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11.1.13

LA POESÍA NÓMADA DE FABIO MORÁBITO


Ya he contado alguna vez cómo descubrí la poesía de Fabio Morábito, el poeta mexicano de origen italiano nacido en Alejandría (1955), gracias a la antología de Ramón Cote, Diez de ultramar; un libro importante en mi memoria de lector, gracias al cual me inicié en las obras de poetas hispanoamericanos importantes, a mi modo de leer, como José Luis Rivas, Alberto Blanco o William Ospina.
A pesar de su escasa producción poética, cuatro libros en casi treinta años, Morábito es ya uno de los nombres ineludibles de la poesía de ultramar escrita en español.
Consciente de ese hecho, la editorial Visor ha publicado su primera antología en España, Ventanas encendidas, donde reúne poemas escritos entre 1984 y 2011. Pertenecen a sus libros Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) y Delante de un prado una vaca (2011).
La edición, selección y prólogo, corre a cargo de Juan Carlos Abril, quien desbroza de manera adecuada la sinuosa senda que marca este poeta tan parco como fundamental. La bibliografía citada da fe de su conocimiento del autor.
Se alude allí a Luis Rosales, por lo del título, a los poemas como “taxonomías anímicas”, a la condición de “parábolas” y de “ejemplos” que tienen esta poesía que Antonio Deltoro califica de “horizontal”: matérica, “a ras de suelo”.
La de Morábito, digámoslo pronto, es de línea clara que, como toda la que de verdad lo es, no quiere decir ni sencilla ni simple. Poesía narrativa, leve, breve y frágil, siquiera en apariencia. Es significativo lo que tiene de artesanal, si se me permite el término, de minuciosamente trabajada, algo que tiene que ver con una de las claves de esta escritura: utiliza un lenguaje ajeno. Como precisa Morábito: “Escribo en una lengua que aprendí”. El italiano fue su lengua materna. Y digo “fue” porque explica que la ha ido perdiendo por el camino, al menos en su uso diario o común. No hay que olvidar, sin embargo, que Morábito ha traducido al español la poesía de Montale. Al castellano o español se refiere, en fin, como “este idioma / que no es mío”.
Destaca Abril la sintonía entre vida y literatura (suponiendo que la poesía lo sea) en la obra de Morábito, de marcado carácter autobiográfico. Por eso, nada más natural que aunar las peripecias vitales de alguien que nació a “las afueras de África”, vivió su infancia en el norte de Italia, en Milán para ser exactos y terminó viviendo en Ciudad de México (como cuenta en uno de los poemas esenciales del libro: “Tres ciudades”), su “historia nómada”, con las aventuras lingüísticas, por el mencionado cambio de lenguas. Todo confluye: “y encuentro al fin mi lengua / desértica de nómada, / mi suelo verdadero”. “Escritura nómada, / anónima, interior, / que todos entendemos”. Léase a este propósito el precioso poema “Un viaje Pátzcuaro”.
He aquí otra de las claves: su condición de extranjero, de exiliado, de desterrado, de emigrante. Un sentimiento que no puede evitar y que vuelve una y otra vez sobre su particular biografía, tan de este tiempo. No pertenece a ningún lugar, pero tampoco puede regresar a ninguno. No hay manera “de soldarse a algún pasado”, parece decir. Un sentimiento que, añado, no sólo le pertenece a él. Su madre tampoco puede volver al mar (símbolo originario de su ciudad natal, portuaria y marítima), que sería, tantos rodeos después, como el morir. Lo familiar, conviene anotar, es arte y parte de este universo. El poema “Mudanza” es muestra elocuente de lo que apunto.
Como dije una vez, parafraseando a Steiner, a propósito de Kafka, Morábito estaría dentro de la lengua española "como un viajero en un hotel". Eso sí, como un huésped que viviera allí con la naturalidad y la elegancia con que lo han hecho siempre ciertos viajeros con posibles (“Manual de vida”, Letras Libres, julio de 2003). Y es que la del viaje, se anticipó más arriba, es otra de las metáforas que le competen.
Morábito describe muy bien ese paisaje de afueras (“mundo de las afueras”, en palabras de Aurelio Asiaín), tierra de nadie, no-lugar, descampado de la periferia de las ciudades, eliotianos “lotes baldíos”, donde abunda la basura, los escombros, las tapias, las latas y las ratas.
Y otra clave, ya que lo menciono: la de las cosas (eso que denominé antes como “matérico”), de los objetos: mesas, muros (¡omnipresentes muros!), tuberías, sillas, puertas, casas y, cómo no, ventanas. Encendidas (“Ventanas encendidas, mi tormento”), dejan entrever la vida de los otros. El poeta espía, observa, sueña (en la felicidad de ellos) y, al cabo, saca conclusiones: “Tal vez la intimidad de dos se basa / en la derrota de un tercero / que, expulsado, los espía, / alguien de lava con la vista fija”. Hay muchos poemas en este sentido, “Piazza Gimma”, por ejemplo. Sí, por encima de todo, esta es una poesía de la mirada.
Cosas y animales: lagartijas, sobre todo, jirafas, moscas, las citadas ratas…, aunque Morábito escriba: “… hasta dejarme / como soy: un hombre, /un simple hombre”.
Derivada de esa obsesión lingüística, es lógica la presencia de la reflexión sobre la propia poesía y su ejercicio, que me cuesta denominar metapoética por lo que tiene de natural y no de teórica. Menudean los poemas (“A tientas”, “Ars poetica”, etc.), los versos en los que se ocupa de este asunto. Así cuando escribe: “¿De qué petróleo íntimo / nos salen las palabras que escribimos / y a qué profundidad / brota el estilo sin esfuerzo”. O: “porque vivimos, dicen los expertos, / sobre una falla, la famosa falla. (…) ¿Somos poetas solo por pisar en falso? / La poesía, ¿es una falla del lenguaje /de la que sale magma ardiente”. O: “Solo la poesía no desecha”. O, para terminar: “Por eso escribo: para recobrar / del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago / en la especie”.
No debería perderse el lector español la oportunidad de acercarse a la poesía nómada de Fabio Morábito. Por suerte, éste es un notable ejemplo, la poesía escrita en español al otro lado del Atlántico ha dejado de ser algo lejano o exótico, un misterio. Gracias a un puñado de editoriales españolas (Pre-Textos, Visor, Hiperión, Renacimiento, La Isla de Siltolá, Tusquets, etc.), se viene leyendo con libertad y, según creo, con mutuo aprovechamiento. Ya podemos desmentir a Shaw: en nuestro caso, una lengua común no nos separa.

Álvaro Valverde

Ventanas encendidas
Antología poética
Edición de Juan Carlos Abril
Madrid, Visor, 2012
 

(Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 102, correspondiente a noviembre-diciembre de 2012, de la Revista de Nueva Literatura Clarín.)

