25.8.11

Montejo revisitado

© Gorka Lejarcegui, El País



















En la incómoda y algo tortuosa sección de poesía de La Casa del Libro de la Gran Vía madrileña encontré a finales de julio Geometría de las horas. Una lección antológica. El libro, editado por la Universidad Veracruzana, se publicó en 2007 y surge de un encargo del también poeta José Luis Rivas, entonces director del citado sello, al ensayista, profesor y poeta Adolfo Castañón con motivo de la entrega del premio Octavio Paz al escritor venezolano. Montejo murió apenas un año después.
Castañón ha llevado a cabo un trabajo magnífico. Pocos libros más recomendables para iniciarse en una de las poéticas más hermosas y necesarias del panorama hispano del fin de siglo. A uno, que lleva años frecuentando sus poemas, el libro me ha dado no pocas satisfacciones. Para empezar, porque al excelente y centrado prólogo del editor y a la impecable selección de poemas de todos sus libros (los últimos, no se olvide, publicados en España por Renacimiento y Pre-Textos) se le suman poemas y prosas de sus poetas heterónimos (Tomas Linden, Lino Cervantes y Blas Coll), una colección de ensayos sobre autores como Ramos Sucre, Pellicer, A. Machado, Eliseo Diego (muy emocionante), Rossi, Borges, Paz o Drummond de Andrade, un conjunto de "palabras y discursos", algunos textos sobre artes plásticas, unas cuantas entrevistas fundamentales y, tras tres breves textos de Gustavo Guerrero sobre su poesía, una completa bibliografía y una exhaustiva cronología. Como se ve, no se puede pedir más.
Montejo nos dejó antes de tiempo. Por lo leído en esta "lección antológica", no antes de demostrar sobradamente su condición de poeta. Para sus antepasados precolombinos, éste era alguien que, al hablar, hacía que las cosas se pusieran de pie. Él lo consiguió. Y así siguen.

Notas: Al hilo de este comentario, recomiendo la lectura del ensayo "Poesía y naturaleza", de Juan Carlos Marset, publicado en el número 33 de la revista Sibila (Sevilla, abril de 2010) y dedicado a la obra del autor de Terredad.

24.8.11

Ciudad, ciudades

Álex Chico publica en la página web de DVD un homenaje a Julien Green titulado "Ciudad del hombre: París" (otro homenaje: a Fonollosa). Once calles y una misma obsesión.

Revistas

Jordi Doce me mandó hace unos días una fotocopia con un estupendo texto suyo sobre Czeslaw Milosz ("C. M.: materialismo del creyente"), publicado en la benemérita Revista de Occidente (nº 362-363, julio-agosto de 2011). En la última página aparecía el inicio de una entrevista de Josep Maria de Sagarra Ángel (supongo que pertenece a la conocida estirpe literaria catalana) con Adam Zagajewski. Leí la entradilla y me apetecía seguir. Dicho y hecho. En compañía de Gonzalo, como conté antes de ayer, fui a la biblioteca municipal donde encontré el ejemplar en cuestión. Mereció la pena el paseo. La conversación es larga y amena y está llena de interés para un confeso y fervoroso seguidor del poeta polaco de Lwów. Para colmo de bienes, se incluye al final una pequeña antología con poemas traducidos por Elzbieta Bortkiewicz, Xavier Farré y el propio Sagarra. Lo mejor: que ya se anuncia la versión española de Mano invisible, su último libro, a cargo de Farré. En Acantilado, según costumbre.
También buscaba otro artículo, éste en Revista de Libros, y también lo hallé. ¡Menuda biblioteca tenemos! Se trata de "Naufragios varios", de Pedro Serrano, donde el profesor, crítico, traductor y poeta mexicano analiza, ahí es nada, las siguientes antologías poéticas: 20 AÑOS DE POESÍA. NUEVOS TEXTOS SAGRADOS (1989-2009), Andrés Soria Olmedo, Tusquets; LAS MORADAS DEL VERBO. POETAS ESPAÑOLES DE LA DEMOCRACIA, Ángel L. Prieto de Paula, Calambur; NUESTRA POESÍA EN EL TIEMPO, Antonio Colinas, Siruela; EL OTRO MEDIO SIGLO. ANTOLOGÍA INCOMPLETA DE POESÍA IBEROAMERICANA, Antonio Domínguez Rey, Espiral Maior; MIL AÑOS DE POESÍA EUROPEA, Rosa Lentini y Francisco Rico, Planeta y AVANTI. POETAS ESPAÑOLES DE ENTRESIGLOS XX-XXI, Pablo Luque, Olifante. No hace falta decir que la reseña, minuciosa e inteligente, es de sumo interés.

