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2.11.25

Junto al Mar del Norte

De los cinco libros publicados por Sanmartín (Zaragoza, 1959) en lo que va de década, cuatro son de poesía: Ir la Norte, Evitar la niebla, Archivo fotográfico y Costa Oeste. Poemas de Göteborg. Antes dio a la imprenta otros siete, casi tantos como suman los de su faceta narrativa. Bueno, más allá de lo didáctico, tal bicefalia no existe. Quiero decir que Sanmartín escribe y punto. Su tono es siempre el mismo, igual que su voz. Por eso en esta nueva entrega, como en todas, prima lo poético, sí, aunque estos versos no quieran parecerlo. No hacen ostentación de su lirismo y se muestran con la naturalidad propia de quien recela de la palabra estilo.
Sanmartín nos explica en una nota que pasó el verano de 2023 en la ciudad sueca de Gotemburgo gracias a una residencia artística. Fue a escribir un libro de viajes y se trajo, además, estos veinticinco poemas (sin título, con la única puntación del punto final) que son también un diario de viaje.
Si bien la escritura es “lo desconocido” (cita a Duras), a veces se convierte en un “autorretrato”. Y mucho de ello hay aquí, donde se vislumbra el verdadero rostro del autor. “Desconozco la ficción / soy”. “¿Un poema debe imitar nuestra vida?”, se pregunta con Glück. Anota lo que ve al tiempo que se asoma al que fue y mira la memoria. Convalida sus recuerdos: es. “El olvido es absurdo”, afirma.
“Lo que queda es la búsqueda. / El hallazgo pasa” (cita ahora a Chivite), de ahí que se centre en los detalles. En los que encuentra en su deambular ―mediante ferris, trenes o coches― por faros, islas, restaurantes o museos. “No me gusta la realidad”, matiza. Estamos ante un “superviviente / que se habla a sí mismo”; esto es, a todos.
 
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2025. 50 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicada en EL CULTURAL



27.5.25

Lecturas a lo breve (poesía)


El grueso de mis lecturas corresponde a la poesía. Me limitaré a citar los libros que he leído últimamente con más gusto. Sin orden de prelación, matizo.
Quizás le falte vuelo, pero no naturalidad y frescura, a Salto de fe, destacable ópera prima del madrileño de Móstoles (y del 94) Marcos Nogales, accésit del Premio Adonais en 2024. Poesía a pie de tierra, digamos. Sin florituras.
Príncipes y principios (La Isla de Siltolá), de Alberto Fadón, sin embargo, otra primera obra, acaso le sobre lo contrario: erudición y barroquismo. Por suerte esta literatura en grado sumo (donde no faltan guiños a sus dilectos, estudiados poetas del Siglo de Oro y a contemporáneos como Gil de Biedma) está entreverada de vivencias personales, amorosas las más (ay, Carla). Su lectura, sí, me ha resultado gozosa. Menos que a un poeta filólogo de la categoría, pongo por caso, de Rodrigo Olay, pero... Espera uno lo que venga de este salmantino del 97, ocurrente "poeta reaccionario", que ha elegido, entre otros, el magisterio de su paisano Juan Antonio González Iglesias. No en vano coordinó un libro sobre su poesía. 
Sigo con una tercera ópera prima: En ausencia de mí, de Francisco López Blanco (BajAmar Editores), un maduro extremeño del 64, que ha sorprendido a quienes lo conocemos de antiguo (por su vinculación con el Aula de Literatura "Jesús Delgado Valhondo" de Mérida, que dirigió durante una década, por ejemplo), pero no en su faceta poética. Poesía sin estridencias, cercana a lo que importa. 
Antonio Rivero Machina no es nuevo en este rincón. Ni en la poesía. Lo último es Hojas de laurel (Eris Ediciones), que une dos culturas: la del haiku japonés y la de la mitología griega. El resultado es sorprendente. Explica su proceder en una pertinente introducción que titula "El bonsái, el destello y un dios cualquiera", donde dice cosas tan atinadas como que "La tradición es también un paisaje" o que "Acaso en lo minúsculo se esconde el secreto callado en lo infinito". Lo que viene después, los haikus, distan de ser los que encontramos, por aquello de la moda, en cualquier parte. Tres ejemplos: "Morfeo" (Solo en la noche / lo nunca revelado / toma su forma), "Castalia" (Del agua clara / brota el suave murmullo / de lo que es cierto) y "Penélope" (De ti aprendimos / a destejar la calma / de los naufragios).
Durante un tiempo, lo confieso, creí que José Luna Borge era un heterónimo de José Luis García Martín. De eso hace mucho, es verdad. Su última entrega, El húsar melancólico me ha convencido. Poemas tan logrados como "Despedida" o el que da título al libro bastan para justificarlo. No falta un haiku, por cierto. 
