "Ropa sin uso" (donde evoca el armario de alguien que ha muerto). Me he sentido muy cercano a "No sé por qué volví" o a "Vuelo del mirlo" y atisbo entre las lecturas de Bernal versos de algunos poetas mediterráneos que admiro como César Simón o Antonio Cabrera, a los que quizás Bernal no haya leído nunca, pero que se movieron o se mueven por ámbitos parecidos.
Se alegra uno, en fin, de que Adonais vuelva a darnos un libro digno de tan noble estirpe. No se puede pedir más.
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