12.12.15

Doce conversa

Don de lenguas se titula el libro de entrevistas literarias que publica, en la editorial Confluencias, Jordi Doce. El poeta gijonés, que acaba de dar a la imprenta Nada se pierde. Poemas escogidos (próximamente en este rincón), reúne conversaciones con los escritores Philippe Jaccottet, José Manuel Caballero Bonald, Umberto Eco, Cees Nooteboom, Seamus Heaney, Paul Auster, Adam Zagajewski y John Burnside. Un suizo, un español, un italiano, un holandés, un irlandés, un norteamericano, un polaco (nacido en Lvov, hoy Ucrania) y un inglés (de Escocia). 
Las de Jaccottet y Nooteboom fueron realizadas en colaboración. Con Rafael-José Díaz y Esther Ramón, respectivamente.
A uno, partidario de este tipo de libros, la reunión de voces le ha encantado. No sólo por la calidad de los entrevistados, que no es poco, sino también por la inteligencia y conocimientos que Doce pone al servicio de esas conversaciones, algo poco usual cuando de hablar con escritores (en profundidad) se trata. Lo diré de otro modo: aquí no hace falta saltarse las preguntas, como, me temo, se hace con frecuencia. Al revés, en ellas radica una parte sustancial del interés de estas charlas.
Debo confesar que he disfrutado, sobre todo, con las de los poetas (que vienen a ser casi todos), a los que, por cierto, uno admira. La de Jaccottet es luminosa y da la verdadera medida de ese poeta inmenso que descubrí gracias a la magna antología de poesía francesa que tradujo Manuel Álvarez Ortega (en Taurus primero, allá por los sesenta, y después en Akal, en 1983). La de Caballero Bonald, que frecuenta las páginas de diarios y revistas (con el que ha conversado hace poco Álex Chico para Quimera) y que, por eso, le tenemos más escuchado, es estupenda también. Y no digamos las de Zagajewski, una de mis debilidades poéticas, Heaney y Burnside, a los que Doce ha traducido, por cierto. Como a Auster, poeta también (tradujo su poesía completa para Seix Barral), que ofrece en sus obras un mundo tan novelesco como lírico.
Tampoco tiene desperdicio lírico la de Nooteboom, esa suerte de holandés errante que lo mismo escribe un libro de viajes que uno de poemas. En la de Eco encontramos la lucidez. 
Dice Jordi Doce, citando a Salvador Pániker, que "todo entrevistado queda reducido a los límites mentales de su entrevistador". Si tenemos en cuenta la apertura de miras del primero y su rigor intelectual, que dé el lector por hecho que va a disfrutar, y de lo lindo, con estas serenas pláticas Dignas, ya se ve, de subsistir en forma de pequeño gran libro. 

