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11.5.20

La poesía de Xavier Seoane

Confieso que nunca hasta ahora había oído hablar de Xavier Seoane (La Coruña, 1954) ni lo había leído. Al menos que yo recuerde. Y bien que lo siento. Por lo que he averiguado, estudió Filología Románica en la Universidad de Santiago de Compostela y desde 1975 compagina la creación literaria, la crítica de arte y la gestión cultural. Su lengua literaria, por cierto, es el gallego. A lo que se ve, es un hombre muy implicado en la renovación cultural de Galicia y miembro fundador de la revista y foro Luzes de Galiza y del grupo poético De amor e desamor.
Como narrador ha publicado las novelas Ábrelle a porta ao mar (hay versión en castellano en Reino de Cordelia), Filiberto e Sofonisba y A Dama da noite (basada en la vida de Rosalía de Castro y que también está en el catálogo citado). También en prosa, los libros de aforismos Irispaxaros y A rocha imantada. Como ensayista, Identidade e convulsiónReto ou rendiciónAtravesar o espelloO sol de HomeroSaudar a vida y Todos somos Ulises.
Su poesía, que es por lo que viene uno aquí, comprende los libros Don do horizonte (1978-1999), que recoge lo publicado hasta esa fecha (casi una decena de obras escritas todavía en castellano), Dársenas do ocaso (premio Nacional de la Crítica), Vagar de amor e sombraPara unha luz ausenteDo ventre da cóbregaRaíz e soñoEspiral de sombras Threnói (traducido también en Reino de Cordelia).
Que a uno le conste, y para terminar, Ediciones Linteo publicó hace tres años una antología de poemas (en español) con el título Elogio de vivir.
Es Pre-Textos y su buen olfato poético quien vuelve a sorprenderme con De vuelos y de aves. Aparece, dónde mejor, en la pequeña colección (por su formato, de 15x10) “El pájaro solitario” (donde hay libros, entre otros, de Perse, Saba, Ovidio, Trapiello, Sánchez Rosillo o Cabrera) y en la cubierta no falta una preciosa viñeta de Ramón Gaya.
La edición, claro, es bilingüe y el traductor es el mismo Seoane, según costumbre.
Se trata de un florilegio que reúne poemas de distintos libros. La presentación, que es un poema en sí misma, comienza describiendo dónde vive, en la costa atlántica, y, por tanto, cerca de las aves. “Siempre he sentido una gran fascinación por la naturaleza –declara–, su misterio, variedad y belleza”. “Esta selección responde a la perplejidad y emoción que esa experiencia me ha producido a lo largo de toda la vida”. Luego, enumera algunos pájaros, sus formas, modos o virtudes. Con todo, hay mucho más que pájaros en este libro. Y Seoane es más que un ornitólogo.
Si tuviera que definir al libro con una palabra, sería delicadeza. Marca su tono, que vira a melancólico: “un hombre silencioso es como un viejo caserón deshabitado”. O: “que nada es tan hermoso / como volver al país amado y reencontrarte / hilando la madeja de una juventud que no murió jamás”. Predomina, ahora bien, lo celebratorio. La alegría de permanecer en medio de la naturaleza y del paisaje: “exulten los jazmines ría el mirlo”.
Se diría de esta poesía que es la de un romántico, en el mejor y más hondo sentido. Del norte, como los ingleses o alemanes de fausta memoria. 
O la de un oriental que observa paciente cuanto le rodea, que acecha sereno y “escruta la vida” hasta que llegue el momento de expresar lo que ve y lo que siente. Del que contempla los asombros. 
“Si el pájaro dijese / su más trémulo cántico, / ese es el poema, amigo, / del hombre al alba”, leemos en “Aquí”.
Destacaría poemas como Noli me tangere (“¿Es tan hermoso el mundo / como lo cantan los pájaros?”), “Invitación al viaje”, “La visita” (no por nada dedicado a Brines), “Elogio de la mirada (“Nada en mí puede haber tan misterioso / como mirar”), “Tierras de ocaso” (“Qué tierra esta / para morir”), “Agra da Brea” (“Aquí fui joven”), “Julio” (“Era un mundo auroral / el de aquellas mañanas / soleadas”), “De la imposible certeza” (“El horizonte es más vasto / que toda mirada”), “De dura sangre” (“Todo languidece. // La vida pasa”), “El último urogallo” (con Cunqueiro al fondo), “Para un pasto imposible” (“Buscamos sin esperanza / un mensaje nunca escrito / en las estrellas y en los pájaros”)...
Conviene, en fin, comparar las versiones en castellano con el original en gallego. Depararán al lector más de una agradable sorpresa.
Lo dicho, ha sido un placer dar con los versos de Xavier Seoane, que vuelve a demostrar (y perdonen que vuelva a esa guerra perdida) que la poesía que se inspira en la naturaleza no ha de ser despreciada por antimoderna ni calificada, con desprecio, como agropecuaria. En estas penosas circunstancias de confinamiento, leer estos versos ha sido un lenitivo. Como abrir en el cuarto otra ventana que daba a “un mundo / nuevo / recién creado”. Lea y juzgue.  

