29.11.23

Diez ventanas a la poesía

Estoy leyendo con creciente interés Diez ventanas. Cómo los grandes poemas transforman el mundo, de Jane Hirshfield, traducido espléndidamente por Elena Aguilar y publicado por Mixtura. Antes de terminar, me apresuro a dar noticia de él, convencido de sus muchas bondades.
Se trata de un ensayo de poética que hará las delicias de cuantos gustan de este tipo de tratados y, más allá, de cualquier amante de la lírica, no digamos -un suponer- si escribe poemas. 
La defensa de la poesía que hace Hirshfield es tan lúcida como sorprendente. No deja uno de subrayar mientras avanza. Ni de pensar en lo que dice con una agudeza digna de quién sabe manejarse en medio de aquello que linda con lo inefable. Apasionante, sin duda. Un solvente taller de poesía en una decena de lecciones.
El título de los diez capítulos (o "ventanas") que componen la obra ya es una invitación a adentrarse sin miedo en aquello que tantas veces hemos calificado como imposible de explicar. Por misterioso e incluso por oscuro. Todo es, sin embargo, claridad aquí. Y sutileza. 
El libro está poblado, además, de "buenos poemas", como ella los llama. Memorables. Conforman una suerte de preciosa antología, que comenta con una lucidez pasmosa. De Auden, Bashō, Dickinson, Miłosz, Cavafis, Szymborska, Pessoa, Bishop... Sus lecturas son de una perspicacia digna de elogio. Sí, lo mollar está ahí: en las reflexiones de esta mujer, poeta ella misma, que aúna el sesgo contemplativo de quien conoce bien la filosofía zen y el preciso raciocinio propio de alguien con alma de científica. En su capacidad para justificar sobradamente el amor que le debemos a la bendita poesía.




22.11.23

Tomás Sánchez Santiago lee "Sobre el azar del mapa"


LOS LUGARES ROZADOS

Libro a libro, nos ha acostumbrado Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) a una cartografía poética singular que no solo acota el territorio donde dar cuenta de un asentamiento propio, físico y espiritual, sino que, mediante una discreción verbal que nunca levanta oleaje, transmite una actitud que alía sabiamente intensidad y evanescencia. Frente a otras poéticas en las que prima el estallido o la extensión invasiva de las palabras, el poeta extremeño ha ido deslizando ese discurso de pura levedad dibujado en la arena, en el que nada rebasa el vapor de lo insinuado como única señal de una experiencia más presentida que vivida, más difusa que asistida por la solidez.
            Tras libros anteriores en los que quedaba planteada aún con más decisión la noción de ‘lugar’ como una realidad indefinible e incierta, emanada del deseo o de la imaginación (“lo que dudas / es si esta realidad es lo real / o si por el contrario es la ficción / que fuiste fabricando en el transcurso”, se leía en Más allá, Tánger), llega ahora Sobre el azar del mapa (2023), libro que se sostiene en el borde de otra experiencia real, un viaje “azaroso y accidental (…), el último lugar al que uno pensaba llegar”, como expone abiertamente el propio poeta en una nota final. Y así es. Vuelve Álvaro Valverde a dejarse mecer por esa dialéctica, tan suya, entre la fidelidad a una permanencia y la tentativa de hacerse cargo de lugares imprevistos -Sofía, Grandson, Ginebra-, representados en palabras que proponen una geografía nebulosa, urdida en la imaginación (“¿cómo saber si aquello que intuimos / es en la realidad lo que sucede?”) como única sustancia capaz de dar cuenta de lo real.
            Articulado en dos partes -CUADERNO DE SOFÍA y CUADERNO SUIZO-, Sobre el azar del mapa se resiste a perder esa naturaleza de texto voladizo, una sucesión de apuntes tomados de las brasas de lo entrevisto. Sigue a flote la prudencia verbal de lo nada más rozado por el lenguaje, ese estilo de difumino tan propio de Valverde que apenas rebasa lo meramente constatable, tal como si el poeta no se apease de un estricto catálogo de consignaciones para no involucrarse -pero resulta que sí: la ciudad de Sofía “su verdad sólo dice a quien, paciente, / sabe oír su silencio”- más allá de la mirada, una mirada que, como pedía Nietzsche, trata solo de dejar que las cosas se acerquen por sí mismas en el ejercicio de la contemplación serena. Ocurre esto sobre todo en CUADERNO DE SOFÍA. Allí, en esa ciudad llena de entrecruzamientos (“De todas las edades / de la Historia, / y aun de antes, / hay vestigios aquí”), magullada por el vapuleo de la Historia (“No una guerra, las guerras. / No un pueblo, sino pueblos. / Ni siquiera una cultura: / las culturas”), la realidad pierde aún más fijeza o nitidez y se ofrece como un caleidoscopio magmático donde aún vibran por doquier señales suficientes de su inestabilidad; no en vano, en un poema que podríamos considerar por sí mismo como un símbolo del sentido total de este libro, se lee: “Caminamos sobre losas precarias / que se mueven, salpican, están rotas”; y ello no parece aludir nada más a una realidad puntual sino al alcance de la extrañeza que para Álvaro Valverde comporta todo viaje, entendido como extracción violenta de un encastillamiento personal buscado en el origen, conforme a la poética del autor de Lejos de aquí.
Y, sin embargo, el poeta no desconoce que se ha movido entre fragmentos (“fragmentos de un poema único”) que conforman “este plano simbólico / que sostiene en sí mismo / una humilde verdad” y acaban preservando lo que se ve tras un empañamiento melancólico (“es la melancolía / el verdadero genio del lugar”). Se alinea Sofía con otras ciudades claudicantes -Nápoles, Trieste, Lisboa- en las que lo decadente presta lustre y verdad que evita al viajero sentirse transitar “impecable, / por un parque temático”. Se demora preferentemente el poeta en territorios de acogimiento espiritual (sinagogas, mezquitas, cementerios) donde parece resistir el espesor del pasado, la negativa que salva a esos espacios de formar parte del fragor inasumible de la contemporaneidad. En suma, la visión de la ciudad se acaba aquí coagulando en una suerte de precipitado donde tiempo y espacio ya son magnitudes emocionales, imposibles de ponderar: “el tiempo, detenido / en los toldos echados / de las tiendas (…) La avenida parece interminable. / Se pierde, como todo, / en la distancia”, se lee en un poema revelador de esta tendencia a la desconfiguración.
Por lo que respecta a la segunda sección -CUADERNO SUIZO, bastante más breve que la anterior-, hay una modulación que sustituye esa visión de Sofía por otra presidida por la intimidad, en el caso de Grandson, o por la inercia de lo literario en lo que toca a Ginebra. Sin dejar de sostener esas intersecciones entre lo real y lo imaginado (“Añoro ahora el paseo que no di / por la orilla del lago Nêuchatel. / Consuela imaginarlo en la distancia”), hay ahora una penetración en lo amable -ese jardín sentido como paraíso, a la manera de aquellos renacentistas- o en lo recóndito, en el latido interior de las casas que da lugar a “otro tiempo perdurable, / oculto en las estancias interiores / donde la intimidad se refugió”. En otro tono, fronterizo con una especie de homenaje sostenido a autores afectos (Borges, Ramos Sucre, María Zambrano, Costafreda, Valente, Gimferrer…), los once poemas ginebrinos constituirían un ciclo personal en el que Valverde rinde homenaje a esa ciudad que acogió de distintas maneras a quienes amaron el resplandor de la poesía. Tienta al lector empastar estos últimos poemas -de nuevo esa vocación de fragmentos, de piezas sueltas pertenecientes a un todo nebuloso- y considerarlos como propuesta de una sola imagen: la de quien ahora ha ido a la ciudad de Ginebra a hacerse también “sombra entre esas sombras”, voz entre voces “quebradizas” que aún se escuchan “frágiles pero firmes contra el tiempo”. Esa voz es la del poeta placentino, frotada una y otra vez contra la piel de geografías distantes que le hacen soñar “ser siquiera unos días / alguien que es otro”.
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 148 de TURIA, con el que la revista turolense celebra 40 años de vida. Un honor.

