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19.9.24

A la sombra del tiempo

Carlos Permanyer nació en Barcelona y vive entre Castelldefels, donde está la casa familiar, y Andorra, donde trabaja como director creativo en el mundo de la publicidad y de la comunicación. Sus creaciones han recibido numerosos premios nacionales e internacionales (Cannes, Nueva York, Londres, Barcelona, Buenos Aires, San Sebastián…). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de su ciudad natal, confiesa que su pasión por la poesía le viene de la adolescencia, cuando leyó en clase por primera vez versos de Lope, Góngora o Quevedo; de Bécquer más adelante. A pesar de eso, su escritura ha sido casi secreta hasta ahora. Su ópera prima es tardía. En 2020 publicó Memoria de las nubes, un libro del que Eloy Sánchez Rosillo dijo: “Me parece un libro hermoso y verdadero. Los poemas son leves y delicados, sin retóricas vanas e inútiles. Tiene emoción, y todos los poemas juntos configuran tu mundo, un mundo sugestivo y habitable”. A la espera de la aparición del segundo, Fingir entonces, en manos desde hace tiempo de un editor, ve la luz He llegado hasta aquí. En esta ocasión, el citado Sánchez Rosillo, escribe: “Me ha conmovido. Está empapado de melancolía, pero también, por debajo o por encima de ella, hay una extraña alegría por el don de haber vivido. Todos esos recuerdos de los que hablas valen su peso en oro. Los poemas están dichos con sencillez y hondura, con mucho sentimiento y amor por la vida. Nada se pierde. Todo está en tu corazón y en tu memoria, y forma parte de tu presente. No hay asomo de retórica en ningún poema. En realidad, todos son como partes de un poema único”. A este elogio se suma, también en la contracubierta, un incisivo texto, en forma de carta, de otro poeta, Basilio Sánchez, que, por su interés, copio entero a continuación: “He llegado hasta aquí es muy hermoso. De tono muy cernudiano y con un ritmo equilibrado y sereno, la tuya es una poética sobre la memoria y sobre la añoranza de una existencia anterior no disociada aún de la naturaleza y el paisaje en la que todavía nos era posible relacionarnos cordialmente con las cosas. Una poesía atenta a los sonidos ocultos de lo que nos rodea y a las sensaciones más elementales del vivir cotidiano, pero escrita, también, desde el escepticismo y el desencanto en medio de una época que ha renunciado a la lentitud y extraviado su rumbo. Una forma de escritura que es un rescoldo último y una forma de resistencia, la expresión sin alardes de una fe en lo concreto y en lo sencillo de una manera de vivir despojada y elemental. Una renuncia voluntaria y explícita a todo lo que nos conduce al abandono de una infancia humana razonablemente feliz, acompasada, en sus pequeñas cosas y en los gestos dulcificados por la costumbre, con la misma existencia. Yo creo que, si algo queda que merezca la pena en esta vida, permanece agazapado en lo discreto, en el brillo cegador —para el que vive atento, para el que aún es capaz de sostener la mirada— de los pequeños acontecimientos inesperados e imprevisibles que llenan nuestros días, y en los seres humildes. La poesía necesita, porque lo necesitamos nosotros, de esta mirada sensitiva sobre el mundo, de este lenguaje limpio que se nutre del fervor y de una honda sumersión en las complejas relaciones del individuo consigo mismo y con la realidad en la que vive”.
Lo esencial ya está dicho en las palabras de Rosillo y Sánchez. El lector colige de inmediato que la poesía de Permanyer habita en un ámbito semejante al de esos dos poetas “de la claridad”, rótulo (no exactamente el mismo de “línea clara” de Luis Alberto de Cuenca ni el de “poesía figurativa” de García Martín) que utilicé en cierta ocasión para comentar sendas obras poéticas de Antonio Moreno y Antonio Cáceres pero que podría hacerse extensivo a las de José Mateos, Antonio Cabrera, Andrés Trapiello o Juan Peña, pongo por caso.
Abre el libro ―tras la dedicatoria a su mujer y a sus dos hijos― una anotación de Ramón Gaya (un pintor claro por excelencia), “Los momentos provisionales”, que dice: “Un día nos damos cuenta de que todos esos momentos vividos de refilón, de pasada, un poco a la ligera, provisionalmente, son también ellos momentos claves, decisivos, que van a imprimir en nosotros conclusiones decisivas; nos damos cuenta de que esos momentos que nos parecieron insignificantes y que tomáramos, cuando mucho, por una especie de media vida, de fragmentos de vida, vienen a ser, en realidad, y al final, nuestra mayor y mejor experiencia de vida real, de una vida real más verdadera, como más sorprendida en su verdad...”.
El título da una pista fiable de lo que viene después. De un recuento se trata. De volver la vista atrás y, con una vida vivida en abundancia, evocar esos momentos tan provisionales como decisivos que han formado parte de la verdadera existencia: la real.
La memoria aquí lo es todo: “No se vuelve al origen. / Se vuelve a la memoria”. La de un ser contemplativo que observa el paisaje mientras medita sobre esos fragmentos vitales que no ha sido capaz de engullir la rueda inexorable del tiempo. Esas imágenes, que a veces duda si fingidas o reales, dan pie a los poemas que componen He llegado hasta aquí. Siempre a lo Wordsworth: el poema como “emoción recordada en el sosiego”.
Queda todo muy bien expresado en el primer poema, “A la sombra del tiempo”: “Un secreto se esconde / entre las flores, / a la sombra del tiempo. / Como memoria indeleble / de los días que fueron. / Lo que ya hemos perdido / y guarda el vacío”. Y sigue: “Es preciso volver. / Respirar el fervor / de una vida lejana”.
El tono elegíaco se aprecia bien en poemas como “Desviaron el cauce del río” (“Derribaron las tapias. Los secretos.”) o “He llegado hasta aquí” (“Hay un paisaje oculto / al que tú perteneces. / Si te paras y observas, / lo reconoces.”).
Se repite un motivo central: el del jardín: “Por paraíso, un jardín”. Un jardín que da a una antigua casa (“donde hubo vida, / persevera el olvido”) y, ya allí, a la infancia: “Vivíamos al borde / de una antigua verdad. / Que el futuro ya había / pasado”. Casa y jardín que resucita en “Origen”, “Lo insignificante” y en “Lejos del mundo”, por ejemplo.
Dije infancia pero también añadiría juventud: “Aquí mi juventud / perdida ya, lejana”, leemos en “Tamariu”. El propio poeta ha dicho que estos poemas dan cuenta de “un tiempo donde transcurría la vida de forma más sencilla y esencial, integrada en el tiempo, participando de su transcurso y no como derrota”.
A otros lugares ―más allá del central, alrededor del cual gira el libro― se refiere Permanyer: a las islas (Canarias, donde residió durante años), al norte (Andorra, el valle), Sevilla (en un homenaje a Luis Cernuda)… Y ya que hablamos de lugares, parece pertinente hacer mención al mar y a la playa, que de nuevo le devuelven a la infancia. En “Y al final, el mar” o “La belleza del mundo”.
Porque entiende la poesía como método de conocimiento (algo que justificaba, entre otros, Carles Riba), las palabras (“un silencio espera”), la propia identidad, la soledad (“Una experiencia desoladora”) y su condición de lector (en una estancia en penumbra, que a uno le lleva a Eliseo Diego y su definición de poema como “conversación en la penumbra”) también están presentes.
Entre la realidad y el sueño (Cernuda de nuevo), la vida: “Vivir, / demasiado extraño”. “Era el mundo un sueño”.
Si tuviera que englobar todo lo leído en un solo término, diría que Permanyer defiende una poética de la humildad: “Aspiro a casi nada”.
Discreto, sin estridencias, el ritmo mesurado de sus versos se abre paso de forma natural, sin forzar nada. Se leen sin querer, podría decirse. Un poema te lleva a otro y el conjunto conforma una atmósfera armoniosa y habitable en la que es fácil permanecer. Donde la claridad, insisto, es evidente. Concluye: “Soy el resultado / de un paisaje que se extiende / dentro de mí. / Y cuyo sueño profundo / se diluye en el viento”.
“Este es un libro de poemas de tono elegíaco, de pérdidas, tanto de un territorio geográfico como vital o sentimental. Pero, al mismo tiempo, lo son de recuperación de un mundo desaparecido y, por eso mismo, de la memoria y de cierta afirmación de la vida y la identidad, así como de una íntima celebración”, escribe el autor en la “Palabras finales”. Y añade, “Poesía, pues, como salvación”. La suya, sí, pero también la de quienes se acerque a leer, con natural empatía, estos poemas.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO. La fotografía es del propio autor. 


