Ya he contado alguna vez cómo
descubrí la poesía de Fabio Morábito, el poeta mexicano de origen italiano
nacido en Alejandría (1955), gracias a la antología de Ramón Cote, Diez de
ultramar; un libro importante en mi memoria de lector, gracias al cual me
inicié en las obras de poetas hispanoamericanos importantes, a mi modo de leer,
como José Luis Rivas, Alberto Blanco o William Ospina.11.1.13
LA POESÍA NÓMADA DE FABIO MORÁBITO
Ya he contado alguna vez cómo
descubrí la poesía de Fabio Morábito, el poeta mexicano de origen italiano
nacido en Alejandría (1955), gracias a la antología de Ramón Cote, Diez de
ultramar; un libro importante en mi memoria de lector, gracias al cual me
inicié en las obras de poetas hispanoamericanos importantes, a mi modo de leer,
como José Luis Rivas, Alberto Blanco o William Ospina.4.7.11
Morábito
Recordaba en Babelia Benjamín Prado que para Auden todo poema moderno ha de ser narrativo. Es el caso. También el sábado hacía alusión Raúl Rivero, en su colaboración semanal de El Mundo, a la narratividad poética de FM, en un texto donde, entre otras cosas, confesaba: "Creo en la poesía de Morábito".
Lo cotidiano elevado a categoría está en la base de sus versos. Alguien mira lo que pasa delante de sus ojos con la perplejidad y el asombro del que parece verlo todo por primera vez. O como si lo que ve fuera, en lugar de normal, extraordinario. Ahí radica la principal virtud de esta poesía que, toda evidencia y claridad, es puro misterio. El exceso de luz puede producir, de hecho produce, una extrañeza que es incapaz de provocar lo oscuro. Lo simple nos deja aquí más sorprendidos que lo complicado. Si algo se puede destacar de Morábito es su capacidad para lo inquietante. Basta leer "Ícaro" o "Llamada nocturna" para comprobarlo. Por cierto, dos poemas con título en un libro donde éstos brillan por su ausencia.
¿La clave? Ya se dijo. Nada nuevo: se funda en la mirada. "Porque esto es ver: criaturas y no cosas".
En la última parte de Delante de un prado... FM reúne una serie de poemas sobre la poesía. Nada metapoéticos, por cierto. "Como delante de un prado una vaca / que inclina mansamente la cabeza / y sólo la levanta para contemplar su suerte, / o una ballena estacionada justo / en la corriente de una migración de plancton, / a veces me sorprendo estático / y hundido, estacionado / en medio del gran prado del lenguaje. / Pero no tengo dos estómagos". A falta de ellos, Morábito afirma: "Por eso escribo: para recobrar / del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago / en la especie".
No faltan en el libro algunos ingredientes habituales de Morábito: el humor, por ejemplo. En "Si alguien se pierde de improviso" o "Siempre me piden poemas inéditos", sin ir más lejos. O las referencias a la familia, algo del todo natural en alguien que es hijo de emigrantes y emigrante al fin y al cabo él mismo. Y ya ahí, esa curiosa su obsesión, presente en más de un poema, por la noción de hijo único (su caso al parecer) o, más exactamente, de padre de hijo único: "un padre se hace padre con dos hijos". "Se es padre sólo a corazón partido".
Toda la obra está llena de ventanas. Ventanas que se abren a los distintos mundos que componen el suyo: cosmopolita, pero íntimo; de todos, pero propio. "Ser como tú, querida Emily, / o como Antonio Porchia, / otro poeta en su jardín, / otro muy solo entre las flores".
En el artículo antes citado dije algo que puede servir otra vez de colofón a este breve comentario: "Así la poesía frágil y luminosa de Fabio Morábito, su lección de sencilla complejidad que nos ayuda a interpretar la complicada simpleza del mundo". Un gusto.