4.7.11

Morábito

Ya ha pasado otras veces por aquí Fabio Morábito, el poeta mexicano nacido en Alejandría. Sí, como dejé escrito en un artículo sobre uno de sus libros, Alguien de lava, publicado hace unos años en Letras Libres, "lo primero que llama la atención de Fabio Morábito es, sin duda, su aparatosa biografía: nació, ya se dijo, en Alejandría, Egipto, en 1955, hijo de padres italianos, residió en Milán hasta los catorce años y en Ciudad de México desde entonces". En el D.F., es verdad, pero también en otras partes del mundo porque esa impronta viajera no ha dejado nunca de seguirle. No es ajena a esa vida movida la obra de Morábito. Lo volvemos a comprobar ahora, cuando publica Delante de un prado una vaca (ERA), setenta nuevos poemas que añadir a su escueta pero exigente bibliografía.
Recordaba en Babelia Benjamín Prado que para Auden todo poema moderno ha de ser narrativo. Es el caso. También el sábado hacía alusión  Raúl Rivero, en su colaboración semanal de El Mundo, a la narratividad poética de FM, en un texto donde, entre otras cosas, confesaba: "Creo en la poesía de Morábito".
Lo cotidiano elevado a categoría está en la base de sus versos. Alguien mira lo que pasa delante de sus ojos con la perplejidad y el asombro del que parece verlo todo por primera vez. O como si lo que ve fuera, en lugar de normal, extraordinario. Ahí radica la principal virtud de esta poesía que, toda evidencia y claridad, es puro misterio. El exceso de luz puede producir, de hecho produce, una extrañeza que es incapaz de provocar lo oscuro. Lo simple nos deja aquí más sorprendidos que lo complicado. Si algo se puede destacar de Morábito es su capacidad para lo inquietante. Basta leer "Ícaro" o "Llamada nocturna" para comprobarlo. Por cierto, dos poemas con título en un libro donde éstos brillan por su ausencia.
¿La clave? Ya se dijo. Nada nuevo: se funda en la mirada. "Porque esto es ver: criaturas y no cosas".
En la última parte de Delante de un prado... FM reúne una serie de poemas sobre la poesía. Nada metapoéticos, por cierto. "Como delante de un prado una vaca / que inclina mansamente la cabeza / y sólo la levanta para contemplar su suerte, / o una ballena estacionada justo / en la corriente de una migración de plancton, / a veces me sorprendo estático / y hundido, estacionado / en medio del gran prado del lenguaje. / Pero no tengo dos estómagos". A falta de ellos,  Morábito afirma: "Por eso escribo: para recobrar / del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago / en la especie".
No faltan en el libro algunos ingredientes habituales de Morábito: el humor, por ejemplo. En "Si alguien se pierde de improviso" o "Siempre me piden poemas inéditos", sin ir más lejos. O las referencias a la familia, algo del todo natural en alguien que es hijo de emigrantes y emigrante al fin y al cabo él mismo. Y ya ahí, esa curiosa su obsesión, presente en más de un poema, por la noción de hijo único (su caso al parecer) o, más exactamente, de padre de hijo único: "un padre se hace padre con dos hijos". "Se es padre sólo a corazón partido".
Toda la obra está llena de ventanas. Ventanas que se abren a los distintos mundos que componen el suyo: cosmopolita, pero íntimo; de todos, pero propio. "Ser como tú, querida Emily, / o como Antonio Porchia, / otro poeta en su jardín, / otro muy solo entre las flores".
En el artículo antes citado dije algo que puede servir otra vez de colofón a este breve comentario: "Así la poesía frágil y luminosa de Fabio Morábito, su lección de sencilla complejidad que nos ayuda a interpretar la complicada simpleza del mundo". Un gusto.

22.4.22

El cielo es solo cielo

Fabio Morábito
 podría ser un personaje de Lejos de Egipto, la autobiografía de André Aciman. Como éste, nació en Alejandría (1955). Su infancia transcurrió en Milán. Su idioma materno, el italiano. A los 15 años llegó a México y aprendió español. En esta lengua ha escrito toda su obra literaria, tanto narrativa (es autor de cuentos y novelas: “Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía”) como lírica, compuesta por cuatro libros, uno por década (“Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial”): Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) –reunidos los tres en La ola que regresa (2013)–Delante de un prado una vaca (2011); y por tres antologías: El verde más oculto, Un náufrago jamás se seca y Ventanas encendidas. El quinto (que se titula igual que una amplia selección de sus poemas publicada en Francia por Seuil) es el que comentamos y ve la luz al inicio de un nuevo decenio. Consta de cinco partes y los poemas carecen de título. En la primera reflexiona sobre la propia escritura: “Escribo prosa mientras junto / valor para los versos”. Versos, cabe matizar, que con ser deliberadamente prosaicos nunca dejan de ser líricos: “que mis poemas rezumen prosa / sin desbordarse de los límites del verso”. Consiste en “hacer caber en la envoltura lírica / el máximo de utilidad”. De “las casas rodantes”, “aprendí que los poemas / se escriben en papel cuadriculado”. Él los concibe con “métrica mental”, aunque apoyado en “versos impares”.
Traductor de Montale y Saba, confesó a Olmo Balam que el triestino “me convenció de que yo podía ser poeta por su mirada al ras de las cosas, sin mayores pretensiones y apegada al vivir cotidiano”. De eso se trata: “La vida es escarbar y a cada cual su cielo”. Porque “puede que la escritura sea el único refugio desde el cual puedes sentirte real”. “La mía –dice Morábito– es una mirada obsesiva”. Su poesía, “velocidad pura” que destila y comprime el lenguaje. “Concentración”, en una palabra. Para elevar a categoría lo anecdótico. A base, claro, de imaginación. Una caja de madera convertida en autobús, por ejemplo. “Soy un experto en resplandores”. “No la cosa, sino los ojos que la han visto”.
Cree que todos sus libros tratan de responder a la pregunta: “por qué las piedras no se abren”. Ahí radica el misterio, que no falta en esta poesía transparente. “Todo viene al caso si estás vivo. / Todo”, podría ser su lema. Y eso sirve para pasar un invierno en la Antártida (donde “no prosperó la pelambre”), ir a Puebla sin perderse, echar de menos las guitarras y los ceniceros de los aviones o colgar sábanas en la azotea. Por medio, deliciosos poemas de amor que hablan de la sutileza de Morábito. De su melancólica ironía y su humor: a este hombre se le lee con una sonrisa en los labios, incluso cuando se refiere (“Qué final!”) a la muerte de su padre: “como si para morir fuera preciso / estar en buena forma”.
La errante juventud perdida y el insomnio, la madre y la infancia (con hermano y sin perro), los ciegos y los mudos (como en su novela El lector a domicilio), los cuadros y los muros, los mapas y los besos, los gallos y los ríos le inspiran poemas memorables. “Escribo para que me oigan, no para ser leído”, afirma.
 
Fabio Morábito
Visor, Madrid, 2021. 108 páginas. 12 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

6.10.21

Morábito y Frayre


Rescata Igor Barreto una entrevista con el mexicano Fabio Morábito, del que hablamos aquí a finales de junio, a propósito del Premio Xavier Villaurrutia que ganó en 2018 con su novela El lector a domicilio (Sexto Piso). Allí, Mónica Maristain, la editora del medio que la publica, le comenta: "Los escritores dicen que quieren ser poetas", y él responde: "Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad".
En la novela, por cierto, se habla de una poeta que uno, sin saberlo (porque no he leído el libro premiado), descubrió el pasado verano gracias a la revista Palimpsesto, de Fran Cruz, donde Morábito precisamente escribe sobre ella y su obra. Ya he pedido su poesía completa, que editó FCE. Se trata de Isabel Frayre y no comprendo bien que hasta ahora no hubiera reparado en sus versos, de una calidad llamativa. Ahora, además de leerla a ella, tengo que conseguir un ejemplar de El lector a domicilio. Mi fervor por la literatura de Morábito así lo exige.