He llegado hasta aquí
Carlos Permanyer
Libros del Aire, Santander, 2024. 55 páginas. 15 €
 

2.2.22

Poesía canaria del paisaje


La Fundación Ortega Muñoz (con nuevo director, Javier González de Duranapublica un nueva entrega de su colección Voces sin tiempoHonda meditación de toda cosa. Poesía canaria del paisaje 1990-2020.

Sobre el libro

Se reúne en este volumen una selección de la obra de quince poetas canarios contemporáneos nacidos entre 1965 y 1980
(Melchor López, Juan Fuentes, Oswaldo Guerra Sánchez, Ricardo Hernández Bravo, María José Alemán Bastarrica, Alejandro Krawietz, Francisco León, Luis Lenz, Antonio Martín Sosa, Isidro Hernández, Bruno Mesa, Miguel Pérez Alvarado, Iván Cabrera Cartaya, Daniela Martín Hidalgo y Sergio Barreto) que han hecho de la vuelta al paisaje, esto es, de la reflexión del paisaje por medio de la palabra poética, uno de los ejes de su trabajo creativo.
En ellos se plasma no solo una visión poderosa y distintiva del espacio insular, sino la voluntad de recuperar una existencia verdaderamente humana, es decir, religada a las vibraciones esenciales y simples de nuestra vida. Y es que la presencia del paisaje en la poesía canaria —en la poesía hecha en Canarias— constituye algo más que un tema recurrente. Se trata más bien de una obsesión continuada y determinada por una profunda búsqueda trascendental.

Sobre los editores

Francisco León (Islas Canarias, 1970) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna y fue lector de español en la Universidad de la Bretaña Occidental (Brest, Francia). 
Ha publicado los libros de poemas Cartografía, Tiempo entero, Terraria, Dos mundos, Aspectos de una revelación, Heracles loco y otros poemas, que han sido compilados recientemente en Tiempo entero. Poesía reunida 1999-2016. Una muestra de su escritura diarística se recoge en el volumen Ábaco (Artemisa, 2005).
Ha editado la antología La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y la compilación de textos poéticos sobre Canarias El sueño de las Islas (Ediciones Idea, 2003). Ha sido incluido en antologías como Campo abierto. Antología 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005) o Poesía canaria actual (Ediciones Idea, 2010).

Jordi Doce (Gijón, 1967) Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctor en literatura comparada por la Universidad de Sheffield, ha publicado siete poemarios, el último de los cuales es No estábamos allí (Pre-Textos, 2016; mejor libro de poesía del año según El Cultural). Recientemente ha visto la luz la antología En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019.
Fue lector de español en las universidades de Sheffield (1993-1995) y Oxford (1997-2000), así como editor en la revista Letras Libres (2001-2004). Actualmente reside y trabaja en Madrid como traductor y coordinador de la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.
Codirige con el poeta Álvaro Valverde la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz.

Esta es la tarjeta que informa del acto de presentación del libro que tendrá lugar próximamente en La Laguna, Tenerife.