Y por seguir con ellos, cómo he disfrutado con las codas, versión castellana del senryuu japonés, de Jesús Munárriz (donostiarra del 40, otro jovenzuelo, que acaba de publicar el primer tomo de su poesía incompleta), estrofa compuesta por tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, que "a diferencia de los jaikus, no hablan «de lo que sucede aquí, ahora», como decía Bashô", según explica, junto a muchas cosas más, en su estupendo prólogo a Algunas codas (La Garúa/haiku). ¿Ejemplos? ¡No corras, vida, / que te estoy esperando! / dice la muerte. O: Si no se leen / a los viejos poemas / les sale moho. O, en fin: Por las rendijas / de lo civilizado, / lo natural. No falta el espíritu burlón que le caracteriza: ―¡Mira qué tetas! / ―Vistas dos, vistas todas. / ―Según se mire. Y: Unos la tienen / grande y otros pequeña/ (la inteligencia). Para terminar: ¡Día del Libro! / ¿Es que hay días sin libros? / No los conozco.
Leo a Marcos Ricardo Barnatán desde que yo era muy joven y él un aventajado novísimo procedente de Argentina. Me atraía su obra por su veta judía y por la filiación borgeana. Ritual  me ha traído de nuevo eso. Y más: París (la enfermedad: "Cahier Cochin") y Santander, la madre (en "Kadish", por ejemplo, tan emocionante), la religión ("Adonai", "Amar al converso"), las lecturas de Milosz, Borges, Kavafis, Hölderlin y otros autores, como queda reflejado en el hermoso "El jardín de las delicias"), la pintura (de Ciria, en concreto) y más que nada, la memoria familiar ("El doctor Néstor Gubitosi en bicicleta al muere", "Eclipse")... Este nuevo, breve libro lo ha escrito Barnatán a punto de cumplir los ochenta. No todo en la vejez, por suerte, es miserable, que diría su compañero de generación Luis Antonio de Villena. Pura delicatessen lírica.
Me da vergüenza reconocer que Lêdo Ivo era para mí, hasta ahora, un nombre que se repetía en boca de numerosos poetas (y en especial de uno), una figura inevitable en los saros líricos, pero a quien no me animaba a leer. Por extenso, quiero decir, que poemas suyos ya encontré en la vieja antología de poesía brasileña de Crespo. Aunque leo de todo y carezco de anteojeras poéticas, reconozco que su forma de decir no es precisamente de las que prefiero, por su exuberancia verbal, digamos, tan lejana de mi propensión a la contención y la sobriedad. Sin embargo, la antología que Martín López-Vega ha preparado para Visor, Los andamios del mundo, ha cambiado mi punto de vista. Ha ayudado el prólogo erudito (sin pedantería, sabio) de Juan Manuel Bonet, al que uno pensaba alejado del brasileño. Otro error. Si bien por momentos me apabulla un poco su discurso, he de reconocer lo que tantos han asumido: que en cualquier canon poético contemporáneo debería figurar la poesía del poeta brasileño muerto en Sevilla. 
Ocho poemas bastan para confirmar el mérito de la sevillana Carmen Fernández Rey. Se recogen en una primorosa plaquette de la colección Cuadernos El Mirador (de Úbeda) bajo el título Abrir ventanas. La tirada es de 34 ejemplares y el cuidado de la edición ha estado en manos de Francisco Sánchez Bellón. Se anuncian nuevas entregas de Julio Martínez Mesanza y de José Mateos. En la segunda serie (de la que ésta forma parte) encontramos nombres fundamentales del panorama, como el de Fernando Sanmartín, autor de Archivo fotográfico, que ya comentamos aquí
A la fuerza tenía que llamarme la atención un libro titulado Lugares. Se trata de una antología de veintitrés poemas de Concha García que publica El Toro Celeste en su colección Cuadernos Romero. El libro es muy bonito. Los versos remiten a lo anunciado: lugares. Sitios como Olessa de Monserrat (García ha vivido la mayor parte de su vida en Cataluña), Villaharta o Córdoba (es natural de La Rambla, lo que no deja de ser curioso para alguien que luego residió en Barcelona), pero también una estación, un tren, una carretera, un restaurante, una habitación de hotel y otra de hospital, (y su correspondiente aparcamiento), una ventana, un cine, una procesión, un camino flanqueado de eucaliptos, el comedor de un monasterio o un libro de poemas. Lugares que remiten al amor ("que es todo tacto"), al viaje ("Todo era mirar y sorprenderse"), a la memoria familiar ("Mi padre en la estación"), a la vida ("una cosa rara"), al atardecer ("Lo azul es todo")... Uno confirma con esta lectura lo que ya sabía: que esta poesía, concentrada y exacta, es ante todo verdadera y su autora una de las mejores de su generación, que también es, por cierto, la de uno.
Qué oportuna, en fin, la salida a escena de El esmero (Castilla Ediciones), una antología poética de Tomás Sánchez Santiago que prologa Ana Isabel Martín Ferreira Lo digo, sí, por la sorpresiva concesión del Premio Nacional de la Crítica a su libro El que menos sabe (Eolas) y digo "sorpresiva" porque ya sabemos cómo funciona ese azaroso negociado. Esta vez... Los merecimientos quedan patentes en esta muestra sobre la que he escrito una reseña que aparecerá pronto en El Cultural.

