1.1.06

Balance

Es normal hacer balance de lo ocurrido a lo largo del año el día que se termina. Uno es más de hacer arqueo que de aventurar previsiones. El futuro, siquiera sea el más próximo, siempre me ha parecido un animal peligroso. Efectos colaterales de la melancolía, por decirlo con Jean Clair.

2005 no empezó bien. Como a tantos, la gripe me pilló de lleno. Hacía años que no tenía que meterme en cama por culpa del malestar general y la fiebre. En esas condiciones tan penosas (más para un varón hipocondriaco), entre toses y sudores, recibí la caja con los primeros ejemplares de mi segunda novela lo que convirtió una ocasión festiva en otra un poco lamentable, por más que luego me haya dado satisfacciones, las suficientes para compensar aquella primera visión febril de la cubierta de Seix Barral.

Después de Yolanda, leyó esa novela a Fernando Pérez. Estaba recién salida del horno (con forma de portátil). Era poco más que un borrador lo suficientemente elaborado. Sin su criterio no me hubiera atrevido a dar los sucesivos pasos que tuve que dar para que llegara el 5 de enero, como si de un regalo de Reyes se tratara, a los pies de mi lecho de enfermo. Tan fiable era su opinión para mí. Este detalle minúsculo, sí, pero, como todo lo pequeño, sumamente importante, da la justa medida de lo que para uno ha supuesto su pérdida. Para mí, ésa ha sido, sin duda, la peor noticia del año. Que muriera Fernando no entraba en mis cálculos, ni a sabiendas de que una enfermedad traicionera le había atacado sin compasión. Todavía hoy, varios meses después de aquel 26 de agosto de aciaga memoria, sigo sin comprender, sin asumir, esa penosa ausencia.

Que uno haya ocupado, con tanta tristeza como orgullo, su silla en la Editora no sé si complica o suaviza el trance. Me hace estar más cerca de él, es cierto, pero también me obliga a echarle aún más de menos cuando de tomar decisiones se trata. Por fortuna, uno trabaja con el mismo equipo profesional que le acompañó, lo que hace todo mucho más llevadero. Además, me esforcé en aprender de él todo lo que pude y ese apasionado aprendizaje me ayuda no poco en la tarea.

Antes de irse, tan callada y discretamente, con la complicidad del profesor Juan Gil, tuvo tiempo de legarnos una exposición inolvidable, Extremadura en sus páginas: del papel a la web, de la que quienes la han visto no han dejado de difundir virtudes. Este hito de 2005 es también obra suya. Una muestra que ha sido el núcleo de un año que Extremadura quiso que fuera el “del Libro y la Lectura”.

Como lo tuvo para alegrarse de que tres personas que le apreciaban y a las que él apreciaba, Landero, Cercas y Campos, fueran premiados. Los dos primeros con la Medalla de Extremadura y con el Extremadura a la Creación el tercero.

Otro de los acontecimientos culturales relevantes de 2005 ha sido la puesta en marcha, en colaboración con la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, del primer Observatorio del Libro y la Lectura de Extremadura, el primero de España y uno de los primeros de Europa, que, por eso, ha sido tomado como ejemplo por el Gobierno de la nación para crear el suyo propio. Esto, que un resentido calificaría de “tinglado” (la ignorancia, se suele decir, es atrevida), justifica por sí sólo un Plan que ha dado frutos y que aún dará más, pues está basado en la absoluta necesidad de remontar el desfase porcentual en lo que a índices de lectura respecta. Por cierto, cuando un inocente e inevitable Plan de Fomento de la Lectura de ámbito regional, similar en sus contenidos y ambiciones al nacional (que promovió, ya ven, el Partido Popular durante su gobierno), es menoscabado y puesto en cuestión por le rencoroso de más arriba (en su condición, eso sí, de portavoz de su grupo), las razones no habrá que buscarlas en la buena lógica sino en la burda sinrazón; en el absurdo y no en la política.

Tampoco le han faltado a uno satisfacciones (tantas como trajines) por culpa del primer Centenario de la muerte de José María Gabriel y Galán. Se han llevado a cabo numerosas actividades que, bajo una exigencia de calidad, han servido para analizar la vida y la obra del poeta fallecido en Guijo de Granadilla, algo que, como dije en su momento, es mucho más provechoso que recitar sus poemas a los pies de las estatuas (no digamos canturrearlos). Lo mejor de todo eso quedará en tinta sobre papel: las Obras Completas, sí, pero también las actas del curso de verano de la UEX-FAEY que tuvo lugar en Yuste y el número extraordinario de la revista Alcántara, de la I. C. “El Brocense”, que el año que termina, como recordamos aquí atrás, ha celebrado su vigésimo quinto aniversario.

