14.7.11

Leyendo a Margarit

Dos amigos catalanes, de Reus, Carme Pujol y Rafael Arasa, me hacen llegar el último libro de poesía de Joan Margarit, No estaba lejos, no era difícil, publicado por Visor en su colección Palabra de Honor, que dirige Luis García Montero. Desde aquí les agradezco un detalle que viene a celebrar un breve encuentro, una amena conversación, en la plaza mayor de Plasencia, la primavera pasada. Han elegido bien. Leo a Margarit desde hace mucho, desde que descubriera sus poemas en la antología Nueva Poesía Catalana, de Joaquín Marco y Jaume Pont (Plaza & Janés), que tantas veces he elogiado y que tanto bien me hizo. Es verdad, también lo ha dicho uno, que su poesía no siempre me entusiasma. Lo achaco a que me resulta bastante reiterativa y él acaso demasiado grafómano. A veces, también, un poco plana, narrativa en exceso. Puede que la traducción (que hace él mismo) tenga, en parte, la culpa. Los poemas originales suelen tener una viveza que no siempre logran mantener los traducidos. Siempre hay, eso sí, en cada uno de sus libros un puñado de poemas memorables, lo que basta y sobra para reconocer al autor de fuste que Margarit es (acaba de recoger el Premio Nacional de Poesía en su tierra). De No estaba lejos, no era difícil se puede decir casi lo mismo que de sus libros anteriores. La guerra y la infancia, su hija Joana, la arquitectura, el mar y el amor, los lugares donde ha vivido, la vejez (ahora) son algunos de esos temas recurrentes a que hacía mención. También de él se pueden entresacar algunos poemas excelentes, llenos de emoción, sí, pero asimismo del ese pensamiento sensato y común, tan apegado a la vida, que le caracteriza. Con todo, la sorpresa del libro me esperaba al final, en el hermoso texto que lo cierra y que titula, sencillamente, Epílogo. De allí entresaco estas líneas:
"No, este tiempo no es el mío, pero es ahora cuando, en gran parte gracias a la poesía, siento una alegría tranquila que años atrás desconocía". 
"A la sustitución del miedo por la lucidez, lo llamo dignidad".
"No he encontrado mejor manera de amar a los demás que el ejercicio de la poesía, unas veces como lector y otras como poeta".
"... la poesía tiene la intensidad de la verdad. Lo que un poeta es, eso serán sus poemas: y no hay nadie más difícil de engañar que los buenos lectores de poesía".
"La poesía, a pesar de su exactitud y concisión, no puede ser nunca un atajo".

