12.2.20
11.2.20
Lídia Jorge en Plasencia
Hoy estará en Plasencia la escritora portuguesa Lídia Jorge para participar en una nueva sesión del Aula de Literatura "José Antonio Gabriel y Galán".
A las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, dará la habitual lectura-conferencia abierta al público.
Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) se estrenó como escritora con la publicación, en 1980, de El día de los prodigios, uno de los libros más emblemáticos de la Literatura Portuguesa posterior a la Revolución de los Claveles. Desde entonces ha publicado numerosas novelas, relatos, ensayos y obras de teatro.
En 1988, La costa de los murmullos le abrió las puertas hacia el reconocimiento internacional. Cabe destacar, entre otros, títulos como O Vale da Paixão, O Vento Assobiando nas Gruas, Combateremos a Sombra o Os Memoráveis, obra considerada como una poderosa metáfora de la deriva de Portugal en las últimas décadas.
Su obra ha sido reconocida con los premios portugueses más destacados, así como con galardones europeos como el Premio Jean Monet de Literatura Europea, el Albatroz de la Fundación Günter Grass o el Premio de la Latinidad de la Unión Latina.
Su cuarto libro de relatos, Los tiempos del esplendor, y su última novela, Estuario, han sido recientemente publicados en castellano por la editorial española La Umbría y la Solana.
10.2.20
El silencio de lo invisible
Comentaba aquí atrás Enrique García Fuentes en una reseña de la antología La Materia cambiante, un panorama de la joven narrativa extremeña publicado por la Editora Regional de Extremadura en edición de Pilar Galán y prólogo del mencionado crítico, que "mal le tendrían que ir las cosas a Fernanda Sánchez, por ejemplo, para que no consolide la buena escritora que lleva dentro". Cuando lo leí en el Hoy, no conocía su ópera prima: El silencio de lo invisible, que también aparece en la misma editorial y dentro de la preciosa colección La Gaveta.
Para Fernando Pérez, su inventor (al lado de Julián Rodríguez, que la diseñó), era la joya de la corona. En su catálogo hay títulos significativos. Este puede ser otro de ellos. El tiempo lo dirá.
Para Fernando Pérez, su inventor (al lado de Julián Rodríguez, que la diseñó), era la joya de la corona. En su catálogo hay títulos significativos. Este puede ser otro de ellos. El tiempo lo dirá.
Por la nota biobibliográfica de la citada antología, sé que la autora extremeña (La Zarza, 1992) vive y trabaja como funcionaria en París. Antes, se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, realizó un máster de arte y educación en La Sorbona y escribió una tesina titulada Le silence de l'invisible. Sí, como este librito deliciosamente editado en el que los textos tan bien adaptan a su forma. Desde la cubierta, ilustrada con un cuadro invernal del holandés Willem Witsen.
Está bien que se siga cumpliendo con ese rito de paso, digamos, mediante el cual los jóvenes escritores de esta tierra publican en la Editora su primer libro. Creo que esa circunstancia es consustancial al espíritu que animó su fundación en 1984.
Por el título, se ve a las claras que la poesía tiene algo que decir aquí. Ya sé que no está bien visto que se mezcle con la prosa (salvo cuando se pretende escribir prosa poética), pero me cuesta separarlas en estos breves relatos donde lo descriptivo: la visión, se aúna, a lo narrativo: el cuento, mediante un lenguaje plástico, limpio y sutil que, insisto, asocio sin querer, con naturalidad, a la poesía sin que, en rigor, lo sea. Léase, con todo, "Candor". No iba, en fin, mal encaminado Fran Amaya (uno de los dedicatarios de la obra) cuando eligió un texto suyo para conmemorar el año pasado el Día Internacional de la Poesía.
Por el título, se ve a las claras que la poesía tiene algo que decir aquí. Ya sé que no está bien visto que se mezcle con la prosa (salvo cuando se pretende escribir prosa poética), pero me cuesta separarlas en estos breves relatos donde lo descriptivo: la visión, se aúna, a lo narrativo: el cuento, mediante un lenguaje plástico, limpio y sutil que, insisto, asocio sin querer, con naturalidad, a la poesía sin que, en rigor, lo sea. Léase, con todo, "Candor". No iba, en fin, mal encaminado Fran Amaya (uno de los dedicatarios de la obra) cuando eligió un texto suyo para conmemorar el año pasado el Día Internacional de la Poesía.
Estos relatos parecen a veces las anotaciones de un diario de alguien que observa o contempla lo que tiene delante de sus ojos, en numerosas ocasiones a través de una ventana, pero que también ve a través de sus recuerdos. Qué bonito el contraste entre el clima hostil parisino o londinense y el del tórrido verano extremeño que evoca su infancia.
Hay en este libro una unidad de tono que propicia una voz propia. Las palabras nos llegan desde la soledad y el silencio. Desde dónde mejor.
Sánchez ha logrado crear una atmósfera que aporta al conjunto un estado de ánimo no exento de melancolía. Una melancolía flamenca, diría, por la pintura nórdica y no por la música del sur. Por su minimalismo, no le falta tampoco un ligero toque oriental.
En el centro, lo autobiográfico. En el centro, ella. Y su mundo. En el centro, la luz, la sombra, la niebla, la lluvia, el desierto, el mar...
Ha sido una agradable sorpresa El silencio de lo invisible. Tiene razón García Fuentes, cuesta creer que este mujer no siga aportando libros interesantes a la literatura. Quedamos a la espera. Por otra parte, los seleccionados por Pilar Galán, de Rivero Machina a Julia Lama, pasando por la placentina Sandra Benito o Miguel Guardiola (al que imagino hijo de Carlos y Blanca) pueden desmentir que Extremadura sólo da poetas. Más que narradores, cabe matizar.
Tomo, con su tácito permiso, del blog de Simón Viola (que, por cierto, no ha muerto, ni falta que hace, como se afirmaba por error el sábado pasado en el Hoy) uno de los cuentinos.
LA LUZ DE ORO
Quedó atrapada en la intensidad de aquel amarillo anaranjado que se alzaba detrás de las montañas. En su luz cegadora y caliente, y en su aspecto irreal de yema de huevo que ya no es líquida, pero que no se ha cuajado del todo. El amarillo anaranjado caía sobre los edificios y sobre los árboles, vestía de oro el asfalto y llenaba el aire, lo teñía. Pensó en lo que ese color le evocaba. Pensó en el amanecer del desierto, en los atardeceres del mar y en el frasco de miel de pino junto a la ventana.
Quemaba. El amarillo anaranjado se propagaba del tal modo que casi podía sentir el calor ausente, y una vez más, se sumergió en la irrealidad paradójica de aquella luz dorada que había bañado la cotidianidad de los últimos años. Aquella luz caliente envuelta de frío y rociada de lluvia, que bajaba del cielo blanco para verterse sobre el agua del río y pintar la piedra de las fachadas. Aquella luz caliente tan ajena a nosotros, que parecía escapar de África cada mañana para venir a salvarnos.
7.2.20
Las cubiertas de "Porque olvido"
Tras la agradable sorpresa por la cálida acogida y el beneplácito general que ha merecido la cubierta de Porque olvido, doy la imagen del libro al completo.
