12.1.13

Las identidades de FBR

De entre los tres o cuatro libros que le propuse a mi hijo como regalo de Reyes, a instancias suyas, él eligió Las identidades, de Felipe Benítez Reyes. Se fue al más caro. También al más bonito. Publicado en la colección Palabra de Honor de la editorial Visor, que dirige su amigo Luis García Montero, reúne poemas escritos entre 2006 y 2012, y obligará a Chus Visor, más pronto que tarde, a reeditar ampliado Libros de poemas, donde el poeta roteño incluyó una vez más todos los suyos hasta la llegada de éste. 
No hace falta que vuelva a declarar, disensiones juveniles aparte (qué lejos acaban quedando las escuelas, los grupos y las tendencias de cualquier poeta auténtico), mi interés por la poesía de FBR y, por eso, mi respeto por una de las obras poéticas más sobresalientes del panorama lírico español contemporáneo. Las identidades, que es uno de sus libros mayores, vuelve a demostrarlo y hay en él poemas sin duda consistentes, duraderos. Algo metafísico en la primera parte (con versos muy hondos), la que más me ha gustado en su conjunto es la segunda, aunque no me ha decepcionado la tercera, tal vez la más arriesgada. En general, en todas ella, ya digo, hay poemas excelentes. Uno se queda, por ejemplo, con el que abre el volumen, "Inacción de gracias", y con "Casa en el sueño", "Fuentes", "La lección inexplicable", "La divagación", "Cuento de Tokio", "Postal del Báltico" (un poema precioso que tanto me recuerda al joven Benítez Reyes), "Lectura de Lisboa" (que demuestra que se puede seguir escribiendo sobre esa ciudad escrita), "Infancia", "Conjetura del miedo", "Atlas Geográfico Universal, 1972", "Las identidades", "La conspiración" y "Paréntesis". Se ve que no son pocos. Y podrían ser más. Ninguno desmerece. Todos remiten a ese mundo propio que FBR ha ido levantando (también con sus novelas y cuentos), un universo de palabras en el que la magia, como símbolo, ha tenido y tiene tanto peso.
El citado LGM comentaba hace poco que a determinada edad el poeta debe tener cuidado con las repeticiones y que, por eso, iba a ralentizar su dedicación a la poesía; supongo que para cultivar, de paso, su nueva faceta de novelista. Sí, todo poeta a partir de los cincuenta (y siempre) debería empezar a preocuparse, entre otras muchas cosas, por no insistir en lo que ya ha dicho. Si el fruto de lo escrito es un libro como éste, bien merece la pena seguir en el empeño; más allá de la edad, del cansancio y de cualquier otra aciaga o feliz circunstancia.