23.8.11

“Estudios de la luz”, de Pablo Anadón

A la librería Manuel de Falla, en la gaditana Plaza de Mina, me llevó la primera vez Fernando Pérez en un agosto inolvidable de hace años. Allí compré este libro del poeta argentino Pablo Anadón publicado en 2010 por Pre-Textos en su preciosa colección La Cruz del Sur. Apenas comencé a leer, me encontré con poemas conocidos. Qué extraño, dije. Hasta que di con “El ruido de la segadora”, trasvasado aquí hace poco desde el mexicano Periódico de Poesía (ya está en la red, por cierto, el nuevo número) en su condición de inédito. O eso creía. En fin, todo normal: el ritmo de las revistas literarias suele ser muy suyo. Supongo, además, que un libro publicado en España no es garantía de nada, o de casi nada, en el ámbito literario hispanoamericano, por muy buena que sea la distribución de la editorial correspondiente. Yendo a lo que importa, el libro, podemos decir que sus poemas, no muchos, giran en torno al tema de la luz, algo más que una metáfora; un asunto que, contra lo que pudiera parecer, a uno se le antoja más metafísico que real, más abstracto que concreto, pero que a la vista de los versos de Anadón  puede que sea, de hecho es, todo lo contrario. Un puñado de versos, digámoslo ya, excelentes. “Conversación”, sin ir más lejos, es uno de los poemas de amor más hermoso que uno haya leído nunca.
De amor, y de desamor, se habla en Estudios de la luz y también de otras cosas no menos cotidianas y, por eso, iluminadoras o asombrosas. Objetos, situaciones, paisajes, recuerdos que le sirven a Anadón para dar a luz una poesía deslumbrante por su claridad y profunda por su sencillez. Qué placer para el lector conversar con él en su casa (“Yo he tenido una casa / Una mujer amada y unos hijos”), al lado de una taza (azul) de café (preparado en la vieja cafetera italiana) o junto al río de los sauces (que uno podría llamar también río Jerte).
Ni las mayúsculas que inauguran tipográficamente los versos ni los muy particulares sonetos que incluye el libro (pero sonetos) han evitado que uno disfrute de esta obra, a pesar de su brevedad y su tono, mayor, aunque eso fuera lo último que se propusiera al escribirla el “viejo poeta oriental” Pablo Anadón. Seguiremos leyendo.

22.8.11

"Conversación"

Aunque hasta septiembre no empezará a distribuirse, ya tengo aquí al lado  Conversación, el nuevo libro de Gonzalo Hidalgo Bayal. Lo sé: soy un tipo con suerte. Nada más llegar de Conil le pregunté si lo había recibido y me dijo que el editor Cerezo le había enviado a Madrid algunos ejemplares a finales de julio. Una cosa llevó a la otra y esta mañana hemos quedado en el Alfonso para el emocionante intercambio. Una alegría. El libro ha quedado precioso con su café vienés en la cubierta, su tipo de letra generoso, los márgenes amplios, sin puntos y aparte y, cómo no, con su misteriosa errata y todo. Sólo falta leerlo. Poco a poco, para que dure.
Por si eso no fuera bastante, y por celebrar el título, hemos echado la mañana conversando. Como en los mejores tiempos, cuando él era un profesor de instituto recién casado y uno un maestro soltero que le visitaba una mañana a la semana en su casa. Como entonces, prefiero escuchar.
Desde el hotel nos hemos acercado a la biblioteca y luego al Torero a tomar algo. Después le he acompañado hasta la Puerta del Sol. Muy ufano de pasear por las calles del pueblo su libro y nuestra vieja amistad.

