30.6.16

Nuevos poemas de Peri Rossi

Las exquisitas y palentinas Ediciones Cálamo publican un nuevo libro de la poeta uruguaya Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941): Las replicantes. Confieso que apenas despojé al ejemplar del retractilado, movido por su bonita factura, su papel de calidad y los cálidos tonos naranjas del diseño, leí todas sus páginas del tirón; ahora que estamos en tiempo, como quien echa mano a una cereza y con ella van viniendo, sin remedio, las demás. O al modo de Scherezade (presente en el libro), si se prefiere la referencia culta. Los primeros poemas (que pueden leerse aquí), dan la medida del resto: el amor, el viaje, el dolor, el psicoanálisis, la enfermedad, el erotismo, el sexo... Lo habitual en esta autora con un extenso recorrido literario y una voz del todo asentada. Se unen otros temas tangenciales: la prostitución en la AP 7, por ejemplo. Al fondo, ella y sus circunstancias. En Calella y Barcelona. Ella y sus amores, pasados y presentes. Ella y su memoria que le hace evocar lo que sucedió como si de nuevo sucediera. Siempre en una atmósfera entre alucinada y fantasmal, la que provocan, supongo, ciertas sustancias y medicamentos (que se nombran: diazepán, propofol), algo que literaturiza, digamos, lo que no deja de ser eso que denominamos realidad. Una realidad que se acentúa por las constantes alusiones a las series televisivas o a las redes sociales. 
En Peri Rossi la autobiografía es ley y cuanto sucede no podemos sustraerlo de la primera persona, aunque la ficción (su faceta de narradora es inseparable de la poética) se imponga. Camas, un box de hospitales, carreteras, cuartos de hotel... Estos son los escenarios de estos poemas frescos y creíbles escritos a tumba abierta donde predomina un sentimiento de soledad y desvalimiento. Una ácida melancolía que sólo el tono irónico del conjunto logra someter. La crudeza es marca de la casa y Peri Rossi una maestra en el arte de relatar su, a ratos, tormentosa vida. Tampoco falta la ternura: "Todas las posiciones del Kamasutra / que sin duda hemos practicado / no sustituyen / una mirada amorosa de tus ojos". 
Prima al cabo la pasión, que es otro de los inconfundibles rasgos de esta particular manera de decir. 

28.6.16

Castelo, un homenaje

Castelo con Don Juan de Borbón
El próximo jueves, día 30 de junio, se celebrará en Cáceres un homenaje a Santiago Castelo, organizado por el Centro UNESCO de Extremadura, del que fue fundador, en el que intervendrán José Luis Bernal Salgado, en calidad de anfitrión, Carmen Fernández-Daza y quien escribe. El acto tendrá lugar en los Jardines del Museo de Cáceres, el del Aljibe, en la plaza de las Veletas, a las 19:30 horas. 
Asistirá el Presidente de la Junta, Guillermo Fernández Vara, y habrá una intervención musical a cargo de Son del Rosel y José Luis Porras.


El mundo de Dickinson

Carta al mundo (Renacimiento) es una preciosa antología de poemas de la norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), una de las grandes poetas de todos los tiempos, lo diga o no Harold Bloom, que tanto la admira. Nunca se movió de su localidad natal, Amherst, Massachusetts, y su vida, particular en todos los sentidos, y a su modo novelesca, ha sido objeto de especulaciones sin fin. Apenas si dio a conocer un puñado de poemas de los muchos que escribió en la intimidad de su casa. Se nos explica que la primera muestra de sus versos se publicó en 1890, si bien no se respetaron los originales. Sólo en 1955 el erudito T. H. Johnson dio a la imprenta una colección completa de su poesía sin apenas cambios. 
En España hemos tenido suerte, ya que contamos con numerosas ediciones de su lírica desde que Juan Ramón Jiménez incorporara a su Diario de un poeta recién casado (1916) algunos poemas suyos. Si se me permite, le tengo especial aprecio a las versiones de Lorenzo Oliván, que publicó Pre-Textos bajo el título La soledad sonora en 2001. También destacaría las traducciones de Marià Manent, acaso las primeras que leí, y las de Carlos Pujol (que aparecieron en La Veleta el mismo año que las de Oliván). 
La muestra que comentamos hoy tiene un título muy adecuando, pues esta mujer escribió muchas cartas (que se conservan y han sido publicadas) a lo largo de su vida. Es, además, parte de un verso suyo: "Esta es mi carta al mundo / que no me escribió nunca". Las versiones son de Miranda Taibo, traductora profesional, pero no literaria (hasta ahora), y han contado con la supervisión del poeta José Cereijo, quien, por cierto, escribe una poesía en la que se rastrean indicios que bien podrían considerarse aprendidos en aquélla.
Prescinden de los famosos guiones (otro motivo de conjeturas) y nos muestran, limpios de polvo y paja, los minuciosos, breves y precisos poemas de la Dickinson, cargados de sutileza y de misterio. Llenos, en fin, de luz. Son pocos, setenta y cuatro, pero más que suficientes, tanto para el lector habitual, que los lee como si fueran nuevos (eso es ser clásico), y para el que, una suerte, se acerque por primera vez a ellos. Diré más: pocos florilegios más adecuados para iniciarse en esta singular, intensa lectura. "¡Qué insondable el enigma!", diría uno con un verso que ella escribió. "¡Qué ligereza da / la libertad de espíritu", ya se ve.
Apenas unas notas se añaden a los poemas. Sería -es- un sacrilegio comentar estos versos, sacarlos de su silencio sonoro, de su soledad acompañada. Algunos, como el 73 (de esta edición, 32 de la canónica) tornan orientales. Otros, como el 24 (152) o el 50 (1650b), dan la verdadera medida de su arte.
En su verso "frágil belleza intensa" se condensa el sentido y el ser de esta poesía que no cesa, como las traducciones que nos la acercan sin remedio. Tenerla a mano es una necesidad para el lector y un bien para cualquier ser humano sensible. Su palabra nos humaniza. Y nos engrandece. 

