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25.7.16

Cabrera y Montiel

 Corteza de abedul
Tusquets, Barcelona, 2016. 128 páginas.

Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958, pero establecido en la Comunidad Valenciana)  publicó su primer libro tarde, a los cuarenta y dos años, pero lo hizo por la puerta grande: premios Loewe y de la Crítica. A En la estación perpetua le han seguido: Tierra en el cielo, Con el aire y Piedras al agua.  
Si bien su nombre falta en los primeros recuentos generacionales, pronto pasó a formar parte de un grupo de poetas valencianos que se encuentran en el centro de la promoción de los 80 o de la Democracia, con Gallego y Marzal al frente; dignos continuadores de Gil-Albert, Brines (dios tutelar), Simón, Siles o Talens.
De formación filosófica, Cabrera ha transitado los caminos de lo meditativo (poesía metafísica, según algunos) y ha tenido en la Naturaleza su principal fuente de inspiración. Su raíz romántica es evidente. Este libro, donde regresa con su voz decantada, vuelve a confirmarlo. La cita de Gautier es elocuente: “Soy un hombre para quien el mundo exterior existe”. Otra de Cadenas fija el rumbo. Y el tono, esa voluntad de retracción y esencialidad propia de cualquier poeta ático.
Desde el principio, árboles y pájaros. Y campo. La misma precisión que usa para componer sus poemas le caracteriza en tanto que botánico y, sobre todo, ornitólogo. A partir de una palmera o un almez, una sabina o un abedul, de un águila migrante, un buitre o un ruiseñor, Cabrera lleva lo descriptivo a lo simbólico y traza, siempre desde la cercanía y la realidad, a través de un riguroso proceso contemplativo anclado en la observación y la mirada, un sutil discurso propio de alguien que piensa, sí, pero que sobre todo siente, un ser sensitivo, algo que me ha recordado a César Simón.
Poesía solar y mediterránea: “La luz no se captura. Mirarla nunca sacia”. Él, “un ser erguido en tierra solitaria”. Alguien que aprecia en las cosas los detalles, lo pequeño, lo sencillo, como el muro del bancal: “Nada reclama, nada necesita”. “Pensé en el puro suelo, /el nunca redimido”. Todo queda dicho sin alardes, con genuina naturalidad: “¿Cómo pasan al poema las cosas que suceden?”, se pregunta. “Nunca luce excesivo sino intenso”, podría decirse de su poética.
En “Autorretrato”, después del viaje, ya en su cuarto, escribe: “Soledad, ahora sí, / ya puedes ser el fondo informe y fiel / de mi retrato”. 


Jesús Montiel
Hiperión, Madrid, 2016. 62 páginas. 

Con Memoria del pájaro, Montiel (Granada, 1984), autor de Placer adámicoDíptico otoñal, Tritoma e Insectario, ganó el premio Hiperión. Lleva al frente una "Declaración de intenciones" donde leemos: "Al autor de este libro le gusta su vida. El problema es que su vida es un fracaso en todos los sentidos". Por "improductiva" y "fuera de la lógica del beneficio". Estos poemas, concluye, "no son otra cosa que los hijos de este tiempo entregado a las musarañas". Luego cita a Pacheco: "Total misterio a cada instante la vida". Después, llegan sus versos, una poesía cercana, autobiográfica (o eso parece), de poética clara donde las anécdotas cotidianas se convierten en categorías: "El poema es una espalda / que me asoma al milagro / burlando la pared de la costumbre". 
En "Petunias", por ejemplo, donde leemos: "El hombre que hay en medio es lo difícil". O en "Closed", acerca de las alambradas para seres humanos: "Recuerda cuando sólo era del pájaro". Lo social también aflora, como denuncia, en "Divinidades" ("otro Egipto más árido al término del voto") y en "Font Vella".
En "3 de julio", "Mínima victoria", "Antirromance", "A la próxima" y "00:00", el amor es el protagonista. La vida de pareja, que son padres.
Las metáforas que encontramos están humanizadas. Son asequibles y no buscan tanto lo llamativo cuanto lo simbólico. El lenguaje se adapta a los temas tratados, que suelen ser amables. Así en "Mesa", la de las familias de ahora, suma de soledades. 
"Noé" es un precioso poema donde Montiel hace recuento de las "las horas más felices de mi vida" en previsión de un próximo diluvio. 
"Elogio del pene" es un divertido poema erecto que concluye: "Me dice que estoy hecho para el otro".
En "Hogar" alude a los incómodos viajeros perpetuos ("hogar solo es un otro") y en "Aunque todo se mueva" también hace mención al viaje: (de niño) "Ansiaba la conquista de lo lejos" y "El más difícil viaje se hace quieto. Sentado en uno mismo".
En "Aldea" alaba el silencio del mundo; del otro: el rural. 
A la palabra dedica también algunos versos. "La piedra más humilde es la del puente", leemos. "Y es algo parecido a la palabra", dice más adelante. Y en "Vaso": "Que puedan los demás beberse mi palabra". Las usa porque "El mundo vuelve a ser cuando lo nombras".

Nota: Las reseñas de los libros de Cabrera y Montiel aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.

10.5.14

La poesía de Antonio Cabrera

Los presuntos lectores de este blog conocen bien al poeta Antonio Cabrera (Medina Sidonia, 1958) y saben de mi admiración por su exigente obra. Pues bien, la colección Antologías de Renacimiento, tras publicar una de Antonio Moreno y otra de Manuel Neila (de la que hablaré por extenso en un próximo número de CHA), presenta Montaña al sudoeste, una selección de poemas suyos elegidos por el también poeta Josep M. Rodríguez, que prologa el libro. Titula esas páginas fragmentarias "Realidad y conciencia (Ocho invitaciones a la poesía de A. C.)", que podrían haber sido ochenta, si se me permite la exageración. 
Al puñado de versos obtenidos de los libros En la estación perpetua, (Premio Loewe, 2000), Con el aire (2004) y Piedras al agua (2010) -quedan fuera los haikus de Tierra en el cielo (2001)-, se suman cinco poemas inéditos que confirman la espléndida trayectoria de Antonio Cabrera. Una alegría. 