"Los ingrávidos", de Valeria Luiselli

Un sábado por la mañana, en El Quijote, tuve en las manos Papeles falsos, el primer libro de Valeria Luiselli. Lo recuerdo bien. No la conocía de nada. Me gustó el libro por fuera, publicado por Sexto Piso. También, una vez hojeado, por dentro. Era peculiar, sin duda. Al final lo dejé pasar y me quedé sin él. Después de leer Los ingrávidos, la primera novela de la joven Luiselli, volveré a buscarlo. Esta vez, debidamente informado, fui a tiro hecho. Entré en Quorum, la librería gaditana de la Calle Ancha, y pregunté por  el libro. Por suerte, estaba allí.
Escrita de manera breve y fragmentaria, como casi toda la literatura hispanoamericana de ahora, VL cuenta al mismo tiempo al menos dos historias -cada una con su voz- que al final se resuelven en una. Misterios de la narrativa. La de los últimos días en Nueva York del poeta y diplomático mexicano Gilberto Owen y la de una mujer de la misma nacionalidad, como la autora, que trabaja en esa misma ciudad y que, mientras escribe la novela vive con su marido y sus dos hijos: el mediano y la bebé.
Lo que empieza siendo un libro donde, quizás a la moda, lo ensayístico se mezcla con la memoria personal, la crónica con la ficción (por usar el rótulo de las próximas Conversaciones Literarias de Formentor), acaba resultando una novela muy bien tramada y mejor resuelta.
Como ha dicho otro novelista en alza, contemporáneo de Luiselli, el chileno Zambra, "En las páginas de este libro prevalece una incertidumbre plena y preciosa". También alude a personajes "locos o tristes" que, por seguir con su impresión, se pueden confundir, en efecto, con cualquiera de nosotros.
Owen piensa que en toda existencia hay muchas muertes. Él, que se ahogaba en alcohol, moría cada poco, a diario, y sus sucesivos fantasmas (también en una existencia hay muchas vidas) eran capaces de ver a otros: el de Ezra Pound en el metro, por ejemplo. En sus resurrecciones, seguía bebiendo, amaba a su manera, visitaba a sus hijos (cuando su ex le dejaba), cuidaba a sus gatos, emprendía, digamos, aventuras literarias con Zukofsky o Federico (G. Lorca), con quien coincide en el Harlem de finales del 20, la década que termina con el primer crac, y se iba quedando ciego.
No es esta, en fin, una novela para destripar sino una novela para leer con el debido detenimiento. Llena de matices y de múltiples lecturas, de reflexiones sobre las vidas de papel y sobre las de carne y hueso, no dejará indiferente a ningún lector. Para bien.

21.8.11

Manguel "dixit"

"(...) Los estragos causados por los conglomerados editoriales y las vastas cadenas de librerías, intentos en convertir al libro en fugaz producto de consumo, han imposibilitado el reconocimiento de auténticos talentos literarios, y han condenado a los lectores de la patria de Faulkner a los minúsculos méritos de un Jonathan Franzen o a las obscenidades de un Brett Easton Ellis. Talleres de escritura que reducen la novela a supuestas fórmulas mágicas, editors que podan y maquillan los manuscritos según el gusto comercial del momento, distribuidores analfabetos que deciden qué libros merecen ser publicitados y cuáles no, suplementos literarios cada vez más breves y más necios, han hecho que la literatura norteamericana sea hoy la más vendida y la más traducida en el mundo entero, y también la menos interesante y la más efímera.
Afortunadamente, la literatura descree de apegos nacionales, y a veces sucede que un escritor ignorado en su tierra natal sea reconocido en el extranjero. Francia, a través de Baudelaire, reveló los méritos de Edgar Allan Poe, Alemania los de Cees Nooteboom, Argentina los de Calvino, Italia los de Sándor Márai". 
Nota: Traigo aqui este fragmento de una reseña de Alberto Manguel titulada "En busca del éxito a través de una novela vergonzosa" (y publicada ayer en Babelia, El País) porque tienen mucho que ver con unas recientes alusiones al crítico vertidas en este blog. A buen entendedor...