27.6.16

Un viaje de invierno

Elsa López, con una larga lista de libros a sus espaldas, que ejerció la docencia en institutos de enseñanza media, dirigió la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, ganó premios como el Ciudad de Melilla y el Ciudad de Córdoba y fundó Ediciones La Palma, que aún dirige, nace en Fernando Poo (Guinea Ecuatorial) en 1943 y en 1947 se traslada con su familia a la Isla de La Palma que es donde está fechado este libro. Si lo menciono es porque poco tiene que ver el clima, digamos, de Viaje a la nada (Hiperión) con el de esas cálidas tierras del Sur. Es al Norte, precisamente, donde viaja la protagonista de estos versos, hasta Kirkenes y Tromso, "este París del Norte", en Noruega, la segunda ciudad más grande de Laponia. Antes de entrar en materia, en la sobrecubierta del libro leemos: “Escribo sobre lo que carezco o poseo en medidas distintas a mis deseos y por eso escribo del amor, de otros países, de otras culturas, de paisajes y seres imposibles. Creo en el lenguaje para comunicarme con el mundo. Siempre he creído en las palabras como una vía de conocimiento o de transformación. Cuando era joven escribía sobre la vida, opinaba sobre el ser o la esencia de las cosas. Ahora me detengo en otras cosas. Escribo sobre animales que me producen asombro y sobre piedras que recojo en las playas o en los desiertos por donde paso. Y también escribo sobre la muerte o la pérdida. Sin dolor.” Si copio estas palabras es porque me parecen atinadas y pertinentes y arrojan luz a la lectura de esta obra planteada como diario. Como diario de viaje, claro. De hecho, la mayor parte de los poemas llevan debajo el lugar, la fecha y la hora en que fueron compuestos. Intercalados entre ellos, López incluye anotaciones en prosa, editadas en cursiva, que dejan aún más patente su impronta diarística. El libro, en fin, está ilustrado por Irma Álvarez-Laviada, lo que le aporta un aire distinto.
Los poemas, breves, secos y certeros, despojados de cualquier tipo de alarde lingüístico y efectivos en todos los sentidos, acorde a la intención y a las connotaciones frías y blancas del paisaje que recrean, dan cuenta de ese viaje "hacia las heladas islas del norte". Un viaje, no haría falta decirlo, doble: exterior e interior: a Noruega y a sí misma: "Sobre la blanca sábana / el cuerpo desnudo de una mujer. / El cuerpo triste de una mujer / sobre las blancas sábanas. // 16 de febrero 3.30 de la madrugada".
La nieve, los aeropuertos ("que son todos iguales"), el desierto blanco, el océano, la luz ("Tanta luz para nadie"), los barcos y, sobre todo, la muerte, el silencio, el vacío y la nada son los elementos sobre los que López levanta su reflexión o su canto, "siempre al acecho del frío". A uno, salvando todas las distancias, le ha recordado, y lo digo como elogio, otra lectura: Principio y fin de la nieve, de Yves Bonnefoy, que tan bien tradujo Jesús Munárriz para la colección que acoge este libro.
Sin pretensiones filosóficas, en el peor sentido, ni falso patetismo, la autora logra crear la adecuada atmósfera gris de la inquietud ("Y siempre en mí ese frío"), el preciso y desasosegante estado de ánimo de alguien que gira en torno a la nada; de alguien, un náufrago, que escribe: "¡Tan inocente el mar en su hermosura! / ¡Tan cruel la nada!" Una nada que encierra la alegría, "la negación del mundo", el cansancio, la tristeza, que es "aire muerto"... Una nada que espera y que lleva a más nada y al silencio. Ese silencio "que llevamos dentro".
Nunca la nada, "oscura y silenciosa", me había parecido tan cierta, tan serena, tan humana. Qué gran viaje. 

