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5.2.25

Poemas sin trucos ni trancas

Morábito (Alejandría, 1955), aprendió español en México y en él ha escrito seis libros de poesía: Lotes baldíos, De lunes todo el año, Alguien de lava, Delante de un prado una vaca, A cada cual su cielo y el que comentamos, que rompe su regla de publicar uno por década.
En el cuarto poema explica el título. Lee los créditos finales de una película. “¡Cuántos nombres!”, tantos que no basta una canción. “Y entonces entras tú al relevo, / canción segunda”. Acaso “los relevos, los segundos esfuerzos y en general los reencuentros con lo ya vivido” son “los verdaderos momentos álgidos” de la vida. 
59 poemas sin título acotados en seis partes dan fe del enigma. Fiel a su lema “Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial”, narratividad y naturalidad suman fuerzas para recordar situaciones cotidianas a cada cual más sugestiva. El humor añade su valor al tono. El de la verdadera poesía. La de los besos fallidos; la hormiga espía; las fluviales islas efímeras, como Belvedere; los sueños recurrentes; el que subraya: “de cada página leída te despides”; el plancton de los libros; el desprecio por títulos, epígrafes y dedicatorias: “hay una poesía que se pierde / antes de empezar”; “Ir por el surco libre de la prosa”; las segundas piedras de muros, puentes y casas (las primeras, para las pirámides); los extras de los filmes; lo incomprensible del Espíritu Santo; de lo que hablaron Caín y Abel antes del crimen; la mentira de Troya y el remero de Ulises; Ícaro, aviones y aeropuertos: “Sostenerse en el aire no es volar”; la nadadora de aguas saladas; el cubismo; un calcetín solitario; el epitafio, ese “horóscopo invertido / que predice lo vivido y no el futuro”; un país sin ruido… Créanme, pura delicia.

Canción segunda
Fabio Morabito
Visor Libros, Madrid, 2024. 118 páginas. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

21.11.24

Los curas de la familia


Quienes pasan por aquí habitualmente o sólo de vez en cuando ya saben que tengo un hermano cura, el que me sigue. Uno es del 59 y él del 61. Le acabo de enviar el fragmento de un poema del nuevo libro de Fabio Morábito sobre los "segundos", como él. Decía que Fernando, que así se llama (dedicatario, por cierto, del último poema de la antología de Pre-Textos que presentamos mañana), tuvo claro desde muy pronto que quería ser sacerdote y por eso se fue temprano de casa, demasiado, primero a los seminarios placentinos (Menor y Mayor), luego a Salamanca, para realizar allí sus estudios universitarios, y más tarde a numerosos lugares: Tarragona, Zaragoza, Roma, Guadix, etc. Ahora, por suerte, aunque nos vemos lo justo, es párroco en un barrio de Plasencia, rector del Seminario (aunque los escasos seminaristas estén en el de Salamanca por culpa de la crisis vocacional) y canónigo de la Catedral, entre otras tareas. 
Nos informaba hace unos días (a su otro hermano y a mí) de que había muerto David, David Castaño, otro sacerdote, éste de Viandar de La Vera, el pueblo de nuestra abuela paterna. El mayor de los curas de la familia, por más que, en rigor, familia directa no fuera. Como si, y basta. 
De inmediato, tras leer la mala noticia en el móvil, recordé mi infancia y, ya allí, los veranos en el pueblo verato (estancias pasajeras) donde tantas cosas descubrí de chico. Entonces corría el agua por las calles. Uno jugaba en unas lanchas de piedra que había en la puerta de la casa, a la sombra de una parra, y así las montañas de mis vaqueros de juguete eran reales. El olor de los higos (acaso mi fruta favorita) procede de aquel sitio. Como el miedo que pasé en una cama enorme (por grande y, sobre todo, por alta) donde apenas dormí mi única noche (que recuerde) viandareña. Y me acuerdo también de David, claro. Un hombre alto y delgado con una nariz muy grande y ganchuda que determinaba su modo de hablar. Diría que, a pesar de la longitud quevedesca, le costaba respirar y por eso... Era muy cariñoso. Él y toda su familia: Marcelo, su padre; Esperanza y Esperancita, su madre y su hermana, respectivamente. Y un hermano mayor, hijo del primer matrimonio de su padre, también Feliciano, casado con Sagrario, al que vimos en la televisión en blanco y negro de la época como sufrido empalao en Valverde de La Vera. 
David se fue pronto a Madrid. Antes estuvo de párroco en Robledillo de La Vera, muy cerca de Viandar, donde una vez le visitamos. Ese destino sirvió para que mi tío y padrino José Antonio, Ñoño, pintara una bonita acuarela de un pintoresco rincón del pueblino. Estaba colgada en casa de mi abuela Fausta, cuando vivía, y ahora en el salón de la de mi madre, que hoy, por cierto, cumple 94 añitos. 
También estuvo en Losar de la Vera. Allí le visitamos mi amigo José Luis Herrero y yo un verano. Fuimos andando desde Aldeanueva, donde teníamos montada la tienda de campaña.
En la capital desarrolló su labor pastoral. Trabajó en el colegio Montepríncipe, leo ahora. Le perdí la pista hace tiempo. 
La muerte de David me lleva a otro cura, este sí de la familia: Faustino. Hijo de la tía Rosa, prima de mi abuela, huérfano de padre desde muy niño. Permaneció en la Diócesis placentina durante toda su carrera sacerdotal, que abandonó de golpe hace años, cuando era párroco de Malpartida de Plasencia. Su madre le acompañó a todos sus destinos. Los recuerdo en Majadas de Tiétar. En este pueblo y en su casa pasé, siendo adolescente o casi, una Semana Santa en compañía de mis tíos Paco e Isabel. Inolvidables los paseos por aquellos pinares. 
Como es lógico, y hasta que mi hermano se ordenó, en todas las celebraciones religiosas familiares se echaba mano de él. Casaba, daba la primera comunión, bautizaba... La timidez, supongo, le hacía elevar sus ojos al techo mientras daba misa. Le costaba mucho mirar a los feligreses de frente. Al menos a nosotros. Todos le teníamos un gran respeto, en parte por eso y en parte por su talante silencioso. Su respetable abandono del sacerdocio causó en la familia sorpresa. Por inesperado. También le hemos perdido la pista. 

21.12.22

La lista. Las listas


He aquí la lista que envié a EL CULTURAL con los, para mí, mejores libros de poesía de 2022. Una lista única de autores españoles. Antes, eso sí, elaboré otras tres distintas, en función de las peticiones que iban llegando desde la redacción del suplemento. Primero, una de diez libros de autores extranjeros y otra con otras tantas obras de autores españoles e hispanoamericanos; después, una donde se fundían las tres categorías; y, por fin, la definitiva, en la que sólo debía incluir libros de poetas españoles. Ya que las tuve que confeccionar, ahí van. Por listas que no quede. 

