14.12.12

De Machado

"El clericalismo español sólo puede indignar seriamente al que tenga un fondo cristiano. (...) La cuestión central es la religiosa y esta es la que tenemos que plantear de una vez", le escribe Antonio Machado a Unamuno, allá por 1913. El mismo que dijo: "Barrer de la arena pública a una pandilla de políticos ineptos e inmorales será siempre una obra santa, que debe aconsejarse al pueblo". Cien años después las palabras del autor de Campos de Castilla siguen tristemente vigentes y él sigue siendo, para algunos, además de un inmenso poeta, un referente moral. Me lo ha recordado Francisco Díaz de Castro en sus "Imágenes de Antonio Machado (1908-1914)", publicado en el último número de la revista Turia.

13.12.12

Yo menos yo

En el tema 5 del libro de texto de Lengua que uno maneja con sus alumnos de 6º de Primaria se explica la Lírica. Para empezar, les digo a los muchachinos que se olviden de tan pomposo término y que hablen, hablemos, de Poesía. En la primera línea les dicen que comprende todas "las obras escritas en verso", por lo que vuelve uno a enmendarles la plana a los de Santillana para afirmar que también hay obras en prosa que son poesía, y no sólo los denominados "poemas en prosa". Viene esto a cuento de otro libro, Yo menos yo, de Antonio Sáez Delgado (Cáceres, 1970) que si bien está escrito (aparentemente) en prosa (con tres excepciones: los poemas "Dogma", "Mordaza" y "Erosión") es, como me aseguraron los editores (de la luna libros) antes de que lo leyera, pura poesía. Vamos, que tiene más poesía que mucha de la que pasa por serlo; escrita, ésta sí, en renglones cortos, que no en verso. Por si hiciera falta aclararlo, ASD escribe en un capítulo final de "Deudas y agradecimientos", refiriéndose al suyo: "Quiere ser un libro, no un género". Y eso es, sin lugar a dudas Yo menos yo. Sí, aunque exagero, ya sabemos que algunos siguen considerando poesía sólo al soneto (lo que le ocurriría, por lógica, al abuelo del poeta). Otros ya demostraron hace tiempo (y no con teorías) que eso de los géneros, en sentido pedagógico y estricto, es cosa de otros siglos. Este libro es buena prueba de ello.
A la memoria (esa "tierra de nadie") remite el brillante y enjundioso epígrafe que abre el volumen, letra G de la Colección Luna de Poniente, de Manuel António Pina. Porque de recuerdos y olvidos ("somos aquello que olvidamos") va lo sustancial de este libro. Además, otro guiño que también subraya otra de las esencias del mismo: lo portugués, que se une al mismo asunto de la memoria: de la infancia (viajes con sus padres a Portugal) y de ahora mismo (ASD es profesor de la Universidad de Évora), por no hablar de autores y libros del país vecino que ahorman la poética (y la ética, me atrevería a decir) del escritor cacereño. 
La primera parte, "Ácido", relata en seis fragmentos, a modo de diario, lo que acontece desde la ventana de una casa que da a un vertedero donde un hombre malvive. Entre medias, ya se dijo antes, se reflexiona (se ensaya): sobre la pobreza, sobre la escritura (lo metapoético es otra constante del libro: un volver sobre la escritura desde la escritura)...
