15.1.16

Barbarie

Sí, Barbarie (Rialp) es el lacónico título, con ecos cavafianos, que Andrés García Cerdán, albaceteño de Fuenteálamo (1972), ha puesto a un libro breve pero intenso que ha llamado poderosamente mi atención y que he leído, no me duelen prendas decirlo, con creciente interés. Más allá de que conociera la entrega anterior de Cerdán, La sangre, y, por tanto, al autor, la primera pista fiable sobre la calidad de la obra no me vino dada por la fajita con el anuncio de que había conseguido el premio 'Alegría' del Ayuntamiento de Santander, eso más bien me inquietaba, sino por los nombres que formaban parte del jurado que se lo concedió: además del director de Adonais (me niego a colocar la enojosa tilde), Martínez Mesanza, Carlos Alcorta y Luis Salcines. Que esos tres excelentes lectores estuvieran ahí, me pareció, de antemano, una garantía. Y el premio en sí, por qué no, de esos no controlados por los de siempre; galardones provinciales, como los otros, pero limpios y honrados. Yendo a lo que importa, Barbarie empieza con Flash, donde leemos: "Este poema explota en ti: / tú eres su estallido". Pero que nadie se alarme. Aunque el título sea tan contundente, la cita de Girondo, con "cápsula de dinamita" incluida, tan explosiva y el primer poema aluda, con aquél, a la falta de cultura y de civilidad y a la violencia (según el DRAE), no es tan fiero el león como lo pintan. En "La piedra", el segundo, se asoma Valente, lo que a uno le tranquiliza, y en el tercero, "Pescadores", ya ve uno claro por dónde camina Cerdán y que lo que al lector le espera es una sucesión de agradables sorpresas en forma de versos. Sí, que nadie se llame a engaño, lo que aquí se plantea es un problema de lenguaje. Un problema, aclaro, muy bien resuelto. "Ludus magnus" nos da la clave clásica del conjunto, una reinterpretación certera del viejo tema de las ruinas. "Los bárbaros", un largo poema central (por algo se eligió como título), nombra a los terroristas que destruyen esas ruinas, de Nínive a Mosul y Bamiyán: "Hoy el mundo es un sitio más vulgar", leemos. Y: "No merecemos / este destino innoble". Que después titule un poema "Raimond Carver" (y en el "Brindis" final lo relacione con Roger Wolfe) no es, me parece, significativo. Uno no ve aquí "realismo sucio" por ninguna parte. Cerdán está por encima de algunos de sus modelos. Para bien, claro. Creo que es menos maldito de lo que cree. Y si no, léase "Eloy", dedicado a su "maestro" Rosillo, donde éste le dice, y él lo escribe, "que mis poemas seguían siendo radicales / pero que ahora había serenidad en ellos". Esta es, tal vez, la clave. Frente al libro anterior (el único que he leído de Cerdán), donde la música sonaba mucho más fuerte, si vale la modesta metáfora. Porque "Al fin, / la inspiración no es más que ese deseo / vehemente -aclaró- de escribir / el poema". Porque "Desde luego, la poesía / necesitaba entrega / y disciplina / y soledad".
Estamos ante una poesía culta (que evoca a Yorick). Y fresca. En "Fresas", por ejemplo, donde muestra el contraste entre la dulzura de la fruta y la amargura de lo que ocurre en Kenya. O en "Manzana".
En "Arroyos", otro de los poemas logrados del libro, escucha uno ecos del mencionado Rosillo. O de Trapiello o Gallego, cada cual en su onda. Su clara sencillez, nos redime de tanta y tan injusta barbarie.
Lo natal está presente "En la piscina de Fuenteálamo", donde no cesa el verano con los amigos. Luego viaja a Ámsterdam y elogia la juventud: "No tienen edad los jóvenes". "Sus cuerpos / no saben de la muerte". O a Harar, al desierto: "me entrego a su espejismo".
Preciosa resulta la presencia del "lirio del jardín" en "Historia naturalis": "Perdonadlo por su belleza, / por su arrogancia".
"Óxido" es pura precisión. Y siguen los aciertos en "19 de marzo" (los libros, los autores, que menciona por sus nombres de pila), "Correr en la cinta" (la vida, lo autobiográfico), "Bañeras" , uno de los mejores, que empieza con un verso rotundo y provocador: "No hay nada más hermoso que la muerte".  A continuación, menciona a Sócrates, Zweig, Cobain y otros ilustres suicidas. De nuevo, la potencia, una suerte de energía lírica que sobrecoge. Como en "La muerte del derviche": "Vuélcate en el delirio", "deshazte de ti mismo", que termina: "Y a los pies de la nada cae muerto".
Se cierra el volumen (tan bonito y manejable como todos los de esta legendaria colección) con "Autrorretrato (Reloaded)", que a uno le parece, sin recargo, un broche perfecto para concluir este libro de poesía digno de tal nombre. No es poco.