20.11.23

Viaje con Aramburu por la poesía

 
Al igual que tantos novelistas, Aramburu se inició en la literatura como poeta. Con el grupo CLOC de Arte y Desarte. “Contraje la poesía a edad temprana”. Lorca le contagió esa “enfermedad incurable”. Luego, comentó a Peio Riaño, “pasé de escribir versos a otra cosa, donde la búsqueda de lo poético todavía persiste”. Sin prescindir de “la belleza de la expresión, la densidad y la hondura del pensamiento”. Siempre a favor del lenguaje, porque “lo que el escritor pone en las páginas son palabras, frases, idioma”. “Dejé el verso, pero no la poesía”, dijo a Antonio Lucas. Aquel dejó de ser el “molde más adecuado para sostener ciertos valores que comúnmente identificamos con la poesía”. Porque “la poesía acaso no sea (…) una sustancia que el poeta deja en un sitio llamado poema”.
Antes de tomar esa decisión, escribió no pocos. Los reunidos en Bruma y conciencia (hasta 1993) y los seleccionados para la amplia antología Yo quisiera llover (2010). Ahora, de la mano de Francisco Javier Irazoki, que actúa como editor, publica en NTS de Tusquets su poesía completa, escrita entre 1977 y 2005. Hablamos de los libros Ave sombra, Materiales de derrubio, Sinfonía corporal, Mateo, El tiempo en su arcángel y Bocas del litoral. El primero está fechado entre 1977 y 1980; los tres siguientes son coetáneos: del 81 al 83; el quinto va del 83 al 85 y el último abarca el periodo 1986-2005.
En su epílogo, destaca Irazoki el “inconformismo” como “primer guía literario” de Aramburu. Y su apuesta temprana por la excelencia del idioma. Sustenta que es “un poeta refugiado” en otros géneros.
Muy joven, el donostiarra escribió: “La sintaxis soy yo”, cuatro palabras que resumen perfectamente su poética. También ayuda a fijarla su libro Vetas profundas –digno de un lector asiduo y con criterio–, donde comentó cuarenta poemas de otros tantos poetas de su predilección.
Es hijo de su tiempo, como todos, pero su modernidad no participa de las modas de su época. Ni veleidades novísimas ni poesía de la experiencia. Diría que su camino es único, aunque se aprecien ecos de Góngora (en “Mateo”, por ejemplo), Breton, Aleixandre o Vallejo. O de Paz en el extenso poema erótico y amoroso que da título al libro.
Sí, lo primero que llama la atención es su elaborado lenguaje. Cuidadísimo. Digno de un minucioso artesano que conoce bien su oficio. Es el mismo cuidado que sus lectores apreciamos en su prosa. “Manos paternas” y “Coronación junto al fregadero” (el padre y la madre) son poemas paradigmáticos que anticipan al escritor que ha llegado a ser.
Se distingue un gusto especial por las palabras. Las coloca una a una, con exactitud milimétrica. Busca la exacta, gastada o no. Y eso a pesar de que paradójicamente, sobre todo en sus primeros libros, una suerte de escritura automática aflore por momentos. Allí, la libertad, la rebeldía y la imaginación superan cualquier rótulo al uso; surrealismo, pongo por caso, aunque él pretendiera la “tercera revolución surrealista”. Destacaría, además, la particular sintaxis de sus composiciones más barrocas y herméticas.
Suele optar por el versículo, tan acorde al ritmo que imprime a sus poemas, más contenidos en su fase final. Y por el uso de las metáforas, abundantísimas.
En general, el tono es existencial y melancólico. Dolorido (“Porque el dolor como el mar es vasto”) y triste (“la angustia / es un pez”). Con llamadas a la muerte (“y todavía hay mucho que morir”). No obsta para que la felicidad asome. En El tiempo en su arcángel, verbigracia, cuarenta poemas de amor dedicados a Gabriele.
Defiendo esta salida a escena de la poesía aramburiana. Es testimonio de una verdadera vocación poética que da sentido a su obra y a su vida.

Sinfonía corporal. 
Poesía reunida
Fernando Aramburu
Tusquets Editores, Barcelona, 2023. 208 páginas. 
 
NOTA: Este reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



13.11.23

La voz del otro

Ágora
Ana Luísa Amaral
Sexto Piso, Madrid, 2023. 188 páginas. 24 €
 
Me temo que en los últimos años la traducción de libros de poesía portuguesa se ha reducido ostensiblemente, un hecho que no tiene justificación si tenemos en cuenta su sostenida calidad, propia de una de las tradiciones líricas más importantes de Europa. Sólo en los dos últimos siglos, la nómina de autores y obras resulta apabullante. Por suerte, los libros de Ana Luísa Amaral (Lisboa, 1956–Leça da Palmeira, Oporto, 2022), una voz reconocida dentro y fuera de su país, están al alcance del lector español: OscuroWhat’s In a Name, Mundo y la antología El exceso más perfecto, editada por la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ni siquiera su inesperada, prematura muerte ha malogrado esa necesaria presencia. El poeta Martín López-Vega se ha encargado de la traducción de Ágora, que vio la luz en Assírio & Alvim, su editorial portuguesa, en 2019 y le valió el premio Francisco de Sá de Miranda en 2021.
En esta ocasión, Amaral se sirve de la écfrasis (según el diccionario, “descripción precisa y detallada de un objeto artístico” o “figura consistente en la descripción minuciosa de algo”) para, a través de treinta y tres obras de arte (que van de una vasija griega hasta un cuadro de Van Gogh pasando por Blake, Caravaggio, Gentileschi, Rembrandt, Giotto, Rubens, de La Tour, Uccello… ), reflexionar acerca de lo que nos ocurre. Sí, su aventura poética va mucho más allá de la mera descripción de esas pinturas, si bien la edición del libro recoge, como es lógico, las reproducciones en color de dichas composiciones.
Para ello Amaral elije algunos motivos claves del imaginario occidental, relacionados en su mayor parte con La Biblia, vertiente veterotestamentaria. Para ella “una fuente” en la que reconocer nuestro legado “judeocristiano”. 
También alude a algunos mitos, como el del vellocino de oro. Desde ahí viaja hasta la actualidad en un apasionado diálogo que le permite (a ella y, consiguientemente, al lector) abordar asuntos tan acuciantes como el éxodo oriental y africano de inmigrantes que naufragan y mueren a diario en el Mediterráneo, cuestión a la que dedica el poema que cierra el volumen.
La suya, dijo, es la “voz dos refugiados”. Esa que ofrece a cuantos carecen de ella. La misma voz que da a los personajes que figuran en esas obras y que ahora hablan desde el otro lado de la historia. De forma más humana, diría. Como la Virgen en la Anunciación, pongo por caso, o Cristo en el juicio (“Pero yo no estoy sereno / solo finjo estarlo”), el jardín (“Ellos no saben de la historia más de dentro”) o la cena de Emaús. Además, Salomé, Herodías, Jacob (“La agonía del espacio, / la tortura del tiempo”), Holofernes (en el poema “El dolor: un habla distinta”), David y Goliat (“Siempre se mata / aquello que se ama”), “el hermano del [hijo] pródigo” (“Debe ser una cosa extraña / la lealtad, / tanto como penoso el oficio de amar”), Isaac (su estupor), san Francisco, la mujer de Lot (“innominada yo”), Magdalena, Adán y Eva y Caín (“Antes ser todo y libre / que bueno pero humilde”), Babel (un poema precioso, digno de ser leído en el Congreso), Lázaro, Verónica, el diluvio (“el precio del perdón / y la seca promesa del ya basta”), etc. No olvida la vindicación feminista: “las piedras, que no mueren, / pero poseen el poder de / matar / mujeres / aún hoy”.
Amaral procede en este libro con una concisión y una parquedad destacables. La cotidianeidad que caracteriza su poesía autobiográfica deja paso a una visión más profunda y trascendente del mundo. Va, sin desvíos, a lo esencial, lo que no significa que pierda por ello esa limpia claridad que la identifica.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL. 





