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13.11.25

Castelo, periodista

Esto fue lo que dije en la mesa redonda de las primeras Jornada de Estudio Santiago Castelo que tuvo lugar el pasado día 8 de noviembre en la Sala Paraninfo Clara Campoamor de la Diputación de Badajoz. 
Lo llevé escrito, una lección aprendida hace mucho de mi maestro Gonzalo Hidalgo Bayal. Por si acaso. Luego vino el debate. 
De la crónica del aquella intensa mañana ya se ha ocupado su principal responsable: Carlos García Mera en su muro de Facebook. 

Buenos días y gracias por invitarme a participar en este acto, el primero del que se hace cargo la nueva directiva de la Asociación de Escritores Extremeños, presidida por la poeta placentina Sandra Benito, justa heredera de Isabel Pérez, de la saga de los Pérez González, tan cercana a José Miguel Santiago Castelo.
 
Fue precisamente aquí, en esta ciudad, donde conocí en persona a Castelo ―como la mayoría le llamaba y le llama―, en 1982, con motivo del segundo Congreso de Escritores Extremeños.
El 30 de mayo de 2015, treinta y tres años después, decía en ABC, al comienzo de mi artículo “Sólo vivir vale la pena”: “Santiago Castelo (…) fue ante todo poeta. A pesar de su decidida vocación periodística, doy por supuesto que es lo que él prefería. Por encima de todo. Que era esa condición la que más le gustaba que le reconocieran sus lectores”. Ahora, diez años más tarde, me he replanteado esa afirmación. A pesar de que cualquier escritor que haya publicado libros en distintos géneros, a la hora de elegir cuál de estos le define mejor, es muy probable que se decante por la poesía si dio a la imprenta alguno de versos; que, pese a su insignificancia real, si lo comparamos con la narrativa ―y, ya ahí, con la novela―, no habrá de importarle adornarse él o que le califiquen otros, como poeta. En el caso de la persona que nos convoca, dudo ahora qué título se atribuiría a sí mismo por encima de todos los demás, si el de poeta, como dije hace una década, lo que fue de sobra, o el de periodista, que también. Me da la impresión, después de tratarlo durante años, que cuanto menos dudaría. Dijo Julio Bravo: “Su pasión por el periodismo sólo era comparable a la que sentía por la poesía”. Podríamos dejarlo en tablas. A papá y a mamá.
No me cabe duda, sin embargo, de que su estilo periodístico era el de un poeta. Eso no puede negarse. Se dice con frecuencia que la mejor prosa está en manos de quienes escriben poesía. Se aprecia bien en el primer artículo que publicó en el diario ABC, “Siete espigas bajo el sol”, sobre su querido pueblo, Granja de Torrehermosa, de 1970, año que entró en esa santa casa: “en toda la baja Extremadura, sólo tiene derecho a veranear el sol”.
Aunque la impronta de maestros que elogiaron la retórica, como Pedro de Lorenzo, marcaron su huella, por más que lo lírico en su vertiente, si se quiere, popular y hasta folclórica aflore por momentos, sobre todo en su primera época, al final su estilo el propio de quien lee y escribe poesía, lo que significa que cada palabra cuenta y que, en consecuencia, la que no suma resta. Y mucho. El don de síntesis, al que se refirió su amigo Pere Gimferrer en un poema memorable, pesó en él a la hora de fijar un texto y no sólo por las prescritas limitaciones de espacio, sino por dar a lo escrito la precisión que la verdadera poesía exige, por poco o nada poético que sea el asunto que aborde.
Ya que hemos mencionado al ABC, bien está centrar esta intervención en lo que esa cabecera representó en la vida de Castelo, que empezó su carrera periodística en Extremadura, su tierra, a la que tanto quiso. Y lo hago no sin reparo, pues tengo a mi lado a dos personas que conocen esa faceta del granjeño mejor que yo. Para colmo, uno de ellos es, a la sazón, director de esa histórica mancheta.
“Porque eras, Niño, el retrato viviente de ABC”, escribió Antonio Burgos. Y: “Tú eras, Niño, un andante ejemplo […] del estilo de ABC. Tú, Niño, encarnabas el espíritu liberal y literario de esta Casa a la que entregaste tu vida y de la que eras símbolo vivo”. Suya es una anécdota muy graciosa, que pone en boca de El Chupa, viejo telefonista de la casa: “Señor Castelo, se pasa usted aquí más horas que el retrato de Don Torcuato”.
[Por cierto,  “Niño” (tal o cual) es como llamaban a los alumnos en prácticas del periódico. Estoy escuchando todavía su vozarrón inconfundible al otro lado del teléfono. Apenas descolgabas, oías: “¡Niño!”. A veces le bastaba un “¡Eh!”.]
Juan Manuel de Prada, con el que tuvo una íntima amistad, afirmó: que “este poetazo descomunal fue también la persona que mejor ha encarnado el espíritu de ABC”.
De su importancia en ese medio de comunicación dan buena cuenta estas pocas palabras de Jesús Lillo: “A su manera, fue un pionero de lo que ahora se conoce como recursos humanos”.
Otro amigo común, Carlos Medrano, alude a su campechanía, “su cordialidad era irreductible y no se sometía al corsé del estrés periodístico de las noticias […] ni a la diplomacia de muchas relaciones y gestiones que Castelo, con su don de gentes, llevó a cabo con enorme elegancia desde sus cargos de responsabilidad”.
En “Un hombre de lealtades hondas”, su discurso de recepción del Premio Luca de Tena, declaró: “Mi vida entera se ha desarrollado en esta Casa de ABC: aquí entré hace treinta y siete años, siendo un muchacho espigado e inquieto; aquí aprendí todo lo que sé y de aquí no he querido moverme: ésta es una escuela permanente del mejor periodismo, de la mejor literatura [conviene resaltar esta condición de periódico literario por lo que dijimos acerca de su estilo más arriba], donde se aprende a amar la verdad y la libertad en una perfecta simbiosis de nobleza y liberalidad, de respeto a los demás y de amor a la obra bien hecha. […] Yo, de niño—como tantos millares de españoles—, leía ABC en mi casa extremeña con verdadera devoción y cuando descubrí que quería ser periodista no podía imaginarme en otro sitio sino en ABC”. “He servido lealmente”, sentencia. Ni siquiera cuando Luis María Anson dejó la dirección de ABC para fundar La Razón en 1998, y le propuso que le acompañara. Conviene recalcar el concepto de “fidelidad”; en su caso, de origen monárquico, como él recordaba. En efecto, uno de los principios básicos de un defensor de la monarquía (y Castelo, desde joven, se acercó a Estoril a mostrar su lealtad y rendir su servicio a quien la representaba, Don Juan, “el Rey padre”, como él lo designaba) es la fidelidad.
Bravo precisa: “Es imposible escribir la historia reciente de ABC sin darle un lugar destacado a José Miguel Santiago Castelo, ligado a esta casa desde el año 1970, y donde mantenía su despacho después incluso de su jubilación; un despacho que fue durante años «lugar de peregrinación» para decenas de redactores y colaboradores, que encontraban siempre en él refugio, consejo o, simplemente, un oído atento y comprensivo. Castelo, como se le conocía en la Redacción de ABC, lo llamaba su «confesionario laico»”. Y sigue: “Le gustaba decir que, salvo engrasar las linotipias, había hecho de todo en ABC. […] Empezó en la sección de Sucesos y pasó por distintas secciones, desde el desaparecido Huecograbado hasta Opinión y Colaboraciones […]. Entre 1983 y 1988 se desplazó los veranos a Palma de Mallorca para cubrir la información de la isla, incluida la estancia de la Familia Real, para la sección ‘España en Vacaciones’ […]. En 1988 fue nombrado subdirector del periódico y en 2010, año de su jubilación, pasó a presidir el Consejo Asesor Editorial de ABC”.
Como ABC, era, ya se dijo, monárquico. Del controvertido Juan Carlos I, del ejemplar Felipe VI y, cómo no, de Don Juan. Su último artículo, de 3 de junio de 2014, se tituló “Una lección de grandeza histórica” y fue escrito con motivo de la abdicación del rey y en él destaca la mención a su padre en el discurso. Monárquico, pero, por encima de todo, liberal. Era su talante.
Mención aparte en su vida periodística merecen, claro está, esos veranos mallorquines de los ochenta (recaló en el céntrico Hotel Saratoga de Palma, en el Paseo de Mallorca), donde ejerció como reportero y cronista. Y no sólo. Basta con recordar su libro de poemas Siurell, y, vuelvo a recalcarlo, artículos como “La Mallorca que verán los príncipes”, donde habla por extenso de la isla en su característico estilo lírico.
Sí, a la Familia Real dedicó no pocos de esos artículos estivales. Da cuenta, pongo por caso, de un Consejo de Ministros del Gobierno de Felipe González en agosto del 83 presidido por Don Juan Carlos: “El Rey animó al Gobierno a no caer en el desánimo y el pesimismo”.
Resultan muy curiosas, en estas crónicas de sociedad dignas del Hola, sus apreciaciones sobre la vestimenta de sus protagonistas.
Pero no sólo a los reyes y su familia (la griega incluida) dedicó Castelo esos reportajes. Por ellos pasaron también numerosos personajes del deporte, la política, la cultura, la música, la farándula, etc. Así, los Príncipes de Gales, los duques de Württémberg, Camilo José Cela, María Teresa de Gelabert, la viuda de Llorenç Villalonga, a la que conoció y trató en esas estancias mallorquinas, etc. En un artículo da cuenta del mareo del presidente González por culpa del viaje de dos horas en helicóptero hasta Mallorca. En otro analizó el fenómeno del top-less.
Porque había mucho de frívolo en esa vida de cronista al sol, Castelo se permite en no pocas ocasiones echar mano del humor. Y de la ironía, tal vez porque ambos sentidos son indivisibles. Nada extraño, por otra parte, en quienes le conocimos. Sentarse a su lado en cualquier mesa estaba justificado por su entretenida conversación (hilarante a ratos, inteligente siempre) y, si hacía calor, por aprovechar las frescas, firmes sacudidas de su inseparable abanico.
El escritor mallorquín José Carlos Llop (que le dedicó el delicioso “Las terceritas de Castelo”) pensaba que “tenía un punto valleinclanesco ―monárquico y sentimental― pasado por la escuela de Manuel Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor”.
Es imposible hablar de él sin destacar su vinculación a Extremadura. Solía decir, “me van a reñir de lo mucho que saco en ABC a mi tierra”. Cualquier motivo ―la publicación de un libro, la concesión de un premio, una lectura o una conferencia― era excusa bastante para que un escritor extremeño apareciera allí. A última hora de la tarde recibías una llamada que te instaba a que compraras el periódico al día siguiente.  
Como recuerda Medrano, a los Congresos de Escritores asistía acompañado de un joven periodista de la redacción de Cultura, con el encargo de hacer la crónica diaria de lo ocurrido en esas jornadas. Y añade: “en ese liberalismo que le caracterizaba, siempre tuvo a bien el elogio a lo que aportaba cada uno por encima de la afinidades políticas, o de cualquier otro tipo, con el que a veces se filtran las cosas. Como él decía, somos un periódico de derechas y en el ABC Rodríguez Ibarra ha salido más veces que en El País”.
Sí, esa generosidad era amplia. En cuanto le enviabas un nuevo libro, se movilizaba y él mismo se hacía cargo de que en ABC Cultural apareciera la reseña consiguiente. Sé que no ocurría sólo conmigo, aunque me atenga a mi propia experiencia.
Si bien uno había publicado su primer artículo en ABC en 1987 y luego algunos más (casi siempre a petición suya: “¡Niño…!, ¡Eh!), algunos incluso dictados por teléfono (tan viejo soy), supongo que pasé a hacerlo con asiduidad cuando se encargó de la sección de Colaboraciones. Algunos de ellos se reunieron en El lector invisible, libro que vio la luz en 2001 con textos escritos entre 1987 y 2000 para “Tribuna Abierta”, salvo uno. Me ayudó en la selección Julián Rodríguez y publicó el libro, en la Editora Regional de Extremadura, Fernando Pérez, amigo de Castelo y director de la misma. En la preciosa colección Ensayo Literario. Se lo dediqué a él, cómo no.
Ya enfermo, batalló con Fernando Rodríguez Lafuente, coordinador de ABC Cultural, para que me ocupara de la crítica de poesía. Lo consiguió, aunque su victoria fue efímera. No aguanté los silencios y las dilaciones de los responsables y renuncié, para su disgusto, al poco tiempo.
El ejemplo ―esa virtud reivindicada para España por Javier Gomá, ya se ve que en vano― es lo mejor que he recibido de un ser tan desprendido como Castelo. Sí, era espléndido, su adjetivo predilecto. En todos los sentidos. Lo aprecié bien en cuantos jurados literarios compartimos, que no fueron pocos. Siempre mantengo una de sus enseñanza, algo malévola, pero que define bien su personalidad: la de que no gane nunca un libro por unanimidad. Que sea por mayoría. Así, explicaba sonriendo, consigues aclarar al autor, que puede ser amigo o conocido, que tú defendiste su original hasta el último momento.
Quizá su lección más honda y humana fue cuando el PP de Floriano montó el escándalo del fotógrafo Montoya, que tanto daño hizo a la trayectoria política y a la salud de nuestro común amigo Paco Muñoz, con el que Castelo viajó a La Habana. Me salpicaba el asunto porque el catálogo llevaba el sello de la Editora, que por entonces uno dirigía. Fueron varias horas de conversaciones telefónicas. Me iba informando de los movimientos que se iban sucediendo en Madrid, pues el ministro Acebes se había implicado en el invento. La tormenta amainó y no hubo nada, salvo una denuncia de Manos Limpias y la pérdida de las elecciones al Ayuntamiento de Badajoz, de las que era cabeza de cartel el mencionado Muñoz, lo que ocasionó, por su previa marcha de la Consejería, un retroceso notable en materia de política cultural.
Las muertes prematuras de los escritores extremeños son una constante dolorosa pero evidente: Ángel Campos Pámpano, Julián Rodríguez, Fernando Pérez, Antonio Franco… Tengo ahora la edad que tenía él cuando murió, y eso me impresiona.  Leo en una entrevista de 2011: “Usted, que escribe su obra, como dice Pureza Canelo, a golpe de corazón, defiende las causas preteridas. Quedan pocos paladines como Castelo”. Y éste responde: “Porque pienso que el día de mañana yo también seré un escritor preterido al que nunca faltará algún escritor que me saque del olvido”.

