13.2.15

"Conciencia de clase", de David Mayor

A una década de la publicación de su primer libro y dos años después de dar a la imprenta el anterior, aparece en Prensas Universitarias de Zaragoza, dentro de la preciosa colección La gruta de las palabras (que dirige con tino el poeta y narrador Fernando Sanmartín), Conciencia de clase del también zaragozano David Mayor (1972). Confieso que no he leído sus libros anteriores, aunque sí poemas sueltos por aquí y por allá. Tal vez por eso me ha sorprendido tan gratamente esta entrega dedicada, en general, a la memoria de su padre. Una de las citas que la abre me ha gustado mucho y da, según creo, una clave precisa de por dónde van estos versos. Es de Pasolini y dice: "Renuncio a ser poeta original, pues su precio es falta de libertad: un sistema estilístico es demasiado exclusivo. Adopto esquemas literarios trillados para ser más libre. Naturalmente, por razones prácticas". "A través de mi padre" es, precisamente, el título del primer poema y no podía haber elegido un comienzo mejor: "Recordar es una de las forma de la mirada", leemos. O: "Recordar es mirar cómo escribimos la vida que nos pasa, pero no vivirla de nuevo con prosa reiterada". No es la única referencia a la escritura. "Escritorio" se titula la primera parte del libro, así como el poema del mismo título, que junto a "Piezas de taller", dan fe de su poética. En "Refugio" (que remite a una visita a la casa de Torga) leemos: "Creo que escribir esto es escribir la serenidad a la que / quiero volver cuando otro día también lo lea".
A la mencionada parte, la más extensa con diferencia, pertenecen algunos de los poemas más logrados del conjunto: "Animal herido", "Conciencia de clase", "Extraterritorial", "Idea de la juventud", "Tarde o temprano" ("cualquier sitio es el centro del mundo, / cualquiera puede ser un lugar extraño") o "Poema", uno de los más conmovedores de un libro donde priman los sentimientos. Otro tanto puede decirse de "Barrio", donde aparece la figura de la madre y una mención expresa a su ciudad Zaragoza, muy presente en la muestra, a la que dedica la parte final: "El país que existe", un puñado de poemas en prosa entre los que cabe destacar "Torre del trovador".
Sin alharacas ni falsos experimentos, con una voz y un tono identificables como propios y, por eso, distintos, con solvencia y equilibrio ("el equilibrio es la mejor virtud"), Conciencia de clase se sostiene como un libro mayor, entre otras razones porque "La cálida vida, decía Umberto Saba, está / en los detalles como Dios y el Demonio / en todas partes". 

12.2.15

Echenoz dixit

Echenoz y Modiano ©Bruno Coutier
"El barroquismo es algo lleno de detalles y a usted no le veo ahí", le comenta en una entrevista publicada hace tiempo en El País Semanal el periodista Jesús Ruiz Mantilla al novelista francés Jean Echenoz, a lo que éste responde: "Es que los barrocos emplean detalles decorativos, de ornamento". 
"Cada lector es un mundo y escribe dentro de sí su propio libro. A mí me interesa eso. Tiene todo el derecho de hacerlo suyo, me resulta algo genial. Lo malo es cuando cambian detalles objetivos, hasta el sexo de los personajes, aunque me fascina que los libros puedan convertirse o adaptarse o transmutarse en lecturas imprevisibles dependiendo de la experiencia que les aplican quienes los leen", dice. O: "En mí siempre ha primado el deseo de ser legible y de provocar un amplio entendimiento y acogida. No me gustan las posiciones cerradas en ese sentido. En la literatura debe primar ante todo el placer del lector". Confiesa, en fin, que lee "De todo, aunque poca poesía". Y que escucha "a Schubert y al resto, pero son eso, el resto". Aunque apenas lo he leído, me gusta el tono de este hombre. En la entrevista al menos. Me da que pertenece, como su vecino Modiano, al sector normal. Y eso que los dos son parisinos 

