11.8.26

El maldito eclipse

Pido perdón por mencionar siquiera la palabra de moda (será, sin duda, la del año). Estoy tan harto como casi todos por el abuso. Pocas cosas tan cansinas: puro acoso. Sí, uno se alegra de que la España vacía (sic) disfrute (y reviva) con el fenómeno. Y por los científicos, siempre tan suyos y a lo suyo. Y hasta por el gobierno, que así desvía la atención del oprobioso asunto de Ceuta (que no hay astro que borre). En lo que a uno respecta, paso. Sin perdón lo digo. No lo vería ni aunque pudiera (por aquí no pasa). Miedo (ajeno) me da, y no sólo por lo de quedarse ciego (ya tengo bastante con mis problemas oculares). No, insisto, no suscita mi interés. En absoluto. Indiferente que soy. Tengo además una anécdota escolar que me curó de espanto muy pronto con respecto a estas ocultaciones transitorias totales o parciales de un astro por interposición de otro cuerpo celeste (según el DRAE). Lo he contado alguna vez. Aquel día tocaba explicarlos en clase. Mal que bien, lo entendimos. No recuerdo qué hermano marista se ocupó de hacerlo. O si era un profesor. De lo que sí me acuerdo perfectamente es que bajamos, como siempre, en fila hasta la puerta, una vez terminada la jornada de mañana. Primero salvamos las escaleras, pasamos después por el claustro de la cocina (y su desagradable, indeleble olor característico) y enfrentamos por fin el pasillo que desembocaba en el otro claustro, el principal, presidido por la estatua de Don Calixto Payans y Vargas, II Marqués de la Constancia. Pero algo no cuadraba. La luz que debería verse al final del estrecho túnel no aparecía por ninguna parte y mi angustia creció a medida que evocaba la lección sobre los eclipses. Ese debía ser total. Ni gota de claridad en lontananza. La explicación, ay, era otra: ese día estrenaron un toldo que cubría en su totalidad el mencionado claustro y que impedía que el sol lo tomara por completo, como era habitual a esas alturas del año. Se acabó el misterio. 

NOTA: El dibujo es de Riki Blanco para El País.