21.5.25

Muestra de la Real Sociedad Fotográfica


Hasta el día 27, el martes de la semana que viene, se puede visitar en la Sala Hebraica del Centro Cultural las Claras de Plasencia la exposición "Un poema y tu mirada", organizada por la Real Sociedad Fotográfica, una acreditada institución con 126 años de vida. 
La muestra reúne las fotografías premiadas en los Concursos Sociales que se celebraron entre 2021 y 2025. En ellos hay dos modalidades, blanco y negro y color, y los participantes, para realizar sus fotografías, se inspiran en versos de distintos poetas. Cada año, uno distinto. 
La inauguración, que tuvo lugar el día 10, corrió a cargo de la presidenta, Angélica Suela de la Llave, que estuvo acompañada de la concejala de Cultura del Ayuntamiento, Marisa Bermejo, que hizo uso de la palabra. También intervino Magdalena Tirado (que reflexionó sobre la fotografía con hondura) y Mariano Gómez Isern, vocal de Comunicación de la RSF, que leyó un inspirado texto de Tomás Sánchez Santiago (éste disculpó su asistencia) que se publicará en el catálogo de la siguiente muestra. Precisamente el que escribí para semejante ocasión en el correspondiente al concurso 2022-2023 fue el que leí en ese acto. Antes, versos de Magdalena, Tomás y un servidor sirvieron para animar a los fotógrafos a tirar sus instantáneas. 
Como se puede apreciar, no faltó público. De fuera, en su inmensa mayoría. A pesar de que, como resaltó Bermejo, puede que ésta sea una de las mejores exhibiciones de fotografía que acoge ese espacio artístico (donde ya estuvo Extremamour), echó uno de menos a tantos hombre y mujeres placentinos cultos como pululan por esta ciudad, tan preocupados ellos por el arte y los museos, pero a los que nunca o casi nunca vi ni en éste ni en ningún otro evento (dirían ellos) de naturaleza semejante. Raro, ¿verdad?






20.5.25

Presentación


Mañana a las seis de la tarde (miedo me da con estos calores que anuncian), presentamos en la Feria del Libro de Plasencia Lecturas a poniente. Poesía en Extremadura 2005-2024, un libro refrescante, eso sí, que celebra la excelente salud de la lírica escrita por extremeños o por poetas vinculados a esta región en lo que va de siglo.  
Conversaré sobre ello con Antonio Girol, director de la Editora Regional (donde se ha publicado), y con Dionisio López, crítico y escritor, el que fuera profesor del placentino IES Monfragüe. También nos acompañará el alcalde Pizarro, pues se trata del acto inaugural de la Feria. 
Por cierto, inmediatamente después se presentará allí mismo la antología Los últimos del Oeste. Poetas extremeños del siglo XXI, de la que es editor López. Este año la poesía centra este encuentro de libreros, autores y lectores. Me alegro, bien lo merece la pobre.
No nos dejen solos bajo la carpa y, por favor, no olviden sus abanicos.

19.5.25

Lecturas a lo breve (prosa)


