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19.11.20

Cacereños y cacereñas en 'abril'

 


La revista literaria abril (mantengo la minúscula del rótulo) se fundó en 1991, tiene su sede en Luxemburgo, su periodicidad es semestral, se publica en español, se edita con elegancia y pulcritud y se imprime en Bélgica. Sus redactores son Miguel Candel, José Holguera, Paca Rimbau, José V. Solana y Mariate de la Torre. El número 60 (que se puede leer en Instagram), de octubre de 2020, está dedicado a Cáceres. A Cáceres provincia, cabe precisar. Está ilustrado con acierto por Malou Faber-Hilbert y la sugerente imagen de la portada es de José Holguera. 
El índice reúne a catorce escritores cacereños. Los poetas Javier Alcaíns, Pureza Canelo, Santos Domínguez, Carmen Hernández Zurbano, Emilia Oliva, Javier Rodríguez Marcos, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón y Basilio Sánchez. Los narradores Javier Cercas, Pilar Galán, Gonzalo Hidalgo Bayal y Julián Rodríguez, al que está dedicado el número: "con las manos / con los ojos / con el corazón / con la memoria". (Uno, según costumbre y por razones alfabéticas, cierra el volumen.) 
El profesor Miguel Ángel Lama, que se ha referido a esta entrega en su blog, firma el prólogo y lo titula "Cáceres en Abril". Advierte desde el principio que esta mirada "tiene solo de localista el territorio en el que se fija", un "lugar de creación", ya que ese conjunto de nombres, "con sus textos, trasciende lo local para convertirse en un trozo de un panorama literario que ayuda al conocimiento de la historia actual de la literatura en español". Tiene razón el autor de El trabajo gustoso cuando afirma que la nómina es tal vez "exigua" y que podría armarse otro número de la revista con un elenco diferente y poco o nada cambiaría en lo que a la calidad respecta. Tras repasar las colaboraciones, agradece, en fin, "a quienes hace Abril", que le hayan permitido presentar a "este puñado predilecto de hijos e hijas predilectos de Cáceres".
No es mi intención comentar lo que cada cual publica en la revista. Sí diré que Bayal rescata sus poemas "guadalupenses" (de su poesía, precisamente, me he ocupado en el espléndido cartapacio que le va a dedicar el año próximo la revista Turia) y que Javier Rodríguez Marcos ejerce de narrador al rememorar, y de qué hermosa manera, las tres calles de su infancia cacereña. Lo mismo le ocurre a Hernández Zurbano que ya nos había demostrado de sobra sus dotes poéticas y que ahora nos sorprende con sus prosas, una suerte de diario viajero que ha titulado "Ya hemos estado allí", un título que me recuerda -no sé si es un guiño- el del último libro de poesía de mi amigo Jordi Doce. 
Algunos hemos optado por textos ya editados; así, Alcaíns y las sorprendentes Las adivinanzas del agua, Canelo y los inolvidables poemas de Oeste, Galán (que da "Una espiga dorada por el sol", de su libro Tecleo en vano), Sánchez Carrón (que añade a su recopilación el poema "Para que escriba yo", un homenaje a Ángel González que apareció en la revista Estación Poesía) y B. Sánchez, que no deja de sorprendernos. 
Otros han elegido inéditos. Ya he mencionado el caso de Javier Rodríguez Marcos. Me han encantado los poemas que adelanta Salas, más cálidos, digamos de lo habitual, que supongo de un libro futuro. Estaremos al tanto. Y otro tanto cabe decir de los que ofrecen Oliva (que no deja de arriesgar) y Domínguez (muy en línea con los que forman parte del libro que premiamos aquí atrás con el "Flor de jara" Siles, Irene, Basilio y yo).
Cercas, por su parte, explica con la gracia que le caracteriza, los orígenes de su planetaria novela Tierra alta.


Mención aparte merece Julián Rodríguez. Ya dije cuando murió que, por lo pronto, habría que editar el diario que fue publicando en Facebook. Aquí se recogen unas "Notas de viaje y lectura" que vuelven a ponernos delante de los ojos, a constatar fehacientemente, la calidad literaria y humana del autor de Nevada. Los párrafos dedicados a su viaje nietzscheano a Sils Maria son, por ejemplo, memorables.
Como cuenta Lama en su bitácora, estas últimas semanas se ha estado preparando en Badajoz una exposición sobre JR en el MEIAC. La impulsa la Editora Regional de Extremadura, por la que hizo tanto, y se titula Actos de fe / Acciones concretas (Julián Rodríguez, tipógrafo). El comisario es su socio y amigo -quién mejor- Juan Luis López Espada. Su hermano Javier ha estado también en ello, como los hermanos Sáez, Luis y Antonio, amigos de infancia de los Rodríguez (dos escritores cacereños, por cierto, que no figuran en la selección de abril). Estaba previsto que se inaugurara ayer, 18 de noviembre, y de hecho así fue, pero el acto no fue público por culpa de las medidas contra la covid impuestas por las autoridades en la ciudad fronteriza. Está abierta a quien quiera visitarla desde hoy (en el Panótico 2 del museo) y hasta el 12 de enero. 
Debajo hay imágenes de la muestra, por gentileza de Luis Sáez. Estoy deseando ver el catálogo, que ya está en camino.
Vuelvo al principio. Una humilde joya, ya se ve, la antología de abril, que uno no llegó a imaginar tan rigurosa y feliz. Enhorabuena a sus editores y mil gracias por haberme invitado a participar. 