11.2.15

"Doblez", de Silvia Terrón

En su web, se nos informa, entre otras cosas, de que Silvia Terrón nació en Madrid en 1980, que es poeta, periodista y traductora, que dirige Alba Paris, revista bilingüe dedicada a la difusión de la literatura hispanoamericana en Francia, donde reside desde 2009, y que trabaja como especialista en diplomacia pública. 
Es autora de La imposibilidad gravitatoria (2009) y del libro que hoy nos ocupa, Doblez, publicado por Ediciones Liliputienses.
En el prólogo, Mercedes Cebrián comenta que son las palabras quienes salvan a los críticos de danza, fotografía, escultura o cine y que a ella le gustaría que las suyas al frente de estos poemas fueran "la fotografía de unas tijeras afiladas". Antes señala que "Silvia Terrón ha realizado una importante intervención en el aquí y el ahora a través de la cantidad exacta de palabras, de unos versos contundentes que cortan, que buscan -y logran- abarcarlo todo". Y no le falta razón. Brilla en este delgado volumen la economía de medios. Su poesía es directa, escueta, breve, certera, silenciaria ("y se escribe el silencio"), visual, concreta, metafórica y muy sugerente. ¿Minimalista? No sé si el término sigue vigente. Menos es más, en todo caso. "Todo cabe / en esta luz", leemos. Me ha recordado, a rachas, a Olvido García Valdés y Ada Salas. No por cuestiones concretas o influencias manifiestas, pero me parece que pertenecen a estirpes líricas semejantes. También se aprecia, por esa precisión de tono, un aire oriental. Los versos, por cierto, se cortan para adelgazarse. 
En el poema VII de "Envés" se encierra una elocuente poética.
"Te invade / la elegancia / del paisaje / vacío. / Y abres / los ojos.", dice al final del libro.
Poesía para releer en busca de claves secretas. Se intuye en lo leído aquello que se oculta. Envés y revés: doblez. "Ser y ser / son experiencias / contradictorias."

10.2.15

Vetas: edición original


Así apareció el artículo de Fernando Aramburu, perteneciente a la serie "Vetas profundas", el pasado sábado, 7 de febrero, en el suplemento Territorios de El Correo. Y sin errata, por cierto. Me cuentan que lo de las cucarachas es un homenaje a La metamorfosis de Kafka. Sea. 

9.2.15

Despedida

Así podría haberse titulado Descendencia, libro póstumo de la mexicana Dulce María González (Monterrey, 1958-2014). Cuando comenté aquí su obra anterior, Lo perdido, publicada también por Vaso Roto, recuerdo que el editor, Jordi Doce, me comentó que no estaba seguro de que ella llegara a leerlo ya que se encontraba gravemente enferma. En efecto, aunque tuvo el libro impreso en las manos, no tardó en fallecer. Esta circunstancia, qué duda cabe, hace que uno haya leído este puñado de poemas, dieciséis en total, con un nudo en la garganta. De por sí emocionantes, ganan en intensidad cuando somos sabedores de en qué límite fueron escritos. 
Un prólogo de Clara Janés abre un volumen que se cierra con un epílogo, menos poético, más apegado a la vida y a la obra de la autora, firmado por Luis Aguilar en el que se alude a su "voz clara", su relación indisoluble con Lo perdido, su condición luminosa y a que, sin "aspavientos ni dramas", González logra arrancarle un libro a la muerte que "nace del dolor pero se mueve hacia la dicha". 
Tiene razón Janés, "Nos hallamos claramente en el dominio del amor". La cocina familiar, el vino, los amigos, el hogar... Con un pie en otra parte, evoca viajes: a Grecia. a Venecia. Y vuelve a la infancia (el jardín, el abuelo). Y sólo una vez escribe sobre su enfermedad de forma explícita: "En la sesión de quimioterapia se apareció la Virgen...", uno de los poemas más duros, pero luminoso, del conjunto. 
Es conmovedor asistir a ese momento en el que, a un tiempo, se cierran escritura y vida, dos caras de la misma moneda. No todos llegan a hacer coincidir el definitivo final de ambas pasiones. 
Los dibujos de Víctor Ramírez ilustran esta apuesta decidida por la pedurable belleza. La descendencia que se deposita en el pequeño Fernán, tras sacrificarlo todo en pos de la verdad. 
Será difícil olvidar a Dulce María González. Por libros así. 

8.2.15

Vetas profundas

Lorenzo Cordero/HOY
Comenté aquí en su día que Fernando Aramburu había comenzado a publicar en El Correo (dentro del suplemento Territorios) una serie titulada "Vetas profundas". Explicaba su proyecto así: "Una vez al mes publicaré en dicho suplemento un artículo de reflexión a partir de un poema escrito por autores antiguos y modernos; poemas en los que se me figure que quedó prendida en grado de excelencia la poesía y con los que, yendo y viniendo días, compondré mi antología de poemas predilectos. No pretendo hacer comentario de texto al uso ni crítica literaria, sino compartir, de forma razonada y por supuesto serena, entusiasmo. Mi atención se centrará exclusivamente en poemas escritos originalmente en lengua española". Que a uno le conste, desde entonces ha publicado artículos sobre poemas de Borges, Alfonsina Storni, Gil de Biedma, Irazoki, Rosalía de Castro, Aleixandre, Félix Francisco Casanova, Rosillo y san Juan de la Cruz. Pues bien, ayer y por sorpresa (para uno) apareció, tanto en El Correo como en el diario Hoy, un hermoso comentario, titulado "Paseos con el padre", que, como es fácil de imaginar, a uno le llegó al alma. El poema elegido por el escritor vasco es uno de los que componen "Entonces la muerte", de mi libro Desde fuera. No hace falta decir que ese hecho añade una emoción a esa honda lectura que no sólo me ha afectado a mí. También a mi madre y a mis hermanos. Gracias. Por un momento al menos, uno, miembro de la cofradía de los tristes, que diría mi amigo Juanra, no ha sentido de nuevo como propios los famosos versos de Borges, de su poema "Remordimiento": "Mis padres me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego. / Los defraudé. No fui feliz. Cumplida..." Gracias. 