Ahí seguimos, libro va y libro viene, más después de comprobar lo que ayudan en caso de pandemia o apagón; entidades incomparables, bien lo sé, aunque ambas propicias al buen leer. De entre los últimos destaco unos cuantos. Sin otro afán que no sea el dar noticia de ellos (por si el lector no la tuviera de antemano) y ponderar su valor. Sin entrar tampoco en detalles. 
De narrativa leo lo justo (mal hecho), pero algo leo. Empiezo por los cuentos de Hombre caído, de Fernando Aramburu (Tusquets Editores). Del particular sentido del humor de vasco afincado en Alemania ya sabíamos, pero aquí, o eso creo, se acrecienta hasta el punto de rozar no pocas veces los límites del absurdo. Y lo hace con su habitual maestría, matizo. Con una libertad de movimientos que en sus novelas tal vez no ejercite tanto. No me cabe duda de que sorprenderá a más de uno, por muy seguidor de su obra que sea. 
También en Tusquets, ya que estamos, Hotel Roma, de Pierre Adrian, en torno a la vida y la obra del poeta y narrador Cesare Pavese. El libro mezcla con habilidad la biografía, el ensayo, y el diario, pero es antes que nada una novela. Bien urdida. He disfrutado mucho con ella y eso que la vida del autor de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos no fue sencilla. Y su personalidad, muy compleja. Vamos, lo ideal para un personaje novelesco.
Por seguir, aunque en este caso se trate de prosa autobiográfica, celebro (con permiso de su autor, tan reticente, nos cuenta, a los elogios) la nueva entrega memorialística del poeta Antonio Moreno: El viaje de las bibliotecas (Newcastle Ediciones). La serie continúa, y me alegro. Esta el la quinta entrega (todas en el mismo sello) de las dedicadas a dar cuenta, digamos, de su vida. Por su asunto central, la visita a bibliotecas de distintas localidades de su entorno levantino (y a los pueblos y ciudades que las albergan), y por su deliberado tono provinciano, que da al libro su verdadera categoría universal, el libro me ha encantado. Del bien hilado conjunto, sólo un comentario acerca de la recepción y el envío de libros entre amigos y poetas logró desazonarme. Sincero que es él y sensible que es uno. En todo caso, el libro demuestra una vez más que detrás del poeta cesante (o eso dice) había un prosista de fuste. Me recuerda, salvando todas las distancias, el camino emprendido hace años por Vicente Valero. En una editorial de mayor proyección (y no pongo en duda la solvencia de Newcastle, al contrario), tal vez Moreno ya estaría en boca de todos. 
Hablando de autobiografía, bien está mencionar, en una de sus ramas, sección "correspondencia", la que cruzaron entre 1981 y 1987 el poeta barcelonés Jaime Gil de Biedma y el profesor y poeta también Richard Sanger, ciudadano del mundo. Lo publica la Universidad de Almería en su colección Librería del desierto en una impecable edición de Miguel Gallego Roca. Quienes admiren al autor de Moralidades podrán deleitarse con sus confidencias y ahondar aún más en algunos aspectos de su obra, en especial cuanto tiene que ver con su predilección por la lírica anglosajona. Los prólogos, de Álvaro Salvador y del propio editor, acrecientan el interés de este rescate un tanto a trasmano.
Para los que no conocemos Madrid como es debido (si es que una ciudad, más si es grande, termina alguna vez de conocerse), resultan muy atractivos libros como Paseos singulares por Madrid. Centro y aledaños (Arzalia Ediciones), de Concha D'Olhaberriague. Disfruté con el Madrid de Trapiello y también con éste, aunque nada tengan que ver entre sí más allá del hecho que que los dos tienen a la capital del Reino de España como protagonista. D'Olhaberriague, madrileña, crítica literaria, estudiosa de Ortega (y orteguiana confesa, autora de un libro sobre su pensamiento lingüístico), Unamuno, Landero e Hidalgo Bayal, columnista y especialista en arte religioso, editora del citado Unamuno y de Miró, organizadora de la tertulia ramoniana y de actos conmemorativos en torno a las figuras de Larra y Ramón Gómez de la Serna, sabe caminar por sus calles y de eso dan fe esos paseos literarios, artísticos y gastronómicos que organiza por por los barrios históricos de Madrid: Maravillas, Letras… 
Cité hace un momento a Bayal (ella coordinó el dossier que dedicó al escritor extremeño la revista Turia) y él es el encargado de prologar la obra, lo que añade, bien lo sabemos sus lectores, un plus a un libro ya de por sí interesante. En él aclara que "no es una guía turística" y que su utilidad irá en aumento "según que los lectores sean paseantes provisionales, forasteros  recurrentes o matritenses de pro". Por lo demás, para la autora, culta y sensible, Madrid "es un libro inmenso, un teatro animado" que no se cansa de recorrer y que no deja de sorprenderle. Otro Madrid será el de uno tras leer este libro, en rigor, interminable, como cualquier ciudad.
En Palabras (Editora Regional de Extremadura), Simón Viola recuerda. Su infancia rural y su juventud soldadesca, pero también su profesión docente y algunos viajes, como el que hizo un verano a París. Como ocurre con todo lo relativo a la memoria, estamos ante un viaje sobre todo interior. Al filo de esa delicada frontera que separa lo sustancial de lo anecdótico. 
Hablando de viajes, en la Editora puede encontrar el aficionado a ellos un librito delicioso (que aparece en la preciosa colección Viajeros y Estables: Seis días por la tierra sin pan, de Pablo García Bengoechea. Se trata del diario de un recorrido a pie por la comarca de Las Hurdes. Y ahí, lo que ve, lo que habla (consigo mismo y con otros que encuentra por el camino), lo que piensa... Recuerdos e historia al margen. Con qué poco puede un autor componer una obra digna de ser leída y qué interminable sigue resultando, en todos los aspectos, ese apartado, maldito rincón de España que aspira a ser declarado Paisaje Cultural por la Unesco. 
De la prosa y de la poesía bebe este libro raro que me traje de la librería Víctor Jara de Salamanca el pasado mes de septiembre (aunque esté impreso en 2018) y que esperaba, ay, su momento. Cuánto lo he disfrutado. Me refiero a Cuaderno rayado. Cuaderno de disfrace (Biografía de la tinta), como lo tituló y subtituló el gran Aníbal Núñez. Lo salva de su archivo y del olvido Vicente Vives, que tanto sabe de la poesía del salmantino; quien se ocupó, entre otros empeños, de la antología de su obra publicada hace años por Cátedra en la canónica Letras Hispánicas. Aparece en las Ediciones de la Diputación de Salamanca.
El libro reúne textos en prosa (18) y poemas (8). Inéditos en su inmensa mayoría. De entre los primeros hay dos, para mi gusto, que sobresalen: "Ovidio, un bloc y el árbol" y "Hoy me permito el lujo", pero todos tienen interés. En especial para los incondicionales del autor de Alzado de la ruina, entre los que me cuento desde que empecé a escribir. También he disfrutado con los poemas, alguno ya incluido en su poesía completa. Vives, además de firmar un esclarecedor prólogo, añade un no menos ilustrativo comentario a cada prosa. 
Mientras escribo esta entrada, leo con creciente interés Las naves quemadas (Antología de prosas de no ficción 1985-2024), del solitario Miguel Sánchez-Ostiz. Publica el grueso volumen La Isla de Siltolá en edición del entusiasta Alfredo Rodríguez. Un pozo sin fondo. Ahí leo: "El compartir las lecturas es uno de los mayores gozos de los descubrimientos que van aparejados a esa actividad privada, silenciosa, quieta, emocionante que es la lectura". No me parece un mal final para esta nota.