18.1.25

Un feliz extravío

Hace poco, hablaba José Luis Melero (Zaragoza, 1956) de esos gustosos "libros secretos y delicados, esos que nunca circularán por las autopistas de la literatura sino por carreteras comarcales o secundarias". Y matizaba: "Pero es en éstas donde más se disfruta de los viajes, donde más y mejor se ven los paisajes". Al leerlo, pensé de inmediato en el que tenía entre manos, éste, Bibliotecas y extravíos, el sexto de la serie "La vida de los libros", formada por los títulos La vida de los libros, Escritores y escrituras, El tenedor de libros, El lector incorregible y Lecturas y pasiones, todos publicados por la ejemplar Xordica. 
En el prólogo (de los que uno disfruta, como, pongo por caso, los de Borges), Melero vuelve a declarar su predilección "por los autores preteridos y los libros olvidados" y "humildes". Por "la defensa de la lectura de lo arrabalero". Recurre entonces a la presunta sentencia de Tácito –citado, a su vez, por el lingüista Rosenblat–, lo de que "El atender con esmero a las cosas muy pequeñas o, al parecer, insignificantes, es señal de una gran fuerza de atención y de mucha capacidad para las empresas importantes". 
Esta nueva entrega melariana, escrita, según él, con el mismo "impulso irresistible de la escrupulosidad" (ahora cita a María Moliner) que ha caracterizado a las anteriores, da una vuelta de tuerca más a ese mundo propio que ha creado en torno a los libros, donde se entremezclan las obsesiones, digamos, con las novedades. Para empezar, por ejemplo, las "autodedicatorias" de Miguel Labordeta, junto a su hermano José Antonio, uno de los personajes habituales de esta suerte de novela en marcha, como podría definirse este proyecto de escritura que nunca pierde de vista la obra de Andrés Trapiello. Su "universo trapiellista", como lo denomina. 
Resulta imposible dar cuenta de todo el rimero de nombres que aparecen en estas páginas. Conocidos, no pocos, y desconocidos, los más. Sí podemos acotar los asuntos sobre los que suelen versar estos textos que antes de llegar al libro fueron publicados como artículos de periódico. En Heraldo de Aragón, para más señas, del que es columnista. Y ya que lo menciono, empezaría con esa región, la aragonesa, que fue reino y que a efectos bibliográficos apabulla por su riqueza a cualquier persona que se interese por los libros; no digamos si es, ay, extremeña. Las comparaciones... Y ya en Aragón, cabe precisar, Zaragoza, su ciudad natal (y "de lecturas"), el centro de su microcosmos. No tanto por lo patrimonial o paisajístico (que también) cuanto por los aragoneses, verdaderos protagonistas de estos ensayos literarios. Aragoneses, aclaro, o vinculados a Aragón, ya sean viajeros o estables. Sí, a este hombre le cabe Aragón en la cabeza; como a Fraga el Estado, según Felipe González. Su historia, sus tradiciones (ante todas, la jota), sus hablas particulares, su bibliografía y, por no seguir, su gente y la forma de ser que la singulariza. O la singularizaba, que ya... No defiendo, al revés, los nacionalismos ni sus pequeñas réplicas territoriales, pero el aragonesismo de Melero sabe conjugar lo universal con lo local, clave para comprender la verdadera dimensión de lo que en literatura, por concretar, importa. 
Los libros, dije, y la bibliofilia, otro asunto capital, el que más, en los intereses de Melero. Menos los nuevos que los usados. Ediciones raras cuya adquisición (o ni eso: a veces basta con ser localizadas o vistas) depara alegrías inenarrables que, con todo, él sabe contar. Y ahí, los bibliófilos, las bibliotecas particulares (que, como la historia de España, siempre terminan mal), las editoriales (Aguilar, Grijalbo, Xordica), las librerías y, en fin, los libreros; los de viejo, sobre todo. Cada uno, como todos los protagonistas de estas obras, con su novela a cuestas. Como las del valiente Moneva, el pianista Felisberto Hernández, el psiquiatra Merenciano, la familia Rabal, los poetas Camín, Boluda y Blanca Luz, el periodista Mariano de Cavia (y Casa Lac), el político y bibliófilo Negrín, o los cinematográficos (Melero es cinéfilo) Neville y María Asquerino.
La poesía merece un lugar sobresaliente. Algo que se agradece (si uno fuera conspiranoico, diría que está en marcha una conjura de los medios contra ella). La de Hinojosa, Lorca y Rosales (con la Guerra Civil al fondo), la de Gil de Biedma (y sus Moralidades), Fernando Ferreró (y su poesía secreta), Francisco Pino (y su inquietante Asalto a la Cárcel Modelo, subtitulado 22 de agosto de 1936), Ángel Guinda (y sus calcetines), Gerardo Diego (y sus antologías), Machado (y sus Nuevas canciones), los cordobeses de Cántico (y sus homosexualidades), Antonio Moreno (en su vertiente memorialista), etc. Hasta El miajón de los castúos, de mi paisano Luis Chamizo (el único extremeño, junto al gran Roso de Luna, que aparece en escena), merece un cariñoso comentario. 
Atiende también al género narrativo, empezando por Baroja, otra de sus ineludibles referencias. El capítulo más largo del conjunto lo dedica a una memorable visita a Itzea, en Vera de Bidasoa, la casa de los Baroja, un texto que ya se editó en una preciosas plaquette, con el título de Un viaje a Itzea (Ediciones La Ventolera), con ilustraciones de su amigo Pepe Cerdá.  
Como Sender, otro habitual, Cunqueiro (y la lamprea), Irene Vallejo (y su Lo infinito en un chunco), Benet (en Calanda), Umbral, Jesús Pardo (lo diarístico es esencial en Melero), Marías (y la búsqueda de un sucesor para el Reino de Redonda), Sábato (y su ego)...
La amistad es una virtud que Melero cultiva con pasión semejante a la de los libros. Quien siga sus andanzas a través de Facebook podrá dar fe. De ello da muestra al mencionar a tantos y tantos. A Félix Romeo (que nunca muere), Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro, Fernando Sanmartín, Daniel Gascón, Julio José Ordovás, etc. 
Porque estamos hablando de un libro, es necesario ponderar su lenguaje. Melero escribe con claridad y concisión y jamás se rinde a la opulencia y la solemnidad. Sobriedad, mesura... y humor. Sí, su sentido del humor hace aún más llevadera la lectura de estas obras por las que transitan con frecuencia seres extraños y desconocidos que han escrito libros que difícilmente interesarían a alguien que no fuera un oscuro erudito si él no supiera darle a su historia el toque mágico que convierten a obra y autor en materia de interés general. Ese saber reírse de tal o cual anécdota o de cualquier atrabiliario personaje sin herir la sensibilidad de nadie añade mordiente a sus relatos, poco importa al final de qué se trate. 
A la postre, cuánto aprendemos sus lectores con Melero. Sin querer, que no es esa su misión, ajena a lo didáctico. Qué feliz extravío. 
A los libros les ha entregado buena parte de su vida: esfuerzos y sacrificios. Lo que más le ha complacido, confiesa en uno de los artículos más melancólicos (y el que más me ha gustado), ha sido "leerlos, estudiarlos y escribir sobre ellos". Luego, ante ese final inevitable donde casi todas las bibliotecas se malbaratan, pregunta retóricamente: "¿A qué entonces tanto esfuerzo, tanta entrega, tanto entusiasmo?". Y remata: "Si fuera un iluso pensaría que al menos dejo un puñado de libros escritos y que tal vez puedan un día interesar a alguien". Mañana, no sé, nadie lo sabe, aunque el rigor juegue de su parte, pero el presente, para no pocos letraheridos como yo, lo tienen asegurado. 