11.1.13

LA POESÍA NÓMADA DE FABIO MORÁBITO


Ya he contado alguna vez cómo descubrí la poesía de Fabio Morábito, el poeta mexicano de origen italiano nacido en Alejandría (1955), gracias a la antología de Ramón Cote, Diez de ultramar; un libro importante en mi memoria de lector, gracias al cual me inicié en las obras de poetas hispanoamericanos importantes, a mi modo de leer, como José Luis Rivas, Alberto Blanco o William Ospina.
A pesar de su escasa producción poética, cuatro libros en casi treinta años, Morábito es ya uno de los nombres ineludibles de la poesía de ultramar escrita en español.
Consciente de ese hecho, la editorial Visor ha publicado su primera antología en España, Ventanas encendidas, donde reúne poemas escritos entre 1984 y 2011. Pertenecen a sus libros Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) y Delante de un prado una vaca (2011).
La edición, selección y prólogo, corre a cargo de Juan Carlos Abril, quien desbroza de manera adecuada la sinuosa senda que marca este poeta tan parco como fundamental. La bibliografía citada da fe de su conocimiento del autor.
Se alude allí a Luis Rosales, por lo del título, a los poemas como “taxonomías anímicas”, a la condición de “parábolas” y de “ejemplos” que tienen esta poesía que Antonio Deltoro califica de “horizontal”: matérica, “a ras de suelo”.
La de Morábito, digámoslo pronto, es de línea clara que, como toda la que de verdad lo es, no quiere decir ni sencilla ni simple. Poesía narrativa, leve, breve y frágil, siquiera en apariencia. Es significativo lo que tiene de artesanal, si se me permite el término, de minuciosamente trabajada, algo que tiene que ver con una de las claves de esta escritura: utiliza un lenguaje ajeno. Como precisa Morábito: “Escribo en una lengua que aprendí”. El italiano fue su lengua materna. Y digo “fue” porque explica que la ha ido perdiendo por el camino, al menos en su uso diario o común. No hay que olvidar, sin embargo, que Morábito ha traducido al español la poesía de Montale. Al castellano o español se refiere, en fin, como “este idioma / que no es mío”.
Destaca Abril la sintonía entre vida y literatura (suponiendo que la poesía lo sea) en la obra de Morábito, de marcado carácter autobiográfico. Por eso, nada más natural que aunar las peripecias vitales de alguien que nació a “las afueras de África”, vivió su infancia en el norte de Italia, en Milán para ser exactos y terminó viviendo en Ciudad de México (como cuenta en uno de los poemas esenciales del libro: “Tres ciudades”), su “historia nómada”, con las aventuras lingüísticas, por el mencionado cambio de lenguas. Todo confluye: “y encuentro al fin mi lengua / desértica de nómada, / mi suelo verdadero”. “Escritura nómada, / anónima, interior, / que todos entendemos”. Léase a este propósito el precioso poema “Un viaje Pátzcuaro”.
He aquí otra de las claves: su condición de extranjero, de exiliado, de desterrado, de emigrante. Un sentimiento que no puede evitar y que vuelve una y otra vez sobre su particular biografía, tan de este tiempo. No pertenece a ningún lugar, pero tampoco puede regresar a ninguno. No hay manera “de soldarse a algún pasado”, parece decir. Un sentimiento que, añado, no sólo le pertenece a él. Su madre tampoco puede volver al mar (símbolo originario de su ciudad natal, portuaria y marítima), que sería, tantos rodeos después, como el morir. Lo familiar, conviene anotar, es arte y parte de este universo. El poema “Mudanza” es muestra elocuente de lo que apunto.
Como dije una vez, parafraseando a Steiner, a propósito de Kafka, Morábito estaría dentro de la lengua española "como un viajero en un hotel". Eso sí, como un huésped que viviera allí con la naturalidad y la elegancia con que lo han hecho siempre ciertos viajeros con posibles (“Manual de vida”, Letras Libres, julio de 2003). Y es que la del viaje, se anticipó más arriba, es otra de las metáforas que le competen.
Morábito describe muy bien ese paisaje de afueras (“mundo de las afueras”, en palabras de Aurelio Asiaín), tierra de nadie, no-lugar, descampado de la periferia de las ciudades, eliotianos “lotes baldíos”, donde abunda la basura, los escombros, las tapias, las latas y las ratas.
Y otra clave, ya que lo menciono: la de las cosas (eso que denominé antes como “matérico”), de los objetos: mesas, muros (¡omnipresentes muros!), tuberías, sillas, puertas, casas y, cómo no, ventanas. Encendidas (“Ventanas encendidas, mi tormento”), dejan entrever la vida de los otros. El poeta espía, observa, sueña (en la felicidad de ellos) y, al cabo, saca conclusiones: “Tal vez la intimidad de dos se basa / en la derrota de un tercero / que, expulsado, los espía, / alguien de lava con la vista fija”. Hay muchos poemas en este sentido, “Piazza Gimma”, por ejemplo. Sí, por encima de todo, esta es una poesía de la mirada.
Cosas y animales: lagartijas, sobre todo, jirafas, moscas, las citadas ratas…, aunque Morábito escriba: “… hasta dejarme / como soy: un hombre, /un simple hombre”.
Derivada de esa obsesión lingüística, es lógica la presencia de la reflexión sobre la propia poesía y su ejercicio, que me cuesta denominar metapoética por lo que tiene de natural y no de teórica. Menudean los poemas (“A tientas”, “Ars poetica”, etc.), los versos en los que se ocupa de este asunto. Así cuando escribe: “¿De qué petróleo íntimo / nos salen las palabras que escribimos / y a qué profundidad / brota el estilo sin esfuerzo”. O: “porque vivimos, dicen los expertos, / sobre una falla, la famosa falla. (…) ¿Somos poetas solo por pisar en falso? / La poesía, ¿es una falla del lenguaje /de la que sale magma ardiente”. O: “Solo la poesía no desecha”. O, para terminar: “Por eso escribo: para recobrar / del fondo todo lo adherido, / porque es el único rodeo en el que creo, / porque escribir abre un segundo estómago / en la especie”.
No debería perderse el lector español la oportunidad de acercarse a la poesía nómada de Fabio Morábito. Por suerte, éste es un notable ejemplo, la poesía escrita en español al otro lado del Atlántico ha dejado de ser algo lejano o exótico, un misterio. Gracias a un puñado de editoriales españolas (Pre-Textos, Visor, Hiperión, Renacimiento, La Isla de Siltolá, Tusquets, etc.), se viene leyendo con libertad y, según creo, con mutuo aprovechamiento. Ya podemos desmentir a Shaw: en nuestro caso, una lengua común no nos separa.