18.6.19

Antonio

Estaba en clase. Eran las 10:44 de la mañana y el escueto mensaje de Jordi Doce decía: "Ha muerto Antonio Cabrera". Al contestarle, le comenté que me había acordado de él días atrás y que pensé en su doloroso estado. Iba caminando al lado del río y escuchaba el canto de unos pájaros de los que, a diferencia de Antonio, desconocía sus nombres. Uno de nuestros encuentros, en Plasencia, con su querida Adelina al lado, fue a consecuencia de un viaje a La Vera (estuvieron alojados cerca del puente de Cuartos) para observar aves. De eso hace doce años. Aquí copié este comentario suyo: "Cuando volvíamos de Cáceres-bajo-la-lluvia, entre Talayuela y Losar, posado sobre un poste de la luz, como siempre, vi el segundo elanio azul de mi vida. Blanco y azul celeste. La guinda de un viaje que nos ha dejado con un deseo enorme de volver". Habló de pájaros con Zagayewski en una cena, como recogió Xavier Farré. "Los pájaros cantan, y los poetas también", afirmó el poeta polaco. Sí, su pasión ornitológica era conocida. Estaba muy presente en sus libros, como todo lo relacionado con la naturaleza. Su poesía, de la que tan cercano me sentí desde el principio, demuestra que por eso no deja de ser moderna, de este tiempo. 
Por compartir amigos comunes, como Vicente Gallego, antes de conocer sus versos meditativos ya habíamos cruzado alguna carta. Entonces él era un filósofo que escribía. Un profesor de Filosofía en la Vall de Uxó, aunque nacido en la muy gaditana Medina Sidonia. El traductor de Vattimo. 
Ya he contado que su poesía me llegó en forma de plaquette, cuando ganó con Ante el invierno un premio en Mislata. Su primer libro ganó el Loewe. Tenía cuarenta y dos años. A En la estación perpetua le siguieron Tierra en el cielo, Con el airePiedras al agua y Corteza de abedul. Y algunas antologías y otros libros. En mi reseña de ese último para El Cultural intenté condensar mi opinión sobre su poesía, si bien su presencia menudea entre las páginas de esta bitácora. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirla optaría por "luz". De ahí que buscara la fotografía que nos envió para felicitarnos las Navidades de hace once años. Con ella ilustré en mi muro de Facebook la triste noticia de su muerte. "Así era él", añadí. Pura luz, como la que dora esas naranjas colocadas en una fuente de loza. "Con sol de noviembre", escribió. 
A pesar de que cruzamos muchas cartas y mensajes electrónicos, tuve la fortuna, ya se dijo, de tratarlo en persona. Y es ahí, en esa medida cercana, donde Antonio Cabrera brillaba con más fuerza. Donde su humanidad, esa que destila a raudales su poesía, se comprendía del todo. Además de en Plasencia, nos vimos en Valencia (la fotografía es de la noche que leí en el Palau) y en Madrid (por ejemplo, en la celebración del 25 Aniversario del Loewe). 
Como todos los que le admirábamos, viví como una tragedia su accidente. Y leí con perplejidad la entrevista que le hizo en el centro de parapléjicos de Toledo Antonio Lucas para El Mundo, que ahora escribe la sentida necrológica de ese diario. 
Cuando le pregunté, me dijo que sí, que le mandara mi último libro. Añadió que ya buscaría a alguien que se lo leyera, lo que sentí como un desgarro. Le felicité por su reciente cumpleaños, pero ya no hubo respuesta. 
Cuando murió su amigo José Luis Parra, Antonio escribió: "para Parra la poesía representó una instancia de absolución vital, una ocasión para conjurar ritualmente, en el acto de expresarlo con las mejores palabras posibles, el estrago provocado por los días y los años". 
A nosotros nos queda su palabra. Esa no muere. Y, a algunos, por suerte, los recuerdos del bondadoso ser humano que fue. Al que la vida nos ofreció como un precioso regalo. Descansa, amigo. 

14.10.16

Antonio Cabrera en prosa

Con El despercibido, el poeta Antonio Cabrera ganó el XXII Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra, libro que publica, con un gusto exquisito, la también logroñesa pepitas de calabaza, así con minúsculas, por aquello del lema que esgrime: "Una editorial con menos proyección que un cinexín". Ironías aparte, basta darse una vuelta por su catálogo para caer en la cuenta de su indudable alcance, de su verdadero peso literario, una ambiciosa apuesta desde la Rioja hacia el mundo. La obra que nos ocupa es buena prueba de ello.
Algunas de estas prosas las habíamos podido leer, por ejemplo, en la revista Clarín (nº 103, 2013), y ya entonces se quedó uno gratamente sorprendido, con ganas de más. Y ahora...
Filósofo de formación (la filosofía, esa "actividad inocente", según uno de sus alumnos), Cabrera nos presenta una serie de reflexiones, con frecuencia interrogativas y paradójicas, en las que el lenguaje es fundamental, porque en él prima su condición de poeta (uno de los mejores) por encima de la de pensador. Eso sí, todo está oído, visto, tocado o, en suma, sentido "con los pies en el suelo". No en vano "del mundo únicamente nos separamos con el pensamiento", dice. Y en otro sitio: "Gracias al mundo nos salvamos".
Sus obsesiones literarias son las mismas que aparecen en estos textos breves donde no falta la sentencia ("Quien mejor siente es el que no siente con demasiada facilidad. Me espantan los sensibles"), el aforismo ("La infelicidad es un trastorno de la memoria", ¿o es la felicidad, a la manera de Cioran?) y la greguería ("El chiringuito lo inventó Robinson Crusoe").
Son éstas, ante todo, las páginas de un observador nato, de un testigo discreto, de alguien que "mira, contempla, escruta". "Con los ojos lo que más hacemos es pensar", escribe, o "Quien mira es movido por la esperanza de un afuera" o, en fin, "Nada resulta fácil de mirar". Las anotaciones de un ser atento a lo más cercano e inmediato, eso que casi nunca es objeto de atención. Tal vez porque "A veces sucede lo que parece que no podría suceder".
La memoria es otro asunto clave. Y ahí lo personal (a lo Montaigne), la vida corriente, de la vespa ("motocicleta sentimental") a la melancolía de los andenes; de su encuentro atropellado con Keith Richards a las puertas del ascensor de un museo parisino a la figura de su padre o a su propio cuerpo: "Mi delgadez soy yo". La infancia, ya que menciono a la familia, otro. Y la naturaleza, el paisaje y el campo, que frecuenta este caminante apresurado y solitario que busca la calma, la quietud, la inmovilidad (de los árboles del bosque o de un jardín). Un ornitólogo, además; de ahí que hable de urracas, oropéndolas, mirlos... Pájaros de la poesía (Hughes, Zagajewski, Stevens). Y de los insectos, del ser y del estar. No es extraño que escriba un precioso elogio del naturalista.
La poesía es otro de sus temas favoritos y sus meditaciones sobre ella, una suerte de poética, alumbran tanto la que él escribe como toda la que es digna de tal nombre. "Con el poema se va a cualquier parte y se puede decir casi cualquier cosa", precisa.
No falta algún relato, como "Sin escapatoria" o "Luzdivina", con los Ancares al fondo, donde, por cierto, se incluye "Cementerio de Peliceira", un poema de Piedras al agua que destaqué en su día como uno de los mejores de ese libro.
Cabrera pertenece a "la tribu de los callados": "Uno sólo se siente adulto cuando calla", recuerda que dijo César Simón. "Es el hombre un animal que desea callar", leemos. Por suerte, no siempre lo hace, de ahí que podamos disfrutar de estas líneas que nos acercan al tacto y a la noche; a los arbustos, las dunas o al color granate.
"Conseguir" es un perfecto colofón a esta obra que define su autor como un híbrido "entre el poema en prosa, el apunte biográfico y el microensayo", y que termina: "No hay más remedio que echarse a andar de nuevo. ¿Hacía dónde?". Poco importa. Con un poco de suerte, allí estaremos.

24.6.19

Marzal y Cabrera

"Los poetas podrían ser animales tan esquivos como el más esquivo de los animales. Como el más esquivo de los hombres. Sin embargo, escogen personarse ante los ojos del mundo, para prodigar, como hizo Antonio Cabrera, un poco de amor y belleza a todos los necesitados que quieran leerlos". Carlos Marzal, "In memoriam Antonio Cabrera".

