5.4.16

Cosas que no me gustan de una reseña

1. Que el crítico dedique la mitad o más de la recensión a la vida, obra y milagros del autor. 

2. Que se refiera a él por su nombre de pila. O, para colmo y sin disimulo, por su apodo familiar o amistoso. Que lo tutee. 

3. Que parezca un comentario de texto.

4. Que el tono sea profesoral y el abajo firmante, además, se empine y se ponga estupendo. 

5. Que no se comprenda lo que quiere decir.

6. Que no esté escrita con el mismo rigor literario exigible a la obra que comenta. 

7. Que use la tópica jerga (por no decir jerigonza) de la reseñística rancia. 

8. Que se note que el crítico sólo conoce el libro por la solapa. O por la contracubierta. O por la nota editorial. Que, en suma, hable de un libro que, en realidad, no ha leído.

9. Que de su lectura se deduzca que el crítico ha confundido el ejercicio de la crítica con una carrera de velocidad o con un campeonato de pelota vasca. 

10. Que no se ajuste, en fin, a lo que dijo aquí atrás Francisco Brines: "El crítico no es más que un lector que elige”.

3.4.16

Impresiones provinciales

Este es el bonito título que José Jiménez Lozano (Langa, 1930) ha elegido para una nueva entrega de sus diarios. Cuadernos los llama él. Publica el libro la editorial Confluencias con el gusto que la caracteriza. El propio autor nos explica que "El 23 de enero de 1656 publicaba Monsieur Blaise Pascal, bajo el pseudónimo de Louis de Montalte, su primera carta de las que luego se llamarían Impresiones Provincianas dirigidas a un supuesto amigo suyo, que vivía en la provincia, sobre un asunto que se disputaba en la Sorbona, y me he acordado súbitamente de todo esto para utilizarlo como epígrafe o tejadillo de un cuaderno más de apuntes o notas provincianos o provinciales de los que éstos son la séptima selección que cubre los años 2010 hasta julio de 2014".
Ya ha dicho uno más de una vez que leer los diarios de JJL es, para mí, una suerte de "imperativo moral", sin añadir a la expresión ninguna intención filosófica, por kantiana que parezca. Ahora, tras leer estas páginas, lo reafirmo. 
No he encontrado nada novedoso en ellas, bien es cierto, lo que no quiere decir que no haya aprendido muchas cosas que no sabía. Me refiero a que JJL es un hombre previsible que a las alturas de su edad no creo que pretenda epatar a nadie, sino dar a conocer a sus lectores, de la forma más clara posible, su pequeña verdad. Vuelve sobre los asuntos religiosos y la laicización, mal entendida, de nuestra sociedad. Sobre la Historia y sus pequeños detalles. Sobre los asuntos políticos, pero sin hacer sangre. Sobre Castilla y un mundo  rural (y provincial) que desparece. Sobre los libros y la lectura y la conversación, también en trance de transformación. Sobre el nazismo y el Gulag. Sobre aquello que han dicho los filósofos: Kierkegaard, Poppe, Spinoza, Thoreau, Heidegger... Sobre la educación y la "deseducación". Sobre la Biblia y Port-Royal. Y todas esas reflexiones las lleva a cabo en su rincón, la casa del pueblo donde vive, apartado de lo peor del mundo, pero siempre atento a cuanto sucede y pasa, y, además, importa. Lo otro... Le preocupa, ante todo, la falta de conciencia. 
Echa, en fin, uno de menos más líneas dedicadas a las cosas del campo, a la naturaleza, las estaciones y a la poesía, sin que falten, por cierto, unos cuantos poemas.
En un momento dado escribe: "Pero es que los hombres somos como somos, y lo mejor es andar con desconfianza de nosotros mismos". Y más adelante: "Los hombres somos un enigma, ciertamente".
Menciona a Hamsun y vuelve a recordar una cita suya que incorporó a Los cuadernos de letra pequeña: "Nuestra vida y nuestra época pueden seguir su ruta por lo que a mí respecta; por mi parte, yo permanezco aquí". Pues eso. 