13.7.11

Turia, 99

Un número más y la revista cultural Turia, fundada y dirigida en Teruel por Raúl Carlos Maícas, llegará a centenaria. Y más joven y lozana que nunca, a pesar de los nubarrones que siguen cerniéndose sobre ella por culpa de la maldita crisis. Para demostrar que vida le sobra (como deberían sobrarle los suscriptores), está el 99, que anuncia en su faja roja (un color poco de moda en estos tiempos) a Czeslaw Milosz, Gervasio Sánchez (de él son las fotografías que lo ilustran) y Juan Eduardo Zúñiga (tan eterno como el espíritu de su querida Rusia). Con los dos últimos conversan y al poeta polaco le dedican el extraordinario Cartapacio, que encabeza otro Nobel, Vargas Llosa, y al que siguen: Zaleski, Zagajewski, Michnick, C. A. Molina, Güelbenzu, Monmany, Siles, Saladrigas, L. A. de Cuenca, Álvaro de la Rica, Á. Rodríguez Abad, Kosinska y él mismo, con un capítulo de El pensamiento cautivo que, en edición de Xavier Farré (traductor de los poemas del dossier), publicará Galaxia Gutenberg próximamente.
Ya dije que echaba de menos una reseña de Jaime Siles en ABC Cultural sobre la poesía completa de Milosz y aquí, sin embargo, borda un ensayo sobre la lírica del autor de Vilna, por más que, como aclara, no sea santo de su devoción.
Habrá que leer despacio tantas páginas interesantes dedicadas a Milosz.
Pero Turia es más. Más poesía, por ejemplo. En esta entrega hay poemas de Boris Vian, Clara Janés, Pureza Canelo, Amalia Bautista, Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Rafael-José Díaz, Juan Marqués, Pérez Azaústre, Mercedes Cebrián, Julieta Valero, Sergio Gaspar, José Teruel, Montobbio, etc. Dejo para el final una agradable sorpresa: dos poemas inéditos de mi exigente paisano Manuel Neila.
A pesar de haber leído la parte lírica, el resto del número está (casi) sin explorar. Uno, que se conforma con placeres sencillos, pretende que dure. No dejaré para muy tarde los diarios de Maícas, ni algunas reseñas de las muchas que aparecen agrupadas en La Torre de Babel. Ya he dado buena cuenta de una: la que dedica Javier Lostalé, "La experiencia de lo íntimo", a la poesía reunida de Basilio Sánchez. ¿Cómo es posible que ningún suplemento literario le haya dedicado a ese libro el espacio que merece?
A falta, ya digo, de ir degustando cuanto atesora Turia, ya he tenido ocasión de sorprenderme con una de las entregas de la primera sección, Letras, firmada por Rafael Morales Barba: "La poesía social de Manuel Vilas o el nuevo realismo desorbitado". En efecto, este último adjetivo califica muy bien el estado en que quedé tras leer su original análisis crítico, que habrá hecho feliz, no me cabe la menor duda, al provocador poeta de Zaragoza. ¡Flipante!

12.7.11

¡Por fin!

En "Adiós a los anónimos" , el diario Hoy explica cómo va a terminar con los comentarios insidiosos, ofensivos, etc. ¡Ya era hora! Que les siga el resto.

Más de Morábito

Después de escribir sobre su último libro, puedo añadir y añado que Delante de un prado una vaca será publicado en España por Visor este mismo año. Además, para que la entrada sea del todo triunfal, Juan Carlos Abril ha preparado para la misma editorial madrileña una antología de su obra. Me alegro.

11.7.11

Primeras impresiones

1. Monago es ya flamante presidente de la Junta de Extremadura. Como a casi todos los cargos, se le conceden 100 días de rodaje antes de empezar a criticar su gestión. No va a romper uno esa tácita ley. Recuerdo perfectamente, eso sí, la primera vez que le menté en público. Por unas desinformadas declaraciones suyas donde venía a decir que ningún escritor extremeño era (re)conocido fuera de la región. Poco después, por otra metedura de pata del buen hombre (a vueltas con la libertad de expresión) y a costa del caso Tey, escribí en El Periódico Extremadura: "Que luego, a rebufo, Monago pida la dimisión de Ibarra porque la Editora Regional ha publicado Fuegos de Liborio Barrera, es parte del sainete a que este señor nos tiene acostumbrado cada vez que habla de cultura. Como cuando dijo que los escritores extremeños no eran conocidos fuera de Extremadura. Los que él frecuenta, sin duda".
2. Mi abuela Feliciana reñía a mi padre porque iba con un polo de Lacoste a la solemne fiesta de fin de curso que el colegio celebraba en el Teatro Alkázar. Era de la asociación de padres (todavía no "y de madres") y pensaba ella que la corbata y el traje eran lo adecuado para subirse a un escenario a entregar premios. He recordado la anécdota al ver que Monago aparece hoy en todas las fotos con patalón vaquero y polo, algo normal si no fuera porque presidía por primera vez una reunión de su nuevo gobierno, por muy "informal" que fuera. Y de esa guisa ha salido, ya digo, en la foto oficial, rodeado por primera vez de todos sus consejeros, que iban o elegantemente vestidas o con americana y corbata. Sí, puede que sólo sea una anécdota. Con todo, a ver si el protocolario Castaño le informa de sus obligaciones representativas. ¿O es que va a vestir durante toda la legislatura, por aquello de la sintonía, el look casual de Perico Escobar?
3. Mis amigas emeritenses ya me habían anticipado que la consejera de Cultura (y de Educación) iba a ser Trinidad Nogales. Se confirmó su sospecha. No la conozco. Sí a su marido, director del citado Museo, pero no voy a caer en el error que con tanto ahínco criticaba aquí atrás Blanca Álvarez cuando defendía a Elena Garro por su obra y no por haber sido la mujer de Octavio Paz.
El currículo de esta profesora de la UNED y conservadora del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida es contundente, lo que, claro está, no garantiza nada, pues una cosa es la preparación académica e intelectual y muy otra la gestión educativa y artística. No seré yo, por cierto, quien critique que se nombre para un cargo a alguien que, al menos a priori, tiene todas las capacidades para desempeñarlo y la preparación debida. En esto Monago supera con creces a Vara, que atendió a otras razones para poner al frente del área cultural a personas obstinadamente incapaces. Como por profesión y por afición dependo de ella, espero y deseo que lo haga bien.

