6.9.21

Gonzalo Hidalgo Bayal y la misantropía

El escritor y periodista Fernando del Val fue invitado a colaborar en el cartapacio que la revista TURIA (de la que es colaborador habitual) dedicó al narrador y ensayista extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal (que acaba de publicar Hervaciana). La coordinadora, Concha D'Olhaberriague, era consciente de que conocía en profundidad su obra. El texto que envió no dejaba lugar a dudas. Debido a problemas de ajuste, eso sí, se tuvo que publicar abreviado. Como quiera que tanto para D'Olhaberriague como para mí ese ensayo merecía ser leído en su totalidad, tras contar con el plácet del director de la revista, Raúl Carlos Maícas, le hemos propuesto a Del Val que nos permita publicarlo aquí al completo. Ha aceptado. No es este el mejor sitio, pero... 



 

LA MISANTROPÍA COMO RELACIÓN SOCIAL

 

 1

Aunque según Wikipedia el autor de un libro no es autoridad suficiente para hablar de ese libro, arriesguémonos. En La escapada (2019), Gonzalo Hidalgo Bayal expone el personaje tipo de sus narraciones: solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo. Este título se puede confundir con unas memorias, con un relato de no ficción, tiene algo de diario, bastante de ensayo y todo de novela. Bayal está paseando por Madrid, un sábado a media mañana, cuando se ve sorprendido por un viejo compañero de universidad. Su figura no concuerda con la que detenta su memoria, pero en seguida advierte que este compañero es aquel del que tomó para dibujar un personaje llamado Foneto. A partir de ahí, recuerdos e ideas se confunden con una teoría de la novela. Otra. La siguiente. Y los dos revisitan el callejero capitalino con un pie en el presente y otro en el pasado. Como el propio Bayal al comienzo de esta novela -a no ser que tal encuentro sea una ficción, todo es posible-, sus personajes suelen verse acechados por una realidad, coyuntural o estructural, que les revuelca como una ola gigante.

 

2

“Foneto no se había ido nunca de mi memoria”. A principios de los 80, lo convirtió en personaje. Salió en Mísera fue, señora, la osadía (1988) y reapareció en El cerco oblicuo (1993), novela pilotada por Severo Llotas, un yo narrativo que reside en la calle de san Bernardo, la misma en que Bayal vivió mientras estudiaba Filología Románica y Ciencias de la Información. No conduce a demasiado trazar paralelismos entre vida de los personajes, vida de narradores y vida de autor; o referir que las localizaciones coinciden con escenarios dilectos de este último, su Café Comercial, su Cuesta de Moyano; pero sí procede señalar que los atributos con que adorna a sus personajes quizá tienen que ver con él. No caeremos en ese tópico de nuestros días llamado autoficcion porque la ficción siempre ha estado participada por la vivencia -y el pensamiento- de quien escribe. Mas nos preguntamos, aunque no conviene extralimitarse, si Bayal es algo más que un auriga remoto de sus seres imaginarios. En tal caso, su carácter independiente, aparentemente insobornable, y su también aparente nula predisposición al cenáculo, podrán aportarnos rasgos de esos seres, de su forma de ser y de estar en el mundo.

 

3

Entre evocaciones y análisis del pretérito, Bayal nos informa de que a punto estuvo de dedicar su tesis a “un escritor del cincuenta”, sin precisar, pero también de que emplea las tardes para escribir… o de lo que le cuesta bautizar a sus personajes. Por eso, en algunas narraciones, nos encontramos a protagonistas anónimos, identificados por nombres que no son los suyos, o por iniciales, como F, “como H, o Travel, o Nemo, o por nombres comunes, como el interventor, de evidente aunque equívoca antonomasia”. Tenemos ya pruebas suficientes de que el narrador de La escapada es él, y vemos que sus disquisiciones y su expresión verbal no distan de las que mantienen los narradores de su novelística. Incluso, confundidas con las de sus dramatis personae.

 

4

Cuando, llegado a un punto, expone -seguimos en la misma novela-, a medio camino entre la vida y la literatura, las diferencias que encuentra entre una actitud épica y otra lírica –“Digamos que el héroe épico no piensa en sí mismo y que el sujeto lírico no piensa en otra cosa que en sí mismo. La novela no es otra cosa que la invasión de la épica por la lírica”- lo que está haciendo es ampliar ideas vertidas atrás, en Nemo (2016), por el conductor de una furgoneta de postas: “Le corresponde al personaje de acción la épica, que es poesía externa; y al que contempla, al observador, la lírica”. Esta aproximación a Bayal no pretende distanciarle de la vida y meterle con calzador en el mundo de los libros -de los que, por otra parte, no sale-, pero podría remar a favor de cierta interpretación según la cual la soledad del escritor es semejante, trasmutada, a la de sus personajes. He dicho interpretación, sí.

 

5

Si F es Foneto, ¿H será Hidalgo -Bayal-? Sorprende que no use la B, sintiendo predilección por ese apellido, respondiendo su blog, a secas, a él. Será que no desea caer en obviedades. Sigo con la interpretación.

 

6

La ausencia de nombre en sus personajes podría ser un eco del héroe clásico en busca de una espada. Para mantener el anonimato, la variante a la inicial es hacer que respondan al oficio que gastan. “Carecemos de nombre: somos lo que hacemos”. En Nemo desfilan el ventero, el buhonero, el herrero, el carpintero, el predicador, los cazadores… incluso se actúa por aproximación: “Me llaman escribano porque vivo en la casa del antiguo escribano, pero no soy escribano”.

 

7

Bayal advierte de que si le correspondiera en gordo la suerte, no descorcharía champán ni bailaría alegre el bayón, antes al contrario, se recluiría en casa a leer. O sea, igual que Foneto, “de faz cisterciense”, en el quiosco; un espacio con pinta de celda mística en la que encuentra la paz esquiva del mundo. No quiere decir esto, insisto, que Bayal sea un personaje -demasiada teoría, casi sociológica-, pero invita a pensar, insisto también, espero que sin forzar la interpretación, que sus personajes, con tendencia gustosa al aislamiento, nacen de un fuerte impulso en el que la escritura -no sé, la filología- alcanza connotaciones morales. “Si la conciencia de la palabra es verdadera, de ella ha de surgir necesariamente, sobre habilidades retóricas o sabidurías gramaticales, la confianza en la palabra, o sea, el imperativo de una actitud moral” -El desierto de Takla Makán (2007)-.

 

8

La ficción no tiene por qué imitar a la vida, sólo dejarse infiltrar.

 

9

En la paz de una celda, ¿habita una postura épica… o heroica? ¿Ambas?

 

10

Nemo se recluye en una casona. “A qué obedecerá la elección de este rincón del mundo (...) este retiro (…) esta es tierra de silencio y desvarío (16). “Al fin y al cabo, que alguien haya decidido venir aquí (…) es ya una forma de encerrarse: aquí sólo viene los poseídos por la fiebre del destierro y los señalados con la marca de la proscripción (…) ¿Por qué va a salir y para qué? Viene a recluirse, no a exhibirse. Busca soledades, no espectadores” (49). “Supongo que [un sabio cansado] después de saldar la biblioteca entera se recluiría, como Nemo, en el silencio y en la soledad” (112).

 

11

Los habitantes de sus novelas son peripatéticos. Auscultan el mundo a la deriva. Son seres memoriados que repasan las nieves de antaño. Gente sola aun acompañada. Que vive de puertas para dentro y respira de puertas para fuera. Personas que obligan al lector a cuestionarse si la decepción está hecha de melancolía, o viceversa. En las que la observancia forma parte de una rutina trabajada por el paso del tiempo.

 

12

Uno ignora si sus personales son más fatalistas que sabios. “Tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama” -La escapada-. Sus personajes no son tristes, él lo ha dicho: están conformes. De la rutina extraen la serenidad. Se protegen así de la intemperie. “La experiencia, al fin y al cabo, no es otra cosa que acumulación de amarguras” -El espíritu áspero (2009)-. Es soledad, no aislamiento, la soledad es interior, y esa soledad tampoco es involuntaria ni debe confundirse con una coraza. Su soledad es una piel irremediable, una sangre que corre por dentro. ¿He dicho corre? Una sangre que pasea. Su salvación la encontramos cifrada en el amor, en los libros, en el viejo humanismo, en el silencio, en ese dejar pasar el tiempo como si fuera un tren para luego abjurar de todo, y todo junto, sabedores que es toda esperanza es en vano y a todo se llega tarde, o no se llega. La esperanza sirve para perder trenes, pero no para perder los nervios. Paciencia y esperanza “son actitudes simultáneas y, más aún, recíprocas. La paciencia es una adecuación del tiempo a la esperanza” -Nemo-.

 

13

Como si fuera un tren, he dicho. Cuando no caminan, son caminados. “Poco después me encaminé a la estación y a Madrid. Recuerdo la morosidad y la parsimonia de aquel tren tranquilo, el libro que leí en el trayecto (…) Has sido feliz en los trenes” -Campo de amapolas blancas (2008), con mucha memoria, entre la cual asoma la cabeza Leopardi: la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla-.

