"El lector, como el escritor, nace del conflicto. Sin conflicto no hay escritura ni lectura. Leemos y escribimos porque algo no funciona entre el mundo y nosotros. El conflicto no desaparece al leer o al escribir, pero se atenúa de manera notable. Decía Blanchot que la página del libro (del libro literario, quiero decir, de la novela, del poema, del buen ensayo) tiene dos caras; en una se mira el escritor y en la otra el lector, aunque los dos buscan lo mismo: un espejo que les devuelva de sí y de la realidad una imagen menos fragmentada que aquella que sufren a diario. Tanto el uno como el otro, tanto el escritor como el lector, son bichos raros, personas difíciles que sufren desacuerdos graves con lo que les rodea. Y esos dos bichos raros se encuentran ahí, en el libro, que es también un lugar oscuro, un callejón, diríamos, allí es donde se encuentran". Juan José Millás, "A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas". El País.
15.9.16
14.9.16
En El Cultural
Rafael Cadenas
Pre-Textos, Valencia, 2016. 84 páginas.
A la poesía del venezolano Rafael
Cadenas (Barquisimeto, 1930), premio FIL en 2009 y reciente ganador del Federico
García Lorca, que incompresiblemente carece de galardones de sobra merecidos
como el Reina Sofía, el Príncipe de Asturias o el mismísimo Cervantes, este
lector llegó gracias a Obra entera. Poesía
y Prosa (1958-1995), publicada aquí por la editorial Pre-Textos (con
prólogo de Darío Jaramillo Agudelo) y en México por el Fondo de Cultura
Económica. Antes, leímos sus poemas en distintas antologías ultramarinas,
donde nunca faltaba, y en la que editó Visor
en 1999. Luego, tras un largo silencio, vio la luz Sobre abierto (2012), al que se suma ahora el libro que
comentamos.
Continúa en la senda del anterior, de absoluto misterio y despojamiento, de
“desaprendizaje”, y, junto a todos los demás, forma parte de una obra única,
por unitaria y por diferente.
Se abre con el famoso haiku de Basho: “Un viejo
estanque: / salta una rana, / ruido de agua”. “Uno no sabe por qué escribe lo que escribe, yo no sé qué ha sido para mí
lo que la rana fue para Basho”, comentó Cadenas en una entrevista. Y en un
verso: "No desdeñes nada. / La rana le dio a Basho / su mejor poema".
Esa recurrente rana vuelve y con ella su enigmático salto. La anécdota de
cómo fue compuesto está detrás de unos versos escritos en su particular forma
de “trípticos”, una estrofa cadeniana muy parecida al haiku. Con ella regresa,
paradójicamente, el instante, el presente (“pues como sabe que nadie conoce el
futuro / se ahínca en el ahora perenne”), lo inmediato, solo tiempo que en
verdad conocemos, clave de ese famoso poema. Y las enseñanzas del Tao, una
constante en la singular obra del autor de Intemperie.
Y el amor al idioma, un asunto al que ha dedicado penetrantes ensayos, ejemplificado
aquí en poemas como “Fidelidad” y “La deuda de las palabras”.
A Karl Kraus, referente de esa defensa a ultranza de la lengua, dedica uno
de los poemas con nombre del conjunto. Con él, Dante (en Florencia), Anna Ajmatova
(“la suplicante”), Spinoza, Kennedy, Lord Chandos o Hölderlin y más en concreto
Zimmer, el carpintero que lo albergó (“alabado sea ese artesano”) cuando el
poeta alemán, que a todos se dirigía como “su excelencia, majestad, / su
señoría”, enfermó. En defensa de la
dignidad leemos allí: “Rehúso creer / que sea necesario estar demente / para
tratar con esa misma / reverencia a cualquier ser humano”.
La ascesis y el desaprender, la ausencia de énfasis (“Porque cuando te
avienes / a hablar / lo haces sin énfasis”), está en el ADN poético de Cadenas,
que no deja de ser un poeta ático. Y la mirada (“Lo que salva de los
escombros”), siempre “a la mira de lo que ocurre”, como estado de ánimo.
“Recibe tu alrededor / como un amante”, leemos.
Cadenas ha escrito: “Me atrae la escritura cercana al diario”. Lo
comprobamos en este libro de nuevo, donde los versos parecen surgir con la
naturalidad de la anotación, cercana al habla.
Un poema extraordinario le perseguirá, como le ha atosigado el genial
“Derrota”. Se trata de “A un querido emperador”, donde dice de Marco Aurelio:
“Nunca usó el lenguaje para encubrir / la realidad o superponerla otra”. O: “Como
estoico, era austero”.
En el poema final alude a “lo que escribí”, a “lo que hice” y a “lo que dejé de hacer”. En ese orden, “Me pertenece”, dice; “debo acogerlo”, añade; es “el reverso que me completa”, concluye.
Nota: Esta reseña de En torno a Basho y otros asuntos apareció publicada el pasado viernes en El Cultural.
13.9.16
De la educación
Hoy empieza aquí el nuevo curso escolar. Y la tarea. Vayan por delante estas dos breves reflexiones.
"Habla de escuchar a los niños. ¿No les hacemos demasiado caso?", le pregunta Anatxu Zabalbeascoa al psicopedagogo Francesco Tonucci para El País Semanal. Y el también dibujante, que firma sus viñetas bajo el seudónimo de Frato, responde: "No. Les prestamos atención como objetos de consumo. Escucharlos es desarrollar una relación de confianza. Tenemos que demostrarles que nos interesa lo que piensan, con los riesgos que comporta. Porque si les preguntamos banalmente lo que piensan, como son listos, nos dirán lo que creen que queremos oír. ¿Los maestros están infrapreparados? No necesitamos ni buenas ni nuevas leyes de enseñanza. Necesitamos buenos maestros. Si alguien puede cambiar la escuela es el maestro. En España tienen una ley de educación absurda, la ley Wert. Dice cosas que en el mundo académico no puede compartir nadie. Ya en el prólogo establece que el objetivo de la escuela es la competición, y eso hoy casi parece un chiste. ¿Cree que algún buen profesor ha cambiado su forma de trabajar porque lo haya dicho la ley?"
Por su parte, Pilar Galán -profesora de Secundaria y escritora- publicó el Día de Extremadura en el periódico del mismo nombre un artículo que también tiene su miga. Se titula "Patio de colegio" y empieza: "De educación, como de fútbol, sabemos todos. Si cada espectador de un partido tiene dentro al mejor seleccionador nacional, cada individuo es un potencial ministro de educación, que arreglaba esto en dos minutos y sin tonterías".
Que nos sea leve.