4. Volviendo (un poco) a lo mismo, me avergüenzo, como veterano lector de El País, de que este diario afirmara en su crónica sobre la toma de posesión de Monago que el citado Museo de Mérida fue "rehabilitado por Moneo", cuando lo que hizo el afamado arquitecto fue proyectarlo.

5. Escuché íntegro el discurso de Rubalcaba, otro que empieza. Pero, ¿estuvo Vara allí? Si fue así, ha conseguido convertirse en invisible. Toma nota, Cumbreño.

10.7.11

Mi Facebook

Tuve una vez perfil en Facebook y me deshice de él. Ni lo usaba ni era algo que me interesara especialmente; como filosofía, digo. Soy un tipo solitario. He vuelto a caer y ahora, no sé por cuánto tiempo, vuelvo a tenerlo. ¿La razón? Me escribieron los amigos de Pre-Textos anunciándome la existencia de Estoy leyendo, invitándome a colaborar con algunas reseñas de sus libros, y me registré para poder entrar. Eso es todo. Descubro, eso sí, que mis hijos, algunos amigos y muchos conocidos andan por ahí. Y editoriales que aprecio. Y... Con todo, me niego a hacerme socio activo del club. No tengo tiempo de hacer vida social. Ni afición. Si alguien no recibe mi aceptación, o como se llame, que me perdone. Sería peor decir que sí para luego callar por sistema. Con este blog me basta. Y hasta me sobra.

9.7.11

Cuentos abisales

Criaturas abisales es el primer libro de Marina Perezagua (1978). Lo ha publicado Enrique Murillo en Los Libros del Lince y su justificación no deja lugar a dudas.
Perezagua es licenciada en historia del arte por la Universidad de Sevilla. Se nos informa, además, de que tras su licenciatura marchó a Estados Unidos con una beca de doctorado en filología hispánica, y durante cinco años impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. Actualmente vive en Francia y trabaja en el Instituto Cervantes de Lyon. Según tengo entendido, en septiembre se  irá a Nueva York, con una beca para el Master de Escritura Creativa en Español de NYU (en el que da clases de narrativa Antonio Muñoz Molina).
Todo esto no deja de ser el currículo más o menos llamativo o brillante de una joven que, como tantos, no dejan de sorprendernos con sus datos biográficos desde las solapas de sus primeras obras. Lo que importa es, sin embargo, los cuentos que ha escrito y estos sí que sorprenden, y no poco. Por una obviedad, lo bien escritos que están (algo más que un juego de palabras, que el fruto de las enseñanzas de un taller de escritura, que una habilidad técnica) y por las historias que encierran, capaces de inquietar al lector más avisado, pero también al más incauto. A uno, por ejemplo. Y eso que fui advertido por Juan Carlos Marset, exprofesor suyo, responsable de que los haya leído y, ahora lo entiendo, defensor a ultranza de Criaturas abisales. No, no es frecuente que un primer libro salga así: tan rotundo, tan redondo, tal solvente, tan propio. Ni tan angustioso, pervertido o cruel, si lo miramos desde el otro lado.
Poco amigo de la imaginación y de la fantasía, me he tenido que rendir a la evidencia y, cuando ya lo tenía asumido, desdecirme del verso del chileno Cristian Gómez Olivares (La casa de Trotsky, La Isla de Siltolá): "Lo que no es autobiografía es plagio". Si lo que cuenta Perezagua lo es...
No voy a destripar la materia de estos relatos insondables por donde viajan Olga y la lengua, Inés y su coma, Bernhard el rendido, la pobre familia Jacobs, Julieta la inventora (lo de "energía copulativa" me sonó a GHB), Gilda la nadadora, Dolores la infiel, la mujer carnívora, la hija de su padre y los hermanos Jana y Jano, protagonistas del cuento (dedicado a Patricia y Marset) que cierra este hondo y profundo círculo narrativo. Eso sí, si alguien quiere ir abriendo boca, o lo que sea, aquí pueden leer los tres primeros. Hablan (o gritan) por sí solos.

