Cuánto me dice esta mirada de Salvador Retana. En su casa de Gredos.
6.1.21
1.1.21
La poesía de Argüelles
Vicente García escribió en 2008 en la revista Clarín: "Hace veinte años, silenciosamente entraba en escena un poeta importante, a tener en cuenta. Se trataba de José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Publicaba un primer libro, Cuelmo de sombras (1988) en la casi secreta colección Versus, del Centro Cultural y Deportivo mierense, que por aquellas fechas dirigía José Manuel Cuesta Abad". Antes, a finales de 1984, José Luis García Martín había dicho en uno de los diálogos apócrifos de "Laurel de Apolo" (publicado en Cuadernos del Norte bajo el título "Joven poesía asturiana"): "José Luis Argüelles
me parece el poeta joven que mejor conoce su
oficio". Sí, mucho ha llovido desde entonces, más en Asturias,
y Argüelles, periodista de La Nueva España y crítico literario
del diario asturiano, uno de los más conspicuos representantes de la pujante
poesía del Principado, que brilla con luz propia dentro del panorama nacional, como
subrayaba hace poco en un artículo sobre nuestra actualidad poética publicado
en la revista El Ciervo, Argüelles,
decía, ha dado a la imprenta los libros: Pasaje (2008), Las erosiones (2013, Premio de la Crítica de la Asociación de
Escritores de Asturias) y Gran desconcierto (2018), los tres en la editorial Trea, donde
también apareció, hace una década, Toma de tierra: poetas en
lengua asturiana. Antología (1975-2010). Es también aforista (incluido
en Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos, de José
Ramón González).
Ya se ve que no estamos ante un poeta torrencial, sino ante alguien que mide muy bien sus distancias, de ahí que sorprenda a sus lectores con la salida de dos libros casi a la vez: Mar sin fin y Protesta y alabanza.
El primero es un cuaderno (el número 32) de la colección Heracles y nosotros, que dirige Juan Ignacio (Nacho) González desde hace treinta años (fundada, por cierto, junto a Jordi Doce), loable empeño por el que acaba de recibir el premio de fomento de la lectura "María Elvira Muñiz", a la que siempre recordará uno con admiración y afecto.
Ya se ve que no estamos ante un poeta torrencial, sino ante alguien que mide muy bien sus distancias, de ahí que sorprenda a sus lectores con la salida de dos libros casi a la vez: Mar sin fin y Protesta y alabanza.
El primero es un cuaderno (el número 32) de la colección Heracles y nosotros, que dirige Juan Ignacio (Nacho) González desde hace treinta años (fundada, por cierto, junto a Jordi Doce), loable empeño por el que acaba de recibir el premio de fomento de la lectura "María Elvira Muñiz", a la que siempre recordará uno con admiración y afecto.
El segundo, un nuevo libro de poemas que supone un cambio de editorial, que ahora es Impronta, otra casa asturiana con sede en Gijón.
Empezaré por Protesta y alabanza, que toma su título de un párrafo de Arte poética, III (recogida en Livro sexto), de Sophia de Mello Breyner Andresen, con el que se abre el volumen: "Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también contra el sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente y fiel consigo misma, necesaria. El hecho de que estemos hechos de alabanza y protesta atestigua la unidad de nuestra conciencia" (en traducción de Ángel Campos Pámpano).
Desde el primer poema, "Camarada gorrión", la vida debatiéndose entre la resistencia y la fragilidad: "Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz / que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa". Este es el tono.
Situado en el "Elogio del horizonte", emblema de la recién nombrada Gijón ("esta ciudad grisácea"), mucho más que una monumental escultura (quien ha estado allí lo sabe), escribe: "Chillida vio lo mismo / que aquellos vigilantes del agua y las mareas, / los arponeros de esta península del tiempo: / un horizonte que nos busca / hasta abrirnos los ojos / con su sed infinita".
Se repiten en el libro los sonetos (que sigue siendo, cuando se acierta, una estructura lírica perfecta) y los autorretratos, como "Soneto del hombre que camina", un homenaje a Giacometti: "Como tú, ser el hombre que camina".
Después, Cernuda. Y la guerra: "1936". "Tan solo la fe importa". Y más homenajes donde, al hablar de otros (Ory, Machado, Omar Al-Jayyman, Walt Whitman), el poeta nos habla de sí mismo. Así, cuando dice: "Ama tu alegría / y ama tu tristeza, / escribió el poeta" (Machado) y "La felicidad, / la melancolía... / Ambas son la vida". O: "Son otros los días que tú buscas" (se repite en el poema neoyorkino dedicado a Whitman). Los "que tú anhelas".
En "El viejo y los héroes" leemos: "Yo gané mi vejez, / un silencio sin página, / engañando a la muerte".
Tras una primera parte muy literaria, ya se ve, en la que el lector se impone, en la segunda el yo (temeroso) gana terreno: "Este soy: lo que nunca quise ser". Lo dice en "Soneto que soy", dedicado a Rodrigo Olay, lo que nos permite incidir en las fructíferas relaciones intergeneracionales que se dan en la poesía escrita por asturianos, donde la revista Anáfora (más que eso) actuaría, digamos, como catalizador.
"Soneto de aniversario" es otro autorretrato: "A los cincuenta y ocho años cumplidos...". "Silencio en la ceniza de mi labio, / hastío en la manchada piel de viejo / y cansancio en los ojos. Eso es todo".
La noche es un símbolo del libro. Léase "Acústica nocturna". Y siempre el fracaso y el daño: "El tiempo pasó, / traicionándote".
"Para volver, he vuelto", dice "En la ciudad de la ceniza". Allí, en el poema "Para mirar este día", "La sencillez discreta de una vida / alejada del ruido y sus quimeras". Donde "Ser al fin nada en esta luz perfecta.
La tercera parte se inicia con "Un gesto": el dolor y el miedo, pero también "la claridad de algunos gestos". Su esperanza. Como la del amor. "Este amor" termina: "El amor que nos damos / y no otro amor cualquiera". Es lo que permanecerá. Como aquella muchacha de la bicicleta roja.
La cuarta parte se abre con "Amanecer": "Los seres y las cosas / que vuelven de la noche / y, en su respiración, / son materia de luz". Porque "la vida es siempre / asombro y lucha". Porque "la vida es tiempo / que apenas dura".
"Patria" es un bonito homenaje al inolvidable poema de José Emilio Pacheco: "ese niño que nunca te abandona / cuando miras el sol y la mañana".
"En una plaza" da la medida del libro: "Ni pérdida tan solo / ni tan solo ganancia. / La vida es ambas cosas...". "Y así está bien. Te basta".
"Protesta y alabanza" es otro poema fundamental, con Hill y Sophia al fondo. Como lo es "El odio a la poesía", extenso, dividido en cinco partes (dedicado a su antiguo editor, Álvaro Díaz Huici), donde Argüelles ensaya una poética a partir de la lectura de Hatred of poetry, el famoso libro de Ben Lerner (por errata, en el libro pone Larner). Aprovecha para citar a algunos maestros: Vallejo, Frost, Szymborska, Bécquer, Claudio Rodríguez, JRJ. "La poesía no es asunto urgente / pero hace tanta falta".
"Mundo común" es un perfecto final para este libro tan sencillo como impactante. Su carga, sí, es de profundidad. Como la de toda poesía auténtica, la digna de tal nombre.
En un cuestionario redactado a partir de un encuentro de poetas asturianos en la mítica librería Cervantes de Oviedo, Argüelles comentó: "La poesía es siempre una exaltación de la vida, aun cuando su tema central sea el de la muerte, o precisamente por eso". Lo digo porque el segundo libro que voy a reseñar, Mar sin fin, se adapta muy bien a esa afirmación. Tiene que ver con un asunto muy literario (aunque no todos estén a la altura): el de la muerte del padre. Muy literario y, lo que para uno resulta más importante, capital en la vida de cualquiera. No es cuestión de mencionar libros pasados o recientes sobre el tema, pero todos tenemos en mente algunos. Dignos, la inmensa mayoría, sin que falte al menos uno al que catalogar de infame.
Dieciséis son los poemas que lo componen. Numerados y sin título. Fragmentos de un poema único.
Al frente, dos epígrafes. De Borges y Costafreda. Debes, se dice en el primero de la serie, "cuidar la intimidad de las palabras / que importan, recogerte en su sonido. // Es la manera que los muertos tienen / de amarnos, de seguir entre nosotros".
De inmediato el mar cobra protagonismo: "Porque yo vine para hablarte, mar". Más que una mera metáfora. Realidad vivida. Por quien escribe y por su padre, con el que dialoga: "Pero yo vine para hablarte, padre". Un mar concreto: el Cantábrico, en un lugar preciso: Gijón. "Por eso vengo cada tarde aquí", leemos en el poema II (uno de los más logrados), "como si el duelo de mis pasos fuera / otra forma de hablar contra el olvido".
Anoto algunos versos elocuentes: "Es un cómplice el mar". "Busco una música que nos reúna". "El dolor es costumbre". "Pasa mi vida y las claudicaciones". "La vejez es un pájaro cansado".
En el poema VIII (qué hermoso), "los lugares del padre": "grúas, minerales, / las metalurgias y los grandes buques, / el fabril horizonte de la rada" (donde se desliza un sutil homenaje a Martínez Sarrión).
"El mar dice verdad y yo la escucho", leemos en el IX, y: "Los poetas fundaron la verdad / del agua. Piensa en Hölderlin, ya loco / en su torre, en el mar de su mirada / al recordar la música perdida".
Sigo anotando: "No quiero las palabras neutras". "He buscado también tu eternidad". "El premio es madurar, amar la noche". "Mar o enigma".
Empezaré por Protesta y alabanza, que toma su título de un párrafo de Arte poética, III (recogida en Livro sexto), de Sophia de Mello Breyner Andresen, con el que se abre el volumen: "Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también contra el sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente y fiel consigo misma, necesaria. El hecho de que estemos hechos de alabanza y protesta atestigua la unidad de nuestra conciencia" (en traducción de Ángel Campos Pámpano).
Desde el primer poema, "Camarada gorrión", la vida debatiéndose entre la resistencia y la fragilidad: "Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz / que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa". Este es el tono.
Situado en el "Elogio del horizonte", emblema de la recién nombrada Gijón ("esta ciudad grisácea"), mucho más que una monumental escultura (quien ha estado allí lo sabe), escribe: "Chillida vio lo mismo / que aquellos vigilantes del agua y las mareas, / los arponeros de esta península del tiempo: / un horizonte que nos busca / hasta abrirnos los ojos / con su sed infinita".
Se repiten en el libro los sonetos (que sigue siendo, cuando se acierta, una estructura lírica perfecta) y los autorretratos, como "Soneto del hombre que camina", un homenaje a Giacometti: "Como tú, ser el hombre que camina".