La segunda, "La identidad sustantiva", que consta de ocho fragmentos (lo fragmentario va más allá de la forma adoptada), es, según ASD, "un pequeño libro de familia hecho astillas". Allí, el presente: los vivos (su madre -"siempre mi madre: un testigo"- y su hermano) y el pasado: los muertos (su padre y su abuelo). Más allá, el Alentejo (sus "susurros") y el suicidio de Aura. Y los hijos, que aúnan presente, pasado y futuro.
"Me gusta leer cualquier libro como si fuera una biografía", escribe, algo que es imposible no hacer cuando nos ponemos delante de estos fragmentos donde aparecen los citados personajes: la madre y sus belenes; el padre, carpintero de madera, hierro y aluminio, sucesivamente, pequeño empresario a favor de los tiempos; el abuelo, poeta -ya se comentó- de otro siglo, el de los "animales melancólicos", en feliz expresión de su hermano, más bien del XIX, quien alumbró el mote familiar por llevar la luz a Casas del Monte: los luceros, y el tío que llevaba su nombre y al que no conoció, como ese hermano muerto a destiempo, que para su madre nunca ha dejado de existir. Si, como dicen, la poesía es sobre todo emoción, esta parte del libro justifica lo que uno afirmó al principio: que aquí la poesía luce como una inequívoca presencia.
Emoción y palabras, conviene añadir, algo que reitera Sáez Delgado constantemente en su "escribir para explicar el pasado": "El trabajo son las palabras", con las que, confiesa, "intento ser severo". Así, "Óxido" la sección que cierra la obra, comienza con la traducción de "El embalse", un relato de João de Melo. A partir de ese ejemplo ASD aborda un ensayo acerca de la traducción que se mezcla, otra marca de Yo menos yo, con reflexiones y experiencias a propósito de la lectura. Escribir y traducir, "dos formas de leer". La traducción como literatura en sí misma. La traducción como poética: "traducir es vivir entre líneas", "escribir sin imaginar". Son muchas las páginas que dedica, insisto, a ensayar sobre este apasionante asunto del que él, como traductor (ahora, pongo por caso, de la obra de Lobo Antunes), tanto sabe. Por eso no falta la mención a un texto clave, para él y para cuantos lo hemos leído, Te me moriste, de José Luís Peixoto.
Yo menos yo termina de la mejor forma posible, con un capítulo hondo y deslumbrante en el que empieza con las palabras: "Escribo estas páginas contra mí mismo". "Escribo y corrijo (elimino), dice también y luego menciona la "contención" (la obra, nos explica, es fruto de la poda y del adelgazamiento). También de la eliminación de todo resquicio de odio o rencor. "Contra aquello que he escrito. Contra la tentación de escribir contra otros", añade. "Para atacarme, para no dejarme tranquilo". Y aparecen entonces la felicidad ("paso mucho tiempo feliz", "me empeño en pensar que soy afortunado") y el amor (el libro está dedicado a Susana: "amo y soy amado"). Libro y capítulo concluyen con la frase: "Sí, creo en la palabra alma".
No me cabe duda de que Antonio Sáez Delgado ha escrito, "tal vez para resistir", un libro magnífico, no sé si el mejor de los suyos, qué importa eso. Su voz suena aquí, entre silencios (que señalan los espacios en blanco), clara, muy nítida. Desnuda, diría. Es obvio que ha cumplido con su máxima de "eliminar, como regla general, todas las palabras deshabitadas". Un libro que consolida el espíritu de la colección extremeña Luna de Poniente. Que la hace de verdad plural. Libros así justifican que cualquier lector persevere en su trabajo gustoso. Que en tiempos aciagos, uno resista.