17.5.25

Los últimos del Oeste

Los últimos del Oeste. Poetas extremeños del siglo XXI (Una poética inexistente). Así de largo es el título de la antología que ha editado Dionisio López y que publica, con una acertada Ayuda a la Edición de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, la editorial hispano-chilena RIL. 
El término Oeste (rótulo de uno de sus libros) es el que viene defendiendo Pureza Canelo para referirse a Extremadura (en el oeste / de mi estirpe). Más que una mera comunidad autónoma periférica de España, un territorio literario, especialmente de la poesía; más en estas últimas décadas, las de entresiglos, que han dado obras acreditadas y reconocidas en el panorama lírico nacional. A los últimos en llegar a esa feliz sucesión de hornadas que acaso ostenten ya la categoría de tradición (cuatro al menos conviven en el presente), dedica López, filólogo y profesor de instituto, esta muestra. A los que nacieron a partir de la significativa fecha de 1978, el año de la Constitución, hijos, pues, de la Democracia, y empezaron a publicar sus libros en el siglo actual, “con unos referentes literarios y culturales muy claros dentro de la región”. 
En su bien informado prólogo, “El salvaje Oeste” (al western remite la simbología de su introducción), que comienza con una alusión al perro semihundido de Goya (motivo de la preciosa cubierta del poeta y pintor levantino José Saborit: “Paisaje sin perro semihundido”), otra alegoría, López mira hacia atrás, a la promoción de los “pioneros” (inmediatamente anteriores a ellos), la de los 80, y fija en la década de los noventa la plena “normalización” de la cultura extremeña “dentro del ámbito nacional”. Veníamos, sí, del “erial”. El “reto”, según él, era conservar el nivel. Como afirma, se ha mantenido, cuando no superado. Hace unos días, Carlos García Mera ganaba el Premio Internacional de Poesía «Miguel Hernández-Comunidad Valenciana», que no es mala señal. 
El suyo, matiza, es “el diario de un lector de poesía”. Pronto subraya que los escogidos son autores “muy diferentes unos de otros”, de ahí la “inexistencia de una poética común”. Para la selección, más allá del “criterio del antólogo”, puso un “filtro”: que cada poeta hubiera publicado al menos un libro en una “editorial de cierto prestigio y con garantía de distribución nacional”. Huía del “aislamiento localista”. El orden de los poetas en la antología es precisamente el del año de salida de su ópera prima. 
No ha tenido en cuenta a los poetas que publican en internet. Por suerte, la parapoesía (y sus “juglares de la mediocridad”, Canelo dixit) ha pasado por estas tierras sin dejar huella alguna. Se ve que aquí lo de las modas... Ya ocurrió en su momento con la de la “poesía de la experiencia” (entendida como tendencia dominante a finales del pasado siglo), ajena al sentir de los poetas extremeños de entonces. 
López se planteó publicar “una antología inexacta, incompleta y parcial, pero honesta”. ¿Canónica? ¡No! Ni estilos ni corrientes. Ni lindes (la poesía portuguesa es parte fundamental de este invento: una Raya nos une) ni generaciones. Sí una “plaga lírica”, “extensible a todo el Oeste”. 
Fruto, siquiera en parte, de lo ya realizado con anterioridad: la llegada de la Universidad (y de los catedráticos Rozas y Senabre), de las Aulas Literarias y los Talleres de escritura, de la Editora Regional y otros sellos privados (como De La Luna Libros), de la Asociación de Escritores Extremeños, de las revistas, etc.
Siempre hay en los comienzos de cualquier empeño literario un “interés por lo cercano”. Los “pioneros” carecían de ellos aquí dentro, pero López sostiene (lo sugerí antes) que “ya existe una tradición muy poderosa en nuestro territorio”. 
En la apuntada disparidad de poéticas, López analiza las que la crítica ha designado en la historia reciente: la mentada de la Experiencia, la del Silencio, la de la Incertidumbre, la del Malestar, la del Fragmento... No, lo importante no es eso, pura nomenclatura, sino los poemas. A escudriñar los de cada uno dedica una veintena de páginas, dignas del crítico que es. En la nómina, un “evidente desequilibrio”, una peligrosa anomalía, más en estos tiempos de exaltación feminista: de los veintitrés elegidos, sólo tres son mujeres. La conclusión del editor: no hay más. Más, precisamos, que escriban la poesía que a él le parece digna de figurar en el florilegio. Y aun así... 
Entre los poetas, tres vínculos: el Oeste (vivan o no en él), la época (común a todos ellos) y las “influencias comunes” (con maestros, incluso, extremeños). 
Lo importante, ya se dijo, son los poemas. Para uno, salvo los inéditos que algunos incluyen (como “Memoria histórica”, de Fernando Pérez Fernández, por ejemplo, o “Durante la mudanza” de Urbano Pérez Sánchez, callado desde hace lustros), esta poesía me resulta familiar. De algunos, es verdad, no tenía noticia, o muy vaga. He reseñado sus libros, como se puede comprobar en Lecturas a poniente. ¿Sorpresas? Pocas, por eso. Con todo, alguna ha habido, como la de Luis Darío. Di cuenta en mi blog de la salida de su único libro y poco más. Un despiste. 
¿Son todos los que están? Seguramente, aunque en los rebuscados, artificiosos versos de un par de ellos la poesía, a mi modesto leer, brilla por su ausencia. ¿Falta alguien? En ésta, nadie, porque así ha sido concebida por el compilador. En otra del mismo periodo, tal vez Tente Garrido o Ángel Borreguero. 
Destacaría la variedad de poéticas y, en consecuencia, la diversidad de poemas. Para todos los gustos. No aburre. 
El libro es muy útil (incluida la selecta bibliografía), como siempre lo han sido las antologías elaboradas con rigor y criterio. Para colmo, está muy bien editado (por uno de los nominados: Paco Najarro, director de la colección Ærea). Ya que lo menciono, el antólogo se ha incluido en su antología, lo que no deja de ser un gesto más de honestidad, por mal visto que esté para algunos. Analiza sus poemas ayudándose de los críticos que los han comentado, pero se refiere a sí mismo como “Dionisio López”, desde fuera. Además da a conocer que en 2002 publicó una “primera obra no venal titulada La ciudad amarilla”, un dato inesperado, de la que rescata un poema. 
Para terminar, me parece oportuno nombrar a todos los antologados: Julio César Galán, José Manuel Díez, Álex Chico, Luis Darío, Urbano Pérez Sánchez Mario Martín Gijón, Francisco Fuentes, Luis María Marina, Paco Najarro, Fernando de las Heras, Antonio Rivero Machina, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Francisco José Chamorro, Fernando Pérez Fernández, Azahara Palomeque, Jorge Solís, Xavier Rossell, Eugenio Sánchez Salinas, Sandra Benito, Carlos García Mera, Dionisio López y Carmen Sánchez de las Heras. Tomen nota. 

Edición de Dionisio López 
RIL Editores, Madrid, 2025. 256 páginas. 27 €

NOTA: Esta reseña de ha publicado en El Cuaderno

14.5.25

En el Gran Teatro de Cáceres, anoche

Anoche en el Gran Teatro de Cáceres, con motivo de la primera edición de Escena Poesía. En la fotografía de Carlos Gil (para El Periódico Extremadura), Miguel Ángel Lama, organizador de la lectura, Carmen Hernández Zubero, Basilio Sánchez y servidor. Fue una noche intensa. La aportación musical de Juanjo Cortés fue decisiva. Y el buen hacer técnico de Isidro Timón. Muy de agradecer también la presencia de alumnos de la Facultad de Letras.
Impresiona, en fin, ver un patio de butacas lleno para escuchar poemas. Y que te aplaudan al final como si fueras otra cosa.

6.5.25

Lectura en Cáceres


Un poema en El Ojo Crítico

Ayer se abrió el programa diario de El Ojo Crítico con un poema “suizo” de Sobre el azar del mapa. Una agradable sorpresa. 

https://www.rtve.es/play/audios/el-ojo-critico/ojo-critico-avelina-prat-manolo-solo-traen-quinta-portuguesa-05-05-25/16566797