11.12.15

Los griegos y el mar

Aurora Luque, nacida en Almería, a orillas del Mediterráno, es poeta y helenista, una enamorada del mundo clásico, traductora, por ejemplo, de Safo, algo que se nota al leer Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega. Antología, publicado, con la exquisitez habitual, por Acantilado; un libro extraordinario que no sé si llegó a aprobar, pero que en todo caso habría encantado al añorado Jaume Vallcorba
Es el cumplimiento de un deseo: el de que existiera una floresta que recogiera poemas de autores griegos antiguos sobre el mar, escritos a lo largo de más de mil años de historia. Porque, como dice Luque nada más empezar, "Toda la literatura griega está penetrada por el mar". Eso y mucho más nos cuenta en el prolijo, detallado prólogo que viene a demostrar que el rigor no debe estar reñido con la amenidad. La obra está dividida en los apartados: poesía épica arcaica, poesía lírica arcaica, poesía del drama, poesía helenística, poesía de la Antología palatina y poesía tardía. Al amparo de una hermosa cita de Arquíloco: "Olvida Paros, aquellos higos y aquel vivir del mar", se abre, sí, una muestra deslumbrante de fragmentos entresacados de los Himnos Homéricos, la Iliada y la Odisea; versos de Arquíloco, Safo, Alceo, Anacreonte o Píndaro; de las comedias y tragedias de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Menandro; de poetas helenísticos como Calímaco, Teócrito y Apolonio de Rodas, así como de la Palatina, donde a algunos de los anteriores de suman con sus epigramas ("el epigrama es toda una literatura") Meleagro, Nosis, Fanias, Filodemo y muchos más. Quinto de Esmirna, por fin, representa la poesía tardía, ya en el siglo III d. C.
Delante de cada autor, una breve nota llena de sentido nos informa de su vida y su obra, por más que la leyenda y el mito habiten también entre las biografías, supuestas muchas veces, de estos griegos heroicos.
Lo mejor, más allá de la selección de textos (y de las notas y cuanta información se nos aporta), tal vez sea la traducción, lo que vuelve a incidir en un viejo aserto: que cada generación ha de volver a traducir a los clásicos, sean griegos, rusos o chinos. Hay ejemplos memorables, de poemas que han adoptan metros castellanos, pero también modelos estróficos propios como el villancico.
Si tuviera que elegir dos ejemplos de esa maestría al traducir, optaría por "Tallar una quilla", de la Iliada (III 60-63), y por "Una escuadra de navíos", de Safo. El primero dice: "Siempre tu corazón es implacable / como un hacha que corta la madera /en las manos de un hombre que tallara / con destreza la quilla de una nave". El segundo: "Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería / y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra / oscura es lo más bello; más yo digo / que es lo que una ama".
Divertido, aunque incorrecto, es el poema "Los tres males", de Menandro (que murió ahogado, por cierto, en el puerto del Pireo): "El mar / el fuego / y -el tercero de los males-, / la mujer".
Si de descubrimientos hablamos, no están nada mal los poemas, digamos, gastronómicos de Arquístrato de Gela y Eutidemo de Atenas.
Hermoso viaje ("vivir es navegar, nos cuenta Homero") por los mares de Grecia de la sabia mano de Aurora Luque y las no menos sabias, intensas palabras de los antiguos griegos. Una travesía que a uno le ha recordado aquellas lecturas juveniles de los volúmenes azules de Gredos y las antologías menos lujosas de Alianza. Ya lo dijo Píndaro: "El agua es lo supremo".

10.12.15

Luis Javier

