19.2.26

Felisa

Hacía tiempo que no sabía casi nada de ella, apenas vagas noticias acerca de su maltrecha salud. Hablo de Felisa Gallego Osuna, una persona inseparable de la vida cultural placentina de las últimas décadas. Desde una atalaya muy significativa y particular: la biblioteca pública municipal. Antes que a ella, asocio la palabra "biblioteca" a su padre, don Gregorio, maestro de escuela y responsable de la misma en su sede (no la primera) de la Zona, aquel caserón donde uno, antes que a leer (y con qué pasión adolescente), iba a las reuniones de la OJE (las marchas y el campo siempre fueron lo mío) y años después a charlar un rato con mi pariente Pedro Berrocoso y su amigo Juan Paiva, quienes pusieron en pie y con solvencia la delegación de Cultura del primer gobierno democrático tras la dictadura franquista. Allí conocí en persona a Gonzalo Hidalgo Bayal (él iba por el cine, yo por la literatura) y en una de sus salas leí por primera vez poemas en público. Pero era de Felisa de quien quería hablar, ahora que ha muerto. Para resaltar la importancia de su legado. Como bibliotecaria, sobre todo, pero no sólo. Junto a Milagros Muñoz, que nos dejó tan pronto. (Al fondo, mi querido Manolo Matos.) Profesional, sí, y con ese punto marimandón que la caracterizaba cuando exigía silencio. Porque era lectora (conviene aclararlo), sabía recomendar tal o cual libro. A mi madre, asidua durante años, o a cualquier alumno de instituto que necesitara hacer un trabajo de clase. Entonces, ni internet ni IA. Habría sido una excelente directora de la de aquí, la suya, pero esa espinita, ay, se le quedó clavada. 
En las presentaciones siempre estaba. Y cuando publicabas un nuevo libro, te esperaba su ejemplar en la librería para que se lo dedicaras. Nunca me faltaron sus ánimos. Ni a mí ni a nadie. Juan Ramón Santos ha recordado sus andanzas bibliotecarias y Gonzalo Hidalgo Bayal puede dar fe de su entusiasmo cada vez que publicaba una nueva novela. Álex Chico o Víctor Peña tendrán también anécdotas al respecto. Como todos los de aquí que hayan pisado las salas de la calle Trujillo.
Había estudiado en Salamanca y su estancia en esa ciudad universitaria, tan placentina por simpatía, estuvo siempre presente. 
Las conversaciones con ella estaban presididas por la risa. La suya era sonora y contagiosa. Su voz, ronca, persuasiva. Me acuerdo ahora de una, en presencia de mi amigo Santiago Antón, en la calle Talavera, con Quique "Cervantes" de interlocutor (fueron íntimos) que, además de hilarante, me dejó muy desconcertado. Qué confidencias tan divertidas, más para quienes tenemos un sentido limitado en lo que al humor y los excesos respecta, timidez mediante. Por ser así, tan suya, será inolvidable para quienes tuvimos la suerte de conocerla y de tratarla. Qué raro va a ser no encontrase con ella. Adiós, amiga.

NOTA. La fotografía es del diario HOY