26.6.16

Puro teatro

Diario Hoy
El profesor Miguel Ángel Lama se lamentaba ayer amargamente en su blog ("Un rotundo fracaso") de que en el curso "El teatro de Cervantes y Cervantes en el teatro", que formaba parte de la XVII edición de los Cursos de Verano de la Universidad de Extremadura y que él dirigía, a celebrar durante los días 22, 23 y 24 de junio de 2016 en la ciudad de Cáceres, llegaran a matricularse... "seis personas. Bien digo, seis estudiantes universitarios matriculados en una actividad que se celebra en un lugar suficientemente amplio —aforo de ochenta sillas— para que pueda asistir cualquier alumno no matriculado o cualquier ciudadano con interés por la cultura, el teatro, la literatura..."
Uno, en la distancia, sí, pero desde la complicidad, a sabiendas de que este hombre es riguroso y concienzudo con su trabajo, se conduele y, no obstante, le anima a perseverar en esta ingrata tarea de fomentar la cultura en lugares y tiempos pocos proclives a ella, siquiera sea porque, para él, ése nunca ha dejado de ser un trabajo gustoso.   
Lama termina: "Muy pocos alumnos, algún entusiasta incondicional, los participantes invitados; pero ningún profesor de literatura de esta ciudad y nadie que se atreva a reclamar como suya cualquier actividad organizada por la única universidad pública que tenemos en esta reserva abierta al mundo. El director debe asumir su fracaso, no haber logrado despertar el interés de un curso tan estimable. Por eso escribo. Y lo siento." Lo sentimos, amigo, lo sentimos. Ese fracaso no es sólo tuyo. 

25.6.16

Un hombre

En una de las pilas de libros que se amontonan, debidamente alineadas, encima de la mesa de la biblioteca esperaba su turno Un hombre sentado en una piedra, de León Molina (La Isla de Siltolá, donde ha publicado también un libro de aforismos: Mapa de ningún sitio). El título le va que ni pintado a esa situación. Y ese turno llegó y como me ha ocurrido otras veces con una doble sensación tras la lectura: de culpa por haber llegado algo tarde a un libro estupendo y de tranquilidad porque al cabo he llegado. 
Se abre con una cita de Corredor-Matheos y otra del mismo poeta lo cierra. Significativo. La serenidad y la sabiduría que suelen transmitir los versos del autor de El don de la ignorancia están aquí presentes, amén de otras virtudes orientales y occidentales. No es extraño, más allá de las lecciones del maestro (el término es suyo). LM tiene mi edad, cerca ya de los sesenta (¡glup!). Nació en el 59 y en Cuba. Vive desde pequeño en España. Tras su paso por Andalucía (léase "Regreso a Granada"), se asentó en Albacete, tierra de poetas, sitio que al parecer comparte con otro de la Sierra de Segura. Lo digo porque eso explica no pocas cosas de este libro logrado que uno lee con un ojo en Molina y otro en sí mismo. El primer poema, que nombra la obra, ya es certero: "Hace mucho que no soy joven / pero todavía no soy un viejo". "Sigo a mi modo en el camino". Sentado en una piedra. Lo que sigue no decae, al revés. Repasa los lugares donde ha estado, los acentos que ha tenido, las lágrimas no derramadas y todos los hombres que ha sido. Revive la juventud perdida y habla de un reloj que no funciona -tengo enfrente otro- y marca "un tiempo de valientes / el tiempo peligroso que no pasa". 
En "Lo que recuerdo de ti" reúne un puñado de memorables poemas de amor que suscitan la envidia del lector: por lo que dicen y por cómo lo dice. Con la dificultad que eso tiene cuando se trata de fijar en palabras los sentimientos compartidos con alguien después de muchos años. Esta prueba de fuego está, sin duda, superada. Me quedo con dos, muy breves: "Duéleme" y "Dijiste". 
En la misma línea de los poemas de la primera parte, menos memorialísticos y más reflexivos, como anotaciones de un diario, los que componen "La flauta del sapo". En "El viento de la noche" leemos: "sólo puede / decirse lo que es cierto". Decirse bien siquiera, como hace al caso. En otro escribe: "El ser humano / es un animal enfrentado al paisaje", un verso que bien podría pasar por aforismo. La soledad, como en cualquier poeta pesa: "Y en mí solo quedo yo". 
En "Homenajes", el citado Corredor-Matheos, Ángel González, Ungaretti, Gil de Biedma, Margarit y Vallejo. Da una idea de por donde transita este hombre.
En la parte final del libro la poesía se adelgaza, se hace más invisible, casi levita. Y allí unas palabras que se podrían aplicar como lema al conjunto: "el vigor de la quietud". Y un poema (sin título, como la mayor parte de los aquí incluidos) que pone los pelos de punta: "Nunca he sido más hombre /  que cuando era un niño y sobre mi hombro / reposaba la mano de mi padre". Y el final que lo dice todo, y bien: "Vine de una isla", que empieza: "Vine de una isla. / Y sin volver he vuelto. / Ahora la isla soy yo". Qué buen libro el de Molina.