12.12.12

Au revoir, Facebook

He estado unos meses en Facebook. Ya no. Me costaba tanto entrar como no hacerlo. Eso generaba un ir y venir que me robaba un tiempo del que no disponía. Echaré de menos, eso sí, algunos comentarios, cierta correspondencia, algunas imágenes y otras historias que acaso compensaban. Y lo que más me importa: a mis hijos, que están también allí, y a algunas amigas y amigos con los que establecía una comunicación complementaria, cuando no exclusiva. Con todo, ya digo, era demasiado enojoso. Me costaba decir que no a desconocidos que solicitaban mi amistad, por ejemplo, por lo que ya era larga, tal vez demasiado, mi lista de contactos (o como quiera se diga en la jerga de esa red). No, no soy demasiado sociable, bien lo sé. Para colmo, llegó el de siempre (un decir: vale para varios) e hizo el típico comentario impertinente. Y uno, ay, respondió. Y qué necesidad. Por ahora, perseveraré en este blog. Es lo que me importa. En fin, lo dicho, hasta luego. O hasta nunca, vete a ver.

11.12.12

El regreso de Nordbrandt

Los lectores de poesía tenemos suerte: de Henrik Nordbrandt (Frederiksberg, 1945) hay varias obras traducidas, entre ellas una que comenté en su día aquí, la amplia antología Nuestro amor es como Bizancio (Lumen y DeBolsillo), acaso la mejor manera de acceder a su mundo lírico. El responsable de que el poeta danés sea tan accesible para el letraherido español la tiene en buena parte Francisco J. Uriz, nórdico y benemérito traductor que ganó hace unas semanas, con todo merecimiento, el premio Nacional de Traducción por toda su obra.
Ahora, en Visor, que ya editó Puentes de sueño (2000), presenta 3 x Nordbrandt, esto es, la versión de los tres últimos libros del poeta (Viento terral, Dragón de mar foliado y Horario de visitas), los que ha escrito tras el regreso a su país natal después de años y años de peregrinaje por Turquía y el sur de Europa. "En todo el mundo yo en definitiva / siempre he permanecido en casa", dice en un poema clave: "Detrás del dique". "Como tú nunca te fuiste de aquí / tampoco regresaste nunca", leemos en "Bafa Gölü".
Entre el sueño y la realidad, entre el pasado (los recuerdos de infancia, por ejemplo) y el futuro (que son "rehenes mutuos", según él), entre el norte y el sur, entre las cuatro estaciones (un lugar común de su poesía, cercana todavía a la naturaleza), siempre en tránsito, discurre una poesía sin concesiones, tan personal como rigurosa, por la que uno siente debilidad (como el traductor, según confiesa, por el poeta, que elogia a Uriz en unas iniciales "Palabras del autor"), por más que en ocasiones se me escape el sentido ("no aguanto la palabra sentido", escribe), sobre todo en los poemas oníricos del primer libro, Viento terral. Ya dije que aquí la complacencia para con el lector, la cortesía que diría el otro, no suele darse (aunque a veces sea claro como las aguas del Egeo) y que Nordbrandt, socarrón más que irónico (el poema que cierra el libro se titula "Calientapollas"), va a lo suyo, para que ocurra, como es lógico, lo que tenga que ocurrir. Se nota por el tono su fuerte personalidad, reflejo seguro de la forma de ser de este viajero impenitente que en esto y en todo parece haber ido por libre: "pero yo soy yo / porque digo lo que digo". Pero también: "Uno sabe sólo lo que sabe / mientras no lo haya dicho". Un poeta, conviene añadir, obsesionado con el tema del doble ("Doble"). 
Que el lector, en todo caso, se aventure confiado por estas aguas procelosas donde, a pesar del peligro, no creo que naufrague.
He hecho hincapié en la condición viajera de Nordbrandt ("me encanta la extranjeridad"). En su periplo mediterráneo, el poeta ha pasado, cómo no, por España. De ello da cuenta explícitamente en dos duros poemas: "Arroyo San Sebastián" (comienza: "Qué feos son los topónimos españoles / casi como si hubieras nacido allí / y tú mismo los hubieses inventado." Y termina: "Allí huele tanto / a sangre como a orina y cementerio. El sol brilla / demasiado fuerte / y así suena también / cuando rezan a Dios para que todo siga así.") y "En Extremadura". Por aquello del paisanaje (y por lo que tiene a la postre de poética), copio el segundo a continuación:

EN EXTREMADURA

En Extremadura las gentes permanecen lejos unas de otras
y cada una con su cigarrillo en la boca.
Ven a gran distancia, pero tienen en común
con las calabazas
que tienen que tener una vela encendida en la cabeza
antes de que se les haga la luz.
Así que en cambio es bellísimo
lejos, muy lejos de la cabina telefónica más próxima
y en millones de girasoles
entre cada uno de los perezosos ríos verdes
que penetran en la vecina Portugal
donde acostumbran llevar
curiosos sombreros puntiagudos
y tener montones de cráneos esmeradamente apilados
en sus iglesias barrocas.
Aquel que no pueda verlo claramente
ha leído en vano hasta aquí.
Porque es así como quiero escribir
tal como lo vi
cuando escribí esto.

9.12.12

Gelman dixit

Luis Magán. El País
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"Hablando de masas y minorías, usted siempre ha dicho que la poesía es una forma de resistencia por el mero hecho de existir. ¿Puede haber resistencia sin gran presencia social, sin muchos lectores?", pregunta Javier Rodríguez Marcos al poeta Juan Gelman, y éste responde: "Es su mera existencia, la poesía, el arte, todo aquello que enriquece al ser humano es una forma de resistencia. Con la poesía no vas a poder comer ni vas a hacer la revolución, pero enriquece interiormente a aquel que alguna vez se le acerca. El hecho es que en Internet aparecen una cantidad de poetas a los que nunca antes se podía acceder. En todas las lenguas, grandes poetas… y muchos espontáneos".
También le dijo: "La voluntad en la poesía sirve para nada. (...) En poesía la voluntad sirve menos todavía que la mandíbula. Mire, yo no quiero fingir una ingenuidad que no tengo, pero tampoco quiero fingir que sé lo que no sé".

