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28.7.05

Monroy

Ayer noche me acerqué, Monfragüe adelante, hasta Monroy. Para hablar de libros y de lectura en la Semana Cultura que organiza por segundo año consecutivo la Asociación "El Bezudo". Salí de aquí con lluvia y con los faros del coche encendido y llegué al pueblo con sol. Preciosa, por cierto, la vista del lugar en la lejanía a esa mágica hora violeta.
Tiene Monroy un plaza hermosa y, en ella, el castillo. Al verlo desde un balcón situado enfrente, recordé al pintor Pablo Palazuelo, que vivió en Monroy hace años -del 74 al 85- y que lo restauró. Un buen día se fue y todavía no ha vuelto. La historia merecería la pena ser contada. La desconozco en sus detalles. Me susurran motivos políticos y miserias locales (y provinciales y regionales). Demasiados agobios para uno de los artistas más importantes de la pintura española del XX. Demasiadas presiones para un solitario.
Una de las joyas que guardo en mis humildes estanterías es su libro Escritos. Conversaciones, publicado en Murcia en la Colección de Arquitectura dirigida, entre otros, por Jarauta.
Allí está Endrit, un texto sobre el paisaje extremeño: "Extremas tierras solitarias en donde al borde de los remansos de los ríos, en los profundos encinares absortos, todo dormita en apariencia, pero todo está escuchando".

7.10.07

Palazuelo en Monroy

Eloy García firma el reportaje que el periódico Hoy dedica a la larga estancia del pintor en Monroy. Luces y sombras, lo de siempre. Aquéllas, eso sí, superan con creces a éstas. Por mucho "síndrome del Pazo de Meirás" que, sin venir a cuento, se insinúe. Lo que parece fuera de discusión es que Palazuelo, a través de sus cuadros, fija en el mapa a Monroy. No es poco. Y más que llegará.

18.8.12

Razones para una medalla

«Víctor Chamorro Calzón nació en Monroy hace 73 años y es el escritor extremeño con mayor obra publicada hasta la fecha y el más premiado en concursos de novela promovidos no institucionales», dice el HOY.
«El escritor Víctor Chamorro se lleva la Medalla por ser "uno de los extremeños más conocidos y reconocidos fuera de las fronteras de Extremadura"», dice El Periódico Extremadura.

3.10.07

Palazuelo

Palazuelo ha muerto. Ayer mismo hablaba de él con Antonio Franco, en el Círculo de Bellas Artes, junto a Miguel Fernández-Cid y Jordi Doce. Aunque no era extremeño, vivió durante años en un castillo del pueblo cacereño de Monroy, el nombre que le puso a una de sus series más conocidas. Extremadura, con todo, no se portó con él como debía. Ahora, eso me contaba Antonio, se empezaba a poner remedio al despropósito. El pintor no lo verá. Pena. Por suerte sí podremos seguir viendo y admirando su pintura sobria y elegante. Como podremos seguir leyendo sus escritos, entre ellos los que dedicara, con la misma penetración inteligente que caracteriza su obra plástica, a esta tierra, a su paisaje.
Uno la evoca cada vez que se acerca a la pintura del placentino Emilio Gañán, uno de los mejores continuadores de la abstracción geométrica. Los dos están reunidos en la exposición "Línea y plano en el arte español contemporáneo" que se inaugura precisamente mañana en la galería Antonio Machón de Madrid. Recomiendo, por cierto, "Virtuosos de la línea y el plano", el ensayo de Ignacio Gómez de Liaño que presenta la muestra.