"Habla de escuchar a los niños. ¿No les hacemos demasiado caso?", le pregunta Anatxu Zabalbeascoa al psicopedagogo Francesco Tonucci para El País Semanal. Y el también dibujante, que firma sus viñetas bajo el seudónimo de Frato, responde: "No. Les prestamos atención como objetos de consumo. Escucharlos es desarrollar una relación de confianza. Tenemos que demostrarles que nos interesa lo que piensan, con los riesgos que comporta. Porque si les preguntamos banalmente lo que piensan, como son listos, nos dirán lo que creen que queremos oír. ¿Los maestros están infrapreparados? No necesitamos ni buenas ni nuevas leyes de enseñanza. Necesitamos buenos maestros. Si alguien puede cambiar la escuela es el maestro. En España tienen una ley de educación absurda, la ley Wert. Dice cosas que en el mundo académico no puede compartir nadie. Ya en el prólogo establece que el objetivo de la escuela es la competición, y eso hoy casi parece un chiste. ¿Cree que algún buen profesor ha cambiado su forma de trabajar porque lo haya dicho la ley?"
Por su parte, Pilar Galán -profesora de Secundaria y escritora- publicó el Día de Extremadura en el periódico del mismo nombre un artículo que también tiene su miga. Se titula "Patio de colegio" y empieza: "De educación, como de fútbol, sabemos todos. Si cada espectador de un partido tiene dentro al mejor seleccionador nacional, cada individuo es un potencial ministro de educación, que arreglaba esto en dos minutos y sin tonterías".
Que nos sea leve.
12.9.16
Una paz europea
Antes de Una paz europea, Fruela Fernández (Langreo, 1982) había publicado dos libros de poemas: Círculos y Folk, éste también en la valenciana Pre-Textos. Es traductor (Kavanagh, Kaschnitz, Kafka, Sanguineti) y ha editado el libro colectivo The Smiths: música, política y deseo.
En el número tres de la revista Años diez, que además de un monográfico sobre la poesía española del siglo XXI es una suerte de mapa generacional de una de las promociones más interesantes del panorama, FF firmaba un breve texto titulado "Receptor" donde se puede leer: "La tradición es la paradoja". Más adelante justificaba "la proliferación de abuelos y abuelas en la literatura reciente" y luego aludía al "momento paradójico que me interesa": "Sólo en la pérdida de la tradición podemos asumirla como algo productivo, que cuestiona aquello que la supera: nuestro presente". Caía después en la cuenta de que "una cercanía excesiva entre poeta y comunidad limita la perspectiva crítica; un exceso de aislamiento impide la comunicación". Añade que sus dos último libros han querido ser "intentos por encontrar una comunidad. En ambos hay una presencia fuerte, casi violenta de la tradición -el castellano sometido a las tonalidades del asturiano, la expansión de los espacios y las memorias familiares-, pero de nuevo desde la paradoja: ni el poema es el espacio propio de esa tradición obrera y campesina que desaparece, ni el poeta podría retomarla, porque está desplazado y pertenece a una realidad distinta". El destinatario, pues, es otro, no ya la "comunidad de origen": ha descubierto al lector que buscaba, en la estela de lo dicho en su momento por Auden.
Si vuelvo sobre ese texto es porque creo que aporta claves de lectura fundamentales al libro que comentamos. No siempre acierta el poeta a explicar lo que pretende. En lo que está, mejor. No es el caso. Fechado entre 2013 y 2015 en su ciudad natal, Hull, Leeds y Newcastle (en cuya universidad trabaja), FF empieza con una elocuente cita del muy europeo Berger sobre las ciudades y sus posibles disfraces y ya en su primer poema, que no deja de ser el primer fragmento de un poema extenso (pero breve, en el sentido de que no estamos ante un libro voluminoso) dividido en partes numeradas del 1 al 15), aparece su silencioso abuelo.
Esa "comunidad", más de la memoria que de la realidad, es "la cuenca minera de Asturias" y tanto él como su abuelo traen, después de varias décadas, "ese valle a cuestas". Ya se dijo, la familia es protagonista y ahí están las voces de abuelas y madres para corroborarlo. A ese lugar, "porque no vivo en él puedo serle / amargo y leal", escribe. "Y no estoy en casa", precisa. Allí (o acá), la Guerra Civil, el destierro: "Pasamos años preparando el exilio". Y más abajo: "Esa fue la pobreza". Y la emigración (y la inmigración, su revés, con mención expresa a los sirios), otra forma de lo mismo. Y la política ("la muerte / es política"): "Ahora a la guerra de clases la llaman turismo, / la llaman movilidad". Y no falta "este suelo" y el ganado y los prados...
Todo está dicho en esta suerte de conversación con elegante laconismo, sin descripciones gratuitas, mediante logradas comparaciones ("bella como algo impropio", "como rapa de hooligan"), con ese sonoro silencio al que se acogía el mencionado abuelo. Por terrible y dura que sea la elegía de ese mundo que desaparece, la serenidad prima. La verdad se impone. Sin estridencias. Con un lenguaje, ya se anotó, que mezcla con gracia el castellano y el asturiano, presente en muchas palabras que recogemos con el debido fervor quienes amamos esas hermosas tierras del Norte y a quienes allí viven. Choca que una forma de decir tan moderna se acomode tan bien a eso que no deja de ser anacrónico. Tal vez porque la poesía es esencialmente intempestiva.
Si vuelvo sobre ese texto es porque creo que aporta claves de lectura fundamentales al libro que comentamos. No siempre acierta el poeta a explicar lo que pretende. En lo que está, mejor. No es el caso. Fechado entre 2013 y 2015 en su ciudad natal, Hull, Leeds y Newcastle (en cuya universidad trabaja), FF empieza con una elocuente cita del muy europeo Berger sobre las ciudades y sus posibles disfraces y ya en su primer poema, que no deja de ser el primer fragmento de un poema extenso (pero breve, en el sentido de que no estamos ante un libro voluminoso) dividido en partes numeradas del 1 al 15), aparece su silencioso abuelo.
Esa "comunidad", más de la memoria que de la realidad, es "la cuenca minera de Asturias" y tanto él como su abuelo traen, después de varias décadas, "ese valle a cuestas". Ya se dijo, la familia es protagonista y ahí están las voces de abuelas y madres para corroborarlo. A ese lugar, "porque no vivo en él puedo serle / amargo y leal", escribe. "Y no estoy en casa", precisa. Allí (o acá), la Guerra Civil, el destierro: "Pasamos años preparando el exilio". Y más abajo: "Esa fue la pobreza". Y la emigración (y la inmigración, su revés, con mención expresa a los sirios), otra forma de lo mismo. Y la política ("la muerte / es política"): "Ahora a la guerra de clases la llaman turismo, / la llaman movilidad". Y no falta "este suelo" y el ganado y los prados...
Todo está dicho en esta suerte de conversación con elegante laconismo, sin descripciones gratuitas, mediante logradas comparaciones ("bella como algo impropio", "como rapa de hooligan"), con ese sonoro silencio al que se acogía el mencionado abuelo. Por terrible y dura que sea la elegía de ese mundo que desaparece, la serenidad prima. La verdad se impone. Sin estridencias. Con un lenguaje, ya se anotó, que mezcla con gracia el castellano y el asturiano, presente en muchas palabras que recogemos con el debido fervor quienes amamos esas hermosas tierras del Norte y a quienes allí viven. Choca que una forma de decir tan moderna se acomode tan bien a eso que no deja de ser anacrónico. Tal vez porque la poesía es esencialmente intempestiva.