Como en la página web del periódico extremeño no aparece, copio debajo esos versos:

Todo me lleva a ti; así, esta tarde
abierta al cielo azul que ha sucedido
al airado negror de la tormenta,
bajo esta luz que, más que vespertina,
me parece cegante y de mañana,
cuando atravieso el valle
y vuelvo a Jerte, sin saber por qué,
siguiendo no sé bien qué raro impulso,
curva a curva, ya sabes, cauce arriba,
hasta las mismas fuentes de la vida.
Todo es igual, pero también distinto,
y me remite a ti. Y las cascadas,
y los bancales y el río y los cerezos
parecen ser mirados por tus ojos
y a su través me hablas todavía
y vuelves a explicarme lo que importa:
sentirse aquí, feliz, y rodeado
de cuanto cualquier hombre necesita:
la luz, el campo, el árbol, la montaña,
cosas, tal vez, vulgares o anacrónicas
pero que nos confortan y nos salvan;
los seres y las fuerzas de ese mundo
solar donde vivías;
donde, para mi bien, conmigo vives.

P. D. Porque nada es perfecto, ay, se coló una errata en el periódico y donde dice "sentires" debería haber dicho, ya se ve, "sentirse". Qué sería de nosotros sin los errores tipográficos.

Lo de PLP en La Puerta

Por tercera semana consecutiva asiste uno a un sarao literario, ya sea como mero espectador o como participante activo. El viernes volvimos a La Puerta de Tannhäuser, en esta ocasión para presentar Cero, el último libro del madrileño Pablo Luque Pinilla, como se anunció aquí en su día. A pesar del frío y de José Manuel Soto, que cantaba a esa hora en el Alkázar, delante, un público suficiente, atento y cómplice, aunque desconocido para mí, o casi. En lugar de en Plasencia, uno se imaginaba en cualquier parte. Son muchos años en la brega y las caras, sí, suelen repetirse; sin embargo, ya digo, quienes nos escuchaban eran, en su mayor parte, rostros distintos, lo que dio al acto, al menos en lo que a uno respecta, un aire diferente. No lo fue el trato cariñoso, de perfectos anfitriones, de Cristina y Álvaro quienes, por cierto, habían divulgado la noticia a través de las redes sociales y los medios de comunicación con la solvencia y profesionalidad que les caracteriza. Por esto y por todo los demás, Pablo Luque estaba gratamente impresionado. La provincia depara estas agradables sorpresas y por cosas así esta ciudad tiene por ahí fuera la fama que merece.
La velada transcurrió con la tranquilidad debida y, a través de una sinuosa conversación en la que hablamos de muchos asuntos (casi todos relacionados con el libro en cuestión), creo que todos disfrutamos de una poesía rigurosa y exigente explicitada en la selección de poemas que Luque leyó estupendamente. Como nos comentó Cristina, la prueba del éxito se justifica, entre otras razones, por la venta de ejemplares. Antes de la lectura o presentación, se suelen vender unos cuantos. Si la sesión no cuaja, ahí termina todo; si lo contrario, se venden más después, que es lo que sucedió esa noche. Libreros, editores y autor, contentos. 
No sin charlar un rato con algunos jóvenes asistentes mientras los demás curioseábamos las novedades, Pablo, Cristina, Álvaro, Yolanda, mi hijo Alberto y yo nos fuimos a tomar algo. Refugiados del frío en los bares, los placentinos seguían dándole al palique. Como nosotros que, entre caña y tapa, celebrábamos con alegría el éxito obtenido. 