Dijiste

Dijiste que quizá 
fuera mejor
no seguir juntos.
Y me quedé mirándote
fascinado
igual que una liebre delante
de los faros de un coche.

23.6.16

Los haikus de Antonio Moreno

Antonio Moreno (Alicante, 1964), a mi modesto parecer, uno de nuestros mejores poetas, es autor de Intervalo, donde reunió sus primeras entregas poéticas, Nombres del árbol (que publicó Tusquets en NTS), El caudal o Cuaderno de Kurtná Hora. Además de la antología El viaje de la luz, ha publicado los diarios Mundo menor, El laberinto y el sueño y En otra casa, así como las prosas de Alrededores y Partes de un todo. Llega ahora, y por sorpresa, Unos días de invierno, en Renacimiento, un sello habitual para Moreno.
En la "Nota del autor", confiesa: «Hacía casi tres años que yo no escribía ningún verso, y de repente aparecían estos de ahora por ensalmo y casi diariamente, sin que pudiese comprender muy bien qué estaba sucediendo». Y sigue: «¿Qué es, entonces, todo esto? Diría que una plena toma de contacto con lo concreto, por intangibles que ciertas palabras de las que aquí asoman en principio puedan parecer. Palabras que, a decir verdad, aunque estén anotadas, no han sido escritas. O eso creo».
Antes, al hilo de sus anotaciones en un "cuaderno gris", alude a "un nuevo haiku, -así lo llamaremos-". Y sí, en verdad eso es lo que reúne AM en este delgado pero hermoso e intenso librito que por fuera ha cuidado con esmero Marie-Christine del Castillo, autora de la cubierta, realizada a partir de un grabado de Kipling (del que Visor acaba de publicar sus Poemas, con prólogo de Eliot y en versión de Luis Cremades).
No soy un forofo del haiku. Sí del tradicional, asentado en el tiempo; mucho menos de los que nos invaden y que algunos componen, o eso creo, sin el rigor que esa difícil estrofa oriental exige. (Hay notables excepciones, como la de Susana Benet, levantina como Moreno, o José Luis Parra, paisano también, del que Renacimiento publica, de forma póstuma, otro puñado de haikus en Hojarasca.) Pasa igual con los aforismos. La modas se imponen. No es el caso de los que se agrupan aquí. Para nada. Anotaciones, se dijo, y tono de diario; versos que no desdeñan la improvisación, lo momentáneo, diría, algo fundamental en este arte donde prima la capacidad de observación y la sensibilidad. Por eso estos haikus son genuinos, tanto como el resto de la poesía de AM. Que han surgido, y se nota, no de la ocurrencia sino de la necesidad. A pesar de, incluso. Si su poesía ya era concentrada y esencial, atenta a lo que de verdad importa, sin filigranas ni desvíos, en esta nueva medida esas virtudes se acrecientan y ofrecen al lector muestras de una rara intensidad. Dicho de otra manera: la poesía de Moreno se condensa en estas pequeñas piezas, concebidas mientras contempla, recuerda o camina, que resaltan aún más su voluntad de sencillez y humildad, donde lo sobrio o austero fulge, en contraste, con elegante naturalidad. Digo naturalidad y añado que nada le es extraño a estas epifanías mediterráneas donde lo mismo aparece el misterio de la ropa tendida que una medusa, una noche de hospital o unas hormigas.
La perplejidad de vivir salta a la vista. Lo cotidiano y, por eso, lo más extraordinario. El milagroso hecho de regar una planta o el amor que alguien dio en sus últimos días. No faltan animales (ah, los pájaros) ni árboles ni tapias ni piedras ni cielos (y nubes) ni ruinas... Ni el que escribe ni el niño que un día éste fue. En medio, un símbolo: "caracol del camino, / rey de lo frágil".
Me doy cuenta de que en vano pretende uno encerrar entre palabras lo que ha sido concebido para una lectura a la fuerza personal e intransferible. Sin embargo, no me resigno a transcribir algunos haikus (pongamos cinco) de los muchos, por no decir todos (ciento sesenta y cinco, si no he sumado mal), que han llamado mi atención. Y que cada cual juzgue. O, mejor, disfrute.