POESÍA ESPAÑOLA E HISPANOAMERICANA
 
Maestro de distancias. Jordi Doce. Abada
Viejas canciones rusas. Pablo Anadón. Pre-Textos
De traslación. Pureza Canelo. Pre-Textos.
Azul el agua. Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Laberinto. José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Arqueología. Ada Salas. Pre-Textos
Lo inesperado. Antonio Moreno. Renacimiento
El campamento de los aqueos. Javier Velaza. Visor
Poesía completa. William Ospina. Lumen
A cada cual su cielo, de Fabio Morábito. Visor
 
 
POESÍA EXTRANJERA
 
La Tela y otros poemas. Mirella Muià. Pre-Textos
Mundo. Ana Luísa Amaral. Sexto Piso
Meadowlands. Louise Glück. Visor
Llueve en la taza. Henrik Nordbrandt. Nórdica
La insomne felicidad. Pier Paolo Pasolini. Galaxia Gutenberg
U.S. 1. Muriel Rukeyser. Ultramarinos
Combate espiritual. Gorazd Kocijančič. Vaso Roto
La poesía del siglo XX en Rumanía. Visor
Bondo. Menna Elfyn. Trea
Un puñado de tierra. Poesía y pintura de Ucrania. Reino de Cordelia


POESÍA ESPAÑOLA, HISPANOAMERICANA Y EXTRANJERA
  
Maestro de distancias. Jordi Doce. Abada
Viejas canciones rusas. Pablo Anadón. Pre-Textos
La Tela y otros poemas. Mirella Muià. Pre-Textos
De traslación. Pureza Canelo. Pre-Textos
Mundo. Ana Luísa Amaral. Sexto Piso
Azul el agua. Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Meadowlands. Louise Glück. Visor
Laberinto. José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Poesía completa. William Ospina. Lumen
La poesía del siglo XX en Rumanía. Visor


MEJORES LIBROS DE POESÍA 2022

Maestro de distancias, Jordi Doce. Abada
De traslación, Pureza Canelo. Pre-Textos
Azul el agua, Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Arqueología, Ada Salas. Pre-Textos
Laberinto, José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Lo inesperado, Antonio Moreno. Renacimiento
El campamento de los aqueos, Javier Velaza. Visor
Los reales sitios, Juan de Salas. Ultramarinos
Los inútiles, Maribel Andrés Llamero. Isla Elefante
Los planetas fantasma, Rosa Berbel. Tusquets
 

30.11.22

La poesía según Eugenio Montejo

Eugenio Montejo
Edición de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Graciela Yáñez Vicentini
Pre-Textos, Valencia, 2022. 1.028 páginas. 48 €
  
Gracias al segundo tomo de la Obra Completa de Eugenio Montejo (Venezuela, 1938-2008), que reúne el ensayo y los géneros afines, el lector puede disfrutar al completo de la faceta reflexiva de uno de los nombres imprescindibles de la poesía hispanoamericana contemporánea.
Los grandes poetas modernos, Eliot, Auden, Stevens, Bonnefoy, Ungaretti o Benn, y, ya en nuestro ámbito, Machado, Cernuda o Paz, por citar sólo algunos, han complementado la escritura de sus poemas con la meditación sobre el hecho poético. En el prólogo (que figura en el primer volumen), se recalca que “el quehacer de Montejo […] jamás estuvo exento de ideas y su fidelidad al ensayo lo prueba”. Es consciente de que escribe en una época que ha prescindido de los dioses y las ciudades. Que ha dejado atrás la “era alfabética” (el alfabeto era para él “sumo prodigio de la inteligencia del hombre”). Centrado en la lírica, “fundamento de nuestra existencia”, y no en la religión o la patria, como sus antecesores, su mirada es atenta y “oblicua”, a lo Montaigne. Subjetiva e individual, con “voluntad de ser lenguaje”. Su tono, “antiintelectual”. Basado en la claridad (estuvo en contra de los “especialistas del misterio”), cercano a “lo irracional” (“toda crítica es en su fondo mismo irracional”, dijo Curtius) y lejos del “imperativo científico” y las “disecaciones académicas”. El propio de un lector culto y lúcido que, al leer a otros, se lee a sí mismo. Por eso, estos ensayos rigurosos y amenos son necesarios, no un mero apéndice de su labor poética. Una y otros van a la par. Están escritos con la misma exigencia. Por las sabias lecciones que destilan, dignos de ser escrutados especialmente por los jóvenes, a los que instaba a “aprender a sentir”.
El libro se compone de tres partes: “La ventana oblicua” (1974), “El taller blanco” (1983) y “Prosas misceláneas (de 1966 a 2011). Por sus páginas pasan, entre otros, el inmóvil Bousquets (recién publicado en Galaxia Gutenberg); Valéry: ¿los poemas nacen o se hacen?; Novalis, el poeta-filósofo; Benn, al cabo “inocente”: “El poeta es siempre, por encima de todo, un hombre”; el solitario y audaz Ramos Sucre: “Leopardi es mi igual”; Drummond de Andrade, “poeta menor y de ritmos elementales”; Rimbaud, el rey del silencio como “acto poético”; Espríu y su “adustez bíblica”; Juan de Mairena; Ungaretti, su “meditación sobre la memoria”; el ejemplar Cernuda; Cassou: “El poeta es un experto en atención”; Pellicer y la luz del trópico; Cavafis, poeta “de la vejez”; el pintor Reverón y su “cruda intemperie marina”; el Rossi de Manual del distraído; Pepe Bianco, alma de la revista Sur; Valencia, su ciudad “prenatal”, y Lisboa, donde vivió, la de su admirado Pessoa y los calceteiros, protagonista de uno de los textos más emocionantes del conjunto: ”Una vieja travesía”; Gervasi, uno de sus maestros, como Mutis; los “emisarios de la escritura oblicua” (Malte y Rilke, Teste y Valéry, Reis y Pessoa, Barnabooth y Larbaud...), poetas enmascarados “de la “disolución del yo” (Bachmann), del “desdoblamiento” y la heteronimia (de la que se ocupará el tercer tomo de esta Obra); los Borges de Borges; Sá-Carneiro, suicida como Sucre, elegantes y torturados poetas de espejos y laberintos; el aforista Lichtenberg; Eliseo Diego y Fabio Morábito; poetas colombianos y, sobre todo, venezolanos (como Sánchez Peláez)…
Mención aparte merecen los ensayos que dedica a “la poesía en un tiempo sin poesía”: “El taller blanco” (donde evoca la panadería familiar, una hermosa y blanca metáfora que explica su “menester”: “una vida destinada a servir la poesía”), “Fragmentario” y “Textos para una meditación sobre lo poético”, pongo por caso. En esta línea, sobresalen sus prólogos y discursos (para recibir un premio −el Nacional, el Octavio Paz− o un doctorado). Destacaría también “Los números y el ángel”, una suerte de autorretrato.
Para Montejo, “la poesía es un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario”. Su “laconismo instintivo” (Brodsky) tiene “el poder de despertar”. Al hablar de Gonzalo Rojas escribió: “El hombre es, pues, fatalmente oscuro. Sólo mediante el relámpago del poema se logra, cuando se logra, atisbar algo de la claridad que es como decir la identidad de quien lo escribe, a la vez que puede servirnos para columbrar la de quien lo lee”. 

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL. 

