28.12.12

La caja de Trapiello

Andrés Trapiello, tantas veces acusado de reaccionario (y cosas peores), se pone de nuevo a la vanguardia, mal que le pese, y abre una caja en su blog para que sus lectores se suscriban o donen dinero por leerlo. En su entrada "Mucho y poco, poco o mucho" escribe: "Desde hoy figurará aquí al lado una caja (alguien verá acaso en ella el platillo del zíngaro, del juglar, del artista ambulante, y también tendrá razón), donde los lectores que quieran puedan dejar lo que consideren oportuno, poco o mucho, tasado por su discreción. Me parece bien que cada cual quiera vivir de su trabajo, si este es honrado, y buscar el modo para seguir haciéndolo como hasta ahora, libre de los patrocinadores y de la publicidad, y no hay mucho más que añadir a esto. Si lo que lees cada día en esta página te gusta y consideras que debe ser retribuido para hacerlo posible, te lo agradeceré. Habrá también, supongo, quienes piensen que no van a pagar por aquello que seguirá dándoseles gratis o que está fuera de lugar pedirlo o que crean que tampoco vale tanto como pagar por ello. ¿En este caso qué podría hacer yo, sino encogerme de hombros y seguir mi camino? Quede esto entre nosotr*s, nada más". 
Hoy, día de inocentadas, vuelve sobre el asunto en otra entrada, "Inocentes del mundo entero", aprovechando su relectura de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo: "¿Qué quieres decir? ¿Ganarme el pan o merecérmelo? No merecer el pan, ser indigno de él, es un delito, pues todo hombre es digno de su pan. Pero ser incapaz de ganarlo, mereciéndolo, es una gran desgracia. De manera que si lo que me estás diciendo es «no eres digno del pan que comes», me estás insultando. Pero si haces la justa observación de que no siempre lo gano, que a veces no lo tengo, tendrás razón, pero en ese caso, ¿qué sentido tiene la observación? Si lo que dices es sólo eso, no me lleva a ninguna parte".
Uno sigue dándole vueltas a la idea. 

La casa del poeta


















De José María Gabriel y Galán, en Guijo de Granadilla, que puede ser visitada, virtualmente, aquí. Por cierto en la página en cuestión se le antepone el "D.", por si a alguien se le hubiera olvidado el tratamiento. Debe ser el único poeta al que se le trata de usted con ese reverencial respeto, al menos por estos lares. Bueno, a Machado también se le suele llamar don Antonio. Cosas de maestros. Antiguos, por supuesto.

27.12.12

Política y escuela

"El lenguaje lo aclara todo, y lo denuncia todo. ¿No sería un milagro tener una “escuela” excelente teniendo los Gobiernos y Parlamentos que tenemos? Es decir: hablando como hablan. Cualquier indicio cultural está férreamente excluido del lenguaje de nuestros políticos, quienes con saña y entusiasmo se dedican a elogiar a los propios y a vituperar a los ajenos con metáforas toscamente futbolísticas, cuando no con giros verbales que denotan un viraje, pero hacia atrás, en el sentido de la evolución humana. ¿Y no sería igualmente taumatúrgico gozar de una “escuela” amante de la razón y de la argumentación cuando, en la escena del tercer poder, comprobamos la retórica literaria de nuestros jueces, por lo general un galimatías de tal envergadura que parece que Aristóteles y Descartes no hayan existido? Toda arbitrariedad es posible —aun no queriéndola— cuando uno no sabe lo que se dice, el único gran estilo que circula por nuestra “vida pública” y que hace cómplices a gobernantes, legisladores y magistrados.
Es, por así decirlo, el estilo tertuliano, basado en el grito, el sarcasmo y la impunidad. ¿No sería, por eso, igualmente mágico que tuviéramos una “escuela” intelectualmente rigurosa en un país literalmente cautivado por las tertulias radiofónicas y televisivas, las cuales, con pocas excepciones, son ollas de grillos en las que triunfa el más gritón, o el que se figura más gracioso, o el que aspira a mayor impunidad? Lo más llamativo de este predominio del estilo tertuliano sobre el estilo crítico es que el contagio, lejos de circunscribirse a la “vida pública”, ha alcanzado también, y de lleno, a la “vida privada” y, en consecuencia, el sectarismo, la parodia y la miseria cultural se han convertido en moneda de uso corriente". Rafael Argullol, "Sin crítica no hay libertad". El País.

