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29.6.13

Lo breve eterno

Cuando apareció el primer libro de Sergio Fernández Salvador, Quietud, en la misma editorial, La Isla de Siltolá, algunos quedamos gratamente sorprendidos. Así lo hice constar aquí. Podría repetir aquellas palabras para referirme a éste, por más que F. haya dado un paso hacia adelante, que es de lo poco que uno pide a un nuevo libro, poco importa de qué autor. Digamos que en esta segunda entrega ahonda en lo ya escrito -eso que llamamos mundo- y eso sirve para los asuntos que trata y para la forma de hacerlo, una cosa y la misma.


No está mal que inaugure una colección que se denomina Tierra. De eso hay mucho en Lo breve eterno. Estamos ante una poesía anclada en un territorio y el paisaje que aparece es también bastante concreto; muy bien descrito, por cierto. Como hay un regusto rural y una sabiduría antigua que van de suyo. Sin ánimo de molestar, calificaría al libro de castellano, y no sólo por los árboles, los pájaros, los campos y los lugares que habitan en él. Ah, ese lenguaje, tan preciso y rico como sencillo y natural. Claro. Nada más lejos, o eso creo, de la intención de su autor que epatar. Basta con leer, no hay duda, pero también ayudan sus reflexiones en verso sobre el hecho de escribir, recogidas en un puñado de poemas.
Sin trampa ni cartón, desde el primero, "Ofrecimiento", Sergio Fernández Salvador despliega ese mundo al que antes hice alusión y para ello se sirve de las estaciones, del abedul, de las castañas, del níscalo, de los tilos, de las montañas, de los escarabajos o de las mariposas. Hay limpieza en su mirada y una inevitable melancolía porque se mira hacia atrás: "Todo lo que no fue / (...) / es hoy en esta página". A la infancia, sobre todo. "Es hogar la tristeza", dice en uno de los mejores poemas del libro, "La casa del dolor". No es el único que sobresale, para mi gusto; así, "Enmienda", "Tres silencios", "Regional Express" (tan significativo), "Era la infancia"...
Se atreve con el tono menor (tan mayor a veces): "Poquiterías" (haikus, aforismos) y "Adivinanzas". Aunque no predomine, se cuela de rondón la ironía por entre estos versos tan bien apuntalados.
Escuchaba el otro día a un escritor de moda abogar por la renovación literaria; porque estamos en el siglo XXI, alegaba. Que nadie busque aquí ningún experimento, que es donde no suele, por cierto, presentarse casi nunca la poesía. Andaba uno dándole vueltas a ese viejo asunto cuando me topé con "Vieja y nueva": "Dicen que está gastado ya este verso, / polvoriento, lo llaman, / que huele a rancio, dicen, dicen, dicen, / y se dan a lo último / que es ya lo más prehistórico". Sonreí al leer ese precioso poema, tan desangelado como cualquier poeta ante el humilde milagro, viejo o nuevo, viejo y nuevo, de sus versos. Sí, a lo Foix: "Vieja y nueva canción, nunca me faltes."
En ese mismo sitio, F. echa mano de Machado y JR -excelentes maestros, este hombre sabe elegir mentores- y uno no puede por menos que pensar en la verdad, que con la emoción y la belleza, arman este hermoso edificio de sonido (su música es excelente) y sentido.


Cierra el volumen (que de voluminoso no tiene nada) el poema "La casa abierta", La Terenosa o casa de la infancia. Lo abrocha con un verso elocuente: "Mientras pise la hierba estaré bien". Como nosotros, sus lectores, si él sigue escribiendo de esta manera. Con ese empeño de hacer "breve lo eterno y eterno lo breve". Casi nada.