3.6.22

Dichosos libros

En el doble sentido. El artículo que me pidió Nuria Azancot para el número especial de El Cultural dedicado a la octogésimo primera Feria del Libro de Madrid incorporaba una entradilla que, por falta de espacio, al final no se dio. Decía:  "No hace falta explicar que ni he leído todos los libros ni, por eclécticos que sean mis gustos, carezco de criterio. Seleccionar cinco libros de entre la oleada de publicaciones poéticas que, como las flores, surgen a mansalva en primavera es una tarea compleja y temeraria. Lo sé. Añado a la lista obras reseñadas recientemente aquí (de Morábito o Benítez Reyes); las poesías reunidas de Vitale y Llop; la antología de poesía femenina de Irazoki o las de Juaristi, Paz y Pasolini; o los últimos libros de López Andrada, Kizer, Janés, Luque Pinilla, Juncosa, Velaza, Llera, Medina Poveda, Alba, etc." 
Los apellidos mencionados (no tenía espacio para más y ni así) remiten a los autores de un puñado de buenos libros de poesía, ni más ni menos. Estamos tan acostumbrados a bregar con colecciones de versos al tuntún... (Este es el momento en que se dan por aludidos unos cuantos que no suelen ser, encima, en los que uno piensa.) Démosles título, no sin antes reconocer que cada uno de ellos hubiera merecido su lugar en cualquier lista y, por supuesto, una reseña, aquí o en cualquier parte (yo no doy más de mí). Méritos les sobran. Los iré señalando en el mismo orden, que, aviso, no indica nada. Así, Partes de ausencias (Hiperión), de Alejandro López Andrada que lleva por subtítulo (innecesario) "Poemas del éxodo rural" y un epílogo de Julio Llamazares. El cordobés fue un pionero en esto de traer de la memoria el mundo de los pueblos y su naturaleza circundante. Aquí vuelve a demostrar que su voz es única. Y necesaria. Y que gana con el paso del tiempo. 
Gabriela Kizer con En falso (Visor/Fundación para la Cultura Urbana) vuelve a demostrar que la poesía venezolana contemporánea es un bendito pozo sin fondo. Lo inagotable. 
Clara Janés publica nuevo libro en la colección pequeña de poesía de Galaxia Gutenberg, Kráter o la búsqueda del amado en el más allá; donde, justo es destacarlo, tantos buenos libros están apareciendo, sobre todo antologías de poetas extranjeros. Poesía fragmentaria, breve, esencial y simbólica (el volcán, el amor) con poemas cincelados que aparecen centrados en mitad de la página. 
Pablo Luque Pinilla ganó el "Ciudad de Irún" con un libro tan particular como todos los suyos, Greenwich (Algaida), donde logra plasmar el desconcierto de nuestra época. Y darle un sentido, lo que resulta aún más complejo. Una ética. Un ejemplo. 
De Enrique Juncosa y su Pangolín (Galería Senda y Turner) ya dije cuanto tenía que decir. Una maravilla, tanto por dentro como por fuera. 
Me ha sorprendido mucho, y para bien, El campamento de los aqueos (Visor. Premio "Ciudad de Melilla"), de Javier Velaza. Es un señor libro, no me cabe duda. Y la voz que suena en esos poemas una de las mejores del panorama, me atrevo a decir. La dicción es culta y clásica y tiene sus concomitancias, a qué negarlo, con la de otro de los mejores: Juan Antonio González Iglesias, que escribe en la contracubierta. Deslumbrante. Y pandémico.
Tanatografía (Diputación de Soria. Premio "Leonor"), de José Antonio Llera, es acaso su mejor libro publicado. Uno de los imprescindibles en lo que va de año (y de lo que queda). El más confesional de los suyos. Remite a su infancia extremeña y rural. He disfrutado mucho con él. Me parece superior (si es que en poesía pueden establecerse categorías) al que le antecede: El hombre al que le zumban los oídos. Un verdadero logro. Y una auténtica lección acerca del uso del lenguaje. Más allá de la muerte (que bien traída la cita final de Pasolini). 
En vecindad, no en compañía (La Isla de Siltolá), de Diego Medina Poveda, es otro libro que merece ser leído. Últimamente a los accésit del Adonais hay que seguirlos de cerca. Con su libro anterior obtuvo uno. Como Las ciudades, de Andrés María García-Cuevas, y La deuda prometida, de Félix Moyano, que los consiguieron en 2021. 
Francisco Alba está consiguiendo con El delito mayor (Trabe) reseñas tempranas y elogiosas. No me extraña. Es un libro denso y sustancioso que toca el alma del lector, que se pone de inmediato de su parte. Quien habla ahí no es Alba, en sentido estricto, sino todos nosotros, sus lectores, seres mortales que vivimos, sin remedio y sin apenas esperanza, a la intemperie. Para uno, excelente.
Puse después de los apellidos un etcétera. Para La casa (Amarante), pongo por caso, una obra perfectamente concebida y compuesta por la salmantina Charo Ruano, que muestra, sin tener que recurrir a tramposos alardes, que en lo cotidiano y lo sencillo reside lo más complejo y misterioso de nuestra humana identidad. Impactante. 
¿Sangra el abismo? Contracciones de una noche de Pascua (RIL Editores), de Carlos Peinado Elliot, es un libro excepcional, en sentido estricto. Raro en nuestro panorama. Para lectores valientes. Basta con ver el título. La lúcida reseña de la obra que publicó Jordi Doce en La Lectura ("Desde el corazón de las tinieblas") me exime de intentar mi propia lectura. "Si este libro es excesivo, lo es a la manera en que la hipérbole, cuando necesaria, es también significativa", dice Doce.
Pintadas en los baños de los bares (Uja Ed./Universidad de Jaén. Premio "Miguel Hernández"), de Sergio Álvarez Sánchez, es un libro ameno, en el mejor sentido, y fresco, pero en el que la hondura, entreverada, no falta, al revés. Su embosca tras el juego. Si uno tuviera que recurrir a alguien para ejemplificar por dónde van los tiros poéticos (con perdón), recurriría a este hombre. A libros como este, quiero decir, editado de una forma cuando menos curiosa, muy acorde al juguetón, en tanto que irónico, sentido de sus versos. 
No defrauda a sus lectores habituales la última entrega de Arturo Tendero: El principio del vuelo (Páramo). Poesía de la experiencia con destellos luminosos sustentada en el poder de la memoria. En la "querencia al despegue", un procedimiento tan querido por las aves que le permite a uno dejar de depender de la tierra y hacerlo del aire, como leemos en la contracubierta. 
De la claridad es también la poesía de Mario Vega. Publica Digamos que fue ayer (Sonámbulos, prólogo de Alejandro V. Bellido), que ahonda en la poética expresada en su entrega anterior: La mala conciencia. Luis Alberto de Cuenca, maestro de la tendencia de la "línea clara", le relaciona en su nota con sus paisanos asturianos Pablo Núñez y Rodrigo Olay y elogia su poesía comanchera y pop. 
Para los amantes del campo, nada mejor que leer Nuevas naturalezas (Pre-Textos), de Jon Gerediaga, que traduce él mismo del euskera. Muy potente. De la tierra, sin duda. 
Podría seguir. Hablo sólo de libros que he leído. Otros, que merecerían el elogio (que uno reivindica), siguen esperando su turno en la inestable columna. 

NOTA: La sólida pieza que ilustra esta entrada es de Manolo Valdés. 

22.4.22

El cielo es solo cielo

Fabio Morábito
 podría ser un personaje de Lejos de Egipto, la autobiografía de André Aciman. Como éste, nació en Alejandría (1955). Su infancia transcurrió en Milán. Su idioma materno, el italiano. A los 15 años llegó a México y aprendió español. En esta lengua ha escrito toda su obra literaria, tanto narrativa (es autor de cuentos y novelas: “Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía”) como lírica, compuesta por cuatro libros, uno por década (“Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial”): Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) –reunidos los tres en La ola que regresa (2013)– y Delante de un prado una vaca (2011); y por tres antologías: El verde más oculto, Un náufrago jamás se seca y Ventanas encendidas. El quinto (que se titula igual que una amplia selección de sus poemas publicada en Francia por Seuil) es el que comentamos y ve la luz al inicio de un nuevo decenio. Consta de cinco partes y los poemas carecen de título. En la primera reflexiona sobre la propia escritura: “Escribo prosa mientras junto / valor para los versos”. Versos, cabe matizar, que con ser deliberadamente prosaicos nunca dejan de ser líricos: “que mis poemas rezumen prosa / sin desbordarse de los límites del verso”. Consiste en “hacer caber en la envoltura lírica / el máximo de utilidad”. De “las casas rodantes”, “aprendí que los poemas / se escriben en papel cuadriculado”. Él los concibe con “métrica mental”, aunque apoyado en “versos impares”.
Traductor de Montale y Saba, confesó a Olmo Balam que el triestino “me convenció de que yo podía ser poeta por su mirada al ras de las cosas, sin mayores pretensiones y apegada al vivir cotidiano”. De eso se trata: “La vida es escarbar y a cada cual su cielo”. Porque “puede que la escritura sea el único refugio desde el cual puedes sentirte real”. “La mía –dice Morábito– es una mirada obsesiva”. Su poesía, “velocidad pura” que destila y comprime el lenguaje. “Concentración”, en una palabra. Para elevar a categoría lo anecdótico. A base, claro, de imaginación. Una caja de madera convertida en autobús, por ejemplo. “Soy un experto en resplandores”. “No la cosa, sino los ojos que la han visto”.
Cree que todos sus libros tratan de responder a la pregunta: “por qué las piedras no se abren”. Ahí radica el misterio, que no falta en esta poesía transparente. “Todo viene al caso si estás vivo. / Todo”, podría ser su lema. Y eso sirve para pasar un invierno en la Antártida (donde “no prosperó la pelambre”), ir a Puebla sin perderse, echar de menos las guitarras y los ceniceros de los aviones o colgar sábanas en la azotea. Por medio, deliciosos poemas de amor que hablan de la sutileza de Morábito. De su melancólica ironía y su humor: a este hombre se le lee con una sonrisa en los labios, incluso cuando se refiere (“Qué final!”) a la muerte de su padre: “como si para morir fuera preciso / estar en buena forma”.
La errante juventud perdida y el insomnio, la madre y la infancia (con hermano y sin perro), los ciegos y los mudos (como en su novela El lector a domicilio), los cuadros y los muros, los mapas y los besos, los gallos y los ríos le inspiran poemas memorables. “Escribo para que me oigan, no para ser leído”, afirma.
 