26.12.12

Actos de La Puerta de Tannhäuser

Hoy, en el Aula Verdugo, a partir de las 19.00 horas, se estrena en Extremadura el documental inédito 'Buñuel y su Orden de Toledo', con guión y dirección de Jesús Fernández. El acto está organizado por la librería-café La Puerta de Tannhäuser con la colaboración del Ayuntamiento de Plasencia. 
Aprovecho para recordar que mañana, a las ocho de la tarde, ya en su local de la calle Zapatería, presentamos La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española, la biografía del poeta salmantino Aníbal Núñez escrita por Fernando R. de la Flor y publicada por Delirio. Ahora que he terminado de leer la obra, puedo afirmar con conocimiento de causa que se trata de un libro excepcional por muchos motivos que intentaré, claro está, explicar allí; sobre todo, sí, para quienes conocimos a Aníbal o nos consideramos lectores suyos. Para los que ni una cosa ni la otra, no es ésta una mala introducción.

24.12.12

23.12.12

Otro libro del año

"Para mí, el mejor libro del año es el que hemos editado en Solidaridad Plasencia. Sí, sé que soy parcial, y sé también que hemos editado un libro fantástico del último curso de Memoria Histórica, pero sin duda este Cuaderno Solidario, en el que 25 artesanos de la palabra y la imagen ceden su obra para que los beneficios de la venta (5€) se destinen a la compra de alimentos para las familias necesitadas, es el mejor libro del año". Lo dice Julio Pérez en su blog, el mismo que me pidió una colaboración para ese buen invento. ¡Compren, compren, que se acaban!


22.12.12

El palacio de congresos

Maqueta del proyecto de Selgas y Cano













Uno recuerda bien la mañana fría y desapacible que el consejero de Cultura de entonces, Paco Muñoz, colocó la primera piedra de lo que iba a ser el Palacio de Congresos de Plasencia. Fue a finales de 2006. Publiqué una breve crónica aquí. Pasé un mal rato, aunque eso no lo dijera entonces. Nunca me gustaron los actos sociales y menos con autoridades, más si, como aquellas, con excepciones, eran del sector estirado. Ellos, los cargos locales, sabían además -los jefes se fueron pronto o hablaban entre ellos- que yo no era uno de los suyos. Un militante, quiero decir. Tras las palabras de rigor, piqué algo y me escapé, según costumbre, en cuanto pude.
Al bajar a casa andando, pensé en lo que pensaba la mayor parte de mis paisanos: que el lugar no era el más adecuado, lejos del centro y a trasmano. Ahora que se va terminado la obra, muchos años después, no estoy tan seguro de ello. Quiero decir que a la gente le costará llegar allí, hacer el esfuerzo o la intención incluso, pero cumple con la idea que José Selgas y Lucía Cano Pinto, los arquitectos, defendieron aquel día en cuanto a su planteamiento. Se ve, por ejemplo, desde todas partes. A este paso, cuando el edificio esté terminado y luzca como debe (aunque mareante, puede verse el resultado previsto en la página del estudio de Selgas y Cano), desbancará acaso a la pobre encina solitaria (o alcornoque) que ha venido ostentando el título honorífico de faro y emblema de este pueblo.










Como el resto de mis paisanos, también temo que se termine por fin: ¿qué haremos con él? Sin un euro en las arcas municipales, será difícil contratar personal, enfriarlo o calentarlo, mantener su limpieza... Y, sobre todo, dar sentido a su existencia elaborando un programa de actos, que para eso se construyó. Bueno, para eso y para el lucimiento de la clase política que concebía estos lugares como dádivas y pago de favores, como regalías y premios que luego serían utilizados como trofeos y bazas electorales. Despilfarro también se podría llamar a esa figura.
Con todo, uno defiende la obra, la más ambiciosa e interesante de Plasencia, arquitectónicamente hablando, en el siglo que nos contempla. Digna de permanecer, esperemos, en la memoria monumental de esta ciudad colmada de patrimonio.