Sea tu dicha
lo mismo que el barranco:
oculta, a solas

Tabarca flota
quieta en el horizonte.
Mi tiempo pasa.

Estoy más solo,
padre: cumplo los años
que tú viviste.

Un bar de obreros.
La muchacha con bata
funda un imperio.

Primer invierno...
El mundo es menos mundo,
porque no estás.

22.6.16

Un lector























Esta fotografía está tomada el día 9 de mayo de 1960. La fechó mi padre por detrás con su preciosa letra caligráfica. Uno tenía entonces 9 meses. ¡Quién dijo lector precoz! Bromas aparte, la rescato para ilustrar la recomendación de un bonito reportaje de Nuria Azancot y Alberto Gordo sobre la iniciación y el fomento de la lectura publicado en El Cultural. Se titula "Y este cuento ha empezado. Qué (y cómo) leen a sus hijos los escritores". 

21.6.16

Poesía dispersa de González Sosa

En el número LIX, correspondiente a 2015, de la revista Estudios Canarios, Anuario del Instituto de Estudios Canarios, el profesor y crítico, además de poeta y traductor, Andrés Sánchez Robayna, con la colaboración de Antonio Henríquez Jiménez, nos ofrece la "Poesía dispersa" de Manuel González Sosa, a cuyos versos completos, A pesar de los vientos, le dedicamos en su día una reseña aquí
Cabe precisar que en esa revista ya publicó Robayna dos trabajos sobre su paisano: "Manuel González Sosa y la experiencia poética" (en el número LVI) y "Manuel González Sosa como ensayista y crítico" (en el LVII).
En vida, MGS dio a la imprenta apenas cinco cuadernos, los que agrupa el citado libro. Robayna ha recuperado treinta y ocho más publicados en periódicos y revistas entre 1939 y 2014. Las notas precisan escrupulosamente la procedencia de cada uno.  
El editor se explica: "El propósito principal de este trabajo es poner en manos del lector y el investigador un conjunto de poemas que permiten comprender de manera más honda la obra poética de Manuel González Sosa y completar la imagen que de esa ofrece A pesar de los vientos".
En el conjunto hay desde sonetos a haikus, así como una muestra variada de composiciones con distintos metros y estrofas. No se olvide que a MGS le cabe el adjetivo de virtuoso. Su nivel de exigencia era grande y su gusto, muy de época, clasicista ("Florilegio de versos trasnochados" titula un poema), retórico a ratos, donde no faltan los versos de aire popular: folías, nanas, aleluyas...
Tampoco los religiosos (dedicados, por ejemplo, a vírgenes) ni otros donde la insularidad, mar y tierra ("Lanzarote"), aflora. "Todas las criaturas humanas somo férvidamente fieles al paisaje de nuestros años aurorales", escribió.
Encontramos en la separata, muy bien editada, poemas tan significativos como el que abre la selección, que me ha gustado especialmente: "El viejo molino" (otro, también destacable, se titula "A una piedra de molino"), "Aljibe" ("Ciñen los brazos de piedra / la quietud del agua vieja"), "Semblanza acaso fiel" (publicado en Falange en 1946, otro de mis preferidos, donde leemos: "Yo voy por dentro de mí / visible para mí solo. / ¡Qué acompañado me siento / cuando nadie me acompaña! / ¡Qué solo si no estoy solo!") o "El duraznero", que iba a ser publicado en Syntaxis y al cabo del tiempo, inédito aún, apareció en el archivo de la revista.
Algunos poemas tienen dedicatario: Dulce María Loynaz, Unamuno, Gloria Fuertes, Fray Luis... Hay incluso una versión de uno de Blanco White.
Me felicito, en fin, de volver a encontrarse con las palabras del secreto poeta canario, lo que debemos agradecer a otro al que su indudable cosmopolitismo nunca le ha impedido (por eso) prestar atención a la rica poesía de sus amadas islas.