7.2.15

Senabre

HOY
Me acabo de enterar de la muerte de Senabre, como le llamamos siempre, y lo lamento mucho. Es imposible separar su nombre del de la Universidad de Extremadura (fue el primer decano de Filosofía y Letras), que es tanto como decir que colaboró desde la primera línea -la más rigurosa acaso- con el resurgimiento (no sé si sobra el "re") cultural y literario de esta tierra. Junto a Rozas, sí. Su magisterio estuvo en las aulas (ha dejado un importante reguero de discípulos (como comenta Fernando Valls) entre los que se cuentan algunos amigos, como Antonio Salvador, José Luis Bernal o Miguel Ángel Lama, que ayer daba la noticia de su fallecimiento en el blog) y fuera de ellas. Le recuerdo, por ejemplo, dando charlas divulgativas en Plasencia, en el Verdugo, allá por los setenta del siglo pasado, sobre autores españoles clásicos. Luego llegó, más allá de sus trabajos filológicos, lo de la crítica, que ha ejercido hasta el último momento con ejemplaridad en El Cultural
No puedo quejarme de su trato, ni en lo personal (solía hablarme de Plasencia, ciudad que conoció bien, con la ironía que le caracterizaba) ni como lector de los libros de uno. Llegó a presentar en la biblioteca Torrente Ballester de Salamanca, junto a Antonio Colinas, mi primera novela, que juzgó con la debida exigencia en las páginas de su suplemento. Fue, en fin, un honor para mí colaborar en Teoría y análisis de los discursos literarios. Estudios en homenaje al profesor Ricardo Senabre Sempere. En el libro aparece un poema que le dediqué. Lleva por título "A modo de poética" y bien puede servir para cerrar esta escueta nota necrológica.

Como el agua,
que limpia se detiene en esas balsas
formadas por las hojas cuando obstruyen
el frágil discurrir de la corriente.

Como el agua,
que pasa y que no vuelve sobre un cauce
de arenas y guijarros.

Como el agua,
que, toda claridad, es espejismo
que revela cercano lo distante.

Como el agua,
que la mano atraviesa confiada
y nunca, sin embargo, toca fondo.

Como el agua, metáfora y verdad.
Sí, como el agua.

6.2.15

Psicopompo

Angelís Dimitris anunciaba hace unos días que acaba de salir el número 10 de Frear, donde uno colabora con un breve artículo dedicado a las revistas literarias. A pesar de lo que uno (pesimista por naturaleza) pensaba, están resurgiendo con fuerza en España. En el breve análisis, con simbólico recuento incluido, falta la mención a Psicopompo, la última en llegar. Cuando lo escribí, aún no existía.
Cacereña, como la librería-café de la que toma el nombre (que alude a un "ser que en las mitologías o religiones tiene el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la ultratumba, cielo o infierno") y (supongo) Lupe Salguero, en coedición con Ediciones Liliputienes y bajo la dirección del inefable Chema Cumbreño, reúne un montón de poemas, una entrevista (de Jorge Posada con Frak Báez) y tres reseñas de Víctor Peña Dacosta (una de ellas, ya ven, sobre Más allá, Tánger).
No voy a enumerar a todos los poetas -hombres y mujeres, de los dos lados del Atlántico-, si bien puedo destacar, por la extensión de sus respectivas muestras, a Marcos Matacana y al citado Víctor Peña que recupera poemas inéditos del ciclo de su primer libro. Permítanme que nombre también a Elías Moro, siquiera sea por salirse del verso y publicar aforismos (o así, como el dice) y, si no me equivoco, por ser el único de los convocados en esta primera entrega que vive en esta región del Poniente español. Lo digo porque en el prologuillo de Cumbreño -un editorial en toda regla-, el inventor de la cosa liliputiense escribe: "Hace casi veinte años, cuando esta región era un yermo en el plano cultural, Ángel Campos Pámpano se atrevió a querer cambiar la inercia de las cosas y a tratar de que a Extremadura, a través de la aulas literarias que él creó, viniesen escritores de primera de los que todos pudiésemos aprender. (...) Ahora, que de aquí vuelve a marcharse la gente joven con talento, hemos de intentar por todos los medios que haya algún acicate cultural que nos ayude a no perder todo lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. En eso, con humildad y entusiasmo, estamos unos cuantos."
Larga vida, en fin, a esta nueva revista que nace con tan nobles principios y bajo la sombra tutelar de nuestro añorado amigo Pámpano. 