21.12.12

Vida de poeta


















Ya estoy leyendo La vida dañada de Aníbal Núñez en una edición no venal (Editorial Delirio) que no es exactamente igual, al menos por fuera, que la de la imagen. En la cubierta aparece un jovencísimo Aníbal Núñez realizando lo que parece un salto de longitud. Lleva un dorsal con el número 93. 
Su autor es el polígrafo y profesor salmantino Fernando R. de la Flor, viejo amigo del poeta, y en realidad "no es una biografía". Es mucho más que eso. Tiempo habrá de comentar aquí su contenido, cuando esté leído del todo y debidamente asimilado. Sin duda promete.
Voy deprisa. Porque me apasiona el asunto -a pocos poetas he admirado tanto y casi ninguno me ha enseñado más- y porque el jueves próximo, 27 de diciembre, presentamos la obra en la placentina Puerta de Tannhäuser. Os esperamos. Aníbal Núñez y este libro bien lo merecen.


Vuelve el Libro del Año por Navidad

El País ha abierto la votación de Los Mejores Libros del Año a sus lectores. Los resultados son, como siempre, de lo más curioso. No por las obras ganadoras, de conocidísimos escritores como Almudena Grandes, Andrés Trapiello (que ya no puede negar su condición de socio principal del Club de las Almendritas Saladas, y me alegro), Javier Marías, Jon Juaristi (y su Unamuno), Tony Judt y Emily Dickinson (me encanta ver por ahí a la delicada poetisa de Amherst), entre otros. Lo que me llama la atención es el número de votantes. Da pistas sobre el seguimiento de cada género en esta país de pocos lectores. Así, 1.782 votaron al Mejor Libro del Año, 1.773 a la Mejor Novela, 520 al Ensayo, 500 a la Poesía, 430 a la Biografía y 374 al Cuento, que es aún más pobre que la lírica. Con todo, no se fía uno de estas dichosas listas (tampoco de las de "los más vendidos"), por más que no pocos de los libros seleccionados lo merezcan.

