5.11.21

84 Charing Cross Road

 

Con cuánto gusto he visto La carta final, que es como aquí titularon 84 Charing Cross Road, dirigida por David Hugh Jones y protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins. 
Estará en TCM hasta el día 10.
Por lo demás, qué buenos recuerdos del libro autobiográfico de Helene Hanff que inspiró la bonita película. 
Agradezco a mi amigo Santiago Antón el aviso. 
Tan melancólica como memorable. 

3.11.21

El libro póstumo de Brines

Francisco Brines
Tusquets, Barcelona, 2021. 64 páginas. 14 €
 
El pasado 21 de mayo moría Francisco Brines en su casa de Elca (“donde transcurrió lo mejor de mi infancia, desde el lugar donde me dispuse a contemplar con sosiego y temblor, la vida y que para mí ha llegado a simbolizar el espacio del mundo”, “el lugar donde se han cruzado todas mis edades”), unos días después de recibir de manos del rey Felipe VI el Premio Cervantes 2020.
Su poesía, reconocida con los máximos galardones, luce, única y distinguible, en medio de una constelación de excelentes empresas poéticas concebidas por los miembros del Grupo del 50, una generación sin duda extraordinaria.
Aunque su obra estuviera cumplida, se sabía que el poeta estaba trabajando (durante los últimos 25 años, desde que publicó La última costa) en un libro futuro, éste, “que la editorial ha decidido mantener de la forma más fiel posible el manuscrito como él lo dispuso”.
Con motivo de la concesión del Cervantes, Pre-Textos publicó una antología personal titulada Desde Elca con siete poemas inéditos: “Reencuentro”, “El último viaje”, “El testigo”, “El vaso quebrado”, “Las últimas preguntas”, “Mi resumen” y “Donde muere la muerte”, el que da título a este libro póstumo compuesto por veinticuatro poemas entre los cuales no figura “Las últimas preguntas”, ignoro el porqué.
Al comentar ese adelanto, señalamos que no iba a ser “un libro cualquiera”. Por el rigor autocrítico que siempre mantuvo, con independencia de la edad. En efecto, se ve que estamos ante un libro pensado y no sobrevenido, como a veces ocurre. En la línea de lo que ocurrió, pongo por caso, con Fragmentos de un libro futuro, de José Ángel Valente, compañero suyo de promoción.
Pero no nos engañemos con la muerte y las postrimerías. Brines tituló su poesía reunida (desde la primera edición,  de 1974) Ensayo de una despedida, y en realidad eso ha escrito a lo largo del tiempo: una extensa elegía.
En “Brevedad de la vida”, prosa poética (poco usual en él) que abre el volumen, leemos: “El vivir es un principio del morir, ya el acabando”. Y: “La rosa es símbolo de tanta brevedad, mas la rosa es consuelo, porque aroma”. ¿No era eso El otoño de las rosas? Y: “el hombre sólo se cumple en el amor”. “La vocación más honda, la amorosa”.
Recuerda en “Mi resumen” su epitafio: “Como si nada hubiera sucedido”, conciencia de la fugacidad de cualquier existencia. Y a Luzbel (como en Insistencias en Luzbel), “el ángel más bello, / dueño de sí, / pues supo renunciar a su Dios”. Y ya que lo menciono, la religiosa es una presencia significativa. En un poema subtitulado “Último rezo”, leemos: “Oh, Dios, si existes / o si fuiste”. Y en “El testigo”: “¿Quién pone en nuestra mente la incógnita de Dios?”. (El poeta, no se olvide, depositó en el Instituto Cervantes su libro inédito Dios hecho viento, escrito en plena adolescencia, “fruto de su primera crisis religiosa”.)
En el poema que nombra el libro, sobre la de su madre, advierte que la muerte “en la vida tiene tan sólo su existencia”. Madre que reaparece (“Me llegan oleadas de amor”) en “Un aire en la terraza”. Lo hímnico nunca falta en la poesía elegíaca de Brines, que fue un gran vitalista. Lo dice en “La suerte de la moneda”, una paradoja cierta, y se demuestra en un par de poemas delicadamente eróticos, de celebración juvenil, playera y carnal: “Al besarte, está naciendo el mundo / por primera vez”. Un mundo que es “luz de mar” y “mañana sola de la infancia”. “Me regreso a la infancia”, dice en “La manzana imaginada”: “Fue la manzana que resumió mi vida”.
La casa familiar, donde decidió retirarse, se rememora en “Reencuentro” (“He regresado a Elca”), donde, feliz, “besa” de nuevo a sus padres. Y la heredad de Oliva es protagonista de “Declaración de amor”: “Cuando estoy ausente de esta casa / se suceden aquí los días para nadie”. “Tan solitario yo”. Como en “Paréntesis cerrado”: “Soy huésped de la vida que no me pertenece, / […] / sólo es mío el naufragio, / […] / mi exacta desnudez”.
Se aprecia a lo largo del libro un gusto por la depuración juanramoniana, por la concisión y la palabra exacta, y todo se expresa con un ritmo impecable, música callada que Brines, gracias a su oído, domina. También un tono metafísico, acorde con el poeta meditativo que es, propio de alguien que sabe a ciencia cierta que está escribiendo sus últimas palabras. Y con qué serena emoción.
En “El testigo” leemos: “Nada he sido. / Mi testigo, lector, pongo en tus manos”. Y más adelante: “Así se va la vida, y vuelve luego, / y otra vez se disipa. / Yo sigo retrasando la partida final”. Contra el “frío demente”. A punto de “El último viaje”, que tanto tiene que ver con el poema final de La última costa, su libro homónimo. “Me iba para siempre / de la vida que amé / como el don de un dios bueno, / muy bueno e inexistente”. Termina: “Y que sea el Silencio”.
El poema final, “El vaso quebrado”, dedicado a sus discípulos Marzal y Gallego, escrito a modo de testamento,  alude a que “hay veces que el alma / se quiebra como un vaso”, pero antes de que “se rompa / y muera (porque las cosas mueren / también)”, quiere “que dejes / las palabras gastadas, bien lavadas, / en el fondo quebrado de tu alma, / y que, si pueden, canten”. ¿Para qué otro fin existen?
Tres fueron las “fauces” del poeta: “del animal que soy, / del Dios (que me abandona) / y estos restos de espíritu y de carne / que se muerden”.
“El asombro que en la adolescencia era para mí la poesía es ahora revelación”, dijo Brines. Algo “que no viene de fuera, sino de mi interior secreto y oscurecido”. “La poesía no es un espejo, es un desvelamiento. En ella nos hacemos a nosotros mismos. No buscamos reconocernos en ella, sino conocernos”, concluye.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

30.10.21

Algunas sorpresas poéticas recientes

 