9.9.25

La Plasencia del humanista Luis de Toro


Hacía años que uno albergaba la secreta esperanza de ver cómo el Excelentísimo Ayuntamiento de la Muy editaba un libro capital en lo que a la historia de Plasencia se refiere, el que tal vez recoja algunas de las páginas más hermosas escritas (en latín) sobre esta ciudad fundada "ut placeat Deo et hominibus" ("para agradar a Dios y a los hombres"), lema que le puso el rey Alfonso VIII en 1186 al establecerla. Hablo de Placentiae urbis et eiusdem episcopatus, descriptio, esto es: Descripción de la ciudad y el obispado de Plasencia, que incluye el famoso plano que se reproduce arriba, donde aparecen dibujados los principales monumentos del lugar en los últimos años del siglo XVI. En 1573 fecha su autor, el médico y humanista placentino Luis de Toro (1526-?), la obra en cuestión. 
En la edición del Ayuntamiento (publicada en colaboración con otras entidades: la Junta de Extremadura, los fondos europeos, el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia y la Universidad de Salamanca, e impresa en Gráficas Romero) se reúne en un elegante estuche el facsímil del manuscrito original —en poder de la citada institución educativa salmantina— y otro volumen que contiene una presentación, un prólogo, una nota del traductor, así como el texto de Luis de Toro en español. Vayamos por partes. De la presentación del alcalde poco cabe decir. Es muy breve (en esta ocasión no ha desplegado Fernando Pizarro su gracia verbal, ese don) y se centra en lo sustancial: que el librito se escribe en cuanto se tienen noticias de que el obispo de Tortosa, Martín de Córdoba y Mendoza, deja aquella sede episcopal para ocupar la de Plasencia y como un detalle de Luis de Toro al nuevo prelado, dedicatario de la mencionada "descripción pormenorizada" que se acompaña, ya se dijo, de un "dibujo panorámico", para que aquél conociese "cómo era Plasencia a finales del siglo XVI". No se olvida de dar las gracias a la Universidad (la vinculación de esta ciudad con aquélla —ideal para tantos de aquí— es secular y conviene ser resaltada) y dos personas fundamentales en este proyecto hecho realidad. Primero, el prologuista: el historiador placentino Jesús Manuel López Martín; después, el traductor: Juan Ramón Santos, "escritor e imprescindible agitador cultural placentino", en palabras del periodista cacereño José Ramón Alonso de la Torre. 
López Martín (que ya había analizado el plano —que tanto protagonismo cobró en la exposición Transitus, del ciclo Las Edades del Hombre— en distintas ponencias congresuales) comienza su preciso prólogo por la vida y la obra de Luis de Toro. Se basa en los estudios de su suegro, el también médico (e historiador) Marceliano Sayans Castaños, quien dedicó su tesis doctoral a "La obra del Luis de Toro, físico y médico de Plasencia del siglo XVI", como reza en la cubierta del libro que publicó —con posterioridad  a su defensa— la inolvidable librería Cervantes de Salamanca en 1961. (Ya se ve que aquí todo gira en torno a la ciudad del Tormes, donde estudió, por cierto, Luis de Toro y Sayans.) Precisamente a éste se debe una de las dos traducciones de la descripción: la impresa en La Victoria en 1961, con prólogo de Pedro Laín Entralgo. La otra (que es la que uno había leído) se debe a Domingo Sánchez Loro y está recogida en el volumen A de sus Historias placentinas inéditas, que publicó la Diputación de Cáceres en 1982. 
De la vida del médico poco hay que reseñar. Que fue un humanista convencido y que en su defensa de ese movimiento renacentista estuvo acompañado por contertulios de categoría; mecenas como Luis de Ávila y Zúñiga, Marqués de Mirabel; el obispo y bibliófilo Ponce de León, que llegó a ser Inquisidor General; y Fabián de Monroy, fundador de un colegio de juristas y teólogos. 
López Martín confirma las sospechas de que quien escribió el texto fue en realidad un "«pendolista» profesional" (un calígrafo o, como dice el diccionario de la RAE, "persona que escribe con muy buena letra"). Explica desde dónde está dibujada la panorámica, a media altura y desde Santa Bárbara (que Luis de Toro nombra como Calzones), con "orientación meridional". Pasa después a la explicación detallada de todas las partes del plano aportando datos históricos muy interesantes. Da cuenta, por fin, de los avatares del manuscrito. Primero se depositó en el convento placentino de San Vicente, en el siglo XVII estaba en Valladolid, vinculado a Fray Alonso Fernández, autor de Historia y los anales de Plasencia (Madrid, 1627). En el XVIII llega al Colegio Mayor Cuenca de Salamanca y a su Universidad vuelve en 1954 no sin antes pasar por la Biblioteca del Palacio Real. 