 

14

Son personajes respetados por el autor. No huyen de sí porque no tienen adonde ir. Para ellos, apartarse de los demás es hacerse compañía hacia dentro; en ningún caso, una descortesía, ahí tenemos a Foneto, “sabio y moderado” -El cerco oblicuo-, “una de esas personas que aspira siempre al aprendizaje y nunca al magisterio” -La escapada-. Usan sobrenombre como si fuera un sombrero. Son autoconscientes. Propensos al encuentro fortuito. Se dan con personas, con palabras, con ideas, con recuerdos. Son personajes anónimos que desarrollan profesiones anónimas. Capaces, como Nemo, de convertir el silencio en forma de expresión, “un silencio anónimo y efímero, circunstancial”; para los que el anonimato es el grado superlativo de la fama (Amad a la dama).

 

15

Son personajes limpios, casi desnudos. Pareciera que no fueran. El interventor [Paradoja del interventor], al llegar, “no sólo no tenía de equipaje, sino que tampoco tenía dinero ni documentación ni, en definitiva identidad”. Como Nemo: “El hombre subió al coche. El equipaje, dije, me dio preguntando. Pero no se movió. En su semblante austero, impasible pese al agua y el viento, quise entender una forma neutra de negación. Hicimos el camino en silencio”.

 

16

Las ficciones se entremezclan, no se superponen. “En Foneto han desembocado sus precursores de ficción: Sín [El espíritu áspero] y Nemo, el propio interventor. No es infrecuente que de ciertos individuos hagamos altos personajes. Rellenamos el vacío con imaginación (…) En los personajes novelescos, todos son instantes narrativos. Tal vez es la diferencia. Tiempo neutro frente al tiempo narrativo (…) La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación. Los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario. Foneto, en cambio, aparece con todas las necesidades de la realidad. No se trata de verosimilitud, sino de verdad” -La escapada-. Más teoría de la novela. Bayal, ¿se siente visitado por un personaje?, ¿por la persona que hay detrás del personaje?, ¿la persona que hay detrás del personaje es ficción? “No se trata de verosimilitud, sino de verdad”…

 

17

Son personajes atribulados, que gastan el tiempo separando el grano de la paja, preguntándose por la semejanza que hay entre la paciencia y la esperanza, o por la diferencia que hay entre santidad y bondad, o entre épica y lírica; o preguntándose qué son la impasibilidad y la imperturbabilidad, y si responden las dos a una atrofia del espíritu.

 

 

18

Hombres sin nombre. “El interventor llegó a la ciudad en tren una noche de noviembre. En aquel momento no era todavía, en modo alguno, el interventor ni había adquirido los derechos o la propiedad del nombre” -Paradoja del interventor-. “Los nombres han de ganarse (…) El nombre cae como una losa que condiciona para el resto de la trama al personaje y no siempre para bien -La escapada-.

 

19

Es fácil concluir que son personajes hijos de un autor, por más que, en El desierto de Takla Makán, dicho autor manifieste poca preferencia hacia la política de los autores. Una manifestación puntualizada y suscribible por cualquier… autor: “Con el XVII se inició el lamentable periodo en que seguimos: ‘La obra ha muerto, vivan los autores’. Mientras para el escritor lo importante es la obra, el objeto, para el literato lo importante es el autor, el sujeto, protagonista mezquino de una pasión deportiva”. Bayal está contra la frivolización. No se le escapa que detrás de un obra hay un mundo propio, esto es, un autor. Como prueba, la suya.

 

20

Cuánta ruina. “Hay en las ruinas una perfección oculta”, leemos en El cerco oblicuo. Gloria aprecia la belleza informe de la corrupción en las aguas turbias del Manzanares. “Pese a la intensidad de las ruinas y al estado lamentable de muros y jardines, sintió una fascinación inefable, sin límites (…) Cruzaron la puerta (…) para contemplar la plenitud de las ruinas” -Amad a la dama-. Ruinas imagen de las que los personajes llevan dentro, expresión del fracaso, de la insatisfacción, de tantas limitaciones, pero también de un gusto refinado por la belleza, o de un gusto por una belleza refinada; ruinas capaces de fascinar al narrador de Nemo. Para ser feliz en el mundo hay que aceptar sus colores. Y sus dolores.

 

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Los personajes de Bayal buscan el lugar más desapercibido desde el que actuar -lo menos posible-. Hablan entre comas, subordinados, entre paréntesis, o no hablan. A veces recurren a prosa enclítica. Se les caen latinajos de la boca. Recuerdan pasajes de Ordet, se sienten en Al final de la escapada. Son culturalistas a su pesar. Animales casi acosados que no buscan protección, que se autoprotegen por medio del alejamiento. Sus circunstancias discurren en torno a un mapa imposible de cambiar, el de la naturaleza, el de la naturaleza humana. De ella parten como si fuera una plaza, o una calle sin sentido, que no da a ningún lugar, o que, en su presunta rectitud, oculta un avance circular. O sea, un no avance. El único avance es hacia la muerte.

 

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La cuestión geográfica es fundamental para entender a los pobladores bayalianos. Sique y callejero padecen el mismo laberinto existencial. Al principio de La escapada, leemos: “Trazando una circunferencia en torno al kilómetro cero de la Puerta del Sol, sus límites cardinales apenas serían Atocha al sur -o Embajadores-, Bilbao al norte, plaza de España y Cibeles al este y al oeste…”. Veinte páginas más tarde, saldrán: Ópera, Arenal, San Ginés, Santa Ana; y, en el último cuarto de novela: Princesa con Altamirano, Rosales, Martín de los Heros, Fuencarral, Marqués de Urquijo, Alberto Aguilera y la Glorieta de San Bernardo… El espacio está medido. El resultado tiende a cero. O a infinito, que es otra clase de nada.

 

23

La escritura de Bayal se pronuncia desde la autoconsciencia que arrastramos desde hace décadas y que, año a año, se refuerza y renueva, en el caso de nuestro autor, con matices de creciente desorientación. Es una escritura, pues, moderna, que ejerce desde su personalidad. Podría parecer que sus aguas están lejos de las de otros modelos de misantropía contemporánea, pienso en Michel Houellebeq, pero, precisamente por moderno y contracorriente, uno aprecia que desembocan en el mismo hondón. En el francés, el modelo de personaje es distinto -exitoso en lo profesional, amargado en lo íntimo, consecuentemente deprimido-, no distando tanto el regusto contextual. “La desgracia alcanza su punto más alto cuando hemos visto, lo bastante cerca, la imposibilidad práctica de la felicidad”; “Sus escasos momentos de felicidad en el liceo los pasó sentado, esperando (…) Su espíritu rozaba la felicidad” -Las partículas elementales, MH. “Sin ella [sin la pasión] se sentía mejor que nunca (…) La felicidad era básica y esencialmente imperfección” -Amad a la dama, GHB-. “La felicidad la brindan los placeres sencillos” -Sumisión, MH-. “Los hombres mueren sin haber sido felices, Camus” -Campo de amapolas blancas, GHB-. “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas” -Serotonina, MH-. “La memoria es una instantería” -El espíritu áspero, GHB-; “La experiencia nos apaga” -Nemo, GHB. “Esas zonas de silencio y aburrimiento en las que se deshace la vida” -Las partículas elementales, MH-. “El porqué de la elección de estas tierras para tan vehemente ejercicio de silencio” -Nemo, GHB-. “Cuando escribía mi tesis pasé una semana en la Abadía de Leesburg. Las comidas tenían lugar en silencio y eso era muy apacible comparado con el restaurante universitario. Me resultaba fácil comprender la atracción por la vida monástica” -Sumisión, MH-. “Venimos del silencio y vamos al silencio, dijo entonces. Por qué y para qué hablar en el camino, concluyó” -Nemo, GHB-. Los dos alcanzan una inocencia en la que destino y condena retozan como amantes. Me refiero a un destino existencial, cada vida en particular no está determinada. Los dos autores comparten algo así como una cierta insatisfacción moral. Hay igualmente silencio y reflexiones acerca de la vejez. Pero la misantropía bayaliana infinitamente más humana. En los dos autores, el contexto atiza la misantropía de los personajes. Si bien unos, los de Houellebecq, se desmontan por dentro, y otros, los de Bayal, alcanzan la purificación. La misantropía de los del primero es redundantemente asocial, mientras que la de los del segundo es paradójicamente social. Es una misantropía humana, una misantropía que se eleva como forma de relación social.

 

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Comparten, también, referente literarios: “Empezó a leer a Kafka. La primera vez sintió frío, una insidiosa helada; ahora después de terminar El proceso todavía estaba aturdido, sin vigor. Supo de inmediato que ese universo lento, marcado por la culpa, donde los seres se cruzaban en un vacío sideral sin que nunca pareciera posible la menor relación entre ellos, correspondía exactamente a su universo mental. El mundo era lento y frío” -Las partículas elementales-.

