18.2.26

La poesía de Lucio Piccolo


Llevaba mucho tiempo esperando este libro. Al traductor que se atreviera con los Canti barocchi de Lucio Piccolo y a la editorial que los publicara. El primero se llama José Ramón Monreal y la segunda, Acantilado. La edición, exquisita, en todos los sentidos. Por fuera (qué hermosa la cubierta que reproduce Taormina, cuadro del pintor inglés Hercules Brabazon Brabazon) y por dentro, gracias al impecable trabajo (al menos así suena en español, lo que no era sencillo) de Monreal, que es también el autor de la sabrosa noticia biográfica incluida en los apéndices.
Es famosa la anécdota de cómo Eugenio Montale decide invitar a un poeta siciliano desconocido (del que había recibido una carta y un librito mal impreso en un sobre que, para colmo, no venía debidamente franqueado) a San Pellegrino, para participar en unas jornadas donde un autor consagrado elegía la compañía de otro joven. Lo que no sabía el Nobel es que Lucio Piccolo di Calanovella (que asistió acompañado de su primo ―sus madres eran hermanas―, el entonces inédito novelista Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el de El Gatopardo, de cuya escritura fue aquél, por cierto, involuntario instigador y privilegiado oyente, ya que éste llevaba veinte años relatándole oralmente esa historia de historias que por fin llevó al papel a la vuelta de aquel encuentro literario), lo que ignoraba, decía, es que el presunto “joven poeta” tenía tan sólo… cinco años menos que él. Lo que va de 1896 a 1901, por más que Piccolo se quitara dos, lo que hizo que el milanés sostuviera que se llevaban “apenas siete”. Lo cuenta en el prólogo que va al frente del volumen, como en la edición italiana de 1956 que publicó Mondadori con el título Canti barocchi e altre liriche, el que dio a conocer la poesía de este poeta tardío que pronto se incorporó al elenco de una de las grandes tradiciones líricas europeas.
En ese prefacio reconoce que le impresionó la lectura de 9 liriche. El de Piccolo no fue a la pila de libros que formaba el autor de Huesos de sepia con los que le iban llegando debido a su condición de crítico. “Acaso mi propósito era comprobar si valía ciento ochenta liras [las que tuvo que abonar al cartero por el insuficiente franqueo]. Me lo llevé por tanto conmigo, lo leí distraídamente, sin que la carta (más bien genérica y que hacía temer una poesía puramente descriptiva) me despertase el deseo de hacerlo. No empecé siquiera por los poemas barrocos. Leí las cinco primeras poesías, nada fáciles, ni inmediatas, sin esforzarme en comprender. Estoy convencido de que raramente la comprensión de la poesía puede ser fulminante”.


Se refiere después a que la de Piccolo parece una “lengua primordial recién descubierta” (y alude a la de un sobrio Dylan Thomas). Lo sitúa en la “corriente de poesía metafísica”. Dice que es, por sus amplios conocimientos (helenista, musicólogo, traductor, etc.), “un verdadero clerc”. Y “un hombre siempre en fuga” que lleva una “vida de solitario” de “gran señor cosmopolita y campesino”. En Capo d’Orlando, donde se traslada la familia, dejando atrás Palermo, al fallecer el padre. La madre y sus hermanos: Casimiro (pintor, fotógrafo, esoterista) y Agata Giovanna (que además de excelente cocinera llevaba las cuentas). A una villa situada en una colina. A casa da Barunissa, para los lugareños. Villa Piccolo para el resto. Con un imponente jardín, que cuidaba Giovanna, y un cementerio de perros. Para hacerse una idea de cómo era aquella vida “solitaria y casi monacal” (aunque recibía a gente tan interesante como Quasimodo o Sciascia) y conocer, de paso, la personalidad de Lucio, nada mejor que el documental Il favoloso quotidiano, de Vanni Ronsisvalle.
Hay muchos más detalles en la “Noticia biográfica” de Monreal y en Acantilado, para quien quiera profundizar en el tema, se han publicado Lampedusa y España y Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), donde aparece inevitablemente el barón Piccolo, cómplice necesario de la salida a escena, y para siempre, del príncipe siciliano.   
Antes de comentar algo acerca de los poemas (lo sustancial del libro), conviene resaltar lo oportuno que resultan los “Apéndices”. En el primero, “Lucio Piccolo habla de los Cantos barrocos”, y a pesar de que, como dice, “no es fácil para un poeta hablar de sus propios versos”, nos ilumina en el camino hacia su comprensión. Los analiza uno por uno: “El oratorio de Valverde”, “El reloj de sol”, “Siroco” y “La noche”. Estos cuatro cantos (como cuatro eran los cuartetos de Eliot), en realidad uno (“podría decirse una sola poesía”), habrían bastado para llevar a Piccolo a ese meritorio lugar que le corresponde dentro de la poesía europea.
“Tienen como centro mi ciudad natal, Palermo”, explica. En otra de las partes de los “Apéndices”, “La poesía es memoria” (que no deja de ser una poética), afirma: “Para mí verdaderamente la poesía, la vida es memoria”. De ella se nutre, junto a la visión (propia de un ser contemplativo, detallista, las dos patrias del poeta según Valente), cuanto escribe.
En el primer canto, se impone la luz de la mañana: “la Aurora”. El segundo, se establece en torno al cegante mediodía. Al “crepúsculo ventoso” corresponde el tercero (el que prefiero, el más breve) y, como su título indica, a la oscuridad de la noche pertenece el cuarto.
Al fondo, el niño que fue (con sus miedos y neurosis) en una ciudad que ya no existe. Como los interiores que describe: iglesias, palacios, jardines, fuentes…
Son poemas que surgen tras “un periodo de voluntaria, ascética abstinencia poética”. No desdeña, al revés, su tono nostálgico; el “aliento que anima” los Cantos.
En la “Carta a Antonio Pizzuto” (otra sección de los apéndices), donde declara: “Soy invenciblemente lírico”,  profundiza es un análisis de esos poemas que constituyen el núcleo de su obra. Digamos que profundiza en lo que dijo acerca de ellos en el ensayo anterior. Entre uno y otros asedio, el lector podrá degustar mejor unos versos que, por supuesto, no necesitan notas al pie ni comentarios al margen, por bienvenidos que sean.
El simple paladeo de las palabras que utiliza, la musicalidad exquisita que allí suena (digna del musicólogo que fue), los ambientes, atmósferas y paisajes que muestra bastan y sobran para que esa lectura sea placentera. Entrar en el fondo de los mismos será un placer añadido.
Se impone una elegancia que participa tanto de lo sensitivo como de lo intelectual. La emoción y la idea.


