17.12.21

Los haikus de Medrano

Carlos Medrano (Salamanca, 1961), hijo de un extremeño de Valencia de Alcántara y de una salmantina de Lagunilla, ha vivido en Extremadura, Valladolid y Mallorca, donde reside desde hace 25 años y acaba de jubilarse como profesor de instituto.
Es autor de los libros de poesía Corro (1987) y Las horas próximas (1989), así como de las plaquettes A lo breve (1990) e Imágenes, encuentros (1996). Salvo esta última entrega, todas se editaron en Extremadura.
Además, sus poemas están incluidos en la antología de poetas vallisoletanos Sentados o de pie, 9 poetas en su sitio (2013). En 2016 reunió algunos poemas de su blog, isla de lápices, con el título Donde poder volver.
Precisamente en ese blog –“un intento de recuperar o mostrar ciertos momentos literarios”, según él–, se han venido publicando los poemas que ahora se recogen en Entorno claro, un libro que de nuevo ve la luz en tierras extremeñas, a las que el poeta se siente vinculado a través de sus vivencias (las de infancia en Don Benito y las de juventud en Cáceres, como estudiante de Filología en la Facultad de Letras de la Universidad de Extremadura) y de sus contactos literarios con los poetas extremeños de su generación, la de los 80 o de la Democracia.
Este es, sin duda, un libro esperado para quienes hemos seguido la guadianesca y casi secreta trayectoria poética de su autor. Espera otro, agazapado también entre las páginas de la citada bitácora, un verdadero cuaderno de trabajo lírico.
Se ve a las claras, eso sí, que las prisas no van con Medrano, de ahí que nos encontremos con una obra madura y bien asentada, de meticulosa ejecución y cuidada hasta el extremo que se adecúa perfectamente al limpio diseño de la colección en la que se inserta, ideado por Julián Rodríguez.
Comentaba José Corredor-Matheos en su ensayo “Haiku, el vacío en el que todo se sustenta” que “el interés por el haiku que se está produciendo en Occidente, a pesar de las modas –que ya pasarán– y de los oportunismos –ya se cansarán– resulta, con todo, positivo”. A pesar de la creencia general, “opuesto” al minimalismo, donde “se da lo mínimo porque es esencial”. “Más que decir –añade– se trata de sugerir, de dejar adivinar”. A la busca de “algo que es instantáneo”, un “algo” que “se revela tan fugazmente porque, en el fondo, es el aroma de la nada”. Cita luego a Vicente Haya, experto en la materia: “No es el poeta el que escribe el haiku. Es el mundo el que lo escribe”.
En su elocuente “Epílogo” (que suma ensayo, poética y autobiografía), Medrano explica su proceso con esta estrofa que tan bien se ajusta a la forma de decir de quien no es verboso ni palabrero y tiende a la concisión inmanente a la mejor poesía. Ese largo camino empieza a mediados de los ochenta, con la lectura de los primeros libros de haikus publicados por la editorial Hiperión y su encuentro con los poetas Antonio Piedra y Francisco Pino, después de JRJ, “una de las figuras más atrayentes de la poesía lírica del siglo XX y una aventura poética de las de mayor creatividad y experimentación de nuestra poesía contemporánea”. Los reunidos aquí están escritos entre 2010 y 2020, más alguno añadido mientras se preparaba la edición del libro.
Entorno claro lleva por subtítulo “Haikus, jaiquillas”. En A lo breve incorporó lo que se denomina jaiquilla, forma que toma de su maestro Antonio Piedra (que “Rosa Chacel acabó de ajustar”) definida por su inspirador como “una quilla racional en medio de un instante lírico”. “Entre el haiku oriental y la estrofa breve castellana”, según Medrano, aunque ni sea seguidilla ni, en rigor, haiku. Ese cuaderno se publicó en la colección La Centena por invitación de Ángel Campos Pámpano, autor de dos libros de tankas (una suerte de haiku con dos versos más), poeta y amigo inseparable de este proyecto poético y vital. De hecho, un poema, “Invitación al alba”, escrito con motivo de su inesperada, prematura muerte, supuso la vuelta de Medrano a la poesía “tras muchos años de silencio”.
Defiende éste que los tankas de aquél no son “algo menor y perdonable de su obra”, sino todo lo contrario. En el referido epílogo leemos: “El haiku para mí no es una estrofa ni un género, mucho menos una moda –cuando es así, asistimos a su trivialización o a un uso superficial y vacuo– sino una modalidad poética cuya brevedad y espacio es suficiente para reflejar y acoger unas señales externas o una emoción del autor en sintonía con el espíritu con que lo concibieron sus primeros cultivadores orientales para los cuales el haiku era parte de una forma de vida en contacto con la naturaleza. Tanto al escribirlos como al leerlos es necesaria una actitud y comprensión de la contemplación, el retiro y el silencio desde donde llegaron a formarse, y que en algunos casos era una vía interior del camino de la purificación y la conciencia. En el mejor de los sentidos, hay que tener esto en cuenta al asomarse a ellos. Lo demás es desvirtuar, como incluso se ha hecho. Pero el ruido es siempre el fondo descartable que no ha de interferirnos en lo fundamental de lo que hacemos”.
Pero no estamos ante un libro de haikus al uso. Su “particularidad […] consiste en que los poemas que lo forman van escritos en haikus enlazados. Es decir, en un momento dado surgió escribirlos en una sucesión que permitía un poema con un desarrollo mayor al de la imagen puntual contenida en tres versos, capaz así de albergar una reflexión, una pintura más amplia, una escena lograda con una suma en varios tiempos”, explica Medrano.
Las agrupaciones suelen ser de cuatro, aunque las hay más largas, y todos llevan título; casi siempre, una palabra sola. Tienen, pues, un sentido de la composición que los sustancia y enaltece.
Una jaiquilla: Entorno claro, / y oigo, brisa serena, / sed sin centros, “escrita en Artà en 1994”, le ha servido para titular el libro. “Y ese tono sereno y satisfecho con la no pocas veces difícil tarea de vivir, y en una comunicación cotidiana con los elementos de la naturaleza próxima es el gozne presente a lo largo de todas estas páginas”, agrega.
Lo abren seis epígrafes muy bien elegidos. Escojo dos, ambos portugueses: “El paisaje es realmente un estado del alma”, de Miguel Torga, y “Nunca dejes de conmover”, de Sophia de Mello Breyner.
Aunque sin voluntad ortodoxa, ya se ha visto, Medrano se ciñe, más allá de la métrica, a ciertas normas inherentes al espíritu del haiku. Así, la presencia insoslayable de la naturaleza o una aguda capacidad de observación. Tampoco se escapan al carácter de impromptu, por más que hayan sido concebidos desde una conciencia meditativa. Y sí, lo meramente descriptivo es superado casi siempre por la natural metafísica que los seres y las cosas imponen. Lo sensitivo se aúna a lo racional. El sentimiento con el pensamiento. Sentido y sensibilidad, se podría decir.
El vocabulario elegido para nombrar su mundo es sencillo y atiende a lo que importa, sin vanas retóricas. Palabras que son símbolos la mayor parte de las veces. Palabras elementales como luz, agua, aire, cielo (en el título de varios poemas), jardín, árbol, nube, montaña, bosque, niebla, mar…
Sí conviene fijarse en la sintaxis, muy particular en Medrano, buen lector de los clásicos castellanos de nuestro Siglo de Oro.
Poemas estos apegados a lo próximo, a lo que le pasa allí donde está (“Mallorca, al norte”, pongo por caso). Mientras pasea, por ejemplo, o cuando conduce por una tranquila carretera de la isla o va a otro lugar: Gerona (“Jardí dels Alemanys”), Yuste (Medrano residió en el cercano pueblo de Jaraíz de la Vera, una comarca que conoce bien), Sesimbra (“Indolencia”)...
Poemas de la mirada que nombran con detalle lo que está “ante mi vista”: “Desde la cima / la mirada descubre / cada minucia”, leemos en “Cita”. Escritos para detener el tiempo. Para leer despacio, única manera de apreciar como es debido su elegancia y delicadeza. En la “sencilla calma”, como ocurre en “Lentitud”.
Poemas con conciencia, como “Fukushima” (el que tiró al parecer de la serie), “Tsunami” o “Ira”, que evoca las inundaciones de Sant Llorenç des Cardassar, en octubre de 2018.
Poemas que conversan con otros o que homenajean a alguien (a los hermanos Machado en “Canción de tarde”, a Campos Pámpano en “El tiempo ileso”). La poesía como diálogo. De uno consigo mismo y de éste con los demás.
Los cambios de las distintas estaciones del año (“Preludio”: “Si ves mimosas…”) y las variaciones meteorológicas son también caldo de cultivo de estos haikus articulados.
El primero de “Inicial” dice: “Así escribo / tus manos en mis ojos / aceptando el silencio”. No es la única ocasión en la que alude a lo que el poeta tiene entre manos, en giro metapoético. Ya que lo menciono, el lector curioso puede realizar otra lectura si revisa los poemas en el blog. Lo digo porque allí suelen llevar al pie un comentario del autor que completa, ilumina o complementa la que uno hace en el libro. No sé si hubiera sido pertinente añadir esos textos, a modo de anexo, al final del libro, aun constatando la evidencia de que su consulta no es necesaria ya que los poemas de sostienen por sí solos.
Mucho ha tardado Carlos Medrano en dar a la imprenta un nuevo libro. No cabe duda de que la espera ha merecido la pena. Por la buena acogida, con tiempo jubilar por delante, vendrá pronto alguno más.
 