De vuelos y de aves
Xavier Seoane
Pre-Textos, Valencia, 2019. 152 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno

5.3.21

Teoría y práctica del haiku

 
En mayo del pasado año, publicábamos aquí una reseña del libro De vuelos y de aves de Xavier Seoane. Fue un descubrimiento pues, como confesaba allí, era mi primera lectura consciente del poeta gallego. Después he disfrutado, y cuánto, de su antología Elogio de vivir y, ahora, de A póla branca (La rama blanca), obra de 2020 editada por Xerais.
Como se ve por el título, está escrito en su lengua materna, el gallego, lo que aporta un plus de dificultad a la lectura que no hace sino intensificarla.
El delgado volumen consta de dos partes que, en realidad, se funden. La primera es un auténtico ensayo sobre el haiku. Una preciosa aproximación a la famosa estrofa japonesa que lo mismo le sirve al neófito que al iniciado. Escrita, además, con una claridad digna del tema que trata. Ya subrayé en la mencionada recensión sobre De vuelos y de aves que la delicadeza marca el tono de la manera de decir de Seoane, algo que aquí se aprecia aún mejor.
En la segunda parte, la teoría torna práctica y podemos deleitarnos con un puñado de haikus.
“Cuando o lique canta (Algunhas reflexións sobre o haiku)” (lique es, en castellano, licor) se abre con citas de Juan Ramón (“Hay un punto perfecto en que lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño son iguales”), Maurice Coyaud y Basho (“No sigas las huellas de los antiguos. Busca lo que ellos buscaron”).
En el principio, el cruce de influencias entre Occidente y Oriente y la importancia para la poesía de acá, digamos, de la de allá, más en la época contemporánea. ¿No es acaso el mejor Pound el de Cathay?, por poner un solo ejemplo.
Desde el comienzo también, uno intuye que al reflexionar sobre el haiku, Seoane está perfilando al mismo tiempo su propia poética, de manera tan efectiva como discreta. Lo que aporta, no me cabe duda, hondura y fervor a esas páginas.
“El haiku es un logro poético de una originalidad, versatilidad y plenitud difícilmente superable”. [Me tomo el atrevimiento de traducirle al español.] Lo compara a otras formas breves occidentales como el epigrama, las coplas del cancionero o la seguidilla. Formas sintéticas de carácter universal que usaron poetas como Dickinson o Penna, el mencionado JRJ o Ungaretti.
Por encima de modas, “el haiku atrapa”. Desde Basho, en el XVII, quien lo definió a la perfección: “Haiku es lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Sí, nada más. Una “rara mezcla entre ontología y fenomenología”.
Destaca su “humildad”, llena de “eficacia”. Su pobreza esencial, diría uno. La pascaliana infinitud de lo pequeño. Y su relación con el zen, aunque lo trascienda.
Para Blyth, “una simple nada inevitablemente significativa” donde importan tanto las palabras como los silencios. Porque el haikista (o haijin) “apunta, aboceta, señala”. Por eso “la naturaleza del haiku demanda un lector experto, vivo creador”.
Anota Seoane que, además de la brevedad, el haiku tiende a la sencillez (en gallego, sinxeleza), la naturalidad (no en vano tiene por centro la naturaleza) y la coloquialidade o coloquialidad (que es una palabra no admitida por el diccionario de la RAE, pero que no es lo mismo que coloquialismo). Lejos, en todo caso, del ornato, el artificio, el efectismo, la sofisticación, la grandilocuencia y las palabras y expresiones pomposas. Y cita al de Moguer: ¡No la toques ya más, / Que así es la rosa!
Y sigue con las características del haiku, como la “inmediatez”, la “ambigüedad” (es “una de las formas poéticas de mayor densidad perceptiva” o “de la más amplia polisemia posible”). Recalca, como sólo un poeta sabría decirlo, “el dinamismo de lo inmóvil”, “la densa gravedad de lo ligero”. Precisa que tiene mucho de acuarela, de fotografía. Y nada de insignificancia, a pesar de su “excesivo reduccionismo”. De su minimalismo. Todo lo contrario, ya se apuntó. Ni nada de “digresiones abstractas”, conceptismo ni énfasis retórico, al que tan aficionados somos los occidentales, salvando a los epigramistas y a otros escuetos.
Y sigue con la “levedad” y el “estado de vigilia” al que ha de estar sometido el haikista, empeñado no en “concentrar ideas o capturar esencias sintéticas y abstractas, sino de amplificar lo mínimo e insignificante hasta formas de revelación  y de totalidad, en un intento de trascender lo efímero, de iluminar lo insignificante, de aprehender lo incomunicable”. Qué hermosa lección.
