3.9.14

Extremeñidades

Agosto es un mes cargante. Podría entrar en pormenores, pero prefiero dejarlo así. Bueno, no del todo. Daré un par de muestras de su presunta irritabilidad. Acaso las más llevaderas. Por ejemplo, esa rimbombancia de los Premios Ceres, un dispendio a costa del erario con el que cada año nos castiga, desde hace dos, el Gobierno -antes Junta- de Extremadura. Que con ese dinero gastado a lo tonto, en tiempos de penuria, y para nada se podrían hacer muchas otras cosas (editar algún libro más y mejor, pongo por caso) es algo que a los responsables de la cultura regional les importa sencillamente un pimiento. ¿O es que, como Parejo vino decir, creen que un festival de teatro y toda la política cultural de una Comunidad Autónoma son lo mismo? Más si tenemos en cuenta que la gestión, elogiada por todos, es privada; del empresario Cimarro, para ser exactos.
Pero hay que ver lo que luce. Y a uno, sin embargo, le da vergüenza ajena. Rarito que soy. Reconozco -otra rareza- que no me entusiasma el teatro (si acaso, leído) y tampoco los actores. A uno lo del fingimiento... No, no porque interpreten mal, al revés (aunque haya de todo), sino por lo bien que se adaptan al gobernante de turno y lo fácil que les resulta hacerle unas gracietas. Al bufonesco modo, incluso. ¿Y estos son los famosos de "la ceja", los vilipendiados del PP? ¿Los radicales de izquierda? Será de Izquierda Unida, por lo de la comparsa. ¡Cuánta hipocresía! ¡Y luego se quejan de lo del 21% del IVA cultural! Mis entendederas, lo reconozco, no dan para tanto. Para tanta impostura, quiero decir.
Lo de las pocas tragaderas de uno empieza a ser preocupante. ¡Con la de gente que disfruta con el evento!, ya digo. Mi madre, sin ir más lejos. "¿Verías lo de los Ceres? ¡Qué preciosidad!", me comentó encantada el otro día. Hasta Ana Belén le gustó.
En 45 minutos, nos cuentan las crónicas, se agotaron las entradas gratuitas para asistir a la gala que, un añito más, presentó el inefable Carlos Sobera, quien, según El País, dejó caer con sorna una hora después de empezar el espectáculo: "Este año os veo flojos, nadie me habla del IVA".
Sí, dirá alguno (y yo con él), pero cantó Poveda. ¿Y eso? Pues nada, lo dicho, que uno no lo comprende, ni más ni menos.
Por seguir con la cosa institucional, otro latoso asunto agosteño es el de las Medallas de Extremadura, tan devaluadas las pobres desde hace lustros, excepciones mediante. La verdad es que el asunto mueve, como mucho, a risa. Sí, porque carcajéate tú de la radicalidad de los actores que viajan a Mérida al lado de la Robe Iniesta, de Extremoduro, y ya ven: acaban de concederle una. Por su contribución al engrandecimiento de su patria chica, supongo. Bastaría con recordar la letra de "Extremaydura", aquello de "Hizo el mundo en siete días, Extremaydura al octavo, a ver qué coño salía, y ese día no había giñado. Cago en Dios en Cáceres y en Badajoz, cago en Dios en Cáceres y en Badajoz, cago en Dios en Cáceres y en Badajoz, cago en Dios en Cáceres y en Badajoz, en Cáceres y en Badajoz".
Como no podré asistir (a pesar de la amable invitación del Presidente, gracias), espero que la cante en el solemne acto de entrega. No es para menos. Por más que la derecha extremeña en general y algunos nominados en ediciones anteriores en particular, latón al cuello, tengan que disimular su disgusto y hasta taparse las narices ante tamaña mofa. ¡Jo, qué modernos somos!, dirán algunos. Rojos, rojos, rojos. De Podemos y más. Y no sólo el jefe. 
Uno, ingenuo que es, se pregunta para terminar: ¿tendrá esto algo que ver con que el gobierno de Monago (que es quien ha propuesto al medallista, que para eso es el que manda) haya subvencionado recientemente con fondos públicos al marginal grupo rockero del placentino? No me digan que no es para partirse de la risa. O de la pena, que de todo habrá. ¡Marchando una de himnos!

