19.4.06

Cristina Iglesias

Por aquello de que nuestro hotel quedaba al lado, visitamos hace unos días la nueva sede de la Fundación Caixa Galicia en La Coruña, un edificio de esos que llaman "emblemático", obra del arquitecto británico Nicholas Grimshaw. Tiene un par de ascensores exteriores muy solicitados. Las vistas sobre el puerto son estupendas. Pudimos ver allí varias exposiciones. Para empezar, una titulada "10 años, 10 artistas", con cuadros de Picasso, Tapies, Saura, Millares o Sean Scully que pertenecen a los fondos de la casa. Para seguir, una muy breve de Francisco Leiro, con imponentes esculturas de madera centradas en el maldito asunto del chapapote. También recorrimos la muy publicitada de Diego Rivera (a falta de su esposa, la inevitable Frida Kahlo, como ha recordado Forges) que a mí no me gustó nada. Dejo para el final la joya de la corona: la de la donostiarra Cristina Iglesias centrada en una instalación muy parecida a la que expone estos días en el Museo Ludwig de Colonia. Pena que el espacio sea, a mi modo de ver, insuficiente para apreciar en su justa medida la magnífica y sugerente propuesta artística de la viuda del escultor Juan Muñoz.

16.4.06

Periférica con vocación de centralidad

Julián Rodríguez Marcos, que como Ana María Moix es periodista, narrador y poeta, es también el alma de una nueva editorial que nace en Cáceres con el nombre de Periférica. Enlazando con la tradición recuperadora de sellos como Trieste o Pre-Textos - o más recientemente Minúscula-, Periférica cuenta con "un pequeño equipo de colaboradores muy jóvenes, de entre 30 y 37 años" y anuncia que ofrecerá "una amplia selección de ´clásicos modernos´, muchos de ellos inéditos aún en castellano o poco difundidos durante los últimos años. con una especial atención a aquellos autores que entre la Ilustración y el fin del siglo XIX conformaron una idea de Europa y del mundo que merece la pena conocer y pensar". Los dos primeros títulos: ´El testamento de un bromista´, narración semiautobiográfica del escritor y activista político francés del XIX Jules Vallès, y ´La pelirroja´ del también decimonónico portugués Fialho de Almeida, que narra la historia de una joven, hija de enterrador, en clave naturalista. "En este momento tengo sobre mi mesa su calavera fría, limpia de piel y cartílagos, blanca y sarcástica, cuya mandíbula abrió ante mí, con una mueca trágica, su concavidad llena de sombras", es el contundente final

©
Sergio Vila-Sanjuán, La Vanguardia

Vivir es (ver) volver

El crítico Rafael Conte sigue con su solitaria pero justa e implacable defensa de la obra rigurosa de Gonzalo Hidalgo Bayal. Esta es su última reseña, en Babelia.

9.4.06

Desde la « periferia » extremeña

Los futuros historiadores de la edición española darán cuenta, sin duda, de los dos fenómenos más llamativos de principios del milenio. El primero es que el sector haya sobrevivido (sólo por ahora, no echemos las campanas al vuelo) a las políticas culturales «implementadas» por diversas Administraciones con competencia en este ramo tan transferido. El segundo, y mucho más importante, es la proliferación, particularmente llamativa en los tres últimos años, de docenas (y docenas) de diminutas editoriales independientes en todos los ángulos de esta Piel de Toro tan asendereada y plurinacional. Desde aquí quiero sumarme modestamente al entusiasmo y solidaridad con que el maestro Antoine Gallimard celebraba hace unos días desde Le Monde un fenómeno semejante en la edición francesa. No puedo citar de memoria los nombres de todos los recién llegados, pero ahí van algunos: Funambulista, Sexto Piso, Barataria, Atalanta, Maldoror, Gadir, Meteora, Ediciones del Viento, Páginas de Espuma, Berenice, Mono Azul, Libros del Asteroide, Alpha Decay, Inédita, Melusina, Poliedro, Minúscula, etcétera. La última de que tengo noticia es Editorial Periférica, con sede cacereña y cuyos dos primero volúmenes (El testamento de un bromista, de Jules Vallès, y La pelirroja, del por aquí desconocido José Valentim Fialho de Almeida) se ponen a la venta estos mismos días. Periférica, cuyo director literario es el novelista Julián Rodríguez Marcos (su última obra, Ninguna necesidad, aparecerá en Mondadori en mayo), publicará unos quince libros al año. Y tiene una página web (en construcción) desde la que ya se pueden hacer pedidos: www.editorialperiferica.com. De nada. Y ¡vivan los pequeños editores! (Bueno, y los otros también, no se vayan a poner mustios).