2.4.16

Zagajewski dixit

Foto Thomas Andenmatten
«Debo confesar que entiendo muy bien algunos de los argumentos que exhiben los defensores de la vieja Europa. Aunque no todos, desde luego. Es una batalla de las ideas muy compleja, que no puede reducirse a una mera fórmula del tipo “progreso contra reacción” o “Ilustración contra Edad Media”. Es un enfrentamiento que no se puede ignorar, ni siquiera ahora, aunque solo sea porque ha inspirado a varias generaciones de escritores y artistas y ha dado forma a nuestras sensibilidades. Puedo comprender las razones de quienes lamentan la desaparición del impulso religioso, la pérdida de la imaginación, la tendencia a considerar a los seres humanos como entidades puramente biológicas (¡un cuerpo, un cuerpo! ¡El alma es una ficción!) Pero no puedo aprobar el rechazo total del legado de la Ilustración. Es como si los europeos fuéramos siempre incapaces de encontrar la armonía entre los dos grandes componentes de nuestra experiencia, la del día y la de la noche, la del sentido común y la de la poesía exultante.
Estos debates son antiguos y a veces tendemos a considerar que pertenecen al pasado. Pero un atento aficionado al arte sabe que existe todavía una tensión peculiar entre los aspectos nuevos de nuestra civilización, que refuerzan la dimensión “racional” de la vida —y pueden tener la influencia más beneficiosa en nuestra situación, desde un punto de vista pragmático—, y la “vieja belleza”, el pesar de Delacroix, la añoranza de lo arcaico de Rilke, el apego de Valéry a ciertos elementos de la tradición europea. 
(...) 
Un Estado no puede ni debe filosofar. No puede leer a Descartes, no puede comprender el doble filo de la visión de Kant. Sería ridículo, y al mismo tiempo aterrador, imaginar un Estado que viviera lo que los críticos alemanes llaman die Kant-Krise, experimentada con tanta profundidad por Heinrich Kleist, por ejemplo (según describe Günter Blamberger en su excelente libro sobre Kleist): un instante de revuelta nihilista, de duda profunda. Sin embargo, la situación opuesta también sería aterradora: un Estado que experimentara una revelación mística repentina, una epifanía que diera las respuestas a todas las grandes preguntas. Los Estados no piensan ni lloran. No rezan. No participan en seminarios filosóficos.»
Adam Zagajewski, "El fin de una sociedad abierta". El País. 

1.4.16

Manual de espumas

La Fundación Gerardo Diego, que gobierna con mano firme la poeta Pureza Canelo, ha tenido la excelente idea de crear la colección “El pequeño 27". Sí, no todo han de ser, en esas instituciones, ediciones críticas, volúmenes de investigadores, ediciones complejas con notas a pie de página, catálogos bibliográficos... De ahí que se les haya ocurrido "hacer algo fresco, nuevo, diferente", como lo califica su inventora. Han empezado por la selección de versos de uno de los primeros libros de Gerardo Diego: Manual de espumas (1924), donde, en palabras de Umbral, "bullen ya todos los hallazgos vanguardistas y experimentalistas de un optimismo creador". Lo han impreso con un bonito diseño y una maquetación (ambas de la bibliotecaria Andrea Puente) que se inspira en las ediciones de los años 20. Me cuentan que, por sorpresa, esa edición artesanal y única ha sido solicitada por varias librerías especializadas. No me extraña.
Uno, por deformación profesional, abomina de los ejemplos poéticos que suelen ilustrar los libros de textos de mis alumnos y echa de menos la presencia de clásicos como estos, perfectamente adaptados y adaptables a la edad de esos niños que se inician en el placer de la lectura. Como se hizo siempre.
En el preliminar de Pureza Canelo, otro poema, se ha jugado con la negrita de los títulos en relación con los poemas de la antología. Para ello basta cotejarlos con el índice: "Primavera", "Mesa", "Paraíso", "Recital", "Aldea", "Canción de cuna", "Nieve", "Panorama", "Cuadro", "Nocturno", "Lluvia" y "Espectáculo".
Un acierto, pues, tanto el libro como la colección, a la que uno desea (y augura) larga vida.