13.4.18

Valladolid exprés

¿Compensa, tras una mañana de nueve a dos en clase y un claustro de regalo y una comida escasa y rápida, coger el coche y, autovía arriba, con un tráfico intenso (sobre todo de camiones) y tiempo dudoso (con fuertes rachas de viento y, cada poco, anuncios en la carretera de previsión de nevadas), acercarse a Valladolid a leer poemas, gratis et amore, durante veinte minutos delante de un amable y distinguido público (pues distingues perfectamente a todos) para, inmediatamente después, sin tomar nada, volver a casa sin parar en el camino a costa de desobedecer las indicaciones del urólogo? Además, ya nos avisó Pascal: "Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Con lo bien que se está en casita un miércoles por la tarde. La respuesta a esa larga pregunta que acabo de formular es sí. Sí compensa. Porque daba gloria ver el paisaje nevado al pasar por Valdeamor (no recordaba el Pinajarro con tanta nieve desde que uno subía de adolescente a esas montañas) y la Sierra de Béjar. Porque no me perdí al entrar en Valladolid, aparqué como es debido y pude pasear por su espléndido centro histórico. Porque mantuve una larga conversación con el coordinador de las Jornadas que me llevaron a esa ciudad castellana, Javier Dámaso, que me enseñó su facultad y hasta su desordenadamente ordenado despacho. Porque pude abrazar a Fermín Herrero, que desatendió, ay, sus obligaciones familiares para asistir al acto; conocer en persona a Fernando del Val, que tuvo la amabilidad de llevarme en su coche hasta la Feria de Valladolid, donde tenía el mío, y con el que hablé de una lejana visita a Pere Gimferrer, al que ha entrevistado para Turia; saludar cara a cara a Sergio Fernández Salvador, que me anunció nuevo libro en DKW, de la mano de José Mateos; y cruzar unas palabras con una encantadora señora de Plasencia. Porque conversé y, sobre todo, escuché -acaso lo mejor de la noche- a la poeta búlgara residente en España Zhivka Baltadzhieva, autora de, por ejemplo, Fuga a lo real, un hecho que cobra aún más sentido si tengo en cuenta mi reciente debilidad por Bulgaría y por Sofía (ella, como los de allí, pronuncia Sofia) tras mi fugaz visita al país balcánico. Porque escuché al apasionado, veterano poeta palestino Mahmud Sobh leer con pasión y en árabe su poema dedicado a Toledo. 
Nadie, en fin, me obligó a ir a Valladolid, aunque cada vez le cuestan a uno más estas escapadas de ida y vuelta, estos viajes exprés que, en principio, dudo de que sirvan para algo. De hecho, cuando Javier Dámaso me invitó a participar en el ciclo “Poesía y Migraciones”, después de darle las gracias por querer contar conmigo, le dije de inmediato que no era la persona adecuada: lo mío es casi una anomalía, más en estos tiempos: vivo en mi ciudad natal desde que nací. Sólo he estado fuera durante mi breve periodo estudiantil y en las esporádicas salidas con motivo de algún viaje. Es verdad que procedo de una tierra de emigrantes. Parte de mi familia paterna, de la comarca de La Vera, se fue a buscar una vida mejor al País Vasco. Y a Francia. Mi propio padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela en los años 50. Sé de la emigración, en consecuencia, por la vida de los otros. De la inmigración, aunque poco, también sé algo: veo y leo las noticias y a Extremadura también llegaron en las décadas pasadas hombres y mujeres de África, Europa y América que, por desgracia, tuvieron que regresar en su mayor parte por culpa de la crisis. Alguien imaginó que el hijo de alguno de ellos llegaría a ser escritor en su nuevo lugar y, sin embargo, la realidad ha querido que los extremeños vuelvan a emigrar como en los sesenta y a publicar sus obras fuera. Volvemos, pues, al paradigma Landero. O Cercas. Madrid, Cataluña…
Leí unos pocos poemas. De Plasencias, “Destierro”, que viene a justificar, siquiera en parte, la amable invitación de Dámaso. Aclaré antes de leerlo que tengo el máximo respeto por la palabra exilio y exiliado, términos, me temo, que se toman con demasiada frecuencia en vano.
De A debida distancia, “El extranjero”. Suelo leerlo siempre en mis lecturas públicas y está en casi todas las antologías que incluyen poemas míos. Incide, como el anterior, en el asunto que nos ocupaba. 
La breve conversación a que antes me refería con el coordinador de estas Jornadas tuvo su punto de inflexión cuando él aludió a mi libro tangerino. Fue cuando por fin acepté. En efecto, una de las voces de Más allá, Tánger pertenece a una mujer que nació allí y se vio obligada a emigrar. Hija, a su vez, de emigrantes y desterrados. Elegí cinco poemas de ese libro, los más acordes al tema que nos convocó en Valladolid una fría tarde de abril que, sin duda, insisto, mereció el esfuerzo. 

