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17.9.15

Caleidoscópico Benítez Reyes

Felipe Benítez Reyes: la literatura como caleidoscopio es el título de un volumen que publica Visor Libros y edita José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz, coeditora de la obra, que consagró al poeta gaditano, en 2013, el Seminario de Literatura Actual, germen de este libro colectivo.
"Creo que Felipe Benítez es el escritor más largo, mejor dotado, con más talento, de mi generación", afirma Carlos Marzal en su aguda ponencia, y otro amigo (lo que no le resta mérito a la afirmación, no pocos se refieren a él como "Felipe"), Juan Bonilla, destaca en la suya, no menos incisiva, el hecho de que "sea quizá el poeta más importante aparecido en España desde la muerte de Franco". Más allá de estos encendidos pero compartibles elogios, la feria va por barrios, no cabe duda de que estamos ante "uno de los nombres mayores de las letras españolas actuales", al decir del prologuista e instigador del homenaje, ante “un escritor singular” con “voz personal”, por usar sus propias palabras.
Lo primero que habría que destacar, más allá de la pertinencia de analizar la obra de FBR (Rota, 1960), es el acierto del título. Explica Jurado Morales el origen del invento y el porqué de su uso para explicar, metafóricamente, la literatura de Felipe Benítez Reyes: "porque para él la vida tiene mucho de tubo especular que guarda realidades relativas y variables en función del ángulo desde el que nos posicionemos". Dice también que "responde al perfil del escritor completo", algo en lo que también incide su alma gemela, el poeta Marzal, cuando alude a su condición de "polígamo" literario. Por eso, el volumen analiza su poesía, su narrativa (tanto el cuento como la novela) y sus ensayos, a lo que habría que añadir sus diarios, sus aforismos y cuantas ocurrencias, en el mejor sentido, podemos leer en sus artículos periodísticos, las entradas de su blog o hasta en su muro de Facebook. No olvidemos que FBR ha sido también traductor y director de revistas literarias (por ejemplo, de la emblemática Fin de siglo) y, ahora, pequeño editor, amén de autor de collages, que aquí estudia Ana Sofía Pérez-Bustamante.
En esto de la poligamia no tiene, según creo, parangón o, si acaso, hablando de coetáneos, con Trapiello, al que José Luis García Martín (que aquí no colabora, pero que es el crítico que más le admira) incluyó en la "Generación de los 80", que es la de Benítez Reyes (también antologado en el libro del mismo título).
Adscrito a "la órbita de la poesía de la experiencia", una cruz como otra cualquiera, FBR ha obtenido casi todos los premios importantes  y ha dedicado no poco de su ya extensa obra a un tema, digamos, central: el de la identidad o, por decirlo mejor (así se titula su último libro de poemas), el de las identidades. Por eso le dedican dos capítulos del total, los correspondientes a la poesía.
Precisa Luis García Montero, otro de sus grandes amigos, que "no hay que confundir el yo biográfico con la voz del poema, pero la poesía se esfuerza en configurar un personaje literario, una ordenación coherente de sentimientos y experiencias" y añade que “La poesía supone la construcción de una identidad”. Sí, el "yo" de FBR es también caleidoscópico y para ello basta con leer su celebrado Vidas improbables (1995 y 2009, premios Ciudad de Melilla, Nacional y de la Crítica), donde destaca la importancia que le da a "apócrifos, heterónimos e incluso homónimos", como anota Bagué Quílez. Estamos, dice, ante "un sujeto especular". Juan José Téllez, en la ponencia más disparatada del conjunto, le califica de “sencillamente esquizofrénico”. El poeta, por su parte, se ha referido a la “fantasmagoría de la identidad”.
De su literatura, se destaca, en suma, el humor (tan infrecuente en nuestras letras), la ironía (un signo de distancia e inteligencia), el escepticismo ("elegíaco y escéptico" le llama Payeras Grau) y el desengaño, la precisión estilística (lo que tiene de miglior fabbro), la perplejidad (en torno a los prodigios cotidianos), su aguzado ingenio, una atmósfera entre mágica, circense y misteriosa donde reina el espejismo...
Su voz es, como explica Bonilla, "elegante, descreída y sabia". Sería imposible resumir aquí no ya cuanto ha escrito, que es bueno y mucho, sino lo que los estudiosos revelan sobre ello en las páginas del libro que comentamos.
Para comprobar cuanto decimos, basta con leer su nota a "Suposiciones en tres tiempos", donde reúne, digamos, su poética, un texto fundamental que abre el volumen.
Si tuviera que destacar alguno de los asedios a los que acabo de aludir, lo que hago sin dejar de ponderar todos y cada uno de los artículos aquí reunidos, mencionaría el repaso de su trayectoria poética llevado a cabo por Marina Bianchi, la reflexión en torno a lo espacial y los lugares que firma L. Martín Estudillo, el análisis de Javier Letrán acerca de su pensamiento poético –lo paradójico, pongo por caso– a partir de Escaparate de venenos y su relación con la tradición filosófica pesimista o, por conocimiento de causa, las aportaciones de Antonio Jiménez Millán y Álvaro Salvador, dos clásicos de la “experiencia” y viejos compañeros de viaje del poeta. También cabe citar a Araceli Iravedra, antóloga de esa corriente, quien afirma que “la disposición característica del sujeto enunciador de la literatura de Felipe Benítez Reyes (…) es la perplejidad, el desconcierto y la extrañeza ante el yo y la realidad”.
No quiero olvidar la importancia de la bibliografía, elaborada por Jorge González Jurado y el editor de la obra. Y ya que le menciono, la meritoria labor de Jurado Morales, que, además de firmar un trabajo sobre los relatos de FBR, desglosa en su informado prólogo cada una de las ponencias recogidas.
Ojalá este libro colectivo se escape, en fin, de una maldición que el escritor señala en su primera poética, “La dama en su nube” (1988): “La poesía, expuesta a la luz de la ciencia y de los análisis lingüísticos, se fosiliza, se convierte en cosa pintoresca”.
En lo que a uno respecta, si se me permite la intromisión, confieso que he venido leyendo con fervor toda la poesía (y algunas cosas más) del autor andaluz. No me duelen prendas reconocerlo, al revés. Recuerdo perfectamente la primera lectura de "Elogio de la naturaleza" (incluido en su libro Los vanos mundos), un poema de aire modernista que me gusta especialmente; un puñado de versos que forman parte mi particular florilegio de la poesía universal.
Leída a lo largo, esta poesía demuestra que FBR ha conseguido su propósito: estamos ante un genuino “ejercicio de inteligencia”.

Nota: Esta reseña se debería haber publicado en el número 10 de la revista Miríada Hispánica, de la Universidad de Virginia. Fue solicitada en noviembre del pasado año, con cierta urgencia, por el secretario editorial de la publicación. El caso es que al final no apareció. Al parecer, por la incompetencia de alguien. Como su periodicidad es anual y esperar a 2016 me parece excesivo, la doy a conocer, sin más dilaciones, aquí y ahora. 

