19.11.18
Otra noche en el Verdugo

Ya he aludido otras veces a la "cara de presentación" que se nos pone a quienes intervenimos en alguna o asistimos a ella como público. Tengo comprobado que se agudiza cuando de poesía se trata. La de uno en esta fotografía es de atención. A las sabias palabras de Gonzalo Hidalgo Bayal que podrán ser leídas un día de estos en una revista literaria norteña por los que no tuvieron la suerte de escucharlas la noche otoñal del pasado viernes. La sala estaba concurrida (muchas gracias, Plasencia) y todos, según creo, a gusto.
Después del turno de Bayal le tocó a uno el suyo. Primero agradecí a algunas personas, y a los asistentes en general, su presencia allí. A Gonzalo, claro, porque "preferiría no hacerlo". A Salvador Retana, autor del primer poema del libro, en la cubierta. Sólo hay una cosa que hace mejor que esas preciosas ilustraciones: los higos secos o pasos, como decimos por aquí. De Gredos. A Álvaro "Quijote", el librero, por poner en el hall su habitual puesto de libros. Con la fidelidad de siempre. Y por elaborar, todo un detalle, un enorme panel con todas las cubiertas de mis libros. Y a Juanra, por organizar el sarao y diseñar el cartel. No me olvidé de mis editores. De Antoni Marí y de Juan Cerezo, tan entusiasta con este libro. Después, leí y comenté algunos poemas de El cuarto del siroco. Desvelé algunos misterios (de los de andar por casa). Dediqué algún poema (a papá Ía, por ejemplo, ya que mi suegra tuvo a bien acompañarme). Me felicité también por una de las sorpresas de la noche, la que me dio Javier Martín Oncina al recordarme que en Una oculta razón, y en concreto en el poema que da título al libro, ya aparece la palabra scirocco, algo que había olvidado. Como en el famoso cuento de Monterroso, cuando creía mencionarlo por primera vez, el siroco "todavía estaba allí".
Acudieron a escucharnos, además de Yolanda y mi hermano Fernando (mi madre no pudo ir y ella sabe que se lo perdono), Puerto y Sergio, un nutrido grupo de compañeros (solos o con sus respectivas parejas), los leales amigos, un puñado de lectores (si cabe hacer este distingo con respecto al grupo anterior) y algunos desconocidos, pocos. Esto es chico. Como grande es Manolo, el padre de Álex, que no faltó. Uno de los del club, José Carlos Muñoz Bejarano, se atrevió incluso a preguntar, como el exconcejal Ángel Custodio. Por eso hablamos de un posible nuevo libro, de los últimos treinta y tantos años de poesía en Plasencia (desde aquel primerizo Territorio), de la unidad o no unidad del "siroco" (no sabemos bien qué es eso de lo "unitario") y de algunas cosillas más, como de lo peligroso que puede resultar conocer en persona al autor del libro que tienes entre manos. El narrador Jorge Ávila propuso que leyera el poema "Baño", y lo hice encantado. Un rato agradable, sin duda, al menos para mí. Como suelen decir mis compañeros de fatiga literaria, es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que no está tan solo como piensa. Que el trabajo solitario de escribir puede ser, a la postre, un hecho social. Un ratino al menos. Por pocos, ay, que a uno le lean. Gracias.
18.11.18
El "siroco" en Madrid
Calle Tutor, 57
20 de noviembre a las 19:00
Tusquets Editores y la librería Rafael Alberti tenemos el placer de invitarte a la presentación de El cuarto del siroco, el nuevo libro de poemas de ÁLVARO VALVERDE.
Presenta JORDI DOCE.
15.11.18
Ida Vitale, trocar el duelo en canto
![]() |
| Foto: Abril Cabrera / Secretaría de Cultura Ciudad de México |
No ha sido una sorpresa. O no del todo. A pesar de la tácita alternancia. Sí, tal vez le tocara a uno de aquí, pero sus lectores, nacionales y ultramarinos, llevaban mucho tiempo esperando que el Cervantes recayera en la uruguaya Ida Vitale. Era de justicia, no sé si poética. Otros galardones acaso lo anunciaban: el Octavio Paz, el Reina Sofía, el Federico García Lorca, el FIL de Guadalajara...
Dije “uruguaya” aunque su
cosmopolitismo esté certificado. Tras el exilio, primero vivió en México y años
más tarde, después de un nuevo periodo en su país natal, residió en Austin,
Texas. Desde ese lugar regresó a Montevideo donde ha recibido la noticia.
No, Ida Vitale no es una
desconocida para el lector español. Nos ha visitado con distintos motivos (para
ofrecer lecturas y conferencias; en la Residencia de Estudiantes, por ejemplo)
y ha estado vinculada a la Fundación Loewe, formando parte del jurado que
concede su acreditado premio de poesía.