8.12.12

El parte

Cuando hay fútbol, lo que sucede con demasiada frecuencia, escucho el informativo de las ocho de la tarde en RNE (o en Radio 5) y no en la Cadena SER, donde suelo hacerlo a diario (mientras ceno). No sé si es cosa mía, pero la voz del presentador (porque parece una máquina parlante que se limita a leer un guión) tiene un aire antiguo, tanto que uno cree estar escuchando el parte. Los que tenemos ya una edad hemos oído muchas veces a nuestros mayores denominar así, como si siguieran en guerra, a los noticieros. También hemos visto telediarios del mismo tenor, los de la televisión preconstitucional. La ranciedad del tono de ese hombre coincide, además, con la redacción de las noticias. Fondo y forma: lo mismo, ya se sabe. Es fácil, por otro lado, que parezca todo viejo allí: vamos para atrás, sí. Y a pasos agigantados, no como los pobres y socorridos cangrejos.

7.12.12

Gelman's

Hace año y medio que Tusquets Editores publicaba en su colección Nuevos Textos Sagrados el último libro, El emperrado corazón amora, del poeta argentino residente en México Juan Gelman (Buenos Aires, 1930). Seix Barral edita ahora su Poesía reunida en un volumen, nunca mejor dicho, de más de 1.300 páginas, donde están los poemas de los 29 libros, si no he contado mal, que ha dado a la imprenta entre 1956 y 2010. Dos prólogos breves abren la obra. El que escribió en 1981 Julio Cortázar, "Contra las telarañas de la costumbre", donde alude -"Ya sé que no es fácil"- a su lenguaje novedoso y transgresor, y uno para la ocasión del editor, Pere Gimferrer, que ya intervino junto a Jaime Gil de Biedma, Joaquín Marco, José Agustín Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán en la publicación del primer libro de Gelman en España, Los poemas de Sydney West, uno de los heterónimos de alguien que escribió Dibaxu, un libro de poemas en lengua sefardí.
Cuando vi en la estantería de El Quijote el lomo descomunal del libro y luego lo sostuve en mis manos por primera vez, los sentimientos fueron encontrados: demasiados poemas, de un lado; cuánta poesía, por otro. Cuando a los pocos días lo tuve en casa (por las dimensiones del paquete deduje fácilmente de qué se trataba), comprendí que se me ofrecía una nueva oportunidad de llegar a una manera de decir, una y múltiple (como todas), que se me ha venido resistiendo a lo largo del tiempo. Por incapacidad mía, a buen seguro. No, no se puede decir que uno sea lector de Gelman (de los Gelman que hay en Gelman), aunque no descarto la posibilidad de llegar a serlo. Este libro, insisto, es otra invitación a ese encuentro. Y no un acercamiento cualquiera: aquí está toda su obra y, a pesar de que apabullan tantas páginas cosidas (lo certificó, delante de mí, Gonzalo), no pueden por menos que persuadirte de que entre ellas habrá poemas memorables, en mayor proporción, ay, que la media.
Que, por fin, las frases elogiosas elegidas para las solapas estén firmadas por Valente, Benedetti, García Montero y Riechmann demuestra a las claras que la de Gelman es una poesía para tirios y para troyanos, que gusta por igual a poetas de muy distinta estirpe, o eso parece.
Se felicita uno de que alguien sea capaz de escribir libros así, metáfora perfecta de una vida lograda. También de que haya editoriales que se atrevan a publicarlos en tiempos tan poco dados a la lírica, por comprometida que sea. A este lector le espera el trabajo gustoso de leerlo con calma. A la busca gozosa del poeta perdido.