31.3.16

Metales

María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) es profesora de la Universidad de Salamanca y ha publicado los libros de poemas Tratado sobre la geografía del desastre, La sola materia, Carnalidad del frío, La ausente y Atavío y puñal, así como algunas plaquettes y antologías, tanto aquí como en Hispanoamérica. Ahora aparece en Vaso Roto Fiebre y compasión de los metales.
Lleva al frente un inspirado prólogo de Juan Carlos Mestre, escrito en su particular clave lírica, esta vez extremada, que, lo confieso, me ha desconcertado bastante. Por frases de este tenor: "Es el fuego ordenador, la antítesis configurante de la cristalografía geométrica y vocalizadora del mundo". Para mi tranquilidad, comprobé pronto, no sin antes forcejear con los epígrafes (de Mujica, Muñoz Sanjuán y la Wikipedia), que el libro no era tan hermético o directamente críptico como a uno le estaba pareciendo. Al revés. Por decirlo de alguna manera y pronto (que es lo que espera, supongo, quien lee estas notas), como los metales a que alude, estamos ante una obra dura, cortante, poderosa. Tiene, a qué negarlo, su peligro (como todo lo que merece la pena). Porque corta. Y duele. Pero además consuela. Sus palabras están afiladas, sí. Al leerlo, suena también como el metal. La suma de versos aquí concebidos, los poemas, orquestan un ritmo barroco donde la sonoridad prima. Chocan entre sí como si de piezas metálicas se tratara. La métrica, tan calculada, aporta al conjunto una música repetitiva que resulta del todo pertinente con lo que se dice. Como si cada verso, tal el martillo del herrero, golpeara en el yunque del sentido. 
Esos poemas se levantan sobre un sólido cimiento lingüístico (la prioridad) y un amplio muestrario de objetos (tijeras, cuchillo, bisturí, cuchilla, aguja, martillo, punzón, hoz, punta de flecha, anzuelo...), de situaciones, de personas, de lecturas (reconoce la autora que han sido "escritos en diálogo con numerosos poetas") y de lugares (la sinagoga, el desierto, el hospital, el suburbio...). En "Duerme el hacha", por ejemplo, conversa con Colinas. En "Contra la luz", con Montejo. En "Una naranja" pugnan Parra y Borges. Claudio Rodríguez, por su parte, hace doblete. 
Con innegables momentos, digamos, surrealistas, donde la imaginación domina la escena ("Caída de los ángeles", pongo por caso), es más bien una suerte de hiperrealismo el que da el tono a esta poesía donde la precisión es ley. Una poesía, añado, que reflexiona sobre sí misma. Así, en "El cuerpo de la flecha" o en "Correas": "La palabra es la arquera y su carcaj".
Destacaría uno, en fin, la unidad, su condición de libro y no de mera colección de poemas. Pocos ha leído uno últimamente con más cohesión. Tan cerrado, para bien, sobre sí mismo. 
Poesía ésta muy poco normal en nuestro panorama. Por única. Distinta de casi todas las que conforman (y se conforman en) nuestro panorama, y eso incluye nuestro lado ultramarino, que por oficio y vocación tan bien conoce María Ángeles Pérez López. 

[LA CUCHILLA]

La cuchilla se eleva en el insomnio.
Parece un animal inofensivo
pero en la noche sueña con cristales,
con vallas levantadas para el miedo.
La que rasura al hombre lentamente
y recorre su rostro, cicatriz
de la mañana abierta en diminutas
flores de sangre roja y perfumada.

La que duerme en silencio en su cajón
como un verbo desnudo e inocente
pero luego destroza la sintaxis,
las manos cuando intentan alcanzar
la valla que prospera en la estrechez.

