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3.9.26

À bout de souffle

Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958), que ha publicado las novelas La piel del camaleón (1993), Inviernos (1995) y Los placeres tristes (2002), y ha sido coautor de los guiones de las películas Agallas (2009), Tiempo sin aire (2015) y 70 binladens (2019), es, ante todo, poeta. Como tal, ha dado a la imprenta Los desiertos verdes (2006), La noche cerca (2012), Rwenzori (2015) y En jardines de arena (2019). En 2024 vio la luz la antología Postales del norte, donde reunió poemas (algunos inéditos) sobre el controvertido tema del terrorismo. Sobre ese asunto, que tanto ha marcado a los españoles, escritores o no, de nuestra generación (y de algunas anteriores y posteriores, tan largo fue su penoso rastro de violencia y de sangre), vuelve Gil Bengoa en este nuevo libro. De poesía, sí, no se dude, pero con un inesquivable y sutil hilo narrativo y una puesta en escena de lo más cinematográfica. No le falta intriga. Porque se nos cuenta una historia y se hace, como digo, de una manera fílmica determinada, no querría uno desvelar ningún misterio, que es tanto como decir que no pretendo destripar ni el relato en sí ni, menos aún, el final. Lo intentaré.
Por lo pronto, el libro se abre con una elocuente cita de la rumana Ana Blandiana: “y contemplar la línea que divide / el bien del mal”. Lo componen cuatro partes.
La primera va con un epígrafe de Eugénio de Andrade: “Son como un cristal / las palabras”. Y eso parece en estos poemas breves y sin título en los que abunda la elipsis, como es natural en alguien que dosifica la información que quiere trasladar al lector. Que juega con maestría la baza misteriosa. Como ocurre con el silencio: “¿Qué es el silencio? / ¿Una repentina oscuridad en la luz? / ¿El olor a tierra empapada tras un atormenta en la noche?”. Y sigue: “Suelen decirme / procura / siempre/ que incluso la mirada / sea / alusión al silencio”.
Las referencias se gradúan, están veladas, son noticias escuetas que el lector ha de interpretar a medida que avanza el libro, esto es, la historia.
La que hablaba antes era Ane, una niña. La protagonista. Sabemos que está con sus padres. En el extranjero (“palabras nuevas / en un idioma distinto”, un coche que “lleva el volante al otro lado”, fish and chips…). A orillas del mar. En un momento dado (viajan de ciudad en ciudad, el padre cambia de trabajo) se nombra Camber Sands (dunas famosas que se localizan en el condado de East Sussex, en Inglaterra).
Ane parece madura para su edad, que no se concreta. Reflexiona en voz alta. Recuerda a rachas una existencia anterior en un paisaje distinto, aunque “de fronteras”. Cenan en silencio (un silencio que persistentemente flota en el ambiente, ya se dijo, roto, si acaso, por lo dicho en voz baja) “a una hora diferente / de la otra vida”. Leemos “fuga”, “palabras secretas”… Son “testigos del silencio”. Y hay diálogos internos y juegos de voces. De pronto, un lugar: Avilés. Y una persona que vuelve de esa otra vida perdida: el abuelo, figura clave (luego sabremos el porqué) en la fabulación. Y otra que muere, amigo del padre.
La cita que abre la segunda parte, de Emily Dickinson, refuerza lo que venimos subrayando: “Qué silencioso se tiende el enigma”. “Mi castillo de arena” es el primer verso de un poema metafórico que incide de lleno en el secreto. “Pienso en nuestra casa / la casa de entonces / mi cuarto de siempre”. Que no es fácil vivir así lo delata el verso “Hay noches que dejo rastros de orina”. Y de nuevo, la memoria. Y allí, encapuchados y humo y cristales rotos y pancartas y “banderas en llamas”.  “Se brindaba por la libertad en silencio”, leemos. Y de nuevo el amigo muerto y lo que sintió: ¿temor, coraje, ira?
Ane se siente “Extrañada. / Extraviada. / Excluida”. Confiesa: “Soy un ave aturdida en jaula de silencio”. Y: “A solas deambulo con el misterio”. Y: “Es un drama vivir así, siempre amenazados”. “Debo pensar un refugio”, concluye. Un cine, por ejemplo, donde se esconden y una misteriosa mano toca la de su padre. “A resguardo en dónde. // A resguardo de quién. // A resguardo de qué”. Y de nuevo Avilés. Y Asturias. Y “nunca digas que somos vascos”. Y un “idolatrado idioma” que ha de silenciarse también: De ahí que su madre, como si vomitara, cubra, en un hueco de la playa, “sus palabras con arena”.
La tercera sección lleva al frente unas palabras de Anisa Koltz: “Con ellos paso de un exilio a otro”.
Y al principio del primer poema: “¿He nacido para el silencio?”. Y otra vez un cambio de domicilio: “escapando, siempre escapando”.
La historia se va precipitando hacia el final. Sorprendente, por cierto, como cabe a toda clásica narración que se precie. Un informativo de televisión, una llamada telefónica, una funcionaria de Servicios Sociales… La vuelta a casa.
Un solo poema ocupa la cuarta parte. Delante, unos versos de Rafael Cadenas: “Cuando eras inmortal. / Cuando eras”.
Han transcurrido algunos años. Otro guiño cinematográfico no menos clásico. Ane ya es una mujer. Pendiente de dos esperas.
  