3.4.21

Los frutos imprevistos del asombro

José Saborit (Valencia, 1960) dibuja desde niño y en la actualidad es catedrático de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia, donde enseña desde 1985. Su carrera docente (en las aulas y fuera de ellas) ha sido intensa. Es, además, Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos.
Más allá, como pintor, ha realizado numerosas exposiciones colectivas e individuales y su obra figura en diferentes instituciones y colecciones privadas nacionales y extranjeras. Sus cuadros y dibujos son, por generalizar, figurativos y podrían encuadrarse dentro de lo que se conoce como “pintura del paisaje”. Es también autor de ensayos como La imagen publicitaria en televisión, El hígado de las estrellas, La construcción de la Naturaleza (con José L. Albelda), Retórica de la pintura (con Alberto Carrere), El sol del membrillo. Una película de Víctor Erice sobre el trabajo del pintor Antonio López y Formas de caminar (donde reunió una serie de columnas publicadas en el diario ABC). También es autor de textos para catálogos de artes plásticas, revistas y diarios y, junto a Manuel Ramírez, ha dirigido la colección de libros de arte y literatura Correspondencias (Pre-Textos-UPV).
Pero hay otra vertiente de Saborit que no conviene olvidar: la de poeta. En 2008 publicó su ópera prima: Flor de sal, libro al que han seguido La eternidad y un día, La misma savia (Premio Unicaja) y Carta al hijo.
No sé hasta qué punto estamos ante un pintor que escribe o ante un poeta que pinta. Sin descuidar al hombre que reflexiona, poco importa en qué campo. Después de leer Con los ojos de nadie, lo que este lector tiene claro es que Saborit es poeta. Quiero decir que si a alguien se le diese a leer este libro sin informarle de las otras facetas artísticas que cultiva, confirmaría lo que señalo. Y sin demora. Desde el primer poema. Se titula “Ahora”, está dedicado a la memoria de Agustín García Calvo (un poeta que vuelve) y su primera estrofa dice: “Porque el paso es efímero / y consuela nombrar / la hora que habitamos / se inventó la palabra / que intenta traducir / lo que no tiene nombre, / la palabra que muere / cuando se sustantiva / y se escribe «el ahora»”. Termina: “Ahora no es memoria. / Ahora no es potencia. // Ahora es sólo ahora, siempre ahora”.
Se aprecia de inmediato esa impronta meditativa que caracteriza la poesía de Saborit. La suya y, por extensión, la de un nutrido grupo de poetas, una suerte de nueva “escuela levantina”, a los que se nombra en el libro a través de las dedicatorias de los poemas y del volumen en sí, ofrecido a Lola Mascarell y a Antonio Cabrera. A estos nombres podemos sumar los, también citados, Vicente Gallego, Carlos Marzal, Juan Vicente Piqueras (al que dedica uno de los mejores poemas del conjunto: “Aquí, ahora”: “Llegamos hasta aquí / con los ojos cerrados”) o Antonio Moreno. Su maestro, está claro, también aparece en la lista y no es otro que el gran, éste sí, Francisco Brines.
Que estemos ante un poeta al que no sea preciso adjetivar no significa que el libro no sea el de alguien que ve el mundo a través de la mirada (palabra esencial) del pintor. Hay muestra de ello en no pocos poemas; así, “Blanco sobre blanco”, “El ojo gira”, “Lección del ojo”, “Ante una pintura”, “Del ver”, “Acuarela”, “Preguntas del ojo”, etc. Qué decir de “Pincelada taoísta”, dedicado a otra poeta del grupo valenciano: Susana Benet.
Antes, en la misma cubierta, donde aparece “La sombra”; para uno, el primer poema del libro.
No es sólo la mirada, se aprecia además en el cuidado por los detalles, por aquello que a cualquiera le podría pasar desapercibido, pero no a Saborit. Léase, por ejemplo, “Idilio”, unos versos sobre plantas y flores. O “Cristal roto”, donde reflexiona acerca de su oficio.
Y todo, claro, bajo la luz. La del Mediterráneo. Otra constante que da forma a las cosas, que, al iluminarlas, las hace aún más significantes.
En poemas como “Desvelo” el aire es levemente metafísico. O en “A lo lejos”.
“Pausa” y los tres poemas con el título “Caminar” (I, II y III) me recuerdan a Cabrera, otro feliz caminante: “¿hay otra levedad / más cierta que el andar?”. “Caminar es el ritmo que nos salva”.
La perplejidad está muy presente en esta poesía. Lo cotidiano no deja de sorprender a quien observa lo que le rodea con ojos nuevos, con una mirada atenta y penetrante. Como ocurre en “La casa de tu casa”: “¿Cómo hacerse una idea desde dentro?”.
La naturaleza es arte y parte de la poesía (y de la vida, dos términos inseparables) de Saborit. En “Traducción”, pongo por caso, otro poema logrado. O en el precioso “Ver el verde”.
La mujer (y el amor y el deseo) se deslizan con sutileza (nunca falta misterio en esta poética) en “A mano alzada”, “Cima” y “Regresos”.
“Viaje” nos lleva a los olores y a la infancia. Como “Barro”: “Después de tanto andar / la infancia se hizo barro en la memoria”.
“Columnas de humo” define a la perfección la mencionada poética, una mezcla de mirada, emoción y pensamiento. La que, por cierto, se refleja en “Versos”.
En “Sombras” brilla la amistad. En “Autorretrato”, el camino machadiano. En “Concéntrico” (que dedica a los Pre-Textos), el verano. En “Brasas”, la nostalgia agosteña del fuego. Una mediterraneidad que no cesa. En “Vencejos”, por fin, vuela de nuevo el espíritu aéreo e inmortal de Antonio Cabrera.
“Edad”, dedicado a Brines, recoge a la perfección la lección aprendida del maestro: “Nada tienes que hacer, sólo dejarte, / persistir a la espera en abandono, / con los ojos abiertos y sin prisa, / sentir cómo se encienden los minutos, / cómo llena tus manos, ya desnudas, / los frutos imprevistos del asombro”.
“Desaparición” cierra este libro singular y muy hermoso. Empieza: “Me esfumo, me evaporo en cuanto escribo”. Paradójicamente, añade: “No hay nada que conozca, / nada de lo que yo pueda dar cuenta”. Luego concluye: “Yo es ahora un extraño”.
 
Con los ojos de nadie
José Saborit
Pre-Textos, Valencia, 2021. 70 páginas. 15 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

28.2.21

López Andrada lee "Porque olvido"


Diario de la naturalidad

 
Alejandro López Andrada
 
No está muy de moda hoy en nuestras letras la naturalidad, ese modo de escribir como si quien lo hace estuviese respirando y lo dibujase todo sin esfuerzo. Es algo que no se suele valorar. La gente, la mayoría de los lectores, confunden la sencillez con la memez, la naturalidad con la simplonería. Lo vemos a diario en libros de versos y en novelas que parecen escritos por adolescentes y son, sin embargo, muy ensalzados por la crítica. Afortunadamente hay escritores que apuestan aún por la gran literatura ofreciendo al lector obras hermosas y atractivas, escritas con pulso lumínico, certero, usando un lenguaje sencillo y natural, como el de estos diarios escritos por Álvaro Valverde, un escritor genuino como pocos.
Desde hace unas décadas ya, el autor cacereño (Plasencia, 1959) ha venido ofreciéndonos poemarios y novelas de una calidad literaria insoslayable. De su sólida trayectoria, entresacaríamos títulos en poesía como Una oculta razón (Visor, 1991), poemario que obtuvo el prestigioso premio Loewe, Ensayando círculos (Tusquets, 1995) y su reciente El cuarto del siroco (Tusquets, 2018). En narrativa, destacan sus novelas Las murallas del tiempo (Algaida, 2000), finalista del Premio Café Gijón, y Alguien que no existe (Seix Barral, 2005). También ha editado un libro de viajes, Lejos de aquí, (De la luna libros, 2004) y el volumen de artículos
El lector invisible (Editora Regional de Extremadura, 2001). Publicado también por la Editora Regional, aparece este hermoso volumen de diarios, en el que Álvaro Valverde nos regala un armonioso tapiz de escenas íntimas, de experiencias viajeras y asuntos personales, que el lector agradece, pues, no en balde, la materia literaria y poética que fluye en cada página se nos muestra a los ojos con naturalidad, con delicada y pasmosa sencillez: «En Plasencia, las flores de las mimosas están a punto de brotar. En Baleares, un almendro está dispuesto a florecer (si no lo ha hecho ya). En dos días, ay, estamos sudando de nuevo. Nunca he amado tanto el frío como ahora» (pág. 79). Deliciosos fragmentos, como el anterior, se van engarzando a lo largo y ancho del volumen de una manera diáfana, sublime, como si en el libro estuviera entrando el sol y saliendo a la vez por cada resquicio de sus páginas con una delicadeza cristalina.
Lo que Valverde cuenta en sus diarios aparentemente puede parecer banal; pero sucede todo lo contrario, pues en cada línea, en cada fragmento de este libro, fulgura la calidez de un escritor que nos muestra su mundo, la naturaleza de su ámbito, con una elegancia y una ternura que conmueven. Y además nos sorprende, al mismo tiempo, la textura de un lenguaje poético, cálido, emotivo, que nos hace sentirnos dentro del autor cada vez que nos habla de las desapariciones de amigos queridos, de vecinos y familiares, cuya muerte deja un reguero luminoso de melancolía, de inevitable ausencia, en quienes nos adentramos en su discurso. Escritores importantes que nos dejaron no hace mucho, como Antonio Cabrera, Ángel Campos Pámpano y José Antonio Gabriel y Galán, quedan inmortalizados, redivivos, entre las cálidas páginas de este libro, sintiéndolos de este modo aún más cercanos.
Libro de viajes y de pérdidas, de encuentros, de conversaciones emotivas, de paisajes encofrados entre las pupilas del autor que, sentimos y creemos pisar, mientras los leemos, apropiándonos de sus cielos y de sus aires: «Esta tarde, a la hora de la siesta, croaban las ranas a la orilla del río que daba gusto oírlas. Eso me llevó a recordar mi infancia» (pág. 141). Ahí en ese instante emotivo de una tarde a la orilla de un río uno encuentra sus raíces, la melodía sutil de su niñez. Y en esos momentos deliciosos de esta obra, de estos diarios sensibles, sobrios, austeros, hallamos la luz mejor de la poesía, la calidad narrativa de un poeta que sabe comunicar lo que ha vivido como en su día lo hicieron los más grandes, Fernando Pessoa, Benjamin o Pavese.
El autor cacereño muestra en este libro, en este inefable volumen de diarios, un hermoso retablo de la naturalidad, un manojo de páginas cálidas, sensibles, donde el lector encuentra el resplandor de las cosas sencillas, esenciales, que no pasan: el vuelo de un pájaro, la ausencia de un amigo, el olor matinal y emotivo de un café, el retrato del campo durante un viaje en automóvil, pequeños detalles que sustancian cualquier vida, como la del escritor Álvaro Valverde, un novelista y poeta imprescindible.