P. D. Ah, que vayan acuñando una medalla para Loquillo. El lumbrera se la ha ganado. 

2.9.14

Caronte vuelve

Hace apenas dos años que Jesús García Calderón publicó La mirada desnuda. La Isla de Siltolá recoge ahora en su catálogo, dentro de la colección TierraLas visitas de Caronte.
De mi fervor por la poesía calderoniana ya he hablado otras veces y este libro ahonda en ese entusiasmo porque no es, o eso me parece, un libro más en su trayectoria. No puede serlo cuando el autor se acerca al tema eterno, ah paradoja, de la muerte. Las citas que lo abren -elocuentes- son poderosas y clásicas: de Virgilio, Dante y Milton. Ya el primer poema, "Orfandad y torpeza" se nos introduce de lleno en el asunto a través de la muerte de la madre. No es la única del libro. A ésta, tan decisiva en la vida de cualquiera, hay que sumar la de una hermana y un amigo.
Se alternan en el volumen los poemas más personales, de tono autobiográfico (que nunca ha eludido García Calderón, santo y seña de su poética), con otros donde prima lo reflexivo y lo mítico, en torno, claro, a la figura de Caronte. Son meditaciones, se diría, de aire metafísico (ma non troppo), versos más abstractos que, sin duda, aluden, siquiera de lejos, a lo concreto. Versos de pensamiento que dan lugar a una poesía poco transitada antes por el poeta extremeño.
Si nos fijamos en los primeros, los escritos sin ambages en primera persona, podemos mencionar "Despedida", "El tiempo sin principio" ("mi alma son los seres que he querido"), "Tarde en el cementerio" (con palabras de Eliot: "Morimos con los muertos"), "El manto del olvido" (con un epígrafe de Vicente Sabido, nuestro añorado amigo muerto), "Las voces" (que empieza: "Recuerdo los consejos que me daba mi madre"), "La amistad", "Mi voz desde la orilla" (con su hermana al fondo), "La mascota" (un muerto más, de la familia también) o "La muerte" que, junto al primero, acaso sea el más emocionante del conjunto. Se abre el ataúd de su padre, fallecido prematuramente (el recordado periodista Antonio García Orio-Zabala), muchos años después, cuando el poeta era casi un niño: "Yo solo lo miraba y lo quería. / Nunca he querido a nadie como quise / aquel noble despojo."
Entre los segundos, destacaría "La orilla de los labios", "Caronte vuelve" ("ve tranquila, mi hermana más pequeña / y no temas los ojos de Caronte"), "Tránsito", "Derrota de la mirada", "Derrota de la ambición", "El alma detenida"...
Señalo un poema especial: "Silva sin nombre". Comienza: "Alguien que no conozco / me aconsejó que cantara a la vida". Y más adelante escribe: "No se puede cantar / que se quiere vivir". Y por fin: "Vivir es no saber porqué vivimos".
La lectura del poema final, "Una breve postal desde la vida", nos deja un regusto dulce. A pesar de los pesares, de "la nada feroz de los antiguos", los besos y la vida.

1.9.14

25.7.14

Por vacaciones

© Bartleby & Company
Como todos los años por estas fechas, cerramos este rincón hasta el mes de septiembre. 
Supongo que los lectores y el autor lo necesitan. Además, quien más y quien menos está a otras cosas. 
Con mis mejores deseos, Á.

24.7.14

1965

A Circle in the Andes. Richard Long
Félix de Azúa conversó largo y tendido con Blanca Berasátegui para El Cultural el año pasado y dimos cuenta aquí de aquella interesante entrevista. En concreto, en torno al coraje que se necesita en el mundo del arte y a sus opiniones sobre la poesía.
Releo la entrevista y apunto algo que no anoté entonces: "Esa idea de la modernidad de Baudelaire, que puedes sustituirlo por Cézanne, o por Schönberg, se terminó en 1965. Y empezó la posmodernidad, algo insuficiente, simplemente post, pero que es muy interesante en algunos aspectos. Empieza con las primeras performaces, con los primeros ejemplos del Land art. Richard Long decide hacer un camino en los Andes, y le hace una foto. Y esa foto que llamó Walking line es la obra de arte. Eso es posmodernidad. Posmodernidad quiere decir desaparición del objeto. Y la aparición del concepto. Un arte puramente intelectual, con una apariencia que a veces hace reír a la gente, pero que es el arte más superintelectual que ha existido. Creo que sus razones son profundas, que es un movimiento muy poderoso, que hay que revisar. A veces, enormemente poético, pero, claro, no produce obra, y eso desanima mucho a la gente. Para alguien como yo, que tiene mucho interés teórico por el arte, es fascinante. Es un movimiento tan extraordinario, tan raro, iba a decir tan antidemocrático..."