5.2.15

Viaje a Barreto

El campo / El ascensor reúne la poesía (corregida pero no aumentada) del venezolano Ígor Barreto (San Fernando de Apure, 1952), la escrita y publicada entre 1983 y 2013, treinta años en los que el poeta ha dado a la imprenta diez libros. Está al cuidado de Antonio López Ortega y aparece en el sello valenciano Pre-Textos, siempre atento a la mejor poesía ultramarina.
Mi primera noticia de Barreto llegó en forma de libro, Annapurna, y gracias a la mediación de una amiga común, venezolana como él: Marina Gasparini. Di noticia del descubrimiento en este rincón y quedé, lo confieso, intrigado después de leer los versos de un poeta al que nadie antes me había presentado. La casualidad quiso que la autora de Laberinto veneciano me anunciara la inminente edición de su poesía completa en Pre-Textos, lo que, conociendo a Borrás, confirmó mis expectativas, las mismas que ahora se cumplen. Y de qué hermosa manera, añado.
"Ígor Barreto o la refiguración de la tierra", el excelente prólogo de López Ortega (que hace nada publicaba en la revista un precioso artículo en la revista Clarín titulado "Un país llamado Cadenas" del que uno podría sacar el título de esta entrada: "Un país llamado Barreto", donde se daba un repaso general a la poesía de esa nación de poetas), es lo suficientemente extenso y minucioso como para introducir al lector, de la mejor manera posible, en la obra barretiana. Aunque las notas de lectura que he tomado ocupan varios folios doblados por la mitad, según vieja costumbre, no entraré en los pormenores de ese ensayo (al que remitiré más de una vez) y voy a limitarme a exponer algunas consideraciones sobre los versos que le suceden y que ocupan casi quinientas páginas.
Para empezar, la sorpresa. El descubrimiento, sí, de un mundo nuevo y de una voz distinta que al principio te descoloca, pero que apenas empiezas a habitar, por el mero hecho misterioso de leer, uno hace suyos y dialoga, con uno y con otra, como si esa primera sensación no fuera tal.
No por eso faltan homenajes y maestros: unos nombrados, como Kavafis, Benn, Walcott (del que coge un concepto capital: amnesia), Bishop, Caeiro, Montale, León de Greiff, Drummond de Andrade (del que toma el título: "Cuando estoy en el ascensor pienso en el campo / cuando estoy en el campo pienso en el ascensor"), la desconocida (para uno) Enriqueta Arvelo Larriva, la de la "hendija", etc. Otros, intuidos: Perse, Mutis. No, no estamos ante un poeta adánico, costumbrista o provinciano (que no se olvida, por cierto, de los malogrados poetas nativos que se acaban perdiendo en sus derivas municipales), sino ante alguien que, como él mismo ha dicho, intenta, viajando de lo local a lo universal, "sincerar una visión urbana de la naturaleza, donde estos temas como la memoria, el olvido, el juego de las representaciones dentro de una cultura comiencen a ser planteados como temas poetisables". Consciente de que ya no existe una "imagen arcádica de la naturaleza". "El paisaje ha muerto", leemos en un verso.
Foto de Vasco Szinetar
El llano es el paraíso perdido de Barreto. El llano venezolano y sus gentes. Estamos ante una poesía poblada de seres con nombres y apellidos a lo que les pasan cosas tan extraordinarias como naturales, al menos en aquellos lejanos y solitarios parajes. San Fernando, el río Apure. Todo es extrañeza, sin duda, pero sobre todo porque, a la manera de Rulfo en Pedro Páramo, anota perspicaz López Ortega, se habla de "un mundo muerto". O vivo, si acaso, gracias a las palabras que Barreto roba al olvido y a la historia. De hombre y mujeres que pueden ser fantasmas. Estamos, en este sentido, ante una poesía "temeraria". Porque a pesar de lo que parece "no busca el pasado, no añora la imagen perdida, no postula una vuelta a nada". "Su estado medular es" -leemos en el citado prólogo- "el de la expectación, el del sobrecogimiento, el de la vigilia insomne". Y no miente. El llano es "ciego", en tanto que es "un paisaje o un referente que no se ve". "Paisaje del alma", "paisaje simbólico", "geografía desolada" donde "Somos viajeros de un país desconocido, cuyo mapa no existe o es inútil". "Seres extraviados". Y todo en un "destiempo", en la intemporalidad, en medio de lo intempestivo. El gran enemigo es el presente: "la maldita circunstancia del presente".