Lo compara después con la música. No la de Bach o Beethoven: la callada de Satie o Bartók.
Aterriza después en lo básico (y aún no dicho en esta reseña): que un haiku es un poema breve de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, lo que no obsta para que exista el “haiku libre” y los que tienen rima y los que no, e incluso los que se compones de uno o dos versos o no guardan las medidas de rigor. Pone múltiples ejemplos. Algunos de pueblos primitivos (recuerden la memorable antología de Ernesto Cardenal en Alianza) de África o de América que bien podrían pasar por haikus. Y de otro gallego, Uxío Novoneyra, un virtuoso.
Dedica un capítulo de la amena disertación al concepto de “aware”, esto es, “el lamento de las cosas” o, dicho en galaico-portugués, la saudade, que mi amigo Ángel Campos Pámpano, que de eso sabía, nunca se atrevió a traducir.
Jesús Munárriz (que tanto ha hecho por el haiku en España, haikista él mismo) y Teresa Herrero se atreven con una definición más elaborada. Y Motoori Norinaga y Vicente Haya, para quien “mono no aware es la conmoción del ser humano por la existencia”. Al final, Seoane recurre a Wilde, a “esa capacidad de asombro a que siempre apela lo Poético”.
Yoku mireba, otro término japonés aplicado al haiku, se puede traducir por “si te fijas bien” (“se miras ben”) y resalta la importancia del sentido de la vista (mucho más que ver) en la poesía japonesa y en la lírica universal. Para, entre otras cosas, unir el microcosmos al macrocosmos. Una gota de rocío, un grillo o una mariposa gozan en esa tradición del mismo trato “que el monte Fuji o la Vía Láctea”.
Tampoco se le escapa a Seoane algo fundamental: que “el haiku, en general, no se lleva bien con la presencia de un «yo» enfático”. Que el buen haikista desaparece de la escena y trata de fluir como la fuente, sentir como el árbol o gozar de la inmanencia de la piedra o la montaña. Lo dijo también Basho: “Identificarse con los caminos del cielo, renunciando al propio yo”.
No quiere, en fin, Seoane que identifiquemos el haiku con lo exquisito. Porque no es lo mismo purismo que pureza. Así, los hay “apoéticos” o antipoéticos (por seguir a Parra), de temas variados no siempre coincidentes con lo ortodoxo. Ironías, bromas, escatología… Y alcoholes, pues no pocos haikistas fueron santos bebedores.
“El haiku no desprecia ningún tema o realidad física o humana individual o social”. Sólo “rechaza la pedantería”. Su mirada es la del niño. Su inocencia.
Alude después a la popularidad del haiku (no hace falta más que darse un paseo por la redes o apuntarse a un taller de escritura). Sólo en Japón se editan más de sesenta revistas dedicadas al género (no hay japonés que no haya escrito al menos uno, aunque Chiyo compuso 1.700 a lo largo de su vida, el primero a los seis años).
Hace bien en informar de que “siempre hubo mujeres que crearon haikus”. Y de aportar algunos datos curiosos que no desvelo para que los disfrute el hipotético lector.
Una coda abrocha perfectamente este ensayo. Allí llega a comparar el haiku con el soneto, otra “forma universal”  de la poesía.
Luego, ya se dijo, viene la destreza del haikista que Seoane, sin dudarlo, es. Casi cien podemos leer. Y sin apenas dificultad para quienes no conocemos como es debido la lengua gallega.
Todo lo reflexionado en la primera parte tiene su culminación en la segunda, donde se nos revela, digamos, la verdad.
Del gozo a la melancolía (esa saudade a que hicimos antes alusión), de la pasión a la serenidad, Seoane se deja llevar con la naturalidad que cabe al caso y ofrece al lector una variada muestra de haikus. Tradicionales y modernos. Urbanos y de la naturaleza. Metafísicos y conversacionales. Ortodoxos y lo contrario. Con pájaros y lunas, pintadas y columpios, caracoles y grillos. Sin solemnidad y, cuando toca, con humor: A que andades, poetas? / Xa é primavera / no Corte Inglés.
He elegido diez para que quien lee pueda apreciar su sensible belleza. Como acabo de indicar, no es necesaria la traducción, incluso para quien, como uno, anda a tientas por esa bonita lengua; tan apropiada, por cierto, para expresar en pocas palabras lo que tantas veces sentimos indecible. Porque no oído / da matemática / canta o infinito.
 