Nota: La fotografía es de Nazareth Balbás para RT

19.4.17

Morábito dixit

El poeta mexicano de origen italiano nacido en Egipto Fabio Morábito ha sido entrevistado por Carmen de Eusebio para el número 801 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, el mismo donde se publica, ya se dijo, el dossier sobre Ribeyro.
Al final de la conversación, dos preguntas relacionadas con la poesía.
Como poeta, dice De Eusebio, ¿cuál cree que es el interés de la sociedad, de las administraciones públicas y de las asociaciones culturales por la poesía? Según Morábito, "La poesía tiene el prestigio que tiene toda actividad secreta, inútil e incomprensible. Si no fuera tan incomprensible para la mayoría, no tendría prestigio y los poetas no viajaríamos como viajamos. Una amiga mía poeta solía repetir: «Escribir poemas no me ha hecho rica, pero cómo me ha hecho viajar». Y también viajar es una forma de riqueza. La poesía «viste» a cualquier iniciativa cultural. Ay, de aquel funcionario cultural que se olvide de la poesía. Pobre, inofensiva, tediosa para el gran público, la poesía sin embargo es insoslayable. Se trata, pues, de un gran malentendido. Hago votos para que siga siendo eso, un malentendido, un enigma para la inmensa mayoría de la población. Eso garantizará, en lo oscuro, su permanencia".
Después, la periodista pregunta: ​¿Qué papel podrían y deberían desempeñar las escuelas para acercarnos a la poesía?​. A lo que el autor de Lotes baldíos responde: "Enseñarnos dónde está la poesía, y mostrarnos dónde puede aparecer: en un refrán ingenioso, en la letra de un bolero o de un tango, en la gracia de un chiste bien contado, en la escena de una película que te corta el aliento. Enseñarnos que la poesía existe, que no es un espejismo. Unos cuantos, después, la buscarán en los poemas, se harán lectores de poesía, y serán una minoría. ¿Qué importa? La escuela, antes que nada, debería enseñarnos que la poesía existe".

23.6.21

Fabio Morábito dixit


Entresaco estos párrafos de las respuestas que da el poeta mexicano Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955) a algunas preguntas de su entrevistador, Olmo Balam. La interesante conversación se publica en la revista jiennense Paraíso, que dirige Juan Carlos Abril, donde también se dan a conocer cinco poemas inéditos.

"Procuro ser muy claro y, dentro de lo posible y dentro de la poesía, muy coherente. No me gusta crear falsas incertidumbres o crear vaguedades. Siempre lucho por la palabra más adherente a la emoción que trato de expresar. Es una lucha sin fin y muchas veces sin éxito porque es difícil aprehender con palabras ciertas sensaciones y percepciones que son muy lisas y efímeras por naturaleza. Procuro que el poema juegue limpio con el lector, que diga las cosas que tiene que decir y no se encamine hacia un falso misterio. Desde ese estilo que trata de ser muy riguroso uno puede asomarse frente a lo completo y lo incompleto, tanto a lo abstracto como a lo concreto".

"El nómada siempre deja atrás lugares que fueron cruciales y fundamentales en su vida y tiene la sensación de que por más que se mueva nunca va a llegar a la tierra prometida. La imagen del departamento también es de fragilidad, porque convives con otras personas que están más allá del muro, más allá del techo, del piso, y eso te da una sensación de extrema fragilidad, de fugacidad. Y una lengua aprendida, por más que la aprendas, jamás va a sustituir tu lengua materna. La lengua materna se te da como un regalo y en ese sentido es más sólida que una lengua que tuviste que hacer el esfuerzo de aprender y nunca está totalmente adquirida, la estás aprendiendo todos los días, con la sensación de algo frágil que se te puede ir en cualquier momento".

"No puedo ser prolífico en el sentido de publicar mucho. Cultivo la prosa que es tan importante como la poesía. La consecuencia de eso es que no puedo escribir poesía todo el tiempo, lo cual agradezco porque creo que no sería, por lo menos en mi caso, muy sano. Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial, es mucho más natural la narración, porque se acerca más a nuestro modo de hablar y de pensar. La poesía siempre crea un laboratorio extraño para el lenguaje. Alguien que escriba poesía todo el tiempo, que lea todo el tiempo poesía se puede volver loco o simplemente desgastar sus herramientas. Y la prosa es, como decía Montale, el gran secreto fertilizante de la poesía. Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía. Cuando alterno estas dos, prosa y poesía, no soy ni un cuentista prolífico, ni un prosista prolífico ni una poeta prolífico".

"El tema de la lentitud es un poco vago. La poesía es velocidad pura porque te permite saltar una cantidad de nexos y de explicaciones que la prosa debe tener y la poesía se salta olímpicamente. En ese sentido la poesía es un género súper veloz, me gusta más esa interpretación que la de lentitud, que siempre viene acompañada de cierta idea de nobleza, de lo lento como sinónimo de un sentir más humano acerca de los demás, lo cual está bien pero puede significar muchas cosas. La mía es una mirada obsesiva, de laboratorio, que se mete y quita capas de algo que nunca se encuentra, pero lo importante es el viaje, el proceso".

Nota: Como precisa Balam, "a un ritmo de uno por década, la poesía de Morábito está contenida en Lotes baldíos (1984, FCE), De lunes todo el año (1992, Joaquín Mortiz), Alguien de lava (2002, Era) –estos tres reunidos en un solo volumen por el FCE en La ola que regresa (2013)–, Delante de un prado una vaca (2011, Era) y A cada quien su cielo (todavía inédito en español y que aparecerá en Francia bajo el sello Les Éditions du Seuil durante 2021 con el título de A chacun son ciel)". Además es autor de distintas obras narrativas y ensayísticas. 

22.4.12

Una antología de Morábito

Fabio Morábito, el poeta mexicano de origen italiano nacido en Alejandría (1955), no es nuevo en este blog. Ahora es noticia (un decir, tratándose de poesía...) porque acaba de publicar en Visor su primera antología española, Ventanas encendidas, donde reúne poemas escritos entre 1984 y 2011.
Pertenecen a sus libros Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) y Delante de un prado una vaca (2011).
La edición ha corrido a cargo de Juan Carlos Abril, quien desbroza de manera adecuada la sinuosa senda marcada por este poeta tan parco como fundamental.
Según Antonio Deltoro, "Si se puede hablar de poesía horizontal, como lo creo, la de Morábito establecería una confraternidad laica e incluso atea con las cosas, tal parece que para ella no hay cosas más importantes que otras, que lo sagrado puede ser lo provisional y estar a ras de suelo".
La selecta bibliografía que añade Abril a su prólogo demuestra a las claras que su obra es poco conocida en España, algo que esta antología, no me cabe duda, vendrá a solventar.
Para muestra, un poema. Pertenece a su segundo libro y se titula "Época de crisis". Dice:
Este edificio tiene
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
"Mi beso, por favor,
si es tan amable".
"Se lo guardé en papel periódico".
Un edificio tiene
su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes
se disuelve,
el techo, el piso, todo
se hace cóncavo,
es cuando huyen los jóvenes,
le dan la vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis,
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.

