Llevaba mucho tiempo esperando este libro. Al traductor que
se atreviera con los Canti barocchi de Lucio Piccolo y a la editorial
que los publicara. El primero se llama José Ramón Monreal y la segunda,
Acantilado. La edición, exquisita, en todos los sentidos. Por fuera (qué
hermosa la cubierta que reproduce Taormina, cuadro del pintor inglés
Hercules Brabazon Brabazon) y por dentro, gracias al impecable trabajo (al
menos así suena en español, lo que no era sencillo) de Monreal, que es también
el autor de la sabrosa noticia biográfica incluida en los apéndices.
Es famosa la anécdota de cómo Eugenio Montale decide invitar
a un poeta siciliano desconocido (del que había recibido una carta y un librito
mal impreso en un sobre que, para colmo, no venía debidamente franqueado) a San
Pellegrino, para participar en unas jornadas donde un autor consagrado elegía
la compañía de otro joven. Lo que no sabía el Nobel es que Lucio Piccolo di
Calanovella (que asistió acompañado de su primo ―sus madres eran hermanas―,
el entonces inédito novelista Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el de El
Gatopardo, de cuya escritura fue aquél, por cierto, involuntario instigador
y privilegiado oyente, ya que éste llevaba veinte años relatándole oralmente esa
historia de historias que por fin llevó al papel a la vuelta de aquel encuentro
literario), lo que ignoraba, decía, es que el presunto “joven poeta” tenía tan
sólo… cinco años menos que él. Lo que va de 1896 a 1901, por más que Piccolo se
quitara dos, lo que hizo que el milanés sostuviera que se llevaban “apenas
siete”. Lo cuenta en el prólogo
que va al frente del volumen, como en la edición italiana de 1956 que publicó
Mondadori con el título Canti barocchi e altre liriche,
el que dio a conocer la poesía de este poeta tardío que pronto se incorporó al
elenco de una de las grandes tradiciones líricas europeas.
En ese prefacio reconoce que le impresionó la lectura de 9
liriche. El de Piccolo no fue a la pila de libros que formaba el autor de Huesos
de sepia con los que le iban llegando debido a su condición de crítico. “Acaso
mi propósito era comprobar si valía ciento ochenta liras [las que tuvo que
abonar al cartero por el insuficiente franqueo]. Me lo llevé por tanto conmigo,
lo leí distraídamente, sin que la carta (más bien genérica y que hacía temer
una poesía puramente descriptiva) me despertase el deseo de hacerlo. No empecé
siquiera por los poemas barrocos. Leí las cinco primeras poesías, nada fáciles,
ni inmediatas, sin esforzarme en comprender. Estoy convencido de que raramente
la comprensión de la poesía puede ser fulminante”.
Se refiere después a que la de Piccolo parece una “lengua primordial recién descubierta” (y alude a la de un sobrio Dylan Thomas). Lo sitúa en la “corriente de poesía metafísica”. Dice que es, por sus amplios conocimientos (helenista, musicólogo, traductor, etc.), “un verdadero clerc”. Y “un hombre siempre en fuga” que lleva una “vida de solitario” de “gran señor cosmopolita y campesino”. En Capo d’Orlando, donde se traslada la familia, dejando atrás Palermo, al fallecer el padre. La madre y sus hermanos: Casimiro (pintor, fotógrafo, esoterista) y Agata Giovanna (que además de excelente cocinera llevaba las cuentas). A una villa situada en una colina. A casa da Barunissa, para los lugareños. Villa Piccolo para el resto. Con un imponente jardín, que cuidaba Giovanna, y un cementerio de perros. Para hacerse una idea de cómo era aquella vida “solitaria y casi monacal” (aunque recibía a gente tan interesante como Quasimodo o Sciascia) y conocer, de paso, la personalidad de Lucio, nada mejor que el documental Il favoloso quotidiano, de Vanni Ronsisvalle.
Hay muchos más detalles en la “Noticia biográfica” de
Monreal y en Acantilado, para quien quiera profundizar en el tema, se han
publicado Lampedusa
y España y Viaje por
Europa. Correspondencia (1925-1930), donde aparece inevitablemente el
barón Piccolo, cómplice necesario de la salida a escena, y para siempre, del príncipe
siciliano.
Antes de comentar algo acerca de los poemas (lo sustancial
del libro), conviene resaltar lo oportuno que resultan los “Apéndices”. En el
primero, “Lucio Piccolo habla de los Cantos barrocos”, y a pesar de que,
como dice, “no es fácil para un poeta hablar de sus propios versos”, nos
ilumina en el camino hacia su comprensión. Los analiza uno por uno: “El
oratorio de Valverde”, “El reloj de sol”, “Siroco” y “La noche”. Estos cuatro
cantos (como cuatro eran los cuartetos de Eliot), en realidad uno
(“podría decirse una sola poesía”), habrían bastado para llevar a Piccolo a ese
meritorio lugar que le corresponde dentro de la poesía europea.