(Del HOY)

31.12.05

Retiro lo dicho

Nada, retiro lo dicho. Me refiero a los elogios que vertí en un artículo reciente, publicado también aquí, sobre los cafés; en concreto, ponderando la apertura en Plasencia del "Gran Café". Tras fallar el premio de relatos que tienen (nada que objetar), su primera acción placentina consiste en organizar un homenaje a Gabriel y Galán en el atrio de la iglesia de San Esteban, situada enfrente del establecimiento, donde el vate contrajo matrimonio.
No tengo nada contra el poeta, a los hechos me remito. Uno le ha echado muchas ganas (y muchas horas) al primer Centenario de su muerte que hoy se cierra. Por suerte, quedarán sobradas pruebas en tinta sobre papel. Si fuera por los "castúos" que tanto le adoran...
Ahora bien, de eso a celebrar homenajes bajo las estatuas en los paseos provinciales hay un trecho. Aludo al de Cáceres, en el Paseo de Cánovas, de quien éste toma ejemplo. Mal ejemplo, preciso. Por lo demás, allá cada cual. Que a uno eso le parezca casposo y extemporáneo no significa nada. Una opinión, eso es todo. Una, insisto, porque seguro que es todo un éxito de crítica y público.
Lo peor es que en el evento actúa Pepe Extremadura, aunque eso pueda tener una ventaja: que, tras castigar los oídos de los presentes, empiece a llover a cántaros.
¿Ésta es la modernidad y el talante que trae a Plasencia el "Gran Café"? ¡Qué novedad!

30.12.05

Malos modos

A estas alturas de mi vida, si hay algo que no soporto son los malos modos. O la falta de buenos modales. Me importa muy poco que éstos tengan su dosis de falseamiento e hipocresía. Prefiero pensar, eso sí, que surgen de lo que llamábamos la buena educación. La que le falta a algunos. A demasiados. A la sociedad en su conjunto, sin duda.
Nada más lamentable que el tono bronco. Más si no viene ni siquiera a cuento.
Me sorprende sin remedio ese afán por querer parecer siempre gente autoritaria. Como si la autoridad la dieran las voces, gritar más alto. Debe ser muy cansado ir así por la vida. Y muy frustrante. ¡Qué carrera de sargento han perdido!
Qué lamentable, en fin, esa sensación de volver al colegio. Al de mi época, con Franco aún vivo.
Fernando Pérez me recordó más de una vez una expresión de su querida Santa Marta: "Cada vez que habla -decía uno de alguien- escupe cebá". Pues eso.

Azúa dixit

"La melancolía es inherente al habitante de las ciudades".

Está en su blog, donde dedica una entrada a mi admirado Zagajewski: Morirse de risa.

27.12.05

De bibliotecosas

El fuego destruye la biblioteca de Bush

WASHINGTON (Reuters) - El lunes, un trágico incendio destruyó la biblioteca personal del presidente George W. Bush. Sus dos libros se han perdido. El portavoz de la Casa Blanca dijo que el presidente estaba desolado, ya que no había terminado de colorear el segundo.

(Bibliotecosas)

26.12.05

Formar bibliotecas

El pasado sábado, Roger Chartier, uno de los máximos especialistas mundiales en lectura, afirmaba en una entrevista publicada en El País: “Los jóvenes leen más de lo que se dice habitualmente. Lo que ocurre es que han renunciado, en buena medida, a formar bibliotecas. Los estudiantes piensan que los libros acompañan sólo un periodo vital y luego los venden o los regalan”.

La frase me dio que pensar. Y pensar y recordar, ya se sabe, son casi la misma cosa.

Alberto Manguel, del que uno se acuerda en cuanto escucha o lee la palabra lectura, lo dijo al principio de un artículo memorable (premiado, con justicia, por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez): “Mi biblioteca es una suerte de autobiografía. En la proliferación de anaqueles hay un libro para cada instante de mi vida, para cada amistad, para cada desilusión, para cada cambio. Jalonan mis años como esas piedras blancas que marcan la ruta de un peregrino”. A esto, ay, es a lo que, según Chartier, han renunciado los jóvenes.