20.6.16

Memoria de Antón Castro

El narrador y poeta gallego afincado en Zaragoza Antón Castro, cosecha del 59, Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013, que a ratos ejerce también de dramaturgo, publica en las Prensas Universitarias de la citada ciudad El musgo del bosque. Si no fuera por lo manido del término, y por el uso abusivo que se hace del mismo, diría que se trata de un puñado de poemas entrañables, muy cercanos en su tono a lo que podríamos denominar prosa memorialística. Insisto, no me gusta la palabra, pero, por usar, segundo error, una frase hecha del momento, es lo que hay. Castro habla en la nota final, "Epílogo y dedicatorias", de "un poemario de homenajes, de evocaciones, un viaje a través de la memoria que hace calas en situaciones, escenas, ámbitos y personajes..." Situaciones y evocaciones como la entrega de su primer premio en el Madrid de 1976 (donde conoce a García Pavón, el de Plinio), una tertulia con Torrente Ballester y Fernanda en Castroforte, tres citas con José Hierro y un encuentro con Celaya y Amparitxu ("ser poeta es un destino") o, por fin, con los libros de Rodoreda, de donde sale Aloma, el nombre de una de sus hijas. Situaciones y evocaciones que se vuelven, claro está, homenajes. A los aludidos y a otros: Pascual Blanco (un grabador), Rembrandt (o la pintura), Leopoldo Pomès (y otra pasión: la fotografía), Rosalía de Castro, Amancio Prada, José Antonio Labordeta (que canta en el Maestrazgo)... Entre medias, el amor (razón de vida), la radio (y su padre), el cine (el oscuro paraíso del Real), un viaje a Moscú... Y el 11-M. 
Más preocupado por lo que cuenta que por cómo lo hace, sin que eso signifique demérito o descuido, Antón Castro logra despertar en el lector sentimientos muy humanos. El de la amistad, sobre todo. Basta leer esa extensa retahíla de nombres que se amontonan en la mencionada nota, dedicatarios de un juego de espejos que tiene su fundamento en estos poemas que rescatan del olvido o de la desmemoria escenas de su vida, lecturas importantes, momentos decisivos como ese viaje de ida y vuelta, casi inmediata, de Zaragoza a La Coruña y viceversa. "Cada beso perfecto aparta el tiempo", escribe, aunque uno, al transcribirlo, puso verso donde no debía. 

19.6.16

De la educación

Estoy de acuerdo en que, con vistas a la próxima legislatura, se debería firmar, de una vez por todas y cuanto antes, un Pacto por la Educación que, a la fuerza, tendría que empezar por la derogación de la infame Ley Wert que el PP se empeñó en sancionar en contra de todos, incluidos ellos mismos, y la posterior aprobación, por consenso, de una nueva ley que abandonara por fin el corto y el medio plazo para proyectarse en el tiempo con la necesaria ambición. Así se dejarían de lado tantas insensatas, banales conversaciones de bar sobre ese asunto tan serio del que al parecer, como de las películas o del fútbol, cualquier puede hablar sin que ello implique un previo conocimiento de causa. Eso sí, nadie se llame a engaño: que esta ley educativa y las anteriores (aunque haya grados y grados) sean malas, o cuando menos mejorables, no implica que los maestros y profesores de este país no hayan sido y sean capaces de, sobreponiéndose a sus defectos y carencias, profesionalidad mediante, sacar adelante a promociones y promociones de alumnos educándolos o instruyéndoles como es debido. Lo digo porque algunos, los más, dan a entender con sus juicios precipitados y sus desinformados comentarios que vivimos desde hace décadas en un erial educativo y que la incapacidad política impide que ese milagroso hecho suceda. Y no es verdad. Insisto: por encima de las limitaciones, de los recortes, de las carencias, de las leyes, de las malas políticas, etc., los profesionales de la enseñanza realizan su labor y siguen empeñados en que la instrucción pública, que es la que a uno le interesa y defiende, por su carácter democrático e igualitario, favorezca a los niños y niñas de este país que no tienen la culpa de que les gobiernen personas que anteponen otros intereses al más general e importante de todos, el de la educación, como reconoce cualquiera al que le pregunten qué hay que mejorar en España. Harto de escuchar tanta tontería, tras ver cada día la ejemplar labor de mis compañeros, cansado, como ellos, a estas alturas del curso y con un pie en las merecidas vacaciones, me parecía oportuno hacer esta sencilla puntualización. Cosa de maestros. 