© Manuel Rodríguez Rivero, ABC

8.4.06

Carta de Zafra

Esta blanca ciudad del sur de Extremadura, tan hermosa como acogedora, encierra un secreto que los que nos dedicamos a la literatura y, más en concreto, a la poesía, no sabemos definir (por eso es un enigma) pero que, sin duda, existe. Éste es un convencimiento que sostengo desde muchos años, los que llevo frecuentando ese lugar al que cuanto más se va, menos cansa.
Fue allí, a principio de los ochenta, donde leyó uno sus primeros versos y donde, con esa bonita excusa, conocí a algunos de los poetas extremeños de mi generación que, al cabo de los años, son también algunos de mis mejores amigos: Ángel Campos Pámpano, Luciano Feria, José María Lama… Ya que no puedo presumir de adversarios, permítaseme al menos alardear de colegas. Éstos sí dan la talla.
Íbamos allí cada poco para leer delante de un público abundante y entregado los poemas que acabarían formando parte de nuestros primeros libros, ya fuera en el salón de actos del instituto de secundaria (entonces sólo existía el Suárez Figueroa) o en la Universidad Popular. Se podría decir que echamos allí nuestros primeros dientes poéticos.
Bajábamos Yolanda y yo en el mini amarillo. Alguna vez, recogimos por el camino a Miguel Ángel Lama, estudiante de Filología en Cáceres, y una de las personas imprescindibles a la hora de realizar el recuento de quienes han hecho posible que la literatura extremeña se situara, de una vez por todas, en el mapa literario.
Esa predilección por Zafra –que, como digo, no es exclusiva- tiene que ver con ese estado de cosas. En pocos sitios se ha hecho más y con tanto entusiasmo por la revitalización de nuestras letras y eso, qué duda cabe, merece ser reconocido.
No creo que sea ajena a ese hecho la feliz coincidencia de que esa ciudad haya dado nombres señeros a la literatura. Del los contemporáneos, ya he citado a tres (los hermanos Lama y Feria), pero puedo añadir otros, como el novelista Antonio Zoido (sobre cuya obra pronunciaba hace unos días una conferencia -en el marco del VIII Congreso de Estudios Extremeños- Ricardo Senabre), la añorada Dulce Chacón y el que tal vez sea nuestro poeta joven con más proyección, José Manuel Díez.
En Zafra se volvió a poner en marcha hace unos años el Seminario Humanístico, la única aula de la Asociación de Escritores Extremeños, junto a la de Don Benito-Villanueva de la Serena, que no lleva el nombre de un autor. Bajo su amparo no sólo se celebran las sesiones ordinarias con escritores sino otras que sirven para dinamizar aún más la ya de por sí vivaz cultura zafrense. Por ejemplo, el premio que lleva el nombre de la autora de La voz dormida y que en tan sólo dos ediciones ha conseguido notoriedad.
Regresé a Zafra la semana pasada para participar en una de las sesiones del Seminario, la penúltima del curso, a falta de la que servirá para presentar el nuevo libro de Inma Chacón, una elegía a la muerte de su hermana Dulce.
Reunidos en el pabellón Banesto de la Feria Internacional Ganadera de Zafra con chavales de los dos institutos de la localidad (el ya citado y el Cristo del Rosario), el del de Los Santos de Maimona y, mediante videoconferencia, con el de Talayuela, no miento si afirmo que pasamos un rato entretenido, siquiera fuera por mi afán de demostrar que la pobre poesía, tan sobrecargada de tópicos, no tiene porqué aburrir ni cansar cuando se la pone en comunicación con un público estudiantil que, también contra el lugar común, es sumamente poroso y receptivo. Tanto que hubo que cortar el turno de preguntas porque se nos echó la hora encima. Al salir, le dije a los profesores que acompañaban a los chavales que no sé si los puristas admitirían esa faena como clásica, pero que eso a uno le daba ya lo mismo.
Por la noche, en la Capilla del Parador, las cosas no fueron, como es lógico, por los mismos derroteros. Quise, con todo, corresponder de la mejor manera posible a mis anfitriones y demostrar que mi pasión por la lírica, más allá de los malos tiempos que siempre corren para ella, se mantiene intacta, algo que, no sin emoción, quise poner en evidencia delante de un grupo de ciudadanos de Zafra, en uno de los centros simbólicos de esa ciudad, por tantas cosas, luminosa.
Fue un placer conversar durante horas con Luciano Feria, conocer a Adolfo Gómez Tomé (codirector del Seminario y autor de una novela corta, La gallina ciega), pasear por la calle Sevilla y por las plazas Grande y Chica, comer rabo de toro (en un pueblo tan taurino) y, sobre todo, recordar los buenos momentos que allí hemos vivido, asociados, para siempre, con la amistad y con la poesía, dos poderosas razones para vivir.