Álvaro Valverde

Ventanas encendidas
Antología poética
Edición de Juan Carlos Abril
Madrid, Visor, 2012
 

(Nota: Esta reseña ha sido publicada en el número 102, correspondiente a noviembre-diciembre de 2012, de la Revista de Nueva Literatura Clarín.)

10.1.13

Política local

Que la política placentina ha venido siendo, desde la Transición, cualquier cosa menos ejemplar era algo de sobra sabido. Aquí y fuera. Pero sobre todo para quienes hemos padecido las aciagas consecuencias. No voy a volver sobre ese desgraciado asunto del que me he ocupado, para nada, mil veces. Pues bien, todo sigue igual. O eso parece. De los últimos acontecimientos, que esta vez tienen como protagonista al PSOE, informa el periodista Antonio Sánchez-Ocaña en el diario HOY.
La crisis se zanja con la disolución, ahí es nada, de la agrupación socialista de Plasencia. De momento, se cierra la sede hasta dentro de un mes. "Para entonces no habrá en la ciudad ninguno de los 300 militantes actuales, ni agrupación. Solo una sede cerrada. A partir de ese momento volverá a abrirse la afiliación y se convocará asamblea constituyente que elija una nueva dirección local", escribe ASO.
El secretario regional del PSOE, Guillermo Fernández Vara, "explicó que la ejecutiva provincial iniciará los pasos encaminados para disolverla, «para volver a empezar de nuevo y que el PSOE en Plasencia sea noticia por todo lo que tiene que hacer en la ciudad y no por las cosas que puedan pasar dentro del PSOE»".
Uno se daría por satisfecho si a la postre se limpia de una vez el buen nombre de ese partido que, por cierto, al lado de algún que otro indeseable, ay, antes y ahora ha contado con afiliados íntegros. Los placentinos no se merecen menos.

Una reseñina

Fermín Herrero. Piedra de Molino.
Revista de Poesía, número 17 (Otoño 2012)

9.1.13

Ay, amor

"El verbo amar era el primero que aprendíamos en el colegio. Podía ocurrir que uno recibiese dos bofetadas por no recitar correctamente el imperfecto de subjuntivo. Todo quisque habla bien del amor y hay gente famosa que sale en las revistas por haberse enamorado. Pero ya Fray Luis cifraba la sabiduría en el anhelo de vivir a solas “libre de amor”. Y es que el amor da trabajo, comporta gastos y decepciones, duele cuando no es correspondido y, cuando lo es, se cubre de óxido con los días. Implicar en él la totalidad del yo, ¡menuda fatiga! Pues así lo define Eva Illouz, que se declara feminista, lo cual es batalla verbal, debate y reivindicaciones en la alcoba. Le he preguntado a la costilla (veintinueve años juntos, dos hijas, facturas compartidas, días de besos y días de truenos) qué entiende por amor. Llegaban nuestras carcajadas hasta la calle." Fernando Aramburu, El Cultural.