23.7.14

El único libro

Manuel Neila (Hervás, 1950) fue uno de tantos extremeños que, como ahora, tienen que marcharse de su tierra para abrirse camino en la vida, por eso su infancia y juventud transcurrió en Asturias, donde estudió Filología Románica (en la Universidad de Oviedo).
Como poeta, su primer libro se tituló Clamor de lo incesante (1978). Poco después fue incluido por el crítico José Luis García Martín (extremeño en Asturias también, editor de esa ópera prima) en la singular antología Las voces y los ecos (1980).
Más tarde vinieron: Pasos perdidos (1980), Estancias (1986), El transeúnte (1990), Una mirada (1996) y Cantos de frontera (2000), que, como nos informa Neila, “permanecían inéditos, total o parcialmente, hasta que vieron la luz en Huésped de la vida (Gijón, Llibros del Pexe), su poesía reunida entre 1980 y 2005”.
Otros libros suyos son: El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), la edición bilingüe de Cantos de frontera (2003), cuya versión francesa corre a cargo de Michelle Serre, Puntos de vista (ensayos, artículos y notas publicados en 2003 en la colección Ensayo Literario de la Editora Regional) y  el volumen de aforismos Pensamientos de intemperie, publicado también por la editorial Renacimiento en 2012.
Ha traducido a Montaigne (Páginas escogidas), Baudelaire (Las flores del mal y El spleen de París), Nerval y Haroldo de Campos, entre otros. También ha editado a Nietzsche (aforismos), Machado (del que recopiló sentencias y donaires), José García Vela (Hogares humildes, su obra poética) y Lezama Lima (una antología del poeta cubano precedida de un prólogo esclarecedor).
No debemos omitir su condición de estudioso y crítico literario, labor que desarrolla, en los últimos tiempos, para las revistas Clarín, Turia, Quimera y Cuadernos Hispanoamericanos.
Ahora aparece con el número 67 de la acreditada colección a rayas (en feliz idea de Marie-Christine del Castillo) de la sevillana Renacimiento, El camino original [Antología poética, 1980-2012] con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Los poemas que lo integran pertenecen a los libros que se mencionaron antes; total o parcialmente incorporados. Además, se muestran en la antología varias composiciones del libro de poemas en prosa El sol que sigue (2005), incluido también en Huésped de la vida; las “menos prescindibles o, en todo caso, más representativas”, precisa Neila.
Se adelantan poemas de Al norte del futuro, “una suerte de obra poética abierta, compuesta de proverbios y cantares; además de otra serie de poemas inéditos, recogida en la sección postrera de El camino original, que formaran parte de un libro venidero”, explica el autor en la “Nota bibliográfica” que aparece al final del volumen.
El florilegio sigue en la lista a El viaje de la luz, del alicantino Antonio Moreno, y precede a Montaña al sudoeste, de Antonio Cabrera, lo que da una idea, al menos para el lector avisado, de la importancia de que la poesía de Neila pase a formar parte de esa suerte de canon de la poesía contemporánea en español (tanto española como hispanoamericana) que la colección Antologías -gobernada por el poeta y editor Abelardo Linares- representa.
Equidistante de la «antología personal» y la «poesía reunida», por voluntad del poeta, El camino original agrupa, sí, un puñado de poemas escritos en poco más de tres décadas. Los que el autor ha decidido que merecen ser salvados.
Aunque, como se ha dicho, García Martín  incluyera a Neila en su antología Las voces y los ecos (que vino a demostrar que no era novísimo todo lo que lucía ni venecianismo cuanto campeaba), el de Hervás ha sido un poeta, digamos, sin grupo o generación, uno de tantos que caminan en solitario sin atender otra ley que la de su propia poética y la de su necesidad de decir. Mejor.
Porque Neila tiene voz propia, no ha requerido de pamemas para abrirse paso, poco a poco, en el panorama patrio. Por eso, a los lectores atentos de este país, a la inmensa minoría, no le ha pasado desapercibida su obra, que con esta antología, todo hay que decirlo, se abre un hueco mayor y le da una visibilidad que hasta ahora no había tenido, más que nada porque las meritorias y aun benéficas editoriales en las que ha publicado (Júcar, Llibros del Pexe…) carecían de ese plus de publicidad que tienen tres o cuatro en nuestro patio de vecinos lírico.
“Poeta cauteloso”, leemos en la solapa del libro (exigente, diría uno), sin prisas, yendo a lo que importa, también lo es “casi secreto”, como leemos allí, por más que esto sea común a la inmensa mayoría de vates que por aquí pululamos. Nada nuevo. Para nuevos, sus versos, virtud de la poesía cuando de verdad lo es.
Digamos cuanto antes que los poemas de Neila pertenecen a la estirpe de los que buscan en la palabra esencialidad y, por paradójico que parezca, silencio, la música callada de la que tanto se ha hablado por estos lares. Y eso no puede compaginarse con la fabricación de libros al buen tuntún y la sobreexposición pública a la que aspiran numerosos poetas.