4.4.06

Carlos Lencero

Cuenta mi amigo Luis Sáez que siempre empieza a leer el Hoy por la esquelas desde que una vez no se enteró a tiempo de la muerte de un conocido. Me he quedado de piedra al leer, en ese mismo periódico, la del escritor Carlos Lencero. No lo conocía personalmente. Había quedado en Badajoz hace unas semanas con él porque tenía algo que comentarme. Me lo anunció por teléfono una mañana, al poco de llegar yo a la Editora. Aquella cita no pudo ser y lo terrible es que no habrá más.

3.4.06

Cuentos infantiles

Me entero de que alguien que afirma paladinamente no presumir de nada (y que por el mero hecho de hacerlo ya está presumiendo de algo), un tipo con el alma oscura (lo sé, me consta, no hablo de oídas), escribe cuentos para niños. No los he leído (ni falta), pero si en ellos reflejase siquiera una mínima parte de sí mismo, habría que avisar al Defensor del Menor. ¿Qué puede contar a los niños un personaje tan siniestro? Pavor le da a uno pensarlo.

2.4.06

Rosillo

Este año el Premio de la Crítica, en su vertiente poética, ha recaído en Eloy Sánchez Rosillo, por su libro La certeza, publicado por Tusquets (que hace doblete: el de narrativa ha ido a parar a Ramiro Pinilla, de la casa también).
Además de darle la enhorabuena por el galardón, le he comentado que en Plasencia tenemos la sospecha (cada vez más fundada) de que venir a leer al Aula Literaria "José Antonio Gabriel y Galán" trae suerte. Al poco, son ya varios los que han ganado algo. Ha sido el caso. Me alegro.