26.4.21

De Julián Rodríguez


La exposición Actos de fe / Acciones concretas. Julián Rodríguez, tipógrafo (que ha pasado por el MEIAC de Badajoz y por la Sala El Brocense de Cáceres) y, en concreto, el cuadernillo "Diccionario de términos frecuentes" que, con ese motivo, ha editado con un gusto tan sobrio como exquisito (y en un papel estupendo) el comisario de la muestra, Juan Luis López Espada (cómo le habría gustado a Julián y qué bien le conocía su amigo y socio, lo mismo que su hermano Javier, Irene Antón, Paca Flores y Luis Sáez, que han colaborado con él), me mueven a escribir sobre mi relación literaria y de amistad con el escritor, editor, galerista y diseñador gráfico, como reza en la biografía que cierra el librito al que hago referencia. 
Como ha escrito en El País Estrella de Diego después de ver la citada muestra (parte sustancial de su legado), donde "sus libros no estaban colocados en vitrinas, sino expuestos en las paredes", "su vida fue muchas vidas, diferentes y semejantes; escritas en Bodoni o Stempel Garamond, que es tanto como decir cuidadas en la forma, porque las cosas que solo deben ser hechas con amor: deben hacer visible ese amor que las ha construido". Quiero creer que en algún rincón de una de esas vidas del "poeta de las mil vidas" pasó lo que cuento. 
Aunque ya conocía su revista de arte y estética Sub Rosa y, por tanto, tenía noticias suyas, creo que mi primer encuentro personal con Julián tuvo lugar en el Cementerio Alemán de Yuste. En el invierno de 1995. Allí organizó Salvador Retana una acción simbólica, instalación o happening, que consistía en cubrir las lápidas de los soldados muertos con telas blancas, a modo de sudarios. Convocó el artista a otros jóvenes pintores y escritores entre los que estaban los hermanos Rodríguez. Uno leyó su poema sobre el lugar, publicado poco antes en mi libro Una oculta razón. Después del acto, comimos en la hospedería del monasterio (que hace años que no existe). El día fue desapacible y lluvioso. Antes pasó lo inesperado. A pesar de que Retana había acudido mil veces a ese sitio y nunca se había encontrado con nadie que lo guardase, de pronto apareció un energúmeno (no sé si escopeta en mano), el supuesto encargado de aquello, dando voces. Pensaba que estábamos, ahí es nada, profanando tumbas. Es lo que tiene el arte conceptual. 
Ese mismo año volvimos a encontrarnos, cuando me invitó a presentar al poeta Francisco Brines en unas jornadas literarias que organizó en la Biblioteca del Estado de Cáceres. Allí estuvo, entre otros, el editor Manuel Borrás. 
Aunque seguía todas sus fugaces y volátiles aventuras literarias (Hotel Internacional, La ronda de noche) y manteníamos una cordial relación epistolar y telefónica, volvimos a contactar cuando expuso en Cáceres el pintor argentino Alejandro Corujeira (que años más tarde ganaría el Premio Obra Abierta, antes Salón de Otoño de Plasencia). Julián era por aquel entonces el responsable, precisamente, de la Sala El Brocense de la Diputación de Cáceres y el poema apareció en el catálogo de la muestra. 
He mencionado la "relación epistolar" y no he olvidado un detalle que tuvo conmigo y que demuestra su fervor tipográfico. Tuvo a bien mandarme un paquete con papel timbrado. Mi nombre y dirección postal estaban impresos en una elegante letra de color verde que destacaba sobre el tono crema. Es una pena que no haya conservado ni una sola de aquellas bonitas hojas. En algunas de mis cartas de entonces se verá. Lo recordaba López Espada en el HOY, que "era muy dado al regalo, a invitar. A poco que le conocieras te obsequiaba con un libro, o te pagaba una caña o lo que se terciara".
Un buen día Miguel Ángel Lama me pidió un texto para una nueva revista. Le envié una "Mínima poética" con la que muchos años después aún me identifico y que comenzaba: «Creo, con César Simón, que “la poesía es, antes que nada, un carácter”; que “existe como una forma de vida”». Baciyelmo era el nombre cervantino de aquella "revista iberoamericana de cultura" que surgió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura y que, como recordaba en su blog el profesor Lama, memoria viva de la literatura de esta tierra, "impulsó Laura Puerto Moro, hoy filóloga y editora de Rodrigo de Reynosa, y de la que solo salió el primer número de 1998, que publicó textos de Álvaro Valverde, de Javier Rodríguez Marcos y de Basilio Sánchez, entre otros". Además de la mencionada y el citado López Espada, entre sus promotores estaba Julián Rodríguez, estudiante entonces, que se ocupó de su diseño. Un diseño se señala en el cuadernillo que anticipa una de las colecciones más valorada y hermosa de Julián: la de Poesía de la Editora Regional de Extremadura, que, por cierto, se ha vuelto a rescatar después de que alguien sin gusto tomara la decisión de cambiarle su austero y clásico aspecto. 
Aunque estaba ilusionado, mi experiencia de publicar un libro en esa colección a instancias de mi admirado Fernando Pérez, a la sazón director de la Editora, no fue agradable. Estaba esperando dentro del coche en el aparcamiento del centro comercial Carrefour (que tal vez era todavía Continente) cuando recibí la llamada de Julián. Había salido de imprenta El reino oscuro (un puñado de poemas que tiene como centro la comarca de Las Hurdes, de donde procede parte de su familia) y lucía dos erratas significativas. Él estaba disgustado y, tras escuchar sus noticias, uno aún más. Desde entonces, tengo sentimientos encontrados con ese libro del que diré, con Catulo, que odio y amo. 
Fue en los años que pasé en la Editora, de 2005 a 2008, cuando coincidimos más. Él ya llevaba años colaborando con Fernando Pérez y, a la muerte de éste, quise que esa relación no sólo no cesase, sino que incluso se fortaleciera. Algo en lo que coincidíamos cuantos formábamos parte del pequeño equipo de aquella casa, en especial María José Hernández, que fue una gran amiga de Julián. Por cierto, espíritu libre, siempre se negó a formar parte de ese equipo mediante un nombramiento, digamos, oficial. No, no era el prototipo del funcionario. 
En esa época era normal que al menos una vez por semana le recogiera en Cáceres (en la esquina de la Cruz de los Caídos, al lado de donde tantas veces había recogido a Fernando) y viajáramos juntos a Mérida. Como terminaba antes que yo su jornada, volvía en tren. No tuvo nunca carnet de conducir. Las conversaciones del trayecto son inolvidables. A pesar de la timidez, un sentimiento mutuo, logramos un tono íntimo y confidencial que, al menos a mí, me ayudaba a enfrentar los no pocos problemas que la vida diaria y la gestión pública (con políticos de por medio) suscitaban. Lo mismo te resolvía una duda acerca del doble cerramiento de unas ventanas que te hablaba del noruego Kjell Askildsen. Me gustaba escuchar sus razonamientos, sus anécdotas, sus juicios literarios o musicales o cinematográficos, su interminable lista de lecturas y hasta sus maldades, que también las había. Una mañana, por ejemplo, me relató algo que no he escuchado contar nunca a nadie de su círculo de amistades o por él en ninguna entrevista, aunque doy por hecho que no lo inventó: su viaje a América con Miguel de la Cuadra Salcedo en la Ruta Quetzal (antes, Aventura 92). Como mencionó una escala en La Habana, deduzco que ese viaje se realizó en 1985 o en 1988, las dos ocasiones en que la ruta pasó por Cuba. 
De la intensa colaboración con la Editora en ese trienio surgieron dos nuevas colecciones: Plural y Viajeros y Estables.
De esa época, 2007, es también la hermosísima carpeta que diseñó para la Fundación Ortega Muñoz, compuesta por un grabado del pintor de San Vicente de Alcántara y tres plaquettes con poemas, respectivamente, de Santiago Castelo, de su hermano Javier y míos (Imaginario, que forma parte de Desde fuera). 
Era bien conocida su afición por la gastronomía y su condición de cocinero, aunque nunca entré en en su restaurante de Malpartida ni en ninguno de sus bares (soso y diurno que es uno). Eso sí, al poco de conocernos, llamó a casa por teléfono un domingo por la mañana. Había venido a pescar con un amigo (que no recuerdo ahora) en una charca cercana (imagino que tencas) y proponía que nos viéramos. Acepté de inmediato. Yolanda y yo le invitamos a comer. Como quiera que cerca de la casa de mi madre habían abierto un bufé, allí fuimos. Todavía me duele aquella comida. Por lo pésima que fue. Echemos la culpa al desconocimiento, sí, pero también a no aplicar el viejo refranero y, en consecuencia, acudir a un restaurante ya conocido. Una media sonrisa (tan suya) delató su decepción. La justicia poética quiso que unos años después tuviera el detalle de invitarme a las famosas jornadas de arroces que organizaba César Ráez en el Torre de Sande. Bien sabía de mi pasión por el arroz. Fue un ágape memorable y en la mejor compañía: la suya y la de Juan Luis. Mi gula arrocera quedó del todo aplacada. Ahora ese restaurante es de los dueños de Atrio, Jose Polo y Toño Pérez, y bien está recordar que Julián (bajo el sello Inmedia) editó Parte de todo esto, su imponente carta de vinos. 
Ya que hablo de comidas, una vez me llevó a un pequeño restaurante de menú, con aires de tasca, que había en Gómez Becerra. Le pedí ayuda para encontrar una buena ilustración que luciera en la cubierta de mi primera novela, Las murallas del mundo, y allí se presentó con fotografías de su primo Victorio Montes (de Ceclavín, como él), que murió pocos años después, a destiempo. Elegimos una de ellas. Descubrí luego que, oh casualidad, era de un edificio en ruinas situado en la calle de Los Quesos de Plasencia, donde hoy se encuentra una librería. 
El 15 de junio de 2000, en una tertulia titulada "Periféricos, últimos narradores desde el Oeste",  presentamos en la librería Fuentetaja de Madrid su libro de relatos Mujeres, manzanas (La Gaveta) y mi novela Las murallas del mundo, además de Las parcas, de Jorge Márquez, y El interior del bosque, de Eugenio Fuentes. El maestro de ceremonias fue su hermano Javier, que entonces trabajaba en el suplemento de libros del ABC. 
Pasamos un par de días juntos en Guadalupe, en 2006, en una reunión de escritores que se organizó con motivo del Año Jubilar. Al frente, Teresiano Rodríguez Núñez, director del diario HOY. En la intendencia, Castelo y Julián. Fruto de esas jornadas, el libro Encuentro en Guadalupe donde aparecen textos de Javier Alcaíns, Ángel Campos Pámpano, Daniel Casado, José María Cumbreño, Inma Chacón, José Manuel Díez, Santos Domínguez, Antonio María Flórez, Diego González, Gonzalo Hidalgo Bayal, Hilario Jiménez, Javier Pérez Walias, Serafín Portillo, Antonio Reseco, Javier Rodríguez Marcos, Antonio Sáez Delgado, Ada Salas, Basilio Sánchez, María Rosa Vicente, José Antonio Zambrano y Santiago Castelo. Ilustran el volumen fotografías de Modesto Galán, Toni Gudiel y Vicente Novillo. Por cierto, es difícil verlo en las que nos hicimos. Era un especialista en desaparecer o, si no, en emboscarse. Más si de retratos hablamos. 
Además de la mencionada edición de El reino oscuro, en lo literario, colaboramos en dos proyectos más. Fue él quien seleccionó los artículos que forman parte de mi libro El lector invisible, publicado por la Editora Regional en 2001, número dos de la colección Ensayos Literarios. 
También me ayudó con la versión definitiva de Desde fuera. De hecho la división en dos partes del mismo: "Desde dentro" y "Desde fuera", y la selección de los poemas de cada una fue cosa suya. Por eso, aunque aparece sin firma, escribió la nota que figura en la solapa del volumen. Como primicia, doy ahora el texto completo que me envió, un precioso regalo. Demuestra, entre otras cosas, su sagacidad lectora. 
«¿Cómo ha de ser un libro de madurez? ¿“Continuista” o totalmente nuevo? ¿Un libro de madurez es el que repite los mismos logros que el autor consiguió en textos anteriores o aquel que lo arrastra hasta lo que de modo consabido llamaríamos “borde del precipicio” para que mire lejos y, mientras, se mire a sí mismo? Sea cual fuere la respuesta, todo verdadero libro de madurez o primer libro de madurez, si es que hay más de uno– sería, o debería ser, un libro a medio camino entre el pasado y el futuro, entre los caminos transitados y los senderos aún por andar. Y éste, Desde fuera, lo es.
Un libro, además, de fusión también de poéticas, de visiones aparentemente discordantes de la poesía española reciente, una de cuyas voces más personales es, sin duda, la de Álvaro Valverde. Un libro que sabe ser a la vez, si el lector quiere llegar hasta al centro de lo verdaderamente importante y no a su retórica, “esencialista” y “existencialista”. Como esencialista afirma la prioridad de la esencia sobre la existencia, y como existencialista funda el conocimiento de toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia propia.
Desde fuera es también, siguiendo este cauce descriptivo y falsamente dicotómico, desde dentro. Los poemas “de viaje”, de exterior, se vuelven sobre sí mismos, como antes, frente al vacío, junto al abismo, para indagar en los interiores de la vida, de las vidas; los poemas “de interior” iluminan, con sus silencios y también, por qué no, con sus miedos, esas mismas vidas lejanas y exteriores.
Resulta también ya tópico hablar de paisajes y de “paisajes del alma”. Las palabras se gastan. Sin embargo, estas páginas enaltecen esa antigua metáfora: no sólo dibujan un paisaje, son paisaje. Verde y feraz, o dorado y seco, pero paisaje convertido en verdad y en realidad dos palabras aquí juntas por necesarias–. Y, no, no hay “personajes” en estos poemas, ni siquiera en sus monólogos: la voz del poeta no ha elegido vidas que “contar”, sino que ha sido elegida, como ventrílocuo, por esas vidas y sus historias son la materia misma del poema: palabras de una corporeidad poco frecuente, nacida como un golem, ser que vive más allá de las palabras.
Una de las acepciones de esencialista nos dice que lo es también aquel que defiende a ultranza determinados valores y creencias. Y no podremos dejar de pensar en ello al conocer la alta poesía moral de los versos de “Imaginario” o de “Entonces la muerte”. Con ellos, a través de ellos, los mejores lectores muy pronto se darán cuenta, a medida que lean y relean, que éste el más intenso poemario de Álvaro Valverde desde Una oculta razón (Premio Loewe en 1991)– es uno de los grandes libros del presente “poético” en castellano, un verdadero libro de madurez».
Nuestro penúltimo encuentro tuvo lugar en Plasencia, en la librería La Puerta de Tannhäuser, a finales de 2017. Lo relaté en este blog. Fue un rato delicioso, compartido con Gonzalo Hidalgo Bayal, fiel lector de Julián. 
Todavía nos vimos una vez más cara a cara, cuando me invitó a participar en el Seminario "Lo sublime a ras de tierra", de la Fundación Helga de Alvear. Fue un frío sábado por la mañana de finales de octubre de 2018 (Julián no llegó a quitarse su elegante abrigo negro). Hablé del Cementerio Alemán, donde nos conocimos. Uno iba, como siempre, con prisa y no pude quedarme a comer, y eso que me habló con entusiasmo del Figón (que sigue siendo mi restaurante preferido en Cáceres) y de las agradables sorpresas que se llevaban con su espléndida carta los invitados al encuentro.
Me alegro de que Porque olvido, lo más personal que uno ha escrito, se cierre con una mención a Julián. Qué menos. 
Estoy deseando que la Editora publiqué, según tengo entendido, los diarios que Julián fue publicando en Facebook ("diario online 2007-2019", según António Cerveira Pinto) y que uno leía con un placer inmenso. La nieve, su perra Zama, las lecturas, los paseos, la sierra... Es de lo mejor que escribió y, ya digo, lo espero con fervor en forma de libro (creo que a su cuidado estará el poeta Martín López-Vega). Para quienes quieran acercarse a algunos fragmentos del diario, la Fundación Ortega Muñoz los incorporó hace tiempo a su blog Arte y Naturaleza
El pasado día 21 se celebró en la Biblioteca Pública de Cáceres una mesa redonda sobre la corta pero intensa vida de Julián en la que intervinieron Andrés Trapiello (que ha sacado a nuestro amigo más de una vez en sus diarios), Javier Rodríguez Marcos, Juan Luis López Espada y Luis Sáez. Por suerte, se puede ver pinchando aquí. Miguel Ángel Lama, siempre atento, ha publicado en su blog una crónica del acto digna de ser leída. 
No querría terminar esta semblanza, este puñado de recuerdos que uno escribe porque olvida, sin hacer mención al pésimo trato que la Junta de Extremadura, máxima institución pública de esta Comunidad Autónoma, ha tenido con Julián, por más que esta exposición haya sido organizada por la Editora y a su inauguración asistiera la consejera del ramo. Como su amigo y mentor Fernando Pérez, Ángel Campos Pámpano o Antonio Franco (con quien tanto colaboró), por poner algunos ejemplos sangrantes, se fue de esta vida sin la Medalla de Extremadura, que era lo menos que merecía (siquiera póstumamente) después de haber hecho tanto por su tierra. Aunque a él (a ellos) esa devaluada distinción le importara lo justo (y menos), hubiera sido un bonito gesto que, de paso, hubiera premiado a todos los extremeños que amamos la cultura. ¿Qué puede dar a Cáceres más prestigio del que de verdad importa– que la acreditada editorial Periférica, que fundaron Julián y Paca Flores, tenga su sede allí? Para muestra...
Me quedo, en fin, con una conversación. Pudo ser una tarde de primavera cacereña. Sí sé que terminó en la casa familiar de la Puerta de Mérida. Por lo demás, ya nos advirtió Quevedo que la muerte no es un obstáculo para seguir dialogando con quienes nos dejaron. Más si, como hace al caso, se trata de un afable escritor con criterio al que uno admiraba. Seguimos. 