 

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Terminamos la comparación reforzando la idea de contexto. Los dos comparten una determinada marca espacial. “He estado una vez en São Paulo; allí la evolución ha tocado techo. Ya no es ni siquiera una ciudad, sino una especie de territorio” -Plataforma-. Cita São Paulo para, a continuación, decir que no es São Paulo. O que, siéndolo, no lo parece. O que, siéndolo, no lo es. O que es una no-ciudad. Un territorio. Así son, de la misma forma, los enclaves de Bayal. El Madrid de El cerco no se parece a Madrid, por más especificaciones que recibamos. Se trata de un territorio, más que de una ciudad. El espacio bayaliano alcanza el campo, pero cuando lo hace vemos que de él huyen hasta los pájaros. Bayal reconoce la espiritualidad kafkiana del hombre urbano. “Sólo en las ciudades hay mendigos, pensó. Sólo en las ciudades hay lugar para la locura y la pobreza, para la caridad y la misericordia, para la conciencia real de la soledad” -Paradoja del interventor-.

 

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Su geografía pertenece a la mente, no a la imaginación. El espacio geográfico es fundamental para describir a sus personajes, indisociables de él.

 

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En Paradoja del interventor, la estación es un conjunto de barracones negros y deshabitados. “En vías muertas, de acarreo o secundarias hay vagones desamparados, maquinaria huérfana, material ferroviario de desecho”. Cuesta distinguir la estampa de la estación de la del interventor: “Un hombre mayor, casi en la edad de los desguaces, sin más señas particulares que su medianía general en el rostro y la estatura y sus ingredientes átonos en los ademanes y en la voz”. Tan deshabitado que una extraña le ve y le da una limosna.

 

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Desde Babilonia, las dos tendencias ideales de diseño de la ciudad son: con forma de damero y en forma de círculo. Platón se apuntó a la segunda. Renacimiento y Barroco llevaron al extremo la aplicación matemática. En la Edad Moderna, la simetría continuó representando la perfección. Sorando Muzas refiere en La geometría de las ciudades que el rey Sol encargó para Versalles que cualquier elemento, el más inapreciable, fuese considerado a fin de aumentar la sensación de perspectiva. Nuestro autor no es ajeno a la historia de la arquitectura y, menos, a la literaria. El diseño interior de su misantropía tiene que ver con el boceto exterior de los espacios. Es decir, los escenarios ejercen una función necesariamente representativa. Por ellos vagan -melancólicos, resignados, encastillados en sus pequeñas certezas y serenos dentro de lo posible- unos personajes que no por mucho caminar llegarán a puerto más temprano. Si dibujásemos los escenarios, igual obtendríamos la estampa de un cerebro humano, con sus lóbulos en forma de laberinto. Los escenarios son un elemento que cruza, como un puente que te devuelve a la orilla de partida, la mente ensoñada de los personajes.

 

29

“Un impulso oblicuo o circular con el propósito de (…)” -La escapada-. Qué importan los propósitos. “En seguida desestimé, no obstante, tan sensiblera simetría”. La escapada forma un díptico sui géneris con El cerco oblicuo, título elocuente, cuya geometría no sabemos si es de la culpa, del alma, de la vejez, de la memoria o de las ruinas, pero cuyo desarrollo es paroxístico. Páginas de aritmética física y mental en las que el único optimismo –“injustificado”- le corresponde al quiosquero. Travel, en La sed de sal (2013), sabe adónde va pero no lo que le espera. El tiro por la culata. Tomó la decisión, “con insensata extravagancia”, de hacer turismo literario y llegó Murania, “ciudad que Dios confunda y el diablo lleve a sus confines”. Como expresa el narrador de La escapada, midiendo la temperatura anímica de sus personajes, “tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama”. Son personajes que si se asoman a un mirador, además de ver el paisaje, reparan en el precipicio. Para los que dar un paso adelante es atizar el camino de la muerte. Cuya lucidez les permite amoldarse a las circunstancias. No luchan contra molinos ni se dan de cabezazos. Los más extremos se acercan a la ataraxia. “Por grandes que sean su asombro o su dolor, conserva el semblante impasible del equilibrio, que nada altere su espíritu” -Nemo-. Pero no nos equivoquemos: no son infelices, saben que llevan, como un fardo, la condición humana a la espalda. Sólo eso.

 

30

El círculo no existe ni en las Variaciones Goldberg, que en El cerco aparecen perfectas e indescifrables como “reflejo de la existencia”. Igual lo único perfecto es el disco en el que suenan. Los vinilos son platónicos. Las vueltas que dan en el plato no marean, pero tampoco aplazan la hora.

 

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La perfección pertenece, si acaso, al absurdo. La vuelta siempre será en círculo. Caminar sin propósito genera viajeros inmóviles. La única perfección visible, “oculta”, pertenece a las ruinas. “Salíamos sin rumbo decidido”; “Tomaríamos el primer autobús, cualquiera que fuera su dirección”; “El laberinto, en verdad, es la patria de los indecisos” -El cerco-. Se trata de un hombre acorralado por la incertidumbre, víctima del sinsentido sartreano, no explícito hasta Campo de amapolas blancas.

 

32

No todos los personajes son indecisos: ahí tenemos a Travel, ahí tenemos a Nemo, quien se dirige al único pueblo, piensa, hecho a su medida. Viven en la penumbra, no portan vidas grises. No son los personajes desorientados de Julio Ramón Ribeyro. Manifiestan determinación. Hay un punto en el que el viento en contra deja de soplar. Puede que debido a la autoconsciencia en que se mueven. Es gente que encuentra un rincón en el que resistir y vencer. “El tiempo no lo cura todo, enseña a malvivir con el dolor”. El pueblo de Nemo, por cierto, está construido en torno a un “anillo”, de nuevo la geometría. Desde él es percibido apostado en la ventana, “inmóvil”, “con los ojos fijos”, por unos habitantes que parece se acercaran a la casona no sólo en señal de preocupación, sino para saber qué trama, es decir, desarrollando una especie de seguimiento. Como se había inferido en El cerco oblicuo, no es la ventana, sino la calle el mejor sitio para seguir y espiar.

 

33

Redondo como la bola de estiércol que acarrea, sin resultado, el escarabajo referido al comienzo de La princesa y la muerte (2001). Redonda es la condena. Redonda, también, la desdicha.

 

34

Toda novela pretende un círculo o un poliedro. La obra de Bayal es un círculo gigantesco.

 

35

Si en El castillo, la aldea a la que se dirige el viajero posee un urbanismo intrincado, imagen del entramado administrativo, la complicación urbanística de El cerco oblicuo podría corresponder al entramado mental de las personas que lo habitan. Aparentemente es racionalista. Funcionalmente desesperante. No es una complicación ilógica. Al contrario. Quizá demasiado lógica, no hecha para unos seres con limitaciones como los humanos. La tarea imposible de cumplir puede ser la vida. En la obra de Kafka, hay una geometría que parece que acerca a los personajes a sus destinos, pero, en realidad, los aleja hasta hacerlos imposibles. Parece que el viajero utiliza una ruta circunférica. Responde más a un dar vueltas en círculo que a los círculos infernales de Dante. Esta especie de estatismo en movimiento conduce a los personajes a un argumento que tampoco avanza, o que no avanza de forma convencional.

 

36

Las localizaciones de Amad a la dama y de Paradoja del interventor son igualmente meticulosas sin que ello ofrezca mejor ventura a sus habitantes. En la primera, que no parece pintar mal, el amor no cuaja, que es el centro de la novela. ¿Qué decir del interventor?, varado como una sirena, próximo a unas vías que, parece, tampoco sirven ni para conducir trenes. El paisaje de La princesa y la muerte es estrictamente verbal, pero vuelve a ser una vuelta a la noria en torno a la segunda parte del título, circonvoluciones como cerebrales que, atenuadas, son las del encierro en el yo de sus personajes.

 

 

37

La sintonía entre paisaje exterior y paisaje interior la volvemos a distinguir al final de La escapada: “Siempre conviene acabar lo que se empieza, cerrar lo que se abre y cumplir los compromisos”. Si no es posible cerrar un círculo, ¿será posible cerrar un triángulo?

 

38

Sí, es posible cerrar un triángulo.

 

39

La geometría, la perfección, alcanzan el triángulo -amoroso- en Amad a la dama (2002). Qué decir de Un artista del billar (2004): “Se concentraba en la representación del polígono que quería trazar (…) golpeaba con precisión (…) y trazaba después un triángulo en bandas antes de dejarse morir, deteniéndose en el punto justo (…) Silogismos matemáticos, trazos de líneas y equidistancias, simetrías de golpes, gráficos de bolas”. Los personajes no cesan de intentar la circunferencia perfecta, el poliedro ideal, sabiendo que no tienen a su alcance conseguirlo. Pero no cejan: un tercer triángulo lo tenemos en El desierto de Takla Makán (2007) -lugar referenciado también en La escapada-: “La obra literaria es la manifestación de un triángulo avenido, la configuración lingüística de la realidad por parte del escritor, elementos éstos –escritor, realidad, lenguaje- que se dan generalmente en conflicto, con supremacía de un vértice sobre los otros”. Incluso hay un cuarto polígono en Nemo. “En el caso de Nemo, lo que le ha llevado hasta el territorio del silencio no ha sido la acción, sino la pasión. Aprecio, pues, una contradicción en el triángulo: acción, pasión, palabra. No necesita la palabra quien actúa, porque su lenguaje es la acción, pero tampoco quien contempla, porque su lenguaje es la observación (…) Ahora bien, el silencio de Nemo es activo”.