Nota: Esta reseña se ha publicado en Cuadernos del Sur. Diario de Córdoba, 27 de febrero de 2021

16.9.20

Carlos Alcorta lee "Porque olvido"



    Todo diario es una lucha contra el olvido. Dejar constancia no solo de lo sucedido día tras día, sino de los pensamientos que han suscitado determinados acontecimientos, es una labor ardua, propia solo de quienes poseen la virtud de la perseverancia —en realidad, también son proclives a llevar un diario ciertos ególatras que viven en la certeza de que cualquier cosa que (se) les ocurra es digna de ser contada, pero este no es, evidentemente, el caso— y de quienes tienen la experiencia y el oficio necesarios para saber contarlo, porque, al menos en el caso que nos ocupa, la vocación de estas anotaciones no fue la de quedarse en el anonimato, sino la de ver la luz con la suficiente inmediatez como para que los hechos narrados pudieran ser, cuando de actos públicos se trataba, constatados y contados sin los filtros que pone a disposición del escritor la memoria. Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) nos dice que fue «incapaz de mantener un diario con la debida asiduidad y la obligada exigencia hasta que el 2 de mayo de 2005 [inició] la publicación de un blog en Internet». Ese blog que echó a andar hace ahora ya quince años es el origen de este Porque olvido, título que procede de un verso del primer libro de nuestro autor, Territorio. Valverde nos informa además de que, a la hora de publicar estas anotaciones por métodos tradicionales, es decir, en el formato de libro impreso, apenas ha corregido nada: «Alguna errata, ciertas frases, varios nombres…», aunque también nos avisa de que dicha publicación no reproduce con exactitud lo escrito en el blog: «He dejado fuera todo aquello que queda al margen de lo, digamos, más personal […] Se trata, ya se dijo, de una muestra selectiva» y en esa muestra caben un sinfín de posibilidades, desde las lógicas reservas que provoca un  empeño como este, que requiere una fidelidad y una constancia admirables: «¿Seré capaz de llevar el diario que nunca fui capaz de llevar?», se pregunta Álvaro Valverde al inicio de estas páginas. Ahora sabemos que sí, que esa obligación autoimpuesta de dotar de contenido al blog, con el paso del tiempo, fue conformando un corpus de notable envergadura. En ese corpus tienen cabida, como objetos en el tinglado de un chamarilero, toda clase de comentarios, desde los que suscita la lectura de un libro —son muchos los que desfilan por estas páginas: Marca de agua, de Brodsky, por ejemplo— a los que surgen a partir de un viaje, sea al remoto país del pasado o a algún otro lugar más cercano tanto en el tiempo como en el espacio. Así, el viejo molino con su mastín, al que teme no regresar, el Cementerio Alemán de Yuste, Salamanca —el café Novelty—, Gijón —el Dindurra—, Monfrague y, por supuesto, Plasencia. Otra cosa son los viajes por motivos estrictamente laborales, la cantidad enorme de horas pasadas con las manos al volante, horas que dan para una meditación y una observación, alimentarán posteriormente las páginas de su diario. Como es lógico, en las entradas de este diario —de lo contrario, sería un dietario— abundan las reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre las veleidades del éxito, sobre política o sobre los aspectos más comunes de la cotidianidad, como esta, escrita con cierta ironía: «A estas alturas de mi vida, su hay algo que no soporto son los malos modos. O la falta de buenos modales», que comparto a pie juntillas.
     No falta en estas cuatrocientas páginas la trágica enumeración de amigos que se va llevando el río del tiempo. Fernando Pérez, director de la Editora Regional; BV Carande, Julián Marías, Gloria Castelao Villanueva, su mecánico, un compañero en labores profesionales como Tomás García Verdejo, el pintor Francisco Palazuelo, el poeta Ángel González, el poeta Antonio Cabrera o el también poeta y amigo íntimo de Álvaro, Ángel Campos Pámpano («le admiré siempre como agitador cultural, sí, pero más como poeta») y un largo etcétera que con su desaparición dan fe de vida a quien escribe y a quien lo lee. «Bien sabemos —afirma Valverde—que la vida es una línea sucesiva de renuncias, una reunión de derrotas». Los actos públicos, casi siempre relacionados con asuntos culturales, ocupan también su buena porción de espacio. Actos que son descritos con la minuciosidad propia de quien observa desde un lugar privilegiado, no solo resumiendo las aportaciones discursivas de los anfitriones, sino haciendo alusión a todos aquellos asistentes con los que mantiene alguna relación ya sea profesional, de admiración o amistosa, y es que Álvaro Valverde hace gala de una amistad inquebrantable a lo largo de los años a ciertos amigos como Gonzalo Hidalgo Bayal, Miguel Ángel Lama o Jordi Doce, por citar solo unos pocos. No escatima tampoco opiniones sobre la poesía — «Mi poesía es como yo, solitaria. Busca en la naturaleza, sobre todo, la soledad. Es el perfecto ámbito del retiro, ese asunto tan extremeño» y es que la naturaleza es considerada por nuestro autor el ámbito perfecto para sentir con plenitud el rumor de la existencia: «Me gusta frecuentarla para dar paseos. Visitarla para leer y, cómo no, para descansar», escribe— y los poetas —«Siento una debilidad por los poetas y novelistas por antonomasia; por los que se autoproclaman genios incomprendidos en su negra provincia de Flaubert; por los independientes que, eso sí, publican sus libros gracias a las subvenciones públicas de ayuntamientos, diputaciones y autonomías…..». Más adelante, renueva sus debilidades: «Siento debilidad por los poetas que se compran camisas en Katmandú; por los feroces y del extremo que posan con traje de chaqueta y corbata…, por los marginales y libertarios que ganan becas y ayudas de la Administración…; siento, en fin, debilidad por los poetas de “lengua radical”, cuya poesía no radica precisamente en la lengua». Como se ve, en esta enumeración irónica, no deja títere con cabeza, porque, si nos atenemos a los distintos grupos que conforman sus debilidades, prácticamente abarcan el espectro poético de nuestros lares, aunque, a veces, la prudencia le aconseja administrar la beligerancia y mantenerla a raya, en una especie de limbo escrito: «Como escribir tiene algo de terapéutico, a veces basta con expresar tal o cual opinión para quedarse a gusto. Publicarlo ya es otro asunto. Más delicado. El silencio es un arma poderosa. A veces, más que la palabra». El volumen está también plagado de aforismos, no propiamente dichos, sino entresacados de sus enjundiosas reflexiones. Y es que «La poesía no es complicada, es compleja, como la vida». Como digo, son cuatrocientas páginas plagadas de hechos minúsculos pero relevantes en su vida, de anécdotas y circunstancias de carácter más social, pero que intervienen también en la formación del carácter del escritor, de impresiones y opiniones y ,sobre todo, de una atmósfera poética muy similar a la envuelve su poesía, quizá porque, en el caso de Álvaro Valverde, no exista mucha distinción entre los géneros literarios se enfrente a cualquiera de ellos con idéntico ánimo, con idéntico rigor, ese que nos hace adentrarnos a sus lectores en sus páginas sabiendo que vamos a encontrar fragmentos de la vida de un hombre descritos con mesura, con sobriedad y con las gotas exactas de pura esencia poética.