20.10.24

Fernando Pérez, un intelectual silencioso

Leí este texto ayer en Alcántara, en el marco del Congreso de escritores organizado por la AEEX con motivo del 40 aniversario de su fundación, después de una espléndida ponencia de Luis Sáez sobre otro intelectual, Paco Muñoz, el que fuera consejero de Cultura, que abría un homenaje no sólo a él, también a "aquel grupo de amigos" que le acompañaron en aquella apasionante aventura, cada cual a su modo; amigos que la muerte, como a él, nos arrebató. Me refiero a "los imprescindibles", en orden de deceso, Fernando Tomás Pérez González, Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo y Julián Rodríguez.  De los tres últimos hablaron, respectivamente, Carmen Araya, Carlos García Mera y Antonio Sáez. Le tocó a uno recordar al primero, el que antes y tan a destiempo se fue. Como el resto, apenas iniciada la cincuentena, salvo Castelo que estaba cerca de los setenta. 
Moderó la mesa el poeta placentino Serafín Portillo. 
Añado al final un post scriptum motivado por un comentario de Antonio Sáez en la emocionante evocación de su amigo Julián. 

Aunque parezca mentira, el que viene hará veinte años de la prematura muerte de Fernando Pérez, como le llamábamos casi todos. A destiempo, en plena posesión de unas sólidas facultades intelectuales y al frente de la Editora, que él realmente inventó, donde culminaba una década prodigiosa. Finalizada su labor como comisario de la exposición Extremadura en sus páginas. Del papel a la web, en la que estuvo centrado “hasta sus últimos días ―y no hablo metafóricamente―, con la enfermedad pisándole los talones”, como dejé escrito. En el catálogo, su último ensayo: “La ilustración pasa en berlina”.
De cuanto digo fui testigo y en esa condición quiero hablar hoy aquí. Con la perspectiva que proporciona el paso de los años.
 