4.5.25

Una verdad natural

Por su regularidad, se podría pensar que Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) pertenece a la categoría de los poetas prolíficos; sin embargo, doce libros no son tantos en una vida larga. Reunió los diez primeros en Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017. Después llegaron La rama verde y éste. No, una docena no son demasiados para medio siglo de oficio literario. Por ellos, a pesar de ser un autor tan apreciado como leído, sólo ha conseguido un par de reconocimientos: el Premio Adonáis en 1977 (por su ópera prima) y el Nacional de la Crítica en 2005 (por La certeza). Ni el Nacional ni el de las Letras, entre los oficiales, ni el Reina Sofía o el García Lorca, entre los de relumbre. Una anomalía, sin duda. Poco le debe preocupar al poeta. Si por algo se caracteriza su obra (al completo en Tusquets) es por la honestidad y la coherencia, algo que casa mal con ese tipo de maniobrados galardones. 
En su libro anterior, El sueño cumplido, recogió Rosillo sus meditaciones sobre la poesía, ya sea en forma de textos o de entrevistas. Quien quiera comprender de forma cabal su manera de decir debería leer esa “especie de autobiografía poética”; con todo, me temo que la claridad de sus versos permite al más despistado lector adentrarse como es debido en su mundo, gracias a un tono de voz tan distinguible y nítido como personal e intransferible. 
“Yo no tengo teorías. Tengo poemas”, escribía allí, y se comprueba en un libro que, desde el mismo título, anuncia una mirada atrás. Con extrañeza, desde los primeros versos: “Cómo ha llegado uno hasta este día, / nadie puede decirlo”. Porque “Vivir es laberinto”. “Pero aquí estoy”, concluye. En ese juego de tiempos entre pasado, presente y futuro –el mejor modo de ser intempestivo, entre la eternidad y lo efímero– se va desenvolviendo un recorrido que no deja de ser una suerte de diario. Defiende Rosillo el “marcado carácter autobiográfico” de su lírica: “Uno escribe desde sí”. Amigo de la costumbre, con ellos vuelve la luz mediterránea, la casa de la costa (el estudio, el balcón), el mar cercano, la noche, los paseos, los árboles y los pájaros… El niño que fue (y la muerte del padre), pero también el hombre que no se rinde al frío de la edad. Que sigue vivo y ve que “la vida es esto: / tanta quietud moviéndose, / estar sin nadie y conversar con todo”. “Aquí”, como el poema. En una soledad tan solitaria como acompañada: de los que quiere (y siempre están con él, aunque sea lejos) y de “la multitud de los que has sido”. 
“Cualquier mañana pudo ser la vida”, escribe; un verso con voluntad de lema. Ocupado “en la contemplación de lo real”, aunque “la realidad se oculta más allá”. “Pero atento”, dice en “Dispuesto y disponible”. Porque “mucho importa la espera”. 
Con qué poco (una hormiga, la lluvia, unos rayos de sol, unas macetas) es capaz de componer un poema. 
A pesar de su modulación celebratoria, muestra de gratitud a cuanto le rodea, la melancolía sombrea el conjunto al hacerse patente que se acaba el tiempo. Ahí, lo elegíaco: el declinar del cuerpo (“Cuánta nostalgia de plenitud”), la juventud perdida (“Fui feliz sin saberlo”), la muerte (“No hay muerto que no muera”). La paradoja de “Ser casi viejo acaso, y ser tan joven”. A pesar de todo, “es hermoso vivir, haber vivido”. “Está bien cuanto ha sido”. “La vida sigue”. “La muerte, aquí, no encuentra lo que busca”. Le basta “Acatar y sentir. Estar conforme”.
“Intuyo que el libro que ahora escribo / habrá de ser el último que yo alcance a decir”, sostiene. Y uno, que seguirá asistiéndole “el canto”. 

Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets, Barcelona, 2025. 144 páginas. 17 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.