14.1.16

Un poema griego

Desk in Fermor’s garden near Kardamyli, 2007. Rodolph de Salis
KARDAMILI

          A Dolores Payás

Igual que en Romiosyne, el poema de Ritsos,
el paisaje, sin agua, es duro como el silencio.
Bajo la cal del sol, únicamente luz.

Kardamili, donde vivió Mihalis,
al sur del Peloponeso,
un rincón alejado de las costas de Grecia,
es la mejor metáfora, el refugio ideal
para quien fue, ante todo, un perfecto viajero.

La casa se confunde con la tierra;
está en una terraza sobre el mar
y la rodean, con trazas de jardín,
las plantas aromáticas –salvia, romero-,
los míseros olivos, los enhiestos cipreses,
aquello que es capaz de brotar entre rocas.

Es el sitio al que llega el caminante,
en el que el nadador nunca se sacia.

A Patrick L. Fermor, conocido por Paddy,
reticente escritor atormentado,
bebedor que con todos conversaba,
incansable lector, héroe de Creta,
debió serle muy grato contemplar cada día
desde este paraje retirado del mundo.

Construyó este lugar como si fuera un sueño.

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NOTA: Este poema ha sido publicado en el número 12-13 de la revista griega Frear, dentro de una antología de una poesía española contemporánea de la que ya dimos noticia.