Aunque he decidido dejar de escribir la reseña semanal para El Cuaderno (a quien sigo vinculado) y mantener sólo las mensuales de El Cultural y algunas esporádicas para otras revistas en las que he venido colaborando habitualmente, pensando en algunos lectores afines, atentos y curiosos, me cuesta silenciar algunas lecturas de libros que bien merecerían (y merecen) ser comentados. Sin orden de prelación, y por (demasiado) breve, voy desmontando el rimero de obras que he ido apilando en una columna tan inestable en lo físico como sólida en lo poético. 
Cuaderno de Cabo Verde (Ediciones del Pampalino), del canario Melchor López, me ha parecido, por ejemplo, un librito (a su volumen me refiero, y qué bien editado) sorprendente. Poemas como "Vida retirada", el que lo cierra, ni se escriben ni se leen todos los días. La fuerza del lenguaje al servicio de las vivencias de un viajero al que necesitamos escuchar.
Otro tanto cabría decir, aunque en poesía cualquier comparación sea odiosa, de lo último del gallego Pablo Fidalgo Lareo (por cierto, su obra El libro de Sicilia se ha representado durante el mes de octubre en el Teatro María Guerrero de Madrid). El perro en la puerta de casa (Liliputienses) es uno de sus monólogos más intenso, isleño también (como el de López) y siciliano por los cuatro costados. Allí leemos: "Este soy yo: / una inmensa vocación fuera de lugar". Y: "Navegar es un acto íntimo". 
Por seguir con las sorpresas, valgan estas dos nuevas, excelentes entregas de la colección pequeña, digamos, de Galaxia Gutenberg, al cuidado de Jordi Doce. Dos rescates, añado, de lo más oportunos: el del libro En castellano, del bilbaíno Blas de Otero, que no ha perdido (me temo) actualidad, con un prólogo, preciso y singular (su toque es único), de Javier Rodríguez Marcos, y Treinta poemas, del alejandrino Constantino Cavafis en edición de José Ángel Valente (con la colaboración de Elena Vidal). Tras una oportuna nota del editor, se mantiene el lúcido prólogo del autor de A modo de esperanza (que, como para tantas otras cosas, demostró con esta apuesta cavafiana un fino criterio) y, además de los poemas (acaso los más sustanciosos del poeta griego), los dos epílogos, luminosos también, que figuraban en sus primeras ediciones (la malagueña de Caffarena & León y la barcelonesa de Ocnos): textos de Seferis y de Auden sobre una poesía que ambos poetas conocían muy bien.
No podían decepcionar, sin dejar por ello de conmover, La luz pensativa (Pre-Textos), del gallego José Cereijo, un libro mayor donde el amor y la emoción son ley, y Nada con que volver (La Veleta), del cordobés Rafael Adolfo Téllez, con versos que nos transporta a un mundo rural emboscado entre la niebla de lo perdido y que, a rachas, se asemeja a un paisaje fantasmal y rulfiano. 
No, no cabe duda de que estamos ante dos poetas necesarios y ante dos libros bellísimos, por dentro y por fuera. 
Una ópera prima, Roma y otros destinos (Poesía Al Albur), del sevillano Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, también me ha descolocado. Quizá se explique si tenemos en cuenta que son poemas que lleva escribiendo media vida y que la suya ya ha superado il mezzo del cammin. Culturalismo, viajes y experiencia se mezclan en estos versos con naturalidad y solvencia. 
En la misma editorial ha publicado el "poeta tardío" alcalareño Enrique Baltanás su Antología completa. Le antepongo el posesivo porque, como bien dice, "cada lector se fabrica su propia, intransferible y heterogénea antología personal". Él, "como lector", ha hecho esta, la de "alguien que, aunque tan cercano de mí como pueda estarlo mi sombra, jamás he podido confundir conmigo". Pide que "tampoco se confunda el lector". Y añade: "Quien habla en los poemas, sea quien sea, tiene por lo menos algo claro. Yo mismo, muy al revés del hidalgo manchego, no sé aún quién soy. Tal vez sólo la sombra de esa sombra que escribe los poemas. Esa sombra que busca su contrapeso de luz en la luz de la silente música del verso". Tampoco se atreve a ponerle al florilegio una poética (sí tiene un poema con ese título), porque sería "invisible" o "prestada", comenta, o porque cada poema, y no cada poeta, tenga acaso la suya. 
El conjunto tiene aires de poesía reunida, donde encontramos poemas inéditos, alguno en francés y los demás revisados "hasta el punto −anota con ironía− de parecer distintos". La poesía de un poeta lúcido y honesto como pocos. De los que no defraudan. 
Los italianos han cobrado en mis lecturas recientes un subrayable, inesperado protagonismo. Así, en la ejemplar, modélica colección Z. Gli incursori. Poesía italiana contemporánea, que dirigen para la Asociación Cultural Zibaldone Paolo Febbraro y Juan Pérez Andrés, Habla el mono, de Matteo Marchesini, y Sesenta poesías, de Giorgio Manacorda. El primero está traducido por Juan Francisco Reyes Montero y el segundo por Berta González Saavedra. Para lectores exigentes. 
He disfrutado mucho con Mis poemas no cambiarán el mundo. Antología (1947-2013), de la todina Patrizia Cavalli que publica Pre-Textos en traducción de Fabio Morábito y Juan Andrés García Román. Todo un descubrimiento, lo que no me extrañó al ver al frente, y muy bien acompañado, a mi admirado Morábito. 
Poemas extensos como "Aire público", "La guardiana" (que, una pena, no se da entero, por más que lo leído baste y sobre) o "La majestad bárbara" dan la verdadera medida de esta poeta de la Umbría, lo que no obsta para que uno reconozca que en las distancias breves también se maneja con destacable soltura.
Nada desdeñable, aunque en otro orden de cosas, es la poesía de la riminesa Sabrina Foschini, que presenta Mordiscos y plegarias en Renacimiento. La traducción y el prólogo son de Juan Vicente Piqueras. Me han gustado especialmente sus "poemas bíblicos". 
Tampoco tiene desperdicio El comisario Magrelli (Visor), del romano Valerio Magrelli (en traducción de Ernesto Hernández Busto), más accesible, según creo, que en libros poéticos anteriores (me refiero a los de la editorial madrileña, traducidos por Carmen Romero). Hasta los que no leen poesía podrían disfrutar de los casos de este poeta reconvertido en detective. Lo dice él mismo: «Cuando me encontré con mi comisario homónimo, confieso que no me sorprendí. Entre tantos de sus colegas, antes o después, era normal que también él apareciera. Más bien me asombró la terquedad, la obstinación con que lo he visto viajar de Egipto a Francia, de Estados Unidos a Turquía, siempre devoto de un sueño infantil de justicia e, incluso, de una justicia en verso. Su patria, sin embargo, sigue siendo Italia, mientras que su especialidad parece consistir en la defensa de la víctima». Sí,  «en resumen, microhistorias e invectivas. Sin embargo, el verdadero hilo conductor sigue siendo la reflexión sobre una ley que a menudo, demasiado a menudo, tiende a olvidar los pobres derechos de las presas, especialmente los de aquellas inermes por excelencia: mujeres, paisaje e infancia». Es entretenido y nos ayuda a pensar. Magrelli siempre me resultó un poeta inteligente. 
Dejo para el final un par de ejemplares que no siendo poesía, en rigor, a mí me lo parecen. Hablo de Caballos de cantan (La Isla de Siltolá), de la malagueña Isabel Bono, aforismos, o así, que son, ya digo, pura poesía, y Polen (Editora Regional de Extremadura, colección Ensayos Literarios), de la salmantina (criada, si se me permite el matiz, en Guijo de Santa Bárbara, un pueblo esencial en esta historia) Carmen Hernández Zurbano. Es su debut en la prosa y sería deseable disfrutar de él junto a su último libro de poemas, Esa flor parece un pájaro, un complemento ideal. Más allá, Polen prueba la valía de Zurbano como fundadora de un mundo personal, sugerente y hasta inquietante. 
Ya se ve que la cosa ha ido hoy de sorpresas. Vendrán más. El siguiente rimero crece.