La noticia llegó a través de Tomás Sánchez Santiago. Luis Javier Moreno había muerto. El 6 de diciembre, Día de la Constitución. Para el poeta de Zamora, era una especie de hermano mayor. Ni siquiera sabía que estuviese enfermo. Aunque, como su admirado Gil de Biedma, lo estuviera seriamente. El pronóstico médico, al parecer, desmentía esta funesta posibilidad, pero...
Huidizos los dos, no habíamos llegado a encontrarnos nunca en Segovia, la ciudad donde nació hace ahora sesenta y nueve años, la misma en la que vive mi hijo. Cuando eso ocurrió, en el primero que pensé fue en él. Pretendí que al menos ellos se saludaran, pero...
A Luis Javier le conocimos, o eso creo recordar, en Salamanca, en el entierro de Aníbal Núñez. Allí estudió su carrera de Filología y se fraguó su indeleble amistad con el autor de Alzado de la ruina (y con su familia, era un ser cariñoso). También con Fernando R. de la Flor, a quien cada poco preguntaba por él, ya que le visitaba con cierta frecuencia. En Salamanca conoció al citado Tomás, a Ángel Campos y, en fin, a un grupo de castellanos y leoneses que dieron pronto en poetas.
Con todo, fue en Cuenca, en unas jornadas que organizó Diego Jesús Jiménez en la Menéndez Pelayo, donde nos tratamos más intensamente. En lo personal, quiero decir, porque Luis Javier, enemigo de las tecnologías digitales, era un hombre de correspondencia. Por ahí andan sus cartas, con su particular caligrafía de letra redonda y clara, como su poesía. Las cuartillas solían venir acompañadas. En la última, por postales de ciudades y paisajes de Centroeuropa. Imágenes, me dijo, que le evocaban algunos de mis poemas.
Pasamos también un largo día veraniego juntos aquí en Plasencia (con visita incluida a Hervás), en compañía de otro amigo común: el pintor Mon Montoya. Comimos tarde y mal, pero antes hicimos una ruta de lo más placentina por los bares del centro.
Profesor de instituto, lo fue del adolescente Felipe Benítez Reyes y en tierras de Cádiz trabó amistades duraderas con José Ramón Ripoll, Jesús Fernández Palacios y compañía, como señala en su hermosa necrológica Ignacio Sanz.
Su vida, en la que no faltaron los viajes, transcurrió en Segovia, y uno le alabó siempre el gusto. En el mismo lugar donde vivieron, entre otros, San Juan de la Cruz, Antonio Machado y María Zambrano.
Luis Javier era, comentan sus amigos, infantil, desprendido, espontáneo, alegre y afectuoso (ya se dijo), pero también, como buen melancólico, un hombre apesadumbrado a rachas, depresivo y triste. Pero esa faceta suya, inevitable en su biografía, la dejaba para sí. Para su casa, donde siempre se sintió la presencia de su madre, a la que adoraba.
Como decía en su carta Tomás, "Todo poeta muerto sigue defendiéndose en sus versos". Y Luis Javier Moreno era ante todo poeta, lo que demostró de sobra, antologías y cánones al margen, en sus poemas y, además, en sus traducciones. De Lowell (admirable), Roethke, y Horacio. Publicó bastante y en editoriales de todo tipo, de las más conocidas a las más secretas. Obtuvo algunos premios. Uno pondera su faceta como diarista, donde más está, con ser su culta poesía de talante anglosajón (estuvo becado en el famoso International Writing Program de la Universidad de Iowa) y autobiográfico. Aquí pueden leerse no pocas alusiones a su vida y a su obra aparecidas en este blog, comentarios que él leyó, a veces, en copias de papel.
"En sus dos últimas cartas -cuenta Tomás- él me enviaba fotos en las que siempre aparecía radiante y sonriendo. Lo he tomado ahora como una voluntad de que lo despidiésemos así, con escenas llenas de jovialidad, de vitalidad, tan suyas". Y añade: "en una de las fotos estamos él, tú, Yolanda y yo en algún evento. Todos imposiblemente jóvenes". Ahí seguimos.