8.7.11

Historia de una lectura: "Lauda"

Las cosas fueron aproximadamente así. Al llegar a casa, recogí del buzón el último número de Clarín y, después de ver la película de cada sobremesa (en la Sexta3 casi siempre), me dispuse a hojearlo. Algo sobre  mi paisano, el teósofo Roso de Luna, que por una vez no firmaba Esteban Cortijo; una entrevista muy interesante con Sylvie Weil, a propósito de su libro En casa de los Weil. André y Simone (Trotta); poemas de Cecília Meireles y Shakespeare, traducidos respectivamente por E. García-Máiquez y C. Law; una cerrada defensa de la mujer, con Elena Garro al fondo, firmada por Blanca Álvarez; unas notas sobre Roma del poeta Bruno Mesa, que ha estado pensionado en la Academia de España... En Paliques, la sección de crítica, leí con detenimiento la reseña de Martín López-Vega sobre Perros en la playa, de Jordi Doce, y picoteé por el resto de comentarios; por ejemplo, el de Catarina Valdés sobre Francis Jammes (La Veleta publica El luto de las prímulas y a uno le encantó, también en esa colección, Del ángelus de la mañana al ángelus de la tarde, en versión de Díez-Canedo). También reparé en una de las reconocibles cubiertas de los libros de La Isla de Siltolá, ésas que homenajean la primera edición de las Greguerías de Ramón y que a uno tan bonitas y andaluzas le parecen. Caí en la cuenta de que podía tener ese libro en casa. Su editor ha tenido más de una vez la deferencia de enviarme ejemplares de sus distintas colecciones que voy leyendo poco a poco. Fui al estante y, en efecto, allí estaba. Ni lo abrí siquiera. Tampoco leí la reseña firmada por Juan Peña (que he acabado leyendo y que le hace justicia). Eso sí, a sabiendas de que a la mañana siguiente iría al molino, metí el ejemplar en la mochila. Por si acaso.
Tras meses sin pisar el campo, el lugar me pareció más precioso que nunca. Pusimos el motor, regamos el pequeño huerto, Alberto -que se cayó a la garganta, como en los mejores tiempos- recolectó algunos calabacines, podamos el rosal del arco, recogimos los huevos del gallinero, rompí una lámpara con la torpeza que me caracteriza y, por fin, tuve tiempo de sentarme un rato. Había renunciado a dar el paseo.
De la mochilina salió Lauda, que abrí con gusto: el olor del papel, su textura, la tipografía de Ibarra... La cita de Jiménez Lozano que se adelanta a los poemas me predispuso favorablemente. Lo que vino después pertenece a la fiesta que supone toda lectura digna de tal nombre. Más cuando lo es a ciegas. Quiero decir, cuando nada hace presagiar que uno va a leer un libro que puede merecer el calificativo de memorable, el que mejor se ajusta a la buena poesía, según Auden. ¿Quién era Pablo Moreno Prieto?  Para mí, un perfecto desconocido. No ahora, que ya he leído su libro. Para empezar, no me cabe duda de que PMP es un poeta. Digno de ese nombre y, más allá, de la tradición que tiene detrás en su condición de andaluz y sevillano. No me extraña que un jurado de poetas le concediera a su libro el premio Fundación Ecoem, que tampoco sé lo que es. Sí sé que, a medida que iba avanzando, el entusiasmo se abría paso en la quietud y, poema a poema, verso a verso, me iba ganando la palabra limpia, la dicción perfecta y el tono serenísimo de Lauda. Puede que el momento álgido, cuando caí en la cuenta de que ya no había marcha atrás, que esa poesía me vencía (o me salvaba) definitivamente, fue al leer "Peña de Arias Montano" y eso que no era consciente de que en la página de al lado me esperaba "Valle de la Vera", que es donde uno estaba, entre el Valle del Jerte y La Vera, que a decir verdad no es un valle. Lo que vino después no fue a menos.
Porque estaba en el campo, ya se dijo, me sorprendieron todavía más sus poemas de la naturaleza, una naturaleza no deshumanizada o salvaje sino doméstica y rural. El campo de los abuelos, el de su infancia. Y en esa naturalidad, del paisaje y de la forma de decir, Nueva York, Lisboa o Tubinga caben sin estridencias, que es lo único que brilla, por su ausencia, en este libro. Su música es callada.
Moreno Prieto escribe Sur con mayúscula. Tampoco me extraña. Su luz ilumina una poesía que tanto tiene que ver, nunca mejor dicho, con la de otro poeta citado en las páginas de Lauda, Eugénio de Andrade.
Gracias a estas sorpresas, a estos descubrimientos, mi fe en la poesía no decrece. Qué alegría más íntima, imposible de trasladar a esta escueta nota, he sentido al leer este libro que me estaba esperando sin saberlo, como cualquier milagro cotidiano, de los de andar por casa. ¡Loado sea!

