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10.5.14

La poesía de Antonio Cabrera

Los presuntos lectores de este blog conocen bien al poeta Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958) y saben de mi admiración por su exigente obra. Pues bien, la colección Antologías de Renacimiento, tras publicar una de Antonio Moreno y otra de Manuel Neila (de la que hablaré por extenso en un próximo número de CHA), presenta Montaña al sudoeste, una selección de poemas suyos elegidos por el también poeta Josep M. Rodríguez, que prologa el libro. Titula esas páginas fragmentarias "Realidad y conciencia (Ocho invitaciones a la poesía de A. C.)", que podrían haber sido ochenta, si se me permite la exageración. 
Al puñado de versos obtenidos de los libros En la estación perpetua, (Premio Loewe, 2000), Con el aire (2004) y Piedras al agua (2010) -quedan fuera los haikus de Tierra en el cielo (2001)-, se suman cinco poemas inéditos que confirman la espléndida trayectoria de Antonio Cabrera. Una alegría. 

25.7.16

Cabrera y Montiel

 Corteza de abedul
Tusquets, Barcelona, 2016. 128 páginas.

Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958, pero establecido en la Comunidad Valenciana)  publicó su primer libro tarde, a los cuarenta y dos años, pero lo hizo por la puerta grande: premios Loewe y de la Crítica. A En la estación perpetua le han seguido: Tierra en el cielo, Con el aire y Piedras al agua.  
Si bien su nombre falta en los primeros recuentos generacionales, pronto pasó a formar parte de un grupo de poetas valencianos que se encuentran en el centro de la promoción de los 80 o de la Democracia, con Gallego y Marzal al frente; dignos continuadores de Gil-Albert, Brines (dios tutelar), Simón, Siles o Talens.
De formación filosófica, Cabrera ha transitado los caminos de lo meditativo (poesía metafísica, según algunos) y ha tenido en la Naturaleza su principal fuente de inspiración. Su raíz romántica es evidente. Este libro, donde regresa con su voz decantada, vuelve a confirmarlo. La cita de Gautier es elocuente: “Soy un hombre para quien el mundo exterior existe”. Otra de Cadenas fija el rumbo. Y el tono, esa voluntad de retracción y esencialidad propia de cualquier poeta ático.
Desde el principio, árboles y pájaros. Y campo. La misma precisión que usa para componer sus poemas le caracteriza en tanto que botánico y, sobre todo, ornitólogo. A partir de una palmera o un almez, una sabina o un abedul, de un águila migrante, un buitre o un ruiseñor, Cabrera lleva lo descriptivo a lo simbólico y traza, siempre desde la cercanía y la realidad, a través de un riguroso proceso contemplativo anclado en la observación y la mirada, un sutil discurso propio de alguien que piensa, sí, pero que sobre todo siente, un ser sensitivo, algo que me ha recordado a César Simón.
Poesía solar y mediterránea: “La luz no se captura. Mirarla nunca sacia”. Él, “un ser erguido en tierra solitaria”. Alguien que aprecia en las cosas los detalles, lo pequeño, lo sencillo, como el muro del bancal: “Nada reclama, nada necesita”. “Pensé en el puro suelo, /el nunca redimido”. Todo queda dicho sin alardes, con genuina naturalidad: “¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?”, se pregunta. “Nunca luce excesivo sino intenso”, podría decirse de su poética.
En “Autorretrato”, después del viaje, ya en su cuarto, escribe: “Soledad, ahora sí, / ya puedes ser el fondo informe y fiel / de mi retrato”. 


Jesús Montiel
Hiperión, Madrid, 2016. 62 páginas. 

Con Memoria del pájaro, Montiel (Granada, 1984), autor de Placer adámicoDíptico otoñal, Tritoma e Insectario, ganó el premio Hiperión. Lleva al frente una "Declaración de intenciones" donde leemos: "Al autor de este libro le gusta su vida. El problema es que su vida es un fracaso en todos los sentidos". Por "improductiva" y "fuera de la lógica del beneficio". Estos poemas, concluye, "no son otra cosa que los hijos de este tiempo entregado a las musarañas". Luego cita a Pacheco: "Total misterio a cada instante la vida". Después, llegan sus versos, una poesía cercana, autobiográfica (o eso parece), de poética clara donde las anécdotas cotidianas se convierten en categorías: "El poema es una espalda / que me asoma al milagro / burlando la pared de la costumbre". 
En "Petunias", por ejemplo, donde leemos: "El hombre que hay en medio es lo difícil". O en "Closed", acerca de las alambradas para seres humanos: "Recuerda cuando sólo era del pájaro". Lo social también aflora, como denuncia, en "Divinidades" ("otro Egipto más árido al término del voto") y en "Font Vella".
En "3 de julio", "Mínima victoria", "Antirromance", "A la próxima" y "00:00", el amor es el protagonista. La vida de pareja, que son padres.
Las metáforas que encontramos están humanizadas. Son asequibles y no buscan tanto lo llamativo cuanto lo simbólico. El lenguaje se adapta a los temas tratados, que suelen ser amables. Así en "Mesa", la de las familias de ahora, suma de soledades. 
"Noé" es un precioso poema donde Montiel hace recuento de las "las horas más felices de mi vida" en previsión de un próximo diluvio. 
"Elogio del pene" es un divertido poema erecto que concluye: "Me dice que estoy hecho para el otro".
En "Hogar" alude a los incómodos viajeros perpetuos ("hogar solo es un otro") y en "Aunque todo se mueva" también hace mención al viaje: (de niño) "Ansiaba la conquista de lo lejos" y "El más difícil viaje se hace quieto. Sentado en uno mismo".
En "Aldea" alaba el silencio del mundo; del otro: el rural. 
A la palabra dedica también algunos versos. "La piedra más humilde es la del puente", leemos. "Y es algo parecido a la palabra", dice más adelante. Y en "Vaso": "Que puedan los demás beberse mi palabra". Las usa porque "El mundo vuelve a ser cuando lo nombras".

Nota: Las reseñas de los libros de Cabrera y Montiel aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.