6.12.12

Amistad

Amistad, 1991. Témpera sobre lino. Francesco Clemente


















"A diferencia del amor o de la política, que no son nunca lo que parecen, la amistad sí es lo que parece. Dicho de otro modo: la amistad es transparente; por serlo, por ser siempre lo que parece y nada más, ya desde muy antiguo no ha sido nunca tema para la filosofía."
"Con los amigos, a diferencia de lo que nos pasa con los amores, no es imprescindible verse, a veces incluso es mejor no verse durante mucho tiempo."
Enrique Vila-Matas, "El estado de las cosas", Babelia, El País, 1 diciembre 2012.

5.12.12

Poesía, por AMM

"Leer poesía es una experiencia táctil; también acústica, y plástica, no sólo visual. Por eso en ella importa tanto lo que ahora tanto se descuida: la tipografía, la tinta, la disposición de cada palabra y cada verso en el blanco de la página. La poesía se toca y entra por los ojos. Aunque casi siempre la lea uno en silencio, incluso cuando no está medida ni rimada, uno escucha la poesía. Uno la escucha, calladamente en la página, dicha por una voz que no se sabe si es la del poeta o la de uno mismo. Uno lee en voz alta el poema o se lo dice de memoria y esa voz no es del todo la suya, como no es y no es del pianista la música que no existiría si él no la tocara. Quizás uno toca el poema al leerlo, incluso cuando lo hace en silencio, en el sentido en que el intérprete toca la partitura. Y ahora que lo pienso, qué raro que en español se diga tocar un instrumento. Como si bastara el hecho simple del tacto para que se revele la música: tocar el piano; ese momento en que el músico posa las manos sobre el teclado, antes de que empiece el sonido." 
(...) 
"La calidad sensorial del libro ya es una anticipación de los poemas que contiene, el aldabonazo único de alerta de una campana zen, con su resonancia que dura y se va extinguiendo poco a poco en el silencio posterior."
Antonio Muñoz Molina, "Caminos de Eduardo Mitre". Babelia. El País, 24 de noviembre de 2012.

4.12.12

Audiencias y más

Me pasa como a Elvira Lindo. Por una parte, me alegro de que los resultados del estudio general de medios (EGM) constaten una significativa caída de audiencia en los programas de RNE y que, en consecuencia, una vez defenestrados los profesionales que había, se haya dado lo que ella denomina "una pequeña venganza". Por otra, también se pregunta uno "¿por qué en España la ideología pesa tanto como para despreciar el talento?" Poco importa el ámbito donde eso suceda, de la literatura al periodismo, del arte a la música. El caso es que sucede. Una limitación. Un asco.

3.12.12

KV

Le dice Tereixa Constenla a Kiko Veneno: "He leído a un poeta llamarle poeta". Y el músico gaditano contesta: "La poesía es un estado mental transitorio, pero definitivo por su consecuencia y por su alcance. Me da mucha vergüenza. La palabra poeta te la tienen que decir siempre. Es un mal rollo ir de poeta por la vida pero no renuncio a la poesía". La periodista añade: "¿Le inspira respeto?" y el autor de Volando voy responde: "Las personas que van llamándose de esto y lo otro, yo soy poeta, yo soy salvador de la patria como Aznar, me dan mucho miedo. Me gusta la gente humilde como Gordillo del Betis, que nunca ha dicho 'soy un fenómeno'”. Entoces Constenla pregunta: "¿Tiene algún verso que considere el mejor?". "Nooo... 'Enamorado de la vida aunque a veces duela' quizás es lo más redondo. Soy un escritor sencillo", declara.

¿Coherencia?