NOTA: Ilustra esta entrada el cuadro "Hombre sentado sobre un tronco", de Karoly Ferenczy.

28.10.21

Timoteo Pérez Rubio, poeta

 

Recuerdo bien la primera vez que Antonio Franco, a la sazón director del MEIAC, con la pasión que le caracterizaba, me habló de los poemas inéditos de nuestro paisano Timoteo Pérez Rubio, pintor, marido de la escritora Rosa Chacel y responsable, recuerda la inefable Wikipedia, del traslado a Ginebra de buena parte del Tesoro Artístico Nacional (especialmente de muchas de las mejores obras del Museo del Prado, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, los monasterios de las Descalzas Reales o El Escorial), realizado en los últimos meses de la Guerra Civil Española. 
La Editora Regional, donde uno paraba entonces, estuvo dispuesta a publicar esa obra futura. Sugerí que se pusieran en mano de algunos profesores de la Universidad de Extremadura, de su Facultad de Letras. 
No ha llegado a verlo, pero me alegro mucho de que por fin esos versos hayan dejado de ser secretos.
Estamos, en fin, ante el fruto del proyecto de investigación “El fondo literario de Timoteo Pérez Rubio” (Laboratorio Edición Digital de la UEX), desarrollado entre 2017 y 2021 por un equipo interdisciplinar, que ha sumado a los fondos del MEIAC una desconocida e interesantísima documentación, descubierta en otros archivos, Bibliotecas y Museos, pero fundamentalmente en Brasil, en la Fundación Cultural e Filantrópica Léa Pentagna de Valença. Ahora ven la luz, tras varios años de trabajo, los resultados de esa investigación, recogidos en el libro-catálogo Timoteo Pérez Rubio, Poeta-pintor en Brasil: Soledad, Amor y melancolía, y en la exposición que, con el mismo título, se podrá ver en el citado museo pacense.

26.10.21

Arcadi Espada: poesía y periodismo


"Siempre he tenido la impresión de que hay en usted una tensión íntima entre el poeta y el periodista, entre el sentimental y el racionalista, entre el flamenco y el afrancesado. ¿Me equivoco?", le comenta Jorge Bustos a Arcadi Espada en una entrevista que publica El Mundo, periódico de ambos. El autor de La verdad responde: "Bueno, bueno, esa es una pregunta-río muy interesante y muy difícil de responder. ¡Yo me quedo con Manitas de Plata, que reunía lo flamenco y lo afrancesado! Yo creo que lo más parecido a un poeta es un periodista. El novelista es un exuberante: se deja llevar por el fruto de su imaginación desbordante, donde cabe todo. Balzac es el prototipo. Para ser un novelista hay que tener hombros poderosos, una resistencia extraordinaria. El poeta en cambio se impone muchas limitaciones, como el ritmo o el verso. El periodista igual: tiene prohibida la exuberancia y tiene que meter el mundo en una caja. A lo que nos dedicamos tú y yo es a un oficio, el de la columna, que requiere la limitación. Uno de los grandes desastres del periodismo actual es la desaparición del formato, que lleva a personas con alguna idea ceñida a desparramarse como eyaculadores precoces adolescentes. Eso se ve especialmente en los jóvenes, que tienen una capacidad de eyaculación notabilísima, quieren conquistar el mundo a golpes de leche. Eso es un desastre. Esas entrevistas-río, esos artículos desbordantes de digitales inacabables... El trabajo periodístico del que estoy más orgulloso, Factual, no daba más de 20 noticias al día. Se trataba de llevar esa limitación fundamental del guion de la vida al periódico. Porque la gente sabía que yo le iba a llevar mi selección de noticias más relevantes. Ahora se ha sustituido la limitación por el scroll: bajar y bajar hasta que al final se llega al infierno, claro. El periodismo es orden, jerarquía y limitación".

Nota: La fotografía es de Ángel Navarrete y es una de las que incluye la citada conversación publicada en El Mundo entre Espada y Bustos.

25.10.21

Autobiografía

Es un honor que el IES "Santiago Apostol" de Almendralejo haya elegido un poema mío para que ocupe el número 300 en su ya larga serie semanal. Gracias. En especial, al profesor Juan Manuel González Vázquez.