Entorno claro
Carlos Medrano
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2021. 78 páginas. 9 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.

16.12.21

El deseo de amar

Hacía tiempo que le seguía la pista a Fa yeung nin wa (花樣年華) o In the mood for love (en español, Deseando amar), la famosa película de Wong Kar-wai, un director de cine nacido en Shanghái, pero hongkonés de residencia desde los cinco años. 
Cuando volvió a las salas de cine, veinte años después de su estreno, pensé que esa posibilidad se acercaba, pero uno vive en Plasencia y lo que llega es muy comercial. Por lo demás, ni veo ni compro películas en internet. 
Deseando amar se estrenó en el Festival de Cannes, donde ganó el Premio del Jurado y uno de sus protagonistas, Tony Leung, el de Mejor Actor. 
La primera vez que oí hablar de Kar-wai y de esta película fue en Días de cine, un programa de TVE que sigo con fidelidad desde hace años. En esa misma cadena la pude ver por fin el pasado sábado en otro programa que me gusta: El cine de la 2. Está en Play hasta pasado mañana. 
Yo no sé si se trata de una obra maestra (la crítica es prácticamente unánime), pero puedo asegurar que no me ha decepcionado. Sí, diría que es una de las mejores películas que he visto. 
Copio de la página de Filmin el argumento: "Hong Kong, 1962. Chow, redactor jefe de un diario local, se muda a un nuevo piso con su mujer. Allí conoce a Li-zhen, una joven que acaba de instalarse en el mismo edificio con su esposo. Ella es secretaria de una empresa de exportación y su marido está continuamente de viaje de negocios. Como la mujer de Chow también está casi siempre fuera de casa, Li-zhen y Chow pasan cada vez más tiempo juntos y se hacen muy amigos. Un día, ambos descubren algo inesperado sobre sus respectivas parejas". 
Simple, tal vez, pero en eso consiste la magia del cine: en transformar lo anecdótico, cotidiano y hasta banal en una obra de arte, y Deseando amar lo es. Además, no trata del amor, un tema redundante en el cine, sino del deseo de amar, que es otra cosa. Tampoco podemos reducir la trama al amor imposible. La complejidad es otra.
Leo que "el título original en chino significa 'la época de florecer' o 'los años floridos' -metáforas chinas que hablan sobre la fugaz época de la juventud, belleza y amor-" y que procede de "Hua yang de nian hua", canción homónima que interpretaba Zhou Xuan en una película de 1946 y que Kar-wai recupera para la suya. 
Al parecer, el director tenía planeado llamar a la película Secrets (lo que tiene todo el sentido, como saben quienes la han visto), hasta que escuchó la hipnótica canción de Shigeru Umebayashi. 
Se rodó en el Barrio Chino de Bangkok, que se parece más al Hong Kong de los 60. El rodaje se prolongó durante quince meses.
Porque se trata de cine, la fotografía es esencial. Y para darle categoría artística a su historia, Kar-wai contó con el australiano Christopher Doyle, su inseparable director de fotografía. La imagen del pasillo del apartamento de Chow en Singapur con las cortinas rojas movidas por el viento... Y mil más. Se aprecia que esta película está hecha fotograma a fotograma. Qué sucesión de maravillas. Qué gama de colores. 
Acepto que por momentos pueda pecar de preciosista. Hay mucha técnica y numerosos recursos cinematográficos detrás. 
Y la música... Para empezar, "Yumeji's Theme", del citado Umebayashi, tema principal de su banda sonora. Para seguir, las canciones de Michael Galasso, Bryan Ferry y Rebecca Pan. Y los tradicionales pingtan, fragmentos de operas cantonesas. Y qué bien encajan en la cinta "Aquellos ojos verdes", "Te quiero, dijiste" y, sobre todo, "Quizás, quizás, quizás" interpretadas por Nat King Cole (canciones que llegaban al Hong Kong de los sesenta a través de Filipinas). 
Para atesorar tanta belleza hacían falta algunas cosas más. La de Maggie Cheung, la mujer protagonista, por ejemplo. La suya y la de su esplendorosa, imprescindible colección de qipaos (vestido tubo, con cuello cerrado y aberturas laterales) que luce a lo largo del film. Lo explica muy bien Yingqiao Pan, de la Universidad Complutense, en su "Análisis de la moda femenina en In the mood for love desde una mirada semiótica". Esos vestidos son, sin duda, otra maravilla. Otro acierto en ese camino de perfección. 
No sé si Deseando amar es poesía, pero si no lo es se le acerca mucho. Más allá de los tópicos. Ahora hablo como lector de un género que se escapa -aquí se comprende muy bien- a cualquier taxonomía.
Todo es refinamiento, elegancia, misterio, sutileza. Buen gusto, en suma, como destaca el crítico Raúl Alda. 
La parte final, filmada en un templo de Camboya, abrocha la película de una manera sublime. Todo cobra sentido. 
Quedan dando vueltas en mi cabeza las palabras finales de una voz en off: "El pasado es algo que podemos recordar, pero no tocar, y todo lo que se recuerda es borroso y vago".

15.12.21

El discursino del "Torre de Ambroz"

Buenas noches. Autoridades, señoras y señores, familiares, queridos amigos.
 
