17.2.22

De Guerrero Tenorio

Toda la violencia
Abraham Guerrero Tenorio
Rialp, Madrid, 2021. 70 páginas. 10 €
 
Hasta conseguir el veterano premio Adonais, Guerrero Tenorio (Arcos de la Frontera, 1987) era autor de un solo libro: Los días perros.
Este se abre con una cita de Johan Galtung y las violencias “invisibles”. Cada una de sus partes agrupa poemas relacionados con un mismo asunto: la familia, el amor, la muerte, la escritura y el capitalismo.
Realista por naturaleza, hijo de una generación en crisis permanente, para contar lo que le sucede adopta un lenguaje conversacional y prosaico que no por eso deja de ser poesía ni le impide, al pensar en la violencia, compararla con un cuadro de Caravaggio.
El padre y el barro, la abuela y “su respingo desconfiado”, el abuelo y el oxígeno, la madre “refugiada en casa” con su “reguero de angustias” delimitan la atmósfera, algo sórdida, de este libro emotivo. Allí, mujeres cansadas, zapatillas solitarias y sucias, suicidas, chicos de plaza de barrio que cecean, aprenden idiomas, viajan y quieren ser funcionarios.
Escribir “es esperar / la quimera de un premio”. La poesía, como meter la mano en la boca de un tigre. “Algo que me proteja” del miedo, la noche y la muerte. Y “si he de morir que ocurra en Treme”. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