17.6.16

Poemas pequeño-burgueses

Me gusta el título del último libro de poemas de Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) que edita espléndidamente Renacimiento, donde acaba de aparecer, por cierto, otra obra suya, de artículos, Biblioteca en llamas, pendiente de lectura, pero ya en casa. Tiene una cubierta preciosa de aire retro, pero muy moderna, entre geométrica y vanguardista, de Christine del Castillo. No es ese mal comienzo. Tampoco la dedicatoria, donde ya se ve la capacidad de Bonilla para el humor y la oportuna ocurrencia: "A Yolanda Morató, mairenera en tierra".
A punto de ingresar en la cincuentena y con su poesía ya reunida en Hecho en falta, nos presenta unos poemas que a uno le han hecho pensar de inmediato en un texto reciente sobre el pensamiento político de Agustín García Calvo (al que dedica, por cierto, entre signos de interrogación, el poema "La realidad no es todo lo que hay") publicado el pasado mes de marzo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. No, no falta la política y el pensamiento cívico en estos versos. Basta con fijarse en el título del libro, todo un acierto, insisto. O con leer el primer poema: "Herencia": Nieto de proletario, hijo de proletario, / me enseñaron muy pronto la misión / fundamental del proletario: / hacer lo que haga falta..."
El sano humor, ya se dijo, la jugosa ironía ("¡A las almas, ciudadanos!", leemos en "Campaña electoral", y más adelante: "¡Hay que asaltar los suelos!" o "Toda revolución / acaba siempre en un Napoleón"), las sorprendentes paradojas, el afilado aforismo, las inevitables contradicciones incluso, el juego bien medido y controlado de palabras forman parte del ser fundamental de esta poesía donde el fútbol, la bibliofilia ("Desiderata"), la memoria (de infancia, sobre todo; en "Por regresar", por ejemplo) o el amor suelen ser los asuntos capitales.
Destacaré un poema precioso de la primera parte, "El río": "Si pudiera elegir, sería un río", donde la inteligencia se alía con la genuina agudeza.
En "Apuntes de bachillerato" brilla con especial fortuna el Bonilla ocurrente, en el mejor sentido. En poemas como "Filosofía" ("No hay verdad alguna en la realidad"), "Biología" ("Todos somos iguales en el hecho de ser únicos"), Ética"...
Ya comenté aquí que me había llamado la atención un extenso poema que el autor de El que apaga la luz publicó en la revista Clarín. "-Borrador de un poema-" es su título definitivo, que ahora, editado como se concibió en lo que atañe a la tipografía, me sigue pareciendo un gran hallazgo, uno de los imprescindibles de su poesía completa y uno de los más interesantes que he tenido ocasión de leer últimamente. Un homenaje a su padre que, sin duda, emociona. "Más kilómetros compartimos que palabras", dice en un verso. Los poetas de mi promoción y de la que viene después hablan de sus padres. Los más jóvenes, de sus abuelos. No cesan esas referencias.
La tercera parte de la obra incide en lo que ya se dijo: la entrada del poeta en la cincuentena: "Ahora veo mi vida...". De ahí lo que tiene de balance y de memoria: "Los recuerdos abrigan, eso es cierto". "Canicas en un bote de cristal" es otro poema largo y muy logrado. Allí leemos: "esto no es una ficción" y "Cincuenta años, Juan Bonilla. / Mi más sentido pésame. / Mi felicitación más fervorosa".  Termina: "Tienes toda la muerte por delante".
Su capacidad de invención está presente en "La gala", un poema divertidísimo: "Mejor banda sonora al mar de Cádiz / que pronuncia mi infancia en cada ola" (obsérvese el ritmo de este par de endecasílabos). O: "Mejor guión original para Agustín García Calvo / por enseñarnos que la realidad no es todo lo que hay".
En "La secta de los viles", en diálogo con Maiakovski, alude a "gente de clase media": "un alma de pequeñoburgués no vale / para sembrar el mal sobre la tierra". Tiene algo (o mucho) de irónico himno generacional y narra a la perfección la vida de los españoles de estos últimos años, los inmediatamente anteriores a la llegada de la maldita crisis: "esa vida anodina y antiheroica / buscando la felicidad pequeña". Concluye: "Qué bien estar aquí y / tener lo suficiente". ¿Se acuerdan?

16.6.16

Naipaul dixit

V. S. Naipaul
Cuenta Ignacio Echevarría al final de uno de sus incisivos artículos de El Cultural, "Naipaul y el deseo de ser escritor", que «en la entrevista que le hizo en 1998 The Paris Review, preguntado acerca de si seguía considerando que la escritura es la única vocación auténticamente noble, Naipaul respondió: “Sí, para mí es la única vocación noble. Es noble porque trata sobre la verdad. Tienes que buscar maneras de enfrentarte a tu experiencia. Tienes que entenderla y tienes que entender el mundo. La escritura es un esfuerzo constante por lograr una comprensión más profunda. Y eso es bastante noble”». «Claro que a saber qué entiende cada cual por escritura» añade con ironía el crítico.

15.6.16

Comadira y Clark


Narcís Comadira
Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 2015. 