A póla branca
Xavier Seoane
Xerais, Vigo, 2020. 70 páginas, 12.50 € 


DIEZ HAIKUS DE XAVIER SEOANE
 
 
Tarde no parque.
Os balancíns repousan.
A xente vaise.
 
 
A libélula
descende, ascende,
desaparece
 
 
Acordes
de Mozart.
Mísera choiva.
 
 
Tacón de agulla.
Camiña a moza.
Ave zancuda.
 
 
Sol nas persianas.
Canción na radio.
Agosto proletario.
 
 
Un vello.
Tenda de lencería.
Melancolía.
 
 
Os haijin vellos
vivían á intemperie.
Haikus eternos.
 
 
Pobo horrendo.
Que só se salve
o cemiterio…
 
 
Aquel pétalo
aínda cae
no meu silencio.
 
 
Escoito
o canto silencioso
da agua no pozo

NOTA: Esta reseña y los poemas se han publicado en la revista EL CUADERNO

Zelia Zambrano/La Voz de Galicia

30.7.21

Un poema


LEYENDO A XAVIER SEOANE

                       
                                               Todo es palabra
                                                              X. S.
 
1
 
Después de esta pandemia, del dolor
que ha causado en cada uno de nosotros,
de la angustia, el encierro y el silencio,
¿cómo cantan aún los mirlos en las ramas?
 