Siete metros de lava y de ceniza
izaron en Pompeya la desgracia.
Son seis los que atormentan esas manos
cuando en Melilla sangran las vocales,
falanges que fracturan el presente
y lloran rojas letras de papel.
Su tinta azuza el agua y la envenena.

(Del blog Mientras la luz)

30.3.16

JD

Ricardo Solís/LNE
Con la discreción y elegancia que le caracterizan (lo uno va con lo otro), Jordi Doce ha comunicado a sus compañeros del gremio editorial, a otros profesionales de la literatura como libreros e impresores, a periodistas culturales y críticos, además de a un puñado de amigos, que mañana deja su puesto de editor en Vaso Roto.
Añade que "han sido cerca de tres años muy intensos, de mucho aprendizaje, en los que he intentado contribuir al trabajo de la editorial con todo mi esfuerzo y mi experiencia. Me voy con el recuerdo de algunos colaboradores excepcionales y un puñado de títulos de los que me siento muy orgulloso". Termina su breve misiva anunciando que seguirá "trabajando como traductor y editor externo (también, de manera ocasional, para Vaso Roto), sin dejar la escritura y mis clases en el Hotel Kafka".
No me nubla el sentido de la amistad si afirmo que el sello hispanomexicano habrá de resentirse de esa pérdida. No estamos hablando de un profesional cualquiera ni vivimos en un país sobrado de personas tan capaces e inteligentes como Doce. Lo recordaba aquí atrás, muy oportunamente, Martín López-Vega
Lo importante, con todo, es que él sigue. Acaba de aparecer en Pre-Textos una nueva traducción suya: Autobiografía de rojo, de Anne Carson (una autora nada complaciente), y nueve poemas de El lunático, de Charles Simic, en el último número de Turia, un anticipo del libro del mismo título que verá la luz en VR; ha reunido poemas de 1990 a 2015 en Nada se pierde (Prensas de la Universidad de Zaragoza); ha publicado un ensayo sobre Canetti en la revista Quimera (donde se anuncia una entrevista que le ha hecho Álex Chico); sigue dando a conocer sus acerados y lúcidos aforismos en su blog y, por fin, en El Cultural pudimos leer, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía, un poema inédito, "Primer Acto", que da fe de su pujanza creativa. La vida sigue, sí. Uno le desea a Jordi en esta nueva etapa lo mejor, que es lo que de sobra se merece.

29.3.16

Poesía reunida (1967-1987)
Aníbal Núñez 
Calambur, Madrid, 2015. 722 páginas. 30 €