(Nota: La imagen pertenece al cuadro Ventanas encendidas, de E. Hopper, que ilustra la cubierta de la antología de Visor)

19.5.21

El subrayador, de Fabio Morábito


Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura. Ha subrayado libros desde la adolescencia y son pocos los que se han salvado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por observar los estantes de su biblioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tantos subrayados que encierran. Representan una biblioteca dentro de otra, que ha ido creando con esfuerzo. No ha vacilado nunca a la hora de poner un subrayado. En tantas cosas ha sido tibio y negligente, pero no en esto. Aun cuando ha tenido el ánimo por los suelos, ante una frase o un pasaje notables se ha puesto religiosamente de pie para buscar un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se levante, se habrá acabado todo. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innumerables sacrificios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus subrayados, de diez a veinte minutos de una lectura intensa y selectiva. Ha llegado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuelvan parte de aquello que él les dispensó a lo largo de tantos años de lectura. Le ofrecen sus subrayados, haciéndose ellos mismos a un lado. Al repasar esos surcos dejados por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una preciosa savia de conocimiento, sino que profundiza en su introspección, pues no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo, uno se descubre sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados, en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido.

Fabio Morábito

NOTA: El poeta mexicano Gildardo Montoya, fiel corresponsal y amigo, me envía este relato de Morábito publicado en el diario argentino Clarín con el que tan identificado me siento. 

31.10.06

Montale por Morábito

Hablaba la semana pasada en Cáceres de Fabio Morábito con Jesús Munárriz. Le dije al director de Hiperión que echaba de menos al poeta mexicano de origen italiano nacido en Alejandría en la última antología de poesía mexicana que han publicado en la casa. Él me confesó que le pasaba lo mismo. Fue entonces cuando me comentó que estaba en Madrid, para presentar la Poesía Completa del poeta italiano Eugenio Montale, que acaba de traducir. Le dije también que estaba deseando recibir el libro ya que Fabio me había pedido mi dirección postal para pasársela a Círculo de Lectores. Añadí con sorna que, conociendo a los editores, acabaría comprando el volumen. Sí, es un buen tomo el que ocupan los poemas del autor de Ossi di seppia. Mi ejemplar de Tutte le poesie (1.245 páginas) está fechado en Nápoles, el 9 de mayo de 1992. Debajo, entre paréntesis: "Café Gambrinus. Con Yolanda"

30.10.21

Algunas sorpresas poéticas recientes

 

Aunque he decidido dejar de escribir la reseña semanal para El Cuaderno (a quien sigo vinculado) y mantener sólo las mensuales de El Cultural y algunas esporádicas para otras revistas en las que he venido colaborando habitualmente, pensando en algunos lectores afines, atentos y curiosos, me cuesta silenciar algunas lecturas de libros que bien merecerían (y merecen) ser comentados. Sin orden de prelación, y por (demasiado) breve, voy desmontando el rimero de obras que he ido apilando en una columna tan inestable en lo físico como sólida en lo poético. 
Cuaderno de Cabo Verde (Ediciones del Pampalino), del canario Melchor López, me ha parecido, por ejemplo, un librito (a su volumen me refiero, y qué bien editado) sorprendente. Poemas como "Vida retirada", el que lo cierra, ni se escriben ni se leen todos los días. La fuerza del lenguaje al servicio de las vivencias de un viajero al que necesitamos escuchar.
Otro tanto cabría decir, aunque en poesía cualquier comparación sea odiosa, de lo último del gallego Pablo Fidalgo Lareo (por cierto, su obra El libro de Sicilia se ha representado durante el mes de octubre en el Teatro María Guerrero de Madrid). El perro en la puerta de casa (Liliputienses) es uno de sus monólogos más intenso, isleño también (como el de López) y siciliano por los cuatro costados. Allí leemos: "Este soy yo: / una inmensa vocación fuera de lugar". Y: "Navegar es un acto íntimo". 
Por seguir con las sorpresas, valgan estas dos nuevas, excelentes entregas de la colección pequeña, digamos, de Galaxia Gutenberg, al cuidado de Jordi Doce. Dos rescates, añado, de lo más oportunos: el del libro En castellano, del bilbaíno Blas de Otero, que no ha perdido (me temo) actualidad, con un prólogo, preciso y singular (su toque es único), de Javier Rodríguez Marcos, y Treinta poemas, del alejandrino Constantino Cavafis en edición de José Ángel Valente (con la colaboración de Elena Vidal). Tras una oportuna nota del editor, se mantiene el lúcido prólogo del autor de A modo de esperanza (que, como para tantas otras cosas, demostró con esta apuesta cavafiana un fino criterio) y, además de los poemas (acaso los más sustanciosos del poeta griego), los dos epílogos, luminosos también, que figuraban en sus primeras ediciones (la malagueña de Caffarena & León y la barcelonesa de Ocnos): textos de Seferis y de Auden sobre una poesía que ambos poetas conocían muy bien.
No podían decepcionar, sin dejar por ello de conmover, La luz pensativa (Pre-Textos), del gallego José Cereijo, un libro mayor donde el amor y la emoción son ley, y Nada con que volver (La Veleta), del cordobés Rafael Adolfo Téllez, con versos que nos transporta a un mundo rural emboscado entre la niebla de lo perdido y que, a rachas, se asemeja a un paisaje fantasmal y rulfiano. 
No, no cabe duda de que estamos ante dos poetas necesarios y ante dos libros bellísimos, por dentro y por fuera. 
Una ópera prima, Roma y otros destinos (Poesía Al Albur), del sevillano Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, también me ha descolocado. Quizá se explique si tenemos en cuenta que son poemas que lleva escribiendo media vida y que la suya ya ha superado il mezzo del cammin. Culturalismo, viajes y experiencia se mezclan en estos versos con naturalidad y solvencia. 
En la misma editorial ha publicado el "poeta tardío" alcalareño Enrique Baltanás su Antología completa. Le antepongo el posesivo porque, como bien dice, "cada lector se fabrica su propia, intransferible y heterogénea antología personal". Él, "como lector", ha hecho esta, la de "alguien que, aunque tan cercano de mí como pueda estarlo mi sombra, jamás he podido confundir conmigo". Pide que "tampoco se confunda el lector". Y añade: "Quien habla en los poemas, sea quien sea, tiene por lo menos algo claro. Yo mismo, muy al revés del hidalgo manchego, no sé aún quién soy. Tal vez sólo la sombra de esa sombra que escribe los poemas. Esa sombra que busca su contrapeso de luz en la luz de la silente música del verso". Tampoco se atreve a ponerle al florilegio una poética (sí tiene un poema con ese título), porque sería "invisible" o "prestada", comenta, o porque cada poema, y no cada poeta, tenga acaso la suya. 
El conjunto tiene aires de poesía reunida, donde encontramos poemas inéditos, alguno en francés y los demás revisados "hasta el punto −anota con ironía− de parecer distintos". La poesía de un poeta lúcido y honesto como pocos. De los que no defraudan. 
Los italianos han cobrado en mis lecturas recientes un subrayable, inesperado protagonismo. Así, en la ejemplar, modélica colección Z. Gli incursori. Poesía italiana contemporánea, que dirigen para la Asociación Cultural Zibaldone Paolo Febbraro y Juan Pérez Andrés, Habla el mono, de Matteo Marchesini, y Sesenta poesías, de Giorgio Manacorda. El primero está traducido por Juan Francisco Reyes Montero y el segundo por Berta González Saavedra. Para lectores exigentes. 
He disfrutado mucho con Mis poemas no cambiarán el mundo. Antología (1947-2013), de la todina Patrizia Cavalli que publica Pre-Textos en traducción de Fabio Morábito y Juan Andrés García Román. Todo un descubrimiento, lo que no me extrañó al ver al frente, y muy bien acompañado, a mi admirado Morábito. 
Poemas extensos como "Aire público", "La guardiana" (que, una pena, no se da entero, por más que lo leído baste y sobre) o "La majestad bárbara" dan la verdadera medida de esta poeta de la Umbría, lo que no obsta para que uno reconozca que en las distancias breves también se maneja con destacable soltura.
Nada desdeñable, aunque en otro orden de cosas, es la poesía de la riminesa Sabrina Foschini, que presenta Mordiscos y plegarias en Renacimiento. La traducción y el prólogo son de Juan Vicente Piqueras. Me han gustado especialmente sus "poemas bíblicos". 
Tampoco tiene desperdicio El comisario Magrelli (Visor), del romano Valerio Magrelli (en traducción de Ernesto Hernández Busto), más accesible, según creo, que en libros poéticos anteriores (me refiero a los de la editorial madrileña, traducidos por Carmen Romero). Hasta los que no leen poesía podrían disfrutar de los casos de este poeta reconvertido en detective. Lo dice él mismo: «Cuando me encontré con mi comisario homónimo, confieso que no me sorprendí. Entre tantos de sus colegas, antes o después, era normal que también él apareciera. Más bien me asombró la terquedad, la obstinación con que lo he visto viajar de Egipto a Francia, de Estados Unidos a Turquía, siempre devoto de un sueño infantil de justicia e, incluso, de una justicia en verso. Su patria, sin embargo, sigue siendo Italia, mientras que su especialidad parece consistir en la defensa de la víctima». Sí,  «en resumen, microhistorias e invectivas. Sin embargo, el verdadero hilo conductor sigue siendo la reflexión sobre una ley que a menudo, demasiado a menudo, tiende a olvidar los pobres derechos de las presas, especialmente los de aquellas inermes por excelencia: mujeres, paisaje e infancia». Es entretenido y nos ayuda a pensar. Magrelli siempre me resultó un poeta inteligente. 
Dejo para el final un par de ejemplares que no siendo poesía, en rigor, a mí me lo parecen. Hablo de Caballos de cantan (La Isla de Siltolá), de la malagueña Isabel Bono, aforismos, o así, que son, ya digo, pura poesía, y Polen (Editora Regional de Extremadura, colección Ensayos Literarios), de la salmantina (criada, si se me permite el matiz, en Guijo de Santa Bárbara, un pueblo esencial en esta historia) Carmen Hernández Zurbano. Es su debut en la prosa y sería deseable disfrutar de él junto a su último libro de poemas, Esa flor parece un pájaro, un complemento ideal. Más allá, Polen prueba la valía de Zurbano como fundadora de un mundo personal, sugerente y hasta inquietante. 
Ya se ve que la cosa ha ido hoy de sorpresas. Vendrán más. El siguiente rimero crece.