2
 
¿Dónde quedó el verano suspendido
en las remotas aguas de la infancia?
 
¿Dónde la juventud de nuestros padres,
antes de que llegáramos sus hijos?
 
¿Dónde estoy yo, en plena adolescencia,
en el funicular de Sant Jeroni?
 
¿Pero qué fue, qué fue de aquella edad?
 
3
 
Dice:
No hay razón para la esperanza.
La vida está perdida de antemano.
Y, sin embargo, todo aquello
que lleva al papel y justifica
su mirada ante el mundo,
donde cabe al completo el pensamiento,
la memoria transcrita en las palabras,
da fe de que eso es falso.
 
4
 
Rememora los viejos trasatlánticos
cuando arriban en el fondo del puerto,
con la eterna promesa de un viaje
sin destino posible y sin retorno.
 
Qué no daría –escribe–
por beber una taza de buen vino
en oscuras tabernas de puertos olvidados,
escuchando, entre el humo de las conversaciones,
las historias de los rudos marineros
de mi patria.
 
Salir a navegar le está vedado
a cualquier natural de tierra adentro.
No a soñar con el mar y con los barcos,
con la huida y, por fin, con el naufragio.
 
5
 
Me preguntas qué pienso de la patria.
Aunque no la ame, como Pacheco,
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.
Y como Espriu,
cansado estoy de mi
cobarde, vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme de ella,
hacia el norte,
donde dicen que la gente es limpia
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz.
Pero no,
nunca habré de seguir mi sueño
y me quedaré aquí hasta la muerte.
Pues también soy muy cobarde y salvaje
y quiero además con un
desesperado dolor
a esta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria.
Acaso la respuesta esté en tus versos:
Quizás la patria es solo ese cielo indefinido
pasando misterioso sobre el mar que atardece.
 
6
 
Tal vez todo el conflicto,
la solución final a tus problemas,
se resuelva en apenas una frase:
Pronuncia la palabra. Mira la claridad.
 
7
 
Soy un hombre
que pasea solitario entre la gente
con el paso veloz de los nerviosos.
Que prefiere la luz de la penumbra
a la blanca del ciego mediodía.
Que, aunque conversa,
defiende sus silencios.
Que le teme a la noche.
Que venera las montañas y ríos.
Y a los árboles y también a los pájaros
pese a no distinguir a ese que canta.
Que celebra vivir en su ciudad.
El que ama a una mujer
y tiene hijos.
El que ahora descansa
tras haber trabajado.

Ocupo humildemente mi lugar.

NOTA: Este poema, una lectura de la poesía del poeta gallego Xavier Seoane, se ha publicado en el número 64 de la revista SIBILA.