5.11.23

El día eterno. En torno a la poesía de Kathleen Raine

Me temo que, a diferencia de otros poetas de lengua inglesa, Kathleen Raine (Ilford, Essex, 1908-Londres, 2003) no es conocida por los lectores españoles. En 1951, sin embargo, la colección Adonais publicó Poemas, traducidos por Marià Manent, quien incluyó ocho poemas suyos en La Poesía Inglesa (José Janés Editor, 1958).
En mi caso, el descubrimiento llegó de la mano de En una desierta orilla (Hiperión, 1981), un libro que tradujo Rafael Martínez Nadal. Le siguieron, en España, Fragmentos de una visión sagrada (traducción e introducción de Emilio Alzueta Jesús y prólogo de José Lupiánez (Aljamía, 2006) y Poesía y Naturaleza. Kathleen Raine, una antología bilingüe con selección, traducción y notas de Adolfo Gómez Tomé (Tres Fronteras, 2008). Se pueden rastrear versos suyos en la revista Adamar (introducción y traducción de Clara Janés) o en FronteraD (en versión de Gómez Tomé). Dámaso Alonso la tuvo en cuenta para su Antología de poetas ingleses modernos (Gredos, 1963). Para más detalles, recomiendo el artículo «Una presencia de antología. La traducción al español de la poesía de Kathleen Raine», de María Laura Spoturno. O «Kathleen Raine: Más adentro en la espesura», del citado Gómez Tomé, que apareció en la revista Clarín.
Porque su tarea no se limitó a escribir poemas (fue profesora en Cambridge y enseñó en Harvard), no está mal recordar su faceta ensayística y, ya ahí, sus Siete ensayos sobre William Blake, que en nuestro país publicó Atalanta.
Sin desmerecer, todo lo contrario, las versiones de la poesía de Raine que acabo de mencionar, esta edición del poeta cordobés José Luis Rey me ha parecido ejemplar. Sobre todo porque tiene muy en cuenta lo principal a la hora de valorar una traducción: que se pueda leer perfectamente en su lengua de llegada. Que en ningún momento suene, digamos, a poesía traducida. No ha debido resultar sencillo, pero, en castellano, estos versos suenan deliciosamente. Tal vez por eso me han sorprendido, a pesar de que eran territorio conocido. Las versiones de Rey (tomadas por él como auténticos ejercicios creativos: «escribí estas versiones…») dan pie a reconocer a una poeta fundamental, por más que uno, hasta ahora, no le hubiera sacado todo el partido que merece. «No maldita, sino bendita», dice Rey. Por sus logros, sí, y porque nunca jugó a lo que tantos poetas han jugado: al malditismo y la pose. Con serlo, y como pocas, nunca fue de poeta por la vida. Y menos en sus libros.
En su ajustado prólogo (aquí lo esencial es la poesía, ni notas se recogen), Rey da algunas pinceladas biográficas. Hija de madre escocesa (de cuyo legado estaba muy orgullosa) y de padre maestro (además de religioso y socialista), su infancia está marcada por una larga estancia en Northumberland, condado del norte de Inglaterra omnipresente en sus poemas,  y que ella recordaba como si fuera el mismísimo Paraíso: «En Northumberland me hallaba en mi propio lugar; y nunca me ajusté a cualquier otro u olvidé lo que había visto, entendido y experimentado brevemente pero con claridad». De lo vivido en aquellos parajes habla en poemas como «Secuencia en Northumbria» y, por extenso, en Adiós, prados felices, el primero de los tres volúmenes de sus memorias que agrupó bajo el título Autobiographies (donde prima lo espiritual) y que aquí publicó Renacimiento en versión de Gómez Tomé y Natalia Carbajosa (autora de «Noticias de Kathleen Raine», un artículo publicado en la revista Jot Down donde se recogen fragmentos de sus memorias). Se podría afirmar que, lejos de allí (si es que lo estuvo alguna vez, siquiera de pensamiento), vivió en un «exilio» permanente; para empezar, en el suburbio londinense donde nació.
Como su contemporáneo T. S. Eliot, cambió de religión. En su caso, se convirtió al catolicismo. «La elección es destino», escribió, y: «me esforcé por unir parte de mí / con la gran tradición, con dos mil años / de Cristianismo». Abundan en su obra las alusiones bíblicas. Cabe añadir que siempre estuvo en contra del rígido metodismo de su padre, un credo que determinó su educación.
Destaca Rey que Raine pertenecía a la estirpe de quienes «escriben siempre el mismo poema». Eso no obsta para que la variedad presida este volumen donde, sin perder de vista lo nuclear, ese mantra del «aquí y ahora» que ella repite de continuo, el tono inconfundible de su voz y el mundo que describe y habita (y, con ella, el lector). Los registros van desde lo más elevado a lo más sencillo.
Cuando digo «elevado» me refiero a su alta poesía, esto es, culta (llena de referencias literarias y artísticas), inspirada (y visionaria), meditativa, trascendente, simbólica y metafísica; filosófica, en suma, en su vertiente neoplatónica (abogaba por «una conciencia vertical») y maneras, es lógico, aforísticas. De la Tradición (que no es una, sino múltiple) y la mitología: griega, celta o hindú (en la India, por cierto, dijo sentirse por fin en casa y en sus versos encontramos el Ganges y Sarnath, a Parvati y Siva).
En «Ninfa revisitada» menciona a algunos maestros. Siguió a su adorado Blake, objeto de estudio, o a Emily Dickinson. A Dante o a Keats y, cómo no, a los místicos españoles.
Una poesía sin concesiones a lo vulgar y, por eso, alejada de esa versificación superficial, tan torpe como mediocre, que abunda en nuestra confusa, desnortada época.
Por otra parte, cuando digo «sencillo» aludo a sus poemas autobiográficos (usa mucho el «yo», sobre todo en sus últimas entregas, aunque se pregunte: «¿qué importa quién soy yo?» y declare: «porque eso soy yo: / la piedra, el viento, el agua, eso soy yo» ), donde, con naturalidad, la cercanía y lo cotidiano afloran. Y la emoción y los sentimientos. Entre viejas casas, jardines, pájaros («¿De dónde son, de qué lugar los pájaros?», flores, árboles, nubes, bosques… Frente al impetuoso mar (como el que pintó Turner, al que dedica un poema). En lugares como las islas de Skye y Mingulay, el río Edén, la casa de Tindale Fell, etc. O los de sus «Nueve poemas italianos».