El poeta se considera "un extranjero", un solitario desterrado, y eso incluso en San Fernando, su ciudad.
Dije paisaje (el gran pretexto), mencioné llano, y se podría decir que estamos ante el campo desde dentro. Visto por un poeta, digamos, "posterrestre", en absoluto telúrico. Y ya allí, los lugares: casas, ríos, pueblos... Soul of Apure, uno de las entregas, lleva por subtítulo: "Anotaciones sobre el alma de un lugar". En más de una ocasión se alude a la "noción de lugar", una compartida obsesión por el espacio de la que este lector no ha podido sustraerse.
"Imágenes de la soledad" que vienen envueltas de aires épicos (por más que aquí no hay batallas ni héroes) o bíblicos. Alguien dice: "he visto" y este es su testimonio, un término clave a la hora de interpretar la exigente obra de Barreto. De un mundo que ni siquiera sabemos si llegó a existir y que, de haberlo hecho, ya no existe. "La pureza mayor / es la intemperie mayor", leemos en "Carmelitas". "Porque lo incierto / pesa más sobre nuestro ser / que aquello que conocemos."
Eso sí, precisa el poeta, "En mis oídos están mis ojos". Lo oral es aquí ley. De ahí la importancia que cobra el lenguaje (de "arqueología verbal" se habla en la página 283), dúctil y musical, cargado de palabras y giros propios de aquel mundo. Un mundo que habrá de evocar en el lector español resonancias exóticas, sensuales y míticas. "Mirar como el que escucha", escribe. Y: "Somos testigos no de un pasado sino de un habla que lo narra, que lo describe".
Y lo novelesco, que es un tono que recorre todo el volumen. "Capillas imperfectas" es, en rigor, un conjunto de relatos. Barreto habla, en fin, de "historias esenciales" y define a los poemas como "vasijas donde guardamos el curso de la sensibilidad".
Venezuela también es un referente ineludible. En un momento dado la compara con "los restaurantes nocturnos de carretera". Al país dedica el último poema que, aclaro, no pertenece a su último libro publicado, el ya citado Annapurna, sino a los poemas rescatados de sus dos primeros.
Y la luz, que ilumina de principio a fin esta poesía poblada de gallos, caimanes, caballos (a los que dedica, con Esopo, Ovidio, Jenofonte y otros clásicos de por medio, El duelo) donde siempre es verano.
Hay poemas estupendos -breves y largos, en verso y en prosa- que forman parte de libros deslumbrantes: Crónicas llanas, Tierranegra, CaramaEl llano ciego (el que prefiero, donde se mezcla la prosa del ensayo, el relato, la poética y el aforismo con la poesía, digamos, más formal) o Carreteras nocturnas (donde lo urbano predomina y en el que hallamos, pongo por caso, "Volando sobre Dachau", un poema que anuncia su fascinación por Google Earth, tan patente en el arriesgado Annapurna).
De acuerdo, no podemos proclamar cada día una obra maestra o maravillosa que, además, ponga patas arriba el rígido canon literario hispanoamericano. Con todo, cualquiera que haya leído o lea El campo / El ascensor tendrá que convenir conmigo que no estamos ante un libro más ni ante un poeta como tantos. Por eso, la decisión está tomada, uno lo dejará cerca y a mano, localizable entre los volúmenes que pueblan las estanterías de este cuarto donde escribo.
No creo, como él dice, que el poeta sea "un erizo de egoísmo". Si así fuera, el gran Ígor Barreto, traductor del rumano Lucian Blaga ("El silencio es mi espíritu"), no nos hubiera dejado este puñado de versos tan intensos como extensos, tan horizontales como verticales, tan suyos como, ay, nuestros: sus afortunados lectores. 