13.10.21

El Amorgós de Gatsos

 
De Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, Premio Nacional de Traducción en dos ocasiones (también obtuvo el correspondiente galardón en Grecia), ya conocíamos versiones y ensayos sumamente interesantes. Los libros Cuatro estaciones, de Costas Mavrudís (Pre-Textos), Lugar de un día, de Zanasis Jatsópulos (La Dragona), o  Ítaca, de C. P. Cavafis; el epílogo a la Poesía completa del poeta alejandrino que acabamos de mencionar, en la versión de Juan Manuel Macías para Pre-Textos; y, en fin, su edición del volumen Málaga Cavafis Barcelona: antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores.
También ha traducido obras de Dimitris Calokiris, Ersi Sotiropoulos, Nikos Dimou y Stratís Tsircas.
Nos sorprende ahora con la primera versión exenta de Amorgós, de Nikos Gatsos (1911-1992), que publica Cátedra en su veterana colección Letras Universales. De ese poema y de “otros”, que sólo son tres, aclaro. Dedicados a Lorca dos de ellos, del que tradujo a su lengua materna Bodas de sangre, indispensable desde entonces, 1945, en el repertorio del teatro griego.
Lo sustancial es, sin duda, lo primero. Aunque Moreno Jurado lo incorporó a su antología La Generación de 1930 (Barcelona, 1987) y algunos traductores más lo incluyeran de manera parcial en sus respectivos florilegios, extraña, insisto, que no existiera hasta el momento esa edición. Y esta, lo puedo asegurar, es exhaustiva, rigurosa y ejemplar, al menos para quien lo desconocía casi todo del poeta, “un caso único en las letras griegas contemporáneas”, frase hecha que, me temo, esta vez es verdad.
Dije antes “poema” y es que en realidad se trata de eso: de un poema extenso comparable a La tierra baldía (Eliot), Anábasis (Perse), Espacio (JRJ) o Piedra de sol (Paz), casos semejantes en su singularidad dentro de la poesía contemporánea.
Escrito durante la ocupación nazi de Grecia y publicado en 1943, Gatsos eligió el silencio y no volvió a publicar libro alguno. Se convirtió en un letrista de canciones, colaborador, entre otros, con los compositores Manos Hadjidakis y Mikis Theodorakis, lo que “contribuyó decisivamente a la renovación de la canción griega” y, por ende, de la cultura de su país.
Sería simplista afirmar que Amorgós es fruto del surrealismo por más que Gatsos represente en los manuales de la literatura helénica a ese movimiento artístico de las vanguardias del pasado siglo. (Un asunto en el que entra, para esclarecerlo, VFG.) Quiero decir que ese poema es más que eso. Más que mera pirotecnia, juegos verbales, ocurrencias varias o escritura automática.
Lo explica muy bien Armando Romero, el poeta nadaísta colombiano (de Cali), profesor universitario en Cincinnati. Sus palabras preliminares, “Las figuras oscuras de Nikos Gatsos”, animan las expectativas de cualquier lector.
En un tono cercano y personal, con lúcidas reflexiones acerca de la poesía en general y de la gatsiana en particular, rememora un encuentro con Gatsos en el hotel Gran Bretaña de Atenas a finales de los años ochenta, antes de partir para el Peloponeso. También estaba su esposa y Agathi Dimitrouka (albacea de Gatsos).
Según Romero, todo poeta lleva uno de los cuatro elementos existentes (según “los antiguos”) “como marca de fábrica”. El de Gatsos sería la tierra. La del  Peloponeso. D. Sam Abrams sostiene que, porque la vida es “una” y “universal”, “Amorgós recorre el camino que va de lo particular a lo universal”. “La grecidad del poema es solo un punto de partida. Grecia es el mundo. Grecia es el pasado, ahora y siempre”.
Según su amigo Odiseas Elitis (recurro a la transcripción de nombres propios griegos que explica VFG), era un ser especial que había “escuchado la voz”. Por decirlo con Lorca, alguien con “duende”.
Romero afirma que “Amorgós no es un poema de fácil lectura”, y recuerda a Lezama, lo de que “sólo lo difícil es estimulante”. Añade que es “un poema total”. Más que un camino de dirección única y con un fin concreto, “senderos que se bifurcan”, a lo Borges. “¿Qué otra cosa  somos sino náufragos en el espacio del poema?”, se pregunta Romero. Concluye que “es un poema de Amor”, aunque sea “una verdad que se queda corta”. Añade, al enfrentarlo al citado S. J. Perse, que “vuelve el eje de su poesía hacia las lindes de su tierra, hacia el devenir de la historia. Temporal, Gatsos, Grecia es su referente”.
Fue, dice, un “ser sembrado de poesía”. Termina afirmando, y no miente, que de Amorgós “nunca se sale”.
La introducción de VFG, ya se anunció, es informada y didáctica. Basta ojear la bibliografía que ha manejado para hacerse una idea de hasta qué punto. Las citas son pertinentes y cuantiosas. Para empezar, las que abren su prólogo, de Novalis, Dickinson, Rimbaud, Cavafis y Seferis, que tanto tiene que ver con el poema que nos ocupa (lo mismo que Heráclito, autor del epígrafe que está al frente de Amorgós). Sí, como escribió Novalis, “La poesía es lo verdadero. Lo absolutamente real”. Una afirmación que no deja de ser paradójica si tenemos en cuenta a qué nos enfrentamos. Porque, como dijo Romero, este “no es un poema fácil”, el traductor (en su faceta de estudioso) se ha visto en la obligación de ponérselo lo más sencillo posible al lector, y lo ha logrado.
Comienza su análisis por la biografía de Gatsos, que nació en Asea, “en el corazón de la Arcadia, en el corazón del Peloponeso”. Habla de su amistad con Elitis (que empezó en 1936), de su efímera condición de poeta (que pronto dijo, y de qué asombrosa manera, todo lo que acaso tenía que decir) y, por fin, de su condición de autor de canciones (como en sus poemas, con un pie en la tradición y otro en la modernidad). VFG lo resume así: “Gatsos es un poeta que tocó el cielo con Amorgós y volvió a la tierra a escribir canciones”. Algunas tan famosas como “Luna de papel”, interpretada por Melina Mercuri (quien dijo que Amorgós era “la Biblia, era nuestra juventud”). No está mal traída otra cita de Novalis: “Hay que escribir libros como quien compone música”.
“Enigma” se titula la parte que dedica a intentar explicar el silencio de Gatsos. Jatsópulos cree que este libro “es un poema y es un límite”. Un final. Ivanovici, que “optó por el supremo gesto surrealista, que es el silencio”. Hadjidakis, su “amigo del alma”, piensa que le pudo su agudo “sentido crítico”, capaz de ahogar la escritura. Huhn lo considera un “perfeccionista”. Quienes le trataron afirman que “prefería formular su pensamiento a través de la conversación”.
Entra después en materia VFG y disecciona el poema (una “obra de su época” y un “compendio de la literatura griega moderna”, según Cúrtovic) con maestría, no sin antes advertir la relación del título con “las palabras castellana amor, amargo, amargor” y razonar esa curiosa mezcla entre “método surrealista” y tradición. Según Lignadis, “lo único real en Amorgós es la poesía”. Sus “paisajes destilados del alma”. “Una isla –precisa VFG– en la que nunca había estado”.
Al poema largo moderno dedica otro capítulo. Amorgós, ya se dijo (“un poema de gran complejidad textual, según Abrams), forma parte fundamental de ese legado.
Consta de seis partes que tienden al versículo. Avanza entre “la realidad y el sueño”, según Rentzou. Sueños (de marineros, de una joven) que aparecen en la primera parte (inseparable de la “desolación de un país ocupado”, tan homérica). En la segunda, la protagonista es la muerte. En la tercera, el sueño se convierte en pesadilla, explica Rentzou, quien opina que la cuarta parte explica “el renacer” y la quinta “un comentario sobre «el renacer»”. “En la sexta parte, “una declaración de amor a una persona, a una tierra, a la poesía”, dice VFG. “La bandera de la imaginación siempre izada”.
Dos poemas más forman partes del corpus de Amargós: “El caballero y la muerte” (donde se aprecia su admiración por el Romanticismo alemán) y “Elegía”.
En el capítulo de “Otros poemas”, “Canción de los viejos tiempos” (el único poema que Gatsos publicó en vida después de Amorgós), “Oda a Federico García Lorca” y “Un toro negro entró al baile. Habanera para F. G. Lorca”.
Se completa el libro con referencias a las anteriores traducciones (fragmentarias) del poema, una amplia bibliografía y una nota a la edición donde, entre otras cosas, VFG escribe: “El deseo de traducir Amorgós. La resistencia de Amorgós a ser traducido”. Vencer esa resistencia ha sido su tarea. Uno, que desconoce el griego moderno, sólo puede dar fe de que ha leído un poema excepcional en castellano o español. Esa es la victoria del traductor.
Estamos ante una obra inspirada que rezuma imaginación por los cuatro costados. Para ser leída, incluso, en voz alta. “No te vuelvas DESTINO”, leemos. Y “bajo el toldo de la parra respira el verano”. ¿Hay algo más mediterráneo? O: “Los viajeros a la India tienen más que contaros que los cronistas bizantinos”. Y: “Cuánto te he querido solo yo lo sé”, verso que podría hacer suyo cualquiera que haya amado.
No vamos a entrar en la vieja disquisición acerca de la comprensibilidad de la poesía. El editor da a quien lee numerosas pistas y claves para facilitarle la aventura. Además del estudio introductorio, son numerosas las notas que acompañan a los versículos y que arrojan luz sobre los mismos. Pero hay otro modo de leer Amorgós, el que prefiero, que consiste en dejarse llevar por el canto sin atender a otros criterios. Entender sería, en este caso, un fin inútil. No creo que, se elija la que se elija, el lector salga indemne de su lectura interminable. Sí, de Amorgós “nunca se sale”.
 