18.5.14

Felipe

Hablaba hace unos días aquí de la prosa y la poesía reunidas de Felipe Núñez y me quedé con ganas de comentar algo más acerca del autor. Algo que, en rigor, no tenía que ver con la obra en sí. Hacía referencia a la persona. A eso voy.
Conocí a Felipe, del que soy pariente lejano por parte de madre (que recuerda bien a su abuelo Felipe, buen maestro y de fuerte carácter, que, cosas de la vida, vendió a mis suegros un frigorífico de gas cuando tuvo que abandonar una casita que tenía en el valle del Jerte), conocí a Felipe, decía, a principios de los ochenta. Trabajaba en Plasencia, en el Banco Hispano Americano. Me acerqué hasta las oficinas del Puente de Trujillo a pedirle unos poemas para un suplemento del diario HOY que dedicaba unas páginas (tal vez sólo una) a la literatura. Con motivo de las Ferias. De momento dijo no, pero al final le convencí. Con una condición: sus versos irían (así fueron) con seudónimo. Usó Tabares, el segundo apellido de su abuelo paterno, pero el nombre que se puso no lo recuerdo. ¿Héctor, Manuel?
Nos hicimos amigos y frecuenté su casa (la de Ada Calvo, su mujer, y la de su único hijo, también Felipe), situada en uno de los rincones más oscuros de la plaza (la Mayor). Hablábamos mucho de poesía, comentábamos los libros leídos (novísimos y traducciones, sobre todo, de Visor e Hiperión, las colecciones del momento), siempre con una botella de vino de Oporto encima de la mesa. Le encantaba. Lo bebía por costumbre antes de escribir. En holandesas, preciso. Sentía debilidad por el tango. Y por Beckett y Borges. A quien más admiraba era a Aníbal Núñez, sin duda. En cierta ocasión invitamos al poeta salmantino a Plasencia. Dio una conferencia sobre "El Cristo de Velázquez" de Unamuno. Luego Felipe nos invitó a cenar en el Alfonso VIII. La noche terminó de mala manera por el exceso de alcohol (que uno, ay, apenas probó), en el Layron's, un pub de moda. Antes, al salir del restaurante, ya hubo un conato de bronca al intentar arrancar de la puerta del establecimiento el bonito cartel metálico de una empresa turística.
Felipe fue, sin duda, mi primer maestro literario. Vivo, quiero decir. Y cuando se fue a Cáceres, donde llegó a ser director de la entidad bancaria en la que trabajaba, seguimos viéndonos, tanto en el piso amplio de la Avenida de Alemania como en el más pequeño de la Cruz de los Caídos, el que vendió después al filósofo Isidoro Reguera, si mal no recuerdo.
Le imitamos cuanto supimos y pudimos hasta que nos dimos cuenta (¿verdad, Basilio?) de que era inimitable, salvo que no te importara, como a algunos, tener o alcanzar una voz propia. Por otra parte, ¿a quién ibas entonces a seguir en medio de este erial? Joven, quiero decir.
Fue el impulsor y airado redactor del “Manifiesto palmario, horrible, pero necesario, contra el arte rupestre del siglo XX en el oeste de España”, que, lo que son las cosas, vuelve a estar de actualidad en esta tierra con tendencia al atraso.
Me acuerdo de una excursión que hicimos en su coche a Guadalupe, con comida en el claustro del Parador, y otra, menos divertida, a Montánchez, a las jornadas "de poesía última" que allí organizaron durante unos años Diego Doncel (editor, junto a Fernando Pérez, de su primera poesía reunida: Balizamiento para un aterrizaje nocturno) y Pablo Nogales. También acudió Aníbal y hubo enfrentamientos personales entre, digamos, su facción (por allí andaba César Nicolás) y la de la "experiencia", representada en el pueblo cacereño por Abelardo Linares, Felipe Benítez Reyes y José Luis García Martín. Uno de los enfrentamientos tuvo como excusa algo que se dijo sobre Gil-Albert y Jesús Alviz, aunque nunca he sabido a ciencia cierta el qué. Llegamos a celebrar una reunión secreta en casa de Nogales para ver si ambas partes llegaban a un acuerdo de buena vecindad, algo que no llegó a conseguirse.
Recuerdo que llevé a Felipe Benítez un ejemplar de la antología Abierto al aire, publicada por entonces, y que me lo devolvió al día siguiente de habérselo entregado. Tan malo le pareció aquello. En ella figura, por cierto, Felipe, al que retrató para la ocasión Carlos Guardiola, fotografía que ilustra esta semblanza. En alguna comida llegaron a volar bollos de pan.
Estuve en el jurado que concedió a su libro Nombre o cifras (1985) el premio Constitución. Presidido por Juan Manuel Rozas, también formaba parte del mismo mi amigo Ángel Campos y es su último libro de poemas publicado.
Cuando Felipe se marchó a vivir a Salamanca, nuestro contacto casi desapareció. Hubo por medio, sí, algún malentendido, a propósito de las Becas a la Creación que concedía el Ministerio de Cultura. Al parecer había quedado en avisarle de la convocatoria (yo obtuve una a mediados de los ochenta) y no lo hice. Por olvido, pero... Siempre fue un hombre de carácter.
Gonzalo Hidalgo me recuerda que el día que se casó Pámpano nos acercamos hasta su casa. Recompongo esa visita y me parece ver por allí a Carlos Medrano.
Ese viaje sin retorno al norte (donde se licenció en Filosofía) tuvo distintas causas entre las que cabe destacar el desprecio que, según él, se sentía en Extremadura por su labor literaria. Y tenía en parte razón, por más que esa actitud sea aquí, tal vez como en todas partes, norma. Hay un texto significativo en Obras, "Lo malo y lo peor", donde al hablar de un homenaje a su amigo Alviz, recién fallecido, en realidad parece hablar de sí mismo y sobre esa situación. Alude al murciano Espinosa y al salmantino Núñez, menciona la enanomaquia y afirma que "Nadie sale limpio cuando saca la cabeza de un sedimento secular de caspa y grasa". También trae a colación una copla de Serrat: "Escapad gente tierna, que esta tierra está enferma, y no esperes mañana lo que no te dio ayer". Imposible alcanzar aquí, digamos, "una vida más alta". "Es cierto que el que pinta o canta o piensa o cuenta cuentos construye su mirada ardiente en la distancia con la tribu que le nace, pero también que se mancha de la miseria misma que combate, y hasta en las miserias hay modo y grado, y hay peor, y hay (y es el caso) lo peor de lo peor", termina. Es doloroso, pero también uno de los ejercicios que mejor retratan la lúcida manera de ser y de pensar de Felipe. Ahí está él de cuerpo entero.
Nunca he dejado de preguntar por mi admirado amigo, por tal lo sigo teniendo. Por su salud sobre todo, que se quebró gravemente y sin remedio. En la plaza de Salamanca hablaba hace poco de ese delicado asunto con alguien que ha seguido de cerca el proceso de su grave enfermedad, Fernando R. de la Flor, aunque prefiero omitir los detalles esa dura conversación.
En Morille tuve hace unos años la esperanza de encontrarme con él, pero fue en vano. Me temo que ya no será nunca.
La publicación de Obras por Editorial Delirio, al cuidado de Fabio de la Flor (con una subvención del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de España "para su préstamo público en Bibliotecas Públicas"), habrá colmado algunas aspiraciones de Felipe, aunque, como sospecho, le cueste reconocerlo. De sus múltiples reticencias sabemos por las palabras que ha puesto al frente de ellas. Sus lectores, en fin, estamos también contentos. Ahora sólo cabe esperar el veredicto del tiempo. O no: que nos quiten lo leído. Me consta que más de un poeta joven se ha sorprendido al leerlo.
Concluyo ya este extenso capítulo de unas memorias no escritas. Hace treinta años que uno ganó el premio de poesía Ciudad de Badajoz. El libro, Territorio, el primero de los míos, salió al año siguiente. Traigo aquí, como primicia, una curiosidad: las palabras que Felipe, a modo de presentador, leyó en un salón de ayuntamiento pacense una mañana laborable de no recuerdo qué mes delante del alcalde, de Paco Pedraja, de algún representante de la prensa (o no) y poco más. El acto, no hace falta decirlo, fue triste y clandestino, como la poesía, querido amigo, lo es casi siempre. ¡Salud!



18.9.16

La poesía de Antonio Lucas

En Fuera de sitio reúne Antonio Lucas (Madrid, 1973), periodista cultural del diario El Mundo, la poesía escrita y publicada entre 1995 y 2015. Veinte años y cinco libros en un volumen de Visor. El prólogo es de otro poeta, de la generación anterior a la suya, Felipe Benítez Reyes, con una poética, a mi modo de ver, muy distinta a la de Lucas. Eso no obsta para que, como acreditado lector, acierte en el análisis. En este párrafo se resume bien lo que el poeta de Rota viene a decir allí: “La madurez de Antonio Lucas nos ha traído un poeta seguro de sí, pero arriesgado. Un poeta que domina con maestría los recursos que lo caracterizan desde sus inicios, pero que a la vez no se conforma con ese dominio y asume, como un deber estético, no sólo la búsqueda sino también la osadía. En cualquier poema suyo hay un rasgo de gran audacia, una resolución estilística que desconcierta y deslumbra. Su imaginación verbal le pide un vuelo alto y continuo, y él se lo concede”. ¿Y antes de la "madurez"? Casi lo mismo. Basta con leer Antes del mundo (1996), su ópera prima, accésit del premio Adonais, con su arriesgada tipografía centrada; con su avalancha de palabras e imágenes procedentes de sus amados poetas franceses (Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Nerval, Breton, Perse, Bonnefoy...) y otros españoles, también de cabecera, como Juan Ramón Jiménez, Salinas o Lorca (el de Poeta en Nueva York), y en español, como Neruda, señalado por Benítez Reyes; con la fijación de lugares simbólicos como Lisboa y su Barrio del Chiado. 
En Lucernario (1999, Premio Ojo Crítico), Lucas se atempera un poco. Siquiera en apariencia. En lo formal, digamos. No cesa, sin embargo, la pasión lingüística, el desbordante uso de las palabras, sujetas a una imaginación sorprendente; ni las referencias a sus maestros (de estirpe surrealista y nerudiana). Llegan otros, como Aragon o Whitman, que tampoco podía faltar en esta poesía celebratoria y jovial. Ni falta el cosmopolitismo (Londres, París, Venecia). Ni la música (en su poesía completa encontramos a Leonard Cohen, Chet Baker, Billie Holiday, Lou Reed...). Ni los poemas largos, como "Amor y muerte (Elegía)" o "Azohía". Aquí, como en todos sus versos, la vitalidad, sí, y el exceso. 
En Las máscaras (2004) cita a Pessoa y a Dostoievski. "Viajo lentamente hacia el invierno de mí mismo", leemos al comienzo de "Tiempo de fondo", un poema central en su obra. "Himno" nos trae a otros poetas de su línea: los románticos. A Hölderlin, Novalis, Keats... Y al visionario Blake. O a otros raros, como Trakl o Michaux. Si nombro a tanto poeta no es por subrayar su condición de lector onmívoro o una veta o sesgo culturalista (los Novísimos estén aquí muy presentes: Gimferrer, Villena, el primer Carnero...), sino para indicar por dónde transcurre su poética y qué puede encontrar en estas páginas quien no haya leído aún a Lucas. Dime a quien lees... Y por seguir, siempre Rimbaud y, entre los nuestros, Caballero Bonald, el último, el más transgresor. No quita que además se mencione a Eliot. El de La tierra baldía, of course. Por lo demás, ¿cómo hacer alusión a los poemas? Tan enigmáticos, tan particulares. Ajenos a lo narrativo y, por tanto, a esa tendencia tan mayoritaria como anglosajona de la poesía española de las últimas generaciones. 
Con Los mundos contrarios (2009) ganó el Ciudad de Melilla y desembarcó en Visor. El barroco y Góngora, otro que tal. Los poemas en prosa. Lautréamont y Pound. Y César Vallejo, otro puntal de esta manera de decir. Allí, los encuentros imaginarios de Keats y Reed, de Lorca y Ashbery. Y la pintura, otra pasión confesa de este crítico de arte y entrevistador de pintores y escultores. Velázquez, Schiele...
Tuve ocasión de reseñar Los desengaños (2014), premio Loewe, para ABC Cultural y luego publiqué aquí la reseña. Un preciso paso adelante que lo ha afianzado como poeta fundamental del panorama.
Tres poemas inéditos, en perfecta línea de continuidad con lo anterior, nuevas variaciones en torno a una poética a la que Lucas se ha mantenido fiel, cierran este volumen. Entre ellos el emotivo "Hospital".
Benítez Reyes afirma en el mencionado prólogo: "Esta es, en suma, la historia escrita, pensada y sentida, de un poeta que sabe decir lo que quiere decir como nadie lo ha dicho, y de ahí su grandeza, y de ahí su poderosa exclusividad". No se puede decir mejor.