Después, Cernuda. Y la guerra: "1936". "Tan solo la fe importa". Y más homenajes donde, al hablar de otros (Ory, Machado, Omar Al-Jayyman, Walt Whitman), el poeta nos habla de sí mismo. Así, cuando dice: "Ama tu alegría / y ama tu tristeza, / escribió el poeta" (Machado) y "La felicidad, / la melancolía... / Ambas son la vida". O: "Son otros los días que tú buscas" (se repite en el poema neoyorkino dedicado a Whitman). Los "que tú anhelas".
En "El viejo y los héroes" leemos: "Yo gané mi vejez, / un silencio sin página, / engañando a la muerte".
Tras una primera parte muy literaria, ya se ve, en la que el lector se impone, en la segunda el yo (temeroso) gana terreno: "Este soy: lo que nunca quise ser". Lo dice en "Soneto que soy", dedicado a Rodrigo Olay, lo que nos permite incidir en las fructíferas relaciones intergeneracionales que se dan en la poesía escrita por asturianos, donde la revista Anáfora (más que eso) actuaría, digamos, como catalizador.
"Soneto de aniversario" es otro autorretrato: "A los cincuenta y ocho años cumplidos...". "Silencio en la ceniza de mi labio, / hastío en la manchada piel de viejo / y cansancio en los ojos. Eso es todo".
La noche es un símbolo del libro. Léase "Acústica nocturna". Y siempre el fracaso y el daño: "El tiempo pasó, / traicionándote".
"Para volver, he vuelto", dice "En la ciudad de la ceniza". Allí, en el poema "Para mirar este día", "La sencillez discreta de una vida / alejada del ruido y sus quimeras". Donde "Ser al fin nada en esta luz perfecta.
La tercera parte se inicia con "Un gesto": el dolor y el miedo, pero también "la claridad de algunos gestos". Su esperanza. Como la del amor. "Este amor" termina: "El amor que nos damos / y no otro amor cualquiera". Es lo que permanecerá. Como aquella muchacha de la bicicleta roja.
La cuarta parte se abre con "Amanecer": "Los seres y las cosas / que vuelven de la noche / y, en su respiración, / son materia de luz". Porque "la vida es siempre / asombro y lucha". Porque "la vida es tiempo / que apenas dura".
"Patria" es un bonito homenaje al inolvidable poema de José Emilio Pacheco: "ese niño que nunca te abandona / cuando miras el sol y la mañana".
"En una plaza" da la medida del libro: "Ni pérdida tan solo / ni tan solo ganancia. / La vida es ambas cosas...". "Y así está bien. Te basta".
"Protesta y alabanza" es otro poema fundamental, con Hill y Sophia al fondo. Como lo es "El odio a la poesía", extenso, dividido en cinco partes (dedicado a su antiguo editor, Álvaro Díaz Huici), donde Argüelles ensaya una poética a partir de la lectura de Hatred of poetry, el famoso libro de Ben Lerner (por errata, en el libro pone Larner). Aprovecha para citar a algunos maestros: Vallejo, Frost, Szymborska, Bécquer, Claudio Rodríguez, JRJ. "La poesía no es asunto urgente / pero hace tanta falta".
"Mundo común" es un perfecto final para este libro tan sencillo como impactante. Su carga, sí, es de profundidad. Como la de toda poesía auténtica, la digna de tal nombre.
En un cuestionario redactado a partir de un encuentro de poetas asturianos en la mítica librería Cervantes de Oviedo, Argüelles comentó: "La poesía es siempre una exaltación de la vida, aun cuando su tema central sea el de la muerte, o precisamente por eso". Lo digo porque el segundo libro que voy a reseñar, Mar sin fin, se adapta muy bien a esa afirmación. Tiene que ver con un asunto muy literario (aunque no todos estén a la altura): el de la muerte del padre. Muy literario y, lo que para uno resulta más importante, capital en la vida de cualquiera. No es cuestión de mencionar libros pasados o recientes sobre el tema, pero todos tenemos en mente algunos. Dignos, la inmensa mayoría, sin que falte al menos uno al que catalogar de infame.
Dieciséis son los poemas que lo componen. Numerados y sin título. Fragmentos de un poema único.
Al frente, dos epígrafes. De Borges y Costafreda. Debes, se dice en el primero de la serie, "cuidar la intimidad de las palabras / que importan, recogerte en su sonido. // Es la manera que los muertos tienen / de amarnos, de seguir entre nosotros".
De inmediato el mar cobra protagonismo: "Porque yo vine para hablarte, mar". Más que una mera metáfora. Realidad vivida. Por quien escribe y por su padre, con el que dialoga: "Pero yo vine para hablarte, padre". Un mar concreto: el Cantábrico, en un lugar preciso: Gijón. "Por eso vengo cada tarde aquí", leemos en el poema II (uno de los más logrados), "como si el duelo de mis pasos fuera / otra forma de hablar contra el olvido".
Anoto algunos versos elocuentes: "Es un cómplice el mar". "Busco una música que nos reúna". "El dolor es costumbre". "Pasa mi vida y las claudicaciones". "La vejez es un pájaro cansado".
En el poema VIII (qué hermoso), "los lugares del padre": "grúas, minerales, / las metalurgias y los grandes buques, / el fabril horizonte de la rada" (donde se desliza un sutil homenaje a Martínez Sarrión).
"El mar dice verdad y yo la escucho", leemos en el IX, y: "Los poetas fundaron la verdad / del agua. Piensa en Hölderlin, ya loco / en su torre, en el mar de su mirada / al recordar la música perdida".
Sigo anotando: "No quiero las palabras neutras". "He buscado también tu eternidad". "El premio es madurar, amar la noche". "Mar o enigma".
El poema XV es clave. Concluye: "Hasta ti que eres padre de mi sombra, / cobijo de la oscuridad, frontera". En el último: "Al dolor doy lo suyo. Escucho, así, / la intensidad que dura todavía".
A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, Argüelles se dirige a nosotros en voz baja. La suya es una poesía sobria, coherente y honesta. De una lucidez conmovedora. “Pero lo sustancial, / todo aquello que importa de verdad, / llega de pronto y nos guarece / del sin sentido, / de sus grietas cotidianas”. “En realidad, / tan solo cuenta la emoción”.
A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, Argüelles se dirige a nosotros en voz baja. La suya es una poesía sobria, coherente y honesta. De una lucidez conmovedora. “Pero lo sustancial, / todo aquello que importa de verdad, / llega de pronto y nos guarece / del sin sentido, / de sus grietas cotidianas”. “En realidad, / tan solo cuenta la emoción”.
Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.
28.12.20
Como nieve que cae
Tenía
noticias de la nueva Colección Poesía de la editorial leridana Milenio,
dirigida por los poetas Ángels Marzo y Josep R. Rodríguez, pero no había tenido
en las manos ninguno de los tres libros publicados hasta ahora, de Vicente
Gallego, Yolanda Castaño (su antología Un cobertizo lleno de
significados sospechosos, prologada por Zagajewski, se ha alzado en su
tierra gallega con el premio Estandarte al mejor libro de poesía de 2020)
y José Mateos.
El
gaditano de Jerez de la Frontera
(1963), pintor, editor (de Libros Canto y Cuento), ensayista (Soliloquios
y adivinanzas, La Razón y otras dudas, Silencios
escogidos, Un mundo en miniatura, El ojo que escucha, Tratado
del no sé qué), narrador (Historias de un Dios menguante y
Un año en la otra vida), autor teatral (Proyecto Amniótica) y,
ante todo, poeta (Días en claro, Canciones, La
niebla, Cantos de vida y vuelta, Otras canciones, Un
sí menor, así como de las recopilaciones Reunión y Poesía
esencial), publica en ese recién estrenado catálogo Primavera, año cero, un volumen muy bien editado donde reúne treinta poemas
breves (que respiran muy bien entre los espacios en blanco que
propicia su amplio formato) a los que cabe sumar dos más, a modo de
prólogo y epílogo, respectivamente.
Ya habíamos tenido ocasión de leer solventes libros escritos
durante el confinamiento, ese triste encierro al que estuvimos sometidos
durante meses por culpa de la pandemia de la covi19. Diarios en
prosa con una sustancial carga reflexiva como La vida en suspenso (Fórcola), de Jordi Doce, o más ligeros
como Primavera extremeña (Alfagüara), de Julio Llamazares. En
poesía, más allá de algunas recopilaciones antológicas (A poema abierto, por ejemplo, un
proyecto coordinado por Amalia Iglesias para la Universidad de Salamanca), no
sabía de la existencia de ningún libro concebido y escrito en esas penosas
circunstancias. El de Mateos lo es. Pero cuidado, ya lo advierte desde los dos
primeros versos: “Olvida las palabras / que tú ya sabes”. Esto es, para nombrar
esa nueva realidad no sirven las viejas, gastadas palabras (“melancolía, sombra
/ poema, cárcel”): “A la tierra hoy desciende / otro lenguaje”. Y sigue: “Un
idioma distinto / para ignorantes”. “Un idioma que es pobre / y es tan suave //
que parece, en la noche, / nieve que cae”.
Y porque de lenguaje hablamos, la sencillez y la claridad son
las cualidades de éste, empeñado en conversar con el lector en voz baja, con
naturalidad y sin aspavientos. Con las palabras justas. Desde el misterio. Por
otra parte, quienes leemos a Mateos sabemos que la queja y la pena no es lo
suyo. Podíamos esperar, por eso, un libro verdadero y hasta alegre. Bondadoso y
compasivo también. Con sus gotas de melancolía, por supuesto. Un libro, al
cabo, esperanzador. Lo dice Eloy Sánchez Rosillo en la nota de la
contracubierta: “En
tiempos de oscuridad y desánimo, José Mateos ha escrito su libro quizá más
luminoso y sereno, lleno de confianza y de fe en la vida”.
Las tres partes de que consta se abren con hermosas citas de poetas anónimos del siglo XV (“probablemente”) que a uno le antojan –por su pertinencia– apócrifas.
La primera sección es la más alegórica. Y ahí, lo
trascendente (más que lo religioso), marca de la casa, que tampoco falta. “Un
ángel me habló en sueños: / —No salgas esta noche”. La
amenaza, el mandato.
En “Viernes Santo” leemos: “Más que nunca es ahora / que el
idioma se ha roto / y hasta el cielo se pudre”. Y termina: “Solo el que muere
entrega / sin reservas / su cuerpo”.
En “Borracho”, dando tumbos, “hay un dios que maldice nuestras leyes”. “Yo soy Dionysios”. Un discurso, digamos, que sigue en “Bacantes”: “Que el dios al que servimos / destruya la ciudad de nuestros padres”.
En “La cita” rememora su lucha con el “ángel sin nombre”: “Tú: la sangre, el esputo, / la carroña. Yo: el suave / silencio de la umbría, / el sol que vuelve, el agua”. “No sé por qué luchábamos. / No sé quién ha vencido”.
En “Oráculo”, ante una encina de Grazalema, se atisba otra verdad: “Se diría / que andamos a ciegas”. Y: “Se diría que habla / a quien sabe que habla”.