Uno, que no había leído por entonces a Manguel (del que, por cierto, se publica estos días en Lumen una edición ampliada de su memorable Una historia de la lectura), tuvo claro bastante pronto que quería formar su propia biblioteca. Puede que por imitación: había visto desde muy pequeño la de uno de mis tíos y no había lugar más hermoso para mí, ni en casa de mis abuelos paternos, primero, ni en la suya, después. Antes que otra cosa, era un placer puramente estético: me gustaban las paredes forradas de libros y los lomos y colores, casi siempre apagados, de los volúmenes alineados en las estanterías. Todavía hoy, muchos años después, me encanta sentarme en el sofá y contemplar, desde lejos (todo lo lejos que permiten las dimensiones de nuestros pisos hipotecados), a debida distancia, los anaqueles con esos libros que, como sentenció en autor de Con Borges, son una suerte de autobiografía.

La comencé con plena conciencia de que ése sería un camino sin retorno. Desde un solo libro. Al principio, ¡qué pocos ejemplares contenía! La mayor parte eran de la benemérita colección Libros de Bolsillo de Alianza.

Como suelo recordar cuando asisto a lecturas o talleres, en mi casa no había una gran biblioteca, lo que, además de ser verdad, anima a quienes piensan que eso es imprescindible para ser un futuro lector o un escritor incluso.

Bueno, los tiempos eran otros. Allá por los sesenta del siglo pasado a lo más que se podía aspirar era a tener, además de El Quijote y La Biblia, algunos libros de la colección de RTVE y, más tarde, de la editorial Planeta de Lara y del Círculo de Lectores. Ahora todo ha cambiado. Hace mucho que cambió. En Extremadura, de la mano del Plan de Fomento de la Lectura (que algún ignorante ni siquiera sabe enunciar), se han vendido al simbólico precio de un euro y hasta se han regalado con los periódicos por lo que aquella nefasta estadística de finales de los setenta, según la cual en casi el 80% de los hogares extremeños no había ningún libro, se ha evaporado y no precisamente por arte de magia, como ha dado a entender el mismo iletrado de antes.

Pero no todo es bueno en esto de coleccionar libros, sobre todo, si se hace a tontas y a locas, lo que va, por cierto, contra la idea de coleccionismo. Esas dimensiones a que antes hacía mención, de las que dispone la media, no dan para muchos metros de librerías, por muy de IKEA que sean. Por eso, quien más y quien menos, pasados los primeros impulsos (tan compulsivos como casi todos los de la adolescencia y la primera juventud), orientan, en la medida de lo posible, la adquisición de libros en una determinada dirección y es entonces cuando, en rigor, podemos decir que esa tarea se convierte en parte de uno mismo y deviene autobiográfica.

Es apasionante rastrear el pasado a través de los libros que uno ha ido amontonando a lo largo de su vida. Nos llevan a lugares próximos o remotos. Nos hacen revivir tal o cual acontecimiento. Rememoran la sorpresa de encontrarlos sin previo aviso o la de localizarlos tras a ir deliberadamente hacia ellos.

Es verdad que muchos no nos dicen nada. Son ejemplares que llegaron sin que mediara nuestra intención y no siempre fueron bienvenidos. O que vinieron de nuestra mano pero que, a pesar de eso, ocasionaron un desencuentro. Con todo, nos da no sé qué deshacernos de ellos y, a lo más, los depositamos en otra estantería. En mi caso, en una de construcción artesanal que descansa sobre uno de los muros de piedra del molino de mis suegros.

No creo que Chartier tenga toda la razón. Si así fuera, mucho se pierden los jóvenes con renunciar a construir su vida como si fuera una suerte de biblioteca.

(del HOY)

25.12.05

Un poema de Sophia de Mello



Barcos

Uno a uno hacia el mar pasan los barcos
Pasan frente a promontorios y terrazas
Cortando la lisa superficie del agua

Y los dioses todos son de nuevo nombrados
Más allá de las ruinas de sus templos.

(Versión de Antonio Mengs, Adamar)

23.12.05

Navidad


Aunque uno sucumba ante la avalancha de felicitaciones que llegan por estas fechas, quiero desear lo mejor a los lectores de este blog. Para estas Fiestas y para el año que se avecina. Sobre todo, salud. Lo demás...