Por su dedicación a las tareas de editor (y a algunas otras que le vinieron dadas por formar parte del organigrama de la Consejería de Cultura, de la que era titular su amigo Paco Muñoz), por su dedicación a las tareas de editor, decía, Fernando tuvo que dejar atrás dos pasiones fundamentales en su vida: la docencia y la investigación (la historia, la pedagogía, la literatura, el pensamiento científico, etc.). Siempre sospeché que la escritura creativa también había quedado aparcada. Su capacidad lectora, y desde temprano, alimentó siempre esa conjetura de la que no tengo más pruebas que la mera intuición. Sus artículos acaso le delaten, como aquel “Académicos de Argamasilla”, que publicó en el HOY tres meses antes de su fallecimiento y que, como afirmé en su momento, “tiene algo de testamento literario y moral”.
Sé a ciencia cierta que su dedicación a la Editora no daba para otras lindezas y que ese quehacer no admitía, consigo mismo, otras distracciones. Con todo, ahí están sus libros: El pensamiento de José Álvarez Guerra (bisabuelo de los Machado), Godoy y su tiempo, España sin sus colonias, Tres filósofos en el cajón, Los Orígenes de la Enseñanza Media. Badajoz siglo XIX o La introducción del darwinismo en la Extremadura decimonónica. Y el oportuno y póstumo Artículos y ensayos. “En el prólogo, que firma Fernando Pérez Fernández y uno ha leído con el corazón en un puño ―comenté cuando vio la luz―, se hace alusión a la modestia, tenacidad y discreción del autor, un investigador sistemático, y a sus aportaciones, llenas de profundidad, rigor y coherencia, sólo aparentemente modestas. No en vano compaginó esa vocación (que iba de la historia a la literatura, de la ciencia a la filosofía, del periodismo a pedagogía) con la práctica docente y, más adelante, hasta su prematura muerte, con su trabajo gustoso como editor, el mejor que hayamos tenido por estos lares.
Se recuerda su gravedad, que disimulaba con una aguda ironía, y su carácter serio, pero jovial. Se mencionan algunos nombres propios (maestros, colaboradores, amigos, etc.) y algunos versos convertidos en lemas que supo hacer suyos: el machadiano ‘Hacedme / un duelo de labores y esperanzas. / Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma. / Vivid, la vida sigue / los muertos mueren y las sombras pasan; / lleva quien deja y vive el que ha vivido’ (que acabó siendo su elegido epitafio), y el ‘Recuérdalo tú y recuérdalo a otros’ de Luis Cernuda”.
No está de más reconocer, llegados a este punto, la importancia que tuvo para Fernando la poesía (basta con comprobar el cuidado que prestó, por dentro y por fuera, a la colección de la Editora), algo tan raro como definitorio, un género, digamos, que otros, como Andrés Trapiello, han usado para recordarle y que denota su sensibilidad de lector de fondo y con criterio. A la justicia poética podríamos atribuir que su primogénito haya dado en poeta.
 
Recuerdo a Fernando en Plasencia, en 1996, durante la celebración de un Congreso de Escritores Extremeños. Fue allí donde se afianzó nuestra amistad. De tímido a tímido. Era secretario aún de la asociación convocante. La que organiza este Congreso. Como tantos, estuvo desde el primer momento en el empeño común de normalizar culturalmente esta tierra irredenta, secularmente atrasada. Fue uno de los que se quedaron (nos quedamos) para poder hacerlo desde aquí. En Extremadura, quiero decir, y no encerrados en un cómodo gabinete con una espléndida biblioteca. No había otro modo. Estaba casi todo por hacer. Qué bonita aventura.
En su caso, optó por implicarse desde la gestión política, que no deja de ser la manera más eficaz de conseguir cualquier objetivo social importante. Por suerte, la colaboración pública y privada, las instituciones y la sociedad civil, aunaron esfuerzos para lograrlo y, en buena medida, se consiguió. Su iniciativa al frente de la Editora Regional fue decisiva. Desde ese lugar propició numerosos proyectos, más allá del hecho capital de publicar, y del mejor modo posible, libros de autores extremeños o vinculados a Extremadura, además de los estudios e investigaciones necesarias para alcanzar, ya se dijo, esa normalidad perdida. La memoria de los acontecimientos que apoyara nuestra vindicación cultural. A través de los Talleres de Relato y Poesía, por ejemplo, con su apoyo a la revista Espacio/Espaço escrito o a las Aulas Literarias (lo que me lleva a mencionar a Ángel Campos Pámpano, otro “imprescindible”, amigo cercano y cómplice de Fernando). En efecto, estas actividades también estuvieron en su radio de acción, ya sea como inventor, ya como colaborador necesario. La suya fue, en suma, una vocación de servicio público que como en los casos de Julián Rodríguez y Ángel Campos nunca se vio reconocida siquiera con una Medalla, la máxima distinción institucional que se concede en esta Comunidad Autónoma, y que, de haber sido así, estaría mucho menos desprestigiada de lo que está.
Bromeaba Fernando con frecuencia acerca de lo que (con su amigo Antonio Franco, otro “imprescindible”) denominaba el patatal. Ese batiburrillo de poetastros de salón, eruditos a la violeta, académicos de Argamasilla y demás ralea, dizque culta, que pululaba y pulula por la Extremadura de nuestros dolores. Él pretendía para esta tierra que tanto amaba otra cosa menos banal y pedestre y su idea de Extremadura, perfilada en sus escritos y materializada en sus realizaciones como editor, simboliza los ideales democráticos y liberales (en su más genuino sentido, el ilustrado y decimonónico de la Constitución de Cádiz) y está en el núcleo de su pensamiento, que uno calificaría de socialdemócrata (al menos como se entendía entonces, poco o nada que ver con lo de Sánchez) y, a su modo, republicano. Fue, y eso es lo que a la postre importa, un ciudadano extremeño cabal.
 
Estamos de acuerdo en ponderar como hito máximo de su trayectoria profesional (y vital) su cometido al frente de la Editora Regional de Extremadura. Diez años en los que consiguió que un modesto sello público lograra la unánime acreditación de lectores, escritores, críticos, periodistas y, lo que es más difícil, de editores privados de la categoría de Beatriz de Moura (Tusquets), Jorge Herralde (Anagrama) y Manuel Borrás (Pre-Textos).
En el meollo de su culta y pacífica revolución, que habían iniciado otros once años antes, el cambio de diseño, esto es, la concreción de un nuevo paradigma tipográfico. Tan clásico como moderno. O precisamente moderno por clásico, como el propio Fernando. Para ayudarle a definirlo, la propicia presencia de Julián Rodríguez (otro “imprescindible” sin Medalla), que dio años más tarde en editor y que ya llevaba ―a las evidencias me remito― esa pasión libresca en la sangre.
De todas las colecciones que puso en marcha Fernando destacaría La Gaveta. Porque La Gaveta era él, algo que se comprende a la perfección después de leer el texto de Gonzalo Hidalgo Bayal que sirvió de presentación de Gaveta de gavetas en la Feria del Libro de Badajoz en mayo de 2006, accesible en la página web dedicada a la vida y la obra de Fernando que mantiene su hermana Celes.
Podría agregar la colección Ensayos Literarios, donde su retrato queda también perfectamente fijado.
Sobre su empeño dijo algo elocuente por demás: “Mantener ese territorio sagrado, donde sólo cuenta la excelencia y la calidad literaria me ha podido costar disgustos y enemistades, pero ese es el precio que debemos pagar los editores”.
Si a la colaboración con Julián añadimos la tarea impagable llevada a cabo por María José Hernández, el círculo se cierra y el milagro se explica, o casi.
 
No para hablar de uno, sino para dejar constancia de su ejemplo (bendita palabra), me permito evocar las muchas horas que compartimos en sus últimos años de vida, cuando la enfermedad limitaba un tanto sus acciones y yo le recogía muchos días en mi coche a la puerta de su casa cacereña para viajar juntos a Mérida o a al sitio que tocara. De esas conversaciones (nunca demasiado largas), de su discreción (el último “imprescindible, Santiago Castelo, con el que estuvo en La Habana, le calificó atinadamente de “intelectual silencioso” y Alonso de la Torre dijo: “A mí me gustaba Fernando Pérez porque no iba de nada, porque era calladito, porque se ha ido sin ruido y nos ha dejado el silencio”), de su entereza (como en aquella agónica comida con Antonio Franco que celebramos en torno a unos platos de arroz en Badajoz), de su elegancia (tan sobria como él), aprendió uno cuanto pudo. Intento retener esas inolvidables lecciones intemporales. No en vano sigue siendo uno de mis referentes; una de esas personas, poco importa si ausentes, a las que cada poco preguntamos en silencio si debemos hacer esto o aquello. Cómo lo harían ellas.
Javier Cercas lo definió como “hombre bueno”. Y como “patriota extremeño”. Como Borrás ―que destacó también su bonhomía―, desde el primer momento en que le conocimos, supimos a quién teníamos delante. 
Hay encuentros fundamentales en la vida de cualquiera y el mío con Fernando fue sin duda providencial. Con él y con su familia, pues tuve el placer de conocer a su padre ―el fino, azoriniano escritor Fernando Pérez Marqués― y de tratar a su mujer ―Susi― y a sus hijos ―en especial a Fernando―, así como a sus hermanas (menos a sus hermanos): Isabel, Celes y Julia, tres personas vinculadas a las letras por feliz tradición familiar. Que la saga de “los Pérez” (Luis Sáez dixit) continúe, lo anticipé en su necrológica, me alegra muchísimo. No más que a Fernando, esté donde esté.
“Hay una clase de amor que no puede ser dicha”, sentenció Julián Rodríguez refiriéndose a él.