Bibliotecas y extravíos
José Luis Melero
Xordica, Zaragoza, 2024. 294 páginas. 21 euros

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

2.10.24

Nuevos poemas de Fernando Sanmartín



El poeta Fernando Sanmartín vuelve a la carga. Y lo hace como suele: en una colección exquisita y minoritaria (qué verdadera poesía no lo es), por breve (esto es una plaquette y no un libro), con la misma sutileza y elegancia que destilan sus versos. 
Archivo fotográfico es la quinta entrega de la colección Cuadernos del Mirador y fue impresa, cosida y encuadernada sobre papel verjurado crema el pasado 24 de julio en la ciudad jiennense y muy literaria de Úbeda; el mismo día, como reza en el colofón, pero de 1967, que Paul Celan leyó poemas en la Universidad de Friburgo delante, entre otros, del filósofo Martin Heidegger. 
Tengo en mis manos el ejemplar número 8 de una tirada no venal de 30 y viene firmado por su autor. La edición es preciosa. El diseño y su cuidado, justo es decirlo, corresponden a Francisco Sánchez Bellón y la viñeta de la cubierta es obra del pintor Pepe Cerdá. 
Sus páginas parecen, al abrirlo, metidas en un sobre gracias a la ingeniosa doblez de las solapas. Una joya para cualquier bibliófilo (su amigo Melero, por ejemplo) y, después de leerlo, para cualquier amante de la poesía. 
Al frente, una cita del poeta portugués Jorge de Sena: ... la orilla no pertenece al río.
El título no da lugar a equívocos. Ni el barco de la portada. De postales o estampas hablaría uno por aquello de que cada poema -son ocho en total- viaja, digamos, a un lugar. El primero sitúa la acción en Nueva York: "Perderse, a veces, / puede ser como lavar una herida". 
Desde el principio, Sanmartín es capaz de mezclar realidad e imaginación a base de comparaciones y metáforas sorprendentes. A uno le recuerda vagamente a Simic, otro explorador del misterio que se esconde ante nuestros ojos, en plena cotidianidad. Algo que desconcierta, no cabe duda. Un tono surrealizante, digamos, pero que no cae en el sinsentido, la boutade o el absurdo. Nada ortodoxo. Más que un mero juego. No en vano ha afirmado que "el surrealismo es un camino que en algún momento conviene tomar. (...) Me doy cuenta, y lo han dicho otros, que el surrealismo te adentra en una atmósfera de libertad que vale la pena". 
Si la poesía fuera un circo, entendido en su sentido más genuino y favorable (como el del Sol, que vi hace unos días en Sevilla), este hombre sería uno de sus mejores saltimbanquis.
En el segundo viajamos a Estambul. Pero no para hablar de esa ciudad o pasearla o describirla, sino para contar, en este caso, una situación que podría haber sucedido acaso en cualquier parte. 
(A rachas, el diarista y el narrador se cuelan en la escena de estos versos para ahondar con sigilo en el secreto.)
El tercero está dedicado a un lugar poético por excelencia: el silencio. "El silencio es feo / cuando llora la sal". El silencio / es un suburbio / en el que muchachos terribles / tiran piedras / a un oso ciego". "El silencio es lo repetido, / la oración de los sótanos, / el testamento último".
El cuarto, una enumeración borgeana (mejor que caótica, porque al fin y al cabo ésta tiene sentido). A partir de "Quiero ser...", "Quiero ir..." y "Quiero que...". Jonás, Miguel Strogoff, Mallarmé, linterna en la noche. A la tumba de Pedro de Osma, a la isla de Elba. "Quiero que la tristeza se convierta en un viejo caballo". 
El quinto nos traslada a una tarde de lluvia en Turín donde dice que no sabe "ahuyentar / lo inacabado". 
De nuevo las repeticiones en el sexto, sobre la base de "Desconozco si Hamlet...". Si "aspiró / a ser confuso", si "iba en taxi / hasta Brooklyn / para llenar de ceniza / el rumbo de sus brújulas", si en él "vivía un hombre tímido" o "se asomó / a Faulkner".
En el séptimo poema, el más emotivo, "está mi padre". Y su muerte cuando el poeta contaba trece años. "Soy una pintura negra de Goya". Un poema donde "no hay ruido / y sí mucha intemperie / porque la memoria es un idioma / que me produce insomnio". 
El octavo y último, muy breve, repite dos veces "Es hora / de". "Busco mi nombre / para desvestirme", concluye. 
"Un poema exige, a veces, mostrar con pocas palabras, lejos de cualquier envoltura, lo que se ha vivido", ha dicho Sanmartín, y no es mala poética.
Doy por hecho que estos poemas formarán parte de un libro futuro y que más de treinta lectores podrán disfrutarlos. Paciencia. 

22.9.24

En Heraldo, ayer

Fernando Sanmartín me envío a primera hora esta fotografía. José Luis Melero, unas horas después, me preguntó si estaba informado e hizo alusión a una posible errata en esta breve nota de Antón Castro sobre la aparición de Meditaciones del lugar

NOVEDAD UNA ANTOLOGÍA POÉTICA DE ÁLVARO VALVERDE

Hay poetas que parecen no llamar la atención: escriben, dibujan la luz de la razón, meditan en el centro de la naturaleza y en el bullir de las ciudades, y lo hacen con una naturalidad que parece eludir siempre la afectación [o la naturalidad]. Uno de esos poetas, que escribe a favor de una verdad íntima y sincera, es el galardonado Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959).
Habitual autor de Tusquets, y de la colección Nuevos Textos Sagrados, ahora José Muñoz Millanes ha preparado una antología poética, de 1989 a 2018, 30 años de poesía, en 'Meditaciones del lugar', en Pre-Textos. El título es tan explícito como exacto: se seleccionan poemas de todos sus libros que ahondan en primer lugar en una calma habitada, en la sensualidad y en un hechizo que es armonioso y muy sugerente, y también en algo que define a Valverde: su noble condición de cazador de instantes emotivos. AC.






7.8.24

Náufragos aragoneses

 
Este es el espléndido reportaje de Pablo Ferrer sobre la última caja de Náufragos (La Rosa Blanca) que se publicó ayer en Heraldo de Aragón. Una atención para con el ambicioso proyecto de Salvador Retana que aún no ha merecido ni una sola línea en la prensa regional extremeña. 
Por cierto, la novena entrega contiene tres botellas con textos, respectivamente, de Ignacio Martínez de Pisón, Fernando Sanmartín y José Luis Melero. Un novelista, un poeta y un bibliófilo. 
El tiempo dirá. 

5.8.24

Un poema inédito

 
En el número 8 de la revista onubense Centauros publico un poema inédito: "Hombres de espalda". Surgió después de contemplar un cuadro del pintor aragonés Ignacio Fortún (que conocí gracias a José Luis Melero) y está dedicado a otro maño, el poeta Fernando Sanmartín, que conoce bien la obra de aquél. 
Agradezco a Alejandro Bellido la invitación. La revista se puede leer gratuitamente a través de este enlace. O en su web. Por suerte, hay también edición impresa. 