18.6.19

Antonio

Estaba en clase. Eran las 10:44 de la mañana y el escueto mensaje de Jordi Doce decía: "Ha muerto Antonio Cabrera". Al contestarle, le comenté que me había acordado de él días atrás y que pensé en su doloroso estado. Iba caminando al lado del río y escuchaba el canto de unos pájaros de los que, a diferencia de Antonio, desconocía sus nombres. Uno de nuestros encuentros, en Plasencia, con su querida Adelina al lado, fue a consecuencia de un viaje a La Vera (estuvieron alojados cerca del puente de Cuartos) para observar aves. De eso hace doce años. Aquí copié este comentario suyo: "Cuando volvíamos de Cáceres-bajo-la-lluvia, entre Talayuela y Losar, posado sobre un poste de la luz, como siempre, vi el segundo elanio azul de mi vida. Blanco y azul celeste. La guinda de un viaje que nos ha dejado con un deseo enorme de volver". Habló de pájaros con Zagayewski en una cena, como recogió Xavier Farré. "Los pájaros cantan, y los poetas también", afirmó el poeta polaco. Sí, su pasión ornitológica era conocida. Estaba muy presente en sus libros, como todo lo relacionado con la naturaleza. Su poesía, de la que tan cercano me sentí desde el principio, demuestra que por eso no deja de ser moderna, de este tiempo. 
Por compartir amigos comunes, como Vicente Gallego, antes de conocer sus versos meditativos ya habíamos cruzado alguna carta. Entonces él era un filósofo que escribía. Un profesor de Filosofía en la Vall de Uxó, aunque nacido en la muy gaditana Medina Sidonia. El traductor de Vattimo. 
Ya he contado que su poesía me llegó en forma de plaquette, cuando ganó con Ante el invierno un premio en Mislata. Su primer libro ganó el Loewe. Tenía cuarenta y dos años. A En la estación perpetua le siguieron Tierra en el cielo, Con el airePiedras al agua y Corteza de abedul. Y algunas antologías y otros libros. En mi reseña de ese último para El Cultural intenté condensar mi opinión sobre su poesía, si bien su presencia menudea entre las páginas de esta bitácora. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirla optaría por "luz". De ahí que buscara la fotografía que nos envió para felicitarnos las Navidades de hace once años. Con ella ilustré en mi muro de Facebook la triste noticia de su muerte. "Así era él", añadí. Pura luz, como la que dora esas naranjas colocadas en una fuente de loza. "Con sol de noviembre", escribió. 
A pesar de que cruzamos muchas cartas y mensajes electrónicos, tuve la fortuna, ya se dijo, de tratarlo en persona. Y es ahí, en esa medida cercana, donde Antonio Cabrera brillaba con más fuerza. Donde su humanidad, esa que destila a raudales su poesía, se comprendía del todo. Además de en Plasencia, nos vimos en Valencia (la fotografía es de la noche que leí en el Palau) y en Madrid (por ejemplo, en la celebración del 25 Aniversario del Loewe). 
Como todos los que le admirábamos, viví como una tragedia su accidente. Y leí con perplejidad la entrevista que le hizo en el centro de parapléjicos de Toledo Antonio Lucas para El Mundo, que ahora escribe la sentida necrológica de ese diario. 
Cuando le pregunté, me dijo que sí, que le mandara mi último libro. Añadió que ya buscaría a alguien que se lo leyera, lo que sentí como un desgarro. Le felicité por su reciente cumpleaños, pero ya no hubo respuesta. 
Cuando murió su amigo José Luis Parra, Antonio escribió: "para Parra la poesía representó una instancia de absolución vital, una ocasión para conjurar ritualmente, en el acto de expresarlo con las mejores palabras posibles, el estrago provocado por los días y los años". 
A nosotros nos queda su palabra. Esa no muere. Y, a algunos, por suerte, los recuerdos del bondadoso ser humano que fue. Al que la vida nos ofreció como un precioso regalo. Descansa, amigo. 

14.10.16

Antonio Cabrera en prosa

Con El despercibido, el poeta Antonio Cabrera ganó el XXII Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra, libro que publica, con un gusto exquisito, la también logroñesa pepitas de calabaza, así con minúsculas, por aquello del lema que esgrime: "Una editorial con menos proyección que un cinexín". Ironías aparte, basta darse una vuelta por su catálogo para caer en la cuenta de su indudable alcance, de su verdadero peso literario, una ambiciosa apuesta desde la Rioja hacia el mundo. La obra que nos ocupa es buena prueba de ello.
Algunas de estas prosas las habíamos podido leer, por ejemplo, en la revista Clarín (nº 103, 2013), y ya entonces se quedó uno gratamente sorprendido, con ganas de más. Y ahora...
Filósofo de formación (la filosofía, esa "actividad inocente", según uno de sus alumnos), Cabrera nos presenta una serie de reflexiones, con frecuencia interrogativas y paradójicas, en las que el lenguaje es fundamental, porque en él prima su condición de poeta (uno de los mejores) por encima de la de pensador. Eso sí, todo está oído, visto, tocado o, en suma, sentido "con los pies en el suelo". No en vano "del mundo únicamente nos separamos con el pensamiento", dice. Y en otro sitio: "Gracias al mundo nos salvamos".
Sus obsesiones literarias son las mismas que aparecen en estos textos breves donde no falta la sentencia ("Quien mejor siente es el que no siente con demasiada facilidad. Me espantan los sensibles"), el aforismo ("La infelicidad es un trastorno de la memoria", ¿o es la felicidad, a la manera de Cioran?) y la greguería ("El chiringuito lo inventó Robinson Crusoe").
Son éstas, ante todo, las páginas de un observador nato, de un testigo discreto, de alguien que "mira, contempla, escruta". "Con los ojos lo que más hacemos es pensar", escribe, o "Quien mira es movido por la esperanza de un afuera" o, en fin, "Nada resulta fácil de mirar". Las anotaciones de un ser atento a lo más cercano e inmediato, eso que casi nunca es objeto de atención. Tal vez porque "A veces sucede lo que parece que no podría suceder".
La memoria es otro asunto clave. Y ahí lo personal (a lo Montaigne), la vida corriente, de la vespa ("motocicleta sentimental") a la melancolía de los andenes; de su encuentro atropellado con Keith Richards a las puertas del ascensor de un museo parisino a la figura de su padre o a su propio cuerpo: "Mi delgadez soy yo". La infancia, ya que menciono a la familia, otro. Y la naturaleza, el paisaje y el campo, que frecuenta este caminante apresurado y solitario que busca la calma, la quietud, la inmovilidad (de los árboles del bosque o de un jardín). Un ornitólogo, además; de ahí que hable de urracas, oropéndolas, mirlos... Pájaros de la poesía (Hughes, Zagajewski, Stevens). Y de los insectos, del ser y del estar. No es extraño que escriba un precioso elogio del naturalista.
La poesía es otro de sus temas favoritos y sus meditaciones sobre ella, una suerte de poética, alumbran tanto la que él escribe como toda la que es digna de tal nombre. "Con el poema se va a cualquier parte y se puede decir casi cualquier cosa", precisa.
No falta algún relato, como "Sin escapatoria" o "Luzdivina", con los Ancares al fondo, donde, por cierto, se incluye "Cementerio de Peliceira", un poema de Piedras al agua que destaqué en su día como uno de los mejores de ese libro.
Cabrera pertenece a "la tribu de los callados": "Uno sólo se siente adulto cuando calla", recuerda que dijo César Simón. "Es el hombre un animal que desea callar", leemos. Por suerte, no siempre lo hace, de ahí que podamos disfrutar de estas líneas que nos acercan al tacto y a la noche; a los arbustos, las dunas o al color granate.
"Conseguir" es un perfecto colofón a esta obra que define su autor como un híbrido "entre el poema en prosa, el apunte biográfico y el microensayo", y que termina: "No hay más remedio que echarse a andar de nuevo. ¿Hacía dónde?". Poco importa. Con un poco de suerte, allí estaremos.