Tusquets publicó primero Reducción
del infinito (un libro y algunos poemas más) y reunió el pasado año,
también en la colección Nuevos Textos Sagrados, su Poesía Completa
(1949-2015), en edición de Aurelio Major. En el catálogo de Pre-Textos
están Trema y Mella y criba. También contamos con dos antologías
básicas ("En un libro cabe el azar. En una antología reina"): una
breve, Cerca de cien (Visor), y otra más extensa, la que publicó la
Universidad de Salamanca con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía: Vértigo
y desvelo.
En una ocasión, Vitale dijo: "Aquello con lo que tropieza el lector impaciente, el misterio, objeto de fe en términos religiosos, debería ser, para el lector de poesía, objeto de fe poética y pensar que lo secreto y misterioso puede dejar de ser oculto; basta con que el entusiasmo y un cierto sentido poético se apliquen a descifrar y a entender”. No es mala receta para quienes se acerquen por primera vez al misterio de su poesía, aquello que la justifica y la hace fuerte frente a la banalidad de esta época, que sigue siendo la suya. La de Vitale ha sido, en términos líricos, una lucha constante, llena de fervor y paciencia, contra la verbosidad y la retórica, una de las líneas maestra, mal que nos pese, de la poesía occidental e hispanoamericana. “Si se puede decir en menos…”, ha escrito. “Es la desconfianza lo que me lleva a reducir o a concentrar. Siempre hay más seguridad cuando las palabras son más precisas. Cuando uno utiliza muchas palabras rodeando la idea que es esencial, simplemente puede ser que uno no haya encontrado la palabra que lo concentra todo”. En la economía verbal, en efecto, ha basado Vitale su tarea, lo que al cabo explica el porqué de su brevedad a pesar de lo dilatado de su vida, de la edad provecta que ha alcanzado y, además, en plena lucidez. Y ya que lo menciono, no está de más recordar su condición de profesora y de estudiosa, de crítica y ensayista (ya sea del español Antonio Machado, la brasileña Celilia Meireles o el italiano Giorgio Morandi, pongo por caso), algo del todo normal en una poeta de su tiempo (una lección que tal vez aprendió del citado Paz) que, de forma irremediable, ha de reflexionar sobre su propia escritura y, por añadidura, sobre la de sus contemporáneos, tengan los años que tengan.
“Para mí la poesía es eso que está lejos”, afirmó en otro momento. Y, sin embargo, qué cerca la sentimos, siquiera sea porque nombra espacios familiares, escenas cotidianas y, en fin, todo aquello que quien más y quien menos siente como propio. No es extraño que señalara que sus poemarios “son abiertos” y que “su unidad está en el lenguaje empleado, porque uno puede decir cualquier cosa pero no de cualquier modo. La clave está en buscar la palabra precisa y no abusar de los recursos ornamentales”. Es verdad, nada más lejos del preciosismo que sus versos, tan ajustados, tan exactos. Y al llegar aquí subrayaremos su condición de traductora y, por tanto, de persona acostumbrada a los adentros, digamos, del lenguaje, al contacto con el reducto más íntimo de la lectura.
En un viejo artículo escribí: “hablamos de una poesía que exige el esfuerzo del lector (uno está aburrido de esa poesía para tontos que nos hace más tontos todavía, tan de moda estos últimos años); de una poesía que destella inteligencia por todos sus poros; que demuestra una maestría técnica digna de quien conoce a fondo todas las tradiciones de la lírica; que, en fin, nos complica la vida (porque la existencia es compleja)”. Y en otro sitio: “Sin ninguna estridencia, con una naturalidad pasmosa, sus versos parecen venir de lo más profundo y secreto de la vida. El verano, el menisco, un poeta japonés en su jardín, el libro, el grajo o la sequía son elementos suficientes para componer, desde la soledad y el silencio, mucho más que meros artefactos lingüísticos”.
Vitale es una autora de la
estirpe de los poetas “transparentes y profundos, conceptuales y cautivantes”,
como se recalcaba en la presentación de Reducción
del infinito. Buena prueba de ello, de esa fácil dificultad, son sus
poemas, nítidos y memorables. Uno dedicado a Cavafis termina así: “eres / el
derrotado, el triste, el solo / -no importa de qué tribu- / que trueca el duelo
en canto”. Alta misión de la gran poesía. Un logro evidente de la que ha
escrito Ida Vitale.
Nota: este artículo se ha publicado en El Cultural.