En la "contra" se puede leer que los textos no son en rigor nuevos, aunque el libro sí lo sea. Quiero decir que, si bien proceden del blog, al leerlos en papel ya son otros (como señalara, en otro contexto, Juan Ramón Jiménez), o eso me parece. Nos parece, mejor, a quienes hemos participado en su edición. Además de los tres últimos directores de la Editora, María José Hernández, alma de esa casa, que ha realizado un trabajo tan profesional como exhaustivo e impecable. Nunca había corregido uno tantas pruebas de un mismo libro. Esperemos que ese ejemplar cuidado se note. Mil gracias.
Ah, puestos a avisar, el volumen tiene 400 páginas. Y eso que la selección es exigente.
6.2.20
Porque olvido
Esta es la cubierta de mi próximo libro, Porque olvido. Diario 2005-2019. Lo publica la Editora Regional de Extremadura en su colección Perspectivas.
La ilustración es del fotógrafo belga Charles Corbet. Su título: "Melancholia". Se trata de un precioso autocromo, datado hacia 1910. La primera vez que vi esa sugerente, misteriosa imagen me encantó. La usé en este blog por primera vez el 8 de agosto de 2017, día de mi cumpleaños. El resto ha sido obra de Juan Luis López Espada (muito obrigado), que, según creo, ha acertado de lleno. Otro día daré las cubiertas y solapas al completo y hablaremos un poco más del libro y de quienes lo han hecho posible. Por ahora...
5.2.20
Ética de las metáforas, ética de la vida
César Iglesias ha publicado este ensayo, una amplia lectura de El cuarto del siroco, en el número 9 de la revista de literaturas ibéricas Suroeste.
¿Qué se puede decir de un libro que conmueve? Si el intento de profundizar teóricamente sobre cualquier manifestación artística es un desafío, trasladar a los demás esa turbación sentimental e intelectual, se convierte en mucho más que un reto. Eso es lo que acontece ante las páginas de El cuarto del siroco, el último libro que Álvaro Valverde ha dado a la imprenta y el décimo que ve la luz de lo que canónicamente se encuadra en lo que llamamos poesía.
Es necesario realizar esta apreciación
porque toda la escritura de Valverde es poética. Quien se adentre en Las murallas del mundo o Alguien que no existe,
dos libros calificados editorialmente como novelas, encontrará el mismo latido
emocional e intelectual que en los poemas. Igual ocurrirá con el libro de viajes
Lejos de aquí o el de artículos literarios El lector invisible.
Y esto ocurre porque su
dicción no responde sólo a las exigencias de los corsés literarios y, mucho
menos, a los mercantiles. Su escritura es la manera que tiene un ciudadano, de
nombre Álvaro Valverde, de trasladar a sus semejantes una manera de percibir y
pensar el mundo y el tiempo que le ha tocado vivir. Por ser concluyente: hay
una manera valverdiana de ser y estar en este mundo. Estamos ante un
hombre machadianamente bueno, que ha convertido en una elección y en una
actitud vital la decencia del día a día. Como apunta en el poema 'Aquiles',
“elijo ser un hombre, sólo alguien / que funda su destino / (como el mejor
ciudadano de la polis / como el mejor aqueo) / en la digna certeza de la
muerte”. Y más adelante, en otro poema
titulado 'Aquél', formula todo un testimonio que se convierte en un tratado de
ética cívica, en la que se confiesa un ser humano que “se resigna o se obstina,
más no cede. / Quien resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue /
ni darse por vencido.” Y esa disposición vital no puede ser ajena a su dicción
ética. Por eso Valverde escribe “contra el tiempo, a favor de la belleza”.
«Metáfora y verdad», dice
Álvaro Valverde en el poema inaugural del libro. Más que una declaración
poética, perviven en estas palabras un compromiso vital. Los poemas de El
Cuarto del siroco, como los de toda su obra, son verdad porque son
fruto de la vida misma, del lugar y del tiempo que le ha tocado vivir. Y la metáfora,
es decir, la imaginación poética, es la herramienta que ha elegido para
compartir con sus semejantes las emociones y las reflexiones que le han
deparado los tiempos a quien decidió suscribir un contrato con la sinceridad
vital.
Una verdad que es una
verdad compartida. La lección del sabio alemán Hans-Georg Gadamer, tal vez el
pensador que mejor alumbró las tinieblas de la poesía contemporánea, es nítida:
“en la palabra poética, la autobiografía sólo tiene sentido si todos
nosotros contamos en ella, si todos somos contados por ella”. Y ese ha sido y
es el empeño de Álvaro Valverde.
Su biografía poética es una
biografía colectiva. Cuando Valverde escribe de la luz de Cádiz, de Conil o de
Tarifa, de la umbría de los rincones de los valles norteños de Cáceres, de las
sombras de las calles y rincones de su ciudad levítica o de la melancolía
luminosa de Tánger logra que sean lugares y días vividos por sus lectores con
los mismos desconciertos del autor.
Cuando invoca en un
monólogo dramático perfecto, uno de los interiores del pintor danés Vilhelm
Hammershøi, comparte con todos nosotros,
la experiencia de ver a esa mujer vestida de negro, Ida de nombre, en una casa
nórdica y burguesa, “(…) donde habita / la sombra y la penumbra”.
Cuando relata un viaje a
Lisboa, sabemos que nosotros, al igual que el poeta, “acabamos perdidos en la
ciudad perfecta” y que también podemos dar fe que “en la decrepitud, entre la
suciedad, bajo la herrumbre, / lo que vimos fue el fuego de una vida distinta”.
El cuarto del siroco perpetúa la insistencia de Álvaro Valverde en una escritura
concebida por un hombre que observa el paso del tiempo desde un espacio en el
que ha sido capaz de encontrar respuestas a los interrogantes que nos golpean y
desentrañar algunos secretos de nuestra existencia.
Es lo que el polaco Andrzej
Stasiuk llama “presente eterno”. Y ahí reside una
de las señas de identidad valverdianas. “Tal vez por eso escribo / acerca de
lugares”, nos dice, “Sitios donde la muerte / simplemente es más lenta”.
Y a esa tarea, escribir de los lugares donde la muerte es más lenta, se ha dedicado. No es casual que su primer libro, de 1985, se titulase Territorio y que allí estuviese un verso fundacional de su escritura. “Hagamos de este lugar un territorio”, anotó aquel Valverde veinteañero, leal a la sentencia de José Ángel Valente: en las primeras palabras de los poetas verdaderos reside toda la obra por venir.
Y ese primer espacio, Plasencia y los valles septentrionales de Extremadura, es una constante en toda su obra. Un título como Plasencias lo certifica. No es, sin embargo, esta posición un atrincheramiento en la “alabanza de aldea”. Todo lo contrario: ese “eterno presente” acuñado por Stasiuk ha permitido a Valverde extender su mirada y su memoria a otros lugares que, como el mismo desvela, “son más del pensamiento que otra cosa”.
La capacidad de otear otros horizontes -vividos y pensados- siempre ha confraternizado en la poesía de Valverde con su entorno geográfico y sentimental más cercano. Lo hizo con Más allá, Tánger, un libro donde un lugar, la ciudad norteafricana, es materia de recuerdo y experiencia, tanto propia como ajena. Ahora, con El cuarto del siroco, es más preciso el compromiso con la escritura de lo “particular universal”, en la misma estirpe del irlandés Patrick Kavanagh (“Yo hice de la Ilíada una riña local”) o del portugués Miguel Torga (“O universal è lo local sem paredes”).