A su «sencillez profunda» apunta Rey. Y uno a sus dotes de observación con centro en la mirada: «Mira, nada más hay».
Ni en una ni en otra falta la inclinación por lo popular, que en su caso linda con las canciones, conjuros y baladas de aquellas tierras fronterizas y nórdicas de espíritu arcaico y áspero.
Sólo leída por completo –puedo dar fe– se comprende en su debida proporción el alcance extraordinario de la obra poética de Raine, al margen, paradójicamente, de la lírica tradicional inglesa, por genuina y propia.
Piedra y flor (1943), Habitante del tiempo (1946), La adivina (1949), El año uno (1952), La colina hueca (1965), El país perdido (1971), En una desierta orilla (1973), El retrato oval (1977), El oráculo del corazón (1980), La presencia (1987), Viviendo con el misterio (1992) son los once libros que componen su Poesía reunida además de un puñado de poemas «nuevos y sueltos», como el épico e imponente «Reyes legendarios», dedicado al Príncipe de Gales.
«La Madre, la Naturaleza y el Tiempo: he ahí lo temas de este libro», concluye el editor. En efecto, sobre su madre hay numerosas referencias y algunos le están dedicados expresamente. En «El cumpleaños de mi madre», pongo por caso, o «Reliquia familiar».
En lo que respecta a la Naturaleza, se podría decir que Raine no salió nunca de su infantil e inocente Northumberland, el antiguo reino de Northumbria (cómo no evocar Briggflatts, de Basil Bunting), su «país perdido», el de sus ancestros. «Soy todo y lo veo todo», escribe en «Niñez». Vivió a partir de entonces en una suerte de exilio, otra palabra clave en su poética: «pues exiliada estoy de mis recuerdos». De aquellos parajes agrestes de páramos y acantilados donde sopla el viento surgen sus descripciones campestres. Propias de la botánica que fue, conviene matizar, amante de los jardines («los antiguos jardines donde fuimos felices / hace ya mil veranos»). Imágenes tan reales, eso sí, como soñadas e imaginarias: «este mundo llamado realidad / no existe en parte alguna». Sin la imaginación nada se entiende: «¿Imagino la realidad o la realidad me imagina?», se pregunta. Ese continuo regresar a la casa parroquial de Gran Bavington, con su tía Peggy, afirma el poder de la memoria y, de paso, la importancia del tiempo en su obra: «Pues si no es la memoria, ¿cuál será / la patria de los muertos?». Ya dijimos que la expresión «aquí y ahora» se repite de continuo («¿Y cómo pueden el aquí y el ahora / dejar de ser un día?»). Y las reflexiones sobre su tormentoso paso. En versos como: «el pasado es presente del futuro», o «¿cuánto dura un instante?», o «todo lo que sabemos es que transcurre el tiempo». En otro poema se pregunta: «Pero qué es ahora / y qué es el tiempo / donde se hallan todos los mortales?». Léase, en fin, «Himno al tiempo».
Para Raine, y lo dicho nos recuerda a Brines, «toda la vida es una despedida interminable». «Vivir es olvidar», anota, si bien «en algún lugar y alguna vez / hubo algún día eterno».
Podrían añadirse temas; así, el del sueño o de los sueños, por ejemplo, a los que tanta importancia dio en su vida: «Y ahí estoy yo, la soñadora». O el del amor, un asunto capital: «El amor, que está ciego / para imperfección, solo ve lo perfecto», escribió, y: «Para hacer ya perfecto lo imperfecto / bastaría con amarlo». «Allí donde hay amor hay sufrimiento», sentenció. Con todo, resuelve: «Amo, ergo sum». Tuvo matrimonios fallidos y dos hijos. Fue su idilio con el escritor y aventurero Gavin Maxwell, irlandés y homosexual, uno de los hechos más trascendentales de su existencia (y, por eso, de su poesía, tanto monta). Por suerte, esa experiencia quedó fijada en el tercer tomo de su autobiografía y, de qué modo, en su obra En una desierta orilla de la que ella misma afirmó: «es un libro de madurez, una especie de secuencia poemática o rosario de poemas centrados en torno a la muerte, a la vida después de la muerte, a la vida y a la muerte». Un tema, añadió, «bastante atípico en la poesía inglesa tratado de forma muy personal y que conecta con la tradición española y latina, en general». El libro también ha sido calificado como «réquiem poemático» y «secuencia elegíaca». «No donde vivimos, sino allí donde amamos / se encuentra el alma», concluye.
«Donde pongáis el ojo / se despliega el misterio», dijo Raine, y «El velo de lo visible / revela lo invisible», lo que explica muy bien por dónde se mueve esta lírica poblada de almas y de ángeles, fiel reflejo de que «todo es ilusorio».
En sus últimos libros, en una vejez plena de recuerdos («es el reino de Hades la memoria»), vuelve al tema de «lo perdido». En «El agua iluminada» escribe: «No hay camino, ni puente, no hay verja alguna / que nos lleve al pasado, / el tiempo que una vez estuvo aquí».
Termino con versos que imprimen sentido a su poética –clarividente, lúcida, serena–, que es tanto como decir a su vida: «y descarté lo falso y guardé la verdad». «Nunca busqué lo bueno, / sino solo la gran belleza de este mundo: / el brillo de la luz».
 
POESÍA REUNIDA
Kathleen Raine
Traducción e introducción de José Luis Rey
Linteo Poesía, Orense, 2023. 460 páginas. 28 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 36 de la revista NAYAGUA, de la Fundación José Hierro. 

23.10.23

20.10.23

En ABC Cultural

Carmen Rodríguez Santos ha publicado en ABC Cultural una breve reseña de Sobre el azar del mapa. Un lujo, sin duda, porque lo firma, además, una crítica de referencia que ya se ocupó en el pasado de otras cosas de uno.
Sí, reconozco que me ha hecho una ilusión especial volver a esas páginas donde aparecieron reseñas de mis libros firmadas, entre otros, por Florencio Martínez Ruiz, Víctor García de la Concha y Miguel García-Posada; críticos que, como Rodríguez Santos, uno admira. Maestros ejemplares. 
Hacía muchos años que no daban noticia de un libro mío en esa santa casa de la que fui colaborador durante años. Muchas gracias. 