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.

16.6.20

Fermín Herrero lee "Porque olvido"


Es una suerte inmensa para aquellos, como él, «analógicos irredentos», incapaces de disfrutar de las letras en la pantalla con aprovechamiento, y para los apasionados de la literatura, a los que ahora pomposamente se llama letraheridos, que Álvaro Valverde, sin ningún lugar a dudas uno de los poetas de referencia de la poesía actual en español, se haya decidido a desbrozar su blog, igualmente ineludible para todo aquel que quiera estar al tanto del panorama lírico y aun de la poesía en general, para publicar en papel aquellas entradas que ha juzgado idóneas para asignarlas al versátil subgénero del diario. Ha hecho bien, además, en decidirse a entregarnos esta selección puesto que sospecho que en el fondo, como confiesa en la introducción del volumen, se decidió a abrir su blog, bitácora o libro de vario asiento, aunque dude, tal vez un poco por coquetería intelectual, de si «la aventura merece la pena», por la ilusión cumplida de que al fin hubiese encontrado un recipiente idóneo para contener, y obligarse a sí mismo por consiguiente, a llevar un diario, una oportunidad para vencer su pereza, por falta de constancia y de hábito, que no ha desaprovechado.
Porque olvido es, pues, fruto de la escarda, sobre todo de recensiones y de artículos de crítica literaria, de lo puramente literario en suma, y del espigueo de aquellos apuntamientos del blog que atañen, a grandes rasgos, a lo personal, porque creo que tampoco en el blog que muestra en internet tienen cabida apenas ni lo íntimo ni lo privado. De hecho, en el libro insinúa por partida doble que lleva a tal efecto, en paralelo, una especie de blog secreto, que naturalmente no va a airear. Me he acordado al leerlo, por la parte hiperbólica, del caso casi enfermizo del matrimonio Tolstói y de los múltiples diarios, algunos bajo llave o escondidos, que llevaban ambos cónyuges.
En este sentido, el deslinde entre lo privado y lo público por un lado, y entre lo íntimo y lo literario por otro, es una de las cuestiones que suscita el libro y que afecta de lleno a la naturaleza del subgénero diarístico en sí, en cuyas características no entraremos aquí por exceder nuestras intenciones pero que surgen durante su lectura, en particular la del sucinto prefacio del propio autor, titulado «Solvitur ambulando», el lema que figura como frontispicio del blog, una receta que al parecer le prescribió «el viajero Patrick Leigh Fermor al trotamundos Bruce Chatwin» y que se aplica a él mismo, pues no en vano es un caminante curtido casi a diario en paseos solitarios, un tanto ariscos incluso, tanto campestres, por los alrededores del molino tutelar, la «parte sustancial» de su territorio poético, esto es, de su mundo, como urbanos, por su Plasencia natal, tanto largos, de varias horas, como cortos, según su estimación, pues serían más o menos de cinco kilómetros. Está claro que Valverde pertenece a la nutrida estirpe de los escritores andariegos, que van de Basho a Walser, por citar dos extremos, o, en su caso, de Claudio Rodríguez a Antonio Machado, autores de poemas andados que son dos de sus faros líricos.
Como decía, el prólogo y la primera entrada dan pie para reflexionar sobre los rasgos genéricos, entre lo épico y lo didáctico, del diario, tan difusos, en los que no vamos a profundizar. De la amplísima taxonomía diarística en España, y eso que era una modalidad casi inédita por nuestros lares hasta hace poco —no como en otros países occidentales, Inglaterra y Francia sobre todo, con referentes fundamentales que irían de Renard a Léautaud, de Bloy a Gide— han escrito con mucha solvencia Anna Caballé y Laura Freixas, autora ella misma de uno muy peculiar. De hecho, a veces se cita a autores ya del siglo XX como Rosa Chacel o Josep Pla como antecedentes de la eclosión actual a lomos de la moda de la autoficción narrativa, a buen seguro multiplicada pronto por el confinamiento pandémico, de una heterogeneidad amplísima, de Jiménez Lozano a Trapiello, los más sustanciales a mi juicio de entre los que conozco, de Luna Borge a Sánchez-Ostiz, de Iñaki Uriarte a Roger Wolfe, por nombrar alguno de los que me vienen ahora a la cabeza. Recientemente recuerdo los del crítico dramático Marcos Ordóñez o del novelista Miguel Ángel Hernández. Valverde, que se incorpora con todas las de la ley a la nómina de esta nueva tradición tan fecunda en nuestra literatura hodierna, cita los no menos espléndidos —adjetivo que tomo de Santiago Castelo— de tres autores que me resultan también tan queridos: Luis Javier MorenoJosé Antonio Gabriel y Galán y José Carlos Llop.
En cuanto a la diferencia, aspecto igualmente harto interesante, entre el diario propiamente dicho y el blog, rincón particular, concebido en su caso más bien como un cajón de sastre, por sintetizar, un poco a la buena de Dios, su delimitación, diría que éste tiene una inmediatez de la que carece el diario literario, que con frecuencia se retoca e incluso elabora con posterioridad, a partir de las notas tomadas, muchas veces a vuelapluma, en el momento: pensemos en los citados Trapiello y Jiménez Lozano. Seguramente por eso señala Valverde que no ha corregido prácticamente nada de lo aparecido en pantalla. Ofrece, eso sí, en este orden de cosas, la posibilidad de acudir a la fuente para completar información mediante un enlace. Por lo demás, él mismo confiesa, al aclarar de inicio algunas de estas cuestiones textuales, su contumaz afición a los diarios de toda laya y condición, no sé si, como me sucede a mí como lector, por la libertad absoluta que proporcionan sus fronteras permeables en cuanto a su contenido y la posibilidad de acceder a zonas vedadas a otros géneros. En mi caso, la incorregible propensión vence siempre a la mala conciencia de cierto voyeurismo vergonzoso de la vida de los otros.
Ahora bien, semejantes disquisiciones y elucubraciones genéricas son de todo punto ociosas y prescindibles por completo para el lector, así que vayamos a la materia del libro. Como resumen apresurado de su contenido, me he acordado de aquello que se dice le pidieron en su día Villaespesa y Rubén Darío a Juan Ramón Jiménez: que abandonase su blanco retiro moguereño para ir a Madrid a luchar por la poesía modernista. Desde el principio queda claro que Valverde se ha entregado a esa misma guerra, siempre perdida, desde que se conjurara con Campos Pámpano, los Lama y Feria, bajo la orientación inicial de Felipe Núñez, para «modernizar y poner en hora» la literatura extremeña y «acabar de una vez por todas con la cerrazón y el anacronismo». Y a fe que esa regeneración cultural fraguada en un compromiso firme y constante con su tierra se ha logrado. No cabe sino ponderar esa labor a través de las Aulas de Cultura, los Planes de Fomento de la Lectura o la Editora Regional, cuyos frutos son evidentes: bastaría constatar la pléyade de escritores, en particular poetas, surgida en los últimos años en Extremadura, notable en cuanto a calidad y cantidad, muy por encima y sin parangón en el resto de España, a mi juicio como consecuencia de este empeño, del entusiasmo sin tregua por la literatura de verdad y por su enseñanza, difusión y contagio.
Pero esa defensa cerrada de lo literario, de la poesía como pasión, quizá vicio a mayores, y vida («Defensa de la poesía» se titulaba una charla que ofreció en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca), conlleva y acarrea trajines múltiples y sinsabores varios. Aun así, conociendo a la perfección el percal de la negra provincia de Flaubert y del conjunto del país, de la triste condición de los poetas, genios siempre incomprendidos y amarrados a modo trepa al resbaladizo escalafón, sometidos a la vanidad y por tanto sobornables a bajo precio, siente debilidad por todos ellos, y se muestra comprensivo a la manera estoica con sus miserables y ridículos pecados. Por eso acude a donde lo llaman, a actos, clubes de lectura, coloquios, mesas redondas o presentaciones, siendo, por timidez o por alergia al trato y conversación, poco proclive a semejantes tiberios. Cumple siempre, a debida distancia, sintagma que dio título a uno de sus libros y repite varias veces como indicador de sus prevenciones, pese a proclamarse huidizo («Desaparecí. Según costumbre»), de ahí que tenga fama de escapista («hacer un Valverde», al decir de Jordi Doce). Se aplica a rajatabla, en este sentido, el lema de Ferrater: «Diré lo que me huye. Nada diré de mí», en efecto no hay en las cuatrocientas páginas de la recopilación ni rastro de la viscosa baba del yo, en relación con lo dicho de la ausencia de intimidad.
La enojosa brega en actos sociales o con autoridades (como dice en un poema de circunstancias cum mica salis en honor de Santiago Antón: «Los dos hemos bregado/ con poetas, artistas y políticos») no le impide centrarse en la lectura por sobre todas las cosas. Aquí sólo se mencionan, al hilo, algunas, pues ha eliminado como dijimos recensiones y comentarios críticos, pero su amplitud impresiona, se arrima al cobijo seguro de HeaneyBrodsky o Zagajewski, o de forma en cierto modo sorprendente de Lanza del Vasto o Askildsen, da buena cuenta de los clásicos y de sus maestros del cincuenta y anteriores, pero también se ocupa de poetas jóvenes. De la misma manera, ya que he nombrado a dos premios Nobel y a otro que debería serlo, el amor por su tierra, «escondrijo, acechadero», sus pueblos, el paisaje y el paisanaje, por los últimos estertores de una civilización campesina, que recorre repetidas veces al volante por carreteras secundarias, otra de las cifras de su poesía, así como por lugares emblemáticos: Yuste y el cercano Cementerio Alemán o su Plasencia del alma, sus Plasencias, para ser más exacto, para bien y para mal, «odi et amo», a ver qué remedio, no obsta para una visión universalista en la línea del adagio de Torga: «Lo universal es lo local sin paredes».
Son multitud, claro, los motivos colaterales que asoman por los apuntamientos, desde tipos y escenas costumbristas hasta digresiones sobre los cafés y su idiosincrasia o la dispar tipificación de las piscinas naturales y públicas; de la evocación de cantantes de su juventud a remembranzas agridulces de su niñez; de sucedidos familiares, tratados con discreción y pudor, o personales, por los que pasa de puntillas, así su destitución de la ERE, a viajes en auto por toda la geografía patria y algo de su amado Portugal, con mucha frecuencia a Conil, Gijón y Salamanca; desde incursiones en la escultura, la pintura, la música o el cine, las menos, a las bromas sobre el baldón agropecuario que le han caído a sus poemas o el provincial igual de anticuado, sambenito de sus novelas; desde las diversas y acogedoras librerías a su admirable vocación de maestro de escuela, base, me imagino, de su dedicación a tiempo completo a la difusión de lo poético.
El tono del libro de este «solitario empedernido», que es seguramente muestra y retrato de su carácter y de sus adentros, se me antoja el de su poesía «por libre», en acepción de Juan de Mairena original por vía de la tradición, que no novedosa, y viene determinado por el sugerente cuadro de la portada, Melancholia, del pintor finisecular Charles Corbet. «Soy más melancólico que nostálgico», aclara el propio autor, pero no sé si hay una cosa sin la otra; bueno, acaso sí en Cervantes y por esa vía suavemente melancólica, con una gravedad cierta pero asordinada, proceda Valverde. A este respecto, cabe recalcar la presencia abrumadora de la muerte, la abundancia de notas necrológicas, de obituarios como homenaje, plenos de gratitud, de conocidos, de familiares y de una larga lista de escritores. De hecho las dos últimas anotaciones, sobre el gran poeta Antonio Cabrera y el gran editor y narrador Julián Rodríguez, lo son. Y sobre todo el libro gravita la figura de su cómplice mayor: Ángel Campos Pámpano. Esta propensión, conjeturo, tal vez emane, en palabras del escritor, de los «efectos colaterales de la melancolía, por decirlo con Jean Clair».
En suma, Porque olvido destila un «fervor por los versos», como él mismo señala con ese sustantivo que lleva directamente a sus admirados Borges y Zagajewski; una defensa a ultranza, en todos los ámbitos, de la poesía, sea vertical u horizontal; de la literatura sentida al modo tradicional en el más amplio sentido de la palabra. No es de extrañar que se cite en varias ocasiones a Steiner y su idea de Europa, pues la literatura tomada así es el humus y sostén de una cultura, la nuestra, la occidental, de una civilización amenazada por la barbarie y la frívola banalidad representada en el terreno lírico, bajemos por ejemplo al barro del cuadrilátero internauta, por la para, sub, infra poesía que Valverde, en nombre de la inmensa minoría, viene combatiendo quijotescamente por los medios. Y siempre con la misma prosa limpia, con la misma claridad y precisión de estilo, cada vez más machadiano, como evidencia su parco confidente habitual, al tiempo maestro, ejemplo y amigo, el también placentino Gonzalo Hidalgo Bayal, de su poesía y su narrativa.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista El Cuaderno