Se habla con frecuencia de la voz propia que caracteriza y distingue a un poeta y del mundo único que ha sido capaz de fundar; sin embargo, en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de comprobarlo de una forma tan radical y fehaciente como al leer la poesía de Aníbal Núñez (1944-1987). Con prólogo de Gustavo Martín Garzo y en edición e introducción de Vicente Vives (responsable de La luz en las palabras, antología del salmantino en Cátedra), se publican sus poemas reunidos, de manera, tal vez, definitiva. Lo digo porque se mejora la de por sí excelente Obra poética que publicó en dos volúmenes Hiperión en 1995; hasta ahora, referente canónico. De la vida dañada de Núñez, más que un maldito, se ocupó uno de sus editores, Fernando R. de la Flor. La suya fue la existencia fronteriza de un “insumiso” (“Perdonad, ante todo, mi posición al margen”), “en la intemperie social y literaria” (Vives dixit). En contra de lo que sus coetáneos novísimos defendían; no obstante, pocos versos han soportado el paso del tiempo con la entereza de estos, tan vigentes.
Doce libros en veinte años es el legado. “Dispuesto y pensado” por el poeta, si bien fueron saliendo, cuando él vivía o ya póstumos, sin respetar la cronología con la que fueron compuestos. Conviene señalar una fecha: 1974, annus mirabilis en que escribió cuatro. Tampoco sus respectivos editores siguieron siempre esas indicaciones, por eso es fundamental esta edición que corrige algunos descuidos. A los libros propiamente dichos, cada uno con una aclaratoria nota editorial al frente, se añaden un poema largo y tres plaquettes, amén de una colección de poemas sueltos, escritos entre 1961 y 1986, encontrados en cartapacios y carpetas, que cierra el volumen. Así, y en este orden, Poesía reunida agrupa 29 Poemas (catorce suyos, el resto de Ángel Sánchez), Fábulas domésticas (que apareció en Ocnos), Naturaleza no recuperable (Luis Javier Moreno alude en el prólogo a que “había evitado las generalizaciones solemnes, centrándose en lo doméstico inmediato”), Estampas de ultramar, Definición de savia, Casa sin terminar, Figura en un paisaje, Taller del hechicero (donde se demuestra su condición de adelantado), Alzado de la ruina (para uno, su mejor libro), Cuarzo (otra obra maestra), Trino en estanque, Memoria de la casa sin mención al tesoro y a su leyenda antigua, Gormaz a sangre y fuego (con dibujos de Núñez, pintor además de poeta), Clave de los tres reinos (que le reportó el único premio literario de su vida, el extremeño Constitución), Primavera soluble y Cristal de Lorena.
De la lectura de Núñez se deduce que su poesía es compleja (no complicada) y que su tono, presente desde su primera entrega, tiene mucho que ver con el lenguaje y, más en concreto, con la sintaxis, tan singular como todo lo suyo. Sánchez Santiago se ha referido a “otro idioma”: “Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía”. Una poesía fragmentaria que no desdeña la ironía ni el desengaño; que, paradójicamente (“no hay nada que decir”), se repliega y hermetiza. Una poesía, en fin, que no sabemos muy bien de dónde viene, aunque continúe una tradición culta, y que no admite discípulos, salvo a distancia.
La mirada y el paisaje de sus versos le hacen también distinto y le separan, de nuevo, de su generación. Sus ruinas no son ni exóticas ni suntuosas, sino las de la “aridez carpetovetónica” de pueblos deshabitados y casas abandonadas en la periferia de su ciudad natal donde la naturaleza aún prevalece. Con todo, no fue un poeta agropecuario y basta con viajar por su cosmopolita Estampas para verificarlo.
Anoto un error y una ausencia: Casa sin terminar se publicó en La Centena, colección dirigida por Antonio Gómez y no por una figura capital en la defensa y promoción de esta obra: Ángel Campos Pámpano. Falta en la bibliografía la preciosa edición de Alzado de la ruina que publicó Delirio en 2014.
Valente definió a Aníbal Núñez como “frágil y duro, como el cuarzo, entre tantos supervivientes fraudulentos”. Los que tengan la fortuna, como dice Vives, de leer por primera vez su poesía lo podrán constatar. Sus lectores, confirmarlo.

Nota. Como aquí no hay problemas de espacio, publicó la versión íntegra de mi reseña sobre la Poesía reunida de Aníbal Núñez que apareció el pasado Viernes Santo (qué fecha tan adecuada) en El Cultural, un poco más breve debido a unos ajustes de última hora.