20.12.12

El bestiario de Lourtau

Mario Lourtau (Cáceres, 1976) acaba de publicar La mirada del cóndor, volumen H de la colección Luna de Poniente y cuarto de los suyos. Se trata, sí, de un bestiario. Por eso lo abrí prevenido. En principio, no siente uno especial predilección por ese tipo de libros de tradición tan larga, o casi, como la historia de la literatura, aunque su popularidad comenzara en la Edad Media. Los bestiarios que se pusieron de moda en el siglo XII en Inglaterra y Francia procedían, por lo demás, de mundos antiguos: el grecorromano, el bizantino, el persa. Se nos cuenta que mezclaban mitología, magia y fantasía y encerraban un fondo de fábula. Por lo demás, ya digo, los animales han estado siempre presentes en la poesía, la narrativa y el teatro de todos los tiempos, ya sea en forma o no de bestiario. El de Lourtau es un bestiario particular, poco o nada pendiente, según creo, de la fidelidad al género. Y una apuesta arriesgada en materia poética. De la que sale, lo diré pronto, con bien.
Para empezar, los animales que lo pueblan son reales, no imaginarios. Conocidos o muy conocidos la mayor parte. No se atisba exotismo en este libro, a pesar de que se viaje a la sabana o a la selva. Al revés. Se aprecia una deliberada naturalidad, una manera de proceder que evita en todo la estridencia. La elección de animales e insectos humildes -la mosca, la hormiga, el escarabajo- (la tercera parte del libro, "Entomología de los sueños", se dedica por entero a ellos) marcarían el tono del libro, toda una declaración de intenciones.
La residencia familiar en el pueblo de Torrejoncillo, en plena dehesa extremeña, acaso dé otra pista fiable sobre la debilidad de ML por los más genuinos pobladores de la naturaleza, tan omnipresente, por cierto, en este libro como ya lo era en el anterior, Quince días de fuego.
Los poemas que componen La mirada del cóndor son discursivos, extensos, muy rítmicos. Se demoran en la reflexión y en lo descriptivo cuando hace falta. Son, en suma, cualquier cosa menos minimalistas, más allá de la ineludible economía a que todo poema aspira, algo más que un mero problema de número y medida.
Lourtau afirmaba hace un año en una entrevista: "Considero fundamental el ritmo y la musicalidad de los versos, cómo suena el poema al ser leído, y la manera en que las palabras se ofrecen al lector. Hacer que la lectura fluya de forma natural es una de mis mayores preocupaciones, para eso utilizo un tono cercano a lo conversacional, valiéndome de un vocabulario sencillo pero evocador". Dicho y hecho.
Hay en el libro, además, imaginación, pero no de esa fantasiosa o de estirpe surrealista, tan del gusto de ciertos prestidigitadores líricos. Al leer, insisto, no se deja de tocar suelo, vida, y hasta lo más alejado vuelve hacia nosotros con la familiaridad de lo visto o de lo conocido.
Ya se mencionó más arriba que la fábula suele ser inseparable de este tipo de obras, aunque uno ve más moral que moraleja detrás de cada una de estas pequeñas historias (donde lo narrativo no pierde nunca de vista lo poético, que es lo que prima). Es decir, al hablar de los animales, de sus usos y costumbres, de sus cualidades y sus afectos, de su aspecto o sus instintos, ML está hablando de nosotros, los seres humanos, animales también, racionales a veces. 
Consciente del lugar desde el que escribe, no faltan referencias a la literatura ("Haced literatura de los seres / que pueblan los paisajes de la noche"): Rilke, Samaniego, Atxaga (y su famoso erizo), Kafka o Walser son algunos autores citados a los que habría que añadir aquellos de los que toma los epígrafes. El primero, Canetti, certero: "[Un poema] es un animal desconocido cuya forma completa no podemos abarcar de una sola ojeada. La interpretación es una jaula, pero él no está nunca en el interior."
Tampoco falta el humor, inevitable en un poeta del siglo XXI, ni la ironía, por lo mismo. Así en "Ñus" o "La piel del cocodrilo".
Entre los buenos poemas de este libro, destacaría el que le da título y lo abre, "Gato", "Lince ibérico" ("Entre las zarzas secas y los pinos / fluye un perfume a jara y a resinas, / a flores destiladas y a cantueso"), "Pez de soledad", "Murciélagos", "Simpatía de las hienas", "León" (dedicado a su padre), "Rinoceronte de Durero" (un poema histórico), "Grillo", "Ciempiés", "Hormiga", "Mantis religiosa", "Abeja reina" (donde lo amoroso y lo sensual predominan), etc.
El que lo cierra, "El último animal", me parece un perfecto colofón: "como si al cabo fueses, entre las sombras puras, / el último animal sobre la tierra".

19.12.12

Lo del dedo

"Creo haber escuchado de la sabia y transgresora boca de Chicho Sánchez Ferlosio en Mientras el cuerpo aguante, el documental sobre este insólito personaje que rodó Fernando Trueba, la historia de unos gobernantes de tiempos remotos que a cambio de acceder al poder tenían la obligación de cortarse un dedo (¿o era una oreja?) al abandonar su jefatura. Es lamentable que esa tradición tan racional no se haya mantenido hasta la actualidad. Asocio la reconfortante leyenda que contaba Chicho con las imagenes del informativo de laSexta en la que el presidente del PP en Extremadura, un señor llamado Monago, afirmaba que antes de hacer recortes sociales se cortaba un dedo. Como estos han llegado, un grupo de jocosos y revindicativos manifestantes le exigen el cumplimiento de aquella promesa cantando: “Córtate el dedo, Monago”. Imagino con desilusión que como tantas promesas volcánicas y sinceras, esta tambien será incumplida". Carlos Boyero. "Promesas", El País, 15 de diciembre de 2012.

18.12.12

De los periódicos

"Uno de los inconvenientes que puede tener cualquier escritor es la publicación. Este autor apunta que, hace años, solo las grandes plumas, como su paisano Javier Cercas, podían ver publicadas sus obras. Sin embargo, ahora, gracias a la autopublicación y a la autofinanciación, se puede conseguir echar a la calle un libro. Además, las editoras corrigen los textos, detalla". 
Lo leo en el Hoy. El texto me parece primoroso. El autor al que se alude fue alcalde de su pueblo durante 20 años y ahora escribe novela negra. Lo raro, si se piensa fríamente, es que no haya más políticos dedicándose a eso.