6.7.11

El almanaque de Pavón

El cacereño de Cañaveral Tomás Pavón es del 59, como uno. Por eso y porque llevo años leyendo lo que escribe, me ha resultado muy sencillo dar buena cuenta de su último libro, Almanaque (Editora Regional de Extremadura. Colección Vincapervinca), que reúne un puñado de artículos que fueron publicados en su día por el diario Hoy, donde se le echa en falta. Pavón lleva tiempo alejado, no sé bien la causa, del periodismo literario. Sí, porque lo suyo es la columna con voluntad de estilo, que es la única que permanece y dura.
En la prensa regional, esa tradición ha sido fuerte. No hace falta recordar eso de que la literatura se escribe en los periódicos. Da igual dónde se impriman, Zaragoza o Vigo. En lo nacional, donde se sigue dando a duras penas (en El País, sobre todo), se echa en falta en una de sus mejores tribunas:  la de ABC. Ojalá esos cambios que se anuncian en la vieja casa de los Luca de Tena devuelvan a ese periódico centenario su genuina condición de "literario".
El título de Pavón, volvamos al principio, lo dice todo. Se suceden los textos a lo largo del año, lo que da una deliberada impronta de diario al recorrido.
Desde el primer momento, ya se dijo, se ve a las claras que a Pavón le importa más el cómo que el qué, sin que eso signifique, como en la falacia didáctica de la forma y el fondo, que las dos cosas no cuenten.
Sus lectores habituales, quienes hayan leído su obra más reciente, El desván de la memoria, encontarán aquí ese aire familiar que se respira dentro de su reconocible mundo literario y vital. De ahí que mencionara nada más empezar lo del 59. En los setenta, en su infancia, en los recuerdos de entonces -veranos, siestas, juguetes, atlas, piratas, cómics, etc.-, en ese viaje circular al pasado que no es sino un rodeo por el presente, se asienta no poco de lo escrito. Luego están las lecturas y los libros, cómplices necesarios de su aventura alrededor de la vida. Todo con elevadas dosis de "pura subjetividad", como cabe al caso.
Cita Pavón los paraísos: los artificiales de Baudelaire, los perdidos de Proust y "los fiscales, mucho más prosaicos". Nos lleva a una estática oficina en agosto. Nos cuenta cómo inventaba sus viajes en las interminables siestas de la infancia. Y nos habla de la alegría y de la depresión, de la felicidad y del aburrimiento, del pesimismo y la suerte. Al modo borgeano, en un año cabe una vida. De él y de los otros, condensada en poco más de 100 páginas que gracias al libro ya no perecerán por culpa de la fugacidad de los queridos periódicos.