Juan Gil Bengoa
Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2026. 84 páginas. 14,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.
 

26.9.24

Palabras que estremecen

No es la primera vez que da uno noticia del poeta, narrador, guionista y letrista de canciones Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958). De alguno de sus libros de poesía, quiero decir. El vasco ha tenido la buena idea de reunir en Postales del norte poemas éditos (de Los desiertos verdes, La noche cerca y Rwenzori) e inéditos sobre el tema del terrorismo. Del de ETA, conviene matizar, por más Bengoa haya escrito también sobre los GAL, cara y cruz de la misma moneda, y, más allá, de que el terrorismo sea un fenómeno universal, facciones y siglas al margen. Hay, sí, mucho olvidadizo.
Leído de principio a fin, adelanto que no parece una muestra sino un libro unitario, tal vez porque todos los poemas abordan un mismo asunto, poco importa que estén escritos en fechas muy distintas (algunos hace veinte años) y sólo el último sea reciente.
Lo prologa otro poeta de allí, que conoce bien la obra de Gil Bengoa y aquellos “tiempos convulsos”: Aitor Francos. Alude éste a la “muerte por decreto”, a la costosa disidencia de “cualquiera que no comulgue con una doctrina impuesta por una ideología política”, a los protagonistas de esos poemas (anónimos o no), de una escritura “descarnadamente pesimista (que no triste)”, “al dolor producido por la sinrazón de la lucha armada, a las víctimas que fueron cayendo por un camino de silencio y olvido. Y al temor”. Por eso es tan oportuna esta lectura. O relectura, siquiera y en parte para algunos.
Uno lee estos versos y se sorprende de la sorpresa que le produce revivir unos hechos que no pocos vivimos. Y sufrimos, claro. Día sí y día también, durante décadas. Dolor y miedo, recuerda Francos. El blanqueamiento de los asesinos y de sus orgullosos herederos (propiciado por quienes detentan actualmente el poder y sus socios preferentes, dos partidos nacionalistas vascos entre ellos), el ominoso silencio (ya se dijo) que ha caído sobre aquella indignidad colectiva donde escasean los inocentes (esto es, los que ni actuaron, ni consintieron ni, en fin, miraron hacia otro lado), nada que ver con la sana política (aquello fue pura barbarie), ha conseguido que, en efecto, quien lea asista perplejo al escalofriante espectáculo ocasionado por esta repentina e intempestiva recuperación de la memoria. También histórica, por cierto, que no todo va a ser la maldita Guerra Civil.