POST SCRIPTUM

Diferenció Antonio Sáez, al recordar a su amigo de infancia Julián Rodríguez y con total pertinencia, entre seriedad y solemnidad. De hecho, aclaró, lo serio no mueve a burla pero lo solemne puede ser ridiculizado. Venía a cuento de una afirmación tajante: nunca vio quejarse a Julián. Odiaba el victimismo, tan común entre nosotros y en esta tierra. Nunca esperó nada ni le molestó que no se lo dieran. Al decirlo, me miró. Entre líneas se estaba refiriendo, aunque no sólo, o eso creí entender, a lo que uno había dicho a propósito de los premios y más en concreto de la dichosa Medalla de Extremadura. Me puse rojo, como el niño que es pillado en un renuncio. Ya dije en su momento que sobre este asunto no iba a volver a hablar. No desde que reivindiqué, a su pesar, para el escritor Gonzalo Hidalgo Bayal el galardón institucional que contó con el apoyo del Excmo. Ayuntamiento de Plasencia, quien presentó a la Junta su candidatura debidamente documentada— y se la concedieron... a Pepe Extremadura. 
Reconozco que me molesta profundamente esa omisión. Estoy a favor de las cosas bien hechas, qué le voy a hacer. Me fastidia, sí, que, salvo Castelo, ninguno de estos tres "imprescindibles" que tanto hicieron por la redención cultural de Extremadura (y no sólo) fueran reconocidos con la máxima distinción que otorga la Comunidad Autónoma en nombre, y esto es fundamental, de todos los ciudadanos extremeños. De las comparaciones... Estoy convencido, en fin, de que ninguno esperaba menos y que eso les daba absolutamente igual. Con todo, a la vista de sus logros, en el sentido más serio y profundo de lo que esa distinción debería representar (un sentido que se dilapidó, o casi, por el camino), qué menos. 

9.4.23

La literatura sin fin de Julián Rodríguez

Cualquier lector sabrá situar al extremeño Julián Rodríguez (Ceclavín, 1968) en el mapa de la literatura hispánica reciente y, ya allí, subrayar su importancia. Digo lector pero podría añadir, para otros ámbitos, distintos tipos de personas pues, además de escritor, fue galerista de arte, editor, diseñador gráfico, comisario y crítico de arte, cocinero, hostelero y tipógrafo. Su prematura, inesperada muerte a los cincuenta años de edad puso en evidencia, de forma abrupta, que el tópico de ese irremplazable hueco o vacío que deja según quién es a veces verdad. Para constatarlo la Editora Regional de Extremadura, a la que Rodríguez estuvo vinculado durante años, donde publicó, en rigor, su ópera prima (luego veremos por qué, en una colección que él mismo había diseñado), le dedica un homenaje en forma, cómo no, de libro que, bajo la coordinación del profesor de la Universidad de Évora Antonio Sáez (amigo del autor desde la infancia), se centra en su “universo literario”.
En el ajustado, esclarecedor prólogo, Sáez señala su “lugar singular entre los escritores de su generación”; que su obra es “una conversación” (con sus lectores, sus autores dilectos −a los que citaba con pertinencia− y la memoria); que “su cartografía simbólica” transita entre “el territorio de lo cotidiano y el de lo sublime”, entre el cosmopolitismo del viajero y el asumido provincianismo del que asienta sus raíces en “lo rural”; que sostuvo una alta exigencia para con el lenguaje (escritura y reescritura); y que, en fin, sus “dos grandes llaves” literarias fueron la sobriedad y la elipsis. Lo mismo que en su vida, cabría precisar. Fue un hombre contenido y lacónico.
El volumen se divide en dos partes que, según creo, no marcan significativas diferencias en lo que al alcance de los textos y a su presunto academicismo respecta.
Abre el fuego Fernando Valls, que le califica de “multifacético”, quien examina con rigor filológico cuentos y microrrelatos de sus primeras entregas. También lo sitúa en su contexto generacional y se refiere a lo sentimental y a lo familiar.
Otro filólogo, Miguel Ángel Lama, vuelve sobre el mismo “laboratorio”, el que componen los libros Mujeres, manzanas y Nevada (que, como aclara, se publicaron por separado debido a razones editoriales, pero “dos libros que fueron concebidos como uno solo”), así como Antecedentes, su mestiza, definitiva versión. La intemperie, la nieve, sus lecturas (fue un lector omnímodo) son otros elementos que completan una reflexión que concluye con un exhaustivo index nominorum.
J. Mª Pozuelo Yvancos se acerca a su “poética” de la mano de tres libros: Ninguna necesidad, Cultivos y Antecedentes (novela, autobiografía y relatos). Subraya su “economía verbal”, su “sobriedad” y su “estilo propio”. “Su actitud −dice− es la misma que sostiene un poeta”. La técnica del collage, el asunto de la identidad, su “estética iceberg” o lo rural (como se ve, un lugar común) están también presentes en el análisis de lo escrito por este “aliado de las pocas palabras”.
J. L. Bernal Salgado aborda con solvencia todo lo que tiene que ver con los lugares de JR. Su territorio, “al norte del Tajo”. “La clave de su originalidad, de esa diferencia, se halla en el propio Julián, en su fidelidad a sus raíces, al lugar de origen, a su genealogía”, manifiesta. En el olivo y el acebuche encuentra los símbolos para explicar la dicotomía entre “lo silvestre y lo cultivado”.
David Matías (pariente del autor y “fan”, uno de los que mejor conocen su vida y obra), escribe sobre su familia. Su verdadero “campo”. “Soy de pueblo”. Más que Ceclavín, Las Mestas. “No quiero ficciones”. La clave autobiográfica de sus “piezas de resistencia”: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos.
I. Mª. Pérez González estudia pormenorizadamente los personajes femeninos. Mujeres con nombre y sin él. Sus voces. “La grandeza de su insignificancia”. Entre ella, su madre: María; y sus abuelas: Claudia y Ángela.
Isabel Araújo Branco se ocupa de la relación de JR con Portugal, “presença assídua”. “Assume Portugal como uma extensão do seu espaço natural”. Su arte, su literatura, Lisboa… (Al cabo, por ceclavinero, no dejaba de ser rayano, anota uno.)
El incisivo Gonzalo Hidalgo Bayal regresa a Tiempo de invierno, su primera novela, premiada primero y publicada después, una vez reescrita, en una colección de literatura juvenil. La dejó atrás, viene a decir, por “adolescente” o por sus “imperfecciones”, pero cree que primó esto último, aunque a la postre ese hecho le convirtiera en escritor.
Marta Sanz escribe casi un libro, un extenso, penetrante diálogo con JR donde habla tanto de ella como de él. Y de Cultivos, “un tratado del conocimiento”. “Nos amuebló la cabeza”. Se lo dijo Javier, “tú sí conocías a mi hermano”. Contó “las raíces con palabras”. No olvida ni a Periférica ni a “la gran Paca Flores”.
Carlos Pardo lee el libro recién citado. Sus “piezas de resistencia”, dice, “inventan su género”. Poética y autobiografía desde “la complejidad del presente”. Escritura “esbozada”. “Elegíaca”.
Martín López-Vega, editor del póstumo de Diario de un editor con perro. La casa de las montañas. 2018-2019 da a la luz el prólogo que debió colocar al frente de esas notas que colgó de su muro de Facebook y que, siquiera como “borrador de libro”, en su versión “cruda”, matiza, publicó también la Editora. Alude allí a la búsqueda de la “patria rural” de Sciascia y al mundo rural de Pasolini. A sus observaciones del paisaje y a las voces que habitaban el lugar, la de su perra Zama inclusive. Sostiene que no se trata de un diario ni “íntimo” ni “personal”.
Iván de la Nuez evoca al JR total. Al que tenía “un plan”, a su ambición “olímpica”, al que pensaba “a España como una provincia de Iberoamérica”.
Constantino Bértolo aporta el texto que leyó en 2004 en la FNAC cuando premiaron a JR como Nuevo Talento. Es una carta a quien le ayudó “a ser mejor editor, mejor lector, mejor amigo”. “No es un escritor simpático”, confiesa. Creó “un solar” con sus libros, expone mediante una afortunada metáfora arquitectónica. Destaca tres elementos primordiales en su escritura: “la mirada, la tierra y la camaradería”. Aclara que “al mirar lo hace en compañía de otros” y que su voz “no quiere seducir […] sino compartir”.
Andrés Trapiello, con quien mantuvo “una amistad sin fisuras”, da dos textos. Unas páginas del tomo del SPP Siete moderno sobre una visita a JR en uno de sus restaurantes efímeros (donde relata su larga relación amistosa) y el artículo que publicó en El País con motivo de su muerte. “Se propuso ser moderno… sin parecerlo. Esto último, por delicadeza y, claro, por discreción”.
Para finalizar, Javier Rodríguez Marcos publica una amplia cronología que nos permite comprender mejor la intensidad con la que su “desclasado” hermano Julián vivió. Para verificar que, como afirma Iván de la Nuez, su legado es “intangible, a la vez que infinito”. Lo que fue autobiográfico y luego generacional es ya histórico.