9.3.22

Cuatro poetas de la claridad

La casualidad ha querido que me cruzara con estos cuatro libros que voy a comentar. Dos son del año pasado y los otros dos de este. De entre todo lo que llega, uno tiene que elegir. Eso es fácil a veces. Porque el libro en cuestión es de un autor cuya poesía aprecias, al que puede que conozcas (el patio lírico es pequeño) e incluso porque sea tu amigo. En otras ocasiones... 
Si hablo de los cuatro a la vez es porque, a pesar de que cada uno posee una voz propia, tienen algo en común. La claridad, por decirlo con una sola palabra. Sí, la poesía que guardan es transparente. Sencilla, pero profunda. Nada más vano e insustancial que cierta prepotente pirotecnia verbal que pasa, o eso querrían sus practicantes, por compleja. Complicada y gracias, pura filfa. Estos versos, sin embargo, son fruto de la naturalidad y, por eso, fieramente humanos. En ellos, lo real -la vida de cualquiera- se abre paso. Con el tono asordinado de lo dicho confidencialmente y en voz baja, cuando se conversa.  
Dos de los poetas son, digamos, de la generación de los 70 y otros dos de la siguiente, la del 80 o de la Democracia. Los primeros nacieron en 1948 y 1954, respectivamente. En el 60 y el 64 los segundos. Hablo, en orden de aparición, del venezolano (de Valencia) Alejandro Oliveros, del coruñés Xavier Seoane, del alicantino Antonio Moreno y del madrileño Antonio Cáceres. De sus libros: Poemas de la luna líquida (Pre-Textos), Razón del desencanto/Razón do desencanto (Reino de Cordelia), Lo inesperado (Renacimiento) y La luz más quieta (Fundación José Manuel Lara/Vandalia). 
Oliveros, uno entre tantos poetas venezolanos de categoría, ya reunió en la misma editorial valenciana su poesía escrita entre 1974 y 2010 bajo el título Espacio en fuga. En su última entrega están muy presentes las circunstancias políticas de su país y, en consecuencia, el mal del exilio. Nada más lejos, sin embargo, de la poesía social o de protesta (léase "A la manera de Bertold Brecht" y "De guerras y revoluciones", tan actuales). No, la discreción y la elegancia son también elementos comunes de estos cuatro libros cuyos autores, por penosas que sean sus vidas (y, como casi todas, lo son siquiera a ratos), no se dejan llevar por el desgarro o la queja. Por "Cuaderno de Milán", primera parte de Poemas de la luna líquida, pasan Mallarmé en Tournon ("La melancolía / se ha apoderado de mí..."), Machado en Madrid, Milosz en Berkeley, Zhivago en Moscú, él en su tierra natal (que es la infancia, con sus padres y su tío en Playa Blanca, Nirgua y Bejuma) y en Roma, Ferrara y Milán, con su nieto Alessandro. En "Luna líquida" están los sueños, las nubes, la música, Manrique, los muertos ("Los únicos / que saben de la vida")... En "Exilios" ("Cada exilio / es de la muerte un ensayo") un puñado de poemas memorables, a cada cual mejor. Termina con "Antología griega. Imitaciones y anónimos", otra delicia. Por ejemplo, "Anónimo de Siracusa" o "Anónimo alejandrino". En los dedicados a Heliodoro y Siro, Venezuela está al fondo. 
Razón del desencanto/Razón do desencanto, el libro -en edición bilingüe- de Seoane, participa del diario y de la crónica. Está divido en nueve partes y todas rezuman vida. Vivencias. Las de un hombre que echa la vista atrás, recuerda y escribe. Estos poemas. De la infancia, la belleza, la juventud... Viajes, guateques, manifestaciones, confesionarios, lugares, naufragios... De cómo eran las cosas entonces, con la política o la religión. Crónicas, en suma, de "un tiempo sin retorno" que, sin embargo, queda atrapado y rememorado en estos versos que fluyen con naturalidad desde la memoria. Tienen, claro, su porción de "recuento" o balance. Está también la muerte de la madre, su ciudad marítima (los cafés, el puerto, las gaviotas, sus cielos). En "Del azul", la quinta sección, lo meditativo se impone y la melancolía aflora. "Amé la vida como quien se enfrenta / a un vago sueño". En "Plegarias", los alumnos que pasaron por sus aulas o una anciana que empuja su carrito. "La vida es un misterio, una muda tragedia", dice, y ya se ve que el verso es a veces aforismo. En "El arte" elogia a Morandi, otro poeta. Su tesón y su paciencia. "Mirar era sentir, saber, soñar". "Blues de la derrota" cierra este libro -tan ligero como denso, tan asequible como hondo- de un hombre que ha alcanzado la triste edad del no retorno y que gustará especialmente a los que, nacidos en España, ya estamos ahí. 