22.4.22
El cielo es solo cielo
6.10.21
Morábito y Frayre
Rescata Igor Barreto una entrevista con el mexicano Fabio Morábito, del que hablamos aquí a finales de junio, a propósito del Premio Xavier Villaurrutia que ganó en 2018 con su novela El lector a domicilio (Sexto Piso). Allí, Mónica Maristain, la editora del medio que la publica, le comenta: "Los escritores dicen que quieren ser poetas", y él responde: "Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad".
19.4.17
Morábito dixit
Al final de la conversación, dos preguntas relacionadas con la poesía.
Como poeta, dice De Eusebio, ¿cuál cree que es el interés de la sociedad, de las administraciones públicas y de las asociaciones culturales por la poesía? Según Morábito, "La poesía tiene el prestigio que tiene toda actividad secreta, inútil e incomprensible. Si no fuera tan incomprensible para la mayoría, no tendría prestigio y los poetas no viajaríamos como viajamos. Una amiga mía poeta solía repetir: «Escribir poemas no me ha hecho rica, pero cómo me ha hecho viajar». Y también viajar es una forma de riqueza. La poesía «viste» a cualquier iniciativa cultural. Ay, de aquel funcionario cultural que se olvide de la poesía. Pobre, inofensiva, tediosa para el gran público, la poesía sin embargo es insoslayable. Se trata, pues, de un gran malentendido. Hago votos para que siga siendo eso, un malentendido, un enigma para la inmensa mayoría de la población. Eso garantizará, en lo oscuro, su permanencia".
Después, la periodista pregunta: ¿Qué papel podrían y deberían desempeñar las escuelas para acercarnos a la poesía?. A lo que el autor de Lotes baldíos responde: "Enseñarnos dónde está la poesía, y mostrarnos dónde puede aparecer: en un refrán ingenioso, en la letra de un bolero o de un tango, en la gracia de un chiste bien contado, en la escena de una película que te corta el aliento. Enseñarnos que la poesía existe, que no es un espejismo. Unos cuantos, después, la buscarán en los poemas, se harán lectores de poesía, y serán una minoría. ¿Qué importa? La escuela, antes que nada, debería enseñarnos que la poesía existe".
23.6.21
Fabio Morábito dixit
"Procuro ser muy claro y, dentro de lo posible y dentro de la poesía, muy coherente. No me gusta crear falsas incertidumbres o crear vaguedades. Siempre lucho por la palabra más adherente a la emoción que trato de expresar. Es una lucha sin fin y muchas veces sin éxito porque es difícil aprehender con palabras ciertas sensaciones y percepciones que son muy lisas y efímeras por naturaleza. Procuro que el poema juegue limpio con el lector, que diga las cosas que tiene que decir y no se encamine hacia un falso misterio. Desde ese estilo que trata de ser muy riguroso uno puede asomarse frente a lo completo y lo incompleto, tanto a lo abstracto como a lo concreto".
"El nómada siempre deja atrás lugares que fueron cruciales y fundamentales en su vida y tiene la sensación de que por más que se mueva nunca va a llegar a la tierra prometida. La imagen del departamento también es de fragilidad, porque convives con otras personas que están más allá del muro, más allá del techo, del piso, y eso te da una sensación de extrema fragilidad, de fugacidad. Y una lengua aprendida, por más que la aprendas, jamás va a sustituir tu lengua materna. La lengua materna se te da como un regalo y en ese sentido es más sólida que una lengua que tuviste que hacer el esfuerzo de aprender y nunca está totalmente adquirida, la estás aprendiendo todos los días, con la sensación de algo frágil que se te puede ir en cualquier momento".