FUERA DE SITIO

Imagina que el tiempo sólo es lo que amas:
unas pocas palabras, unos seres exactos,
unas horas muy lisas, una playa (quizá)
donde el daño no acecha.

Imagina la vida como no lo es ahora,
no quiero decir como algo perfecto,
sino un resplandor, cierto abril de muy lejos,
un tributo al azar sin otro destino
que el confín fugitivo de un eco sin rostro.
Y después cualquier cosa.

Con qué precisión va la edad hilvanando el espino.
Y qué extraña la urgencia de ir en pie hasta la ola,
celebrar lentamente que aniquile mi huella,
mi escritura de hombre, mi certeza de surco,
ser la alta misión de lo que nunca concluye
como no cierra el mar su recado en la orilla.

Pero no es estar quieto la razón ni la meta,
sino un querer más pequeño, una conquista más clara:
ver la vida llegar de su noche a tu noche
en un cuerpo ajeno,
pronunciar su silencio,
abrazar su alambrada,
desear su vacío,
delirar sin camino, sin mapa, sin fuego,
hasta el tiempo sin tiempo
del país que no haremos.

27.5.15

Libridinosos

¡A los libros!, como su blog, así ha titulado Daniel Heredia (Cádiz, 1971) un libro que publica La Isla de Siltolá donde se reúnen entrevistas publicadas en la mencionada bitácora con veinticinco personajes del mundo de las letras: catorce escritores, seis editores, tres agentes literarios, un encuadernador artístico (que en realidad son dos: los hermanos Galván) y un librero.
La lista completa de participantes se puede leer aquí, donde el propio Heredia explica también en qué consisten sus minuciosos cuestionarios. El libro que se abre con unas palabras de Charles Nodier: "Después del placer de poseer libros, no hay nada más dulce que el hablar de ellos". Y es verdad. Uno no ha leído las respuestas de todos. En el caso de los creadores, porque a algunos no los conozco. Es más, lo confieso, hay nombres que ni siquiera me sonaban. Sí he dado buena cuenta de las conversaciones, digamos (no son cara a cara), con Pilar Adón, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla (un par de auténticos maestros del género), Luis Alberto de Cuenca, Benjamín Prado, Juan José Téllez (una de las más apasionantes, según creo) y David Trueba (una de las más insulsas). Y con Manuel Borrás (un sabio), Javier ‘Fórcola’ Jiménez (que sabe bien lo que quiere) y Javier Sánchez Menéndez (inventor de Siltolá, que no es poco). O con la agente Palmira Márquez y el librero Juan Manuel Fernández, al que nunca dejo de visitar cada verano en Cádiz, en su local de la plaza Manuel de Falla (nombre también de su santa casa), que asocio a mi amigo Fernando Pérez, con quien estuve allí una vez.
De esa interesante lectura ha sacado uno numerosas conclusiones. Entre las más anecdóticas, que la mayor parte de los entrevistados carece de exlibris y de ebook (y aseguran larga vida a la edición en papel), que tienen demasiados libros en casa (que, por cierto, algunos compran en la librería Rafael Alberti de Madrid, todo un modelo), que no saben definirse a sí mismos, que son reticentes con eso de enseñar a escribir, que no subrayan y anotan tanto como uno creía, que -en el caso de los escritores- casi todos dejan leer sus manuscritos a alguien antes de publicar o que, salvo Felipe Benítez, pueden escribir en cualquier parte. Se les puede aplicar a todos el neologismo inventado por José Manuel Benítez Ariza a partir de un comentario del librero Fernández acerca del "gusto que da rozarse con cajas que sabe uno que están llenas de libros": son libridinosos.  
Ha sido una buena idea, en fin, agrupar en forma de libro (de 552 páginas) estas charlas con profesionales de la literatura. A pesar, claro, de que el blog esté, siga estando ahí.

12.1.13

Las identidades de FBR

De entre los tres o cuatro libros que le propuse a mi hijo como regalo de Reyes, a instancias suyas, él eligió Las identidades, de Felipe Benítez Reyes. Se fue al más caro. También al más bonito. Publicado en la colección Palabra de Honor de la editorial Visor, que dirige su amigo Luis García Montero, reúne poemas escritos entre 2006 y 2012, y obligará a Chus Visor, más pronto que tarde, a reeditar ampliado Libros de poemas, donde el poeta roteño incluyó una vez más todos los suyos hasta la llegada de éste. 
No hace falta que vuelva a declarar, disensiones juveniles aparte (qué lejos acaban quedando las escuelas, los grupos y las tendencias de cualquier poeta auténtico), mi interés por la poesía de FBR y, por eso, mi respeto por una de las obras poéticas más sobresalientes del panorama lírico español contemporáneo. Las identidades, que es uno de sus libros mayores, vuelve a demostrarlo y hay en él poemas sin duda consistentes, duraderos. Algo metafísico en la primera parte (con versos muy hondos), la que más me ha gustado en su conjunto es la segunda, aunque no me ha decepcionado la tercera, tal vez la más arriesgada. En general, en todas ella, ya digo, hay poemas excelentes. Uno se queda, por ejemplo, con el que abre el volumen, "Inacción de gracias", y con "Casa en el sueño", "Fuentes", "La lección inexplicable", "La divagación", "Cuento de Tokio", "Postal del Báltico" (un poema precioso que tanto me recuerda al joven Benítez Reyes), "Lectura de Lisboa" (que demuestra que se puede seguir escribiendo sobre esa ciudad escrita), "Infancia", "Conjetura del miedo", "Atlas Geográfico Universal, 1972", "Las identidades", "La conspiración" y "Paréntesis". Se ve que no son pocos. Y podrían ser más. Ninguno desmerece. Todos remiten a ese mundo propio que FBR ha ido levantando (también con sus novelas y cuentos), un universo de palabras en el que la magia, como símbolo, ha tenido y tiene tanto peso.
El citado LGM comentaba hace poco que a determinada edad el poeta debe tener cuidado con las repeticiones y que, por eso, iba a ralentizar su dedicación a la poesía; supongo que para cultivar, de paso, su nueva faceta de novelista. Sí, todo poeta a partir de los cincuenta (y siempre) debería empezar a preocuparse, entre otras muchas cosas, por no insistir en lo que ya ha dicho. Si el fruto de lo escrito es un libro como éste, bien merece la pena seguir en el empeño; más allá de la edad, del cansancio y de cualquier otra aciaga o feliz circunstancia.

