López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) es, sí, un autor
prolífico. De libros de poesía (los últimos, Parte de ausencias y Va
oscureciendo) y novelas, obras por las que ha obtenido numerosos premios. Su
mundo está centrado en lo rural y, claro, en la naturaleza. Un mundo campesino
y único que mantiene vivo en su memoria y pertenece, sobre todo, a su infancia
(simbolizada por el machadiano azul); seres y cosas inseparables de sus propios
recuerdos. En esta entrega, subtitulada “Una elegía rural”, evoca de nuevo ese
paisaje del alma, siempre igual y siempre diferente. Para ello usa la medida
del poema en prosa, movediza mezcla de dos géneros que, por cierto, nunca se ha
preocupado de diferenciar. Lo divide en tres partes: “Ámbitos”, “Imágenes” y
“Las ausencias”. Ahí, “la luz de la pobreza”, que rima con tristeza; el miedo, de
posguerra, benemérita y maquis; la emigración: “Nunca olvidaré el paso umbrío
de los que emigraron”; los animales: las bestias y los pájaros; el tren y los
abuelos; la familia y los amigos, y en especial sus muertos (Adela, Regina,
Michu, Caco…); el barro y el verano; los lugares, natales (“la tierra
despoblada en que crecí”) y asumidos, como Córdoba.
“Ahí tienes el paisaje, escríbelo”, leemos. A eso se aplica.
Es un testigo. Porque “vivimos dentro de una despedida”, por evitar “el liquen
del olvido”, canta y cuenta con amor para que ese universo no desaparezca: “Mi
reino, tan sencillo y diminuto que cabe en un recodo de mi mano”.
A pesar de su apuesta por la sencillez (“¿Cómo no ser
humilde en estos campos?”), su lenguaje lírico es opulento. Cargado de
adjetivos certeros y de arriesgadas comparaciones e inspiradas metáforas, donde
la imaginación y lo onírico prevalecen. Según Gabi Martínez, es “uno de los
últimos virtuosos de la melancolía”.
Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2025. 80 páginas. 13 €.
NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