Algunas lecturas (en prosa)
Ya me he resignado a no consignar aquí como es debido las lecturas de algunos libros que uno lee y al cabo disfruta. Con todo, me permito dejar caer unos cuantos títulos que me han sorprendido en los últimos tiempos. Así, La bufanda roja, de Yves Bonnefoy (traducido por Ernesto Kavi para Sexto Piso) que son mucho más que unas memorias de infancia del extraordinario poeta francés del que, por suerte, existen numerosas versiones en nuestra lengua, tanto de poesía como de ensayo. Es un libro exigente, sí, de los lugares, pero del que, una vez que entras, ya no puedes salir. No esperaba tal cosa y eso siempre está bien cuanto te adentras en territorios desconocidos, por mucho que uno haya frecuentado sus versos. Palabras mayores. "Un mundo, lo que la escritura produce". Más claro, agua. Álex, Basilio, tomad nota (si no lo habéis leído ya).
Jesús Munárriz y Fermín Herrero han ido reuniendo en el transcurso de los años numerosísimas citas de distintos autores (de los clásicos a los contemporáneos, y de toda la geografía mundial) en torno a la poesía, el poema y el poeta. Tras evitar la muerte por aplastamiento o avalancha, han logrado seleccionar no pocas en el volumen Poesía ¿eres tú? (Hiperión). Abren el conjunto, que hay que leer poco a poco para evitar un empacho lírico, dos breves textos de los compiladores o coleccionistas. Hay muchas joyas ahí dentro. Fragmentos e iluminaciones para reflexionar y, acaso, intentar definir o comprender eso que llamamos, alegremente, poesía.
Con mucha emoción y absoluta cercanía he leído (y, como en los casos anteriores, subrayado) los aforismos que agrupa el poeta Antonio Cabrera en Gracias, distancia. Todo un acierto de Cuadernos del Vigía, sin duda. Es su primer libro de ese género tan de moda. Pero cuidado, si algo se aprecia al leer los lúcidos y certeros de Cabrera (de formación, no se olvide, filosófica), es que no todos valen, que hay mucha ganga en ese mercado. No aquí, insisto. Al revés. El viento (como metáfora o símbolo), César Simón (y su casa en medio del páramo), la poesía (como indagación), la luz (sureña, mediterránea) o la pintura son el origen de sus asedios. Podría copiar muchos, y los lectores me lo agradecerían, pero será preferible que ellos mismos se acerquen confiados a estas sentencias que son, cómo no, pura poesía.
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".
Nota: Ilustra esta entrada un óleo de Guillermo Peyro Roggen, "Libros VII", de 2003.
13.11.18
Basilio Sánchez, nuevo Loewe
Hace muy poco presentábamos Miguel Ángel Lama y yo su último y extraordinario libro: Esperando las noticias del agua, publicado por Pre-Textos hace unos meses. Mi reseña sobre esa lectura está a punto de aparecer en la revista Turia. Conociéndolo, y por lo que dijo aquella noche en Cáceres, nada hacía presagiar un nuevo libro, no al menos de manera inminente, y sin embargo... uno suyo acaba de conseguir el codiciado y prestigioso premio Loewe. Se titula He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. Para este fiel lector suyo, y viejo amigo, es una inmensa alegría. Por él, claro, por los suyos y por el premio, que vuelve a demostrar que se sostiene sobre un sólido jurado capaz de reconocer la virtud poética allí donde se encuentre, por encima de modas y otras presiones comerciales al uso. También por mí, si se me permite el añadido. Es un honor que, después de veintisiete años, vuelva ese galardón a Extremadura, de la mano de mi admirado Basilio. La obra no defraudará, lo doy por hecho. Su rigor y su valía, basada en el fervor, están de sobra demostrados a pesar de que la crítica de este país aún no se haya dado, en su mayor parte, por enterada. ¿Lectores? No le faltan. Ahora se multiplicarán. Ya era hora.
Felicidades, en fin, al médico cacereño y a los organizadores del certamen. Sé, además, que a don Enrique y a su hija Sheila, y al resto de las personas que forman la gran familia Loewe, este hombre les va a caer estupendamente. Esto es la excelencia, sí.
Felicidades, en fin, al médico cacereño y a los organizadores del certamen. Sé, además, que a don Enrique y a su hija Sheila, y al resto de las personas que forman la gran familia Loewe, este hombre les va a caer estupendamente. Esto es la excelencia, sí.
Un par de presentaciones
Según costumbre, el próximo viernes presentaremos El cuarto del siroco (Tusquets Editores) en el Verdugo. Muchos años después, desde el lejano Territorio, vuelve uno al mismo sitio y en la excelente compañía de Gonzalo Hidalgo Bayal, que también estuvo en aquel concurrido acto. Y en tantos otros con distintos libros. Espero, claro, que vengan más. Aquello es grande (tal vez demasiado). Habituales de esa querida sala (club, diría Gonzalo) o no. Familia, amigos, compañeros... Lectores, en suma, aunque no pertenezcan a ninguna de estas categorías (que a veces se entremezclan). Por anticipado, gracias. Las que doy a Juan Ramón Santos, nuestro mejor gestor, que ha diseñado el bonito cartel. Ah, y esperemos que el tiempo otoñal acompañe. Dentro, al menos, ni nos mojaremos ni pasaremos el frío de antaño, padre.
