29.10.26

Celebración de la belleza

Ya conocíamos el impecable catálogo de la colección de poesía de la editorial jerezana Pie de Página, que ya ha dado a la imprenta casi una decena de títulos. Inaugura ahora la de prosa y lo hace con Cuaderno de campo, el "primer libro publicado" en papel por Federico Limeres.
Nacido en Caracas en 1966 e hijo de emigrantes gallegos, es economista y regenta una tienda familiar de barrio en el casco histórico de Pontevedra, ciudad donde reside desde los siete años. 
El libro —ilustrado con nueve hermosísimas aguadas de José Natera— está compuesto por treinta composiciones breves que hacen referencia a otros tantos animales, casi todos aves. 
Después del trágico accidente ferroviario (quede constancia aquí de mi dolor y de mi pésame) y de pasar por un centro de salud para vacunarme de la gripe y del covid, no lo dudé: leería este libro recién llegado de un autor desconocido para mí. Supuse que me aportaría calma. No erré con la elección. 
Es un libro delicioso que me ha deslumbrado. En el mejor sentido. No es un bestiario al uso, ni mucho menos. Con un lenguaje que no le hace ascos al barroco, siquiera sea por la rica precisión de su vocabulario, está, sin embargo, del lado de la naturalidad. Asombra, por ejemplo, su capacidad descriptiva (¡qué bien los vemos!); algo propio, sí, de cualquier minucioso observador de la naturaleza (más si es ornitólogo, como lo fue el llorado Antonio Cabrera), aunque no todos seamos capaces de trasladar mediante palabras retratos semejantes. "A las imágenes fotográficas se las combate con imágenes —con imágenes verbales, en este caso", ha escrito Limeres. Y "como la fotografía, la poesía". Y, por fin, que su aspiración "era que la precisión ilusoria de la imagen verbal permitiese recrear lo real, que la escritura fuese una especie de pintura, pero que tuviese la celeridad sensitiva, la inmediatez de la propia realidad". Razón no le falta. Creo que el objetivo está conseguido. Estamos ante realidades, no símbolos. En el "Escribano montesino" leemos: "Cada cosa, como quiere Cratilo, tiene su nombre necesario".
Su agudeza encandila. Como seducen sus imaginativas metáforas y, sobre todo, las comparaciones que utiliza. No es tanto "cómo es un mochuelo", sino "como qué es un mochuelo", dice, y añade: "En la descripción científica de un mochuelo no está el mochuelo". Son comparaciones que traslada con frecuencia, mediante situaciones en principio chocantes, al mundo de la literatura o de la moda o del cine o de cualquier otra manifestación cultural. Así, cuando dice que el pinzón es "esbelto como un masai"; que el plumaje del mirlo acuático es "terso y húmedo como el neopreno de un buzo"; que el petirrojo "canta en un verso de Keats"; que el "característico azul Patinir" que luce el caballito del diablo "es de una belleza metalizada y desesperante"; que el aleteo de la esfinge colibrí "es de película de stop motion checa"; que existe el "verde Errol Flynn"; o que "las plumas erizadas de la corona" de la curruca rabilarga "recuerdan el pelo pincho de los criminales cejijuntos retratados por Cesare Lombroso". 
Destacaría algunas estampas (por llamar a estas prosas de algún modo, más que meras anotaciones o apuntes del natural): "Libélula", "Abubilla", "Picapinos", "Herrerillo capuchino" (el que prefiero del conjunto, tan japonés) y "Zarcero políglota". Ninguna desmerece.
No podía empezar mejor esta nueva colección sureña que José Mateos y algunos amigos han fundado para que los lectores disfrutemos de piezas tan sutiles y logradas como ésta.