La capacidad de otear otros horizontes -vividos y pensados- siempre ha confraternizado en la poesía de Valverde con su entorno geográfico y sentimental más cercano. Lo hizo con Más allá, Tánger, un libro donde un lugar, la ciudad norteafricana, es materia de recuerdo y experiencia, tanto propia como ajena. Ahora, con El cuarto del siroco, es más preciso el compromiso con la escritura de lo “particular universal”, en la misma estirpe del irlandés Patrick Kavanagh (“Yo hice de la Ilíada una riña local”) o del portugués Miguel Torga (“O universal è lo local sem paredes”).
Aquí es donde Valverde se
convierte en uno de los autores esenciales de la sentimentalidad de la tierra,
en una tradición que John Keats fijó con un verso germinal: “La poesía de la
tierra nunca muere”. Pero esa tradición va, en este caso, más allá. Se trata de
una sentimentalidad ontológica, abrazada por las nieblas de la melancolía y de
la nostalgia de los pobladores de los territorios del Oeste ibérico: un fulgor
compartido que los galaicoportugueses llaman saudade y los
asturleoneses, señardá, y que se extiende desde el Cantábrico hasta el
norte extremeño.
Esa posición del alma para entender y ver el mundo
atraviesa desde sus inicios la obra de Álvaro Valverde y la dota
de un sentir y un pensar propio. Una sentimentalidad que se acrecienta en este
libro, donde hay esa búsqueda de refugios existenciales, no solo frente il pazzo vento di
Scirocco, que
acertadamente articula la concepción del libro, sino frente a los malos aires
que nos asuelan, a las demoliciones existenciales de la senectud y, sobre todo,
al cúmulo de pérdidas irreparables. No es extraño que el poeta reclame
para sí “un lugar melancólico / donde saudade fuera / una expresión
corriente”.
Cuando José Luis García
Martín incluyó en su 'Generación de los 80' a Álvaro Valverde ya atisbó que
allí había un poeta con personalidad propia, con un tono y una dicción marcada
por la meditación y la reflexión. Esa es su tradición. Las lecturas de la
poesía anglosajona, las lecciones de Giacomo Leopardi y el aprendizaje de los
maestros hispanos (ahora más Antonio Machado que Juan Ramón Jiménez, siempre
Cernuda, Claudio Rodríguez o Antonio Colinas) son las semillas que han
germinado en la escritura valverdiana. Es su escuela la de la “razón poética”
de María Zambrano. También la de Miguel de Unamuno, que la fijó en un verso: “Piensa
el sentimiento, siente el pensamiento”.
La excepcionalidad
cotidiana es la materia de la que está hecha la poesía de Álvaro Valverde. La
presencia de los aconteceres diarios, incluso de las anécdotas, adquiere en su
escritura un valor trascendente, porque la imaginación cumple su obligación
para que lo real se convierta en realidad más allá de la misma realidad, ajena
a los significados impuestos por la tiranía de las convenciones.
Ahora, sin renunciar a este
deber, Valverde ha dado un paso más y se ha propuesto, al igual que hizo el
poeta barcelonés Joan Vinyoli, “(…) escribir poemas concretos (…) / y como él
necesito / realidades, no humo”.
El paso del tiempo ha ido
imponiendo la claridad y la sencillez en la escritura de Valverde para
consolidar su dicción sentenciosa. Y ahí radica la unidad de este libro,
también su fortaleza. Cada verso es una piedra de su edificio poético. Es una
casa sencilla, humilde, hecha con los materiales propios de sus territorios y
de sus días, también con los de la memoria de los idos.
Y en esa casa hay reservado
un espacio para la stanza dello scirocco, como el propio autor nos
advierte. El acierto de la metáfora del cuarto del siroco, que tan bien explicó
Leonardo Sciascia, es también la argamasa que da unidad a este libro, porque
todos sus poemas contribuyen a hacer más segura esta guarida, donde encontrar, dice, “la pasión y el consuelo necesarios
para afrontar las sucesivas rachas que el viento furioso de la existencia bate
contra cualquiera”.
Son más de tres décadas las
que ha dedicado Álvaro Valverde a crear una obra hecha de “metáfora y verdad”,
es decir, de compromiso ético con los suyos y su entorno. Y en ello sigue. Y
ese empeño le sitúa entre aquellos que han hecho de la escritura una manera de
honrar la vida propia y ajena, una escritura que en definitiva nos da la talla
de un hombre digno.
Unos versos del antes
citado Joan Vinyoli retratan con fidelidad a nuestro autor.
(…) Si fuiste
fracaso, anhelo y soledad y reserva
de la chispa que enciende bosques
y no solo
proyecto avaro de ganancias
de hipócrita dominio,
si sobre todo fuiste
puro en lo puro, diré de ti que diste
la medida de un hombre.
Este libro, El cuarto del siroco, nos
permite decir que Álvaro Valverde ha sido capaz de seguir dando la “mesura d'un
home”, la medida de un hombre, por su capacidad de enhebrar con palabras sabias
el tejido de una ética de la metáfora y de la vida.
31.1.20
Felipe Núñez y Gabriel y Galán
La fotografía de Miguel Ángel Lama (hecha a petición mía, gracias) está tomada de las obras completas de Galán que ha publicado Delirio bajo el título Gabriel y Galán. Poesía. El epílogo es de Fernando Rodríguez de la Flor.
Me ha sorprendido que una editorial tan exigente, exquisita y vanguardista, digamos, en el sentido más laxo del término, se haya atrevido con semejante proyecto. Es verdad que al poeta popular extremeño por excelencia (nacido, paradójicamente, en Frades de la Sierra, provincia de Salamanca) se le sigue leyendo y, sobre todo, recitando tanto en las tierras castellanas como en las nuestras. (Aquí en Plasencia, con motivo del 150 aniversario de su nacimiento, se preparan grandes fastos.) Por eso me ha extrañado más este breve texto de mi paisano Felipe Núñez (al que cabe aplicar los mismos términos que más arriba he asignado a la casa editora de Fabio de la Flor) en defensa del autor de "Lo inagotable" y que, por eso, divulgo (con el tácito permiso del escritor placentino y del editor). Lo ha titulado (muy a lo Núñez) "Necio prejuicio y soberbia urbanita". Uno, que conste, lo suscribe. Y hasta se alegra por este gesto galaniano, lleno de jeito, de nuestro airado y siempre joven poeta. Genio y figura.