HOMBRES DE ESPALDA

                        A Fernando Sanmartín


Una vez escribí que me gustaban
las estatuas de hombres con abrigo.
Aparecen de pronto en cualquier parque.
También en una calle o una plaza.
Solitarios, de espaldas,
no sabemos muy bien a dónde miran.
Tal vez a su pasado.
A la vida que pudieron tener
y que les huye.
Su actitud es sin duda melancólica.
En sus hombros caídos
se adivina el cansancio,
la tenaz pesadumbre.
En sus rostros esquivos,
la gravedad, lo adusto.
Deducimos, en fin,
que es gente que atraviesa
encrucijadas decisivas,
momentos de zozobra, delicados.
Se ve uno a sí mismo al contemplar
a esos hombre de espalda con abrigo.

27.6.24

Lecturas preveraniegas

Centrado en las reseñas de El Cultural y, en contadas ocasiones, en las que publico en Turia y en El Cuaderno, quedan atrás menciones a libros que uno ha disfrutado, lecturas intensas que hubieran merecido unas notas en las que compartir con otros su feliz existencia. A falta del tiempo para hacerlo, y ante la llegada de un largo y cálido verano que preveo lleno de novedosas obligaciones familiares, uno, enemigo declarado de las listas, copia aquí el título de un puñado de libros que, hablo por mí, me han parecido sobresalientes. Sólo eso, mera mención, pero algo es algo. Empiezo por la poesía. En concreto, por tres títulos de poetas jóvenes. 
Hacerse una foto en el espejo del baño (Ultramarinos), de Julio Fuertes, recoge poemas escritos entre 2006 y 2011 y me ha parecido un libro muy especial y sorprendente, novedoso en el mejor sentido. De esos sobre los que cuesta escribir pero que uno intuye necesario. Novelista, músico y traductor, de acuerdo, pero, al menos una vez, poeta. Su editor, Unai Velasco, confirma, para definirla, el término usado por su autor: el de "escritura vigoréxica". Y añade un adjetivo: "sentimental". Reconoce, en fin, que es "conmovedora". 
La zona luminosa (Hiperión), de Alejandro Ruiz de la Puente, incide en todo lo contrario, la tradición, pero al cabo resulta igual de moderno que el anterior. Qué natural resulta que debajo del título se indique que mereció el premio "Antonio Carvajal" de poesía joven. Y qué orgulloso ha de sentirse el poeta granadino de discípulos así. Poetas del XXI que dominan la métrica y son capaces de componer sonetos a los que calificar de dignos herederos de los áureos. 
Música para tigres (Renacimiento), de Alejandro Bellido, uno de los responsables de la revista onubense Centauros, ha publicado un libro amable, irónico y lleno de guiños amorosos y literarios (Garcilaso, Salvago, Botas) con el que el lector pasará un rato estupendo. Le ha salido muy “asturiano”; “anafórico”, diría, por aquello de la revista y no lo señalo como algo negativo, al revés. No es esa mala escuela. 
No deja de sorprenderse uno con los haikus de Susana Benet, que reincide, y cuánto se lo agradecemos sus lectores, con Alma de caracol (La Garúa). ¿De qué pasado / regresan esas flores / blancas de adelfa?, leemos. Y: Eso que siento /ante la flor marchita, / es haiku o no?
Haikus y otras japoneserías reúne Jordi Doce en Agua blanca, una delicatessen cuidada por Fernando Menéndez, que la ilustra, en tirada de 15 ejemplares numerados y firmados. Tan sugerentes como este par: Entro en el parque: / la quietud me responde / a cada paso. Vino y se fue: / la niebla hecha jirones / en la maleza.
A ras del universo (Númeror) es el segundo libro de Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz. Ya cometamos aquí el primero. La edición es preciosa y lleva un prólogo de Fidel Villegas. El mar está en el centro del libro. Por él navega (también por el cielo en un planeador) y a sus orillas ve pasar el tiempo (en sus tres direcciones). En playas que visita y que pasea, como otros lugares, cercanos (Rota, Guadarrama) y más lejanos (Lovaina, pongo por caso, que da título a un hermoso poema). Todos lo son. Me llama mucho la atención su sintaxis, por eso indiqué antes su condición docente y de qué materia.
Hablar de mis poemas yo no sé: / son como hijos tardíos o vendimia a destiempo, escribe este poeta tardío al que conviene seguir. 
Lo mismo que a Juan Peña. Ya reseñamos en este blog sus libros Destilaciones y Yacimiento, así como la antología (de sus primeros poemas) La misma monotonía. Publica ahora en Vandalia El último poema, con el que ganó el premio Hermanos Machado. Su claridad alumbra al lector como lo haría una vela en la noche oscura de una casa de campo. Serenidad, aceptación, asombro. Poesía de la memoria, genuina. De la verdad. Vital sin entusiasmo. Lejana de cuanto es superficial y vano. La edad, los olivos, el amor, un viejo sillón de cuero, un salpicón de marisco o una playa pueden inspirar poemas que nos llegan sin querer al alma. Sí, porque todo es natural en esta poética de la bondad donde el poeta sólo aspira a que sus versos ajusten mi vida / a un ritmo cadencioso, / sin tropiezos, / ni quiebros disonantes. // La vida que me sueño y que no es / y es la mía
La almeriense Papeles del Náufrago lanza su sexta entrega de autorretratos, esta vez los de Aurora Luque. El cuidado librito, con selección de Antonio Lafarque, lleva por título Nadar en una misma. No somos más que tiempo devorado, reza el verso de la contracubierta. 
Vayamos con la prosa, no sin mencionar antes los títulos de tres novelas. Una, ya leída y reseñada (para TURIA, por lo que se hará larga la espera): Arde ya la yedra (Tusquets), de Gonzalo Hidalgo Bayal, que ha publicado una de sus mejores obras. Las otras dos están aún pendientes lectura: El niño (Tusquets), de Fernando Aramburu (con guiño placentino incluido) y Río Cárdeno (De la Luna Libros), de Juan Ramón Santos, dignísimo discípulo, permítaseme el honroso término, del citado Bayal que con esta nueva entrega fija aún más su genuino territorio literario. 
Tenía pendiente -uno no da más de sí- la lectura de alguno de los celebrados libros de María Belmonte, pero El murmullo del agua. Fuentes, jardines y divinidades acuáticas (Acantilado) no se me ha escapado. Y cuánto me alegro. Sólo espero que haya una segunda entrega que continúe el trayecto desde donde aquí lo deja, en las "Aguas barrocas". Me gusta aprender con ella, sí, pero también acompañarla en su viaje vital, digamos. Lo más personal casa perfectamente con lo erudito. 
Y otra lectura pendiente, la del magnífico Los lugares y el polvo (Elba), de Roberto Peregalli, un ensayo enjundioso "sobre la fragilidad y la belleza" que a un obseso por la noción de lugar y por lo espacial en su conjunto tenía que llegarle al alma. Cuántas iluminaciones contiene y qué oportunas reflexiones sobre la arquitectura ("Las fachadas", "Lo gigantesco", "Las ruinas"), el paso del tiempo ("La pátina") y otros puntos de interés como "El blanco" o "La luz". 
Luis Leal, pacense de Évora, ha dado a la imprenta A salto de mata (aCourela do Alentejo), donde reúne aforismos, apuntes de un diario, reflexiones, etc. en las dos lenguas que domina: su portugués materno y el español adoptivo. El tono es poético. Es uno de esos libros que tanto me gustan, híbridos; más interesantes cuanto quien los escribe, como hace al caso, es un hombre que piensa y siente de manera ejemplar y distinta. 
José Luis Melero, bibliófilo de pro y a pesar de eso escritor, nos ofrece una preciosas plaquette, digna de la señalada condición: Un viaje a Itzea (Ediciones La Ventolera), con ilustraciones de Pepe Cerdá. Ningún destino mejor para un barojiano confeso que la casa familiar de los Baroja en Vera de Bidasoa, frontera francesa. Un delicioso relato para amantes de los libros, sin duda. Mejor si aprecia los del autor de El árbol de la ciencia
Un buen amigo suyo (y mira que tiene), el poeta Fernando Sanmartín, publica el Pregón de la XVIII Feria del Libro Viejo y Antiguo de Zaragoza (Asociación de Libreros de viejo y antiguo de Aragón), que no deja de ser otra maravilla propia de un letraherido singular que en cada entrega nos ofrece una verdadera joya. 