1.10.25

I Jornada de Estudio Santiago Castelo

 
Santiago Castelo (1948-2015): un legado vivo

La celebración de esta jornada supone una oportunidad única para reflexionar sobre la importancia de la palabra escrita en un tiempo marcado por la inmediatez y la fugacidad. Santiago Castelo, poeta y periodista, supo conjugar en su obra la hondura de la poesía con la claridad del periodismo cultural, dejando un legado que invita a detenernos y a valorar el poder transformador de la literatura y de la cultura.

El encuentro reunirá a académicos, escritores, periodistas y lectores en torno a su figura, pero también servirá como espacio de diálogo para abordar los retos de la creación y la comunicación en la actualidad. Al analizar su obra poética, ensayística, periodística y cultural, no solo rendimos tributo a su memoria, sino que también reivindicamos la necesidad de un pensamiento crítico, profundo y humanista en el presente.

Esta jornada es, en definitiva, un homenaje vivo: una ocasión para que las instituciones culturales y educativas se unan en torno a la figura de Castelo y, al mismo tiempo, para proyectar su voz hacia el futuro, recordándonos que la cultura es el camino más sólido para fortalecer nuestra identidad y enriquecer nuestra sociedad.

PROGRAMA

9:30–10:00 Apertura y palabras previas
Presidenta de la Diputación de Badajoz y
Presidenta de la AEEX

10:00–11:15 Panel: Santiago Castelo, poeta
José Luis Bernal Salgado (Univ. de Extremadura)
Sergio Fernández Martínez (Univ. de Burgos)
Juan Gallego Benot (Univ. de Groningen)
Modera: Carlos García Mera

11:15–11:30 Pausa para café

11:30–12:45 Mesa redonda: Santiago Castelo, periodista y
ensayista
Julián Quirós (Director de ABC)
Álvaro Valverde (Poeta y crítico cultural)
Carmen Fernández-Daza (Real Academia de Extremadura)
Modera: Nieves Moreno

12:45–13:00 Pausa breve

13:30–14:15 Mesa redonda: Santiago Castelo y Extremadura
Juan Carlos Rodríguez Ibarra (Expresidente de la Junta de Extremadura)
Luis Sáez Delgado (Director de la Revista de Estudios Extremeños)
Antonio Reseco (Escritor y traductor)
Modera: Isabel Pérez González

14:15–14:30 Cierre y conclusiones

Comité organizador: 
José Luis Bernal Salgado • Carmen Fernández-Daza • Carlos García Mera • Nieves Moreno Horrillo • Isabel María Pérez González • Antonio Reseco • Luis Sáez Delgado

Organiza la Asociación de Escritores Extremeños y patrocina la Diputación de Badajoz. 

17.3.25

Quedan los árboles


Según el tópico, todo termina. También la colección Voces sin tiempo, de la Fundación Ortega Muñoz, que se fundó, por decisión de Antonio Franco (el que fuera director del MEIAC de Badajoz) en 2010 y que uno ha tenido el honor de codirigir junto a Jordi Doce. Una aventura, tan extremeña como cosmopolita, que nos ha permitido publicar doce libros, bien acogidos por los lectores y la crítica, muito obrigado, y que se cierra con esta antología dedicada a los árboles en la que colaboran sesenta poetas españoles contemporáneos. Quisimos invitar sólo a autores vivos, pero el destino ha impedido que uno de ellos, por desgracia, pueda ver el libro: Andrés Sánchez Robayna. 
Creemos que el contenido sorprenderá. La poesía verdadera nos asombra siempre. 
Agradecemos, en fin, a la Fundación (a Clemente Lapuerta, su alma, a Granada Plaza, tan profesional y eficiente, y a su actual director artístico, Javier González de Durana) el patrocinio y la colaboración. 
La bonita cubierta de esta muestra (que toma el título de un verso del poeta malagueño Álvaro García) no desentona con las del resto. Con la ayuda del detalle de un cuadro del pintor de San Vicente de Alcántara, es obra de Juan Luis López Espada, quien sustituyó a Julián Rodríguez en esas labores tipográficas cuando aquél murió. 


11.3.25

Relatos de un editor

Hace unos meses, con motivo del Congreso de Escritores Extremeños celebrado en Alcántara, en una mesa redonda dedicada a conmemorar los 40 años de la Editora Regional, donde evoqué la figura de Fernando Tomás Pérez González, un "intelectual silencioso" que fue su ejemplar director durante una década dorada, dije: "Siempre sospeché que la escritura creativa también había quedado aparcada. Su capacidad lectora, y desde temprano, alimentó siempre esa conjetura de la que no tengo más pruebas que la mera intuición. Sus artículos acaso le delaten, como aquel «Académicos de Argamasilla», que publicó en el HOY tres meses antes de su fallecimiento y que, como afirmé en su momento, «tiene algo de testamento literario y moral»". (Artículos, cabe precisar, que se recogieron en otro libro póstumo de Pérez González: Artículos y ensayos, del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, y los editores fueron Asunción Fernández Blasco y Fernando Pérez Fernández, mujer e hijo mayor del autor, que dividieron el libro en dos partes: "Contribuciones a la historia del pensamiento español" y "Edición y crítica".) Detalles aparte, aquí está la prueba de que aquellas intuiciones tenían sentido: El cuaderno de hule negro (Relatos), que ve la luz en la mencionada Editora y cuyo editor es de nuevo su hijo Fernando. 
De momento vi claro que lo más natural hubiera sido que apareciera en su colección preferida: La Gaveta. Luego, pensándolo bien, deduje que de haber sido así nos hubiéramos perdido una parte sustancial de la obra que tenemos delante, publicada al fin en otra colección importante (remito al catálogo): Rescate. Sí, porque si bien lo que se vienen a salvar son sus relatos (a lo que aquella benemérita colección está dedicada, incluyendo la novela breve), el extenso prólogo que va delante aporta al libro un redoblado valor, pues se trata de un enjundioso ensayo, entre lo biográfico –con abundancia de lo "auto"– y lo analítico, algo que en aquella colección no hubiera tenido cabida. 
Comprendo que no ha de leer igual las cincuenta páginas iniciales quien conociera, poco o mucho, a Pérez González que aquel otro que no tuviese esa suerte. A todos se lo pone fácil Pérez Fernández. Su texto es de una claridad manifiesta y está escrito magníficamente, con un estilo que recuerda la sencillez azoriniana, con toques barojianos, de su abuelo y de su padre, escritores antes que él. 
"Mi padre era un hombre modesto y austero, mesurado, por sensibilidad racionalista y por espíritu cívico". Esta es la primera línea de la introducción. Resumen bien al personaje. Ante todo, muerto a una edad temprana, "una voz al fondo del pasillo" que aboga por la lectura; alguien "leyendo y dando a leer", con "una contumaz preocupación por las palabras". 
Tras diez años de duelo, con la ayuda de su madre y de su tía Isabel, se armó definitivamente este libro, "pues era lo justo, ya que la escritura «literaria» de mi padre merece ser conocida".
Aborda después el editor las distintas etapas vitales de Pérez González. El "oro de la infancia" es la primera. Y ahí, sus abuelos: Fernando y Celestina. En Santa Marta de los Barros, donde ambos se conocen y se casan. Tuvieron ocho hijos y Fernando era el mayor. Un peso: el de la responsabilidad. La idílica vida rural termina cuando la familia se traslada a Badajoz, a la ciudad. Un "trauma". De la escuela de su padre, su maestro (en todos los sentidos), a los Maristas. De esos "años escolares" hay diarios por lo que resulta más fácil seguirle la pista. A sus melancolías, sobre todo. Y a sus lecturas, ya imparables. De Baroja, por ejemplo. 
En el verano del 72 se va a Marsella. Trabaja en la hostelería. Su conciencia política despierta. Sus "deberes cívicos" se fortalecen en sus años universitarios. En Sevilla (donde conoce a su íntimo amigo Antonio Franco, más tarde director del MEIAC) y Madrid (donde culmina su carrera de Filosofía en la Complutense). De 1977 en adelante, perdida la oportunidad de seguir la vía académica, "inicia los peregrinajes del docente interino" por distintos institutos. En el de Jerez de los Caballeros conoce a Susy, que acabaría siendo su mujer. Por fin, Cáceres, donde habían decidido que iban a vivir. 
Compaginó esa labor con la investigación, centrada en la filosofía de la ciencia y en la historia del pensamiento. El prologuista detalla su "método", propio de quien sabe lo que se hace. De su amplio campo de acción, no limitado a esas materias, dan buena cuenta sus libros, ensayos y artículos. 
A los diez años que estuvo dirigiendo la Editora Regional de Extremadura dedica Pérez Fernández no pocas páginas. Es lógico. Lo hizo muy bien y tal vez fuera lo mejor, en el ámbito profesional, de su existencia. Su análisis es concienzudo. Ya he ponderado en otras ocasiones su contribución a esa suerte de milagro, tan respetado como envidiado por españoles que residen en otras Comunidades. Es evidente que este hombre "se compromete a trabajar en la Editora con un proyecto muy claro y gran vocación de servicio público". Sí, porque su proyección, en una tierra atrasada donde casi todo estaba por hacer, y no sólo en lo cultural, iba más allá (en la Editora lo ha ido siempre) del mero hecho de editar libros. Destaca su hijo que "ante todo, primaba la brújula moral" (importante si tenemos en cuenta que estaba rodeado de políticos) y que "creía en el rigor del trabajo bien hecho". Repasa las colecciones que fundó y no olvida citar a su mano derecha en esa exigente tarea: Julián Rodríguez Marcos. Si añadimos el nombre de María José Hernández, el equipo estaría completo. Como editor, quiso ser el "intermediario" entre la obra que recibía de un autor y el libro "que acaba ante los ojos de quienes lo leen". 
Fui privilegiado testigo de su última etapa, ya seriamente enfermo, y de cómo se aferró hasta su último aliento (en sentido literal) en la escritura de su último ensayo, eje teórico de la magna exposición "Extremadura en sus páginas, del papel a la Web", que él comisarió junto al historiador Juan Gil. Me refiero a "La Ilustración pasa en berlina". "Hay que mantener seca la pólvora" fue en esos días su expresión favorita. Su entereza conmovía. 
Pero que fuera una persona excepcional llena de valores (siempre preocupado por los "asuntos morales") no justifica lo que este libro pretende, esto es, rescatar del olvido su vertiente literaria. Y a ello dedica Pérez Fernández (que, como poeta, firma significativamente sus libros como Fernando P. Fernández) la segunda parte de su prólogo. Al cuaderno de hule negro donde anotaba todas las palabras "desconocidas que iba encontrando, luego rastreaba su significado y las transcribía (...) por orden de entrada". Ya se habló de su obstinado interés por ellas. 
En "Sobre los textos" se nos explican pormenorizadamente los detalles de cada uno de ellos y el "montaje", previa "poda", del volumen. Si no he contado mal, son veintidós relatos, todos inéditos salvo los tres finales. 
Por generalizar, estamos ante una escritura realista, muy en consonancia con el carácter de su autor, y de marcado tono autobiográfico. Razón de más para que el editor haya trazado una biografía intelectual de su padre como paso previo a la lectura de sus cuentos. 
Se leen muy bien. Quiero decir que su lenguaje es sobrio y sencillo. Que su estilo no estorba, aunque lo haya, como en cualquier artefacto literario. Ya mencionamos a Baroja y, de pasada, a Azorín (sin ánimo peyorativo, al revés, ¿no fue su padre, Fernando Pérez Marqués, un Azorín extremeño o "en Santa Marta"?), pero cabe añadir a la lista toda una nómina de escritores de estirpe cervantina que bien podría concluir en la de su admirado amigo Andrés Trapiello, al que, extremeño de adopción, editó. También podría citar, por su cercanía, a Julián Rodríguez, pero a pesar de que sus ideas coincidieran en numerosos asuntos (no sólo los tipográficos), sus maneras de escribir son, según creo, distantes. 
Anota Pérez Fernández que en su prosa "se detecta la preocupación por la palabra justa, el término técnico, la cohesión estilística y el rigor de las descripciones". 
"A medio camino entre el ensayo y la memoria" podemos situar casi todos. Ya se aludió a lo autobiográfico. Aquí no es la imaginación lo que prima. Nunca la fantasía. Es verdad que alguno, como "Marycara" es "puramente ficticio" y "presenta una carga neta de inventiva", pero, insisto, eso no es lo normal. Son los hechos reales quienes fundamentan las diferentes historias. Propias de alguien que se siente concernido por ellas. Directamente. Por ejemplo en "A Madrid se llegaba en tren", "La matanza", "El Palancar" o "Mohamed". Bajo el título de "Viñetas, escenas e historias de vida" podrán agruparse la mayoría. 
Casi todos los relatos son breves, sin llegar al grado micro. Hay excepciones, como "Un suceso de La Mina", que además de extenso está muy elaborado. Remite a las novelas de Sciascia, el neorrealismo italiano o, ya en España, a Galdós, Aldecoa o López Salinas (que con La mina fue finalista del Nadal en 1959), como apunta con pertinencia el editor. Sus cinco partes dan casi para nouvelle
Otro relato de semejante factura es "Labrarás la tierra", aún más largo que el anterior y tal vez el más sofisticado en lo que su armazón literario respecta. De "muy particular" lo califica Pérez Fernández. Diría que detrás está la historia personal de uno de sus hermanos, el que no llegó a culminar carrera universitaria alguna y volvió al pueblo voluntariamente y sin remedio en cuanto pudo. El que desde chico quería "un perru y una tótola". Ya que de campo hablamos, la querida oveja negra de la familia. 
Un elogio de la lectura, "Alegoría en la escuela" o, lo que es lo mismo, la emocionante semblanza moral de su padre, maestro rural (escrito en colaboración con su hermana Isabel), y otra defensa del lector en sus primeras lecturas ("Un día me hice ferviente barojiano"), completan esta brillante panorámica narrativa de un hombre que antepuso otras ocupaciones a la de escritor, pero que, y este libro por fin lo demuestra, llegó a serlo. Siquiera sea póstumamente. 
 