17.12.12

Simenon en Acantilado

No va a descubrir uno a estas alturas la categoría como editor de Jaume Vallcorba. Acantilado (y antes Sirmio), su acreditado catálogo, sus preciosos libros, hablan por sí solos. Pues bien, no contento con lo ya conseguido, aborda la publicación en castellano de las novelas de Georges Simenon, el creador del inspector Maigret, que llegó a publicar medio millar. Para presentar su idea ha dado a la imprenta un librito primorosamente editado que se distribuye gratuitamente en las librerías y que uno se llevó a casa gracias a GHB, que me lo recomendó. Además de una palabras de Vallacorba, donde recuerda que el autor, natural de Lieja, aún no ha sido considerado por muchos como uno de los grandes escritores del siglo XX, se incluye su magistral relato "El hombre en la calle", en traducción del añorado Carlos Pujol, así como artículos de Joan de Sagarra (que pone en duda la famosa afirmación de Simenon: "Je suis un homme comme les autres" y destaca, entre otras, una influencia esencial: sobre Modiano), de Rafael Conte y de Muñoz Molina (que empezó del lado de Chandler y Marlowe, que se confiesa lector incondicional de Simenon no sin declarar una pega: sus memorias, la única historia mediocre, según él, inventada por el parisino de origen belga). Del citado Pujol se rescata un hermoso texto, a modo de breve biografía, publicado hace años en ABC: "El universo de Maigret va a ser inolvidable". Como estupendo es el que firma John Banville, escrito a propósito de la selección de obras de Simenon para New York Review of Books. "¿Era humano", se pregunta el autor de El mar, que ensaya sobre el concepto de roman dur y que describe algunas obras esenciales que publicará aquí Acantilado. Me ha gustado mucho también el texto que cierra el pequeño volumen, de Pierre Assouline. Recuerda la perfecta definición de Félicien Marceau: "el hombre de las cavernas más algunas neurosis". "El hombre en lucha con su destino", según él. Por si fuera poco, se añaden un puñado de cartas: de Fellini, Gide, etc. y muchas opiniones de grandes escritores ponderando su alcance literario.
Nunca es tarde para descubrir el Mediterráneo. Uno lo hizo hace poco, gracias a la lectura de Por si algo me ocurriera (traducida por Carlos Pujol), de Tusquets Editores que, conviene recordarlo, ha publicado muchas de sus novelas en España. Y ahí siguen.

16.12.12

El humorista Goytisolo

"Yo valoro mucho el humor", dice José Luis Melero al principio de su artículo "El humor de Luis Goytisolo", incluido en Escritores y escrituras. El texto se dedica a comentar, con exquisita y divertida ironía, algunas afirmaciones del pequeño de los Goytisolo que le convierten, según Melero (una opinión que suscribo), en un auténtico humorista. Para corroborar esa teoría, añade uno, con su permiso, otro ejemplo, muy reciente. Así, cuando el periodista Ramón Arangüena le pregunta en la revista Yo dona (El Mundo, 8 de diciembre de 2012) al autor de Antagonía: "¿Cuál es la primera lectura que recuerda?", el académico, sin inmutarse, responde: "Macbeth. Le pedí a mi abuela que me leyera porque, en aquel entonces, me costaba leer de corrido". Esto último, sin duda, es extraño. Más, que este hombre haya tenido abuela.