 

40

En El espíritu áspero se nos hace saber que Saúl Olúas es el autor de Amad a la dama y La sed de sal. ‘Saúl Olúas’, ‘Amad a la dama’, ‘La sed de sal’, todos palíndromos. La palindromía es un nuevo encerramiento -la palabra termina como empieza-, un intento nuevo por lograr que todo encaje, una matemática, en este caso, de la lengua, que trata de aproximar el todo a la nada. Saúl Olúas es un cicerone. En el tercer relato de Conversaciones, ‘Aquiles y la tortuga’, brinda el relato de la historia de Petrús al narrador; y hacia el final de El cerco acompaña a Severo Llotas en su descenso por los círculos del mundo eterno, mientras todos vamos asumiendo que la realidad es “el sueño de una idea platónica” y que el tiempo no ha hecho más que girar, como el disco de las Variaciones, día y noche… como buen laberinto… hacia la nada. Este aprendizaje no se debe necesariamente a Olúas, ya que no sabe más que el propio Llotas del territorio, y nos hace recordar los momentos de dubitación en la Comedia: “Mi guía pensó un poco, cabizbajo, / y dijo: ‘El que aquí ensarta pecadores / no me explicó muy bien todo el asunto’” -Canto XXIII, ‘Infierno’-, yéndose con el semblante azorado.

 

41

“Nunca nos abandonan los personajes de la propia ficción” -La escapada-. En La invención de la soledad, Paul Auster hablaba de sí, pero todavía no desprendido de un pudor que venció en Diario de invierno e Informe del interior. Así que el yo narrativo respondía a una inicial: A. De Auster, podemos suponer. Puede que no fuera protección lo que buscaba, sino una técnica narrativa más abierta que la simple confesión. El caso es que el protagonista se llamaba A. Antes inferimos que la H era de Hidalgo Bayal. En todo caso, la raíz etimológica está claro que lleva Kafka, escondido -o visible- en esa K imborrable que llevó a Calasso a bautizar su libro sobre el autor de esa manera: K. ¿Por qué ocultarse detrás de una columna tan invisible? “Así como la tuberculosis liberó a K de un destino que temía, así el quiosco liberó a F de la necesidad de tener un destino, de tener que buscarlo” -La escapada-. Incluso, en un punto, Bayal se refiere al quiosco como Q.

 

42

Sobre todo, la misantropía de la que hablamos, ahí viene el doble salto, es una forma de relación social. No conduce al nihilismo, ello separa a su autor de otros. Es una misantropía que refuerza la solidaridad.

 

43

Saber que no hay salida es liberador porque te exime de esfuerzos gratuitos. El sinsentido, más que una resignación… es una forma de sentido.


NOTA: La fotografía es de Sergio Enríquez Nistal y se publicó en el diario EL MUNDO.

1.9.21

Náufragos


El inquieto e imaginativo Salvador Retana ha ideado otra de sus aventuras: Náufragos. Ha reunido en una caja diseñada por él tres botellas con un mensaje dentro. Han salido las dos primeras entregas. Están editadas en su colección La Rosa Blanca. 
Retana, hombre polifacético, se ha ocupado de todo. Suyos son también los dibujos de portadillas de las botellas. Para los textos ha utilizado tipos Futura y Garamond y papel de arroz Xuan Zhyx.
La edición consta de treinta ejemplares, numerados a mano del 1 al 20, y 10 pruebas de autor no venales, numeradas del I al X.
La primera caja incluye mensajes de Gonzalo Hidalgo Bayal ("Naufragios"), Juan Ramón Santos ("El emboscado") y un servidor ("Mensaje"). La segunda, de Jordi Doce ("El cuerpo es esta plaza"), Francisco Jarauta ("Nocturnos") y Alberto Manguel ("Mi cara").
En la parte posterior de cada caja encontramos este texto explicativo: "Esta rara edición de Náufragos que sale a la luz es culminación de un proyecto que ha tardado tiempo en tomar forma. Cuenta el editor que la idea surgió hace tres años, en un viaje a Israel y Palestina, contemplando en el museo de Jerusalén Angelus Novus, el dibujo a tinta y acuarela de Paul Klee que adquirió y conservó hasta su muerte Walter Benjamin y pertenece en la actualidad a la colección del museo.
Los mensajes de esta compilación van dentro de una botella metálica y precintada como pecios de un naufragio. Nada se sabe de su contenido. Los autores son náufragos por naturaleza y solo ellos pueden dar cuenta de su aventura, del viaje sin retorno, del destino incierto. por misteriosos cauces, la edición ha venido con el tiempo a desembarcar en el proceloso mar en el que todos estamos naufragando".






26.8.21

La historia de Manuel Rico


Manuel Rico (Madrid, 1952), licenciado en Periodismo y empleado de banca durante años, es un conocido crítico literario (en la actualidad del suplemento Babelia, del diario El País) y el director de la colección de poesía de Bartleby Editores. Además, o sobre todo, es poeta. Autor, entre otros, de los libros Papeles inciertos, Quebrada luz, La densidad de los espejos (Premio Juan Ramón Jiménez), Donde nunca hubo ángelesFugitiva ciudad (Premio Miguel Hernández) y Los días extraños
Es también narrador. Sus últimas novelas publicadas son El lento adiós de los tranvías, La mujer muertaLos días de Eisenhower, Verano (Premio Ramón Gómez de la Serna) y Un extraño viajero (Premio Logroño). Entre otras ediciones críticas y trabajos ensayísticos, destacamos Memoria, deseo y compasión, sobre la poesía de Manuel Vázquez Montalbán. Suyos son los libros de viajes Por la sierra del agua Letras viajeras.
Tras Escritor a la espera. Diarios de los 80, aparece en Pre-Textos Cuaderno de historia, un libro de poemas. De poemas de la memoria, diría, y, en consecuencia, históricos.
Sus hijos están detrás de “Apuntes”, poema prólogo, donde leemos: “Es su historia: una imagen deforme de la tuya”. Le sigue “Encierro y soledad” que, como explica en “Crónica y testimonio de un cuaderno”, un texto a modo de epílogo, “es un poema pegado a la realidad en el que se filtra una pesadilla”. Un poema “nacido en plena pandemia”, que pasó en su casa de campo del valle del Lozoya y que termina: “pero tú estabas solo y encerrado y perplejo”.
“Así se hizo” (que lleva delante unos versos de Fermín Herrero) reúne catorce poemas que giran en torno a sus recuerdos de infancia y juventud en un Madrid que ya no existe. “Descampado”, “Viejo centro” (el de Sederías Carretas, Simago o Almacenes Arias), “Mapa con grietas”, “Calle Canal de Mozambique, 1963” (el que, según su autor, da origen este libro) o “Atocha 1977”… Allí, la “primera noticia” de la muerte y “la primera ventana”, las aceras de la calle Alcalá, el amor a la intemperie, “los autobuses / de las mañanas precursoras / de la vida incompleta”, la calle San Bernardo (la de los libros) o el olor a café y los domingos del padre, figura omnipresente en esta obra.
“Itinerario”, compuesta de tres poemas, da cuenta de lo generacional. No el yo, el nosotros. El miedo, la huelga, las banderas, las lecturas, la pana... Quizás convenga explicar que Rico fue militante clandestino del PCE. “Nosotros, débiles e ineficaces, temerosos de todo”, escribe.
“Ese desconocido”, uno de los mejores poemas del conjunto, parte de unos versos de Eliseo Diego: “La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.” ”No nos llama, ni apela a la memoria. Es. Así de simple: existe”.
“El secreto”, ya se anticipó, tiene como protagonista al padre, que le “pegó dos veces”. 
“Presente en fuga” es la parte más extensa de Cuaderno de historia y, por seguir con lo mismo, se abre con el poema “Vivo en mi padre”. El poeta se ve reflejado en la ventanilla del autobús nocturno y afirma: “Soy yo, seguro, mas mi padre, envejecido y solo, / a una idéntica edad, me mira extraño y me recuerda / lo poco de vida que le queda”. 
En “Taxi en la noche” leemos: “Eres el náufrago / que llegó de otro tiempo”. En “Te miro”, muy emotivo e íntimo, adivinamos tal vez a la madre. 
Desde “lo precario”, Rico observa a los viajeros (como él, en un tren que está en medio, digamos, de ninguna parte, aunque la estación sea la de Castejón de Ebro), a los lectores de las “Bibliotecas de barrio” (“que conocen muy pocos”), “la vida manejable”, “la pequeña”, la de los desheredados de la Tierra, como su propia madre.
Porque también él aboga por lo que es más sencillo, nos habla de su gato Parchís y de un viaje a Turín y otro a Roma. Y de un robo, de “los otros domingos”, de los viejos que vagan por un centro comercial y de una pareja que parece feliz. 
“Intemperie” se compone de ocho poemas en prosa. Sobre el silencio del padre, el piso familiar del centro, las primeras lecturas y el principio del amor, el cine (“refugiando inhóspitos diciembres”: “El invierno era el cine”), los lugares (entre ellos menciona a Plasencia), “aquella Italia” (de Pavese y tantos otros escritores y cineastas) y el hermano pequeño (un poema, por cierto, muy triste). 
“Deudas” nos informa de unas cuantas: la música francesa de Brel o de Piaf y las películas de Truffaut, la poesía y la persona del poeta granadino Javier Egea (Rico es el autor del estudio preliminar de su poesía completa), Machado (a quien visita en Collioure), Marcos Ana, Blas de Otero (en Granada, con Lorca)... Son los “intocables”. Como Cohen, Dylan, Jagger, Clapton y otros. 
Tras citar a Sharon Olds (“estoy prestando atención a la belleza pequeña”), “Volver a casa” es lo que anuncia: un regreso al que fue su hogar. Al dormitorio paterno, la cocina (“Y la madre en el centro, / no muerta todavía, bien visible”), el sótano, el dormitorio propio (“la habitación del niño / que fuiste alguna vez / todavía te huele y te recuerda”), los pasillos, la ventana y el patio (“que jamás fue jardín”).
Con un lenguaje sencillo de tono narrativo, donde predomina es clave, Rico construye en este libro una suerte de memorias. Una autobiografía lírica. Mediante un puñado de poemas que, como él mismo sostiene (cedamos la palabra al crítico), tienen un denominador común: “la búsqueda en la memoria, la indagación en una confusa identidad propia y en una necesaria identidad colectiva. Y la perplejidad ante el paso del tiempo y ante la sima que, con los años, va apropiándose de quienes han conformado la vida y han construido esa identidad”. Rico dixit
 
Manuel Rico
Pre-Textos, Valencia, 2021. 136 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 154 de la revista CLARÍN.

