14.10.16

Antonio Cabrera en prosa

Con El despercibido, el poeta Antonio Cabrera ganó el XXII Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra, libro que publica, con un gusto exquisito, la también logroñesa pepitas de calabaza, así con minúsculas, por aquello del lema que esgrime: "Una editorial con menos proyección que un cinexín". Ironías aparte, basta darse una vuelta por su catálogo para caer en la cuenta de su indudable alcance, de su verdadero peso literario, una ambiciosa apuesta desde la Rioja hacia el mundo. La obra que nos ocupa es buena prueba de ello.
Algunas de estas prosas las habíamos podido leer, por ejemplo, en la revista Clarín (nº 103, 2013), y ya entonces se quedó uno gratamente sorprendido, con ganas de más. Y ahora...
Filósofo de formación (la filosofía, esa "actividad inocente", según uno de sus alumnos), Cabrera nos presenta una serie de reflexiones, con frecuencia interrogativas y paradójicas, en las que el lenguaje es fundamental, porque en él prima su condición de poeta (uno de los mejores) por encima de la de pensador. Eso sí, todo está oído, visto, tocado o, en suma, sentido "con los pies en el suelo". No en vano "del mundo únicamente nos separamos con el pensamiento", dice. Y en otro sitio: "Gracias al mundo nos salvamos".
Sus obsesiones literarias son las mismas que aparecen en estos textos breves donde no falta la sentencia ("Quien mejor siente es el que no siente con demasiada facilidad. Me espantan los sensibles"), el aforismo ("La infelicidad es un trastorno de la memoria", ¿o es la felicidad, a la manera de Cioran?) y la greguería ("El chiringuito lo inventó Robinson Crusoe").
Son éstas, ante todo, las páginas de un observador nato, de un testigo discreto, de alguien que "mira, contempla, escruta". "Con los ojos lo que más hacemos es pensar", escribe, o "Quien mira es movido por la esperanza de un afuera" o, en fin, "Nada resulta fácil de mirar". Las anotaciones de un ser atento a lo más cercano e inmediato, eso que casi nunca es objeto de atención. Tal vez porque "A veces sucede lo que parece que no podría suceder".
La memoria es otro asunto clave. Y ahí lo personal (a lo Montaigne), la vida corriente, de la vespa ("motocicleta sentimental") a la melancolía de los andenes; de su encuentro atropellado con Keith Richards a las puertas del ascensor de un museo parisino a la figura de su padre o a su propio cuerpo: "Mi delgadez soy yo". La infancia, ya que menciono a la familia, otro. Y la naturaleza, el paisaje y el campo, que frecuenta este caminante apresurado y solitario que busca la calma, la quietud, la inmovilidad (de los árboles del bosque o de un jardín). Un ornitólogo, además; de ahí que hable de urracas, oropéndolas, mirlos... Pájaros de la poesía (Hughes, Zagajewski, Stevens). Y de los insectos, del ser y del estar. No es extraño que escriba un precioso elogio del naturalista.
La poesía es otro de sus temas favoritos y sus meditaciones sobre ella, una suerte de poética, alumbran tanto la que él escribe como toda la que es digna de tal nombre. "Con el poema se va a cualquier parte y se puede decir casi cualquier cosa", precisa.
No falta algún relato, como "Sin escapatoria" o "Luzdivina", con los Ancares al fondo, donde, por cierto, se incluye "Cementerio de Peliceira", un poema de Piedras al agua que destaqué en su día como uno de los mejores de ese libro.
Cabrera pertenece a "la tribu de los callados": "Uno sólo se siente adulto cuando calla", recuerda que dijo César Simón. "Es el hombre un animal que desea callar", leemos. Por suerte, no siempre lo hace, de ahí que podamos disfrutar de estas líneas que nos acercan al tacto y a la noche; a los arbustos, las dunas o al color granate.
"Conseguir" es un perfecto colofón a esta obra que define su autor como un híbrido "entre el poema en prosa, el apunte biográfico y el microensayo", y que termina: "No hay más remedio que echarse a andar de nuevo. ¿Hacía dónde?". Poco importa. Con un poco de suerte, allí estaremos.

12.10.16

Tavares dixit

Antonio Sáez ha tenido el detalle de pasarme en primicia unas pocas pero sustanciosas palabras del escritor portugués Gonçalo M. Tavares (Luanda, Angola, 1970), al que está traduciendo. En concreto, la cita pertenece al fragmento titulado "Si la ficción es un movimiento o una inmovilidad" y está tomada del volumen Breves notas sobre las conexiones (Llansol, Molder y Zambrano) cuya versión revisa para que salga la próxima primavera en Xordica. En esta editorial el volumen constará de cinco libros, de la serie Enciclopedia; ya salieron tres hace años en la Editora Regional de Extremadura y el año pasado, en la misma traducción, en Colombia: Universidad de Los Andes, me explica Sáez.
El autor de O Bairro dice allí: "Quita de una frase todas las palabras que no exige la naturaleza, esa es una definición posible para la poesía. Para su oficio, para su esfuerzo."