Juan Ramón Santos, conciso también, cuenta que ha intentado fundir las dos traducciones existentes hasta ahora y ofrecer al lector un texto lo más limpio posible. Lo cierto es se lee estupendamente, algo que no podíamos dudar quienes conocemos la labor literaria del también placentino.
Antes de entrar en materia, el manuscrito ofrece dos octavas en castellano: una de "Gómez de Hinojosa al autor" y otra titulada "Al Ilustrísimo de Plasencia, Gómez de Hinojosa"; un texto titulado "Sobre las insignias de Plasencia", acerca del pino y el castaño de su escudo (allí leemos: "Donde hubo un bosque inmenso, se plantó Plasencia", palabras que duelen en el alma al comprobar los desastres del incendio de Jarilla); y el poema "F. Hortigosa, al retrato de la ciudad de Plasencia" ("Verso falecio"). Después ya vemos el plano o "retrato" con su leyenda. El resto es, claro, el corpus del manuscrito que se abre, ay, con "El médico Luis de Toro saluda a su mecenas, el ilustre y reverendo obispo de Tortosa y electo de Plasencia". El tono anticipa el general de la obra, más hímnico, idealista y elogioso que otra cosa, con repuntes de exagerada emoción. Con todo, lo calificaría de inspirado y delicioso. La historia y el sitio: murallas, puertas (otro historiador placentino, Javier Cano, recordaba hace poco que Luis de Toro "coloca en el centro de la representación" a la de Talavera, la que mira a Madrid, que no conserva su arco original desde hace siglos), iglesias, conventos, palacios, ermitas... Especial atención merece lo relativo al pensil del palacio del Marqués de Mirabel, una de nuestras joyas patrimoniales que este placentino (como tantos, supongo) nunca ha podido visitar. En una de las lápidas allí depositadas se inspiró uno para componer un poemita de Lugar del elogio (que no deja de ser esta ciudad, basado en la lecturas de textos antiguos sobre ella, entre otros, éste) y al que Gonzalo Hidalgo Bayal dedicó un texto memorable por encargo del diario Hoy, para un coleccionable de monumentos extremeños. 
Otro fragmento magnífico es el de La Isla. O el de la Casa de don Fabián (o Colegio del Río, por cuyas románticas ruinas pasamos cuantos recorremos el paseo fluvial, cerca de la pasarela de San Juan), a orillas del Jerte, que es el personaje central de otro de los mejores párrafos del conjunto. Y ahí, el agua, gran preocupación de Luis de Toro, autor de Discursos o consideraciones sobre el arte de enfriar la bebida (1569) y de De febris epidemicae novae ... vulgo tabardillo et pintas dictur (1573). La salubridad de esas aguas (o lo contrario) y al clima destina parte de sus reflexiones. 
Sorprendente resultan sus consideraciones sobre alimentos: frutas, verduras, carnes y pescado. En lo que respeta a esto último de queda uno de piedra al leer: "En cuanto a la pesca, los placentinos no gozan de mucha abundancia al estar alejados del mar. Sin embargo, como ya he dicho [en otro momento se refirió a las truchas que poblaban el Jerte], la ciudad está bien provista de peces de río, pues, además de tencas, barbos, bogas, pececillos, anguilas, ranas, cangrejos o galápagos, suelen traer del cercano Tajo y de Alcántara lampreas que llaman sábalos, mújoles y también siluros, que, según algunos, son esturiones, y que la gente conoce como sollos. Y también nos llegan con frecuencia peces del mar, de donde vienen en cantidad lijas, rayas, sepias, sardinas, arenques o merluzas (a las que nosotros llamamos pescado cecial), así como corvinas, lenguados, almejas, besugos, ostras, agujas, congrios, bacalaos, atunes y salmones, aunque estos últimos muy rara vez". Ni ahora ni desde que tengo uso de razón ha ocurrido en Plasencia algo así. No son pocas las pescaderías y restaurantes especializados en pescado y marisco que pasaron a mejor vida por la falta de cultura gastronómica piscícola (en la segunda acepción del diccionario), que aquí se limitó casi siempre, truchas mediante, al socorrido bacalao y a la insulsa pescadilla. Poco más. 
No se olvida el humanista de los personajes importantes, eclesiásticos sobre todo, ni, siendo esta una ciudad levítica, de la Iglesia y del Obispado. A sus cuatro demarcaciones dedica sus últimas páginas. Las de Plasencia, Trujillo, Medellín y Béjar, lo que le permite mencionar localidades y lugares de esas zonas. Ya antes citó sitios tan emblemáticos como Yuste. 
Me alegro mucho, y termino, de que el lector curioso pueda acceder a este libro capital para Plasencia, por más que, según me temo, la tirada de la obra haya sido reducida y, por tanto, costosa de localizar. Animo a que el Ayuntamiento lance otra más sencilla y asequible (bastaría el texto traducido) para que la ciudadanía pudiera disfrutarla. En todo caso, celebro la iniciativa. Por hechos así sostenemos que Plasencia es una ciudad culta. 