Luis Alberto de Cuenca, con la sutileza que le caracteriza, indica en su breve pero enjundioso prólogo que “Manuel Neila recuerda a Juan Ramón Jiménez en lo que se refiere a la obsesión, compartida por ambos, de ofrecer a la posteridad un libro único que los reúna a todos y que de fe de su visión poética del mundo. En el caso de Neila, El camino original es ese libro”.
Esa voluntad de “libro único” se manifiesta, según creo, en detalles tan significativos como el de poner delante de los respectivos títulos de las obras que lo componen un número romano que señala que son partes de un todo.
Si bien encontramos en los primeros libros un gusto por la palabra que a veces induce a cierto preciosismo, la poesía de Neila se caracteriza, ya se dijo, por su fundamento, donde la palabra justa y el vocabulario esencial lo es todo. No hay rebuscamiento o barroco en estos versos que aspiran a nombrar, ante todo, las “pequeñas cosas” (un tema reiterado). “Ese hombre celebra las pequeñas cosas”, escribe en un verso. La luz (siempre presente), un paisaje, un recuerdo, tal o cual escena, eso que nos asalta a cada paso en medio de la vida cotidiana suele ser la materia de la que está hecha esta lírica que participa acaso más de lo celebratorio que de lo elegiaco, por más que la melancolía, otra forma de la poesía, según Stevens, sea indeleble marca de la casa. Junto a la soledad, otro tema insoslayable.
Poesía del pensamiento, de preguntas, en la mejor tradición española de lo meditativo que tan bien definió Valente. Con su vertiente fenomenológica, eso sí, porque la mirada, la visión, aquí lo es todo.
Su tono tiende al clasicismo, poco importa que este sea occidental (Grecia, Roma), castellano (los poetas del Siglo de Oro) o de Oriente. Lo experimental, esa cohetería vanguardista que tanto gusta a algunos lectores, brilla aquí por su inexistencia. Y uno lo agradece.
¿Sus autores de cabecera? Los deja caer por las citas del libro. Antonio Machado, por ejemplo, JRJ, Rilke, Eugénio de Andrade, Novalis y, por añadidura, los románticos alemanes e ingleses, y los poetas orientales y, cómo no, Borges (no mencionado, pero también ahí, en “Epitafio”: “He sido muchas cosas, / como todos los hombres, / y la noche, y la muerte, y las estrellas.”)
Por el tono discursivo que a veces adopta su poesía, propio de esa poesía de la meditación a que me he referido antes, por su cercanía a la naturaleza y al paseo, poemas como los que componen “Una mirada” me recuerdan a Claudio Rodríguez.
Y ya que lo menciono, la voluntad de claridad es otra constante. En la línea, pongamos por caso, de un Eloy Sánchez Rosillo, compañero de antología y de promoción (en Las voces y los ecos); una claridad que poco (o nada) tiene que ver con la simpleza, con lo anecdótico, eso que tanto se llevó en temporadas pasadas. Y que conste que aquí experiencia no falta. Al revés.
También abunda la concisión, marca de la poesía, es cierto, pero que en algunos autores se agudiza. La economía verbal le conduce al uso del poema breve o muy breve (haikus y tankas) y es fácil intuir que comulga con otra de sus pasiones: el aforismo, esa afilada manera de decir más con menos.
Poesía del “yo” que, sin embargo, usa con frecuencia el “tú” cernudiano, el del que habla consigo mismo a debida distancia.
Poesía del viaje, de alguien que se considera un “transeúnte”: “He sido el transeúnte…” Por eso, “Cantos de frontera”.
Viajes a distintas partes del mundo (Grecia, Inglaterra, India, Alemania...) y de regreso a un lugar muy especial: su tierra de nacimiento: Hervás, Ambroz, Valdeamor, Pinajarro… La infancia, otra de los asuntos reiterados en el libro, donde esos lugares de la memoria aparecen nombrados y evocados largamente.
“No eres el pasado que regresa; / eres, sí, lo real que permanece.”
Poesía de la delicadeza, como esos poemas breves dedicados al pintor Ramón Gaya. Se podría decir que los versos de Neila son a la poesía lo que la acuarela a la pintura, por parafrasear a María Antonia Ortega.
Pura transparencia: fragilidad. Tal la vida. Esa “ausente” que él retrata a la perfección en uno de los mejores poemas del conjunto.
Al leer la parte final, la de los inéditos, comprobamos que el camino de Neila, el “original” (mencionado en un poema de igual título y aun en otro anterior de idéntico rótulo: “Sabemos de donde  viene / el camino original. / Y enseguida adivinamos / a donde irá a parar”), sigue “a la intemperie”, cada vez más esencial y delgado, sustentado en versos cortos y poemas breves, aforismos casi. Con excepciones, los dos “Autorretratos”, por ejemplo. Cercano a la emoción, que no puede separarse en poesía del pensamiento tal y como Unamuno dejó dicho; así, en el poema que dedica a su hermano Félix, muerto a traición y prematuramente.
A estas alturas de mi vida, como lector, sólo exijo en un libro verdad. Que sea de verdad y que se note su pequeña verdad, no queremos otra. La de alguien que nos da “la medida de un hombre” (o de una mujer, si fuera el caso), por decirlo con Vinyoli. Y eso es lo que uno ha encontrado en los versos de Manuel Neila. Basta y sobra; más, si como sucede, esa humilde verdad se transmite de una manera tan poética, en el mejor y más pleno sentido.