3.4.21

Los frutos imprevistos del asombro

José Saborit (Valencia, 1960) dibuja desde niño y en la actualidad es catedrático de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia, donde enseña desde 1985. Su carrera docente (en las aulas y fuera de ellas) ha sido intensa. Es, además, Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos.
Más allá, como pintor, ha realizado numerosas exposiciones colectivas e individuales y su obra figura en diferentes instituciones y colecciones privadas nacionales y extranjeras. Sus cuadros y dibujos son, por generalizar, figurativos y podrían encuadrarse dentro de lo que se conoce como “pintura del paisaje”. Es también autor de ensayos como La imagen publicitaria en televisión, El hígado de las estrellas, La construcción de la Naturaleza (con José L. Albelda), Retórica de la pintura (con Alberto Carrere), El sol del membrillo. Una película de Víctor Erice sobre el trabajo del pintor Antonio López y Formas de caminar (donde reunió una serie de columnas publicadas en el diario ABC). También es autor de textos para catálogos de artes plásticas, revistas y diarios y, junto a Manuel Ramírez, ha dirigido la colección de libros de arte y literatura Correspondencias (Pre-Textos-UPV).
Pero hay otra vertiente de Saborit que no conviene olvidar: la de poeta. En 2008 publicó su ópera prima: Flor de sal, libro al que han seguido La eternidad y un día, La misma savia (Premio Unicaja) y Carta al hijo.
No sé hasta qué punto estamos ante un pintor que escribe o ante un poeta que pinta. Sin descuidar al hombre que reflexiona, poco importa en qué campo. Después de leer Con los ojos de nadie, lo que este lector tiene claro es que Saborit es poeta. Quiero decir que si a alguien se le diese a leer este libro sin informarle de las otras facetas artísticas que cultiva, confirmaría lo que señalo. Y sin demora. Desde el primer poema. Se titula “Ahora”, está dedicado a la memoria de Agustín García Calvo (un poeta que vuelve) y su primera estrofa dice: “Porque el paso es efímero / y consuela nombrar / la hora que habitamos / se inventó la palabra / que intenta traducir / lo que no tiene nombre, / la palabra que muere / cuando se sustantiva / y se escribe «el ahora»”. Termina: “Ahora no es memoria. / Ahora no es potencia. // Ahora es sólo ahora, siempre ahora”.
Se aprecia de inmediato esa impronta meditativa que caracteriza la poesía de Saborit. La suya y, por extensión, la de un nutrido grupo de poetas, una suerte de nueva “escuela levantina”, a los que se nombra en el libro a través de las dedicatorias de los poemas y del volumen en sí, ofrecido a Lola Mascarell y a Antonio Cabrera. A estos nombres podemos sumar los, también citados, Vicente Gallego, Carlos Marzal, Juan Vicente Piqueras (al que dedica uno de los mejores poemas del conjunto: “Aquí, ahora”: “Llegamos hasta aquí / con los ojos cerrados”) o Antonio Moreno. Su maestro, está claro, también aparece en la lista y no es otro que el gran, éste sí, Francisco Brines.
Que estemos ante un poeta al que no sea preciso adjetivar no significa que el libro no sea el de alguien que ve el mundo a través de la mirada (palabra esencial) del pintor. Hay muestra de ello en no pocos poemas; así, “Blanco sobre blanco”, “El ojo gira”, “Lección del ojo”, “Ante una pintura”, “Del ver”, “Acuarela”, “Preguntas del ojo”, etc. Qué decir de “Pincelada taoísta”, dedicado a otra poeta del grupo valenciano: Susana Benet.
Antes, en la misma cubierta, donde aparece “La sombra”; para uno, el primer poema del libro.
No es sólo la mirada, se aprecia además en el cuidado por los detalles, por aquello que a cualquiera le podría pasar desapercibido, pero no a Saborit. Léase, por ejemplo, “Idilio”, unos versos sobre plantas y flores. O “Cristal roto”, donde reflexiona acerca de su oficio.
Y todo, claro, bajo la luz. La del Mediterráneo. Otra constante que da forma a las cosas, que, al iluminarlas, las hace aún más significantes.
En poemas como “Desvelo” el aire es levemente metafísico. O en “A lo lejos”.
“Pausa” y los tres poemas con el título “Caminar” (I, II y III) me recuerdan a Cabrera, otro feliz caminante: “¿hay otra levedad / más cierta que el andar?”. “Caminar es el ritmo que nos salva”.
La perplejidad está muy presente en esta poesía. Lo cotidiano no deja de sorprender a quien observa lo que le rodea con ojos nuevos, con una mirada atenta y penetrante. Como ocurre en “La casa de tu casa”: “¿Cómo hacerse una idea desde dentro?”.
La naturaleza es arte y parte de la poesía (y de la vida, dos términos inseparables) de Saborit. En “Traducción”, pongo por caso, otro poema logrado. O en el precioso “Ver el verde”.
La mujer (y el amor y el deseo) se deslizan con sutileza (nunca falta misterio en esta poética) en “A mano alzada”, “Cima” y “Regresos”.
“Viaje” nos lleva a los olores y a la infancia. Como “Barro”: “Después de tanto andar / la infancia se hizo barro en la memoria”.
“Columnas de humo” define a la perfección la mencionada poética, una mezcla de mirada, emoción y pensamiento. La que, por cierto, se refleja en “Versos”.
En “Sombras” brilla la amistad. En “Autorretrato”, el camino machadiano. En “Concéntrico” (que dedica a los Pre-Textos), el verano. En “Brasas”, la nostalgia agosteña del fuego. Una mediterraneidad que no cesa. En “Vencejos”, por fin, vuela de nuevo el espíritu aéreo e inmortal de Antonio Cabrera.
“Edad”, dedicado a Brines, recoge a la perfección la lección aprendida del maestro: “Nada tienes que hacer, sólo dejarte, / persistir a la espera en abandono, / con los ojos abiertos y sin prisa, / sentir cómo se encienden los minutos, / cómo llena tus manos, ya desnudas, / los frutos imprevistos del asombro”.
“Desaparición” cierra este libro singular y muy hermoso. Empieza: “Me esfumo, me evaporo en cuanto escribo”. Paradójicamente, añade: “No hay nada que conozca, / nada de lo que yo pueda dar cuenta”. Luego concluye: “Yo es ahora un extraño”.
 
Con los ojos de nadie
José Saborit
Pre-Textos, Valencia, 2021. 70 páginas. 15 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

24.6.19

Marzal y Cabrera

"Los poetas podrían ser animales tan esquivos como el más esquivo de los animales. Como el más esquivo de los hombres. Sin embargo, escogen personarse ante los ojos del mundo, para prodigar, como hizo Antonio Cabrera, un poco de amor y belleza a todos los necesitados que quieran leerlos". Carlos Marzal, "In memoriam Antonio Cabrera".