A pesar de eso, que nadie se llame a engaño: este es un libro de poesía, no un documental (aunque algo de eso tenga) ni un reportaje periodístico (que también). Un testigo da fe de lo que pasa. De lo que pasó. Habla a veces en primera persona y otras recurre al monólogo dramático para ponerse en la piel de las víctimas, y aquí la palabra “víctimas” incluye no sólo a quien fue vil, cobardemente ejecutado (civiles o de las fuerzas de seguridad del Estado, mayores o menores, mujeres y hombres), sino también a su familia, a sus amigos o, ahora sí, a sus correligionarios políticos, tanto de izquierdas como de derechas, por utilizar la vieja terminología. A estos y, por extensión, al resto de ciudadanos dignos de tal nombre que poblábamos (cuando asesinaban) y poblamos este país. 
El volumen se abre con esta suerte de aforismo: “Una patria por encima de todas: la vida”. Está todo dicho. Lo que viene después se ocupa de defender esa idea. Se repasan situaciones reales que empiezan con el poema “Notificación”. En el primer verso la palabra “temblor”; en el último, “horror”. Luego, las rutinas de quien es un amenazado, los supervivientes (qué emocionante “En la ciudad al borde del mar”), el exilio (el de verdad: “A las puertas del norte”), la fragilidad, el gesto de quien, en el malecón, respira hondo siquiera un momento, los mapas (“evocar rincones de la memoria / e imaginar los lugares (...) / que tanto anhelo”; el Midi, por ejemplo), el box del hospital donde alguien se debate entre la vida y la muerte (conviene anotar que Gil Bengoa es un profesional sanitario), los funerales y los camposantos, la melancolía (y una pregunta clave: “Si no participé en ninguna guerra, / ¿por qué fui declarado enemigo?”), los escoltas (léase “En mitad del invierno”, tipográficamente acertado), la “dulce inercia” y la autocensura, la reflexión personal sobre el asunto (“Al margen”, “Declinación”, “Patio”, “Pesadumbre”), el miedo (“Vecino”)...
Poemas tan certeros como un tiro a quemarropa, si se me permite la cruel comparación. Tal el titulado “Intramuros”: “Hay lugares / donde sien y nuca / son palabras / que estremecen // de veras”. O “La frontera”: “¿Qué es lo que hizo mi padre  / para que lo mataran como a un perro?”). Tan lúcidos como “Demolición”. 
En “Desalojos”, una afirmación inquietante: “Por fin la libertad qué libertad”. “Os envilecen las palabras patria y bandera” y “He visto hombres asentados en el odio riéndose de sus víctimas”, leemos en otro. En la misma línea, “Dialéctica”, que termina: “escuches testimonio o semblanzas // recuerda / que no hubo campos de batalla”. Ah, los relatos. Urdidos con mentiras. Y una advertencia: “si callaste entonces / cuando pudiste / hablar // no hables ahora / cuando ellos / callan”. 
En la coda final, estos últimos versos: “Ya ves / viajero/ los tiempos van cambiando / aunque el dolor (lo ignoras) persista”. Maldito olvido. El que pretende evitar este puñado de poemas que vuelven a demostrar la capital importancia de la poesía. Gil Bengoa, un valiente, ha logrado salir con buen pie de tan complicado malabarismo. Que ladren. 