19.8.21

Mi página web

Una amable carta de Carlos Turpin me planteaba algo que nunca antes se me había pasado por la cabeza: crear mi propia página web. Me mandaba el enlace con la que había creado para Guillermo Carnero. Vi, leí, me gustó, le di algunas vueltas y finalmente respondí que sí, que aceptaba su generosa, desinteresada propuesta.
Supe de antemano que tendría que aportar no pocos materiales, sólo faltaría, pero más pronto que tarde (uno es persona nerviosa, de las de "no dejes para mañana..."), a pesar de los agobios veraniegos (que me resultan cada vez más insoportables), le fuimos dando forma, él a los mandos. 
Este es el resultado de ese trabajo en equipo: alvarovalverde.es
Turpin ha demostrado, en fin, solvencia y profesionalidad. Y santa paciencia. Mil gracias. 
Lo mejor de esta aventura es que al final he ganado a un amigo. No es poco. 
La página pretende ser sobria y elegante y, además, estar dotada de contenido. Sus secciones y subsecciones cubren buena parte de lo que uno ha ido escribiendo a lo largo de los años y de lo que otros han dicho sobre eso. 
Me preocupa, como en toda selección, que alguien se dé por excluido. Lo escrito, escrito está. Aquí o allá, poco importa. Mi eterno agradecimiento se da por descontado. 
"Álbum" es tal vez la sección que más dudas me suscita. Vuelvo a lo de antes. Demasiada exposición, tal vez. Uno es pudoroso por naturaleza. Sin alma de influencer
Ojalá guste el resultado. Y el que quiera opinar (y señalar posibles erratas, que casi nunca faltan), ya sabe dónde puede hacerlo. Seguimos. 

11.8.21

Lecturas bajo el terral


Víctor M. Pérez Benítez (Motril, 1960), autor de los libros Diverso y La mirada que respira, editor del blog Siroco, me envía este breve artículo que, con gusto, doy a conocer aquí. En la mejor compañía. Gracias. 


Quitarme el reloj y abandonar el móvil 

            Los pequeños gestos cotidianos son, a veces, las más importantes gestas que te ayudan a alcanzar la ansiada libertad. Ahora que el terral de Málaga cae de manera inmisericorde, al llegar a casa me quito el reloj de pulsera y me parece quitarme una losa de encima. Pero, ese pequeño gesto que siempre, para mí, ha sido tan liberador, se ve superado cuando abandono voluntariamente el teléfono móvil. Ir por la vida sin reloj y sin teléfono móvil es como ir desnudo, maravillosamente desnudo cuando consigues darte cuenta de que no los necesitas.
 
            
Termino de leer La rama verde de Eloy Sánchez Rosillo y me siento realmente pleno. La poética de memoria y mirada del murciano se esconde en esa rama verde que es la infancia, la rama que nunca se secará. La mirada de Sánchez Rosillo es transparente y luminosa; en ella la luz es la palabra más abundante, se debe de leer en silencio y sorber las palabras con lentitud, deleitándose de la sencillez y el poder contemplativo del poeta. Con el sosiego que nos aconseja buscar, desde la soledad viva, su poesía está llena del gozo de lo cotidiano:
 
En el hondo silencio de cada cosa y tuyo/y en esta soledad tan viva y plena. / Podrás oír acaso la música del mundo. / Aguza bien tu oído. Y sueña.
 
En una entrevista que Fernando Val le hace a otro de mis poetas preferidos, Álvaro Valverde, este afirma que la modernidad del poema la da el lenguaje, no el decorado. Estos poetas, ya sea Sánchez Rosillo en Murcia o Plasencia en el caso de Valverde, cultivan la poesía de la naturaleza, no la urbana, sin embargo su poesía es tan moderna como imperecedera, en ambos casos impera la cortedad del decir, así como la claridad. Dice Álvaro Valverde: pretendo ser un poeta racional y lúcido, para el que la claridad sea un principio básico.
 
Lo que separa al poeta del resto de los mortales es su mirada, su manera distinta y honda de mirar, capaz de encontrar en el más mínimo detalle, motivo de conocimiento poético. Aunque como dice Rafael Morales, el poema no es lo contemplado sino el lenguaje transformador. “Eloy Sánchez Rosillo escribió un poema en La rama verde a partir de unas hormigas ─nos dice Álvaro Valverde─ el mirar atento sería lo contemplativo, con un plus de reflexión y estado mental. Si no hay sentimiento, por leve que sea, lo frío se impone y el poema no mueve al lector ─concluye.”
 
La palabra que más aparece en la poética de Álvaro Valverde es sombra y en la de Eloy Sánchez Rosillo, luz.
 
Tanto las sombras como las luces de ambos poetas son realmente maravillosas.
 
Como el despojarse del reloj y del teléfono móvil, leer con sosiego los poemas de Sánchez Rosillo y Valverde, es un ejemplo de sencilla liberación.

30.7.21

Un poema


LEYENDO A XAVIER SEOANE

                       
                                               Todo es palabra
                                                              X. S.
 
1
 
Después de esta pandemia, del dolor
que ha causado en cada uno de nosotros,
de la angustia, el encierro y el silencio,
¿cómo cantan aún los mirlos en las ramas?
 
2
 
¿Dónde quedó el verano suspendido
en las remotas aguas de la infancia?
 
¿Dónde la juventud de nuestros padres,
antes de que llegáramos sus hijos?
 
¿Dónde estoy yo, en plena adolescencia,
en el funicular de Sant Jeroni?
 
¿Pero qué fue, qué fue de aquella edad?
 
3
 
Dice:
No hay razón para la esperanza.
La vida está perdida de antemano.
Y, sin embargo, todo aquello
que lleva al papel y justifica
su mirada ante el mundo,
donde cabe al completo el pensamiento,
la memoria transcrita en las palabras,
da fe de que eso es falso.
 
4
 
Rememora los viejos trasatlánticos
cuando arriban en el fondo del puerto,
con la eterna promesa de un viaje
sin destino posible y sin retorno.
 
Qué no daría –escribe–
por beber una taza de buen vino
en oscuras tabernas de puertos olvidados,
escuchando, entre el humo de las conversaciones,
las historias de los rudos marineros
de mi patria.
 
Salir a navegar le está vedado
a cualquier natural de tierra adentro.
No a soñar con el mar y con los barcos,
con la huida y, por fin, con el naufragio.
 
5
 
Me preguntas qué pienso de la patria.
Aunque no la ame, como Pacheco,
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.
Y como Espriu,
cansado estoy de mi
cobarde, vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme de ella,
hacia el norte,
donde dicen que la gente es limpia
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz.
Pero no,
nunca habré de seguir mi sueño
y me quedaré aquí hasta la muerte.
Pues también soy muy cobarde y salvaje
y quiero además con un
desesperado dolor
a esta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria.
Acaso la respuesta esté en tus versos:
Quizás la patria es solo ese cielo indefinido
pasando misterioso sobre el mar que atardece.
 
6
 
Tal vez todo el conflicto,
la solución final a tus problemas,
se resuelva en apenas una frase:
Pronuncia la palabra. Mira la claridad.
 
7
 
Soy un hombre
que pasea solitario entre la gente
con el paso veloz de los nerviosos.
Que prefiere la luz de la penumbra
a la blanca del ciego mediodía.
Que, aunque conversa,
defiende sus silencios.
Que le teme a la noche.
Que venera las montañas y ríos.
Y a los árboles y también a los pájaros
pese a no distinguir a ese que canta.
Que celebra vivir en su ciudad.
El que ama a una mujer
y tiene hijos.
El que ahora descansa
tras haber trabajado.

Ocupo humildemente mi lugar.

NOTA: Este poema, una lectura de la poesía del poeta gallego Xavier Seoane, se ha publicado en el número 64 de la revista SIBILA.

22.7.21

La web de Carnero


El poeta Guillermo Carnero estrena página web: https://www.guillermocarnero.com/

El diseño es obra de Carlos Turpin. Creo que ha quedado muy bien.

