Vivimos tiempos curiosos, por decirlo de forma suave. Tiempos que uno, como tantos, no estaba preparado para afrontar. Pero así es por naturaleza el futuro: imprevisible. En el mundo y, lo que más me importa, en España. Este pequeño gran libro, Cultura española en democracia. Una crónica breve de 50 años (1975-2024), que ha sido capaz de tramar uno de nuestros mejores periodistas culturales (reconocido con el Premio Nacional de lo mismo en 2020), el barcelonés del 57 Sergio Vila-Sanjuán, director desde hace años de Cultura/s, suplemento de La Vanguardia, pone, sin embargo, en evidencia lo que algunos seres adánicos se empeñan en negar: que desde la muerte de Franco hasta ahora, desde que vivimos en democracia o casi (hasta el 78 en rigor no llega, con la Constitución), nuestra vida cultural se ha enriquecido y que lo hizo especialmente en los años de la Transición, esa que desprestigian en cuanto pueden nuestros políticos más ignorantes, esto es, la mayoría.
Una breve introducción y siete capítulos bastan para, mediante un afilado don de síntesis (“un balance muy sintético y a vista de pájaro”), escribir la crónica de unos años, como diría el poeta Antonio Colinas, tan intensos como difíciles. Apasionantes también, más para quienes hemos tenido la suerte de haberlos vivido a lo largo, en toda su prolongada extensión.
Por las citas que ha colocado delante, Vila-Sanjuán da a entender que la cultura de una sociedad la hacen y forman las personas individualmente (como defiende José Carlos Llop) y las instituciones, si se pretende que lo realizado sea duradero (como matiza Jean Monnet). El “recurso a la cultura” (George Yúdice dixit) se utilizó desde el principio para legitimar lo que se nos venía encima: nada más y nada menos que la democracia.
De los años 70 cabe recordar, ante todo, que la mencionada Constitución reconocía “la importancia de la cultura”, clave, se acaba de decir, para “la restauración de la democracia”. Su defensa pasó a ser razón de Estado para los gobiernos, sí, pero también para la Corona, que no ha dejado de acompañar su considerable desarrollo. Primero con el rey Juan Carlos (“símbolo del regeneracionismo cultural de la España postfranquista”, según la ensayista Giulia Quaggio) y después con Felipe VI. Su incondicional apoyo a los premios Príncipe y Princesa de Asturias bastan para aseverarlo y se podrían poner muchos ejemplos más.
Es la década, pongo por caso, de la creación del Premio Cervantes, del Nobel a Aleixandre, de los poetas novísimos, del nacimiento de Anagrama y Tusquets, de Els Joglars, Berlanga y El desencanto, de El País (aquel “intelectual colectivo”, dijo Cebrián, del que, ay, no queda ni rastro), de Umbral y de la Barcelona contracultural.
Los 80 son, en síntesis, la Movida madrileña y el diseño barcelonés. (Sí, no se olvide que Vila-Sanjuán contempla la nación desde su ciudad natal y la presencia de lo catalán es una constante en su ensayo.) Asumamos que la Transición fue “de terciopelo”, como dijo otro protagonista de aquella época, Jorge Semprún. “Gradual y pacífica”, precisa el autor. El 23-F del 81 espabiló a más de uno y la democracia se fortaleció. Llega entonces la postmodernidad y, ahí, la Movida. Y con ella, Almodóvar. Y el sida, claro. Y el “nuevo diseño” de aquella Barcelona abierta y cosmopolita (¿dónde estará?) que anunciaba la transformación urbana (y mucho más) del 92.
Gobierna un Felipe González empeñado en apuntalar, a la francesa, el “Estado cultural”, que diría Fumaroli. “Ser culto se puso de moda”, afirmó el editor madrileño García Sánchez. El PSOE (aquél, nada que ver con el actual) apuesta por ese modelo y hace, desde el poder, todo lo necesario para que así sea. ARCO, el Reina Sofía y, en oblicuo, la “nueva narrativa española” están allí para corroborar el cambio. Se vive una “edad de oro de la edición”. “El nuevo Estado democrático aspira a ser integrador y mostrarse como pluricultural y diverso”. Un ejemplo: los encuentros de Verines, donde coincidían escritores en las distintas lenguas de España, un proyecto abandonado (o casi) que impide la necesaria fluidez entre las literaturas patrias y que aboca al mutuo desconocimiento. También empezaron a reconocerse con Premios Nacionales a escritores y artistas periféricos: catalanes, gallegos y vascos.