En “El mirlo”, el milagro: “Un pájaro se atreve / a cantarte, / recóndita, / suavísima alegría”. Y en “El jilguero”.
En “Canción sin confinar” leemos: “Lo cerrado es solo el miedo”.
La segunda parte se abre rememorando una visita al Aquarium de Alicante: “cómo la vida pasa sin nosotros”.
Las visiones, esas que nos facilitaban, a través de las ventanas y los balcones, salir de nuestro encierro, también nos permitían saber que la vida continuaba fuera, aunque aparentase estar en suspenso. Cuando escuchábamos el canto de un pájaro, pongo por caso. O, como en el poema “Azahar”: “¿Pero cómo no veis / en ese patio, el viento / libando eternidad / en la flor del naranjo?”. Pasa igual en “Canción que debería oler”: “Ese jazmín de qué incendio, / que ni yo sé en qué verano / con su olor bueno interrumpe / los peligros de la noche”. Detalles que “enamoran”. Que salvan. Como la tierra: “cuando pasa la Historia / solo ella permanece”. Porque “La historia de los hombres / es una historia de traición y lodo. / No quiero nada de ese viento errático. / Y me siento feliz flotando a la deriva.”(“Un 14 de abril”).
“De los álamos vengo” expresa la esencia de la poesía: “Yo sólo sé decir / lo que no sé decir: / cómo las mueve el aire”.
En “Primavera, 2020” confiesa: “La primavera es una / de las conjugaciones de la Tierra, / la que más amo”. “Tras los signos amenazantes y los augurios opresivos de los poemas iniciales del libro, irrumpe a pesar de todo y por encima de todo, con su temblor y su milagro, la primavera, que figura en estas páginas como símbolo de libertad, pureza y verdad”, dice Sánchez Rosillo en el texto antes citado.
“La intensidad es solo un anticipo / no sé de qué, de lo que
no sabemos”, dice en “Marcha Radetzky”.
El río Guadalete motiva otro poema: “río de pocas palabras / y certezas. Río hecho / de olvido, con esa calma / de lo que pasa por dentro”.
“Qué escaso el idioma” exclama en “Sueño”.
El padre y la madre inspiran dos poemas muy emotivos. “Y muy larga es la noche”, concluye el primero. “Tú no me dejes solo”, principia el segundo.
En un libro así no podía faltar una “Pequeña elegía”. Son tantos los que se han marchado: “Tú, tan llena de vida / (...) / también te has ido”. El pensador y poeta Jiménez Lozano es protagonista involuntario de otro in memoriam.
Con “Resurrección” termina la tercera parte: “Yo solo soy lo que dejó la muerte”.
El epílogo es una canción, una de sus formas poéticas preferida. La “final”. “No el junco o el guijarro / que se empeña en ser fondo; / el agua que resbala entre las manos”. “Un leve despedirse / y un no quedarse en nada”. “El agua, / la textura del agua, / el agua que resbala entre las manos”.
En un momento dado, José Mateos escribe: “¿Se cierra acaso un poema tras la última palabra?”. Huelga responder a esta pregunta retórica. Más en esta suerte de año cero.
Las tres partes de que consta se abren con hermosas citas de poetas anónimos del siglo XV (“probablemente”) que a uno le antojan –por su pertinencia– apócrifas.
En “Borracho”, dando tumbos, “hay un dios que maldice nuestras leyes”. “Yo soy Dionysios”. Un discurso, digamos, que sigue en “Bacantes”: “Que el dios al que servimos / destruya la ciudad de nuestros padres”.
En “La cita” rememora su lucha con el “ángel sin nombre”: “Tú: la sangre, el esputo, / la carroña. Yo: el suave / silencio de la umbría, / el sol que vuelve, el agua”. “No sé por qué luchábamos. / No sé quién ha vencido”.
En “Oráculo”, ante una encina de Grazalema, se atisba otra verdad: “Se diría / que andamos a ciegas”. Y: “Se diría que habla / a quien sabe que habla”.
En “El mirlo”, el milagro: “Un pájaro se atreve / a cantarte, / recóndita, / suavísima alegría”. Y en “El jilguero”.
En “Canción sin confinar” leemos: “Lo cerrado es solo el miedo”.
La segunda parte se abre rememorando una visita al Aquarium de Alicante: “cómo la vida pasa sin nosotros”.
Las visiones, esas que nos facilitaban, a través de las ventanas y los balcones, salir de nuestro encierro, también nos permitían saber que la vida continuaba fuera, aunque aparentase estar en suspenso. Cuando escuchábamos el canto de un pájaro, pongo por caso. O, como en el poema “Azahar”: “¿Pero cómo no veis / en ese patio, el viento / libando eternidad / en la flor del naranjo?”. Pasa igual en “Canción que debería oler”: “Ese jazmín de qué incendio, / que ni yo sé en qué verano / con su olor bueno interrumpe / los peligros de la noche”. Detalles que “enamoran”. Que salvan. Como la tierra: “cuando pasa la Historia / solo ella permanece”. Porque “La historia de los hombres / es una historia de traición y lodo. / No quiero nada de ese viento errático. / Y me siento feliz flotando a la deriva.”(“Un 14 de abril”).
“De los álamos vengo” expresa la esencia de la poesía: “Yo sólo sé decir / lo que no sé decir: / cómo las mueve el aire”.
En “Primavera, 2020” confiesa: “La primavera es una / de las conjugaciones de la Tierra, / la que más amo”. “Tras los signos amenazantes y los augurios opresivos de los poemas iniciales del libro, irrumpe a pesar de todo y por encima de todo, con su temblor y su milagro, la primavera, que figura en estas páginas como símbolo de libertad, pureza y verdad”, dice Sánchez Rosillo en el texto antes citado.
El río Guadalete motiva otro poema: “río de pocas palabras / y certezas. Río hecho / de olvido, con esa calma / de lo que pasa por dentro”.
“Qué escaso el idioma” exclama en “Sueño”.
El padre y la madre inspiran dos poemas muy emotivos. “Y muy larga es la noche”, concluye el primero. “Tú no me dejes solo”, principia el segundo.
En un libro así no podía faltar una “Pequeña elegía”. Son tantos los que se han marchado: “Tú, tan llena de vida / (...) / también te has ido”. El pensador y poeta Jiménez Lozano es protagonista involuntario de otro in memoriam.
Con “Resurrección” termina la tercera parte: “Yo solo soy lo que dejó la muerte”.
El epílogo es una canción, una de sus formas poéticas preferida. La “final”. “No el junco o el guijarro / que se empeña en ser fondo; / el agua que resbala entre las manos”. “Un leve despedirse / y un no quedarse en nada”. “El agua, / la textura del agua, / el agua que resbala entre las manos”.
En un momento dado, José Mateos escribe: “¿Se cierra acaso un poema tras la última palabra?”. Huelga responder a esta pregunta retórica. Más en esta suerte de año cero.
Primavera, año cero
José Mateos
Editorial Milenio, Lérida, 2020. 88 páginas. 12,00 €
José Mateos
Editorial Milenio, Lérida, 2020. 88 páginas. 12,00 €
27.12.20
Mirad, es bello y es verdad. Sobre la poesía de Antonio Gamoneda
A la vista de la ingente y hasta apabullante bibliografía sobre la obra poética de Antonio Gamoneda, al ponerme a escribir este texto sobre su poesía, consciente de mis limitaciones, he optado por trasladar al hipotético lector un relato lo más directo y cercano a lo leído y, en consecuencia, ajeno al discurso académico que tanto gusta a sus exégetas. Una lectura, en suma, y sólo eso; a sabiendas de que no soy filólogo y, como dice nuestro autor, “todas las lecturas son subjetivas” y “la realidad de una escritura se decide en la comprensión y el juicio de quien la lee”.
Sí he tenido en cuenta sus dos libros de
memorias, Un armario lleno de sombra y
La pobreza, porque “mi vida y mi escritura
[…] son el mismo asunto” y “La poesía no se parece a la vida o tiene que ver
con la vida, sino que es la vida”, así como sus propias palabras, algunas de
las muchas que ha dedicado a reflexionar, no sin estupor, sobre lo escrito, ya
sea en sus libros (la primera parte de La pobreza se
titula justamente “La escritura”), en artículos o
en las numerosas entrevistas que ha concedido, de las que sólo conozco una
mínima parte.
Como la mayoría de los lectores de mi generación,
descubrí el mundo poético de Gamoneda gracias a Edad (1987), la edición realizada por Miguel Casado para Cátedra donde
reunía poemas escritos entre 1947 y 1986. Con ese libro, Gamoneda pasó de ser
un perfecto desconocido, o casi, a conseguir el favor de los lectores y de la crítica.
Al año siguiente obtuvo el Premio Nacional, inequívoco anticipo de los
numerosos e importantes galardones que han venido después, incluido el
Cervantes.
Aunque Gamoneda es un enemigo declarado del
orteguiano método generacional, no por eso podemos soslayar lo anómalo de su
caso. De entre las promociones poéticas del siglo XX
establecidas por la crítica, cabe que didácticamente, el Grupo del 50, el de
“los niños de la guerra”, al que pertenece cronológicamente, era y es uno de
los más consolidados en términos de nomenclatura. Cuando vio la luz Edad,
insisto, su nombre no estaba en la nómina nuclear o canónica, una lista que no estaría
completa si faltara. Es verdad que si por algo se caracteriza su voz es por su
absoluta singularidad. Ajena a cualquier marco teórico grupal, no sujeta a
características compartidas o compatibles, sólo suena, y no es tópico, a ella
misma. Ha sido forjada desde la fidelidad a unos pocos maestros: Lorca,
Rimbaud, Mallarmé, Hikmet, Perse, Vallejo, Char, Trakl… Creadores de realidad,
diría él, como Juan de Yepes. Y a influencias como los veterotestamentarios, la
tragedia griega, el jazz, los espirituales negros, el surrealismo...
Escrita en “radical soledad y en
resistencia”, Tomás Sánchez Santiago dixit,
ha tenido imitadores, pero no discípulos. Estamos ante una voz grave y propia,
en sentido estricto, que es inseparable de un mundo único: el suyo. En una
entrevista publicada en Ínsula aseguró: “Ya he dicho muchas veces que
toda, absolutamente toda mi poesía es autobiográfica”. Por eso es necesario
recurrir, ya se indicó, a los mencionados tomos de memorias donde ha escrito,
diría él, su infancia y su juventud. Entre otras cosas porque los considera
parte de su poesía, aunque sea en prosa.