Amorgós
Nikos Gatsos
Cátedra, Madrid, 2021. 152 páginas. 14 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

6.10.21

Morábito y Frayre


Rescata Igor Barreto una entrevista con el mexicano Fabio Morábito, del que hablamos aquí a finales de junio, a propósito del Premio Xavier Villaurrutia que ganó en 2018 con su novela El lector a domicilio (Sexto Piso). Allí, Mónica Maristain, la editora del medio que la publica, le comenta: "Los escritores dicen que quieren ser poetas", y él responde: "Es una frase que no me creo. La primera vez se la oí a Carlos Fuentes. Los novelistas venden muy bien, al contrario del pobre poeta que no vende nada y es un gran malentendido con respecto a la poesía. Se habla siempre muy bien de ella, es muy prestigiosa, los funcionarios culturales nunca olvidan la poesía, pero en el fondo es despreciada, nadie la lee, a nadie le importa, nunca ha habido un verdadero esfuerzo para quitarle a la gente miedo a leer poesía. Es como decía Octavio Paz, una secta secreta. La poesía nos devuelve a cierto estado de anonimato dentro de la literatura. Cuando la literatura no tenía autores, sino obras que pasaban de boca en boca, nos recuerdan que la palabra leída es una palabra compartida. No hay una sustancial diferencia entre las que la escriben y quien la lee. La poesía es una gran maestra de humildad".
En la novela, por cierto, se habla de una poeta que uno, sin saberlo (porque no he leído el libro premiado), descubrió el pasado verano gracias a la revista Palimpsesto, de Fran Cruz, donde Morábito precisamente escribe sobre ella y su obra. Ya he pedido su poesía completa, que editó FCE. Se trata de Isabel Frayre y no comprendo bien que hasta ahora no hubiera reparado en sus versos, de una calidad llamativa. Ahora, además de leerla a ella, tengo que conseguir un ejemplar de El lector a domicilio. Mi fervor por la literatura de Morábito así lo exige.

Nota: La fotografía es de Nazareth Balbás para RT

28.9.21

Viajero en Nueva York

 

Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) es autor de los libros de poesía Manual de supervivencia -consejos inútiles- (1993), Noches de lluvia en el embarcadero (1994), Antes del hielo (2001), Infiel a los disfraces (2008), El llanto de los boxeadores (2012), El peligro de los círculos (2017) e Ir al norte (2020); de los dietarios Los ojos del domador (1997), Hacia la tormenta (2005) y Heridas causadas por tres rinocerontes (2008); del libro de memorias La infancia y sus cómplices (2002); de las novelas Te veo triste (2012) y Os contaré la verdad (2020); así como de los libro de viajes Apuntes de París (2000), Viajes y novelerías (2004), Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow (2014) y Ciudades que se posan como pájaros (2017). A esta lista se une ahora Días en Nueva York y otras noches. Lo publica Newcastle Ediciones, que, poco a poco, y de la mano del placentino Javier Castro Flórez, ha ido conformando un sugerente catálogo en el que figuran nombres y títulos imprescindibles de la diarística y el memorialismo patrios.
Más de uno pensará que de Nueva York poco más puede decirse. Capital por antonomasia del siglo XX, los atentados del 11-M la convirtieron, a su pesar, también en la del siglo XXI. Sobre ella han escrito numerosos españoles, de Lorca o JRJ a Hierro y de Camba o Pla a Muñoz Molina, por citar sólo a unos cuantos. Los poemas que esa ciudad febril inspiró han dado para rigurosos estudios y antologías, como los libros del profesor Julio Neira: Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra, 2012) y Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York (Vandalia, 2012).
Se podría hacer otro tanto, si es que no se ha hecho ya, con los autores en prosa, y ahí incluiría a los narradores, los ensayistas y, como Sanmartín, a los diaristas (García Martín e Hilario Barrero, por ejemplo).
Días en Nueva York y otras noches está escrito (“sin cronómetro”) por “un escritor que recuerda” y que “duda”. Por alguien que defiende que “la escritura es mirar a otros”. Porque “uno es –como dijo Brodsky– aquello que mira”. Por quien, como Argullol, afirma: “lo peor es el turista que no sabe que lo es”. Un hombre “frágil” que escribe “para no olvidar”. Que cree que “escribir es escarbar”.
Sus anotaciones (sin fecha) flotan en “la claridad de lo explicable”. Sus apuntes nos sorprenden porque “viajar nos saca del tiempo y de la rutina”. “En casa –confiesa– soy otro y me enfrento conmigo mismo”. Y: “Yo veo mejor cuando estoy de viaje”.
La primera parte del libro es la que se sitúa en Nueva York, donde vuelve después de veinte años. Antes pasa por Zúrich y Chicago, donde admira una de sus pasiones: la arquitectura. Y los arquitectos: Renzo Piano, Rafael Moneo… Y, claro, los rascacielos. Sanmartín es un viajero culto. Visita con frecuencia bibliotecas y museos y habla de éstos y de las obras que albergan con conocimiento de causa. Eso no significa que escape al destino de cualquier turista: hacer colas interminables y ver cuadros y esculturas rodeado de nubes de excursionistas.
Que es culto se demuestra también porque constantemente hace alusión a otros escritores y a libros que tienen relación con aquello que en ese momento siente o ve. A Simic, pongo por caso, le cita bastante, y no tanto por sus poemas como por sus artículos. O a su paisano Conget, otro escritor en Nueva York. Y a Dylan Thomas, Anne Sexton, Bruce Chatwin, Murakami, Zagajewski, Levrero, Camus, Silvina Ocampo, Nooteboom, etc. Y a pintores (“Yo nunca seré pintor”): Arroyo, Charris, el “monótono” Warhol, Cerdá… He subrayado una frase de éste: “Nada hay más verdadero que el bisonte de Altamira”.
Sus citas, por lo demás, siempre son pertinentes. Obedecen a un motivo concreto y no figuran para su lucimiento personal, como apreciamos con demasiada frecuencia en textos de semejante jaez.
En la segunda parte, titulada “Nada de lamentos”, viajamos con Sanmartín a Bruselas, Lovaina, París (una ciudad que conoce muy bien), Dublín o Jaca (un lugar fundamental en su vida) y alrededores (sur de Francia incluido: Pau u Oloron-Sainte-Marie…).
Me dio un vuelco el corazón al leer unas pocas palabras sobre su breve estancia en el monasterio búlgaro de Rila.
Son “viajes sentimentales, repetidos” (aunque siempre sueña “con ir al Ártico”), donde las anécdotas son elevadas, con la debida naturalidad, a categorías. Y eso sirve para hablar de aviones, helados, relojes, espejos, peceras, fotografías, mariscos, tatuajes, billares y balones, pistolas, playas, navegaciones, batiscafos, restaurantes y menús, maratones, historia, lluvias y tormentas, rostros (“cada rostro es un tendedor de ropa”), etc. De la vida, en suma, que es tanto como decir “de una biografía”. Existencia que “es, en ocasiones, un balón al poste”. “Interpretar la realidad –anota– es algo esencial”.
La emotividad aflora sin remedio. Cuando menciona a su hijo Yorgos (que cumple 18), a Félix Romeo (al que “aún echamos de menos”), al bibliófilo Melero, al periodista Antón Castro o, en fin, al vasco y malogrado bebedor Jabier. Sí, Sanmartín es un solitario con amigos. Y con familia.
No cabe duda de que el que escribe es ante todo un poeta. Cuando dice: “soy un herido al que le gustan los vendajes del silencio”. Algunos párrafos pasarían, en efecto, por poemas, como el segundo de la página 56. Versos que a veces parecen aforismos, o viceversa: “La naturaleza es un revólver que dispara”. “Beber es como tomar analgésicos”. “Viajar es lo mismo que tomarte unas pastillas en un tratamiento médico”
A lo largo del dietario son muchas las observaciones que empiezan “Escribir es…”. Sería curioso reunirlas todas. Formarían una suerte de poema borgeano, a la manera de las enumeraciones caóticas que estudió Spitzer. “Escribir es un tipo de ginebra”. O “jugar al billar”.
Pero no nos equivoquemos: el narrador brilla con la fuerza necesaria y, entre col y col (que, por cierto, tanto detesta), no deja de regalarnos deliciosos relatos. Sabe contar.
Los libros de Sanmartín suelen ser delgados, breves. Éste se adapta perfectamente al pequeño formato de la humilde colección murciana. No por eso carecen de la necesaria enjundia, al revés. Tal vez por aquello de que lo breve si bueno…
En la página 69 leemos: “Yo escribo porque de lo contrario mi vida sería incompleta y me conocería peor”. Cabría añadir, para terminar, otra reflexión que desvela los fundamentos de su escritura: “Quiero escribir mejor para escalar ese muro que es la buena literatura”. En ello está. A punto de hacer cima.
 