11.9.16
La canción del disidente
La última Feria del Libro de León, la trigésimo novena que se celebraba en esa vieja ciudad, fue pregonada por el poeta Tomás Sánchez Santiago. Me hace llegar, y no sabe cuánto se lo agradezco, la edición en papel de ese discurso, que él titula con un gran sentido de la oportunidad La canción del disidente. Lo publica Manual de Ultramarinos en "honesta edición precaria", dentro de su colección Papeles del Feriante. Fue pronunciado en el pomposo Salón de los Reyes del Ayuntamiento y todavía duran (y más que van a durar) los resquemores de las autoridades presentes en el acto.
A partir de un verso de Berceo, escrivir en tiniebra es un mester pesado, TSS afirma al empezar: "El escritor es el que se dedica a sacar agua de la oscuridad. Si es que la saca. Escribir es algo incierto que exige apartamiento y penumbra. Tengo siempre a punto una respuesta prefabricada para esa pregunta que habitualmente se hace: “¿Qué es un escritor?” Digo siempre –lo sigo diciendo porque creo en ello– que ante todo un escritor no es una figura social. No es alguien que deba intervenir en los jaleos públicos que iluminan –pero con luz de gas– el oleaje del mundo. No es hombre o mujer de tertulias, de concursos, de entrevistas atadas a la banalidad… El escritor es otra cosa: un medio monje, un medio ladrón, un medio mendigo. Eso creo. Escribe en una soledad conventual; entra a saco en palabras de otros para llevarse algo entre las uñas; se encuentra a menudo como un menesteroso, suplicando una palabra que llevarse a la boca para seguir comprendiendo un poco más al mundo". Tras asumir con orgullo el papel de pregonero y preguntarse por su significado y jugar con la palabra en distintos contextos, pasa a ejercer de tal no sin antes calificarse como "incómodo, crítico, lenguaraz". "No un incauto enredado en un discurso de circunstancias, tan pomposo como inocuo". Y ahí empieza el meollo de la cuestión, donde dice: "Este es un país de gestos y de ruido. Un país desde siempre sobreexcitado socialmente en espacios donde reinan la estridencia y el desconcierto: en bares y en cafés, en estadios, en plazas de toros, en reuniones de las comunidades de vecinos (de donde vendrá, sin duda, la tercera guerra mundial), en tertulias y debates de gallinero… Tener razón, para los españoles, siempre se ha identificado con la altisonancia". Sí, "este es un país de pregoneros. A la hora de actuar nos quedamos en eso: en una galería de gestos y en ese dominio bruto de la altisonancia. No sabemos vivir en otra alegría que no provenga del aturdimiento. 'Nosotros tan gesteros pero tan poco alegres', dice Claudio Rodríguez en un poema titulado precisamente así, 'Gestos'". Después cuestiona el término "feria" y propone una vuelta a los libros. A los de verdad. A los literarios. Y los defiende con tres poemas: "Cuanto puedas", de Cavafis; "El único beneficio", de Marcial; y "Peregrino", de Cernuda. "Esos son los verdaderos textos de autoayuda que todos necesitamos. No están en los manuales de los autores más vendidos (qué irónica verdad contiene, por cierto, esta expresión). Están en la memoria colectiva de la literatura. Son universales. Han llovido años sobre ellos pero no se han secado. Sus palabras mantienen todo el jugo. Trascienden el tiempo". Y sigue: "El territorio del lector es el de la libertad. No sé si lo he llegado a decir con claridad. Leer es un acto de amor. Y no hay nada más exento de reglas, de obligaciones, que el amor. Por eso, en un mundo en que nos asfixian los dictámenes, los avisos y las ortopedias mentales hay que considerar más que nunca al lector, en paralelo con el escritor, como un disidente". "Eso es leer: sentir otra llamada. Di-sentir". Y más adelante: "Por eso, el aliado natural del escritor es el lector, no es el erudito ni el crítico que pontifica y descubre las suturas de una novela o de un poema como si se sintiera por encima del prestidigitador por el mero hecho de descubrir el truco. Es entonces el momento en que el lector, el verdadero lector, el disidente, abandona ese territorio usurpado, alzado en nombre de un poder, de un propósito comercial o de la adquisición de un crédito. El único espacio en que cabe la alegría lectora –y volvamos al viejo Verne: “donde hay obligación no hay alegría”– es ese espacio de complicidad en la voluntad de salir del mundo agarrado a unas cuantas palabras luminosas. Frente a la tristeza de las militancias, la del lector es una elección plena de libertad en el jardín revuelto de unas páginas, de unos papeles que nos llevan a cualquier sitio menos a Panamá; de esas tramas de narraciones desasosegantes, bien distintas a las tramas que pudren la vida política de un país calcinado por la vergüenza. Frente a la cultura como comercialización, como superstición o como espectáculo, está la aventura radical de leer un libro desde esa disidencia para mostrar al mundo la luz oscura del descontento. Solo falta saber elegir libros. Una Feria podría ser una iniciativa responsable de respeto hacia las palabras y no la ocasión de vender bocadillos de humo. Vivimos rodeados de basura: programas basura, imágenes basura, comida basura, tiempo de la basura… También hay libros basura." Y termina: "Un aviso modesto, excesivo tal vez, para que la lengua de los políticos y la de los economistas –las lenguas que dominan el pulso del mundo– no apaguen con su falaz altisonancia el idioma natural de toda persona: el que le llega al corazón. Ellos no lo ocupan todo. Hay una legión de hombres y mujeres que se retuercen para no dejarse domesticar por completo. Son los lectores. Cuídenlos. A muchos de ellos se les reconocerá porque no se acercan a reductos donde vedettes, cocineros, gurús y doctores tratan de vender el crecepelo de sus productos. Ojalá que estos juicios algo airados hagan recapacitar en nuestra ciudad sobre la necesidad de recobrar antes de que sea demasiado tarde el resplandor y la dignidad de las palabras".
Gracias, Tomás.
(Nota: Porque todo está en Internet, en la página de Tam-Tam Press se puede leer íntegro el discurso. No es igual que en papel, pero...)