Antonio Gamoneda Lobón, hijo de Antonio y
Amelia, nació en Oviedo en 1931. Su padre, “poeta menor” y periodista, autor de
Otra vida más alta, murió pronto y esa muerte marcará para siempre la
vida (“jodida”) de su hijo, que con tres años viaja a León con su madre, otra alma
en pena, persona central en su existencia y protagonista de su poesía como sombra tutelar. Del armario real y simbólico
que da título a sus memorias de infancia recupera el poeta “los hechos”. Allí,
el desván y las palomas, el olor de la lejía, la máquina de coser Singer, las
enfermedades, la Guerra, los Agustinos, Sergia, el vecindario, el tren, los
milicianos y los presos de la cárcel, los zapatos de la abuela, el frío, las
peleas y los amigos, el banco… Y el odio, las penurias, el sufrimiento, la
vergüenza, el dolor, las humillaciones, la tristeza, el hambre, los sueños y la
muerte, aquello que ha venido conformando lo sustancial del mundo a que aludía,
su “cultura de la pobreza”, tan cervantina. De ahí también su conciencia
política, desde el accidente del obrero o la paliza de los falangistas.
En 1945 entra a trabajar en un banco con
un horario interminable y un sueldo de miseria. Como botones y meritorio. De
primeras, calefactor. “Yo vengo de la penuria y del trabajo alienado”, dijo en
su discurso del Cervantes. No pocas páginas de La pobreza le sirven para mencionar a los compañeros de
aquel oficio del que al final deserta para dedicarse a tareas culturales de la Fundación Sierra-Pambley. A
diferencia de su íntimo amigo Jorge Pedrero, él sí permaneció en el sufrimiento,
“soportándolo como una necesidad de la conducta necesaria”. Acosado durante
años por las depresiones (“una sola y continuada”) y por otras enfermedades
(“Quién sabe lo que es la enfermedad”). Librando, además, otra batalla
silenciosa: la de la clandestinidad política, en trajines sindicales, vinculado
al PCE. En medio, la familia: Angelines, su mujer (“vivimos el uno en el
otro”), y sus hijas: Amelia, Ana y Ángeles, además de su adorada nieta Cecilia,
a las que dedica líneas emocionantes en la parte final de sus memorias y en uno
de sus libros. Y la casa, ese refugio para un poeta de interiores. Y unos
cuantos viajes. Y por encima de todo, la poesía. Eje y razón de ser. Principio
de incertidumbre. Temor más que deseo. Todo está en Esta luz. Un libro, en rigor, nuevo.
Por su afán perfeccionista y juanramoniano de reescribir lo escrito. Si de por
sí toda lectura es nueva –uno nunca
lee el mismo libro–, más cuando el poeta modifica lo ya publicado, como hace al
caso. “No me atrevo a pensar que los poemas […] sean absolutamente otros, pero
tampoco creo que, «en el fondo», sean los mismos y, a veces, sospecho que
puedan ser la negación de lo anterior”, confiesa en el “Avisos y explicaciones”
con que comienza el primer tomo.
¿Y qué es ese “todo” a que hago alusión? Pues
a mi entender un continuo que abarca más de setenta años de creación poética.
Una “arquitectura poética” unitaria, digamos, pero que atiende a un principio apuntado
con agudeza por Gonzalo Hidalgo Bayal: “no se trata, pues, de escribir el mismo
libro, sino de tener el mismo centro”. Lo que uno ha leído, dejando para los
tesinandos la laberíntica faena de comparar las variantes de las sucesivas
ediciones, cuando no de los originales. De ahí que en los títulos se señalen
las fechas del entonces y del ahora, por transitorio que éste sea. Y ya que de
transitoriedad hablo, bien está que se reconozca el impecable quehacer del
editor, Jordi Doce, que ha cuidado hasta el detalle tanto la poesía completa
(de 1947 a 2019, con sendos epílogos de M. Casado) como el segundo volumen de
sus memorias. En éstas comenta sus primeros pinitos poéticos, presentándose a
concursos provinciales, lo que le deparó “una avergonzada notoriedad local”. De
ese periodo, donde identificamos con dificultad la voz del poeta, y bajo el
rótulo de “Primeros poemas”, se abre Esta luz con el libro La tierra y los labios, que, como
suele ocurrir, sin ser del todo suyo, presagia todos los demás. Ya se anuncian
en él temas u obsesiones que serán luego recurrentes. “Crece la muerte con la
vida”, leemos. O: “Cuánta luz, cuánto hielo, cuánta nada”. Ni el amor (así
expresado) ni los sonetos volverán. Con todo, es Sublevación inmóvil su
primer libro publicado. En la famosa colección Adonais. En él ya se atisba, y
hasta se concreta, su lenguaje poderoso y versos que aluden de forma inequívoca
a su mundo: “Mi corazón se oculta en la belleza”. “La belleza no es /un lugar
donde van a parar los cobardes”. “Yo sé / que la belleza no necesita ser
pensada”. “Me justifico en el dolor”. “Gira el mundo y nosotros / esperamos la
muerte”. Más allá del sufrimiento y de la muerte (“don de morir”), tan presentes,
la luz, la amargura, la melancolía, la música (de Bartok, por ejemplo).
Le sucede
Exentos, donde sigue cantando al amor, como en toda su primera
poesía (el libro está dedicado a María Ángeles) y a la figura de la madre. “La
vida es / una inmensa, profunda compañía”, escribe.
Blues castellano está escrito entre 1961 y 1966, aunque ve la luz en 1982. En
principio se tituló Actos e iba a ser editado por Batlló; sin embargo, se
publica mucho después, un lapso de tiempo que lo lleva a enmudecer. El salto cualitativo es evidente. Ahí, la desolación, la culpa,
la pobreza, el cansancio (un asunto recurrente), el dolor (“Aquí no hay otra
majestad que el dolor”). El blues afroamericano inspira un canto triste:
“Mirad, es bello y es verdad”.
En Exentos
II (que fuera Pasión de la mirada) se
acentúa la inventiva lingüística, que se barroquiza, sin que eso estorbe a una contemplación
rural: “Vi / ásperos pueblos, huertos silenciosos”. “Vivo sin padre”, leemos,
y: “La geografía del final es blanca”. “Aquí la muerte se reconcilia con la
luz”. “No / hay mayor lentitud que esta paciencia”. Versos de alguien que
“habita en la mirada / de la desolación”.
Descripción de la mentira es acaso su libro más valorado o conocido. En él adopta el
versículo (“dótame de talento para componer frases largas”, rogó Zbigniew
Herbert), que va a ser en lo sucesivo su seña de identidad sintáctica. Su tono
es inconfundible. Su poesía, inspirada, de aires bíblicos. “Nuestra dicha es
difícil”, lamenta. “Agradezco la pobreza para que la pobreza no me maldiga”.
“Atravesamos las creencias”, “un país sin verdad”. Frente al olvido, “mi
fortaleza está en recordar”, aunque, confiesa, “mi memoria es maldita”. La
soledad “ávida”, el miedo (“He temido tanto a la vida como a la muerte”), la
destrucción, la cobardía (“el único don de la imposibilidad”), la vergüenza, la
indiferencia, la inutilidad, el arrepentimiento… “De los desvanes baja un
clamor de palomas. Es el sonido de la infancia”.
Lápidas representa
la continuidad de un lenguaje personal y distinguible: “la lengua / se agota en
la verdad”, “la pureza de las palabras inútiles”. Versos bellísimos como:
“Pasaban trenes en la tarde y su tristeza permanece en mí”. La Guerra, León,
San Marcos… Tiene algo de crónica, de narración y, claro, de memoria. Al fondo,
la enfermedad, la convalecencia. “La vejez es blanca”. Y la melancolía (de los
tangos). “Siéntate ya a contemplar la muerte”. Cómo suenan sus silencios.
“Edad, edad, tus venenosos líquidos. // Edad, edad, tus animales blancos”.
Libro del frío vuelve a la naturaleza, pero humanizada. La segunda parte, “El
vigilante de la nieve” está inspirada en la vida de Jorge Pedrero, amigo del
autor y personaje al que dedica no pocas páginas emocionantes en La pobreza.
“Es la ebriedad de la melancolía”, escribe. De nuevo la muerte en primer plano:
“No tengo miedo ni esperanza”. “Amé todas las pérdidas”, leemos, y: “Amé las
desapariciones”.
Y ya que las mencionamos, el siguiente
libro fue Arden las pérdidas. A
propósito de la ironía, un rasgo de modernidad que Gamoneda apenas utiliza,
escribe: “la ironía no pertenece al estilo de mi clase”. Y añade: “Teníamos
cierto derecho al patetismo”. Y por fin: “La ironía era una forma de
elegancia”. Usa entonces la palabra “naturalidad”. Habla de “respirar el
poema”. Y matiza que algo no es poesía “si no se hace en un lenguaje de la
especie poética”. “Todo es presagio”. Misterio. Y de nuevo la locura (“la
locura es perfecta”), el suicidio, la vejez (“Así es la vejez: claridad sin
descanso”, “Es la agonía y la serenidad”), la ira, la extrañeza (“¿Soy yo quien
mira con mis ojos?”, “Vivir es extrañeza”), el desdoblamiento (“Te habitas a ti
mismo, pero te desconoces”) y siempre la muerte (“He gastado mi juventud ante
una tumba vacía”, “No sé quién pero alguien ha muerto en mí”) o, mejor, la
supervivencia de un muerto en vida que cree que “la única sabiduría es el
olvido”.
Cecilia
es un oasis en la obra poética gamonediana. Su
título es el nombre de su nieta. Una persona fundamental en su vida. De la que
habla, lo detallamos, en sus memorias, donde narra una curiosa anécdota que
protagonizó, por la infantil invención de un verso lorquiano. Brilla en Cecilia la alegría, un sentimiento impropio
del poeta. “No estás en ningún lugar y hablas con palabras cuyo significado
desconoces. Así es también mi pensamiento”. “Tú eres mi enfermedad y tú me
salvas”.
Cierran el primer volumen de esta poesía
completa Exentos II y Mudanzas, una suerte de traducciones
libres de versos de Hikmet, Mallarmé y de Plinio, Dioscórides y otros, así como
espirituales negros.
Los textos de los griegos anticipaban Libro de los venenos, que se une por
primera vez a la poesía reunida y que justifica su aversión a los géneros, pues
que la poesía va mucho más allá del encorsetamiento formal impuesto por la
lírica al uso.
En Canción
errónea leemos: “Definitivamente, me he sentado / a esperar la muerte /
como quien espera noticias ya sabidas”. Continúa su incesante diálogo consigo
mismo, esto es, con lo ya escrito. Y de nuevo las dudas: “las palabras carecen
de significado”. “No / está pues clara la razón lingüística”. “Sin miedo ni
esperanza, / cesar”. Y: “Compréndelo: / no existe más que una palabra
verdadera: / no”. A lo Whitman: “Amo mi cuerpo”. “Amo este cuerpo viejo y la
sustancia / de su miseria clínica”. Otra vez el cansancio: “Ya he llegado. / No
sé /a dónde. Estoy / muy cansado”. “He vivido y no sé por qué”. “Ahora / he de
amar mi propia muerte / y no sé morir”.