24.4.25

La poesía de Anna Świr


A pesar de lo bien atendida que ha estado la poesía polaca contemporánea en nuestra lengua –una de las grandes tradiciones líricas europeas– gracias a traductores tan solventes como Abel Murcia, Xavier Farré, Gerardo Beltrán o Elżbieta Bortkiewicz, de la poeta Anna Świr, que nació en Varsovia en 1909 y murió en Cracovia en 1984, y aun siendo una de las poetas polacas más importantes del siglo XX, los lectores españoles no teníamos hasta ahora noticia. Para remediarlo, Pre-Textos rescata sus versos de ese anómalo olvido gracias a la amplia antología bilingüe Hablando con mi cuerpo, dentro de la colección La Cruz del Sur.
Se han ocupado de la traducción el poeta Abraham Gragera (que acaba de publicar en el mismo sello La domesticación y que llevaba tiempo detrás de este proyecto) y Teresa Casas Hernández, a partir de Selected poems. A bilingual anthology of the poetry of Anna Świrszczyńska. Aunque el título esté en inglés, los versos se han vertido desde el polaco, lengua materna de la autora. En ese idioma publicó, entre otros, los libros Słowa czarne (Palabras negras, 1967), Wiatr (Viento, 1970), Baba jestem (Soy una mujer, 1972), Barykadę Budowałam (La construcción de la barricada, su obra más conocida, 1974), Szczęśliwa ogon Jak psi (Feliz como el rabo de un perro, 1978) y Cierpienie i Radość (El sufrimiento y la alegría, 1985).
Suelo desaprobar los prólogos en los libros normales. Cosa distinta es cuando se trata de antologías, ediciones críticas o poesías completas. Aquí echo de menos unas páginas en torno a la vida y la poesía de Świr. Nada que no pueda remediarse con una consulta a Google, en lo que a la biografía se refiere, pero más complicado en lo relativo a lo segundo. Es verdad que los poemas de esta mujer no necesitan de agudas exégesis ni de sesudos análisis filológicos. Tal vez por eso sus traductores prescindieron de ese delantal. Acaso baste con los sucintos datos de la solapa. O, dicho de otro modo, que se basten ellos por sí solos.
Para empezar, Świr nació en Varsovia en 1909 y murió en Cracovia en 1984 y su apellido era Świrszczyńska. Para seguir, fue hija de artistas (la presencia del padre en su poesía es fundamental), pero de los que no consiguen triunfar. Para terminar, su vida, que nunca nadó en la abundancia, no fue sencilla si tenemos en cuenta los sucesos históricos que le tocó sufrir, como al resto de sus compatriotas y, por extensión, a la mayor parte de los ciudadanos europeos de su época, a costa de la invasión nazi (perteneció a la Resistencia Polaca) y de la Segunda Guerra Mundial (vino al mundo al finalizar la Primera y en ésta fue enfermera) o de la caída del Muro de Berlín y, por tanto, del comunismo soviético. Y de eso, de su vida, es de lo que dan fe sus versos, tan crudos como transparentes. La naturalidad impera, sí. Y el realismo. En la primera acepción del diccionario: "Forma de ver las cosas sin idealizarlas". Y de la segunda, puesto que "pretende representar fielmente la realidad". 
La comparación con Szymborska (Anna también, y Maria Wisława) es inevitable y algunos puntos tienen en común, siquiera sea porque ambas fueron mujeres y polacas que pasaron por circunstancias vitales parecidas, si bien la premio Nobel era catorce años más joven que Świr. Digo mujer y en esa condición radica la fuerza de su poética. Fue una adelantada, como recalcan sus editores. Por feminista y por todo lo demás. Parece mentira, al leerla, que sus poemas tengan tantos años cuando a nuestros ojos parecen escritos ayer mismo.    
A propósito del título, Czesław Miłosz (que la tradujo al inglés, junto a Leonard Nathan, en una muestra que se titula igual que ésta) se preguntó cuál era el tema central de sus poemas, y respondió: "La carne. La carne en el amor y el éxtasis, en el dolor, en el terror, la carne temerosa de la soledad, pariendo, descansando, sintiendo el fluir del tiempo o reduciendo el tiempo a un instante. Mediante una delimitación tan clara de su temática, Anna Świr consigue en su poesía sensual y feroz una pulcritud casi caligráfica". 
En "Poemas del padre y de la madre", están ellos (la que "se casó con un loco" y el pintor fracasado que nunca dejó de cantar) y las penalidades que soportaron: su infancia y la pobreza. Se leen con un nudo en la garganta. La mudanza clandestina de una casa por la que no pagan el alquiler desde hace meses; las colas, bajo un frío helador, para que les den carbón o comida; la fiebre que casi la mata de niña; los cuadros de su padre apilados en el atelier ("Toda nuestra miseria está ahí", escribe en "Tengo once años"); el deambular de pueblo en pueblo; las muertes de sus progenitores y las consecuencias en su estado de ánimo. Pocas veces ha leído uno poemas así. Tan hondamente testimoniales, tan apegados a la realidad; tan poco literarios, digamos.
"Viento", la siguiente sección (así nombró uno de sus libros), abunda en el amor ("Estoy llena de amor. [...]  Como de muerte el tiempo"), la felicidad, la maternidad y ella misma. También en la enfermedad y la vejez. Más allá, aflora la compasión, que sobrevuela por encima de la ironía: "déjate dar de beber / del pozo efervescente / de la ironía". "Mi sufrimiento es el lápiz / con el que escribo", leemos.  
"Soy mujer", otra parte, incide en lo ya señalado. Lo femenino unido a lo corporal. Para muestra el sorprendente "Una mujer habla con su muslo", ejemplo de lo que apuntábamos antes acerca de su don de anticipación. Sí, la verdadera poesía es intempestiva. 
En "El amor de Felicia", la embarazada y su pareja: "Tres cuerpos". El erotismo. Sensual, claro, pero también muy tierno. En "Qué es la glándula pineal", pongo por caso, o en cualquiera de los poemas que le siguen, muy "de cama". 
"El amor de Antonia", lo uno y lo otro: desamor. En poemas como "Almohaza de hierro" (uno de los más logrados del conjunto, como "Intestino grueso"), "Vete al cine", "La misma en su interior". En "Abriré la ventana" leemos: "La soledad es la primera / medida de higiene". 
"El amor de Estefanía" sigue en la misma tónica. En cierto modo podría decirse que, visto lo visto, toda la poesía de Świr es una y que su tono de voz se mantuvo prácticamente igual durante toda su vida. "No te amo. Aún así te doy / felicidad" escribe en el delicioso "Góndola púrpura". Y en "Madrigal segundo": Copiosa como nalga / de querubín". El humor nunca estuvo lejos de su poética: "La risa la inventaron / quienes viven / vidas breves / como una carcajada". El cariño, tampoco.
El primero de "Otros poemas" es, a su vez, el título de otro de sus libros: "Feliz como el rabo de un perro": "Feliz como algo que no importa / y libre como lo insignificante". Los rótulos dan idea de ante qué tipo de poesía estamos: "Mato de hambre a mi estómago por motivos sublimes", "Me di de cabezazos contra un muro", "Duermo y ronco" o los muy significativo "Diosa del matriarcado" y "Una escritora hace la colada". 
Es cierto que su poesía se adelgaza y se hace más concisa, por más que nunca tendiera al palabreo. "Me gusta calentarme / al sol que está dentro de mí" y "Siempre / con el silencio voy, y con la luz" son versos memorables. 
"Le digo a mi cuerpo" podría servir de emblema de toda su poesía, el que empieza, "Cuerpo mío, animal...".
Termina el florilegio con “Poemas sobre mi amigo”, sección que comienza con “Amor mochilero” y “Nuestros silencios” que son un buen modelo de los que compuso al final: breves, intensos, conmovedores, amorosos. En “Gracias, destino” es palpable la aceptación de cuanto le ha sucedido, bueno o no. “Lloro humildad”, dice, y unos versos más arriba: “hice el amor con mi amante / como si hubiera hecho el amor muriéndome, / como si hubiera hecho el amor rezando”. Y al dolor y a la amargura canta como si fuera natural y no gravoso. 
“Mi amigo habla mientras muere” cierra el volumen y lo hace con la emoción a flor de piel, como escribió y vivió esta poeta polaca cuyos versos forman parte de esa biblioteca esencial que con la edad uno ha ido edificando poco a poco. Por eso no basta con releer. La poesía nunca deja de sorprendernos. Una alegría. 

Hablando con mi cuerpo
Anna Świr
Traducción de Abraham Gragera y Teresa Casas Hernández
Pre-Textos, Valencia, 2025. 292 páginas. 25 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO

23.4.25

Elogio de los libros


En 2002 publicó la Editora Regional de Extremadura el primer Elogio del libro. Le tocó a uno abrir brecha. Me negué a escribir un "manifiesto", como me solicitaron. Y salió esta suerte de poema.
Ese mismo año se puso en marcha el Plan de Fomento de la Lectura. Antes, y con un gran consenso institucional (Junta, partidos políticos, sindicatos, etc.) y de la sociedad civil, se había firmado, en la Biblioteca Regional, el Pacto por la Lectura. Qué lejos parece todo aquello. Pero de ahí venimos. 
Hoy, veintitrés años después, lee Pilar Galán su "elogio" en los Salones Barrocos del Palacio Episcopal de Plasencia. A la misma hora estaré en un centro educativo de la ciudad con alumnos de Secundaria. Todo por el libro. 

ELOGIO DE LOS LIBROS

Por la descripción del paraíso, y la ceguera de Tobías y por el viaje de Jonás alojado en el vientre de una ballena.

Por las aventuras de Ulises a través de un mar color de vino y por la explicación de sus hazañas hasta que pudo regresar a Ítaca.

Por las enseñanzas de Virgilio acerca del tiempo que nos huye, irremediable, y, cómo no, por las de Horacio, que nos animó a disfrutar del momento que pasa y a llevar una vida retirada y modesta. 

Por los jardines y fuentes de los versos arábigos, porque evocan la pérdida del inmenso desierto.