28.3.16

Resiliencia

¿Cuáles son las heridas más difíciles de sanar?, le pregunta Joseba Elola en el suplemento Ideas de El País al neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, judío nacido en 1937 en Burdeos, huérfano por culpa de la guerra y autor, entre otros libros, de Las almas heridas (como el resto de obra en español, publicado por Gedisa), uno de los padres del concepto de moda: resiliencia, que él define como “el arte de navegar en los torrentes”, y Cyrulnik responde: "Hay que huir de la idea de Descartes de que una causa produce un efecto. ¡Muerte a Descartes! Hay que decir: antes de la herida; durante la herida; tras la herida. Antes de la herida: ¿qué nos permite adquirir factores que puedan protegerle a uno de una eventual herida? No hay biografía sin heridas. Todo el mundo, en mayor o menor medida, atraviesa la vida recibiendo golpes. Si uno, de pequeño, cuenta con un apego seguro, que cultiva la confianza en uno mismo, cuando llega una desgracia, la encaja porque su memoria le dice que es posible salir adelante. Se sufre menos si el golpe es lejano que si lo da alguien cercano. Cuando fui un niño mi familia fue destruida por el nazismo; y yo casi quedo destruido; el golpe venía de lejos y yo me sentí protegido por los justos, los franceses no judíos que me acogieron".
Más adelante, tras preguntarle Elola por la felicidad, dice: "Durante mucho tiempo el paso por la tierra era el valle de lágrimas entre dos paraísos: el paraíso perdido, por culpa del conocimiento; y el paraíso posible, que podemos ganar tras nuestra muerte, obedeciendo a las leyes divinas. Entre los dos paraísos se sufría. El siglo XIX y la revolución francesa cambiaron esta noción de la felicidad. Si creemos que la felicidad es metafísica, creeremos que solo puede llegar después de nuestra vida, o de nuestra muerte. Es lo que ocurre con los yihadistas. El yihadismo enseña lo que los cristianos enseñaron durante mucho tiempo: morid primero, seréis felices después".

26.3.16

Libro de familia

Aire de familia se titula el segundo libro de poemas del narrador Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975) y lo publica, en la fértil colección Tierra, La Isla de Siltolá. Ya que lo menciono, si no cuento mal, es el sexto placentino con libro en la fresca editorial sevillana, lo que no deja de ser curioso, más si tenemos en cuenta que cuatro de ellos son, como ese sello, jóvenes.
Volviendo a la obra de Santos, no hay trampa aquí. Estamos ante un libro transparente, escrito con la verdad por delante. Su rótulo lo anuncia. La dedicatoria lo sentencia. El autor relata, desde la concepción al nacimiento, pasando por el embarazo de Fátima, la llegada al mundo de Mafalda, dedicataria del volumen junto a su madre. No es tan simple como parece. Esto es poesía. Sentimientos, miedos, descubrimientos, decisiones, ilusiones van componiendo un espacio íntimo que, sin embargo, cualquiera puede habitar. Más si ha pasado por el trance.
No falta ese toque de humor, marca de la casa (desde el mismo título de la sección: "Preparación al parto"). Ni ese ritmo que la métrica bien ejecutada proporciona.
Tras un emocionante "Interludio", cuando la criatura ya está en brazos de sus padres, catorce poemas de catorce endecasílabos cada uno arman "Álbum de fotos", que, a las claras también, ilustra momentos significativos de los primeros meses y años de vida de esa niña que vino a romper la soledad de sus progenitores.
En el "Epílogo", el adiós: ese instante decisivo en que un padre o una madre (o los dos) deja por primera vez a su hija en el colegio.
Sorprende que una historia tan gastada, digamos, pueda dar para tanto en manos de un escritor con sensibilidad y con talento. Para que nada quede en sensiblería, repetición ni mera ocurrencia. Ese es el hallazgo de Juan Ramón Santos y el acierto de este libro tan sencillo como asombroso. Pura vida.

Y ENTONCES FUE EL PRINCIPIO,
un estallido,
un big-bang celular
sin precedentes
que no alteró por ello lo más mínimo
la fatigada paz de los amantes,
que ignorantes dormían allá afuera,
inocentes, tomados de la mano,
desnudos, vulnerables,
ya inmortales.