8.1.13

El Nadal de Vila-Sanjuán












Fue una grata sorpresa la que me llevé ayer al levantarme y leer que le habían dado el premio Nadal a Sergio Vila-Sanjuán. Por su novela Estaba en el aire, que publicará la editorial Destino.
Una alegría, sí. Es uno de los mejores periodistas culturales de este país (con permiso de Mas), coordinador del suplemento Cultura/s del diario barcelonés La Vanguardia, y alguien de quien uno ha aprendido no poco. Debió sentirse muy extraño al verse del otro lado, tras cubrir esa famosa cena como cronista durante más de tres décadas. ¡Menudo regalo de Reyes!
V-S ha pasado por este blog más de una vez y uno ha leído con mucho interés artículos suyos (más cuando el acceso a las páginas del suplemento era libre o uno podía comprar un ejemplar del periódico en el kiosco de la plaza de Mérida), así como su obra Pasando página. Autores y editores en la España democrática. Nos conocimos en Cáceres, en 2006, con motivo del I Congreso Nacional de la Lectura en el que participó como ponente, y es, no me duelen prendas decirlo, un tipo encantador. No hay más que ver cómo sonríe. ¡Felicidades!

7.1.13

Carrasco a la intemperie

«Sin agente, referencias ni contacto alguno, Jesús Carrasco mandó Intemperie a Seix Barral. “De ese envío -explica Elena Ramírez, su editora- ha resultado un enorme lanzamiento en enero porque tanto yo, como la red comercial, como los libreros que la han leído nos hemos enamorado del libro”.
Ha resultado, además, que va a ser publicado en 13 de las mejores editoriales del mundo y que hay, incluso, visos de un proyecto cinematográfico.
“Esta historia maravillosa es la que da sentido a las profesiones implicadas en el proceso de publicación: a la de escritor, la del editor, la del librero.... y en definitiva encierra una moraleja esencial: al comienzo de este sueño sólo hay un gran libro.”», cuentan en El Cultural
En el Boletín de Novedades de Seix Barral la cosa es aún más espectacular. Cabe añadir que Jesús Carrasco es extremeño, de Badajoz, donde nació en en 1972, y que en 2005 se trasladó a Sevilla (un sino de los escritores de aquí que vuelve a repetirse), donde reside en la actualidad. Desde 1996 -se nos informa- trabaja como redactor publicitario, actividad que compagina con la escritura.
«Una mezcla muy personal de Miguel Delibes con Cormac McCarthy. La prosa de Jesús Carrasco es riquísima,el ritmo hipnótico, la trama sobrecoge hasta el  punto de que al llegar al capítulo cuarto leía con la mano en el corazón. No consigo quitármela de la cabeza; es uno de esos libros que te cambian al leerlos», precisa por su parte la mencionada Elena Ramírez.
"Un debut literario con alma de clásico", reza la frase publicitaria. Remata la doble página del citado boletín un puñado de opiniones de sus editores extranjeros y de libreros de toda España. Ya sólo falta leer esa presunta obra maestra. Y comprobar, claro, que todo es verdad. A estas alturas, ¿quién lo duda? Eso sí, habrá que esperar al día 17.

6.1.13

Reyes

© Forges. El País

5.1.13

El poeta

©The Metropolitan Museum of Art



















El poeta, de Jusepe de Ribera (Játiva, Valencia, 1591-Nápoles, 1652) es la obra elegida por la Fundación Juan March como entrega número 10 de su interesante serie ESTAMPAS, ARTISTAS Y GABINETES. BREVE HISTORIA DEL GRABADO. El estudio que ilustra el aguafuertes del Españoleto, realizado en la ciudad italiana de Nápoles, se debe a Javier Portús, Jefe de conservación de Pintura Española (hasta 1700) del Museo Nacional del Prado.
El grabado pertenece, eso sí, a The Metroplitan Museun of Art de Nueva York.
Entre otras cosas, Portús escribe: "La imagen de Ribera, con su poeta abrumado por sus propios pensamientos, participa plenamente de esa tradición, y constituye un eslabón importante de una cadena de estampas con contenidos similares, a la que también pertenece El sueño de la razón produce monstruos, de Francisco de Goya. Dentro de ese grupo, esta estampa adquiere un lugar propio, y se destaca porque es la imagen en la que el personaje aparece más abatido y derrotado. A la sensación de abatimiento contribuye el hecho de que es alrededor del rostro donde se concentran las sombras más densas de la obra. En este caso, además, el grabador nos ofrece una pista acerca de la naturaleza de su turbación y su desconsuelo. El sillar agrietado y desgastado sobre el que descasa el brazo, y el tronco envejecido del fondo nos hablan del paso del tiempo y de sus estragos, y sitúan la triste reflexión del poeta en un plano elegíaco.
El poeta que reflexiona melancólicamente sobre la naturaleza destructora del tiempo no era un simple tópico en esas décadas iniciales del siglo XVII, pues se encarnó en personajes concretos. En España fueron muchos los poetas que dedicaron sus versos a estos temas, y entre los más conocidos figuran Rodrigo Caro o Quevedo. De hecho, acabó por convertirse en un tema estrechamente ligado a la idea de poesía".