11.5.13

Poesía con Norte

A raíz de un ciclo organizado en 2012 por la Fundación Santander Creativa en el Museo de Arte Moderno de la capital cántabra, coordinado por el poeta Lorenzo Oliván, la editorial Pre-Textos reúne bajo el título genérico de Poesía con Norte. Los poetas y sus poéticas un puñado de enjundiosos textos donde, como acabo de decir, un grupo de poetas reflexionan en torno a sus respectivas poéticas; a la poesía, en suma.
No hace falta volver sobre el viejo asunto de si todo escritor tiene una y si, de tenerla, es previa o posterior al hecho creativo, a lo que escribe. Soy de los que defienden que el poeta piense en lo que hace, ya sea antes o después o durante de dar a luz un poema. En eso se diferencia, al menos en una parte sustancial, el poeta moderno de los que le precedieron, sin entrar a valorar si ello ha influido o no en la calidad de la poesía que unos y otros han escrito.
El editor, Oliván, hace notar, recordando a Ortega, que los españoles somos, en lo que respecta al arte, más proclives a la "impresión y la intuición, frente a los pueblos germanos y anglosajones, en cuya labor creativa tiene más peso lo conceptual, lo racional, el pensamiento". De ahí tal vez, añade, que nuestro modernismo derivara hacia el parnasianismo más que al simbolismo. Es sólo un significativo ejemplo. Hay excepciones, como la poesía meditativa, una tradición de tradiciones que no ha cesado, en nuestro ámbito, desde Unamuno, pasando por Cernuda y Valente, hasta ahora.
Viñeta de Guillermo Trapiello
El grupo de convocados es plural y, en consecuencia, las poéticas recogidas también. Carlos Pardo, Alberto Santamaría, Antonio Cabrera, Luis Muñoz, Rafael Fombellida, Luis García Montero, Antonio Lucas, Juan Antonio González Fuentes y Aurora Luque son los poetas seleccionados.
Aunque me siento más cerca de algunos planteamientos, ningún ensayo me ha dejado indiferente y la calidad media es más que notable, incluso con casos sobresalientes.
"La poesía dice y canta, pero además siente", precisa Cabrera, en uno de los más agudos y razonados análisis del conjunto.
Al espinoso asunto de la diferencia entre la teoría y la práctica se refiere con inteligencia Luis Muñoz. 
Del texto de Luis García Montero sobre "el oficio de poeta" (en tanto que oficio, "un modo de pensar") está lleno de sugerencias y de frases certeras, como "La poesía es una experiencia de meditación, un equipaje".
También me ha sorprendido Fombellida, muy filosófico en la primera parte, pero deslumbrante y más cercano en el resto. "Mi casa en la poesía", dice, "un hogar propio". O: "Ser poeta es bastante, es suficiente y mucho". O, por fin: "La verdadera poesía supone la construcción de un mundo inédito".
Aurora Luque se acerca a su querida Grecia y a la traducción, una forma muy especial de hacer poesía.
Antonio Lucas a "la luz oscura": "Todo pensamiento poético es oscuro" y los poetas "portadores de la claridad" que aquella desprende.
Alberto Santamaría aporta un ensayo tan inquietante y perspicaz como todo lo que escribe. Y son también destacables las intervenciones de Carlos Pardo, "contra la voz personal" y de González Fuentes que vuelve también sobre "la luz oscura".
Ya está en marcha el ciclo de 2013 y Oliván (que, por cierto, acaba de publicar el ensayo José Hierro y el ritmo. La música por dentro) sigue invitando a poetas interesantes que, además de escribir versos, saben pensar su oficio. Ya está previsto que la editorial Pre-Textos, por el bien de los que no podemos acercarnos hasta Santander, siga publicando sus aportaciones.

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.

1.4.19

El "Meléndez" (en Facebook)

"El poeta Álvaro Valverde gana el II Premio Nacional de Poesía Meléndez Valdés con el libro “El cuarto del siroco”. Un jurado formado por Jordi Doce (presidente), Aurora Luque, Efi Cubero, Antonio Reseco, Elisa Moriano, Fran Amaya, Piedad Castrejón (y yo, como secretario, con voz y sin voto), acordó ayer noche en Ribera del Fresno otorgarle este galardón por un libro “de plena madurez” donde Valverde, “uno de los poetas de referencia de la literatura española actual”, plasma “su evolución como poeta y como hombre”. Los otros cinco finalistas han sido Ada Salas, Guillermo Carnero, Basilio Sánchez, Erika Martínez y Ben Clark. El premio, convocado por el Ayuntamiento de Ribera del Fresno, reconoce el mejor libro de poesía publicado en España en los años 2017 y 2018". José María Lama

"«Desde un territorio personal, presenta un lenguaje muy limpio, despojado de cualquier artificio y, sin embargo, formalmente impecable», según Jordi Doce Chambrelan, quien considera que Álvaro Valverde, «uno de los poetas de referencia de la literatura española actual», ha alcanzado «su plena madurez»". Página "Juan Meléndez Valdés"

"Poesía. Ganó "El cuarto del Siroco" y Álvaro Valverde. En realidad gana, y así debe ser, un libro de poesía. No el autor, no un poema: un libro. Duele, es duro, debatir. El jurado se la juega al margen del libro o del creador de un solo libro de poesía. Entre los tres que al final quedaban, como justamente debe ser en estos casos, estaba entre mis preferencias este libro, pero los tres, los seis, eran excelentes. Los libros apasionan porque respiran y viven, no me valen innovaciones porque no hay poesía innovadora. Al rascar en los versos, descubrimos estratos muy antiguos, y así debe ser. Amo la Poesía. Los creadores nos seguirán por siempre fascinando. Me apetece felicitar a todos los apasionados, razonables, que aman y defienden lo que defiendo y amo: La Poesía. Enhorabuena a Álvaro, Basilio, Guillermo, Ada, Ben, y Erika. Y también a mis compañeros peleones de un jurado ejemplar: Jordi, Elisa, Aurora, Antonio, Fran, y José Luis, Piedad... A todos mi admiración profunda y mi respeto. Y felicidades a Ribera del Fresno que ama, con su alcaldesa al frente, la Cultura". Efi Cubero

"Qué alegría!!!! Esa maravilla de 'El cuarto del siroco' que nos ha regalado Álvaro Valverde habla de todo y de todos nosotros. Qué merecido premio y eso que entre los finalistas hay otros títulos maravillosos, como los de Ada Salas y Basilio Sánchez, entre otros". Juce Iglesias

«Cierro los comentarios sobre el premio Meléndez Valdés con las menciones a un homenaje y a un busto del poeta. El busto es el que el Ayuntamiento de Ribera del Fresno regaló, personalizado, a cada miembro del jurado. Una magnífica pieza de escayola de la escultora Carmen Goga. El homenaje es el que hicimos al poeta Antonio Cabrera. Hace dos años él fue uno de los finalistas del premio. El día 21 de abril de 2017, tras el veredicto del jurado, le envié un wasap diciéndole que el premio lo había ganado Jordi Doce. Quizá fuera el último acto público de poesía en el que estuvo involucrado antes del accidente. Unos días después, el 1 de mayo, se resbaló en Serra (Valencia), en casa del también poeta Carlos Marzal, jugando con un niño a la pelota. Desde entonces está tetrapléjico, inmovilizado en una silla de ruedas. El viernes lo recordamos en el anuncio del II Premio "Meléndez Valdés", otorgado a Álvaro Valverde, y leímos su poema "Autorretrato", del libro "Corteza de abedul"». José María Lama