NOTA: Ilustra esta entrada el cuadro "Hombre sentado sobre un tronco", de Karoly Ferenczy.

9.5.13

Casi

Así se titula el primer libro publicado por el joven poeta cordobés Rodrigo Manzuco (1988) que fue premiado con el Emilio Alarcos por un jurado congruente del que formaron parte Josefina Alarcos, José Luis García Martín, Jesús García Sánchez (Chus Visor), Carlos Marzal y Aurora Luque. Lo presidió Luis García Montero y actuó como secretaria Rosario Duque. En la cubierta, una preciosa imagen de chatarra espacial (tomada de Google) que resalta sobre el negro visor gracias al diseño de Fernando López. En la contracubierta se nos cuenta que Manzuco es un "técnico informático, especializado en análisis de programación en versiones abreviadas -pseudocódigos- escritos en sistema ordinario natural". No sé muy bien lo que es eso, pero me da que algo tiene que ver con su forma de escribir poesía, que es lo que a uno le importa. Es verdad lo que dice Augusto Censo en el mismo sitio: que estos poemas están "en consonancia con la vertiente más despojada de la poesía última". El título, por tanto, es muy coherente. Anticipa lo que vendrá después. Unos poemas dotados de una seductora fragilidad; humildes, sugerentes y elegantes en su delgadez; propios de una poesía sutil que se podría calificar de minimalista. Pero Manzuco, al contrataque, precisa: la de alguien "sencillo, no un barroco minimalista".
A uno, por ponerse estupendo, le recuerda, a debida distancia, la de un Fabio Morábito. Por el tono, que aquí es forma. Del poeta mexicano, pongo por caso (so pena de que RM no lo haya leído), y de algunos vates españoles de las últimas hornadas que se rastrean a través de las citas y las dedicatorias: Javier Rodríguez Marcos (al que dedica "Frágil", título de un libro del poeta extremeño), Juan Antonio González Iglesias (al que veo detrás del divertido "Nacimiento" donde Louganis, el saltador de trampolín, aparece como artista invitado), Abraham Gragera (tengo sus dos libros publicados encima de la mesa), Josep Maria Rodríguez, Luis Muñoz (otra referencia clave)...
Esa aparente pequeñez puede ser grande. Como en los poemas "Mirad las aves del cielo (Mt 6,26)" o "Más luz". "Lo que ocurre es que siento cosas pequeñas, siempre. / Es todo", escribe en "Corto".
Ya que aludo a ella, la luz es una constante en este libro. Y no sólo porque aparezca nombrada varias veces. Es también por lo que irradian estos versos nada sombríos. Una luz propicia a la felicidad, un atributo adyacente a la juventud, el mar, la belleza y el verano.
Versos irónicos (cuando no humorísticos) que pueden tornar, a rachas, metafísicos; "por la emoción", precisa Censo. Unas palabras de María Zambrano acompañan al último poema de libro donde a uno le suena Brines (al que nombra en otro).
"Mi alma se parece a este paisaje", dice, y creo que se podría aplicar a este libro. O eso parece, más allá de las "máscaras consuetudinarias que nos impone la literatura, de la devastación de las palabras huecas y de los sentimientos con fecha de caducidad razonable". También de "los libros de marca registrada, de la inspiración envasada al vacío", como reza en la ocurrente "Dedicatoria" final, donde brilla el nombre de Francisca García, su madre, a la que brinda un emocionante poema con el mismo título: "Madre".
Tres poemas dedica Manzuco a la poética (aunque no faltan otros guiños): "Debajo", "Obtusía" y "Breve tratado de literatura". En el segundo se puede leer: "Mi premisa siempre: ¿qué? / Mi diálogo: ah, no sabía, ¿en serio? / Mi tregua: qué más da. Y en "Casi", como el libro: "que mi voz sea un susurro, / mis ímpetus un vale, / mi resultado / casi".
En un texto que publica la revista Sibila, Hugo Mujica, al que Manzuco dedica el mencionado poema "Corto", escribe: "la palabra 'casi', es decir, un ya pero no aún, un poco menos que, un aproximadamente, un por poco pero... Casi: tensión y vilo". Sí, eso y más es este libro; el de un "Poeta, no escritor" ("Autorretrato") que me parece que tiene las cosas claras, a pesar de su juventud, un territorio proclive a las indefiniciones.
Tomo nota. No es mal comienzo. Manzuco (apellido inédito, según creo, en las letras hispánicas) pasa a formar parte de la extensa, prodigiosa lista de poetas cordobeses de todos los tiempos. Algo ha de tener esa ciudad para dar tantos y tan buenos versos. Una tradición, o casi.