13.1.16

Los diarios de Barrero

Hilario Barrero (Toledo, 1946) acaba de jubilarse como profesor titular de la Universidad de la ciudad de Nueva York (CUNY), metrópoli donde reside desde 1978. Poeta, ante todo, y traductor (amén de editor y dibujante), su experiencia como diarista es amplia, más si tenemos en cuenta esa tradición en España. Es autor de Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2007), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013) y, ahora, de Diarios (2012-2013), publicados por La Isla de Siltolá en su colección Levante (después de las interesantes entregas de Jesús Aguado y Concha García).
Quienes ya hayan frecuentado esos libros o le sigan a través de Facebook se encontrarán con alguien conocido o, si se prefiere, con un mundo reconocible. Más de trescientas cincuenta páginas de letra menuda tiene el volumen, lo que, como se puede imaginar, da para mucho. Para mucho relato, digo. Por una vez, siguiendo el modelo Antero, he ido anotando a lápiz algunas palabras clave o breves frases sobre el libro en la página final de cortesía. Así, deshaciendo el nudo, destaco las abundantes referencias a la ciudad de Nueva York, y más en concreto al barrio de Brooklyn. Barrero es un paseante que, cámara en ristre (como buen fotógrafo), describe sus andanzas por las calles, parques y avenidas de esa ciudad mítica en la que, cada poco, recibe a amigos y conocidos, paisanos españoles, sí, y a veces toledanos. Toledo es, ya se dijo, su ciudad natal, donde habitan su infancia y sus recuerdos (los buenos y los malos), el territorio familiar (en especial, de una figura central: su católica madre), un lugar que visita con frecuencia. Menciono Toledo y acaso debería precisar, pues del mismo modo que allí matizamos Brooklyn, aquí deberíamos señalar Santo Tomé. A lo que significa "ser de Santo Tomé" dedica una página memorable. A estas dos ciudades habría que sumar otra, Gijón, donde pasa los veranos, otro sitio (y alrededores) que aparecen no poco en estas líneas. 
La casa es un personaje muy significativo del diario y, ya allí, su pareja, de origen cubano, cuarenta y dos años juntos. El "nosotros" aparece con frecuencia. Es emocionante leer las palabras de amor que le dedica, sobre todo a la luz pesimista y melancólica que tiñe buena parte del libro, instalado, se puede decir, en la vejez y en las postrimerías, en la enfermedad y en la muerte. Por eso defiende uno que estamos ante lo más parecido a un "diario íntimo", a pesar de la distanciada elegancia y el genuino pudor que caracteriza estas sentidas anotaciones. Íntimo y literario, sin duda, escrito con voluntad de estilo y para ser leído.
La poesía es otro asunto capital. La propia y, más que nada, la ajena, que traduce; breves poemas que ofrecen una suerte de antología complementaria.
Hice alusión hace un momento a la vejez y a la jubilación (que ya estaba tramitando). Me ha llamado la atención la cantidad de vetustas amigas viudas a las que el autor visita en esas casas o pisos que, como el suyo, uno imagina amplios y confortables, bien decorados y vividos, con las paredes forradas de libros. Antiguas compañeras o vecinas que enferman gravemente y con las que Barrero mantiene interminables conversaciones telefónicas, mal que le pese (porque detesta, como uno, hablar por teléfono). Se nota de lejos que es un tipo cariñoso y servicial. Una buena persona. Algo más que un mero paño de lágrimas.
El trabajo -tareas, colegas, alumnos- es fuente inagotable de reflexiones y de anécdotas, algo que se echará de menos en futuras entregas del diario. La lectura (los libros) es otra pasión confesable: "Descubrir a un poeta es descubrir un mundo". Como la de la música. O la ópera, mejor.
Pasa mucha gente por estas páginas. Relacionados con su fervor literario, con su profesión docente o sencillamente con su vida, complicada como la de cualquiera. Gente con la que se cruza en su ciudad o en las que visita; Málaga o Lisboa, por ejemplo. Entre ellos, otro neoyorkino (de Navalmoral de la Mata), "el amigo Muñoz": José Muñoz Millanes. O el también extremeño (de Avilés) José Luis García Martín, otro cómplice necesario de esta historia de historias, que se ha ocupado de la bonita nota de la contracubierta, donde alude a "la inquieta curiosidad y la incansable cordialidad" que caracterizan a Barrero.
Más allá del huracán Sandy, que azotó su terraza, y de los toldos toledanos, que mencionó a modo de símbolo y metáfora en su pregón de Corpus (un alto honor para un toledanodetodalavida), o de la graciosa peripecia de su encuentro con el poeta Antonio Rivero Taravillo y su mujer, pongamos por caso, celebramos que, a pesar de que "Un diario es como un dragón de siete cabezas que, al menor descuido, te ataca y te derriba, dejándote herido. O como esa navaja oxidada que guardamos en el cajón de las herramientas y que nunca usamos, pero que está ahí ocupando espacio y oxidando la oscuridad", celebramos, decía, que Hilario Barrero haya logrado ofrecer a los lectores un libro tan triste y luminoso como la vida misma. Un libro donde el autor se acaba convirtiendo en el confidente, en el amigo. Cuando no en uno mismo.


12.1.16

Notas (III)


Dios te libre de estar de moda. Mala señal. Peor pronóstico.
                                                         ▫
Muchas páginas en un libro no es síntoma de complejidad. Voluminosos son los bestsellers y su complicación es nula.
                                                         ▫
Dijo, generalizando, que lo de aquél era "arduo". Al hacerlo, puso en evidencia que esa lectura le resultaba inalcanzable.
                                                         ▫
En aquella ciudad rendida a la poesía, se llegó a padecer de sobredosis lírica.
                                                         ▫
Si ese crítico se ha entusiasmado con eso, su arrebato es patológico.
                                                         ▫
Hipocryte poéte, mon dissemblable, mon ennemi.