NOTA. La fotografía que ilustra esta entrada corresponde a la biblioteca de Richard Macksey, quien fuera profesor de Crítica Literaria y Literaturas Comparadas en la Johns Hopkins University de Baltimore.

12.4.24

Lecturas

Después de El sueño de los vencejos y Visita de año nuevo, el poeta Antonio Moreno (Alicante, 1964) cierra con Cuatro retratos incompletos su "imprevista trilogía" centrada "en la exploración de los lugares de la memoria personal y familiar". Esta tercera entrega, escrita en 2017 y, por tanto, previa a lo ya publicado, aparece de nuevo en Newcastle Ediciones y da cuenta de la vida de sus cuatro abuelos. Es un libro delicioso (con un breve álbum fotográfico) que reafirma en uno la sensación de que en Moreno hay un prosista emboscado. ¿Será verdad que la mejor prosa la escriben los poetas?

Permanencia, de la guipuzcoana Castillo Suárez (Alsasua, 1976), traducido del euskera por Fernando Rey, y que edita con primor Cuadernos del vigía, es un libro singular. No me extraña que, como subrayan los editores, su autora sea "una de las voces poéticas más consolidadas de la poesía vasca actual". Da fe de una poética tan delicada como potente. Sensibilidad y certeza. Esta mujer, no cabe duda, sabe lo que hace. Y el porqué. ¿Cuánto dura lo efímero?, podría ser la pregunta. Los amores, el sexo ("Follar contigo es viajar a un prado no segado"), las parejas... "Cuando se esclarezca / por qué tememos a quienes amamos,/ habrá llegado el final de la poesía". Sí, puede que este libro sea "el relato imposible de todo lo que cae sin hacer ruido". 

El periodista Fernando del Val (Valladolid 1978) vuelve a la poesía con Ahogados en mercurio, un título inquietante que procede del heterodoxo Houellebecq. Lo publica la Fundación Jorge Guillén en la exquisita colección Maravillas Concretas, tan secreta como todas las suyas. Quince años ha tardado en terminarlo. De "balcón orientado a la decadencia de occidente" habla al referirse a él. Cuenta que fue escrito, en su primer impulso, en Ávila, a la sombra lectora de "San Juan y Santa Teresa". Sin mayúsculas ni signos de puntuación. Prima la condensación de las ideas. "No me gusta nada del presente", confiesa. Sus acerados aforismos, versos naturales de quien proviene de la filosofía, no dejan indiferente a quien lee, misión fundamental en cualquier lectura. Muestran a un hombre y a un mundo sin compasión. Las iluminaciones de un ser tan lúcido como perplejo. "buscaba palabras nuevas / no definiciones / lágrimas deshojadas / astillas de mármol". 

Ariadna G. García reúne en un mismo volumen que publica la Editorial Universidad de Alcalá dos libros unidos por su tono de impronta humanística: Sabiduría de los límites y Línea de flotación, que ya había aparecido en Puerto Rico (prologado por Jamila Medina Ríos) en 2017. Lleva un prólogo de Luis García Montero y la nota de contracubierta es de Jorge Riechmann. Dos buenas pistas. También la cita de Marco Aurelio que lo abre: Condúcete con amor. El segundo recuerda que en su poesía "palabras como biofilia, compasión y amistad se esponjan con calidez". "Escucho y vivo", escribe. Y: "Sigue siendo / posible / lo improbable". Dice que Sabiduría... "supone una incursión en la poesía ecológica y anticapitalista". Que ambos, añade, "presentan un despojamiento retórico que los aproxima a la poesía pura". Uno, en fin, sólo lee en ellos poesía. De la pura experiencia; esto es, apegada a la vida. Muy existencial y del presente. No es poco. En cuanto a la pretensión de que el libro contribuya, "aunque sea un poco", al "cambio de nuestro paradigma cultural", es un asunto que se me escapa. Uno lee, repito, y basta. Versos "protectores" y "solidarios". Con gusto. En especial, los menos ideológicos, en poemas como "Insomnio", "Mar" o "Calabaza".

