Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958), que ha publicado las novelas
La piel del camaleón (1993), Inviernos (1995) y Los placeres
tristes (2002), y ha sido coautor de los guiones de las películas Agallas
(2009), Tiempo sin aire (2015) y 70 binladens (2019), es, ante
todo, poeta. Como tal, ha dado a la imprenta Los desiertos verdes
(2006), La
noche cerca (2012), Rwenzori
(2015) y En
jardines de arena (2019). En 2024 vio la luz la antología Postales
del norte, donde reunió poemas (algunos inéditos) sobre el controvertido
tema del terrorismo. Sobre ese asunto, que tanto ha marcado a los
españoles, escritores o no, de nuestra generación (y de algunas anteriores y
posteriores, tan largo fue su penoso rastro de violencia y de sangre), vuelve
Gil Bengoa en este nuevo libro. De poesía, sí, no se dude, pero con un
inesquivable y sutil hilo narrativo y una puesta en escena de lo más
cinematográfica. No le falta intriga. Porque se nos cuenta una historia y se
hace, como digo, de una manera fílmica determinada, no querría uno desvelar
ningún misterio, que es tanto como decir que no pretendo destripar ni el relato
en sí ni, menos aún, el final. Lo intentaré.
Por lo pronto, el libro se abre con una elocuente cita de la
rumana Ana Blandiana: “y contemplar la línea que divide / el bien del mal”. Lo
componen cuatro partes.
La primera va con un epígrafe de Eugénio de Andrade: “Son
como un cristal / las palabras”. Y eso parece en estos poemas breves y sin
título en los que abunda la elipsis, como es natural en alguien que dosifica la
información que quiere trasladar al lector. Que juega con maestría la baza
misteriosa. Como ocurre con el silencio: “¿Qué es el silencio? / ¿Una repentina
oscuridad en la luz? / ¿El olor a tierra empapada tras un atormenta en la
noche?”. Y sigue: “Suelen decirme / procura / siempre/ que incluso la mirada /
sea / alusión al silencio”.
Las referencias se gradúan, están veladas, son noticias
escuetas que el lector ha de interpretar a medida que avanza el libro, esto es,
la historia.
La que hablaba antes era Ane, una niña. La protagonista.
Sabemos que está con sus padres. En el extranjero (“palabras nuevas / en un
idioma distinto”, un coche que “lleva el volante al otro lado”, fish and
chips…). A orillas del mar. En un momento dado (viajan de ciudad en ciudad,
el padre cambia de trabajo) se nombra Camber Sands (dunas famosas que se
localizan en el condado de East Sussex, en Inglaterra).
Ane parece madura para su edad, que no se concreta. Reflexiona
en voz alta. Recuerda a rachas una existencia anterior en un paisaje distinto,
aunque “de fronteras”. Cenan en silencio (un silencio que persistentemente flota
en el ambiente, ya se dijo, roto, si acaso, por lo dicho en voz baja) “a una
hora diferente / de la otra vida”. Leemos “fuga”, “palabras secretas”… Son
“testigos del silencio”. Y hay diálogos internos y juegos de voces. De pronto,
un lugar: Avilés. Y una persona que vuelve de esa otra vida perdida: el abuelo,
figura clave (luego sabremos el porqué) en la fabulación. Y otra que muere,
amigo del padre.
La cita que abre la segunda parte, de Emily Dickinson,
refuerza lo que venimos subrayando: “Qué silencioso se tiende el enigma”. “Mi
castillo de arena” es el primer verso de un poema metafórico que incide de
lleno en el secreto. “Pienso en nuestra casa / la casa de entonces / mi cuarto
de siempre”. Que no es fácil vivir así lo delata el verso “Hay noches que dejo
rastros de orina”. Y de nuevo, la memoria. Y allí, encapuchados y humo y
cristales rotos y pancartas y “banderas en llamas”. “Se brindaba por la libertad en silencio”,
leemos. Y de nuevo el amigo muerto y lo que sintió: ¿temor, coraje, ira?
Ane se siente “Extrañada. / Extraviada. / Excluida”.
Confiesa: “Soy un ave aturdida en jaula de silencio”. Y: “A solas deambulo con
el misterio”. Y: “Es un drama vivir así, siempre amenazados”. “Debo pensar un
refugio”, concluye. Un cine, por ejemplo, donde se esconden y una misteriosa
mano toca la de su padre. “A resguardo en dónde. // A resguardo de quién. // A
resguardo de qué”. Y de nuevo Avilés. Y Asturias. Y “nunca digas que somos
vascos”. Y un “idolatrado idioma” que ha de silenciarse también: De ahí que su
madre, como si vomitara, cubra, en un hueco de la playa, “sus palabras con
arena”.
La tercera sección lleva al frente unas palabras de Anisa
Koltz: “Con ellos paso de un exilio a otro”.
Y al principio del primer poema: “¿He nacido para el
silencio?”. Y otra vez un cambio de domicilio: “escapando, siempre escapando”.
La historia se va precipitando hacia el final. Sorprendente,
por cierto, como cabe a toda clásica narración que se precie. Un informativo de
televisión, una llamada telefónica, una funcionaria de Servicios Sociales… La
vuelta a casa.
Un solo poema ocupa la cuarta parte. Delante, unos versos de
Rafael Cadenas: “Cuando eras inmortal. / Cuando eras”.
Han transcurrido algunos años. Otro guiño cinematográfico no
menos clásico. Ane ya es una mujer. Pendiente de dos esperas.
Juan Gil Bengoa
Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2026. 84 páginas. 14,00 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