Á. VALVERDE Y SUS CIUDADES DEL ALMA

CARMEN R. SANTOS

El propio Álvaro Valverde (Plasencia. 1959) explica en una nota final el origen del título, Sobre el azar del mapa, de su último poemario: «Está tomado de un alejandrino de Territorio; el primero que publiqué: «”Trazar itinerarios sobre el azar del mapa”». Una acertada decisión, pues nos remite a una de las constantes. el viaje en un sentido real y también simbólico, la vida como viaje, que recorre la producción del escritor extremeño, sobre todo poeta, pero también narrador con novelas como las murallas del mundo; y ensayista: El lector invisible. De su impulso de trotamundos dio cuenta por ejemplo, en Lejos de aquí; y ahora en este libro de poemas, compuesto por «Cuaderno de Sofía», sobre la capital búlgara, y «Cuaderno suizo», dedicado a Grandson y Ginebra. Los dos son resultado de la visita que realizó Álvaro Valverde a esas ciudades, en periplos cortos y un tanto azarosos, pero muy intensos. Especialmente, porque su concepción del viaje se aleja de lo convencional: «El viajero, / que rehúye a conciencia/ el papel de turista». Así consigue que el lector se sienta también privilegiado viajero al transitar, a través de los versos de Valverde, por una Sofía en cuya periferia. permanece «la tosquedad opuesta a la belleza», de la «arquitectura comunista», pero también misteriosa y poseedora de un secreto, y una Ginebra cosmopolita en la que resuenan los ecos de algunos de sus moradores, como Borges, a quienes rinde homenaje. Nos confiesa que no tomó notas, sino que escribió de memoria. Precioso poemario de «ciudades del alma». 



16.10.23

La Editora, punto y...

Mi paisano Antonio J. Armero, periodista del HOY, entrevistaba ayer para su periódico a Victoria Bazaga, la nueva consejera de Turismo, Cultura, Jóvenes y Deportes de la Junta de Extremadura. En un momento dado le pregunta: "La Editora Regional también fue una marca reconocida. ¿Qué harán para que la recupere el prestigio que tuvo?", a lo que ella responde: "Trabajar, ser selectivos, buscar proyectos realmente interesantes. En mi equipo hay tres escritores: el secretario general técnico (José Luis Gil Soto), la nueva responsable de la Fundación (Carmen Sánchez Risco) y el responsable de la Editora (Antonio Girol). Es gente con sensibilidad y que entiende el mercado". Entonces Armero, que es persona culta e informada, repregunta: "Pero al responsable de la Editora no se le nombra para que escriba, sino para que gestione...". Bazaga concluye: "Pero tiene un equipo. Nadie puede cuestionarse que la Editora esté en malas manos, porque tiene un equipo de funcionarios muy bueno, que bien liderado hará un gran trabajo". 
Vayamos por partes. No es que tuviera uno mucha confianza en que el PP nombrara para esa consejería a alguien que viniera del mundo de la cultura (la vida profesional de la señora Bazaga ha estado dedicada al turismo). Como pasa con el PSOE, su sensibilidad cultural es mínima o directamente ninguna. Ya se sabe que en política cualquiera vale para esos asuntos. Son menores. Incluso en esta tierra donde lo histórico y lo patrimonial tanto valen. Dando por descontado ese hecho, el del nombramiento de una persona sin trayectoria o sin perfil en la materia, suponía uno, lo que era mucho suponer, que designaría para el cargo de director de la Editora, cuyo prestigio no mengua a pesar de los intentos de las sucesivas administraciones para que así sea desde que dejó de ser consejero Paco Muñoz y presidente Ibarra, que designaría, iba diciendo, para ese cargo a alguien que sí tuviera ese perfil y cierta trayectoria. Me equivocaba. Con lo fácil que hubiera sido encontrarlo o, mejor aún, mantener en su puesto a Luis Sáez que ha demostrado sobradamente su capacidad y su valía. Claro que para eso tendríamos que vivir en un país que no fuera cainita y contar con partidos políticos que no se tuvieran por enemigos. Que antepusieran, quiero decir, el bien común o público sin necesidad de mirar el carné del ciudadano, más aún cuando de la cultura se trata.
Lo deja caer con astucia, al contraataque, Armero en la última pregunta de su espléndida entrevista, la tercera en el orden de las que copio aquí: "¿No cree que sería saludable que la cultura viviera al margen de los vaivenes políticos, que no se cambiaran cargos a cada cambio de partido en el gobierno?", y Bazaga responde: "Sí. Por eso es importante acertar con la gente a la que traigamos, para que pueda tener continuidad. Y por eso hay gente que estaba al llegar nosotros y seguirá aquí". Por desgracia no ha sido el caso de Sáez. Craso error.
De ninguno de los tres escritores que menciona la consejera, mea culpa, tenía uno noticias. Me asusta, eso sí, su afirmación de que "es gente (...) que entiende el mercado". ¿Mercado? ¿Qué mercado? Me da que la que no entiende de qué va lo de los libros que publica la Editora es ella. Debería informarse cuanto antes. Esto tiene poco que ver con su defensa de la "industria cultural". Sigo. Compruebo en la Wikipedia que Gil Soto es novelista histórico y que ganó el premio Ateneo de Sevilla. Me cuenta Google que Sánchez-Risco ha publicado este año su primera novela, La primera mestiza, basada en la vida de Francisca Pizarro Yupanqui Huaylas. Según La Vanguardia, Antonio Girol (crítico taurino, nada que objetar) "este año ha publicado su primera novela, Virginia Lot, una historia en la que se cuenta la historia de superación de una joven marcada por la violencia de género de su familia en la década de los años ochenta. Además, ha escrito la obra de teatro Un paseo por la historia y ha sido galardonado en distintos certámenes por sus relatos". Dejando a un lado el currículum de cada uno, los dos primeros bastante tendrán con atender a sus respectivas responsabilidades y el tercero con ser capaz de mantener el catálogo de la Editora a la altura de su prestigio, que no es poco. Cuenta, dice la consejera, con "un equipo de funcionarios muy bueno". No sé si quien lee sabe que se está refiriendo a una jefa de servicio y a una auxiliar administrativa. La primera, María José Hernández, filóloga de formación, es el alma de esa institución, una profesional como la copa de un pino y, sin duda, un puntal sobresaliente de la misma; una mujer con una capacidad de trabajo digna de elogio que, añado, bien podría haberse hecho cargo, si querían un cambio a toda costa, de la dirección de la Editora. Pero hablamos de... ¡una persona! Si el nuevo director no estuviera, como sí lo estaba el anterior, a la altura de su tarea... Con liderar no basta cuando el "equipo" es tan exiguo. 
Confío en que la Editora sobreviva. Lo ha venido haciendo en las últimas décadas contra viento y marea, con directores capaces, mediocres o pésimos. Mientras no se atrevan a eliminarla del mapa... No basta, insisto, con el tesón de una o dos personas, sobre todo si nos jugamos la pervivencia de uno de los baluartes fundamentales de la Cultura (con mayúscula) de Extremadura.
Y no, no es lo mismo ver los toros desde la barrera que torear en medio de la plaza a un buen morlaco. ¡Suerte, maestro!