7.5.15

Mareo en Tánger

Me encuentro por sorpresa con un blog que desconocía, de Ernestina González Causse, denominado La letra con salsa entra y, ya allí, una entrada titulada "Mareo" donde se da una receta, la del cuscús con tomate y cebolla. Al tiempo, se evoca un viaje a esa ciudad de las afueras de África, como diría Morábito, y la lectura de Más allá, Tánger. Muy emocionante, sin duda Gracias.

3.6.22

Dichosos libros

En el doble sentido. El artículo que me pidió Nuria Azancot para el número especial de El Cultural dedicado a la octogésimo primera Feria del Libro de Madrid incorporaba una entradilla que, por falta de espacio, al final no se dio. Decía:  "No hace falta explicar que ni he leído todos los libros ni, por eclécticos que sean mis gustos, carezco de criterio. Seleccionar cinco libros de entre la oleada de publicaciones poéticas que, como las flores, surgen a mansalva en primavera es una tarea compleja y temeraria. Lo sé. Añado a la lista obras reseñadas recientemente aquí (de Morábito o Benítez Reyes); las poesías reunidas de Vitale y Llop; la antología de poesía femenina de Irazoki o las de Juaristi, Paz y Pasolini; o los últimos libros de López Andrada, Kizer, Janés, Luque Pinilla, Juncosa, Velaza, Llera, Medina Poveda, Alba, etc." 
Los apellidos mencionados (no tenía espacio para más y ni así) remiten a los autores de un puñado de buenos libros de poesía, ni más ni menos. Estamos tan acostumbrados a bregar con colecciones de versos al tuntún... (Este es el momento en que se dan por aludidos unos cuantos que no suelen ser, encima, en los que uno piensa.) Démosles título, no sin antes reconocer que cada uno de ellos hubiera merecido su lugar en cualquier lista y, por supuesto, una reseña, aquí o en cualquier parte (yo no doy más de mí). Méritos les sobran. Los iré señalando en el mismo orden, que, aviso, no indica nada. Así, Partes de ausencias (Hiperión), de Alejandro López Andrada que lleva por subtítulo (innecesario) "Poemas del éxodo rural" y un epílogo de Julio Llamazares. El cordobés fue un pionero en esto de traer de la memoria el mundo de los pueblos y su naturaleza circundante. Aquí vuelve a demostrar que su voz es única. Y necesaria. Y que gana con el paso del tiempo. 
Gabriela Kizer con En falso (Visor/Fundación para la Cultura Urbana) vuelve a demostrar que la poesía venezolana contemporánea es un bendito pozo sin fondo. Lo inagotable. 
Clara Janés publica nuevo libro en la colección pequeña de poesía de Galaxia Gutenberg, Kráter o la búsqueda del amado en el más allá; donde, justo es destacarlo, tantos buenos libros están apareciendo, sobre todo antologías de poetas extranjeros. Poesía fragmentaria, breve, esencial y simbólica (el volcán, el amor) con poemas cincelados que aparecen centrados en mitad de la página. 
Pablo Luque Pinilla ganó el "Ciudad de Irún" con un libro tan particular como todos los suyos, Greenwich (Algaida), donde logra plasmar el desconcierto de nuestra época. Y darle un sentido, lo que resulta aún más complejo. Una ética. Un ejemplo. 
De Enrique Juncosa y su Pangolín (Galería Senda y Turner) ya dije cuanto tenía que decir. Una maravilla, tanto por dentro como por fuera. 
Me ha sorprendido mucho, y para bien, El campamento de los aqueos (Visor. Premio "Ciudad de Melilla"), de Javier Velaza. Es un señor libro, no me cabe duda. Y la voz que suena en esos poemas una de las mejores del panorama, me atrevo a decir. La dicción es culta y clásica y tiene sus concomitancias, a qué negarlo, con la de otro de los mejores: Juan Antonio González Iglesias, que escribe en la contracubierta. Deslumbrante. Y pandémico.
Tanatografía (Diputación de Soria. Premio "Leonor"), de José Antonio Llera, es acaso su mejor libro publicado. Uno de los imprescindibles en lo que va de año (y de lo que queda). El más confesional de los suyos. Remite a su infancia extremeña y rural. He disfrutado mucho con él. Me parece superior (si es que en poesía pueden establecerse categorías) al que le antecede: El hombre al que le zumban los oídos. Un verdadero logro. Y una auténtica lección acerca del uso del lenguaje. Más allá de la muerte (que bien traída la cita final de Pasolini). 
En vecindad, no en compañía (La Isla de Siltolá), de Diego Medina Poveda, es otro libro que merece ser leído. Últimamente a los accésit del Adonais hay que seguirlos de cerca. Con su libro anterior obtuvo uno. Como Las ciudades, de Andrés María García-Cuevas, y La deuda prometida, de Félix Moyano, que los consiguieron en 2021. 
Francisco Alba está consiguiendo con El delito mayor (Trabe) reseñas tempranas y elogiosas. No me extraña. Es un libro denso y sustancioso que toca el alma del lector, que se pone de inmediato de su parte. Quien habla ahí no es Alba, en sentido estricto, sino todos nosotros, sus lectores, seres mortales que vivimos, sin remedio y sin apenas esperanza, a la intemperie. Para uno, excelente.
Puse después de los apellidos un etcétera. Para La casa (Amarante), pongo por caso, una obra perfectamente concebida y compuesta por la salmantina Charo Ruano, que muestra, sin tener que recurrir a tramposos alardes, que en lo cotidiano y lo sencillo reside lo más complejo y misterioso de nuestra humana identidad. Impactante. 
¿Sangra el abismo? Contracciones de una noche de Pascua (RIL Editores), de Carlos Peinado Elliot, es un libro excepcional, en sentido estricto. Raro en nuestro panorama. Para lectores valientes. Basta con ver el título. La lúcida reseña de la obra que publicó Jordi Doce en La Lectura ("Desde el corazón de las tinieblas") me exime de intentar mi propia lectura. "Si este libro es excesivo, lo es a la manera en que la hipérbole, cuando necesaria, es también significativa", dice Doce.
Pintadas en los baños de los bares (Uja Ed./Universidad de Jaén. Premio "Miguel Hernández"), de Sergio Álvarez Sánchez, es un libro ameno, en el mejor sentido, y fresco, pero en el que la hondura, entreverada, no falta, al revés. Su embosca tras el juego. Si uno tuviera que recurrir a alguien para ejemplificar por dónde van los tiros poéticos (con perdón), recurriría a este hombre. A libros como este, quiero decir, editado de una forma cuando menos curiosa, muy acorde al juguetón, en tanto que irónico, sentido de sus versos. 
No defrauda a sus lectores habituales la última entrega de Arturo Tendero: El principio del vuelo (Páramo). Poesía de la experiencia con destellos luminosos sustentada en el poder de la memoria. En la "querencia al despegue", un procedimiento tan querido por las aves que le permite a uno dejar de depender de la tierra y hacerlo del aire, como leemos en la contracubierta. 
De la claridad es también la poesía de Mario Vega. Publica Digamos que fue ayer (Sonámbulos, prólogo de Alejandro V. Bellido), que ahonda en la poética expresada en su entrega anterior: La mala conciencia. Luis Alberto de Cuenca, maestro de la tendencia de la "línea clara", le relaciona en su nota con sus paisanos asturianos Pablo Núñez y Rodrigo Olay y elogia su poesía comanchera y pop
Para los amantes del campo, nada mejor que leer Nuevas naturalezas (Pre-Textos), de Jon Gerediaga, que traduce él mismo del euskera. Muy potente. De la tierra, sin duda. 
Podría seguir. Hablo sólo de libros que he leído. Otros, que merecerían el elogio (que uno reivindica), siguen esperando su turno en la inestable columna. 