A partir de un verso de Berceo, escrivir en tiniebra es un mester pesado, TSS afirma al empezar: "El escritor es el que se dedica a sacar agua de la oscuridad. Si es que la saca. Escribir es algo incierto que exige apartamiento y penumbra. Tengo siempre a punto una respuesta prefabricada para esa pregunta que habitualmente se hace: “¿Qué es un escritor?” Digo siempre –lo sigo diciendo porque creo en ello– que ante todo un escritor no es una figura social. No es alguien que deba intervenir en los jaleos públicos que iluminan –pero con luz de gas– el oleaje del mundo. No es hombre o mujer de tertulias, de concursos, de entrevistas atadas a la banalidad… El escritor es otra cosa: un medio monje, un medio ladrón, un medio mendigo. Eso creo. Escribe en una soledad conventual; entra a saco en palabras de otros para llevarse algo entre las uñas; se encuentra a menudo como un menesteroso, suplicando una palabra que llevarse a la boca para seguir comprendiendo un poco más al mundo". Tras asumir con orgullo el papel de pregonero y preguntarse por su significado y jugar con la palabra en distintos contextos, pasa a ejercer de tal no sin antes calificarse como "incómodo, crítico, lenguaraz". "No un incauto enredado en un discurso de circunstancias, tan pomposo como inocuo". Y ahí empieza el meollo de la cuestión, donde dice: "Este es un país de gestos y de ruido. Un país desde siempre sobreexcitado socialmente en espacios donde reinan la estridencia y el desconcierto: en bares y en cafés, en estadios, en plazas de toros, en reuniones de las comunidades de vecinos (de donde vendrá, sin duda, la tercera guerra mundial), en tertulias y debates de gallinero… Tener razón, para los españoles, siempre se ha identificado con la altisonancia". Sí, "este es un país de pregoneros. A la hora de actuar nos quedamos en eso: en una galería de gestos y en ese dominio bruto de la altisonancia. No sabemos vivir en otra alegría que no provenga del aturdimiento. 'Nosotros tan gesteros pero tan poco alegres', dice Claudio Rodríguez en un poema titulado precisamente así, 'Gestos'". Después cuestiona el término "feria" y propone una vuelta a los libros. A los de verdad. A los literarios. Y los defiende con tres poemas: "Cuanto puedas", de Cavafis; "El único beneficio", de Marcial; y "Peregrino", de Cernuda. "Esos son los verdaderos textos de autoayuda que todos necesitamos. No están en los manuales de los autores más vendidos (qué irónica verdad contiene, por cierto, esta expresión). Están en la memoria colectiva de la literatura. Son universales. Han llovido años sobre ellos pero no se han secado. Sus palabras mantienen todo el jugo. Trascienden el tiempo". Y sigue: "El territorio del lector es el de la libertad. No sé si lo he llegado a decir con claridad. Leer es un acto de amor. Y no hay nada más exento de reglas, de obligaciones, que el amor. Por eso, en un mundo en que nos asfixian los dictámenes, los avisos y las ortopedias mentales hay que considerar más que nunca al lector, en paralelo con el escritor, como un disidente". "Eso es leer: sentir otra llamada. Di-sentir". Y más adelante: "Por eso, el aliado natural del escritor es el lector, no es el erudito ni el crítico que pontifica y descubre las suturas de una novela o de un poema como si se sintiera por encima del prestidigitador por el mero hecho de descubrir el truco. Es entonces el momento en que el lector, el verdadero lector, el disidente, abandona ese territorio usurpado, alzado en nombre de un poder, de un propósito comercial o de la adquisición de un crédito. El único espacio en que cabe la alegría lectora –y volvamos al viejo Verne: “donde hay obligación no hay alegría”– es ese espacio de complicidad en la voluntad de salir del mundo agarrado a unas cuantas palabras luminosas. Frente a la tristeza de las militancias, la del lector es una elección plena de libertad en el jardín revuelto de unas páginas, de unos papeles que nos llevan a cualquier sitio menos a Panamá; de esas tramas de narraciones desasosegantes, bien distintas a las tramas que pudren la vida política de un país calcinado por la vergüenza. Frente a la cultura como comercialización, como superstición o como espectáculo, está la aventura radical de leer un libro desde esa disidencia para mostrar al mundo la luz oscura del descontento. Solo falta saber elegir libros. Una Feria podría ser una iniciativa responsable de respeto hacia las palabras y no la ocasión de vender bocadillos de humo. Vivimos rodeados de basura: programas basura, imágenes basura, comida basura, tiempo de la basura… También hay libros basura." Y termina: "Un aviso modesto, excesivo tal vez, para que la lengua de los políticos y la de los economistas –las lenguas que dominan el pulso del mundo– no apaguen con su falaz altisonancia el idioma natural de toda persona: el que le llega al corazón. Ellos no lo ocupan todo. Hay una legión de hombres y mujeres que se retuercen para no dejarse domesticar por completo. Son los lectores. Cuídenlos. A muchos de ellos se les reconocerá porque no se acercan a reductos donde vedettes, cocineros, gurús y doctores tratan de vender el crecepelo de sus productos. Ojalá que estos juicios algo airados hagan recapacitar en nuestra ciudad sobre la necesidad de recobrar antes de que sea demasiado tarde el resplandor y la dignidad de las palabras".
Gracias, Tomás.
(Nota: Porque todo está en Internet, en la página de Tam-Tam Press se puede leer íntegro el discurso. No es igual que en papel, pero...)
10.9.16
"Patria", de Fernando Aramburu
He suspendido la apasionante lectura de los diarios de Piglia para abordar la nueva novela de Fernando Aramburu: Patria (Tusquets Editores). No es para menos. Cuando cogí en las manos el sobre donde venía, supuse que dentro habría más de un libro. Me equivocaba. La novela tiene 648 páginas. Es un novelón, sí, en más de un sentido. Lo digo porque ya he empezado a leerla y no me extraña que esté concitando una favorable unanimidad crítica. En esa línea, la reseña entusiasta de Mainer.
Me gusta mucho la imagen de la cubierta. Aramburu ha explicado en el blog su porqué. Tirará de muchos lectores.
Al fondo, ETA. En la forma, la admirable y minuciosa escritura del donostiarra (que aquí juega a ratos con las particularidades del habla local), aunque uno ha notado que acaso sea ésta la más sobria de las novelas del ambicioso estilista.
Enhorabuena/zorionak/glückwünsche.
Enhorabuena/zorionak/glückwünsche.
9.9.16
Lerner dixit
![]() |
| Pascal Perich/El País |
Debo ser uno de los pocos lectores que no celebró con entusiasmo la publicación de Saliendo de la estación de Atocha, la primera novela de Ben Lerner. Nos cuenta Eduardo Lago en El País que "el pasado mes de mayo, Lerner publicó un librito de exiguas dimensiones cuyo objeto es dilucidar el papel de la poesía en el conjunto de la cultura, sólo que lo hace desde una premisa insólita: la poesía despierta entre la gente un sentimiento de rencor. El título del ensayo, Hatred of poetry (El odio a la poesía), no admite dudas al respecto". Ya habíamos hecho alusión a él en este rincón, cuando Lerner comentó en una entrevista que lo estaba escribiendo.
Lago, que ha conversado con él sobre el libro, le pregunta: "¿No cree que el término “odio” es un poco exagerado? ¿De verdad cree que la gente odia la poesía?" Y el norteamericano responde: "Lo hago con intención de provocar. Mucha gente es totalmente indiferente a la poesía. Lo que pasa es que teniendo en cuenta el lugar marginal que ocupa la poesía en la cultura resulta chocante que provoque un rechazo tan vehemente en tanta gente, mucho mayor que otras manifestaciones artísticas, como la música experimental". Y sigue:
Lago, que ha conversado con él sobre el libro, le pregunta: "¿No cree que el término “odio” es un poco exagerado? ¿De verdad cree que la gente odia la poesía?" Y el norteamericano responde: "Lo hago con intención de provocar. Mucha gente es totalmente indiferente a la poesía. Lo que pasa es que teniendo en cuenta el lugar marginal que ocupa la poesía en la cultura resulta chocante que provoque un rechazo tan vehemente en tanta gente, mucho mayor que otras manifestaciones artísticas, como la música experimental". Y sigue:
P. ¿A qué cree que se debe esto?
R. La poesía hace que la gente se sienta excluida; la perciben como una suerte de amenaza, de ahí que la reacción sea tan intensa y esté tan teñida de ansiedad. En el sentido que sea, siempre tiende a despertar emociones extremas.