El cuaderno de hule negro (Relatos)
Fernando T. Pérez González
Edición, introducción y notas de Fernando Pérez Fernández
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2024. 201 páginas. 14 €

Nota. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

18.1.25

Bibliografía

A la busca de otra cosa, me he topado con un ejemplar algo ajado de esta breve antología, A la imagen de un lugar, que se publicó, en edición no venal, en la imprenta de la Diputación de Cáceres, de quien dependía tanto la Institución Cultural El Brocense como, a su vez, el Complejo Cultural Santa María de Plasencia. Dentro de unos meses, hará treinta años. 
Su impulsor fue Javier Castro, coordinador por aquel entonces (o eso supongo) de las actividades del Complejo, y, como reza en el colofón, los poemas que la componen fueron leídos en una de sus salas el 20 de abril de 1995. A decir verdad, apenas lo recuerdo. 
El cuaderno o plaquette lleva en la cubierta un linograbado de Emilio Gañán, apenas un muchacho cuando lo hizo. Del diseño, el cuidado y la producción editorial se ocupó Julián Rodríguez. Sólo por estas dos razones, la publicación es un lujo. Si a eso le añadimos que lleva un breve prólogo de Gonzalo Hidalgo Bayal: "Territorio"...
Sólo afea la edición de la pequeña muestra, de un precioso tono vainilla e impreso en un papel excelente, las dos grapas que le pusieron. Bien está.

11.11.24

Carta de Santa Marta de los Barros

Que uno recuerde, era la tercera vez (aunque bien podría ser la cuarta) que visitaba Santa Marta de los Barros. No está cerca de Plasencia. Es verdad que la autovía facilita el trayecto y desde Almendralejo (en el cruce del hotel Vetonia, donde tantos años hemos desayunado camino de Conil) hasta nuestro destino, sólo media una distancia de veintidós kilómetros. Que hicimos en caravana, por cierto, debido al intenso tráfico, lo que se explica por la mucha vida que tienen esos pueblos agrícolas de Tierra de Barros. Lo comprobamos al atravesar Aceuchal (al ver la Ermita de Nuestra Señora de la Soledad, creímos estar en Andalucía) y al llegar a Santa Marta, donde la chiquillería había tomado calles y plazas. Por suerte aparcamos cerca del lugar donde se celebraba el acto de homenaje a los directores y directora de la Editora Regional de Extremadura, el último de una serie que conmemoraba su cuarenta aniversario, la Sala Barbas de Oro, antiguo cine de la localidad. El motivo del viaje, ya se ve, merecía la pena. 
Pronto nos encontramos con Olga Ayuso y Javier Rodríguez Marcos, con Luis Sáez y Marimar, con Rosa Lencero e Isabel María Pérez, con Miguel Murillo y Beatriz Mariño (mantenedora, digamos, del homenaje). Pronto también fueron llegando más Pérez: Celes, Julia Inés, Luis, Juanse (y su mujer,  Carmen), Jesús (al que acompañaba la suya, Mari Carmen) y Miguel Ángel (el de Conjunto San Antonio). Y tres sobrinas de Fernando: Carmen, Inés y María ("dos promesas de la literatura", según su tía Isabel). 
Ocho hijos tuvieron Celestina González y Fernando Pérez Marqués, aquel señor discreto y elegante al que conocí hace más de cuarenta años en el II Congreso de Escritores Extremeños de Badajoz.
Pesó, sin duda, la ausencia de Susi, Fernando Pérez Fernández y Valeria, que todos comprendimos y lamentamos. Ya que menciono a madre e hijo, la sorpresa de la noche me la dio el reencuentro, muchos años después, con Isidro, el hijo pequeño de Fernando, médico en Bilbao, desde donde llegó ese mismo día. Se ha convertido un un apuesto joven con el que da gusto hablar (entre otras cosas, por su voz de locutor de radio) y al que nosotros recordábamos niño, por ejemplo, en Chiclana. 
Ya en la sala, saludé a Gregorio González Perlado, que vive en Salamanca y se mantiene tan alto y bien plantado como siempre. Y al cariñoso Fran Amaya, que llegó con las prisas acostumbradas desde Lisboa, donde ejerce las funciones de Consejero de Educación en la Embajada de España en Portugal. También al nervioso y preocupado Antonio Girol, actual director de la Editora, artífice del invento, que veía culminado por fin el programa que presentó hace meses para celebrar, como era debido, las cuatro décadas de ese pequeño milagro cultural y literario que tanto ha aportado, desde la bien entendida modernidad, a la redención de esta tierra. Un motivo de orgullo, sí. 
Le tocó abrir la velada en ausencia de la consejera y del secretario general. Disculpó su asistencia con la habitual fórmula de las razones de agenda. Qué tiempos aquellos en los que el incansable consejero de Cultura (hablo, sí, de Paco Muñoz) asistía no a uno, sino a varios actos cada día sin que su agenda se diera por ocupada. Por eso ahora, cuando escasean las citas culturales de peso... No es menos cierto que la consejera Bazaga estuvo en el del Cervantes de Madrid y que está previsto que acuda al de Lisboa, pero... Precisamente por lo bien que se valoró su intervención en la capital... Los políticos, de uno y otro signo, da igual, nunca han valorado en su justa medida a la Editora. Nada nuevo.  
Le siguió en el uso de la palabra la alcaldesa de Santa Marta, Virtudes Márquez Peinado, generosa anfitriona de la celebración.
La prevista mesa redonda con críticos, moderada con tino por la periodista Mariño, fue tan ágil como interesante. En el escenario, la vivaracha periodista cultural Olga Ayuso, el bibliófilo (y mil cosas más) Manolo Pecellín y otro periodista (antes, filólogo y poeta), Javier Rodríguez Marcos, que tras pasar por ABC Cultural y Babelia, se ocupa del área de Opinión de El País. 
Se repasaron nombres de autores, de colecciones, se recordaron títulos y anécdotas, a otras editoriales privadas extremeñas, que sin la existencia de la Editora tal vez no habrían surgido (Ayuso elogió vivamente a una de las más exquisitas y secretas, La Rosa Blanca, que dirige Salvador Retana)... Y a personas esenciales: al imprescindible tipógrafo Julián Rodríguez y a María José Hernández, alma mater de la institución, sí, pero además factótum de la misma, o casi, que, en justificada y comprensible ausencia, fue, paradójicamente, arte y parte del homenaje, a la altura, diría, de los directores, que tanto le debemos. Me extraña que no llegaran hasta su casa de Mérida, donde estaría leyendo, las sucesivas, cariñosas menciones donde unas y otros destacaban su profesionalidad y eficiencia. 
Cuanto dijeron, insisto, estuvo bien y las preguntas, bien tiradas. Tal vez se pueda resumir lo dicho en la confirmación de que no ha habido en Extremadura una empresa cultural de una envergadura semejante a la protagonizada por ese modesto (sólo por su presupuesto) sello editorial público. Su catálogo da fe de ello. 
Le tocó el turno después, uno por uno y cronológicamente, a los directores y a la directora de la Editora a lo largo de estas cuatro décadas. En ausencia, claro, de Ródenas Pallarés (al que Murillo, con pertinencia, reivindicó, qué olvidadizos somos) y Fernando Pérez, ya fallecidos. Que el pueblo de Fernando (nacido por necesidad en Badajoz) fuera Santa Marta, determinó la elección de ese sitio por parte de Girol, empeñado en llevar al medio rural el programa conmemorativo. 
Fue muy emocionante la conversación que mantuvo Beatriz Mariño con su hermana Isabel (que recordó las íntimas, fructíferas relaciones entre la Editora y la Asociación de Escritores -y escritoras, por supuesto- Extremeños, otra cuarentona) y con su hijo Isidro. Tenía diecisiete años cuando murió su padre y explicó cómo lo ha conocido mejor (para él era sólo su progenitor, lo que no es poco) a través de los testimonios de quienes le tratamos y trabajamos con él. Me gustó mucho que empezara, como psiquiatra que es, con aquello de "sólo hablaré de mi padre en presencia de mi psicoanalista". Reconoció, de hecho, que algo de terapia hubo en ese corto diálogo con la periodista.
También dijo Isabel algo muy importante: que la labor de su hermano y la de muchos en estos lustros de normalización cultural en Extremadura estuvo (y está) basada en una vocación de servicio público propia de ciudadanos comprometidos, en el mejor sentido de la palabra y sin condicionamientos políticos partidistas. 
A cada uno de nosotros nos hizo Mariño un par o tres de preguntas, sobre nuestras respectivas etapas, y al finalizar la breve charla, el director nos entregó un objeto conmemorativo (en la imagen que ilustra esta entrada): la representación circular (en resina, supongo) del sello de Barcarrota, feliz logo de la Editora, símbolo de una de sus colecciones más importantes y motivo de una infame polémica sobre su desaparición que me tocó de lleno y que resultó ser un bulo. 
Destacaría la memoria viva de Perlado al hablar de los apasionantes comienzos; el testimonio de Murillo acerca de la casi lograda desaparición de la Editora (a la que los políticos de entonces querían sustituir por un Servicio de Publicaciones de la Junta) cuando él estaba en el cargo; la defensa de las mujeres escritoras que dijo adoptar en su período Lencero; la proyección educativa que fomentó Amaya... Sáez, en fin, el más duradero en la tarea, después de Pérez, estuvo tan brillante como siempre. Dejó caer -un detalle que no pasó desapercibido- que la Junta no sólo erró, pongamos, en tiempos de Murillo. 
Un puñado de opiniones laudatorias sobre la Editora (de Luis Landero, Javier Cercas, José Antonio Llera, Silvia Marsó, Jesús Carrasco,...), grabadas por los propios autores en sus casas, sirvió de colofón a un acto que se fue de hora, pero que disfrutamos en la medida que sólo puede comprender quien siente la Editora como su propia casa y como parte fundamental de su vida. Y allí había unos cuantos que lo estimamos así. 
Por una vez no hice "un valverde", como diría mi amigo Jordi, y fuimos con el resto del grupo, los Pérez y demás participantes, precedidos por la alcaldesa, al Hogar del Pensionista (o eso creo), donde se nos sirvió mucho más que un vino español, como se decía antes. La variada selección de canapés, fríos y calientes, fue digna de un restaurante de categoría. Todo estaba riquísimo, lo que ratifica mi convencimiento (fruto de la experiencia, ay) de que en esta región se come excepcionalmente bien. En ciudades o en pueblos, lo mismo da. 
Ya sólo quedaba despedirse y emprender la vuelta a casa, dos horas y pico mediante. Bueno, confieso que tardamos un poco menos. A esas horas... Los sufridos camioneros y nosotros. 


20.10.24

Fernando Pérez, un intelectual silencioso

Leí este texto ayer en Alcántara, en el marco del Congreso de escritores organizado por la AEEX con motivo del 40 aniversario de su fundación, después de una espléndida ponencia de Luis Sáez sobre otro intelectual, Paco Muñoz, el que fuera consejero de Cultura, que abría un homenaje no sólo a él, también a "aquel grupo de amigos" que le acompañaron en aquella apasionante aventura, cada cual a su modo; amigos que la muerte, como a él, nos arrebató. Me refiero a "los imprescindibles", en orden de deceso, Fernando Tomás Pérez González, Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo y Julián Rodríguez.  De los tres últimos hablaron, respectivamente, Carmen Araya, Carlos García Mera y Antonio Sáez. Le tocó a uno recordar al primero, el que antes y tan a destiempo se fue. Como el resto, apenas iniciada la cincuentena, salvo Castelo que estaba cerca de los setenta. 
Moderó la mesa el poeta placentino Serafín Portillo. 
Añado al final un post scriptum motivado por un comentario de Antonio Sáez en la emocionante evocación de su amigo Julián. 

Aunque parezca mentira, el que viene hará veinte años de la prematura muerte de Fernando Pérez, como le llamábamos casi todos. A destiempo, en plena posesión de unas sólidas facultades intelectuales y al frente de la Editora, que él realmente inventó, donde culminaba una década prodigiosa. Finalizada su labor como comisario de la exposición Extremadura en sus páginas. Del papel a la web, en la que estuvo centrado “hasta sus últimos días ―y no hablo metafóricamente―, con la enfermedad pisándole los talones”, como dejé escrito. En el catálogo, su último ensayo: “La ilustración pasa en berlina”.
De cuanto digo fui testigo y en esa condición quiero hablar hoy aquí. Con la perspectiva que proporciona el paso de los años.
 
Por su dedicación a las tareas de editor (y a algunas otras que le vinieron dadas por formar parte del organigrama de la Consejería de Cultura, de la que era titular su amigo Paco Muñoz), por su dedicación a las tareas de editor, decía, Fernando tuvo que dejar atrás dos pasiones fundamentales en su vida: la docencia y la investigación (la historia, la pedagogía, la literatura, el pensamiento científico, etc.). Siempre sospeché que la escritura creativa también había quedado aparcada. Su capacidad lectora, y desde temprano, alimentó siempre esa conjetura de la que no tengo más pruebas que la mera intuición. Sus artículos acaso le delaten, como aquel “Académicos de Argamasilla”, que publicó en el HOY tres meses antes de su fallecimiento y que, como afirmé en su momento, “tiene algo de testamento literario y moral”.
Sé a ciencia cierta que su dedicación a la Editora no daba para otras lindezas y que ese quehacer no admitía, consigo mismo, otras distracciones. Con todo, ahí están sus libros: El pensamiento de José Álvarez Guerra (bisabuelo de los Machado), Godoy y su tiempo, España sin sus colonias, Tres filósofos en el cajón, Los Orígenes de la Enseñanza Media. Badajoz siglo XIX o La introducción del darwinismo en la Extremadura decimonónica. Y el oportuno y póstumo Artículos y ensayos. “En el prólogo, que firma Fernando Pérez Fernández y uno ha leído con el corazón en un puño ―comenté cuando vio la luz―, se hace alusión a la modestia, tenacidad y discreción del autor, un investigador sistemático, y a sus aportaciones, llenas de profundidad, rigor y coherencia, sólo aparentemente modestas. No en vano compaginó esa vocación (que iba de la historia a la literatura, de la ciencia a la filosofía, del periodismo a pedagogía) con la práctica docente y, más adelante, hasta su prematura muerte, con su trabajo gustoso como editor, el mejor que hayamos tenido por estos lares.
Se recuerda su gravedad, que disimulaba con una aguda ironía, y su carácter serio, pero jovial. Se mencionan algunos nombres propios (maestros, colaboradores, amigos, etc.) y algunos versos convertidos en lemas que supo hacer suyos: el machadiano ‘Hacedme / un duelo de labores y esperanzas. / Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma. / Vivid, la vida sigue / los muertos mueren y las sombras pasan; / lleva quien deja y vive el que ha vivido’ (que acabó siendo su elegido epitafio), y el ‘Recuérdalo tú y recuérdalo a otros’ de Luis Cernuda”.
No está de más reconocer, llegados a este punto, la importancia que tuvo para Fernando la poesía (basta con comprobar el cuidado que prestó, por dentro y por fuera, a la colección de la Editora), algo tan raro como definitorio, un género, digamos, que otros, como Andrés Trapiello, han usado para recordarle y que denota su sensibilidad de lector de fondo y con criterio. A la justicia poética podríamos atribuir que su primogénito haya dado en poeta.
 
Recuerdo a Fernando en Plasencia, en 1996, durante la celebración de un Congreso de Escritores Extremeños. Fue allí donde se afianzó nuestra amistad. De tímido a tímido. Era secretario aún de la asociación convocante. La que organiza este Congreso. Como tantos, estuvo desde el primer momento en el empeño común de normalizar culturalmente esta tierra irredenta, secularmente atrasada. Fue uno de los que se quedaron (nos quedamos) para poder hacerlo desde aquí. En Extremadura, quiero decir, y no encerrados en un cómodo gabinete con una espléndida biblioteca. No había otro modo. Estaba casi todo por hacer. Qué bonita aventura.
En su caso, optó por implicarse desde la gestión política, que no deja de ser la manera más eficaz de conseguir cualquier objetivo social importante. Por suerte, la colaboración pública y privada, las instituciones y la sociedad civil, aunaron esfuerzos para lograrlo y, en buena medida, se consiguió. Su iniciativa al frente de la Editora Regional fue decisiva. Desde ese lugar propició numerosos proyectos, más allá del hecho capital de publicar, y del mejor modo posible, libros de autores extremeños o vinculados a Extremadura, además de los estudios e investigaciones necesarias para alcanzar, ya se dijo, esa normalidad perdida. La memoria de los acontecimientos que apoyara nuestra vindicación cultural. A través de los Talleres de Relato y Poesía, por ejemplo, con su apoyo a la revista Espacio/Espaço escrito o a las Aulas Literarias (lo que me lleva a mencionar a Ángel Campos Pámpano, otro “imprescindible”, amigo cercano y cómplice de Fernando). En efecto, estas actividades también estuvieron en su radio de acción, ya sea como inventor, ya como colaborador necesario. La suya fue, en suma, una vocación de servicio público que como en los casos de Julián Rodríguez y Ángel Campos nunca se vio reconocida siquiera con una Medalla, la máxima distinción institucional que se concede en esta Comunidad Autónoma, y que, de haber sido así, estaría mucho menos desprestigiada de lo que está.
Bromeaba Fernando con frecuencia acerca de lo que (con su amigo Antonio Franco, otro “imprescindible”) denominaba el patatal. Ese batiburrillo de poetastros de salón, eruditos a la violeta, académicos de Argamasilla y demás ralea, dizque culta, que pululaba y pulula por la Extremadura de nuestros dolores. Él pretendía para esta tierra que tanto amaba otra cosa menos banal y pedestre y su idea de Extremadura, perfilada en sus escritos y materializada en sus realizaciones como editor, simboliza los ideales democráticos y liberales (en su más genuino sentido, el ilustrado y decimonónico de la Constitución de Cádiz) y está en el núcleo de su pensamiento, que uno calificaría de socialdemócrata (al menos como se entendía entonces, poco o nada que ver con lo de Sánchez) y, a su modo, republicano. Fue, y eso es lo que a la postre importa, un ciudadano extremeño cabal.
 
Estamos de acuerdo en ponderar como hito máximo de su trayectoria profesional (y vital) su cometido al frente de la Editora Regional de Extremadura. Diez años en los que consiguió que un modesto sello público lograra la unánime acreditación de lectores, escritores, críticos, periodistas y, lo que es más difícil, de editores privados de la categoría de Beatriz de Moura (Tusquets), Jorge Herralde (Anagrama) y Manuel Borrás (Pre-Textos).
En el meollo de su culta y pacífica revolución, que habían iniciado otros once años antes, el cambio de diseño, esto es, la concreción de un nuevo paradigma tipográfico. Tan clásico como moderno. O precisamente moderno por clásico, como el propio Fernando. Para ayudarle a definirlo, la propicia presencia de Julián Rodríguez (otro “imprescindible” sin Medalla), que dio años más tarde en editor y que ya llevaba ―a las evidencias me remito― esa pasión libresca en la sangre.
De todas las colecciones que puso en marcha Fernando destacaría La Gaveta. Porque La Gaveta era él, algo que se comprende a la perfección después de leer el texto de Gonzalo Hidalgo Bayal que sirvió de presentación de Gaveta de gavetas en la Feria del Libro de Badajoz en mayo de 2006, accesible en la página web dedicada a la vida y la obra de Fernando que mantiene su hermana Celes.
Podría agregar la colección Ensayos Literarios, donde su retrato queda también perfectamente fijado.
Sobre su empeño dijo algo elocuente por demás: “Mantener ese territorio sagrado, donde sólo cuenta la excelencia y la calidad literaria me ha podido costar disgustos y enemistades, pero ese es el precio que debemos pagar los editores”.
Si a la colaboración con Julián añadimos la tarea impagable llevada a cabo por María José Hernández, el círculo se cierra y el milagro se explica, o casi.
 
No para hablar de uno, sino para dejar constancia de su ejemplo (bendita palabra), me permito evocar las muchas horas que compartimos en sus últimos años de vida, cuando la enfermedad limitaba un tanto sus acciones y yo le recogía muchos días en mi coche a la puerta de su casa cacereña para viajar juntos a Mérida o a al sitio que tocara. De esas conversaciones (nunca demasiado largas), de su discreción (el último “imprescindible, Santiago Castelo, con el que estuvo en La Habana, le calificó atinadamente de “intelectual silencioso” y Alonso de la Torre dijo: “A mí me gustaba Fernando Pérez porque no iba de nada, porque era calladito, porque se ha ido sin ruido y nos ha dejado el silencio”), de su entereza (como en aquella agónica comida con Antonio Franco que celebramos en torno a unos platos de arroz en Badajoz), de su elegancia (tan sobria como él), aprendió uno cuanto pudo. Intento retener esas inolvidables lecciones intemporales. No en vano sigue siendo uno de mis referentes; una de esas personas, poco importa si ausentes, a las que cada poco preguntamos en silencio si debemos hacer esto o aquello. Cómo lo harían ellas.
Javier Cercas lo definió como “hombre bueno”. Y como “patriota extremeño”. Como Borrás ―que destacó también su bonhomía―, desde el primer momento en que le conocimos, supimos a quién teníamos delante. 
Hay encuentros fundamentales en la vida de cualquiera y el mío con Fernando fue sin duda providencial. Con él y con su familia, pues tuve el placer de conocer a su padre ―el fino, azoriniano escritor Fernando Pérez Marqués― y de tratar a su mujer ―Susi― y a sus hijos ―en especial a Fernando―, así como a sus hermanas (menos a sus hermanos): Isabel, Celes y Julia, tres personas vinculadas a las letras por feliz tradición familiar. Que la saga de “los Pérez” (Luis Sáez dixit) continúe, lo anticipé en su necrológica, me alegra muchísimo. No más que a Fernando, esté donde esté.
“Hay una clase de amor que no puede ser dicha”, sentenció Julián Rodríguez refiriéndose a él.

POST SCRIPTUM

Diferenció Antonio Sáez, al recordar a su amigo de infancia Julián Rodríguez y con total pertinencia, entre seriedad y solemnidad. De hecho, aclaró, lo serio no mueve a burla pero lo solemne puede ser ridiculizado. Venía a cuento de una afirmación tajante: nunca vio quejarse a Julián. Odiaba el victimismo, tan común entre nosotros y en esta tierra. Nunca esperó nada ni le molestó que no se lo dieran. Al decirlo, me miró. Entre líneas se estaba refiriendo, aunque no sólo, o eso creí entender, a lo que uno había dicho a propósito de los premios y más en concreto de la dichosa Medalla de Extremadura. Me puse rojo, como el niño que es pillado en un renuncio. Ya dije en su momento que sobre este asunto no iba a volver a hablar. No desde que reivindiqué, a su pesar, para el escritor Gonzalo Hidalgo Bayal el galardón institucional que contó con el apoyo del Excmo. Ayuntamiento de Plasencia, quien presentó a la Junta su candidatura debidamente documentada— y se la concedieron... a Pepe Extremadura. 
Reconozco que me molesta profundamente esa omisión. Estoy a favor de las cosas bien hechas, qué le voy a hacer. Me fastidia, sí, que, salvo Castelo, ninguno de estos tres "imprescindibles" que tanto hicieron por la redención cultural de Extremadura (y no sólo) fueran reconocidos con la máxima distinción que otorga la Comunidad Autónoma en nombre, y esto es fundamental, de todos los ciudadanos extremeños. De las comparaciones... Estoy convencido, en fin, de que ninguno esperaba menos y que eso les daba absolutamente igual. Con todo, a la vista de sus logros, en el sentido más serio y profundo de lo que esa distinción debería representar (un sentido que se dilapidó, o casi, por el camino), qué menos. 

25.9.24

Krasznahorkai y Extremadura

Leo la espléndida entrevista que le hace
Nuria Azancot (en El Cultural) a László Krasznahorkai y me acuerdo de mi añorado amigo Antonio Franco, que en 2009, cuando sólo se había publicado en España un título del escritor húngaro (por Acantilado, su sello de referencia), propició la edición de El último lobo en la colección Territorios escritos de la Fundación Ortega Muñoz (cuidada y diseñada por Julián Rodríguez y en traducción de Adan Kovacsics).
El crítico Enrique García Fuentes escribió: "Desde la barra de un bar de un multiétnico barrio de Berlín, el “Sparschwein”, sito en la “Haupttstrasse, y ante una botella de “Sternburger” (una sola cada vez), un personaje, una especie de escritor acabado (claro trasunto del propio autor, aunque constantemente juegue con el equívoco) va explicando al cada vez más atento camarero húngaro que le despacha la curiosa peripecia de cómo vino a Extremadura y lo que aquí encontró. La situación es francamente tan novelesca como atrayente, ¿qué tienen que ver este casi desahuciado autor con una región donde no hay nada?, pues, como le dicen, se trata de un «territorio enorme, despiadado, desierto, llano, con algunas pequeñas regiones montañosas aquí y allá, sobre todo en las proximidades de la frontera, una aridez tremenda, montañas peladas, tierras resquebrajadas, sin apenas gente, porque la vida allí es durísima, profunda miseria y árido vacío». ¿Qué escribir sobre todo ello?". 
De eso va el libro y sí, Krasznahorkai lo escribió a partir de una invitación a visitar esta región realizada por el que fuera director del MEIAC y responsable, mientras vivió, de la citada Fundación. Ese era el espíritu de una colección que reúne sólo tres títulos; además de éste, sendas obras del filósofo alemán Peter Sloterdijk (El reino de la fortuna, seguido del ensayo de Isidoro Reguera "Extremadura, Renacimiento, Fortuna") y del polígrafo salmantino Fernando de la Flor (Las Hurdes. El texto del mundo).
Justo es recordarlo en este momento, cuando el húngaro residente en Berlín, eterno candidato al Nobel (como suele decirse), "el mayor escritor secreto para los lectores secretos", goza de un merecido prestigio y nueve de sus libros están ya traducidos al español.
La razón de su visita a nuestro país es, por cierto, la concesión (en Tánger) del Premio Formentor.