Mis primeros recuerdos de Pedro de Trejo se remontan a mi infancia, cuando me acercaba con mi tío Paco hasta su sede, en aquel caserón esquinado y umbrío de la plazuela de El Salvador, para celebrar con algunos miembros de la asociación la fiesta de Navidad.
Además de a su actual presidente, en lo personal, esta asociación está vinculada al erudito Manuel Díaz López, pariente mío (por eso, en casa, se le llamaba cariñosamente Manolito), funcionario del Ayuntamiento (como mi abuelo Vicente y mi madre), cordial conmigo en el tímido trato, al que visité una vez en su misteriosa casa de la calle Pizarro (ahora de La Tea), llena de cómics y de libros, antes de una procesión de la cofradía de la Vera Cruz, de la que fui penitente.
Fue el responsable de la excelente elección del nombre de este ateneo, tomado del novelesco poeta placentino emigrado a México que, joven aún, y condenado a galeras, desapareció para siempre después de embarcarse. Un infausto final que no vislumbró al escribir estos versos: Quando me den sepoltura / en aquesta triste vida, / en mi tumba esté esculpida / mi Razón y desventura.
Don Manuel –hombre ensimismado, tan singular como solitario, siempre pegado a su paraguas negro– forma parte, junto a otros venerables (como denominaba don Román Gómez Guillén, compañero de claustro en el Seminario Menor, al núcleo duro de Pedro de Trejo), don Manuel forma parte, decía, del elenco de personajes, más o menos inventados, de mi segunda y última novela: Alguien que no existe, lo que no deja de ser una suerte de homenaje.
Uno ya ha contado que duró como afiliado de esta asociación cultural el mismo tiempo que algunos famosos poetas españoles del 50 en el Partido Comunista: un rato. Y todo, o casi, por incluir en una modestísima revista tirada a ciclostil que llevaba su logo, impresa con la ayuda de la recién creada oficina del Ministerio de Cultura en Plasencia (donde trabajaban mi pariente Pedro Berrocoso y su amigo Juan Paiva) unos cuantos poemas vanguardistas (versos ajenos, por supuesto, ya que uno siempre ha sido poco dado a los volatines, siquiera fueran literarios), ingenuas composiciones pirotécnicas que, con todo, consiguieron molestar a los directivos de esta santa casa.
Una casa vetusta (en el mejor sentido), pues su trayectoria es larga. Pionera en la defensa de la cultura en una tierra marcada por la incuria. E independiente, lo que se demuestra por las diferentes ideas que sus integrantes sostienen sin que ello les impida reunirse en torno a un mismo proyecto. Sólo por eso –rara avis en este país cainita– la muy placentina Pedro de Trejo merece todo mi respeto. 
Ya en 2015, se sintió uno concernido cuando se concedió el premio “Torre de Ambroz” al Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán, que fundamos Gonzalo Hidalgo Bayal y yo, para entonces dirigida con solvencia por Juan Ramón Santos y Nicanor Gil.
Si repaso la lista de premiados, no puedo por menos que sentirme cercano a algunos de ellos. Así, además de al citado Manolo, a don Rafael, el cura bueno e inteligente que nos casó a Yolanda y a mí hace treinta y ocho años; a mi admirado José Julián Barriga, voz crítica de la Extremadura civil que no se conforma; o a mi compañero de jurado en el premio “Gabriel y Galán”, Fernando Flórez del Manzano, víctima de esta maldita pandemia que no cesa.
Felicito, cómo no, al Círculo Empresarial Placentino por su reconocimiento; entidad a la que es justo agradecer su mecenazgo cultural y su afán por desarrollar el comercio y la industria en esta complicada ciudad de nuestros amores.
Por lo relatado hasta aquí, resulta fácil deducir que este premio, inmerecido como todos, me honra. Más allá, en la intimidad de los sentimientos, me alegra. Porque premiáis a la pobre poesía.
Muchas gracias, en fin, a la Junta Directiva que ha tenido a bien concedérmelo, y a todos ustedes, a todos vosotros, por acompañarme.







NOTA: En la fotografía de arriba, con el alcalde Pizarro y el presidente de la Asociación Cultural Placentina 'Pedro de Trejo'.
En las de abajo, uno leyendo el discursino y los premiados, autoridades, empresarios y miembros de la Junta Directiva.
El emotivo acto se celebró en la hermosa capilla De Profundis (dispuesta bajo bóvedas de crucería en estrella levantadas en el siglo XV) del Parador de Plasencia.
La "torre" está tallada a mano por los hermanos Crespo. 

14.12.21

Premio "Torre de Ambroz"


Agradezco el detalle a 'Pedro de Trejo', la asociación cultural más antigua de la ciudad. Lo recoge el HOY y en El Periódico EXTREMADURA

12.12.21

En el centenario de Elizabeth Schön


Doy por hecho que algunos, como yo hasta hace nada, desconocen la existencia de la escritora venezolana Elizabeth Schön. Con motivo del centenario de su nacimiento (en Caracas, donde muere en 2007), Marina Gasparini Lagrange, a través de la Fundación para la Cultura Urbana y el Archivo Fotografía Urbana ha tenido la feliz idea de coordinar este homenaje, "Lectura a voces", donde distintos autores venezolanos (poetas y no) leen fragmentos de su poema en prosa "El abuelo, la cesta y el mar". Y qué hermoso coro para dar voz a ese emocionante texto. 
El listado completo de los lectores, por orden de intervención, es este: Marina Gasparini, Luisana Itriago, Edda Armas, Joaquín Marta Sosa, Samuel González, Blanca Strepponi, Yolanda Pantin, Rafael Castillo Zapata, Verónica Jaffé, Gina Saraceni, Luis Moreno Villamediana, Milagros Socorro, Luis Enrique Pérez-Oramas, Katyna Henríquez, María Clara Salas, Santiago Acosta, Miriam Reyes, Lázaro Alvárez, Antonio López Ortega, Natasha Tiniacos, Jesús Montoya, Geraldine Gutiérrez-Wienken, Alexis Romero, Ricardo Ramírez Requena, Carmen Verde Arocha, Gabriela Kizer, Nidia Hernández, Alejandro Castro, Blanca Elena Pantin, María Antonieta Flores y Alfredo Chacón.
Puedo añadir que no es menos extraordinaria la colección de fotografías que ilustra el vídeo. Están realizadas por el marido de Schön, Alfredo Cortina, que no dejó de retratarla nunca. Vivieron juntos en la quinta Ely, ubicada en la urbanización caraqueña de Los Rosales. 
Gasparini me cuenta que quien aparece usualmente en las fotos con ella es Ida Gramcko, "otra de nuestras grandes poetas, que fue hermana de vida de Elizabeth Schön", además de vecinasLa autora de "Cementerio judío de Praga" y del excelente prólogo que abre la edición de "El abuelo..." de la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos de Monte Ávila. 
Disfrútenlo. 

Elsa Gramcko, Elizabeth Schön e Ida Gramcko (Alfredo Cortina. Puerto Cabello, 1940. © Archivo Fotografía Urbana)