4.1.13

Bienaventurados los maestros.

Porque enseñan.

Gente sencilla que instruye a seres inocentes.

Que enseñan
a leer entre líneas los secretos del mundo.
A escribir las palabras que serán esenciales.
A calcular con números la medida de todo.
A recodar aquello que jamás hemos visto.
A dibujar los mapas que conforman la Tierra.
A entrar en los misterios que explican lo que somos.
A expresar con el cuerpo la armonía existente.
A apreciar los sonidos de la vida hecha música.
A suplir las carencias que soportan algunos.
A hablar en otra lengua para ser extranjeros.

Bienaventurados los maestros
porque educan a niños que serán ciudadanos.

Sí, bienaventurados los maestros.

Los que siguen al pie del cañón
-porque algo de batalla tiene esto-
y, más aún, los que se han jubilado,
felices, quién lo duda, por el deber cumplido.

Pocos trabajos más gustosos,
que diría Juan Ramón.

¡Bienaventurados los maestros!

(Escribí estas líneas animado por mi compañero Ricardo, responsable de elaborar un documento gráfico con motivo de la jubilación de cinco maestros de nuestro colegio. Fue una comida memorable. Llena de emociones encontradas.)

3.1.13

¿Quién manda?

"Lo mismo sucede con el hipervitaminado torete Wert, al que desde el primer día se le subió a la testuz el cargo. Que el pobre se haya desquiciado a nivel personal y se haya “animalizado” no significa que obre espontáneamente, hasta ahí podíamos llegar. Sus reformas, sus recortes, sus sumisión a los obispos, su lunático deseo de españolizar a los españoles (es otro que ha logrado ponerse en contra a la sociedad en su pleno: rectores, profesores de todas las enseñanzas, alumnos, padres de alumnos, artistas, empresarios culturales), no son meras ocurrencias suyas, por mucho entusiasmo que haya decidido aplicarles como buen siervo que es. Obedecen a un plan, son órdenes de los que mandan; su reclamadísima dimisión no serviría de nada". Javier Marías, "Los que mandan", El País Semanal, 30 de diciembre de 2012.