1.6.12

Chaves Nogales

Juan Marqués y Juan Bonilla han coordinado un libro, con tono de sereno homenaje, que lleva por título esos dos apellidos que cualquier lector avisado asocia a la sensatez, la lucidez y la decencia (por parafrasear a Eva Díaz), los del periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944). Al cuidado del tipógrafo Abel Feu, lo publica La Isla de Siltolá y la edición es tan sobria como adecuada. 
Fue la omnicitada María Isabel (Maribel) Cintas quien, a partir de su tesis doctoral, dio a conocer el grueso de su producción narrativa y periodística (Obra narrativa completa. Diputación de Sevilla) y, de paso, descubrió a un escritor verdadero e imprescindible. Un año después, en 1994, Andrés Trapiello confirmaba ese rescate por todo lo alto en la primera edición de Las armas y las letras. Chaves dejaba de ser, para los más, el desconocido que, por desgracia, era.
Español sin rencor de la Tercera España, republicano, liberal, masón y demócrata, tuvo que exiliarse después de la Guerra Civil, de la que fue cronista de excepción, porque, según él mismo, "había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros". Su lema: "Andar y contar es mi oficio". 
Tras una nota preliminar de los editores literarios, escriben sobre su obra, sobre cada uno de sus libros, diez autores: la citada Eva Díaz, los también mencionados Bonilla & Marqués, Fernando Iwasaki, Jordi Amat, Felipe Benítez Reyes, Sergio Campos, Nicolás Sesma, Daniel Gascón y María Isabel Cintas, especialista por antonomasia y responsable de numerosas reediciones de esas obras (recogidas en una práctica bibliografía al final del volumen) y biógrafa del periodista en Chaves Nogales. El oficio de contar (Fundación Lara, 2011). A estos textos hay que añadir una panorámica de Trapiello, "Anotaciones sueltas sobre Chaves Nogales, una conversación entre Cintas y Bonilla, así como un cuestionario a dos editores: Luis Solano (de Libros del Asteroide) y David González (de Almuzara).
Por suerte, no estamos ante textos de ocasión, sino ante análisis breves pero certeros de los pocos pero esenciales libros que ese hombre escribió: La ciudad, El maestro Juan Martínez que estaba allí, Juan Belmonte: matador de toros o A sangre y fuego, por citar sólo los más representativos. 
"Un tipo simplemente sensato, lúcido y decente", dice de él Eva Díaz; "ser narrador fue su manera de estar acompañado", según Bonilla; "periodista liberal que gastaba una prosa clara de alta precisión", en opinión de Jordi Amat, Chaves Nogales brilla en estas páginas con una fuerza inusitada que dejan entrever un "retrato moral", "un entendimiento de la vida", por traer unas palabras del bonito ensayo de Felipe Benítez sobre el libro de Belmonte, que se le pueden aplicar perfectamente.
Sirva esta elocuente cita final, tomada de La agonía de Francia y escrita en 1941, para fijar al personaje: "Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia. 
En el mundo no hay más".

22.10.16

Benítez Reyes y José Mateos

Aunque habrá lectores que por despiste manifiesto o por razones de edad aún no la conozcan, descubrir a estas alturas la poesía de Felipe Benítez Reyes (1960) no deja de ser una rareza. Para los primeros y sobre todo para aquellos que aprecian su valor, reconocido con todos los premios importantes de este país (algunos de los gordos están aún por llegar), Renacimiento, en su famosa colección 'Antologías', ha puesto en circulación Las formas de la luna, un florilegio con un montón de poemas escogidos por el de Rota (de entre 1979 y 2016), donde no faltan algunos inéditos. El prólogo es de José Andújar Almansa y puedo asegurar que es concienzudo, preciso e informado. Su lectura, una perfecta manera de iniciarse en la compleja poética del autor andaluz que, por cierto, sigue triunfando con su última novela, El azar y viceversa, que va, según creo, por la tercera edición. La visibilidad, digamos, de ésta y el silencio que ha pesado sobre la antología (el mismo que pesa sobre todas) pone de manifiesto las diferencias de recepción crítica y lectora entre géneros. Lo que no obsta para que desde este rincón reivindiquemos una vez más, alto y claro, nuestro incondicional fervor por la pobre poesía. Por muy narrador que sea nuestro poeta. 

Por su parte, otro gaditano, José Mateos (Jerez, 1963), publica Poesía esencial un amplio recorrido por su obra que se ha encargado de prologar, con solvencia, Pedro Sevilla. En ese texto se nos habla del "poeta de las preguntas", de alguien que debido a su alto y riguroso nivel de exigencia requiere "corresponsabilidad a sus lectores".
"No es empeño fácil adentrarse en la lectura de la obra poética de José Mateos", dice Sevilla, y uno, que asiente, se ve en la obligación de explicar que no porque sea de difícil comprensión, vanguardista o hermética, todo lo contrario, sino por su paradójica sencillez que, de puro transparente, desconcierta. Exige, sí, que el lector se sitúe ante ella sin anteojeras ni prejuicios (va por libre y a su aire, sin escuela a la que agarrarse) y, más allá, con la debida atención y calma, algo que en estos tiempos resulta, o eso me temo, complicado. 
Dios ("Aspira a Dios", dice Sevilla), la muerte del padre (la idea de la muerte en general: "Nunca estás solo. La muerte te acompaña"), la memoria ("esa única patria: mis recuerdos"), la enfermedad y el dolor, el inexorable paso del tiempo, la infancia y la juventud perdidas y, sobre todo, la vida son algunos temas recurrentes. La niebla, el símbolo por excelencia; título, además, de uno de sus mejores libros. 
El aforismo ("soleá en prosa", al decir de Sevilla) nunca falta en una poesía concebida desde las tradiciones, en la que el soneto se une al haiku con naturalidad y donde no faltan las canciones. A veces se escucha la palabra del moralista y el tono profético o visionario. Bien está. 
La floresta incluye poemas inéditos, algunas "rememorias" y un puñado de "divinanzas". Un libro, en suma, muy recomendable. Que hará menos secreto a este poeta del retiro, la soledad y el silencio.

16.6.15

La poesía de Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) es, entre otras cosas, poeta, narrador, traductor, crítico literario y bloguero, en Columna de humo, donde el lector curioso se puede informar con detalle acerca de su ya extensa bibliografía. El blog, por cierto, lleva como subtítulo "Diario abierto" lo que nos permite añadir que se ocupa en El Cultural, preferentemente, de ese tipo de libros, diría que hasta de moda en España. Algo de diario tiene también el libro que vamos a comentar, Panorama y perfil, que apareció a finales del pasado año en DKV, de Libros Canto y Cuento, la cuidada colección de José Mateos. Aunque no lo ponga en parte alguna, el libro ganó el premio Unicaja concedido por un jurado presidido por José Manuel Caballero Bonald e integrado por Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Manuel Alcántara y Antonio Garrido Moraga. Destacaron que está “lleno de apreciaciones sorprendentes”, que "habla de asuntos cotidianos pero buscando el lado insólito y prodigioso que tiene la realidad cuando se la mira con detenimiento”. No mienten.
Dividido en tres partes y una coda (que es una poética), "Cuaderno de campo", "El paseante" y "Autobiografía", nos encontramos con la poesía de un viejo conocido (a la que el lector que la desconozca puede acceder a través de su antología Casa en construcción, publicada por Renacimiento en 2007), un destacado poeta de su generación, la de la Democracia. Allí, versos que tienen que ver, ya se dijo, con la vida cotidiana (elevado, eso sí, a categoría poética, lo que no siempre ocurre), escritos en una línea clara y narrativa (léase "La plaza"). El ritmo es sobrio y sereno, parsimonioso y, a veces, la indagación se acerca a lo meditativo (como en "Sombra"). "El mundo es lo que quiero ver del mundo", escribe, y, ya que lo menciono, bueno será destacar la capacidad de observación de Benítez Ariza, la importancia que da a la mirada, por encima tal vez de otros sentidos. Por eso la importancia y riqueza de las imágenes es patente.
Los momentos que vive quedan fijados en el poema con la intensidad que merece lo que no debe ser pasto del olvido. Eso vale para el canto de un mirlo, la visión de la niebla (esa metafísica), del campo, de la palmera o del olivo, de la casa... La cotidianidad a que aludía se aprecia con claridad en el poema "En la parada", donde un grupo de mujeres esperan al autobús. 
No falta la presencia del mar, normal en un gaditano. Ni el viento, de levante a ser posible. Pero no estamos ante un poeta terruñero. Madrid, Londres, París... también aparecen en estos poemas que en la tercera parte se acercan a lo más íntimo y personal. El padre ("Encuentro cada día / cosas nuevas de ti en mí. // En mi desconocimiento te reencuentro.", dice en "Padre", que se puede leer en este enlace), la madre ("Mesa puesta"), la infancia ("Pour fêter une infance"). 
Es ocurrente en "La semana" y se permite el juego tipográfico en "Topless". En "Viaje de estudios" hace balance y, por fin, en "Coda", ya se dijo, sitúa sus coordenadas líricas a partir de un símbolo bien conocido: el juanramoniano de la rosa. No la toques ya más. 