11.1.16

Stefaneas

De Petros S. Stefaneas, sabemos, gracias a Internet, que es profesor de la Universidad Técnica Nacional de Atenas (Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas), que estudió en la Universidad de Atenas, en la de Oxford (Programación del Grupo de Investigación) y en la que ejerce la docencia y, por fin que sus intereses de investigación incluyen la lógica y la computación, métodos formales, la Web y la filosofía, la sociedad de la información y los nuevos medios. También que es poeta, con tres libros en su haber, y que se estrena en España con la traducción de Nuestra nevera. Por la nota editorial de Sloper, sabemos también que un cúmulo de divertidas casualidades han permitido que Jara Calles, primero, lo tradujera y, luego, la editorial mallorquina lo publicara. Como fortuito es que el libro se haya cruzado en mi camino o lo que es lo mismo, en mi Gran Racha Griega, por parafrasear el título de la famosa película de Zwick. 
A uno le ha gustado. Estamos ante una poesía sin pretensiones, lo que no es poco, que se acerca a lo inmediato y cotidiano, sí, pero que no por eso descuida el lenguaje, o eso parece gracias al trabajo minucioso de Calles; un lenguaje, como es lógico, de una precisión... matemática.
"Súplica", el que abre el armónico conjunto, ya da, en su brevedad epigramática, en el clavo. Empezamos bien. "La mosca compañera", "El último prisionero", "Cálculos", "Nuestra nevera", "El tomillo", "Decisiones de un soltero", "Cuerpo desnudo", "Las parejas compenetradas", "Los bombones de chocolate" (en la casa de verano familiar), "La reunión silenciosa", "Las albóndigas del vecino" (paradigma de esta natural forma de decir), "Rescate", "Habitación bajo llave", "Un barco viejo", "La visita de agosto" o "Trabajadores de los cigarrillos", siguen en la misma línea. "Despedida", el que cierra el volumen, dice:

De ti que amaste la poesía
Me despido
Palabras duras
En el muelle
Los versos de tiempos pasados
¿(Cuántas veces) los repetiste?
La solución es fácil
El reciclaje
Estoy listo para unirme a la gente
Hacen falta estos viajes

10.1.16

Anáfora, 6

La revista asturiana Anáfora publica su sexta entrega, que viene colmada de textos interesantes. Versos de García Montero (en su extenso poema reflexiona sobre sus personales circunstancias), Concha García ("Donde" es paradigma de su forma de hacer), Vicente Gallego (que sigue volando a su aire), Benítez Ariza (niño en el bosque), López-Vega (que alude a un poeta letón de esos que tanto le gustan), Arana (que acierta), Francos (que acaba de ganar un premio de aforismos), Palicio (de la que se reseña, en "Lecturas", su primer libro, un buen comienzo que tuvimos ocasión de leer aquí atrás), González Ovies (con un divertido poema sobre la edad madura y sus achaques), Manilla y Vega. 
Preciosa resulta la traducción de "Arte y vida", de Lord Dunsany, a cargo de Victoria León, y no digamos la del famoso poema del emperador Adriano, "Animula vagula blandula", que vierte al español, con maestría, Juan Antonio González Iglesias. Versos que mejoran aún más gracias al comentario, no menos magistral, del latinista salmantino.
Las prosas vienen firmadas por José Luis Garci e Hilario Barrero, que adelanta fragmentos de su diario (precisamente acabo de leer el correspondiente a 2012 y 2013, publicado por Siltolá). Otro poeta, José Cereijo, entrevista a Abelardo Linares y la pena es que esa conversación nos resulta demasiado breve, por más que le dé tiempo a decir algunas verdades dignas del poeta, librero y editor que es. Jo, como pone al otro Valverde, famoso en el mundo entero, que se llama, por cierto, como mi hermano, no José María.
Las mencionadas "Lecturas" (de un selecto botín de libros) ponen el broche adecuado a esta nueva entrega de una revista que ya forma parte de lo mejor de nuestro panorama. 

9.1.16

Bloom dixit

Mark Mahaney / TNYT
Un modo de consuelo para letraheridos me parecieron, cuando las leí, estas proféticas palabras del famoso crítico y profesor norteamericano Harold Bloom: "El aplauso contemporáneo es a veces una muy mala señal del futuro carácter canónico de un poeta". (El canon de la poesía, pág. 520). Vete a ver, lo mismo hasta tiene razón. De esto él, canonista de pro, debería saber. 