J. C. Mestre, A. Bautista, J. M. Mesanza, L. J. Moreno y uno en Cuenca, 1993

9.12.15

Pessoa y España

El extremeño Antonio Sáez Delgado es uno de nuestros lusistas más reconocidos. Además de ejercer la docencia universitaria en Évora, es investigador, traductor, crítico literario y director de Suroeste. Revista de Literaturas Ibéricas. Su especialidad son las relaciones literarias entre Portugal y España a principios del siglo XX. A este asunto ha dedicado libros fundamentales como Órficos y UltraístasAdriano del Valle y Fernando Pessoa (apuntes de una amistad)Corredores de fondo: literatura en la Península Ibérica a principios del siglo XXEspíritus contemporáneos: relaciones literarias luso-españolas entre el modernismo y la vanguardia Nuevos espíritus contemporáneos.
Comisario de las exposiciones Suroeste. Relaciones literarias y artísticas entre Portugal y España (1890-1936) Fernando Pessoa en España, ha dado a la imprenta su traducción de Iberia: introducción a un imperialismo futuro, del citado Pessoa, que, como el libro que vamos a comentar, publicó Pre-Textos, editorial donde ha visto la luz su versión definitiva de una obra capital del poeta portugués: El Libro del desasosiego. 
A ese escenario en los albores del siglo XX vuelve Sáez para recuperar, con todo lujo de detalles, las relaciones entre Pessoa y España (el libro está coeditado por el sello valenciano y la Diputación de Badajoz); para explicarnos cómo fue recibida aquí su incipiente obra, ésa que sólo una vez muerto, y muchos años después, afloró con toda su fuerza e importancia tras salir, casi inédita, del baúl. 
La "Nota inicial" es elocuente. De Pessoa, se destacan, entre otras, su categoría de prosista, y no sólo poeta; su “particularidad de ser siempre nuevo” y, por eso, estar “constantemente de actualidad”; que sus heterónimos conformen “una auténtica generación literaria”; y que “reservó el caudal de su obra para el futuro, para el tiempo incierto que le sobreviviría”. Por entonces, no era el escritor que ahora es. De su país, aquí eran conocidos otros: Eugénio de Castro, Teixeira de Pascoaes, Guerra Junqueiro o Eça de Queirós. Su vida, en fin, estuvo “salpicada de encuentros y desencuentros con España y sus escritores”, lo que no deja de ser el meollo de este ensayo. En la cercanía, estuvo al lado de los ultraístas andaluces Adriano del Valle, Rogelio Buendía e Isaac del Vando-Villar. En la lejanía, de Unamuno. Para esclarecer los misterios de esas relaciones, concordadas o no, Sáez ha jugado, haciendo uso de un rigor ejemplar, con “las cartas de la historia de la literatura y de la literatura comparada”.
El primer paso, las relaciones literarias entre España y Portugal a principios del XX. De un lado, el modernismo español (esa suerte de simbolismo), tanto en lo estético como en lo periodológico, las vanguardias y los ismos (creacionismo, ultraísmo), y, más tarde, la llegada de los del 27, tan reacios a lo portugués. Del otro, el pós-simbolismo (incluido el saudosismo) y el vanguardismo portugués. Luego, la Guerra Civil española, que da fin a uno de “los momentos más apasionantes de la historia literaria en el contexto ibérico”. Todo sucede entre 1890 y 1936, casi como la vida de Pessoa, que transcurre entre 1888 y 1935.
Sáez analiza con detalle los tres periodos en que se puede dividir ese proceso. Y ya allí, revistas como Orpheu, Grecia, Ultra, presença, Contemporânea o La Gaceta Literaria vehículos de transmisión de sus ideas y sus escritos. Las influencias son mutuas y van de acá para allá (América, Portugal, Europa y España), “un continuum ibérico heterogéneo y múltiple”, “flujos de corrientes y estéticas” donde se intentan superar los “ámbitos nacionales” para ir hacia ese “nacionalismo cosmopolita” por el que abogaba Pessoa. Aquí radica, por cierto, una novedad del enfoque de Sáez, realizado en “perspectiva ibérica”. A través, tanto da, de Unamuno y su amigo Eugénio de Castro, Junqueiro y Teixeira, Gómez de la Serna y Almada Negreiros, por no hablar de los numerosos secundarios de esta apasionante historia.
Capítulo central es el que dedica a las relaciones fallidas entre Unamuno y Pessoa, unidos por la común idea de Iberia. Al segundo, es verdad, le importaba poco España (nunca pisó suelo peninsular) y su literatura; sin embargo, abundaban los libros españoles en su biblioteca, tradujo a clásicos castellanos y reflexionó largo y tendido sobre el iberismo (remito al libro citado). A Unamuno le envía en 1915 el primer número de Orpheu (se publica la carta que adjuntó) y en la falta de entusiasmo del vasco se estrellan sus intenciones de amistad. Éste nunca le mencionó. Suerte pareja a la que corrió en España su intento de “diseminación” de la literatura portuguesa y su anhelo de “confederación espiritual” entre ambos países.
No sucedió lo mismo con tres poetas ultraístas andaluces, los citados “camaradas” Del Valle, Buendía y Vando-Villar. Dos años (1918 y 1919) y veinte cartas y, en 1923, la publicación en España, en el diario La Provincia de Huelva, de los primeros poemas de Pessoa, unos cuantos fragmentos de sus English Poems traducidos por Rogelio Buendía.
La relación más intensa fue con Adriano del Valle, autor de “Canto a Portugal”, que, si bien acabó dando en vulgar poeta franquista, fue un “eslabón imprescindible” que vislumbró la importancia de Pessoa y de la literatura portuguesa. Sáez edita su epistolario. Vienen después los capítulos dedicados a las conexiones entre António Botto, Adriano y Pessoa; al mencionado Rogelio Buendía (con epistolario incluido), uno de los pocos ultraístas que aportó un libro al movimiento, autor de “Canción de España a Portugal” y, ya se dijo, de la primera traducción de Pessoa en España, “ejecutada con gran felicidad”, según éste; a Vando-Villar y su libro La sombrilla japonesa, así como a las cartas que cruzaron.
El libro termina con un capítulo dedicado a las distintas traducciones de la obra de Pessoa al español lo que lleva a Sáez a mencionar a Morales, Entrambasaguas, Crespo, Paz, Llardent, García Martín, Campos Pámpano, Perfecto Cuadrado, Moya, Barja y muchos más. Los que, como Sáez, han hecho posible que existan en España numerosos pessoanos.

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 116 (“Letras de España y Portugal”) de la revista Turia.