El día 20, martes, estaremos en Madrid, con Lola Larumbe, en su librería, Rafael Alberti, como en 2015, cuando conversé allí con la periodista Pepa Fernández a propósito de Más allá, Tánger. Será en el ciclo "Encuentros en Alberti". Para tan fausta ocasión, contamos con Jordi Doce, otro presentador de lujo. Será a las 7 de la tarde. Quedáis invitados.
12.11.18
El cuarto del siroco
Álvaro Valverde
Tusquets. Barcelona, 2018. 176 páginas. 15 €. Ebook: 7,99 €
Tras Más
allá, Tánger,
publicado en 2014, y dos antologías de su obra poética, El
cuarto del siroco.
Se refiere el título, así se explica en una nota y es asunto de los
poemas, a que, según cuenta Leonardo
Sciascia,
había en ciertas casas un cuarto del siroco en el que refugiarse de
la violencia de ese viento.
Esa expresión sirve como
explicación perfecta de lo que es la poesía de Álvaro
Valverde (Plasencia,
1959), extensa y toda ella de calidad, desde luego la que aquí se
presenta. ¿Qué es en ella el siroco? La respuesta la da un poema en
el que el personaje está leyendo a Leopardi “y su voz se hace mía,
contra el eco / de lo que el mundo grita / y yo no oigo”. Ese
es el siroco, el grito del mundo, la pesadumbre de los
acontecimientos, el sufrimiento de las gentes, “el horror de la
historia”,
lo que la vida trae a cada momento. De todo ese siroco, los poemas de
Valverde son el cuarto en el que no oír todo ello y encontrar la
salvación.
Pero ese
cuarto desdice en numerosas ocasiones su condición de espacio
cerrado y se abre a la naturaleza. Así
es, no son pocos los poemas en que unos cerezos, unas palmeras -“me
conmueven los árboles”-, el trino del mirlo -su canto, “una
mezcla perfecta de habilidad y de misterio”-, unas montañas
-“donde se roza el misterio del cielo”-, el río y las aguas en
general -allí “Se suspende la vida / para dar paso a un tránsito
/ que ni es hora ni es instante”, tan cercano a la experiencia
zen-, etc., se ofrecen al sujeto con toda su sencillez, la sencillez
de decir lo vivo, lo que permanece y lo que cambia, todo en uno, lo
que sin más se da como un regalo a quien repara en ello y da la
paz.
Con
la naturaleza, aparece también lo construido por el hombre. Recorrer
la ciudad, el pueblo. Las calles, las plazas, una torre en el campo,
el molino, el paseante vibra con todo ello y encuentra allá por
donde va nuevos refugios contra el grito.
Todo lo anterior
se incorpora a los textos en una poesía eminentemente meditativa. No
estamos ante una escritura que describa el paisaje, que también,
sino además “por salvar de la abulia y el olvido / este lugar”,
sea el que sea y, sobre todo, ante una que se traza tras haberse
introducido la mirada en lo que ve y extrae de ello alguna reflexión.
Reflexiones que son la de quien se define, acaso ya desde la
juventud, como “un melancólico incurable” o quizá, sin más,
alguien con conciencia de la condición humana. En efecto, son
muchos los poemas en que acaba surgiendo la fugacidad de la vida, el
saberse un ser para la muerte,
dicho sea con expresión heideggeriana. “Uno no se acostumbra / a
estar siempre muriendo”; el cuarto del siroco es un refugio “en
el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte”. Además,
algunos de los poemas son elegías por amigos ya desaparecidos. A la
melancolía apuntan también poemas en los que los lugares
frecuentados años atrás -un baño en una poza, la visita a una
ciudad-, hacen rememorar la niñez, la juventud, el tiempo ido y la
certeza que el futuro guarda.
De un pintor al que observa
el personaje dice que su trabajo es “Contra el tiempo, a favor de
la belleza”. Eso mismo hay que decir de los poemas de este libro,
testimonios de la belleza del mundo y actas que se levantan para
hacerla perdurar y con ellas los sentimientos que provocan. Poemas
de amor, amor las gentes, a las cosas, a la vida a la que la muerte
cierta da su verdadero valor.Poemas
también de amor a la poesía y a la vida.
Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes.
Aquí
Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.
Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.
Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes.