Antonio Sáez Delgado (Coord.)
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2022. 180 páginas. 12 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 145-146 de la revista TURIA.

10.4.20

Los diarios de Julián Rodríguez

António Cerveira Pinto ha reunido en Arte y Naturaleza, el blog de la Fundación Ortega Muñoz, una suerte de micro-revista quincenal, todos los textos que Julián Rodríguez publicó en su muro de Facebook a lo largo del año 2019, desde el 1 de enero hasta el 28 de junio, cuando publicó su última anotación, escrita poco antes de morir. 
"Pueden leerse como un extracto de lo que hubiera sido su último libro, su anunciado Diario de un editor, o incluso de Fingirnos perfectos, la tercera entrega de su ciclo autobiográfico Piezas de resistencia, completada por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos", leemos en la citada bitácora. Para leer esta primicia, basta con pinchar aquí. Ojalá ese libro salga al final adelante. Para vencer a la muerte. Para deleite de sus fervorosos lectores, entre los que uno se encuentra. Cuando murió, escribí: "En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. (...) Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí".
La fotografía es de su perra, Zama, y esta hecha por Julián cerca de su casa de la sierra, donde le sorprendió la muerte. 

10.6.13

Lo rural (y más)

Patricio Pron. A raíz del hecho de que has nacido en una pequeña población rural española (Ceclavín, en Cáceres) y que esto es, aparentemente, bastante singular en el contexto de los escritores españoles de tu promoción, me gustaría comenzar preguntándote acerca de la relación que tienes con el campo.
Julián Rodríguez ¿Con los animales del campo? [Risas] ¿Con el campo en general?
P. P. Bueno, si tienes alguna experiencia personal con los animales del campo que quieras contarnos, desde luego, será muy bien recibida.
J. R. Lo digo porque Fogwill siempre me decía: «¿Cuántas ovejas te tiraste esta semana?» [Risas] Me mandaba mensajes de dos líneas para preguntarme qué tal iba la zoofilia, porque creía que todos éramos rurales de ese paño.
P. P. ¿No lo sois? [Risas]
J. R. No, somos más convencionales. En realidad, en alguna parte de los libros que he escrito y he publicado hay un aliento importante, una línea de fuerza, y también de resistencia, que sería precisamente esa, la que trata de lo rural. En parte porque uno detesta ese territorio a una cierta edad y luego, cuando aparentemente le ha llegado el momento de ser cosmopolita, acaba dándose cuenta de que es muy provinciano. Cada uno de mis libros se ha ido haciendo, precisamente, en el pensamiento de ese territorio. Digamos que ese espacio ni siquiera es un espacio mítico ni ése adorable y paradisíaco de la infancia, sino un espacio en contradicción también.

Este interesante diálogo forma parte -copio- del ciclo «Antología en movimiento», una serie de conversaciones públicas entre el escritor Patricio Pron y una selección de artistas de la escena madrileña contemporánea en la librería La Buena Vida. En este caso, el extremeño Julián Rodríguez. Está publicada al completo en el blog que el autor argentino tiene alojado en Revista de Libros.

20.5.08

Cultivos

Ayer, del tirón, leí el nuevo libro de Julián Rodríguez. Bueno, paré al llegar a las páginas finales, las que dedica a sus últimas horas con Fernando Pérez; el emotivo pero necesario relato que ya leyera en Badajoz, en el homenaje al "entonces" director de la Editora. Lo he vuelto a leer esta mañana, cuando amanecía.
Ya he confesado mi debilidad literaria (también personal) por Julián Rodríguez. No oculto, con todo, que mi predilección se centra en el ciclo Piezas de resistencia, del que Cultivos es la segunda entrega, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás. No me ha decepcionado, al revés, este "volumen de memorias, un diario, un cuaderno de notas" que es, sobre todo, a pesar de su poesía, una novela. Y un ensayo, puedo añadir. ¡Quién dijo géneros!
No cabe duda de que mi condición de extremeño ha ayudado. O, mejor, que ese azar hace que mi lectura sea distinta, supongo, a la de un catalán (valga el tópico) o un murciano (otro). Más aún si tengo en cuenta que mi procedencia, al contrario que la suya, no es rural. Para mi desgracia, nunca he tenido un pueblo; ni un Ceclavín ni un Las Mestas. Lo importante es que la pregunta de Fernando: "¿quién escribirá esta región, esta tierra?", queda contestada. Es sólo una respuesta, sí, pero sustancial a mi modo de ver. Más con la que está cayendo.
Volveré sobre el libro, claro. Para cultivarme. Falta nos hace.

2.4.23

En TURIA


En el último número doble de la revista TURIA firmo dos reseñas: "La literatura sin fin de Julián Rodríguez", sobre Ejercicio sentimental. El universo literario de Julián Rodríguez, el libro-homenaje que coordinó Antonio Sáez Delgado para la Editora Regional de Extremadura, y "Qué le voy a hacer...", sobre Mediterráneos. Poesía 2001-2021, de José Carlos Llop (Vandalia).  

14.4.14

Julián Rodríguez dixit

JR por Marta Zarco
El escritor extremeño ha conversado en El Periódico Extremadura con Salvador Vaquero. Estas son algunas preguntas y respuestas. 

-¿Cómo se define Julián Rodríguez?
-Crítico, es decir, pesimista por un lado; pero optimista "para la acción" por otro, siguiendo el dicho de Gramsci. Y con deseos de aprender siempre.

-¿Cáceres ha pasado del iceberg de la movida al último de la fila del panorama nacional?
-No soy nada nostálgico, y menos de los días de "juventud"... Creo que hay quien echa de menos su juventud y se equivoca al enjuiciar el pasado, recordándolo más brillante de lo que en realidad fue. Cáceres nunca ha pertenecido a la punta visible del iceberg cultural, pese a quien pese. Salvo, como el resto de Extremadura, en lo que se refiere a la poesía: puede decirse que la poesía hecha en Extremadura ha sido equiparable a la del resto del país desde hace mucho. Y me gusta, precisamente, que sea un arte "pobre" en lo material quien "represente" a Extremadura, me gusta esa humildad.

-¿Cuál es la situación actual de las letras extremeñas?
-Para bien y para mal, la misma que cuando había una política cultural más cabal. Eso en cuanto a "textos" me refiero. En realidad, toda crisis genera un espacio interesante para el arte, al contrario de lo que suele decirse, y aloja una luz singular y necesaria sobre la realidad que al final es fértil... Pero una cosa son los creadores (que, ojo, también necesitan "formación continua") y otra eso que llamamos "público": éste necesita inversiones en las bibliotecas, conferencias de calidad, cursos, seminarios, talleres, etc., etc. Y esto es lo que se nos niega a todos ahora.

24.3.21

Librotes

Tengo encima de la mesa seis voluminosos libros que, uno encima de otro, forman una significativa columna de papel. Cuatro de ellos pertenecen al mismo autor, José Antonio Cáceres, "el ignoto", como le denomina su principal especialista, por no decir su auténtica descubridora: Emilia Oliva García. Nacido en Zarza de Granadilla en 1941, Cáceres es artista plástico y poeta. Su vida ha sido inquieta y azarosa. Fue profesor en distintas universidades europeas y en la de Extremadura (de italiano), pionero de la poesía experimental (formó parte de los grupos Poesía Concreta y N.O) y autor de una extensa obra como poeta visual y como poeta, digamos, al uso. Esta última estaba inédita en su mayor parte hasta ahora y se reúne en dos gruesos tomos bajo el título de Autosugestión. Los poemas se agrupan en cuatro partes: de adolescencia, de juventud, de madurez  y de vejez. Publica la Editora Regional de Extremadura, en edición de la citada Emilia Oliva, casa que ya había incluido en su catálogo Moradas (2011).