9.12.21

Mary Shelley, poeta

Son muchos los libros, ay, que pasan desapercibidos, o casi. Me temo que este es uno de ellos. Y no será porque sea de una desconocida. O porque se publique en una editorial minoritaria. Es más, los poemas de Mary Shelley, la veinteañera autora de Frankenstein, se traducen aquí por primera vez, aunque en la página web de Visor no se mencione por ninguna parte el nombre de la traductora: Victoria León.
La escritora londinense vivió entre 1797 y 1851 y era hija de los filósofos William Godwin y Mary Wollstonecraft, que escribió La Vindicación de los Derechos de la Mujer, al parecer, libro fundacional del feminismo. 
Muy joven inició una relación sentimental con el poeta y filósofo romántico Percy Bysshe Shelley, que estaba casado. Pasaron un verano en Suiza (clave en su carrera de escritora), viajaron por Europa y al regresar a Inglaterra –ella embarazada– sufrieron el aislamiento social, tuvieron deudas constantes y se les murió su hija. Dos años después se casaron, tras el suicidio de la primera esposa de Percy. Vivieron una relación apasionada, donde no faltaron nuevas desgracias, como el fallecimiento de dos hijos más. Residiendo en Italia, su marido, que aún no tenía treinta años, se ahogó en una tormenta mientras navegaba en su velero Don Juan
“Los poemas Mary Shelley nos explica León en su esclarecedor prólogo quedaron en gran parte inéditos en vida de la autora y han permanecido hasta hoy prácticamente desconocidos para el público, llegándonos dispersos a través de sus diarios o publicados en revistas de la época”. “Siguen sin contar, hasta donde sabemos, de una edición crítica y rigurosa”. Y añade: “No es raro en la historia literaria que el gran éxito de un autor en un género determinado ensombrezca el resto de su obra incluso a sus propios ojos”. Cree que “la enorme calidad” de su poesía “hace necesario conocerla y sacarla a la luz como en muy pocos de esos casos”. Destaca de ella su “extraordinaria intuición” y subraya que “vuelca su dolor, sus recuerdos y su profunda melancolía en unos poemas íntimos cuyo tono menor y confesional, como si hablara consigo misma en un ejercicio catártico y privado, hoy nos resultan más naturales y cercanos que la grandilocuencia del romanticismo más retórico”. 
Fueron escritos durante la década de 1820 y 1830, después de la fuga amorosa, el rechazo familiar y social el duelo por la muerte de sus hijos y, en fin, aunque hubo más acontecimientos lamentables, el “absurdo naufragio” que se llevó para siempre al amor de su vida. Desde ese momento su existencia fue, no lo dudamos, otra. Al lado de un hijo de Percy que la haría al cabo más llevadera
Son, sí, poemas “palpitantes y obsesivos, nacidos al calor de una sensibilidad en carne viva, pero también de una mente enérgica e inconformista que desesperadamente busca asideros en el abismo de una existencia trágica”. Así, “la contemplación de la naturaleza” y “la belleza del paisaje italiano”. Precisa que “incluso cuando nos hallamos ante puras destilaciones del dolor más íntimo, los versos de Mary Shelley cuentan con el poso de una madurez creadora que sabe dar serena y sólida arquitectura a la expresión poética, tanto en sus manifestaciones más breves y musicales como en los poemas más extensos y discursivos”.
Pocos son los que componen este libro. En París debieron perderse sus primeros versos. No importa: bastan. Son de amor y giran, salvo excepciones (como “Una escena nocturna”, de un “delicado erotismo”, dedicado a su amiga de adolescencia Isabel Baxter y que León adelantó en la revista literaria digital La salamanda ebria), en torno a ese suceso inasumible que la separó de su joven amado.
“El elegido” abre la serie. Es extenso y acaso el poema fundamental del conjunto (ya publicado por León, con una nota aclaratoria, en el número 145 de la revista Clarín a principios de 2020), donde leemos: “El que elegí. El mío. El que tuve y perdí / bajo un rojo crepúsculo del último verano”. “Con él me abandonaron la vida y la esperanza”. “El cielo es una cripta; toda Italia, una tumba”. “Aquí, en este pasado, se sostiene mi espíritu”.
Le siguen, entre otros, “La ausencia” (“¿No hay estrella que alumbre tanta noche? / ¿Ni amanecer que traiga algún consuelo?”), “Un canto fúnebre” (“Sobre la arena yaces, amor mío”), “Cuando yo me haya ido, esta arpa que suena” (“¡Oh, Memoria, bendito por siempre tu consuelo!”), “Olvidaré tus ojos cargados de ternura” (“Aunque sea de noche, tú no regresarás”), “Tristemente arrastrados por las olas” (“¿Por qué tardas? Ya nunca construirás / en el sereno bosque nuestra casa”), “Tu sol sigue brillando, hermosa Italia” (un hermoso poema epigramático de regusto clásico donde escribe: “Guardan tus bellos campos / las sagradas cenizas del que se fue tan pronto”), “Igual que una estrella surgiste en mi vida” (“Será la memoria cura en mi dolor”) o “Ven a verme en mis sueños” (“No habrá para mí mayor regalo”). 
Al margen de ese tema, “Oda a la ignorancia” (otro poema largo donde hace alusión a los políticos, que “cantan de alegría / y reciben el oro de su oficio / sin mezcla alguna de plebeyo esfuerzo. / El pueblo desempeña, mientras tanto, los trabajos pesados y padece: es la suerte que el vulgo ha de sufrir) y “Fama” (irónico poema dedicado a otro político: Edward Bulwer-Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya). 
Me gustaría destacar la pulcritud con que están traducidos estos versos. Se nota a la legua que Victoria León es poeta. Y una consumada traductora del inglés (a veces, en colaboración con Luis Alberto de Cuenca). De autores como Oscar Wilde, Ford Madox Ford, R. L. Stevenson, Arthur Conan Doyle, Alfred Tennyson, Rudyard Kipling, William E. Henley y Edward FitzGerald.
Anota en el citado prólogo que ha querido ofrecer “una versión en la que el objetivo primordial fuera armonizar la fidelidad  al espíritu de cada texto original con su eficacia como poema en la lengua de llegada”. Lo consigue, sin duda. Lo “poético” prima sobre lo meramente “literal”, lo que hace más loable el “descubrimiento” de la poesía de Mary Shelley. 
 
Poemas
Mary Shelley
Traducción de Victoria León
Visor, Madrid, 2021. 80 páginas. 12 €

 NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO





4.12.21

Morandi de nuevo

Salvo en el Thysssen (donde hay dos cuadros suyos), nunca había visto obras de Giorgio Morandi (en la realidad de su presencia, quiero decir) hasta que el pasado lunes visité en Madrid la exposición que la Fundación Mapfre ha dedicado al artista italiano. "Morandi. Resonancia infinita" está comisariada por Beatrice Avanzi y Daniela Ferrari y ha contado con la asesoría científica, selección de arte contemporáneo, de Alessia Masi, autora del texto que abre el catálogo: "El eco perdurable de Morandi". 
Se recorren en ella, óleos y grabados mediante, varias estaciones pictóricas del pintor boloñés de Via Fondazza: los inicios, los encantamientos metafísicos, los paisajes de duración infinita (por los alrededores de Grizzana, en los Apeninos, donde pasaba los veranos), el perfume negado (de las simbólicas flores), el timbre autónomo del grabado, los colores del blanco y los diálogos silenciosos (con los objetos de sus naturalezas muertas). Al fondo y siempre, la luz.
Apenas salió de su cuarto-taller. Aislado, leía a Leopardi y a Pascal. Y aprendía de los viejos maestros: Giotto, Masaccio, Uccello, Piero della Francesca, Chardin y Corot; y de los más cercanos: Cezanne, Picasso, Braque, De Chirico, Carrà...
No hace falta decir que ese intenso paseo por su pintura me ha emocionado. No en vano es uno de mis pintores favoritos. De entre los contemporáneos... En diciembre de 1999 publiqué en Nueva revista un artículo extenso sobre él que no deja de ser una poética. Lo titulé "Morandi, el mismo cuadro". "Quien interprete la pintura contemporánea en clave de poesía, de lo absoluto y perenne de la poesía, deberá, creo, pronunciar diversos nombres, y uno ante todos: Morandi", afirmó con tino C. L. Ragghianti.
Los que componen esta muestra dialogan, además, con obras de otros artistas. Las que más me han gustado son de Bertozzi & Casoni (ceramistas, como Luigi Ontani), Edmund de Waal (el autor de La liebre con ojos de ámbar opta por lo blanco y minimalista), Tony Cragg (su instalación de vidrio esmerilado impone), Alfredo Alcaín (¡qué delicadeza!), Lawrence Carroll (que elige el dibujo), Dis Berlin (que definió a Morandi como "un eremita de la pintura", nos presenta su escultura en madera "El eremita"), Alessandro Taiana (qué buen intérprete de Morandi), Juan José Aquerreta (a quien Alcaín llamó "el Morandi de Pamplona", homenajea al italiano, desde la pura sugerencia, con "Huerta tapiada" y "Naturaleza muerta con media pera", en torno a las dos líneas que aquél más cultivó) y Carlo Benvenuto (un fotógrafo). 
Para terminar, diré que prefiero los paisajes a las naturalezas muertas. Y que me han sorprendido sus grabados, sus impresionantes aguafuertes, en especial los más pequeños.
«Para mí no existe nada abstracto; por otra parte, creo que no hay nada más surrealista, nada más abstracto que lo real», sostuvo Morandi, lo que viene a resumir muy bien el espíritu de su pintura. 
"Paesaggio" (1928), la imagen que ilustra esta entrada (me la trajo, en forma de postal, mi amigo Paco Antón después de visitar la exposición con su hermano Santiago, que vino, otro detalle, con un ejemplar del catálogo para mí) es la que tengo como imagen en mi perfil de WhatsApp. Con eso lo digo todo. 