P. La poesía es una forma primordial de expresión en la historia de los pueblos y las civilizaciones, desde la India hasta Grecia. Surge incluso antes que la aparición de la escritura. ¿Qué dice eso acerca de su poder?
R. Aunque hay algo de verdad en esto, pero la caracterización que acaba de hacer tiene mucho de ficción. Nos sentimos cómodos idealizando el pasado, evocando una edad de oro, cuando todos los objetos tenían valor y presencia poéticas, tras lo cual vino la caída. Creo que el odio a la poesía, la decepción que causa siempre el contacto real con el objeto que llamamos poema, se debe a que por detrás hay un sentimiento que nombra una huida trágica. La poesía es algo que todavía sigue vivo entre nosotros de muchas maneras, pero se ha distanciado de los humanos, está muy lejos de lo que una vez fue.
Les recomiento que sigan leyendo “La poesía es percibida como una amenaza”. Siquiera sea para discrepar.
8.9.16
Querido diario
Avelino Fierro (Chozas de Arriba, localidad del municipio de Chozas de Abajo, León, 1956) publica en Eolas el segundo tomo de sus diarios, Ciudad de sombra. Ya comentamos aquí su primera entrega, Una habitación en Europa. Esta segunda viene precedida de un prólogo de José Luis García Martín, descubridor de Fierro en su revista Clarín. Insiste en calificarlos como cartas (titula su introducción "Unas cartas de amor" y allí leemos: "son más bien epistolarios") y cifra su éxito (comparable, a su modo, al de otro diarista, Iñaki Uriarte) en dos palabras: "curiosidad, cordialidad". Nos explica que "todo le interesa" y que tiene "talento como escritor" ya que "ha leído a los mejores y ha aprendido de ellos". Termina recalcando su amor a la literatura, esto es "una de las formas mejores de amor a la vida".
Sus lectores sabemos que este hombre sólo escribe los viernes por la tarde (cuanto más dure el atardecer, mejor) y que publica su entrega semanal en Tam Tam Press (done sus aforismos pajareros Juan Carlos Pajares), en su sección "Querido diario". Esos escritos van ilustrados con dibujos que hace él mismo, los que enriquecen el libro de Eolas.
Los textos que componen esta nueva recopilación son de los años 2013 y 2014. Cada fragmento (o anotación o carta) corresponde, casi siempre, a un asunto. Fruto de esa curiosidad que mencionábamos. Suelen comenzar casi siempre en esa habitación propia con ventana. No faltan los paseos a solas por León, su "ciudad de sombra", hacia las afueras o por el centro, camino de ninguna parte o al encuentro de otros en bares o librerías. Sí, Fierro es un solitario con una intensa vida social. Tampoco faltan los viajes por la provincia (pueblos, montañas), a Madrid o, también cortos, por algunas ciudades europeas (los hijos, sus estudios). A Polonia, por ejemplo, o a Portugal. "Yo no soy muy viajero", escribe (aunque le inviten a participar en unas jornadas sobre el tema a instancias del crítico Nicolás Miñambres), en uno de los capítulos (34, 39) que dedica a ese asunto, donde no falta su inevitable dosis de ironía.
Además de él mismo, fuente principal de estos diarios (sus enfermedades, sus preocupaciones, sus pensamientos, el trabajo...), aparece su mujer, Mar (impecable correctora de pruebas, lo que no obsta para que un par de veces aparezca Eugénio de Andrade sin la tilde en su nombre), sus hijos (Javier y Marta, dedicatarios de la obra), su nieta Libertad, sus amigos (entre ellos, escritores como Llamazares, Manilla, Azúa, G. Martín, Manolo 'Cerebro'...), etc.
Con todo, son sus lecturas, su condición de letraherido, ese "leer sin sosiego", "porque la lectura es una fuente inagotable de placer", lo que colma el interés, o eso supongo, de los lectores de estas páginas escritas como lo haría un poeta, según Tranströmer (de quien lee su correspondencia con Bly): eliminando lo innecesario. Sí, la poesía aquí es fundamental, como en la vida de Fierro. No sólo se ocupa de libros de versos -es un lector ecléctico y completo-, pero estos sostienen su andamiaje intelectual y dan tono y carácter a estos diarios de un permanente aspirante a poeta. Y que nadie piense que se acerca a ella sólo desde el entendimiento, digamos; así, en el capítulo que dedica a las lecturas públicas de los poetas. "Dejadme con la homeopatía de la poesía", dice.
Cafés, tertulias, bares, amigos, música, paseos, cocina, hospitales, presentaciones... Como la de su primer libro, que centra otro capítulo.
Un balance del intenso 2014 y una extensa conversación con Eloísa Otero abrochan esta nueva entrega de los diarios (o cartas) de Fierro de la que uno sale con ganas de volver a entrar, con el deseo de que sigan llegando nuevos mensajes. Y eso parece: porque este hombre sigue puntual a sus citas de los viernes y publicando lo que escribe en Tam Tam Press. "La vida y sus detalles". Que siga.
Sus lectores sabemos que este hombre sólo escribe los viernes por la tarde (cuanto más dure el atardecer, mejor) y que publica su entrega semanal en Tam Tam Press (done sus aforismos pajareros Juan Carlos Pajares), en su sección "Querido diario". Esos escritos van ilustrados con dibujos que hace él mismo, los que enriquecen el libro de Eolas.
Los textos que componen esta nueva recopilación son de los años 2013 y 2014. Cada fragmento (o anotación o carta) corresponde, casi siempre, a un asunto. Fruto de esa curiosidad que mencionábamos. Suelen comenzar casi siempre en esa habitación propia con ventana. No faltan los paseos a solas por León, su "ciudad de sombra", hacia las afueras o por el centro, camino de ninguna parte o al encuentro de otros en bares o librerías. Sí, Fierro es un solitario con una intensa vida social. Tampoco faltan los viajes por la provincia (pueblos, montañas), a Madrid o, también cortos, por algunas ciudades europeas (los hijos, sus estudios). A Polonia, por ejemplo, o a Portugal. "Yo no soy muy viajero", escribe (aunque le inviten a participar en unas jornadas sobre el tema a instancias del crítico Nicolás Miñambres), en uno de los capítulos (34, 39) que dedica a ese asunto, donde no falta su inevitable dosis de ironía.