30.1.20
Dos triestinos: Giotti y Saba
Hilario Barrero publica en sus Cuadernos de Humo, con el número veintiocho, una verdadera delicia poética. Se trata de Dos poetas triestinos: Giotti y Saba. Los poemas, seleccionados y traducidos por otro neoyorquino de residencia, José Muñoz Millanes, dan fe de lo que el ensayista explica, y con qué lucidez, en su breve introducción, que empieza: "Las fechas y una ciudad, Trieste, aproximaron a los poetas Umberto Saba (1883-1957) y Virgilio Giotti (1885-1957). Además, ellos y sus respectivas familias se relacionaron (Giotti sintió un amor platónico por la mujer de Saba, Lina, que le inspiró un par de poemas) y los dos se comentaban sus escritos antes de publicarlos". Más adelante escribe que su poesía "se caracteriza por una modestia que puede llegar a confundirse con provincianismo y falta de ambición estética. Pero, por el contrario, en esta modestia estriba su intensidad, que surge al sentir la grandeza de la vida en lo mínimo: en los detalles cotidianos, en los matices de los cambios del tiempo y de las estaciones, en los instantes pasados en el hogar junto a las personas queridas o en los lugares habituales de la ciudad y sus personajes humildes". Y añade que su poesía "es delicada porque en ella lo excepcional se da en la sencillez, en la normalidad de los días y los lugares: en una ondulación dichosa de la realidad: “Todo se mueve alegremente, como si / todo estuviera contento de existir” (Saba)".
Precisa Millanes que ambos "constituyen una anomalía en la literatura italiana del siglo XX. Poetas de la sencillez, los ensalzó Montale, el poeta por excelencia de la complejidad. Poetas de la felicidad doméstica y de la normalidad amenazadas, fueron defendidos de la acusación de anacronismo por Pasolini, el enemigo implacable del orden burgués: 'El anacrónico, el marginal Saba es el más efectivo de todos nuestros poetas. Precisamente por su incapacidad natural para adaptarse ha terminado siendo quizá el poeta más típico, si no el más representativo, de este período literario'". Por último, y a propósito de la mencionada "sencillez" "que "a simple vista puede parecer conservadora", destaca que "la crítica ha puesto de relieve que se trata, en cambio, de un sofisticado minimalismo: de una difícil sencillez cultivada, producto de una depuración".
Poemas de Giotti, como "Otra vez", "La cortina" u "Otoño", o de Saba, como "La tarde", "Lugar amado", "Árboles", "Últimos versos a Lina", "Fedra" o "Momento", son elocuente verdad de su excelencia. Elijo, con todo, uno de Saba que tiene ahora para mí el don de la oportunidad.
Los amigos muertos
Los amigos muertos reviven en ti,
y las muertas estaciones. Que tú existas
es un prodigio; pero aún otro lo excede:
que en ti yo recobre un tiempo mío que fue.
Un país recorro que ya
no existía, remotísimo, sepultado
por mi voluntad de vida. Es éste
el bien o el mal, no lo sé, que me has hecho.
27.1.20
Antonio Franco
Mucho más que unas pocas palabras torpes y apresuradas, como las mías de ayer en Facebook, se merece Antonio Franco en el momento de su muerte. Permitidme que se las dedique. No estoy más sereno que hace veinticuatro horas, cuando los mensajes cómplices y al unísono de los hermanos Sáez y de María José Hernández me avisaron de la que, aun anunciada, ha sido una muerte prematura y sorpresiva: a traición.
La enfermedad de Antonio, entrevista por Jordi Doce y por mí, a través de unas cartas cruzadas con Granada, nuestro enlace, digamos, en la Fundación Ortega Muñoz, nos hacía presagiar hace semanas lo peor. Cuando ella volvió a aludir de pasada a ello hace poco, pregunté con indirectas a Antonio (él era de hablar por teléfono y yo de escribir cartinas) y su lacónica respuesta me hizo temer que la cosa no iba bien, lo que me confirmaron los amigos citados más arriba, a quienes acudí preocupado.
Los recuerdos, cuando sucede algo así, se agolpan. De entre ellos, ayer, al entrar en Badajoz a media tarde por donde solía, con el sol dorando el mágico perfil de la Alcazaba y toda esa línea de cielo que nunca me he cansado de mirar, la que justifica en buena parte esa belleza que suele robársele a esa ciudad fronteriza, de entre esos recuerdos, decía, rescato uno especial: los dos en el espléndido balcón de su casa (un piso muy alto, cerca del hotel Zurbarán) viendo atardecer. La vista era aérea. El Guadiana a nuestros pies. A lo lejos, Portugal, un país que adoraba. Un país que une (me niego a hablar en pasado) a cuantos, como él, iniciaron a principios de los ochenta del siglo pasado una lusa y tranquila revolución silenciosa e ilustrada, basada en hechos, a favor de la absolución cultural de esta tierra tan querida como irredenta. Él fue de los que se quedó. Sus logros, aunque no sólo, están centrados en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Esa fue, esa es, su gran obra. La de un hombre deliberadamente ágrafo que conocía bien el arte y que tenía, lo más importante, criterio. De base universal, sin anteojeras. Ni terruñero ni paleto, lo que nunca le perdonaron algunos paisanos. Los del "patatal", como él decía; con representación en todos los rincones de Extremadura. Actualísimo: un adelantado de las instalaciones, la poesía visual o el vídeoarte, así como de todas las manifestaciones artísticas (de orden conceptual) que llegaron a través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y de Internet. Será difícil que alguien sea capaz de hacerse cargo de esa herencia: el museo era él. 25 años le contemplan. De su defensa numantina habría mucho que decir. De cómo consiguió sostenerlo sin apenas presupuesto y con escasos apoyos institucionales y políticos.
Y al lado de la museística, otra labor fundamental de Antonio. Junto a Clemente Lapuerta, fue el alma de la Fundación Ortega Muñoz, con sede en el MEIAC, cuyos fondos alberga. No se le escaparon, como los de su admirado Barjola, ahora en Gijón, al que está dedicada una muestra en el museo (hasta el 29 de marzo).
Tampoco podemos obviar su defensa de la fotografía. De la de autor y de la escondida en los archivos personales y familiares. O del land art.
Destacaba en las redes Jordi Doce su defensa del arte y no olvidaba mencionar la poesía, "aunque no se sepa tanto". Nosotros sí. Porque gracias a él existe la colección Voces sin tiempo, que ambos dirigimos. Y la revista Suroeste también cuenta con el apoyo de la Fundación. (Antonio Sáez, su director, me contaba que estuvo hablando con él del último número el viernes en su casa y que su hijo llamó al día siguiente para pedirle un par de ejemplares.) No es casualidad que desde hace muchos años las lecturas del Aula de Poesía "Díez Canedo" tengan lugar en una sala del museo. Ni que, por poner un ejemplo, la presentación del número extraordinario de la revista Turia dedicado a Luis Landero se celebrará allí.
De su amor por la literatura (algunas exposiciones del MEIAC así lo atestiguan) dice mucho que una vez pusiera en mis manos los originales de los poemas de Timoteo Pérez Rubio, el marido extremeño de Rosa Chacel, responsable, ya se sabe, de la evacuación de las obras del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Le aconsejé, no sin antes disfrutar de esa bonita primicia, que la edición (aún pendiente) de ese legado era labor de filólogos y le insté a que contara con nuestros buenos amigos Lama y Bernal.