Fabio Morábito
Visor, Madrid, 2021. 108 páginas. 12 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

27.1.22

En Alejandría


La primera noticia que tuve del escritor judío nacido en 1951 en Alejandría André Aciman (famoso después por la adaptación al cine de su primera novela Call me by your name -Llámame por tu nombre, Alfagüara, 2018-, película dirigida por Luca Guadagnino que obtuvo el Óscar al 'mejor guion adaptado', obra de James Ivory) fue a través del traductor Xavier Farré. A finales de 2014. Publicó en su blog "La memòria d'un lloc", que era una cita suya. Me gustó mucho y me puse en comunicación con él. Unos días más tarde saqué una entrada en el mío titulada "Memoria de un lugar": «Xavier Farré, poeta catalán residente en Cracovia, (...) publica en su blog unas preciosas palabras del ensayista y narrador de origen sefardí, especialista en Proust, André Aciman. (...) "Escribo sobre un lugar, o sobre la memoria de un lugar. Escribo sobre una ciudad llamada Alejandría que dicen que he tenido que querer, y sobre otras ciudades que me recuerdan un mundo desaparecido al que creo que deseo regresar. Escribo sobre el exilio, el recuerdo, y el paso del tiempo. Escribo -así me lo parece- para reconquistar, para conservar y volver al pasado, aunque puede ser perfectamente que escriba para olvidar y para poner el pasado detrás de mí ".  Alejandría, Tánger, Plasencia...»
En un mensaje posterior, Farré me decía: «Sólo una cosa, André Aciman es ensayista y narrador. A pesar de no haber publicado ningún libro de poesía, sí que es realmente un enorme poeta. Es una lástima que todavía no se haya traducido su Salida de Egipto. Seguramente, voy a seguir poniendo alguna entrada más con citas de Aciman». Esta es anterior, pero elocuente. La tituló "Sobre André Aciman" y en ella escribe: «Tras leer Out of Egipt, de André Aciman, tuve una sensación de euforia, de esa pasión contenida del nuevo descubrimiento». Me ha pasado lo mismo. Su titulo definitivo en español es Lejos de Egipto, ha traducido el libro Celia Filipetto y lo publica Libros del Asteroide. 
Son una suerte de memorias de su infancia y primera adolescencia en la ciudad egipcia de Alejandría. Las de su familia sefardita con raíces turcas e italianas. No suelen gustarme los recuerdos infantiles y en las biografías y las autobiografías, sobre todo, me estomagan con frecuencia esas páginas que leo a regañadientes y deprisa. No es el caso. Desde el principio, la novela (cómo llamar a esto si no) engancha. La galería de personajes que transitan por ella es fabulosa y aquel mundo desaparecido vuelve a brillar con la preciosa luz mediterránea que tuvo. En especial, durante los veranos en Mandara. Fueron pocos años, es verdad (desde los años veinte hasta 1965), pero qué intensos. Por ahí desfila una bisabuela, dos abuelas (la santa y la princesa), el padre y la madre (sorda), los tíos (Elsa, Flora, Vili, Nessim...), vecinos y otros personajes secundarios... La hervaciana vida colegial (tan complicada), las distintas lenguas y culturas mezcladas en una ciudad cosmopolita por excelencia, las costumbre y los ritos... Ya digo, un mundo. Un microcosmos habitable gracias a la prosa de Aciman donde, como comentaba Farré, no falta la poesía. En el capítulo final, por ejemplo. Seis componen esta obra maestra, o eso me parece, que he recomendado a Yolanda. Sé que la disfrutará tanto como yo porque, salvadas todas las distancias, su infancia tangerina (con comunidad sefardita incluida) tiene algunos paralelismos. Dos ciudades, sí, de «las afueras de África», como diría otro alejandrino, Fabio Morábito, del que me he acordado mucho mientras leía este libro memorable que, dice Luis Alemany, es divertido definir como «un poco de Bella del señor, un poco de El cuarteto de Alejandría, un poco de Woody Allen, un poco de Marcel Proust, un poco de Isaac Bashevis Singer...» Según Mercedes Monmany, «unas memorias realmente deliciosas, llenas de comicidad, emoción y hechos extravagantes y geniales». Bien está. 

30.10.21

Algunas sorpresas poéticas recientes

 