14.10.23

En la muerte de Louise Glück


Hace apenas dos días, al escribir sobre el poeta Adam Zagajewski para El Cultural, recordé de inmediato a la norteamericana Louise Glück (Nueva York, 1943). A diferencia del polaco, ella sí consiguió el Nobel. El año de la maldita pandemia: el 2020. La primera poeta que lo ganaba después de Wisława Szymborska. Como ésta, por merecimientos propios, por haber escrito, quiero decir, una obra poética sólida que, como bien sabemos, es algo que nada tiene que ver ni con el género ni con las cuotas. Tampoco con la nacionalidad ni con el idioma en que esté escrita, por más que el inglés sea la lengua franca de nuestro tiempo y Estados Unidos un país importante.
Por suerte y gracias a traductores tan solventes como Abraham Gragera, Ruth Miguel Franco, Eduardo Chirinos, Mariano Peyrou, Mirta Rosenberg, Adalber Salas y, sobre todo, Andrés Catalán, su poesía está al alcance de cualquier lector español interesado. Sus libros fueron publicados primero por la editorial Pre-Textos (fue precisamente Manuel Borrás quien me la descubrió hace casi veinte años) y ahora por Visor.
Aunque nunca recomiendo leer nada a nadie (salvo a algún íntimo amigo), no estaría de más que los jóvenes, quienes empiezan a escribir poesía, se dieran una vuelta por la obra de Glück y la leyeran con el fervor que merece. Cuántas lecciones pueden sacarse de esa manera de decir tan majestuosa como trascendente, tan apegada a la vida; la suya, sí, pero al fin y al cabo la de cualquiera. Esa es la grandeza de la poesía verdadera, por autobiográfica que parezca. Universal sin remedio.
En el artículo que escribí para celebrar el Nobel, recordé que había calificado sus poemas de «sutiles, elegantes, inteligentes, ligeros (por lo que parecen frágiles), magníficamente construidos, clásicos (y no sólo por la frecuente aparición del mito) y modernos a la vez, privados pero habitables que, tal vez por eso, dejan en silencio a este lector, perplejo ante tan sabia como sencilla verdad; ante la asombrosa presencia de un mundo donde el matizado brillo de la luz importa tanto como la equilibrada oscuridad de la sombra».
También me he referido a que en sus versos aparece el amor y el desamor, la soledad y la muerte, el matrimonio y la pareja. Y la familia, que siempre ha estado en el centro de sus intereses. Como la infancia: “Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria”.
Me he fijado, como cualquiera de sus lectores, en la sutil ironía que caracteriza su poesía, auténtica marca de la casa, sesgo inevitable de la mejor poesía contemporánea, algo que no está reñido, en su caso, con un sereno desgarro interior. Lucidez no le faltaba.
Todo –maticé– desde la elegancia y la inteligencia. Con una sobriedad que conecta con la maestría de su paisana Emily Dickinson.
Hacía alusión hace un momento a la ironía y a su conexión con la lírica reciente lo que me lleva a evocar el tono conversacional que Glück utiliza; una voz que, si bien particular en extremo (de ahí su valor), no deja de sumarse a otras voces de la rica, valiosa tradición estadounidense. Una naturalidad en el uso del lenguaje que salta el Atlántico para unirse a otra excelsa tradición de la misma lengua: la de la poesía británica. Naturalidad que tanto tiene que ver con ese «esfuerzo por la claridad» y la «belleza austera» que la Academia Sueca subrayó al concederle el Nobel.
«Intento decir la verdad. […] Escribo para mantener el asombro», dejó dicho, y que «un poema vivo te lleva a un lugar que antes no conocías».

NOTA: Este artículo se ha publicado en EL CULTURAL. 

9.10.23

Amor de guardia

Andrés Neuman
La Bella Varsovia, Barcelona, 2023. 64 páginas. 12 €
 
Nacido en Buenos Aires (1977), la carrera literaria de Neuman se ha desarrollado en España, lo que no obsta para resaltar su proyección internacional. Llegó a Granada con catorce años junto a sus padres, músicos exiliados, y sus inicios están ligados a la poesía, por más que sea un consumado novelista y un cuentista prestigioso, además de aforista, traductor y articulista.
En 2008, Acantilado editó, bajo el título Década, su poesía publicada desde 1997 (nueve libros revisados, como El jugador de billar, El tobogán o Mística abajo, y dos inéditos) a los que han seguido No sé por qué y Patio de locos (2013), Vivir de oído (2028) y la antología Casa fugaz (poesía 1998-2018), de 2020.
Isla con madre está dedicado a la suya, Delia Blanca Galán Casaretto, violinista, “que ya es toda mar”. En una nota final se nos aclara que la obra fue escrita entre 2006 y 2007 y, tras ser revisada en 2022, se rescata “en el XV aniversario de su muerte”. En ese año de escritura ella ya estaba muy enferma. A modo de diario (con su inevitable parte de terapia), su hijo va dando forma, mediante cuarenta y cinco poemas breves y sin título, a un extensa elegía fragmentaria donde emociones y sentimientos quedan fijados con naturalidad y sin patetismo. “Mamá”, le dice en un momento dado.
Está escrita mediante un lenguaje bello y preciso que no desdeña los argentinismos: “vos”, “sufrís”, “mirás”… Ya que lo menciono, estamos, sí, ante una conversación: la que mantienen madre e hijo en circunstancias tan dolorosas como trascendentes. Tanto que él, al verla tan débil, querría convertirse en la madre de ella.
Hay desconcierto, claro: “¿y cómo acompañarte / sabiendo a dónde vas?”. Y confesiones: “Te amo: hay que decirlo”, “Cuántos regresos, madre, quedarán”. Y la esperanza de que, al irse, “sabrás volverte vos”.
Porque la muerte de alguien muy cercano nos pone ante la propia, escribe: “¿Morir joven? No: / me haré viejo / velozmente”. Se siente “envejecido de antemano” (tiene 30 años) al escuchar las risas de los niños. Neuman nos sitúa delante de un inesquivable autorretrato.
Distingue entre “paz” y “serenidad”. La primera es fruto de la suerte; la segunda, “se gana / con el pan del dolor”. Sabe que vive en ese “límite / entre lo que es aún, / lo que está apenas / y lo que ya no es más”. También que “Este resplandor cansa / porque ya no ilumina un porvenir”. “Vamos perdiendo el trato con las cosas”, declara, y: “Cuántos tesoros, madre, nuestras pérdidas”. Luego se pregunta: “¿Qué son estas palabras / dictándome las cosas / que no he dicho?”. De ahí que afirme: “Las cartas verdaderas [y estas lo son] / se escriben para quienes / no podrán recibirlas”.
Quién pudiera “hacer dulces tus males”, le dice, y “ya no encuentro mar en nuestra isla”.
“Últimamente viajo para vos”. A la nieve, que, de niña, siempre anheló en su Buenos Aires natal. Con todo, “Es como un tren nocturno este hospital: / en la estación espera más invierno”.
Mientras alisaba las sábanas, reanimaba el almohadón, cepillaba sus dientes o le ayudaba a orinar en una cuña, “te ofrecí con cuchara mi temor”. Después, “te hiciste pequeñita // y desaparecí”. Al final, “Así morías, madre, vos, tan viva”. Quedaba ya mirar “tus fotos que me miran”. Y esa “luz encendida de vos”: un “amor de guardia”. Al cabo, “perder quiere decir / haber tenido”. Para entonces, “esta lengua materna balbucea”: “No sé cómo decirte, por eso te retengo”. Y da las gracias, a sabiendas de que “voy a hablarte siempre”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



2.10.23

Los ojos de la sombra

María Ángeles Pérez López
Valencia: Pre-Textos, 2023.
 