Esta reseña apareció en el número 768 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos bajo el título "El único libro (La poesía de Manuel Neila)"

21.7.14

Por alusiones

JMSM: En una entrevista a Álvaro Valverde en la misma Rick’s Magazine reconocía que, en su periodo como editor, decidió, al igual que había abierto una línea de edición con Portugal, abrir una con Colombia. Usted, “bien informado”, le sugería nombres, ¿cuáles fueron?
AMF: Letras Americanas fue una idea muy ambiciosa que yo le propuse a Álvaro Valverde cuando era director de la ERE. Una idea, valga decir, que los dos teníamos en la cabeza y que fue madurando en cada uno paralelamente. Si existía una línea portuguesa, debería existir una línea ultramarina, pensaba Álvaro, que ya tenía contacto frecuente y cercano con escritores hispanoamericanos desde hacía muchos años, como el guatemalteco Luis Eduardo Rivera, por ejemplo. Era lógico y esperable que en algún momento tenía que cuajar un proyecto como éste, por las relaciones históricas de Extremadura con América. Y cuajó en buena hora por la sabia intuición de Álvaro y su buen hacer editorial, que además supo seguir estupendamente su sucesor Luis Sáez.
¡Ay!, pero es una lástima que no la hayan continuado, por esas cosas de la crisis y por los recortes subvenidos. Y yo no sé si también por voluntad política del actual gobierno de Extremadura, que si es así, sería lamentable. La cultura es, y siempre será, nuestro mejor avío, el mejor embajador de Extremadura al otro lado del charco. Y ya se sabe el buen nombre que da y cuán rentable es el uso subsidiario de la cultura en la economía.

P: Hasta dónde se extendía aquel proyecto, aquella idea… 
R: La idea propuesta era que se publicaran inicialmente autores de los países que tuvieran una mayor tradición en sus relaciones históricas con Extremadura: México, Perú, Chile, Colombia, Cuba, Venezuela, Ecuador, por ejemplo. Serían anualmente tres o cuatro libros en la colección a crear, de autores reconocidos y contrastados en sus países, pero poco conocidos en España, y no vinculados, por otra parte, a las grandes editoriales comerciales. Dado mi conocimiento y cercanía con la literatura de aquellos países, cuando tocamos el tema, le propuse a Álvaro que empezáramos con Colombia, por razones lógicas. Y así fue como yo le serví de puente a él para entrar en contacto con escritores de aquel país que cumplieran con esas características. Yo les explicaba a ellos el proyecto, la seriedad y alcance del mismo y los invitaba a que le enviaran al director de la Editora su currículum y la propuesta de libro a publicar que, de todas maneras, debería pasar por el muy exigente filtro del comité evaluador de la entidad. Varios premios nacionales de literatura de Colombia se apuntaron a la idea como Orlando Mejía, Octavio Escobar, Adalberto Agudelo o Jaime Echeverri. Algunos de los que no creyeron, después de publicados los dos primeros libros y ver la pulcritud y calidad editorial de la colección, lamentaron profundamente no haber aceptado la invitación.

P: ¿Y cómo fue lo de Transmutaciones?
R: Luis Sáez, relevó de Valverde en la Editora, supo valorar en su justa dimensión el proyecto y decidió seguir con él, a pesar de los recortes que ya se avecinaban. Propuso que nos metiéramos con una antología de literatura colombiana contemporánea, pero no al uso, ya que esta se la jugaría con un autor por género: novela, cuento, novela corta, ensayo y poesía. Hecha esta selección, vio que era necesaria una nota introductoria, me propuso que la hiciera yo por claras razones, y lo que iba a ser sólo un par de páginas de contextualización del proyecto, terminó siendo todo un ensayo sobre la literatura actual de aquel país. Lo de Transmutaciones fue un grandísimo acierto. El libro tuvo bastante éxito, llegando a ser considerado por el Portal del Instituto Cervantes como el libro de la Semana, se presentó en un montón de sitios de España y Colombia, incluida Casa América y la Feria Internacional del Libro de Bogotá y La Vanguardia de Barcelona dijo de él en octubre de 2010 que “Transmutaciones es la más importante muestra sobre la literatura colombiana actual publicada en libro en los últimos años en España y confirma la valía de una generación de escritores claramente posicionados en la vanguardia de la literatura patria desde hace algunos años y los consagra internacionalmente”.
Uno hubiera querido seguir con Venezuela, Ecuador, Perú y México, ya que había iniciado contacto con gentes de esos países, pero… hasta ahí llegó la cosa. Hubo cambio de gobierno y cambio de políticas, y ya está. Adiós a ese maravilloso proyecto.

(...)

P: Hace algunas semanas Álvaro Valverde tenía palabras muy duras para la actual situación de la Editora Regional de Extremadura, en tanto que la que fuera casa de Landero, Javier Cercas o Bayal, estaba en un estado lamentable… ¿A quién mirar o a quién culpar?
R: Suscribo las palabras de Valverde casi en su totalidad. La pregunta que uno se haría es, ¿hay una política cultural coherente, firme y motivada en Extremadura en la actualidad? ¿Se puede hacer cultura con esos recortes económicos y de medios tan bárbaros que se han hecho? Dudo que un director sin recursos pueda hacer mucha cosa. Me parece que hay más pantalla que acción efectiva de parte de este Gobierno y que sus prioridades no van precisamente enfocados a lograr o mantener siquiera un decente Estado de Bienestar donde la educación y la cultura, aparte de la sanidad, sean parte efectiva de la acción gubernamental.