24.10.16

Dos libros de Antonio Manilla

Antonio Manilla (León, 1967), historiador, periodista, fotógrafo y antaño editor en Everest, ha publicado en lo que va de año dos libros de poesía. En caso de duda y otros poemas de casi amor aparece en el sello mallorquín Sloper. El título lo dice casi todo y con Manilla, además, no suele haber ni trampa ni cartón. Su poesía es diáfana, de línea clara, muy vital, de la experiencia cotidiana y tono autobiográfico. Aquí encontramos poemas breves e intensos, vagamente sentimentales y muy irónicos, en torno al amor y a sus variadas y variables circunstancias. A lo Borges, abundan las enumeraciones caóticas (léase "Ante lucem"). Desde el primer poema donde se alude a "todo cuanto es exceso sensitivo". Pessoa, otro ser adicto a las multiplicaciones, se asoma al poema "Marea baja": "En aquello que hagas (...) / pon lo mejor que tengas". Y también allí: "somos huellas de arena en la marea baja". 
De amor, lo que se dice de amor, son, ya se explicó, la mayor parte de los poemas, pero sobre todo algunos como "Secreto". 
El paso del tiempo es otra constante: en "Playa", por ejemplo, o en "solo lo fugitivo permanece", de "Janus vitalis", un precioso poema. Como "La juventud del héroe" donde a la mencionada ironía se añade el desencanto. También aflora el humor, que es marca de la casa, como en el poema que comienza con el verso "Yo quiero ser un pendrive", una metáfora de lo más ocurrente. Lo elegíaco tampoco podía faltar en esta poesía de sesgo clásico: "No es ver volver, / la vida es despedirse"; dos versos entre Azorín y Brines. "En vivir con ausencias".
"El rostro informe" nos acerca al sutil, sugerente erotismo. 
La sencillez, el ritmo fundado en una métrica precisa, la reiteración incluso (aquí la originalidad sobra) no impiden, al revés, que leamos un libro donde la poesía, ese humilde milagro, bulle.

Sin tiempo ni añoranza, que fue Premio “Paul Beckett” de Poesía 2015, está publicado en la colección Beatrice de la Fundación almeriense Valparaíso. Aquí los poemas son más extensos y el tono más hondo y meditativo ("Nieve y silencio" está dedicado a Antonio Cabrera), aunque el amor no falte. 
"No soy presente sólo", dice con Juan Ramón. "Y nada de lo que recuerdo he vivido". Sí, la memoria es el tema fundamental de esta obra breve pero llena, como la anterior, de intensidad. Memoria hecha de recuerdos, claro, pero asimismo de olvidos ("Nos engaña el olvido" y "Nos salva de nosotros" son dos versos de "Canto de sirenas"). La poesía es un "cristal de aumento" que nos acerca la realidad: "Lo que tus ojos vean, / eso existe".
La casa, los padres (títulos de poemas) no podían faltar en un libro que se funda en la memoria. Ni Roma, la ciudad donde Manilla pasó una temporada como beneficiario de la beca Valle Inclán de literatura que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores en la Academia de España en Roma. 

13.12.14

Cuaderno Ático 5

Llega el número 5 de Cuaderno Ático, la revista dirigida y editada por Juan Manuel Macías. En sus páginas, textos inéditos de Aurora Luque, Antonio Ortega Antón, Carles Mercader, Antonia Huerta Sánchez, José Luis Gómez Toré, Vicente Fernández González, Antonio Cabrera, Hilario Barrero, Rafael Fombellida, Maria Lopez Villalba, Abel Murcia, Teresa Domingo Català, Sandro Luna, Teresa Garbí, Olivia Martínez Giménez de León, Antonio Moreno, Aitor Francos, Mar Benegas, Carlos Iglesias e Ibon Zubiaur. 
Se publica también una reseña de José De María Romero Barea sobre Desde el balcón del cuerpo, de Antonella Anedda, y más poemas de Javier Sánchez Menéndez y Trinidad Gan, pertenecientes a sus últimos libros publicados.

1.3.10

Antonio Moreno en Tusquets

A la espera de que otro Antonio, Cabrera, publique su nuevo libro en Tusquets (será, al parecer, en otoño)  la editorial anuncia el último de Antonio Moreno, Nombres del árbol. Va de valencianos. Y de buena poesía.

7.10.16

Poesía última de Vicente Gallego

En los dos últimos años, Vicente Gallego (Valencia, 1963) ha publicado un par de libros. Los dos con premio y ambos chez Visor. Aunque he seguido su trayectoria con la atención que merece, se me escapó en su momento la lectura del primero, Saber de grillos, ganador del Emilio Alarcos. En el jurado estaba Carlos Marzal, otro valenciano de la misma saga de poetas, digamos, imprescindibles de nuestro panorama, que afirma en la contracubierta, y con razón, algo que podría haber dicho de sí mismo: que Gallego "ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo".
Está compuesto por poemas breves que casan bien con el despojamiento al que ha venido sometiendo su poesía. Ante todo, la Naturaleza: sus lecciones, sus imágenes, sus metáforas, sus símbolos... Porque "Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida / en los montes pelados". Sí, la suya es una naturaleza áspera y esencial que cabe relacionar con el paisaje de su maestro César Simón (al que dedica el haiku "Canícula"), en cuya poesía, por cierto, está muy presente la palabra grillo. Allí, en la "Santísima intemperie", entre las soledades del sabio que habita una cabaña, siente y piensa (en este orden) el poeta. Con frecuencia, al modo franciscano. El paradigma de su forma de mirar está en el poema "Contemplando un pino", que dedica a Antonio Cabrera, otro de su estirpe, dedicatario del libro en su conjunto. Ahora que lo menciono, salvo unos pocos poemas, todos están destinados a alguien. Amigos, sí (basta leer "A esos cuatro amigos"), pero también autores de poéticas similares o admiradas; pista fiable para situar la poética de Gallego. "Porque los ojos ven las cosas claras", escribe. 
Allí, la celebración de la vida. De lo mínimo, casi siempre, a lo máximo. Por "asentimiento". "Del natural", como en el homenaje a Gaya. 
Allí, piedras, pájaros, flores, árboles, noches, luz... Su vocabulario no es rebuscado, como no lo son sus ideas. Allí, la perplejidad, el asombro. Y "lo rumoroso". Y la quietud. Y, cómo no, el silencio. La simplicidad y lo liviano (léase "Soltura": "si un alma he de tener, / me vale el horizonte"). Lo oriental como concepto. Y lo occidental, añado, como vemos en su último libro, Ser el canto donde Antonio Moreno, al que se lo dedica, en la nota de la contracubierta advierte: "¿Poesía mística? Solamente poesía. Vibrante, honesta, sabia poesía". Y está bien que traiga a colación lo del misticismo porque, además de referencias concretas a motivos místicos, como la noche, y a "Juan de Yepes" ("¿Qué habrá más delicado que morir?", leemos en el espléndido poema que le dedica), cualquier lector avisado advierte esa filiación que tanto miedo da a quienes la desprecian por simple ignorancia. Por eso, por su cariz religioso (como si religión y poesía, en su más amplio sentido, fueran materias contrapuestas), y porque a nadie le gusta ir de "místico" por la vida. No es el caso de Gallego, por más que en los últimos años sus vínculos con la meditación no puedan obviarse, ni en su biografía ni, por supuesto, en su poesía. 
El libro se compone de cincuenta cantos sin título y numerados en romano. En él las preguntas abundan. Se conciben en la duda. 
El lugar desde el que contempla viene a ser el mismo del libro anterior: el monte, el campo, la naturaleza más intrincada y oculta. La naturaleza sagrada. La estación: el verano. El tono hímnico, que lo es todo, semejante: "Aprendí de las cosas mansedumbre". Los maestros, también: Claudio Rodríguez (presente en palabras como pan o jornal: "el jornal de la vida"), César Simón, el último Juan Ramón, Brines... Y los románticos, con Leopardi (y su luna) a la cabeza. Y la sabia poesía popular, que nunca falta.
Estamos de nuevo ante "el delirio de mirar". De sorprenderse feliz con lo que ve.
Símbolos, como el del pájaro o el agua, siguen muy presentes. Y animales humildes como el saltamontes y la hormiga. Y una cesta de esparto o la salvia.
Son cantos inspirados. Plenos de intensidad y de concentración. Llenos de amor. Propios de alguien que ha tomado un camino solitario lleno de autenticidad. No falta, claro, la pasión, el entusiasmo, la alegría de un vivir al margen que, sin embargo, le une a los seres y a las cosas con una fortaleza inquebrantable: "como tiene / uno madre, alegría / sin saber ni de qué". De ahí las constantes alusiones a la infancia y la niñez, el territorio de la pureza". El poema dedicado a su hijo ("Canto XLV") es memorable, de emoción verdadera. "Canto lo irremediable", dice. Más allá, la belleza. 
"Los cincuenta cantos de este nuevo libro vienen a ser facetas indiscernibles de un único asunto: la naturaleza transparente del yo y su íntima hermandad con los demás seres, resuelta en una música tan expansiva como solitaria", escribe Antonio Moreno. Y añade: "Acaso sean estos versos de Vicente Gallego los más despojados que haya escrito, los más alejados de las trampas del lenguaje".
Acierta, sin duda, pero conviene recalcarlo. Lo dijo Marzal y lo repite Moreno: si por algo se caracterizan esta poesía (su aventura verbal" y "sin trampa") es por lo que tiene de lenguaje. Por lo que pesan sus palabras. Valen su peso en oro.