11.10.16

Mi cuerpo

El colombiano Darío Jaramillo Agudelo, nacido en Santa Rosa de Osos, 1947, ha publicado a lo largo de su vida ocho libros de poesía, que en realidad no es tanto. Me refiero a Historias, Tratado de retórica, Poemas de amor, Del ojo a la lengua, Cantar por cantar, Gatos, Cuadernos de música y Sólo el azar, los cuatro últimos en Pre-Textos, donde se puede decir que está toda su amplia obra narrativa. También cuenta con varias antologías. Una de ellas, Aunque es de noche, le tengo un cariño especial porque lleva un prólogo de Eugenio Montejo. Uno le admira, además, por el estudio que antecede a Obra entera, de Rafael Cadenas, y, como todos, recuerda que fue objeto de un atentado terrorista de las FARC. La explosión de una bomba le destrozó el tobillo derecho y le hizo perder un pie. Fue en 1989. Si lo digo no es por morbo, sino porque esa herida (que "Ahora ya no importa"), esa cicatriz, está presente en este nuevo libro, El cuerpo y otra cosa, que vuelve a editar el acreditado sello valenciano siempre atento a lo sucede en ultramar. 
A favor de la prosa, del tono conversacional y narrativo, el poeta va hilvanando ideas, temas que van surgiendo desde el fondo de su memoria y del presente, uno de esos asuntos sobre los que reflexiona. En realidad, digámoslo pronto, se trata de un solo poema extenso dividido en fragmentos numerados que a veces llevan título. Me refiero a "El cuerpo".
El tiempo es otra idea. "Ya se sabe que el tiempo no importa, que no hay recuerdo viejo, que ni el olvido vale", escribe. O: "Intuyo otra manera de llevar el tiempo".
La música (a la ella le dedicó el libro Poesía en la canción popular latinoamericana, también en Pre-Textos) es otra constante. La del bolero: "fue cuando mi débil corazón me dijo que el amor es frágil", siendo el amor y el erotismo una obsesión, digamos, inevitable en la poesía de Jaramillo Agudelo. 
Pero es el cuerpo lo fundamental aquí: "Yo soy mi cuerpo, me dicen". "Yo moriré como carne". "Siempre fue uno solo el cuerpo". "Sólo el cuerpo sabe decir «yo»". Cuerpo, por cierto, que está "hecho de tiempo". Sí, "El tiempo, que es el cuerpo". 
Al silencio dedica algún poema: "Lo principal consiste en los silencios que debo, lo que debí callar". Y a los recuerdos, que "son una manera despaciosa de la muerte". Y a la muerte: "Sólo sé que llegará". 
Hay algo de balance en el libro, de ajuste de cuentas con el pasado: "esto fue, diré, más bien". Y de metamorfosis (de alguien que se transforma en otro, que es el mismo y no): "alma nueva y cuerpo viejo". De ahí el tono meditativo. Una meditación escrita, claro, con palabras: "Las palabras son las cosas pero las palabras son la cosa". Porque "Los poemas son cosas hechas solamente con palabras". Porque "En ninguna parte es más palabra una cosa que en el poema" y "En ninguna parte es más cosa una palabra que en el poema".
"Somos solo cuerpo", insiste, y vuelve sobre el presente, el que pide al cuerpo, "mi nada". Y al "presente absoluto": el orgasmo. Presente que no está en el sueño, sino en la vigilia y el insomnio.
Y concluye: "El olvido es también útil: no soy sólo recuerdos, soy una larga y ya borrada lista de olvidos".
Fuera del corpus central, de ese largo poema que da título al libro, a modo de epílogo, encontramos un puñado de poemas elegíacos. "Poemas para sacarme esa parte mía que murió", escribe. Allí evoca a un "primer hermano mío", a los amigos muertos (que da en un poema emocionante y precioso), a una mujer: "te amé y eso basta, / abrazado a ti fui feliz, / ahora lo sé, / ahora cuando le perteneces a la muerte".

LOS AMIGOS MUERTOS

Si ahora regresaran llegarían con su edad intacta,
más allá de la muerte, inmortales
con aire de ignorar lo nuevo que hay en el mundo,
sin interés en nada distinto de indagar lo que ahora soy.
¿Por qué las canas y la panza?
¿Por qué mi trajinado traje mortal que cruje tanto y mi cojera?
¿Por qué mi apatía con el mundo, mi apatía conmigo, mi desgano?
¿Por qué mi fastidio con el ruido y sus ruindades?
¿Por qué mi amor al silencio, mi mutismo?
También preguntarían perversos por qué conmigo la muerte sí es indolente. Si ahora regresaran, llegarían dándome un abrazo que todavía extraño.


Nota: Esta reseña ha aparecido publicada en el número 124 de la revista Clarín, donde también se pueden leer los textos del homenaje a Rafael Cadenas que se celebró en Casa de América hace unos meses. Añado aquí el poema "Los amigos muertos", al que se hace referencia en la recensión.