"No puedo ser prolífico en el sentido de publicar mucho. Cultivo la prosa que es tan importante como la poesía. La consecuencia de eso es que no puedo escribir poesía todo el tiempo, lo cual agradezco porque creo que no sería, por lo menos en mi caso, muy sano. Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial, es mucho más natural la narración, porque se acerca más a nuestro modo de hablar y de pensar. La poesía siempre crea un laboratorio extraño para el lenguaje. Alguien que escriba poesía todo el tiempo, que lea todo el tiempo poesía se puede volver loco o simplemente desgastar sus herramientas. Y la prosa es, como decía Montale, el gran secreto fertilizante de la poesía. Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía. Cuando alterno estas dos, prosa y poesía, no soy ni un cuentista prolífico, ni un prosista prolífico ni una poeta prolífico".
"El tema de la lentitud es un poco vago. La poesía es velocidad pura porque te permite saltar una cantidad de nexos y de explicaciones que la prosa debe tener y la poesía se salta olímpicamente. En ese sentido la poesía es un género súper veloz, me gusta más esa interpretación que la de lentitud, que siempre viene acompañada de cierta idea de nobleza, de lo lento como sinónimo de un sentir más humano acerca de los demás, lo cual está bien pero puede significar muchas cosas. La mía es una mirada obsesiva, de laboratorio, que se mete y quita capas de algo que nunca se encuentra, pero lo importante es el viaje, el proceso".
Nota: Como precisa Balam, "a un ritmo de uno por década, la poesía de Morábito está contenida en Lotes baldíos (1984, FCE), De lunes todo el año (1992, Joaquín Mortiz), Alguien de lava (2002, Era) –estos tres reunidos en un solo volumen por el FCE en La ola que regresa (2013)–, Delante de un prado una vaca (2011, Era) y A cada quien su cielo (todavía inédito en español y que aparecerá en Francia bajo el sello Les Éditions du Seuil durante 2021 con el título de A chacun son ciel)". Además es autor de distintas obras narrativas y ensayísticas.
22.4.12
Una antología de Morábito
Pertenecen a sus libros Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) y Delante de un prado una vaca (2011).
La edición ha corrido a cargo de Juan Carlos Abril, quien desbroza de manera adecuada la sinuosa senda marcada por este poeta tan parco como fundamental.
Según Antonio Deltoro, "Si se puede hablar de poesía horizontal, como lo creo, la de Morábito establecería una confraternidad laica e incluso atea con las cosas, tal parece que para ella no hay cosas más importantes que otras, que lo sagrado puede ser lo provisional y estar a ras de suelo".
La selecta bibliografía que añade Abril a su prólogo demuestra a las claras que su obra es poco conocida en España, algo que esta antología, no me cabe duda, vendrá a solventar.
Para muestra, un poema. Pertenece a su segundo libro y se titula "Época de crisis". Dice:
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
"Mi beso, por favor,
si es tan amable".
"Se lo guardé en papel periódico".
Un edificio tiene
su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes
se disuelve,
el techo, el piso, todo
se hace cóncavo,
es cuando huyen los jóvenes,
le dan la vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis,
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.
(Nota: La imagen pertenece al cuadro Ventanas encendidas, de E. Hopper, que ilustra la cubierta de la antología de Visor)
19.5.21
El subrayador, de Fabio Morábito
Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura. Ha subrayado libros desde la adolescencia y son pocos los que se han salvado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por observar los estantes de su biblioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tantos subrayados que encierran. Representan una biblioteca dentro de otra, que ha ido creando con esfuerzo. No ha vacilado nunca a la hora de poner un subrayado. En tantas cosas ha sido tibio y negligente, pero no en esto. Aun cuando ha tenido el ánimo por los suelos, ante una frase o un pasaje notables se ha puesto religiosamente de pie para buscar un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se levante, se habrá acabado todo. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innumerables sacrificios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus subrayados, de diez a veinte minutos de una lectura intensa y selectiva. Ha llegado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuelvan parte de aquello que él les dispensó a lo largo de tantos años de lectura. Le ofrecen sus subrayados, haciéndose ellos mismos a un lado. Al repasar esos surcos dejados por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una preciosa savia de conocimiento, sino que profundiza en su introspección, pues no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo, uno se descubre sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados, en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido.