En su vertiente plástica, otros dos volúmenes dan buena cuenta de la obra de este desconocido, salvo para los muy iniciados o para quienes, por casualidad, hemos vivido cerca de él. Me refiero al catálogo de la exposición Unidad del Mundo
 que le dedicó el MEIAC. La espléndida edición (estamos, sin duda, ante un libro precioso) lleva por título La consciencia de ser y fue la última que cuidó, junto a su socio y amigo Juan Luis López Espada, Julián Rodríguez. 
Aunque hay un puñado de colaboraciones, el extenso y bien informado estudio central está firmado, cómo no, por Oliva. 
En la introducción, nuestro añorado Antonio Franco, incondicional defensor de Cáceres, subraya este "gran descubrimiento". 
Pintura, poesía y experimentación se dan la mano en una obra imprescindible para cualquiera que quiera saber de quién estamos hablando. 

Figura
, que ve la luz en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura prologado y editado de nuevo por Emilia Oliva, es el primer libro experimental de Cáceres. Inédito también, estaba en poder de Fernando Millán, uno de los grandes nombres de la poesía visual en España (y no sólo) y se ha impreso en una versión facsimilar donde cada imagen es comentada por Oliva. 
No falta una útil cronología que, como en otras ediciones de las aquí comentadas, da muestras de la agitada, intensa vida del artista. 
Muchas horas de dedicación exigen estas páginas, pero bien merece la pena bucear en este mar donde la poesía y la pintura se mezclan con la misma naturalidad que la sal y el agua. 


Para los galanianos, que siguen siendo legión, este era un libro muy esperado. Aunque hay ediciones de las cartas de José María Gabriel y Galán, estamos ante el Epistolario más completo y fiable del poeta, publicado por la benemérita Editora Regional de Extremadura (que tiene en su catálogo una detallada biografía y la poesía completa del autor de "El Cristu benditu") en edición de su nieto Jesús Gabriel y Galán Acevedo. Más de quinientas páginas de cartas y un preámbulo iluminador de don Jesús. A su amigo José González Castro Crotontilo (médico en Guijo de Santa Bárbara), a Unamuno, Menéndez Pidal o Carolina Coronado, por citar los nombres más conocidos. 
En un momento dado (la misiva está fechada el 9 de diciembre de 1902 en Salamanca), Unamuno (que solía despedirse de él con un "Sabe cuán su amigo es") le dice: "Es muy raro que se dé lo que Wordsworth, una suprema sencillez y un presentar escenas familiares unido a la profundidad de pensamiento". 
De nuevo se aconseja al lector dejarse llevar por esas líneas que acaso expliquen, igual o mejor que sus versos, el porqué de la extraña pervivencia de Galán. 

La leyenda de Las Hurdes. Geografía, literatura e historia de una comarca mítica, del escritor y editor David Matías es otro librazo de casi setecientas páginas. Como los anteriores, no lo es sólo por su volumen, sino por su importancia. Fruto de su tesis doctoral y Premio Arturo Barea de Investigación, la obra recorre esa extraordinaria leyenda desde el barroco hasta la actualidad. Del poeta Lope de Vega al artista Wolf Vostell pasando por el hispanista Maurice Legendre (autor de Las Hurdes. Estudio de Geografía Humana, también en la Editora), los escritores Larra y Unamuno (que tanto las pateó), el médico Marañón, las fotógrafas Ruth Matilda Anderson (suya es la imagen de la cubierta, de Las Mestas en 1928) e Inge Morath, el cineastas Luis Buñuel y, en fin, los reyes Alfonso XIII y Juan Carlos I (de cuya visita uno fue testigo). 
Pocas regiones, señala Matías, jurdano de procedencia (como su familiar Julián Rodríguez, al que entrevista brevemente), con "mayor capital simbólico". 
Al modo de la Comedia dantesca, divide la "geografía moral de Las Hurdes: entre mito e historia" en tres partes: paraíso, purgatorio e infierno. Un interesante capítulo final titulado "Praxis y conclusiones" (donde se pregunta, por ejemplo, si existen Las Hurdes o si alguna vez existieron) cierra una obra llamada a ser referente en todo lo relacionado con ese apartado y siempre misterioso territorio.

18.4.18

El Extremadura

Mis primeros recuerdos del periódico se remontan a finales de los años setenta. Estudiaba uno Magisterio en Cáceres, de donde el diario es natural (desde 1923), y algunas tardes iba a visitar a mi amigo Felipe Muriel, ambos poetas en ciernes. En su casa, situada en la calle General Margallo, muy cerca de donde estaba el colegio San Antonio, se recibía un ejemplar por las tardes, entregado en mano. La edición, sí, era vespertina, como en sus orígenes la del italiano Corriere della Sera.
Muy pronto, por los azares de la vida, visité más de una vez los talleres donde se imprimía, en La Madrila. Otro periódico local y también vinculado a la Iglesia (al Obispado), El Regional, de Plasencia, donde publiqué mi primer artículo (con motivo de la muerte del poeta Blas de Otero, en 1979) y al que mi padre estuvo muchos años vinculado en su condición de administrador, llegó a un acuerdo con la empresa editora del Extremadura para lanzar la tirada en Cáceres. Uno era colaborador y redactaba los editoriales, tras previa y breve conversación telefónica con el sacerdote Virgilio Vegazo, responsable de aquello y mi primer maestro de montañismo. En aquellas rotativas conocí a Germán Sellers de Paz, toda una institución del periodismo extremeño, su director desde 1971 hasta 1987.
Eran viajes amenos por la vieja y mareante Nacional 630, más que nada por las conversaciones con mi acompañante y conductor, otro imprescindible de la prensa regional, Gonzalo Sánchez Rodrigo.
Desconocía en esos momentos que acabaría colaborando en El Periódico. Me invitó a hacerlo su director Julián Rodríguez, un gallego que dio un impulso considerable al medio, que desde 1988 pertenecía al Grupo Zeta. Hacía mucho que el diario había logrado un alcance regional (consolidado ahora con las distintas Crónicas), por más que nunca haya perdido su impronta cacereña.
Mi sección se titulaba “A poniente” y para ella escribí cerca de ciento sesenta artículos. Terminó con la marcha de Rodríguez a su tierra natal. Con todo, el artículo que mejor recuerdo de cuantos publiqué en el Extremadura es el que apareció el 12 de marzo de 2004, escrito la misma mañana de los atentados salvajes en los trenes de Madrid, cuando aún creíamos que había sido ETA la causante de la matanza. Aquel aciago día di la vuelta a la altura de Navalmoral de la Mata cuando iba camino de Tarragona para dar una lectura. Pronto comprendí que ese acto no podría celebrarse.
A instancias de Merche Rodríguez Rey, redactora en Plasencia, publiqué algunas columnas de tema local en “Placentín”, cuando gobernaron nuestro Ayuntamiento, respectivamente, el polémico José Luis Díaz y la primera alcaldesa de la ciudad del Jerte, Elia María Blanco.
Ni en una ni en otra sección me libré de algunas controversias, como la que tuve con el alcalde de Torrecilla de los Ángeles a propósito del cambio de ubicación del Centro de Profesores donde trabajaba y que terminó con la intervención de la Guardia Civil.
En un espíritu semejante al que inspiró la campaña “Un libro, un euro”, esto es, que los libros de autores extremeños fueran asequibles para el gran público, El Periódico Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, dentro del Plan de Fomento de la Lectura que uno coordinaba, lanzaron la colección que “Literatura Extremeña y Universal”.
Destacaría dos obras de aquella espléndida muestra: la edición de una antología de textos de humanistas extremeños realizada por los profesores de la Universidad de Extremadura César Chaparro y Manuel Mañas, y la Historia Literaria Extremeña de Antonio Rodríguez Moñino, un libro perdido que se rescató gracias al bibliófilo Joaquín González Manzanares, quien cedió los derechos.
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Siempre he sido lector de la prensa regional y defensor a ultranza de su necesidad y aun de su vigencia en estos malos tiempos para el periodismo, sobre todo en papel. La información contrastada y la reflexión serena sólo suele encontrarse en los diarios, más allá de las bondades que uno, analógico vocacional, atribuye al material en que están hechos, tacto, vista y olor incluidos.
Nos hemos enterado de lo que pasaba en esta tierra gracias al Extremadura y en momentos de gran efervescencia cultural ha sido un fiel aliado de esa transformación normalizadora que tuvo lugar a finales del siglo pasado y principios de éste en una región donde durante siglos dominó la incuria. Cómo olvidar, en este sentido, la labor de Liborio Barrera, que tanto echo de menos, lo mismo que la de otros grandes profesionales del periodismo cultural extremeño de éste u otros diarios.
Mil veces se ha anunciado la muerte de El Periódico Extremadura y, por suerte, otras tantas ha sido desmentida. Sigo viéndolo como un medio capaz de completar y de complementar la información de los otros, ya sean de la prensa, la radio o la televisión, sin olvidar los virtuales o internáuticos. ¡Larga vida!












Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
La fotografía de arriba es la que ilustra el texto, de Francis Villegas, seguramente, o puede que de Toni Gudiel.

1.12.21

Un refugio en las montañas

Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968–Colladillo, Segovia, 2019) fue editor, galerista, diseñador gráfico y tipógrafo, pero, por encima de todo, escritor.
Fundó las revistas Sub Rosa y La ronda de noche y dirigió la galería de arte Casa sin Fin y la editorial Periférica (junto a Paca Flores), Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural y al Fomento de la Lectura en Extremadura. Tanto la galería (antes hubo otras) como la editorial tuvieron desde el principio su sede en Cáceres.
Fue autor del libro de poemas Nevada; de los de relatos Mujeres, manzanas, Santos que yo te pinte y Tríptico; así como de las novelas Tiempo de invierno, Lo improbable, La sombra y la penumbra y Ninguna necesidad, las tres últimas reunidas en el volumen Novelas (2001-2015). También de un ciclo autobiográfico compuesto por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos.
Además de los mencionados, a título particular, obtuvo los premios Cáceres de Novela Corta, Nuevo Talento Fnac y el Ojo Crítico de Narrativa (RNE).
Antes de su prematura muerte, los lectores de Rodríguez llevábamos años esperando un nuevo libro. Sus tareas como editor, profesor invitado en el Máster de Edición de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y galerista (también las relacionadas con la tipografía, como la monumental carta de vinos de Atrio, restaurante cacereño al que dedicó también un libro) acapararon su atención hasta el punto de impedir que ese deseo se hiciera realidad. Por eso sorprendió tanto, y para bien, que en su muro del mundanal Facebook (otra rareza) publicara a lo largo de 2018 y 2019 un diario que todavía se puede visitar. Esas anotaciones (no todas, hay otro diario, digamos, extremeño), que como bien dice su editor, Martín López-Vega, tienen “evidente vocación literaria”, se publican ahora en forma de libro –el que, hipotéticamente, JR concibió– dentro de la colección La Gaveta, diseñada por él para la Editora Regional de Extremadura cuando la dirigía su amigo y mentor Fernando T. Pérez González.
Diario de un editor con perro, como objeto, es precioso y doy por hecho que detrás de su humilde y elegante belleza formal está la mano de otro amigo, su socio Juan Luis López Espada, digno heredero de su savoir faire. En la cubierta, sobre un vistoso fondo rojo, un retrato de Zama, su perra, que “de espaldas, espera su comida”, como se indica debajo con la inconfundible letra de su autor, JR.
Zama y él son los protagonistas de este diario que llegó a nombrar en vida y lleva como subtítulo “La casa de las montañas”. En efecto, ese era el lugar donde se escribió, una cabaña con regusto literario (nórdico o centroeuropeo, norteamericano incluso) situada “en uno de los lados segovianos (alto y pobre) de la Sierra de Guadarrama, a sólo una hora y media de coche de Madrid por la carretera de Burgos… pero en realidad ya en otro mundo. De viernes (a las doce de la mañana) a lunes (a las nueve de la mañana) ahí se refugia uno”, como le contó a Enrique Bueres en FB.
Cerca de la Casa de los Mastines, los Prados Altos y el Valle Oculto.
La primera entrada es del 4 de enero de 2018 y la última del 27 de junio de 2019, dos días antes de morir de pronto precisamente allí.
Su estancia serrana es posterior a los serios problemas de salud que se le presentaron unos años antes; sin embargo, la enfermedad no aparece en las páginas de este cuaderno donde sólo una vez se menciona la palabra hospital (en plural, para ser exactos: pág. 139). Nada (o casi) hace sospechar al lector esa íntima circunstancia. Acaso esa manta de coche con la que se cubre las piernas, dentro o fuera, que da al personaje un aire convaleciente. “Hemos vuelto, aquí estamos. Una propina, como dice el verso”.
¿De qué se habla en Diario de un editor con perro? En lo sustancial, de lo que a JR le interesaba. Si algo queda claro al leerlo es que, como en ningún otro libro suyo, estas palabras nos permite acercarnos con llaneza al hombre que fue, con independencia de que lo conociéramos en persona o no. 
Habla de la casa, ante todo. Y del jardín, con su pozo y su banco, el arriate, el balconcillo, la leñera… Una casa donde “no hay televisión, no hay wifi; sólo piedra, mucha piedra, y madera, mucha madera. De sabina (con su olor tan especial), de roble. Libros y libros ocupan estanterías y rincones”.
Una casa solitaria (no menciona en ella a nadie que no sea Zama o él, salvo el equipo de Periférica u operarios de paso, y apenas da cuenta de algunos vecinos o de su paso por la tienda o la carnicería del pueblo) y silenciosa (delante pasa una calleja poco frecuentada) donde casi siempre suena, no obstante, la música. Clásica principalmente. Los lieder de Mahler y Schuber, pongo por caso, o Bach, sin que por ello falten canciones de Dominique A.
Una casa con chimenea y con fuego a la que va para vivir “el silencio y los minutos largos”.”El tiempo –escribe– era de otra época, no había urgencia alguna”.
Allí, las tareas domésticas. Como la cocina. A veces deja caer alguna receta (no en vano tuvo un restaurante). Sencillas, de platos tradicionales (lo mismo te prepara un arroz, una sopa, unas migas o una menestra que te fríe unos churros) y de aprovechamiento, aprendidos de sus abuelas y de su madre, la que le cose los manteles. (Por cierto, qué alegría habrá sentido al tener este libro de su querido hijo ante los ojos, entre las manos.) “En el calor y la intimidad de la casa –leemos– el tiempo no es de este tiempo, sino de aquel otro en el que me enseñaron a cocinar las mujeres”.
Nunca falta en su dieta el té blanco ni la mantequilla de Soria (dulce o salada) ni una hogaza de pan asentado. Lo último a lo que alude en su postrera anotación es a un pisto.
Para alguien que pasó su infancia en Las Hurdes (su hermano Javier nació dos años después que él en Nuñomoral), el campo y sus labores no tiene misterios. Por eso sus descripciones son tan precisas. Conoce el nombre de las plantas, los árboles, los pájaros, los utensilios…
Cuando pasea con Zama (lo que hace con asiduidad), encuentra zorros, cuervos, lobos, corzos, buitres… Paseos por caminos que tienen algo de “túnel del tiempo”. Como ese que “me lleva siempre hasta otros caminos verdes (de la infancia y de Las Hurdes)”.
Otra presencia casi constante es la de la nieve, que tanto le gusta a Zama. Y a él, feliz niño grande.
En esta edición se han perdido, claro está, las fotografías que acompañaban en Facebook a los textos y donde se podía apreciar esa pasión de la perra por esa agua helada. “Huele a Norte”, dice en una ocasión. Y: “Los aromas de invierno son para mí, disculpad, como un viaje en el tiempo”. La meteorología, en fin, es una variable reiterada.
Quienes conocen la vida y la obra de JR saben que era un gran lector. Se constata en estas líneas. Era una pasión inocultable. Distingue entre leer y estudiar. A ambos quehaceres dedica, como es lógico, no pocas horas en ese “refugio” (pág. 121). En el segundo caso, analiza las obras de pintores y dibujantes, que, como en el caso de los escritores, nos descubre con un tino que refuerza su faceta crítica, poco explotada por él, aunque en sus entradas de Facebook abunden esas lúcidas observaciones.
Otras veces lee y corrige galeradas de los libros que edita.
Aunque sólo publicó un libro de poemas (su ópera prima: Nevada), la poesía no le abandonó nunca. Ni en su escritura ni en sus lecturas. Por eso cita con frecuencia versos y poetas: Bonnefoy, Auden, Borges, Dickinson, Berger, Brönte, Yeats, Rich, Pacheco, William Carlos Williams…
Porque hablamos de un libro y de literatura, no podemos olvidar que si por algo se caracterizan estos diarios en las secretas postrimerías es por su estilo. Su tono es, comparado con el resto de su obra, el más sencillo y claro. No, no era JR un escritor al uso. Sus libros eran complejos y exigían complicidad por parte del lector, lo que suele pasar con todos los autores que merecen la pena. Aquí, con todo, su escritura es luminosa, antirretórica, cercana, evocadora y, en consecuencia, la lectura torna transparente. Verdad y belleza que seducen por su genuina naturalidad.
 
Diario de un editor con perro
Julián Rodríguez
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2021. 176 páginas. 11 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.