8.1.16

Donne

La editorial hispano-mexicana Vaso Roto publica en su colección Esenciales un libro que sin duda lo es. Se trata de Sonetos y Canciones. Poesía erótica, de John Donne (Londres, 1572-1631). La traducción está a la altura del reto y se debe al poeta mexicano José Luis Rivas, que ya ha vertido al castellano obras de autores como Eliot, Rimbaud, Perse, Pound, Brodsky, Walcott y Shakespeare. 
Una sucinta presentación de Jordi Doce, informada y sagaz, pone al lector sobre la pista. Pasan por allí Eliot (que tanto apreció y estudió al poeta inglés y a los de su grupo: los metafísicos), el barroco (su estilo), Carlos Pujol y sus atinadas palabras sobre él, Cernuda y Aldana (porque hay similitudes entre aquellos poetas y los nuestros, coetáneos, del Siglo de Oro, a los que Donne conocía) y, en fin, su rigor y su método, que superaba con mucho a su excentricidad. 
Lo amoroso, más que lo erótico, domina una acertada selección donde no faltan poemas memorables; así, "El aniversario", "El amanecer" (la albada, ese nefasto momento en que la amada y el amado han de separarse, es un tema frecuente: "Es cierto, ya es de día... ¿y qué más da"), "El corazón partido", "La canonización", "Propiedad común", "El éxtasis" ("Los misterios del amor se escriben en el alma, / pero el cuerpo es el libro en que se leen"), "La muerte" (donde se aprecia bien el tono epigramático de esta poesía), "Los buenos días" ("y hace de una pequeña alcoba el infinito"), "El indolente", "La paradoja" ("Yo tuve un amor, muerto fui / y ahora soy mi tumba y mi epitafio. (...) Aquí descansa aquel a quien Amor mató."), "Soneto. La prenda", "Tres veces necio"("Soy dos necios lo sé, / por amar y además por expresarlo / en doliente poesía") y el famosísimo "El testamento", en una versión difícilmente superable. 
En "Alquimia de amor" leemos: "yo he amado y poseído y lo he contado". Lo que no sólo es verdad, sino algo que le agradeceremos siempre quienes amamos la poesía y, más allá, al amor, por más que, a veces, su "araña", "que todo transustancia", pueda "hacer del maná amarga hiel".

7.1.16

La luz


La luz, en nuestra casa,
blanqueada con cal,
de mi niñez en Granja.
La de los cielos,
ocasos velazqueños,
de joven en Madrid.
La que vi en Grecia,
en Rodas, aquel día sentado
sobre el sol de la historia.
La eterna de Lisboa,
blanca, al Oeste,
hundiéndose en el Tajo.
Y aquella de Mallorca,
interior, entre olivos,
luz de arcilla encalada.
La de ese mar de encinas
que puebla Extremadura,
camino de Trujillo.
La ajada de La Habana,
alegre y melancólica;
como Cuba, un veneno.
La limpia, en Guadalupe,
transparente de otoño,
que observé con Alberto.

La luz, la luz, la luz.
De Ángel, de Fernando.
La de mi hermana Lola.

Sí, para otros la sombra.
La del odio, la envidia,
la tristeza, el destierro.
Para mí, sólo luz.
Ese lugar al sol
donde icé mi mañana. 

NOTA. Un poema no se explica. Malo si es necesario hacerlo. No obstante, me permito un par de puntualizaciones. Que este quiere ser, a su modo, un poema póstumo de Santiago Castelo. No tanto por sus palabras y su tono, indefectiblemente mío, sino porque está inspirado en lugares y versos suyos. Ojalá su espíritu prevalezca. Y que los nombres mencionados se refieren a los apellidos, claro está, Campos Pámpano y Pérez González, nuestros queridos amigos muertos.
Alberto es mi hijo y conoció a José Miguel el día de su cumpleaños, un 26 de octubre, en la Puebla.
Sí, Castelo fue un hombre luminoso, nada sombrío. De ahí este homenaje. Dedicado a cuantos tuvieron la suerte de conocerlo.