22.6.12

Revistas

Llegan tres. Turia, tan hermosa como siempre, viene cargada de novedades. Entre lo que he leído, me emociona el recuerdo de Félix Romeo preparado, a varias voces, por su amigo José Julio Ordovás. Leo con gusto páginas nuevas de los inseparables leoneses Luis Mateo Díez y José María Merino. Poemas de Jordi Doce, Jorge Riechmann (que me suena a ya leído en su último libro, tan oportuno), Martín López-Vega, Antonio Lucas, Julieta Valero, José Cereijo o Elías Moro, tan ferroviario él, que publica "Guardagujas". También se rescatan inéditos de Pablo Palazuelo. No creo que aporten gran cosa al panorama lírico nacional, pero siempre le resulta a uno agradable recordar, con cualquier excusa, al pintor geométrico que vivió unos años en un castillo extremeño, situado en el pueblo de Monroy.
En lo que al ensayo se refiere, se adelanta una parte del nuevo libro de Steiner (al que tanto odiaba Romeo): La poesía del pensamiento (Siruela). 
El Cartapacio es para el brasileño Jorge Amado y en él, entre muchos, hay un artículo de mi admirado Juan Manuel Bonet sobre las artes plásticas en tiempos del bahiano que vuelve a demostrar su sorprendente capacidad para la erudición y el enciclopedismo. O una curiosa entrevista que le hizo la novelista Clarice Lispector.
Muy interesante me ha parecido también la conversación de Enma Rodríguez con Víctor García de la Concha, al que siempre da gusto escuchar. Y los diarios de Maícas, suma y sigue. Y no pocas reseñas, algunas de libros ya comentados aquí.
Clarín viene más delgadita, pero pura fibra. De lo visto y leído, me quedo con el mínimo panorama de la poesía china (preparado por He Ying y Catarina Valdés), de actualidad tras la gira triunfal de su director, JLGM por la lejana república asiática, pero que sabe a poco. Muy buenas las nuevas versiones, "tradicciones" las llama Juan Peña, de algunos poemas clásicos. Me convence cómo suena "El infinito" de Leopardi, por ejemplo, y eso que era difícil mejorar las versiones de, pongo por caso, Colinas o Rosillo. 
Ángel Alonso conversa con Lêdo Ivo, que yo no puedo separar de Juan Carlos Mestre. Uno me lleva al otro, sin remedio. Dice cosas sensatas y me alegra saber que uno comparte con un poeta tan cosmopolita obsesiones tan locales. 
Tras varios relatos de viajes, unas pocas reseñas; entre ellas, las de las últimas entregas de Antón Castro y Leopoldo Panero (padre), libros que pasaron por aquí.
Termino con la cacereña Norbania, donde destacan poemas inéditos de Basilio Sánchez (que cambia de registro, de manera sutil), Efi Cubero y José María Jurado, además de un divertido relato de Pilar Galán. Javier Alcaíns caligrafía dos poemas de Luis Alberto de Cuenca, que publica también "Sueño del reloj de bolsillo". 
¡Como para aburrirse! ¿Quién necesita Eurocopa?