Además de él mismo, fuente principal de estos diarios (sus enfermedades, sus preocupaciones, sus pensamientos, el trabajo...), aparece su mujer, Mar (impecable correctora de pruebas, lo que no obsta para que un par de veces aparezca Eugénio de Andrade sin la tilde en su nombre), sus hijos (Javier y Marta, dedicatarios de la obra), su nieta Libertad, sus amigos (entre ellos, escritores como Llamazares, Manilla, Azúa, G. Martín, Manolo 'Cerebro'...), etc.
Con todo, son sus lecturas, su condición de letraherido, ese "leer sin sosiego", "porque la lectura es una fuente inagotable de placer", lo que colma el interés, o eso supongo, de los lectores de estas páginas escritas como lo haría un poeta, según Tranströmer (de quien lee su correspondencia con Bly): eliminando lo innecesario. Sí, la poesía aquí es fundamental, como en la vida de Fierro. No sólo se ocupa de libros de versos -es un lector ecléctico y completo-, pero estos sostienen su andamiaje intelectual y dan tono y carácter a estos diarios de un permanente aspirante a poeta. Y que nadie piense que se acerca a ella sólo desde el entendimiento, digamos; así, en el capítulo que dedica a las lecturas públicas de los poetas. "Dejadme con la homeopatía de la poesía", dice.
Cafés, tertulias, bares, amigos, música, paseos, cocina, hospitales, presentaciones... Como la de su primer libro, que centra otro capítulo.
Un balance del intenso 2014 y una extensa conversación con Eloísa Otero abrochan esta nueva entrega de los diarios (o cartas) de Fierro de la que uno sale con ganas de volver a entrar, con el deseo de que sigan llegando nuevos mensajes. Y eso parece: porque este hombre sigue puntual a sus citas de los viernes y publicando lo que escribe en Tam Tam Press. "La vida y sus detalles". Que siga.
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| Fierro en su biblioteca. Autorretrato. |
7.9.16
Kiosco
A un paso del Acueducto, la estatua del poeta Gabriel y Galán y la Fuente Rosa de San Antón, en un rincón del Parque de la Rana y al lado de la fuente que le da nombre (aunque no el oficial, que será el de la Cruz de los Caídos), en plena Avenidísima, había un kiosco de prensa. Desde que tengo memoria, siempre estuvo ahí. En su día, cuando uno era chico, le decíamos "el del Mocho". Un puesto similar al que tenía en la puerta del Sol la señora Felisa, también de golosinas. Cerró a mediados de agosto. Allí compraba uno los periódicos algunos sábados y todos los domingos y su amable dueña (gracias) me guardaba cada semana un ejemplar de El Cultural, algo nada sencillo en este pueblo.
Me duele que se cierren los kioscos. Como las librerías. Al fin y al cabo, libros y periódicos con para uno partes de lo mismo: almacenes de cultura analógica. Después del de Aquilino (por donde pasaba cada día a por la prensa Bayal) y el de Manolo (en la plaza, acaso el más antiguo y conocido), le ha tocado el turno a éste. Pena, ya digo. Uno piensa en los kioscos de su vida, que han sido unos cuantos, y recuerda con nostalgia, a bote pronto, el que había al final de la Avenida de la Vera, donde compraba cada tarde de verano un polo a mi hijo al venir del baño en el molino; el del ambulatorio, donde otra mañana estival encontré por sorpresa Huesos de sepia, de Montale, un libro del que aprendí mucho y que me ha deparado ratos estupendos; los de la Plaza Mayor de Salamanca, puestos más que kioscos, asociados a los viajes a esa ciudad tan querida; el de la plaza de Mérida donde conseguía un ejemplar de La Vanguardia con el suplemento Cultura|s; y otros tantos que han ido desapareciendo de las calles de Plasencia. Mientras, el Ayuntamiento, dicen que para crear nuevos empleos, construía y sorteaba recientemente ocho nuevos kioscos; una iniciativa, salvo contadísimas excepciones, fracasada.
Por suerte, sigue habiendo locales donde comprar la prensa de papel. El de Charo, en la plaza, sin ir más lejos. Por cercanía, uno se traslada a Marina. Soy cliente habitual de esa educada pareja de sirios que lo mismo te venden una barra de pan que El País o El Mundo. Ahora, además, La Razón, para mi querida madre.
6.9.16
La poesía de Rey
Si tuviera que elegir un adjetivo que calificara la poesía de José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) optaría por "desconcertante". Sí, la suya, vista en conjunto, es una poesía que perturba, aunque no le falte, ah paradoja, orden y concierto. Y lo digo porque estamos ante eso que, sin exagerar, podemos definir como obra. Por lo ambicioso de la apuesta y, lo que de verdad importa, por los logros, ya abundantes, conseguidos. Así, sus libros La luz y la palabra, La familia nórdica (Premio Gil de Biedma), Volcán vocabulario (La luz y la palabra II), Barroco (Premio Loewe) y La visiones (Premio Tiflos), todos publicados por Visor, Convendría añadir dos datos más para fijar esta opinión acerca de la envergadura del empeño: la reunión de sus reseñas en Los eruditos tienen miedo (Espíritu y lenguaje en poesía) (La Isla de Siltolá), donde al hablar de otros establece su canon al tiempo que esboza su particular poética, y la notable osadía de verter al español la poesía completa de Emily Dickinson (traducción que no mencioné en mi reciente comentario sobre la antología de la poeta norteamericana aparecida en Renacimiento porque la desconozco). Lo de Rey, en suma, no son las distancias cortas.
Llega ahora La fruta de los mudos (con otro premio bajo el brazo y también chez Visor: el Ciudad de Melilla y un título, cómo no, sorprendente) donde a mi modo de leer cristaliza su manera de decir, a todas luces singular dentro del panorama de la poesía española de esta época.
Sólo el primer, extenso poema, "La Hansa" (que toma a esa asociación mercantil del norte de Europa en la Baja Edad Media "como el símbolo de la solidaridad humana contra la muerte"), bastaría para justificar la edición del libro. Y para demostrar, de paso, lo que digo acerca del desconcierto. Ya ahí se ve de sobra que la de Rey es una poesía culta, discursiva, inspirada, cercana al surrealismo (por imaginativa, onírica y hasta automática), barroca... insólita. Se alegra uno de encontrarse con poemas que, a ciencia cierta, sería incapaz de escribir, alejados incluso de mis gustos literarios y de mis ideas. Siempre atrae aquello que resulta inasequible. No hace falta añadir que esa rica mezcla de elementos la dota de complejidad y que el lector ha de hacer un serio esfuerzo para estar a la altura de tan elevada propuesta. Es verdad que la propia fuerza expresiva induce a leer sin miedo. Las palabras se bastan en esos himnos -ora revelados, ora delirantes- que, aun sin comprender, parece que entiendes. Hay algo de melopea en esos cantos que suenan nuevos y distintos, sí, pero donde se aprecia la sutil carga de las tradiciones. La crítica suele asociar esta poesía a la de, pongo por caso, Neruda o Gimferrer, otro reconocido maestro confeso del cordobés y mentor suyo, pero, y perdón por la insistencia, a lo que en realidad suenan estos versos es a sí mismos, cadencias de una voz personal como pocas. Elocuente es, en este sentido, su irónico "Epígonos".