Camino del tanatorio, donde coincidimos con Isabel Pérez y Luis Sáez, donde dimos el pésame a uno de los hermanos de Antonio y a su hijo, pasamos por la puerta del restaurante Azcona (qué buenos momentos). A la vuelta, supongo que en El Vivero, acabamos una día Fernando Pérez, él y yo para comer un arroz. Ellos eran íntimos desde los tiempos estudiantiles de Sevilla (donde coincidieron con Paco Muñoz, el consejero de Cultura que nos reunió en su equipo a los tres y a quien no me he atrevido a llamar). Fernando ya no estaba bien. Con todo, aquella comida fue memorable, como lo era siempre compartir conversación con dos de las personas más clarividentes con las que uno ha tenido la suerte de tratar, sobre todo en lo que respecta a la situación de Extremadura y a los pasos que habría que dar para lograr, ya decía, su definitiva salida del atraso cultural y educativo, que era y es lo mismo. Si se emparejaba que participaran en la charla Ángel Campos o Julián Rodríguez... Y ya ninguno está. Una constatación que me llena de amargura y de espanto.
No haría falta añadir que, a pesar de lo que acabo de afirmar, ninguno fue reconocido con medallas ni academias, algo que confirma, triste evidencia, que la mediocridad y la injusticia, no nos ha abandonado ni, me temo, nos abandonarán nunca. Que los de Argamasilla, queridos amigos muertos, campan, como siempre, a sus anchas. Así nos va.
En lo que a Plasencia respecta, fue jurado del Salón de Otoño y apoyó las reivindicaciones de la asociación Trazos del Salón para que sus fondos viniesen a esta ciudad. Participó incluso en una mesa redonda a ese propósito. Como me decía ayer Santiago Antón, fue un amigo.
Queda ahora recordar, sí. Quedarse de verdad con lo que importa. Como aquel día en Las Mestas, pongo por caso, con Buñuel y Las Hurdes como argumento. O en las sesiones deliberatorias de los Premios "Extremadura a la Creación", donde Antonio hizo una labor tan importante. En el castillo de Alburquerque, en los saros culturales (con una copa en la mano) o en los entierros, como en el de Fernando en Santa Marta (uno de sus pueblos, junto a Torre de Miguel Sesmero, donde casualmente nació en 1955). La última vez que estuve con él fue en el velatorio de Julián, en Cáceres.
Sigo viéndolo con su media sonrisa (entre tímida y melancólica), con el bigote que tenía cuando le conocí hace treinta años (y que nunca fui capaz de quitarle), con su camisa oxford azul celeste, su americana oscura y su abrigo negro (casi nunca le vi vestido de otra forma, pocas con corbata). Elegante, sin duda. Por fuera y por dentro. Educado y cariñoso. Frágil en su resistencia. Buena gente. Un amigo de verdad.
Lo más importante será seguir su senda. A pesar de los pesares. La que siguieron los ya citados maestros (al menos para mí) y otros que, por suerte, siguen aquí, dispuestos a mantener viva esa preciosa pero delicada llama. La que conduce a la consecución de un arte riguroso que va de lo local a lo universal, ni regionalista ni ensimismado; abierto, como él quiso, a América y Portugal; con un pie en la tradición y otro en la vanguardia.
Termino. He estado corrigiendo estos meses de atrás el que será mi primer libro de diarios. Menudea entre esas páginas. Al lado de otros amigos queridos que se fueron por desgracia para siempre. Con uno de ellos se cierran, precisamente, esas notas. Lo que no me podía imaginar es que a esa larga lista de pérdidas tendría que añadir, antes de que Porque olvido viera la luz, el nombre de Antonio Franco. Quería que lo leyera. No es justo.
Nota: La fotografía es del diario Hoy.
25.1.20
EL VIAJE INVERSO
Este es el epílogo de la antología DIÁSPORA: POETAS EXTREMEÑOS EN EL «EXILIO» (1955-1993), editada por Víctor Peña Dacosta y publicada en Ediciones Liliputienses.
En su reciente discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, el periodista José Julián Barriga Bravo afirmaba: “esta es la primera y principal lacra, el más importante baldón de nuestra historia. La emigración constante del talento es la causa y razón del retraso de Extremadura. Cuando actualmente lamentamos la pérdida que para el patrimonio biológico de Extremadura supone la emigración de los jóvenes, en cuya formación la sociedad no escatimó ni tiempo ni recursos, no ocurre nada diferente a lo que sucedió, desde los tiempos más remotos, con el éxodo de las élites intelectuales extremeñas. La emigración del talento es como si fuera una maldición que ha acompañado a esta tierra a lo largo de la historia”.
Antes había dicho que Extremadura vivió “a lo largo de su historia tres momentos de esplendor: los tiempos de Augusta Emérita, el siglo de Oro y de los Conquistadores, y el empuje intelectual del siglo XIX”. Cita, en fin, una consideración del profesor Ricardo Senabre, que constataba la constante “emigración de inteligencias que fructificaron fuera”: “Si Extremadura no acierta a imprimir un giro de ciento ochenta grados a sus comportamientos culturales pretéritos –hechos también de paro y de emigración– sucederá algo cuya probabilidad teórica suelen negar los historiadores: que la historia... volverá implacablemente, inexorablemente, a repetirse”.
Las “cavilaciones” del de Garrovillas, que también afectan a los pobres poetas (en tanto que sujetos culturales), “terminan en el momento de la creación de la Universidad de Extremadura, en 1973”, y concluye que “Extremadura continúa expulsando talento fuera de sus fronteras”. Puede que esto vuelva a ser ahora así, aunque con posterioridad al periodo histórico analizado las cosas sucedieron de otra manera. Hasta que, como expliqué en un reciente artículo del diario HOY, la cosa se volvió a “joder” (con perdón), por evocar a Zavalita en la celebrada novela de Vargas Llosa Conversación en La Catedral.
Tal vez fue un espejismo, pero lo cierto es que con el impulso de esa universidad dividida en campus provinciales, a principio de los ochenta, los de la aprobación del Estatuto de Autonomía y los albores de la democracia, un puñado de escritores y artistas decidieron quedarse a vivir en su tierra y durante unos años, pocos, lograron ese giro radical a que aludía el crítico y catedrático. Ya me he referido otras veces a ese momento (cuando nos pusimos, por fin, en la hora de España) y este no es el sitio para entrar de nuevo en detalles. El caso es que uno pertenece a esa generación no inclinada al éxodo, propensión que había abocado a esta región pobre y periférica al atraso cultural y a una secular incuria.
No hace falta nombrar a los que hicieron posible esa alternancia de ciclo porque están en la mente de la mayor parte de los presuntos lectores de esta antología y a algunos de ellos ya los menciona Víctor Peña Dacosta en su prólogo.
En el pequeño patio literario extremeño se ha mantenido durante demasiado tiempo la falacia de “los de dentro” y “los de fuera”. La manida metáfora de Miravete (ese puerto que hoy es túnel) como frontera entre escritores nacidos aquí pero que están fuera y los que permanecen en el terruño. El juego, al fin y al cabo, ha sido tan centrípeto como centrífugo. De ir y volver. Acaso porque, como ha dicho el escritor húngaro Lázsló Krasznahorkai (autor de El último lobo, relato de un viaje a Extremadura), “en occidente escapamos para regresar al mismo lugar en un sinsentido perpetuo”.