11.5.13

Poesía con Norte

A raíz de un ciclo organizado en 2012 por la Fundación Santander Creativa en el Museo de Arte Moderno de la capital cántabra, coordinado por el poeta Lorenzo Oliván, la editorial Pre-Textos reúne bajo el título genérico de Poesía con Norte. Los poetas y sus poéticas un puñado de enjundiosos textos donde, como acabo de decir, un grupo de poetas reflexionan en torno a sus respectivas poéticas; a la poesía, en suma.
No hace falta volver sobre el viejo asunto de si todo escritor tiene una y si, de tenerla, es previa o posterior al hecho creativo, a lo que escribe. Soy de los que defienden que el poeta piense en lo que hace, ya sea antes o después o durante de dar a luz un poema. En eso se diferencia, al menos en una parte sustancial, el poeta moderno de los que le precedieron, sin entrar a valorar si ello ha influido o no en la calidad de la poesía que unos y otros han escrito.
El editor, Oliván, hace notar, recordando a Ortega, que los españoles somos, en lo que respecta al arte, más proclives a la "impresión y la intuición, frente a los pueblos germanos y anglosajones, en cuya labor creativa tiene más peso lo conceptual, lo racional, el pensamiento". De ahí tal vez, añade, que nuestro modernismo derivara hacia el parnasianismo más que al simbolismo. Es sólo un significativo ejemplo. Hay excepciones, como la poesía meditativa, una tradición de tradiciones que no ha cesado, en nuestro ámbito, desde Unamuno, pasando por Cernuda y Valente, hasta ahora.
Viñeta de Guillermo Trapiello
El grupo de convocados es plural y, en consecuencia, las poéticas recogidas también. Carlos Pardo, Alberto Santamaría, Antonio Cabrera, Luis Muñoz, Rafael Fombellida, Luis García Montero, Antonio Lucas, Juan Antonio González Fuentes y Aurora Luque son los poetas seleccionados.
Aunque me siento más cerca de algunos planteamientos, ningún ensayo me ha dejado indiferente y la calidad media es más que notable, incluso con casos sobresalientes.
"La poesía dice y canta, pero además siente", precisa Cabrera, en uno de los más agudos y razonados análisis del conjunto.
Al espinoso asunto de la diferencia entre la teoría y la práctica se refiere con inteligencia Luis Muñoz. 
Del texto de Luis García Montero sobre "el oficio de poeta" (en tanto que oficio, "un modo de pensar") está lleno de sugerencias y de frases certeras, como "La poesía es una experiencia de meditación, un equipaje".
También me ha sorprendido Fombellida, muy filosófico en la primera parte, pero deslumbrante y más cercano en el resto. "Mi casa en la poesía", dice, "un hogar propio". O: "Ser poeta es bastante, es suficiente y mucho". O, por fin: "La verdadera poesía supone la construcción de un mundo inédito".
Aurora Luque se acerca a su querida Grecia y a la traducción, una forma muy especial de hacer poesía.
Antonio Lucas a "la luz oscura": "Todo pensamiento poético es oscuro" y los poetas "portadores de la claridad" que aquella desprende.
Alberto Santamaría aporta un ensayo tan inquietante y perspicaz como todo lo que escribe. Y son también destacables las intervenciones de Carlos Pardo, "contra la voz personal" y de González Fuentes que vuelve también sobre "la luz oscura".
Ya está en marcha el ciclo de 2013 y Oliván (que, por cierto, acaba de publicar el ensayo José Hierro y el ritmo. La música por dentro) sigue invitando a poetas interesantes que, además de escribir versos, saben pensar su oficio. Ya está previsto que la editorial Pre-Textos, por el bien de los que no podemos acercarnos hasta Santander, siga publicando sus aportaciones.

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.

13.12.14

Cuaderno Ático 5

Llega el número 5 de Cuaderno Ático, la revista dirigida y editada por Juan Manuel Macías. En sus páginas, textos inéditos de Aurora Luque, Antonio Ortega Antón, Carles Mercader, Antonia Huerta Sánchez, José Luis Gómez Toré, Vicente Fernández González, Antonio Cabrera, Hilario Barrero, Rafael Fombellida, Maria Lopez Villalba, Abel Murcia, Teresa Domingo Català, Sandro Luna, Teresa Garbí, Olivia Martínez Giménez de León, Antonio Moreno, Aitor Francos, Mar Benegas, Carlos Iglesias e Ibon Zubiaur. 
Se publica también una reseña de José De María Romero Barea sobre Desde el balcón del cuerpo, de Antonella Anedda, y más poemas de Javier Sánchez Menéndez y Trinidad Gan, pertenecientes a sus últimos libros publicados.

1.3.10

Antonio Moreno en Tusquets

A la espera de que otro Antonio, Cabrera, publique su nuevo libro en Tusquets (será, al parecer, en otoño)  la editorial anuncia el último de Antonio Moreno, Nombres del árbol. Va de valencianos. Y de buena poesía.

1.4.19

El "Meléndez" (en Facebook)

"El poeta Álvaro Valverde gana el II Premio Nacional de Poesía Meléndez Valdés con el libro “El cuarto del siroco”. Un jurado formado por Jordi Doce (presidente), Aurora Luque, Efi Cubero, Antonio Reseco, Elisa Moriano, Fran Amaya, Piedad Castrejón (y yo, como secretario, con voz y sin voto), acordó ayer noche en Ribera del Fresno otorgarle este galardón por un libro “de plena madurez” donde Valverde, “uno de los poetas de referencia de la literatura española actual”, plasma “su evolución como poeta y como hombre”. Los otros cinco finalistas han sido Ada Salas, Guillermo Carnero, Basilio Sánchez, Erika Martínez y Ben Clark. El premio, convocado por el Ayuntamiento de Ribera del Fresno, reconoce el mejor libro de poesía publicado en España en los años 2017 y 2018". José María Lama

"«Desde un territorio personal, presenta un lenguaje muy limpio, despojado de cualquier artificio y, sin embargo, formalmente impecable», según Jordi Doce Chambrelan, quien considera que Álvaro Valverde, «uno de los poetas de referencia de la literatura española actual», ha alcanzado «su plena madurez»". Página "Juan Meléndez Valdés"

"Poesía. Ganó "El cuarto del Siroco" y Álvaro Valverde. En realidad gana, y así debe ser, un libro de poesía. No el autor, no un poema: un libro. Duele, es duro, debatir. El jurado se la juega al margen del libro o del creador de un solo libro de poesía. Entre los tres que al final quedaban, como justamente debe ser en estos casos, estaba entre mis preferencias este libro, pero los tres, los seis, eran excelentes. Los libros apasionan porque respiran y viven, no me valen innovaciones porque no hay poesía innovadora. Al rascar en los versos, descubrimos estratos muy antiguos, y así debe ser. Amo la Poesía. Los creadores nos seguirán por siempre fascinando. Me apetece felicitar a todos los apasionados, razonables, que aman y defienden lo que defiendo y amo: La Poesía. Enhorabuena a Álvaro, Basilio, Guillermo, Ada, Ben, y Erika. Y también a mis compañeros peleones de un jurado ejemplar: Jordi, Elisa, Aurora, Antonio, Fran, y José Luis, Piedad... A todos mi admiración profunda y mi respeto. Y felicidades a Ribera del Fresno que ama, con su alcaldesa al frente, la Cultura". Efi Cubero

"Qué alegría!!!! Esa maravilla de 'El cuarto del siroco' que nos ha regalado Álvaro Valverde habla de todo y de todos nosotros. Qué merecido premio y eso que entre los finalistas hay otros títulos maravillosos, como los de Ada Salas y Basilio Sánchez, entre otros". Juce Iglesias