20.8.11

Reseña de "Último naipe"

No es muy extensa, pero la firma uno de los mejores estudiosos y críticos de poesía del país. En El País, claro.

Otro libro de Pablo Moreno

En la visita obligada al centro comercial Bahía Sur de San Fernando suelo refugiarme, del calor y de las compras, en la librería de El Corte Inglés. Su sección de poesía, como todas, ya no es lo que era; con todo, algo encuentro siempre. En este caso un librito de Adonais (sin tilde, Pureza), Discurso de la ceniza (un título muy adonístico), de Pablo Moreno, autor de Lauda, que tanto me sorprendió. Lo leí del tirón en una terraza de Cádiz, enfrente del ayuntamiento, a favor de los vientos de poniente y muy cerca del uno de los muelles del puerto donde, por cierto, estaba atracado un barco con matrícula de Tánger.
No me decepcionó el tercer libro de Moreno, aunque reconozco que no llegó a sorprenderme tanto como el mencionado Lauda. Poco importa eso. A veces, con independencia de la calidad de la obra, nos quedamos con el primer libro que leímos de tal o cual autor. Es una teoría que sostiene GHB, que suele citar algunos títulos de Landero para justificar el caso. Quien prefiere, dice él, El guitarrista o Retrato de un hombre inmaduro a la famosa Juegos de la edad tardía simplemente porque fue la primera novela que leyó del de Alburquerque. Lo que importa es que el libro, se titule como se titule y haga el número que haga, sea eso: un buen libro. Y el de Moreno lo es. Y basta.

19.8.11

Manguel conversa

No sale muy bien parado Alberto Manguel en el libro recién comentado de Miguel Sánchez-Ostiz. Ve en él a un personaje contradictorio por mor de esa "esquizofrenia" entre ir en contra la industria del libro ("La idea más nociva que conozco es la del libro como industria") y, en tanto crítico de un gran medio, favorecerla acaso sin remedio. Como quiera que sea, se esté de acuerdo o no, uno ha leído con gusto Conversaciones con un amigo (Páginas de Espuma).  Manguel es todo menos un tipo aburrido y su vida es, al menos para alguien tan lugareño como yo, digna de una  insana  envidia cosmopolita. El "amigo" es el editor Claude Rouquet y entre los dos dan un moroso repaso a esa agitada existencia del escritor (por Argentina, Israel, Francia, Inglaterra, Tahití, Canadá y, por fin, Mondion, La Casa, de nuevo en Francia) y crítico que, para uno y para muchos, siempre será, ante todo, el autor de Una historia de la lectura. Son muchas las perlas que deja caer Manguel a lo largo de la conversación. En el cuaderno de hule han quedado anotadas no pocas. Por ejemplo, "ser consciente significa ser lector"; "todo lector es, por naturaleza, un antólogo"; "la gran literatura sólo puede ser ambigua"; "la duda es, justamente, el lugar del pensamiento"; "el poder del lector -leer el mundo con las palabras de otro".
Mencioné antes la palabra perlas y bien estará señalar que en un momento de la charla le confiesa a Rouquet que lleva más de cien páginas de una nueva novela. Su título: La perla de Extremadura.

18.8.11

Podómetro

Estaba deseando dar mi paseo habitual por las orillas del río Jerte para saber cuántos pasos me costaba (un decir). 10.731 marca el podómetro que me regalaron mi hija y su novio por culpa de mi reciente cumpleaños. Vamos, 5,36 humildes kilómetros, según el mismo aparatino. Ayer di el paseo más largo, hasta la presa, y marcó 16.390 pasos. Con el paso a 50 cm., 8 kilómetros y pico. Se me hace poco, pero... Seguimos caminando.