1.4.06

Paradoja

El lunes pasado viajé a Madrid para asistir a la presentación del primer Congreso Nacional de la Lectura, un acontecimiento al que habrá que dedicar otro día este rincón, siquiera sea porque compararlo con otro evento remotamente parecido es, para aviso de despistados, imposible.
Según costumbre, de camino a la Plaza del Rey, paré en la Casa del Libro de Gran Vía para echar un vistazo a las novedades. Allí, en una de las mesas más céntricas, vi por primera vez la edición de Paradoja del interventor de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) que acaba de sacar a la calle Tusquets. Sobre la hermosa cubierta de la colección Andanzas (donde apareció la mítica novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía) en la que se ve una estación, un tren y un hombre de espaldas con una cartera y un paraguas, la faja color naranja con la lapidaria frase de Rafael Conte, tomada de la entusiástica reseña publicada hace unos meses en el suplemento Babelia del diario El País: “Ojo, lector en singular, he aquí la novela española más importante que he podido leer en los últimos años, no sé si diez, quizá veinte”. Aunque no aparezca en la citada banda promocional, el veterano crítico literario añadió: “Pues ya estamos aquí fuera del mundo, del mundo editorial, de los premios y de las academias, de las ceremonias sociales y suplementos culturales, por una vez deberíamos extraernos de nuestras casillas para entrar en el reino de la literatura de verdad, en el universo imperecedero, frágil y universal del arte literario sin adherencia alguna. He aquí un libro importante... un apólogo kafkiano escrito en una prosa teñida de cultura, de nostalgia, de ternura y no exenta también de una buena dosis de ironía cuando lo necesita”.
No cabe duda de que el comentario de Conte debió animar a los editores barceloneses a lanzarse a la aventura que supone en España (y, doy por hecho, que en el resto del mundo) publicar una novela rigurosa que acaba de ser, como quien dice, publicada y cuyo autor es poco conocido, salvo en el territorio de la literatura a secas, el de los lectores bien informados. Esto último cuesta creerlo, pero a algunos les sacas de los tres o cuatro promotores de best sellers (llamarlos escritores es un abuso) y no dan pie con bolo.
Sí, la primera edición de Paradoja, como diría Gonzalo (que nombra sus novelas de forma abreviada: Mísera, Jotán, etc.), salió hace un par de años en la editorial extremeña, de Badajoz, Libros del Oeste. Todas sus obras han ido apareciendo en pequeñas editoriales tan dignas como ésa. Ahora, salta a otro ruedo o pasa a otra liga, lo que traerá como consecuencia que llegue a más lectores. Esto nunca se sabe, claro. Lo doy por descontado. Nadie mejor que uno mismo para reconocer lo fácil que resulta equivocarse. Eso sí, con según que nombres y según qué obras, ésta por ejemplo, eso es difícil. Lo sencillo es meter la pata haciendo mención a don nadies que sólo garrapatean.
Los primeros editores –Manuel Vicente González, Ángel Campos Pámpano y Pedro Almoril- están orgullosos de que uno de sus jugadores, por seguir con el símil deportivo, pase a las ligas mayores. No es para menos. Más extraño me parece que editores de primera división como Beatriz de Moura y Juan Cerezo hayan esperado tanto para fichar a Hidalgo Bayal. Que era un escritor de fuste lo sabían incluso ellos. Son profesionales que no se andan con los remilgos que se toman otros para sacar un libro. Por encima de consideraciones como, pongo por caso, la edad del escritor, una exigencia que pocos perdonan. Eso sirve para nuestro paisano pero también para gente mucho mayor que él, como Ramiro Pinilla, bilbaíno de 1923.
El otro día, en la estación de Mérida, primero, y en el traqueteante tren que me traía a Plasencia, después, evocaba a distancia las palabras de la contracubierta: “Una noche de noviembre, un hombre mayor, «casi en la edad de los desguaces», se apea en una estación a tomar un café y llenar una botella de agua y, sin saber cómo, pierde el tren. Como además no ha tenido la preocupación de bajar con chaqueta, se queda sin dinero ni identificación: el tren se ha llevado su equipaje y su destino”.
En efecto, como sigue diciendo en el mismo sitio, “éste es el relato, entre kafkiano y becketiano, de su estancia obligatoria en una ciudad desconocida, donde conocerá una galería de vidas minúsculas y personajes extravagantes” que dejará tan boquiabierto al desavisado lector como al que ya va advertido, pues la excelencia de la prosa de Gonzalo Hidalgo Bayal (a él le gusta que le llamen al completo) no puede dejar indiferente a nadie. A nadie que sepa y quiera leer, por supuesto.

31.3.06

Una virgen que lee



Mi hermano Fernando, tras leer la entrada Mujeres que leen, me envía desde Roma esta reproducción de un hermoso cuadro de Antonello de Messina. Me cuenta que se está celebrando en la capital italiana una exposición sobre su obra. Añade que le encanta y que, según los exégetas, la virgen no sabía leer, lo normal en una mujer de su tiempo.