Por la flor del cerezo y la luna y el río, y por los pabellones y por las batallas que cantan los poemas de los clásicos chinos.

Por el amor que ha abierto las murallas de todos los castillos de la historia y por los trovadores que inventaron el modo de asaltarlas.

Por las coplas escritas a la muerte del padre, y las noches oscuras y la senda escondida, y la hermosa locura que inventó Don Quijote.

Por el descenso a los infiernos donde habitan los monstruos y el ascenso a los cielos donde viven los ángeles.

Por la busca del tiempo que creímos perdido en la patria feliz de la infancia.

Por los cuentos de hadas y los cuentos de lobos, por su felicidad y por su miedo.

Por los cantos oscuros de las tribus remotas, tan acordes al ritmo con que suena la Tierra.

Por la tristeza y por el entusiasmo que se esconden detrás de las líneas escritas por cualquier ser humano.

Por los mares del mundo: los del norte y sus sagas, los del sur y sus islas; y los de la persecución de Moby Dick y los profundos del Nautilus.

Por los héroes de leyenda y los seres reales porque son las dos caras de la misma existencia. 

Por las volteretas de todas las vanguardias y los sueños que inventan con sus saltos festivos.

Y por todos los libros, incontables, que admiten recordar lo olvidado y volver a lugares donde nunca estuvimos y vivir esas vidas que jamás viviremos. Porque el mundo es un libro que nos lee y que escribimos. 

NOTA: En la fotografía, la Biblioteca Episcopal de Plasencia

14.4.25

En Quimera

En el número 496 de la revista Quimera se ha publicado esta nota sobre Meditaciones del lugar
Gracias, Álex Chico.

Si una de las tareas más apasionantes para un escritor es ser capaz de construir un universo, la obra de Álvaro Valverde ha cumplido ese cometido de una forma fulgurante. Como redescubrimos en Meditaciones del lugar, su poesía convierte un mundo, el del autor, en el nuestro. Nos permite habitar sus poemas, perdernos en ellos, como quien recorre un territorio propio y ajeno.
Los poemas antologados aquí dan fe de ello. Por eso la obra de Valverde es una de las más sólidas y sugerentes de la poesía española contemporánea.





13.4.25

En el silencio de estas contemplaciones

El venezolano Ígor Barreto (San Fernando de Apure, 1952) reunió su poesía en El campo / El ascensor (1983-2013). Después llegaron El muro de Mandelshtam y La sombra del apostador
La edición de aquélla estuvo al cuidado de Antonio López Ortega, como la de Rasgos comunes, magna antología de poesía venezolana del siglo XX. Lo digo porque su afirmación –al frente del liminar de Inmundo– de que “Toda la poesía venezolana confluye en la obra de Igor Barreto” cobra pleno sentido. La conoce perfectamente. Cita a diferentes autores y no olvida que también converge “con la más alta poesía contemporánea” universal. Un “bagaje para urdir una poesía en la que el paisaje se ha hecho pensamiento”. Que ha evolucionado “hacia un estadio metafísico”. Teniendo en cuenta el “siglo portentoso” de esa tradición, no es poco que la suya esté entre las mejores. Se aprecia bien en este libro cuyo título remitiría a “in-mundo: esto es, lo que está dentro del mundo, o dentro de sí”. El poeta, afirma el prologuista, “nos entrega” en él “su propio canto general”. “Un recorrido que aspira a la totalidad”. De joven, Barreto “solía fantasear con una sociedad de poetas muertos”, un “guiño” que “evocaba la muerte del referente terrestre en la poesía venezolana” (de la que él sería “su último representante”); ahora, en Inmundo, “la tierra” se convierte “en cosmos, en totalidad significante”. Y por el “Kosmos” empieza, no sin antes citar a Lacan: “lo real es inmundo y hay que soportarlo”. 
Pronto, la conciencia de la escritura, “esa lengua arbitraria / que inventamos para aludir / las cosas mudas”. La silla, el rectángulo, el cuarzo, las cortinas. “La poesía es inmunda, / se escribe justo en el borde angustiante / de la frontera / del mundo”. Y redundante: “Yo reescribo / lo escrito”.  En “Hedor” leemos: “¿Quién ha dicho que de la fetidez / no emanan los poemas?”. La poesía –señala– “sólo prospera en el error”. Cree, en fin, que “la poesía se indigesta con tantas precisiones, y más le conviene nombrar al sesgo”.
Barreto suele proceder por series: poemas sobre el mismo asunto general, no siempre seguidos. Destacaría los que dedica a la naturaleza (paisajes, animales –aves, sobre todo– y vegetales, que metaforiza: “Urracas”, “Los pájaros semilleros”, ”Aragüaney”, “Heliotropos”, “Palmeras”); a la fotografía (reconoce que muchas composiciones están inspiradas en ellas: “La belleza pertenece / a lo pre-verbal); a la familia y su propia memoria personal (el abuelo “práctico”, la abuela “junto a su nieta”, su infancia, el amor, los recuerdos: “Somos / esas figuras que pasan / como carrozas fúnebres: / una modesta historia / que con ilusión pretendíamos ser”, leemos en “Álbum de familia”); a Rumanía (le dedica los nueve poemas que siguen a “Sueño rumano (1973-1979)”; por razones de estudio, vivió allí durante la dictadura de Ceauşescu: “Fuimos extraños / en un rincón de los Balcanes”); o a su país, Venezuela, con dolor (ahí, “nuestra bastardía triste /a la que aún obedecemos ciegamente”, “lo precario”, “¿Cómo hablar del obsceno presente?”, “Lo perdido”, “Al final sufrimos / la no pertenencia / y el no-lugar”, “El país arrojado / hacia la amnesia de los lotófagos”).  
Por libre, digamos, otros poemas memorables: “Traducciones” (complementario de “Tres poemas de Reiner Kunze”), “El viajero”, “El fantasma del hotel Majestic”, “Epidemia”... O los dos de tema taurino. Entre versos, las prosas de “Bagatelas” (cuatro). 
Alude Barreto al “habla comprensible”. Y al lenguaje de lo “real-cotidiano”. El tono de esta poesía concisa es conversacional. Narrativo en numerosas ocasiones. Su ritmo, parsimonioso y elegante. Lo meditativo se ajusta a la cadencia melancólica que atraviesa el conjunto. De una tristeza honda. Creo que Barreto ha conseguido al final su deseo: “Descubrir lo que no sabía / que sabía”.