2.12.21

Don Rafael, Almudena, Miki...

Cuando me dispuse a recopilar los textos de este blog que iban a formar parte de Porque olvido, esa suerte de diario, caí en la cuenta de las muchas páginas que había dedicado a la necrología. Soy consciente de que las notas necrológicas forman parte de un género desprestigiado y hasta mal visto, a pesar de su presencia habitual en los medios de comunicación. Como uno atiende a lo que (le) importa, nunca me he contenido a la hora de escribir acerca de la muerte de cualquiera que hubiera tenido una significación especial en mi vida, ya fuera conocido o no; miembro de la familia, querido amigo, admirado escritor... A modo de homenaje. Porque sólo mediante la palabra es uno capaz de aliviar el dolor. 
Bueno, no digo toda la verdad: a veces, ante lo inevitable (y la muerte lo es), he callado. Así, personas que hubieran merecido mi recuerdo se han quedado por escrito sin él. Pienso, por ejemplo, don Rafael, el cura que nos casó a Yolanda y a mí hace casi cuarenta años, uno de los sacerdotes más cultos e inteligentes que la Iglesia ha consagrado, autor (en forma de libros sucesivos) de las homilías utilizadas por buena parte del clero español en sus misas dominicales, y que nos dejó el pasado verano. 
Más cerca aún, Almudena Grandes, de la que no fui, en rigor, lector, ni con la que compartía ideas, pero que siempre me trató (nos trató) con mucho cariño y a la que reconozco, cómo no, su mérito como escritora. Trabajó como pocos, y con qué entusiasmo. Su prematura muerte me ha sobrecogido y ver a Luis depositando un libro suyo dentro de la tumba... No, no puedo olvidar que, cuando me echaron de malas maneras y por razones políticas del jurado del Premio Ciudad de Badajoz, ella y su marido dimitieron de inmediato en solidaridad conmigo; un gesto que, a mi egoísta modo de ver, les honra y que uno no ha dejado de agradecer.
Impresionado estoy también por la muerte de Miki (Miguel Ángel Sánchez Sánchez). Cuando ayer, al volver del trabajo, mi mujer me dijo que había muerto... Era de mi edad. Dueño de una tienda de ropa en la placentinísima calle del Sol, donde su familia, desde que yo era chico (y antes y después), tenía un negocio de tejidos. Vivía en una de las casas más bonitas de este pueblo, uno de los chalés de los Sánchez. 
La última vez que coincidimos fue en la sala de prensa del Ayuntamiento, en la presentación del librino de Trazos del Salón. Él era uno de los pocos miembros de esa humilde pero apasionada asociación que lucha por traer a esta ciudad los fondos del Salón de Otoño y de Obra Abierta. Un miembro de fuste. En Barón (que así se llama su negocio) han ido recogiendo los socios de Trazos la mencionada publicación. Por eso, porque era fiel a esa modesta causa, estaba aquella mañana en la rueda de prensa del consistorio y eso a pesar de que su cuerpo no estaba para celebraciones. Ha luchado, me consta. Otra lección. Mi hijo Alberto, que era cliente suyo siempre que podía (algún regalo de esa casa también he recibido), lo sentirá de veras. Como mi amigo Santiago Antón, que tanto le estimaba, y todos cuantos le trataron. Era un tipo encantador. Lo sabe mejor que nadie el artista Misterpiro, su ahijado, Miguel como él, al que, por desgracia, no podrá acompañar cuando recoja en enero su premio San Fulgencio. 
Traslado desde este rincón mi pésame a su gran familia. Belén, Chema, Jesús, Josefina... 
Su funeral es esta tarde a las cuatro en El Salvador. Descanse en paz. 

1.12.21

Un refugio en las montañas

Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968–Colladillo, Segovia, 2019) fue editor, galerista, diseñador gráfico y tipógrafo, pero, por encima de todo, escritor.
Fundó las revistas Sub Rosa y La ronda de noche y dirigió la galería de arte Casa sin Fin y la editorial Periférica (junto a Paca Flores), Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural y al Fomento de la Lectura en Extremadura. Tanto la galería (antes hubo otras) como la editorial tuvieron desde el principio su sede en Cáceres.
Fue autor del libro de poemas Nevada; de los de relatos Mujeres, manzanas, Santos que yo te pinte y Tríptico; así como de las novelas Tiempo de invierno, Lo improbable, La sombra y la penumbra y Ninguna necesidad, las tres últimas reunidas en el volumen Novelas (2001-2015). También de un ciclo autobiográfico compuesto por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos.
Además de los mencionados, a título particular, obtuvo los premios Cáceres de Novela Corta, Nuevo Talento Fnac y el Ojo Crítico de Narrativa (RNE).
Antes de su prematura muerte, los lectores de Rodríguez llevábamos años esperando un nuevo libro. Sus tareas como editor, profesor invitado en el Máster de Edición de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y galerista (también las relacionadas con la tipografía, como la monumental carta de vinos de Atrio, restaurante cacereño al que dedicó también un libro) acapararon su atención hasta el punto de impedir que ese deseo se hiciera realidad. Por eso sorprendió tanto, y para bien, que en su muro del mundanal Facebook (otra rareza) publicara a lo largo de 2018 y 2019 un diario que todavía se puede visitar. Esas anotaciones (no todas, hay otro diario, digamos, extremeño), que como bien dice su editor, Martín López-Vega, tienen “evidente vocación literaria”, se publican ahora en forma de libro –el que, hipotéticamente, JR concibió– dentro de la colección La Gaveta, diseñada por él para la Editora Regional de Extremadura cuando la dirigía su amigo y mentor Fernando T. Pérez González.
Diario de un editor con perro, como objeto, es precioso y doy por hecho que detrás de su humilde y elegante belleza formal está la mano de otro amigo, su socio Juan Luis López Espada, digno heredero de su savoir faire. En la cubierta, sobre un vistoso fondo rojo, un retrato de Zama, su perra, que “de espaldas, espera su comida”, como se indica debajo con la inconfundible letra de su autor, JR.
Zama y él son los protagonistas de este diario que llegó a nombrar en vida y lleva como subtítulo “La casa de las montañas”. En efecto, ese era el lugar donde se escribió, una cabaña con regusto literario (nórdico o centroeuropeo, norteamericano incluso) situada “en uno de los lados segovianos (alto y pobre) de la Sierra de Guadarrama, a sólo una hora y media de coche de Madrid por la carretera de Burgos… pero en realidad ya en otro mundo. De viernes (a las doce de la mañana) a lunes (a las nueve de la mañana) ahí se refugia uno”, como le contó a Enrique Bueres en FB.
Cerca de la Casa de los Mastines, los Prados Altos y el Valle Oculto.
La primera entrada es del 4 de enero de 2018 y la última del 27 de junio de 2019, dos días antes de morir de pronto precisamente allí.
Su estancia serrana es posterior a los serios problemas de salud que se le presentaron unos años antes; sin embargo, la enfermedad no aparece en las páginas de este cuaderno donde sólo una vez se menciona la palabra hospital (en plural, para ser exactos: pág. 139). Nada (o casi) hace sospechar al lector esa íntima circunstancia. Acaso esa manta de coche con la que se cubre las piernas, dentro o fuera, que da al personaje un aire convaleciente. “Hemos vuelto, aquí estamos. Una propina, como dice el verso”.
¿De qué se habla en Diario de un editor con perro? En lo sustancial, de lo que a JR le interesaba. Si algo queda claro al leerlo es que, como en ningún otro libro suyo, estas palabras nos permite acercarnos con llaneza al hombre que fue, con independencia de que lo conociéramos en persona o no. 
Habla de la casa, ante todo. Y del jardín, con su pozo y su banco, el arriate, el balconcillo, la leñera… Una casa donde “no hay televisión, no hay wifi; sólo piedra, mucha piedra, y madera, mucha madera. De sabina (con su olor tan especial), de roble. Libros y libros ocupan estanterías y rincones”.
Una casa solitaria (no menciona en ella a nadie que no sea Zama o él, salvo el equipo de Periférica u operarios de paso, y apenas da cuenta de algunos vecinos o de su paso por la tienda o la carnicería del pueblo) y silenciosa (delante pasa una calleja poco frecuentada) donde casi siempre suena, no obstante, la música. Clásica principalmente. Los lieder de Mahler y Schuber, pongo por caso, o Bach, sin que por ello falten canciones de Dominique A.
Una casa con chimenea y con fuego a la que va para vivir “el silencio y los minutos largos”.”El tiempo –escribe– era de otra época, no había urgencia alguna”.
Allí, las tareas domésticas. Como la cocina. A veces deja caer alguna receta (no en vano tuvo un restaurante). Sencillas, de platos tradicionales (lo mismo te prepara un arroz, una sopa, unas migas o una menestra que te fríe unos churros) y de aprovechamiento, aprendidos de sus abuelas y de su madre, la que le cose los manteles. (Por cierto, qué alegría habrá sentido al tener este libro de su querido hijo ante los ojos, entre las manos.) “En el calor y la intimidad de la casa –leemos– el tiempo no es de este tiempo, sino de aquel otro en el que me enseñaron a cocinar las mujeres”.
Nunca falta en su dieta el té blanco ni la mantequilla de Soria (dulce o salada) ni una hogaza de pan asentado. Lo último a lo que alude en su postrera anotación es a un pisto.
Para alguien que pasó su infancia en Las Hurdes (su hermano Javier nació dos años después que él en Nuñomoral), el campo y sus labores no tiene misterios. Por eso sus descripciones son tan precisas. Conoce el nombre de las plantas, los árboles, los pájaros, los utensilios…
Cuando pasea con Zama (lo que hace con asiduidad), encuentra zorros, cuervos, lobos, corzos, buitres… Paseos por caminos que tienen algo de “túnel del tiempo”. Como ese que “me lleva siempre hasta otros caminos verdes (de la infancia y de Las Hurdes)”.
Otra presencia casi constante es la de la nieve, que tanto le gusta a Zama. Y a él, feliz niño grande.
En esta edición se han perdido, claro está, las fotografías que acompañaban en Facebook a los textos y donde se podía apreciar esa pasión de la perra por esa agua helada. “Huele a Norte”, dice en una ocasión. Y: “Los aromas de invierno son para mí, disculpad, como un viaje en el tiempo”. La meteorología, en fin, es una variable reiterada.
Quienes conocen la vida y la obra de JR saben que era un gran lector. Se constata en estas líneas. Era una pasión inocultable. Distingue entre leer y estudiar. A ambos quehaceres dedica, como es lógico, no pocas horas en ese “refugio” (pág. 121). En el segundo caso, analiza las obras de pintores y dibujantes, que, como en el caso de los escritores, nos descubre con un tino que refuerza su faceta crítica, poco explotada por él, aunque en sus entradas de Facebook abunden esas lúcidas observaciones.
Otras veces lee y corrige galeradas de los libros que edita.
Aunque sólo publicó un libro de poemas (su ópera prima: Nevada), la poesía no le abandonó nunca. Ni en su escritura ni en sus lecturas. Por eso cita con frecuencia versos y poetas: Bonnefoy, Auden, Borges, Dickinson, Berger, Brönte, Yeats, Rich, Pacheco, William Carlos Williams…
Porque hablamos de un libro y de literatura, no podemos olvidar que si por algo se caracterizan estos diarios en las secretas postrimerías es por su estilo. Su tono es, comparado con el resto de su obra, el más sencillo y claro. No, no era JR un escritor al uso. Sus libros eran complejos y exigían complicidad por parte del lector, lo que suele pasar con todos los autores que merecen la pena. Aquí, con todo, su escritura es luminosa, antirretórica, cercana, evocadora y, en consecuencia, la lectura torna transparente. Verdad y belleza que seducen por su genuina naturalidad.
 