2.1.13

Universo Melero

Ya di cuenta aquí atrás de un postergado encuentro con el bibliófilo José Luis Melero y comenté su libro Escritores y escrituras. También Xordica publicó en 2009 otra obra suya, La vida de los libros que a uno le ha alegrado algunas horas estas pasadas Navidades. Reúne, como el otro, artículos aparecidos en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón y está dedicado a su principal instigador, el director del mismo, Antón Castro.
Mucho de lo que se dijo acerca de Escritores y escrituras podría repetirse a propósito de su hermano menor. Es fruto, no cabe duda, del lector "curioso", que él distingue del "sabio". De alguien que "en lugar de recorrer las avenidas principales, pasea siempre por los arrabales y acaba conociendo a la genta más rara y simpatizando con los libros más periféricos y estrafalarios". Sí, "este es el libro de un lector curioso y no de un seguidor del canon, la academia y los manuales, es más un escaparate de literaturas perdidas, de lecturas fragmentarias, que un ensayo luminoso sobre algunos de los libros más principales". Esos, dice Melero, ya tienen "plumas más autorizadas que la mía que los estudien o ponderen". Él prefiere ocuparse de los que nadie o casi nadie se ocupa para ofrecerles "algunos minutos de gloria". De paso busca entretener a sus lectores con esas "lecturas arbitrarias" y "contagiarle de alguna manera esa felicidad que yo he sentido al leer esos libros y al escribir estos textos". Y sin duda lo consigue, ya decía.
No falta la impronta aragonesista y zaragazona, nunca ocultada; digna, sobre todo, de orgullo. Son muchos los personajes, escritores o no, que nacieron o vivieron en esas tierras y de cuyas vidas escritas hace muy bien en dar cuenta. Vuelve JRJ y sus monjitas enamoradas; Gimferrer, todavía Pedro; bohemios del siglo pasado como Gálvez o Retana; más de un falangista (Sánchez Mazas, Ros, Mourlane, Laín, etc.) y otros derechistas afines a Franco, como Ruano, Giménez Arnau o Sainz Rodríguez (recordaba al leer su semblanza una larga conversación, de la fui testigo, entre L. M. Anson y Octavio Paz a propósito de algunos acontecimientos desternillantes de la vida del que fuera ministro de Franco y monárquico a ultranza, que tuvo lugar en el restaurante Jockey de Madrid, a los postres de la entrega del premio Loewe del año 91); militares y civiles de las guerras de España; poetas del 27 y arrimados como Chabás... No faltan las referencias a los viejos libros (sobre los viajes a Rusia tras la Revolución, pongo por caso) y a los libreros de viejo, como Inocencio Ruiz. Y a emocionantes manías, como la bibliofilia (que impide prestar libros, que arruina a cualquiera que pretenda hacerse con primeras ediciones de Gil de Biedma, etc.) y el fútbol (al Zaragoza, quiero decir). 
Son dignos de elogio los comienzos de los artículos de Melero, que por eso siempre atrapan desde la primera línea. También su sentido del humor, su suave acidez (esta vez aplicada contra los prólogos, algunos primeros libros, el emboscado Laín o el novelista Juan Benet, que aparece en otro artículo como miembro de la cuadrilla del torero Rafael Ortega), sus amplios conocimientos sobre literatura -más propios del sabio que del curioso- y, cómo no, sus anécdotas, divertidas casi siempre; sobre erratas, por ejemplo.
Dos veces menciona Melero a mi paisano Manuel Pérez de Guzmán, Marqués de Jerez de los Caballeros, que logró formar la "más importante biblioteca de literatura española que jamás haya habido en España" y de cómo la perdió y de la tristeza que llegó a embargarle, pensando en el noble extremeño, al ver aquellos volúmenes en la sede de la Hispanic Society de Nueva York.
"Los libros de José Luis Melero son vitrinas donde se preservan con mimo las literaturas perdidas, una suerte de muestrarios de antiguas telas con los que disfrutar de libros y autores olvidados como si fueran paños o sedas de otros tiempos, y también una invitación a dejarnos seducir por la atracción irresistible de aquellos escritores que hicieron del fracaso el eje de sus vidas", reza en la contracubierta de La vida de los libros. Lo que a uno se le antoja un delicioso, particular universo.

31.12.12

En el "top ten" de Aramburu

"La verdad es que nunca me han gustado (ni me he creído) demasiado las listas de fin de año, ese injerto del mundo del deporte o la competición que tan mal casa con los ritmos y las necesidades de la lectura, pero no puedo negar (¡viva la contradicción!) que me he llevado una alegría al ver que mis dos últimos trabajos como traductor de poesía han logrado colarse en algunos de estos inventarios", decía en su blog hace poco mi amigo Jordi Doce. Lo mismo le ha pasado a uno cuando se ha visto mencionado no en las listas de éxitos de los grandes suplementos sino en el top ten personal del escritor Fernando Aramburu. Es otra cosa, sin duda. Gracias. Se trata de un humilde pero significativo y privado honor. Más en tan excelente compañía. "A nadie -añadía el bueno de Jordi- le amarga un dulce y me alegra que por una vez el viento haya soplado en la dirección de libros a los que uno ha dedicado tanto tiempo y esfuerzo". Por sobrio y muy poco dulcero que se sea.

Un barómetro


















Este es el barómetro de Metroscopia que publicaba ayer El País. Sobran los comentarios. Vean, comparen y que cada cual saque sus propias conclusiones.