11.11.18
Recordando a Gayga
Como anunciamos aquí, anoche se celebró el homenaje al escritor y periodista José Antonio Gabriel y Galán, veinticinco años después de su prematuro fallecimiento. A pesar de la lluvia y de que era sábado, nos reunimos en el Verdugo no pocas personas al amor del recuerdo de un placentino que mantuvo, desde la distancia, esa noble y azarosa condición. Allí estaba su viuda, Cecilia Alarcón, su hija, tres hermanos y una hermana de José Antonio, más familia, amigos... Organizó el acto el Ayuntamiento, de la mano firme de Juan Ramón Santos, y la Asociación de Escritores Extremeños, que él también preside. Por eso tomó primero la palabra el alcalde Pizarro, con la desenvoltura que le caracteriza. Al final de su medida aunque emotiva intervención, anunció que se va a colocar una placa en su casa natal que perpetúe su memoria hasta donde eso sea posible.
Le siguió Paco Gabriel y Galán, quien mejor le conoce (hablo deliberadamente en presente), que, con un gran sentido de la oportunidad, elaboró, echando mano de distintas conferencias de su hermano (su archivo es una joya), una suerte de poética donde se sucedían opiniones, sueños, deseos, frustraciones y, en fin, todo aquello que alguien que escribe pretende conseguir. Porque, según él, la áspera voz del José Antonio del Diario (acaso su libro más significativo, donde está más, diría) no es por la que le gustaría ser recordado. No olvidó mencionar al Gayga comprometido, moral y políticamente.
Álex Chico, que estuvo a punto de dedicar a su obra una tesis doctoral (Fernando Valls iba a dirigirla), lo que dio al cabo en un libro precioso, Un hombre espera (donde aparece el joven que fue en París), que lo descubrió a través del diario (si bien oyó su nombre por primera vez cuando se inauguró el Aula de Literatura que lleva su nombre y él era aún alumno de bachillerato), Álex Chico, decía, habló de esto que cuento y de la singular trayectoria del escritor, uno de los que ha marcado con mayor fuerza su educación literaria y sentimental. Todo un maestro.
Por fin, Luis Bagué, profesor en la Universidad de Murcia y crítico de Babelia (El País), responsable de la edición de su poesía completa, se centró en su vertiente lírica, digamos, para empezar confesando que cuando le encargaron ese estudio a él sólo le sonaba su nombre de una novela que estaba en la biblioteca familiar y cuya cubierta y título tanto habían llamado desde siempre su atención. Se refería a El bobo ilustrado. Y eso, explicó, porque Gabriel y Galán, nieto, no aparecía en ninguna antología generacional o canónica, tampoco en las alternativas, ni era mencionado por los críticos como uno de los que podría haber estado en ellas, pero no estaba. Tres libros publicó en vida (el tercero ni siquiera exento) y, como en su vertiente narrativa, cada cual fue a su bola y sin otro plan (temporal o estratégico) que el de escribir lo que en ese momento necesitaba. Chico y Bagué, en este sentido, reconocieron su cualidad de adelantado. Así, comentó el segundo, cuando se leen los monólogos interiores de A salto de mata, que anticiparían, a su manera, los muy logrados de las novelas de Chirbes. Otro tanto cabría decir de la crítica a la Transición que, en el momento en que esta sucedía, se da en Un país como este no es el mío.
Sí, la obra de José Antonio Gabriel y Galán, a pesar del éxito, casi póstumo, de Muchos años después (como dejó escrito Luis Carandell, "un jurado compuesto por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Arturo Uslar Pietri y Gonzalo Torrente Ballester le concedió en Colombia uno de los más prestigiosos premios literarios en lengua española, el Eduardo Carranza"), espera el reconocimiento que siempre esperó y que no obtuvo. Por eso el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus libros. Empezando, concluyeron los intervinientes de anoche al ser preguntados, por el Diario, que está, como su poesía completa, en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. No es tarde. En literatura, nunca lo es.
8.11.18
Hotel Europa
"¿Es la poesía un remanso de calma, lejos de esas realidades?", se preguntaba, retóricamente, el poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic en su ensayo "Poesía e Historia", recogido en un libro que me tiene atrapado: La vida de las imágenes (Vaso Roto). Aludía a las realidades de los refugiados, los desplazados o los perseguidos por sus ideas políticas o religiosas. Añade: "Un poeta que se empecina en ignorar los males y las injusticias que son parte integrante de su propia época vive en el paraíso de los necios". No es el caso de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) y lo demuestra a las claras en su libro Hotel Europa (La Isla de Siltolá). Desde el primer poema, "Acampados", que forma parte de la serie "Historia universal". La guerra, los fusilamientos, Ciudad Juárez, Mozambique... Signos y lugares de "este tiempo adicto a las catástrofes": El poema "Recordando al enfermero Whitman" termina: "En el centro, la herida", por más que "Las palabras levantan / un hospital precario, / un refugio irrisorio /que dobla la intemperie". "El exceso de porvenir enferma", leemos. Tras un "interludio grotesco" de aire vanguardista, "El teatro anatómico del doctor Cirlot", ya en "Hotel Europa", Gómez Toré escribe: "Para otros las fronteras". Aquí un poema de incuestionable actualidad: "Cuelgamuros". Y otro de título elocuente: "Antonio Machado medita sobre el suicidio en Portbou": "Son arduos los idiomas". Luego dedica otro a Cernuda, al destierro como "pura certeza de estar solo".