10.10.16

De papel

La Pléiade
Ayer dedicaron en el suplemento Ideas de El País un especial al libro de papel, que resiste. Un informe de Joseba Elola, "Quiero leer en papel" lo corrobora. El neurólogo Facundo Manes alude en su artículo, "El cerebro persigue palabras", a la escritura ("Los seres humanos estamos atravesados por la escritura como nunca antes en la historia") y a la lectura ("Leer, en un primer orden, supone reconocer la forma de las letras y, con ellas, las palabras. Pero además, mientras leemos, percibimos la totalidad del texto como si se tratara de un paisaje"). El dibujante Miguel Gallardo usa un cómic para explicar su relación con los "esos extraños artefactos de pasta de papel". Por fin, Alberto Manguel, ahora director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, publica un hermoso texto autobiográfico titulado "Las hojas me han dado raíces" donde, entre otras cosas, dice: "Desde esas lejanas tardes yo siempre he sido fiel a esa geografía. De biblioteca en biblioteca, ese follaje me acompaña y me hace sentir en casa dondequiera que me encuentre: durante mis demasiados viajes, es siempre la hoja de papel la que me ha dado raíces. Los utilísimos y omnipresentes textos digitales provocan mi admiración pero no mi afecto. Necesito una presencia más corpórea, menos fantasmal en un mundo que siento más y más como absurdo y evanescente. Todo se aleja, todo se transforma a mi alrededor: las ciudades a las que me había acostumbrado cambian de fachada, los viejos amigos cambian sus rasgos y sus personalidades, la rutina cotidiana ya no es la misma. Sólo el papel y su tinta permanecen para mí constantes, siempre en su mismo lugar entre las cubiertas de mis libros que, si bien ajados, resisten la lima de los días y el roer de los años. Entre la gente de campo, existe la tradición de que, cuando un apicultor muere, alguien debe anunciar esa muerte a las abejas. Yo quisiera que, cuando yo ya no esté, algún amigo vaya a decirles a ese paciente papelerío que su lector se ha ido".

9.10.16

Poemas de Silvia Tocco

Silvia Tocco es argentina de Buenos Aires y nació en 1954. Este año ha publicado Detrás de los ojos, su tercer libro de poesía, en Ediciones El Mono Armado. Es médico psicoanalista y trabaja con niños que tienen problemas emocionales. Si cuento esto, que aparece siempre en sus notas biográficas, es porque su poesía tiene relación con ello, aunque no sólo. 
Sus poemas, escritos en minúsculas y sin puntuación, tienen una gracia especial. No encuentro otra palabra más adecuada. Son ligeros, siquiera en apariencia, aunque no por eso carezcan de la debida enjundia.
La memoria familiar, su infancia y sus raíces italianas, otro lugar común para una argentina, ocupan buena parte del volumen. Así, en "Las tías" ("la casa / era el sexo de las tías"), "Sicilia, 1996", "Calabria", "Sirocco"... Sus poemas son breves, pero a pesar de eso están, ya digo, llenos de sentido. Basta leer "La madre de Camus" (perfecto comienzo) "De tarde" o "Afuera". 
Hay un intermedio, digamos, de poemas en prosa donde aparecen, como comentaba, los niños y ese mundo que se relaciona con su ocupación profesional. 
El erotismo (sutil, delicado, femenino) no falta. En "Ustedes", "La derrota", "Residence Littré", "Por venir". Ni París, donde el amor, ya se sabe, es norma. Copio a continuación dos poemas del libro.

La madre de Camus

a crin húmeda olía
el colchón
donde alumbró
una vida de silencio.
Guardó
a su hombre muerto
en campo de batalla,
esquirlas de obús,
postales enviadas
desde el frente.
No conocía de historia,
Francia había sido
una palabra
al otro lado del mar.

Era de la raza de las inocentes,
las que lavan la ropa sucia de los otros
las que limpian los suelos de rodillas
las que planchan el único pantalón del hijo
y encuentran en el bolsillo agujereado
la moneda para el fútbol
del día siguiente.
No piden promesas de amor
ni salvan el mundo

callada hilandera
teje por la noche
la mañana

        ■

Sicilia, 1996

había jazmín
en la isla
la
canzonetta
entraba
por las hendijas
de la ventana

había
un padre

dejaba de ser
un soldado ciego
en la primera línea de fuego

8.10.16

Frases hechas

Canogar
Al retórico "qué tal" suele uno responder desde hace mucho con el no menos común "vamos tirando". Así, en plural. "De la pelleja", habría añadido mi amigo José Antonio Zambrano. El diccionario dice que "ir tirando" es "hallarse en una situación en que no se tienen grandes adversidades o trabajos, pero tampoco muchas ventajas". Lo cierto es que en los últimos años, los de la crisis, es raro que no me contesten con eso de que debes ser el único que tira, que cómo se te ocurre tirar con la que está cayendo, etc. No lo dice uno en ese sentido, pero... La última que me ha afeado ese uso vulgar ha sido mi madre. La llamé la otra tarde por teléfono, me preguntó y... Fue cuando dijo que a ver si cambiaba de respuesta, que esa estaba ya muy gastada. Recordé entonces, y así se lo conté, que el domingo pasado en un bar, cuando volví a repetir, ya automatizada, la dichosa frase hecha a la persona que nos saludaba tras un verano sin pasar por el local, me comentó que en Canarias, donde estuvo trabajando, se decía "vamos escapando". Me he propuesto incorporar la expresión a mi pobre vocabulario social. Al fin y al cabo, a esta edad y en estas circunstancias, en esas estamos. 