Mucho se habló aquí atrás sobre el affaire Marías: su renuncia al Premio Nacional de Narrativa. Uno mismo se pronunció al respecto. A favor del autor de Todas las almas. El sábado, en la librería, alguien llamó mi atención acerca de un artículo del afamado novelista sobre otro escritor de fuste: Eduardo Mendoza. Está en el penúltimo número de la revista sevillana Mercurio, dedicado monográficamente al barcelonés. Termina así: "No consigo olvidar que hace mucho, qui­zá tras la aparición de La ciudad de los prodigios, me dijo un día: 'Estoy harto de ser, o de que se me considere, el primero de la clase'. No puedo evitar pensar que a eso, a dejar de serlo, se ha aplicado desde entonces, sin demasiado afán por otra parte. Lo que ya roza el milagro es que ha logrado no parecerlo, mientras sin embargo continuaba siéndolo. Los únicos que en realidad no se han dado cuenta de que seguía siéndolo son quienes otorgan premios oficiales o institucionales: ni el Cervantes, que merecería desde hace lustros, ni el Príncipe de Asturias, ni el llamado Premio de las Letras o sub-Cervantes, ni siquiera el Nacional de Narrativa que se concede año tras año a la supuesta mejor novela del anterior. Nunca se ha juzgado que ninguna de las suyas fuera digna de ese galardón, que ha recibido hasta el último mono. Bueno, miento: no lo obtuvieron jamás Juan Benet, ni Jaime Gil de Biedma en poesía, ni Juan García Hortelano… Prueba de que Mendoza pertenece a esa estirpe, la de los mejores. Razón de más para que se lo deteste, por tanto. No es así, sino al revés. Un insondable misterio. Un endemoniado enredo. Pasará a los anales."
Nos preguntamos, ¿es coherente pedir para otros un premio al que tú renunciarías en el hipotético caso de que te lo dieran? ¿En qué quedamos? Sí, esto está escrito antes de que esa eventualidad se diera. Y se dio.

2.12.12

La poesía de Alberto de Lacerda

La clásica colección Olifante publica una cuidada antología de Alberto de Lacerda bajo el título El encantamiento. El responsable de la selección, versión y prólogo es el poeta y diplomático extremeño Luis María Marina, Consejero de Embajada en Lisboa.
No es Lacerda uno de los más conocidos de la rica nómina de poetas portugueses del siglo XX. De ahí el acierto de esta presentación de su poesía que ha realizado Marina, eso se nota, con toda la delicadeza y con la mayor admiración. Sí, esto es más que un mero rescate.
Nacido en Ilha-de-Moçambique (Mozambique) en 1928, llega a la capital de la metrópolis con dieciocho años y tras una breve estancia (con el consiguiente paso por las cárceles salazaristas), Lacerda viaja a Londres en el 51 para iniciar un exilio que terminaría en su apartamento de Chelsea and Westminster, donde fue encontrado muerto en el verano de 2007. Está enterrrado en el Brompton Cemetery, también en Chelsea.
En un prólogo de elevado tono poético, que tiene más de profunda lectura de la poesía de Lacerda que de profesoral aproximación a su obra, Marina desvela la singularidad de una voz poética de quien fue, "por encima de todo", un servidor de la Poesía. 
De "bellísimo palacio transparente" califica su obra el traductor de la antología, dedicada a Luís Amorim de Sousa.
Pronto una comparación entra en escena: Sophia de Mello Breyner, lo que da justa medida de con quién nos estamos jugando los versos. Eso sí, a pesar de que compartiera aventura literaria con los de Távola Redonda (Cinatti, Mourão, Ferreira) y de que su primer libro aparezca junto a los de la citada S. de Mello Breyner, Ramos Rosa (un defensor a ultranza), Cesariny, Jorge de Sena, Helder y el mismísimo Andrade, Alberto de Lacerda levantó un lugar aparte, "una poesía fuera del tiempo" (según Casais Monteiro), demasiado personal como para admitir similitudes de grupo o escuela. Ve la poesía como "casa común" no como "trinchera", como "punto de encuentro". Eduardo Lourenço, que lo ha leído con la sabiduría que él gasta, alude a un "poeta sin mala conciencia".
Arpad Szenes, Portrait of A. de L., 1971. 
Con trece libros publicados y uno inédito, en la antología se recogen poemas de los cuatro primeros: 77 poemas, Palacio, Exilio y Color azul. El título obedece a que su obra, "postergada durante décadas en Portugal, es un canto (confesará en una emocionante entrada de su diario) a: “The sense of glory … El encantamiento. El absoluto. El éxtasis. En el amor, en el erotismo, en la naturaleza, en la amistad, en la experiencia estética, como creador y como espectador. Gloria. Una auténtica sensación de gloria que me cubre de lágrimas y me pone de rodillas frente a la eternidad”, nos explica Marina. Y añade: "La poesía de Alberto de Lacerda habita en un territorio circular delimitado por tres estaciones: el exilio, la divinidad y la luz". Exilio, precisa, de la infancia insular y luminosa, de su añorada isla natal de Mozambique. Exilio -"palabra central en el universo poético de A. de L.", según Ramos Rosa- que se localiza sobre todo en Londres ("a la orilla de un río corre mi vida"), aunque no dejará nunca de sentir saudade de Lisboa, otra de sus ciudades del alma. Exilio, en fin, de un exiliado por dentro y por fuera, que hizo de esa condición su fe de vida.
A pesar de lo dicho, Lacerda es un poeta que sólo se calibra debidamente cuando se leen sus poemas. Demasiado singular para recurrir a lugares comunes y otras frases al uso. Todo queda muy claro cuando uno se enfrenta a "Ventana" ("y todo está lejos y aquí"), "To night", "Hoy", "Lisbon revisited, 28 de mayo 1960" (un guiño pessoano para hablar de esa ciudad perdida), "'A Brasileira' del Chiado", "Bairro Alto", el magnífico y emocionante "La lengua portuguesa", "Exilio", "El Monstruo", "A la ciudad de Lisboa", "Regreso" (otra maravilla), "Declaración" (de nuevo Londres, "en el centro de la libertad"), "Cántico", "Un dios" o "El atleta". Poemas, y termino, que en una mínima parte pudimos disfrutar hace tiempo, traducidos por Marina, en la revista ovetense Clarín.