14.2.25

Rezagados (II)

Cristóbal Domínguez Durán (Vejer de la Frontera, 1993) publica en RIL Editores su tercer libro, Una postal color sepia. Antes ya había dado a la imprenta Secuelas (2018) y Nadie nos cuida en el sueño (2022). 
Reconozco que me ha sorprendido gratísimamente. Aunque ya conociera su poesía y a pesar de que del editor Paco Najarro no pueda uno esperar más que cosas buenas. 
Comienza por todo lo alto. Con citas de William Carlos Williams (que toma "conciencia de la tiranía de la imagen"), Olvido García Valdés y María Zambrano (Antígona, la historia). Antes, en la cubierta, la fotografía que inspira el título del libro y, más allá, la obra al completo. 
El primer verso del primer poema (en cursiva, porque es también una suerte de prólogo) dice: "La belleza puede ser un significado / inagotable". Reconoce que "la realidad necesita metáforas / donde los ojos no terminen / cocidos / como huevos duros" y que la "vía" para contar "esta historia" será "La que limpia de palabras / lo sabido". Y es que, como escribe ya en la primera parte, titulada "Imagen" (un extenso poema fragmentado), "La memoria / más nuestra busca despegarse / del lenguaje". Luego aporta la clave de todo: "Hace un momento he encontrado  / una fotografía, escrita / por el envés como una postal, / y he visto en su imagen / una historia". "La criaturita vivía en una casa de campo". Y ahí, la pobreza, el dolor y el luto. Los ojos, la mirada. Una enorme lógica (que antes definió como "cruel") "arrastra el corazón hacia el sepia / de las cosas que se heredan". Sobre estos versos cincelados cae a plomo el sol. El del verano en esas tierras del sur tan cercanas a un mar que suena a lo lejos. Donde las chicharras "eran mentira": "Decías que, en realidad, eran el sol / infinito / crujiendo las piedras". Contra el paisaje, digamos, el poeta reflexiona acerca de las palabras que secuestran sus ojos): "La alegría podría ser, / según muchos, / algo parecido a flotar, / sin derramarse, / sobre el idioma". Y del silencio. Aquí la parquedad es ley. Y ahí, la noche ("La calma en lo oscuro no existe", "La naturaleza sonando en la noche / es el peor monstruo"). Hay versos que, en rigor, son aforismos: "Somos un largo relámpago / en las palabras de otros". Este paisaje agostado y solitario me recuerda el que aparece en los poemas y diarios de César Simón. La sequedad es similar, y no hablo sólo del lugar. 
Al fondo, la memoria familiar. La del padre (en su muerte), la madre (que planta un mandarino y teme a los relámpagos) o el tío (que da lugar al excelente poema en tres cantos titulado "Breve historia de los pozos"). La de la infancia. Y otra más lejana en el tiempo. La de los jornaleros, por ejemplo, que "se limpiaban la dentadura / con fango". "La nostalgia siempre viene de un lugar imaginario". 
"Violencia", la segunda parte, protagonizada por un homérico "Nadie", recoge poemas fundamentales, como "Todavía persisten en estos lugares...", donde leemos: "Todo puede reducirse / a muy pocas cosas", un verso que mezcla una lección de vida con una poética. "Esto es solo lenguaje", sostiene. Y "Ya todo es imagen". Estamos, sí, ante un regreso, tan real como imposible. "Ante los ojos / esta hermosa desolación". 
"Historia" la última parte, vuelve sobre lo que acaso ocurrió y le contaron. El relato de la vida de su madre cuando niña. La guerra, la lluvia, "la memoria de la luz"... "Yo prefiero decir: / El recuerdo es pasado y no lo es / porque huele a sueño". 
Dice el crítico Carlos Pardo, y lo comparto, que Domínguez Durán "posee una habilidad rarísima: su poesía une la reflexión ética a la nitidez de las imágenes. Por eso suena tan clásico, tan ajustado a una dicción transparente y lírica; y a la vez tan ágil y flexible, entrando sin miedo en asuntos bien contemporáneos. Por eso nunca es frío ni cursi. Y por eso es difícil olvidar estos poemas cuando se han leído. Fascinante". Sí, lo reitero, fascinante. 