“Tienen como centro mi ciudad natal, Palermo”, explica. En
otra de las partes de los “Apéndices”, “La poesía es memoria” (que no deja de
ser una poética), afirma: “Para mí verdaderamente la poesía, la vida es
memoria”. De ella se nutre, junto a la visión (propia de un ser contemplativo,
detallista, las dos patrias del poeta según Valente), cuanto escribe.
En el primer canto, se impone la luz de la mañana: “la
Aurora”. El segundo, se establece en torno al cegante mediodía. Al “crepúsculo
ventoso” corresponde el tercero (el que prefiero, el más breve) y, como su
título indica, a la oscuridad de la noche pertenece el cuarto.
Al fondo, el niño que fue (con sus miedos y neurosis) en una
ciudad que ya no existe. Como los interiores que describe: iglesias, palacios,
jardines, fuentes…
Son poemas que surgen tras “un periodo de voluntaria,
ascética abstinencia poética”. No desdeña, al revés, su tono nostálgico; el “aliento
que anima” los Cantos.
En la “Carta a Antonio Pizzuto” (otra sección de los
apéndices), donde declara: “Soy invenciblemente lírico”, profundiza es un análisis de esos poemas que
constituyen el núcleo de su obra. Digamos que profundiza en lo que dijo acerca
de ellos en el ensayo anterior. Entre uno y otros asedio, el lector podrá degustar
mejor unos versos que, por supuesto, no necesitan notas al pie ni comentarios
al margen, por bienvenidos que sean.
El simple paladeo de las palabras que utiliza, la
musicalidad exquisita que allí suena (digna del musicólogo que fue), los
ambientes, atmósferas y paisajes que muestra bastan y sobran para que esa
lectura sea placentera. Entrar en el fondo de los mismos será un placer
añadido.
Se impone una elegancia que participa tanto de lo sensitivo
como de lo intelectual. La emoción y la idea.
El título del libro, que engloba tanto los Cantos en sí como los otros poemas (estamos ante su poesía completa), no confunde al lector: su lenguaje es barroco, como los motivos artísticos y arquitectónicos en los que se inspira. La opulencia brilla. Y la suntuosidad. Pero para bien. La retórica está aquí al servicio de la poesía. Piccolo es un virtuoso que domina las formas sin que estas impidan subrayar lo que importa, que no es el mero adorno, el exceso epatante. Es difícil resistirse a la lectura en voz alta. Te lo piden los versos que tienes delante. El regusto por las palabras de su vocabulario exquisito. Tan precisas como preciosas. Pura filigrana.
“España es mi país”, aseveró Piccolo. Y que mantenía
“relaciones sustanciales con la lírica española”. Con los místicos, a los que
cita en numerosas ocasiones. “¡En mi altar está Lope de Vega"!”. Más que a
Lope, a uno le suena su poesía a Góngora. En lo contemporáneo, al Grupo Cántico.
Más acá, a la del granadino Antonio Carvajal, por ejemplo, o a la de tempranos novísimos
culturalistas como Pere Gimferrer o Guillermo Carnero. En un momento dado, atisbé
al Aníbal Núñez de Casa Lys.
Desataca el sentido de la composición, otro rasgo que enlaza
con sus conocimientos musicales.
Pero no todo son cantos barrocos. También hay poemas en
prosa (“El prestidigitador”, “Las velas”); poemas breves: “De descansos
vivimos”, “Ronda”, En constante universo de ráfagas”, “Los días”; y poemas
extensos, como “Veneris venefica agrestis “ (“égloga y grotesco”), “La
caza” (que le lleva otra vez a la infancia, a escenas que vivió de niño), “El
juego del escondite” o el imponente “Anna Perenna”.
En “Palmeria” (uno de sus libros), está el poema que le da
título y “Guía para subir al monte” (que a uno le evoca el paisaje de El
Gatopardo), “El pasadizo”, “El camino extramuros”, “Los arrabales” y “Los
muertos”.
“Sombras” es otro poema memorable, como “La alquería”,
“Largos zarcillos” y “En tiempos del rey Borbón” (de nuevo los recuerdos).
Puede que para algunos esta poesía sea anacrónica. En vida ya
le acusaron ya de no ser un poeta de su tiempo. Tal vez por eso escribiera: “La
realidad de la poesía es una realidad interna a través de la cual nos movemos
por todas las épocas”. Y que “la originalidad de un poeta se manifiesta en una
vibración interna”. No, creo que Piccolo fue (y es) un poeta moderno. Muy
consciente de su poética, lector incansable y cosmopolita, traductor y hombre
culto.
En 1960, Eugenio Montale cerró su prefacio a los Canti con
estas palabras: “Piccolo quizá no sabe con seguridad qué es lo que nos ofrece
hoy y podrá ofrecernos en el futuro. Saberlo para él, incluso a costa de
ridículos malentendidos, será tarea de sus críticos del mañana: si es que el
día de mañana aún hay una crítica que lea los libros de los poetas”. La hay.
Quiero decir que sigue habiendo lectores con criterio capaces de disfrutar de
la lecturas de libros tan imprescindibles como éste.
Lucio Piccolo
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2026. 272 páginas. 18 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.
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