7.10.16

Poesía última de Vicente Gallego

En los dos últimos años, Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha publicado un par de libros. Los dos con premio y ambos chez Visor. Aunque he seguido su trayectoria con la atención que merece, se me escapó en su momento la lectura del primero, Saber de grillos, ganador del Emilio Alarcos. En el jurado estaba Carlos Marzal, otro valenciano de la misma saga de poetas, digamos, imprescindibles de nuestro panorama, que afirma en la contracubierta, y con razón, algo que podría haber dicho de sí mismo: que Gallego "ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo".
Está compuesto por poemas breves que casan bien con el despojamiento al que ha venido sometiendo su poesía. Ante todo, la Naturaleza: sus lecciones, sus imágenes, sus metáforas, sus símbolos... Porque "Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida / en los montes pelados". Sí, la suya es una naturaleza áspera y esencial que cabe relacionar con el paisaje de su maestro César Simón (al que dedica el haiku "Canícula"), en cuya poesía, por cierto, está muy presente la palabra grillo. Allí, en la "Santísima intemperie", entre las soledades del sabio que habita una cabaña, siente y piensa (en este orden) el poeta. Con frecuencia, al modo franciscano. El paradigma de su forma de mirar está en el poema "Contemplando un pino", que dedica a Antonio Cabrera, otro de su estirpe, dedicatario del libro en su conjunto. Ahora que lo menciono, salvo unos pocos poemas, todos están destinados a alguien. Amigos, sí (basta leer "A esos cuatro amigos"), pero también autores de poéticas similares o admiradas; pista fiable para situar la poética de Gallego. "Porque los ojos ven las cosas claras", escribe. 
Allí, la celebración de la vida. De lo mínimo, casi siempre, a lo máximo. Por "asentimiento". "Del natural", como en el homenaje a Gaya. 
Allí, piedras, pájaros, flores, árboles, noches, luz... Su vocabulario no es rebuscado, como no lo son sus ideas. Allí, la perplejidad, el asombro. Y "lo rumoroso". Y la quietud. Y, cómo no, el silencio. La simplicidad y lo liviano (léase "Soltura": "si un alma he de tener, / me vale el horizonte"). Lo oriental como concepto. Y lo occidental, añado, como vemos en su último libro, Ser el canto donde Antonio Moreno, al que se lo dedica, en la nota de la contracubierta advierte: "¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía". Y está bien que traiga a colación lo del misticismo porque, además de referencias concretas a motivos místicos, como la noche, y a "Juan de Yepes" ("¿Qué habrá más delicado que morir?", leemos en el espléndido poema que le dedica), cualquier lector avisado advierte esa filiación que tanto miedo da a quienes la desprecian por simple ignorancia. Por eso, por su cariz religioso (como si religión y poesía, en su más amplio sentido, fueran materias contrapuestas), y porque a nadie le gusta ir de "místico" por la vida. No es el caso de Gallego, por más que en los últimos años sus vínculos con la meditación no puedan obviarse, ni en su biografía ni, por supuesto, en su poesía. 
El libro se compone de cincuenta cantos sin título y numerados en romano. En él las preguntas abundan. Se conciben en la duda. 
El lugar desde el que contempla viene a ser el mismo del libro anterior: el monte, el campo, la naturaleza más intrincada y oculta. La naturaleza sagrada. La estación: el verano. El tono hímnico, que lo es todo, semejante: "Aprendí de las cosas mansedumbre". Los maestros, también: Claudio Rodríguez (presente en palabras como pan o jornal: "el jornal de la vida"), César Simón, el último Juan Ramón, Brines... Y los románticos, con Leopardi (y su luna) a la cabeza. Y la sabia poesía popular, que nunca falta.
Estamos de nuevo ante "el delirio de mirar". De sorprenderse feliz con lo que ve.
Símbolos, como el del pájaro o el agua, siguen muy presentes. Y animales humildes como el saltamontes y la hormiga. Y una cesta de esparto o la salvia.
Son cantos inspirados. Plenos de intensidad y de concentración. Llenos de amor. Propios de alguien que ha tomado un camino solitario lleno de autenticidad. No falta, claro, la pasión, el entusiasmo, la alegría de un vivir al margen que, sin embargo, le une a los seres y a las cosas con una fortaleza inquebrantable: "como tiene / uno madre, alegría / sin saber ni de qué". De ahí las constantes alusiones a la infancia y la niñez, el territorio de la pureza". El poema dedicado a su hijo ("Canto XLV") es memorable, de emoción verdadera. "Canto lo irremediable", dice. Más allá, la belleza. 
"Los cincuenta cantos de este nuevo libro vienen a ser facetas indiscernibles de un único asunto: la naturaleza transparente del yo y su íntima hermandad con los demás seres, resuelta en una música tan expansiva como solitaria", escribe Antonio Moreno. Y añade: "Acaso sean estos versos de Vicente Gallego los más despojados que haya escrito, los más alejados de las trampas del lenguaje".
Acierta, sin duda, pero conviene recalcarlo. Lo dijo Marzal y lo repite Moreno: si por algo se caracterizan esta poesía (su aventura verbal" y "sin trampa") es por lo que tiene de lenguaje. Por lo que pesan sus palabras. Valen su peso en oro.

EN LOS PICOS PELADOS

                              A José Saborit


En la mañana, hondo,
donde cruzan las águilas y el monte
se pierde como un niño y se sofoca;
donde prospera el cardo, el esqueleto
de tanta soledad abierta en llama.

Van pisando los pies, mediado el día,
caballones hendidos de calor,
requemados de espejos, de guijarros
en los que el sol golpea y le abre un río
de centella al aire.

Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida
en los picos pelados.

6.10.16

Auden, Quervo, Cabrera...