En los 80 nacen editoriales importantes: a levante, Pre-Textos; a poniente, la Editora Regional de Extremadura, a la que Vila-Sanjuán ha hecho un merecido hueco en su sintética obra. Como se lo hace al Congreso de Intelectuales de Valencia (1987), donde se habló de todo menos de una ETA “en plena actividad”, un recordatorio que le honra.
Resalta la importancia del periodismo cultural como perfecto aliado del “Estado cultural” que se fomenta. Surgieron revistas (Turia, Cuadernos del Norte, Quimera...) y se fortalecieron los suplementos de los periódicos. Ese arquetipo exigía ministros de Cultura potentes. El ministerio del ramo fue creado por el primer gobierno de Suárez, con la UCD, y fue Pío Cabanillas quien abrió vía. Por desgracia, el PP siempre lo ha despreciado; tanto Aznar como Rajoy prescindieron a ratos de esa cartera para rebajarla a la categoría de Secretaría de Estado (o fundirla con Educación), como bien sabe el poeta Luis Alberto de Cuenca. Entre los ministros de González, Javier Solana y Jorge Semprún, un viejo comunista debidamente afrancesado. Zapatero echó mano del competente César Antonio Molina. Y con qué equipos contaron. Se impuso, en fin, el axioma de que “la izquierda cuida a la cultura, y la cultura cuida a la izquierda”. “La cultura importa”, fue el lema. De lo sucedido con Sánchez mejor no hablar, a excepción del nombramiento de José Guirao. Que haya puesto en manos de Sumar y del tendencioso Urtasun el ministerio demuestra que aquellos ímpetus y los antiguos lemas pasaron hace tiempo a la historia. Nunca peor.
Los años 90 representan el culmen de aquella ensoñación lograda. Los de las Olimpiadas de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Y la Feria de Frankfurt, donde la “nueva narrativa” se universaliza. Una narrativa que se convierte en fenómeno gracias a los libros de Marías (un Nobel fallido), Pérez-Reverte, Savater o la “generación Kronen”.
Abren el Thyssen, el Museo de Arte Romano de Mérida (obra de Moneo), el Guggenheim de Bilbao y el Instituto Cervantes.
El siglo XXI amanece de la mano de Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y la Guerra Civil vuelve a la actualidad desaforadamente. Al lado de Cercas, Trapiello y Las armas y las letras, un clásico, y La voz dormida, de Dulce Chacón. Tres extremeños (o dos y medio) al quite. Lo de la Ley de Memoria Histórica vino un poco después, con Zapatero, un fan de la polarización.
Bien traída la alusión a fundaciones como la Juan March o La Caixa y muy pertinentes la de la revolución bibliotecaria y la del Año del Libro y la Lectura (2005). Uno después –no se recuerda aquí– tuvo lugar en Cáceres el primer Congreso Nacional de la Lectura, donde él participó en un panel de expertos.
Tras la masacre del 11-M y el clima de crispación política que aquello provocó, “el acto final del gran idilio de la Transición entre el PSOE y el mainstream de la intelectualidad española”, coincidiendo con la reelección del “de la ceja”.
Mientras, los conflictos lingüísticos no cesan y, en Cataluña, Ciudadanos florece.
Aunque parezca mentira, Vila-Sanjuán se atreve con la poesía y fija un panorama de poetas enfrentados: los “de la experiencia” contra los “metafísicos” o “del silencio”, situación coyuntural que los años han resuelto mezclando a unos y a otros y salvando lo único que importa: un puñado de libros sin otra etiqueta que la de la poesía verdadera.
Los festivales (como el Hay segoviano), la gastronomía elevada a categoría cultural (con El Bulli de Adrià al frente) o la serie Cuéntame apostillan la famosa frase de Javier Tusell: “A fines del siglo XX el intelectual español o es mediático y divulgador o no existe como tal”.