Aunque he decidido dejar de escribir la reseña semanal para El Cuaderno (a quien sigo vinculado) y mantener sólo las mensuales de El Cultural y algunas esporádicas para otras revistas en las que he venido colaborando habitualmente, pensando en algunos lectores afines, atentos y curiosos, me cuesta silenciar algunas lecturas de libros que bien merecerían (y merecen) ser comentados. Sin orden de prelación, y por (demasiado) breve, voy desmontando el rimero de obras que he ido apilando en una columna tan inestable en lo físico como sólida en lo poético. 
Cuaderno de Cabo Verde (Ediciones del Pampalino), del canario Melchor López, me ha parecido, por ejemplo, un librito (a su volumen me refiero, y qué bien editado) sorprendente. Poemas como "Vida retirada", el que lo cierra, ni se escriben ni se leen todos los días. La fuerza del lenguaje al servicio de las vivencias de un viajero al que necesitamos escuchar.
Otro tanto cabría decir, aunque en poesía cualquier comparación sea odiosa, de lo último del gallego Pablo Fidalgo Lareo (por cierto, su obra El libro de Sicilia se ha representado durante el mes de octubre en el Teatro María Guerrero de Madrid). El perro en la puerta de casa (Liliputienses) es uno de sus monólogos más intenso, isleño también (como el de López) y siciliano por los cuatro costados. Allí leemos: "Este soy yo: / una inmensa vocación fuera de lugar". Y: "Navegar es un acto íntimo". 
Por seguir con las sorpresas, valgan estas dos nuevas, excelentes entregas de la colección pequeña, digamos, de Galaxia Gutenberg, al cuidado de Jordi Doce. Dos rescates, añado, de lo más oportunos: el del libro En castellano, del bilbaíno Blas de Otero, que no ha perdido (me temo) actualidad, con un prólogo, preciso y singular (su toque es único), de Javier Rodríguez Marcos, y Treinta poemas, del alejandrino Constantino Cavafis en edición de José Ángel Valente (con la colaboración de Elena Vidal). Tras una oportuna nota del editor, se mantiene el lúcido prólogo del autor de A modo de esperanza (que, como para tantas otras cosas, demostró con esta apuesta cavafiana un fino criterio) y, además de los poemas (acaso los más sustanciosos del poeta griego), los dos epílogos, luminosos también, que figuraban en sus primeras ediciones (la malagueña de Caffarena & León y la barcelonesa de Ocnos): textos de Seferis y de Auden sobre una poesía que ambos poetas conocían muy bien.
No podían decepcionar, sin dejar por ello de conmover, La luz pensativa (Pre-Textos), del gallego José Cereijo, un libro mayor donde el amor y la emoción son ley, y Nada con que volver (La Veleta), del cordobés Rafael Adolfo Téllez, con versos que nos transporta a un mundo rural emboscado entre la niebla de lo perdido y que, a rachas, se asemeja a un paisaje fantasmal y rulfiano. 
No, no cabe duda de que estamos ante dos poetas necesarios y ante dos libros bellísimos, por dentro y por fuera. 
Una ópera prima, Roma y otros destinos (Poesía Al Albur), del sevillano Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, también me ha descolocado. Quizá se explique si tenemos en cuenta que son poemas que lleva escribiendo media vida y que la suya ya ha superado il mezzo del cammin. Culturalismo, viajes y experiencia se mezclan en estos versos con naturalidad y solvencia. 
En la misma editorial ha publicado el "poeta tardío" alcalareño Enrique Baltanás su Antología completa. Le antepongo el posesivo porque, como bien dice, "cada lector se fabrica su propia, intransferible y heterogénea antología personal". Él, "como lector", ha hecho esta, la de "alguien que, aunque tan cercano de mí como pueda estarlo mi sombra, jamás he podido confundir conmigo". Pide que "tampoco se confunda el lector". Y añade: "Quien habla en los poemas, sea quien sea, tiene por lo menos algo claro. Yo mismo, muy al revés del hidalgo manchego, no sé aún quién soy. Tal vez sólo la sombra de esa sombra que escribe los poemas. Esa sombra que busca su contrapeso de luz en la luz de la silente música del verso". Tampoco se atreve a ponerle al florilegio una poética (sí tiene un poema con ese título), porque sería "invisible" o "prestada", comenta, o porque cada poema, y no cada poeta, tenga acaso la suya. 
El conjunto tiene aires de poesía reunida, donde encontramos poemas inéditos, alguno en francés y los demás revisados "hasta el punto −anota con ironía− de parecer distintos". La poesía de un poeta lúcido y honesto como pocos. De los que no defraudan. 
Los italianos han cobrado en mis lecturas recientes un subrayable, inesperado protagonismo. Así, en la ejemplar, modélica colección Z. Gli incursori. Poesía italiana contemporánea, que dirigen para la Asociación Cultural Zibaldone Paolo Febbraro y Juan Pérez Andrés, Habla el mono, de Matteo Marchesini, y Sesenta poesías, de Giorgio Manacorda. El primero está traducido por Juan Francisco Reyes Montero y el segundo por Berta González Saavedra. Para lectores exigentes. 
He disfrutado mucho con Mis poemas no cambiarán el mundo. Antología (1947-2013), de la todina Patrizia Cavalli que publica Pre-Textos en traducción de Fabio Morábito y Juan Andrés García Román. Todo un descubrimiento, lo que no me extrañó al ver al frente, y muy bien acompañado, a mi admirado Morábito. 
Poemas extensos como "Aire público", "La guardiana" (que, una pena, no se da entero, por más que lo leído baste y sobre) o "La majestad bárbara" dan la verdadera medida de esta poeta de la Umbría, lo que no obsta para que uno reconozca que en las distancias breves también se maneja con destacable soltura.
Nada desdeñable, aunque en otro orden de cosas, es la poesía de la riminesa Sabrina Foschini, que presenta Mordiscos y plegarias en Renacimiento. La traducción y el prólogo son de Juan Vicente Piqueras. Me han gustado especialmente sus "poemas bíblicos". 
Tampoco tiene desperdicio El comisario Magrelli (Visor), del romano Valerio Magrelli (en traducción de Ernesto Hernández Busto), más accesible, según creo, que en libros poéticos anteriores (me refiero a los de la editorial madrileña, traducidos por Carmen Romero). Hasta los que no leen poesía podrían disfrutar de los casos de este poeta reconvertido en detective. Lo dice él mismo: «Cuando me encontré con mi comisario homónimo, confieso que no me sorprendí. Entre tantos de sus colegas, antes o después, era normal que también él apareciera. Más bien me asombró la terquedad, la obstinación con que lo he visto viajar de Egipto a Francia, de Estados Unidos a Turquía, siempre devoto de un sueño infantil de justicia e, incluso, de una justicia en verso. Su patria, sin embargo, sigue siendo Italia, mientras que su especialidad parece consistir en la defensa de la víctima». Sí,  «en resumen, microhistorias e invectivas. Sin embargo, el verdadero hilo conductor sigue siendo la reflexión sobre una ley que a menudo, demasiado a menudo, tiende a olvidar los pobres derechos de las presas, especialmente los de aquellas inermes por excelencia: mujeres, paisaje e infancia». Es entretenido y nos ayuda a pensar. Magrelli siempre me resultó un poeta inteligente. 
Dejo para el final un par de ejemplares que no siendo poesía, en rigor, a mí me lo parecen. Hablo de Caballos de cantan (La Isla de Siltolá), de la malagueña Isabel Bono, aforismos, o así, que son, ya digo, pura poesía, y Polen (Editora Regional de Extremadura, colección Ensayos Literarios), de la salmantina (criada, si se me permite el matiz, en Guijo de Santa Bárbara, un pueblo esencial en esta historia) Carmen Hernández Zurbano. Es su debut en la prosa y sería deseable disfrutar de él junto a su último libro de poemas, Esa flor parece un pájaro, un complemento ideal. Más allá, Polen prueba la valía de Zurbano como fundadora de un mundo personal, sugerente y hasta inquietante. 
Ya se ve que la cosa ha ido hoy de sorpresas. Vendrán más. El siguiente rimero crece.

NOTA: Ilustra esta entrada el cuadro "Hombre sentado sobre un tronco", de Karoly Ferenczy.

6.10.21

Morábito y Frayre


Rescata Igor Barreto una entrevista con el mexicano Fabio Morábito, del que hablamos aquí a finales de junio, a propósito del Premio Xavier Villaurrutia que ganó en 2018 con su novela El lector a domicilio (Sexto Piso). Allí, Mónica Maristain, la editora del medio que la publica, le comenta: "Los escritores dicen que quieren ser poetas", y él responde: "Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad".
En la novela, por cierto, se habla de una poeta que uno, sin saberlo (porque no he leído el libro premiado), descubrió el pasado verano gracias a la revista Palimpsesto, de Fran Cruz, donde Morábito precisamente escribe sobre ella y su obra. Ya he pedido su poesía completa, que editó FCE. Se trata de Isabel Frayre y no comprendo bien que hasta ahora no hubiera reparado en sus versos, de una calidad llamativa. Ahora, además de leerla a ella, tengo que conseguir un ejemplar de El lector a domicilio. Mi fervor por la literatura de Morábito así lo exige.

Nota: La fotografía es de Nazareth Balbás para RT. 

23.6.21

Fabio Morábito dixit


Entresaco estos párrafos de las respuestas que da el poeta mexicano Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955) a algunas preguntas de su entrevistador, Olmo Balam. La interesante conversación se publica en la revista jiennense Paraíso, que dirige Juan Carlos Abril, donde también se dan a conocer cinco poemas inéditos.

"Procuro ser muy claro y, dentro de lo posible y dentro de la poesía, muy coherente. No me gusta crear falsas incertidumbres o crear vaguedades. Siempre lucho por la palabra más adherente a la emoción que trato de expresar. Es una lucha sin fin y muchas veces sin éxito porque es difícil aprehender con palabras ciertas sensaciones y percepciones que son muy lisas y efímeras por naturaleza. Procuro que el poema juegue limpio con el lector, que diga las cosas que tiene que decir y no se encamine hacia un falso misterio. Desde ese estilo que trata de ser muy riguroso uno puede asomarse frente a lo completo y lo incompleto, tanto a lo abstracto como a lo concreto".

"El nómada siempre deja atrás lugares que fueron cruciales y fundamentales en su vida y tiene la sensación de que por más que se mueva nunca va a llegar a la tierra prometida. La imagen del departamento también es de fragilidad, porque convives con otras personas que están más allá del muro, más allá del techo, del piso, y eso te da una sensación de extrema fragilidad, de fugacidad. Y una lengua aprendida, por más que la aprendas, jamás va a sustituir tu lengua materna. La lengua materna se te da como un regalo y en ese sentido es más sólida que una lengua que tuviste que hacer el esfuerzo de aprender y nunca está totalmente adquirida, la estás aprendiendo todos los días, con la sensación de algo frágil que se te puede ir en cualquier momento".