Sergio Fernández Salvador nació en León hace cincuenta años y vive en Zaratán, un pueblo de Valladolid. Ha publicado los libros de poemas Quietud, Lo breve eterno e Hilo de nada así como dos tomos de diarios: Mitos y flautas y El dios del instante. Un potente jurado, presidido por Luis Alberto de Cuenca (del que Cálamo acaba de publicar Bébetela. 50 poemas de amor y erotismo, en edición y prólogo de Adrián J. Sáez), concedió a El cielo sin caminos  el XXII Premio Emilio Alarcos, uno de los galardones que lleva Visor. Está escrito entre 2017 y 2023 y lo divide en cinco partes, por aquello de la relación temática que une a los poemas entre sí. La cita inicial de Tagore (de donde toma el título del libro) anuncia la paradoja vital: "anda suelta la muerte y los niños juegan". "Sean estas palabras / como las hojas" y que "aprendan su decir desde el silencio", leemos en el "Introito". 
"Es siempre la belleza quien elige. Y elige a los sencillos". Para dar fe de ello, el poeta retrata la "alegría serena" de Laura y Andrea, sus hijas (que vuelven a aparecer la final de libro: "Esta casa es el árbol que crece con vosotras"). En la noche de San Juan. Alude al milagro "corriente" del agua.
En "De la luz de verdad" de nuevo la señalada paradoja: día y noche, muerte y vida. La frágil frontera que separa a la una de la otra. "¿Qué sabe una farola de la luz de verdad?". Contra la "ley de Murphy", "Lo que importa / es asumir a tiempo el íntimo mandato / de convertir la queja en gratitud". 
El amor es otro de los temas. Ocupa la segunda sección. Él se manifiesta como "el que quiere querer y no hace daño". La ironía, siempre discreta, aflora en "Secretos de alcoba" (allí, "desergiándome y desfernandezándome"). Su dicción clásica (quevedesca en este caso) está en "Es lo nuestro / un ay, un cómo, un qué, una cautela...". Prima, lo subrayo, la llaneza. Esta es una poesía hecha con poco. Por lo menudo, diría Fermín Herrero.  
Tampoco falta la música: "Eres la compañera perfecta de la vida". Ni las reflexiones sobre la memoria y el pasado, "en el que no te encuentras", que "ya no es lo que era", como "tú"; "El pasado te es fiel: cambia contigo". 
Un epigrama dedicado a CR7 (sí, el futbolista Cristiano Ronaldo), un homenaje machadiano situado en Colliure (donde las palabras las pone don Antonio), el confinamiento ("Esta vida no es vida"), un poema a una higuera (que es también de Eugénio de Andrade, cuyos versos ha traducido) y hasta un epitafio ("No lloréis. Aquí sigo. / Quien no vivió no puede haberse muerto") completan la muestra. Sobresale, eso sí, un asunto central en todo el libro que dejo a posta para el final: el de la poesía. En orden de aparición, ya está presente en "Poder de la poesía" donde leemos que "no es fuego, ni su brasa / siquiera es el recuerdo de un recuerdo". Y que "Es menos, pero es más: / es solo una centella / que nunca se apaga". El poeta, por su parte, "tiene esa llave de sentido / que puede abrir la puerta  /donde yace un misterio que le excede". 
"(Otra) definición de poesía", un hermoso un soneto, otra poética: "Es mirar hacia dentro desde dentro", "es cultivar un grave pasatiempo", "la menos sola de las soledades", "Es más fiel que la vida, y más hermosa". 
En "El deseo de luz produce luz", un poema logrado, escribe: "Maduran solamente las palabras / que aspiran a la altura y a la luz". Como en el árbol, "oculta la raíz, visible el fruto". 
En "Crepuscolari" opta por  esos "otros" que "supieron encontrar la fuente / en el monte de dentro, y hablándose a sí mismos / a todos hablan. De uno / en uno –eso es poesía–". 
Me ha sorprendido especialmente el poema "Búscame en este espejo de palabras": nunca hasta ahora, o eso creo, había encontrado mejor explicación para el misterio del desdoblamiento entre el hombre (o mujer) que uno es y el poeta que a ratos se apropia, digamos, de su personalidad. "A mí también me abruma y me entristece / este ser solo a medias". "Empújame hacia él, búscale en mí". "Solamente él podría / ayudarme a llegar a ser quien soy". Sí, sería deseable que leyeran este poema las parejas, los familiares más directos y los amigos de los poetas. 
Se cierra el volumen con una pregunta inquietante: "¿Hace cuánto que no cruzas un río / pisando sobre piedras"? ¿No esa una metáfora perfecta de este extraño oficio?