El segundo decenio del siglo es el de la crisis. La cultura cae en picado. Su declive es evidente. La “clase media cultural española” fenece. Aquí no prospera lo de la “excepción cultural”.
Llega el 15-M, ese espejismo, y las teorías de Negri, Hessel y Laclau (el radical argentino de la dichosa polarización). Y Podemos, claro. Javier Gomá clama en el desierto por la ejemplaridad y el procés se pone en marcha.
En literatura, priman los de la “generación Nocilla” (¿otro espejismo?) y la autoficción. Y, también, dentro de la “literatura del yo”, “la escritura de diarios”: Puig, Trapiello, Llop, García Martín, Uriarte, Freixas...
Cinco años después de la rendición de ETA, Fernando Aramburu publica Patria. Un hito. En el teatro, brilla Juan Mayorga. Sergio del Molino lanza La España vacía. Otro hito. Por otra parte, el “retorno al medio rural” es tan real como literario.
La muerte reciente de la galerista Helga de Alvear refuerza la mención al Museo que lleva su nombre, situado en Cáceres. Otro referente ineludible. Con el escritor Luis Landero y la Editora Regional, en lo que a uno respecta, lo más importante de cuanto ha sucedido en la cultura extremeña (y por ende en la española) de este periodo que se analiza. Ah, muy oportuna la cuestión de los nombramientos de directores de museos y muy significativo el caso de Borja-Villel y su criticable gestión ideológica del Reina Sofía.
Ya en el tercer decenio, el covid es asunto principal. Paradójicamente, la muerte, el confinamiento y el dolor que vinieron con la pandemia revelaron que la cultura era un bien necesario, cuando no imprescindible. La llevó “a primer plano”. No lo entendió así, nada extraño, el ministro de turno de Sánchez, un tal Uribes. Algo, subraya Vila-Sanjuán, que intentó remediar su sucesor, el catalán Iceta y por ello fue premiado con un cese temprano.
De la “irrupción de las mujeres” habla también el periodista. De ahí que cite a Irene Vallejo y El infinito en un junco, por más que no sea ni mucho menos el único. En otro momento se refiere a la “ola feminista” y a la lucha de Laura Freixas (desde Clásicas y Modernas) por reivindicar su presencia igualitaria en la élite de la cultura española (incluidas instituciones tan relevantes como la Real Academia). Al hablar de los premios mayores se anota la diferencia entre los concedidos a mujeres y a hombres, lo que hubiera favorecido la alusión al Nacional de Poesía que en sus últimas nueve ediciones han ganado… ocho mujeres.
No, “la gestión cultural ya no parece demasiado emblemática para el PSOE sanchista”. Una parte sustancial (por lo significativo, no por lo numérico) de la intelectualidad gira hacia posiciones conservadoras y liberales. La decepción, entre los socialdemócratas, por la deriva sanchistas es incuestionable. Savater, Trapiello, Azúa, Cebrián, Gascón, Peyró, César Antonio de Molina... Podríamos seguir.
El perspicaz autor cierra su largo paseo por la madrileña Galería de Colecciones Reales, asombrado ante tanta belleza.
En “Para acabar” hay sobre todo preguntas. No todas retóricas. Y alguna respuesta. “Yo me quedo con que en sus diferentes apartados –la creación, la gestión y la industria– la cultura democrática ha constituido una aportación sustantiva y a menudo brillante, que niveló déficits históricos, pero al mismo tiempo con insuficiencias: nutridas de proyectos no siempre concluyentes y conflictos, y también de cesiones y pactos poco altruistas”.
Reconoce que “Han sido (...) años de internacionalización y recuperación de la autoestima. De reconocimiento de la pluralidad lingüística”. Pero insisto, lo que lanza en este capítulo final son numerosas preguntas. Preguntas que el lector hará bien en responder. Después de recorrer este medio siglo con un guía tan informado y solvente, resultará incluso sencillo. Luego el futuro hará, como siempre, lo que le dé la gana.
Cultura española en democracia
Una crónica breve de 50 años (1975-2024)
Sergio Vila-Sanjuán
Destino, Barcelona, 2024. 144 páginas. 14 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno.