7.1.16

La luz


La luz, en nuestra casa,
blanqueada con cal,
de mi niñez en Granja.
La de los cielos,
ocasos velazqueños,
de joven en Madrid.
La que vi en Grecia,
en Rodas, aquel día sentado
sobre el sol de la historia.
La eterna de Lisboa,
blanca, al Oeste,
hundiéndose en el Tajo.
Y aquella de Mallorca,
interior, entre olivos,
luz de arcilla encalada.
La de ese mar de encinas
que puebla Extremadura,
camino de Trujillo.
La ajada de La Habana,
alegre y melancólica;
como Cuba, un veneno.
La limpia, en Guadalupe,
transparente de otoño,
que observé con Alberto.

La luz, la luz, la luz.
De Ángel, de Fernando.
La de mi hermana Lola.

Sí, para otros la sombra.
La del odio, la envidia,
la tristeza, el destierro.
Para mí, sólo luz.
Ese lugar al sol
donde icé mi mañana. 

NOTA. Un poema no se explica. Malo si es necesario hacerlo. No obstante, me permito un par de puntualizaciones. Que este quiere ser, a su modo, un poema póstumo de Santiago Castelo. No tanto por sus palabras y su tono, indefectiblemente mío, sino porque está inspirado en lugares y versos suyos. Ojalá su espíritu prevalezca. Y que los nombres mencionados se refieren a los apellidos, claro está, Campos Pámpano y Pérez González, nuestros queridos amigos muertos.
Alberto es mi hijo y conoció a José Miguel el día de su cumpleaños, un 26 de octubre, en la Puebla.
Sí, Castelo fue un hombre luminoso, nada sombrío. De ahí este homenaje. Dedicado a cuantos tuvieron la suerte de conocerlo.

© Rafael Trapiello













(Este poema ha sido publicado en Aire por aire. A Santiago Castelo, Vberitas. Don Benito, 2015)

6.1.16

Castelo: aire por aire

Santiago Castelo era un hombre que se hacía querer. Por eso tuvo en vida muchos más amigos que enemigos. Su sentido de la amistad era profundo. Es cierto que no todos los que le trataron obtuvieron, en rigor, esa categoría. Ya saben, para Pla, había amigos, conocidos y saludados. Trapiello añadió otra clase: los evitables. Entre los primeros, Juan Ricardo Montaña. De Don Benito. Ha sido el principal responsable de la edición de Aire por aire. A Santiago Castelo, un hermoso homenaje en su memoria que toma el título de una anécdota relatada por Antonio Reseco, según feliz sugerencia de Carlos Medrano, otro de los amigos del alma del poeta de Granja de Torrehermosa y alentador también de esta iniciativa. Lo publica Vberitas en una edición no venal cuidada con esmero por el citado Montaña e impresa en Trejo. 
Los colaboradores son, para empezar, viejos amigos de Castelo. Para seguir, extremeños en su mayor parte. Se ha preferido que prime, sobre la cantidad, el sentimiento, de ahí la esencialidad de la ofrenda, que consta de dieciocho textos e ilustraciones. Poemas (de José Luis Bernal, Jesús García Calderón, Carlos García Mera, Teresa Guzmán, Marisa de Llanos, Carlos Medrano, Basilio Sánchez, José Antonio Zambrano y uno mismo), prosas (de Jesús Lillo, Manolo Núñez y Antonio Reseco), cartas (de Pureza Canelo y Carmen Fernández Daza), así como dibujos (de Luis Ledo y Pilar Molinos, a modo de collage). Cierra el conjunto un emotivo texto del promotor que se sitúa en el cementerio de Granja, donde reposan los restos del poeta y periodista para siempre. Y antes del colofón, la fotografía de Manuel Cerrato Quintero, de la misma serie que sirvió de viñeta para la cubierta de su libro póstumo, La sentencia: el cuaderno donde lo escribió a mano, la pluma estilográfica y las gafas. 
No falta en la cubierta ni su letra menuda y redonda (de maestro de escuela, dice Lillo) ni el abanico que le acompañaba casi siempre. 
No voy a valorar las distintas aportaciones. No estoy en disposición de hacerlo. Ninguna carece de valor, siquiera sea por la pequeña verdad que contiene. Por eso, todas son emocionantes. Más para quienes quisimos y queremos a José Miguel. 
Se felicita uno de que Juan Ricardo haya elegido el mejor camino para recordar a nuestro admirado poeta. Y que lo haya hecho con la minuciosidad y el cariño que le caracterizan. Él estaría encantado. Nos consta a todos. Gracias. 

5.1.16

Turia: entre España y Portugal

El número 116 de la revista turolense Turia es, sin duda, excepcional. Afirmar esto no deja de ser redundante: ¿qué entrega de esta revista no lo es? Bueno, dejémoslo en por encima de lo normal, que aquí es mucho, siquiera sea por aquello de que se ocupa de la literatura de un país que, para uno, también es fuera de serie. Como no pocos de sus escritores, y no sólo de ahora. Basta repasar el sumario para confirmar lo que digo. 
En "Letras", Silvina Rodrigues Lopes se ocupa de la obra de Agustina Bessa-Luís, José Luis Pardo de la de Ferlosio, Fernando Valls de la de Marsé y el poeta Enrique Andrés Ruiz del famoso, reiterado viaje a Portugal de Unamuno, un adelantado. Buen comienzo. Pero es que luego, en "Taller" podemos leer relatos de Lídia Jorge, Jiménez Lozano, Hidalgo Bayal (¡) o Almeida Faria, amén de degustar, no sin pena, unas páginas del diario de Chirbes (que dará de sí tanto, o más, que el de Piglia). Con todo, la fiesta apenas ha empezado. En "Poesía", inéditos (como todo lo que aquí se publica) de Júdice, Gamoneda, Bento, Brines, Echevarría, De Cuenca, Cruz, Canelo, Tamen, Júarez, Franco Alexandre, Vilas, Agostinho Baptista, Valverde, Lostalé, Cilleruelo, Castaño, Fidalgo ("Santos", un poema emocionante digno de un lisboeta de adopción) y Moita. 
Tras dos inflexiones de carácter político, "Cartapacio", dedicado íntegramente a la la literatura lusa. Partido en tres: la prosa, la poesía y el ensayo. En el primer género no faltan Valter Hugo Mãe, Inês Pedrosa, José Luís Peixoto o Gonçalo Tavares. Ni, en el segundo, poetas como Amaral, De Freitas, Gusmâo, Pinto do Amaral, Quintais, Tolentino Mendonça, Pires Cabral o Ruy Ventura. O ensayistas, ya en el tercero, como Eduardo Lourenço, que lee a nuestro Guillén. También se incluyen artículos panorámicos, diría, en los que se presenta y analiza la situación actual de los distintos géneros.
El novelista António Lobo Antunes y el editor Manuel Borrás dan para dos conversaciones espléndidas, en especial la de este último, que se prodiga bastante menos que el eterno candidato portugués al Nobel, del que se rescata una entrevista radiofónica.
En "Torre de Babel" se agrupan numerosas reseñas que sirven para cerrar de la mejor manera posible un volumen, ya se dijo, extraordinario. Quien diga lo contrario, miente.

Presentación


4.1.16

Benítez Ariza, canciones de amor

En Nosotros los de entonces (Poesía amatoria 1984 – 2015), editado por La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes, el poeta (y más) José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) reúne buena parte de los poemas amorosos que ha escrito. Entre ellos, pertenecientes a sus diferentes libros publicados, los inéditos que conforman una obra reciente de la misma condición: La intemperie.  
Como bien dice en su extenso prólogo, «Por qué lo llaman "amor"», un auténtico ensayo sobre este asunto, «la expresión "poesía amorosa" equivale simplemente a "poesía"». Añade que escribir poemas de amor no supone evadirse de la realidad, del tiempo en que uno vive y en el que está. Subraya la "capacidad del amor para articular una conciencia de la vida" y que "sus sentimientos -o, mejor dicho, las formulaciones poéticas de los mismos- presuponen una historia". Y remata: "Un solo poema de amor es siempre insuficiente". Por eso, al modo renacentista, concibe este libro como un "cancionero". Reconoce que no falta la ironía en la muestra, pero también que hace tiempo que no necesita de ningún personaje poético que se interponga entre autor y lector.
Una "Canción inicial" y una "Canción final" delimitan el conjunto. En medio, poemas de amor, claro, pero en el más amplio sentido del término. Por cierto, poemas -la mayor parte logrados y espléndidos- donde la naturalidad se impone y, cómo no, el tono autobiográfico, mencionadas ironías mediante.
Siempre le ha costado a uno, como lector, degustar como es debido este tipo de poesía. En sentido estricto, digo, porque de amor, como viene a decir JMBA, serían todos los poemas. Más allá de los clásicos, insuperables en su perfección, porque suelen seguir el modelo nerudiano, y uno de nerudiano tiene lo justo, o menos. Son poco creíbles, digamos, alambicados y pegajosos, cuando no directamente ñoños o ridículos (como decía de las cartas de amor Pessoa). Estos son todo lo contrario. El realismo y la experiencia se anteponen a cualquier otra consideración; en la línea, por cierto, de excelentes maestros en la poesía española e hispanoamericana contemporánea, desde Cernuda, Gil de Biedma y Margarit hasta Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco y Jaramillo Agudelo, por poner algunos ejemplos encontrados al azar.
Uno agradece esta actitud, algo que permite al lector ponerse en el lugar del otro, algo imprescindible cuando de poesía se trata. Así podremos disfrutar aún más de lo que el amor, cualquier amor, ofrece.

3.1.16

Una elegía

                                                                    A J. Á. Valente, in memoriam 

Esta casa refleja en su interior el laberinto que la ciudad levanta con sus calles; estancias que proyectan su penumbra contra la cal desnuda de los muros; pasillos tortuosos, rincones escondidos, ventanas clausuradas que conducen a aquella habitación de sombra y humo perdida en la alta noche de La Habana; a un patio donde llueve en el pasado, en medio de una tarde parisina; o a un cuarto de Ginebra o a un barrio de Lisboa o al burgo de Augasquentes o al centro metafísico que ocupa, por defecto, cualquier plaza del sur. Allí, los libros. Y, con ellos, las voces que conversan con palabras selladas, de difuntos, y en lenguas diferentes reconstruyen el himno de Babel. Al fondo, una escalera. Subirla es ver la luz. Viniste aquí por ella. Es la luz perseguida que nos ciega los ojos para invertir, al cabo, la mirada y llevarla hacia dentro, hacia el fondo innombrable del alma de las cosas. Ya arriba, en la azotea, está el desierto. Se extiende, como un mar, tras la alcazaba. Es el mismo desierto que has venido cruzando cada día de vida; el que cruzas ahora, camino de tu ser y de tu muerte.

© Luis Matilla













Nota: Este poema ha sido publicado en Letras para crecer dos, un proyecto de la ONG Extremayuda. Después de escuchar a su fundador, el médico de Jaraicejo Damián Gallego, comprende uno mucho mejor el alcance de sus desvelos y anima a los que me leen a que colaboren en sus proyectos de Alto Trujillo (Perú). Por lo pronto, que a mí me conste, en La Puerta de Tannhäuser hay ejemplares del libro (editado por Norbanova), una amplia antología llena de textos importantes escritos por escritores extremeños (o personas vinculadas a este tierra) y peruanos, al modesto precio de 10 euros.

2.1.16

Cavafis en España

Que vea la luz en España una nueva edición de la poesía completa del poeta griego Constantino Cavafis, en este caso a cargo del helenista Juan Manuel Macías y en la prestigiosa editorial Pre-Textos, una de las de referencia en lo que a traducciones se refiere en el ámbito hispánico, no deja de ser un acontecimiento. Por el alcance del poeta en el canon lírico del siglo XX (y, me atrevería a decir, de todos los tiempos) y por la dimensión de la poesía, una de las de verdad imprescindibles para los lectores y, más aún, los poetas, poco importa de qué edad.
Hace ahora cincuenta y tres años que se publicó por primera vez un libro de Cavafis en España. Fue en catalán y el responsable de la edición, Carles Riba, un poeta enamorado del mundo griego. A los dos años, en 1964, aparecía en Málaga (en el exquisito sello de Caffarena y León, maestros impresores) la primera antología en castellano del alejandrino. Los traductores: Elena Vidal y José Ángel Valente, como Riba en su ámbito, un poeta fundamental. Estas cosas nunca son casuales.
Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, coordinó un volumen conmemorativo, Málaga Cavafis Barcelona, donde reunía poemas de ambas ediciones y añadía otros vertidos a nuestra lengua por un puñado de traductores que también se atrevieron con el autor de “Ítaca”: Avellà, Garcés, Ayensa, Ferraté, Miralles, por parte catalana, y, por la española, Álvarez, Anghelidis, Bádenas de la Peña, Cantú, Cañigral, Castillo, De Cuenca, Ferraté, Irigoyen, Pothitou, Herrera, Rivera, Santana y Silván. La introducción de Fernández, firmada junto a Joaquim Gestí, es ya un estudio inevitable a la hora de aproximarse a Cavafis y a su relación con su poesía en español. 
De las ediciones de los anteriormente citados, podría uno añadir algún detalle. Por ejemplo, que casi todos los poetas de la Generación del 68, la de los Novísismos, y de la mía, la de la Democracia o del 80, nos iniciamos en Cavafis gracias a la antología de José María Álvarez (Hiperión). Que de la de Pedro Bádenas de la Peña (en la asequible Alianza), más rigurosa pero acaso menos poética, hay numerosas ediciones. Que la de Lázaro Santana fue una de las pioneras, en Visor. Que era una preciosidad la de Joan Ferraté en Lumen (con tapa dura), con fotografías de Dick Frisell. Que las versiones de Ramón  Irigoyen, en Seix Barral, son unas de las más originales y arriesgadas. O, en fin, que la de Luis de Cañigral formó parte de una divulgativa colección ineludible: Los Poetas, de Júcar.
Juvenal Soto dijo con acierto que Cavafis era una idea. Como Alejandría, la ciudad de las afueras de África, que diría Fabio Morábito, que le vio nacer. Y una influencia decisiva en la poesía española de la segunda mitad del siglo pasado y de lo que va de éste.
Uno sigue reconociendo en él un magisterio para la literatura. Y para la vida. Una ética que es una estética. No, nunca estuvo este hombre más de actualidad. Por clásico.

Nota: Este artículo ha aparecido en el número doble 12/13 de la revista griega Frear. En la misma entrega se incluye una amplia Antología de la Poesía Española Contemporánea coordinada por Dimitris Angelis y Virginia López Recio. Los poemas están, como es lógico, traducidos al griego por Ursula Foskólu (que se ha ocupado de las mujeres), Kostas Vrachnós y Dimitris Angelís, director de la revista. 

31.12.15

30.12.15

Kessler, europeo y cosmopolita

Libros de La Vanguardia publica, por primera vez en español, bajo el título Conde Harry Kessler. Diario (1893-1927), una amplia selección (más de 500 páginas) de los diarios del mencionado prócer. Se ha ocupado de la selección (a partir de los ocho volúmenes ya editados, en torno a 8.000 páginas, donde se alude a más de 20.000 personas) José Enrique Ruiz-Domènec. El traductor es Raúl Gabás
De Kessler, hijo de una anglo-irlandesa y un alemán, nombrado conde por el káiser Guillermo I por sus servicios a Alemania (luchó por ella en la Gran Guerra), dijo W. H. Auden que era el hombre más cosmopolita que había conocido. El historiador Karl Schögel calificó esta obra como "el diario del siglo XX".
De este aristócrata políglota, viajero, admirador de las vanguardias, mecenas y editor, entre otras muchas cosas, ya habló Muñoz Molina en uno de sus artículos, "El testigo", que comenzaba con el relato novelesco del hallazgo de los manuscritos en una caja de seguridad de un banco de Mallorca, lugar que frecuentó en los últimos años de su vida, cuando el hostigamiento de los nazis se hizo insoportable. 
Tras la amplia y documentada introducción de Ruiz-Domènec, nueve capítulos, lógicamente ordenados por fechas, dan cuenta de la intensa existencia del noble europeo que habrá que degustar con la necesaria demora. Se añade una nota del traductor, la bibliografía, una cronología de Kessler y un práctico índice enciclopédico de los principales nombres citados, entre los que se encuentran personajes a los que trató como Verlaine, Mann, Rilke, Nietzsche, Einstein, Rodin, Munch o Hofmannsthal.
Agradezco, en fin, a Sergio Vila-Sanjuán este precioso regalo navideño que forma parte de un fondo editorial digno de un diario europeo como La Vanguardia y de una ciudad cosmopolita como Barcelona. Dos adjetivos, por cierto, que definen a la perfección al redivivo Kessler

29.12.15

Cuadernos de humo

Hilario Barrero, recién jubilado como profesor universitario en Nueva York, lanza el número 4 de Cuadernos de Humo, serie Oteador. En el pie de imprenta, su dirección de Brooklyn y el correspondiente Printed in USA.
"Siete y siete son catorce" es el título de su prólogo, que dice: "Poesía recién hecha, todavía caliente y poesía reposada, ya para siempre con nosotros. Amor, muerte, vida, guerra, esperanza, vejez apacible y juventud arrogante.
Catorce voces amigas que forman parte de nuestra historia. Algunas nos acompañaron en momentos difíciles y son como si fueran nuestras. Con ellas nos entendemos y con ellas respiramos. Nombres que comparten nuestra vida y nuestro amor y que ahora, unidos en este Cuaderno de Humo, nos llegan más dentro, nos apagan sombras y engrandecen la casa. 
Catorce porque siete y siete son catorce. Y siete es número de veneración. Vendrán más Cuadernos que recojan otras voces amigas. A estas, que tan espléndidamente han respondido, nuestra gratitud por los poemas y la generosidad. (Algunos correos deberían publicarse). Poesía que hace que del humo nazca una hoguera que nos ilumina y nos calienta. Sus voces nos dicen dónde está el fuego."
Los elegidos: Joan Margarit, Francisco Álvarez Velasco, Antonio Parra, José Luis García Martín, Uriel Martínez, Herme G. Donis, Álvaro Valverde, Antonio Rivero Taravillo, Beatriz Villacañas, Alfredo Rodríguez, Marcos Matacana Martín, Martín López-Vega, Ballerina Vargas Tinajero y Pablo Núñez Díaz. 
Ilustran el ejemplar los originales dibujos del editor. 
El colofón reza: De DONDE ESTÁ EL FUEGO se ha hecho una edición de cuarenta y cinco ejemplares; tres por cabeza y dos para los archivos del humo. Los poetas recibirán además una litografía firmada por HB con su poema y el dibujo como señal de agradecimiento. Siete de junio de 2015. 
Esta es, en fin, mi página (con su dibujo y un viejo poema, elegido por él, de Una oculta razón), que reproduzco aquí no sin agradecer a Hilario Barrero que se haya acordado de mí:



28.12.15

La poesía de Gálvez

Tras nueve años de silencio, vuelve Francisco Gálvez (Córdoba, 1945), quien publica en Pre-Textos, vestido con elegantes cubiertas azul marino, El oro fundido, un libro extenso y plural donde se condensan diversas vicisitudes y se vienen a encontrar diferentes caminos. La vida es aquí ley y el poeta da cuenta de sus circunstancias y de sus itinerarios. "Tomando el sol después de comer", uno de los poemas del volumen resuelto en prosa, da la medida, a manera de "Prólogo", de lo que el lector se está jugando. Lo vivido y la literatura (si es que la poesía lo es) se dan la mano para intentar desvelar el misterio que toda existencia esconde. El propio poeta desvelaba en una entrevista los asuntos de su obra: "Su diversidad, tanto de forma, tono y temas, aunque hilvanada en un tiempo muy concreto, que va desde la mirada reflexiva de la infancia y termina con la destrucción del World Trade Center en Nueva York. Y en medio: biografía, lo político y social, lo familiar y cotidiano, el amor y la literatura, ecología y trabajo". Insiste también el autor en la "oralidad" como referente fundamental. Algo que podemos comprobar de manera fehaciente en el poema "Apuntes de filosofía" o en otro titulado, precisamente, "Oralidad". 
Las formas son tan variadas como los temas; así, los versículos de "Contenedores" se alternan con la concisión de los versos de "Travel" (en la tercera parte, por cierto, aparece Tánger) o, como ya se mencionó, con esos poemas en prosa donde las palabras adquieren un ritmo más barroco y nervioso. 
"Café y poesía" y "Los rostros del personaje", partes finales del libro, son, a mi entender, las que contienen lo más notable del conjunto y donde Gálvez demuestra a las claras su solvencia lírica; el destilado de la experiencia de una ya larga vida dedicada con fervor a la poesía. 
Como en cualquier poeta que se precie, la mirada es clave en su poética. Por eso leemos: "Es la mirada media vida, / y si no miramos la perdemos". O: "Sólo se vive de mirar y hacer único lo que miramos". O, en fin: "Somos lo que somos, hacemos lo que hacemos, y la mirada es siempre discursiva". Esa mirada que "como la punta de un diamante rasga el pasado" y nos permite recordar lo sucedido, como en los emocionantes versos de "Papel carbón".
Para quien no haya leído a Gálvez, ésta puede ser la mejor puerta de entrada. Ya dentro, podrá acceder, si así lo considera oportuno, a otras estancias de una casa que ha logrado reunir un número considerable de sureñas habitaciones luminosas.

27.12.15

Rebeldes

"Era día de orquesta. La orquesta venía dos veces por semana de una playa vecina. Los músicos eran jóvenes y delgados y llevaban smokings viejos, ligeramente reverdecidos por el uso y por la humedad de los inviernos marítimos. Eran músicos fracasados: sin gran arte, con poco dinero y sin ninguna fama. Debían de ser gente resignada o rebelde. Me gustaría pensar que eran rebeldes: es menos triste. Un hombre rebelde, aunque lo sea de forma poco gloriosa, nunca está completamente vencido. Sin embargo, la resignación pasiva, la resignación por ensordecimiento progresivo del ser, es el fracaso más irremediable y absoluto. Pero los rebeldes, incluso aquellos a los que todo -la luz de los candelabros y la luz de la primavera- les duele como una navaja, aquellos que se cortan en el aire y en sus propios gestos, son la honra de la condición humana. Son aquellos que no se han resignado a la imperfección. Por eso su alma es como un gran desierto sin sombra y sin frescura en donde arde el fuego sin consumirse". 

Sophia de Mello Breyner Andresen, "La playa". Sibila, número 47. Traducción de Ana Márquez.

26.12.15

Sibilas

Llegan, casi al mismo tiempo (temporada otoño-invierno) dos números de la revista Sibila, tan sevillana como atlántica, con un pie en España y otro en América.
De su calidad y rigor, de su sentido de la independencia, de su sello personal, de sus ilustraciones y su esmerada tipografía que tanto luce sobre el papel de Amalfi, de su belleza, en suma, ya he hablado muchas veces. Es cara, sí, pero única, algo que saben muy bien los amantes de la poesía y de la música, sobre todo, así como los bibliófilos, que ven en ella, estoy seguro, un letrado e ilustrado potosí. 
En estos últimos números, que siguen viendo la luz gracias al apoyo de la Fundación BBVA y merced a la incansable tarea de Patricia Ehrle y Juan Carlos Marset, vienen cargados de poemas firmados por Barreto, Belli, Benet, Berryman (traducido por Hahn), Bonnett, Colinas, Deltoro, Dobry, Doce, Duque Amusco, Jaramillo Agudelo, Lastra, Magrelli, Maillard, Mujica, Pardo, Piqueras, etc. 
También de prosas (narraciones, ensayos, artículos) de Castañón, Duque, Gasparini (que pasea por El Prado), Jarauta, Serrano, Weinberger, Vila-Matas, etc. Destacaría, porque me ha llegado al alma, "La playa", un precioso relato de tono autobiográfico de Sophia de Mello Breyner (en traducción de Ana Márquez). 
La música la ponen esta vez Francisco Martín Quintero y Fernando Villanueva.
La obra gráfica, Thierry Alonso y Juan Muñoz, que se ocupan de las respectivas cubiertas.
Que el nuevo año nos siga trayendo regalos como estos, de la mano de la querida y ya veterana Sibila

25.12.15

Dichosas listas

Con gran pesar de mi corazón, bien sabe Dios, envié la lista con los diez libros de poesía publicados este año que uno consideraba los mejores. Para El Cultural. Apareció ayer. No, no creo en las listas, lo he repetido muchas veces, por más que a uno le guste, ah paradoja, que un libro suyo aparezca de vez en cuando en ellas. ¿Entonces? Lo hice por sentido de la responsabilidad con el suplemento en el que, como quien dice, empiezo a colaborar (ni siquiera figuro en el staff) y con las personas que lo dirigen y coordinan, que confían, a lo que se ve, en mi honesta opinión. Y por mis admirables compañeros de faena. Estos sí saben de qué hablan, no como otros.
A decir verdad, todos los libros que he comentado en el blog a lo largo de 2015 son mis libros del año. Todos y cada uno, si bien unas me gustaron más que otros. De ahí lo doloroso de tener que seleccionar y decidir. Conviene aclarar que sólo he votado por libros que he leído, por eso faltarán, a buen seguro, títulos importantes. Después de enviada esa lista, he degustado, de hecho, algunas obras estupendas que comentaré aquí de ahora en adelante. Y más que vendrán con esa fecha de impresión.
Me alegro de que los libros elegidos como primero y segundo sean los que uno votó a tal fin, aunque en orden inverso. Tanto monta... Ha sido una agradable sorpresa. Quién lo diría, de Eloy Sánchez Rosillo (Tusquets) y Di, realidad, de Rafael Fombellida, son dos libros extraordinarios, cada cual en su estilo.
Que me perdonen, por favor, los silenciados. Nada me entristecería más que se enfadaran con este entregado lector de sus poemas por culpa de un inocente y pasajero juego literario. Bien sé que escriben, que escribimos (estuve del otro lado y espero volver a estarlo), por mucho más que esto. ¡A otra cosa!

24.12.15

Una foto de Luis Javier

Esta fotografía fue tomada por Luis Javier Moreno hacia 1996 y, si mal no recuerdo, estábamos en Valladolid, en un encuentro literario organizado por la revista literaria Sibila. Como dice Tomás Sánchez Santiago, sentado a mi derecha, parezco a punto de arrancarme a cantar una copla. O una jota, ¿no, Melero? Yolanda fumaba. Aún había, comenta el de Zamora, "juventud chispeante en los tres". Luis Javier, concluye, "quiso juntarnos así". Vaya en recuerdo suyo.