27.3.17

Un vistazo

No puedo dejar de escribir unas pocas palabras siquiera acerca de la nueva, espléndida entrega de Clarín. De lo leído (nunca soy capaz de leer una revista o un periódico de cabo a rabo), me quedo con el precioso texto de Eduardo Jordá sobre Chéjov, que por suerte se puede leer aquí; lo de Benítez Ariza sobre Borges, treinta años después; los poemas de mi admirado Eugénio de Andrade, que nunca cansan, traducidos por Sergio Fernández Salvador; la colección de ángeles de Rivero Taravillo (que acaba de publicar un libro de aforismos en La Isla de Siltolá: Vilanos por el aire); y, sobre todo, la Égloga Novena de Miklós Radnóti, en versión de Martín López-Vega, de la que ya di cuenta en este rincón. Dejo para el final la mención a De rosis nascentibus, de Virgilio y de Ausonio, que a ambos se atribuye, vertido al español por Luis Alberto de Cuenca y Victoria León. Copio la última estrofa, la del famoso collige, virgo, rosas:

Triste es, Naturaleza, que nos muestres
la gracia de la flor al tiempo que nos robas
tan precioso regalo. Un solo día dura
la vida de las rosas, reuniendo
plenitud y vejez. La misma flor que vio
nacer la reluciente Aurora, a esa la tarde
la contempla marchita. Pero todo está bien:
aunque en tan poco tiempo deba morir, la flor
prolonga su existencia en cada nuevo brote.
Corta, niña, las rosas mientras estén aún frescas
y fresca esté también tu juventud,
y no olvides que así tu vida pasa.

2.9.18

Lecturas veraniegas (I)