31.10.06
Montale por Morábito
30.10.21
Algunas sorpresas poéticas recientes
9.5.13
Casi
A uno, por ponerse estupendo, le recuerda, a debida distancia, la de un Fabio Morábito. Por el tono, que aquí es forma. Del poeta mexicano, pongo por caso (so pena de que RM no lo haya leído), y de algunos vates españoles de las últimas hornadas que se rastrean a través de las citas y las dedicatorias: Javier Rodríguez Marcos (al que dedica "Frágil", título de un libro del poeta extremeño), Juan Antonio González Iglesias (al que veo detrás del divertido "Nacimiento" donde Louganis, el saltador de trampolín, aparece como artista invitado), Abraham Gragera (tengo sus dos libros publicados encima de la mesa), Josep Maria Rodríguez, Luis Muñoz (otra referencia clave)...
En un texto que publica la revista Sibila, Hugo Mujica, al que Manzuco dedica el mencionado poema "Corto", escribe: "la palabra 'casi', es decir, un ya pero no aún, un poco menos que, un aproximadamente, un por poco pero... Casi: tensión y vilo". Sí, eso y más es este libro; el de un "Poeta, no escritor" ("Autorretrato") que me parece que tiene las cosas claras, a pesar de su juventud, un territorio proclive a las indefiniciones.
Tomo nota. No es mal comienzo. Manzuco (apellido inédito, según creo, en las letras hispánicas) pasa a formar parte de la extensa, prodigiosa lista de poetas cordobeses de todos los tiempos. Algo ha de tener esa ciudad para dar tantos y tan buenos versos. Una tradición, o casi.
7.5.15
Mareo en Tánger
3.6.22
Dichosos libros
5.2.25
Poemas sin trucos ni trancas
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.
27.1.22
En Alejandría
12.7.11
Más de Morábito
19.12.16
Línea de nieve
La cita inicial de Montale sitúa bien la escena: "Sólo esto podemos hoy decirte: / lo que no somos, lo que no queremos" (en versión española de Fabio Morábito). Ese poema de Huesos de sepia que empieza: "No nos pidas la palabra que de par en par exhiba / nuestro ánimo informe y con letra de fuego", y donde, justo antes de los dos versos que Insausti rescata, leemos: "No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte, / sí alguna sílaba torcida y seca como una rama". Sí, esta es la poética que sostiene los poemas de este libro. Elegante, es el adjetivo que acaso mejor le cuadre. Por la forma de decir, sobre todo (luego me referiré a este asunto), pero también por lo que expresa. Hay en él algunas constantes. Vida y cultura se entremezclan. La una lleva a la otra y viceversa. Con toda naturalidad que le cabe al artificio que denominamos literatura. "No ha sucedido nada", leemos en "Crónica" y precisamente eso es lo que sucede y lo que da al cabo en poema. Todo un feliz misterio. Porque algo siempre pasa.
Estamos ante los versos de alguien que observa meticulosamente el mundo, que mira con detenimiento sus detalles (léase "El ansia"), a veces los más ínfimos, casi siempre sencillos: "¿Tal vez el arte / de la elocuencia consista sólo / en sostener esa mirada en vilo, / vivir como extranjero ante las cosas, / dejarlas ser?" De alguien que piensa y duda en voz alta. Fruto de una lección, dice entrecomillado en "Iniciación": "Debes mostrar las cosas, no explicarlas". Y: "Evita lo trivial del reportaje, / un poema ha de ser para el idioma / lo que el cristal para la arena".
El paisaje y la historia son temas reiterados. El de su país, que describe y nombra a partir de lugares concretos donde sitúa vivencias o evoca recuerdos; muy hermosos, por cierto. "Si la memoria es un lugar..." Memoria que le lleva, por ejemplo en la serie "Preludios", a trazar una autobiografía de infancia, adolescencia y primera juventud que, para mi gusto, es una de las partes más jugosas y logradas de la obra. O a escribir: "Es algo mágico el pasado / y oírlo, una manera de estar vivo. / Será por eso por lo que hoy escribo".