27.3.06

Mujeres que leen



Todos hemos visto alguna vez un par de cuadros de Vermeer, el famoso pintor de Delft, titulados Mujer de azul leyendo una carta y Mujer leyendo una carta junto a la ventana. Por si acaso, los describiré brevemente. Tanto en uno como en otro aparece, como es obvio, una mujer de perfil leyendo una carta y las dos lo hacen delante de una ventana abierta por donde entra a raudales la luz, un motivo capital y recurrente en la pintura del maestro flamenco. Las dos se encuentran en el interior de una habitación. La de azul, por cierto, está embarazada.
Cuando pienso en la lectura, suele venirme a la mente esa imagen: la de una mujer leyendo. No otra cosa reflejan en mi memoria cualquiera de esos óleos sobre lienzo sino esa serena pasión que la lectura produce y que no puede por menos que manifestarse en el espejo del alma que cada rostro es.
Quienes leemos sabemos perfectamente cuánto entusiasmo irradia a veces de las historias que nos cuentan los libros, pero también percibimos que ese fervor (como diría el poeta polaco Adam Zagajewski) no se exterioriza sino como una forma de la serenidad, la que produce en nosotros la lectura de la más intensa de las emociones. Un trasunto de la serenitas humanista.
Puede que esas mujeres a que aludo estuvieran leyendo, pongo por caso, cartas de amor y, sin embargo, los rasgos de su cara no están alterados por rictus alguno. Cuanto les ocurre en ese complejo y maravilloso proceso que encierra toda lectura silenciosa, les sucede hacia dentro. Los fabulosos interiores de los cuadros de Vermeer guardan los secretos de esas mujeres tan delicadas como el papel de las cartas que sujetan, delante de la luz, con sus manos.

(Publicado en la revista literaria La metáfora)

26.3.06

Columnista

Utilizar el término "columna" para designar una colaboración periodística, por muy de opinión que sea, siempre me ha parecido campanudo. Lo de columnista, ya ni te cuento. Que uno se lo llame a sí mismo, señal inequívoca de que nos encontramos ante un simple retórico solemne.