Auden por Hockney
Leo en el blog de Jordi Doce su impecable versión de "At last the secret is out", el famoso poema de Auden que forma parte de las «Twelve Songs», el mismo que tradujo a su manera Jaime Gil de Biedma e incluyó en su libro Las personas del verbo. Recuerdo entonces que uno tiene su particular relación con él. Voy a la búsqueda de un dato en Google y descubro que existe en internet un pequeño tesoro. Sí, uno de tantos. Me refiero a la colección completa, compuesta por monográficos y plaquettes, de la revista valencia Quervo. Cuadernos de Cultura. Su historia empieza en 1980 (entonces Cuervo, con c) y finaliza en 1988. 
Uno fue suscriptor y en esos ejemplares leí por primera vez a no pocos poetas extranjeros y a algunos nacionales que han marcado, sin duda, mi vocación lectora. Brines y César Simón, del lado de acá; Bassani y Auden, del de allá. También con las entregas de Septimomiau (otra aventura en paralelo que confluye en la figura de José Luis Falcó) disfrutó uno lo suyo: Celan, Penna, Brossa, etc. Pero acabo de nombrar a Auden. Y es que fue en ese cuadernillo de color marrón, Doce poemas, de W. H. Auden, en versión de Juan V. Martínez Luciano e introducción de Ana Gimeno Sanz, de donde saqué el título de mi libro Una oculta razón. Doce traduce "una clave privada".
Ese mismo año, 1987, va a hacer treinta, se publicó en la misma colección Autorretrato, de Antonio Cabrera, una obra que no aparece en su bibliografía y que muy pocos conocen. Tampoco uno, lo confieso. He comentado al poeta el hallazgo y éste, sorprendido de que ese librito estuviera al alcance de cualquiera en la red, me ha dicho que considera "esos poemas como tanteos imperfectos, no incluibles en la que tengo por mi obra válida, digámoslo así". Y añade: "La verdad es que los tenía en el olvido y, leídos después de tanto tiempo, les encuentro alguna gracia, aunque sigo apreciando sus demasiados errores. Confieso que me han emocionado los de "Epitafio", escritos a la muerte de mi padre. Más por biografía que por literatura seguramente".

5.10.16

La nueva web de Fernando Pérez

Celes, una de las hermanas del escritor y editor Fernando Tomás Pérez González, ha conseguido por fin encontrar la forma que buscaba para la página dedicada a la vida y la obra de nuestro añorado amigo. Se puede ver (y leer) aquí. Está muy bien. Es sobria y limpia, como a él le hubiera gustado. La tipografía también es discreta, al servicio del lector. La imagen elegida sería asimismo de su agrado: los ajados volúmenes de la Biblioteca de Barcarrota. 
Consta de varias secciones que llevan por título biografía, escritor, editor, exposiciones, semblanzas y fotografías.
Me alegro mucho de que la figura y la obra de Fernando continúen con nosotros. Su referencia sigue siendo ineludible, más en estos tiempo de penuria cultural en los que nos movemos, o ni eso. En Extremadura, sí, pero también por ahí fuera. No se la pierdan. 

Fonollosa y Veyrat

José María Fonollosa
Edhasa, Barcelona, 2016. 384 páginas. 

Cuando Jaume Vallcorba publicó en 1990 Ciudad del hombre: New York, de un tal José María Fonollosa, los lectores de poesía reaccionaron con sorpresa. El prólogo de Pere Gimferrer contribuyó a crear una leyenda sobre la existencia real o no de ese autor desconocido, alejado del mundo literario y sin generación, que aún no ha cesado, como su influencia, tan notoria en poetas posteriores, jóvenes y no tanto. No cuadraba su edad con el tono urbano y cosmopolita de sus versos, más propio de los poetas de los ochenta y de algún novísimo rezagado. Paradoja más que enigma, según José Ángel Cilleruelo, responsable y excelente prologuista de la edición completa de un libro que se escribió entre 1948 y 1985 y que lleva por título definitivo Ciudad del hombre.
Barcelonés (1922-1991), Fonollosa confiesa que “había querido realizar una obra grande, con múltiples, pequeñas unidades que pudieran ir por la literatura a solas, pero juntas formar una continuidad, un todo compacto”. Por eso habló Gimferrer de “obra coral”, porque el protagonista es “un solo hombre y muchos hombres a la vez”, y de “heterónimos epónimos”, que se definen “sólo por su ubicación”: cada poema lleva por título el nombre de una calle. Más de doscientos relatos poéticos reales que dibujan los perfiles de otros tantos personajes. Su impronta narrativa y epigramática es inconfundible y prima la comunicación y la ironía. A ratos, incluso el cinismo y el sarcasmo. Más allá, la desesperación que subyace a cualquier vida sórdida. O la felicidad que surge de existencias dichosas.
La deliberada “sequedad adusta” de los endecasílabos, ordenados estróficamente, consiguen dar forma a un libro urbano por naturaleza, de un poeta de la ciudad que, solitario entre la multitud y ensimismado, enemigo de “los vegetales” y de cualquier aire que no esté “civilizado”, traza el itinerario de un hombre común y corriente, “con los pies en la tierra”, cautivo de sus obsesiones (las mujeres, sobre todas), deseos, odios y temores. Alguien que sin dejar de ser él mismo se pone en el lugar de los otros: de la gente, digamos. Y lo hace a partir de Barcelona. Porque una ciudad es todas las ciudades y porque, como todas también, tiene un barrio modesto, uno bajo, una zona transitada, uno antiguo y, por fin, uno rico.
Fonollosa vivió para su obra. Como soñó, resiste.