Es una sorpresa y un acierto que la ejemplar colección Letras Hispánicas de Cátedra publique esta amplia antología bilingüe del poeta Narcís Comadira (Gerona, 1942), uno de los mejores no sólo de aquel grupo que se dio a conocer en español gracias La Nueva Poesía Catalana, de Joaquim Marco y Jaume Pont, sino de la poesía española de entresiglos. Seleccionados por él mismo, los poemas se agrupan temáticamente. Los acompañan un prólogo de Vicente Molina Foix (que tira del poeta hacia su escuela novísisma), una introducción de Jaume Subirana, editor literario del volumen (donde analiza, por partes y con solvencia, su poética) y un epílogo de Dolors Oller (que describe, en forma de itinerario, la obra del gerundense). Oller es una de las traductoras, junto al citado Molina Foix, Félix de Azúa, José Agustín Goytisolo, José Corredor-Matheos, Ferran Lobo y Jordi Virallonga aunque el peso fundamental de esa tarea recaiga en José María Micó, que realiza una brillante labor digna de elogio.
“In limine” consta de un solo y extenso poema: “El arte de la fuga”, que da de inmediato la medida de la poesía “culta y reflexiva” de este poeta y pintor partidario del diálogo con todas las tradiciones y del “pensiero poetante”, que remite a Leopardi, del que tradujo sus Cantos. Sus maestros: Llull, March, Verdaguer, Carner, Sagarra, Pla, Foix y Ferrater. Y Vinyoli, Eliot, Larkin o Auden.
“Lugares” agrupa versos dedicados a la ciudad y la arquitectura, una de sus pasiones, a aquellas en las que ha vivido o visitado (de “viajero reflexivo” le califica el editor), su natal Gerona ante todas (a la que dedicó un libro) y Londres, donde residió.
Subirana afirma que “su escritura es física, localizada” y que “su espacialidad es intelectual”, por más que prime, como en el conjunto, la claridad lingüística propia de un mediterráneo al que lo único que le importa es la vida. “Hechos” (donde leemos “Álbum de familia”), “Emblemas” (imágenes que representan conceptos, como el tiempo o la piedra), “Poéticas” (donde aparecen los imprescindibles “Halconería”, “El escalofrío” y “Confesión”: “Tú, Verbo todopoderoso, tú, única claridad”) y “Cuatro largos” (entre ellos, “Un paseo por los ardientes bulevares” y “Cuarentena”) componen un libro cargado de belleza, rigor y coherencia. El de alguien que ha escrito: “Lo importante es ser poeta. El problema es serlo”.


Ben Clark
Sloper. Palma de Mallorca, 2016. 

El poeta y traductor Ben Clark (Ibiza, 1984) es autor de Los hijos de los hijos de la ira (Premio Hiperión), Cabotaje, Memoría, La mezcla confusa, Basura, Mantener la cadena de frío (escrito con Andrés Catalán) y La Fiera (Premio Ojo Crítico). Publica ahora Los últimos perros de Shackleton, del que ya existía una versión editada en México. En el prólogo reconoce que su intención al escribirlo era abordar la "metáfora del amor" que "he tenido la suerte de experimentar". Encontró en la figura de Shackleton y su aventura antártica ("la insensatez de todos los enamorados" que consiste en "unir por unir, un mar y otro mar") el motivo perfecto para ilustrar esa inquietante metáfora. Porque fue el "hombre que triunfó en lo imposible y fracasó en lo que parecía sencillo". Su consigna familiar: "porque resistimos, conquistamos". 
Un tema eliotiano, "Canción de amor de dos guisantes", abre el volumen. En "El cazador" entra en materia gracias a un puñado de poemas logrados ("El reino menguante", "El poeta del puente", "Una habitación con vistas") en torno a "-todo lo destructivo, irremediable- / nuestro amor". "Teorema de los abismos" es una "fábula acuática" en cinco fragmentos donde lo abisal, el fondo oscuro, es la clave. En "La fascinación de lo difícil" está, a mi modo de leer, lo mejor del libro. Poemas admirables como "Desde la isla sin trenes", "Envídiame, yo puedo amarte, aún" (versos paradigmáticos: "yo te amo por encima de nosotros"), "Darwin se acerca a Lady Macbeth un sábado noche" o "Pensamientos de añoranza en Laventie". "Sesenta y nueve perros en el polo" recupera el viaje del explorador y, con él, otro conjunto de poemas dignos de elogio como "La hora del paseo", "Las coordenadas de Mount Hope" o "Isla elefante": "el testimonio oscuro de jóvenes que nunca / llegaron a albergar una esperanza".

Nota: Las reseñas de los libros de Comadira y Clark aparecieron publicadas el pasado viernes en El Cultural.