16.7.21

La poesía de Ángel Campos Pámpano

 

La veterana y acreditada revista Cuadernos Hispanoamericanos acaba de publicar un número doble 853-854, correspondiente a julio-agosto de 2021. Tiene una particularidad: es una suerte de homenaje al que ha sido estos últimos años su solvente director, Juan Malpartida, que se jubila. Lo explica en su artículo "Tiempo de adiós". 
Cuando me pidieron desde la redacción un texto para ese ejemplar extraordinario, pensé casi de inmediato en la poesía de mi amigo Ángel Campos Pámpano. Malpartida es, ante todo, poeta, y conoció bien al extremeño. Además, me debía una lectura de su poesía, la que en su momento (su muerte coincide con la publicación de su poesía completa) no pude escribir. El resultado se titula "Siquiera este refugio: la poesía de Ángel Campos Pámpano". 

13.7.21

Ignacio Vidal-Folch dixit

"Los diarios y las autobiografías son el género más ficcional y embustero de todos, y lo gracioso es que parezca que presentan al autor desnudo. Al contrario, cada autor de diario esculpe su propio retrato, lo más favorecedor que puede. Hay muchos modelos de diario, pero entre ellos hay dos grandes líneas: uno es el diario del que ha vivido acontecimientos excepcionales, como, por ejemplo, Jünger en Tempestades de acero. Pero, afortunadamente, no a todos nos es dado vivir la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial. Si uno vive tiempos tranquilos y tiene una estrategia y una maestría literaria, puede hacer interesantes experiencias menos extremas. Ahora bien, la psique de los escritores es siempre bastante parecida, y su vida sedentaria parca en verdadero interés. Yo traduje uno de los dietarios mejores de la historia, que es el de Renard, el dietario del hombre moderno. En realidad, publiqué una antología. Me alegra que se vaya reeditando año tras año. Ahora bien, la vida de Renard fue muy poco interesante. Con decirte que envidiaba a Rostand y se trataba con Capus, el cual apenas existió…, pero su estrategia para el diario fue una inspiración. Él lo reescribía y reescribía; ofrece en cada entrada un rasgo de humor, una observación aguda o una descripción muy cuidada de una conversación. Quería hacer con las experiencias de su vida bastante monótona un artefacto literario fulgurante. Lo consiguió. Recuerdo agudezas como «Releerme es suicidarme» o «Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo». O «Si un día muero por una mujer, será de risa»". 
Ignacio Vidal-Folch conversa con Carmen de Eusebio en Cuadernos Hispanoamericanos

NOTA: La fotografía está tomada de ECD Confidencial Digital. 

9.7.21

Siles lee a Eliot

Empezaré por explicar que no pretendo escribir, en sentido estricto, una reseña de Un Eliot para españoles, el brillante ensayo del poeta y profesor (y crítico y traductor) Jaime Siles que ha publicado la editorial sevillana Athenaica en su serie Breviarios (que tanto me recuerdan a los del FCE, donde leí, por cierto, El joven T. S. Eliot, de Lyndall Gordon). Por una sencilla razón de la que soy muy consciente: mi incapacidad para hacerlo. No soy, como él, un poeta doctus que, según dijo Ernst Robert Curtius de Eliot, "conoce las lenguas, las literaturas, las técnicas" y "esmalta su obra con citas" y "reminiscencias de lecturas". Tampoco soy especialista en literatura comparada ni mi fervor por la obra del autor angloamericano, al que con tanta devoción he leído, da para tanto. (El lector interesado puede acercarse, por ejemplo, a la que el profesor malagueño Sebastián Gámez Millán ha publicado en Cuadernos Hipanoamericanos bajo el título "Eliot en traducción".)
El texto al que nos referimos está fechado entre el 1 de abril y el 29 de julio de 2020 (ya sabemos cómo pasó Siles el encierro pandémico) y en la Universidad de Valencia, de la que es profesor (casi emérito) tras una larga gira docente por universidades de medio mundo. 
Está escrito sin apenas puntos y aparte ni división por capítulos y editado en una caja ("espacio de la página lleno por la composición impresa", ya saben) demasiado angosta, lo que no deja de dificultar, a qué negarlo, la lectura. Las "Notas", 501 en total, van detrás y para ver los números resulta útil el uso de una lupa. Nada, sin embargo, impide disfrutar de esta fiesta del rigor y de la inteligencia que se despliega ante nuestros castigados ojos (uno tiene una edad y la tensión ocular alta) a la altura de esas mismas virtudes que caracterizan al autor y la obra objeto de análisis. A uno le recuerda esa leyenda del pintor japonés (o chino, no sé) que tras años y años dándole vueltas a un motivo de pronto lo ejecuta mediante un trazo genial. Muchas horas de paciente lectura son precisas para poder desplegar ante el lector esta mezcla de erudición y pensamiento que, además de acercarnos al núcleo de la obra del autor de The Wast Land y Four Quartets, dos obras maestras de la poesía universal, nos ofrecen una suerte de autobiografía lírica, en forma de poética oblicua, del propio Siles. 
Pocos libros recuerda uno tan subrayados como éste, leído -qué gusto y qué remedio- despaciosamente. Será porque, como indicaba Eliot, Siles logra "el primer requisito de un crítico" (con "método" o "estrategia"): "tener interés por el tema" y "habilidad para transmitir interés por él". 
Nos advierte que "este no es un libro sobre Eliot (...), sino un 'Eliot para españoles'. Pretende, nos dice en otra parte, "revisar el pensamiento poético y crítico de Eliot, y analizar en torno a él no sólo la crisis espiritual que lo produjo sino también la coherente constelación de formas e ideas con que se modeló, así como los ecos que todo ello tuvo y ha tenido en la poesía escrita en nuestra lengua". De ahí que aparezcan en escena, entre un considerable elenco de poetas y críticos ("todo creador es un crítico", afirmó Eliot), nombres españoles como Luis Cernuda o Jaime Gil de Biedma, muy cercanos a la poética eliotiana, que tan bien conocían. O Jordi Doce, mencionado en varias ocasiones, autor de La ciudad consciente. Ensayos sobre T.S. Eliot y W.H. Auden y traductor de su poesía. 
Más adelante Siles añade: "No es éste un ensayo únicamente literario, aunque lo sean el objeto y el campo de su aplicación: es también y, sobre todo, una reflexión sobre los problemas de la cultura de nuestro tiempo, en la que conceptos como 'tradición' o 'educación clásica' han perdido vigencia, siendo sustituidos por un conjunto de supuestos saberes de posible aplicación práctica, pero de demostrado declive civil e intelectual". Y: "Mi propósito no es oponer la alta y la baja cultura sino abogar por un buen entendimiento entre ambas, basado en la necesidad de que existan y mantengan sus evidentes diferencias, sin que ninguna intente derrocar o sustituir a la otra, sino que–como siempre en la historia literaria–, haya diálogo, conexiones y vasos comunicantes entre ellas, pues esa bien conllevada convivencia es la única forma de que puedan pervivir las dos".
Se centra en aspectos esenciales de la obra de este "clásico de la modernidad" que logró el Nobel y que se definía como "clásico en literatura, monárquico en política y anglo-católico en religión". Así, su aversión por el Romanticismo (opta por el Simbolismo): “La poesía no consiste en dar rienda suelta a las emociones sino en huir de la emoción; no es una expresión de la personalidad sino una huida de la personalidad”; las técnicas del correlato objetivo y del monólogo dramático; la influencia de Ezra Pound (decisivo a la hora de dar forma definitiva a La tierra baldía) o Jules Laforgue; sus teorías acerca del poema largo o extenso; la fe y la religión: el lenguaje conversacional, la lengua coloquial y el habla común de cada época (para Eliot cualquier "revolución poética" no deja de ser "una vuelta al habla común"); el verso libre y el verso blanco; su "obsesión por el verso dramático y la poesía como drama", lo que le lleva a escribir teatro: "El yo moderno es menos lírico que trágico precisamente porque es múltiple y coral", algo que acaso comprendió mejor que nadie Pessoa, que nació el mismo año que Eliot; la necesidad de que el poeta moderno pronuncie sus "palabras en voz baja"; el elogio de "la más poética de todas las disciplinas académicas": la Filología (algo suscrito aquí atrás por el joven poeta asturiano Rodrigo Olay, supongo que a sabiendas); la "comprensión" en poesía o, lo que es lo mismo, "la molesta cuestión de la oscuridad", que puede deberse a "causas personales" (que le impiden "expresarse de un modo que no sea oscuro") o a "la novedad", sin olvidar que lo que puede decirse "igualmente en prosa se dice mejor en prosa", una enseñanza que no suelen tener en cuenta muchos nuevos poetas; y, entre otros muchos temas, la función social de la poesía. “El poeta debe ser siervo del idioma y no dueño de él”, escribió.
Sin desdeñar, todo lo contrario, las múltiples lecciones que este exhaustivo análisis proporciona (una suerte de destilado interpretativo de sus libros de ensayo), uno destacaría las pormenorizadas, sagaces lecturas de sus dos libros poéticos mayores, del "curso alto" al "curso final" (según la "imagen fluvial" que usa Siles): The Wast Land y Four Quartets, un dechado de savoir faire crítico que desborda, por suerte, los límites del tópico comentario de texto, académico o no.
La guinda a este pastel ensayístico y poético la pone un repaso de "la receptividad que Eliot tuvo en dos de los mayores poetas de nuestra lengua, como Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda". Para el primero, "Eliot es un desarrollo natural de lo artificial, un artificial natural, como Whitman es un natural natural y Goethe un natural artificial". 
Leído lo leído, sólo queda decir una cosa: chapeau!, maestro.