"La poesía es el resto", afirma en "Cada día", y añade: "la democracia es lo que queda en los márgenes". Y a ella le dedica el siguiente poema. Uno en prosa, que da título al libro cierra este intensa meditación sobre el ahora. Allí dice: "Soy el último". Y concluye: "Todavía no he aprendido a callarme. Lo haré pronto".
Aprovecho para informar de la reciente aparición de otro libro suyo, de crítica y ensayo: Extramuros. Escritos sobre poesía (Libros de la Resistencia). Reúne artículos, reseñas y otros textos donde la poesía es, sí, protagonista. La de Hölderlin, Valente, Gamoneda y numerosos poetas contemporáneos. Según él, "Si la crítica literaria tiene algún sentido, es porque nos asoma a una alteridad, porque establece un diálogo con un mundo que es y no es el nuestro. De ahí también el riesgo de equivocarse. Nunca leemos desde una posición neutral. El crítico (como el poeta) escribe desde una historia, desde un lugar, desde una tradición o varias. Asumir el malentendido puede ser una forma fecunda de mantener abierta la propuesta de sentido que constituye todo texto. Crítica y poesía no dejan de ser dos modos de escritura que consisten, a menudo, en cultivar la propia perplejidad".
7.11.18
6.11.18
Gayga
El sábado 10 de noviembre, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, se celebrará, con motivo del vigésimo quinto aniversario de su muerte, un homenaje a José Antonio Gabriel y Galán, el escritor placentino que dio nombre al Aula de Literatura de esta ciudad. Habrá intervenciones de Fernando Pizarro García-Polo, Alcalde de Plasencia; Francisco Gabriel y Galán, hermano de José Antonio y, sin lugar a dudas, su máximo valedor; Luis Bagué Quílez, profesor, poeta y crítico de Babelia, además de autor de la edición de su poesía completa, Último naipe, publicada hace años por la Editora Regional de Extremadura; y el poeta y narrador Álex Chico, que tan bien conoce la obra de Gayga, al que convirtió en personaje de uno de sus libros.
4.11.18
Aramburu lee "El cuarto del siroco"
Fernando Aramburu
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| Gabriel Sanz |
Hace tiempo que la calle Atocha ofrece a los viandantes la
ocasión de vivir una intensa experiencia antipoética. Pongamos por
caso una hora lorquiana de un día laborable, las cinco de la tarde, da igual
por cuál de las dos aceras uno transite o intente transitar. Puede que el
visitante llegado de víspera a Madrid dude si la calle está en obras o si una
brigada de operarios está ampliando los destrozos de una batalla.
Eran, pues, las cinco de la tarde de un día reciente.
Luchaban en la susodicha calle no la paloma y el leopardo, sino la cuchara de
las excavadoras y el asfalto, a la par que el viento no se llevaba los
algodones, sino unas tolvaneras espesas y blancuzcas que causaban en el
gaznate, al menos en el mío, un picor calificable con un antónimo cualquiera de
gozoso.
Una orquesta de martillos neumáticos, repartidos en distintos
puntos de la calle, interpretaba para mortificación perdurable de los vecinos
una rapsodia de estrépitos. Olía a goma quemada. Brotaban chispas de la sierra
circular con la que un obrero acuclillado en una zanja cortaba una barra
roñosa. Una fealdad agresiva gobernaba aquel antijardín, en medio de la
antitarde polvorienta, mientras en la calzada sembrada de cicatrices
bullía un zurriburri de vehículos embebidos en coral disputa de bocinas.
Recorrida la calle Atocha en sentido descendente, me acogí
con prisa desesperada al Real Jardín Botánico. Necesitaba a toda costa una
dosis reparadora de soledad y silencio, con el añadido ornamental de algún que
otro gorrión. Hallé un banco de piedra al amparo de un seto. Los árboles en
rededor ya estaban otoñando y no me resultaba difícil desoír el murmullo del
tráfago urbano, ¿dónde?, más allá de la verja escondida tras la vegetación.
Extraje de mi mochila el último libro de Álvaro Valverde, El cuarto del siroco (Tusquets,
2018), y me abismé con afán de refugio en la lectura de los cuidadosos y
tranquilos poemas de una figura señera de nuestra poesía contemporánea.