Días en Nueva York y otras noches
Fernando Sanmartín
Newcastle Ediciones, Murcia, 2021. 148 páginas. 10 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

23.9.21

Coetzee y Vallejo sobre la poesía

«Es cierto que este movimiento de lectura lento, puntilloso y silencioso es típico del ojo del poeta...», le comenta Marco Missiroli a J. M. Coetzee (léase cutsía) en una entrevista publicada en El Mundo, y el Nobel sudafricano le responde: «La poesía siempre ha sido muy importante para mí, ya que es el lugar donde el lenguaje arde con la llama más brillante. Recientemente he recopilado para una editorial argentina una colección titulada 51 poetas, elegidos para representar a los que más admiro y que han tenido una mayor influencia formativa en distintos momentos de mi vida creativa. Cronológicamente, las piezas abarcan desde la época homérica hasta los poetas contemporáneos». Luego añade los nombres de algunos que le siguen influyendo: «Entre los poetas del siglo XX que han influido en mi escritura -y en mi forma de ver el mundo- pondría a Pablo Neruda, el gran heredero de Walt Whitman, por el bello ropaje de su retórica; a Konstantinos Kavafis por su aguda ironía y su capacidad de brevedad; a Zbigniew Herbert por su intensa concentración en lo esencial; a Wallace Stevens por su elegancia intelectual».

A Fernando Vallejo, «la poesía también le decepciona a estas alturas», dice Juan Diego Quesada en su reportaje "Un día en Medellín con Fernando Vallejo", publicado en Babelia, de El País. Y sigue: «Lo que llamamos poesía es un atropello al idioma. Nunca me he tragado ese cuento de grandes poetas, ni en este idioma ni en otro, aunque este es el que me importa”. En el pasillo de una estación del metro se cruza con un retrato de León de Greiff, uno de los grandes poetas colombianos. Vallejo lo mira desde la superioridad del hombre vivo. De Greiff, con el bigote y el pelo repeinado hacia atrás, le aguanta el desafío con los ojos brillosos de los personajes esculpidos en mármol. El poeta parece cuestionarle si acaso él está hecho de la materia de los autores inmortales. Vallejo lo señala con el dedo antes de irse: “El último gran poeta de la lengua española”».

Nota: En la fotografía, Neruda (uno de los poetas citados por Coetzee) escribiendo. 

15.9.21

Martín López-Vega y Begoña M. Rueda en EC

Martín López-Vega
Visor, Madrid, 2021. 96 páginas, 12 €
 
López-Vega (Poo de Llanes, 1975), ha sido librero (en La Central), editor (en Vaso Roto) y crítico literario. En la actualidad es director de Gabinete de Dirección del Instituto Cervantes. Ha traducido poesía del portugués, inglés e italiano y acaba de publicar una antología de Li Bai.
Poeta en asturiano y de obras en prosa, tanto viajera como ensayística, reunió sus libros de  poemas en El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019.
En “Tema de redacción”, un significativo poema de Egipcíaco (entre el linimento y los huidizos padres del desierto), López-Vega asocia la palabra “felicidad” a “mujeres y ciudades y libros”. En efecto, el amor, los viajes y la literatura son los temas esenciales de esta colección de poemas que pretenden ser cualquier cosa menos “poéticos”, lo que consigue atendiendo más a lo que quiere decir que a cómo decirlo; no tanto a la métrica como al versículo que exige un determinado ritmo. Estamos ante poemas discursivos y monologantes que utilizan con frecuencia la distancia de la tercera persona.
El primero, “Otro ensayo sobre el día logrado”, es paradigmático. Extenso, como no pocos del conjunto. “A partir de los cuarenta” (este es un libro escrito nel mezzo del cammin), lo que toca es “sobreponerse”. “El verdadero leitmotiv”. Humor e ironía mediante, L-V compone, en torno al amor perdido y sobre la metáfora del mosaico, una suerte de poética solitaria y vital.
“La vida sería posible aquí” es un verso de “Un motor vital” (un poema australiano, como “Cooper Creek”) que refuerza su preferencia viajera por “las antípodas de la vida”. Lo cosmopolita (con toques culturalistas) es habitual; en “Orientalismos” (como el delicado Rú Yì”),“Gathered Sky”, “Una noche en Kalender” (“allí el tiempo siempre te susurra: Existes”), “Alejandría” o “Puerto cerrado”, por ejemplo. Sí, “El mundo es una habitación”, por decirlo con uno de sus rótulos. “Soy de todas las ciudades”, escribe en “Un país febril”. Y de todos los idiomas y países. De la “república de la conciencia”.
En el “El forastero en Veroli” (Sandro Penna), leemos: “La hermosura abunda, pero solo es belleza cuando hiere”.
Lo autobiográfico, que a veces adopta la forma de diario (impresiones, vivencias, anécdotas elevadas a categorías), es otro aspecto insoslayable. En “Un episodio personal”, pongo por caso, que protagoniza su abuela (a la que dedica “Mi abuela: Poesía completa”), “Julián” (Rodríguez: “No se van nunca los mejores”), o el extraordinario “Los recogedores de ocle o bien Carta al padre”: “Seré tu hijo, pero tú no fuiste mi padre; así están las cosas”.
“Por qué siempre lejos, siempre huyendo”, se pregunta en “El balcón georgiano”. El deseo de “dejar de querer irme siempre de mí” es un rastro de la herencia paterna de este “flâneur meditativo” que concluye su libro con un autorretrato donde leemos que “escribe poemas para iluminar zonas oscuras”. Poemas con finales acertados, sorprendentes. Propios de un lector que usa con frecuencia la fórmula “a partir de”. Como en “Ingredientes”, donde oportunamente nos recuerda que “no vivimos solo por vivir”. 