16.1.18

Eliot total en EC

T. S. Eliot.
Traductor José Luis Rey
Visor. Madrid, 2017. 1145 páginas. 

Desde que publicó La tierra baldía en 1922, annus mirabilis (el del Ulise Trilce) los lectores y la crítica reconocen a Thomas Stearns Eliot (1888-1965) como padre fundador de la poesía moderna. Había nacido estadounidense en Saint Louis, Missouri, en una familia acomodada. Tras pasar por las aulas de Harvard, viajó como dandy a París (para entonces ya había descubierto a los simbolistas gracias a la antología de Symons, en especial a Laforgue y su vers libre, del que se confesó “enganchado”) y Reino Unido, donde llegó en 1914 y residió el resto de su vida. Se nacionalizó británico en 1927. Se definió como “clásico en literatura, conservador en política y anglocatólico en religión”. En 1948 le concedieron el Nobel y su fama quedó consolidada. No sólo por su faceta de escritor, sino también por la de crítico, uno de los más influyentes y brillantes del siglo XX, y la de editor, en Faber & Faber, después de abandonar Lloyd’s Bank. Precisamente en esta editorial londinense se publica en 2015 The Poems of T. S. Eliot, donde sus editores, Christopher Ricks y Jim McCue, fijan el canon definitivo de la poesía eliotiana.
En España se hizo con los derechos Visor, que puso en manos de José Luis Rey la traducción de tan magna empresa. Ya antes se había enfrentado, también para la casa madrileña, con la poesía de Dickinson (tarea que dedicó, como esta, a su madre “que me enseñó inglés cuando era niño”). Continúa una larga lista de poetas traductores de Eliot que incluye a León Felipe (su versión de Los hombres huecos es de 1931, el año siguiente al de la primera edición española de La tierra baldía, de Ángel Flores), Muñoz Rojas (que lo trató en Londres), Vicente Gaos (de 1951 es la primera edición de sus Cuatro cuartetos), Agustí Bartra, Gil de Biedma (que vertió sus ensayos), Claudio Rodríguez (cuyas versiones permanecen inéditas), José María Valverde (que publicó a finales de los setenta en Alianza Poesías reunidas), José Emilio Pacheco (del que rescata, la misma editorial, su edición de Four Quartets), Esteban Pujals, Juan Malpartida, Jordi Doce, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla… Aun no siendo poeta, es justo destacar las traducciones de Andreu Jaume.
El volumen bilingüe está estructurado de la siguiente manera: al breve pero elocuente prólogo de Rey, le siguen los libros y otros poemas en orden cronológico. Prufrock y otras observaciones (1917), Poemas (1920), La tierra baldía (1922), Los hombres huecos (1925), Miércoles de ceniza (1930), Poemas de Ariel, Poemas inacabados, Coriolano (1931), Poemas menores, Coros de ‘La Roca’, Cuatro cuartetos, Versos de ocasión y Poemas sueltos. Se incluye La tierra baldía: reconstrucción editorial, esto es, una versión del libro anterior a la poda que hizo en el original el poeta Ezra Pound.
Si importante es el corpus poético de Eliot (que los lectores españoles conocíamos sólo en parte), no le anda a la zaga, en lo que a esta ejemplar edición respecta, los Comentarios que le acompañan. Ocupan 433 páginas y recogen las apreciaciones del poeta sobre su obra tomadas de diversos libros, textos, artículos, testimonios, entrevistas y correspondencia. Es un festín, entre exhaustivo y abrumador, para los lectores, que encontrarán allí miles de claves acerca de sus versos, los de un poeta sin duda complejo, y otras tantas lecciones acerca de la poesía que muestran a las claras su perspicacia crítica. Y su absoluta modernidad, cabe añadir, pues que al tiempo que escribe sus poemas es capaz de reflexionar con lucidez sobre su labor.
De su ópera prima, Prufrock (como él la llamaba), tras una paciente espera de años y el incondicional apoyo de su “defensor”, el citado Pound (al que conoce en 1914), se vendieron 357 ejemplares. Vino después Poemas y, por fin, el libro que acaso mejor le describe y por el que, ya se dijo, consiguió un lugar principal en el parnaso. Las interpretaciones sobre ese permanentemente novedoso poema no han dejado de crecer. “Para mí supuso solo el alivio de una personal y totalmente insignificante queja contra la vida; no es más que un trozo de rítmico lamento”, atajó Eliot. Cualquier lector en lo primero que se fija cuando tiene en sus manos una nueva edición es en cómo se traduce el primer verso. Para Rey: “El mes más cruel es abril”.
De la importancia que tuvo Pound en la versión definitiva (que aquí se puede contrastar) ya se ha hablado bastante, así como de la pertinencia o no de las “Notas” que incluye. El asombro, sin embargo, no cesa. Su poética puede resumirse en esta frase: “Si uno quiere decir algo que no haya dicho antes, uno ha de encontrar una nueva manera de decirlo”. Y eso hizo. Consiguiendo, como quería, que un poema extenso sea “tan interesante como una historia detectivesca”. En aquel tiempo, ya había aprendido las reglas para poder romperlas, no buscaba la novedad ni intentaba hacer algo que ya se había hecho.
Eliot tuvo dos almas poéticas claramente representadas por sus dos libros más significativos: La tierra baldía y Cuatro cuartetos. No fue, así, el autor de un mismo libro. Si en el primero prima la experimentación y la búsqueda, en el segundo, según Malpartida y Doce, se expresa “el poeta del renacimiento cristiano”, más conservador, espiritual y meditativo.
En la poesía española contemporánea, los partidarios de uno u otro forman, digamos, dos frentes que no dejan de representar dos maneras distintas de concebir el hecho poético.
Aun reconociendo la absoluta maestría de estas obras, la elegancia eliotiana (que Rey consigue transmitir en castellano) está también en sus poemas menores (“Paisajes”), en sus versos de ocasión  (“Dedicatoria a mi mujer”) y en los sueltos (con poemas eróticos dignos de un puritano).
“No es un libro para cualquiera ni es un libro para leer, sino para hundirse y resucitar en él”, dijo Azúa de los cuartetos, algo que se me antoja extrapolable a este volumen, su “mundo completo”, un hito en la incesante recepción de la obra de Mr. Eliot en España.

Nota: Esta reseña del primer volumen de las poesías completas de Eliot se publicó en El Cultural el pasado viernes, 16 de enero.

24.3.14

Estación Poesía

En la mejor tradición sevillana y de la mano del CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) comienza su andadura Estación Poesía, una revista cuatrimestral en papel (disponible en la red) en la que, se nos dice, escritores sevillanos compartirán espacio con autores del panorama poético español e internacional.
Está dirigida por el poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo y forman parte de su Comité asesor los también poetas Enrique Baltanás, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Ana Gorría, Ioana Gruia y Aurora Luque.
Estos son los colaboradores de la primera entrega por orden de intervención: Felipe Benítez Reyes, Erika Martínez, José Manuel Benítez Ariza, Juan Manuel Macías, Hilario Barrero, María Alcantarilla, Álvaro Valverde, Manuel Moya, Trinidad Gan, Piedad Bonnett, Francisco Barrionuevo, Ben Clark, José María Jurado, Lola Mascarell, Susana Benet, Jesús Aguado, Josefa Parra, José Luis Morante, Pablo Fidalgo Lareo, Pilar Márquez, Juan Lamillar, María Ruiz Ocaña, Antonio Praena, Javier Vela, Josep M. Rodríguez, Lola Terol, Álvaro García, Joaquín Pérez Azaústre, Olga Rendón Infante, Juan Carlos Abril, Carlos Alcorta, Francisco José Martínez Morán y Toni Montesinos. ¡Larga vida!

Ah, estos son mis versos, los últimos que he escrito:

MIRADA

Sobre la  pasarela, contemplando
el río y su transcurso, las orillas,
los árboles sin hojas y el molino,
de equívoco aire inglés;
suspensa sobre aguas turbulentas,
su mirada era digna de un poema.
Era postrera, o eso parecía.
La de un hombre que mira por vez última.
Que quiere despedirse de un paisaje
mil veces entrevisto y otras tantas
observado con calma porque es parte
de aquello que es él mismo. 

1.10.10

Abelardo Linares

Entre mis pecados literarios de juventud (pobre del que no los haya tenido) se cuenta el de mostrarme un tanto displicente -y hasta beligerante a veces- con la denominada, en bruto, "poesía de la experiencia".  Ello no me impidió, sin embargo, leer y hasta apreciar los versos de un puñado de compañeros de generación adscritos, con razón o sin ella, a esa corriente central en la poesía española del último tercio del siglo XX. Ya allí, no puedo olvidar, por ejemplo, mi suscripción a la revista Fin de siglo ni los volúmenes de Renacimiento que compré (y sigo comprando) y que ahora -sobrios, clásicos y elegantes- menudean por los estantes de mi biblioteca. No pocos de aquellos poetas publicaron sus primeros libros en la editorial sevillana. Detrás, Abelardo Linares, un referente de la edición y la bibliofilia, a quien conocimos a primeros de los ochenta en Montánchez, en unas jornadas poéticas organizadas por Diego Doncel, Antonio Galán y Pablo Jiménez en la que participaron, entre otros, Aníbal Núñez, Felipe Benítez Reyes, Felipe Núñez y José Luis García Martín. No fueron unos días demasiado tranquilos, sobre todo si tenemos en cuenta las escasas actividades previstas y el lugar ameno y sosegado donde se desarrollaron, pero esa es otra historia.
Acabo de leer el último libro de Linares y, lo diré sin rodeos, me ha gustado mucho. Sé que es una simpleza, pero me atrevería a decir que es el mejor de los suyos. Al menos, el que a este lector más y mejor le ha llegado. Lo que en un principio me pareció doblemente extraño (que el poeta  publicara cuando ya le daba uno por jubilado para la lírica y que la obra apareciera en Tusquets) ahora, una vez leído, me causa cualquier cosa menos sorpresa. Este hecho, con independencia de otras consideraciones, vuelve a incidir en una verdad ya del todo palmaria: que esa colección puede que no sea la mejor (esto no es una carrera de Fórmula 1), pero sí una de las más plurales del panorama poético en español. No me importa decirlo "desde dentro". Ni pretendo ser imparcial. Ya está uno mayorcito para eso.   
Y ningún otro cielo reúne poemas escritos entre 1993 y 2009. No lo parece: la sensación es de unidad más que de dispersión. Será, quizá, porque uno siempre escribe, como diría otro autor renacentista, "el mismo libro".
Si a algo se le puede llamar madurez es a esta manera de escribir donde, con la debida naturalidad y la inevitable sabiduría, lo sencillo se intuye complejo y lo oscuro brilla con una claridad manifiesta. Poemas con el skyline neoyorkino al fondo; poemas de circunstancia que no tienen nada de circunstanciales (como las jondas "Soleares" de la segunda parte); poemas de "secreta música" (los que prefiero) donde parece conversar en voz baja sobre eternos asuntos con viejos amigos (Luis García Montero, Carlos Marzal, Lorenzo Martín del Burgo...); poemas, por fin, de amor; de más amor, diría, porque lo son en realidad de desamor y desencuentro. Así, pero no sólo, los de la postrera sección del volumen, "Llámame ayer" ("Pues mañana no existe y todo es noche,/ llámame ayer"), como "El amor se lo merece" o "Velocísimo".
Ya se dijo: un libro espléndido de un poeta del que uno, ay, ya no esperaba semejante deslumbramiento.