Con todo, digo trampa porque a la hora de la verdad lo único que importa son los libros y estos, por suerte, no saben de territorios, menos aún en un mundo líquido y globalizado. De los aspectos sociológicos han de ocuparse otros. Por lo demás, los de fuera y los de aquí, por seguir con el dichoso marbete, colaboraron casi a partes iguales en la normalización literaria y artística de Extremadura; Luis Landero y Santiago Castelo, madrileños de residencia, y Ángel Campos Pámpano o Basilio Sánchez, residentes en Badajoz y Cáceres, respectivamente, pueden servir de ejemplo para justificar lo que digo.
Los que permanecieron, con ayuda institucional, a qué negarlo (y en este punto conviene nombrar a Juan Carlos Rodríguez Ibarra y a Francisco Muñoz Ramírez, dos de los principales artífices de ese apoyo), agrupados en torno a la Asociación de Escritores Extremeños (una militancia sin carné), se ocuparon de fundar editoriales y revistas, de crear aulas y talleres literarios, amén de numerosos empeños más que forman parte de ese momento dulce al que me vengo refiriendo. Un hito, sí, del que podemos sentirnos orgullosos. Siquiera sea porque las promociones posteriores, como destaca Peña, se han beneficiado de esos humildes, sólidos logros. Él mismo, sin ir más lejos, pudo escuchar en su instituto a poetas y novelistas relevantes del ámbito nacional o asistir a las clases magistrales de Gonzalo Hidalgo Bayal en su taller de la Universidad Popular placentina. Como le pasó a Elena García de Pareces con Manuel Simón Viola en Don Benito. Otros, como Álex Chico, que también conoció la poesía contemporánea a través de las Aulas Literarias, pudieron publicar su primer libro en la Editora Regional de Extremadura, en cuyo catálogo se recogen numerosas óperas primas de autores aquí incluidos o mentados, extremeños de dentro y de fuera.
Cita Barriga Bravo al bibliófilo Antonio Rodríguez Moñino, su famosa pregunta: “¿Qué región o provincia española puede presentar durante el siglo XVI un haz de nombres entre los que figuren dramáticos como Torres Naharro, místicos como san Pedro de Alcántara, escriturarios de la talla de Arias Montano, médicos como Arceo, historiadores como Hernán Cortés, filósofos como Fr. Luis de Carvajal, filólogos como el Brocense, músicos como Juan Vásquez, teólogos como el padre Maldonado, matemáticos como el cardenal Silíceo, poetas como Francisco de Aldana el Divino, épicos como Luis Zapata, todos ellos nombres de primer orden en su especialidad y escogidos al azar entre tantísimos otros?” Otro tanto, salvando las debidas distancias, podría decirse del grupo de ilustrados que a principio del XIX protagonizaron los grandes acontecimientos de ese siglo convulso o de los animales melancólicos (Luis Sáez dixit) que a finales impulsaron la creación de la Revista de Extremadura. A pesar de eso, cuando llegaron los de la generación de la Democracia, como la denominó con acierto el crítico Ángel L. Prieto de Paula, seguíamos en el maldito erial. Sin apenas referencias; vivas, sobre todo. Por otro lado, entonces, después y casi siempre esos nombres correspondían a extremeños de nacimiento, sí (incluso dando por bueno el dudoso paisanaje de Aldana), pero, en suma, gente de paso, muchas veces desde su azaroso, circunstancial nacimiento. Caso del almendralejense Espronceda, el pacense Enrique Díez Canedo, el valentino José María Valverde o el emeritense Félix Grande, por acercarnos sólo a los últimos siglos. Caso contrario es el de Andrés Trapiello, leonés con casa en la trujillana Sierra de los Lagares, extremeño de adopción y de derecho, lo que justifica de sobra, más allá de cuanto ha escrito sobre esta apartada provincia desde Las Viñas, su último libros de poemas: Y, una obra que, según él, “es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño”.
Aun dando por hecho que todo poeta es un exiliado (y un judío, al decir de la rusa Marina Tsvietáieva) y que para sentirse en el exilio, según creo, ni siquiera es necesario salir de tu lugar de nacimiento, ha hecho bien Peña en evitar el término o, cuando menos, entrecomillarlo, además de precisar su sentido en la mencionada introducción; así, escribe: “Probablemente el calificativo ‘exiliados’ nos queda grande y sólo estamos ligeramente desplazados, descolocados o buscando ubicación”. De ahí que prefiera el de “expatriados”. O el más poético de “extraños”. En nuestros pueblos, habrían adoptado, por elocuente, el de “emigrante”, que es el que siempre se ha usado para estas situaciones. Luego, el antólogo recalca: “el exilio es un tema muy serio”. Sin duda. No se puede tomar ese concepto en vano, más después del desprestigio al que ha sido sometido recientemente por algunos políticos catalanes huidos de la justicia o ciertos vates con tendencia a la verbosidad.
Aunque uno, si tenemos en cuenta que no me he movido en mi vida, como quien dice, de mi ciudad natal, no sea el más indicado para hablar de diásporas, soy consciente de que no todas las partidas obedecen al mismo motivo. Las de los escritores, unas se fundan en razones laborales de mera subsistencia, supongo que las más, y otras, con su toque frívolo, en busca de la fama literaria que algunos despistados siguen ubicando en la capital del reino. Eso por no hablar de los “exiliados” sobrevenidos, gente que estuvo y al cabo se fue. Es el caso de Felipe Núñez, acaso el más significativo, por raro, de los nombres aquí recogidos, autor de una obra breve y excepcional que simboliza el ingreso de nuestra poesía en la modernidad. Maestro indiscutible de muchos de nosotros. Cuando se marchó a Salamanca, lo hizo con la sensación de que se le expulsaba de su tierra, a la que entonces sentía, más que como madre amorosa, tal injusta madrastra. Dije antes, de pasada, que lo que importaba no era, a la postre, de dónde es un poeta y dónde vive (por mucho que defienda mi convicción de que eso influye en su manera de ser y de decir), sino los poemas que escribe. Esto, no se olvide, es una antología. De versos, para más señas. La excusa del paisanaje es secundaria, aunque pertinente. “¡Denme versos!”, exigía el realacadémico Víctor García de la Concha en una de las innumerables polémicas que han poblado el corral lírico hispano. Y de eso se trata. Es lo que justifica este florilegio donde se mezclan personas de diversas edades y desiguales estilos. Los poetas nominados pertenecen a distintas generaciones (no hablo de grupos cohesionados o de tendencias concretas) y gastan, en efecto, múltiples poéticas. Normal. Lo que distingue a un poeta de otro es su voz, y si no la hay o no es propia, malo.En la actualidad, conviven en nuestra pequeña literatura, y en activo (pues siguen publicando libros), poetas de la edad de los Novísimos (Pureza Canelo o José Antonio Zambrano), de los 80 (el citado Basilio Sánchez o Ada Salas), del 2000 (Antonio Sáez, Irene Sánchez Carrón o Javier Rodríguez Marcos) o millennials (caso de Álex Chico o Víctor Peña, que no por antólogo deja de ser uno de los poetas más representativos del momento). Lo ocurrido en 2018, sin ir más lejos, un auténtico annus mirabilis poético en el que confluyen una serie de títulos dignos de elogio, justifica una continuidad significativa.