Vuelven el frío, los recuerdos hermanos
del olvido, las “palabras inmóviles”, su madre, Cecilia, la luz… “¡Cuánta niñez
bajo mis párpados!”. Y una inquietante conclusión: “haber / vivido sin / saber
para qué y / morir sin / saber para qué”. “Elementalmente sufro”.
La
prisión transparente comienza: “Estoy cansado”.
“De mí mismo; de mi enemistad conmigo mismo”. “Estoy solo”. Parecen anotaciones
de un diario, el que esta poesía refleja a lo largo. Se pregunta acerca de la
verdad, que “es improbable”. Anota: “Es principal saber que no se necesita la
vida: se vive la escritura”. Que “las palabras no son ni significan: fingen”.
Que “Yo quiero vivir en las palabras”. Es él “el prisionero de mí mismo”. “He
de huir”. Porque “Este no es el lugar”. “El error es mi realidad”.
En No
sé leemos: “agonicemos simplemente, / agonicemos”. Es un libro
fragmentario. Más que otros. Con espacios que habría que rellenar. Siguen allí
los desvanes y las palomas. Ante él, “el vacío y el vértigo”, “el último
sosiego”, “la última ebriedad”. “Me confundo en mi propia extrañeza”.
Las
venas comunales es acaso la mayor sorpresa del
volumen. Dice en la pobreza que “no
es el último libro que he escrito, pero lo parece”. Regresa la mejor poesía de
Gamoneda. La más suya. “Mi muerte está ya prevista en la mirada de Angelines y
en algunos silencios de mis hijas”. “Los lunes estoy loco: padezco de
esperanza”. “Aún ahora, todavía guardo / la sábana negra de mi niñez”. “Me
excede la claridad”, escribe, aunque “He de entrar, sin embargo, / en la última
luz”. “Tiene que llover”. “me sorprendo de estar vivo y / de saberlo”. “Ya es
difícil vivir. Sería excesivo // que fuese también difícil // morir”. “He aquí
la pobreza”. Piensa que su “tarea más urgente” es “aprender a morir”. Y apunta:
“No te entristezcas. Quizá la muerte sea la madre de la vida”. “Compruebo que
no hay más que vejez en mí”. “En cualquier caso, yo prefiero cesar en mi propio
silencio”.
En Mudanzas
II vierte a Trakl, los Cantos del rey
Nezahualcóyotl, Mallarmé, Helder, algunos griegos...
Este segundo volumen se cierra con Últimos poemas. Lo protagonizan la
ancianidad (con toques escatológicos), algún viaje (a Lima) y la memoria
(“Recuerdo un verano”). Con aires testamentarios, escribe: “Por lo que a mí
concierne // disiento de la vida y de la muerte”. Con aliento póstumo: “Esta
escritura es una casualidad” “O una fábula”. “Ahora es otra edad”. Al cabo,
“Cada uno supo que estaba solo y que iba a morir”.
Si tuviera que detallar, en un tono
didáctico, los asuntos que centran esta magna obra lírica, empezaría por su
propio concepto, el que tiene de la poesía. “Pensamiento impensado”, dice. Ni
literatura ni ficción. “la poesía, la verdadera, la legítima […] no es palabra
ornamentada, sino, básicamente, creación
y revelación”. “En poesía, «se piensa
lo que se dice», al contrario que en la expresión convencional, en la que se
«se dice lo que se piensa»”. “Cuando escribo poesía –explica–, no soy
consciente de lo que pienso hasta que lo he dicho”.
Es “un arte de la memoria”, “antes
sensible que inteligible”, “se cumple en la percepción” (que es “comprensión), “símbolo”.
“Identificable como un hecho existencial”. “Lenguaje «otro»”. Es “conciencia de
la usura del tiempo vivido y ésta es una conciencia mortal”. Son muchas las
ocasiones en que el autor ha expresado que, a su entender, “la poesía existe
porque existe la muerte”, que “está concebida –al menos la suya– desde la
perspectiva de la muerte”, aunque aclare que “mi contemplación de la muerte se
produce y alcanza su mayor intensidad […] en el amor a la vida”.
“Lenguaje insurgente”, de resistencia,
por seguir al filósofo José Luis Pardo. Porque la poesía tiene la posibilidad
“de hacer existir lo que no existe”. Esto
nos lleva a otro tema axial: el de la realidad, que no el realismo, “que es una
simple verosimilitud” y no “realidad objetiva”. “Porque en poesía el
realismo tiende a no ser nada” y “confundir el
realismo con la realidad es una simpleza vagamente literaria”. “Está
generalizada –añade– una visión demasiado simple de la realidad” y dice
necesitar “la realidad como es y como no es”.
Por eso, en lo que respecta a la realidad,
entendida en su más amplio sentido, tienen tanta importancia en sus versos (y
en su vida, tanto da) los sueños, el duermevela, los sonambulismos, las alucinosis
auditivas, los delirios... Esas “visitas” a las que hace referencia en La pobreza. Porque la poesía, sostiene,
“es una realidad en sí misma y por sí misma”.
La subjetividad prima. Cuando “cesa en mí
el dominio de la subjetividad, me extravío en textos y contextos y advierto la
ausencia de poesía”. En otro lado revela: “el conocimiento surgía directamente
de la experiencia y de una reflexión breve y sencilla de la experiencia”.
Cree que “el lenguaje esencial poético es
a su vez instantáneamente subjetivo”.
Él lo enlaza con la “cultura de la pobreza” que caracteriza su discurso
poético; así, “en nosotros, «los de la pobreza» […], la subjetivación radical y
el patetismo resultarán naturales y nuestro lenguaje no estará «normalizado»
porque […] será un lenguaje poética y semánticamente subversivo”. Y ya que del
lenguaje hablamos, será pertinente aterrizar en un asunto redundante y
espinoso: el del presunto hermetismo de esta poesía tildada de irracionalista.
En “Escritura”, confiesa que “le asaltan” esos dos calificativos. “Discrepo.
Discrepo cuando se trata de considerar lenguajes poéticos veraces.” Se refirió antes a que “el lenguaje de la poesía será –ha
de ser– veraz”. Piensa que la democracia liberal “engendra una escritura
poética [poética y no poética] cuyo valor es un valor de mercado, no de creación ni de revelación” (el subrayado es mío). “Desaparece el sentido, que se sustituye por el ingenio
o por algún realismo fácil y funcional”. Y concluye: “Instalarse en el
pensamiento débil, en la proximidad de la no significación, es una estupidez
grotesca ante el hecho capital de que vivimos para la muerte y lo sabemos”. En
una conversación con Javier Rodríguez Marcos (El País) comentó que el lenguaje de la poesía es “un lenguaje
distinto y como tal se opone al usual, que es propio del lenguaje del poder,
aquel encargado de decir lo decible”.
Este lector recuerda al inglés Geoffrey
Hill, lo de “somos difíciles”. Gamoneda podría parafrasearlo: “Creo que el arte
tiene derecho –no la obligación– de ser difícil si así lo desea”. En otro
contexto, éste ha escrito: “Mi incoherencia consiste en ser consciente de mi
incoherencia”. Matiza: “la poesía es antes sensible que inteligible o,
diciéndolo de otra manera, es inteligible bajo condiciones de sensibilidad”.
Algo que se vincula de inmediato con la música y el ritmo que esa poesía conlleva,
pues “el pensamiento poético se produce también rítmicamente”, ya que “su valor
musical está en el que sea estado original del pensamiento”. Y asevera: “La
música –la rítmica al menos– es parte en las significaciones poéticas”. No en
vano, “El
pensamiento poético es un pensamiento que canta” y “la
escritura poética, aunque carezca de componentes melódicos, posee valores
rítmicos y estos son medularmente musicales”.
Es más la incertidumbre, ese ir a tientas
(“desconozco las causas de la escritura y padezco el desconocimiento”), a la
intemperie, ese “he escrito lo que sé y lo que desconozco, y lo uno y lo otro
es lo mismo” o ese “estoy hablando conmigo mismo antes que escribiendo”, lo que
dota a esta poesía de esa alta dosis de indefinición o de apertura que sólo el
lector atento y paciente es capaz de discernir o siquiera vislumbrar. Ese “no
entender entendiendo” del santo carmelita. Por expresarlo en los términos
ferlosianos, lo de Gamoneda es genitum (inspirado)
y no factum (fabricado).
Su universalidad parte, como siempre que
lo es de verdad, de su localismo: yo, mi casa y mi ciudad. La del que dice ser,
qué paradoja, “prototipo de poeta provinciano”. Un hombre que trae a la
escritura “una herida”: “Mi poesía y mi vida se han formado llevando en sí las
marcas del sufrimiento que, en la infancia, en la adolescencia y en la
juventud, recayó en mi existencia y sobre la de tantos otros españoles: el
sufrimiento derivado de la orfandad, el desgarramiento de la guerra civil y la
pobreza”. De esa “cultura” proviene. De la que “se genera en las carencias y en
el cansancio”. Donde habita la “radical esencialidad poética”. Gamoneda habla “desde
el interior de la pobreza”. Esa pobreza es su verdadera poética. “Lo
poético, esa luz”, escribió Adam Zagajewski. Esta luz, la que irradia la poesía original de Antonio Gamoneda.
Nota: Este artículo ha sido publicado en el número 136 de la revista TURIA, en la sección "Letras".
23.12.20
Unas cuantas revistas
Parece que no, pero sí, las revistas literarias en papel siguen gozando de buena salud y uno se alegra de poder tenerlas en las manos; de verlas, tocarlas y olerlas como si de un libro se tratara. Son varias las que han llegado en estas últimas semanas, las que abrochan este penoso año que será difícil de olvidar.