© Rafael Trapiello













(Este poema ha sido publicado en Aire por aire. A Santiago Castelo, Vberitas. Don Benito, 2015)

6.1.16

Castelo: aire por aire

Santiago Castelo era un hombre que se hacía querer. Por eso tuvo en vida muchos más amigos que enemigos. Su sentido de la amistad era profundo. Es cierto que no todos los que le trataron obtuvieron, en rigor, esa categoría. Ya saben, para Pla, había amigos, conocidos y saludados. Trapiello añadió otra clase: los evitables. Entre los primeros, Juan Ricardo Montaña. De Don Benito. Ha sido el principal responsable de la edición de Aire por aire. A Santiago Castelo, un hermoso homenaje en su memoria que toma el título de una anécdota relatada por Antonio Reseco, según feliz sugerencia de Carlos Medrano, otro de los amigos del alma del poeta de Granja de Torrehermosa y alentador también de esta iniciativa. Lo publica Vberitas en una edición no venal cuidada con esmero por el citado Montaña e impresa en Trejo. 
Los colaboradores son, para empezar, viejos amigos de Castelo. Para seguir, extremeños en su mayor parte. Se ha preferido que prime, sobre la cantidad, el sentimiento, de ahí la esencialidad de la ofrenda, que consta de dieciocho textos e ilustraciones. Poemas (de José Luis Bernal, Jesús García Calderón, Carlos García Mera, Teresa Guzmán, Marisa de Llanos, Carlos Medrano, Basilio Sánchez, José Antonio Zambrano y uno mismo), prosas (de Jesús Lillo, Manolo Núñez y Antonio Reseco), cartas (de Pureza Canelo y Carmen Fernández Daza), así como dibujos (de Luis Ledo y Pilar Molinos, a modo de collage). Cierra el conjunto un emotivo texto del promotor que se sitúa en el cementerio de Granja, donde reposan los restos del poeta y periodista para siempre. Y antes del colofón, la fotografía de Manuel Cerrato Quintero, de la misma serie que sirvió de viñeta para la cubierta de su libro póstumo, La sentencia: el cuaderno donde lo escribió a mano, la pluma estilográfica y las gafas. 
No falta en la cubierta ni su letra menuda y redonda (de maestro de escuela, dice Lillo) ni el abanico que le acompañaba casi siempre. 
No voy a valorar las distintas aportaciones. No estoy en disposición de hacerlo. Ninguna carece de valor, siquiera sea por la pequeña verdad que contiene. Por eso, todas son emocionantes. Más para quienes quisimos y queremos a José Miguel. 
Se felicita uno de que Juan Ricardo haya elegido el mejor camino para recordar a nuestro admirado poeta. Y que lo haya hecho con la minuciosidad y el cariño que le caracterizan. Él estaría encantado. Nos consta a todos. Gracias. 

5.1.16

Turia: entre España y Portugal

El número 116 de la revista turolense Turia es, sin duda, excepcional. Afirmar esto no deja de ser redundante: ¿qué entrega de esta revista no lo es? Bueno, dejémoslo en por encima de lo normal, que aquí es mucho, siquiera sea por aquello de que se ocupa de la literatura de un país que, para uno, también es fuera de serie. Como no pocos de sus escritores, y no sólo de ahora. Basta repasar el sumario para confirmar lo que digo. 
En "Letras", Silvina Rodrigues Lopes se ocupa de la obra de Agustina Bessa-Luís, José Luis Pardo de la de Ferlosio, Fernando Valls de la de Marsé y el poeta Enrique Andrés Ruiz del famoso, reiterado viaje a Portugal de Unamuno, un adelantado. Buen comienzo. Pero es que luego, en "Taller" podemos leer relatos de Lídia Jorge, Jiménez Lozano, Hidalgo Bayal (¡) o Almeida Faria, amén de degustar, no sin pena, unas páginas del diario de Chirbes (que dará de sí tanto, o más, que el de Piglia). Con todo, la fiesta apenas ha empezado. En "Poesía", inéditos (como todo lo que aquí se publica) de Júdice, Gamoneda, Bento, Brines, Echevarría, De Cuenca, Cruz, Canelo, Tamen, Júarez, Franco Alexandre, Vilas, Agostinho Baptista, Valverde, Lostalé, Cilleruelo, Castaño, Fidalgo ("Santos", un poema emocionante digno de un lisboeta de adopción) y Moita. 
Tras dos inflexiones de carácter político, "Cartapacio", dedicado íntegramente a la la literatura lusa. Partido en tres: la prosa, la poesía y el ensayo. En el primer género no faltan Valter Hugo Mãe, Inês Pedrosa, José Luís Peixoto o Gonçalo Tavares. Ni, en el segundo, poetas como Amaral, De Freitas, Gusmâo, Pinto do Amaral, Quintais, Tolentino Mendonça, Pires Cabral o Ruy Ventura. O ensayistas, ya en el tercero, como Eduardo Lourenço, que lee a nuestro Guillén. También se incluyen artículos panorámicos, diría, en los que se presenta y analiza la situación actual de los distintos géneros.
El novelista António Lobo Antunes y el editor Manuel Borrás dan para dos conversaciones espléndidas, en especial la de este último, que se prodiga bastante menos que el eterno candidato portugués al Nobel, del que se rescata una entrevista radiofónica.
En "Torre de Babel" se agrupan numerosas reseñas que sirven para cerrar de la mejor manera posible un volumen, ya se dijo, extraordinario. Quien diga lo contrario, miente.