"Vivir de buena gana", de Miguel Sánchez-Ostiz

Ya traje aquí hace unos meses los diarios de Miguel Sánchez-Ostiz, una lectura recurrente en mi vida. Poco después de aquello salió un nuevo tomo que, deliberadamente, dejé para el verano. Para Conil, en concreto. Allí, entre levante y poniente, entre nieblas y veras, entre playa y piscina, he dado buena cuenta de Vivir de buena gana (Alberdania), un título, ya se ve, que no engaña, como MS-O. Dentro, un poco lo de siempre. La religión y la política (qué oportunas reflexiones para estos días, para estos años) que, según él, andan a la par en una derecha, la española, incapaz de llevar a cabo una ideología propia (o europea) desligada del catolicismo y de la Iglesia; la interminable Guerra Civil y sus tristes secuelas, tan de actualidad también, mal que nos pese;  ETA y lo vasco, otro problema por resolver; la ciudad natal, Pamplona, odi et amo, y, al fondo, la cita de Hemingway (que a su modo la puso en el mapamundi), aquello de que las ciudades no cambian, somos nosotros los que envejecemos. Pamplona, vale decir, o cualquier ciudad (ay, ese viejo tema), ya sea Bayona (tan amada) o Bilbao. Ya sea suya o del lector, que también cuenta, que puede poner el nombre de la suya, de cualquiera. El del viaje sigue siendo un asunto central en la vida y en obra, tanto monta, de S-O. Viajes reales que son, al mismo tiempo, merodeos alrededor del cuarto, "viajes librescos", sin salir de casa, dondequiera que ésta esté. O no. S-O se considera un hombre sin raíces y, por tanto, de ningún sitio. "El viajero -escribe- no es más que uno que está de paso y se va". Perfecto. Por eso aparecen en las páginas del diario Darwin, Cendrars, Morand y tantos otros culos de mal asiento como él. Y ya que cito a viajeros doblados de escritores, no faltan "lecturas furtivas" en Vivir de buena gana: Céline, Mac Orlan, Modiano, Baroja, etc. Viejos conocidos.Tampoco faltan artistas como Grosz, Sudek, Bacon u Oteiza (éste sí personaje habitual).
Acaso lo más interesante de la obra sea precisamente un viaje concreto: a Bolivia. Sí, se puede decir que dentro del libro hay un nuevo Cuaderno boliviano como el que publicó exento en su día. Por lo demás, quienes seguimos su blog le hemos acompañado hace poco a otro periplo por ese país que tan encandilado le tiene. A él y a quienes, de su mano (o a través de sus ojos), lo visitamos. Su belleza y su pobreza, cabe decir. Su exotismo (S-O repite que sabe bien que no pertenece a ese mundo) y su literatura, tan necesaria siempre para conocer el país "de verdad". Lo hace de la mano de dos escritores malditos. Uno, me parece, más interesante que el otro. Aquél, Jaime Sáenz. Éste, Víctor Hugo Viscarra. Con ellos, con sus libros, a través de su leyenda, viajamos al corazón de La Paz, no en vano al primero se le atribuye la invención de la novela urbana boliviana. Antros oscuros, alcohol a raudales, calles perdidas, soledad y silencio, vistieron sus vidas precarias transformadas, con el paso del tiempo, en mitos literarios para quienes saben y para los que no. De estudiosos, quiero decir, y de simples aprovechados con pose de poeta.
Me han encantado las líneas que dedica a describir sus tediosas estancias en las salas inhóspitas de los aeropuertos provinciales, las largas esperas entre vuelo y vuelo. Por su aire, nunca mejor dicho, me han recordado viejos poemas de otro diarista, José Carlos Llop.
Es curioso. He echado de menos a Miguel en este libro. Habla menos de sí mismo (y de sus, a veces, truculentas circunstancias). O lo tal vez lo hace de otra manera. Acaso por eso lo he encontrado más tierno y cercano. De nuevo el título y su lección primera: la buena gana. Con los amigos, por ejemplo. Con los vivos, como Juan Manuel Bonet, al que cita con frecuencia, y al que, como a todos, tantas cosas ha enseñado, y con los muertos (del 2008 y 2009, los años que comprende el diario). Así, Castilla del Pino, Ullán, Conte y Porcel, de los que traza cordiales perfiles.
Quizá esta nueva entrega de MS-O se pueda resumir con una frase: "No hay vida ni viaje que no sea al presente". Al presente perpetuo que él ha sabido crear gracias a estos descarnados y francos diarios.