"No puedo ser prolífico en el sentido de publicar mucho. Cultivo la prosa que es tan importante como la poesía. La consecuencia de eso es que no puedo escribir poesía todo el tiempo, lo cual agradezco porque creo que no sería, por lo menos en mi caso, muy sano. Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial, es mucho más natural la narración, porque se acerca más a nuestro modo de hablar y de pensar. La poesía siempre crea un laboratorio extraño para el lenguaje. Alguien que escriba poesía todo el tiempo, que lea todo el tiempo poesía se puede volver loco o simplemente desgastar sus herramientas. Y la prosa es, como decía Montale, el gran secreto fertilizante de la poesía. Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía. Cuando alterno estas dos, prosa y poesía, no soy ni un cuentista prolífico, ni un prosista prolífico ni una poeta prolífico".

"El tema de la lentitud es un poco vago. La poesía es velocidad pura porque te permite saltar una cantidad de nexos y de explicaciones que la prosa debe tener y la poesía se salta olímpicamente. En ese sentido la poesía es un género súper veloz, me gusta más esa interpretación que la de lentitud, que siempre viene acompañada de cierta idea de nobleza, de lo lento como sinónimo de un sentir más humano acerca de los demás, lo cual está bien pero puede significar muchas cosas. La mía es una mirada obsesiva, de laboratorio, que se mete y quita capas de algo que nunca se encuentra, pero lo importante es el viaje, el proceso".

Nota: Como precisa Balam, "a un ritmo de uno por década, la poesía de Morábito está contenida en Lotes baldíos (1984, FCE), De lunes todo el año (1992, Joaquín Mortiz), Alguien de lava (2002, Era) –estos tres reunidos en un solo volumen por el FCE en La ola que regresa (2013)–, Delante de un prado una vaca (2011, Era) y A cada quien su cielo (todavía inédito en español y que aparecerá en Francia bajo el sello Les Éditions du Seuil durante 2021 con el título de A chacun son ciel)". Además es autor de distintas obras narrativas y ensayísticas. 

19.5.21

El subrayador, de Fabio Morábito


Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura. Ha subrayado libros desde la adolescencia y son pocos los que se han salvado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por observar los estantes de su biblioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tantos subrayados que encierran. Representan una biblioteca dentro de otra, que ha ido creando con esfuerzo. No ha vacilado nunca a la hora de poner un subrayado. En tantas cosas ha sido tibio y negligente, pero no en esto. Aun cuando ha tenido el ánimo por los suelos, ante una frase o un pasaje notables se ha puesto religiosamente de pie para buscar un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se levante, se habrá acabado todo. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innumerables sacrificios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus subrayados, de diez a veinte minutos de una lectura intensa y selectiva. Ha llegado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuelvan parte de aquello que él les dispensó a lo largo de tantos años de lectura. Le ofrecen sus subrayados, haciéndose ellos mismos a un lado. Al repasar esos surcos dejados por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una preciosa savia de conocimiento, sino que profundiza en su introspección, pues no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo, uno se descubre sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados, en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido.

Fabio Morábito

NOTA: El poeta mexicano Gildardo Montoya, fiel corresponsal y amigo, me envía este relato de Morábito publicado en el diario argentino Clarín con el que tan identificado me siento. 

4.4.21

Dos poemas de Antonio Deltoro



POEMA

Un buen lector de poesía
puede ver, con los ojos cerrados,
un poema en versos,

pero el poema es,

en sus oídos,

más allá de sus surcos,
una duración,
una existencia.


UNA MESA

Sosteniendo su peso
y otros más en su lomo;
rectangular, bien hecha,
con las patas redondas,
sigue siendo la misma.

La hizo un carpintero
que amaba la madera.

La diseñó mi padre
como única mesa
de un departamento
que fue el primero
que rentaron en México.

Luego se cambiaron
a uno más amplio;

él la acortó,
para que sirviera
como auxiliar
de una mesa redonda;
pasó del centro
a un costado
sin perder el aplomo,
inmune a los giros
de la Tierra y la suerte.

Antes que terminara
en la cocina,
me la llevé a mi cuarto
y se hizo escritorio.

Muchas casas después,
poblada por papeles y libros,
es la protagonista de esta crónica:

un cuadrúpedo de lomo hospitalario,
cuyas patas son anclas
que se aferran al piso,
y sin embargo,
se mueve.

Nota: Estos dos poemas inéditos del poeta mexicano Antonio Deltoro han sido publicados en la revista Paraíso (número 17), que dirige Juan Carlos Abril. La fotografía está tomada de una reseña de Fabio Morábito sobre su poesía reunida (Visor) que apareció hace unos años en infoLibre.