25.3.06

Geografía de la soledad

Ya dije hace quince días en este mismo rincón que iba a celebrarse un interesante simposio titulado Arte y paisaje en el espacio Morán de Casas del Castañar.
Aunque no con la asiduidad que hubiera querido, pude acudir a alguna sesión. No quiero parecer exagerado, pero hubiera bastado con una para justificar el encuentro. Me refiero a la conferencia “Geografía de las soledades y el retiro” que pronunció, bajo la cúpula del EMAC, Fernando Rodríguez de la Flor.
La noche no estaba para viajes, por cortos que fueran; no obstante, con la compañía de la bendita lluvia, salimos hacia el Valle con la esperanza puesta en el sugerente asunto que anunciaba la intervención del profesor de la Universidad de Salamanca, uno de nuestros más conspicuos ensayistas.
Antes, al pasar por el pantano, pudimos ver la instalación de Óscar Lloveras, una vela multicolor que emergía de las aguas negras. Del fondo de un fantasmal barco varado.
A partir de las nociones de espacio liso y estriado, acuñadas por los filósofos Deleuze y Guattari, Rodríguez de la Flor trazó un apasionante discurso que nos llevó a quienes le escuchábamos, siquiera fuera mentalmente, a algunos enclaves de la desposesión y la distancia.
A pesar de que nuestro mundo ha perdido, salvo por los desiertos y el mar, los territorios lisos, Extremadura ha conservado sitios donde las experiencias de la huida, la soledad y el retiro se han hecho, a lo largo del tiempo, posible.
Conviene recordar que por nuestra particular periferia los tres últimos siglos pasaron de puntillas, cuando pasaron.
Nuestra excentricidad, algo más que pura geografía, unida a la escasez, el atraso, la privación y la pobreza, así como la condición eminentemente rural de la región, nos han acercado sin remedio a esa lisura.
No es extraño que los extremeños, siendo éste un lugar de abandono y de carencias, se hayan distinguido por poseer características muy ligadas a esos espacios: la paciencia, la contención, la sobriedad, el estoicismo e incluso el ascetismo.
Como uno ha tenido ocasión de argumentar en otras ocasiones, no creo que sean ajenas a ese estado de cosas las obras literarias y artísticas que los autores extremeños han ido construyendo a través de los siglos, reflejo fiel de una manera de ser que es, además, una forma de estar.
Para demostrar que lo que comentaba era cierto, el autor de La península metafísica recurrió a ejemplos concretos.
Empezó su viaje a esa geografía mítica por Las Batuecas, un paraje que conoce bien, al que dedicó, entre otros, su libro De las Batuecas a las Hurdes: fragmentos de una historia mítica de Extremadura (ERE, 1998). Allí, el último desierto carmelitano, el único que ha resistido ese modelo de vida religiosa.
Siguió por Yuste, la “casa de soledad” a la que se retiró el emperador Carlos, un hecho sustancial y asombroso que impregna el más genuino pensamiento europeo.
Llegó más tarde a El Palancar y a san Pedro de Alcántara que, por aquello de las paradojas, levantó el cenobio más pequeño del mundo en uno de los lugares más desalojados y extensos del planeta Fue entonces cuando, a propósito del mínimo convento, aludió a otro concepto clave de la filosofía contemporánea: el de esfera, centro del pensamiento de Peter Sloterdijk, uno de los referentes intelectuales de nuestra época; alguien, por cierto, que conoce nuestra tierra y si no que le hablen de Atrio, donde comió con su traductor e intérprete Isidoro Reguera, otro sabio insoslayable.
Siempre vivimos en espacios, en esferas, en atmósferas, viene a decir el filósofo alemán. Desde la primera esfera, con la “clausura en la madre”, los espacios humanos no serían sino reminiscencias de esa caverna original siempre añorada.
No podía faltar en su recorrido la Sierra de Aracena, al sur de Badajoz, y la figura imponente de nuestro mejor humanista, Arias Montano, solo y pensativo en la Peña, otro de los grandes retirados de la historia. Allí otro concepto inevitable de este razonamiento: el de vacío, más lleno a veces que lo considerado como tal.
Se mencionaron los nombres de otros escondidos: Rosso de Luna, Helénides de Salamina, Vostell… Gente que se refugió en lugares extremeños del silencio. Individuos que cambiaron de morada para cambiar de vida. Personas que buscaron la lentitud, el reposo, la desaceleración, la pausa. Hombres que buscaron, con denuedo, si no un tiempo detenido, esa quimera, sí un tiempo a escala humana, alejado del curso inhumano de la velocidad y de la prisa en el que perecemos a diario.
Se trataría, en fin, de buscar espacios de la serenidad, comunidades serenas alejadas del ruido y la furia, de la crispación y la guerra, donde poder conseguir junto a los otros (nuestros semejantes, nuestros hermanos) el sueño de Barthes: una sociabilidad sin alienación y una soledad sin exilio.

24.3.06

Parecidos

A la misma hora que ETA comunicaba el alto el fuego permanente, estaba uno reunido con alumnos de Secundaria, del programa de Rutas Literarias del Ministerio de Eduación. Eran casi cincuenta de Palma de Mallorca y de Avilés. Entre los primeros había un muchacho chino que, según me dijo, llevaba sólo tres años en España. No hablaba nuestro idioma muy allá pero, cuando me lo presentaron en la plaza, me preguntó si tenía algún hermano. Sí, le dije, dos más pero no viven aquí. Luego, a duras penas, mientras señalaba a la calle del Sol, me contó que había visto a alguien que se me parecía. Gemelo, precisó, tienes un gemelo, repitió todavía dos o tres veces. Se lo comenté luego a Yolanda y dedujo que a los chinos les pasa con los europeos de Extremadura como a nosotros con los chinos de Oriente: que nos parecen todos iguales.

En el monte

Dos síntomas de que el PP extremeño no está dispuesto a bajar del monte: un artículo infame de un tal Monago que más que vergüenza ajena lo que produce es bastante asco y una noticia acerca del rechazo del Grupo Popular en la Asamblea de una declaración sobre el alto el fuego de ETA cuando ya se estaba aplaudiendo la unanimidad, consensuada previamente. De pena.