17.8.11

"Los poseídos", de Elif Batuman

Lo confieso: cuando vi la cubierta del libro (con lo bonitas que suelen ser las de Seix Barral, que en esta ocasión, ay, respetó la de la versión original), estuve a punto de mandarlo sin más a la biblioteca del molino. Con más calma, leí el subtítulo (una oportuna frase publicitaria): "Aventuras con libros rusos y con las personas que los leen", algo de la contracubierta y... Además, Nahir Gutiérrez (que me lo mandó) nunca engaña. Para Conil, me dije. En efecto, ésta y otras que comentaré aquí han sido mis lecturas conileñas.
Deslumbrante, es la primera palabra que anoté en mi cuaderno de hule a propósito de Los poseídos. Elif Batuman, una neoyorkina del 77 de origen turco, ha logrado un libro apasionante que, por otro lado, parece lo propio cuando de una literatura tan apasionada como la rusa se trata. Podía haber publicado una serie de sesudos ensayos propios de la profesora de la Universidad de Stanford que en realidad es (o fue); sin embargo, ha preferido, y sus lectores se lo agradecemos, decir acaso lo mismo pero de una manera más amena, menos académica. Eso no significa, puntualizo, que Los poseídos no sea un largo ensayo sobre cierta literatura rusa. Y casi siempre, de altura. Es eso, insisto, y mucho más. Es un diario personal (las memorias de una joven investigadora universitaria), un libro de viajes (por América, Europa y Asia, con parada y fonda en Samarcanda) y, ya se dijo, un tratado de crítica literaria de la mejor estirpe. Bábel, Dostoievski (de quien toma el título), Chéjov, Tolstói, Pushkin, Chéjov y sus respectivas obras son los protagonistas, aunque no falte Mann, que era alemán, y otros escritores rusos o uzbekos menos conocidos. Divertida, inteligente, irónica, fresca son algunos calificativos aplicables a la personalísima obra de Batuman. Buena prueba de ello es el relato por entregas (no hace falta decir que la narrativa, fiction, está en la base del libro) sobre su verano en la mítica y poética ciudad de Samarcanda para aprender uzbeko (por cierto, en el Hola ha aparecido un extenso reportaje sobre la guapa embajadora de Uzbekistan en España y su no menos preciosa casa), o el capítulo dedicado a la Casa de Hielo de San Petersburgo (ese "lugar espeluznante", según ella).
Las tres líneas finales del libro resumen bien la apuesta de Elif Batuman: "Si pudiera empezar hoy de nuevo, volvería a escoger la literatura. Si existen respuestas en el mundo o en el universo, sigo creyendo que es ahí donde las encontraremos". No está sola.

16.8.11

Ya aquí

Deja uno atrás sol, sal, luz y mar y, tras un viaje algo accidentado, llega a casa de nuevo. Y lo primero que hace, o casi, después de leer unos cuantos correos electrónicos, es volver a este precario refugio del que, bien lo sé, me cuesta separarme. Seguiremos pues.

1.8.11

Hasta luego

Estos últimos meses he venido publicando una entrada diaria en este blog. Mi trabajo me ha costado. Lo he hecho, claro está, por amor al arte y sin esperar, como es lógico, nada al respecto. En un blog atípico como éste, que no admite comentarios, se camina a ciegas. Por otra parte, es lo mismo que siento cuando escribo cualquier cosa. Llega ahora el momento de parar. No sé por cuánto tiempo. De momento, pongo tierra por medio y me voy, nos vamos, un par de semanas a Conil. Veremos.