Castelo en el Cervantes


8.12.15

Lama en el Cementerio Alemán

© Fotografía CMD
El profesor y crítico da cuenta en su blog de una visita reciente a ese escondido rincón verato que tanta poesía ha inspirado. Como bien dice, pronto habrá noticias acerca de la antología de poemas sobre el Cementerio Alemán de Yuste que él, por cierto, ha prologado. "Un libro en el que he tenido la suerte de participar en compañía de Salvador Retana, su promotor y editor, de Álvaro Valverde y de más de dieciséis autores que han prestado sus palabras sobre este lugar". La obra ya está en la imprenta. 

Presentación en Cáceres
















De El Periódico Extremadura.

7.12.15

Estación Poesía, 5

La nueva entrega de la revista sevillana Estación Poesía bien merece una atenta lectura. De los poemas que firman poetas tan interesantes como Amalia Bautista, Sara Torres, Jenaro Talens, Francisco Gálvez, Miguel Mas, Antonio Manilla, Ballerina Vargas Tinajero, Benito del Pliego, Verónica Aranda (que regresa a Tánger), Efi Cubero, José Carlos Rosales, Jesús Beades, Fabio Morábito, Chus Pato, Enrique Baltanás, Miguel Floriano, Pedro Serrano o Chantal Maillard. O de la traducción del Petrarca "más amargo" que hace Francisco Socas.
Mención aparte merece el emocionante texto de Susana Benet sobre la agitada vida del poeta José Luis Parra, un solitario a quien tan bien llegó a conocer.
Un puñado de reseñas cierra este número feliz de una revista tan sobria como espléndida.

6.12.15

Un testamento

La sentencia. De muerte. La que la enfermedad, ese juez implacable, dictó al jovial poeta Santiago Castelo cuando alcanzaba los casi 67 de su edad. Con este libro ganó, póstumamente, el premio 'Jaime Gil de Biedma' y lo publica ahora Visor con una preciosa imagen en la cubierta, obra de Manu Cerrato, aunque no conste en la página de créditos. Allí, las gafas sobre el último cuaderno y la pluma estilográfica con la que escribió los poemas que lo componen.
Si ya es de por sí difícil acercarse a los versos de un amigo, no digamos cuando nos enfrentamos a los que escribió en ese complicado trance, a sabiendas de que no habría más. Nada más que decir, me explico. Espero, con todo, ser justo con esta lectura y no dejarme llevar por los sentimientos, aunque ahí estén. Así lo hizo aquí atrás en su blog Miguel Ángel Lama, que siempre es un ejemplo.
En un prólogo sin firma (que uno atribuye a Juan Manuel de Prada y que puede leerse en la página web de la editorial, pinchando en Zoom, en la esquina derecha de la reproducción de la portada), se nos explican algunas circunstancias acerca del libro. Como que, desde el principio, Castelo tuvo claras dos cosas: su título y que iba a presentarse con él a este premio que al cabo ganó ("por aclamación", según Gonzalo Santonja). Es "la crónica de una enfermedad", sin duda, y es verdad que lo escribe alguien que no se resigna a morir, de ahí que el tono no sea lastimero sino sereno, algo que se comprende muy bien tras leer "La diferencia" o "La parcela".
Escrita al parecer con inaudita facilidad, que al propio autor asombraba, esta intensa elegía nos da, por decirlo con Vinyoli, la medida de un hombre. Cristaliza aquí toda una vida "a la búsqueda de la palabra exacta" (léase el irónico "Las palabras"). En este sentido, no cabe discutir si es su mejor libro. Todos los que publicó conforman un corpus único, el suyo, en el que cada verso suma. Eso no quita para que uno opine que un puñado de los aquí reunidos deberían estar entre los esenciales e imprescindibles de esa obra singular en el panorama de las letras hispanas. Casi ninguno sobra, aunque -marca de la casa- alguno circunstancial se incluya.
Ese puñado de poemas estaría formado por el que delimita el territorio, "La sentencia" (cuyo original caligrafiado, como el de otros, se reproduce junto a la versión impresa), "Treinta y tres años" (un poema íntimo), "El derrumbe", "Melancolía" (con el viajero y Nápoles al fondo), "Iguales", "Fugacidad", "Profecía" (muy suyo), "Versos perdidos", "Misericordia", "Clínica" (donde evoca la muerte de su madre en ese mismo lugar, dieciséis años antes) y "La otra orilla" (que abrocha a la perfección el libro).
Algunos versos, entre muchos, han llamado especialmente mi atención. Los que cierran "La diferencia": "Y aunque tengo unas ganas / enormes de vivir no sé si tendré tiempo". Los últimos de "Calendario": "Y has de acostumbrarte a saber que eres sombra / tú que siempre creíste en la luz del verano".
Es difícil salir impasible de La sentencia. Lo agridulce, esa lucha de emociones contrarias, se le impone al lector. Amistades, ya dije, al margen. La tragedia de la muerte irremediable y la felicidad de los días vividos (que aquí se cantan con resonancias clásicas), desde la infancia veraniega de Granja ("Los veranos") hasta la decrepitud que se refleja en poemas tan tristes como "Renuncias" o "Caídas".
Quiero creer que Castelo se fue con la conciencia tranquila. En lo que respecta a la poesía, su pasión fundamental, por haber sido capaz de escribir este libro. Algo así, intuimos, justifica una vida.


4.12.15

La poesía de Zapata

Hoy día es otro mundo (Valparaíso Ediciones) es una antología que reúne poemas selectos del peruano Miguel Ángel Zapata (Piura, 1955), profesor principal de literaturas hispánicas en Hofstra University de Nueva York.
Con una cronología inversa, desde poemas recientes, de su libro inédito Uno escribe el poema caminando, hasta otros de dos de sus libros ya publicados: El cielo que me escribe (2002) y Lumbre de la letra (1997), Zapata ha armado un curioso artefacto que si por algo nos sorprende es por la luminosa imaginación que destila. Inusual, sin duda, al menos en nuestro ámbito más cercano, el de la poesía en español que se escribe y publica en España. Eso y, de inmediato, la personalidad de su apuesta o, lo que es lo mismo, la originalidad de su voz. Quiero decir que, sin renunciar a los inevitables débitos que cualquier poeta del siglo XXI acarrea (baste mencionar a su paisano Vallejo), Zapata construye una casa distinta -de arquitectura exigente- cuya propiedad nadie va a poner en cuestión. No al menos este lector, rendido a la riqueza verbal y, ya digo, imaginativa que se despliega a través de versos que en muchas ocasiones son líneas de poemas en prosa. Poesía o prosa, poco importa, de clara impronta musical, pues que la música (a la que dedica no pocos poemas) es parte esencial en su vida.
La palabra selva puede adecuarse bien a lo que uno siente al leer a Zapata. Allí, metáforas, símbolos (ventana, rosa, casa, puente, puerta) epifanías, lo real llevado hasta su deseable surrealidad. Sí, porque debajo del a veces aparatoso desplazamiento de recursos uno escucha palabras gastadas: padre (léase "Uno escribe el poema caminado"), madre (léase el impresionante "La noria"), hijos (Casandra, Analí, Chistian Miguel), mujer... Y loro, gata, perro, caballo, iguana, cuervo... Historias, diría, reconocibles, conformes a la experiencia de cualquiera que, sin embargo, brillan aquí bajo otra luz; que se dicen, mejor, como si fueran realmente extraordinarias. Una vez dijo: "Prefiero una poesía transparente, pero compleja".
Zapata, atiéndase al título de la parte inédita, escribe caminando. "Siempre de viaje", añade en un prefacio que no lo es. "Yo tengo tres hábitos saludables: jugar tenis, montar bicicleta y caminar. El caminar mismo, como vas al compás de tu corazón, es un ritmo. Muchos poemas (te diría un 80%) no los he escrito acostado en mi cama leyendo a Balzac y Baudelaire, sino caminando", dijo en una entrevista. Por eso recorremos con él medio mundo: de su ciudad de residencia, que pasea a menudo, a sus tierras de origen; de Venecia, Montreal o París a no pocos lugares españoles: Barcelona, Logroño...
Zapata, en tanto que poeta, es un agudo observador: "es la vida que me cae sobre los ojos". Va siempre "con la poesía del brazo".
También se dejan ver con frecuencia reflexiones sobre la propia escritura, algo inevitable si tenemos en cuenta su vocación didáctica y su condición de estudioso: "La hora del poema, "Escribo en la ventana", "El espacio del poema es un río"...
Destacaría además la sensualidad que destilan algunos poemas, como por ejemplo "Tobillos", aunque no sea el único donde el erotismo se eleva a la categoría de arte.
"Cada día siempre es otro mundo", reza un verso suyo, que no deja de ser una poética. Y eso advertimos al leer esta pertinente antología que pone la feliz, vital y celebratoria poesía de Zapata (que publicó en 2011 y en la sevillana Sibila Fragmentos de una manzana y otros poemas) al alcance del lector español.

Nota: Esta reseña ha aparecido publicada en el número 5 de la revista sevillana Estación Poesía

3.12.15

De gala

Aunque en la invitación se hiciera constar que había que acudir con "etiqueta informal". La del décimoquinto aniversario de la Universidad Popular Fray Alonso Fernández de Plasencia. Fue en el Teatro Alkázar y resultó entretenida y, para muchos, emocionante.
Alumnos, profesores, gestores, autoridades y placentinos en general, de adopción o de nacencia, recordaron años de intensa actividad en una institución que fundó el Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad cuando era concejal de Educación el actual alcalde, Fernando Pizarro (y primer edil José Luis Díaz), y que, salvo un breve paréntesis, ha dirigido, con talento y mano firme, su alma: Julio Pérez (en la fotografía), el verdadero protagonista de la noche. Esa decisión confirma que los tópicos no siempre se cumplen en política, porque Pizarro era y es del Partido Popular y en la empresa fue apoyado, cosa rara también, por la oposición socialista encabezada por otro alcalde de este lugar, Cándido Cabrera. 
No tenía aquél, con ser un hombre muy apreciado, el verbo florido, la expresión natural y fácil de Pizarro, lo que volvió a demostrar esa inolvidable noche en la que Pérez leyó otra vez el discurso que pronunció en la inauguración de la UPP, tan vigente como entonces. 
Compartimos velada con Gonzalo Hidalgo Bayal, que lleva años dirigiendo allí un Taller de Escritura, y que fue reconocido por ello, al igual que otros profesores y no pocos alumnos. A uno, por el simple hecho de apoyar en su momento la creación de ese taller, que dependía de la Asociación de Escritores de Extremadura y que contaba con el apoyo de la Junta de Extremadura (¿existió esa época?), también le entregaron un recuerdo en forma de corazón, lo que motivó, a falta tal vez de explicaciones por parte de la organización, que el que estaba sentado detrás de mí, apenas sonó mi nombre, se preguntara en voz alta, para que se oyera, el porqué de mi salida a escena.  
Los de Ars Nova cantaron muy bien a Machado (como la noche en que uno pronunció, por cierto, la conferencia inaugural de ese centro educativo) y Esther Suárez y sus alumnas bailaron con gracia un tema flamenco de José Mercé. Todo fue sobrio, medido y breve. La presentación, estupenda, corrió a cargo de las chicas de PlanVe: Merche Rey y Mirian Castillo. Al salir, nos fuimos al Sant' Ana a tomar algo. Como en los viejos tiempos. 