Presentación


4.1.16

Benítez Ariza, canciones de amor

En Nosotros los de entonces (Poesía amatoria 1984 – 2015), editado por La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes, el poeta (y más) José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) reúne buena parte de los poemas amorosos que ha escrito. Entre ellos, pertenecientes a sus diferentes libros publicados, los inéditos que conforman una obra reciente de la misma condición: La intemperie.  
Como bien dice en su extenso prólogo, «Por qué lo llaman "amor"», un auténtico ensayo sobre este asunto, «la expresión "poesía amorosa" equivale simplemente a "poesía"». Añade que escribir poemas de amor no supone evadirse de la realidad, del tiempo en que uno vive y en el que está. Subraya la "capacidad del amor para articular una conciencia de la vida" y que "sus sentimientos -o, mejor dicho, las formulaciones poéticas de los mismos- presuponen una historia". Y remata: "Un solo poema de amor es siempre insuficiente". Por eso, al modo renacentista, concibe este libro como un "cancionero". Reconoce que no falta la ironía en la muestra, pero también que hace tiempo que no necesita de ningún personaje poético que se interponga entre autor y lector.
Una "Canción inicial" y una "Canción final" delimitan el conjunto. En medio, poemas de amor, claro, pero en el más amplio sentido del término. Por cierto, poemas -la mayor parte logrados y espléndidos- donde la naturalidad se impone y, cómo no, el tono autobiográfico, mencionadas ironías mediante.
Siempre le ha costado a uno, como lector, degustar como es debido este tipo de poesía. En sentido estricto, digo, porque de amor, como viene a decir JMBA, serían todos los poemas. Más allá de los clásicos, insuperables en su perfección, porque suelen seguir el modelo nerudiano, y uno de nerudiano tiene lo justo, o menos. Son poco creíbles, digamos, alambicados y pegajosos, cuando no directamente ñoños o ridículos (como decía de las cartas de amor Pessoa). Estos son todo lo contrario. El realismo y la experiencia se anteponen a cualquier otra consideración; en la línea, por cierto, de excelentes maestros en la poesía española e hispanoamericana contemporánea, desde Cernuda, Gil de Biedma y Margarit hasta Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco y Jaramillo Agudelo, por poner algunos ejemplos encontrados al azar.
Uno agradece esta actitud, algo que permite al lector ponerse en el lugar del otro, algo imprescindible cuando de poesía se trata. Así podremos disfrutar aún más de lo que el amor, cualquier amor, ofrece.

3.1.16

Una elegía

                                                                    A J. Á. Valente, in memoriam 

Esta casa refleja en su interior el laberinto que la ciudad levanta con sus calles; estancias que proyectan su penumbra contra la cal desnuda de los muros; pasillos tortuosos, rincones escondidos, ventanas clausuradas que conducen a aquella habitación de sombra y humo perdida en la alta noche de La Habana; a un patio donde llueve en el pasado, en medio de una tarde parisina; o a un cuarto de Ginebra o a un barrio de Lisboa o al burgo de Augasquentes o al centro metafísico que ocupa, por defecto, cualquier plaza del sur. Allí, los libros. Y, con ellos, las voces que conversan con palabras selladas, de difuntos, y en lenguas diferentes reconstruyen el himno de Babel. Al fondo, una escalera. Subirla es ver la luz. Viniste aquí por ella. Es la luz perseguida que nos ciega los ojos para invertir, al cabo, la mirada y llevarla hacia dentro, hacia el fondo innombrable del alma de las cosas. Ya arriba, en la azotea, está el desierto. Se extiende, como un mar, tras la alcazaba. Es el mismo desierto que has venido cruzando cada día de vida; el que cruzas ahora, camino de tu ser y de tu muerte.

