23.2.26

Jordi Doce lee "Territorio"


Estas calles dan a la vida

Al reseñar hace tres años Sobre el azar del mapa, entonces recién aparecido, comenté que «la escritura de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha sido un largo viaje hacia el aquí y ahora de lo real, de la vivencia». Con esta frase quería llamar la atención sobre la distancia manifiesta entre la poesía meditativa de sus primeros poemarios –esas vueltas y revueltas del pensar que se traducían en una sintaxis sinuosa, envolvente– y el tono más seco y fáctico, también impresionista, de libros como Más allá, Tánger (2014), El cuarto del siroco (2018) o el inédito Geografías del jardín (2025), que pone el punto final –de momento– a esta «poesía reunida». Valverde sabe muy bien que la escritura es hambre de vida, de realidad, y que esa búsqueda –ese deseo– exige una palabra a la vez exacta y sugerente, capaz de atrapar la riqueza y variedad del mundo sin caer en distorsiones ni falsedades. En este sentido, el «territorio» al que alude el título remite menos al punto de partida –Plasencia y Extremadura, omnipresentes en estas páginas– que al trabajo de cartografía realizado juntamente por la memoria y el lenguaje, esto es: por la imaginación. Lo dice el autor en el poema que hace de pórtico a este volumen: «Hagamos de este lugar un territorio». El lugar es lo dado; el territorio es lo que se amasa con el tiempo, lo que surge del diálogo constante con esa subjetividad hecha de recuerdos y lecturas y percepciones que es la materia prima del escritor. Lo que importa, sobre todo, es estar atento, prestar atención: «El afuera se incrusta en la fe del adentro. / La mirada se abre».
Si algo impresiona y conmueve de este Territorio, que reúne cuarenta años de creación poética ininterrumpida, es su enorme coherencia. Una impresión de unidad que empieza por la voz, tan reconocible ya desde los primeros compases del libro, y sobre todo en los poemas de Lugar del elogio (1987) y Las aguas detenidas (1988): calmosa y contenida –reticente–, propensa a los matices y el detalle significativo. Una voz que no ha tenido problemas en desdoblarse en monólogos dramáticos que rinden tributo a escritores y artistas (Robert Frost, Adolfo Bioy Casares, Willem de Kooning, etc.) y que con el tiempo ha ganado en concisión y sobriedad. Si los poemas breves de juventud, tan deudores del culturalismo del momento, tienen mucho de ejercicios de tanteo, las miniaturas de esta última etapa son la expresión de una sabiduría vital que ha aprendido a decir más con mucho menos. La mayoría de ellas son apuntes volanderos, notas de un cuaderno de viaje (Ginebra, Tánger, Sofía…), y contrastan –no por azar– con la respiración más amplia y dilatada de libros como A debida distancia (1993), Ensayando círculos (1995) o Mecánica terrestre (2002), centrados en un sondeo obsesivo de los paisajes y atmósferas familiares: Plasencia con sus calles empedradas y casas señoriales, la ribera del río, «el enclave de un viejo molino de agua» que comparece en tantas páginas, la comarca de la Vera, las dehesas del interior extremeño…
Como señala con acierto Gonzalo Hidalgo Bayal en su epílogo, «cada poema aislado vale por sí mismo y vale plenamente, pero todos los poemas junto adquieren otra significación». Este Territorio es un logro al alcance de muy pocos, el fruto de una fidelidad sostenida a un puñado de obsesiones y lugares nutricios que no limita, sino que enriquece de puertas adentro, volviendo más rico y espacioso y habitable el mundo de su autor… y el nuestro. Como él mismo recuerda en su impresionante «Meditación en Valverde», uno de los «poemas recuperados» que completan este volumen, se trata de dar «esa incierta razón con que atarse a la vida». Y lo consigue.

No soy un jardinero.
Mis manos no se acercan a la tierra.
Ni tampoco a las plantas y a los árboles.
Me limito a mirar.
Sólo contemplo.
Es ésa mi tarea.
No obstante, al escribir,
quisiera que una suerte de milagro
convirtiera mi afán en ese oficio.

 «Occidente, 21» (Geografías del jardín)

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.