La extremeña SUROESTE (voy a escribir sus nombres con mayúsculas) llega a su número 10, aunque parezca mentira. Sé bien que estas empresas son complicadas y más si dependen de subvenciones oficiales, no digamos en Extremadura, que en política cultural hace mucho que dejó de ser lo que fue. Cómo olvidar a Antonio Franco, el que fuera director del MEIAC, uno de sus impulsores, que logró vincularla a la Fundación Ortega Muñoz con la complicidad manifiesta de Clemente Lapuerta, otro puntal de ese edificio literario que gobierna con mano segura Antonio Sáez Delgado, su director. Heredera, siquiera en parte de su espíritu, de Espacio/Espaço escrito (pudo seguir viva y llamándose así de nos ser por la hosca negativa de alguno), Sáez, profesor de la Universidad de Évora, traductor, estudioso y lusista ejemplar, le garantiza su esencia portuguesa. Tampoco es cosa de ignorar que la Editora Regional está en el empeño también, otra pata de este sólido, sobrio banco rayano. El número 10, ya digo, celebra esa primera década y conmemora el inesperado fallecimiento del citado Antonio Franco, al que homenajean un puñado de amigos (Martín Carrasco Pedrero, Nilo Casares, Remigio Cordero, Perfecto E. Cuadrado, Miguel Fernández-Cid, Javier Fernández de Molina, Nuria Flores Redondo, Claudia Giannetti, José Jiménez, Clemente Lapueta, Leona, Iván Marino, Salvato Teles de Menezes, César Antonio Molina, Mon Montoya, Miguel Murillo Gómez, Ángela Pérez Castañera, António Cerveira Pinto, Isidoro Reguera, Gustavo Romano, Manuel Rosa, Antonio Sáez Delgado, Ángela Sánchez y uno mismo) en una bonita separata que tiene en la cubierta un retrato del historiador del arte español, comisario de exposiciones, crítico y fundador del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo. Para eso se ha compuesto un volumen de 235 páginas sobre la "poesía actual". Como es norma en esta revista denominada de "literaturas ibéricas", nos referimos a la poesía actual en español, portugués, vasco, gallego, catalán, asturiano y aragonés. De todas y cada una hay un estudio introductorio y una muestra, en función, como es lógico, del número de hablantes (en este caso, escribientes) de cada una de ellas. Importantes son todas, sin duda, pero no todas son usadas por igual, sobre todo en lo escrito. Por eso la antología más amplia es la de poesía en castellano. De esa selección se ha cuidado con solvencia Antonio Rivero Machina, que ha elegido a 12 poetas. Cabe decir de ésta, como de todas, que su criterio manda y que, en consecuencia, unos echarán en falta algún nombre y a otros alguno les sobrará. Normal. Para no extenderme demasiado, citaré a los respectivos presentadores y el número de poetas elegidos: Pedro Serra (portugués, 7), Montse Pena Presas (gallego, 5), Martín López-Vega (asturiano, 3), Jon Kortazar (vasco, 5), Chusé Raúl Osón (aragonés, 3) y Adrià Targa (catalán, 10). Como se ve, estamos ante críticos de reconocido prestigio, como suele decirse, por lo que las diferentes nóminas tienen garantizada su calidad. No cabe duda, en fin, que estamos ante un documento fundamental para conocer el panorama lírico ibérico. Y al módico precio de 12 euros. Sin obviar que está editado con sobriedad y elegancia, con el sello inconfundible que nos legó el añorado Luis Costillo, que hasta su muerte se ocupó del diseño.
Impresiona, como suele, la nueva entrega, número 136, de la aragonesa TURIA. El cartapacio, seguimos en territorio ibérico, está dedicado a Lídia Jorge. Lo coordina Enrique Andrés Ruiz y, por consiguiente, es un esplendido dosier. No falta en él la colaboración del recién nombrado Antonio Sáez y es su hermano Luis, a la sazón director de la Editora Regional de Extremadura, quien la entrevista. En el índice puede comprobar cualquiera quiénes escriben sobre la obra de la narradora portuguesa, último premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Por cierto, digo narradora, pero sus poemas, traducidos por EAR, me han parecido estupendos, dignos de ser trasladados al español. Su único libro de poemas, publicado en 2019, es Livro das Tréguas y tiene sólo 104 páginas.
Además, lo habitual: ensayos, inéditos en prosa y verso, entrevistas, los diarios del director, Raúl C. Maícas (que van a más)... En lo personal, me siento muy honrado por la doble aparición en escena: con un texto extenso sobre la poesía de Antonio Gamoneda (que abre el volumen de casi 500 páginas) y una reseña firmada por José Luis Melero sobre Porque olvido. Un lujo.
Y hablando de lujos, qué decir de la veterana y malagueña LITORAL, que dirige Lorenzo Saval con la ayuda de María José Amado, adjunta a la dirección, y Antonio Lafarque, editor de contenidos. Qué explosión de arte y poesía por sus cuatro costados y qué bien elegidos. El monográfico, de casi 400 páginas, lleva por título Mundo sensible y tiene diversos apartados, que a su vez se subdividen en otros; a saber: "Cosmogénesis", "La Tierra", "Los cuatro elementos", "La vida", "Mundo humano", "Mundo urbano", "Land Art", "Mundo vegetal", "La naturaleza", "Las cuatro estaciones", "Ecología", "Pacifismo", "Mundo mineral", "Mundo amenazado", "Mundo exterior", "Utopías", "El futuro" y "Humor enmascarado". Imagínese el lector lo que puede encontrar ahí entre poemas, dibujos, cuadros, fotografías, etc. El índice de ilustradores ocupa dos páginas. El de escritores... Hasta de uno hay un breve poema ("Aguas"), en la página 38, al lado de otro, más breve aún, de José María Micó ("Agua"), junto a una cita de la murciana Dionisia García y bajo una sugerente obra del neoyorkino Bill Viola (el “Rembrandt del
videoarte”, según dicen): "Disolución, 2005".
El poema, algo abstracto, de mi plaquette Lugar del elogio, del remoto 87, dice: El agua retorna a lo evidente. / Es su dominio inmóvil. // Nada transgrede su volumen, nada / su ser transforma. // Una piedra dibuja : la espiral nombra. / Flota un cuerpo y el río desaparece.
CUADERNOS HISPANOAMERICANOS envejece estupendamente. En su número 846 hay, por lo menos un par de asuntos más que interesantes; así, un amplio dosier dedicado al escritor mexicano nacido en Florencia Alejandro Rossi, autor de uno de los libros más geniales de nuestra lengua: Manual del distraído, y una entrevista de J. Á. Juristo a Fernando Castillo, otro conspicuo personaje de nuestras letras, un raro e inclasificable historiador que escribe. Entre otras obras (no pocas en la editorial Fórcola) Un cierto Tánger. Sólo por eso...
Cierro este bonito escaparate revisteril con SIBILA, que alcanza su número 62. "Es pertinente hablar de la tristeza", dice Piedad Bonnett en uno de los poemas con los que se abre esta espléndida entrega que ilustra a todo color Alberto Corazón. La música la pone esta vez Félix Ibarrondo ("Barne Hegoak"). Más allá, versos de, entre otros, José Luis Rivas, los novísimos Luis Alberto de Cuenca, José María Álvarez, Alejandro Duque Amusco y Marcos-Ricardo Barnatán, Gina Saraceni, Martín López-Vega o Susana Benet. También se puede leer un cuento precioso de Fabio Morábito, una obrita de teatro de Antonio Garrigues Walker o un ensayo de Óscar Hahn donde se pregunta si Rubén Darío fue un precursor de Nabokov. Menuda fiesta.
21.12.20
La poesía inexplicable de Eloy Sánchez Rosillo
Eloy
Sánchez Rosillo
Tusquets
Editores, Barcelona, 2020. 160 páginas.
Nacido en Murcia en el
48 del siglo pasado, Rosillo reunió sus diez primeros libros de versos en Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017, publicado en 2018 por Tusquets, su
editorial desde hace veinticinco años.
Acierta el crítico Juan Marqués cuando dice que “siempre que nos encontramos ante la grata oportunidad de escribir sobre la poesía de Eloy Sánchez Rosillo nos vemos también ante la paradoja de tener que escribir sobre algo sobre lo que no se puede (o casi no se debe) decir nada: la poesía de Sánchez Rosillo no se puede explicar ni comentar, sólo se puede citar”. Por ejemplo cuando en uno de los poemas centrales de La rama verde dice: “lo que vale es saber hacerlas sin tropiezos, / como el que bebe agua”. Se refiere a los tipos de frases y evoca una clase de sintaxis, pero en realidad está explicitando su poética: la de la naturalidad. Porque “el fondo está a la vista, en lo inmediato”.
Sí, estamos ante un nuevo capítulo del mismo libro (que diría su amigo Andrés Trapiello), ante nuevas páginas de su diario (que sigue, por cierto, el orden de los meses del año y de las estaciones y donde no falta la habitual tabla cronológica de los poemas). Y ahí, el enigma de que lo de siempre nos parezca novedoso. La infancia en el campo, la casa de la playa y el balcón a levante, el jilguero o el verdecillo que cantan en el jardín, la leopardiana luna de sus noches, los paseos entre huertos junto al río (“Es un lugar del alma, no del mundo / y te encuentras en él contigo mismo”), etc.
Y ahí, las situaciones comunes, los hechos cotidianos expresados con la claridad de quien pretende conversar con el lector de tú a tú, confidencialmente y en voz baja. Como “En la mañana inmensa” lo hace con su hijo. En un tono melancólico (“yo pertenezco a la melancolía”, “y yo me pierdo en mi melancolía”), propio de quien siente “alegría en la tristeza”.
Y ahí, la luz mediterránea, iluminando “esta inmensa mañana que es la vida”. La de este poeta murciano que apenas se ha movido de su ciudad natal (que es su pequeño universo), aunque “el vivir / todo lo muda”, y que se siente extraño, pero a gusto, en Pamplona, Cuenca o Bogotá. “Existir es eso: / un azar incesante”, escribe. Una rareza. Una mezcla de “contrastes” y “compensaciones”. De siempres y de nuncas.
“Tú estás a salvo en la memoria”, afirma, por eso le resulta tan fácil, siquiera en apariencia, regresar al niño que fue, con sus miedos y sus sueños (una palabra que se repite), o al adolescente que sufría (“Era septiembre”) o, en fin, volver a ver a su madre, más allá de la muerte (“Reencuentro”). A veces esos poemas tornan pequeños relatos, como “Viento del existir” o “El miedo”.
Un tema ocupa no pocos versos del conjunto: el amor. El de la madurez, que no deja de ser el mismo de la juventud: “si tú estabas allí, / lo demás era poco”. Porque el recuerdo es “presente puro y vivo”.
La de esta poesía es “una música que emociona y consuela”. Propia de quien mira con atención cuanto sucede a su paso y, ante ello, se muestra una y otra vez perplejo, como si todo lo viera por primera vez, ya sea un amanecer o una fila de hormigas invasoras en su terraza. “Asómate al misterio”, invoca. O: “Sin saberlo es la vida: / mírala”. Y añade: “Sucede así: el misterio no se abre / sino al que ya lo habita”.
“Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida”, concluye. Porque “Todo está bien”, un guiño guilleniano.
“Qué dulce esta ansiedad de la inminencia”, anota, al tiempo que señala: “Tengo setenta años / y ha pasado la vida”.
Acierta el crítico Juan Marqués cuando dice que “siempre que nos encontramos ante la grata oportunidad de escribir sobre la poesía de Eloy Sánchez Rosillo nos vemos también ante la paradoja de tener que escribir sobre algo sobre lo que no se puede (o casi no se debe) decir nada: la poesía de Sánchez Rosillo no se puede explicar ni comentar, sólo se puede citar”. Por ejemplo cuando en uno de los poemas centrales de La rama verde dice: “lo que vale es saber hacerlas sin tropiezos, / como el que bebe agua”. Se refiere a los tipos de frases y evoca una clase de sintaxis, pero en realidad está explicitando su poética: la de la naturalidad. Porque “el fondo está a la vista, en lo inmediato”.