23.12.20

Unas cuantas revistas


Parece que no, pero sí, las revistas literarias en papel siguen gozando de buena salud y uno se alegra de poder tenerlas en las manos; de verlas, tocarlas y olerlas como si de un libro se tratara. Son varias las que han llegado en estas últimas semanas, las que abrochan este penoso año que será difícil de olvidar. 
La extremeña SUROESTE (voy a escribir sus nombres con mayúsculas) llega a su número 10, aunque parezca mentira. Sé bien que estas empresas son complicadas y más si dependen de subvenciones oficiales, no digamos en Extremadura, que en política cultural hace mucho que dejó de ser lo que fue. Cómo olvidar a Antonio Franco, el que fuera director del MEIAC, uno de sus impulsores, que logró vincularla a la Fundación Ortega Muñoz con la complicidad manifiesta de Clemente Lapuerta, otro puntal de ese edificio literario que gobierna con mano segura Antonio Sáez Delgado, su director. Heredera, siquiera en parte de su espíritu, de Espacio/Espaço escrito (pudo seguir viva y llamándose así de nos ser por la hosca negativa de alguno), Sáez, profesor de la Universidad de Évora, traductor, estudioso y lusista ejemplar, le garantiza su esencia portuguesa. Tampoco es cosa de ignorar que la Editora Regional está en el empeño también, otra pata de este sólido, sobrio banco rayano. El número 10, ya digo, celebra esa primera década y conmemora el inesperado fallecimiento del citado Antonio Franco, al que homenajean un puñado de amigos (Martín Carrasco Pedrero, Nilo Casares, Remigio Cordero, Perfecto E. Cuadrado, Miguel Fernández-Cid, Javier Fernández de Molina, Nuria Flores Redondo, Claudia Giannetti, José Jiménez, Clemente Lapueta, Leona, Iván Marino, Salvato Teles de Menezes, César Antonio Molina, Mon Montoya, Miguel Murillo Gómez, Ángela Pérez Castañera, António Cerveira Pinto, Isidoro Reguera, Gustavo Romano, Manuel Rosa, Antonio Sáez Delgado, Ángela Sánchez y uno mismo) en una bonita separata que tiene en la cubierta un retrato del historiador del arte español, comisario de exposiciones, crítico y fundador del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo. Para eso se ha compuesto un volumen de 235 páginas sobre la "poesía actual". Como es norma en esta revista denominada de "literaturas ibéricas", nos referimos a la poesía actual en español, portugués, vasco, gallego, catalán, asturiano y aragonés. De todas y cada una hay un estudio introductorio y una muestra, en función, como es lógico, del número de hablantes (en este caso, escribientes) de cada una de ellas. Importantes son todas, sin duda, pero no todas son usadas por igual, sobre todo en lo escrito. Por eso la antología más amplia es la de poesía en castellano. De esa selección se ha cuidado con solvencia Antonio Rivero Machina, que ha elegido a 12 poetas. Cabe decir de ésta, como de todas, que su criterio manda y que, en consecuencia, unos echarán en falta algún nombre y a otros alguno les sobrará. Normal. Para no extenderme demasiado, citaré a los respectivos presentadores y el número de poetas elegidos: Pedro Serra (portugués, 7), Montse Pena Presas (gallego, 5), Martín López-Vega (asturiano, 3), Jon Kortazar (vasco, 5), Chusé Raúl Osón (aragonés, 3) y Adrià Targa (catalán, 10). Como se ve, estamos ante críticos de reconocido prestigio, como suele decirse, por lo que las diferentes nóminas tienen garantizada su calidad. No cabe duda, en fin, que estamos ante un documento fundamental para conocer el panorama lírico ibérico. Y al módico precio de 12 euros. Sin obviar que está editado con sobriedad y elegancia, con el sello inconfundible que nos legó el añorado Luis Costillo, que hasta su muerte se ocupó del diseño. 
Impresiona, como suele, la nueva entrega, número 136, de la aragonesa TURIA. El cartapacio, seguimos en territorio ibérico, está dedicado a Lídia Jorge. Lo coordina Enrique Andrés Ruiz y, por consiguiente, es un esplendido dosier. No falta en él la colaboración del recién nombrado Antonio Sáez y es su hermano Luis, a la sazón director de la Editora Regional de Extremadura, quien la entrevista. En el índice puede comprobar cualquiera quiénes escriben sobre la obra de la narradora portuguesa, último premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Por cierto, digo narradora, pero sus poemas, traducidos por EAR, me han parecido estupendos, dignos de ser trasladados al español. Su único libro de poemas, publicado en 2019, es Livro das Tréguas y tiene sólo 104 páginas.
Además, lo habitual: ensayos, inéditos en prosa y verso, entrevistas, los diarios del director, Raúl C. Maícas (que van a más)... En lo personal, me siento muy honrado por la doble aparición en escena: con un texto extenso sobre la poesía de Antonio Gamoneda (que abre el volumen de casi 500 páginas) y una reseña firmada por José Luis Melero sobre Porque olvido. Un lujo. 
Y hablando de lujos, qué decir de la veterana y malagueña LITORAL, que dirige Lorenzo Saval con la ayuda de María José Amado, adjunta a la dirección, y Antonio Lafarque, editor de contenidos. Qué explosión de arte y poesía por sus cuatro costados y qué bien elegidos. El monográfico, de casi 400 páginas, lleva por título Mundo sensible y tiene diversos apartados, que a su vez se subdividen en otros; a saber: "Cosmogénesis", "La Tierra", "Los cuatro elementos", "La vida", "Mundo humano", "Mundo urbano", "Land Art", "Mundo vegetal", "La naturaleza", "Las cuatro estaciones", "Ecología", "Pacifismo", "Mundo mineral", "Mundo amenazado", "Mundo exterior", "Utopías", "El futuro" y "Humor enmascarado". Imagínese el lector lo que puede encontrar ahí entre poemas, dibujos, cuadros, fotografías, etc. El índice de ilustradores ocupa dos páginas. El de escritores... Hasta de uno hay un breve poema ("Aguas"), en la página 38, al lado de otro, más breve aún, de José María Micó ("Agua"), junto a una cita de  la murciana Dionisia García y bajo una sugerente obra del neoyorkino Bill Viola (el “Rembrandt del videoarte”, según dicen): "Disolución, 2005".
El poema, algo abstracto, de mi plaquette Lugar del elogio, del remoto 87, dice: El agua retorna a lo evidente. / Es su dominio inmóvil. // Nada transgrede su volumen, nada / su ser transforma. // Una piedra dibuja : la espiral nombra. / Flota un cuerpo y el río desaparece.
CUADERNOS HISPANOAMERICANOS envejece estupendamente. En su número 846 hay, por lo menos un par de asuntos más que interesantes; así, un amplio dosier dedicado al escritor mexicano nacido en Florencia Alejandro  Rossi, autor de uno de los libros más geniales de nuestra lengua: Manual del distraído, y una entrevista de J. Á. Juristo a Fernando Castillo, otro conspicuo personaje de nuestras letras, un raro e inclasificable historiador que escribe. Entre otras obras (no pocas en la editorial Fórcola) Un cierto Tánger. Sólo por eso...
Cierro este bonito escaparate revisteril con SIBILA, que alcanza su número 62. "Es pertinente hablar de la tristeza", dice Piedad Bonnett en uno de los poemas con los que se abre esta espléndida entrega que ilustra a todo color Alberto Corazón. La música la pone esta vez Félix Ibarrondo ("Barne Hegoak"). Más allá, versos de, entre otros, José Luis Rivas, los novísimos Luis Alberto de Cuenca, José María Álvarez, Alejandro Duque Amusco y Marcos-Ricardo Barnatán, Gina Saraceni, Martín López-Vega o Susana Benet. También se puede leer un cuento precioso de Fabio Morábito, una obrita de teatro de Antonio Garrigues Walker o un ensayo de Óscar Hahn donde se pregunta si Rubén Darío fue un precursor de Nabokov. Menuda fiesta. 

28.8.20

Sibila 61


Abril de 2020 es la fecha que encabeza este nuevo número de la lujosa revista sevillana de arte, música y literatura que dirigen con tanta pasión como acierto el matrimonio formado por Juan Carlos Marset y Patricia Ehrle. Da gusto tenerla en las manos y ante los ojos. Por su impresión en papel de Amalfi y por los contenidos que ofrece. No es extraño que patrocine esta ya larga aventura la exigente Fundación BBVA.
La portada es de Xesús Vázquez, así como las "Imágenes" centrales ("fotogramas con resolución falseada del vídeo Paseo"), y a la obra del artista gallego le dedica Alberto Ruiz de Samaniego el ensayo "Lo que en realidad vemos". 
No hace falta recordar, y menos a los habituales de este blog, la importancia que la revista da a la poesía ultramarina escrita en español, mucho más de la mitad de la que se escribe en nuestra lengua. Tampoco que lo sustancial del proyecto se sustenta en la poesía, sin que ello oculte la importancia que se le da a la narrativa (y hasta al teatro), al arte y a la música. Según costumbre, en esta entrega se incluye un cedé con Órbitas, obra de Alfredo Aracil sobre la que el propio compositor madrileño (Premio Nacional de Música en 2015) escribe un extenso texto que cierra el número.
Del amplio índice, uno se ha fijado en ciertos autores; vamos, en los poemas de algunos poetas. No podía empezar mejor: con cinco del mexicano Fabio Morábito, de lo mejor que uno le ha leído. En el primero, el más extenso, dice: "Qué me importa a mí el suceso en vivo, / si todo al fin y al cabo está en pasado, / estrictamente hablando". Y más adelante: "¿Alguien ha visto una palabra?". "Esta tarde, mi bien" (palabras de Sor Juan Inés de la Cruz) es un precioso poema de amor. Y el último ("Poder decir / los pies hermosos de las turcas"), una mezcla perfecta de lírica y cosmopolitismo, algo natural en este poeta de origen italiano nacido en Alejandría. 
Los poemas de Lola Mascarell me han deslumbrado, lo confieso. No doy en mi desordenada biblioteca con ninguno de sus libros y eso que alguno me habrá llegado. "Todo lo que nos duele es pasajero", escribe. Necesito creerla. También buscar más versos de la valenciana. 
Otra mujer, la argentina Silvia Japaze, reclama mi atención con sus ocho poemas sin título: "Busco en el calor de mi palma / lo escrito en la piel".
De Jenaro Talens hacia demasiado tiempo que no tenía noticias. Qué agradable sorpresa saber que sigue escribiendo poesía y que esté a la altura de la que escribió en el pasado. Me ha gustado mucho esa unión de pensamiento y experiencia que apreciamos, por ejemplo, en "Curriculum vitae". En "No preguntes por qué" escribe: "No olvides que la vida solo existe en presente / porque morir requiere aprendizaje". 
Muy buenos los poemas de otro argentino, Ernesto Luis Álvarez y del peruano, residente en Nueva York, Miguel Ángel Zapata: "Escribo poemas caminando". Los árboles centran su discurso: "La poesía es así: un árbol desconocido / que cruza la ciudad".
Y los breves y certeros de los colombianos Jorge Cadavid (el último se titula "Diario de un virus": "Confinados por la peste / corto por primera vez / el cabello de mi mujer") y Rubén Darío Lotero.
Tres españoles acaparan después mi atención (menciono a los poetas por orden de intervención). Me refiero al riojano Paulino Lorenzo ("Hablamos con los muertos cada día"), el asturiano Jordi Doce (que vuelve a sorprenderme con cinco poemas magistrales de un nuevo libro en curso: "-si el mirar / fuera la solución y no el problema-") y el andaluz de Melilla Antonio Rivero Taravillo ("Me van saliendo canas en el nombre").
Destacables son los aforismos del valenciano Carlos Marzal ("Solo he ido invencible con mis hijos en brazos" o "La cerveza, a mediodía, tiene profundidades cosmológicas"), los diarios argelinos del extremeño Julio César Quesada Galán (del que uno espera la versión completa) y las prosas nocturnas (entre poéticas y filosóficas) de Francisco Jarauta. 
No faltan en esta entrega estudios sobre obras de Ernesto Cardenal, Carlos Germán Belli, Antonio Pigafetta (cronista de la expedición de Magallanes, leído, entre otros, por Neruda), Valéry, Lezama Lima, Coetzee...
La narrativa está firmada por Juan Casillas Núñez, Robinson Quintero Ossa y Daniela Londoño Ciro.
Un festín, ya se ve, el que nos presenta el nuevo número de Sibila. Esperamos muchos más. 