4.2.15

Pablo Luque Pinilla en La Puerta de Tannhäuser

Cero es el último libro publicado, en la sevillana Renacimiento, de Pablo Luque Pinilla, un poeta madrileño que se acercará hasta Plasencia para compartir con nosotros una conversación sobre el libro, la poesía y cuanto se tercie. Será, ya lo veis, el viernes a las ocho en La Puerta de Tannhäuser. No hay dos sin tres y a las presentaciones de los libros recientes de Fran Fuentes, Álex Chico y Víctor Peña Dacosta, entre otros, bien podéis añadir ésta. Me da que no os arrepentiréis. Ya puestos...

3.2.15

Una conversación

Fernando Aramburu publica en su editorial de siempre, Tusquets Editores, y tras el paréntesis de su anterior novela, Ávidas pretensiones, que apareció en Seix Barral gracias al Premio Biblioteca Breve, un libro singular: Las letras entornadas. Dividido en 32 capítulos, el autor ha ideado una particular estrategia narrativa consistente en presentar cada uno de ellos precedido por un diálogo con el Viejo, un personaje, al que se califica de "disfrutador" ("Mi oficio, disfrutar serenamente"), con el que se reúne cada jueves, a lo largo de once meses, para departir en la biblioteca de su ático sobre literatura y, de paso, dar buena cuenta de la bodega del anfitrión ("ciento cincuenta botellas de vinos selectos"), lo que aporta a la novela, por cierto, un curioso añadido báquico que será apreciado por los aficionados a degustar esa noble bebida.
Esas conversaciones, contadas con una naturalidad destacable (uno de los aciertos, a mi modo de ver, de la obra) y que le sirven también a Aramburu para narrar y recordar aspectos, peripecias y avatares de su propia vida (sobre todo de su infancia, adolescencia y juventud), introducen una serie de textos (ensayos, artículos) donde reflexiona sobre distintos aspectos literarios, ya se dijo. No sólo relativos a las obras de otros, sino a la escrita por él, lo que conduce necesariamente a mostrar una suerte de poética que sus lectores y estudiosos han de agradecer por su claridad y lucidez ("El autor cocina, el lector degusta"). Así, sabemos que debe su devoción por la lectura al sacerdote Pedro María Manchola y que de él aprendió que al "gusanillo de leer" le favorece la convivencia con otros niños lectores. Y la de lector, bien se sabe, es una condición que determina la vida de cualquiera, como este libro viene a probar. De ahí, pongo por caso, su vinculación con la librería donostiarra Lagun, donde adquirió su primer libro y en la que no ha dejado de entrar. Por eso señala que sus orígenes lectores están, entre otros, en el Quijote y el Lazarillo (pícaro ha sido siempre Aramburu), si bien antes llegaron los tebeos.
Hijo de un obrero fabril (empleado de Artes Gráficas Valverde) y de un ama de casa, tuvo claro desde muy pronto su vocación por la escritura. A la vuelta de los años, se enorgullece de haber podido dedicarse a ese trabajo gustoso y, en los últimos años, después de cumplir los cincuenta y con veintitantos a las espaldas en la docencia, a tiempo completo. "Yo no concibo mayor fortuna que la derivada del ejercicio profesional de una vocación", indica.
Nos cuenta, además, que desde muy pronto tuvo claro que quería marcharse de su tierra natal, lo que no significaba, aclara, "renunciar a mis orígenes", y que, tras un fortuito encuentro estudiantil en Zaragoza, "la Guapa, Alemania y él" llevan ya treinta años juntos.
A CLOC, Grupo de Arte y Desarte, donde fue joven y surrealista, le dedica también algunos párrafos. Y al terrorismo, un problema que conoce bien (uno de los capítulos reproduce el discurso de aceptación del Premio Fastenrath de la Real Academia por su libro Los peces de la amargura, donde leemos: "la gramática civiliza").
Por sus páginas pasan muertos prematuros como el canario Félix Francisco Casanova y el alemán Borchert; enfermos como Gracia Armendáriz e hijos como Giralt Torrent. Y Mann, Aleixandre, Pedro Páramo (uno de los textos más interesantes y poéticos del conjunto), Celaya (narra un encuentro que me recuerda mucho al que tuvo uno hace décadas con el poeta vasco en una desaparecida librería de Cáceres), su paisano Ramiro Pinilla, el crítico Reich-Ranicki ("Sin amor a la literatura no hay crítica", "Su ideal de estilo (..) es la claridad"), Victor Klemperer (víctima del nazismo), Emma Bovary (en su fiacre) y Raskólnikov, Blas de Otero (que le sirve para cavilar sobre la religión), los cuentistas Aldecoa y Cortázar (y su "Casa tomada")... Ah, y un par de amigos, que dan el plácet a todo cuanto escribe: Díaz de Guereñu e Irazoki.
Hay reflexiones sobre la relectura ("los libros nos leen mientras nosotros los leemos"), la poesía ("El poeta expresa la intimidad de la especie"), la relación entre historia y novela, el cuento, la realidad (a partir de su invento: el chestoberol), la presunta muerte de la novela (ese chiste recurrente), la naturalidad (y La Plaza del Diamante, de Rodoreda), etc.
A la constancia, a la terquedad incluso, ha de atribuirse que Aramburu haya llegado donde está. Su nombre es uno de los imprescindibles de la literatura en español del siglo XXI. Su "lección de perseverancia" (como la que le llevó a iniciar un diccionario de gentilicios en la adolescencia) es un ejemplo, en especial para los jóvenes, a los que tanto tiene en cuenta (tal Pilar Adón, protagonista de otro capítulo). En un momento dado, en el que le dedica, cita una frase del mencionado Klemperer: "La sensación de tener que escribir es mi tarea vital, mi profesión", palabras que podría hacer suyas.
Porque "el hombre no sabe ser sin lenguaje", conviene destacar la importancia del mismo en Las letras entornadas. Sí, Aramburu es un escritor meticuloso que no le teme al "estilo alto" (que aquí atribuye, pongo por caso, al olvidado Aleixandre). De ahí que más allá de lo que cuenta, que no es poco, el lector disfrute, con la naturalidad y el encanto debidos, de giros, expresiones, palabras, construcciones y muchos recursos literarios más que vienen a demostrar que su defensa de eso, del desprestigiado estilo, no es una mera pose. Postureo, como se dice ahora. El epígrafe de Cioran que inaugura el volumen no es, en este sentido, gratuito. Aquí nada lo es.
"La literatura -afirma- es definitivamente una soledad acompañada". De ello da buena cuenta este delicioso libro lleno de un romántico entusiasmo de la mejor estirpe que al cabo podemos calificar, sí, de novela. Basta llegar al final para comprobarlo. No contempla uno un cierre más perfecto.
Antes, en la página 220, leemos: "prefiero dejar las letras entornadas, de forma que quienes, por circunstancias de la edad, vengan más tarde (si es que alguno viene) no se encuentre con la puerta cerrada". Pasen, pues, y lean.

2.2.15

De presentaciones (y van...)