Sí, estamos ante un nuevo capítulo del mismo libro (que diría su amigo Andrés Trapiello), ante nuevas páginas de su diario (que sigue, por cierto, el orden de los meses del año y de las estaciones y donde no falta la habitual tabla cronológica de los poemas). Y ahí, el enigma de que lo de siempre nos parezca novedoso. La infancia en el campo, la casa de la playa y el balcón a levante, el jilguero o el verdecillo que cantan en el jardín, la leopardiana luna de sus noches, los paseos entre huertos junto al río (“Es un lugar del alma, no del mundo / y te encuentras en él contigo mismo”), etc.
Y ahí, las situaciones comunes, los hechos cotidianos expresados con la claridad de quien pretende conversar con el lector de tú a tú, confidencialmente y en voz baja. Como “En la mañana inmensa” lo hace con su hijo. En un tono melancólico (“yo pertenezco a la melancolía”, “y yo me pierdo en mi melancolía”), propio de quien siente “alegría en la tristeza”.
Y ahí, la luz mediterránea, iluminando “esta inmensa mañana que es la vida”. La de este poeta murciano que apenas se ha movido de su ciudad natal (que es su pequeño universo), aunque “el vivir / todo lo muda”, y que se siente extraño, pero a gusto, en Pamplona, Cuenca o Bogotá. “Existir es eso: / un azar incesante”, escribe. Una rareza. Una mezcla de “contrastes” y “compensaciones”. De siempres y de nuncas.
“Tú estás a salvo en la memoria”, afirma, por eso le resulta tan fácil, siquiera en apariencia, regresar al niño que fue, con sus miedos y sus sueños (una palabra que se repite), o al adolescente que sufría (“Era septiembre”) o, en fin, volver a ver a su madre, más allá de la muerte (“Reencuentro”). A veces esos poemas tornan pequeños relatos, como “Viento del existir” o “El miedo”.
Un tema ocupa no pocos versos del conjunto: el amor. El de la madurez, que no deja de ser el mismo de la juventud: “si tú estabas allí, / lo demás era poco”. Porque el recuerdo es “presente puro y vivo”.
La de esta poesía es “una música que emociona y consuela”. Propia de quien mira con atención cuanto sucede a su paso y, ante ello, se muestra una y otra vez perplejo, como si todo lo viera por primera vez, ya sea un amanecer o una fila de hormigas invasoras en su terraza. “Asómate al misterio”, invoca. O: “Sin saberlo es la vida: / mírala”. Y añade: “Sucede así: el misterio no se abre / sino al que ya lo habita”.
“Lo importante es vivir, aunque el vivir nos duela, / estar vivos del todo mientras dure la vida”, concluye. Porque “Todo está bien”, un guiño guilleniano.
“Qué dulce esta ansiedad de la inminencia”, anota, al tiempo que señala: “Tengo setenta años / y ha pasado la vida”.
Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
18.12.20
La poesía de Judith Wright
Su biografía es novelesca. Y algo así
será La mitad de una vida, como tituló sus memorias. El ejemplar traductor (lo que he leído es excelente
poesía en español) nos cuenta su vida en el minucioso prólogo que precede a sus
versos. Wright nació en 1915 en Nueva
Gales del Sur donde llegó su familia, desde Inglaterra y Escocia, a principios
del siglo XIX. Pasó su infancia en una explotación ganadera, lo que explica su
interés por el campo y la naturaleza. Con una abuela de carácter, una madre “recluida
y enferma” y sirvientes aborígenes. Muerta la madre, se educa en la fortaleza
de la abuela. Cuenta con la ayuda de su padre. Su decisión de ir a la
universidad se fundamenta en su afán de independencia. Estudia Historia y
Filosofía en Sídney. Al terminar, viaja por Europa. Estamos en los prolegómenos
de la Segunda Guerra Mundial, en la que, ya en su país, colabora. En el 43 se
traslada a Brisbane y pronto conoce al gran amor de su vida, el escritor y
filósofo Jack Philip McKinney, un hombre separado, veterano de guerra y veinticuatro
años mayor que ella.
En 1946 publica su primer libro de
poesía: La imagen en movimiento, que al parecer fue muy bien recibido tanto
en Australia como en la metrópoli. Dos años más tarde ve la luz Las
generaciones de los hombres, una crónica familiar. En el 50, la pareja se
va a vivir a un cottage y nace su única hija, Meredith. A
finales de esa década, enferma NcKinney. Se casan en el 62 y él muere en el 66,
fecha en la que ella inicia una nueva etapa. Enseña literatura en la
Universidad de Queensland (fue una importante ensayista literaria, una adelantada
en los estudios de la literatura de su país, con trabajos sobre autores
como Charles Harpur y Henry Lawson y obras como Inquietudes
en la poesía australiana). Para entonces ya es una mujer con una fuerte
conciencia política, defensora de las “antiquísimas tradiciones aborígenes” y
de los derechos de los primeros pobladores de ese continente, algo que a la
fuerza relaciona con la “herida colonial”. A esa lucha dedicará su libro El
grito por los muertos. Sus canciones y sus mitos forman parte de su propia
cultura y, en consecuencia, de su poesía. Ya que la mencionamos, digamos que su
otra línea maestra, como anticipamos, se apoya en otra defensa, la de la
naturaleza y el paisaje, de la flora y la fauna de su tierra natal. Fue una
pionera del ecologismo australiano. No en vano fundó, a mediados de los
sesenta, la Sociedad para la Preservación de la Vida Salvaje de Queensland y fue
una de las defensoras de la Gran Barrera de Coral (de ahí su libro El
campo coralino de batalla).
La muerte de su marido le impulsa a defender su legado
intelectual. Sus ideas (condensadas en el libro La estructura del
pensamiento moderno, Londres, 1971), nos explica el prologuista, son
fundamentales para ella. Como su poesía lo fue para él, matiza. Ambos estaban, grosso modo, en contra de la técnica y a
favor del “entusiasmo por la experiencia poética como manera de «habitar
el mundo»“. Aquí Fernández Castillo (estudioso de la obra de José Ángel
Valente), con gran sentido de la oportunidad, echa mano de un concepto del autor
de Las palabras de la tribu, el del “lugar del canto” (lo que, en
lo personal, me obliga a empatizar con esta poética de las antípodas), esto es,
“un sentimiento del lugar ajeno a la noción de «patria» basado en la
creación de un vínculo propio entre lo singular y lo universal. Poetizar
-concluye- es así habitar un espacio, aprender a mirarlo”. Por eso esta poesía
es mucho más que mera poesía paisajística, como veremos.
A finales de los setenta su poesía traspasa las
fronteras nacionales y empieza a ser traducida fuera. En Estados Unidos, por
ejemplo. Se suceden los reconocimientos y los viajes. En 2000 muere en
Canberra.
Se puede afirmar que hasta su llegada no hay en
Australia un poeta, digamos, considerable. A la altura de la poesía de su
tiempo. Famosa en vida, alcanzó el tratamiento de “poeta nacional”. Sus versos
se leen en los libros de texto escolares.
Así resume Fernández Castillo su aportación: “Reacia a
derivas posmodernas y rupturas formales, la poesía de Wright persigue la
precisión y la transparencia de la palabra que sea «lugar del canto»,
enclave desde el que reflexionar en torno al paisaje y al paisanaje australiano”.
“Un vínculo con el lugar que no excluye (...) el conflicto”. Y añade el
traductor: «La contemplación de la naturaleza en la poesía de Wright, si bien
recurre a veces a interpretaciones simbólico-alegóricas más tradicionales,
oscila entre el materialismo descarnado y la nostalgia de lo numinoso, de una
perdida sacralidad natural que, esencial en las formas aborígenes de habitar el
mundo, contrasta con el utilitarismo voluntarista de la modernidad
occidental».
Quien tan bien conoce su obra y con tanta lucidez la
explica no podía errar en la selección de sus poemas para el debut de la
australiana en el panorama lírico hispano. Los ordena en orden cronológico y
proceden de los doce libros que publicó, entre ellos: Los dos fuegos, Pájaros, Cinco
sentidos, Sombra, Viva y Morada
fantasma.
El primero no podía ser más apropiado: “El surfista”.
“Las hermanas” forma parte de una serie, podríamos
decir, donde lo narrativo se mezcla con lo lírico y ello, a su vez, con la
memoria familiar. La de su infancia y la vida cotidiana que llevó en una granja
instalada en aquellos “remotos enclaves occidentales”. “El pasado perdido / se
mueve entre las sombras ocres de la veranda”, leemos. Me refiero a poemas como “Eva
a sus hijas” (una divertida fábula), “Recordando a una tía” (“La alabo por su
orgullo y su silencio. / El arte habita en ambos”) o “Fotografía de boda, 1913”.
Wrigth expone sus sentimientos y sus pensamientos a
través de imágenes de la naturaleza, como en “Árbol de fuego en una cantera”.
De ahí proceden sus símbolos: el río, las aves, la flor, los árboles... La
serpiente (lo que puede dar de sí la piel de una encontrada en la cancela), las
cigarras (“Nada turba ese mundo bajo el mundo”), las polillas, etc.
No es ajeno, según creo, esa manera de decir a la
poesía romántica inglesa. Al menos al principio. La de Wordsworth, pongo por
caso.
El medio salvaje (en su sentido más genuino) no
impide, sin embargo, que aflore la sensibilidad. Como en “Vid de wonga”.
Se suceden los poemas: “Viaje en tren” (otro clásico
oceánico, al menos para quienes vemos documentales de trenes), “Colinas baldías”
y “Casa vieja” (de nuevo los antepasados, su épica menor, y la nostalgia por lo
perdido). Y siempre la naturaleza, indómita y brutal. Los años de sequía. Y los
de inundaciones.
En “Aves” escribe: “El ser del ave es perfecto en el
ave”. Y: “La conducta del ave siempre es correcta para el ave”. Y: “Mas yo vivo
hostigada y herida por mi gente”. A ese encuentro entre lo animal y lo humano
es a lo que antes me refería, siquiera en parte, al hablar de un lenguaje
simbólico.
“El hombre perdido” es uno de los mejores poemas del
libro, elocuente y memorable: “Para llegar a la charca debes atravesar la selva
/ por el confuso verano de tinieblas / iluminado con antiguos, / tejido con
veneno y espina”.
Wright procede desde la duda: “nunca muy claro lo que
estoy diciendo // en la periferia de la verdad” (“Por precisión”)
“Paisajes” termina: “Ahora lloramos por alguien que no
puede mirar los paisajes / que amó, y al fin conoce”.
“Tormenta” es un poema a la altura de la fuerza de la
naturaleza que evoca. Su lenguaje, tan potente como el propio temporal.
En “Pájaros extintos” menciona al citado Harpur: “En
sus viejos diarios inéditos...”.
En “Cinco sentidos” constatamos que ella los ponía en
todo cuanto abordaba.