15.2.22

'Briggflatts', de Basil Bunting

 La vida del poeta Basil Bunting (Scotswood, 1900-Hexham, 1985) daría para una novela (o para una película, tanto da). Nacido en una familia acomodada de Northumbria, fue, como cuáquero, objetor de conciencia en la Gran Guerra y acabó en la cárcel. Cosas del destino, algunos viajes vanguardistas después por los cafés de media Europa y por los bares de Norteamérica, donde conoció a la flor y nata de la poesía del momento, acabó alistándose en la RAF y, luego, en el servicio secreto británico, lo que le llevó a Persia y Egipto. El objetor dio en héroe de guerra. Después, ejerció el espionaje (hasta que le pillaron) y el periodismo, que fue su precario oficio hasta el final. Antes, se casó dos veces: con una norteamericana de familia adinerada a la que había conocido en Venecia, y con la que tuvo tres hijos, y la segunda con una adolescente de 14 años de origen kurdo-armenio de la que se divorció años más tarde.
Para completar los datos de su apasionante existencia, donde prima la errancia y la desdicha, podemos consultar la “Cronología biográfica” que incluye el libro que vamos a comentar.
Por lo demás, uno también sabía de la amistad de Bunting con Ezra Pound y que había vivido en Canarias (Andrés Sánchez Robayna publicó en 1980 Ruta, Textura: lectura de 'La ruta de Orotava' de Basil Bunting). 
En 2004, apareció en Lumen Briggflatts y otros poemas, en traducción del mexicano Aurelio Major. Para el crítico Cyril Connolly estamos ante el poema largo más importante publicado en Gran Bretaña desde los Cuatro cuartetos de Eliot. Christopher Spaider cree, por su parte, que es otra “piedra secular” de la cultura británica de los años 60, como los Beatles o La naranja mecánica de Burgess.
No conozco la de mi admirado Major, pero les aseguro que la versión de Briggflatts, traducida y anotada por los profesores asturianos Emiliano Fernández Prado y Faustino Álvarez Álvarez, que ha publicado la gijonesa Impronta, merece todas las alabanzas.
Llego a ella, por cierto, gracias al poeta César Iglesias, un cómplice lector con criterio, que supo anticipar mi entusiasmo por semejante hallazgo y que en una recensión publicada en La Nueva España recordaba esto: “Para un lector español, especialmente del norte peninsular, la obra de Bunting cobra una particular proximidad emocional. A cierto sentir de las tierras atlánticas europeas donde pervive un sustrato mítico e histórico compartido y a un parejo devenir social e industrial se suma el vínculo personal que el autor británico mantuvo con Basilio Fernández (1909-1987), gijonés nacido en la aldea leonesa de Valverdín y que fue el primer poeta fallecido galardonado con el nacional de poesía. Ambos se conocieron en Italia durante el periodo de entreguerras y el británico animó al asturleonés a continuar con su obra, mientras le remitía cartas y poemas”.
En la estirpe de los Cantos poundianos o de La tierra baldía eliotiana (aunque más «humano», según August Kleinzahler), el poema está fechado (al final) el 15 de mayo de 1965 y al parecer es el resultado de una visita a Bunting del joven poeta Tom Pickard que le anima a volver a escribir tras años de silencio. Por suerte, le hizo caso.
La edición (bilingüe), ya se dijo, es digna de elogio porque a la traducción del poema en sí, lo fundamental sin duda, se añaden otros componentes que a la postre también resultan esenciales para calibrar como es debido el alcance de esta portentosa empresa. Eso la hace única. Me refiero al prólogo de los traductores (“Antes de leer Briggflatts...”), las dos anotaciones del autor (“Aclaraciones finales”, que acompañaban a la primera edición de 1965, y “Una nota sobre Briggflatts”, que vio la luz póstumamente, en 1989), las “Notas a esta edición” (sin las cuales la lectura sería otra, mucho más desnortada y pobre), una “Bibliografía citada” y, por fin, un capítulo de  “Ediciones. Obras de consulta. Agradecimientos”. 
La obra poética de Bunting es breve: sus poemas reunidos (en una edición realizada por él en 1968) abarcan apenas 170 páginas y la poesía completa (editada por Richard Caddel en 1994), 239. 
El éxito de su último libro (publicado, con un mes de diferencia, en la revista de Chicago Poetry y en Fulcrum Press) fue tan inesperado, imaginamos, como su propia existencia, impropia de un poeta ya anciano. Hay fundadas razones para que lo fuera. Eso sí, aunque Bunting escribió que “es un poema: no necesita ninguna explicación. El sonido de las palabras pronunciadas en voz alta es, en sí mismo, el significado, como el sonido de las notas tocadas con los instrumentos adecuados es el significado de cualquier pieza musical”, de no ser por las notas (y al cabo por sus parcas explicaciones) no todos daríamos con su significado, suponiendo que la poesía lo tenga o que sólo sea uno. 
En la primera edición, “tras el título venía resaltado el lema «una autobiografía»”, comentan en su introducción Fernández y Álvarez. Pero “no un registro de hechos”, puntualizó  Bunting. Ya que lo mencionamos, el título proviene de “una aldea de Cumbria, en el noroeste de Inglaterra”. Una de sus pocas casas era un “austero centro religioso cuáquero”, de ahí que a la alusión geográfica concreta se añada una indirecta a la espiritualidad de “los amigos” en cuyas reuniones prima el silencio. 
Se nos cuenta que Bunting escribió este poema en cinco partes o cantos (y una “Coda”) durante sus viajes en tren al trabajo.
Precisan los editores que “los lectores nativos no consideran Briggflatts un poema «fácil». Como venimos anticipando, no lo es. Su complejidad (que no complicación) exige una primera lectura atenta y, por supuesto, sucesivas relecturas. En esto coinciden los traductores y los críticos.
Para su autor es una «sonata» y el dibujo que figura en la cubierta del libro representa, de forma esquemática, esa presunta estructura musical.
No voy a entrar en detalles, pero Fernández y Álvarez desentrañan con solvencia algunas claves imprescindibles para alcanzar la lectura más exacta posible. Irónico nos parece que el poeta sostuviera que “Ningún poema es profundo”. En este, sin ir más lejos, Bunting reconoce la influencia de Lucrecio, Spinoza y Hume. Sin olvidar la importancia del silencio (con el que “podemos detectar el pulso de Dios en nuestras venas, más persuasivo que las palabras”), “dejemos que sucesos e imágenes se ocupen de sí mismos”, concluye.
Matizan los traductores que en su versión han apostado por “la prioridad del sonido”.
Si toda traslación de una lengua a otra es difícil, sobre todo si de poesía se trata, aquí hay que añadir otro problema: el uso de un inglés del norte, digamos, con sus particularidades, algo que ponen de manifiesto las numerosas notas aclaratorias. Si a eso unimos las abundantes referencias literarias, antropológicas, artísticas, culturales…
Insisten, por fin, que “el texto de la traducción, como el propio texto poético original, debe decir solo lo que dice por sí mismo, tal como su autor manifestó con insistencia”. Recomiendan, para terminar, que se escuche alguna de las lecturas del poema que Bunting grabó. Esta, por ejemplo. ¿Lee, canta?
Dedicado a Peggy (Edwards), Briggflatts se abre con una cita del Libro de Alexandre. Lo que viene después es lo que el lector más atrevido debe descubrir. Y no a la primera, insistimos. Estamos, sí, como ya apuntamos antes, ante uno de esos poemas largos que definen por excelencia la poesía del siglo XX, tan hermética y polisémica por momentos. Esta ejemplar edición viene a demostrarlo. Justo ahora, cuando se cumple el primer centenario de The waste land.
 