19.12.05

Demetrio

No suelo recordar mis sueños. Esta mañana, sin embargo, me desperté en medio de uno y he podido retenerlo. Venía de Mérida en el coche por la N-630 (esta es una pesadilla recurrente) y a la altura de las famosas curvas del Tajo me encontraba con el señor Demetrio, un conocido peluquero placentino. Así ocurría durante tres días seguidos. A eso de las tres de la tarde, en el mismo sitio, sentado en una piedra. En mi sueño deducía que llegaba hasta ese lugar andando, desde Plasencia.

No es extraño que me cruzara con él en mi duermevela. Es raro el día que no me lo encuentro en el paseo. Solemos coincidir en La Isla. Uno va solo. A Demetrio le acompaña uno de sus hijos. Sin pararnos, siempre me pregunta por mi madre (a la que manda recuerdos) y siempre alude a la rapidez de mi paso. Le respondo siempre lo mismo: que mi madre bien, que sí, que se los daré, y que voy muy deprisa por falta de tiempo. Esto, claro, cuando ya nos hemos sobrepasado.

Después de muchos años, volvimos a vernos hace poco. Mantuvimos una conversación más larga. No hace tanto de eso, ya digo. Después de morir mi padre. Hablamos de él, como es lógico, y, entre otras cosas, de canarios, pues él los cría.

Como me dio saludos para ella, unos días después le comenté a mi madre ese reencuentro, lo que me permitió recordar otras cosas. Por ejemplo mi infancia. Sí, porque el señor Demetrio fue durante años a cortarnos el pelo a domicilio. A los cuatro hombres de la casa: a mi padre, a mis dos hermanos y a mí. Confieso que he arrastrado desde entonces una mala conciencia respecto a este hombre. Venía los domingos. Uno al mes. Muy temprano. Con una carterita donde guardaba los útiles necesarios: peine, tijeras, máquina, etc. Cuando sonaba el timbre, uno estaba dormido. No he sido nunca dormilón, pero era tan pronto... Mi reacción era siempre la misma: no quería levantarme. Lo hacía, claro, pero a duras penas y no sin mediar la correspondiente regañina. Cuando llegaba en pijama delante de él, mi cara, de niño somnoliento y enfadado, chocaba con la de alguien despierto y sonriente. Él iba a trabajar y debía resultarle engorroso tener que bregar con un crío impertinente y zangolotino. Aunque disciplinado y obediente desde chiquitito, mis negativas eran sonoras y él debía soportarlas desde la habitación de al lado, separada de la mía por los endebles tabiques de nuestro desarrollismo.

No era sólo el madrugón. Por entonces, los pelados que nos echaban eran tan apurados que detestábamos nuestro calamitoso aspecto hasta que el cabello volvía a crecer. Poco, sin duda, porque apenas lo hacía ya estaba allí de nuevo el peluquero para volver a poner las cosas en su sitio. Sólo una cosa me gustaba de ese corte militarizado (tanto como la sociedad en la que vivíamos): pasar al día siguiente la mano por la cabeza y deslizarla desde el cogotillo hasta la coronilla, hacia arriba, a contrapelo.

La mala conciencia me viene de ahí, de mi actitud negativa hacia alguien que no tenía culpa de nada pero que sufría mis malos modales.

Aunque mi padre siguió siendo un cliente fiel de Demetrio, en cuanto tuve poder de decisión, hecho ya un hombrecito, empecé a ir por mi cuenta a una peluquería donde, por cierto, se notaba el aperturismo democrático por la abundancia de revistas de coches y de chicas poco vestidas que pululaban, entre pelos (los de los clientes, no se me malinterprete), por mesitas y aparadores. Algo que el adolescente que yo era agradecía. La tijera sustituyó a la máquina de rasurar (que tenía algo de temible objeto ortopédico) y cortarse el pelo dejó de ser una intempestiva tortura. Bueno, a decir verdad, nunca ha dejado de serlo del todo y más ahora, cuando uno va viendo que no le queda a uno mucho para convertirse en alguien que al peluquero, lo que se dice necesitarlo, pronto no lo va a necesitar.

Hace una semana, mientras tomábamos unos vinos y unas cañas, respectivamente, hablaba con Gonzalo Hidalgo de Demetrio. Además de tener su casa y, antes, su negocio en el barrio donde vive su madre, el de Rosal de Ayala, ha sido también su peluquero durante años. Casualidades de la vida.