EN LOS PICOS PELADOS

                              A José Saborit


En la mañana, hondo,
donde cruzan las águilas y el monte
se pierde como un niño y se sofoca;
donde prospera el cardo, el esqueleto
de tanta soledad abierta en llama.

Van pisando los pies, mediado el día,
caballones hendidos de calor,
requemados de espejos, de guijarros
en los que el sol golpea y le abre un río
de centella al aire.

Dejé mi tiempo atrás, hallé mi vida
en los picos pelados.

23.7.14

El único libro

Manuel Neila (Hervás, 1950) fue uno de tantos extremeños que, como ahora, tienen que marcharse de su tierra para abrirse camino en la vida, por eso su infancia y juventud transcurrió en Asturias, donde estudió Filología Románica (en la Universidad de Oviedo).
Como poeta, su primer libro se tituló Clamor de lo incesante (1978). Poco después fue incluido por el crítico José Luis García Martín (extremeño en Asturias también, editor de esa ópera prima) en la singular antología Las voces y los ecos (1980).
Más tarde vinieron: Pasos perdidos (1980), Estancias (1986), El transeúnte (1990), Una mirada (1996) y Cantos de frontera (2000), que, como nos informa Neila, “permanecían inéditos, total o parcialmente, hasta que vieron la luz en Huésped de la vida (Gijón, Llibros del Pexe), su poesía reunida entre 1980 y 2005”.
Otros libros suyos son: El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), la edición bilingüe de Cantos de frontera (2003), cuya versión francesa corre a cargo de Michelle Serre, Puntos de vista (ensayos, artículos y notas publicados en 2003 en la colección Ensayo Literario de la Editora Regional) y  el volumen de aforismos Pensamientos de intemperie, publicado también por la editorial Renacimiento en 2012.
Ha traducido a Montaigne (Páginas escogidas), Baudelaire (Las flores del mal y El spleen de París), Nerval y Haroldo de Campos, entre otros. También ha editado a Nietzsche (aforismos), Machado (del que recopiló sentencias y donaires), José García Vela (Hogares humildes, su obra poética) y Lezama Lima (una antología del poeta cubano precedida de un prólogo esclarecedor).
No debemos omitir su condición de estudioso y crítico literario, labor que desarrolla, en los últimos tiempos, para las revistas Clarín, Turia, Quimera y Cuadernos Hispanoamericanos.
Ahora aparece con el número 67 de la acreditada colección a rayas (en feliz idea de Marie-Christine del Castillo) de la sevillana Renacimiento, El camino original [Antología poética, 1980-2012] con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Los poemas que lo integran pertenecen a los libros que se mencionaron antes; total o parcialmente incorporados. Además, se muestran en la antología varias composiciones del libro de poemas en prosa El sol que sigue (2005), incluido también en Huésped de la vida; las “menos prescindibles o, en todo caso, más representativas”, precisa Neila.
Se adelantan poemas de Al norte del futuro, “una suerte de obra poética abierta, compuesta de proverbios y cantares; además de otra serie de poemas inéditos, recogida en la sección postrera de El camino original, que formaran parte de un libro venidero”, explica el autor en la “Nota bibliográfica” que aparece al final del volumen.
El florilegio sigue en la lista a El viaje de la luz, del alicantino Antonio Moreno, y precede a Montaña al sudoeste, de Antonio Cabrera, lo que da una idea, al menos para el lector avisado, de la importancia de que la poesía de Neila pase a formar parte de esa suerte de canon de la poesía contemporánea en español (tanto española como hispanoamericana) que la colección Antologías -gobernada por el poeta y editor Abelardo Linares- representa.
Equidistante de la «antología personal» y la «poesía reunida», por voluntad del poeta, El camino original agrupa, sí, un puñado de poemas escritos en poco más de tres décadas. Los que el autor ha decidido que merecen ser salvados.
Aunque, como se ha dicho, García Martín  incluyera a Neila en su antología Las voces y los ecos (que vino a demostrar que no era novísimo todo lo que lucía ni venecianismo cuanto campeaba), el de Hervás ha sido un poeta, digamos, sin grupo o generación, uno de tantos que caminan en solitario sin atender otra ley que la de su propia poética y la de su necesidad de decir. Mejor.
Porque Neila tiene voz propia, no ha requerido de pamemas para abrirse paso, poco a poco, en el panorama patrio. Por eso, a los lectores atentos de este país, a la inmensa minoría, no le ha pasado desapercibida su obra, que con esta antología, todo hay que decirlo, se abre un hueco mayor y le da una visibilidad que hasta ahora no había tenido, más que nada porque las meritorias y aun benéficas editoriales en las que ha publicado (Júcar, Llibros del Pexe…) carecían de ese plus de publicidad que tienen tres o cuatro en nuestro patio de vecinos lírico.
“Poeta cauteloso”, leemos en la solapa del libro (exigente, diría uno), sin prisas, yendo a lo que importa, también lo es “casi secreto”, como leemos allí, por más que esto sea común a la inmensa mayoría de vates que por aquí pululamos. Nada nuevo. Para nuevos, sus versos, virtud de la poesía cuando de verdad lo es.
Digamos cuanto antes que los poemas de Neila pertenecen a la estirpe de los que buscan en la palabra esencialidad y, por paradójico que parezca, silencio, la música callada de la que tanto se ha hablado por estos lares. Y eso no puede compaginarse con la fabricación de libros al buen tuntún y la sobreexposición pública a la que aspiran numerosos poetas.
Luis Alberto de Cuenca, con la sutileza que le caracteriza, indica en su breve pero enjundioso prólogo que “Manuel Neila recuerda a Juan Ramón Jiménez en lo que se refiere a la obsesión, compartida por ambos, de ofrecer a la posteridad un libro único que los reúna a todos y que de fe de su visión poética del mundo. En el caso de Neila, El camino original es ese libro”.
Esa voluntad de “libro único” se manifiesta, según creo, en detalles tan significativos como el de poner delante de los respectivos títulos de las obras que lo componen un número romano que señala que son partes de un todo.
Si bien encontramos en los primeros libros un gusto por la palabra que a veces induce a cierto preciosismo, la poesía de Neila se caracteriza, ya se dijo, por su fundamento, donde la palabra justa y el vocabulario esencial lo es todo. No hay rebuscamiento o barroco en estos versos que aspiran a nombrar, ante todo, las “pequeñas cosas” (un tema reiterado). “Ese hombre celebra las pequeñas cosas”, escribe en un verso. La luz (siempre presente), un paisaje, un recuerdo, tal o cual escena, eso que nos asalta a cada paso en medio de la vida cotidiana suele ser la materia de la que está hecha esta lírica que participa acaso más de lo celebratorio que de lo elegiaco, por más que la melancolía, otra forma de la poesía, según Stevens, sea indeleble marca de la casa. Junto a la soledad, otro tema insoslayable.
Poesía del pensamiento, de preguntas, en la mejor tradición española de lo meditativo que tan bien definió Valente. Con su vertiente fenomenológica, eso sí, porque la mirada, la visión, aquí lo es todo.
Su tono tiende al clasicismo, poco importa que este sea occidental (Grecia, Roma), castellano (los poetas del Siglo de Oro) o de Oriente. Lo experimental, esa cohetería vanguardista que tanto gusta a algunos lectores, brilla aquí por su inexistencia. Y uno lo agradece.
¿Sus autores de cabecera? Los deja caer por las citas del libro. Antonio Machado, por ejemplo, JRJ, Rilke, Eugénio de Andrade, Novalis y, por añadidura, los románticos alemanes e ingleses, y los poetas orientales y, cómo no, Borges (no mencionado, pero también ahí, en “Epitafio”: “He sido muchas cosas, / como todos los hombres, / y la noche, y la muerte, y las estrellas.”)
Por el tono discursivo que a veces adopta su poesía, propio de esa poesía de la meditación a que me he referido antes, por su cercanía a la naturaleza y al paseo, poemas como los que componen “Una mirada” me recuerdan a Claudio Rodríguez.
Y ya que lo menciono, la voluntad de claridad es otra constante. En la línea, pongamos por caso, de un Eloy Sánchez Rosillo, compañero de antología y de promoción (en Las voces y los ecos); una claridad que poco (o nada) tiene que ver con la simpleza, con lo anecdótico, eso que tanto se llevó en temporadas pasadas. Y que conste que aquí experiencia no falta. Al revés.
También abunda la concisión, marca de la poesía, es cierto, pero que en algunos autores se agudiza. La economía verbal le conduce al uso del poema breve o muy breve (haikus y tankas) y es fácil intuir que comulga con otra de sus pasiones: el aforismo, esa afilada manera de decir más con menos.
Poesía del “yo” que, sin embargo, usa con frecuencia el “tú” cernudiano, el del que habla consigo mismo a debida distancia.
Poesía del viaje, de alguien que se considera un “transeúnte”: “He sido el transeúnte…” Por eso, “Cantos de frontera”.
Viajes a distintas partes del mundo (Grecia, Inglaterra, India, Alemania...) y de regreso a un lugar muy especial: su tierra de nacimiento: Hervás, Ambroz, Valdeamor, Pinajarro… La infancia, otra de los asuntos reiterados en el libro, donde esos lugares de la memoria aparecen nombrados y evocados largamente.
“No eres el pasado que regresa; / eres, sí, lo real que permanece.”
Poesía de la delicadeza, como esos poemas breves dedicados al pintor Ramón Gaya. Se podría decir que los versos de Neila son a la poesía lo que la acuarela a la pintura, por parafrasear a María Antonia Ortega.
Pura transparencia: fragilidad. Tal la vida. Esa “ausente” que él retrata a la perfección en uno de los mejores poemas del conjunto.
Al leer la parte final, la de los inéditos, comprobamos que el camino de Neila, el “original” (mencionado en un poema de igual título y aun en otro anterior de idéntico rótulo: “Sabemos de donde  viene / el camino original. / Y enseguida adivinamos / a donde irá a parar”), sigue “a la intemperie”, cada vez más esencial y delgado, sustentado en versos cortos y poemas breves, aforismos casi. Con excepciones, los dos “Autorretratos”, por ejemplo. Cercano a la emoción, que no puede separarse en poesía del pensamiento tal y como Unamuno dejó dicho; así, en el poema que dedica a su hermano Félix, muerto a traición y prematuramente.
A estas alturas de mi vida, como lector, sólo exijo en un libro verdad. Que sea de verdad y que se note su pequeña verdad, no queremos otra. La de alguien que nos da “la medida de un hombre” (o de una mujer, si fuera el caso), por decirlo con Vinyoli. Y eso es lo que uno ha encontrado en los versos de Manuel Neila. Basta y sobra; más, si como sucede, esa humilde verdad se transmite de una manera tan poética, en el mejor y más pleno sentido.