Al citado poema inicial le siguen otros, como el que acabo de mencionar, donde la cultura, la memoria, la crítica, la infancia (en poemas extensos como "El emperador de los castillos de arena", "La pelea de primos", "El escondite"), las mujeres (como el poema dedicado a la televisiva Verónica Mengod o los titulados "El ojo de la cerradura" y "Carta a una mujer vista en sueños"), el viaje y otras obsesiones cobran forma. Poemas de suficiente extensión como para merecer la condición de meditativos. La reflexión sobre la vida y sobre el mundo es intrínseca a la poesía de José Luis Rey, uno de nuestros más significativos poetas, siquiera sea por el esclarecido alcance de sus genuinas pretensiones líricas.
5.9.16
Letrillas del Mar de Cádiz
1
Iba camino de Cádizy me tuve que parar
porque estando en San Fernando
es pecado no mirar.
2
Llega el levante a Conil
y el cielo se vuelve blanco.
Sopla el levante en Conil,
y su color es mi ánimo.
3
Las arenas del levante
se levantan por doquier.
Ay, arenitas de Cádiz
volad hasta mi querer.
4
En las ruinas de Bolonia
el sol también es romano.
Bajo sus rayos, la sal
blanquea un viejo pasado.
5
Por los pinos de Los Caños
se nos fue una tarde entera.
Si la volviera a vivir,
tú volverías con ella.
6
Caminito de Barbate
le contaba yo a mi amor
que lo importante era el hecho
de llegar juntos los dos.
7
El faro de Trafalgar
ilumina la bahía
y el barco tiene una guía
para poder navegar.
8
En la azotea se agita
la ropa tendida al sol.
Mi alma como ella se seca
porque no tengo a mi amor.
9
Bajo la puerta, en la plaza,
la fuente una historia cuenta
y yo, para mis adentros,
la traduzco en triste pena.
10
El mar canta una canción
que puede no tener fin.
Uno, sin embargo, sí.
Me angustia ese terco son.
11
Las arenas de la playa
parecen no tener fin.
Por eso sueñas que son
un infinito confín.
12
Si las olas se suceden
sin principio ni final
es porque alguien las piensa
en su círculo inmortal.
13
La chiquilla de la playa
se tumba a tomar el sol
y el sol le dora la espalda
como si fuera charol.
14
Ay, el runrún de las olas
cómo me anima a viajar
y a atravesar los cien mares
que me separan de allá.
15
Desde Medina Sidonia
a veces uno ve el mar.
Si no con los de la cara,
con los ojos del soñar.
16
Vi en Vejer un patio blanco
y una escalera empinada
que subía a las estrellas
por los peldaños del alma.
17
Tarifa tiene murallas
para guardarse del mar.
Si ella se descuidase,
se la podría llevar.
18
Sobre la cal de mi casa
se para el sol a observar
si su color es más puro
que el de los granos de sal.
19
En la Cala del Aceite,
por entre Roche y Conil,
ni el levante ni el poniente
pueden castigo infligir.
20
Vi un barco atracado en Cádiz
y en él me quise montar
para llegar a La Habana
y en casa volver a estar.
Nota: Estas improvisadas letrillas gaditanas, fruto de la temeridad y del entusiasmo, se han publicado en el número 49 de la revista Sibila. Llevaban muchos años escritas y guardadas, a partir de una proposición del periodista cacereño Jeremías Clemente Simón, buen aficionado al flamenco (no digo que esto lo sea), de la que ni él mismo se acordará. A Patricia Ehrle le gustaron y...
4.9.16
3.9.16
Verano del 16
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| Murallas de Plasencia |
Odio el calor. El verano, por eso, me gusta cada vez menos. Sobre todo desde que, dizque a causa del cambio climático, las temperaturas suben de año en año. Éste ha sido, en Plasencia, tórrido y agobiante. Las noches, tropicales (queda bonito) e inclementes. De tapadillo, un meteorólogo lo ha confesado: la ola de calor, temperaturas por encima de los veinte grados en las madrugadas, ha sido permanente desde finales de junio. Ya lo sabíamos. La hemos sufrido. Sólo el paseo matutino al lado del río y con la fresca me aliviaba. Y los baños a mediodía en la piscina. A veces, también por la tarde. Y el aire acondicionado de casa, claro, para contento de nuestra compañía eléctrica.
Una de las pocas ventajas del oficio de maestro de escuela son las vacaciones. Por cierto, están sobrevaloradas. Son necesarias, sin duda. Más para los muchachinos que para los docentes. Pero se desaprovechan, al menos en mi caso, y, por culpa, sobre todo, del mencionado calor (que condiciona en estos lugares su duración, añado). Eso y que uno no es rico y, en consecuencia, no puede pasarse un par de meses viajando por ahí. Cuanto más al norte, mejor.
Por razones familiares (avalancha de sobrinos y una boda, de otra sobrina, el mismo día que se cumplían treinta y tres de la de uno), ni siquiera ha habido playa. En parte hemos ganado: el levante no ha cesado de soplar con fuerza en Conil. Sí hemos hecho algunas excursiones: a piscinas naturales de los alrededores (un lujo al alcance de cualquiera), a Trujillo (con parada y cena en su preciosa plaza y observación de estrellas en Monfragüe), a Sevilla (qué día mejor que el de San Lorenzo), a Cáceres y Salamanca...
Por razones familiares (avalancha de sobrinos y una boda, de otra sobrina, el mismo día que se cumplían treinta y tres de la de uno), ni siquiera ha habido playa. En parte hemos ganado: el levante no ha cesado de soplar con fuerza en Conil. Sí hemos hecho algunas excursiones: a piscinas naturales de los alrededores (un lujo al alcance de cualquiera), a Trujillo (con parada y cena en su preciosa plaza y observación de estrellas en Monfragüe), a Sevilla (qué día mejor que el de San Lorenzo), a Cáceres y Salamanca...
Hablé de la piscina y acaso los mejores ratos de la canícula los hayamos pasado, entre cañas y veras, charlando con dos curas: Pepe Hermoso y mi hermano Fernando. Y con los hijos, claro. Aunque nos han salido de secano, uno los vuelve a ver un poco más de lo corriente entre julio y agosto. Al menos a Alberto.
Como los de Facebook no avisaron y los del periódico Hoy tampoco sacan ya mi fotino, este año me han felicitado por mi cumpleaños cuatro íntimos: la familia más cercana y dos amigos. Gracias. A eso hemos llegado. Es divertido y humaniza bastante. Además, como tampoco gasto whatsapp...
De las lecturas veraniega iré dando cuenta aquí. Han sido menos de las previstas (el calor es incompatible, pongo por caso, con la poesía hermética y con el ensayo), pero le han deparado a uno momentos felices. No es poco.
A pesar de todo, seguimos. Con el blog, digo. He vuelto, como cada poco, a replantearme si esta aventura merece la pena. Parece que sí. Para uno, al menos. Por ahora.
