16.3.19

Haikus de Bashō

Mi primer acercamiento a la poesía del clásico japonés Matsúo Bashō (Ueno, provincia de Iga, 1644-Osaka, 1694) fue a buen seguro gracias a su libro Sendas de Oku, en la versión española de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya que publicó Seix Barral en 1981, si bien existían dos ediciones anteriores: la primera, de 1957, que apareció en México (UAM), y la de Barral Editores, de 1970. La Pontificia Universidad Católica del Perú, FCE y Atalanta han impreso de nuevo el libro, en 2003, 2005 y 2014 respectivamente, por lo que sigue estando al alcance de cualquiera. Antonio Cabezas, benemérito traductor de poesía japonesa, dio a la imprenta una versión de la misma obra que está en el catálogo de Hiperión, una casa siempre atenta a la poesía oriental. 
Ve la luz ahora, en la valenciana Pre-Textos, Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, en ejemplar edición de Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), del que ya reseñamos La ruta natural. 
No, no estamos ante un libro más que reúne poemas de Bashō. Del millar que escribió a lo largo de su intensa y azarosa vida de poeta errante (que Hernández Busto relata con detalle en la primera parte de su documentado y exhaustivo prólogo), de viajero impenitente ("Viajar será también una forma de dialogar con los poetas del pasado", dice HB, y Sendas de Oku un haibun o diario de viajes), aquí se recoge una cuarta parte y es la muestra más numerosa de sus versos en español (si descartamos la Poesía Completa que, en versión de Beñat Arginzoniz, acaba de publicar Ediciones El Gallo de Oro, un volumen que aún desconozco). 
Lo suyo fue el haiku, entonces denominado hokku, que no deja de ser, nos explica HB, "la estrofa inicial de un poema colectivo, que en diecisiete sílabas –o morae– intenta capturar un determinado instante de percepción sin traicionar su simplicidad y belleza". A la parte técnica o filológica de estas composiciones, y de otras como el tanka, el renga o el renku, "poemas colectivos de estrofas enlazadas" que ocupan la parte final de esta antología, dedica HB, con solvencia, el segundo y el tercer capítulo de la citada introducción. 
Es, con todo, "Posibilidades del hokku" la parte más interesante de ese ensayo inicial. Allí se razona acerca de los distintos estilos que cultivó Bashō, un poeta perfeccionista «a tiempo completo» y con "un dominio sorprendente del idioma que entendió la poesía como "un camino de conocimiento". Se nos explica que "una de las principales virtudes del hokku", tras su "apariencia de sencillez" (que busca la naturalidad), estriba en la ambigüedad: "esa indefinición, esa penumbra" que hace que "la intervención del lector sea decisiva".
Desmonta HB que el Zen esa tan esencial en su poesía, con ser una de las claves de la misma: "el haiku no es, como suele pensarse, una suerte de «budismo poético»".
"Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno", escribió Bashō, de ahí el título de esta magna antología. Aunque maestro de poetas, un ser solitario de una "austeridad esencial" que amó al frugal banano plantado a la puerta de una de sus cabañas por su "completa inutilidad". "La gran novedad de Bashō -afirma HB- radica en la concepción de la poesía como una forma de vida".
En la sección final de su prólogo, el que atiende a la traducción en sí y a los criterios de edición, HB nos explica que los poemas aparecen en ideogramas (kanji) con su transcripción romanizada, lo que permite apreciar juegos fónicos y otras sutilezas formales. Pero no termina ahí la cosa, ya que estos incorporan debajo una nota que, además de comentarios del editor destinados a comprender mejor el significado del haiku y sus decisiones acerca de optar por tal o cual versión, incluyen muchas veces lo que Bashō dijo a propósito del mismo (por ejemplo, dónde lo escribió y con qué intención o motivo), así como opiniones de otros especialistas y traductores, sin descartar la reproducción de las versiones de aquellos. De los mexicanos Octavio Paz, pongo por caso, o Aurelio Asiain, "a mi juicio el más notable traductor de poesía japonesa a nuestra lengua".
Lo más sorprendente, quizá, es que HB, aunque conoce bien la cultura nipona y es "estudiante perezoso de esa lengua", no domina el japonés, esto es, que sus versiones (mejor que traducciones) son las de alguien dotado de una gran intuición que no desdeña las realizadas en otras lenguas: el español, como es lógico, y el inglés, sobre todo.
El detonante de esta aventura que a uno, en tanto que lector de poemas vertidos a mi idioma ("La idea fue siempre que estas versiones funcionaran como poemas en español"), le parece del todo lograda, fue otra lectura, la del libro de Makoto Ueda Bashō ans his interpreters. El resultado, insisto, satisface a quien, ajeno a lo verboso, busque la genial concisión del haiku y todo lo que esta tradicional estrofa ofrece, que es mucho, a pesar de los denodados esfuerzos de tantos haikistas que en su vida han dado con uno. Bashō es la fuente, quien consiguió otorgar al haiku el máximo estatus poético del que goza en todo el mundo. Este florilegio, surtidor incesante de iluminaciones, da buena cuenta de ello.

Senda de otoño
por la que nadie pasa,
salvo el ocaso.