Juan Gil Bengoa
Vitruvio, Madrid, 2024. 75 páginas.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO


9.9.19

Verano del 19 (II)

He formado con los libros de poesía que he venido leyendo una pequeña pila al borde de la mesa donde escribo. En ella está, por ejemplo, Escaramujosel último libro de haikus (o jaikus) de Jesús Munárriz (Pre-Textos), de los que hablaba el primer domingo del mes en La esfera de papel de El Mundo: "si hay algo que combine y una estos dos mundos, el de la poesía y el de la naturaleza, son los jaikus". Y más adelante concluye: "son la síntesis más lograda de la poesía". Me quedo con éste: Tigres parecen / en la siesta de agosto / las putas moscas. Y Ahora (Pre-Textos), del extremeño José Antonio Zambrano, que a uno le ha parecido un libro excelente, tal vez el mejor de los suyos, y al que precede un enjundioso prólogo del zafrense Luciano Feria (que se estrenaba hace unos meses como novelista con El lugar de la cita, publicada por RIL Editores); Mis fantasmas (Visor), de Juan Pablo Zapater, un apasionante paseo, lleno de ácida lucidez, por la identidad, el amor y la muerte; Armisticio, de Ben Clark, que vuelve a la editorial Sloper con una década de poemas que estaban hasta ahora fuera de un libro y que componen uno magnífico; La vida menguante (Trea), del aedo gijonés Pedro Luis Menéndez, que regresa a la poesía tras treinta años sin publicar y con un libro que es pura vida, para mí un extraordinario descubrimiento; En jardines de arena (Polibea. El Levitador), de Juan Gil Bengoa, un curioso y bien tramado artefacto literario donde se mezclan la poesía y la narrativa gracias a lo que les sucede a personajes románticos que huyen o viajan al Sur, hacia parajes desérticos; Solo queda una sombra (Signos. Huerga & Fierro), de José Infante, impresiona por su verdad y, tras las sombras, el dolor y la tristeza que afloran con su vuelta a la ciudad natal, calibramos, en la línea delgada que separa la vida y la muerte, la auténtica medida de un hombre; Emisarios (Pre-Textos), de Juan Manuel Macías, destaca por su tono sereno y meditativo que nos acerca a un mundo natural y solitario que alguien lee y contempla con inocente perplejidad; y Dudoso silencio, una plaquette de Mario Vega (Colección Heracles y Nosotros), perfecto aperitivo de cara a un libro por venir, La mala conciencia, reciente premio "València Nova", que publicará Hiperión.  
Nunca será bastante (poemas casi de amor), de Fermín Herrero (La Garúa), agrupa, sí, poemas amorosos escritos por el poeta soriano. Para demostrar que esa temática, pongamos, no le es extraña. Nos permite, además, conocer poemas de sus inicios (que uno, fiel lector suyo, ignoraba) e incluso inéditos. Lo importante: que podemos volver sobre una de las obras más certeras y personales del panorama poético patrio. Amor mediante.
Del chileno Jorge Teillier tenía una vaga noticia. Poemas sueltos. Menciones varias. Por eso me ha resultado tan estimulante la lectura de Poemas de la realidad secreta, una antología que ha publicado Visor en edición y prólogo de Francisco Véjar. Qué alegría descubrir como es debido a este poeta ferroviario, rural y melancólico.
Más de dos líneas merecería la poesía reunida (1999-2016) del canario Francisco León que ha publicado Ediciones Idea/Cámara clara con el título Tiempo entero (título de un libro suyo de 2002). Es, sin duda, el menos hermético y conciso de los poetas que giraron en sus comienzos en torno a Sánchez Robayna y la revista Paradiso. Su poesía, o eso creo, ha mejorado con los años y uno la ha leído con fervor y admiración, en especial algunas partes: las más meditativas y paisajísticas. Pocas poéticas con tan nítida noción de lugar: lo insular, que tiene que ver con sus islas, pero también con las griegas. La luz que iluminan estos versos, insisto, su tono (tan oriental a rachas, tan anglosajón otras), bien merecen el viaje. 
Ya sabíamos que la poesía venezolana era una de las más potentes del ámbito hispánico; y del mundo, por añadidura. Lo viene a demostrar sobradamente la magna antología Rasgos comunes (Pre-Textos), 1176 páginas de versos de poetas del siglo XX donde no faltan Cadenas, Montejo, Pantin, Sucre, Barreto, etc. (De uno de ellos, por cierto, Sánchez Peláez, ofreció aquí atrás Visor una muestra que sigue siendo un referente ineludible de esa riqueza poética a que aludimos.) La edición y el prólogo son responsabilidad de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni. El primero, cónsul de la poesía de Venezuela en España (y en la ultramarina casa valenciana), es también el editor de La segunda versión, la poesía reunida de Guillermo Sucre (autor, no se olvide, de Borges, el poeta La máscara, la transparencia, textos capitales de la bibliografía lírica hispanoamericana)
Termino. Una de las lecturas previstas para estas pasadas vacaciones era Obra poética (1975-2007), de José Carlos Cataño (con prólogo de Ana Arzoumanian). El 9 de agosto, un día después de mi cumpleaños, moría de repente el autor canario y ya no he sido capaz de volver sobre unos poemas que, si bien conocía, me apetecía mucho volver a leer. Julián, José Carlos... Arden las pérdidas. 