Como los de Facebook no avisaron y los del periódico Hoy tampoco sacan ya mi fotino, este año me han felicitado por mi cumpleaños cuatro íntimos: la familia más cercana y dos amigos. Gracias. A eso hemos llegado. Es divertido y humaniza bastante. Además, como tampoco gasto whatsapp...
De las lecturas veraniega iré dando cuenta aquí. Han sido menos de las previstas (el calor es incompatible, pongo por caso, con la poesía hermética y con el ensayo), pero le han deparado a uno momentos felices. No es poco.
A pesar de todo, seguimos. Con el blog, digo. He vuelto, como cada poco, a replantearme si esta aventura merece la pena. Parece que sí. Para uno, al menos. Por ahora.
2.9.16
Cărtărescu dixit
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| (Cosmin Bumbuţ) |
Mircea Cărtărescu conversa con Ferrán Bono en Babelia. Éste le pregunta: ¿Sigue siendo la poesía “el objeto más valioso del mundo”, como ha escrito? El rumano responde: "Hasta los 32 años escribí poesía en el sentido de género literario. Luego dejé radicalmente de hacerlo en una especie de suicidio ritual, con la esperanza de una resurrección. Afortunadamente, tuvo lugar porque toda mi prosa es algo más".
Dice el poeta español Francisco Brines -continúa el periodista- que la poesía no tiene público sino que tiene lectores. ¿Está de acuerdo? Y Cărtărescu: "No hay una época en que la poesía no haya estado en peligro. No ha tenido nunca muchos lectores. La agonía es su forma natural de existir. Solo con el tiempo algunos poetas logran formar parte de nuestro canon cultural, pero en su época vivieron la frustración de que poca gente leía su obra".
Antes, Bono le había preguntado si se puede ser un gran escritor sin apenas haber vivido experiencias. Según el autor de El Levante, "No existe el escritor, sino escritores, diferentes, algunos con vidas rocambolescas, y otros que son funcionarios toda su vida. Kafka, que parece no haber vivido la vida, pero es muy imaginativo e incluso interiormente más complejo que quien ha recorrido todos los continentes y ha vivido todo tipo de aventuras. No sé si Tolstói luchó en el Cáucaso, pero describió las batallas como si hubiera estado allí".
1.9.16
La vida lánguida de Manolo Silvela
Es un acierto que la editorial Pre-Textos rescate del olvido el diario que Juan Manuel Silvela Sangro (Madrid, 1932-París, 1965) escribió entre los años 1949 y 1958, publicado póstumamente en Prensa Española en 1967 con el título Diario de una vida breve. Uno ha ido postergando su lectura hasta el verano a sabiendas de que ese retraso deliberado era comparable a cualquier acción que sabemos de antemano gustosa. Un diario breve, sí, tanto como la vida que narra.
Que la preciosa edición vaya con un prólogo de José Muñoz Millanes es otra suerte. De hecho, en ese prefacio está todo lo que cabe decir (o casi) del libro. Que se recupere el prólogo (aquí epílogo) de Julián Marías redondea la fortuna de esta edición que no pocos han celebrado ya como es debido.
Marías, recuerda Millanes, habló de fragilidad para referirse a este diario "de formación o aprendizaje". Es una palabra clave. Da el tono. De salud quebradiza (qué interesantes las anotaciones en la casa de reposo serrana de Fuente Pizarro), en un reconocimiento médico para la Escuela Diplomática le diagnostican una severa cardiopatía («Tiene usted un corazón de pato. El clásico corazón de pato») que a la postre le llevará a la muerte, tras una operación en el parisino Hospital Americano de Neuilly.
Destaca el prologuista la presencia de la madre, inquieta "embajadora de lo nuevo" en el Madrid de los cincuenta, separada de su marido, miembro, como el resto de la familia, de la alta sociedad de la época. La familia es capital en su vida, como en la de cualquiera. Rememora momentos de su feliz infancia en la casa de Benavente ("Llevo en la sangre el nombre de Castilla"). Reconoce, al final de sus días, como nos cuenta Millanes, su agobiante, nefasta influencia. En medio del psicoanálisis que le lleva a Suiza (dice que se está "desneurotizando") y que no llegó a culminar. En estas páginas hay un declarado elogio de la vida burguesa, en su sentido más noble, y en el caso de Silvela con una notable inclinación a la cultura y al arte, lo que de verdad le importaba a este escritor malogrado. Otros nombres protagonizan su íntimo diario. El pintor Gerardo Rueda, por ejemplo, u Ortega y Gasset (emotivas son las notas sobre su muerte y posterior entierro) y su discípulo Julián Marías, que tan bien le llegó a conocer a tenor de lo leído en su espléndido epílogo (en la primera edición, ya se dijo, prólogo) donde menciona su muerte "tan a destiempo", que el suyo no es el diario "de un enfermo, sino de alguien que vive con una impresión reforzada de incertidumbre", que aborda una "reconstrucción de la vida cotidiana", que tiene "una veracidad sorprendente" y "una fuerte dosis de realidad". Lo califica, con acierto, de "diario en tono menor", "velado de grises, hecho de bondad y buena educación". En lo que al tono respecta, esa idea que viene reforzada por el estilo de la prosa de Silvela, "pulcra", al decir de Marías, "con una naturalidad que no afecta al desaliño -la naturalidad de una persona realmente cultivada-". Todo es aquí muy de "verdad", una gran lección.
Paseante (de flâneur lo califica Millanes: "La calle es mi paisaje"), melómano vocacional y con criterio, noctámbulo y solitario ("Hay que saber estar solo"), viajero frustrado (le gustaba irse al aeropuerto a pasar el rato: "Soñar que viajo, pero siempre querer viajar". "Recordar es viajar"), lector culto e insaciable ("Lo único que puedo hacer es leer. El único consuelo que me queda son los libros"), observador de los mínimos detalles, delicado personaje de la escena social y cultural madrileña, estudiante de Derecho a su pesar, espectador de atardeceres, amante de la poesía (Rilke, Valverde, Vivanco) y de los jardines (que viene a ser lo mismo), trabajador eventual y poco convencido, religioso a su manera, Manolo Silvela (como se llama a sí mismo y como era conocido por los suyos) tuvo muchas amigas ("las muchachas" las denomina Marías) y, acaso, un gran amor, el que se perdió con su prematura muerte ("Dios mío: no tengo ninguna prisa por morirme", anotó el 15 de junio del 58, siete años antes). Por Anna, italiana de Liguria, destinataria de Cartas a Anna, publicado también en Prensa Española en 1970. "Hay una tendencia a la idealización, a los amores imposibles", dice Millanes. O por Grace Kelly, pongo por caso, con quien coincide una tarde de toros en Las Ventas. O por Gaby, una cría. "La mujer abismática, paisaje sumergido".
"La vida no es nada -anota el 16 de enero del 49, cuando tenía 17 años-, está ahí para que la hagamos nosotros". Quería que fuera "a toda costa autobiografía". Para muestra...
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