Ilustra esta entrada una fotografía donde Víctor Martín Iglesias presenta en La Puerta de Tannhäuser el primer libro de Víctor Peña Dacosta. Fue en la "sesión golfa". Para entonces, los senior (puede comprobarse en otras fotos del evento) ya estábamos en casa. Sí estuvimos, que conste, en la presentación anterior, la seria, en el Verdugo, donde actúo de maestro de ceremonias Juan Ramón Santos que dijo, como acostumbra, cosas muy atinadas y muy bien dichas sobre La huida hacia adelante y donde Víctor leyó sus poemas con la contención debida, a pesar de que recitó alguno de los de "sexo explícito".
Allí estuvo el todo Plasencia y los temores de VPD y sus padres quedaron disipados. Somos así. O todo o nada. (Peor se las tendrá uno el viernes que viene, pues, también en La Puerta, presento junto a Pablo Luque Pinilla Cero, el último libro del poeta madrileño publicado por Renacimiento. No nos falléis.)
Tras el acto, un par de carmelos (cañas ya tomó uno bastantes a mediodía) con M. J., Y. y Gonzalo, y para casita. Ah, los vinos fueron a la salud de Aramburu. Mañana cuelgo mi reseña de Las letras entornadas, una deliciosa novela que este pasado fin de semana elogiaba Jordi Gracia en El País y a la que ponía peros Pozuelo Yvancos en ABC. Nada nuevo. Seguimos. 

Hilario Barrero lee "Tánger"

Hilario Barrero, poeta y profesor toledano en Nueva York, publica en su blog, Por hache o por be, una reseña de Más allá, Tánger. La ilustra con una fotografía tomada de Journals Mid-Fifities, 1954-1958, donde aparece el beat Allen Ginsberg en el centro, bajo una marquesina. Allí se puede leer: "El libro no es solo una elegía por una ciudad perdida (se canta lo que se pierde), es también una larga y dolorosa metáfora para todos los que hemos perdido “nuestro propio Tánger”. Y ahí reside uno de sus mayores aciertos. No se debería volver al paraíso porque se puede encontrar uno con el infierno. “Porque la vuelta atrás nunca es posible” Uno admira la maestría del poeta en hacer de lo difícil, aparentemente fácil, de acercar la poesía para todos, de ser capaz de condensar en un poema de tres versos algo para lo que otros poetas hubieran necesitado un libro entero." Thank you very much.

1.2.15

La poesía de Vicente Valero

Canción del distraído del poeta ibicenco Vicente Valero (1963) no es una antología cualquiera. El libro (que se pone a la venta mañana, aunque uno haya tenido la suerte de tenerlo en las manos con antelación), publicado por la editorial hispanomexicana Vaso Roto, agrupa, como se nos indica en la impecable nota editorial (una reseña en sí misma), poemas publicados, revisados, reunidos y reordenados de distinta manera, por una parte, y, de otra, se puede decir que estamos ante un libro nuevo, "conjunto unitario que aspira a ser mucho más que una antología cronológica al uso y que acoge también, sabiamente integrados, poemas inéditos recientes".
Antes de entrar en detalles, conviene destacar que Valero tampoco es un poeta cualquiera. Es, sin duda, uno de los mejores de su generación, la de 80 o de la Democracia. Y no sólo, por supuesto. También es traductor y ensayista (centrado, sobre todo, en la biografía de algunos ilustres visitantes de su isla) y el pasado año nos entregó su primera obra, en rigor, narrativa: Los extraños, que fue muy bien recibida por la crítica y por los lectores. Avala esa condición que destacaba la calidad de sus libros, su voz personal, perfectamente definida, que ha ofrecido, ya digo, obras autónomas caracterizadas por su particularidad. Un carácter singular y solitario, por cierto, que también atañe a su ir por libre. Una insularidad, en fin, que marca también un territorio, el de su Meditarráneo natal, lo que le permite abrir esta miscelánea con un verso luminoso de Rimbaud: "au réveil il était midi" ("al despertar era mediodía").
Lo demás, poemas que reflejan un mundo lleno también de luz, incluso cuando se interna en las inevitables sombras. Al fondo, maestros como Juan Ramón (no en vano editó para Tusquets su libro La estación total con Las canciones de la nueva luz) o los poetas griegos modernos, como Elytis y Seferis, que cierran, con sendas citas, el volumen.
Dije poemas y es que no hay más. Ni el prólogo habitual, ni la nota o el epílogo del autor. Tampoco se indica de qué libro procede cada uno y, en consecuencia, cuál es inédito o no. Sí, estamos ante un libro distinto, en varios sentidos.
Gonzalo Torné se preguntaba aquí atrás en El Cultural por qué la crítica no señalaba nunca el libro por el que deberíamos adentrarnos en la obra de tal o cual escritor. Suponiendo que uno sea crítico y mi opinión, válida, acaso éste de Valero sea la mejor puerta de entrada a su poesía, el que mejor se acomode a esa iniciación. Eso para quien no haya tenido la suerte de leerlo. Para los que sí, inéditos al margen, imagino que estarán encantados de revisitar esta casa de la vida, esclarecida y habitable, donde viven los versos de Vicente Valero.