Varado en Plasencia, a los paseos, las lecturas y los baños en la piscina he dedicado no pocas horas de julio y agosto. En consecuencia, algo ha disminuido la altura de los montoncitos de libros que esperaban el santo advenimiento encima de la mesa grande de la biblioteca. De algunas de esas lecturas quiero dar cuenta aquí. Por breve y sin pretensiones, que el calor no da para circunloquios.
Neorrurales. Antología de poetas de campo (Berenice) es una breve antología de Pedro M. Domene con poemas de poetas de tres generaciones sucesivas vinculados al campo, casi siempre por nacimiento. Ya sabemos la mala prensa que soporta en España, desde los novísimos para acá, la poesía de la naturaleza. Con todo, poco malo se puede decir de los versos de Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo. Y menos que no sean modernos; de su época, vamos, por muy vacía o alejada que esté el país en el que se inspiran.  Sobre esto reflexionaba, por cierto, Simic en un texto demoledor titulado "Salchichas fritas" (de 1992, incluido en La vida de las imágenes), donde ponía a caldo a los poetas de la naturaleza: "¿Puede haber poesía contemporánea sin una ciudad?". Antes había dicho: "la naturaleza idealizada siempre me ha parecido una suerte de paraíso para tontos".
Además del conciso prólogo (en el que uno echa de menos, por ejemplo, algunos nombres de poetas patrios relacionados con el campo, como Muñoz Rojas), se incluye una poética por autor. Me ha deslumbrado por su lucidez la de Herrero. Se titula "Poética agraria" y empieza: "La poesía y el campo son para mí sinónimos". 
Me han divertido mucho las Sátiras (Hiperión) del mexicano Arturo Dávila, un libro que agrupa tres: Catulinarias (1998), Poemas para ser leídos en el metro (2003) y La cuerda floja (2015). En las "Notas" que aparecen al final del volumen se aprecia que Dávila se ha apoyado para escribirlas en la literatura, tanto al menos como en la vida. Que nacen, quiero decir, de la experiencia cotidiana de vivir pero también de la no menos natural de leer. Y eso sirve para los clásicos latinos y para los del Siglo de Oro, sin olvidar a los modernos (Nicanor Parra y Ernesto Cardenal al fondo). El amor, la economía, lo social, todo cabe en estos epigramas secos y acerados, escritos con desusado rigor, que leemos con una sonrisa en los labios. Aquí puede encontrar el lector alguna muestra.
Ya que lo citaba, el aforismo hispano goza de una auténtica edad de oro. Libros particulares y antologías dan fe de ese brillante momento donde, como cabe al caso y aprovechando la corriente favorable, junto a lo mejor se deslizan muestras de todo lo contrario. No es el caso de Tempo di silencios (Trea), de Fernando Menéndez, poeta de largo recorrido y autor de un puñado de libros de aforismos, cuatro de ellos publicados en la colección que esta ejemplar editorial asturiana ha dedicado al género. Son sentencias, sigamos, muy apegadas a la poesía y como brevísimos poemas a veces se presentan. En este caso, sutilmente compuestos en torno a una forma musical. Más allá de esa compleja elaboración, este lector se queda con las iluminaciones concretas, con las hondas epifanías que cada aforismo en particular suscita. Y con los certeros epígrafes que abren las partes en que el libro se divide, mucho más que meras palabras de este o aquel escritor o filósofo. 
Creo que no había leído nada de Marcos Díez (Santander, 1976), ningún libro al menos, hasta dar con Desguace (Visor), con el que consiguió el premio 'Ciudad de Burgos'. Desde el título y la fotografía de la cubierta, me recordó la poesía de otro santanderino de pro, Alberto Santamaría, por eso me me extrañó encontrarme dentro con un poema dedicado al autor de Yo, chatarra, etcétera; que ganó, por cierto, el mismo premio hace diez años. Pero que nadie se equivoque: Díez tiene una voz propia y eso se nota al leer los genuinos poemas que se agrupan en este libro. Poemas, cabe añadir, de alguien que observa con la debida intensidad aquello que le rodea. De esa mirada perpleja, a la que suma la meditación, obtiene la materia necesaria para ofrecer al lector logradas composiciones que, pues que nos atañen, nos inquietan. Un acierto. 

Nota: La ilustración es del espléndido dibujante y pintor coruñés Pablo Gallo. Se titula "Lector en el parque". Y en de la Coronación, redescubierto por Yolanda y por mí este verano, he leído fragmentos de algunas de las obras comentadas y aun de otras que no, como Las secuencias libres (Pre-Textos), del muy amoroso y apasionado poeta irlandés Peter Sirr. 

14.11.11

Quietud

Este es el sencillo título de un libro que parece sorprender a lectores que uno tiene por tal y que no suelen dejarse impresionar por cualquier cosa. Lo publica La Isla de Siltolá en su colección Vela de Gavia y la nota biobibliográfica es tan escueta como el rótulo: "Sergio Fernández Salvador nació en León en 1975. Quietud es su primer libro de poemas". Uno se adentra entonces en sus páginas, con toda cautela (hasta el mejor editor mete la pata), y comprende que mis bien informados amigos se hayan hecho eco de esta aparición. No sé en realidad qué han dicho -nunca leo sobre algo de lo que pienso hablar-, pero, entre líneas (ahora iré a ello, ya sin cuidado), detecté una sorpresa que hago mía. Y por bien poco. Quiero decir que nadie ha de esperar un nuevo lenguaje, imágenes impactantes, asuntos nunca tratados y todas esas pirotecnias verbales y  conceptuosas que algunos asocian, entre alharacas, con la poesía. No, es más de lo mismo. Pero cuidado: me refiero a eso que llamamos poesía, ahora sí, desde hace siglos. Ni uno de los mejores libros de los últimos años, "¡qué sinvivir!", ni el primero del siglo XXI, ni tampoco una de esas zarandajas con las que pretenden engañarnos cada poco (anteayer, sin ir más lejos) en el nutrido mercado de las gangas líricas. Uno lee "Nieve en Zazuar", el segundo poema del libro, y con eso tiene bastante. "Como recibe el campo lo que del cielo venga,/ así con nuestros versos", dice SFS. Y más adelante: "¿Y si fuera el poema simplemente/ dar noticia cabal del mundo, levantar/ acta fiel de esta tarde...". Un niño nace, un mirlo canta, alguien viaja, un profesor corrige, una mujer se mira (mientras otro la observa) en el espejo, casas y pueblos se derrumban en medio del paisaje castellano... Y todo, "efectivamente", con palabras.