Diario de un editor con perro
Julián Rodríguez
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2021. 176 páginas. 11 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.


24.11.21

De Cortines

Jacobo Cortines
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2021. 128 páginas. 12 €
 
El sevillano Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), traductor y ensayista, reunió su obra lírica en Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016), publicado en la colección Vandalia, que dirige él mismo y que celebra las cien primeras entregas de su catálogo con el florilegio Casi veinte años de poesía hispánica contemporánea.
Tras Pasión y paisaje (1983; que incorpora su ópera prima, del 78: Primera entrega), Carta de junio y otros poemas (1994), Consolaciones (2004, Premio de la Crítica), Nombre entre nombres (2014), llega Días y trabajos, que, en homenaje a Hesíodo, canta la virtud del trabajo, que desconoce el “zángano”. Del trabajo bien hecho, añadiría al comprobar la excelencia de esta poética escueta y singular como pocas que bebe, con original naturalidad, de las fuentes clásicas.
De este libro ya dio Cortines un adelanto en la citada recopilación. Por medio, un luctuoso, decisivo acontecimiento: la enfermedad y muerte de su mujer, Cecilia Romero de Solís, Lilí.
El año pasado apareció la antología En el mejor silencio (con prólogo de Ignacio F. Garmendia, Renacimiento), que recogía, entre otros poemas amorosos, el tríptico Pasos de amor. Es acaso la parte más sustancial y emotiva de Días y trabajos, un libro que comienza con “De vita beata”, ocho poemas breves (salvo un par) donde el paisaje –del jardín, sobre todo, un motivo frecuente–, tan del alma como físico, queda expresado mediante una métrica (endecasílabos, alejandrinos) limpia y efectiva que no oculta su carácter epigramático (léase “Lluvia). Tampoco su raíz popular, en el más hondo y andaluz sentido (léase “Pétalos”).
La condición de miglior fabbro no le pasa tampoco desapercibida al lector cuando observa el uso que Cortines hace de la sintaxis. “En esta primavera”, por ejemplo, un poema sin puntos ni comas que fluye con inspirada elegancia: “recuerda que fui polvo y he de serlo /vida sin mí yo muerto pero vivo / en esta primavera de mis versos”.
La naturaleza, otra presencia habitual, es protagonista en “Calendario”.
“Afinidades” agrupa una serie de homenajes: a los músicos Manuel Castillo y Alberto Zedda (una elegía en forma de monólogo dramático donde Cortines, entre versos, se confiesa: “Desterré de mi vida la pereza”) y la pintora Carmen Laffón (“¡Cuánto detrás de estos «Sarmientos», Carmen!”).
“Días y trabajos” se compone de tres poemas largos. “Europa” (una denuncia de los horrores de la guerra representados en la figura de Ferida Osmanovic, víctima bosnia de la masacre de Srebrenica, que nos transmite la medida moral y humanística de Cortines) y “Réplica final” (un elogio de la mujer y contra el mito de Pandora: “¿Sin la mujer la vida qué sería?”) ya estaban en libros anteriores.
Se subrayó la importancia de Pasos de amor, “uno de los grandes cancioneros de la poesía española contemporánea”, según Garmendia; digno de alguien que ha traducido a Petrarca. Una melancólica crónica del dolor, con estaciones de esperanza, que no desdeña la felicidad del inmortal enamoramiento. “Todo eres tú y todo te responde, / y sin ti no hay verdad ni hay hermosura”. “Razón de mi vivir será cantarte”. “Mientras yo viva vivirás conmigo”. “Todo es misterio, amor”. “Te pienso, te vivo, te converso”.
Allí, la casa, refugio y fortaleza que tiene por centro el jardín. Y ya que de casas hablamos, en Micones se fecha, el 6 de abril de 2020, “Extraño regreso”, un espacioso poema meditativo (como su memorable “Carta de junio”) escrito durante el pandémico confinamiento y que, como quería Eliot, mezcla lo sustancial con lo anecdótico, lo grave y lo menudo. Le acompañan en la finca donde pasó su infancia (que regresa a ráfagas) una parte de su familia (un hermano seriamente enfermo, una joven embarazada…). No falta su mujer: “y en su dolor a solas / el nombre de ella invoca como bálsamo”. “Mejor volver a los recuerdos”, escribe un hombre “adulto, solitario, / desengañado y triste”.
Con Coda, siete poemas nuevos de distinta extensión, se cierra el círculo. Ahí, la muerte: “También yo he de morir”. Y, como siempre, Cecilia: “Que tu recuerdo se convierta en bálsamo / hasta el momento en que contigo duerma”. Porque “Todo es y no es al mismo tiempo, / y todo pasa y nada queda inmóvil, / pues la quietud destruye y aniquila”.

 NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


16.11.21

Las abejas de lo invisible

Al azar o a la casualidad solemos atribuir que un escritor de ritmos lentos (como casi todos los que de verdad lo son) nos ofrezca en poco tiempo varias publicaciones. Es el caso del gijonés afincado en Madrid Jordi Doce. Después de
La vida en suspenso. Diario del confinamiento (marzo-mayo 2020), que apareció en el selecto catálogo de Fórcola a principios del verano de 2020, y además de diversos prólogos y epílogos, ha dado a la imprenta estos últimos meses: Inminente y ajeno (El Lotófago. Galería Luis Burgos), con poemas suyos que dialogan con excelentes fotografías de José R. Cuervo-Arango; Monte bajo. Poemas 2021-1990 (Solazul Ediciones), breve antología inversa editada en la uruguaya colección Postal de Poesía con prólogo de Diego Techeira; Esta mano, con sus versos y las imágenes de Mela Ferrer (Del Centro Editores, Colección Tríptico, tirada artesanal de 100 ejemplares numerados y firmados por ambos autores); y Dos tiempos, carpeta de Ediciones Denis Long con un grabado y un par de poemas del autor de No estábamos allí.
Ya que lo menciono, Pre-Textos, que publicó su último libro de poemas, es precisamente el sello de esta nueva entrega que reseñamos, Todo esto será tuyo, con una sugerente imagen de Segimón Vilarasau en la cubierta; un libro que lleva como humilde subtítulo: (Cuaderno de notas 2014-2019).
Los lectores de Doce recuerdan que este corredor de fondo ya ensayó esta distancia, digamos, en Hormigas blancas. Notas, 1992-200(Bartleby, 2005) y Perros en la playa (La Oficina, 2011, con dibujos de Javier Pagola). Diez años después, selecciona y reúne nuevas anotaciones y apuntes de sus cuadernos y archivos de Word. Todos los textos son anteriores a la maldita pandemia, aunque incluye tres fragmentos de 2020 (a modo de posdata) que miran al futuro (más indescifrable que nunca), como el mismo título del volumen.
El libro, por decirlo de forma didáctica, agrupa tres clases de textos que no dejan de ser variantes –ensayística, aforística y narrativa– de un mismo tono. Pero como si algo distingue en el panorama literario patrio la obra de Jordi Doce es su genuina individualidad, esto es, el carácter único y personal que aplica a su escritura con independencia del género con el que experimente, al final nada es lo que a priori parece. Un libro de diarios más, quiero decir.
Sheffield, ciudad donde pasó unos años juveniles decisivos en su vida, Praga y el Poema de la duración de Handke dan forma a la primera anotación, que marca ese tono inimitable al que me refería. Un tono donde la anécdota personal se une con admirable naturalidad a lo reflexivo mediante un ejercicio, ante todo, de inteligencia. O de lucidez, si se prefiere. Y esa mirada lúcida, tamizada siempre por su condición de lector, que se abre paso en medio del caos y de la dispersión, dota al conjunto de una intensidad y un misterio que se acerca irremediablemente a la poesía, siempre al fondo de cuanto sale de las manos de Doce, que en esta entrega, a diferencia de lo que ocurría en Perros en la playa, haya dejado fuera los poemas. Lo dice él mismo: “La poesía como una segunda naturaleza que asoma cuando menos se la espera; o más bien, porque no se la espera”.
Sorprende esa capacidad para saltar de la literatura a la vida, porque “ese hacer de la vida es, en realidad, un hacerse a uno mismo, un ir al mundo para que el mundo entre en nosotros”. De ahí su gusto por “la mezcla, la impureza”.
A lo largo del libro, que es más bien breve, con voluntad de concisión, se van dosificando los fragmentos en torno, ya explicaba, a asuntos relacionados con su vida diaria, así como con lecturas y asuntos literarios.
Cada poco, eso sí, nos ofrece una serie de aforismos que distan de ser los que pasan por tales en no pocos libros que se publican al amor de esa moda. “Jamás he tenido la impresión de escribir aforismos, ni mucho menos de ser eso que ahora se llama aforista”, leemos en la página 127. Es “el imán de una brevedad que parecía condensar o concentrar recorridos más amplios” lo que atrajo de siempre y por lo que necesita plasmar en palabras esos “párrafos sueltos y arropados por grandes espacios en blanco”. Una atracción, precisa, “más visual que conceptual”.
¿Un botón?: “Cuando el aforismo es un alfiler que inventa su mariposa”.
(A veces, se cuela entre ellos la cita de algún autor que ha hecho suya.)
Por su naturaleza, de lo más grave y hondo a lo más irónico y hasta humorístico, siempre certeros y sucintos, ayudan al lector a franquear entradas de mayor densidad. Sucede lo mismo con esos apuntes sobre las tareas domésticas o los paseos con la perra Layla en los que la casa (más que cuatro paredes: Marta, Paula) y la calle (con gente o vacía) cobran protagonismo.
Doce es un flâneur que pasea por su barrio de Madrid (mucho menos por su Muro natal), la Casa de Campo o el Parque del Oeste y que de esas caminatas (“caminar, escribir”) es capaz de extraer una original teoría sobre “el tipo de escritura que más me atrae ahora” (léanse las páginas 101 y 102). No es casualidad que antes haya comparado al paseante baudeleriano con el ensayista.
En sus cavilaciones paseísticas da importancia a lo meteorológico y, en concreto, a un fenómeno que por fuerza ha de echar de menos alguien que se ha criado a orillas del Cantábrico: la lluvia.
Si nos centramos en lo que este cuaderno de notas tiene de diario, señalaría, por ejemplo, las piezas que dedica a la infancia, a la figura paterna o los largos trayectos en coche en Navidad hasta Le Havre, en la costa francesa de Normandía, y a Barcelona en verano que le dio para inventar el juego privado “de las matrículas”, “una prefiguración de la poesía, el germen de esa necesidad compulsiva de acotar –palabra mediante– espacios de sentido, celdas verbales capaces de mitigar y esclarecer el barullo de fuera”.
Por su mordiente, inusual en un hombre educado y tolerante como Doce que mantiene sus emociones negativas (la rabia, el odio, el desdén, etc.) “en la banda, en la grada”, “vigilando el acceso” desde fuera de la escritura; por su mordiente, decía, llaman la atención las líneas referidas a amigos y colegas (bajo una X, lo que complica la identificación pero salva la enseñanza pretendida) y a las consiguientes decepciones y sinsabores que, en un inevitable “umbral crítico”, suelen acarrear las relaciones sociales en el artificial mundillo literario, por poco que se le frecuente.
En este sentido, muy significativo me parece el retrato que hace de uno de nuestros críticos más conocidos (El crítico, lo titula), al que resulta sencillo identificar.
La imaginación (esa gran olvidada a la que nadie mienta), “lo real” (página 38), la creación (y su envés: esa actividad “paradójicamente agotadora” que consiste en “no escribir”, en la que el escritor gasta “la mayor parte de sus fuerzas”) y los sueños son también materia de análisis. Como la música (“No soy músico, por desgracia”). La de Casandra Wilson, Brian Eno o Paddy McAloon, pongo por caso.
El “Paréntesis de Miami”, fruto de un viaje a esa ciudad norteamericana invitado por el poeta cubano Orlando González Esteva y Mara, su mujer, es uno de los pasajes más deliciosos del libro. Un libro en sí mismo. Una pequeña novela, siquiera sea por el relato de los orígenes de la casa narrado por una descendiente de sus primeros constructores.
Me han interesado especialmente las páginas que dedica a la meditación sobre la poesía, ya sea propia o ajena. Sobre poética, sí (lo que le hace muy útil de cara a quienes frecuentan sus poesía), y sobre el trabajo literario en general: la edición, la traducción (“Ahora sé que traduzco poemas ajenos para expiar la presunción de escribir –y publicar– los míos propios. Que traduzco, en resumen, para hacerme perdonar que escribo”), las clases… Ocupaciones, ya se sabe, que cultiva profesionalmente. Y sobre el libro y la lectura: “un poner los oídos a trabajar, un envolver con nuestra atención el libro y frotarlo con los tentáculos de la expectativa, de la curiosidad”.
“No sé si me estoy explicando” es, nos cuenta, una de las frases que más repite delante de sus alumnos en los talleres. La duda, prueba de salud intelectual, es una inseparable compañera de viaje de Doce, algo que le impide al lector asistir con pasividad al acto de la lectura y que le convierte en partícipe de aquello que lee. No en vano la entiende como “diálogo”: “La lectura nos permite identificarnos con lo que leemos sin dejar de ser quienes somos; es un desdoblamiento, un diálogo con ese reflejo de nosotros mismos que aparece al leer”.
En un momento dado escribe: “Me gusta mucho la idea del ensayo como una escritura que nace, en primera instancia, de la impotencia, de la debilidad”. Cree que, “como género”, “nos obliga a recomenzar una y otra vez, todo el tiempo, pues sabe muy bien que sólo por tanteo, por aproximación, podemos aspirar a explicarnos”. Y ensayos son en rigor el texto acerca de los insectos o sobre del El tapiz de Malacia de Aldiss. Éste incluye un poema que a Doce le llegó al alma en su adolescencia y que un tal Figueroa más que traducir se inventó pues, como ha sabido aquel aprendiz de poeta después, sólo contenía un verso verdadero.
Mención aparte merece el concebido sobre los poemas «top-down» y «bottom-up», que no dudo en calificar, por su agudeza, de antológico.
No son desdeñables, sino todo lo contrario, los que se levantan sobre personajes tan diversos como Obama (que es capaz de comentar con solvencia a Eliot; vamos, como cualquier presidente o político de los nuestros), sus admirados Elias Canetti o Anne Carson, y sobre Peter Redgrove, Ted Hughes, Octavio Paz o Seamus Heaney.
Se sintetiza bien el propósito de este libro (y acaso de cualquiera) en la lírica nota editorial de la sobrecubierta: “«Somos las abejas de lo invisible», escribió Rilke al final de su vida. Y a este libar «desesperadamente la miel de lo visible» para alimentar la gran colmena de la imaginación se dedica el poeta en cuerpo y espíritu, en un ejercicio de diálogo con el mundo que va revelando sus formas, colores y relieves, abriendo con los sentidos un espacio para la conciencia”.
Termino. A pesar de que “Nunca seremos un libro abierto para nadie, y menos para nosotros mismos”, después de leer Todo esto será tuyo está uno cerca de pensar lo contrario. Por lo que tiene, visto desde fuera, de benéfica labor introspectiva para su autor y por lo mucho que aporta al lector que se interna con el debido fervor entre sus enjundiosas páginas.
 
 NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

15.11.21

Castúo



Se celebra el centenario de la primera edición de El miajón de los castúos, obra de Luis Chamizo, y algunos, animados por la feliz circunstancia, aprovechan para reivindicar... ¡el habla castúa! Nunca he sabido muy bien qué es eso (más allá, quiero decir, de lo estudiado, entre otros, por el profesor Antonio Salvador Plans y de lo que aparece en los libros de versos de Gabriel y Galán o del citado Chamizo), pero... No, no seríamos los primeros en inventarnos una lengua por la vía de la normalización. Al leer «No solo vamos a solicitar que se pueda utilizar el vocabulario castúo de forma hablada, sino también en documentos oficiales», tiemblo. ¿Y en la escuela? Porque así ya no habla ni el Tato. Qué despropósito. 
Copio la crónica de Pedro Fernández publicada en el diario HOY para que el lector se haga una idea de qué estamos hablando. Y lo hago con temor. Sí, por lo que supone de reclamación regionalista, versión pobre del rancio nacionalismo, tan dañino y peligroso. Como si no tuviéramos bastante.
Ignoraba que estuviera tan vivo el asunto en esta tierra de hablantes castellanos, acentos mediante. Me extraña, además, que la peregrina propuesta no venga de la mano de un partido extremeñista, como los que existieron antaño, sino de las formaciones de siempre. Monago ya apuntó maneras con aquello del "hablar en extremeño". ¿Cosas de Iván Redondo? Vivir para ver. Ya escucho a Vara pronunciar un discurso en castúo. Tiempu al tiempu. Algunos, aunque no sea el mismo caso, miran a Asturies. 


El alcalde Abel González hizo esa propuesta en el acto institucional del centenario de El miajón de los castúos

El alcalde de Guareña, Abel González, manifestó en el acto institucional del centenario de El miajón de los castúos (1921-2021), celebrado día 7 que su Ayuntamiento va a solicitar el reconocimiento del vocabulario castúo en la Asamblea de Extremadura.
La propuesta fue acogida con intensos aplausos por el público que se encontraba en el auditorio del Centro Cultural, en el que había una nutrida representación de políticos de diferentes tendencias: el expresidente de la Junta José Antonio Monago; Virginia Aizcorbe, en representación de la Junta; Ángela Murillo, en representación de la Asamblea; Ricardo Cabezas, de la Diputación; el presidente de la Fempex y alcalde de Hornachos, Francisco Buenavista; y la Delegada del Gobierno en Extremadura, Yolanda García Seco. Todos ellos intervinieron a continuación y se sumaron a la propuesta de regidor. También estaban en el acto el alcalde de Guadalcanal, Manuel Casaus, donde Luis Chamizo vivió; y las familias del poeta y del filósofo y escritor Eugenio Frutos. De ambos se descubrió un grupo escultórico. «No solo vamos a solicitar que se pueda utilizar el vocabulario castúo de forma hablada, sino también en documentos oficiales», dijo González.
Esta solicitud pasará por el Pleno municipal para que llegue a la Asamblea con el refrendo oficial de este órgano de gobierno.
Señala el regidor que hay personas mayores en nuestra región que utilizan palabras y expresiones castúas, y nadie de nuestra tierra «debe entender que es un error lingüístico, todo lo contrario, «está hablando en nuestro dialecto, el Extremeño». El hecho de que dentro de las instituciones se pueda usar el castúo (ino/ina, expresiones o palabras...) «es importante porque se está reconociendo una forma de habla propia», de este pueblo.

8.11.21

Laffón, in memoriam

 

Homenaje a María Zambrano
 
Como en ese dibujo de Laffón
donde se aprecia
un estrecho camino
que se interna en la fronda.
 
Le flanquean, precisas,
las orillas de un mundo
que al cabo nos parece impenetrable.
 
El sendero es en sí mismo una frontera
entre la luz, que brilla encima, y la negrura
que se intuye inquietante
tras la vegetación y entre los árboles.
 
Al final, un recodo
marca la dirección por la que huye.
 
Y allí una intensidad desconocida.
 
Un fulgor que anticipa
el claro de otro bosque:
el de la vida.

Con esta reproducción de uno de sus cuadros, Miguel Veyrat me daba esta mañana muy temprano la mala noticia: la pintora Carmen Laffón ha muerto. 
Este poema pertenece a El cuarto del siroco y se publicó por primera vez en la revista sevillana, como ella, Sibila
No he dado con el dibujo que inspiró estos versos dedicados a Antonio Colinas.