Del mismo modo que la denominada “poesía de la experiencia” pasó por aquí sin pena ni gloria (ningún extremeño está entre los más conspicuos representantes de esa tendencia dominante a finales del pasado siglo), la parapoesía, esa suerte de poesía que en realidad no lo es, carece entre nosotros de practicantes reconocidos en las listas de los libros más vendidos (que es donde se juega esa liga), lo que no deja de ser una buena noticia.
Dejando a un lado el polémico término de “literatura extremeña” (si bien los curiosos pueden acudir de inmediato a los sabios trabajos de otro resistente, el profesor Miguel Ángel Lama, donde recibirán sobrada información al respecto), nunca han faltado en este angosto rincón voces y versos capaces de situar a la literatura escrita por extremeños en un lugar destacado y destacable del panorama poético hispanoamericano, algo todavía menos discutible desde que José María Cumbreño fundó Liliputienses con clara vocación ultramarina.
Termino. Puede que falten nombres y sobren otros, cada lector es un crítico en potencia, pero no cabe duda de que estamos ante un puñado de versos que se bastan y se sobran por sí mismos, sin necesidad siquiera el andamiaje intelectual que esta antología sustenta. Esa es mi conclusión, la de este epílogo a buen seguro prescindible escrito por alguien que celebra sin complejos el landeriano jeito de nuestra poesía. Tal vez por aquello que escribió María Zambrano (de ascendencia extremeña por parte de padre), en Delirio y destino, y que a uno le gusta recordar: “Y Extremadura, la romántica, la que dio a España los pocos románticos que hubieron casi, en su silencio más hondamente poético aún. De Extremadura no han surgido los mejores poetas de España ciertamente, pero ella es quizá entre todas las regiones, la poesía”.
24.1.20
21.1.20
Mujeres, hombres (y viceversa)
1. Ya he comentado aquí más de una vez que leo poesía sin que me importe en absoluto quién la ha escrito, si un hombre o una mujer. En ocasiones, al leer, eso se nota (o se hace notar) y en otras, no. Sí, la firma al pie del poema o del libro delatan el género, pero, insisto, a uno eso le da igual O es poesía o no, y punto. Lo digo porque, en alguna ocasión, alguien, a favor de estos insidiosos y dictatoriales tiempos de la corrección política y del feminismo a ultranza, ha tenido la desfachatez de acusarme de lector o crítico escorado, digamos, hacia los poetas, cuando, en rigor, no es cierto. Con la cantidad de libros escritos por mujeres que se publican ahora, eso ya es estadísticamente imposible. Buena prueba de mi inclinación natural hacia la poesía, pongamos, femenina es este puñado de libros que me han sacado estos días de un llamativo bloqueo lector que me tenía, por inédito, asustado. Lo achaco a la considerable cantidad de libros que siguen llegando a esta casa. Libros, uno a uno, deseables y hasta maravillosos, no me cabe duda, y que agradezco recibir, pero que, sin embargo, puestos uno encima de otro acaban por formar un muro de papel capaz de desanimar al más borgeano. Con todo, no sin esfuerzo (¿cuál sí, cuál no?), he logrado disfrutar de, por ejemplo, dos libros editados, con el primor que acostumbra, por papelesmínimos (de Imanol Bértolo), esto es, Camuflaje, de Lupe Gómez (traducido por Antón Lopo del gallego), y Poemas de la izquierda erótica, de la guatemalteca Ana María Rodas. No tengo tiempo de reseñarlos, pero, como del resto de los que voy a mencionar, al menos daré testimonio de su alta calidad.
La aldea, el campo, la madre y la infancia son protagonistas del primero, de tono cercano, melancólico, autobiográfico e intimista. Allí, en la Galicia profunda, que viene a ser la España real en cualquier parte. Y digo España pero debería decir el mundo. Lo universal que toda poesía que lo es instaura.
En el segundo, Rodas despliega todas sus armas de mujer para ofrecernos un libro (publicado por primera vez en 1973, pero que no ha perdido un ápice de frescura) descarado, genuino, erótico, verdadero y, al cabo, sorprendente. Un gran libro, sin duda, adelantado a su tiempo (más si tenemos en cuenta su lado ultramarino) y que demuestra que en la poesía "femenina" (a pesar de lo que digan algunas) estaba casi todo inventado. Un vendaval, este de Rodas.
En el segundo, Rodas despliega todas sus armas de mujer para ofrecernos un libro (publicado por primera vez en 1973, pero que no ha perdido un ápice de frescura) descarado, genuino, erótico, verdadero y, al cabo, sorprendente. Un gran libro, sin duda, adelantado a su tiempo (más si tenemos en cuenta su lado ultramarino) y que demuestra que en la poesía "femenina" (a pesar de lo que digan algunas) estaba casi todo inventado. Un vendaval, este de Rodas.
Distinta en todos los sentidos me parece la poesía de Emma Villazón, boliviana y muerta prematuramente. Dos libros y un tercero póstumo e inconcluso conforman su obra completa. Lumbre de ciervos se reedita, seis años después de su primera edición, en otra elegante editorial, Ultramarinos, en una selecta colección que dirige el poeta Unai Velasco, la misma donde se publicó el libro de Xaime Martínez que ganó el Nacional de Poesía Joven el año pasado.
Poeta elíptica, que diría Zagajewski, lo hermético juega con lo real en una interesante partida donde la densidad lingüística se alía con el más sugerente misterio. No, no siempre se llega a la comprensión, si es que en poesía este término resulta pertinente. Lo que sé es que, a pesar de esa dificultad, los versos de Villazón te atrapan y sus intermitentes iluminaciones te compensan, por nítidas y poderosas. A uno con el poema "Parlamento" le habría bastado. Y con la carta de M. Tsvetáieva a R. M. Rilke que se reproduce en la página 36: "Te conviertes en poeta (si acaso es posible convertirse en él, si no se es desde el nacimiento), para no ser francés o ruso, para ser —todos. En otras palabras: tú eres poeta porque no eres francés".
Por cierto, también en Ultramarinos se publica la segunda entrega de la Poesía reunida de la también gallega Chus Pato, en traducción de Gonzalo Hermo, uno de los jóvenes poetas más acreditados en la preciosa lengua de Rosalía.
La bejarana Yolanda Izard ganó con Lumbre y ceniza la última edición del premio Miguel Hernández. Publica el libro Devenir (la veterana colección fundada por Juan Pastor).
La bejarana Yolanda Izard ganó con Lumbre y ceniza la última edición del premio Miguel Hernández. Publica el libro Devenir (la veterana colección fundada por Juan Pastor).
"A veces pienso que la poesía me ha abandonado", escribe. No lo creo. Este libro lo demuestra. Ahora que tanto se lleva la figura del padre, tanto en narrativa como en poesía, con resultados logrados y con algún ejercicio penoso que prefiero no señalar, Izard titula la segunda parte "Mi padre". Ahí están acaso los mejores poemas del conjunto. Reflexiona sobre la poesía, más misterio para el poeta que para nadie. Evoca su mundo familiar perdido. La luz de la felicidad y la sombra de la tristeza. Me gusta, por elegir, su "Me acuerdo" o el homenaje a Celan y a otros líricos cadáveres.