28.10.14

Una antología de García López

El río de mis ojos (Antología Poética 1963-2013), de Ángel García López, con edición y prólogo de Tomás Rodríguez Reyes, epílogo de José Jurado Morales y un texto de contracubierta de Ángel L. Prieto de Paula, acaba de ser publicada por La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes
El poeta de Rota (1935), cuya obra poética (casi) completa cuidó su paisano, el también poeta Felipe Benítez Reyes, ha publicado mucho, ha obtenido muchos premios (tal vez demasiados) y, a pesar de eso, me da la impresión de que siempre ha estado en un segundo plano dentro del panorama de la poesía española contemporánea. Esta nueva antología de su obra viene, además de a reivindicar sus versos, a poner sobre la mesa una vieja cuestión, esa suerte de apartamiento (traída ya aquí cuando hablamos de su buen amigo Julio Mariscal), que afecta a tantos y tantos poetas, por ejemplo a los de su promoción, "el grupo poético del 60", donde estarían, entre otros, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Hilario Tundidor o Antonio Hernández, que, así y todo, ha conseguido por su último libro el Premio de la Crítica y el Nacional.
Esta, vamos al libro, no es una miscelánea más. Tomás Rodríguez ha pretendido que sea una "exaltación del Sur" y para ello ha elegido concienzudamente los poemas, numerosos, que el roteño afincado en Madrid ha dedicado a su territorio natal (y no sólo: a todo el Sur, un mito que escribe con mayúsculas). En ese sentido, G. L. es "un desterrado" que nunca ha podido olvidar; que ha echado de menos, desde la distancia, la luz de su mar y de su infancia.
"Poeta virtuoso", lo denomina el editor, y artesano, este poeta solitario (como todos) ha escrito "poemas egóticos" (por usar el término de Luján Atienza que usa Rodríguez), esto es, desde el "yo". No en vano escribió en "Apuntes para una poética" (que se rescata íntegra, con gran acierto, en esta edición): "Convéncete del todo: en poesía lírica lo que no es autobiografía es sólo plagio". 
Por su parte, José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz (se nota), autor de un libro sobre la obra de G. L., recalca la importancia del lenguaje en su poesía y la necesidad de leerlo con la debida calma, "a paso lento". No, no son los suyos versos para "lectores acelerados". 
Por fin, Prieto de Paula destaca, tras "más de cincuenta años de creación" y de atravesar "casi todas las estancias de la poesía", su "admirable maestría métrica, su honda sensibilidad y versatilidad retórica". Algo que comprobamos al pasar estas páginas llenas de amor, de memoria, de sol, de sal y de cuantos elementos constituyen una de las poéticas más genuinas de nuestra feraz y diversa poesía contemporánea. 

18.9.18

Mil de Visor

Una de las editoriales de poesía más conocida y acreditada de España, la madrileña Visor, publica el número mil de su mítica colección de cubiertas negras. Y lo celebra con una antología que es, además, un homenaje al poeta Antonio Machado, símbolo y ejemplo de tantas cosas, acaso el mejor en español del siglo XX. 
Cada uno de los poemas incluye el verso que nos legó el sevillano a modo de humilde testamento, encontrado en el bolsillo de su chaqueta de exiliado: “Estos días azules y este sol de la infancia”; título, por cierto, del florilegio. Lo explica muy bien el editor, Chus Visor, en su prólogo, que firma, claro está, como Jesús García Sánchez, su verdadero nombre: “Queremos reconocer así no sólo su decisiva influencia literaria a través de los años y desde diversos tonos poéticos, sino también su significación ética, imprescindible una vez más en el mundo que habitamos”. Y añade: “Si hemos conseguido alcanzar el número mil de Visor, ha sido –sin duda y en una parte fundamental– gracias a los poetas”. “Editar poesía es una manera profunda de hacerse cómplice de las ilusiones y desilusiones de los poetas”, concluye. Luego menciona a distribuidores y libreros, cómplices necesarios de esta empresa que, por cierto, está muy bien representada en las librerías de todo el país y en las de Hispanoamérica.
Todo empezó en 1969 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción e introducción de Gabriel Celaya y prólogo de Jacques Rivière. Por entonces aquello aún se llamaba Alberto Corazón Editor; ilustrador, por lo demás, de las vistosas cubiertas de la primera época. 
Entre las ochenta y cinco piezas que componen esta amplia panorámica de ambas orillas del Atlántico hay de todo: poemas de verdad, la mayoría, y simples versos de ocasión. Poetas, como es lógico, y otros que no lo son (como el académico Francisco Rico o el cantautor Joan Manuel Serrat) o no lo parecen. 
Mis poemas favoritos, sólo eso, son, en orden alfabético (el que usa el editor), los de Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Antonio Carvajal, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Deltoro, Vicente Gallego, Juan Antonio González Iglesias, Jon Juaristi, Joan Margarit, Carlos Marzal, Ángeles Mora, Nancy Morejón, Lorenzo Oliván, José Ramón Ripoll, Juan Manuel Roca, Javier Rodríguez Marcos, Ana Rossetti, Eloy Sánchez Rosillo (que se salta la norma del verso machadiano), Jaime Siles, Daisy Zamora y Raúl Zurita.
No faltan entre los nominados representantes de eso que se ha dado en llamar “poesía juvenil”: Marwan y Elvira Sastre. Y ya que lo menciono, confieso que no me he molestado en contar qué proporción de mujeres poetas hay en la muestra (como lector, me guío por los versos, que carecen de género), aunque pronto se conocerá el porcentaje que resulta de tan sensible cómputo. Por lo pronto, no faltan nombres de importantes poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Yolanda Pantin. Ha disfrutado uno con la feliz idea de Visor y con los poemas que de verdad lo son. Haberlos, ya se ha dicho, haylos. Lo demás... mejor se lo dejamos a Juan de Mairena.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número doble 22-23 de la revista griega Φρέαρ/Frear.

27.6.18

Lecturas de final de curso

Cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza sabe perfectamente que los finales de curso son siempre tensos. Al cansancio de los alumnos se suma el de los docentes y a estos se les acumulan mil  y una tareas burocráticas que logran crispar sus ya frágiles nervios. Eso por no hablar del típico conflicto de última hora, ya sea provocado por alumnos o progenitores, incluso por tal maestro o profesor, para que nadie diga que echo balones fuera. Ya que lo menciono, supongo que a los aficionados al fútbol les habrán aliviado este estresante colofón educativo los partidos del Mundial. A los que no lo somos (pedimos disculpas por ello), la lectura (si eres lector, claro) nos resulta un antídoto perfecto contra la mencionada crispación. Como uno ya es mayor y no está obligado, en este terreno, a satisfacer otro gusto que el propio, confesaré que me han ayudado estas últimas semanas un puñado de libros que comulgan con mis intereses lectores. Sólo unos pocos, advierto, de entre los que he tenido ocasión de disfrutar estos últimos meses. No dejo de agradecer la generosidad de cuantos me envían sus libros. Empiezo por gente de mi edad, como Felipe Benítez Reyes (al que saco un año) o Luis Alberto de Cuenca (que me saca nueve, aunque no lo parezca). 

Del primero he leído Ya la sombra, un libro de tono grave, que diría nuestro añorado Miguel García Posada, sin que ello signifique solemne (eso nunca), siquiera sea porque la vida al filo de los sesenta... No es el de Rota un poeta irregular ni cambiante, por eso los que vuelvan sobre esta última entrega lo reconocerán pronto. A mi manera de leer, esta es una de sus mejores obras. Por genuina, añado. Y por honda. Léase "Ciclos" o "La materia invisible", por ejemplo, o "El lector adolescente". Por lo demás, conviene destacar la ilustración de la cubierta, un precioso collage del autor de Sombras particulares.

Del segundo he devorado Bloc de otoño (como el anterior, en Visor, aunque éste en la colección Palabra de Honor), un libro que reúne poemas de 2013 a 2017. No le he hecho caso y lo he leído en riguroso orden de aparición, que es como uno lee siempre los libros. Como han dicho otros lectores y críticos es verdad que algunos poemas puede que sobren, pero a uno le da igual porque en todos ha encontrado un hallazgo, un guiño, una lección, un sentimiento o, en fin, algo que lo justifique sobre la página. Algunos son memorables y formarán parte de esa antología esencial que el futuro deparará al poeta madrileño, con permiso o no de los políticamente correctos. Eso sí, el florilegio será, como este volumen, bastante grueso. Tiempo al tiempo. 