NOTA: La sólida pieza que ilustra esta entrada es de Manolo Valdés

5.2.25

Poemas sin trucos ni trancas

Morábito (Alejandría, 1955), aprendió español en México y en él ha escrito seis libros de poesía: Lotes baldíos, De lunes todo el año, Alguien de lava, Delante de un prado una vaca, A cada cual su cielo y el que comentamos, que rompe su regla de publicar uno por década.
En el cuarto poema explica el título. Lee los créditos finales de una película. “¡Cuántos nombres!”, tantos que no basta una canción. “Y entonces entras tú al relevo, / canción segunda”. Acaso “los relevos, los segundos esfuerzos y en general los reencuentros con lo ya vivido” son “los verdaderos momentos álgidos” de la vida. 
59 poemas sin título acotados en seis partes dan fe del enigma. Fiel a su lema “Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial”, narratividad y naturalidad suman fuerzas para recordar situaciones cotidianas a cada cual más sugestiva. El humor añade su valor al tono. El de la verdadera poesía. La de los besos fallidos; la hormiga espía; las fluviales islas efímeras, como Belvedere; los sueños recurrentes; el que subraya: “de cada página leída te despides”; el plancton de los libros; el desprecio por títulos, epígrafes y dedicatorias: “hay una poesía que se pierde / antes de empezar”; “Ir por el surco libre de la prosa”; las segundas piedras de muros, puentes y casas (las primeras, para las pirámides); los extras de los filmes; lo incomprensible del Espíritu Santo; de lo que hablaron Caín y Abel antes del crimen; la mentira de Troya y el remero de Ulises; Ícaro, aviones y aeropuertos: “Sostenerse en el aire no es volar”; la nadadora de aguas saladas; el cubismo; un calcetín solitario; el epitafio, ese “horóscopo invertido / que predice lo vivido y no el futuro”; un país sin ruido… Créanme, pura delicia.

Canción segunda
Fabio Morabito
Visor Libros, Madrid, 2024. 118 páginas. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

27.1.22

En Alejandría


La primera noticia que tuve del escritor judío nacido en 1951 en Alejandría André Aciman (famoso después por la adaptación al cine de su primera novela Call me by your name -Llámame por tu nombre, Alfagüara, 2018-, película dirigida por Luca Guadagnino que obtuvo el Óscar al 'mejor guion adaptado', obra de James Ivory) fue a través del traductor Xavier Farré. A finales de 2014. Publicó en su blog "La memòria d'un lloc", que era una cita suya. Me gustó mucho y me puse en comunicación con él. Unos días más tarde saqué una entrada en el mío titulada "Memoria de un lugar": «Xavier Farré, poeta catalán residente en Cracovia, (...) publica en su blog unas preciosas palabras del ensayista y narrador de origen sefardí, especialista en Proust, André Aciman. (...) "Escribo sobre un lugar, o sobre la memoria de un lugar. Escribo sobre una ciudad llamada Alejandría que dicen que he tenido que querer, y sobre otras ciudades que me recuerdan un mundo desaparecido al que creo que deseo regresar. Escribo sobre el exilio, el recuerdo, y el paso del tiempo. Escribo -así me lo parece- para reconquistar, para conservar y volver al pasado, aunque puede ser perfectamente que escriba para olvidar y para poner el pasado detrás de mí ".  Alejandría, Tánger, Plasencia...»
En un mensaje posterior, Farré me decía: «Sólo una cosa, André Aciman es ensayista y narrador. A pesar de no haber publicado ningún libro de poesía, sí que es realmente un enorme poeta. Es una lástima que todavía no se haya traducido su Salida de Egipto. Seguramente, voy a seguir poniendo alguna entrada más con citas de Aciman». Esta es anterior, pero elocuente. La tituló "Sobre André Aciman" y en ella escribe: «Tras leer Out of Egipt, de André Aciman, tuve una sensación de euforia, de esa pasión contenida del nuevo descubrimiento». Me ha pasado lo mismo. Su titulo definitivo en español es Lejos de Egipto, ha traducido el libro Celia Filipetto y lo publica Libros del Asteroide. 
Son una suerte de memorias de su infancia y primera adolescencia en la ciudad egipcia de Alejandría. Las de su familia sefardita con raíces turcas e italianas. No suelen gustarme los recuerdos infantiles y en las biografías y las autobiografías, sobre todo, me estomagan con frecuencia esas páginas que leo a regañadientes y deprisa. No es el caso. Desde el principio, la novela (cómo llamar a esto si no) engancha. La galería de personajes que transitan por ella es fabulosa y aquel mundo desaparecido vuelve a brillar con la preciosa luz mediterránea que tuvo. En especial, durante los veranos en Mandara. Fueron pocos años, es verdad (desde los años veinte hasta 1965), pero qué intensos. Por ahí desfila una bisabuela, dos abuelas (la santa y la princesa), el padre y la madre (sorda), los tíos (Elsa, Flora, Vili, Nessim...), vecinos y otros personajes secundarios... La hervaciana vida colegial (tan complicada), las distintas lenguas y culturas mezcladas en una ciudad cosmopolita por excelencia, las costumbre y los ritos... Ya digo, un mundo. Un microcosmos habitable gracias a la prosa de Aciman donde, como comentaba Farré, no falta la poesía. En el capítulo final, por ejemplo. Seis componen esta obra maestra, o eso me parece, que he recomendado a Yolanda. Sé que la disfrutará tanto como yo porque, salvadas todas las distancias, su infancia tangerina (con comunidad sefardita incluida) tiene algunos paralelismos. Dos ciudades, sí, de «las afueras de África», como diría otro alejandrino, Fabio Morábito, del que me he acordado mucho mientras leía este libro memorable que, dice Luis Alemany, es divertido definir como «un poco de Bella del señor, un poco de El cuarteto de Alejandría, un poco de Woody Allen, un poco de Marcel Proust, un poco de Isaac Bashevis Singer...» Según Mercedes Monmany, «unas memorias realmente deliciosas, llenas de comicidad, emoción y hechos extravagantes y geniales». Bien está. 