«Cierro los comentarios sobre el premio Meléndez Valdés con las menciones a un homenaje y a un busto del poeta. El busto es el que el Ayuntamiento de Ribera del Fresno regaló, personalizado, a cada miembro del jurado. Una magnífica pieza de escayola de la escultora Carmen Goga. El homenaje es el que hicimos al poeta Antonio Cabrera. Hace dos años él fue uno de los finalistas del premio. El día 21 de abril de 2017, tras el veredicto del jurado, le envié un wasap diciéndole que el premio lo había ganado Jordi Doce. Quizá fuera el último acto público de poesía en el que estuvo involucrado antes del accidente. Unos días después, el 1 de mayo, se resbaló en Serra (Valencia), en casa del también poeta Carlos Marzal, jugando con un niño a la pelota. Desde entonces está tetrapléjico, inmovilizado en una silla de ruedas. El viernes lo recordamos en el anuncio del II Premio "Meléndez Valdés", otorgado a Álvaro Valverde, y leímos su poema "Autorretrato", del libro "Corteza de abedul"». José María Lama


24.10.16

Dos libros de Antonio Manilla

Antonio Manilla (León, 1967), historiador, periodista, fotógrafo y antaño editor en Everest, ha publicado en lo que va de año dos libros de poesía. En caso de duda y otros poemas de casi amor aparece en el sello mallorquín Sloper. El título lo dice casi todo y con Manilla, además, no suele haber ni trampa ni cartón. Su poesía es diáfana, de línea clara, muy vital, de la experiencia cotidiana y tono autobiográfico. Aquí encontramos poemas breves e intensos, vagamente sentimentales y muy irónicos, en torno al amor y a sus variadas y variables circunstancias. A lo Borges, abundan las enumeraciones caóticas (léase "Ante lucem"). Desde el primer poema donde se alude a "todo cuanto es exceso sensitivo". Pessoa, otro ser adicto a las multiplicaciones, se asoma al poema "Marea baja": "En aquello que hagas (...) / pon lo mejor que tengas". Y también allí: "somos huellas de arena en la marea baja". 
De amor, lo que se dice de amor, son, ya se explicó, la mayor parte de los poemas, pero sobre todo algunos como "Secreto". 
El paso del tiempo es otra constante: en "Playa", por ejemplo, o en "solo lo fugitivo permanece", de "Janus vitalis", un precioso poema. Como "La juventud del héroe" donde a la mencionada ironía se añade el desencanto. También aflora el humor, que es marca de la casa, como en el poema que comienza con el verso "Yo quiero ser un pendrive", una metáfora de lo más ocurrente. Lo elegíaco tampoco podía faltar en esta poesía de sesgo clásico: "No es ver volver, / la vida es despedirse"; dos versos entre Azorín y Brines. "En vivir con ausencias".
"El rostro informe" nos acerca al sutil, sugerente erotismo. 
La sencillez, el ritmo fundado en una métrica precisa, la reiteración incluso (aquí la originalidad sobra) no impiden, al revés, que leamos un libro donde la poesía, ese humilde milagro, bulle.

Sin tiempo ni añoranza, que fue Premio “Paul Beckett” de Poesía 2015, está publicado en la colección Beatrice de la Fundación almeriense Valparaíso. Aquí los poemas son más extensos y el tono más hondo y meditativo ("Nieve y silencio" está dedicado a Antonio Cabrera), aunque el amor no falte. 
"No soy presente sólo", dice con Juan Ramón. "Y nada de lo que recuerdo he vivido". Sí, la memoria es el tema fundamental de esta obra breve pero llena, como la anterior, de intensidad. Memoria hecha de recuerdos, claro, pero asimismo de olvidos ("Nos engaña el olvido" y "Nos salva de nosotros" son dos versos de "Canto de sirenas"). La poesía es un "cristal de aumento" que nos acerca la realidad: "Lo que tus ojos vean, / eso existe".
La casa, los padres (títulos de poemas) no podían faltar en un libro que se funda en la memoria. Ni Roma, la ciudad donde Manilla pasó una temporada como beneficiario de la beca Valle Inclán de literatura que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores en la Academia de España en Roma. 