Esta reseña apareció en el número 768 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos bajo el título "El único libro (La poesía de Manuel Neila)"

23.7.19

V. Gallego en EC


Vicente Gallego
Visor. Palabra de Honor, Madrid, 2019. 172 páginas. 

No creo que Vicente Gallego (Valencia, 1963) necesite presentación; no obstante, conviene recordar que en 2003 reunió en El sueño verdadero su poesía publicada hasta entonces, seis libros entre los que cabe destacar La luz, de otra manera (Premio Rey Juan Carlos), Los ojos del extraño (Premio Loewe Joven), La plata de los días (Premio Ciudad de Melilla) y Santa deriva (Premio Loewe y de la Crítica). Por utilizar los términos de Antonio Moreno, esa recopilación recoge buena parte de su poesía “prescrita, excluida, pretérita”, casi en su totalidad reescrita a posteriori, un gesto a lo Juan Ramón, que definió la poesía como “el arte de quitar lo que sobra”.
Después llegaron Si temierais morir, Mundo dentro del claro, Cuaderno de brotes, Saber de grillos (Premio Emilio Alarcos) y Ser el canto (Premio Generación del 27).
Una obra, ya se ve, abundante, avalada por numerosos premios adscritos, digamos, a la casa Visor.
Como bien ha dicho Carlos Marzal, que hizo un trayecto parecido, Gallego “ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo”. Los dos pertenecen a esa estirpe de excelentes poetas valencianos que tienen a Francisco Brines, grande entre los grandes, como maestro. De la que formaba parte, por cierto, el llorado Antonio Cabrera.
No está de más mencionar la faceta ensayística del autor, tan ligada a su poética y, en consecuencia, a su poesía. Kairós ha publicado sus tres libros de ensayo: Contra toda creencia, Vivir el cuerpo de la realidad y Para caer en sí (Diálogos en torno a la palabra de Nisargadatta Maharaj).
Por último, como visión de conjunto, nada más pertinente que leer la antología esencial Cantó un pájaro, que vio la luz en FCE hace tres años con selección y prólogo del citado Moreno y en la que se da cuenta de su “poesía vigente”. Al final, en una nota, escribe Gallego: “En mitad de mi primera juventud, cantó un pájaro. Escuché claro su trino y ya no pude volver a dormirme en mi inconsciencia”. No es raro, pues, que su nuevo libro (voluminoso, consta de 77 poemas) se titule A pájaros y migas ni que la presencia de las aves, en tanto que símbolo o metáfora, sea una constante.
No se desvía de su línea habitual, la que insiste en la depuración y la síntesis, si bien, a diferencia de lo que ocurría en anteriores entregas, abunden los poemas de mayor extensión y discursivo tono metafísico (siquiera sea “a la valenciana”), siempre atentos al mandato “No es buscar es hallar”. Así, “Vigilia”, “A media noche” o “La sed”.
Bajo una potente luz solar mediterránea, la vida se desliza, que diría César Simón (del que editó su poesía completa). Allí, la infancia y lo doméstico: una droguería (Casa Paqui), la playa, los viejos de la petanca (“ya no tienen / más prisa que morir / de la mejor manera”), la comida y la cocina (el arroz, entre pucheros teresianos), los pueblos, los padres…; el amor, marca de la casa (“Y si ya no existiera, / di que amor no fue sólo otra vana palabra”); la música (en especial la de las palabras, que se decantan, mediante el encabalgamiento y la oralidad, gracias a la sintaxis, a favor del ritmo); la naturaleza de un mundo animal (poblado de pájaros, del gorrión al mirlo) y vegetal (con plantas en jardines y azoteas, como el humilde perejil); los objetos y las cosas, pura cercanía. Allí, en fin, lo íntimo, pero al servicio de la poesía, como “En el secreto”.
Alguien observa el mundo y lo describe. Con asombro y minuciosidad. Algunos poemas podrían pasar por orientales acuarelas. Su verdad y su belleza, que lo mismo tiene que ver con la amenidad de un paisaje fluvial (el del río Palancia) que con la desolación de los polígonos y las periferias. Qué logrados los poemas “Domingo”, “Intemperie” o “Puerto de Valencia”. En el primero leemos: “hay algo propio / en todo lo sufrido, / lo terrestre, / en cada vidrio roto, / cada añico”.
En otro, “La reina del rellano”, más ligero, deja que ésta recomiende al vecino soltero: “tú no mires si es mona / que eso dura un suspiro / búscate a una mujer / que sea como yo / que esté contenta”.
Se aprecia una limpieza en el decir que recuerda la del verso transparente en su misterio de Claudio Rodríguez, lo que no me parece poco elogio. En poemas como “Madrugar”, pongo por caso: “porque no se madruga / sino por puro amor, / y no por el salario”.
Resuenan al fondo Juan Ramón, ya se dijo, y Lorca.
Detrás de las dedicatorias,  alumbran los homenajes. Son muchos, cabe añadir, los poemas dedicados. Elijo dos. El de José Mateos, cuya poesía está en “Puntada”, como lo está la de Hugo Mujica en “Alma”.
Destacaría también “La cadencia”, el destinado a un querido amigo muerto: Mario Míguez. De Míguez es el verso que figura al principio de la obra: “Al oído de amor sobran palabras”.
El poema que da título a esta entrega, penúltimo del índice, es clave. Una suerte de poética que comienza: “Que haya verdad / en poco / que se pueda / ir a migas / a pájaros / cantar con casi nada / no saber / de qué modo / en qué punto / un silencio se hará / de la palabra”.
Se cierra el conjunto con un emocionante poema dedicado a su pequeña sobrina Aroa, más allá de la muerte: “Ojos tan generosos, / que viéndose morir, / aún nos amaban”. Demuestra a las claras qué es la poesía y para qué sirve.

Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes, 19 de julio, en El Cultural. Al lado, hay entrevista, de Nuria Azancot. 

29.5.17

Palabras para un premio

Buenas noches.
Presidente, autoridades, ribereños, estimados amigos...
El poeta y profesor Guillermo Carnero decía hace poco que preferiría haber vivido en el siglo XVIII. Y matizaba: “Pero en el XVIII francés, no en el español, aunque Meléndez Valdés era un poeta de primera fila, de rango europeo. Y también lo era Jovellanos, aunque pocos lo recuerden. Me gusta el XVIII primero en lo estético, porque es un siglo sensual y vital, en el que la represión moral desaparece en el arte, y se impone el desnudo. En Francia, pero no en España, donde 'La maja desnuda' de Goya tenía que mantenerse escondida. Y segundo, en lo ideológico, porque es la última época de Occidente en la que se puede ser con inocencia y de buena fe progresista y de izquierdas. Todo está aún por descubrir, y todavía cabe creer en las utopías, que irán luego fracasando, desde la Revolución francesa a la Bolchevique”.
No he encontrado mejor manera de empezar este breve discurso que citando al novísimo y su elogio del Setecientos y de Meléndez Valdés, el poeta que da nombre a este premio que celebra su primera edición coincidiendo con el bicentenario de su muerte en el triste exilio francés de Montpellier, como un Antonio Machado avant la lettre, tan lejos de su Ribera del Fresno natal. 
Dije desde el principio que la idea de crearlo (que debemos en gran medida a la perspicacia de José María Lama) era excelente. Por lo que tiene de reivindicación de uno de los extremeños más ilustres (e ilustrado) y para diferenciarse de la avalancha de galardones poéticos locales o provinciales que plagan el panorama. 
Un premio de alcance nacional y patrocinio público (Ayuntamiento, Junta y Diputación), impulsado desde el medio rural, que en Extremadura, por suerte, sigue existiendo, al margen de esa “España vacía” acerca de la que ha escrito, con tanto éxito, Sergio del Molino.
Un premio, éste, destinado a distinguir el mejor libro de poesía publicado en España el año anterior. 
Conviene destacar la pulcritud del procedimiento de elección del ganador y, antes, de los finalistas, siquiera sea para demostrar que en España, a pesar de los pesares, se pueden hacer las cosas de otra manera. Bien, quiero decir, sin corruptelas.
Porque es un premio de la crítica, contó en primera instancia con críticos, periodistas culturales y profesores. La lista de personas que colaboraron, desinteresadamente, en la primera criba, de los medios literarios más importantes de este país, da fe del rigor con que se ha llevado a cabo, insisto, el proceso. Lo avalan los nombres de Nuria Azancot y Francisco Javier Irazoki, de El Cultural; Javier Rodríguez Marcos, de Babelia/El País; Jaime Siles, de ABC Cultural; Enrique García Fuentes, del diario HOY; el profesor de la Universidad de Extremadura Miguel Ángel Lama; y Álex Chico, de la revista Quimera.
Es digna de destacar también la gestión del democrático voto delegado de la alcaldesa, que surge de la contrastada opinión de un puñado de ribereños; lectores comunes y, en consecuencia, honestos. 
Por fin, un jurado, que me honré en presidir, formado en esta ocasión por Olvido García Valdés, Irene Sánchez Carrón, Piedad Rodríguez Castrejón (alcaldesa de Ribera del Fresno), Elisa Moriano (en representación de la Diputación de Badajoz), Juan Ramón Santos, Eduardo Moga (en representación de la Junta de Extremadura) y José María Lama (secretario con voz pero sin voto), un jurado en el que se mezclan poetas, críticos, filólogos y lectores, personas, en suma, con criterio, tuvo que tomar la decisión final y les puedo asegurar que, a pesar de que no era sencillo decidir, se hizo, tras sucesivas votaciones, con claridad y tras sopesar los pros y los contras de los seis libros finalistas, todos ellos candidatos en igualdad de condiciones a conseguir el galardón. Por el mero hecho de ser eso: libros de poesía y no otra cosa, que es, al parecer, lo que se lleva ahora. 
Me refiero a obras espléndidas, que diría Santiago Castelo, como Carta al padre, de Jesús Aguado (Fundación José Manuel Lara), Corteza de abedul, de Antonio Cabrera (Tusquets, que acaba de conseguir el Premio de la Crítica Literaria Valenciana), No estábamos allí, de Jordi Doce (Pre-textos), Ser el canto, de Vicente Gallego (Visor), Han venido unos amigos, de Antoni Marí (Renacimiento) y Pérdida del ahí, de Tomás Sánchez Santiago (Amargord).
Fue emocionante asistir a las deliberaciones del jurado, donde con tanta pasión y con tanto conocimiento se debatieron las diferentes lecturas de los libros, en especial de los dos que llegaron hasta el final. Pocas veces, en mi ya larga trayectoria de participación en este tipo de tribunales poéticos, he asistido a tan solvente cruce de argumentos. Al final, No estábamos allí, de Jordi Doce, se alzó con el Premio Nacional de Poesía ‘Meléndez Valdés’ por amplia mayoría. En el acta se destaca “que se trata de un libro especialmente significativo en la trayectoria poética del autor (que desde hace diez años no publicaba ―en rigor― un libro de poesía), un libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañeza y misterio bajo una luz nórdica. En él se da una mezcla de géneros, que va del poema en prosa al diario, pasando por el uso de los versículos o las enumeraciones. Para Jordi Doce la escritura supone «un aprendizaje moral e intelectual, una forma de hacer mejor ―más intensa y plena, más benéfica― la vida». Uno de los poemas más significativos se titula, de hecho, “Aquí, ahora, en ningún sitio”. Acaso No estábamos allí sea una especie de relato intemporal en busca de la identidad «en medio del camino de la vida»”.
Su autor, Jordi Doce (Gijón, 1967), ha publicado libros de poemas como Lección de permanencia, Otras lunas y Gran angular, así como la antología Nada se pierde. Poemas escogidos.
En prosa, los libros de notas y aforismos Hormigas blancas y Perros en la playa, los ensayos Imán y desafío (IV Premio de Ensayo Casa de América), La ciudad consciente, Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica y Zona de divagar, el libro de artículos Curvas de nivel y el de entrevistas Don de lenguas
Ha traducido, además, la poesía de Auster, Blake, Eliot, Auden, Tomlinson, Hughes, Simic, Carson y Burnside, entre otros, y la prosa de Quincey y Ruskin. 
Estudió Filología en la Universidad de Oviedo, es doctor en letras por la Universidad de Sheffield, donde fue lector de español antes de serlo también en la Universidad de Oxford. En la actualidad, tras su paso por la sección de Publicaciones del Círculo de Bellas Artes de Madrid, de coordinar la edición española de la revista mexicana Letras Libres y la editorial hispano-mexicana Vaso Roto, reside y trabaja en la capital de España como editor, traductor, conferenciante y profesor de talleres de escritura creativa en la escuela de letras Hotel Kafka. Desde hace once años publica un blog, Perros en la playa.
De él dijo en El Cultural el crítico Martín López-Vega: «Si Jordi Doce (…) no existiera, habría que inventarlo. Poeta, aforista, traductor de referencia, ensayista, editor, es, por desgracia (para todos los demás), un caso excepcional en nuestro panorama poético: un creador generoso que lejos de centrarse únicamente en su obra ha estudiado y divulgado la de muchos autores que o eran desconocidos, o eran mal conocidos entre nosotros». 
Sí, por fortuna existe. Antes de cederle la palabra, permítanme añadir que estamos, en efecto, ante uno de los mejores poetas de este país. Perdonen la jactancia, pero sé de lo que hablo. En el pequeño patio de la poesía española nos conocemos todos. Jordi Doce ha logrado eso que muchos pregonan pero muy pocos alcanzan: tener una voz personal y establecer un mundo propio. Leo sus poemas desde que publicó su ópera prima y he seguido su trayectoria con fidelidad y admiración crecientes. Pocos poetas tan rigurosos, formados y capaces como él. Pocos tan apartados del pavoneo lírico (es hombre tímido, educado y modesto) y de las estrategias y manejos que algunos llevan a cabo a favor de su vanidad y de sus intereses personales y en detrimento de la noble poesía. En este sentido, en el mejor, estamos ante un escritor ejemplar. Por eso el ‘Meléndez Valdés’, lo digo con orgullo, no podía haber empezado mejor. Dando a entender que no hay atajos para llegar a la excelencia. O que, en poesía, la excelencia es el único atajo. Enhorabuena, Jordi.