Otro libro exigente, hondo y gustoso, publicado en la bonita colección La Gruta de las Palabras de Prensas de la Universidad de Zaragoza (que dirige Fernando Sanmartín), es Derivas (qué cubierta tan sugerente, por cierto), de la periodista radiofónica Lara López.
Un viaje a Grecia (que siempre es más que eso), al paisaje y al mito, con aires de diario (las notas a los poemas dan pistas), centra, se podría decir, una indagación acerca de la vida donde la observación, mediante la mirada meticulosa de los detalles, ofrece al cabo esas claves existenciales que el lector asume como propias.
Otro libro exigente, hondo y gustoso, publicado en la bonita colección La Gruta de las Palabras de Prensas de la Universidad de Zaragoza (que dirige Fernando Sanmartín), es Derivas (qué cubierta tan sugerente, por cierto), de la periodista radiofónica Lara López.
Un viaje a Grecia (que siempre es más que eso), al paisaje y al mito, con aires de diario (las notas a los poemas dan pistas), centra, se podría decir, una indagación acerca de la vida donde la observación, mediante la mirada meticulosa de los detalles, ofrece al cabo esas claves existenciales que el lector asume como propias.
Dejo para el final otra pequeña joya: las Rubaiyat de Omar Jayam que, a partir de la edición de 1859 de Edward FitzGerald, Victoria León ha traducido (pura poesía) para Reino de Cordelia (que dirige el periodista leonés Jesús Egido), y que va ilustrada con dibujos de Willy Pogány (como el que ilustra esta entrada) y con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
¡Llenad la copa, entonces, y os diré nuevamente
que el tiempo se desliza veloz bajo los pies!
No ha nacido el mañana. El ayer ya está muerto.
Pero, ¿qué ha de importarnos, si es tan dulce el ahora?"
que el tiempo se desliza veloz bajo los pies!
No ha nacido el mañana. El ayer ya está muerto.
Pero, ¿qué ha de importarnos, si es tan dulce el ahora?"
18.1.20
Sobre el debut poético de Garrigues Walker
Antonio
Garrigues Walker
Huerga
& Fierro, Madrid, 2019. 116 páginas.
El jurista AGW (Madrid, 1934), rara avis de liberal español, había dado a la imprenta libros de Derecho y de política, uno de
dibujos y sabíamos que era dramaturgo (autor de sesenta obras de teatro); pero
es ahora, a los 85 años, cuando se da a conocer como poeta (algún poema suyo
leímos en Sibila) y publica su ópera prima lírica.
En la
breve introducción afirma que “Siempre he escrito poesía y siempre lo
haré”, que “forma parte de mi vida“. Por herencia de padre, amigo de los del 27.
Fue Pepín Bello quien en un viaje en coche a Venecia le contó todo acerca de “aquellos
genios entre los que destacaba siempre a Lorca. Y eso me hizo Lorquiano para siempre
jamás”.
Con la inocencia del recién llegado, tras aseverar que no
sabe “cómo clasificar o adjetivar mi poesía” y que “no me preocupa mucho el
tema”, aclara: “Estoy contento –a veces muy contento– con ella”. Por lo
mismo, concluye: “tengo una intensa sensación de vértigo, de peligro, de
inseguridad. Dudo si será un fracaso esplendoroso o un éxito grande, o aún
peor, ni una cosa ni otra. Es lo que tiene ser, a mi edad, un primerizo”.
He leído este libro no sin cautela, lo confieso. La
valoración es positiva. Dignidad no le falta. Se ve a las claras que la poesía
ha acompañado siempre a AGW y que, amén de practicarla, la ha leído. No es
poco. Basta con fijarse en la fecha que figura al final de cada poema. El más
antiguo es de 1974 (hay otro de esa década, ninguno de la siguiente, algunos de
los noventa y los más de lo que va de siglo) y el más reciente (varios) de este
mismo año.
Su tono es clásico. De clásicos, ya se dijo, contemporáneos,
aunque no falten matices castellanos áuricos. La marca de Lorca, pongo por
caso, es perceptible en el uso de ciertas imágenes (“Es la imaginación lo que
nos salva”) y en el leve irracionalismo que adoptan algunos versos. Su Lorca es
neoyorkino.
Los poemas son extensos y discursivos y el ritmo es
sugerente y muy cuidado: suenan muy bien, más quizá leídos (teatralmente) en
voz alta, a lo que se alude en uno de ellos.
Son poemas, pongamos, de la experiencia, en el más amplio y
poco tendencioso sentido. Los que puede escribir un hombre ya mayor que ha
vivido intensamente. Alguien que ha conocido y tratado a muchas personas (con don
de gentes y mucho mundo, se decía antes) y con grandes dosis de empatía y
resiliencia. Lo menos parecido, se me antoja, a un poeta al uso. De ahí que sus
poemas sean tan vitales. Tan claros y directos. Lúcidos. Y que su lenguaje se
adapte tan bien a lo que quiere expresar.
Consta de tres partes. En la primera, “Corazón acerebrado”,
el amor prima. Más que el amor (y esto es algo extensivo a toda la obra), las
mujeres, verdaderas protagonistas de un volumen que se titula como se titula.
Por eso la muerte es el asunto de la segunda parte, “Homenajes”, donde la mera
presencia del dedicado a Santiago Castelo (¡excelente!) justificaría por sí
solo la publicación de este libro.
En la tercera “El sabor de lo oscuro” (donde está el
emocionante “Diálogo de una madre sobre su hijo”), sorprende la carga política.
Se critica sin concesiones a la izquierda y a la derecha, se rememora una
matanza escolar en Osetia, se oye el silencio en Fukushima y el miedo de “la
gente” en todas partes, verdadero culpable de seguir tolerando los abusos de
“los que mandan”.
Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado 17 de enero de 2020 con el título "Garrigues Walker, un poeta lorquiano" (a partir de ahora las recensiones del suplemento llevarán título).
16.1.20
Exilios
Víctor Peña Dacosta es el antólogo y prologuista de Diáspora. Poetas extremeños en el «exilio» (1955-1993), un libro más que interesante publicado por Ediciones Liliputienses al que uno ha puesto un breve epílogo (que un día de estos daremos aquí).
Cada poeta, de Felipe Núñez a Francisco José Chamorro, contesta, salvo en un par de ocasiones (una la del recién citado Núñez), a un cuestionario. Esta es una de las preguntas y parte de la respuesta de Jesús García Calderón (Badajoz, 1959), que a uno le ha parecido tan elocuente como veraz.
¿El tema del exilio es importante en tu obra? ¿Qué poemas o versos crees que reflejan mejor la añoranza por un espacio —simbólico o real— perdido?
"Debo aclarar que el exilio, en mi opinión, opera también
de manera inversa para muchos poetas que se quedaron.
Los poetas extremeños que tanto he leído y admirado creo
que han sentido y sienten una especie de exilio invertido.
Se exilan pero lo hacen, como regla general, en el interior
de sus convicciones, resaltando su pertenencia al lugar en
el que habitan, quizá un poco hartos del desolador panorama que los rodea. Muchos buenos poetas viven una especie
de exilio vital en Extremadura y procuran compartirlo con
los que tuvimos que marcharnos. Parece que tuviéramos la
necesidad de agruparnos periódicamente y configurar una
pequeña patria".
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