19.9.24

A la sombra del tiempo

Carlos Permanyer nació en Barcelona y vive entre Castelldefels, donde está la casa familiar, y Andorra, donde trabaja como director creativo en el mundo de la publicidad y de la comunicación. Sus creaciones han recibido numerosos premios nacionales e internacionales (Cannes, Nueva York, Londres, Barcelona, Buenos Aires, San Sebastián…). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de su ciudad natal, confiesa que su pasión por la poesía le viene de la adolescencia, cuando leyó en clase por primera vez versos de Lope, Góngora o Quevedo; de Bécquer más adelante. A pesar de eso, su escritura ha sido casi secreta hasta ahora. Su ópera prima es tardía. En 2020 publicó Memoria de las nubes, un libro del que Eloy Sánchez Rosillo dijo: “Me parece un libro hermoso y verdadero. Los poemas son leves y delicados, sin retóricas vanas e inútiles. Tiene emoción, y todos los poemas juntos configuran tu mundo, un mundo sugestivo y habitable”. A la espera de la aparición del segundo, Fingir entonces, en manos desde hace tiempo de un editor, ve la luz He llegado hasta aquí. En esta ocasión, el citado Sánchez Rosillo, escribe: “Me ha conmovido. Está empapado de melancolía, pero también, por debajo o por encima de ella, hay una extraña alegría por el don de haber vivido. Todos esos recuerdos de los que hablas valen su peso en oro. Los poemas están dichos con sencillez y hondura, con mucho sentimiento y amor por la vida. Nada se pierde. Todo está en tu corazón y en tu memoria, y forma parte de tu presente. No hay asomo de retórica en ningún poema. En realidad, todos son como partes de un poema único”. A este elogio se suma, también en la contracubierta, un incisivo texto, en forma de carta, de otro poeta, Basilio Sánchez, que, por su interés, copio entero a continuación: “He llegado hasta aquí es muy hermoso. De tono muy cernudiano y con un ritmo equilibrado y sereno, la tuya es una poética sobre la memoria y sobre la añoranza de una existencia anterior no disociada aún de la naturaleza y el paisaje en la que todavía nos era posible relacionarnos cordialmente con las cosas. Una poesía atenta a los sonidos ocultos de lo que nos rodea y a las sensaciones más elementales del vivir cotidiano, pero escrita, también, desde el escepticismo y el desencanto en medio de una época que ha renunciado a la lentitud y extraviado su rumbo. Una forma de escritura que es un rescoldo último y una forma de resistencia, la expresión sin alardes de una fe en lo concreto y en lo sencillo de una manera de vivir despojada y elemental. Una renuncia voluntaria y explícita a todo lo que nos conduce al abandono de una infancia humana razonablemente feliz, acompasada, en sus pequeñas cosas y en los gestos dulcificados por la costumbre, con la misma existencia. Yo creo que, si algo queda que merezca la pena en esta vida, permanece agazapado en lo discreto, en el brillo cegador —para el que vive atento, para el que aún es capaz de sostener la mirada— de los pequeños acontecimientos inesperados e imprevisibles que llenan nuestros días, y en los seres humildes. La poesía necesita, porque lo necesitamos nosotros, de esta mirada sensitiva sobre el mundo, de este lenguaje limpio que se nutre del fervor y de una honda sumersión en las complejas relaciones del individuo consigo mismo y con la realidad en la que vive”.
Lo esencial ya está dicho en las palabras de Rosillo y Sánchez. El lector colige de inmediato que la poesía de Permanyer habita en un ámbito semejante al de esos dos poetas “de la claridad”, rótulo (no exactamente el mismo de “línea clara” de Luis Alberto de Cuenca ni el de “poesía figurativa” de García Martín) que utilicé en cierta ocasión para comentar sendas obras poéticas de Antonio Moreno y Antonio Cáceres pero que podría hacerse extensivo a las de José Mateos, Antonio Cabrera, Andrés Trapiello o Juan Peña, pongo por caso.
Abre el libro ―tras la dedicatoria a su mujer y a sus dos hijos― una anotación de Ramón Gaya (un pintor claro por excelencia), “Los momentos provisionales”, que dice: “Un día nos damos cuenta de que todos esos momentos vividos de refilón, de pasada, un poco a la ligera, provisionalmente, son también ellos momentos claves, decisivos, que van a imprimir en nosotros conclusiones decisivas; nos damos cuenta de que esos momentos que nos parecieron insignificantes y que tomáramos, cuando mucho, por una especie de media vida, de fragmentos de vida, vienen a ser, en realidad, y al final, nuestra mayor y mejor experiencia de vida real, de una vida real más verdadera, como más sorprendida en su verdad...”.
El título da una pista fiable de lo que viene después. De un recuento se trata. De volver la vista atrás y, con una vida vivida en abundancia, evocar esos momentos tan provisionales como decisivos que han formado parte de la verdadera existencia: la real.
La memoria aquí lo es todo: “No se vuelve al origen. / Se vuelve a la memoria”. La de un ser contemplativo que observa el paisaje mientras medita sobre esos fragmentos vitales que no ha sido capaz de engullir la rueda inexorable del tiempo. Esas imágenes, que a veces duda si fingidas o reales, dan pie a los poemas que componen He llegado hasta aquí. Siempre a lo Wordsworth: el poema como “emoción recordada en el sosiego”.
Queda todo muy bien expresado en el primer poema, “A la sombra del tiempo”: “Un secreto se esconde / entre las flores, / a la sombra del tiempo. / Como memoria indeleble / de los días que fueron. / Lo que ya hemos perdido / y guarda el vacío”. Y sigue: “Es preciso volver. / Respirar el fervor / de una vida lejana”.
El tono elegíaco se aprecia bien en poemas como “Desviaron el cauce del río” (“Derribaron las tapias. Los secretos.”) o “He llegado hasta aquí” (“Hay un paisaje oculto / al que tú perteneces. / Si te paras y observas, / lo reconoces.”).
Se repite un motivo central: el del jardín: “Por paraíso, un jardín”. Un jardín que da a una antigua casa (“donde hubo vida, / persevera el olvido”) y, ya allí, a la infancia: “Vivíamos al borde / de una antigua verdad. / Que el futuro ya había / pasado”. Casa y jardín que resucita en “Origen”, “Lo insignificante” y en “Lejos del mundo”, por ejemplo.
Dije infancia pero también añadiría juventud: “Aquí mi juventud / perdida ya, lejana”, leemos en “Tamariu”. El propio poeta ha dicho que estos poemas dan cuenta de “un tiempo donde transcurría la vida de forma más sencilla y esencial, integrada en el tiempo, participando de su transcurso y no como derrota”.
A otros lugares ―más allá del central, alrededor del cual gira el libro― se refiere Permanyer: a las islas (Canarias, donde residió durante años), al norte (Andorra, el valle), Sevilla (en un homenaje a Luis Cernuda)… Y ya que hablamos de lugares, parece pertinente hacer mención al mar y a la playa, que de nuevo le devuelven a la infancia. En “Y al final, el mar” o “La belleza del mundo”.
Porque entiende la poesía como método de conocimiento (algo que justificaba, entre otros, Carles Riba), las palabras (“un silencio espera”), la propia identidad, la soledad (“Una experiencia desoladora”) y su condición de lector (en una estancia en penumbra, que a uno le lleva a Eliseo Diego y su definición de poema como “conversación en la penumbra”) también están presentes.
Entre la realidad y el sueño (Cernuda de nuevo), la vida: “Vivir, / demasiado extraño”. “Era el mundo un sueño”.
Si tuviera que englobar todo lo leído en un solo término, diría que Permanyer defiende una poética de la humildad: “Aspiro a casi nada”.
Discreto, sin estridencias, el ritmo mesurado de sus versos se abre paso de forma natural, sin forzar nada. Se leen sin querer, podría decirse. Un poema te lleva a otro y el conjunto conforma una atmósfera armoniosa y habitable en la que es fácil permanecer. Donde la claridad, insisto, es evidente. Concluye: “Soy el resultado / de un paisaje que se extiende / dentro de mí. / Y cuyo sueño profundo / se diluye en el viento”.
“Este es un libro de poemas de tono elegíaco, de pérdidas, tanto de un territorio geográfico como vital o sentimental. Pero, al mismo tiempo, lo son de recuperación de un mundo desaparecido y, por eso mismo, de la memoria y de cierta afirmación de la vida y la identidad, así como de una íntima celebración”, escribe el autor en la “Palabras finales”. Y añade, “Poesía, pues, como salvación”. La suya, sí, pero también la de quienes se acerque a leer, con natural empatía, estos poemas.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO. La fotografía es del propio autor. 


He llegado hasta aquí
Carlos Permanyer
Libros del Aire, Santander, 2024. 55 páginas. 15 €
 