29.12.12

Vida de poeta

 La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española, último libro del polígrafo y profesor de la USAL Fernando R. de la Flor, publicado por Delirio, es una biografía del poeta salmantino que en realidad no lo es. Porque es mucho más, seguramente. O porque no es una biografía al uso o por otras razones que sólo quien lea la obra podrá justificar de manera cabal. Escrito con un poderoso lenguaje barroco, con 694 notas a pie de páginas (necesarias, por cierto, más allá de la mera referencia bibliográfica), R. de la Flor, que es ante todo un ensayista (uno de los más singulares y atrevidos del panorama patrio: un verdadero raro), recorre lo que él denomina un "camino" a lo largo de veinticinco años, los que van desde marzo de 1987, cuando muere de forma prematura AN, hasta marzo de 2012, cuando lo da por concluido. Un camino, cabe precisar, largo y complejo, que sigue a tientas, es decir, a golpe de pensamiento y, claro está, apoyado en los recuerdos ("habla, memoria") con la intención de "entender mejor a quien no supo entenderse", sin perder de vista lo que dijo Kierkegaard: "El acto de amor de recordar a un muerto es el acto de amor más desinteresado, libre, fiel". Desde el primer momento se considera un "testigo". Debidamente disfrazado, añadiría: apenas es notada su presencia, por más que reconozca que, al escribir la vida de alguien, la autobiografía, el espejo, se interpone sin remedio; más si, como hace al caso, el biografiado fue amigo suyo y vivió junto a él en su misma ciudad. También desde el principio, por lo que de inabarcable tiene cualquier vida, se constata que lo más importante es acaso "lo que no he escrito". 
A intentar desvelar el "caso Aníbal Núñez" dedica R. de la Flor 370 apretadas páginas en lo que no deja de ser, en lo que a uno alcanza, el más serio y perspicaz de los acercamientos al autor de Alzado de la ruina
Ecce homo, este es el hombre, nos dice De la Flor, un "gran solitario", un "aguafiestas", un nihilista, un resistente, "intempestivo", un tipo de machadiano aliño indumentario (pana, trenka), sobrio, ascético y austero como dicen que eran los de su tierra castellana, de vida errática y dañada desde muy pronto, de quien nunca se escuchó queja alguna, hombre de secretos, maldito a su pesar (nunca hizo, como los Panero o los Haro alarde de ello), impecune (no trabajó nunca), diagnosticado en la mili de "esquizofrenia motora" (no podía mantenerse quieto en la formación), dromómano, paseante giróvago por su ciudad perdida (la Plaza Mayor, el Tormes, los barrios de las afueras), sin domicilio conocido (salvo su cuarto, en la vivienda familiar de Avenida del Líbano), atleta, valiente y pendenciero (defensor del cuerpo a cuerpo), muerto en vida (Torrente Ballester lo dedujo por su mirada), un "sospechoso", hechicero y conocedor del herbolario, drogadicto hacia dentro, fantasma a última hora, al que le pudo el malestar, que jamás se adaptó a los tiempos del cambio, de la famosa Transición, un hombre a contratiempo, nostálgico de un fascismo "dulce", franquista, maternal y ordenado (aunque cueste decirlo), de una vida burguesa y confortable, nunca un "socialdemócrata feliz", ni un ácrata, ni un revolucionario, ni un pasota, ni alguien, en fin, de la contracultura (todavía se recuerdan sus agrios enfrentamientos, policía mediante, con Agustín García Calvo, pope de aquella rebelión inútil), retirado de la palestra, cristo de unos pocos discípulos (el Gavioto, Adares...) que le tenían por ese ser superior que tal vez fue, místico sin conciencia de serlo, hijo del desamparo, ser silencioso. El mismo que empezó siendo una joven promesa de la poesía española ("él era el poeta"), que publicó su primer libro (en solitario) en Ocnos nada menos (de la mano de Vázquez Montalbán que, según dicen, se refirió a él, más tarde, como el "bárbaro Asdrúbal"), el amigo y casi hermano de Ullán (qué diferentes sus trayectorias), de una clasicidad poética que, paradójicamente, le ha convertido en uno de los poetas más modernos de España. (Será que, a pesar de todo, uno no puede negar su época.) Dotado con el "genio" del lenguaje, se negó a ir más allá, a romperlo o a jugar con él, y por eso no puede ser calificado como un poeta transgresor o vanguardista. De "patética