2.3.24

Conversando sobre Tánger


El hispanista marroquí Najmi Abdelkhalak ha publicado en la editorial Diwan un valioso libro para cuantos sentimos fervor por la ciudad de Tánger. Su título, Conversaciones secretas sobre Tánger. Con españoles tangerinos, cabe precisar. Treinta y uno en total. 
En el prólogo, Carmen Ruiz Bravo-Villasante alude a cómo la llegada a esa "ciudad-puerto" supone para el viajero un auténtico "rito de paso". De "viaje iniciático" habla Gonzalo Fernández Parrilla. Tan cerca, tan lejos. 
En la introducción, el autor la sitúa como una verdadera ciudad literaria (algo que corroboran el 99% de los entrevistados) y enumera algunas obras que confirman esa afirmación. Añade algunas pinceladas útiles acerca de la historia de Tánger, en especial de la más cercana, la que se refiere al periodo del Estatuto Internacional; su edad de oro, digamos. 
"El objetivo principal de este trabajo (...) es enfocar la ciudad protagonista de las obras españolas durante el último cuarto de siglo", concreta.
La nómina de entrevistado es esta: Cristina López Barrio, Iñaki Martínez, María Dueñas, Sergio Barce, Antonio Pau, Javier Valenzuela, Consuelo Hernández, Salvador López Becerra, Farid Othmán Bentría Ramos, Luis Molinos, Nuria Ruiz Fernández, Ramón Buenaventura, Pablo Cerezal, Bernabé López García, Pedro Martínez Montávez, Leopoldo Ceballos, José Luis Barranco Pérez, Alberto Gómez Font, Jesús Alfredo Díaz García, Sonia García Soubriet, Rosa Amor del Olmo, Víctor Pérez Pérez, José María Lizundia, Gonzalo Fernández Parrilla, Lorenzo Silva, Jesús Cabaleiro, Rocío Rojas-Marcos, Encarna Cabello, Isaak Begoña, Alfonso Armada y Verónica Aranda. Escritores, pintores, profesores, abogados... A todos les une el amor a Tánger y todos, o casi, han vivido allí. Algunos, además, nacieron en Tánger.
Hay entrevistas más sustanciales que otras, como es obvio, por lo mismo que hay personajes interesantes y quienes me lo parecen menos. A veces, una cosa y la otra no encajan. Por ejemplo, mis expectativas eran muy altas en lo que respecta a la conversación con Antonio Pau, autor de la estupenda Tánger entonces (Comares), y sin embargo... Demasiado lacónico. Lo mismo me pasó con Lorenzo Silva, que se centra en la guerra del Rif, donde fue soldado su abuelo. 
Sin afán exhaustivo, destacaría lo dicho por el periodista Javier Valenzuela, el de la famosa Tangerina; por la extremeña Consuelo Hernández, hermana, por cierto, de Felipe, profesor y músico, íntimo amigo de Gonzalo Hidalgo Bayal y hervaciano de pro, que aporta mucha y valiosa información acerca de pintores de tema tangerino (Fortuny, Tapiró, Bertuchi, Fuentes, Hernández, Bravo), como ella, así como de su amistad con Chukri; por Ramón Buenaventura, autor de una novela imprescindible: El año que viene en Tánger; por los acreditados arabistas López García y el fallecido Martínez Montávez, un maestro: "Tánger es tanto una realidad múltiple objetiva como una realidad múltiple subjetiva"; por Leopoldo Ceballos, que vivió en el bulevar Anteo y conserva la memoria de un Tánger que me resulta familiar; por Alberto Gómez Font, que sabe del amor fou por la ciudad, una suerte de femme fatale; por Víctor Pérez, que confiesa: "lo que más echaba yo de menos en Tánger era chubakía" (dulce típico), y cuenta que llegó a conocer a Ángel (Antonio) Vázquez, el autor de un libro que planea constantemente por este libro y que no dejan de mencionar unos y otras: La vida perra de Juanita Narboni, una obra que contiene a esa ciudad tan inolvidable como perdida; por Lizundia, un tanto híspido, quien entra en otro asunto clásico tangerino comentado por casi todos: el de Bowles y los Beat que por allí pasaron y distingue entre "hacer literatura de Tánger" y "hacer Tánger", además de defender a Rey Rosa como quien mejor ha recreado a Tánger en forma de libro; por el citado Fernández Parrilla, estudioso de la literatura árabe, que a la reiterada pregunta de si la considera una ciudad literaria, responde: "Tánger es ya, con toda su proliferación textual, una suerte de cronotopo literario"; por Rocío Rojas-Marcos, otra presencia inevitable si de tangerinidad se trata, siquiera sea por su Tánger, la ciudad internacional, una obra imprescindible; por el periodista Alfonso Armada, que también ha tenido y tiene mucho que decir de ese lugar de la realidad y del mito, lo mismo que la poeta Verónica Aranda, de la que prologué su tangerino Café Hafa. 
En las conclusiones, Najmi Abdelkhalak reitera, entre otras cosas, la condición de ciudad literaria (que avala con la enumeración de numerosos escritores) y subraya que se ha impuesto incluso como moda literaria, siquiera sea por la cantidad de títulos recientes (no todos salvable, según creo), ante todo novelas, que se sitúan allí. Obras narrativas, sí, pero también memorialísticas. Si algo caracteriza a los tangerinos, en especial a los de la diáspora, la inmensa mayoría, es su capacidad para la remembranza. No me extraña, si los que vamos de paso no la olvidamos, que decir de los que han vivido en ella. 
Cierra el volumen una práctica bibliografía de "obras españolas sobre Tánger". De alguna ya he dado buena cuenta, aunque no ha sido fácil encontrarla. 
Vislumbro que habrá nuevas conversaciones sobre Tánger. Secretas o no. Esa ciudad es, por definición, infinita. Y un libro en sí misma.