28.4.24

25 de abril en Plasencia

Fue emocionante la coincidencia. El pasado 25 de abril tuvo lugar una mesa redonda en torno al cuarenta aniversario de la Editora en la Feria del Libro placentina. En la fotografía se nos ve a los convocados. De izquierda a derecha, Nica Gil (que va a publicar en ella un libro de viajes próximamente), Sandra Benito (que tiene en el catálogo su ópera prima, Ciudad abierta), Gonzalo Hidalgo Bayal (que sin llegar a "prolífico", tiene algunos libros fundamentales en ese sello, como las primeras ediciones de Campo de amapolas blancas y La princesa y la muerte), uno (vinculado a ella desde que se constituyó, no sólo como autor) y, por fin, el nuevo director, Antonio Girol, quien reconoció que en la Editora abundan los placentinos, por encima de los extremeños de cualquier otra ciudad. Bien está. 
La conversación fue amena, creo, pero la acaparamos en exceso Gonzalo y yo. Tiene su lógica, aunque... Lo bueno es que se habló de todo un poco. Quedaron pocos asuntos sin mencionar, a pesar de que han sido cuatro décadas intensas.
Una de las cosas que recordé, sin pretender hacer un Fernando Pizarro o un Paco Valverde (tan proclives a ese tipo de rememoraciones), fue que la Revolución de los Claveles cumplía 50 años (en ese momento, Fátima Beltrán agitó dos claveles rojos al aire) y que hacía 20 de la publicación en la Editora del primer libro de un escritor portugués: Te me moriste, de José Luís Peixoto, traducido por Antonio Sáez. En la prestigiosa colección La Gaveta. Y lo mejor de todo, efemérides aparte, es que Peixoto presentaba después Comida de domingo, su novela sobre el empresario alentejano Rui Nabeiro, fundador de Cafés Delta. Estuvo espléndido (lo mismo que Juan Ramón Santos en la presentación) y su portugués fue comprendido perfectamente por quienes llenábamos la caseta. Reflexionó sobre temas muy interesantes que, más allá de su obra y de la poética que la sustenta, conciernen a la literatura en general. Y a la política y, en fin, a la vida misma. 
Mi debilidad portuguesa (en mi etapa de director -me permito la digresión- creamos -gracias a la colaboración del citado Antonio Sáez- la línea "Letras Portuguesas", que en realidad ya había abierto Fernando Pérez con Morreste-me y con algunas coediciones anteriores y de cuyos frutos acaba de dar cuenta Trazos, el suplemento del diario HOY, mediante un artículo sin firma que copio debajo), mi debilidad portuguesa, decía, se vio sobradamente compensada. Peixoto dijo que en Plasencia se sentía como en casa. Así soñé siempre, un tanto portuguesa, esta ciudad casi rayana, hermanada con Castelo Branco. Ayudó que alguien del público le preguntara en portugués; a las claras, en su común lengua materna. 


PORTUGAL EN LA EDITORA REGIONAL DE EXTREMADURA, LA PROFUNDIDAD DE LA CERCANÍA

Ahora que acabamos de celebrar el 25 de abril conviene resaltar la figura de Portugal y su unión con Extremadura con quien a veces solo la separa un pequeño puente como el de El Marco que cuelga sobre el arroyo Abrilongo delimitando las fronteras de Badajoz y Arronches. Y en otras, esa raya se hace aún más imperceptible como sucede en el campo de las letras. De esto último se ha encargado durante los últimos veinte años la Editora Regional de Extremadura al poner en marcha la serie Letras Portuguesas como culminación del mandato estatutario de hacer presente la literatura del país vecino en el panorama editorial extremeño.

A las iniciales coediciones con Calambur de textos de José Bento (Algunas sílabas), Jorge de Sena (Antología poética), Manuel de Freitas (El cielo de occidente), Eugénio de Andrade (Los surcos de la sed), Antero de Quental (Sonetos) o João Miguel Fernandes (Verano del ochenta y tres) se unieron textos de producción propia de autores como Neves o Antunes Simões que han dado paso a un catálogo de literatura, humanidades y estudios sociales de un valor incalculable.

En este contexto surgió Letras Portuguesas que, de manera trasversal, toca a muchas colecciones ofreciendo un catálogo amplio de la literatura portuguesa y en portugués con nombres de la talla de José Luis Peixoto (Te me moriste), Gonçalo M. Tavares (Enciclopedia I), José Gil (Portugal, hoy: el miedo de existir), Eduardo Lourenço (La muerte de Colón. Metamorfosis y fin de Occidente como mito), Teolinda Gersão (Los Ángeles), Florbela Espanca (Charneca en flor) o António Cândido Franco (Viaje a Pascoaes), traducidos por Ana Márquez, María Jesús Fernández García, Fernando Rodrigues, Luis Alfonso Limpo y Antonio Sáez Delgado quien junto a Luis Marina, Amador Palacios y José Ángel Cilleruelo, participan en las ediciones bilingües de la colección Poesía y que hacen que las voces de Ruy Ventura (El lugar, la imagen), Fernando Pinto do Amaral (Exactamente mi vida), Eduardo Pitta (¿Y si todo de repente?), Nuno Júdice (Navegación sin rumbo), Rui Knopfli (El país de los otros), Fátima Maldonado (Sentada frente al precipicio), Alberto da Costa e Silva (Fragmento para un réquiem) o Miguel Torga (Los primeros poemas para el Diário Odas) se tornen versos de sonoridad dual.  

La presencia portuguesa también se manifiesta en los números —ya va por trece— de la revista Literaturas Ibéricas Suroeste, en coedición con la Fundación Godofredo Ortega Muñoz, heredera de la histórica Espacio/Espaço escrito, que anualmente reporta escritos de lo más granado de uno y otro lado de la mítica raya.

Portugal también se deja notar en Del otro lado, en el que Ana Olivera nos lleva de la mano por el país vecino en un texto que es al tiempo libro de viajes, diario personal y cuaderno de a bordo de cualquier vida. Otro ejemplo de la impronta lusitana en el catálogo es La frontera que nunca existió, de Alonso de la Torre, que inauguró con gran éxito la colección Editora de Bolsillo.

Anteriormente nos hemos referido a Espacio/Espaço escrito la revista que cofundaran Álvaro Valverde, Diego Doncel y Ángel Campos Pámpano y me quiero detener en este último para citarle con la coedición de La ciudad blanca como también hacemos con Pequeña antología de poetas portugueses, de Enrique Díez-Canedo. No podemos olvidar Lisboa, del placentino Javier Morales Ortiz, publicado en La Gaveta y los más recientes: Portugal, diez siglos de historia, de Fernando Cortés Cortés, reeditado en la colección Estudio y el poemario Tabaquería, de Juan Manuel Barrado, en el que el poeta de Huertas de Ánimas homenajea la poesía de Fernando Pessoa asomándose a esa ventana que el recordado Julián Rodríguez cinceló con su buril para que el lector mirase al mundo y a sí mismo. 

En la web del periódico. 

2.4.24

La Editora Regional, cuarenta años después

Aunque resulte meritoria la labor de González Perlado, Ródenas Pallarés y Murillo, los primeros directores de la Editora Regional de Extremadura, que ahora cumple cuarenta años de vida, uno asocia su verdadera fundación a la llegada providencial a ese honroso cargo de Fernando Tomás Pérez González. Fue en 1995, nombrado por el mejor consejero de Cultura que ha tenido la Junta de Extremadura, su amigo Francisco Muñoz. Fue una década prodigiosa que solo la muerte fue capaz de truncar. Los que llegamos después, salvo contadas excepciones, nos contentamos con seguir la senda que él marcó. No olvidamos que lo fundamental estriba en tener criterio.
Para empezar, y con la inestimable ayuda de otro ser singular: Julián Rodríguez, cambió la cara de los libros, empresa que va mucho más allá de un simple cambio de diseño. Su clásica elegancia tipográfica pasó a ser la genuina imagen de una marca. Paradigma de ello, la colección de Poesía.
Fernando Pérez fue un hombre riguroso, esto es, teniendo en cuenta las limitaciones –en especial, además de las presupuestarias, la de tener que contar con autores extremeños o vinculados a este tierra y la de editar libros relacionados con ella–, puso el acento en el catálogo, que es lo que hace grande o pequeño a un sello. Fue entonces, una vez consolidada su gestión, cuando el prestigiosos editor de Anagrama, Jorge Herralde, dijo que la nuestra era la mejor editorial pública de España. Consúltese a día de hoy (es accesible a través de la página web) y verán dónde ha llegado ese catálogo. Esa es su auténtica medida. Sería una temeridad entresacar tal o cual título, pero abruma el elenco de obras y autores que lo componen.
Su época coincide con la eclosión de escritores extremeños, tanto del interior como de la diáspora, que ponen por fin a las letras extremeñas en el panorama literario del país. La sitúan en el mapa, quiero decir. Autores que aceptan de buen grado incorporarse al citado catálogo.
Es también el momento de decantar colecciones. Entre las nuevas, La Gaveta, Vincapervinca y Ensayos Literarios. Cómo no mencionar entre las clásicas Estudio y Rescate. O los Cuadernos Populares, que están digitalizados en la mencionada web. O la llegada de la novela gráfica de la mano de Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Fermín Solís.
Otro hito de la Editora fue la recuperación en facsímil de la Biblioteca de Barcarrota, proyecto que inició también Fernando Pérez, pero que, por desgracia, no pudo ver culminado.
A lo largo de estos años, la Editora no se ha contentado con publicar libros, su principal misión. Así, ha gestionado las becas a la creación y las ayudas a la edición; organizado los Premios Extremadura a la Creación, que tanto alcance tuvieron; fundado, junto a las Universidades Populares, los talleres de relato y poesía, ahora talleres literarios; y, entre otras actividades de gestión cultural, colaborado decisivamente con el Plan de Fomento de la Lectura, sobre todo en sus inicios, con el proyecto, por ejemplo, de 'Un libro, un euro' en colaboración con la prensa regional, principalmente con el diario HOY.
Lo aportado por la Editora a las dos mejores revistas literarias de la región, Espacio/Espaço escrito y Suroeste, ambas de raíz cosmopolita, es también reseñable.
Nada de todo lo dicho habría sido posible sin la complicidad de los políticos (muy alta en la época de Ibarra) y sin la callada pero constante labor de los escasos miembros de su organigrama. Destaco la meticulosa tarea de una mujer, María José Hernández, jefa de sección de la institución y alma y memoria de la Editora, donde trabaja casi desde que se fundó. Su profesionalidad es sin duda digna de elogio.