ingenuidad" (Mainer dixit), atacó la operación Novísima desde las páginas de la todopoderosa revista Triunfo antes incluso de que Castellet publicara su famoso florilegio. La condena fue eterna. O eso creían. De éxito (un decir) póstumo, llegaron Las ínsulas extrañas y la antología de Cátedra y... Nunca de moda y, por eso, siempre actual. A quien poco o nada ayudó que la generación (con perdón) siguiente a la suya, la de los Ochenta, le negara también, salvo contadas excepciones, el pan y la sal (sí, recuerdo aquel poema suyo en Fin de Siglo). Poeta de estirpe romántica; del Romanticismo alemán, sobre todo. Melancólico, elegiaco y meditativo, poeta de las ruinas, por el lado inglés (y por el de nuestro Siglo de Oro, of course). Sin posibles herederos, porque su poesía es única; si acaso, mi admirado Felipe Núñez, uno de sus mejores amigos (gracias a él lo traté). Juan Antonio González Iglesias alude a él como "clásico" en el prólogo a Selva de fábula donde "resuenan", sí, los versos de Aníbal Núñez. "Escribir no es vivir", dejó escrito el poeta. Y su biógrafo afirma: "La escritura no le sirvió". De la Flor advierte acerca de la "despoetización" de AN, alguien que en sus versos se niega a sí mismo en un arriesgado y hasta temerario ejercicio de prestidigitación simbólica. Con todo, no se pretende en la obra acercamiento filológico alguno, ni análisis poéticos, si bien esa presencia sea, cómo no, ineludible. Se desdice en parte, eso sí, De la Flor de aquella afirmación suya y de Esteban Pujals (en el prólogo a la poesía completa de AN publicada en 1995 por Hiperión) sobre su condición de poeta del lenguaje (algo que insinué más arriba). Sin embargo, añade uno, que tampoco cree que esa fuera su prioridad lírica o su marca poética o, por fin, la clave de su tono inigualable, hay que reparar en su distorsionada, particular sintaxis (fundamental en poesía, como en todo) para calibrar y llegar a comprender donde habita buena parte de su razón de ser. Porque estilo es el hombre.  
Pronto, muy pronto, AN renunció a hacerse un nombre, a hacer carrera. Nunca fue un literato. En un año, 1974, su annus mirabilis, escribió prácticamente cuanto publicó en los años siguientes, su poesía completa. Fue cosmopolita sin querer y antiviajero (a pesar de que Estampas de ultramar parezca desmentirlo). Apenas salió de sus "murallas cálidas". Deliberado "poeta provinciano" (menos provinciano, en rigor, que la mayoría). Una vez fue a París, lo más lejos que fue. Uno se encontró con él en Plasencia (donde dio una conferencia sobre "El Cristo de Velázquez", de Unamuno) y en Montánchez (en un encuentro que pareció lo contrario: una batalla campal). Como dijo Luis Felipe Comendador, uno le "respetaba y le admiraba de lejos". Por el Corrillo, por la plaza... Nunca he dejado de leer su poesía y le tengo, a mucha honra, por uno de mis maestros. De ahí que haya leído la biografía de R. de la Flor con un entusiasmo poco anibaliano. Su biblioteca, por ejemplo, se clausuró en 1975, doce años antes de su muerte en la sexta planta del Clínico de su "ciudad letal", de entonces no se sabía muy bien qué, de un fallo multiorgánico, pero en realidad de sida. 
Adelantado del ecologismo (echaría siempre de menos un mundo ameno y rural que terminaba) y de la concepción espacial de la poesía y de la vida, de la noción de lugar, una idea capital en la filosofía postmoderna, los capítulos dedicados a Salamanca, a su Salamanca me han parecido estupendos, sobre todo porque R. de la Flor posee amplios y fundados conocimientos de arte, arquitectura, urbanismo, psicología y, ante todo, de filosofía (se cita con frecuencia Sloterdijk, por ejemplo), lo que añade al conjunto una riqueza que las biografías al uso no alcanzan. No abundan aquí las anécdotas. Se atiende sólo a las categorías.
En un giro inesperado, Fernando R. de la Flor, al final de su camino, se pregunta si a la postre Aníbal Núñez no fue, a pesar de todos los pesares, un ser feliz. Sospecha que AN vivió dos vidas: la ya descrita a grandes e imprecisos rasgos (aquí), la de la presunta biografía que todos manejábamos antes de leer este libro, y la otra, preservada para sí, hacia dentro, en la que el poeta salmantino se salvó del mundo y de su mayor peligro: él mismo. Acaso por eso nunca dejó de sonreír.