25.3.16

24.3.16

Con Clarín

El último número de Clarín me ha deparado, como siempre, momentos muy gratos. Así, he disfrutado con "En busca de la infancia perdida. Memorias de un cigarral", un bonito texto de Hilario Barrero, neoyorkino de Toledo, que tiene el libro de memorias de Gregorio Marañón y Bertran de Lis al fondo. También he saboreado la entrevista de Toni Montesinos a Mauricio Wiesenthal (al que vi hace unos días conversando con Dragó en su intermitente Libros con wasabi), con motivo de la publicación de su monumental Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto). Martín López-Vega, entre polémica y polémica (menos mal que vive en USA), aprovecha para traducir al rumano Lajos Walder ("Soy un vagabundo, un monje moderno...") y para entrevistar a Eloy Sánchez Rosillo, al que siempre es un placer escuchar (y leer). Por Rumanía, por cierto, Moldavia y Bulgaria viajó Ricardo Martínez-Conde y aquí nos lo cuenta. Mario Martín Gijón, por su parte, vuelve a Praga y a las voces que pueblan los cuentos que le inspiró aquella mítica ciudad de la literatura. 
Por último, y tras los "Paliques", Carlos Moreno hace su particular lectura de Seré duda, el último tomo de los diarios de Trapiello que, oh casualidad, tengo entre manos. Las dos, que para eso tiene más de setecientas páginas.

22.3.16

Brines dixit

Sergio Enríquez-Nistal
Con motivo de la publicación de la antología Jardín nublado (Pre-Textos), al cuidado de Juan Carlos Abril, Nuria Azancot le ha hecho una espléndida entrevista a Francisco Brines para El Cultural. De ella, entresaco estas líneas.
La primera es una afirmación que comparto, tan rotunda como aquella tan repetida de que la poesía tiene lectores, no público: "El crítico no es más que un lector que elige”. 
Azancot le pregunta: ¿Tiene sensación de que ha tenido una buena vida?, a lo que el poeta responde: "Hombre, me voy amándola mucho. Sé que me ha dado también tristezas pero me ha dado cosas muy buenas, entre ellas una vocación, que es lo máximo a lo que puede aspirar una persona. Y una vocación de poeta es maravillosa, porque la poesía es una sorpresa total y luego, cuando terminas, es también un documento material: te conoces por el poema, pero no conocías antes de escribir el poema lo que en él escribes". 
Y luego: ¿Entonces es la poesía la distancia más corta entre ese descubrimiento y el lector?: "Desde luego. El lector encarna en el texto, y elige el poeta o los poetas que le interesan. Por eso, el poeta elegíaco es más abundante que el hímnico, porque nos duele lo que perdemos, y lo que ganamos en cada edad lo tenemos que experimentar. Yo, por ejemplo, también he ganado algo. ¿Qué? Quizá el importarme menos las pérdidas".
¿Y a qué se debe que se esté demorando tanto el libro, quizás es que solo escribe cuando no le queda más remedio?: "Sí, me ocurre eso. Yo no tengo la lujuria de la escritura. Mire, donde yo escribo tengo la puerta entreabierta y por ahí entra la musa, que es una sombra, y por ahí sale; yo no la cierro, pero tampoco la abro de par en par. De eso estoy contento, porque escribir por escribir no vale la pena. Uno se puede equivocar… Yo creo que García Lorca o Gil de Biedma no tienen una obra extensa, pero no la necesitan. O sea, que para qué escribir mucho. Neruda, un poeta extraordinario, escribió demasiado".