12.7.11

Más de Morábito

Después de escribir sobre su último libro, puedo añadir y añado que Delante de un prado una vaca será publicado en España por Visor este mismo año. Además, para que la entrada sea del todo triunfal, Juan Carlos Abril ha preparado para la misma editorial madrileña una antología de su obra. Me alegro.

19.12.16

Línea de nieve

Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), profesor, traductor (de Wilde, Coleridge, los románticos ingleses, Auden, Spender, Lewis, Thomas, Owen, Davies o Ashbery), narrador, ensayista y poeta, ha pasado varias veces por este rincón y, sin embargo, nunca me he ocupado por largo de ninguno de sus libros, salvo el que dedicó a la poesía de Edward Thomas, que tradujo, o eso me pareció, ejemplarmente. En una ocasión, por lo que veo, estuve a punto, pero... De hecho publiqué aquí un haiku de Cristal ahumado. Tras Últimos días en Sabinia, Destiempo o Vida y milagros, llega Línea de nieve (Pre-Textos) del que me apetece mucho hablar: me ha gustado.
La cita inicial de Montale sitúa bien la escena: "Sólo esto podemos hoy decirte: / lo que no somos, lo que no queremos" (en versión española de Fabio Morábito). Ese poema de Huesos de sepia que empieza: "No nos pidas la palabra que de par en par exhiba / nuestro ánimo informe y con letra de fuego", y donde, justo antes de los dos versos que Insausti rescata, leemos: "No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte, / sí alguna sílaba torcida y seca como una rama". Sí, esta es la poética que sostiene los poemas de este libro. Elegante, es el adjetivo que acaso mejor le cuadre. Por la forma de decir, sobre todo (luego me referiré a este asunto), pero también por lo que expresa. Hay en él algunas constantes. Vida y cultura se entremezclan. La una lleva a la otra y viceversa. Con toda naturalidad que le cabe al artificio que denominamos literatura. "No ha sucedido nada", leemos en "Crónica" y precisamente eso es lo que sucede y lo que da al cabo en poema. Todo un feliz misterio. Porque algo siempre pasa.
Estamos ante los versos de alguien que observa meticulosamente el mundo, que mira con detenimiento sus detalles (léase "El ansia"), a veces los más ínfimos, casi siempre sencillos: "¿Tal vez el arte / de la elocuencia consista sólo / en sostener esa mirada en vilo, / vivir como extranjero ante las cosas, / dejarlas ser?" De alguien que piensa y duda en voz alta. Fruto de una lección, dice entrecomillado en "Iniciación": "Debes mostrar las cosas, no explicarlas". Y: "Evita lo trivial del reportaje, / un poema ha de ser para el idioma / lo que el cristal para la arena".
El paisaje y la historia son temas reiterados. El de su país, que describe y nombra a partir de lugares concretos donde sitúa vivencias o evoca recuerdos; muy hermosos, por cierto. "Si la memoria es un lugar..." Memoria que le lleva, por ejemplo en la serie "Preludios", a trazar una autobiografía de infancia, adolescencia y primera juventud que, para mi gusto, es una  de las partes más jugosas y logradas de la obra. O a escribir: "Es algo mágico el pasado / y oírlo, una manera de estar vivo. / Será por eso por lo que hoy escribo".
En un momento dado escribe: "Todo país es un destierro". Y muy significativo resulta, en este sentido, "Eutopía". Con todo, es al País Vasco, sin olvidar el terrorismo ("Allí mataron a un civil...", dice su abuelo), el que marca ese paisaje a que aludía, que tan bien se acomoda al tono general del libro. Pero este hombre es un viajero ("T-4", "Isla"), de ahí que Japón, Roma, París, Nueva York o Florencia formen también parte de su imaginario. Algo compatible con "Regreso a Ulzama", uno de los mejores poemas del conjunto.
Dije historia y debía tal vez decir arqueología. Además de "Los arqueólogos", encontramos poemas con títulos como: "Cromlech de Oianleku" (con Oteiza al fondo), "Menhires de Belate", "Dolmen de Jentilarri". Y no son las únicas ruinas que Insausti rescata para la poesía.
El paso del tiempo ("El tiempo es más la herida que la cura") es otra constante: "vivir es diciendo adiós a cuanto pasa, / soñar un absurdo y dejarlo para luego". Léase "Meditación en el spa".
Se preguntaba Rilke: "¿Debo escribir?" A esa cuestión vuelve una y otra vez nuestro poeta, de suerte que todo el libro está recorrido por una pulsión metapoética, de indagación sobre el mismo hecho de escribir. "En la verdad del mundo ha de leerse / la mentira piadosa de un poema", dice. En "Autocensura" con mayor claridad.
En lo que al lenguaje respecta, diremos que es impecable. Sí, puede que hasta peque a veces de virtuosismo. Pero es elegante, en su más noble y elevado sentido. Como el ritmo, que se apoya con frecuencia en el endecasílabo. Los encabalgamientos están muy conseguidos (hay poemas que gracias al recurso parecen "nerviosos") y cuando toca la ironía o el humor, claves en la obra, no le hace ascos a la rima, algo muy propio de la poesía inglesa, que tan bien conoce (y traduce: en "Entierro en Ormáiztegui" he escuchado a Auden), y de la española: en algunos poemas rimados (y con sorna) ha oído uno ecos de Jon Juaristi, aunque sea de Bilbao. Paradigma de esa forma de proceder, "La estatua de Mao en Kashgan".
Otro rasgo significativo es el uso de palabras de otras lenguas en los poemas: en vasco, italiano, inglés ("Amanecer en Wall Street")... Esto le da, qué duda cabe, un aire cosmopolita muy adecuado, en absoluto disonante.
Podría señalar numerosos poemas que dan al libro el carácter emocionante que le define. Destacaré, pongo por caso, "Bruto a Ovidio" (a pesar de ciertas contemporaneidades): "Es triste, sí, no ver la luz de Roma / pero es tal vez más triste, Publio amigo, / vivir hecho un extraño entre los tuyos". Logrados están los haikus de "Otoño": "Junto al sendero, / Hokusai ha pintado / de rojo un arce". Como el extenso "Chiesa Santa Croce", con Dante de protagonista (y versos de La divina comedia entre lo suyos), concebido a partir de la noticia de que el ayuntamiento florentino revocaba, siglos después, su destierro de la ciudad, una condena a muerte. Termina: "ser es una excepción, no ser la norma". O el breve "Exigencias" (que se puede leer en la página web de la editorial). O, en fin, y amén de todos los nombrados, "Cicatrices": "En toda cicatriz hay una huella".
Termino con los versos finales del libro, del aludido "Autocensura": "Al fin y al cabo / la verdad, en rigor, se calla en verso / y oírla es una cosa que les toca a Uds."  Ya saben.