NOTA: Este artículo se ha publicado en el diario HOY

9.4.23

La literatura sin fin de Julián Rodríguez

Cualquier lector sabrá situar al extremeño Julián Rodríguez (Ceclavín, 1968) en el mapa de la literatura hispánica reciente y, ya allí, subrayar su importancia. Digo lector pero podría añadir, para otros ámbitos, distintos tipos de personas pues, además de escritor, fue galerista de arte, editor, diseñador gráfico, comisario y crítico de arte, cocinero, hostelero y tipógrafo. Su prematura, inesperada muerte a los cincuenta años de edad puso en evidencia, de forma abrupta, que el tópico de ese irremplazable hueco o vacío que deja según quién es a veces verdad. Para constatarlo la Editora Regional de Extremadura, a la que Rodríguez estuvo vinculado durante años, donde publicó, en rigor, su ópera prima (luego veremos por qué, en una colección que él mismo había diseñado), le dedica un homenaje en forma, cómo no, de libro que, bajo la coordinación del profesor de la Universidad de Évora Antonio Sáez (amigo del autor desde la infancia), se centra en su “universo literario”.
En el ajustado, esclarecedor prólogo, Sáez señala su “lugar singular entre los escritores de su generación”; que su obra es “una conversación” (con sus lectores, sus autores dilectos −a los que citaba con pertinencia− y la memoria); que “su cartografía simbólica” transita entre “el territorio de lo cotidiano y el de lo sublime”, entre el cosmopolitismo del viajero y el asumido provincianismo del que asienta sus raíces en “lo rural”; que sostuvo una alta exigencia para con el lenguaje (escritura y reescritura); y que, en fin, sus “dos grandes llaves” literarias fueron la sobriedad y la elipsis. Lo mismo que en su vida, cabría precisar. Fue un hombre contenido y lacónico.
El volumen se divide en dos partes que, según creo, no marcan significativas diferencias en lo que al alcance de los textos y a su presunto academicismo respecta.
Abre el fuego Fernando Valls, que le califica de “multifacético”, quien examina con rigor filológico cuentos y microrrelatos de sus primeras entregas. También lo sitúa en su contexto generacional y se refiere a lo sentimental y a lo familiar.
Otro filólogo, Miguel Ángel Lama, vuelve sobre el mismo “laboratorio”, el que componen los libros Mujeres, manzanas y Nevada (que, como aclara, se publicaron por separado debido a razones editoriales, pero “dos libros que fueron concebidos como uno solo”), así como Antecedentes, su mestiza, definitiva versión. La intemperie, la nieve, sus lecturas (fue un lector omnímodo) son otros elementos que completan una reflexión que concluye con un exhaustivo index nominorum.
J. Mª Pozuelo Yvancos se acerca a su “poética” de la mano de tres libros: Ninguna necesidad, Cultivos y Antecedentes (novela, autobiografía y relatos). Subraya su “economía verbal”, su “sobriedad” y su “estilo propio”. “Su actitud −dice− es la misma que sostiene un poeta”. La técnica del collage, el asunto de la identidad, su “estética iceberg” o lo rural (como se ve, un lugar común) están también presentes en el análisis de lo escrito por este “aliado de las pocas palabras”.
J. L. Bernal Salgado aborda con solvencia todo lo que tiene que ver con los lugares de JR. Su territorio, “al norte del Tajo”. “La clave de su originalidad, de esa diferencia, se halla en el propio Julián, en su fidelidad a sus raíces, al lugar de origen, a su genealogía”, manifiesta. En el olivo y el acebuche encuentra los símbolos para explicar la dicotomía entre “lo silvestre y lo cultivado”.
David Matías (pariente del autor y “fan”, uno de los que mejor conocen su vida y obra), escribe sobre su familia. Su verdadero “campo”. “Soy de pueblo”. Más que Ceclavín, Las Mestas. “No quiero ficciones”. La clave autobiográfica de sus “piezas de resistencia”: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos.
I. Mª. Pérez González estudia pormenorizadamente los personajes femeninos. Mujeres con nombre y sin él. Sus voces. “La grandeza de su insignificancia”. Entre ella, su madre: María; y sus abuelas: Claudia y Ángela.
Isabel Araújo Branco se ocupa de la relación de JR con Portugal, “presença assídua”. “Assume Portugal como uma extensão do seu espaço natural”. Su arte, su literatura, Lisboa… (Al cabo, por ceclavinero, no dejaba de ser rayano, anota uno.)
El incisivo Gonzalo Hidalgo Bayal regresa a Tiempo de invierno, su primera novela, premiada primero y publicada después, una vez reescrita, en una colección de literatura juvenil. La dejó atrás, viene a decir, por “adolescente” o por sus “imperfecciones”, pero cree que primó esto último, aunque a la postre ese hecho le convirtiera en escritor.
Marta Sanz escribe casi un libro, un extenso, penetrante diálogo con JR donde habla tanto de ella como de él. Y de Cultivos, “un tratado del conocimiento”. “Nos amuebló la cabeza”. Se lo dijo Javier, “tú sí conocías a mi hermano”. Contó “las raíces con palabras”. No olvida ni a Periférica ni a “la gran Paca Flores”.
Carlos Pardo lee el libro recién citado. Sus “piezas de resistencia”, dice, “inventan su género”. Poética y autobiografía desde “la complejidad del presente”. Escritura “esbozada”. “Elegíaca”.
Martín López-Vega, editor del póstumo de Diario de un editor con perro. La casa de las montañas. 2018-2019 da a la luz el prólogo que debió colocar al frente de esas notas que colgó de su muro de Facebook y que, siquiera como “borrador de libro”, en su versión “cruda”, matiza, publicó también la Editora. Alude allí a la búsqueda de la “patria rural” de Sciascia y al mundo rural de Pasolini. A sus observaciones del paisaje y a las voces que habitaban el lugar, la de su perra Zama inclusive. Sostiene que no se trata de un diario ni “íntimo” ni “personal”.
Iván de la Nuez evoca al JR total. Al que tenía “un plan”, a su ambición “olímpica”, al que pensaba “a España como una provincia de Iberoamérica”.
Constantino Bértolo aporta el texto que leyó en 2004 en la FNAC cuando premiaron a JR como Nuevo Talento. Es una carta a quien le ayudó “a ser mejor editor, mejor lector, mejor amigo”. “No es un escritor simpático”, confiesa. Creó “un solar” con sus libros, expone mediante una afortunada metáfora arquitectónica. Destaca tres elementos primordiales en su escritura: “la mirada, la tierra y la camaradería”. Aclara que “al mirar lo hace en compañía de otros” y que su voz “no quiere seducir […] sino compartir”.
Andrés Trapiello, con quien mantuvo “una amistad sin fisuras”, da dos textos. Unas páginas del tomo del SPP Siete moderno sobre una visita a JR en uno de sus restaurantes efímeros (donde relata su larga relación amistosa) y el artículo que publicó en El País con motivo de su muerte. “Se propuso ser moderno… sin parecerlo. Esto último, por delicadeza y, claro, por discreción”.
Para finalizar, Javier Rodríguez Marcos publica una amplia cronología que nos permite comprender mejor la intensidad con la que su “desclasado” hermano Julián vivió. Para verificar que, como afirma Iván de la Nuez, su legado es “intangible, a la vez que infinito”. Lo que fue autobiográfico y luego generacional es ya histórico.

Antonio Sáez Delgado (Coord.)
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2022. 180 páginas. 12 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 145-146 de la revista TURIA.

2.4.23

En TURIA


En el último número doble de la revista TURIA firmo dos reseñas: "La literatura sin fin de Julián Rodríguez", sobre Ejercicio sentimental. El universo literario de Julián Rodríguez, el libro-homenaje que coordinó Antonio Sáez Delgado para la Editora Regional de Extremadura, y "Qué le voy a hacer...", sobre Mediterráneos. Poesía 2001-2021, de José Carlos Llop (Vandalia).