31.8.15

Hospital

Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958) publica su tercer libro de poemas. Del anterior, La noche cerca, ya se habló aquí. Su título es enigmático y exótico: Rwenzori. que, nos cuenta la premiada Wikipedia, es una pequeña cordillera de África situada en la frontera entre Uganda y la República Democrática del Congo. Su pico más alto es el Margarita (Monte Stanley), la tercera cumbre del continente después del Kilimanjaro y el monte Kenia. Su nombre significa «hacedor de agua». ¿Se trata de un libro de viajes?, se preguntará el lector. No, en absoluto, a no ser que uno entienda por viaje el de la vida, esa gastada pero certera metáfora; el que nos lleva inexorablemente, más tarde o más temprano, hasta la muerte. Y la muerte al tiempo que la vida, su precaria y frágil presencia, es el asunto capital de la obra, compuesta en dos partes, la primera con treinta y cuatro poemas numerados y sin título y la segunda, que consta de dos. 
Es un libro duro, vaya eso por delante. No por lo enrevesado de su lenguaje, claro hasta donde en poesía eso es posible, sino por la trama: la enfermedad y a veces su revés, la salud, y las concreciones particulares, poema a poema y verso a verso, de diferentes casos que remiten, cómo no, a personas (o personajes) con los que cualquiera puede identificarse: el niño, el viejo, el padre, el esposo o la esposa, el joven... El que está en cama por enfermedad, accidente, maltrato, un atentado terrorista...
La primera lectura, realizada una tarde tórrida de julio, me resultó agobiante. El aire acondicionado de casa no daba lo suficiente de sí, porque el calor era interno, emocional, agravado, nunca mejor dicho, por mi condición de aprensivo o directamente hipocondríaco. La segunda, a la mañana siguiente, en una café de la plaza, me confirmó que, más allá del dolor y la mencionada dureza, lo que salvaba este libro era precisamente cómo está escrito, con independencia de los crudos, demasiado humanos asuntos de los que trata. Que al final la poesía es lenguaje, palabras, y que si éstas no dan de sí lo que deben poco importa de qué vayan los versos que se leen. Aunque tienda a lo prosaico, en el mejor sentido, el de la claridad y el realismo, y contenga un hilo narrativo, lo lírico es arte y aun razón de Rwenzori y, por su propia naturaleza, uno escucha aquí y allá voces que vienen de la mejor tradición clásica: la oriental (tan sabia cuando aborda el tema de la muerte) y la occidental, en especial la griega y latina. De ahí su aire epigramático: "Todo eso / en breve / habré perdido".
No estaría de más decir que Gil Bengoa (que, además de poeta, es narrador y guionista de cine) trabaja en un hospital. En el que murió Ramiro Pinilla, al que dedica un poema o, mejor, que es protagonista de uno de los poemas del libro, sin especificar cuál. El mismo autor es también paciente. Todos los somos, lo hemos sido o lo seremos. De hecho o en potencia. Nosotros o personas cercanas a las que hemos visto en camas de hospital, unas veces para recuperarse y otras para abandonarnos definitivamente. Por eso es tan fácil a la vez que difícil, ya me entienden, leer Rwenzori, una sucesión simbólica de montañas a las que ascienden esforzados enfermos, ya sean terminales o no. 
Cada poema es un mundo. Un pequeño gran mundo. En él se desenvuelve, a modo de aleph, la existencia de alguien. De él y de sus circunstancias: amén del padecimiento, padres y madres, hermanos y hermanas, mujeres y maridos, hijos e hijas... Y enfermeras y médicos. La compasión y el consuelo, aun cuando ello parece imposible, asiste a Gil Bengoa, testigo de historias, para empezar, emocionantes (el poema 31 le deja a uno al borde de las lágrimas, y no es el único), y después, deprimentes, simplemente tristes y, en pocas ocasiones, alegres. Con final feliz. Las menos, insisto, por más que la ironía y el humor, en dosis muy medidas, se cuele entre líneas. 
El vocabulario es otra de las claves del libro. Al ser tan especializado (podríamos hablar de un campo léxico), dota al conjunto de una unidad esencial y lo transforma (los números cantan) en un solo poema fragmentario donde sucesivas vidas se cruzan. Quien escribe, por cierto, se reconoce en "la curiosa encrucijada de la vida". "De improviso". Porque "lo que siempre acontece a otros / te está sucediendo a ti". Eso nos ocurre a sus lectores. de pronto estamos en un hospital, en Urgencias o en planta, en un pasillo o en la cafetería y lo que a otros les sucede pasa a sucedernos también a nosotros: "No soy sino otra persona más / despidiéndose del mundo". Este es el misterio de la poesía, algo más que mera literatura. Aquí se ve.
El abanico de situaciones y, en consecuencia, de patologías, es múltiple. Muy completo. Como lo son las edades de los protagonistas (me cuesta calificarlos de personajes, aunque en rigor lo sean). Hay historias de amor y de pena. Crueldades familiares (como el del abuelo del poema 9) y ejemplos de entereza, entrega y disponibilidad dignos de elogio. Héroes y villanos, valientes y cobardes. 
Pocas veces ha leído uno un libro más apegado a la vida. Pocas uno tan próximo a la muerte. Tan bello como terrible. Escrito, como ha de ser, a vida o muerte.