Álvaro Valverde justifica el título de su libro en una
nota inicial. Lo adoptó tras la lectura de un pasaje narrativo del
escritor Leonardo Sciascia, según el cual en las antiguas
casas patricias de Sicilia las familias de alta alcurnia acostumbraban
guarecerse en una llamada stanza dello scirocco los días en que arreciaba
este viento procedente del desierto de África. Confieso que me es grata la
idea, compatible con otras, de la poesía como aposento seguro y retiro del ruido mundanal.
Constato entre apenado e inquieto que sopla mucho el siroco en la vida pública
española de nuestros días. La calle Atocha, en su estado de obras actual, con
el suelo levantado, el retumbo incesante y el polvo, me da la metáfora de un
país en un momento particularmente desapacible de su historia.
La lectura en el Botánico de sucesivos poemas de Álvaro
Valverde me llevó a uno titulado Árida vida. En dicho poema, el mismo poeta a quien yo
leía se nos muestra a su vez como lector, durante una tarde en la que "el
campo invita a un dulce sentimiento del otoño", de otro poeta, Giacomo Leopardi (1798-1837).
Me complació sobremanera la imaginada vinculación de los hombres de épocas diversas
a través de un ejercicio mejorador de la calidad personal como es la poesía.
Celebro que esa imposición de la edad llamada escepticismo
me haya dejado unas pocas y espero que doctas convicciones. Una de ellas
sugiere que la poesía constituye una necesidad básica del ser humano. Cuestión
aparte es dónde la busque cada cual; pero considero un hecho fácilmente
demostrable que todos la buscan, muchos sin darse cuenta, otros muchos
obligados al arduo esfuerzo de superar el obstáculo no pequeño de su tosquedad.
El que una minoría acuda a buscarla en los libros de poemas acaso no sea más
que una singularidad cultural de nuestro tiempo. En el pasado, la recitación,
hoy sustituida por la música popular, llenaba plazas y recintos. Por otro lado,
quienes frecuentan los tales libros de poemas habrán comprobado en más de una
ocasión que muchos de ellos por desgracia no contienen un gramo de poesía. La
idea de que esta es un género literario de comprensión reservada a los expertos
ha obrado contra ella un efecto antipublicitario de primera magnitud.
Octavio Paz dictaminó que el poema es el
lugar natural de la poesía, una especie de estuche que encierra una alhaja.
Esta certidumbre, de la que discrepo, convierte la poesía en el resultado de
practicar el lenguaje poético. El lector es tratado en tal caso como un
consumidor pasivo. Se le permite a lo sumo ejercer de inspector que abre el
libro o escucha la recitación y verifica que una manera específica de decir las
cosas tiene el valor de un poema. Nada más falso que separar este valor de la
experiencia de quien lo constata. No nos extrañe que durante demasiado tiempo
la poesía haya sido concebida y estudiada principalmente como una posesión de
los expertos capaces de descifrarla y no como lo que otros creemos que es, una
vivencia de los hombres sensibles no limitada al hecho lingüístico. Es el
paladar el que decide la calidad del vino y no la etiqueta de la botella. Ni el
vino ni la poesía son nada en tanto no sean catados.
Creo que la poesía es una experiencia y no un objeto
estático. Ni siquiera la considero condicionada por la preexistencia forzosa de
un texto. La poesía necesita tanto de un suscitador como de una sensibilidad
activadora. Lo primero puede, en efecto, cumplirlo un poema, pero también una
secuencia de película, el sabor de las cerezas, la maestría de un saxofonista,
un atardecer marino, acaso un gesto moral. En el ejercicio de la amistad se
encierra a menudo una modalidad superior de la poesía que quizá no se halle en
un soneto canónico, por mucha destreza que el versificador hubiese puesto en la
tarea.
Ningún ser humano, letrado o no, se resigna de la mañana a la
noche a lo feo, lo sucio, lo ruidoso, lo innoble.
Esas y otras instancias negativas tienen su reverso en el valor poético, que es
justamente la experiencia personal de la belleza, la armonía, la profundidad de
pensamiento, la justicia. Da igual si uno lo expresa mediante unas décimas
excelsas o con una simple exclamación sentimental.
Ahora bien, no debemos ser tan ingenuos como para obviar
que el gusto, si no se educa, si no se cultiva, nos negará innumerables matices
de la comprensión y del deleite. Por eso es una lástima que las autoridades
educativas subestimen a menudo la formación humanística de los jóvenes en favor
de las exigencias utilitaristas del mercado laboral. "Mi jardín es de
todos", escribe Álvaro Valverde en su libro. Yo visité ese jardín y salí
de él serenamente emocionado.
Publicado en El Mundo el 4 de noviembre de 2018.