De la entrevista realizada por José Manuel Sánchez Moro a Antonio María Flórez para Ricks Magazine.

20.7.14

Catálogo razonado

La Fundación Godofredo Ortega Muñoz publica en su página web el Catálogo razonado (Volúmen 1 y Volúmen 2) de la obra del pintor extremeño (San Vicente de Alcántara, 1899). La autora ha sido Isabel García García, doctora en Historia del Arte y profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid. 
La coordinación general ha corrido a cargo de Antonio Franco, que junto a Granada Plaza, encargada de la coordinación técnica, y Clemente Lapuerta, sobrino del memorable paisajista y responsable de la documentación, conforman el núcleo de la mencionada, ejemplar fundación. 
Desde este rincón nos felicitamos de la salida a escena de esta fiesta para los ojos y para el alma. Más para quienes admiramos la pintura de Ortega Muñoz y, de paso, nos sentimos extremeños. 

19.7.14

Un ejemplo

"¡Qué poco crédito han tenido aquí la mesura, la tolerancia, el sosiego! La razón, ¡de qué poco ha servido! ¡Cuánto fascina el ruido y la pólvora, inseparables! ¡Qué pocos liberales ha tenido este país o qué silenciosos han sido, o qué silenciados! Pero vamos a dejarlo aquí, para no sumarnos al deporte nacional ni a quienes, tras la guerra, trataron de sepultar en la misma fosa común a JRJ, Azaña, Unamuno, Madariaga, Castillejo, Jiménez Fraud, por no citar a los hoy ya hipercitados Morla, Chaves o Campoamor." 
Andrés Trapiello, de "Ortega, malgré tout", palabras de presentación de la biografía de Ortega escrita por Jordi Gracia que, por cierto, tengo entre manos.

18.7.14

En busca de la luz

La veterana Hiperión ha coeditado al mismo tiempo tres libros con la mexicana Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey, que dan inicio a una nueva colección: Tálamo, de Margarita Minerva Villarreal; Las edades felices, de Margarito Cuéllar; y Final de diluvio, de Juan Domingo Argüelles. Los tres llevan prólogos de reconocidos poetas españoles: Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca y Eloy Sánchez Rosillo, respectivamente. El poeta murciano se ocupa de presentar Final de diluvio. Juan Domingo Argüelles nació en Chetumal (Quintana Roo) en 1958 y además de ser un poeta con importante premios en su haber (los Nacionales Efraín Huerta y Gilberto Owen y el de Aguascalientes), es un conocido especialista en el fomento de la lectura.
Rosillo se lamenta de la “pésima comunicación” que sigue existiendo entre la poesía de ambos lados del Atlántico (lo que a uno siempre le recuerda a Shaw: “una lengua común nos separa”), recalca que este es el mejor libro de Argüelles y explica que su poesía es “nítida y llena de naturalidad”. No miente. La cita inicial, de Claudio Rodríguez, abre un camino hacia la claridad que no decae en ningún momento.
La celebración de la infancia (“cuando yo era feliz sin preguntarme cómo”, “Lo que recuerda el hombre al final de su edad / es al niño que fue, absorto en el asombro”, “Lo que todos quisieran es volver  a la infancia”) y la adolescencia (“Este que ya no es joven escribe estas palabras / que a sus espaldas lee un ser que ya se fue”), situadas en la “tierra nativa” (Hölderlin), dan buena cuenta de una intención: la de cantar la vida desde su lado positivo. Argüelles cae pocas veces en lo elegiaco y lo melancólico, algo en lo que coincide con la última poesía de Rosillo. Como la de éste, la suya es una poesía llena de pájaros, que busca y exalta la luz, dos metáforas a la que podemos sumar otra: la del mar.
Más allá, y en este mismo sentido celebratorio, Argüelles dedica numerosos poemas a su mujer: Rosy (por ejemplo, “Declaración inocente pero necesaria”), a sus hijos: Claudina y Juan, a sus hermanos (vivos o no), a sus amigos, etc.
Una de las partes del libro, “Puentes de la palabra”, homenajea a sus maestros: Paz, Huerta, Sabines, Bonifaz Nuño, Padilla…
En idéntico tono hemos de entender los versos dedicados a la ranchera, el bolero, la cumbia…
La reflexión sobre el hecho de escribir es otra constante. Eso le lleva a afirmar que “las palabras que escribes / no las eliges tú: ellas llegan, se instalan / como toda verdad”. Palabras que son necesarias “para poder nombrar lo que se va”, algo que no deja de ser una misión básica de la poesía. Pero también declara: “Que el dolor y la desolación / no hagan sombrío el poema”. En “Las ventanas” (otra metáfora) aboga por “orientar su sentido/ hacia la claridad”. “El que escribe el poema”, dice, “busca de la luz”. “Que el aire del idioma / dulcifique y serene nuestra voz”, añade.
“Sujeta la retórica y amordázala”, dijo Verlaine, aunque él, en “De la retórica”, reconozca que “Lo que nos quedó fue literatura / para el pobre estudio de los profesores”. “Pero de todos modos no hay manera / de dejarlo de hacer. Y éste es el punto”, matiza.
“No vivo por la poesía. / Ni siquiera podría decir que vivo para ella. / Pero, a veces, sólo gracias a ella puedo vivir”, concluye.
No falta en este libro la ironía (en “Lápida con nombre ilegible”, “Lápida vecina” o “Medio siglo y un mes (autorretrato)”) ni la denuncia (“Carta a Javier Sicilia: “Hoy todos nos llamamos Javier Sicilia / y todos nuestros hijos se llaman Juan”).
En conjunto, estamos ante una obra luminosa que demuestra lo importante que resulta elevar la voz por encima de la derrota y el abatimiento. En estos tiempos sombríos hacen falta poetas así. 