El cuaderno de Isidro Hernández

Con el mismo título que ahora tiene su blog, El aprendiz, Isidro Hernández Gutiérrez, poeta y crítico de arte, publicó en 2008 (La Caja Literaria) un libro donde, como él mismo aclara al final, "se entremezclan notas, pensamientos, sobresaltos de la mirada, citas y evocaciones de experiencias personales"; "fragmentos", en suma, de lo que sucede y pasa.
Lo primero que el lector comprueba es que la novedad, tratándose de libros, es algo sin mucho sentido. Que poco importa, quiero decir, que lleve publicado años, siglos o apenas unos días, por más que algunos escriban al dictado de la moda y, en consecuencia, a favor de lo efímero.
Lo segundo, que no estamos ante un diario al uso, que es algo que, por suerte, puede afirmarse de la inmensa mayoría de los diarios que se publican de un tiempo a esta parte en España.   
Cuaderno de viaje, entre paréntesis, añadió IH al título. Hizo bien: de eso se trata. Toda vida, según la gastada metáfora, lo es. Y ya que menciono la palabra "vida", bueno será destacar que, según confiesa IH, "mi escritura siempre ha pretendido tender un puente necesario entre el arte y la vida". Si ambas cosas se pueden separar en la existencia de cualquiera, se podría añadir.
Viajes por Bretaña, ante todo (donde el autor estuvo trabajando), pero también por Canarias, su tierra (que, por cierto, tantos escritores y artistas ha dado y da), París, Barcelona, Galicia, Provenza, Suiza...
Por el perfil personal y profesional de IH, abundan las referencias a tres disciplinas que conoce bien: la poesía, el teatro y la pintura. Referencias en forma de aforismos, citas (muy bien traídas), anotaciones, lecturas (de textos, de paisajes), etc.
El personaje que pulula por las páginas de El aprendiz es un ser solitario y un punto melancólico, como suelen serlo los diaristas (al uso o no), reflexivo, culto y sereno (salvo en una ocasión: para despotricar de las antologías poéticas). Y ya que hablo de poesía, asunto central del libro, coincido con él en dos afirmaciones básicas: "entiendo la poesía como palabra dicha en voz alta" y "en poesía, la oralidad -la voz- es la madre del cordero". Por eso tengo tanto interés en conocer la suya: para oír esa voz.
En las últimas páginas, IH comenta que le dan ganas de "arrojar por la borda este cuaderno de anotaciones, divagaciones y sandeces varias". Porque de lo tercero no hay nada, hubiera sido un lamentable error. O eso cree, después de leerlo con el debido aprovechamiento, este afortunado lector.

5.7.11

Pobre cultura

Se extraña en ateneísta cacereño y diputado por IU Víctor Casco, uno de los tres de la fama, de que Monago "no abordara cuestiones relacionadas con la cultura o el medio ambiente", según cuenta Hoy. ¿Este hombre vive aquí? ¿Qué esperaba? Bueno está lo bueno. Concesiones hubo muchas, casi todas increíbles, pero de ahí a que Monago  y su equipo se preocupen por la cultura media algo más que una sarta de promesas infundadas.