2.12.15

Adiós a todo eso

Suplicaréis clemencia es el segundo libro de poemas que publica Víctor Martín Iglesias (Plasencia, 1985). Aparece en el sello La Isla de Siltolá, acaso el que más atención presta a los jóvenes en este lírico país. El primero, recordarán, se titulaba Cómo hemos llegado a esto y vio la luz en la editorial Casavaria Publishing de New Jersey, EE.UU, si bien tuvo una reedición posterior en Ediciones Liliputienses.
Su tono no varía demasiado respecto a aquella primera entrega, si bien se aprecia una mayor madurez en lo que a esa voz respecta. El personaje poético que construye Martín Iglesias tiene mucho que ver con él mismo, o eso nos tememos. Un hombre desengañado, a pesar de la edad, que inaugura la treintena con la pesada carga de las insatisfacciones y las frustraciones propias de la gente de su generación y, por ende, de todas las de esta época; tan aciaga, supongo, como las anteriores y las que seguirán.
Treinta poemas componen el grueso de la obra a la que VMI ha añadido una sección titulada "Rarezas y Caras B".
Directo en sus planteamientos ("perturba contemplarse a la intemperie"), "Manual de primeros auxilios" condensa, en cuatro partes, una particular forma de expresar que se acompasa a una determinada manera de vivir, siempre en el límite.
Partidario de cantar (como recomienda Beckett en una de las citas que abre el volumen), el ritmo, veloz (como este tiempo), evoca una música concreta; canciones desgarradas que, paradójicamente, están llenas de pasión y de vida. Al fondo, el peso y el paso de los años, ese llegar a ser (o a no ser, que como dice Ricardo Lezón, es lo que más cuesta) lo que no o sí queríamos.
"No sé por qué escribo. A mí no me pregunten", escribe. Y en el mismo poema añade: "Todo menos sentarme y escribir / que pude ser maestro / pero preferí hacerme adivino / y no encuentro diferencias notables / entre las manos de un poeta y las de un ejecutivo".
En "El ciclo de la vida" no puede ser más explícito: "Nacer, crecer, / cometer los mismos errores que la gente, / contratar a una latinoamericana que nos cuide, / morir".
Protagonista de sus propios poemas, con nombre y apellido, a la manera de su admirado Gil de Biedma (o de Luis Alberto de Cuenca y algunos malditos como Piquero y Vilas o, ya más cerca, de su amigo y compañero de colección Víctor Peña Dacosta), adopta la ironía como tabla de salvación y de ahí al humor, por negro que sea, sólo hay un paso. En el juanramoniano "Yo no soy yo" (la otredad es asunto de capital importancia aquí), en "Víctor Martín: instrucciones de uso" o en "Curriculum vitae", por ejemplo. "Mi historia es una larga lista de abandonos, / absurdos errores de bulto / y súbitos ataques de cobardía", resume. "Soy el programa que no responde".
En "Final" leemos: "Aspiro solo a desaparecerme". Y: "me gusta más beber que andar con libros". También: "Siempre tuve algo de perro. De perro / callejero. en cualquier sitio incómodo / y a la vez harto ya de su camino". "No hay sitio para ti en este lugar", leemos en "Party Pooper".
Poesía, la de VMI, ácida y dulce a la vez. Que se lee con sentimientos encontrados, como los que manifiesta en sus versos este viejo poeta joven que parece venir, entre confuso y confiado, de algún viaje lejano o de una guerra. Poesía de un hombre que confiesa: "Aún confío en no educar un hijo". Que no conoce "otros precipicios / que el de los libros y el de la cerveza". Que, en fin, ha adquirido la "extraña costumbre" de escribir un soneto cada dieciocho de marzo, el día de su cumpleaños. Desde los veintiocho. Y van tres. Que dure.

1.12.15

Personal

David
Iba uno contento mientras evocaba un par de anécdotas recientes, de esas que te suben un poco el alicaído ánimo otoñal, cuando me topé con un vecino, viejo amigo de mi padre (del que me habla cada vez que nos vemos), que me despertó de forma abrupta del encantamiento.
Hace unos días, en la sala de espera de una consulta de un centro de salud del que no soy paciente, entablé una breve, ocasional conversación con un desconocido. Ciego, por más señas. En un momento de la charla sobre los maestros y la política y el trabajo, hice alusión a mi hija, próxima a cumplir, dije, treinta años, lo que le llevó a interrumpirme para preguntarme la edad. Cincuenta y seis, contesté, a lo que él añadió: "Por la voz, le hacía más joven. Le había echado treinta y tantos". 
En la churrería donde compro a mi mujer los churros cada sábado, la simpática tía de la poeta Irene Sánchez Carrón se despidió de mí con un "Adiós, joven" que me llegó también al alma. 
Pues bien, en estas evocaciones estaba, camino de la frutería de Santi, cuando apareció en lontananza el mencionado vecino. "Eh, ¿a dónde vas?", me preguntó, y sin esperar respuesta: "¿A por el periódico, de paseo?". "Siempre vas con prisa", sentenció", y sin dejarme hablar, "Eres más cerrado que tu padre. Tienes que ser más comunicativo. Es que tu padre... Eres muy corto, te cuesta..." Bueno, acerté a responder, cada uno es como es. A lo que él añadió: "Es que tu padre... Sí, somos como somos", asintió. Me zafé como pude no sin antes confirmarle que era mi hermano el cura el que había salido a nuestro padre en lo que a la campechanía y al humor respectan. Me dio la razón y preguntó si estaba aquí. Sí, le dije, y luego continué cabizbajo calle arriba.