6.6.19

Mi biblioteca en El Ciervo (II)

Antología Palatina (Epigramas Helenísticos)
Biblioteca Clásica Gredos. Gredos, Madrid, 1978

Mi deslumbramiento por la poesía clásica griega se cifra en libros como este. A finales de los setenta, cuando comienza mi fervor por la lectura y por la poesía, compraba a crédito los tomos de esta mítica colección. En la librería Alberti de Madrid, que me los enviaba por correo.
Poco dado a la verbosidad y a los excesos, la sobria concisión del epigrama siempre me ha parecido una medida perfecta. Poemas como los de Teeteto, Nóside, Calímaco, Alceo, Meleagro... Pequeñas joyas que resisten frescas e indemnes la ferocidad del tiempo.
  
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
Colección La Biblioteca de Barcarrota. Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2005

Se trata de una edición arqueológica del ejemplar encontrado a finales de 1995 en la localidad extremeña de Barcarrota, emparedado en una casa junto a otros siete libros (y un manuscrito) de carácter heterodoxo. Hasta entonces desconocida, está impresa en Medina del Campo en 1554 y destaca por lo cuidado del texto y por los elementos que adornan la portada y su interior, que cuenta con bonitas ilustraciones. Si leer esta obra es siempre un placer, más en esta curiosa edición de la que sigue siendo la mejor editorial pública de este país.

El oro de los tigres
Jorge Luis Borges
Emecé, Buenos Aires, 1972

El ejemplar está comprado en la librería La Ciudad, sita en la calle Maipú 971, a unos pasos del número 994, donde estaba el departamento del poeta argentino. La visitaba con frecuencia, cuentan las crónicas. Está firmado por el propio Borges (“el arañado signo, simbólico ilegible” del poema de Juan Luis Panero). Lo trajo a España mi familia bonaerense. Se trata de un regalo extraordinario. El adolescente que era no sabía nada del famoso escritor, pero intenté abrirme paso como pude, con más voluntad que acierto, a través de esa hermosa selva de palabras que tan feliz me ha hecho desde entonces. El libro tiene ilustraciones de Raúl Russo y significó el descubrimiento de la poesía moderna, una forma de decir inédita y clarividente.
De aquel viaje de vuelta a los orígenes familiares rescaté otro libro dedicado por Borges: El Aleph.
  
Poemas (1935-1975)
Octavio Paz
Seix Barral, Barcelona, 1979

Aunque prefiero al Paz ensayista, cuando tuve ocasión de conocer personalmente al poeta mexicano, no tuve dudas y cargué con este grueso volumen de precioso color azul para que me lo dedicara. Presidía el jurado del premio Loewe en 1991, cuando lo ganó Una oculta razón.
Basta mencionar “Piedra de sol”, el extenso poema magistral, para que quede de sobra justificada su categoría poética. Con todo, mi poema preferido es uno breve, “Hermandad”, de Árbol adentro, un homenaje a Claudio Ptolomeo que dice: Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante /alguien me deletrea. 
  
La poesía inglesa
Traducciones de Marià Manent
José Janés editor, Barcelona, 1958

La poesía en esa lengua, que ni de lejos domino, ha sido fundamental para el lector que soy. Tanto o más para el poeta que aspiré a ser. Lo ha subrayado la crítica. Así las cosas, he tenido que fiar mi gusto a la traducción y a los traductores; profesionales en los que, por otra parte, siempre he creído. Manent es uno de ellos.
Elijo esta antología por su belleza externa (un regalo del bibliófilo José Manuel Fuentes) y por la abundancia de poemas logrados que contiene. De poetas de uno y otro lado del Atlántico. Desde Donne, Wordsworth o Dickinson a Eliot, Frost y Stevens. Mi deuda es impagable. Lo que he disfrutado y aprendido con sus versos, una alegría.
  
Tutte le poesie
Eugenio Montale
Arnoldo Mondadori Editore, 1990

El grueso volumen está fechado en Nápoles, Gran Caffè Gambrinus (con Yolanda, pone) el 9 de mayo de 1992. Si escojo este libro es por su carga sentimental, sí, aunque también porque Montale es un poeta imprescindible para mí. Aún recuerdo el domingo de verano que compré en un quiosco Huesos de sepia (Orbis) y mi fascinación al leerlo. Acaso la mejor edición del genovés en español sea la Fabio Morábito publicada por Galaxia Gutenberg.
La poesía italiana, como la portuguesa (Eugénio de Andrade, Sophia de Mello Breyner…), es una de las mejores de la literatura universal. Cómo olvidar, por ejemplo, a Dante (en la versión de Micó) y a Leopardi (en la de Colinas). O a Luzi, Ungaretti, Saba, Bertolucci…

La nueva poesía catalana
Jaume Pont y Joaquim Marco
Plaza & Janés, Barcelona, 1984

Cuando me preguntan, menciono la influencia en mis primeros pasos poéticos de la poesía catalana. Autores como Foix, Carner, Espriu, Vinyoli (sobre todo), Ferrater, etc. A estos les sucedieron otros, coetáneos de Pere Gimferrer (otra destacable presencia) y los novísismos, a los que descubrí gracias a esta ejemplar antología. Me acuerdo bien de la agradable sorpresa que me produjeron los versos de Marí, Parcerisas, Margarit, Jaén i Urban, Susanna o Comadira, al que escuché por primera vez en un programa de la televisión catalana a principios de los ochenta, en Tossa, durante nuestro viaje de novios. No quiero olvidar, ya que de catalanes hablamos, a Ponç Pons, el poeta menorquín, que acuñó el término escriviure, que podría traducirse al castellano por escrivivir.
  
Salón de pasos perdidos
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 1990-2019

Los veintidós volúmenes que ya ha publicado Trapiello de sus diarios ocupan una balda de 80 cm. Si traigo esta “novela en marcha” aquí es, además de por su portentosa calidad literaria, porque no ha leído uno tantas páginas de autor alguno. Si tuviera que destacar qué asunto de esos sucesivos tomos me interesa más, diría, sin dudarlo, que cuanto ha escrito sobre Las Viñas, su casa extremeña de los Lagares. De la Extremadura profunda, digamos, la del campo, es posible que nadie haya dicho tanto y mejor. Con tanta naturalidad y con tanta hondura.

Nota: En la carta de El Ciervo decía: "En la revista tenemos una sección titulada "La Biblioteca de..." en la que diferentes colaboradores y amigos (escritores, académicos, críticos, poetas, profesores....) nos explican cuáles son los libros más queridos de su biblioteca y por qué". Luego me explicaron que "la selección de libros es muy personal, mejor si son fuera del canon para que no se repitan siempre los mismos". A eso me atuve.
Agradezco a Alejandro Duque Amusco su mediación. Al parecer es el instigador de esta bonita experiencia.
También quiero expresar mi gratitud a Eugenia de Andrés, que ha coordinado todo el trabajo desde la veterana revista barcelonesa. Un placer.