Miguel Veyrat
Ediciones La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016. 152 páginas. 

A Miguel Veyrat (Valencia, 1938) le precede su fama de periodista, un hecho que en este cicatero país ha determinado su condición de poeta, lo que sin duda es.
Prieto de Paula dijo que su poesía avanza “en espiral”. Que es de “los que van de fuera adentro”. Su largo viaje por la poesía tiene en este libro (que consta de diez secciones, coda y suculentas notas) una suerte de feliz condensación que el lector, tanto el primerizo como el habitual, advertirá.
En su prólogo, Vázquez Medel, menciona su “exigencia expresiva radical” y su “alta conciencia poética”. Destaca su cosmovisión, una de las “más completas y complejas de la poesía actual”.
Estamos ante una poesía del pensamiento, forjada en la experiencia del vivir y en el diálogo con los grandes poetas y filósofos. Y en sus símbolos y mitos. “Poesía que no quisiera ser sino poesía que hiciese real aquello que intangible”. También en permanente conversación con lo ya escrito. Lejos, sí, de “las pocilgas de la facilidad”.
El título remite al alba. La hora del mirlo, pájaro de resonancias poéticas: Juan Ramón, Stevens… Y él, que escribió Razón del mirlo.
Poesía de máxima concentración (en más de un sentido: “los poetas viven adelgazando palabras”) donde lo amoroso es ley: “El amor pide amor”. Más allá de la muerte. No en vano, remite a Donne, “siempre se muere en otro”. Y del tiempo: “Soy yo mismo el tiempo”, afirma Merleau-Ponty y se pregunta Heidegger.
Musical a su manera (muy propia, como todo aquí), porque “las leyes del espíritu son métricas”. Porque el ritmo es ”el único y solo modo de expresión”, como leemos en “Coda acerca de los ritmos”, donde alude a los atractores y sus estructuras fractales, en busca de “la sencillez que subyace en los sistemas complejos”, lo que no deja de ser una poética. Esa complejidad que “emerge justo en la frontera entre el orden y el caos”. Donde la libertad hölderliniana impera.
“Veo porque soy viejo”, escribe Veyrat. Y: “El arte sobrevive a la podredumbre del tiempo”. O: “Yo quiero estar siempre despierto entre los dormidos”. Son pistas fiables sobre el alcance de la rigurosa aventura de este verso suelto de la poesía española que afirma, con Vygotsky, que la conciencia es la relación social con uno mismo. Un modo de volver atrás, que diría el autor de Ser y tiempo

Nota: Estas reseñas sobre libros de Fonollosa y Veyrat aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.

4.10.16

Palabra de Marta López Vilar

En las aguas de octubre, Marta López Vilar (Madrid, 1978), autora de La palabra esperada, De sombras y sombreros olvidado y de la edición de (Tras)lúcidas. Antología de poesía escrita por mujeres (1980- 2016), publicada también por Bartleby, evoca personajes mitológicos, históricos y literarios de Grecia y Roma, sobre todo, así como lugares tanto de esas viejas civilizaciones como de otras partes del mundo: "Eleusis" (dedicado, no por nada, a Aurora Luque), "Cementerio de Keramicós", "Sunion", la isla de Skiazos, "Etna", Lisboa...
Parece mentira que tras siglos de constantes asedios sobre esos seres y esos sitios siga siendo posible escribir nuevos versos, dignos de tal nombre, sobre esos referentes, como digo, en teoría agotados. López Vilar sale airosa del trance -que no deja de ser un viaje- y da a la imprenta un libro fresco y sugerente donde la mayor parte de los poemas se ajustan a la técnica del monólogo dramático. Versos clásicos, en el más puro sentido, sobrios, cincelados (por exactos), adaptados, sí, al tono de ese lejano mundo que rememoran; paradójicamente, tan cerca aún de nosotros. 
Abundan las citas. En varios idiomas. Cabe precisar que MLV es traductora del griego, del portugués (suya es La carretera de Sintra. Antología de poesía portuguesa contemporánea) y del catalán; lenguas que tan bien han interpretado la realidad y el símbolo del mar y lo marítimo. Y el agua aquí es una palabra clave, ya desde el título (tomado de un poema de Fernando Pinto do Amaral). Como lo son la luz, el verano, el almendro o la higuera. 
Me ha gustado mucho poemas como "Ovidio llega a Tomos", "Última meditación de Marco Aurelio", "Oráculos", "Estela de Damoclides", "Sotiría" (con el drama vital de los poetas María Polydouri y Costas Cariotakis al fondo: "Soy la loca que canta tu hermosura"), "Indemne", "Las higueras"... 
"Escribir es despedirse", leemos, lo que nos pone en la pista del tono melancólico, elegíaco, que caracteriza al conjunto. Un conjunto, por lo demás, espléndido, a la altura de aquello que nunca muere: nuestro origen.
El libro lleva una introducción, "Vuelvo a escuchar la lenta voz del agua", de Antonio Crespo Massieu.

LAS HUELLAS

                        No le reprocho a la primavera
                                   que llegue de nuevo
                                               Wislawa Szymborska

Dejo mi palabra hundida en esta primavera.
De ella crecerán las hojas que cubrirán
la puerta de mi casa,
-esta casa, cualquier casa-,
los nombres
que no desaparecen, pero tampoco nombran.