© Luis Matilla













Nota: Este poema ha sido publicado en Letras para crecer dos, un proyecto de la ONG Extremayuda. Después de escuchar a su fundador, el médico de Jaraicejo Damián Gallego, comprende uno mucho mejor el alcance de sus desvelos y anima a los que me leen a que colaboren en sus proyectos de Alto Trujillo (Perú). Por lo pronto, que a mí me conste, en La Puerta de Tannhäuser hay ejemplares del libro (editado por Norbanova), una amplia antología llena de textos importantes escritos por escritores extremeños (o personas vinculadas a este tierra) y peruanos, al modesto precio de 10 euros.

2.1.16

Cavafis en España

Que vea la luz en España una nueva edición de la poesía completa del poeta griego Constantino Cavafis, en este caso a cargo del helenista Juan Manuel Macías y en la prestigiosa editorial Pre-Textos, una de las de referencia en lo que a traducciones se refiere en el ámbito hispánico, no deja de ser un acontecimiento. Por el alcance del poeta en el canon lírico del siglo XX (y, me atrevería a decir, de todos los tiempos) y por la dimensión de la poesía, una de las de verdad imprescindibles para los lectores y, más aún, los poetas, poco importa de qué edad.
Hace ahora cincuenta y tres años que se publicó por primera vez un libro de Cavafis en España. Fue en catalán y el responsable de la edición, Carles Riba, un poeta enamorado del mundo griego. A los dos años, en 1964, aparecía en Málaga (en el exquisito sello de Caffarena y León, maestros impresores) la primera antología en castellano del alejandrino. Los traductores: Elena Vidal y José Ángel Valente, como Riba en su ámbito, un poeta fundamental. Estas cosas nunca son casuales.
Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, coordinó un volumen conmemorativo, Málaga Cavafis Barcelona, donde reunía poemas de ambas ediciones y añadía otros vertidos a nuestra lengua por un puñado de traductores que también se atrevieron con el autor de “Ítaca”: Avellà, Garcés, Ayensa, Ferraté, Miralles, por parte catalana, y, por la española, Álvarez, Anghelidis, Bádenas de la Peña, Cantú, Cañigral, Castillo, De Cuenca, Ferraté, Irigoyen, Pothitou, Herrera, Rivera, Santana y Silván. La introducción de Fernández, firmada junto a Joaquim Gestí, es ya un estudio inevitable a la hora de aproximarse a Cavafis y a su relación con su poesía en español. 
De las ediciones de los anteriormente citados, podría uno añadir algún detalle. Por ejemplo, que casi todos los poetas de la Generación del 68, la de los Novísismos, y de la mía, la de la Democracia o del 80, nos iniciamos en Cavafis gracias a la antología de José María Álvarez (Hiperión). Que de la de Pedro Bádenas de la Peña (en la asequible Alianza), más rigurosa pero acaso menos poética, hay numerosas ediciones. Que la de Lázaro Santana fue una de las pioneras, en Visor. Que era una preciosidad la de Joan Ferraté en Lumen (con tapa dura), con fotografías de Dick Frisell. Que las versiones de Ramón  Irigoyen, en Seix Barral, son unas de las más originales y arriesgadas. O, en fin, que la de Luis de Cañigral formó parte de una divulgativa colección ineludible: Los Poetas, de Júcar.
Juvenal Soto dijo con acierto que Cavafis era una idea. Como Alejandría, la ciudad de las afueras de África, que diría Fabio Morábito, que le vio nacer. Y una influencia decisiva en la poesía española de la segunda mitad del siglo pasado y de lo que va de éste.
Uno sigue reconociendo en él un magisterio para la literatura. Y para la vida. Una ética que es una estética. No, nunca estuvo este hombre más de actualidad. Por clásico.

Nota: Este artículo ha aparecido en el número doble 12/13 de la revista griega Frear. En la misma entrega se incluye una amplia Antología de la Poesía Española Contemporánea coordinada por Dimitris Angelis y Virginia López Recio. Los poemas están, como es lógico, traducidos al griego por Ursula Foskólu (que se ha ocupado de las mujeres), Kostas Vrachnós y Dimitris Angelís, director de la revista.