4.7.11

Morábito

Ya ha pasado otras veces por aquí Fabio Morábito, el poeta mexicano nacido en Alejandría. Sí, como dejé escrito en un artículo sobre uno de sus libros, Alguien de lava, publicado hace unos años en Letras Libres, "lo primero que llama la atención de Fabio Morábito es, sin duda, su aparatosa biografía: nació, ya se dijo, en Alejandría, Egipto, en 1955, hijo de padres italianos, residió en Milán hasta los catorce años y en Ciudad de México desde entonces". En el D.F., es verdad, pero también en otras partes del mundo porque esa impronta viajera no ha dejado nunca de seguirle. No es ajena a esa vida movida la obra de Morábito. Lo volvemos a comprobar ahora, cuando publica Delante de un prado una vaca (ERA), setenta nuevos poemas que añadir a su escueta pero exigente bibliografía.
Recordaba en Babelia Benjamín Prado que para Auden todo poema moderno ha de ser narrativo. Es el caso. También el sábado hacía alusión  Raúl Rivero, en su colaboración semanal de El Mundo, a la narratividad poética de FM, en un texto donde, entre otras cosas, confesaba: "Creo en la poesía de Morábito".
Lo cotidiano elevado a categoría está en la base de sus versos. Alguien mira lo que pasa delante de sus ojos con la perplejidad y el asombro del que parece verlo todo por primera vez. O como si lo que ve fuera, en lugar de normal, extraordinario. Ahí radica la principal virtud de esta poesía que, toda evidencia y claridad, es puro misterio. El exceso de luz puede producir, de hecho produce, una extrañeza que es incapaz de provocar lo oscuro. Lo simple nos deja aquí más sorprendidos que lo complicado. Si algo se puede destacar de Morábito es su capacidad para lo inquietante. Basta leer "Ícaro" o "Llamada nocturna" para comprobarlo. Por cierto, dos poemas con título en un libro donde éstos brillan por su ausencia.
¿La clave? Ya se dijo. Nada nuevo: se funda en la mirada. "Porque esto es ver: criaturas y no cosas".
En la última parte de Delante de un prado... FM reúne una serie de poemas sobre la poesía. Nada metapoéticos, por cierto. "Como delante de un prado una vaca / que inclina mansamente la cabeza / y sólo la levanta para contemplar su suerte, / o una ballena estacionada justo / en la corriente de una migración de plancton, / a veces me sorprendo estático / y hundido, estacionado / en medio del gran prado del lenguaje. / Pero no tengo dos estómagos". A falta de ellos,  Morábito afirma: "Por eso escribo: para recobrar / del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago / en la especie".
No faltan en el libro algunos ingredientes habituales de Morábito: el humor, por ejemplo. En "Si alguien se pierde de improviso" o "Siempre me piden poemas inéditos", sin ir más lejos. O las referencias a la familia, algo del todo natural en alguien que es hijo de emigrantes y emigrante al fin y al cabo él mismo. Y ya ahí, esa curiosa su obsesión, presente en más de un poema, por la noción de hijo único (su caso al parecer) o, más exactamente, de padre de hijo único: "un padre se hace padre con dos hijos". "Se es padre sólo a corazón partido".
Toda la obra está llena de ventanas. Ventanas que se abren a los distintos mundos que componen el suyo: cosmopolita, pero íntimo; de todos, pero propio. "Ser como tú, querida Emily, / o como Antonio Porchia, / otro poeta en su jardín, / otro muy solo entre las flores".
En el artículo antes citado dije algo que puede servir otra vez de colofón a este breve comentario: "Así la poesía frágil y luminosa de Fabio Morábito, su lección de sencilla complejidad que nos ayuda a interpretar la complicada simpleza del mundo". Un gusto.