17.7.14

Justicia poética

No sé si es casualidad, pero desde la aparición de la antología Sentados o de pie. 9 poetas en su sitio, de Antonio Piedra, son varios los poetas allí incluidos que vuelven a las andadas poéticas y dan a la imprenta nuevo libro. Ha sido el caso de Luis Santana y de Luis Ángel Lobato. Se incorpora también Javier Dámaso, que publica La Edad de Hierro (2002-2013) en la bonita Colección Cortalaire de la Fundación Jorge Guillén, la misma en la que vio la luz aquel acertado florilegio. 
Javier Dámaso (Valladolid, 1964) es el nombre literario de Dámaso Javier Vicente Blanco, profesor de Derecho Internacional de la Universidad de Valladolid. Agitador cultural en su juventud, la tarea docente (y las consiguientes tiranías sociales y profesionales del mundo académico) le ha mantenido en una suerte de clandestinidad, alejado de la poesía en su vertiente pública, lo que no significa, ya se ve, que haya dejado de escribir. Su bibliografía poética es exigua y, si nos atenemos a la que aparece en la citada antología, ha permanecido hasta ahora inédita. De ahí la importancia de esta salida a escena (el teatro es otra de su pasiones) que no parece en absoluto la de un novato; o la de un inédito de larga duración, como hace al caso. 
En "Sin tregua" agrupa JD un puñado de poemas fechados en 2003 que anticipan de manera clarividente la actualidad. Si no fuera por esas fechas a pie de versos... "Disidencia y derrota" se titula el primero, que se abre con: "Nada de lo que vive encaja en un molde", casi un lema del conjunto, magnífico comienzo, declaración de intenciones o programa que, ya digo, marca, "en la frontera de la incertidumbre", el rumbo del libro. Allí leemos: "El impulso singular que te mueve es / la ira ante la injusticia". Ya Piedra en el prólogo de su obra nos advertía con lucidez que Dámaso "abriga el sueño nobilísimo (...) de servir al ciudadano una utopía universal: una justicia sin adjetivos a través de la poesía". La apreciación, sí, es certera y este libro no viene sino a demostrarlo. 
"No hay vuelta atrás", nos dice, y: "Cada fracaso es sólo el anticipo de nuestra ruina".
Poesía civil, en el más hondo sentido, de héroes, los menos, y vencidos, los más. Y dos poemas visuales, con palabras, que remiten a otra vocación de JD: la experimental, aquí representada con este par de muestras.
En "Dices amor" se agradece el tono nada almibarado, donde lo amoroso surge con naturalidad, sin alardes, cercano a lo que importa.
"Carretera de los naufragios" se inicia con "Oasis en San Baudelio", un precioso poema ("No sé / si hay Dios / pero hay remanso") que uno agradece como amante de esos lugares retirados y de la meditación. O "Somos", otra muestra de las pretensiones civiles de la poesía de Dámaso. 
"Córdoba, lejana y sola" pertenece a otra corriente central del libro, la del poema de viajes. Esta es la Córdoba argentina y aparecen referencias a otros sitios, de Cabo Verde, por ejemplo: "Bahía das Gatas", Sevilla o Düsseldorf. 
Y hay poemas históricos: "Si me hablas de Omar" y "La muerte de Arturo".
"El instante supremo" se inicia con un poema estupendo donde se juega con los idiomas: la libre circulación de pessoas (personas en portugués) le permite convocar a Fernando Pessoa y su drama "em gente". 
No falta el humor en "Periódico, amor y preservativos", "Presentación de un libro de poemas" e "Insubordinación de poetas" (a propósito de las lecturas poéticas) que concluye: "Gente de poco orden, / los poetas.")
"Caballos en la noche" nos traslada a la memoria. La infancia, sus progenitores (es memorable el poema "Cuando te sobran los días", centrado en la muerte del padre: "Con la muerte / no sabemos qué hacer"), Riaño (donde estuvo el mío en un campamento del Frente de Juventudes y donde Dámaso protestó, años después, por culpa de la construcción del embalse, cercano al del Porma de Benet)... Destacaría también el poema "Laberinto", uno de los más conseguidos del libro. 
Concluye JD su camino con "Conversaciones con Erich Fried", el poeta austriaco (en respuesta, se nos explica, a su Saludo alemán a España, de 1977), donde se imponen la reflexión acerca de las penurias de este tiempo: la inercia, la inactividad, la falta de democracia real... Recuerdo otra vez las palabras de Antonio Piedra y aludo de nuevo a esa vocación  inquebrantable de Javier Dámaso por la justicia. Desde la cátedra y desde los versos. Gracias. 