Escribir es despedirse,
sellar con hielo el corazón de un muerto.

3.10.16

Actualidad de Gerardo Diego

A la publicación por parte de la editorial Pre-Textos del segundo volumen de Prosa musical de Gerardo Diego dedicado a su pensamiento sobre la música, obra coeditada con la activísima Fundación que lleva el nombre del poeta del 27, un precioso libro al cuidado de Ramón Sánchez Ochoa, profesor de Estética e Historia de la Música del Conservatorio Superior de Música de Valencia, con la colaboración de la documentalista Elena Diego Marín, hija del autor de Fábula de Equis y Zeda (les recomiendo la amplia reseña que ha dedicado a ambas entregas el profesor Mainer), y a la muy reciente de Gerardo Diego y Blas de Otero. Entre Santander y Bilbao (Texto y contexto de unos poemas), de Juan José Lanz, profesor de la Universidad del País Vasco, donde se recogen, entre otros, documentos (cartas, poemas...) de ambos poetas en sus respectivos archivos y textos del primero dedicados al segundo (número 6 de la colección Bodega y Azotea de la propia Fundación), se une La poesía de Gerardo Diego: un estudio bibliográfico, de José Luis Bernal Salgado (número 3 de la colección Bibliografías Contemporáneas). La obra, impresa de manera impecable (un sencillo lujo bibliográfico), realizada con el rigor que caracteriza al profesor de la Universidad de Extremadura (que con Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego ganó, precisamente, el Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria en 2007), amplía y actualiza anteriores intentos por concretar la abundante bibliografía de Diego. En la edición santanderina de Gerardo Diego, Antología poética (1988 y 1996) ya se incluía un amplio «Estudio bibliográfico» realizado por Bernal, donde podemos situar el verdadero origen de este trabajo.
El cacereño no es un recién llegado a la poética dieguina, sino todo un consumado especialista, acaso el máximo. Por lo demás, ya lo dijo el propio poeta, premio Cervantes en 1979 junto a Borges, en «El autor enjuicia su obra», de 1966: "Mi obra creo yo que es difícil de juzgar, pero más que por otra cosa por (tengo yo en gran parte la culpa) dificultad de reunirla, por haberse publicado en librucos, libritos, libros y librotes de todos los tamaños imaginables, en todas las ediciones, siempre procurando —no procurando, sino consiguiendo, sin procurarlo, claro está— el que fuesen los editores más quebradizos y más misteriosos la mayor parte de los que editaron mis libros. De este modo han resultado ya un poco míticos ciertos libros míos que casi nadie ha visto y, realmente, haría falta tenerlos todos presentes, juntos, para poder juzgar mi obra poética", cita que abre el enjundioso prólogo de Bernal, que explica: "El presente estudio de la obra poética de Gerardo Diego pretende ofrecer al lector un asidero útil en su viaje por el complejo proceso de escritura y de publicación de sus libros de poesía, de variada naturaleza y significado, al servicio de la irreductible «polimusía» del poeta, a lo largo de más de sesenta años de nupcias con la poesía".
Al estudio bibliográfico libro a libro, se añade un anexo sobre las antologías de sus poemas que han sido publicadas, una interesante colección de imágenes de las cubiertas de sus libros y varios índices: de poemas, de títulos, onomástico y de publicaciones periódicas. Más no se puede pedir. 