21.3.16

Quique López

Para uno, sí, Quique López y no Enrique López de Hijes. Uno de los hijos de Salvador y Carmina, viejos amigos de mis padres, dos personas encantadoras, muy queridas también por mí. 
Uno de mis primeros recuerdos de Quique se sitúa en una Nochevieja de hace mil años que nuestros progenitores, tras la cena familiar, celebraron en su casa de la calle Santa Ana. Los acompañé, ignoro la razón (yo era apenas un mozalbete), y pasé parte de la velada en compañía de Quique y de su hermano Salva. Mayores que yo, bebían whiskey y me pusieron un poco. Dyc, of course. Esa prematura incursión debió marcarme, para mal, porque nunca he vuelto a probar prácticamente esa bebida y casi ninguna de las alcohólicas, añado, salvo la cerveza y el vino. Después de aquella noche, he vuelto a ver a Quique en numerosas ocasiones. Casi siempre en encuentros esporádicos. Siempre me brindó una sonrisa franca y mucho afecto, lo que nunca le agradeceré bastante. En un paseo junto al río en los amaneceres del verano. En el bar de su instituto, el "Gabriel y Galán", donde enseñó Filosofía hasta el curso pasado, cuando uno acudía al fallo del premio "Gerardo Rovira". Fue uno de los primeros concejales de la Democracia en nuestro ayuntamiento y su paso fugaz por la política es síntoma de que ésta casi nunca ha contado con los mejores. Vino socialista de sus estudios salmantinos, con una tesis doctoral sobre filosofía política bajo el brazo que no sé si llego a terminar. 
Estaba casado con Chus, profesora de Lengua y Literatura del IES "Virgen del Puerto", siempre comprometida con las actividades del Aula de Literatura "José Antonio Gabriel y Galán". 
En su muro de Facebook muchos amigos recuerdan a Quique. Mira uno las fotografías, las antiguas y las más recientes, y sigue sin dar crédito. Parece mentira que haya muerto. 

20.3.16

En la terraza


Es Palma. Podría ser Palermo
o cualquier otro sitio de Sicilia.
O Nápoles, una casa de campo
de las muchas que pueblan
las faldas del Vesubio,
como aquella que vimos
en Viaggio in Italia,
el film de Rosselini.

Una terraza amplia
y dos palmeras.
Al fondo, las montañas.
El mar, que no se ve,
se intuye por la luz;
una atmósfera, un tono
que es mediterráneo.

Quien posa es de muy lejos.
Sus rasgos lo delatan.
En su rostro, no obstante,
el color, la mirada
pasarían por nuestros.
Y la melancolía, tan latina.

Alguien que ha muerto
eligió este lugar
para pasar el resto
de lo que fue su vida.
Ella recuerda.
Desde esa barandilla
-la mirada difusa-,
triste le piensa.

Nota: Este poema ha sido publicado en el número 7 de la revista AnáforaLo ilustra un fragmento de una fotografía de Samuel Sánchez.

19.3.16

Anáfora

La revista asturiana Anáfora cambia de aspecto, pero sólo por fuera. Pierde el color blanco y el tipo de papel, poco sufridos ambos. Dentro, se mantiene la misma línea clásica, tanto en su aspecto como en el tono de sus colaboraciones.
En esta entrega, abre el fuego un excelente poema de Julio Martínez Mesanza, que ya sabemos lo poco que se prodiga en estos ámbitos. Le siguen versos, en este orden, de Á. Valverde, K. C. Iribarren, B. Clark, M. A. Alonso, R. Olay y R. Acebal.
Andrés Catalán ha aprovechado su estancia en la Real Academia de España en Roma para traducir dos poemas de Sandro Penna, al que algunos leímos acaso por primera vez gracias a la plaquette Quince poemas, que, en versión de Luis Antonio de Villena, publicó en 1979 la colección valenciana Septimomiau.
Pablo Núñez, uno de los coordinadores de la revista, conversa con Luis Alberto de Cuenca.
De la sección de Prosa, destacaría el extenso artículo de Juan Bonilla, que nunca defrauda: "Auge de un género: los diarios"; los agudos aforismos sobre poesía de José Luis Argüelles, llenos de sentido poético; la crónica viajera e irlandesa de Ángela Arambarri; y esa visita de Frederic Prokosch a Maurice Baring que tuvo lugar en 1937 y que, según Jorge Ordaz, su relator, se quedó fuera de Voces, las famosas memorias del primero.
Con un puñado de reseñas se cierra el número. Entre ellas, la que se ocupa de la antología de Joan Vinyoli Xuegos p’apostalgar la muerte, florilegio del poeta catalán traducido al asturiano por Antón García.
Para los más curiosos, aquí una muestra. Querrán más. Seguro.