MÁPL (Valladolid, 1967) ha publicado una docena de libros de poesía. Con Incendio mineral (2021) consiguió el premio de la Crítica.
Su título no da lugar a equívocos. Desde hace años, el número de inmigrantes que viajan en pateras desde África y Asia hasta Europa no deja de crecer. Ni el número de muertes que ese éxodo acarrea. Una de las grandes tragedias de nuestro tiempo.
Estamos ante una poesía moral, más que civil (aunque lo sea), centrada en la preocupación por el otro: “en todo rostro desemboca el nosotros, porque nosotros es yo”.
A pesar de su condición de profesora universitaria y miembro de distintas academias, el lenguaje utilizado es, digamos, antiacadémico, así como el planteamiento general del libro: metapoético, innovador y audaz: “no ser red”. “La tumba no es el mar sino el lenguaje”, leemos.
Se compone de ocho extensos poemas en prosa, partes de una suerte de compasivo réquiem. Cada uno va acompañado de unas “notas” donde la autora reflexiona o comenta distintos aspectos del mismo.
El tono es aforístico, propio de esta poesía del pensamiento que, sin embargo, no reniega de una sugerente plasticidad tanto visual como rítmica: “Escribes para que tus manos puedan ver”.
Naufragio, asfixia (“una experiencia mancomunada”), espanto, ahogados (“las largas agendas del ahogo”), noche (¿Qué están mirando frente a lo impenetrable?”), niebla (donde “la arqueología del abandono”), mar y océano (¿O hemos olvidado que el agua nos recorre?”), enigma y zigurat (Babel: “mi lengua es sólo la de las equivocaciones”), extranjero (“Todos somos extranjeros”) son términos que van marcando este itinerario del dolor. ”Arden los alfabetos de la infamia, las oraciones rotas de los dignos”, dice con deje gamonediano.
El perro, el cocodrilo, el león son protagonistas de un inquietante juego alegórico en torno a lo animal y lo salvaje. Realidad, extrañeza.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL




18.9.23

Las nadies

Inmigrantes de segunda

William González Guevara
Hiperión, Madrid, 2023. 94 páginas, 12 €
 
Leí por primera vez el nombre de William González Guevara (Nicaragua, 2000) en una carta de Antonio Carvajal donde ponderaba su ópera prima: Los nadies, ganadora del galardón que lleva el nombre del autor granadino y publica Hiperión. «El poeta es de Nicaragua, hijo de inmigrantes pobrísimos, muy joven. Y sabe muy bien quienes son los álguienes y quienes son los nadies (y los naides). Poesía de la experiencia de los hijos de las fregantinas de los poetas de la experiencia. Con dolor y sin rencor», decía. Al año siguiente, conseguía el premio Hiperión con este libro. En medio, Me duele respirar, premio Ruiz Udiel (Valparaíso, 2023).
El título es cristalino, como casi todo aquí. El «de segunda» se refiere a la generación inmigrante (llegó con 11 años), si bien no evita el doble sentido. Esta es una poesía que rehúye los equívocos y va por derecho a lo que importa. No es el primero en escribir sobre los múltiples problemas que aquejan a los jóvenes en un mundo líquido en crisis permanente. Se podría hablar incluso de una tendencia, muy plural, que ya afecta a más de una promoción. De una suerte de nueva poesía social o cívica. Recuerden aquellos «hijos de la bonanza», de Ben Clark, jurado de este premio. Para muestra, otro Hiperión: Servicio de lavandería, de Belén M. Rueda.
Escribe Irene Vallejo en la contracubierta: «La vida de los Inmigrantes de segunda transcurre en páramos contemporáneos, entre neones de sueños apagados vastas podredumbres. Allí donde brotan casas de apuestas para crear ludópatas y fusilar sueños. Donde el autorretrato del artista adolescente incluye una nevera vacía, tu chándal favorito, tu acento repudiado. Donde las mujeres limpian por horas portales y casas, y sufren las mismas lesiones en el brazo que los tenistas de Roland Garros, en sus labores sin trofeos. Y, por las noches, recitan las letanías de los temarios para aspirar a la nacionalidad». Y añade: «William acoge en sus versos lo que no cabe en los pactos de silencio. Contempla las realidades que derogan la retórica de los grandes jardines del imperio. Atrapa la tristeza malva de esas manos jabonosas, de esas vidas escindidas. Invoca a coros de muertos amados, su lúcida abuela nicaragüense. Con su sensibilidad explosiva, disecciona el desgarro humano. Cómo no reconocernos».
De tres empleadas de hogar son las citas que abren el libro. Y así se titula la primera parte. Nada aquí puede sonar solemne. Es la vida, idiota, parafraseando el eslogan político. La de las chicas, tan invisibles. Otras nadies: «Todas portáis el rostro / alicaído de mi santa madre». Gente a la que le «pesa la vida». «Decidme: ¿a quién le importan / los huesos de mi madre envejecidos?».
Para contar lo que les pasa (lo conoce bien), WGG recurre, no sin ironía, a palabras gastadas y a un lenguaje prosaico y conversacional, lo más cercano posible al habla de la calle, que, no obstante, jamás pierde vista su condición de poético. Decir las cosas de otro modo, más retórico y grandilocuente, habría sido un imperdonable error de cálculo lírico. Prima, sí, la crónica. Uno la calificaría de «poesía documental».
Kapuściński, ya ven, inaugura la segunda parte: «La pobreza sufre, pero sufre en silencio». Carabanchel, la Caixa, los chándales («La vida es nuestro chándal favorito»), la droga, Pan Bendito, el banco de alimentos… Léase «Ego sum, tu es, ille est». Y luego, en «Interludio», la chatarra, la vendimia, las noches de autobús. Por fin, «Memento mori», tan emocionante: «Siento la muerte lenta de mi madre». Y la lejana de la abuela. En Nicaragua, deshonrada por el tirano Ortega.
 
Esta reseña se ha publicado en El Cultural








10.9.23

40 años de "L’edat d’or", de Parcerisas


La Vanguardia publicó ayer un reportaje a doble página firmado por Jordi Llavina para celebrar el cuarenta aniversario de la edición de L’edat d’or, de Francesc Parcerisas, "un hito de la poesía catalana de las últimas décadas del siglo XX", cuya "influencia llega hasta nuestros días", según Llavina. 
El título fue elegido por el autor durante una comida en el restaurante ‘Les délices de France’ con Joan Margarit y Toni Marí (coautor, por cierto, de Ombra i llum. Variacions sobre un tema romàntic). 
La edad de oro apareció en 1983 en los Quaderns Crema del añorado Jaume Vallcorba (juntos en la fotografía que ilustra esta entrada, propiedad de la editorial). 
Hace un par de meses, Llavina pidió a un grupo de poetas que resumiéramos en unas líneas lo que representó ese libro para cada uno de nosotros y si había algún poema del mismo que todavía nos rondara por la memoria. Esto escribí:
"Dos poemas de L’edat d’or leídos en el florilegio La nueva poesía catalana (1984) me pusieron sobre la pista de un libro que leí con entusiasmo cinco años después, en la edición bilingüe de la valenciana Mestral. Qué luminoso descubrimiento. Allí, la juventud, el mar, los cuerpos, el verano. Una luz (solar y mediterránea) y un tono (de un culto y elegante clasicismo intemporal). Ante todo, un estado de ánimo. Pura vida. Lo he releído y sigue intacto. Me quedo con los versos finales, los que cierran “Retrat del poeta” y esta obra maestra".