Supongo que los saludos amistosos y los encuentros veloces son clara señal de que no nos guardamos rencor. Al contrario. En lo que a mí respecta, remordimientos aparte, lo que siento por Demetrio es afecto. No en vano me recuerda unos años felices donde las preocupaciones eran tan banales como un pelado. Propias de alguien que aún desconocía, para su bien, el sentido trágico de la palabra muerte.

(Publicado en HOY)

18.12.05

El huésped del futuro

Me gusta leer los artículos de Vargas Llosa; los que no hablan de política, preciso. Hoy hay uno delicioso en El País, El huésped del futuro, dedicado al encuentro de Anna Ajmátova e Isaías Berlin el 20 de noviembre de 1945 en San Petersburgo.
La primera noticia de ese encuentro la tuve leyendo un libro interesantísimo, la biografía de Berlin escrita por M. Ignatieff que en España, bajo el título Su vida, publicó Taurus.
Por suerte, en Galaxia Gutenberg acaba de aparecer El canto y la ceniza, una antología de la Ajmátova y de otra poeta rusa, Marina Tsvetáieva. La edición corre a cargo de Monika Zgustova y Olvido García Valdés.

Del calentamiento... verbal

Cuando Santiago Castelo, en su condición de director de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura, hace mención al incidente relatado en mi entrada Al modo de Aguilar y dice de su protagonista que "se le calienta la boca", no se refiere a la primera acepción del diccionario de otra Real Academia, la Española: "hablar con extensión, explayarse en el discurso o conversación acerca de algún punto", sino a la segunda: "enardecerse, prorrumpir en verdades, frescas o palabras descompuestas", por más que el término "verdades" aquí sobre.

Barcarrota

Como recuerda Santos Domínguez en su blog, acaba de aparecer un DVD con la edición digital de aquel alijo de libros emparedados en Barcarrota. No obstante, para poder gozar de esa biblioteca sólo tiene que visitar la página web de la Biblioteca Regional de Extremadura o pinchar directamente aquí. Que lo disfrute.

17.12.05

Dos notas

1.- Reconozco que me sorprende la cerrada defensa que hace Félix de Azúa de Gabriel Albiac en su blog. No es santo de mi devoción el airado filósofo. Será que lo he leído poco.

2.- Excelente la reflexión de Jordi Gracia, Gallos de pelea, publicada hoy en El País. Es extrapolable a otros ámbitos, sin duda.

16.12.05

Primicias

La vida, por más que se empeñe en lo contrario -en esa racha andamos- nos da momentos de alegría. Ayer, sin ir más lejos, cuando pude tener en las manos el nuevo libro de Juan Ramón Santos, El Círculo de Viena, editado por Llibros del Pexe, y la reedición de El cerco oblicuo, de Gonzalo Hidalgo, que ha publicado Calambur. Por si fuera poco, ya he visto (y leído) cubiertas y solapas de otra reedición: la de la última novela de recién citado GHB, Paradoja del interventor. La sacará Tusquets en marzo.
Lo dicho: una intensa alegría. ¡Enhorabuena!

15.12.05

Al modo de Aguilar

A sabiendas de que la cultura les importa un bledo (me consta, nos consta), ¿puede consentir un partido que se autodenomina responsable y serio, el PP de Extremadura, sus dirigentes y militantes (que alguno habrá con luces, digo yo), que su portavoz eche por tierra años y años de trabajo en busca de nuestro resurgimiento cultural y se atreva a afirmar (en un tono de voz histérico, sin atinar en las denominaciones, fuera de sí) que instituciones como la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura o la Fundación Academia Europea de Yuste son«tinglados creados por el PSOE para servir de correa de transmisión y de capote protector»? Ni ésas ni otras que menciona a medias (porque ni su nombre conoce) o que, por la cuenta que le tiene, no se atreve a mencionar. Da risa.
¿Hasta cuando van a seguir creyendo en ese partido las falacias de ese indocumentado que además, él sí, es un inmenso «fantasma»? ¿No están siempre con lo del sentido común? ¿A qué esperan para ponerlo de una vez en práctica?
Lo he dicho en alguna ocasión y lo repito ahora: da pena tener enemigos de tan poca categoría.
Por lo demás, estoy de acuerdo: ante discursos así de zafios realizados por personajes así de tontos, lo mejor es callarse y dejar que el pobre hombre siga hablando solo, sumido en su propio delirio. Llega un momento, eso sí, en que el silencio puede parecer cómplice y eso tampoco. Por mí que no quede.