1.12.12

Turia y Machado

La revista aragonesa alcanza su número 104 y, por suerte, sigue viva; esperemos que ya lejos de los oscuros nubarrones presupuestarios que no hace mucho amenzaban su feliz existencia. Sí, es otro ejemplo de que la batalla del papel no está perdida. Más aún, Turia ni siquiera cuenta con la socorrida página web, como otras muchas, lo que hace imposible otra forma menos clásica de leerla. Bien está. 
La nutrida entrega se abre con un oportuno recuerdo de Tomás Segovia, cada vez más vivo, a cargo de Manuel Rico. En Taller, encontramos, flanqueado por Soledad Puértolas y J. A. González Sáinz, un memorable relato épico de Gonzalo Hidalgo Bayal (que a uno le trae lejanos ecos de Ferlosio y Buzzati). 
En Poesía, un puñado, cómo no, de excelentes poemas. De Julia Uceda, Álvaro García (un soneto), Enrique Andrés Ruiz (una alegría volver a encontrarlo), Cobos Wilkins, Ferrer Lerín (con la fuerza de siempre), Rivero Taravillo (me ha gustado mucho su "Testamento"), Eduardo Moga (amoroso y extenso), Pérez Azaústre (que homenajea a Farrah Fawcett), Luis Muñoz (conciso, muy certero) y Fermín Herrero (con una forma de mirar que tanto admiro), entre otros. Precisamente a Fermín Herrero se refiere Fernando del Val como "quizás el discípulo más aventajado del sevillano", siendo este "sevillano" don Antonio Machado, al que se dedica el Cartapacio. No voy a enumerar los nombres de todos los estudiosos que publican artículos y ensayos sobre su vida y su obra, a cada cual más interesante, donde no faltan conversaciones con Ian Gibson y Joan Manuel Serrat, al que tanto debe la divulgación de nuestro poeta nacional, como precisa con tino Luis García Montero. Cierra el dosier una práctica Biocronología elaborada por Enrique Baltanás, otro machadiano de pro que firma además unas páginas sobre la relación de Machado con el folklore.
Y ya que hablamos de conversaciones, destaquemos un par de entrevistas. Con el poeta Caballero Bonald, a eso se le llama saber anticiparse a los acontecimientos, y con el editor Jacobo Siruela. 
En el apartado de Pensamiento, se anticipa un texto ("Nostalgia") del próximo libro de Javier Gomá, Necesario pero imposible.
No falta la puntual entrega de los diarios del director, Raúl C. Maícas, esta vez con dos protagonistas: Henry Miller y Maïlo.
Tampoco, en La Torre de Babel, una abundante colección de reseñas, entre ellas la de algunos libros comentados en este blog (de Jon Juaristi, Olga Bernad, Alberto Santamaría, Álvaro García y Rafael Fombellida). También la que adelanté antes de ayer aquí sobre Un centro fugitivo firmada por Manuel Neila.
Son de destacar las ilustraciones de Dis Berlin, un lujo que añadir a los muchos que lucen en la veterana Turia; más joven, por cierto, que nunca. ¡A leer!