Servicio de lavandería
Begoña M. Rueda
Hiperión, Madrid, 2021. 76 páginas. 10 €

Rueda (Jaén, 1992) es hija de la bonanza, ese feliz rótulo generacional. A pesar de su edad, ya ha publicado los libros Princesa Leia, Siberia es un estado de ánimo, Reencarnación, Error 404Todo lo que te perdiste por meterte a monja y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Todos consiguieron algún laurel; como éste, premio Hiperión, que el jurado consideró “un libro cohesionado, crítico, lírico sin excesos, poderosamente plástico”.
Los poemas, escritos como páginas de un diario, dan cuenta de unos hechos sucedidos a su autora durante los años 2019 y 2020 (que en el libro aparecen en orden cronológico inverso) mientras trabajaba en la lavandería del hospital de Algeciras. No hace falta subrayar que coincide, siquiera en parte, con la pandemia (los poemas están fechados entre marzo y junio), aunque la enfermedad ya era de por sí un asunto lo bastante áspero como para abordarlo con la compasión debida.
Porque la situación así lo exigía, el lenguaje empleado es sobrio y hasta prosaico. Conversacional. Realista sin contemplaciones. Crudo como cualquier existencia.
“Yo por sudario quisiera las manos de mi madre”, leemos, una presencia capital en el libro, a la que tuvo que dejar, como tantas otras cosas (la facultad, por ejemplo), para ir a la costa.
“Esto somos”, dice tras observar el tanatorio del que sale alguien con la ropa que ella planchó. Y “La vida. / No la soporto”. Aquí, sin embargo, pesa su envés: la muerte. Cuánto dolor. Cuánta pena. Cuánta cucaracha. 

NOTA: Las reseñas de los libros de Martín López-Vega y Begoña M. Rueda se han publicado en EL CULTURAL.

12.9.21

Lecturas veraniegas II


Cómo he disfrutado con
 Breviario provenzal (Periférica), de Vicente Valero, uno de esos libros de los que no se sale. Tras subrayar con el lápiz más de la mitad, he aprendido, por una parte, y asentido, por otra, al amor de esa intensa lectura donde se mezclan la reflexión y los sentimientos. No es ese un viaje cualquiera. La coda que pone a sus anotaciones el apasionante puñado de poemas que conforman «Junio en casa del doctor Char» es la guinda del pastel, y perdón por el tópico. Miel sobre hojuelas, ya digo. 
Pude escuchar, para colmo, y con sumo deleite, una conversación con Valero en El Ojo Crítico, mientras bajaba en coche (despacito) El Puerto del Pico, en Gredos. Un puerto de montaña de los de antes, ya saben. Para ser exactos, la charla duró lo que va desde las inmediaciones del Parador Nacional (el primero de España) hasta el pueblo serrano de Arenas de San Pedro. El paisaje era el ideal para acompañar sus palabras acerca de la Provenza y algunos señeros artistas que vivieron allí. En el fondo, un ensayo sobre los orígenes de la poesía moderna, tan ligada a la noción de lugar y de paisaje. Y unos versos, por añadidura, que le confirman como el necesario poeta que es.
Hipondríaco confeso, me había resistido a leer los diarios de Juan Gracia Armendáriz, un hombre, desde muy pronto, seriamente enfermo (que diría Gil de Biedma), y mira que mi amigo Zoki me animaba a ello. Fuego amigo. Los restos de la escritura (Contrabando) no se me ha resistido. La vida y la literatura se funden en un libro lúcido y valiente, sin jeremiadas ni patetismos, propio de alguien que ostenta con humildad ambas virtudes. Un tipo de lo más perspicaz. Ahora me espera Guía de extraviados (Pre-Textos). Y vendrán más. 
Anotaciones en forma de diario son también las de José Ángel Cilleruelo en Dedos de leñador (Días de 2019) (Polibea), con prólogo de su editor, Juan José Martín Ramos. El profesor, el lector, el traductor, el poeta, el amigo, el padre, etc. (todos son Cilleruelo) se dan cita en estas páginas que no dejan de celebrar la cotidiana contemplación del tiempo. 
Sólo por el ensayo "Poesía: asombro, palabra, silencio" ya merecería la pena haber publicado Aproximaciones a la poesía y el arte (Visor Libros), de José Corredor-Matheos, nuestro poeta decano. La edición y el prólogo corren a cargo de Jesús Barrajón Muñoz. Pero hay más que lecciones de poética en el libro. Así, su análisis del haiku, las relaciones entre ciencia y poesía o sus certeras aproximaciones a las obras de Ángel Crespo y Cirlot. 
En este capítulo de la prosa debo incluir la lectura de Quasi una fantasía (Ediciones del Arrabal), la última entrega, por ahora, de Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello y la primera que no aparece en Pre-Textos. Y allí, para quienes hemos leído todo lo anterior, lo mismo, que es al cabo lo nuevo, porque a ese portento (lo igual y lo distinto a la vez), hechos puntuales mediante (tal o cual viaje, esta o aquella anécdota), asiste perplejo el que se interna en esta suerte de novela en marcha donde El Rastro (y JM.), Las Viñas (con escasa presencia en esta entrega), la familia (M., R. -y su boda-. y G., sobre todo, y su madre), los pretextos (y su Hokusai), ciertos escritores que detesta (CAM., por ejemplo, o IG., por su obsesión lorquiana) y otros que ama (Francis Jammes, Delibes y JRJ., pongamos), la Guerra Civil (corrige pruebas de la tercera edición de Las armas y las letras), las vanguardias (tan decorativas), las pesquisas en las librerías de viejo y, por no seguir, los múltiples desplazamientos que realiza en su resignada condición de escritor nómada realiza (del omnipresente París a la esquinada Antequera pasando por Sevilla o Córdoba, donde Cosmopoética no pudo ser) vuelven a ser protagonistas. Además del propio A., por supuesto. Me ha resultado especialmente emotiva la semblanza de José Antonio Muñoz Rojas, que muere ese año, el 2009. O las páginas que dedica a Julio Aumente o, en fin, esas otras que narran un encuentro con mujeres de clubes de lectura rurales.
Y por encima de todo, el lenguaje, esto es, el estilo, un tono que, desde la naturalidad, no deja de encandilarme. 
Pero habrá algo que afear, dirá quien lea. Sí. Se encuentra uno con demasiados restoranes parisinos exquisitos, pongo por caso. Y con numerosos hoteles lujosos y casas de postín. Y con académicos... franceses, bien sûr (con permiso de Rico). Ay, ni que el autor del exitoso Madrid (doce ediciones van ya) formara ya parte del Club de las Almendritas Saladas. 
Al estar reescrito, digamos, en 2020, la actualidad se cuela entre líneas. ¿Se hablaba en 2009 de heteropatriarcado, le dábamos tanta importancia a Cataluña y a los separatistas catalanes? No sé. 
Para el inminente otoño, con la fresca, me he reservado la lectura de La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021, volumen número 100 de la mencionada colección Vandalia, mucho más que una antología ya que se trata, en palabras de Trapiello de "una meditación sobre mi vida poética".
Dedicaré una reseña a los nuevos diarios viajeros de Fernando Sanmartín: Días en Nueva York y otras noches (Newcastle Ediciones), que me han encantado. 
Aguardan su momento la primera novela del poeta Enrique Andrés Ruiz, Los montes antiguos (Periférica), el Calendario de Avelino Fierro y, cómo no, Los vencejos de Aramburu (que lee Yolanda) y los relatos hervacianos de Bayal, con los que estoy ahora (lápiz y papel en mano para una reseña ya encargada). ¡Uf! Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lectora compulsiva", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