Igor Barreto. 
Pre-Textos, Valencia, 2024. 214 páginas. 23 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



10.4.25

Carta de Benicasim


Hace unos meses se puso en contacto conmigo Jacinta Negueruela, profesora jubilada del instituto Violant de Casalduch de Benicasim (en valenciano, Benicàssim) para anunciarme que me escribiría otra profesora del centro, Irene Costa, quien coordina los encuentros literarios "Vivir la palabra", que aquélla fundó en 1988. Querían invitarme a participar en el correspondiente al año en curso. Acepté, por más que uno se prodigue poco por esas lecturas didácticas que, en verdad, sólo me han dado alegrías. Por el trato dispensado por sus entusiastas organizadores y por el interés del público que acude: los adolescentes alumnos de secundaria y bachillerato, tan denostado sin razón. Esa es al menos mi experiencia. 
Era además un honor sumarse a una larga lista de poetas, sobre todo, admirados los más, que me antecedieron. Aquí puede consultarse esa nómina a falta de la anterior participante: Ana Merino, en 2021. Y con más detalles en el blog Litterae. El año pasado falló a última hora Jenaro Talens. Y eso estuvo a punto de suceder conmigo. Por la misma causa que me impidió asistir a la presentación madrileña de la antología de Pre-Textos. El afán de la profesora Costa y del equipo directivo del IES lograron que pudiéramos fijar una nueva fecha. En ese intermedio, la Subdirección General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas del Ministerio de Cultura de España tuvo a bien aprobar la ayuda correspondiente, denegada en principio porque consideraban que ya habían recibido bastantes escritores a lo largo de los años. Se castigaba, así, la esforzada labor de décadas (con la engorrosa burocracia que conlleva), una tarea que la mayor parte de los centros educativos eluden. 
No cabe duda de que el viaje desde Plasencia, a poniente, hasta Benicasim, a levante, es largo. Como esto es Extremadura, lo del tren se descartó pronto. Es cierto que las nuevas autovías castellano-manchegas acortan algo el trayecto. Lo peor: el intenso tráfico. Desde Requena y hasta nuestro destino, insoportable. Y peligroso. Los camiones... Casi tanto como las comidas en los locales de carretera. Uno rara vez acierta. En una escapada reciente a Gijón, con parada a la vuelta en nuestra querida y familiar Taramundi, a la altura de Ponferrada, tuvimos ocasión de presenciar una escena televisiva propia de un programa de Chicote: un camarero y un cocinero acabaron a tortas en la cocina. La bronca fue monumental. Esta vez, cerca de Utiel, era más probable meterse en la boca una mosca que un trozo de pechuga de pollo. Agobiante. Y asqueroso, sí. Por suerte, todo cambió radicalmente al llegar a Benicasim. Nos alojábamos en el famoso hotel Voramar. Una auténtica preciosidad. Un lugar con historia situado en un enclave idílico, a pie de playa (el mar rozó durante años sus muros). A los de interior esto... Bueno, con un matiz: mi mujer nació al borde del mar. Peor aún. 
El Voramar ha sido, primero, casa de baños; luego, restaurante; y después, hotel. Y durante la Guerra Civil, hospital militar (de ambos bandos, por allí pasó Miguel Hernández). Al final, hotel, además de escenario de novelas y películas. Normal. Basta con ver fotografías antiguas para enamorarse de él. Me contaba el editor Manuel Borrás que de pequeño veraneó en ese alojamiento con sus padres. Si a todo eso le unes el trato discreto y cordial y una confortable habitación con vistas...
Pudimos pasear la tarde de nuestra llegada, con tiempo desapacible (era mucho pedir que la nítida luz mediterránea nos acompañara), por delante de las numerosas villas del siglo pasado que aún se conservan. Entre ellas, la Biblioteca del Mar: Villa Ana. Imposible no sentir nostalgia de algo que nunca conocimos. 
Como daba uno por hecho, Irene Costa (que fue a buscarnos al hotel y presentó con solvencia el acto) es un encanto de persona. Sus compañeras (abundan ellas), otro tanto (en administración resolvieron el papeleo en un pis pas). El alumnado (seré políticamente correcto) se portó de maravilla. Lo mejor: sus preguntas. Algunos se acercaron al final para que les firmara el libro y eso dio ocasión a breves charlas, alguna graciosa.  
Volvimos al hotel para comer. Seis mujeres y dos hombres nos sentamos alrededor de una mesa redonda y bien puesta con vistas al mar para degustar, qué si no, un arroz. Un arroz auténtico, puntualizo. Con sepia y rape. Excelente. La conversación fue amena y se habló de literatura lo justo. Perfecto. No se censuró a nadie, cosa rara, y eso que alguna mención bien pudo propiciarlo. Se optó por la sensatez.


Apenas hora y media después ya estaba en el hall la librera. Nos iba a llevar en su coche a Noviembre, la librería donde estaba prevista la lectura de poemas. Sus dueñas son Mònica Bernat Socarrades y Celia Puchol Saura. El local está recién reformado y respira hospitalidad y calma. Se ve a las claras que saben de libros (porque leen, lo que no hacen todos los que los venden). Las estanterías hablaban por sí mismas: en ellas había libros seleccionados, no mecánicamente recibidos. Veinte años son muchos como para no saber de qué va ese ilustrado negocio. 
De la presentación se ocupó la mencionada Jacinta Negueruela. Por fin pude conocerla en persona. Pura sensibilidad. Además de promotora del ciclo señalado, es autora del libro de poemas Palabras bajo la piedra (Devenir) y, en la misma editorial, del ensayo Un arte presencial. De Yves Bonnefoy a Miquel Barceló y de la traducción de La poesía en voz alta. Tres ensayos y una entrevista, del poeta francés, con prólogo del desaparecido Andrés Sánchez Robayna y epílogo de ella. 
Se centró, con qué tino, en El cuarto del siroco, que es el libro que creímos más apropiado para los alumnos del instituto. Éramos pocos. Otra vez dos hombres entre un grupo de mujeres. Eso facilitó esa "conversación en la penumbra", hermosa definición del poema (de la poesía, diría uno) según Eliseo Diego, que allí mantuvimos. Habló, ya digo, Negueruela, leí algunos poemas y di algunas claves particulares del libro, respondí a algunas preguntas... Salimos contentos por el rato disfrutado, con unos cuentos para las nietinas y un libro sobre Tánger, para no perder la costumbre. 
El viaje de vuelta fue más llevadero en lo que al tráfico se refiere. Paramos en Tarancón a comer y un muchacho nos indicó en una rotonda del polígono cómo llegar a un restaurante "al que van los trabajadores" (no queríamos más sustos) y donde uno dio buena cuenta de un sustancioso cocido. Después, el diluvio, a la salida de aquel poblachón manchego; el sol, a la altura de Toledo, una vista que siempre impresiona; una tremenda granizada, por Talavera de la Reina, que obligó parar los vehículos en la calzada, y, para terminar, una tormenta con sus rayos y truenos por Malpartida de Plasencia, ya cerca de casa. 

