17.4.14

Leyendo a Álvaro Valverde

3

Que Álvaro Valverde entiende su escritura narrativa como una variante paralela, un complemento genérico, se aprecia sobradamente en las dos novelas que ha publicado hasta el momento, Las murallas del mundo (2000) y Alguien que no existe (2005), una doble escenificación narrativa de sus temas poéticos. El germen de ambas novelas se encuentra en la noción de territorio y de lugar habitable que ya anticipó en los primeros textos poéticos y que ha seguido desarrollando después desde diversos ángulos: a debida distancia, ensayando círculos, desde dentro y desde fuera (no en vano los títulos son a un tiempo método y contenido). Ni la simetría argumental de Las murallas del mundo, que es la historia de un regreso y de un intento de recuperación de la ciudad que fue, ni los sucesivos episodios de Alguien que no existe, que es la historia de una disolución y de una fusión con el espíritu perdurable de la ciudad, ocultan que esa ciudad es el centro y el verdadero objeto de la historia. Incluso del poeta en clave que aparece en una de ellas se dice que «sus versos sugieren un mapa de esta ciudad: un lugar que ha convertido en un territorio». Alguien que no existe, además, se acoge, como procedimiento narrativo, al monólogo dramático de un personaje ficticio, equivalente e incluso simétrico al empleado en «Noticia de la muerte» (y en tantos otros poemas por los que desfilan poetas, pintores, arquitectos, fotógrafos, viajeros, etcétera, disfraces o variaciones o conjeturas del sujeto), en el que se suceden señeros episodios de la pequeña intrahistoria urbana, semblanzas de señalados personajes locales (arquetipos en general de la negra provincia), estampas de un tiempo que desaparece, fragmentos, en fin, que no forman parte de la «autobiografía con vida» del autor ni del narrador («retazos y cosas que viví o me contaron»), pero que configuran una aproximación al «centro fugitivo» del autor. Es como si frente a la reflexión o la meditación a que conduce la contemplación presente de los lugares de antaño, o a la rememoración que surge de esa contemplación —la mirada, la memoria, la melancolía—, no cupieran en el poema los personajes, las anécdotas, la noticia de un crimen, las adversidades con nombre, las desventuras singulares de la guerra y la posguerra, y por ello Valverde tuviera que recurrir a una voz enmascarada, la voz narrativa de «alguien que no existe». No sé hasta qué punto cabría decir que, al margen de las exageraciones y de la deformación atribuible al juego literario, el sujeto de Plasencias y el narrador de Alguien que no existe no son al fin y al cabo el mismo trasunto personaje. Si el escenario —el territorio— es el mismo, si muchos pasajes son los mismos, si ante su contemplación narrador y poeta (acéptese que «poeta» apunta a veces al autor y a veces al hablante del poema) piensan, sienten y dicen lo mismo, no sé por qué no habría que concluir que ambos son el mismo o, si se prefiere, la cara y la cruz, el anverso y el reverso de un mismo sujeto, de una misma voz. Si nos entretuviéramos levantando dos columnas paralelas, una para el narrador de Alguien que no existe y otra para el poeta de Plasencias, y fuéramos cotejando paseos y pensamientos —miradas, memorias y melancolías—, comprobaríamos sin esfuerzo que novela y poesía son vasos comunicantes. Atendiendo primero al escenario, por ejemplo, esto es, a la ciudad, ambos coinciden en las palabras descriptivas y en la obsesión del laberinto, de modo que, si los paseos del narrador son «constantes, reiterativos, siempre por las mismas calles y en torno a los mismos sitios; paseos circulares, fuerapuertas, alrededor de la muralla y paseos interiores, por el centro, recorriendo las callejas laberínticas de los antiguos barrios medievales», si «su recorrido reproduce el trazado de un laberinto», para el poeta «ese trazado / es propicio al paseo y al silencio, / a las divagaciones y derivas, / a perderse sin más entre las ruinas / de un nimio, inextricable laberinto». Lógicamente, la ciudad es su propio centro, su mismo laberinto, condición intramuros o interior. La expansión urbana, por tanto, uniforme y sin rostro, se percibe ajena y anónima. «Lo que denomino las “afueras” es para mí otra cosa», dice el narrador: «Allí todo evoca imágenes que hemos visto o podemos ver en cualquier ciudad de cualquier parte del mundo: bloques de edificios, grandes superficies, institutos y colegios, almacenes y talleres, naves industriales y tanatorios, en fin todo aquello que, según he leído, se acogía al concepto de “no-lugar”, por oposición a lo que está enraizado y pertenece desde muchos años, incluso siglos, a un sitio preciso y sólo a ése». «Sin alcance de miras, / con escasa ambición / e inaudita torpeza / han ido construyendo periferias / en torno a esta ciudad», dice el poeta: «Uno pasea por esos escenarios / sin memoria / y al cabo le parece / estar en cualquier parte». Incluso en ambos late una misma memoria. «Si he de recordar alguna imagen nítida de entonces», dice el narrador, «elegiré la estampa recobrada de la plaza vacía. Era en invierno. Había nevado durante la noche y la ciudad amanecía blanca, fría, desierta». «Con todo, es de una foto / la imagen que prefiero», dice el poeta en «Plaza Mayor»: «un día en que la nieve / la iluminó de blanco». Ambos ven la ciudad como una prolongación simbólica de sí mismos, o al revés, si se prefiere, se ven a sí mismos como corolarios de la ciudad, y así, si el narrador dice: «Tal vez por mímesis, a imitación de la ciudad fortificada en la que vivo, yo también he levantado mis propias, inexpugnables murallas. Muros que me protegen de mis semejantes, de los otros; meras coartadas como la soledad y la timidez», el poeta, como si entablara un diálogo con son semblable, son frère, replica: «Yo te respondo / que acaso las murallas […] han sido mi refugio, una isla aparte; / que entre sus muros, en fin, levantó uno / su mundo frente al mundo». Y, en fin, para concluir esta deriva comparativa, aunque sin ánimo de agotarla, ambos experimentan la misma pesadumbre del destierro interior. «Paradoja cruel», dice el narrador, «saberse de un lugar, quedarse anclado en él, por propia voluntad o por destino y, sin embargo, saberse, en ese sitio, un desplazado» (adviértase que no sería difícil ni temerario escandir los parlamentos del narrador e incluir discretas barras versales). «No es preciso partir para sentirse / un desterrado, un extranjero. Basta / con apartarse un poco de los otros, / por no participar de sus costumbres, / con ejercer sin más de solitario…», responde el poeta: «No lo dudes, / sin salir de este sitio en el que vives / sólo eres la sombra de un extraño». En modo alguno cabe decir que, más allá de los límites de la experiencia, poeta y narrador sean autorretratos, pero sí parece que a ambos les sostienen el mismo pensamiento e idéntica determinación moral.

4 y 5.