11.9.21

Lecturas veraniegas I


El verano no es, ni de lejos, mi estación preferida y menos después de jubilarme. Antes, al fin y al cabo eran días de vacaciones. Una de las cosas que peor llevo, sudores mediante, es leer. Envidio a quienes son capaces de meterse entre ojo y ojo lo que no han leído en el resto del año. O a los que siguen haciéndolo al mismo ritmo. Ni siquiera en la piscina he sido capaz de aprovechar el tiempo como otras veces. Así y todo, algunos libros han caído. Ni la mitad de las mitad de los que me han ido llegando estos últimos meses. A no pocos ya he renunciado definitivamente tras un injusto vistazo. Los que por diversas razones han superado la criba están colocados en una inestable columna en la mesa de al lado. Tendré que ubicarlos en algún sitio, pero aún no sé dónde (vuelvo a llenar cajas con destino a la cochera y las estanterías no dan más de sí). De las lecturas recientes, y sin ánimo de ejercer la crítica (aunque leer siempre lo sea), destacaría la de algunos libros de poesía. Variaciones sobre un tema dado (Visor), pongo por caso, de Ana Blandiana, traducido por Viorica Patea y Natalia Carbajosa, una emocionante, extensa elegía a su marido muerto y un hermoso canto de amor. Llevo mucho echándome en cara que no he leído como merece a la poeta rumana que el próximo 18 de septiembre presenta en Madrid sus dos últimos libros. Después de esta lectura, no hay excusa. 
Azul distinto (Pre-Textos), de Gabriel Insausti, no me ha dejado indiferente. Al revés. Logrados me parecen estos cuarenta y dos poemas centrados en París, esa ciudad tan mítica como interminable. 
No había oído hablar del griego Nicos Cavadías (1910-1975), del que Alianza publica su Poesía completa. En un volumen que no llega a las 200 páginas. Fue un viajero. Y, a su modo, un maldito. Marino, por más señas. David Hernández de la Fuente consigue trasladar al castellano su mundo, lleno de aventuras y puertos lejanos. Una fascinante deriva. 
En Vandalia cien (2002-2021). Casi veinte años de poesía hispánica contemporánea, Jacobo Cortines, su director, e Ignacio F. Garmendia seleccionan poemas de los libros que esa acreditada, imprescindible colección sevillana ha venido publicando estos últimos lustros. En orden cronológico, de Antonio de Zayas a Aitor Francos. No cabe duda, a las pruebas de este florilegio me remito, de que el acierto ha sido pleno. O casi. 
Marcos Tramón (Oviedo, 1971), poeta vinculado a la tertulia Oliver, la de José Luis García Martín, me sorprende gratamente con su libro Como una sola luz (BajAmar). La suya es una poesía cercana, vital, melancólica, cernudiana y, sobre todo, de verdad. Al leer sus versos tocamos al hombre que él es. Su elegante discreción le reconcilia a uno con la lírica. 
El cacereño Jesús María Gómez y Flores (1964) ha escrito Las erratas de la existencia (Pigmalión), un libro áspero, desasosegante, sin concesiones, muy adecuado para describir lo que no pocos sentimos en medio de esta época atroz de incesante pandemia. 
Otro cacereño, el veterano militar Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (1946), publica La vida en un podcast, con prólogo del periodista José Julián Barriga Bravo. Habla éste de "poesía elegiaca", y no se equivoca. Lo mejor, coincido con Barriga, poemas como "Protocolos parentales" (dos, uno dedicado a su madre y otro a la recuperación de los restos de su padre, del que Búrdalo fue hijo póstumo). Lo peor, la edición, poco cuidada, con lo poco que cuesta hacer las cosas bien. Con todo, los versos sobreviven a pesar del dicho de JRJ. 
Dos libros de la sevillana Renacimiento (y muchos más) merecen ser mencionados: Si preguntan por mí, de J. R. Barat (Valencia, 1959), y Un tigre se aleja, de Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980). 
La de Barat es una poesía confesional, biográfica y de la memoria. Apegada a la vida. De claridad mediterránea: limpia y luminosa. Sin trampa ni cartón, diría. Del conjunto sólo me sobra un poema: Blue jeans, y no por políticamente incorrecto. 
La de Martín Díaz, que vuelve después de un lustro de silencio, sorprende por su madurez, mucho más que un problema de edad. No, no es por lo de la cuarentena, que también, sino por la solidez de su propuesta. Meditativa, de la mirada, en busca de ese "espacio de lo imposible" que nombró Juarroz. De "extraña sencillez", por decirlo con el título de uno de estos poemas. Se veía venir. Aprovecho para subrayar la importancia que ha alcanzado la poesía escrita por albaceteños; poetas como Andrés García Cerdán, al que dedica un poema, Pedro Gascón o Valentín Carcelén, de los que leí no hace mucho, respectivamente, Las mudas soledades y El momento, dos libros publicados por la albaceteña Chamán Ediciones que me hubiera gustado reseñar. 
Termino con dos libros de autores jóvenes que me han acompañado también este verano: Triestino (Editorial Cántico), de Luis Bravo (Madrid, 1994), que debe su título no a la literaria ciudad italiana, como creí en un principio, sino al nombre de la colección de poesía que dirigió en los ochenta Trapiello, donde Bravo encontró a sus maestros; y Glory hole (Vitrubio), potente ópera prima de Tente Garrido, un extremeño que vive en La Raya, autor, y eso se nota en sus versos, de las letras del grupo de punk-rock-hardcore-melódico Antikracia
Esperan, en fin, obras de Glück (tres ha publicado ya Visor, traducidas por Andrés Catalán, que saca en Pre-Textos, donde hasta ahora habíamos leído a la Nobel estadounidense, Variaciones romanas), Rivero Taravillo, Hilario Barrero, Riechmann, Talens, Carnero, Barrett Browning (en versión de Benítez Ariza)... Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lector compulsivo", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.