Del poema 'Retrato del poeta'


¿Será así, la muerte?
¿Bienvenida como este sueño que te embarga,
tan dulce, sin agravios ni reproches,
agradeciendo sólo los dones inconmensurables de la vida? 
¿Será así que, en el camino de la oscuridad,
iremos al encuentro de la luz?

Traducción de Xulio R. Trigo y Vicente Gallego




31.7.23

Landero dixit

"Estamos buscando nuevas formas de enseñar morfología y sintaxis, con técnicas inductivas, para que sea más reflexiva, más creativa, menos automática, para que nadie sufra lo que el estudiante de tu artículo «El gramático a palos». Un día conseguiré convencerte de que la gramática es divertida", le comenta Alfonso Ruiz de Aguirre a Luis Landero en la entrevista que le ha hecho para el dossier que la revista Barcarola le ha dedicado, y el de Alburquerque responde: "Pero si a mí me gusta mucho. Pocas veces he estado en clase tan a gusto como con la sintaxis. Escribir en la pizarra una frase enorme y estar toda la hora con los alumnos. Yo les decía: «Vamos a hacer ahora como los detectives. Primero, hay que preguntar, en plan detectivesco. ¿A quién le preguntamos? Al verbo, el principal sospechoso. ¿Quién es tu sujeto? ¿Con cuántos complementos vienes? ¿No será usted impersonal? Es muy divertido. ¿Cuál puede ser el sujeto? ¿Y por qué? ¿Es sujeto? No lo demos por hecho, vamos a demostrarlo, porque igual estamos equivocándonos». Me encanta la gramática. Lo que no me gusta es la rutina gramatical con la que se abruma a los chicos. La gramática es vida. Nada más interesante que relacionarla con la vida. Pero se ha enseñado gramática de forma mecánica, se les ha metido a los alumnos con un cucharón: así, lo mismo que se aprende se olvida, y no sirve para nada". 
Antes ha dicho a su entrevistador que "lo mío es lo concreto, la cosa poética y narrativa, y mis mejores cualidades son la imaginación y la intuición".
Más adelante comenta a propósito de su ordenada biblioteca, cuando Ruiz de Aguirre le pregunta qué libros son necesarios para entenderle: "La poesía desde luego. Yo empecé escribiendo poesía y sigo leyéndola. Antonio Machado, Juan Ramón, Bécquer, Neruda, César Vallejo, Lope de Vega, Quevedo... Me he empapado de poesía y eso termina saliendo aquí y allá, quizá porque soy un poeta frustrado. Es muy bueno para un escritor leer poesía y, si es de joven, mejor. Además, te educa el oído. La poesía se hace con intuiciones, buscando atajos expresivos. Estéticamente nada educa más que la poesía". 
Termino recordando que en la última caja del proyecto de Salvador Retana Náufragos, dentro de una de las botellas, va un poema inédito de Landero, "Benditos", que desdice a las claras que no sea un poeta. 

1.7.23

Un sobresalto en la memoria

Carmen Martín Gaite
Ed. de José Teruel
La Bella Varsovia, Barcelona, 2023. 160 páginas. 
 
 
CMG (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) ha pasado a la historial de la literatura por su obra narrativa, lo que no obsta para que se también reconozca, entre otras, su labor como ensayista y poeta. Su poesía, por centrarnos, se publicó por primera vez en 1976 y en Libros Hiperión, con el título A rachas. Le siguieron nuevas ediciones en 1979, 1986 y 1993.
Esta reproduce, con leves variaciones, la que figura en el tercer tomo de las Obras Completas publicadas por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores en 2010 bajo el título Después de todo. Poesía a rachas. Al cuidado de aquélla y de ésta, José Teruel. De su solvencia da buena cuenta el prólogo: “Sacar los asuntos del caos”, donde explica con clarividencia los rasgos fundamentales de su poética. “La poesía es una lucha tenaz y muchas veces fallidas por retener el instante en que las cosas hablaron un lenguaje especial y nos incitaron a captar ese recado urgente que apenas insinuado se esconde, dejando un sobresalto en la memoria”, escribió la salmantina. Nunca dejó de escribir esa “visita intermitente”. Esta “escritura intempestiva –aclara Teruel– fue objeto de una cuidada atención y revisión por parte de su autora”. De tono autobiográfico, no deja de ser “una meditación sobre su experiencia”.
“Como casi todos los narradores de mi generación, yo empecé escribiendo poemas”, dice en “A rachas”, texto incluido en la antología Poemas, recitados por ella (le encantaba leer en voz alta). Publicó el primero (1947) en una revista universitaria de su ciudad natal, inspirados en una fotografía del padre del poeta Aníbal Núñez. Entre ese año y el 49 escribe varios cuadernos que, debidamente reconstruidos o reelaborados (a veces de memoria), formarán el corpus, muchos años después, de su citada ópera prima. Con un aire existencial, neorromántico y de época, entre la realidad y el deseo, un “motivo recurrente”: “la conciencia del tiempo”, un asunto central que no abandonará nunca.
A este “ciclo de juventud” le sucede otro “intermedio”: el de los “poemas posteriores”. Hasta 1975, desde aquellos borradores estudiantiles, no reveló ninguno nuevo. Un año después, Munárriz publicó A rachas. Para entonces, es una “mujer ya afincada en la capital” y no, confiesa, “una jovencita provinciana y soñadora” que no logra apresar el flujo del tiempo y a quien no le resulta fácil abrigarse de su incuria, resume Teruel. Los de la “primera entrega” fueron escritos entre el 69 y el 75. Los de la “segunda”, desde el 76 hasta poco antes de la muerte de su hija, en 1985. Son poemas cercanos a los del Grupo del 50, sección barcelonesa. Lenguaje coloquial, ironía, paisaje urbano… No faltan canciones (recuérdense sus colaboraciones con Chicho Sánchez Ferlosio y Amancio Prada, su gusto por el cancionero galaico-portugués y por la poesía popular).
En Después de todo, del 93, se constata “la pérdida de los grandes asideros” de su vida. La pérdida de Marta, el fin del amor… Aun así, continúa; “contra viento y marea”, como prometió a su hija. Léase “Lo juro por mis muertos”. Y ahí, la intimidad: “No se dice lo secreto, se cuenta”. Porque “lo verdadero es secreto”. El “descalabro”, señala el editor, como “fuente literaria”.
Su poesía es limpia y fresca. Genuina. Emocionante. Propia de quien dijo “Necesito poesía”. Con poemas tan logrados como, pongo por caso, “Callejón sin salida”, “Espiga sin granar”, “Convalecencia”, “Descarrilamiento”, “Madrid la nuit”, “Mi ración de alegría”, “Let it be”, “Diez coplas de amor y desgarro”, “Todo es un cuento roto en Nueva York” (con Hopper al fondo) o cuantos componen Después de todo.
La poesía no fue “un pariente marginal de su obra”, sino “una forma de visión” que impregnó lo narrativo y lo ensayístico. Concluye Teruel que “lo genuinamente poético no reside en la forma ni en el tema, ni siquiera en el uso del verso, sino «en un tratamiento temporal de la experiencia humana»”. El tiempo como eje. Su inexorable paso.

NOTA: Esta reseña de ha publicado en EL CULTURAL.