Lo inesperado, ahonda en la ya larga trayectoria poética de Antonio Moreno. De pocos poetas españoles contemporáneos se siente uno más cerca. "Hay algo dulce en caminar a solas". ¿Se puede empezar mejor un libro? ¿Un verso así no nos impulsa a seguir leyendo como quien emprende un apetecible paseo? Pronto, lo humilde, razón de ser de esta poesía. La vaina del guisante, el tomillo. Y los pinos, las viñas, los grillos ("El universo leve de los grillos"), el canto rodado, la maceta que le regaló su madre muerta, el rellano de una escalera, la flor de Pascua... Su poesía es una incesante meditación. Y un bonito, envidiable canto de amor: "Andan juntos", "Nocturno en Jávea"... A Bárbara.
En "La mañana", la luz, el Mediterráneo. En "El ser aislado", "De sí mismo" y "Nec spe nec meta" (sin miedo ni esperanza, "porque a esta edad, después de tanto, ya / se sabe, no se espera nada y duele, / sin embargo, decir adiós al mundo"), la identidad. La natural sencillez de esta escritura está presente en "El padre". En "Como Ulises", un poema breve, su solvencia lírica. 
"En una cala" leemos: " No es quien mira el que da sentido al mundo: / el mundo se lo da al que ve y escucha / con un fervor nacido de las cosas". 
"Ascética" no deja de ser, y perdón por la rima, una poética. "Lo inesperado", una indagación sobre el alma. 
Como ha escrito Andrés Trapiello (que fue editor de Moreno), "la naturalidad es a menudo la facilidad de lo difícil". Una frase que bien podría aplicarse al modo de decir del poeta.
No es extraño, como se nos indica en una nota final, que la inmensa mayoría de los poemas que componen este libro estén escritos en apenas cuatro meses. La unidad de tono es evidente. Y que se concibieron en estado de gracia, también. 
De Antonio Cáceres comentamos aquí, hace cuatro años, su penúltimo libro: Tono menor, cuyo título alude a su poética y, si no me equivoco, a la de los autores que reúno en esta reseña. Al menos ya hay alguna fotografía suya en internet. Sí, "una música antigua que es humilde" podría ser un lema de su poesía. Sin necesidad de recurrir al manido recurso del vino, está claro que ésta envejece muy bien. O, mejor, que Cáceres escribe, a medida que se hace mayor, cada vez mejor. Los poemas de La luz más quieta  lo demuestran de sobra. La luz, que no sólo brilla en el título, es una palabra clave (léase "¡Luz, más luz!". Y es que de iluminar se trata. Lo que aparece en un sugerente estado de "vigila ensoñada". Sin temor a la rima y al metro clásico. Y a pesar de que siempre es arriesgado escribir sobre sueños. Desde la incertidumbre: "No sé muy bien ahora dónde estoy. / Mis pasos ¿hacia dónde van?". Sobre la identidad, tema eterno, indaga. En poemas como "Desnudo (La visita del ángel)" o el machadiano "Conversación". La memoria, el amor ("Pequeña albada"), un mandarino, los veranos de la infancia (cuando estaba en el Balneario del Carmen o en Babia), como un niño que mira por un caleidoscopio, fijan "Allí, esa luz más quieta". Y la lechuza, un álamo, la tierra en barbecho ("Es la belleza / que salta donde quiere / y por sorpresa"), el galgo, los cielos de Zahora, la ropa tendida, los libros ("Si hay cerca de los libros un jardín, / no os falta nada"), los estorninos... También las máscaras (la identidad de nuevo) y la tristeza. En "Era el abril más triste" narra su dura experiencia con el covid, como no había leído hasta ahora. (Aclaro que no conozco el libro de Fernando Beltrán, aunque sé que va de eso.) Al final, poemas tan logrados como "ideario mínimo de año nuevo", "Lampas (Museo de Mérida)", "Nadieshda Mandelshtam cuida la memoria de Ósip" o el gongorino y virtuoso "Nostalgia de la Tercera Soledad".
Creo que ha sido una suerte poder leer estos cuatro libros. Por eso me he atrevido a comentar en voz alta esa gustosa experiencia.