Impresiona leer los ciento veintiocho títulos que contiene, hasta ahora, el catálogo de la colección La Gruta de las Palabras, que dirige Fernando Sanmartín para las Prensas de la Universidad de Zaragoza. El último, Motel Pandoralibro del inquieto bloguero zaragozano Octavio Gómez Milián, profesor de Matemáticas y coleccionista de tebeos, figuras y vinilos. 
Tal vez sean la pasión y el miedo lo que mejor transmite esta obra veloz y unitaria que transita desconcertado por las calles vacías de una ciudad fantasma y por los pasillos y habitaciones hospitalarias donde su padre, seriamente enfermo, lucha con la muerte. En plena pandemia. "Nada vive hasta que la muerte muere". 

De Brooklyn a Isla Negra. Poemas predilectos (Cuadernos de Humo), titula Javier La Beira su hermoso florilegio, en tanto que objeto libresco, con ilustraciones inéditas de Pérez Estrada y previo encargo del editor Hilario Barrero, que la patrocina junto a la librería Isla Negra. "Antología de poesía malagueña contemporánea", reza en el subtítulo, en homenaje al mítico impresor Ángel Caffarena, que así nombró a la suya en 1960. Este detalle, el del subtítulo, no es baladí. Quiero decir que por mucho que uno se excuse en lo "inconsciente" y "temerario" a la hora de "escoger, de entre los casi infinitos poemas escritos por poetas coetáneos de mi ciudad, un número finito de ellos", los que le "impactaron", sus "predilectos", cuesta asumir que deje fuera de la muestra algunos versos de Álvaro García o de Alfonso Canales. Entre treinta y tres, desconocidos mediante... Veo que José Sarria enumera en su muro de Facebook a muchos olvidados más: Maillard, Romojaro, Villalobos, Aguado... Por encima de este detalle, que sólo puede achacarse a mi propia inconsciencia y a la edad tardía, las mismas debilidades que esgrime La Beira, reconozco la valía de la mayor parte de los poemas recogidos. Los de María Victoria Atencia, Isabel Bono, Aurora Luque o Alfredo Taján, por ejemplo. Imagino que es lo que de verdad importa. Ah, destaco, conviene subrayarlo, la belleza material del cuaderno, que, por suerte, querido Hilario, no es, en rigor, de humo. 

Me gustaría terminar este breve repaso con otro descubrimiento. Perdonen mi ignorancia. El de la pintura sobre metal (casi siempre) del aragonés Ignacio Fortún. La veo a través del magnífico catálogo que con motivo de su exposición Cinco capítulos publica el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza (que dirige Yolanda Polo) en PUZ. 
Los textos de José Ángel Cilleruelo, Fernando Sanmartín y Desirée Orús, además de los del propio pintor, ayudan a comprender mejor esta obra que aúna misterio y claridad. Figurativa, sí, pero no exenta, ya digo, de "candados", pero de los que "se abren sin ninguna llave. Porque la llave es la mirada", como nos explica en su precioso texto Fernando Sanmartín. 
Me ha llamado especialmente la atención el punto de vista arquitectónico de la obra de Fortún. Y la personal presencia de la naturaleza. De esas visiones (ah, los hombres de espalda) surgió un poema, y ya hacía meses. Muito obrigado.

28.3.23

Fernando Sanmartín lee "Sobre el azar..."


VALVERDE Y MATEOS VAN A LO ESENCIAL
 
Hay escritores con los que mantengo una extraña fidelidad. Y nunca me defraudan. De ser tenistas andarían, seguro, en buenos puestos del Grand Slam. Porque un poema también puede colocarse en la red o en el fondo de la pista. ¿Que asimilo a un escritor con un jugador de tenis? ¿Por qué no? 
Acaban de publicarse dos libros, muy distintos entre sí, de dos poetas a los que leo siempre, donde no encuentro tufo de hornillo ni versos impostados. Son libros que hacen cumbre, se alejan de la contaminación y de los purés espesos y no contienen experimentalismos ni brebaje de chamán.
 
La memoria de Valverde
El primero de ellos es ‘Sobre el azar del mapa’, de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), autor sólido y para quien lo vivido configura desde hace tiempo el espejo de su escritura, ese espacio donde la verdad evita los laberintos. Lo dijo y lo escribió: «Mi tema es la memoria». Así lo define en ‘A debida distancia’. Pero el viaje, los lugares cotidianos o que visita, están siempre en sus libros, como sucede en ‘Mecánica terrestre’ («aquella mañana de domingo en Estoril»), en ‘Desde fuera’ («la luz mortecina en Rotterdam») o en ‘Más allá, Tánger’.
Si tuviéramos que definir en pocas palabras lo que hay en estas páginas, diríamos que se trata de los textos que un viajero escribe. La primera parte, con cincuenta poemas, constituyen el ‘Cuaderno de Sofía’. Y Valverde nos habla de la ciudad («A vista de pájaro, / la ciudad es un mapa/ cubierto por la nieve»), de los aleros y las losas precarias, de las calles angostas que no son avenidas, del frío como «expresión de la pureza», de «estatuas de hombres admirables o de simples tiranos», del monasterio de Rila (‘Lejos del mundo,/estás en el mundo’) y de una foto de sir Patrick Leigh Fermor. Aparece lo visible y lo que hay más allá de la apariencia.
Los cincuenta poemas podrían ser uno solo, con la atmósfera y sencillez que traslada al lector, con unos versos desnudos que tienen el abrigo necesario de la hondura, que transmiten la intimidad de lo que se ha contemplado; poesía grande que refleja, además, varios parámetros que no se omiten y la confesión de que «lleva uno a otra ciudad/ su ciudad dentro».
La segunda parte del libro la componen otros veinte poemas articulados para configurar el ‘Cuaderno suizo’. Y aquí la escritura busca de nuevo la luz en el fragmento, las descripciones de la naturaleza urbana, el escenario y sus rasgos, si bien crecen las referencias literarias, homenaje evidente, entre otros, a Jorge Luis Borges, José Ángel Valente y María Zambrano. Y de este cuaderno suizo recuerdo que ese viaje tuvo reflejo narrado en el blog que su autor mantiene desde hace años. Y el contraste entre los poemas y las entradas en ese blog evidencian, como decía José Hierro, que la poesía sirve para contar aquello que no puede contarse de otra forma.