2.10.16

A propósito del blog

El día 2 de mayo de 2005 publique “Bitácora”, la primera entrada de mi blog. Decía: «¿Seré capaz de llevar el diario que siempre fui incapaz de llevar? Bueno, mejor sería preguntarse si, como creo, el blog (o la bitácora, que decimos por aquí) es el medio ideal para adaptar la escritura a los tiempos que vivimos; los de internet, sí, que son los de la velocidad y la prisa; los de la actualidad desaforada; los del estrés como forma de vida.Por intentarlo que no quede».
Una década después, publique esta otra, titulada, claro, “10 años”: «Tal día como hoy, hace diez años, empezó uno a publicar este blog. Parece mentira. Al menos a mí. Comencé con fuerza: tres entradas llevan aquella fecha: “Cementerio alemán”, “Confidencias” y “Bitácora”. Un lugar al que siempre vuelvo, una breve reflexión sobre una de mis obsesiones favoritas: la literatura escrita por mis paisanos, y lo que viene a ser una declaración de intenciones. 
Me asalta con frecuencia la idea de abandonar. Sí, sé que algunos me leéis, pero también que uno puede resultar cansino. También cansa mantener esta bitácora, más a este ritmo, aunque sea por amor al arte.
Soy consciente de que este es mi libro (inédito) más voluminoso, el que más páginas contiene de cuantos uno ha escrito, por más que a veces las palabras que uso sean prestadas. Un diario en toda regla. El de un lector, sobre todo.
Hasta ahora, se han publicado aquí 3.820 entradas.
Nadie, en fin, podrá discutirme a estas alturas que no lo he intentado. Otra cosa es si ha merecido o merece la pena. En esa duda permanezco. Me da que es metódica». 
A día de hoy, las entradas publicadas son ya 4.218 y las páginas vistas (historial completo), 814.201. O eso dicen los de Blogger. 
La entrada más visitada ha sido “Venecia adentro”, sobre el libro Laberinto veneciano, de Marina Gasparini Lagrange. Se ha visto 4.494 veces. Hasta ahora. 
Estadísticas al margen, justifico mi perseverancia porque creo que publicar este blog me hace bien. Mi vida, como casi todas, es bastante anodina. Al trabajo, la rutina familiar y doméstica y los paseos a la orilla del río sólo puedo añadir la pasión de leer, que es lo que al cabo marca el ritmo de esta bitácora. Más allá de algunas incursiones en la política (cada vez menos), los escasos viajes (de uno que vive inmóvil entre murallas), las citas de otros escritores (a modo de reflexión) y la actualidad literaria (vista desde la oscura provincia), este blog se alimenta fundamentalmente de lecturas, las que comenta alguien que elige, como diría Brines. No se trata tanto de ejercer la crítica como de, ya digo, compartir en voz alta (un decir) mis notas de lectura acerca de tal o cual libro; de versos, sobre todo.
“La crítica es importante”, le decía Elizabeth Bishop en una carta a Anne Stevenson, y añadía: “« hay que hacer limpieza» (R. Lowell), pero yo no quiero hacerla”. Ese es el dilema, sí. De ahí mis dudas. Por eso pido perdón por mi atrevimiento.
Como cada vez escribo menos, este ejercicio literario me compensa. Y digo “literario” porque desde el principio me tomé muy en serio esta tarea que uno concibe con la misma exigencia que la de componer poemas y armar artículos.
No sé si he sido capaz de llevar el diario que nunca pude o supe pergeñar, pero esta bitácora una suerte de diario sí es, siquiera de lecturas. Para un letraherido ya es bastante. 
Siempre al borde del cierre, con agudas rachas de desazón, por ahora me mantengo erguido y sonrío, como quería mi maestro Lanza del Vasto. Ojalá que no sólo para mi propio bien, ya dije. Si por algo se caracteriza este invento es por su cariz conversador. En ese diálogo seguimos. Solvitur ambulando.

Preparé este texto sobre el blog a petición de Marta Agudo para la revista Nayagua, de la Fundación Centro de Poesía José Hierro. Allí se ha publicado. Gracias. 

1.10.16

Alumbramiento

Hace tiempo que tengo aparcada la lectura de un libro que prejuzgo de mucho interés. Me refiero a El lugar de la palabra. Ensayo sobre Cábala y poesía contemporánea, de Elisa Martín Ortega. Me sabe mal y hasta me siento culpable, pero aún no lo he empezado. Por eso he leído con tanto interés Alumbramiento, el tercero de poesía que publica la autora vallisoletana (1980), hija de una poeta y un novelista, pulcramente editado por Cálamo, como el antes citado. 
La palabra del título es hermosa y, además, efectiva para esta obra. Su tema general es el amor. El de pareja (con Giancarlo) y el filial (por el hijo: Gabrielle), dedicatarios de la obra. 
«Los niños llegan al mundo cuando ya hemos vivido, vienen a colmar un deseo y a la vez a destruirlo con su sola presencia, se encuentran con nuestra pasión y nuestras heridas: nada está de verdad preparado para recibirlos», dice con tino Martín Ortega. 
En "Preludio de amor", siempre a modo de diario, se alude a la búsqueda. En la segunda, "Espera", a la gestación; semana a semana, desde la sexta al parto. En la tercera, "Infancia", al inicio de la vida de la criatura: "Eres solo deseo". 
No es fácil hacer buena poesía con estos mimbres. Tratándose de amor... Más complicado aún cuando se trata del que sentimos por una madre o por un hijo. Aquí, sin embargo, se ha conseguido. No hay ñoñería ni el tono es empalagoso. Mediante un lenguaje claro y despojado, sobrio y natural, muy intenso, se van desgranando sensaciones, pensamientos, temores, impresiones, deseos... Siempre al amparo de la fragilidad. Frágil es un adjetivo aplicable a lo que sucede en la vida de estos seres, pero también a la escritura que aquí se levanta. Como leemos en "Agradecimientos", estos poemas «hablan de la intimidad, de esa estancia invisible que solo a veces somos capaces de convocar, de la intimidad de una mujer con su amante; de la intimidad con el propio cuerpo; de la intimidad de una madre con su bebé (…) La verdadera intimidad es frágil como la más efímera de las flores. Saber protegerla es un arte». En ese sentido, para Martín Ortega, «la escritura necesita un cuidado similar, un espacio vacío, una distancia».
Una palabra clave aparece con insistencia: manos. Está en el verso de Cummings que sirve de cita inicial al libro.
El libro, en fin, me ha parecido precioso. Por dentro y por fuera. La nítida blancura exterior y la calidez que desde su interior alumbra. Como sólo la poesía sabe. O puede.

VIII

El amor es un ladrón de palabras.
Tu mudez
es el espejo
en que mi voz se escucha.
Te cuento que ahí arriba
está la luz,
y que tus ojos
son pura luz
incandescente.
Cuento los dedos de tu mano,
nombro la palma de tus pies.
Te nombro
para que sepas acudir
a tu llamada.
Y tu mirada se posa en mi rostro
como un pájaro en la rama más alta,
y atisba el cielo.

Nuestro amor es un cielo
a punto de decir su primera palabra.

(De "Infancia")