16.7.14

Dos libros de Martín Gijón

Ya se dijo hace poco que Mario Martín Gijón era un hombre trabajador y buena prueba de ello, y de su capacidad para manejarse en diferentes géneros, son estos dos nuevos libros que acaba de publicar. 
El primero, un ensayo, ganó el Premio Arturo Barea de la Diputación de Badajoz, que edita su veterano Servicio de Publicaciones, y lleva por título La Resistencia franco-española (1936-1950). Una historia compartida. Una frase impulsa la investigación histórica: "En ningún país se vivió como en Francia la guerra de España." Dedicado al que fuera su profesor y amigo, Gregorio Torres Nebrera, el exhaustivo análisis del docente de la Universidad de Extremadura nos permite conocer un periodo capital de nuestra historia común; la de dos países vecinos que salieron de dos guerras, una civil y otra mundial, de manera muy distinta.
El segundo nada tiene que ver con el ensayo, si bien, teniendo en cuenta su manera de proceder, podría ser calificado, en cierto sentido, por el lado experimental, como ensayístico. Es un volumen de poesía, Tratado de entrañeza, y hace el nº 47 de la colección el levitador de la editorial Polibea. Con prólogo, claro está, del crítico, traductor y poeta canario Rafael-José Díaz cualquier intento de explicación de esos poemas por mi parte está condenado de antemano al fracaso. Esta poesía, ya se dijo, radicalmente experimental, basada en el juego de palabras (que, diría, en sentido estricto, tiene de todo menos de juego), sólo se revela leyéndola. Con la paciencia y la atención que la compleja operación requiere, cabe añadir. Un colega y sin embargo amigo, Eduardo Moga, sí lo ha conseguido y a su reseña remito.
Las más de quinientas páginas del primero y las escasas cincuentaytantas del segundo darán para unos cuantos días de ocio vacacional. Eso sí, ninguno es para llevárselo a la piscina. No estamos ante lecturas de las de pasar el rato. 

15.7.14

La luna en la punta de la lengua

El premio "Arcipreste de Hita" (Pre-Textos-Ayuntamiento de Alcalá la Real) ha dado nombres y libros importantes a nuestra poesía reciente. De autores como Antonio Moreno, Jaime García-Máiquez, Gabriel Insausti, Vicente Luis Mora, Daniel Casado, Luis Artigue, Juan Vico...
Descubro ahora la poesía de Adolfo González (Avilés, 1982), que ganó ese certamen el pasado año con La luna en la punta de la lengua
El jurado estaba presidido por Vicente Gallego que, visto lo visto, tiene razón al afirmar en su informe final que "no es habitual encontrarse en un premio con un libro tan cumplido (...), un libro en el que se dan cita la clarividencia poética y la sabiduría vital en luminosa armonía, y todo ello refrescado con unas gotas de buen humor". Desde luego, ese tribunal poético acertó. Como acierta Gallego con sus palabras a la hora de describir el libro. 
A uno le ha sorprendido el buen hacer estilístico -con poemas muy breves, perfectamente trabados-, la originalidad de su apuesta -que desconcierta al primer golpe-, y, como destacaba el maestro valenciano, el fino sentido del humor que González gasta. Basta comprobar cómo tituló sus libros anteriores: Cabra, Matasellos, Un surtido, El gorrión pasa página con el pico y Música, religión y gimnasia, de los cuales conozco los dos últimos, de 2012, muy en la línea de lo que leemos en éste.
Me da que este hombre sabe lo que quiere y que se esfuerza, tras el aparente jajaja, por conseguirlo. Que nadie se equivoque, Adolfo González es un poeta serio, en el buen sentido, que trae bajo el brazo un libro digno de ser leído. 

Syntaxis en La Provincia


















Este texto apareció, como se ve, el pasado día 27 de junio en el diario canario La Provincia. Forma parte de un especial sobre el treinta aniversario de la creación de la revista Syntaxis, que incluye una entrevista con el que fuera su director, Andrés Sánchez Robayna.