A Arturo Tendero, otro cincuentón (le saco dos años), ya lo había leído. Para uno siempre será el de la revista La siesta del lobo, el defensor de César Simón, al que dedica un emotivo poema en su último libro, El otro ser (La Isla de Siltolá). Un libro que, por cierto, me ha encantado. Sin ningún pudor lo afirmo. Es un libro logrado, personal, directo, estupendamente escrito y con un ritmo que se cuelga del oído del lector de principio a fin. No creo que a nuestra avanzada edad, insisto, se puede escribir de otra manera ni decir cosas diferentes a las que, con gran sentido de la medida, dice Tendero, uno de los excelentes poetas albaceteños de ahora. Chapeau!

De Enrique Zumalabe Ramblado (onubense del 77 y, como uno, maestro) ya habíamos hablado también aquí. Repite editorial y nos entrega La lluvia o mañana, que no está tampoco nada mal. Vamos, que está muy bien. La suya es también una poesía de línea clara, sin prescindibles oscuridades, vagarosas experimentaciones e innecesarias alharacas. Habla de lo que le pasa a él, que viene a ser, cuando el poeta acierta, lo que nos pasa a todos. El toque portugués (más que la visita a ciudades como Oporto) le añade un plus de credibilidad lírica, algo en lo que coincide con los demás poetas reunidos en esta entrada: que son buenos lectores y que de sus lecturas trasvasan no poco a sus poemas. Léase "No soy Borges" o "Con la venia de Horacio". A este hombre de apellidos complicados ya no lo pierdo de vista. A la segunda... 

Tampoco me ha decepcionado Tacha, de Francisco José Martínez Morán (¡uf!), que aparece en Renacimiento gracias, supongo, al buen olfato de Abelardo Linares o de su hija Christina, no sé. Aquí la máxima virtud está en la mínima expresión. Quiero decir que borda los poemas breves, que no es tan fácil. Poemas que a pesar de su concisión, o tal vez por eso, resultan contundentes y acerados, como un buen golpe de boxeo. Léase "Sobre aquel páramo". Versos sin contemplaciones donde abundan también las lecturas y los homenajes a clásicos, sobre todo, algo que siempre se agradece. A modo de ejemplo: "Farai un vers de dreit nien" por donde surgen Guillermo de Aquitania y... Luis Alberto de Cuenca. Ejemplar. 

Dejo para el final, pero sin intención (me temo que en estos tiempos estas explicaciones, ay, son necesarias), Las variaciones insensibles (A la sombra de los días, de Ibañez y Salcines editores), obra de la santanderina Elda Lavín, editora de La Mirada Creadora, y sólo porque el tono es diferente y la poética menos realista, digamos, que la de los libros anteriores. Eso con ser los suyos poemas apegados a la vida. Y al amor, que viene a ser lo mismo. La diferencia la marca acaso una propensión más reflexiva o hasta, digamos, metafísica. Unos poemas para leer con atención y releer de nuevo (lo que exige, por otra parte, cualquiera que se precie). Versos sutiles donde prima un lenguaje que no deja ningún resquicio a la prisa o al descuido. Permanezcan atentos. 

13.11.16

Primera entrega

Al umbral de las horas (Valparaíso) es el primer libro que publica Mario Vega (Oviedo, 1992), estudiante en la Universidad ovetense y editor de la revista maremágnum de arte y poesía; uno de tantos poetas, por cierto, de cuantos pululan, y para bien, por las calles de esa ciudad de la cultura donde el magisterio de García Martín, ya se comentó aquí, no puede ser esquivado. Dentro de ese amplio, plural grupo, que no empieza precisamente hoy, predomina una marcada línea experiencial o figurativa, la más cercana a su promotor y a la que pertenecería Vega; la misma que impulsa la revista Anáfora, la última de las inspiradas por el de Aldeanueva. Bastaría con señalar que la nota de la contracubierta del libro está firmada por Luis García Montero, quien, entre otras cosas, dice: "El poeta da ejemplos de admiración y de personalidad. El conocimiento de la poesía clásica y la herencia de sus maestros, que son convocados de forma directa o indirecta, se equilibra con una personalidad en la que inteligencia y sentimiento sirven para evocar, meditar, vivir y crear emociones. La poesía de Mario Vega es regreso, instinto de plenitud y pérdida, soledad y diálogo. Su memoria es un verdadero punto de partida. Su relación con el lenguaje quiere evitar los excesos y las rutinas. Quien sabe desde joven sentirse acompañado por la poesía puede acompañarnos con su palabra a los demás, convertirnos desde hoy en sus lectores". Y sí, de compañía puede hablar este lector que casi lo primero que querría destacar es que el libro venga sin la muleta de un premio; cosa rara, sin duda.
La juventud sería el asunto capital del libro. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Y ya allí, el amor (al que dedica la serie "Amarilis"). Un amor diluido y sucesivo, por las almas y los cuerpos de diferentes muchachas en flor. Y con la juventud y el amor, claro está, los veranos. Y los recuerdos de playas y de chicas y amigos y atardeceres. A un paso de la infancia, la memoria evoca también momentos felices. 
Apoyado en los clásicos, ya se dijo (traduce a Catulo, cita a Marcial, Propercio y Píndaro), y en los contemporáneos (cercanos como LGM, Felipe Benítez Reyes, Fernando Ortiz -al que dedica un poema y con versos suyos cierra el libro- y Víctor Botas, o más alejados como Cavafis, Eliot, Cernuda, Gil de Biedma y Ángel González), la poesía de Vega, donde no faltan sonetos y tankas, transita por caminos conocidos o reconocibles, acaso demasiado frecuentados. Estamos, no se olvide, ante una ópera prima que, sin embargo, al decir de su mentor "es un excelente primer libro porque muestra ya las cualidades de Mario Vega y anuncia un camino abierto del que se puede esperar mucho". Eso es lo que deseamos y lo que se atisba en la parte final del libro, más desengañada y menos previsible, donde no faltan referencias a la soledad o a la muerte, donde encontramos poemas como "Al umbral de las horas", el que da título a la obra, o "La madurez", donde leemos: "La madurez tan solo es una máscara / que nos oculta el miedo a morir jóvenes". Antes, poemas como "La orilla", "Poética", "La tarde", "El tiempo" o "Desmemoria" nos confirman que hay, digamos, poeta. El que escribe: "La vida es bella en su imprecisa calma". El de "Introito":

Mi juventud lograda en tantos años,
mi rebeldía, mi inocencia intacta
las perdí en el instante
en que tomé la grave decisión
de medir estos versos
y entregártelos libres de ceniza,
sin las manchas que poco a poco, lento,
el paso de los días va dejándonos;
sin aquellas palabras que me llevo,
que arrastro y me hacen ser umbrío, necio,
y transido de vida.

20.5.16

Revistas

Clarín llega al número 122 y, entre otros textos interesantes, podemos leer allí un riguroso artículo de Juan Bonilla, que, insisto, sigue empeñado en sorprendernos, sobre el noble arte de ganarse la vida (que se recoge en el enlace anterior); otro de Rivero Taravillo sobre el Cernuda traductor; unas hermosas versiones de poemas de Franco Fortini debidas a María Bastianes y Andrés Catalán (cómo se nota su paso por Roma); unas excelentes "miniaturas" de Felipe Benítez Reyes (que arrasa con su novela El azar y viceversa y del que leo su nueva antología poética en Renacimiento); una entrevista de Martín López-Vega a Clara Janés; y un paseo por su Tetuán natal de la mano de Enrique Freyro. 
En Quimera, número 390, Daniel López conversa con Marina Perezagua con motivo de la publicación de Yoro, su primera novela (que, lo digo con pesar, aún no he podido leer); encontramos un variopinto dossier sobre "la disolución del yo" donde este pobre "yo" se ha perdido irremediablemente (salvo por textos como el de José Manuel Chico: "Yo olvido. Paradojas de la autoficción"); unos poemas de la rumana Ana Blandiana, en versión de Viorica Patea y Natalia Carbajosa; un artículo del poeta peruano residente en Ibiza Reinhard Huamán Mori sobre Kaddish, el libro de Ginsberg; y un texto sobre Buenos Aires de Álex Chico, primera parte del proyecto "Escribir, a pesar de todo". 
En su número 791, Cuadernos Hispanoamericanos dedica otro dossier a Cervantes, del que todo el mundo se ocupa (como La Gaceta, la revista del FCE) menos el gobierno, y donde escriben, en tono personal y a partir de su experiencia lectora, entre otros, Mariano Peyrou, Vicente Luis Mora, Sergio del Molino, Sara Mesa y la citada Perezagua; una entrevista de Carmen de Eusebio a Justo Navarro, un autor al que siempre hay que prestar atención (y que, como uno, pasó diez años en los Maristas); un extensísimo artículo de Antonio García Berrio sobre el último, premiado libro de Alberto de Cuenca (donde leemos: "Es así como en su inmensa mayoría (...) la veraz fe es el mérito y el riesgo, según y para quiénes, de los oficiantes de la poesía", entre los que no faltan los "voluntarios", que diría JRJ, y los "mediocres a secas", al decir del mismísimo Horacio); otro de José María Herrera sobre mi admirado Giorgio Bassani, en torno a Il romanzo di Ferrara (que está editando de nuevo Acantilado); un diálogo de Álvaro García con Kenneth White (que esperaba inédita desde 1997) en la que tampoco falta una reflexión sobre "la mediocridad convertida en un poder, lo cual es, junto a la demagogia, el peor enemigo de una democracia exigente". Como se ve, seguimos igual que hace veinte años.