7.10.16

Poesía última de Vicente Gallego

En los dos últimos años, Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha publicado un par de libros. Los dos con premio y ambos chez Visor. Aunque he seguido su trayectoria con la atención que merece, se me escapó en su momento la lectura del primero, Saber de grillos, ganador del Emilio Alarcos. En el jurado estaba Carlos Marzal, otro valenciano de la misma saga de poetas, digamos, imprescindibles de nuestro panorama, que afirma en la contracubierta, y con razón, algo que podría haber dicho de sí mismo: que Gallego "ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo".
Está compuesto por poemas breves que casan bien con el despojamiento al que ha venido sometiendo su poesía. Ante todo, la Naturaleza: sus lecciones, sus imágenes, sus metáforas, sus símbolos... Porque "Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida / en los montes pelados". Sí, la suya es una naturaleza áspera y esencial que cabe relacionar con el paisaje de su maestro César Simón (al que dedica el haiku "Canícula"), en cuya poesía, por cierto, está muy presente la palabra grillo. Allí, en la "Santísima intemperie", entre las soledades del sabio que habita una cabaña, siente y piensa (en este orden) el poeta. Con frecuencia, al modo franciscano. El paradigma de su forma de mirar está en el poema "Contemplando un pino", que dedica a Antonio Cabrera, otro de su estirpe, dedicatario del libro en su conjunto. Ahora que lo menciono, salvo unos pocos poemas, todos están destinados a alguien. Amigos, sí (basta leer "A esos cuatro amigos"), pero también autores de poéticas similares o admiradas; pista fiable para situar la poética de Gallego. "Porque los ojos ven las cosas claras", escribe. 
Allí, la celebración de la vida. De lo mínimo, casi siempre, a lo máximo. Por "asentimiento". "Del natural", como en el homenaje a Gaya. 
Allí, piedras, pájaros, flores, árboles, noches, luz... Su vocabulario no es rebuscado, como no lo son sus ideas. Allí, la perplejidad, el asombro. Y "lo rumoroso". Y la quietud. Y, cómo no, el silencio. La simplicidad y lo liviano (léase "Soltura": "si un alma he de tener, / me vale el horizonte"). Lo oriental como concepto. Y lo occidental, añado, como vemos en su último libro, Ser el canto donde Antonio Moreno, al que se lo dedica, en la nota de la contracubierta advierte: "¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía". Y está bien que traiga a colación lo del misticismo porque, además de referencias concretas a motivos místicos, como la noche, y a "Juan de Yepes" ("¿Qué habrá más delicado que morir?", leemos en el espléndido poema que le dedica), cualquier lector avisado advierte esa filiación que tanto miedo da a quienes la desprecian por simple ignorancia. Por eso, por su cariz religioso (como si religión y poesía, en su más amplio sentido, fueran materias contrapuestas), y porque a nadie le gusta ir de "místico" por la vida. No es el caso de Gallego, por más que en los últimos años sus vínculos con la meditación no puedan obviarse, ni en su biografía ni, por supuesto, en su poesía. 
El libro se compone de cincuenta cantos sin título y numerados en romano. En él las preguntas abundan. Se conciben en la duda. 
El lugar desde el que contempla viene a ser el mismo del libro anterior: el monte, el campo, la naturaleza más intrincada y oculta. La naturaleza sagrada. La estación: el verano. El tono hímnico, que lo es todo, semejante: "Aprendí de las cosas mansedumbre". Los maestros, también: Claudio Rodríguez (presente en palabras como pan o jornal: "el jornal de la vida"), César Simón, el último Juan Ramón, Brines... Y los románticos, con Leopardi (y su luna) a la cabeza. Y la sabia poesía popular, que nunca falta.
Estamos de nuevo ante "el delirio de mirar". De sorprenderse feliz con lo que ve.
Símbolos, como el del pájaro o el agua, siguen muy presentes. Y animales humildes como el saltamontes y la hormiga. Y una cesta de esparto o la salvia.
Son cantos inspirados. Plenos de intensidad y de concentración. Llenos de amor. Propios de alguien que ha tomado un camino solitario lleno de autenticidad. No falta, claro, la pasión, el entusiasmo, la alegría de un vivir al margen que, sin embargo, le une a los seres y a las cosas con una fortaleza inquebrantable: "como tiene / uno madre, alegría / sin saber ni de qué". De ahí las constantes alusiones a la infancia y la niñez, el territorio de la pureza". El poema dedicado a su hijo ("Canto XLV") es memorable, de emoción verdadera. "Canto lo irremediable", dice. Más allá, la belleza. 
"Los cincuenta cantos de este nuevo libro vienen a ser facetas indiscernibles de un único asunto: la naturaleza transparente del yo y su íntima hermandad con los demás seres, resuelta en una música tan expansiva como solitaria", escribe Antonio Moreno. Y añade: "Acaso sean estos versos de Vicente Gallego los más despojados que haya escrito, los más alejados de las trampas del lenguaje".
Acierta, sin duda, pero conviene recalcarlo. Lo dijo Marzal y lo repite Moreno: si por algo se caracterizan esta poesía (su aventura verbal" y "sin trampa") es por lo que tiene de lenguaje. Por lo que pesan sus palabras. Valen su peso en oro.

EN LOS PICOS PELADOS

                              A José Saborit


En la mañana, hondo,
donde cruzan las águilas y el monte
se pierde como un niño y se sofoca;
donde prospera el cardo, el esqueleto
de tanta soledad abierta en llama.

Van pisando los pies, mediado el día,
caballones hendidos de calor,
requemados de espejos, de guijarros
en los que el sol golpea y le abre un río
de centella al aire.

Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida
en los picos pelados.

15.11.18

Algunas lecturas (en prosa)

Ya me he resignado a no consignar aquí como es debido las lecturas de algunos libros que uno lee y al cabo disfruta. Con todo, me permito dejar caer unos cuantos títulos que me han sorprendido en los últimos tiempos. Así, La bufanda roja, de Yves Bonnefoy (traducido por Ernesto Kavi para Sexto Piso) que son mucho más que unas memorias de infancia del extraordinario poeta francés del que, por suerte, existen numerosas versiones en nuestra lengua, tanto de poesía como de ensayo. Es un libro exigente, sí, de los lugares, pero del que, una vez que entras, ya no puedes salir. No esperaba tal cosa y eso siempre está bien cuanto te adentras en territorios desconocidos, por mucho que uno haya frecuentado sus versos. Palabras mayores. "Un mundo, lo que la escritura produce". Más claro, agua. Álex, Basilio, tomad nota (si no lo habéis leído ya). 
Jesús Munárriz y Fermín Herrero han ido reuniendo en el transcurso de los años numerosísimas citas de distintos autores (de los clásicos a los contemporáneos, y de toda la geografía mundial) en torno a la poesía, el poema y el poeta. Tras evitar la muerte por aplastamiento o avalancha, han logrado seleccionar no pocas en el volumen Poesía ¿eres tú? (Hiperión). Abren el conjunto, que hay que leer poco a poco para evitar un empacho lírico, dos breves textos de los compiladores o coleccionistas. Hay muchas joyas ahí dentro. Fragmentos e iluminaciones para reflexionar y, acaso, intentar definir o comprender eso que llamamos, alegremente, poesía.
Con mucha emoción y absoluta cercanía he leído (y, como en los casos anteriores, subrayado) los aforismos que agrupa el poeta Antonio Cabrera en Gracias, distancia. Todo un acierto de Cuadernos del Vigía, sin duda. Es su primer libro de ese género tan de moda. Pero cuidado, si algo se aprecia al leer los lúcidos y certeros de Cabrera (de formación, no se olvide, filosófica), es que no todos valen, que hay mucha ganga en ese mercado. No aquí, insisto. Al revés. El viento (como metáfora o símbolo), César Simón (y su casa en medio del páramo), la poesía (como indagación), la luz (sureña, mediterránea) o la pintura son el origen de sus asedios. Podría copiar muchos, y los lectores me lo agradecerían, pero será preferible que ellos mismos se acerquen confiados a estas sentencias que son, cómo no, pura poesía.
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".

Nota: Ilustra esta entrada un óleo de Guillermo Peyro Roggen, "Libros VII", de 2003.

8.12.08

El minuto y el año

A lo largo de este otoño que ahora termina, he venido leyendo, con una gustosa demora, ese libro de artículos de Antonio Cabrera (Ediciones La Palma). Merecía la pena, ya digo, esa desacostumbrada lentitud. Bueno, tampoco es un libro al uso. Quiero decir que estos textos de Cabrera son también poesía. Por cómo están escritos, por su alto grado de exigencia. Son de la misma, particular estirpe que sus poemas. Por su capacidad de reflexión, por su natural hondura. Artículos dignos de un lector exigente que busca en la prensa del día algo más que corrupción y sucesos. (No en vano fueron apareciendo en la edición valenciana de ABC, de la que también es colaborador el poeta Carlos Marzal.)
Su brevedad y autonomía, en fin, te permite degustarlos poco a poco. Y eso ha hecho uno. Con pena de que se acaben. He dejado para el final la sección central, titulada "Bestiario". A ella se refirió García Martín en ABC cuando dijo: "Prodigioso bestiario el de este libro de un poeta con vocación de naturalista".