5.7.21

La poesía completa de Pablo García Baena


Pablo García Baena
Edición de Rafael Inglada. Introducciones de Juan Lamillar y Francisco Ruiz Noguera.
Renacimiento y Editorial Universidad de Córdoba, Sevilla, 2021.
428 y 336 páginas. 30 y 25 €
 
Pablo García Baena (Córdoba, 1921-2018) fue uno de los fundadores del Grupo Cántico, una isla poética en la postguerra redescubierta por Guillermo Carnero.
Solitario, triste, tímido, callado y sonriente (dijo de sí mismo), vivió en su ciudad natal (“cuna y sepultura”) y en la Costa del Sol. De una parte, “la religiosidad, la familia, el recogimiento”; de otra, “lo sensual, lo exótico, lo pagano”, resume Rafael Inglada.
Fue reconocido con premios como el Príncipe de Asturias, Andalucía de las Letras y Reina Sofía, y nombrado Hijo Predilecto de Andalucía.
Dentro del proyecto de la Obra completa (que incluirá, además, su prosa y una cronología), se publica en el año del Centenario la preciosa edición definitiva (con cubiertas de Alfonso Meléndez) de su poesía. En dos volúmenes. El primero reúne los diez libros canónicos que publicó el poeta entre 1946 y 2006: Rumor oculto, Mientras cantan los pájaros, Antiguo muchacho, Junio, ÓleoAlmoneda (12 viejos sonetos de ocasión), Antes que el tiempo acabe, Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, Fieles guirnaldas fugitivas y Los Campos Elíseos. El segundo, de 1938 a 2019, recoge muestras de su “prehistoria” (“adolescencia que es aprendizaje”): A Josefina, Escuadra, Por el mar de mi llanto, y de su “epílogo”, los póstumos Dos letanías y otros 14 poemas de ocasión, Al vuelo de una garza breve y Claroscuro (Últimos poemas), así como los anexos: adaptación del Cántico Espiritual, poemas musicados, sueltos publicados, inéditos y privados, además de cinco de Claroscuro, versiones y hasta unos versos sueltos.
Firma la modélica edición el citado Inglada, que justifica su trabajo en una “Nota a la poesía”. Las introducciones de cada volumen son, respectivamente, de Juan Lamillar y Francisco Ruiz Noguera. Las notas (363 en total) van al final de cada tomo para facilitar la lectura y no falta una amplia bibliografía y un índice de títulos y primeros versos.
El poeta calificó su obra de “breve y secreta”, lo que el tiempo ha terminado por desmentir. A pesar de que la mayor parte de sus libros aparecieron en colecciones de escasa difusión, su poesía ha sido ampliamente divulgada.
“Lenta y pausada”, como bien dice Inglada (“poeta sin premura” lo calificó Castilla del Pino), “su obra no cesó de fluir”, salvo durante una década en la que imperó el silencio (por entonces pasó del atlas al viaje y recorrió el Mediterráneo). “Mi obra –afirmó– es un solo libro como mis días son una sola vida”. Y: “La poesía no es más que un dietario riguroso y sincero”.
Barroca, sí, pero, por decirlo con Gaya, no de “lo que sobra”, sino de “todo aquello que no cabría en otra parte, pero ha de estar”. De ahí que defendiera “lo sencillo dicho de manera deslumbrante”, suntuosa; lo natural en un artesano “orfebre del idioma”. Con un “léxico lujoso”, esa “capa pluvial”, según él, que sobrepasa lo decorativo en busca de la palabra precisa, poco importa si rebuscada o arcaica.
Fue ante todo un poeta de la mirada, contemplativo y plástico: “Mi poesía es de las visuales, pictórica; todo lo que expreso lo he vivido o lo he visto”. Subrayó su “fondo real”.
¿Sus temas? Los libros (“Sala de lectura”), la religión (de liturgia, Semana Santa y Vírgenes), el amor (“Todo mi ser es un canto al amor”), la amistad (el segundo tomo lo evidencia), Córdoba (léase “La calle de Armas”), la naturaleza (campo, huertas, jardines…), el paso del tiempo y la muerte.
¿Sus maestros? De san Juan de la Cruz y Góngora a Juan Ramón Jiménez, el principal. Romántico y modernista (y, por eso, partidario del Simbolismo). De la estirpe de Bécquer, diría Fernando Ortiz.
Vuelve la poesía de este poeta vital, solitario y melancólico, de voz propia e inconfundible, del Sur, que confesaba padecer la inspiración. Hasta quienes huimos del preciosismo, el lujo y lo ornamental nos rendimos ante la exactitud de unos poemas donde esplende el castellano con serena belleza.