3.7.11

En la pasarela

Los muchachos de la escuela taller del ayuntamiento limpiaban de maleza las orillas del paseo fluvial. He pasado junto a un par de brigadas distintas. En las dos estaban descansando y, mientras tomaban su refrigerio, chicos y chicas reían y se gastaban bromas. Un poco más allá de la segunda cuadrilla, un muchacho negro, subsahariano, solo, contemplaba el agua desde la pasarela del Molino de la Pared Bien Hecha. Al pasar a su lado, vi su mirada perdida y una expresión de tristeza en su cara. Sonaba música africana. Era fácil imaginar lo que estaba pensando.

2.7.11

En Sevilla

Una cosa es ver en los informativos de la tele a los sevillanos (viajeros y estables) arrastrando sus cuerpos por las calles bajo un calor inclemente y otra muy distinta sufrirlo en carne propia, como nos pasó a nosotros ayer. Sí, tampoco es lo mismo ir sin prisa por la ciudad, como un turista, aprovechando la belleza que ese lugar te ofrece, que haciendo alocadas gestiones de acá para allá, a la busca desesperada de un sitio donde tu hijo pueda vivir el próximo curso.
Cuando uno ya acariciaba la idea de pasarse en Salamanca algunas horas a lo largo de los próximos años, cambian la tornas y, sin previo aviso (luego dicen de los poetas, que si profetas y tal), uno se ve bajando cada poco al Sur, otra delicia, donde el muchacho ha decidido iniciar sus estudios universitarios. Bueno, o eso parece, porque cualquier seguridad tratándose de estos asuntos es cosa delicada.
Con todo, ayer, caminando por Tetuán o Sierpes entre miles de personas de "rebajas", intentando comer cualquier cosa entre guiris, charlando con taxistas de esto y de lo otro, entrevistándonos con directores de colegios y residencias universitarias, una de las ciudades más bonitas del mundo se le quedaba a uno en mero desierto hostil y toda esa poesía que encierra (la que vienen escribiendo, en los últimos tiempos, poetas que admiro) en versos deshilachados que no resistían, como nosotros, la caló.
Ya habrá ocasión, supongo, de volver a la Sevilla real, no a la del espejismo.

1.7.11

Políticas culturales

1. Del mismo modo que el ascenso de Ibarra fue parejo al crecimiento de la vida cultural de esta tierra, la caída de Vara venía anticipándose en la calamitosa gestión de esa vitalidad artística perdida.
2. Los cronistas locales, esos curiosos seres anacrónicos que se debaten entre la erudición y el humo, me parecieron siempre personajes dignos de una novela. Por eso los elevé a secundarios de la segunda y última de las mías. Los de pueblos y ciudades extremeñas se acaban de constituir en asociación y, cómo no, han elegido presidente a quien mejor puede representarles. Un engolado artículo en la prensa regional de un no menos fatuo venerable (que diría, con sorna, don Román) delataba esa elección por anticipado. No me equivoqué. Al día siguiente... hélas! Bendito y con Dios vaya. Él y su tropa. ¡Viva Argamasilla!
3. El alcalde Pizarro ha decidido crear un potente Departamento de Cultura en el ayuntamiento placentino. Él, en tanto que concejal del ramo, será el máximo reponsable, pero cuenta en el equipo con Julio Pérez, que vuelve a dirigir la Universidad Popular que el mismo Pizarro fundara hace años, cuando era concejal de educación, y con el escritor Juan Ramón Santos Delgado, entre otros.
Creo que ha hecho bien. Se trata de aplicar un criterio de excelencia; esto es, poner a los mejores en el mejor sitio posible, donde van a dar más de sí mismos. Tanto Julio como Juanra, son funcionarios municipales y ambos cumplían con solvencia sus obligaciones profesionales lo que no obsta para que sean más útiles organizando cursos y actividades en la UP o programando buenas obras de teatro y organizando una feria del libro digna de tal nombre. Levantando, en suma, la cultura local de una ciudad con aspiraciones.
Lo que había era bastante penoso. Desde hace demasiado. Vuelve uno a estar esperanzado.