15.12.12

Volutas de lector

Llevo años siguiéndole la pista a José Luis Melero, pero sólo ahora puedo decir que he leído un libro suyo, Escritores y escrituras. Lo ha editado Xordica. Reúne ciento diecinueve artículos publicados en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón entre 2009 y 2012 y está dedicado a la memoria de uno de sus mejores amigos, Félix Romeo, al que tanto seguimos echando de menos, ahora que se cumple el primer aniversario de su intempestiva muerte.
De amistad y de lealtades, por cierto, tiene mucho este libro. Al citado Romeo, sí, pero también a Ignacio M. de Pisón (que vive en Barcelona pero que vuelve cada poco a su ciudad natal), Ismael Grasa, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, etc.; es decir, a algunos de los más esclarecidos representantes de la intelectualidad aragonesa, un puñado de escritores a los que da gusto leer y por los que uno siente un respeto absoluto. Por aquello de la provincia, sobre todo, ese mundo periférico tan devaluado que, como aquí se ve, da para mucho. En efecto, de "mis pasiones aragonesas" hay no poco en Escritores y escrituras pero el marbete de "autor local" no limita, todo lo contrario, los acercamientos de Melero al mundo, a su mundo, que a fuerza de particular es ancho y ajeno. Aragonesa es la jota y quien la cantó acaso como nadie, José Oto, como aragoneses son los numerosos autores (en especial los desconocidos u olvidados) y las abundantes obras (novelas, crónicas, libros de poesía, memorias...) de los que da buena cuenta el bibliófilo zaragozano. Esa condición, supongo, se antepone a cualquier otra; por ejemplo, la de aficionado al fútbol (del Zaragoza, por supuesto) o la de coleccionista de objetos raros y curiosos con veleidades fetichistas. Un bibliófilo, conviene decirlo, de los siguen prefiriendo una buena novela o un buen ensayo al catálogo de una librería de viejo, por tentador que resulte. Un bibliófilo que lee, cosa rara. Alguien que reconoce lo mucho que valora el humor, de ahí que las anécdotas, las curiosidades, los apuntes y todo cuanto cuenta estén impregnado de ese sentido propio gente inteligente y poco o nada solemne. Así cuando se refiere a las "santas, pacientes y resignadas" mujeres de los bibliófilos (en el hilarante "De compras"), a los cleptómanos, a los propios bibliófilos o a tantos y tantos personajes, vivos y muertos, de los muchos que pueblan las páginas de este libro: los Labordeta (Miguel y José Antonio, al que dedica un artículo memorable por culpa, ay, de su fallecimiento), Luys Santa Marina, José María Hinojosa, Urbano Lugrís, Luciano Gracia, Chaves Nogales, el pesado de Cañabate ("Coño, vete", le decían los amigos cuando llegaba a la tertulia del café), Teresa Wilms, José Manuel Castañón, Jesús Moncada, Ciro Bayo (que viajó a Yuste con los Baroja), etc. Una sombra tutelar, se podría decir, es la de su admirado Andrés Trapiello (con su inseparable Bonet, bibliófilos de pro), lo que no le impide trazar sendos retratos (elogiosos) de Gimferrer y de Tàpies. Aparece, cómo no, nuestro Bartolomé Gallardo (y de rebote Rodríguez Moñino), algo que me lleva a pensar la insalvable diferencia entre la manera de proceder, y de escribir, de este sabio erudito y la que gastan los de por aquí, tropa dizque informada, pero carentes de la gracia y el estilo de quienes hablan con pasmosa y honda naturalidad de los libros sin más rebozos que los del rigor y el entusiasmo. Por eso me he acordado de Fernando Pérez al leer muchos pasajes de la obra, como cuando se menciona a Azorín y la presencia de Aragón en su obra (o en su vida, no en vano se casó con una maña).
Letraherido confeso -a falta de sueños cumplidos, leamos-, Melero declara que siempre lo ha hecho "con un lapicero en la mano". Se nota a la legua. Lo mismo que se aprecia lo buen conversador que será. A uno, al menos, le gustaría seguir escuchando, más allá de los límites de estas entretenidas cuartillas, todo lo que podría seguir relatando de esa panda de escritores en las afueras del canon que, sin embargo, tantas lecciones de literatura nos pueden dar. Eso era hasta hace poco Chaves Nogales, sin ir más lejos, y ahora...
Alude Melero, en fin, a "este expositor o vitrina de rarezas bibliográficas", de "volutas de lector", y no puede uno por menos que mirar para otro lado, como si no se estuviera refiriendo a estas prosas amenas que uno lee tan sustanciosas y vivas.