NOTA: Este reseña se ha publicado la pasada semana en EL CULTURAL

3.7.21

La poesía de Iván Bunin

Iván Alexéievich Bunin (Vorónezh, Rusia Central, 1870- París, Francia, 1953). Nació en una familia de nobles propietarios rurales arruinados (con antecedentes literarios) y vivió sus primeros años en una hacienda de Yeletsk, “tierras de Rusia central contiguas a la estepa”. “Pasé en el campo casi toda mi infancia y primera adolescencia”, cuenta él mismo. En 1889 abandona la casa paterna y se muda a la ciudad de Oryol, donde conoce a su primer amor, que termina casándose con otro, asunto que inspira su novela La vida de Arseniev. Viaja a San Petersburgo y Moscú, donde conoce a los escritores del momento: Tolstoi, Chejov, Gorky...
En 1898 se casa con Anna Tsakini, de 19 años. Dos años más tarde la deja. Ella está embarazada de su único hijo, Nikolai, que muere de meningitis en 1905.
“Comencé a escribir pronto”, confiesa. Su primera colección de poemas, Listopad, apareció en 1901. Recibió el Premio Pushkin de la Academia Rusa de las Ciencias (de la que sería elegido miembro de honor) más de una vez; una de ellas por sus traducciones de poetas estadounidenses e ingleses (Longfellow, Byron y Tennyson, entre otros).
En 1906 conoce a Vera Muromtseva, su segunda y última mujer, con la que se casa, tras conseguir el divorcio, en 1922.
Antes de la Gran Guerra, en la primera década del siglo, viajó con ella por el sur de Rusia, la Europa mediterránea, los Balcanes, el norte de África y Oriente Medio. Como el poeta persa Saadi, por el “afán de contemplar en su totalidad la faz de la tierra y de dejar en ella la impronta de mi alma”, dijo. Poema di un viaggiatore se titula un libro publicado recientemente en Italia que recoge prosas y poemas sobre ese viaje.
En 1917 triunfa la Revolución. Huye con su mujer a Odessa. En mayo de 1919, “tras haber apurado un cáliz de sufrimientos morales realmente inenarrables, emigré del país”. Después de pasar por Bulgaria y Serbia, se estableció en París. Ese largo viaje le dio para escribir Días malditos (Un diario de la Revolución), basado en las notas que tomó sobre los acontecimientos de los años 1918 y 19 en Moscú y Odessa; “uno de los análisis, además en directo, de la Revolución, de sus desmanes y consecuencias, más certeros, sin aspavientos, que he leído”, según el poeta y crítico Fermín Herrero.
En 1933 se convirtió en el primer ruso que ganaba el Premio Nobel de Literatura.
En español se han publicado, entre otras, Obras escogidas (Aguilar, 1957 y 1965), Cuando la vida empieza (Caralt Editores, 1955 y Orbis, 1984), Una aldea (Planeta, 1973), El primer amor; En el campo (Espasa, 1974 y Altaya, 1996), Cuando la vida empieza (Orbis, 1993), Días malditos (Acantilado, 2007), El amor de Mitia y otros relatos (Pre-Textos, 2003, en edición de José Muñoz Millanes)y Relatos de alamedas oscuras (Caparrós Editores, 2003).
En la nota editorial de El amor de Mitia, leemos: “a Bunin le pasó lo que a la mucho más joven Nina Berberova: como su imagen no se ajustaba a la del escritor experimental o políticamente radical en boga durante la primera mitad del siglo XX, permanecieron mucho tiempo en la penumbra de la emigración sin ser apenas traducidos, en compañía de otros valiosos autores rusos. Bien es verdad que la condición de premio Nobel de Bunin ha impulsado esporádicos esfuerzos por dar a conocer su obra en otras lenguas”.
Aunque debe su fama internacional y su prestigio literario a los libros en prosa, Bunin, sí, fue poeta. Que tengamos noticia, es la primera vez que se publica un libro con sus versos en español. La primicia es de la salmantina Sígueme, una secreta pero acreditada editorial religiosa (abierta, sin anteojeras) cuyo catálogo (que incluye algo más que Teología) se debería frecuentar. Por su calidad, sencillamente. Es la segunda vez que se atreven con la poesía. El antecedente fue, nada menos, la obra del portugués Daniel Faria, todo un acontecimiento para los avisados lectores españoles, del que han publicado tres libros: Explicación de los árboles y de otros animales (2014), Hombres que son como lugares mal situados (2016) y De los líquidos (2017), en traducción del diplomático extremeño Luis María Marina. Llega ahora Poemas, de Bunin, lo que confirma, tras lo leído, el buen criterio.
En edición bilingüe, la traducción al español es de Manuel Abella Martínez, que ha vertido a nuestro idioma obras de Arendt, Brentano, Jung, Otto, Sjöwall, Soloviov, etc. Merece la pena destacar el cuidado del volumen, en tapa dura, sobrio, bien cosido y elegante que lleva en la cubierta y las guardas un sugerente paisaje de un prado cubierto de nieve pintado por Isaak I. Levitán.
En lugar de prólogo, se incluyen un par de notas autobiográficas, fechadas, respectivamente, en 1921 y 1934. Ambas en París.
Los poemas van fechados y el orden es cronológico. Desde 1888 a 1952.
Se le da mucha importancia a las primeras líneas de una novela. En el caso de los poemas, se suelen ponderar los finales; cuanto más redondos, mejor. Sin embargo, que el primer poema de un libro de poesía empiece: “Amaba yo en la infancia la penumbra del templo / cuando, al atardecer, / se llenaba de luz resplandeciente / ante la muchedumbre que rezaba” es, además de motivo de alegría, la primera pista fiable de que lo por venir. Cuando menos, promete. Nos da también para pensar que, sin saber nada de ruso, el traductor  parece saber lo que se hace: uno tiene delante de los ojos buena poesía en castellano.
“En la estepa”, segundo poema de la muestra, leemos: “Pero yo amo, / aves peregrinas, / estos campos. Sus míseras aldeas/ son mi terruño; he regresado a ellas / cansado ya de viajes solitarios / y siento su hermosura desolada / y me complace su belleza triste”.
Este sentimiento, el de la tristeza (“¿Dónde te escondiste, dorada alegría?”), será una constante en Bunin por más que aluda a que “el mundo es bello en todos sus rincones” o que “la aceptación es mi destino”. Sabe que “la vida vivida no regresará”, y esa será la fuente principal de su melancolía.
Estamos ante un solitario contemplativo. Un poeta de la mirada. Sus descripciones de la naturaleza son precisas, de una minuciosidad que no cansa porque está hecha de detalles significativos que buscan siempre trasladar al lector un estado del alma. Del alma rusa, acaso, a lo que él aspiró.
Su paisaje fundamental es la estepa, el lugar de su infancia: “miro la estepa, de este a oeste, / en la traslúcida distancia”. Como buen viajero y, por eso, cosmopolita, no renegó de otros, como los marítimos, por ejemplo. “A menudo recuerdo los otoños / del sur” (que evoca los veranos que pasó a orillas del Mar Negro).
Bunin será para algunos, y en el mejor sentido, un poeta menor. Porque escribe en sordina, en un tono susurrante y confidencial. Con sencillez. Léase “En una ciudad vieja”, un poema que podría haber escrito cualquier poeta español del 900. Machado, pongo por caso. Como “Cedro”: “Amo este mundo”. “Yo adoro esta tristeza en primavera”.
Los Alpes están presentes en varias composiciones (una con ese título): “En un lago” o “Día de invierno en el Oberland”, que representa bien su lado romántico (en el sentido literario).
Por más que se ejercite en el poema breve, de pronto nos sorprende con otros más extensos, como “Abandono”, donde aborda un asunto obsesivo: el “de la casa ancestral en que nací”. Como ocurre en “Desde el jardín, cruzando cortinas polvorientas…” o “Por primera vez”. Una tragedia de la nunca se repuso. Una vuelta que me recuerda, salvadas todas las distancias, al primer libro de Brines.
Allí leemos: “Acaso es hora de que el campo cambie / de dueño en estos pagos, a nosotros / se nos hace imposible aquí la vida. / Aquí todos vivimos con tristeza y zozobra / y toca hacer liquidación final”. Y más adelante: “Yo amaba el fin de los otoños rusos”, que es un bonito endecasílabo. La casa, al cabo, le “susurra”: “Sin los señores, todo es tan tedioso”.
En “Ruinas” aflora otro tema central, de estirpe también romántica: “Hay tanta calma en estas viejas ruinas”. Como lo es el jardín, símbolo recurrente, este con matices modernistas.
Lo bíblico está presente en “Sansón”, “En la ruta de Hebrón…”, “Huida a Egipto”, “Jacob iba a Harán…”, etc. Y el Corán en “Abrahán”. En “Alejandro en Egipto”, un poema más religioso que histórico, dice: “El Dios, que aún está lejos, / llegará, y será amigo de oscuros pescadores”.
Hicimos alusión antes al mar. El “mar abierto”, que “trae otra vez a la memoria / eso olvidado para siempre”.
En “Estambul” (Zargrado para los rusos) emerge el Bunin viajero. Como en “Enorme y viejo, un rojo paquebote…” y “Llamada”: “Como viejos marinos que viven retirados, / sueñan siempre, de noche, con la extensión azul / y obenques movedizos y aseguran oír / la llamada del mar en horas de tristeza”. Sus recuerdos, añade, “me incitan  a más viajes, a nuevas singladuras”.
“Bosque en la montaña” nos traslada a Grecia. Termina: “Busco una senda al templo de mis padres”.
En “Luz en el mástil”, con un precioso arranque leopardiano, escribe: “Es dulce y triste contemplar de noche / la luz de tope, sobre el mar en sombra, / de un barco que se aleja en la distancia”.
En “Ayo” regresa de nuevo a los viejos tiempos aristocráticos de su infancia. Así se titula precisamente otro poema donde recuerda un día caluroso y un “pino torcido” al que trepaba. “Sólo recuerdo mi infancia: / todo lo otro no es mío”.
La intensidad de “Abiertas las ventanas…” tiene un toque oriental.
“También el ser humano se atormenta / recordando otro tiempo, otras regiones”, leemos en “Un perro”, que concluye: “soy hombre y, como Dios, llevo en mi sino / compadecer cualquier melancolía”.
En “Abedul”, otro delicado poema, leemos este alejandrino aliterado: “al abedul aislado le es liviano el destino”.
La memoria, otra de las claves de esta poética, brilla en “Atardecer”: “Sólo sabemos descubrir la dicha / en el recuerdo”. Y sigue: “¡Y vive en todas partes!”. El verso final reza: “Veo, oigo y soy feliz. En mí está todo”. Ese “mundo” –leemos en “Cigarras nocturnas”– que “incita / a embriagarse de sueño, amar, crear”.
Una nota al pie de “Pozo” me sirve para indicar que son muy pocas las que figuran al pie de algunos poemas, pero todas concretas y necesarias.
“Soledad” es uno de sus poemas, digamos, narrativos, casi relatos condensados.
En “Incensario” viaja a Sicilia, una experiencia que le sirve para escribir otro poema: “Siroco”: “Dios se ha fundido al mundo / y lo arrastra a algún sito en furioso arrebato”.
En los últimos poemas (sólo hay uno posterior a 1923) habla de su país tras el triunfo de la Revolución. En “La casa en ruinas…” leemos: “Campan por Rusia los rabiosos, / la arrasarán, como los tártaros. / Pero, y ahora, ¿quién nos salva? / Y si no hay Dios, ¿quién los castiga?”. De lo mismo trata “Año diecisiete”.
“En la Perspectiva Nevski”, Bunin evoca su primera visita a la mítica ciudad de San Petersburgo (de la que en otro sitio había dicho: “Todo es grato, todo es nuevo: / el aroma del café, / las lámparas, las alfombras / y el periódico frío y húmedo”). Termina: “Yo era entonces, solitario, indolente / y había llegado a un mundo grande, extraño, difícil… / Pero nunca en la vida he podido olvidar / esa noche sin techo y sin abrigo”.  
Y ya que de rememorar hablamos, estos versos: “Qué dicha misteriosa / ir pisando el pasado”.
La desolación impregna también los poemas de finales de los años diez y primeros veinte. Como cuando escribe: “¡Qué amargo fue a mi joven corazón / tener que abandonar los campos de mi padre, / dejar atrás la casa en que nací!”. A este tiempo feliz se refiere “Año 1885”: “Era entonces abril y la vida era leve”.
 “Venecia”, no obstante, celebra el “regocijo / porque la vida es siempre nueva, / alegre el sueño del pasado”.
Emotivo resulta “Hija”, donde sueña con la que no tuvo.
En el poema final, que escribe un año antes de su muerte, leemos: “Nadie más bajo la luna, / sólo Dios y yo. / Nadie más que Él conoce mi pena mortal, / esa      que escondo a todos”.
Termino citando “En los montes”, que empieza: “La poesía es oscura. No se expresa en palabras”. Y más adelante: “No está la poesía en eso que la gente / llama así, poesía. Está oculta en mi herencia. / Cuanto  más rica es ella, más poeta soy yo”. Nada que añadir.
 
POEMAS
Iván Bunin
Traducción de Manuel Abella Martínez
Sígueme, Salamanca, 2021. 240 páginas. 18,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.