El título del libro, que engloba tanto los Cantos en sí como los otros poemas (estamos ante su poesía completa), no confunde al lector: su lenguaje es barroco, como los motivos artísticos y arquitectónicos en los que se inspira. La opulencia brilla. Y la suntuosidad. Pero para bien. La retórica está aquí al servicio de la poesía. Piccolo es un virtuoso que domina las formas sin que estas impidan subrayar lo que importa, que no es el mero adorno, el exceso epatante. Es difícil resistirse a la lectura en voz alta. Te lo piden los versos que tienes delante. El regusto por las palabras de su vocabulario exquisito. Tan precisas como preciosas. Pura filigrana.
“España es mi país”, aseveró Piccolo. Y que mantenía “relaciones sustanciales con la lírica española”. Con los místicos, a los que cita en numerosas ocasiones. “¡En mi altar está Lope de Vega"!”. Más que a Lope, a uno le suena su poesía a Góngora. En lo contemporáneo, al Grupo Cántico. Más acá, a la del granadino Antonio Carvajal, por ejemplo, o a la de tempranos novísimos culturalistas como Pere Gimferrer o Guillermo Carnero. En un momento dado, atisbé al Aníbal Núñez de Casa Lys.
Desataca el sentido de la composición, otro rasgo que enlaza con sus conocimientos musicales.
Pero no todo son cantos barrocos. También hay poemas en prosa (“El prestidigitador”, “Las velas”); poemas breves: “De descansos vivimos”, “Ronda”, En constante universo de ráfagas”, “Los días”; y poemas extensos, como “Veneris venefica agrestis “ (“égloga y grotesco”), “La caza” (que le lleva otra vez a la infancia, a escenas que vivió de niño), “El juego del escondite” o el imponente “Anna Perenna”.
En “Palmeria” (uno de sus libros), está el poema que le da título y “Guía para subir al monte” (que a uno le evoca el paisaje de El Gatopardo), “El pasadizo”, “El camino extramuros”, “Los arrabales” y “Los muertos”.
“Sombras” es otro poema memorable, como “La alquería”, “Largos zarcillos” y “En tiempos del rey Borbón” (de nuevo los recuerdos).
Puede que para algunos esta poesía sea anacrónica. En vida ya le acusaron ya de no ser un poeta de su tiempo. Tal vez por eso escribiera: “La realidad de la poesía es una realidad interna a través de la cual nos movemos por todas las épocas”. Y que “la originalidad de un poeta se manifiesta en una vibración interna”. No, creo que Piccolo fue (y es) un poeta moderno. Muy consciente de su poética, lector incansable y cosmopolita, traductor y hombre culto.
En 1960, Eugenio Montale cerró su prefacio a los Canti con estas palabras: “Piccolo quizá no sabe con seguridad qué es lo que nos ofrece hoy y podrá ofrecernos en el futuro. Saberlo para él, incluso a costa de ridículos malentendidos, será tarea de sus críticos del mañana: si es que el día de mañana aún hay una crítica que lea los libros de los poetas”. La hay. Quiero decir que sigue habiendo lectores con criterio capaces de disfrutar de la lecturas de libros tan imprescindibles como éste.
 
Lucio Piccolo
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2026. 272 páginas. 18 €
 



NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.


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