6.10.16

Auden, Quervo, Cabrera...

Auden por Hockney
Leo en el blog de Jordi Doce su impecable versión de "At last the secret is out", el famoso poema de Auden que forma parte de las «Twelve Songs», el mismo que tradujo a su manera Jaime Gil de Biedma e incluyó en su libro Las personas del verbo. Recuerdo entonces que uno tiene su particular relación con él. Voy a la búsqueda de un dato en Google y descubro que existe en internet un pequeño tesoro. Sí, uno de tantos. Me refiero a la colección completa, compuesta por monográficos y plaquettes, de la revista valencia Quervo. Cuadernos de Cultura. Su historia empieza en 1980 (entonces Cuervo, con c) y finaliza en 1988. 
Uno fue suscriptor y en esos ejemplares leí por primera vez a no pocos poetas extranjeros y a algunos nacionales que han marcado, sin duda, mi vocación lectora. Brines y César Simón, del lado de acá; Bassani y Auden, del de allá. También con las entregas de Septimomiau (otra aventura en paralelo que confluye en la figura de José Luis Falcó) disfrutó uno lo suyo: Celan, Penna, Brossa, etc. Pero acabo de nombrar a Auden. Y es que fue en ese cuadernillo de color marrón, Doce poemas, de W. H. Auden, en versión de Juan V. Martínez Luciano e introducción de Ana Gimeno Sanz, de donde saqué el título de mi libro Una oculta razón. Doce traduce "una clave privada".
Ese mismo año, 1987, va a hacer treinta, se publicó en la misma colección Autorretrato, de Antonio Cabrera, una obra que no aparece en su bibliografía y que muy pocos conocen. Tampoco uno, lo confieso. He comentado al poeta el hallazgo y éste, sorprendido de que ese librito estuviera al alcance de cualquiera en la red, me ha dicho que considera "esos poemas como tanteos imperfectos, no incluibles en la que tengo por mi obra válida, digámoslo así". Y añade: "La verdad es que los tenía en el olvido y, leídos después de tanto tiempo, les encuentro alguna gracia, aunque sigo apreciando sus demasiados errores. Confieso que me han emocionado los de "Epitafio", escritos a la muerte de mi padre. Más por biografía que por literatura seguramente".

1.7.12

Otro Parra














No Nicanor, José Luis. Madrileño del 44, aunque su vida haya transcurrido en Valencia. Poeta tardío (su primer libro es del 89), era para mí un desconocido hasta que cayó hace unos días en mis manos una antología suya, Cimas y abismos (Renacimiento), con selección y prólogo del también poeta Antonio Cabrera. Los poemas corresponden a sus libros Un hacha para el hielo, Del otro lado de la cumbre (1996), La pérdida del reino (1977), Los dones suficientes (2000), Tiempo de renuncia (2004) y De la frontera (2009), así como unos cuantos inéditos, adelanto de un libro que publicará Pre-Textos (que se ocupó de los tres últimos) el próximo otoño. 
Con ser cierto que hay un "insuficiente conocimiento" de su poesía entre los lectores españoles y que se da una evidente "desubicación generacional" (por eso Parra no aparece en los recuentos habituales), tiene razón Cabrera al afirmar al final de su hermoso y entregado prólogo que "el tiempo va a ser clemente con la obra de José Luis Parra". Después de leer sus versos no es difícil coincidir con ese vaticinio. 
Poesía de la experiencia (a pesar de lo gastado del término, por elevación lo es), tremendamente vitalista, de tono coloquial y lenguaje conversacional, con regusto clásico (sutiles homenajes se deslizan entre líneas), de marcado carácter autobiográfico, el protagonista de estos poemas viene a ser un hombre de mediana o avanzada edad que fuma (constantemente: hay alusiones a ello a lo largo de todo el libro), que bebe (y vive) en los bares, solitario en compañía (a veces), que enferma, se enamora (rara vez), que es consciente del paso inexorable del tiempo y, sobre todo, que tiene miedo. Alguien que no pocas veces recuerda una figura capital: su madre. Los poemas del noctámbulo Parra, tienden, por todo lo dicho, a la elegía, si bien en ocasiones se transforman en himnos: celebración de la mañana, de la luz, del verano, de la vida. Vida que para él "es condena": "Si tan sólo vivir tales estragos acarrea, / es terrible estar vivo".
En una entrevista fechada un 20 de noviembre, Parra afirmaba: "la verdad es que la muerte ha sido el motor de toda mi poesía". Es lo primero que deduce quien se acerca a ella. "Morir es coherente. / Y bien está que así sea", escribe. 
Eso no obsta para que el humor se cuele en sus versos. En poemas como "Esperando a Bárbara" (un homenaje a Cavafis), por ejemplo. Un humor que, con sus dosis de inevitable ironía, esquiva el patetismo, a pesar de que a veces se insinúe cierta autocomplacencia en el dolor y en la queja. 
Al modo brinesco (a Brines precisamente le dedica un poema), se podría decir que la poesía de Parra es el ensayo de una despedida. El poeta anticipa la muerte desde la vida; el desamor cuando aún está enamorado; la enfermedad cuando todavía está sano; la vejez cuando la edad no le ha vencido del todo. Tal vez de aquí se deduzca la importancia que tiene en su obra el asunto de la identidad: "¿Quién me protegerá / de mí mismo?", escribe. O: "¿Quién es yo? ¿A dónde me dirijo?". Poesía de daños, devastaciones, decadencias y derrotas, Parra se escuda en la lucidez para dar cuenta de sí. Por duro que eso sea: "Me llamo Nadie y nada me ilusiona".
Son muchos los poemas que uno destacaría: "Somníferos", " Days of wine and roses", "Café Malvarrosa", "Purgatorio", "Foto de familia", "Todavía", "Meditación en un aniversario", "Adelante, viajero", "Plantas naturales y plantas literarias"...
Los últimos son especialmente intensos. Más breves y certeros, sin ninguna concesión, más directos y sustanciales. En este sentido, el libro que se anuncia será uno de los mejores de Parra, o eso intuyo. 
A modo de poética, en "El mismo dios de lo servido" dejó escrito: 

Ya es suficiente recompensa
el poema en sí mismo

No te envanezcan, pues, elogios
tal vez inmerecidos,
ni te enfurezca  crítica injusta o arbitraria.

Humilde y orgulloso, aplícate en tu oficio;
pon atención, entrega
                                     y si sabes esperar
con la sabia paciencia con que esperan 
los pocos elegidos,
seguro que algún día, el breve aleteo de la gracia
descienda sobre ti. 

                                Verás agradecido,
de pronto aparecer entre la niebla,
Venecia fascinante, el edificio
resuelto del poema. 

Poco importan, entonces, la pobreza
y el fracaso, el estigma de los vicios;
poco, la fama lisonjera.

Tu premio, el mismo dios de lo servido.

Lo demás es, como diría Toni Garrido, o ruido o silencio. 

(Nota: la fotografía es de Susana Benet)