2.11.18
Una reseña
La primera en papel. La firma el poeta Jesús Aguado. Y recalco lo de "poeta" porque, al leerla, me parece que esa condición sobresale, más allá de la de crítico.
Está en la página 31 del número 205 de la revista Mercurio. Y en un número, qué agradable sorpresa, dedicado a las hermanas Letras Portuguesas. Gracias.
Ah, le sigue una reseña de Cobos Wilkins sobre un libro que he reseñado para El Cultural: Retirada, de mi paisana Pureza Canelo.
Ah, le sigue una reseña de Cobos Wilkins sobre un libro que he reseñado para El Cultural: Retirada, de mi paisana Pureza Canelo.
Realidades, no humo
JESÚS
AGUADO | MERCURIO 205 · POESÍA - NOVIEMBRE
2018
El cuarto del siroco
Álvaro Valverde
Tusquets
176 páginas | 15 euros
Álvaro Valverde
Tusquets
176 páginas | 15 euros
Alvaro Valverde
(Plasencia, 1959) cuenta en el prefacio y en un poema de este libro que el
cuarto del siroco, según Leonardo Sciascia, era donde se guarecían las familias
nobles cuando soplaba este intratable viento africano. El escritor italiano se
preguntaba si no existiría para “defenderse del pensamiento de la muerte” y el
extremeño añade que para él es una metáfora de la poesía. Un lugar en el que
ponerse a resguardo de la intemperie cuando se vuelve intratable, que es casi
siempre. Y también donde pararse a recordar sucesos, a imaginar senderos
descartados (una parte importante de los textos aquí recogidos sueñan con
ciudades, libros, músicas, aromas o vidas no visitados), a hacer balance de
relaciones, a meditar sobre los misterios de lo cotidiano (amigos fallecidos,
películas que emocionan, viajes, la familia), o a practicar las virtudes de la
lentitud, la serenidad o el recogimiento interior. Apaciguar la extrañeza,
“desbrozar el caos”, simplificar los gestos, vivir al margen: en ese cuarto
protector la poesía (que hoy el autor solo entiende como un vaso de agua
ofrecido “a quien padece sed”) nos enseña que la felicidad es una palabra
vacua, que “lo mejor es que te pidan / aquello que tú tienes”, que las
intuiciones a veces se transforman en verdades o que hay que estar contra el
tiempo y “a favor de la belleza”.
Cosas sencillas porque de eso se trata: de ser
sencillo incluso cuando uno se enfrenta a los laberintos (hay cinco en estas
páginas) que le van proponiendo los años. Filosofía sencilla: la de un ser
humano que renuncia a ser un dios inmortal; y que está más cerca de Spinoza,
cuya ética se cita, que de, por ejemplo, un Nietzsche. Vida sencilla: la de
alguien que dialoga con las sombras (las muchas acumuladas del pasado y las
presentidas de la muerte) desde la serenidad, la concordia y una cierta
voluntad de desposesión. Poética sencilla: la que sirve para acercarse a un
mirlo sin que se espante, a una casa sin que se cierren sus puertas, a un
cerezo o a un aliso sin que huyan, a un libro sin que se borren sus líneas, a
una paisaje sin que caigan velos sobre él.En El cuarto del siroco este y
otros vientos han quedado fuera. Hay, en efecto, en el extraordinario poema que
le da título, y en otros lugares, un “viento retenido”, un viento “seco y frío”,
un viento que se presiente en “el rumor de las ramas”, un levante indomable que
sopla en paseos vacíos, un viento impetuoso y una brisa. Esa pasión desatada de
los vientos románticos, esa tormenta ininterrumpida de ciertas literaturas ya
no azotarán, pondrán en peligro ni confundirán el ser (y el Ser) de uno sino
apenas sus muros exteriores. Que soplen todo lo que quieran porque el poeta,
concentrado en lo mínimo, en lo cercanísimo, en lo más íntimo y en lo concreto,
ya no quiere humo sino realidades (ahí se acuerda de Vinyoli), toda una
declaración de principios que suena a balance existencial. Pocos vientos y, sin
embargo, mucha agua, agua por todas partes: balsas, ríos, mares, estanques,
acequias, orillas, manantiales, nieve, fuentes, molinos, puentes, riberas,
puertos, pozos, albercas, nubes, algas, corrientes, caudales, cascadas,
nadadores, vapor, lágrimas, etc.; un agua que es “metáfora y verdad”, un
milagro, una rememoración de lo eterno o, como ya se dijo, símbolo de la
poesía. Álvaro Valverde toma partido por el agua pacífica en detrimento del
viento, que golpea con fuerza la portada del libro sin conseguir penetrar en él
más que de manera testimonial. El agua de la vida. El agua de la poesía.1.11.18
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