7.6.20

Las memorias de J. A. Masoliver

Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) es conocido, sobre todo, como crítico literario. Desde hace cuarenta años, del suplemento Cultura/s del periódico barcelonés La Vanguardia. Es, además, poeta (tardío, publicó su primer libro con cuarenta y siete años, y uno de los más singulares de nuestro panorama), narrador, traductor y ensayista.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y tras trabajar como lector en Italia, Inglaterra e Irlanda, se asentó finalmente en Londres, donde fue catedrático de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Westminster. Ya de vuelta a España, hace quince años, ejerció como profesor del Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. 

Como poeta ha publicado Poesía reunida (donde estaban libros como El jardín aciagoLa casa de la malezaEn el bosque de Celia y Los espejos del mar), La memoria sin treguaSòniaParaísos a ciegas y La negación de la luz, que es la parte de su obra que he leído. Todos estos libros están en el prestigioso catálogo de Acantilado. También lo sustancial de su obra narrativa y ensayística: La puerta del inglésVoces contemporáneas (un panorama de los últimos treinta años de narrativa española en castellano), La noche de la conspiración de la pólvoraLa calle FontanillsEl ciego en la ventana. Monotonías sus particulares aforismos o tonismos) y La inocencia lesionada. Habría que añadir Retiro lo escrito, Beatriz Miami y La sombra del triángulo, publicados por Anagrama, así como la antología Los cuentos que cuentan, en colaboración con Fernando Valls.

Ha traducido, entre otros, a Cesare Pavese, Carson McCullers, Djuna Barnes y Vladimir Nabokov.

La profesora Ana Casas sostiene que su obra narrativa “se inserta en la órbita de la autoficción biográfica al mezclar de manera deliberada materiales pertenecientes a la vida «real» del escritor con otros inventados”, de ahí que en no pocas ocasiones se refiera a esas novelas en las páginas de sus memorias, las que publica también Acantilado bajo el título Desde mi celda. “Si titulo estas memorias Desde mi celda es porque, si bien es cierto que he vivido agitadamente tantas y tantas etapas de mi vida, a mi regreso de Londres, la ciudad que me ha hecho, he decidido recluirme como un aristócrata o un ácrata jubilado, para empezar una vida de reflexión y contemplación. Contemplo el cielo de innumerables luces adornado, como Fray Luis de León, y me recluyo en mi celda—en este caso mi casa en El Masnou—como hizo Gustavo Adolfo Bécquer”. En El Masnou, en efecto, empezó todo.

El libro comienza con estas palabras: “Desde muy pequeño me fascinaban las letras, la tinta, el papel. El papel en blanco y la posibilidad de llenarlo de letras. Nunca de dibujos. Yo no sabía dibujar. Yo sabía escribir”. Más adelante leemos: “Nunca he pretendido ser escritor. Yo quería escribir. Y es lo que he querido siempre. Y nunca me he considerado escritor, aunque al ir publicando libros te convierten en uno de ellos. Por eso estas memorias no quieren ser las memorias de un escritor. No están dirigidas a mí ni a nadie. Lo que quiero es escribir, y del mismo modo que empecé a aprender solfeo, después de traducir, escribir reseñas, artículos, ensayos, cuentos, novelas y poemas, he decidido escribir estas memorias”. Y aclara: “Unas memorias no están jamás acabadas ni son completas nunca”.

En una entrevista concedida a su periódico, comenta a Núria Escur que quiere que sus memorias se lean como se lee la ficción. “Aspiro a que sean prodigiosas no por lo que haya en ellas de real (¿qué es eso?) sino, como ocurre en las Crónicas de Indias, por cómo lo han contado”. Por eso, cabe anotar, el lenguaje ha sido la prioridad a la hora de escribirlas, lo que aprecia el lector a medida que avanza.

“Mi vida no es más interesante que otras, pero es el testimonio de un ser humano que, sin necesidad de haber vivido grandes aventuras, concibe la vida como una aventura, porque lo es desde el momento mismo en que nacemos”, escribe. Sí, “cada vida es irrepetible”. Y cada libro de memorias lo es a su manera, como los de diarios. Masoliver opta por un relato un tanto caótico, el que se produce al ir escribiendo sin brújula o sin un plan del todo preconcebido, donde nunca figuran las fechas, si bien se mantiene, siquiera en precario, un hilo temporal que va desde la infancia hasta la vejez. O, mejor, desde el pasado hasta el presente. “Y si yo ahora cuento libremente, ¿se me entenderá? Porque la escritura es, esencialmente, comunicación”. Se le entiende. 

Porque “nuestras vidas están condicionadas por los espacios en los que hemos vivido”, pronto cuenta que aunque nació “en una clínica del (...) del barrio de Gràcia (...), la realidad es que durante la guerra civil mi padre había sido enfermero y en El Masnou encontró la casa de la carretera de Teyá, donde posiblemente fui a vivir yo recién nacido”. Luego, a los nueve años, “me fui a vivir con mis abuelos paternos al piso de Rambla de Cataluña, y en El Masnou me convertí en un veraneante, o sea, en un niño pijo”. Se fue más tarde a vivir con su tío Juan Ramón a Vallençana. Aquí descubrió la naturaleza y “el encanto de la soledad”, explica. Después, Italia: “Si el mes y pico en Perugia me sirvió para apreciar intensamente qué significaba vivir lejos de la opresión del franquismo, el año de lector en la Universidad de Génova me ayudó a tomar la decisión de no vivir en España ni en Barcelona. Me convertí en un apátrida y un apatriota. Llegaron más adelante París, Londres (“donde—con la excepción de dos años que pasé en el Trinity College de Dublín—viví cuarenta años”), México, Buenos Aires... Y las escalas en Altea o Formentor. Y siempre El Masnou. “Todos estos lugares (...) me han marcado profundamente y me han convertido en la persona «diferente» que soy para muchos, y la suma de todo ellos es la que ha de marcar estas memorias”. “Uno no sólo vive donde vive —leemos— sino también en lo que ve”. “Creer en patrias, y a mi edad, sería trágico”, le dijo una vez Masoliver al periodista Ferran Bono.