11.5.16

Algunos del 50

En mayo de 1987, se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo los poetas Carlos Barral, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez y Carlos Sahagún. No estuvieron solos. Les acompañaron un puñado de críticos que al tiempo ejercían como profesores: Emilio Alarcos, Víctor García de la Concha, José María Martínez Cachero, Fanny Rubio, José Luis García Martín, Luis García Montero y Alejandro Duque Amusco, así como un público entregado que pudo hacer algunas preguntas. 
Lo que allí sucedió quedó recogido en un libro, que también es una joya bibliográfica (perdida entre los estantes de mi bliblioteca), Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, que ahora el coordinador de aquel invento, Miguel Munárriz (impulsado por la Fundación Municipal de Cultura y la asociación cultural Tribuna Ciudadana) vuelve a publicar en una edición no venal a cargo de El Corte Inglés y que uno ha tenido la suerte de recibir. 
Munárriz es también el autor del prólogo, donde traza las líneas fundamentales de este puñado de poetas unidos por la amistad y el antifranquismo (y el alcohol y la noche) que cambiaron con sus obras el curso de nuestra historia poética, además de recordar aquel acontecimiento (uno de los tres encuentros literarios importantes de ese grupo o generación, que sobre el término nadie se pone de acuerdo). Allí explica, por ejemplo, las ausencias de Valente, Gil de Biedma y Gloria Fuertes, y otros intríngulis recogidos en la parte titulada "Los Encuentros con el 50 por dentro".
Son muchas las cosas interesantes que charlas y conversaciones contienen. Por algo los integrantes de esa promoción (de una generación irremediablemente se es por simples razones cronológicas, a un grupo se pertenece por propia voluntad), ausentes y presentes, del canon y periféricos, son auténticos maestros de la poesía. Me quedo con las opiniones, controvertidas casi siempre, de Claudio Rodríguez, empeñado en hablar de lo único que importa cuando a la poesía nos referimos: "se trata de libros, se trata de poemas" (que no faltan en el volumen), y no de componendas, colecciones (Colliure) estrategias y circunscripciones: que si los de Barcelona, que si los de Madrid... También con la lucidez de Brines, equilibrada e inteligente. Y no es que los demás desmerezcan cuando se pronuncian en los coloquios o en las entrevistas, al revés. Hablo de preferencias, sólo eso. Menudo era Barral, pongo por caso. O Caballero Bonald.
Los críticos tampoco se quedan atrás. Hay un docto y breve rifirrafe entre Alarcos y su discípulo De la Concha muy divertido. La agudeza de Martín brilla como suele, entonces y ahora.
A modo de epílogo, se incluyen dos entrevistas, a Gil de Biedma (me encanta cuando dice: "porque la gente tiene la manía de que la poesía hay que leerla despacio") y Ángel González, además de textos críticos de Carme Riera (que hizo célebre el rótulo generacional de "partidarios de la felicidad"), Prieto de Paula (que escribe sobre Sahagún, rara avis de un grupo de aves raras), Felipe Benítez Reyes (que rescata la memoria de María Victoria Atencia, otra extraña, única mujer en medio de esa cuadrilla) y Susana Rivera.
De preteridos como Gamoneda, rescatado al cabo del tiempo para el medio siglo, nada se dice, aunque JLGM sí cita a otros coetáneos olvidados, como César Simón y Aquilino Duque.
Se menciona mucho a Gabriel Ferrater y menos a Costafreda. Por no hablar de poetas inmediatamente anteriores, hermanos mayores de los protagonistas de este historia: Blas de Otero, Hierro y Celaya.
Me da que esta nueva salida del libro a escena volverá a quedarse corta y se convertirá, más pronto que tarde, en codiciado objeto de coleccionista. O de joven o maduro letraherido interesado en leer y escuchar algunas de las palabras más relevantes que se puedan decir sobre la experiencia de la poesía. Realizadas por gente que sabe, y cuánto, de lo que habla. ¡Grandes estos del 50! Los de la quinta de mi padre.

En Colliure, 1959.
De izquierda a derecha, Blas de Otero, J. A. Goytisolo, Á. González,  J. Á. Valente y A. Castellón.
Debajo: Gil de Biedma, Costafreda, Barral y Caballero Bonald.



17.1.16

Clarín, 120

Recuerdo una antigua conversación con Gonzalo Hidalgo donde decidimos, creo que al unísono, que no renovaríamos la suscripción a tal o cual revista literaria que recibíamos los dos. ¿Por qué? Por algo que dijo mi amigo y que ya habré contado alguna vez: no leíamos el 90% del contenido de los números que nos iban llegando. Cuando te pasa eso con frecuencia, lo mejor es desistir. Ocurre a menudo. Si por algo se caracteriza ese tipo de publicaciones es por su carácter efímero, excepciones mediante. Viene esto a cuento de Clarín, una revista con la que no se cumple el vaticinio, sino todo lo contrario. Que uno, como quien no quiere la cosa, acaba leyendo casi siempre de cabo a rabo. Una de las pocas que, según creo, parece franquear el citado maleficio.  
En esta entrega, la 120, he disfrutado con las pesquisas de Xaime Martínez en busca de "El enigma Fonollosa" (estoy con los que piensan que el admirable poeta barcelonés nunca existió, que es un heterónimo de alguien o la feliz invención de otros); con el texto de catálogo de Manuel Neila sobre las fotografías de Roma realizadas por Gian Paolo Iervolino: con el viaje de Fernando Sánchez Alonso a Braganza y el corazón de Trás-os-Montes que termina con una hermosa cita de Brodsky: "nosotros partimos, pero la belleza queda"; con las magistrales versiones de poemas de Serguéi Esenin hechas por otro estupendo poeta, el argentino Pablo Anadón, y por su poema "Hermano Esenin"; con el que ("borrador" lo llama él), en distinto tono, publica Juan Bonilla: "El día de regalo", sobre su padre, al que recuerda, y que me ha dejado literalmente perplejo; con las "Nuevas cerillas húmedas" de Felipe Benítez Reyes, un tipo más que ocurrente al que uno lee casi a diario en su muro de Facebook, siempre sorprendido por su inteligente y divertida capacidad de improvisación y de análisis ("Hay quien cree que fallecer es «morirse» un poco menos", "No hay más museo de cera que el que arde", "Inmortaliza, que algo queda", etc.); con los artículos de Toni Montesinos sobre Thoreau, Marciano Martín Manuel sobre "La condición judía en Vida y destino" y de Josep Maria Aguiló sobre la familia Berlanga; y con los diarios de Luis María Marina, que en esta ocasión viaja a las Azores, "el lugar donde nacen las nubes", siempre con la literatura portuguesa a cuestas. Un montón de reseñas y el índice del tomo XX (2015) rematan este número redondo de Clarín, y no sólo por aquello de la cifra matemática. Veinte años, veinte tomos, 120 números, cuatro mil páginas... Sí, seguiremos suscritos.

El último poema del suicida Esenin:

Adiós, amigo mío, adiós.
Querido mío, estás aquí, en mi pecho.
La fatal despedida
Promete, en el futuro, nuestro encuentro.

Adiós, amigo mío, adiós: sin un abrazo,
Sin palabras, sin ceño de dolor, sin tristeza-
Que no es nuevo morirse en esta vida,
Ni vivir, desde luego, es cosa nueva.

                             (28 de diciembre de 1925)

13.12.15

Notas (II)

                                
Rubén Darío
Conseguir según qué premios echa por tierra la más acreditada trayectoria.
                                                                ▫
Después de que dijeran de él que "escribe como si pareciese llamado a ser el poeta de España", el susodicho explicó: "Ojalá nada me preocupe lo suficiente como para tener que molestarme en escribir".
                                                                ▫
Si hubiera un uniforme de poeta y por cada galardón conseguido se concediera una medalla, algunos vates tendrían serios problemas de espalda [1].
                                                                ▫
Aquel pertinaz concursante, a falta de espacio en la pechera, llevaba las medallas colgadas de otras partes.
                                                                ▫ 
Si el de Nogales publicara un libro de autoayuda sobre cómo ganar premios literarios, se forraría. Aún más, cabe precisar.      
                                                                ▫                           
Si se convocara un premio para obras de esa naturaleza, lo ganaría el de Nogales.
                                                                ▫
En aquel diccionario enciclopédico, la políticamente incorrecta expresión "merienda de negros" ilustraba, a modo de ejemplo, la entrada "premios de poesía".

[1] Quiero hacer constar que la divertida idea del uniforme de poeta no es mía. Se la escuché al ocurrente poeta Felipe Benítez Reyes en Cuenca hace muchos años. Tampoco sé si es del todo suya.