En un momento dado escribe: "Todo país es un destierro". Y muy significativo resulta, en este sentido, "Eutopía". Con todo, es al País Vasco, sin olvidar el terrorismo ("Allí mataron a un civil...", dice su abuelo), el que marca ese paisaje a que aludía, que tan bien se acomoda al tono general del libro. Pero este hombre es un viajero ("T-4", "Isla"), de ahí que Japón, Roma, París, Nueva York o Florencia formen también parte de su imaginario. Algo compatible con "Regreso a Ulzama", uno de los mejores poemas del conjunto.
Dije historia y debía tal vez decir arqueología. Además de "Los arqueólogos", encontramos poemas con títulos como: "Cromlech de Oianleku" (con Oteiza al fondo), "Menhires de Belate", "Dolmen de Jentilarri". Y no son las únicas ruinas que Insausti rescata para la poesía.
El paso del tiempo ("El tiempo es más la herida que la cura") es otra constante: "vivir es diciendo adiós a cuanto pasa, / soñar un absurdo y dejarlo para luego". Léase "Meditación en el spa".
Se preguntaba Rilke: "¿Debo escribir?" A esa cuestión vuelve una y otra vez nuestro poeta, de suerte que todo el libro está recorrido por una pulsión metapoética, de indagación sobre el mismo hecho de escribir. "En la verdad del mundo ha de leerse / la mentira piadosa de un poema", dice. En "Autocensura" con mayor claridad.
En lo que al lenguaje respecta, diremos que es impecable. Sí, puede que hasta peque a veces de virtuosismo. Pero es elegante, en su más noble y elevado sentido. Como el ritmo, que se apoya con frecuencia en el endecasílabo. Los encabalgamientos están muy conseguidos (hay poemas que gracias al recurso parecen "nerviosos") y cuando toca la ironía o el humor, claves en la obra, no le hace ascos a la rima, algo muy propio de la poesía inglesa, que tan bien conoce (y traduce: en "Entierro en Ormáiztegui" he escuchado a Auden), y de la española: en algunos poemas rimados (y con sorna) ha oído uno ecos de Jon Juaristi, aunque sea de Bilbao. Paradigma de esa forma de proceder, "La estatua de Mao en Kashgan".
Otro rasgo significativo es el uso de palabras de otras lenguas en los poemas: en vasco, italiano, inglés ("Amanecer en Wall Street")... Esto le da, qué duda cabe, un aire cosmopolita muy adecuado, en absoluto disonante.
Podría señalar numerosos poemas que dan al libro el carácter emocionante que le define. Destacaré, pongo por caso, "Bruto a Ovidio" (a pesar de ciertas contemporaneidades): "Es triste, sí, no ver la luz de Roma / pero es tal vez más triste, Publio amigo, / vivir hecho un extraño entre los tuyos". Logrados están los haikus de "Otoño": "Junto al sendero, / Hokusai ha pintado / de rojo un arce". Como el extenso "Chiesa Santa Croce", con Dante de protagonista (y versos de La divina comedia entre lo suyos), concebido a partir de la noticia de que el ayuntamiento florentino revocaba, siglos después, su destierro de la ciudad, una condena a muerte. Termina: "ser es una excepción, no ser la norma". O el breve "Exigencias" (que se puede leer en la página web de la editorial). O, en fin, y amén de todos los nombrados, "Cicatrices": "En toda cicatriz hay una huella".
Termino con los versos finales del libro, del aludido "Autocensura": "Al fin y al cabo / la verdad, en rigor, se calla en verso / y oírla es una cosa que les toca a Uds." Ya saben.