En El Masnou, dije, empezó todo. En la casa de la carretera de Teyá y en su jardín. Con los insectos. En contacto con los vecinos, por más que ellos fueran forasteros “castellanohablantes”. Con el padre, un elegante abogado de origen aragonés y anglófilo declarado, y la madre, de origen rural (“Sus ataques de histeria me marcaron para siempre”). Con los hermanos: Bartolo, Nito, María Luisa (muerta prematuramente), Carmen... “Personas cultas en un pueblo ajeno a la cultura”.

Ya en Barcelona, en el piso de Rambla de Cataluña, convivió con sus abuelos (ella, la “generala”; con él, paseaba) y su tío Juan Ramón, periodista (corresponsal de La Vanguardia en el extranjero), crítico literario y de arte, amén de traductor. Fundador de la revista Destino y de los Premios de la Crítica. Una persona fundamental en su vida.

Cuenta en sus memorias, cómo no, sus años barceloneses como estudiante, nunca bueno, según él. Su paso por la universidad. Habla de sus amigos (Luis Maristany, Mario Páez) y de sus amigas. Y de sus profesores: Martín de Riquer, Blecua, Vilanova... No podemos dejar de citar a Carlos Clavería que le facilitó un lectorado en el King's College, primero, y la jefatura de estudios del Instituto de España, después, ambos en su etapa londinense.

Hay muchas líneas dedicadas a escritores, casi siempre amigos. Del lado ultramarino: Octavio Paz, Cabrera Infante, Augusto Tito Monterroso y su mujer Bárbara Jacobs, Antonio Cisneros, Sergio Pitol, Eugenio Montejo, Pedro Serrano, Alberto Girri, Ricardo Piglia... Del lado español: Vila-Matas, Clara Janés, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, los “biednamitas” (su preferido, Carlos Barral), Mercedes Monmany y César Antonio Molina, Sánchez Robayna, Ana María Matute, la familia Panero, Jordi Doce, José María Micó (con el que comparte vocación italianista), Sergio Vila-Sanjuán (su jefe en el suplemento), algunos sevillanos (Linares, Ortiz) y catalanes (en catalán): Vinyoli o Gabriel Ferrater.

Aunque escriba “yo no quiero ajustar nada” y manifieste su intención de “escribir estas memorias sin prejuicios, sin intención de ofender pero sin por ello negar el rencor, más cercano a la verdad que el halago”, hay algunos desquites. El más contundente e inmisericorde contra el crítico y editor Ignacio Echevarría. Tampoco salen muy bien parados José Emilio Pacheco, Juan Villoro, Gabriel García Márquez, Aurelio Asiain, Toni Marí o Beatriz de Moura...

Secundarios, pero personajes de la obra, sus hijos: Yashin, Ilya y Daniel. Más importante es la presencia de sus mujeres. Con las que se casó (y de las que se divorció, un asunto sobre el que reflexiona), quiero decir: Chandra, Celia y Sònia, la actual, a quien dedica páginas emotivas. Tampoco escatima elogios para la primera.

Entre sus obsesiones (o sus intereses), el sexo (con abuso de menores incluido, pero sin olvidar su “tetofilia” u otras aficiones más satisfactorias e interesantes), la bebida (ha sido un gran bebedor, como los de su quinta literaria, por más que él abomine de las clasificaciones generacionales), la enseñanza (de la que saca lecciones a tener en cuenta), el tenis (y el boxeo, cuando joven), los hoteles, la caligrafía, las enfermedades y su “relación con los médicos” (a los hipocondriacos, como él, los enviaría al psicólogo), el cuerpo (el suyo, alto y delgado), los relojes...

Gran viajero, la de Masoliver no deja de ser la historia de una huida. Hasta el final, o casi. A la vuelta a El Masnou, tantas veces mencionado, dedica una parte sustancial de estas memorias. Porque es mucho más que un lugar. En ese espacio concreto, construido más que nada de recuerdos, se cifra la verdad de una existencia. 

“Era y quiero ser una buena persona”, dice, y “Nunca fui feliz. Mejor dicho, nunca creí demasiado en la felicidad”. “Algo me salvó”, concluye: “Me gustaba escribir”. 

Si por algo se caracterizan estas memorias es por el peculiar sentido del humor de su autor. Baste como muestra este ejemplo. Cito: “Basta. Interrumpo la escritura. Otra vez un mensajero con más libros. ¿Por qué se escribe tanto, se publica todavía más y se lee tan poco? Ellos son los responsables de mis digresiones. ¿Y por qué tanto escritor desconocido por mí me dedica su libro siempre con admiración, amistad y un gran abrazo?”

Me han gustado especialmente las consideraciones de Masoliver sobre el ejercicio de la crítica. Abundan. El crítico “tiene que dirigirse a los lectores, no a los autores”, escribe. Lo considera un “autodidacta”. No debe ser “justiciero”. Recomienda a los muy exigentes que intenten escribir una novela “para entender las dificultades con las que se enfrenta todo escritor”. Cree que “hay que respetar al lector”. Que “a quien lee la reseña lo que le interesa es cómo escribe el crítico”. Que “es bueno ser crítico, pero la crítica no tiene que ser negativa o corrosiva más que cuando es necesario que así sea”. 

También dedica algún párrafo a la escritura (que para él, apasionado lector, va unida a la lectura), clave de bóveda de estas memorias. Y a los premios literarios y los jurados. “¿Hay trampa al premiar al amigo?”, se pregunta. Y responde: “Un lector exigente tiene amigos exigentes”. 

Da a entender que este libro cierra un ciclo, si no de vida sí de escritura: “voy a dejar de escribir definitivamente”. No ha terminado de decirlo cuando explica que la poesía “está siempre al acecho”. En la entrevista a Escur se informa de que tiene un libro de poemas y otro de tonismos terminados y el propio autor desvela en este libro que tiene un par de novelas inéditas. No doy mucho crédito, pues, a la tajante decisión de abandonar lo que ha sido, ya se lee, la verdadera razón de esta incesante huida.

Desde mi celda termina con un poema. Nada extraño en quien se considera ante todo y por encima de todo poeta. Dedicado a Sònia (la escritora Sònia Hernández, con la que se lleva 37 años), su “princesa republicana”. A uno se le antoja un tanto eliotiano. Allí leemos: “Busco palabras para sobrevivir”, un verso elocuente que resume esta larga, viajera e intensa vida narrada en primera persona por Tono Masoliver Ródenas. Que dure. 

 

Desde mi celda. Memorias

Juan Antonio Masoliver Ródenas

Acantilado, Barcelona, 2019. 296 páginas


Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista asturiana El Cuaderno.