9.4.25

L. S. LOWRY, PINTOR





Pinto lo que veo.
Pinto lo que siento.
Soy un hombre que pinta.
Nada más, nada menos.

Habla L. S. Lowry.
El de Pendlebury.
El de Lancashire.

Nunca se reconoció como artista.
No pocos confunden
su pintura sencilla y esquemática
–la del hombre que fue–
con la de un pintor dominguero
Parece la de alguien con un hobby;
sin embargo, no fue un aficionado.

Pintaba sólo aquello que veía.
Sobre todo, escenas industriales
del frío noroeste de Inglaterra.
Podía percibir luces y atmósferas
en los lugares más inhóspitos.
Puentes, viaductos, calles…

Capturó para siempre aquella vida.
Su verdad, su crudeza.
A favor del recuerdo y en contra del olvido.
Se sabía uno más
de aquella humanidad superviviente.

Pintó tal vez para matar el tiempo,
noche tras noche, en la buhardilla,
cuando todo está inerte, decía,
y uno a salvo.
En soledad, acompañado
del penetrante olor a trementina
y el silbido del gas.

Al parecer fue un hombre solo.
Pusieron en su boca estas dos frases:
Las multitudes pueden ser
los lugares más solitarios.

Y: Me acechan las almas solitarias.
También: No necesito a nadie.

Solía subir a un páramo cercano
para observar el mundo como un pájaro.
La ciudad y el paisaje.
Vapor, humos y fuegos
que ardían en las fraguas de las fábricas.

Aunque la crítica y su madre
no creyeran en él,
Bernstein, el galerista,
subrayó que era auténtico.
Le dijo en una carta
que en su obra nada estaba creado
de forma artificial,
desde la semejanza o la representación.
Que todo estaba concebido
–le escribió– desde la pura
expresión del sentimiento.
Lo envolvía el misterio, añadió,
que él asemejó con la poesía.

Soy un hombre sencillo
que emplea materiales simples
.
Y colores como el negro marfil,
el bermellón y el azul de Prusia,
el ocre amarillo o el blanco.
Me gustan los aceites, afirmó.

Sólo un hombre que pinta.
Nada más, nada menos.

NOTA. Este poema se ha publicado en el número 153-154 de la revista Turia.
Lo ilustra un cuadro de Lowry: "Going to Work" (1943). 

7.4.25

Apuntes del natural

Más vida, de José Saborit (Valencia, 1960), es un libro meridiano. Por su tono, de línea clara, y por la luz mediterránea que lo ilumina. Que el poeta sea pintor (y teórico del arte), dota a su poesía de una gama de detalles que difícilmente podría mostrar quien se limita, digamos, a escribir versos. Sin esa perspectiva añadida, quiero decir. 
Autor de los libros de poesía Flor de sal, La eternidad y un día, La misma savia, Carta al hijo y Con los ojos de nadie, en Más vida, no hace falta más que leer el título, celebra la existencia por encima de lo que ésta tenga de penosa por culpa de los sufrimientos y las penalidades, de las amarguras y las pérdidas. Es una actitud vital que comparte con otros poetas que son además amigos, levantinos como él: Marzal, Gallego, Moreno... Y Lola Mascarell, por supuesto, dedicataria del libro y protagonista del poema “Quédate quieta”. Discípulos aventajados (dicho con afecto) de Francisco Brines, una suerte de dios tutelar, de cuya poesía tomaron lo hímnico, en detrimento de su marcado componente elegíaco. 
“Uno soñaba hace años con escribir un ensayo sobre la alegría en la historia de la literatura, que es un libro en el que la poesía española iba a tener más bien poco que decir: hay mucha, sí, pero siempre a costa de otras cosas, conseguida tras superar enormes obstáculos y reveses, al estilo del «llegué por el dolor a la alegría» de José Hierro”, escribía aquí atrás el crítico Juan Marqués en The Objective. Aquí, sin embargo, parece brotar de la misma forma natural con la que Saborit es capaz de expresar cuanto le sucede y pasa. Y con un ritmo, cabe añadir, hipnótico, propio de alguien que tiene, sí, buen oído. Y que domina el oficio. Basta con leer “La perfecta alegría”, con cita de Francisco de Asís. O “Los tristes”, un poema logrado y memorable, dedicado a otro recién llegado a la comunidad de los alegres, el monje salmantino Víctor Herrero. 
Hay mucha naturaleza en estos poemas, escritos, o eso parece, en pleno campo. Logrados apuntes del natural, diría el pintor. “Cítricos”, por ejemplo (“Nada sé de su trágica acidez, / nada de su agridulce metafísica”), o “Arden los árboles”, “Julio”, “Sábado por la mañana” y “El pastor en la roca”. Una naturaleza circunscrita al interior valenciano que ya estaba muy presente en su libro de prosas, escrito a modo de diario, Perspectiva aérea
Con todo, es el nacimiento de la hija lo que centra buena parte de sus reflexiones: “Encinta”, “Amor” (“Antes de que nacieras ya te amaba”), “Lucía la mañana” (la niña que comparte con Lola, su madre, la dedicatoria del volumen), “Primer gesto”, “Mamá” o “Suite para Lucía”. Otro poema, ”Imagino tus manos”, está dedicado “A mi hijo”. Doble paternidad, por tanto. Recuérdese que un libro anterior se titulaba Carta al hijo.
En otras ocasiones es el poeta quien se vuelve niño y recuerda. En ”Papá (donde el hijo es él) y “Simbad” regresa a la infancia. 
Utilicé antes el adjetivo “reflexiva” y sí, esta poesía es de sesgo meditativo (léase “De lo que apenas puede hablarse”, “Fajador” o “Soledad), aunque nunca olvide el canto, donde se acentúa su vis lírica. 
Lo cotidiano es fuente de inspiración, poco importa si es la vista de un viejo aparador, un vaso de vino, un ladrillo que les regala un amigo, un plumier, las moscas, una hoja de acelga, las flores, un espejo, las tijera de su padre, una piña... A “la prosodia / de las cosas sencillas” se refiere en un momento dado. 
“Que las palabras salvan”, como Saborit escribe, se constata después de leer este libro. A conciencia verdadero.

Más vida
José Saborit
Pre-Textos, Valencia, 2025. 76 páginas. 15 €

NOTA: Esta entrevista se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO

Acuarelas florales del autor