Nota: estas palabras fueron leídas en la entrega del Premio Nacional 'Meléndez Valdés' que tuvo lugar el pasado viernes 26 de mayo en Ribera del Fresno, Badajoz. 

19.9.14

Poetas andaluces de ahora

La colección Arrrecifes de La Isla de Siltolá cambia de aspecto e inaugura su nueva época con la Poesía Completa del arcense Julio Mariscal (todo un acontecimiento del que daremos debida cuenta), una antología del poeta roteño Ángel García López y, por fin, otra titulada Con&versos (Poetas andaluces para el siglo XXI), de la que es editor Antonio Moreno Ayora. 
No pretende ser, nos explica en "Criterios de base", una antología original, sino "un intento de reunir en bloque compacto lo esencial de nuestra poesía en estos últimos treinta y cinco años". Más adelante, precisa: "La finalidad de este volumen es proporcionar un prontuario de consulta de los principales o más significativos poetas que han publicado en los quince o viente últimos años del siglo XX y en los primeros lustros del XXI."
Los cincuenta poetas elegidos son: Juan Cobos Wilkins, Manuel Gahete, Luis García Montero, Carmelo Guillén Acosta, Alejandro López Andrada, José Lupiáñez, Francisco Morales Lomas, Eladio Orta, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Sáez, Fernando Sánchez Mayo, Juan José Téllez, Fernando de Villena, Isabel Bono, Álvaro García, Antonio Luis Ginés, Julio César Jiménez, Aurora Luque, Manuel Moya, Luis Muñoz, Rosario Pérez Cabaña, Charo Prados, Balbina Prior, María Rosal, Isabel de Rueda Rubiales, Javier Sánchez Menéndez, Juan Carlos Abril, Marga Blanco Samos, José Cabrera Martos, Begoña Callejón, Sara Castelar Lorca, María Eloy-García, Rocío Hernández Triano, José María Jurado, Raquel Lanseros, Francisco Onieva, Antonio Orihuela, Alejandro Pedregosa, Joaquín Pérez Azaustre, José Luis Rey, Eva Vaz, Álvaro Campos Suárez, Nieves Chillón, David Leo García, Patricia García-Rojo, Elena Medel, María Ramos, Tomás Rodríguez Reyes, Fernando Valverde y Diego Vaya.
Entre el mayor y el más joven median 37 años.
La antología está dividida en cuatro partes, una por década: "La fructífera década de 1950", "1960, el origen de la Posmodernidad", "Apuntando al nuevo siglo: poetas nacidos en 1970" y "La poesía del siglo XXI, plenitud de los años ochenta".
De cada poeta se ofrece una práctica nota biobibliográfica, se publica una breve poética y se añaden algunas opiniones críticas.
Una condición imprescindible para formar parte del florilegio era que los poemas a publicar fueran inéditos, de ahí que, según Moreno Ayora, falten nombres significativos. Uno, echa en falta, por ejemplo, a F. Benítez Reyes, J. Lamillar, E. Baltanás, J. Aguado, J. Bonilla, J. Mateos, Almudena Vega, etc. ¡Son tantos los poetas andaluces!
De los que sí están, que es lo que importa, podemos destacar la calidad general de sus poemas. Reconozco que unos cuantos autores son para mí desconocidos; vamos, que es la primera vez que leo versos suyos. Es el caso de algunas mujeres, pongo por caso, que aquí abundan, algo infrecuente en este tipo de aventuras. 
Me ratifico en algunas afinidades (de poetas que uno lleva leyendo y admirando desde hace tiempo) y confieso que me he encontrado con algunas agradables sorpresas entre los desconocidos. Para evitar enojosas nominaciones, citaré sólo dos casos, uno por categoría: Aurora Luque e Isabel Bono.
Compruebo, a título anecdótico, que los Institutos de Educación Secundaria de Andalucía están llenos de poetas, lo que a la fuerza redundará en beneficio de la pobre poesía, un arte inseparable de lo que quiera que sea el misterio de ser andaluz. 
Más allá de modos y modas, se alegra uno de haber leído una estupenda selección de poemas que vienen a demostrar que la poesía escrita por andaluces sigue gozando de excelente salud.