En “Alabanza a la tierra” afirma: “El escritor en el
cuarto encendido, / ni es un solitario ni está solo”. Y sigue: “Mientras sea
nuestro el mundo y nutra nuestra vida / a qué temer la eternidad”. “Escaso
tiempo resta para amar / entre una ola calma y la violenta”.
“Profundo miré, y vi”, es un verso pero también una
poética. De la mirada. “Interacción” comienza: “Lo que hay dentro se hace
alrededor”. Y sigue: “Soy ese grito solo, esa luz percibida, / su centro y su
voz. Lo extraño es la palabra”. Y: “Al mundo lo rubrican las palabras. En ellas
el amor, la luz”.
“Sola esta vez” es un precioso poema de amor (“mi mano
cobijada está en tu mano”).
“Australia, 1970” ilustra su dura lucha. Termina: “pues
nos destruye aquello que matamos”.
El espacio que media” es otro poema logrado: “mas no es
Aquí y Allí lo mismo”.
“Dos tiempos del sueño” da cuenta de su amistad con
Kath Walker o, mejor, con Oodgeroo Noonuccal, su “hermana” aborigen. “Soy
descendiente de los conquistadores, / tú de los perseguidos”. Este extenso,
melodioso poema bastaría para justificar la alta consideración de la poesía de
Wright. (Deja deslizar dos versos que no tengo más remedio que copiar: “los
editores suelen desengañar a los poetas” y “no confíes en nadie -ni siquiera en
los poetas”.)
Otro tanto cabe decir de “Lamento por las palomas de
paso” y de “Pintura” (“El tiempo nos confina en nuestra mente, / pero nos deja
una ventana: el arte”)
En “Viva” le basta una gota de agua para componer un sólido
poema.
“Lago en primavera”, el amor de nuevo, es un perfecto
colofón para este florilegio que nos descubre una voz digna de ser leída.
El poema “Gracia” termina: “Quizás hubo una vez una
palabra para ello. Llámalo gracia. / La he visto una o dos veces, en un rostro
humano”. Puedo asegurar que uno también la ha vislumbrado en los versos de Judith
Wright. Tan lejos, tan cerca.
Judith Wright
Traducción de José Luis Fernández Castillo
Pre-Textos, Valencia, 2020. 160 páginas 20.00 €
Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.
17.12.20
Profecías sobre 2020
En 2012 se publicó este artículo en el diario HOY, dentro del suplemento especial 'Extremadura, horizonte 2020', coordinado por Juan Domingo Fernández, subdirector entonces del periódico. Quince fuimos los convocados: José Antonio Monago, Antonio Sáenz de Miera, Julián Mora Aliseda, Ricardo Hernández Mogollón, Eduardo Naranjo, Jesús Moreno Ramos, Ángel Juanes Peces, Esteban Cortijo, Antonio J. Campesino, José J. Barriga Bravo, Víctor Chamorro, Eugenio Fuentes, Juan José Viola, el propio Juan Domingo y yo. Estamos a finales de 2020, ya saben.
LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO
De temeraria cabe calificar la idea que han tenido en este periódico de abordar el posible horizonte de Extremadura allá por 2020. Sí, sólo ocho años nos separan de esa cifra redonda, pero en esta penosa encrucijada que vivimos, en medio de estos tiempos inciertos, turbulentos y difíciles en los que todo se tambalea, donde lo mismo te anuncian el fin del mundo que la desaparición de las autonomías, cuando nadie parece saber qué pasa y, menos aún, hacia dónde vamos, la osadía de vislumbrar el futuro de esta sociedad líquida es una operación a todas luces descabellada.
Se atribuía a los poetas la capacidad de adivinar el porvenir. “Esa sencilla anticipación de lo real, lo que en otro tiempo se llamó profecía”, en palabras de Juan Antonio González Iglesias, tuvo su momento álgido con el Romanticismo, ese movimiento que tanto distorsionó la imagen del escritor como ser susceptible de empresas formidables, dignas del genio. Poeta o no, sé que mis limitaciones son las del hombre corriente, las de un ser mortal y normal como cualquiera. Además, por carácter –que, recordó Cernuda, es destino–, siempre he abominado del futuro. “Porque el futuro es nunca, o fue sin darnos cuenta”, escribió uno a los veintipocos. Lo de hacer planes nunca ha sido lo mío, de ahí que esta tarea, aceptada con imprudente premeditación, se me antoje harto complicada. Si uno fuera economista…
A principio de los ochenta, recién estrenados democracia y Estatuto, esto era un erial. Vivíamos en medio de un flagrante atraso secular que la ausencia de bibliotecas y de otras infraestructuras no hacía sino empeorar. A algunos nos pareció necesario dejar a ratos los confortables escritorios y bajar a la calle para contribuir a que esa lamentable situación cambiara. De ese pasado venimos. Y para hablar de futuro la referencia a lo sucedido es insoslayable. Lo mismo que al presente. Por previsibles que nos pongamos. Quiero decir que nada de lo que ocurra en los próximos años dejará de tener relación con lo acontecido en los anteriores. El tiempo es lineal y sucesivo. Por eso conviene recordar que para que ese desolador y paupérrimo panorama cultural cambiara se tomaron medidas y se abordaron proyectos y que eso se hizo conjuntamente entre quienes tenían el poder de decisión, los políticos, y quienes eran capaces de generar propuestas, los creadores: escritores, músicos y artistas.
Es verdad que la dependencia de lo público en Extremadura es proverbial. La propia de un pueblo pobre que ha carecido a lo largo de su historia de casi todo, iniciativas y mecenas privados incluidos. Sin entrar en consideraciones sobre la perversión o bondad de esa circunstancia, la realidad ha sido y sigue siendo ésa, mal que nos pese. A pesar de esa anómala dependencia, soy de los que defienden que ha sido mucho lo que ha germinado de esa relación entre quienes tenían en su mano impulsar políticas culturales y quienes estaban dispuestos a que esta región dejara de ser el yermo que era, algo que conectaba con otras de nuestras tradicionales carencias. Fruto de esa colaboración, ideas que procedían de la sociedad civil, pero que sólo podían ser afrontadas, por su envergadura, desde la administración, vieron al fin la luz. La de que en cada pueblo hubiera una biblioteca, por ejemplo. Pero esa sensibilidad cultural que tuvo durante años el gobierno extremeño, parte sustancial del ideario del leído presidente Ibarra, se quebró al llegar al poder su sucesor, Fernández Vara. La elección de consejeras incompetentes hizo el resto. De ese declive venimos, una decadencia que ha ido acrecentándose con la llegada al gobierno del PP, que no se caracteriza por tener al frente a personas cultas, por muchas lenguas que chapurreen. A pesar del intachable perfil profesional de la actual consejera, la cultura se ha vuelto casi invisible, perjudicada, cómo no, por la famosa crisis económica, excusa perfecta para cualquier recorte, sobre todo en esta indefensa materia que bien poco afecta, por cierto, a los presupuestos. Y todo por esa siniestra concepción, tan de derechas, de la cultura como lujo, algo de lo que se puede prescindir porque en nada afecta a lo que le es consustancial y necesario al ser humano, que puede vivir perfectamente sin ella. De ahí el desinterés, la desidia. Ah, y en caso de haberla, que sea, por supuesto, del espectáculo.
¿Y el futuro? Más racional que imaginativo, más realista que utópico, más melancólico que optimista, a la vista de lo que sucede y pasa, uno sospecha que no pinta bien. No hace falta ser profeta para concluir que quien no siembra… Con proyectos como el de las Aulas Literarias –y su importante impronta educativa–, los Talleres de Relato y Poesía y el ambicioso Plan de Fomento de la Lectura –que puso en marcha, con la colaboración de la Fundación Sánchez-Ruipérez, el primer Observatorio del Libro y la Lectura de España, realizó campañas masivas de libros a un euro e impulsó los clubes de lectura– reducidos a la mínima expresión (cuando no en trance de desaparecer); tras la supresión de las Ayudas a la Edición y las Becas a la Creación, que tanto estimularon a escritores y editores (tan escasos); con una Editora Regional de Extremadura que subsiste a duras penas después de una trayectoria ejemplar acreditada por su magnífico catálogo, ¿qué se puede esperar? Eso por no hablar del MEIAC, la Filmoteca, el Festival de Teatro Clásico de Mérida, la Orquesta de Extremadura (salvados ambos por la campana) o, en fin, la Fundación Academia Europea de Yuste, emblemas de una forma de entender la cultura fundada en la excelencia.
Entre las lamentables desapariciones, los Premios Extremadura a la Creación. Con ellos se fue buena parte de nuestro crédito literario y artístico, de nuestra proyección nacional e internacional y, de paso, el premio de la crítica a las mejores obras del año creadas por autores extremeños.
Hubo un tiempo en que sabíamos que las cosas iban a mejor, que prosperábamos. Hoy sabemos que estamos mal y que, si nadie lo remedia, iremos a peor. Es cierto que resulta imposible torcer la normalización consolidada. Por eso nunca volveremos a ser la región anacrónica que fuimos, ajena a la hora del mundo, y menos en la época de Internet, los blogs, las redes sociales y la globalización. Por dejados que estemos, siempre habrá alguien que escriba un poema, componga una canción o pinte un cuadro. La nuestra es una cultura absuelta, parafraseando a Gonzalo Hidalgo Bayal. Con ayuda pública o sin ella. Ya no podrá ser, como aventuraba Julián Rodríguez, un inmigrante nacido o criado en Extremadura capaz de ofrecer una visión novedosa y distinta de esta tierra. Por el contrario, un emigrante extremeño, ahora que la gente vuelve a marcharse, podrá publicar su primer libro en Alemania o Estados Unidos. Es más, a este paso, en 2020 estará agotada la antigua polémica entre los de dentro y los de fuera: aquí quedaremos (o quedarán) dos o tres mientras el resto permanecerá lejos; en especial los jóvenes, destinatarios naturales de esos planes truncados. La fuga de cerebros (un decir) ya ha empezado. No sé, ya decía, lo que durarán iniciativas, en parte cercenadas, como la de las Aulas Literarias, que proporcionaba a los alumnos de secundaria y bachillerato la posibilidad de acercarse, en más de un sentido, a las obras de los escritores vivos más importantes del país, allí donde nunca llegan los programas de estudio.
Lo peor es que a falta de otras potencialidades, carentes de otros recursos, la imagen de Extremadura, su cualidad de marca, ganó prestigio y fundamento gracias al desarrollo cultural conseguido estos años atrás. Por sus escritores, por sus pintores, por sus músicos. Ya no éramos, ay, “los indios de la nación”.
Como cualquier optimista informado, no creo que estemos en 2020 a punto de inaugurar otro periodo tan trascendente como el que vivimos en torno al fin de siglo. O sí. Como diría la polaca Marta E. Cichocka, “el futuro todavía es futuro”.
Nota: Ilustra esta reedición el cuadro "Campos de encinas" (circa 1968), de Godofredo Ortega Muñoz.
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