La clarividencia de Mateos
José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963), impulsor de inolvidables proyectos como los ‘Cuadernos de la Moderna’ o codirector de la revista ‘Nadie parecía’, es autor de libros en los que siempre ha mantenido que la realidad, los sucesos de la vida, cobran «plena significación mediante la escritura del poema». No puede extrañarnos, por ello, que en ‘La hora del lobo’, donde hay textos titula dos ‘Habitación 472’ o ‘En una servilleta de hospital’, nos diga que existe «un lugar donde la muerte acaba». Esto nos lleva a recordar que en uno de sus primeros libros, ‘Días en claro’ (Pre textos, 1995), afirmaba que nunca estás solo porque «la muerte te acompaña».
Hay aquí una treintena de poemas que golpean por su clarividencia, con dos partes muy diferenciadas
que se agrupan con los títulos de ‘Dentro’ y ‘Fuera’, reflejo de la enfermedad y del viaje que existe para escapar de ella, con palabras que respiran por sí solas, con una armonía que muestra el horizonte íntimo y la voz confesional y limpia de José Mateos, merodeando cerca Montaigne, Cicerón y Epicuro, sin temor a la afirmación de «Ya sé que a veces lo que canto es triste». Libro lleno de hondura, infrecuente, de afirmaciones sobre el alma, de cómo es la noche o esos instantes donde la vida se convierte en un eco.

José Mateos y Álvaro Valverde no hacen poesía ‘after shave’. Jamás sucederá. Conocen lo esencial y lo reflejan. Leerlos, ocurre siempre, resulta enriquecedor. 

NOTA: Esta reseña se publicado en Heraldo de Aragón.
 

22.9.22

Bautista y Sanmartín

 
EL PESAJE DEL CORAZÓN
 
Amalia Bautista
La Bella Varsovia, Córdoba, 2022. 64 páginas. 11 €
 
Amalia Bautista (Madrid, 1962) es autora, entre otros, de Cárcel de amorCuéntamelo otra vezHilos de seda, Estoy ausentePecados (con Alberto Porlán), Roto Madrid (con fotografías de José del Río Mons) y Falsa pimienta. Reunió su poesía en Tres deseos (2006 y 2010). En 2017 publicó en México La sal en nuestros labios y aquí, en 2019, Floricela, un libro de poesía infantil.
Con una voz bien definida y una trayectoria coherente, esta nueva entrega devuelve al lector su mundo particular, asentado en las pequeñas cosas y los sucesos cotidianos, donde la difícil sencillez de sus versos (léase “Agua”, que da título al libro) y su delicado tono intimista desvelan, desde la perplejidad, esos misterios que toda vida entraña. No en vano los elogió Ana Luísa Amaral, con la que coincide a la hora de elevar a poético lo aparentemente menudo. Unas zapatillas de baile, los quitamiedos, una mariposa o soñar con una rata. “El pesaje del corazón” le habría encantado a la portuguesa.
Hay algo de recuento, acaso por el peso de la edad (“Atado de años”), y bastante melancolía (“Pétalos caídos”) en estos poemas dedicados a su madre donde la infancia aflora (“Pero crecemos y olvidamos cosas, / por lo menos, las cosas importantes”).
En “Eco”, las hijas, sus habitaciones vacías. En “Venus del espejo”, las mujeres; los hombres en “El hombre que camina”. La indignación (lo moral) en “Canto de las espigas”. “Fragmentos” revela una poética. No falta tampoco la alegría. “La terraza” y “El tesoro” dan fe de ello.
La tercera parte incluye poemas de amor. Más allá de “lo razonable”. “Siempre tú”, con quien comparte los cuatro ríos: el del “agua fresca”, el de “la lecha más pura”, el “de vino” y el “de miel”. “Vals de las ciudades” y el memorable “Sursum corda” dan la medida de una poesía hecha de realidades, no de humo, como quería el poeta catalán Joan Vinyoli.


CONCIENCIA DEL ENIGMA
 
Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2022. 50 páginas. 15 €
 
Además de libros de memorias, de viajes, de relatos, dietarios y novelas, el poeta Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) ha publicado Manual de supervivencia -consejos inútiles-Noches de lluvia en el embarcaderoAntes del hieloInfiel a los disfracesEl llanto de los boxeadoresEl peligro de los círculos e Ir al norte.
Evitar la niebla, que consta de catorce poemas sin título, se abre con citas de Argullol y Modiano, uno de sus maestros, sobre la impresión de errar el camino a diario. Al deber de esperar se refiere la de Nooteboom, al principio de la primera parte y menciona a Aira en el verso inicial porque “dice que somos lo que escribimos”. Lector contumaz e inquieto viajero (“Necesito que no me abandone / lo lejano”), por sus versos pululan numerosos personajes, literarios o no (el rey Juan Carlos “piensa en el monasterio de Yuste”). Y ciudades: Londres, Dublín y, sobre todo, París.
Sanmartín entiende el poema como “este lugar hecho para guarecerme / o conquistar la sed, / la ficción / que refleja / mi última estrategia”. Los protagoniza alguien que es y no es él. Porque yo es siempre otro. Un “desconocido” (“Dentro de mí / tengo una habitación desordenada”) que dialoga habitualmente consigo mismo (la identidad como tema), con una mujer o un médico: “¿Dejará de doler?”. Uno que siente miedo “de lo que no me infunde miedo”.
Suelen ser historias comprimidas, pequeñas narraciones líricas donde menos es más. Escritas con la intención de que parezcan improvisadas, dictadas por la inspiración, veloces y ligeras. Propias de quien se sume en el asombro. Exigen al lector su réplica.

NOTA: Las reseñas de los libros de Amalia Bautista y Fernando Sanmartín se han publicado en EL CULTURAL.