Briggflatts
Basil Bunting
Traducción y notas de Emiliano Fernández Prado y Faustino Álvarez Álvarez
Impronta, Gijón, 2021. 136 páginas, 12 €

NOTA: Esta reseña ha aparecido en la revista digital EL CUADERNO.

14.2.22

Esto se acaba

En la tierra desolada 
Fermín Herrero
Hiperión, Madrid, 2021. 88 páginas. 13 €
 
Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) es Premio de las Letras de Castilla y León y de la Crítica por su libro Sin ir más lejos. Si a eso sumamos que ha conseguido galardones tan prestigiosos como el Hiperión, Gil de Biedma, Fray Luis de León y Jaén, no es fácil explicar que siga siendo ese poeta secreto que no suele salir en la foto de su generación. Tal vez porque no atiende a otra cosa que no sea su silenciosa, solitaria tarea. Fruto de esa concienzuda labor poética, sus libros fundamentales: además del citado, Echarse al monte, Un lugar habitable, El tiempo de los usureros, Tierras altas, Tempero (publicados por Hiperión) y La gratitud.  
En la tierra desolada está dividido en cuatro partes de quince poemas cada una y, salvo un par de excepciones, todos tienen diez versos y carecen de título.
Abre el libro uno situado el páramo de sus altas tierras sorianas, en la Castilla vacía, presente en su obra mucho antes de que la inventara Sergio del Molino. Léase “Por los oscuros pueblos…”. “Por aquí / no queda nadie, esto se acaba”. Naturaleza, campo. Desolación, despoblamiento. Y una tristeza no vencida que se refleja en los pecios del naufragio que es cualquier vida.
Como el paisaje natal al que se refiere, el lenguaje es parco, sobrio, austero. De regusto antiguo: arguilla, escernida, socarra, bajerada, caloracha, cehomo…Encabalgado, de peculiar sintaxis. Alegórico y elíptico. Se ve a las claras que al que escribe le cuesta gastar palabras en vano; no como a otros, palabreros profesionales. “Por respeto al misterio”. “Lo decible es tan poco”. Palabras, por cierto, que brotan de la mirada de un ser contemplativo: “Al fondo / ha de haber siempre algo, escondido, mirándonos”. “Levantar los ojos, sólo eso”. “Mirar, para seguir mirando, en desamparo”.
El tono de Herrero es melancólico. El de alguien que se pregunta dónde hallará refugio. El que escribe: “que sea lo que sea / nadie soy, esto, un hombre en un sendero, qué más”.
Alguien que se mueve entre la compasión, el consuelo y la culpa. Humilde: “Qué ingenuo, creías estar / nombrando el mundo”. Que siempre vuelve porque no debió marcharse. De la luz, el agua, la nieve, el frío (“qué negras las pasamos”). De la sierra, los árboles y los pájaros, que permanecen en la infancia. “Al sereno”. Que intenta entender al mar.
Se suceden las tardes y los meses en un libro con aires de dietario. “Sólo en lo indecible, hurgo, habito”. Que se conforma con “la paz del que no sufre”, consciente de que “un tiempo peor ha de venir, estoy seguro” (el mismo que “finiquita a su antojo”) y de sus límites. Que transita entre la liviandad de lo frágil y la permanencia de lo efímero. Que está “a gusto con lo mínimo” y cree “que habría que erguirse a cada instante, siempre. Por los demás”. “Si digo simplemente lo que hay / es porque no doy más de sí, me temo”. Con eso basta.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

11.2.22

Tomás

Esta no pretende ser una nota necrológica. La muerte de mi viejo amigo Tomás Daza no merece el tono fúnebre de las despedidas. Era un hombre alegre. Hasta que llegó la pandemia y él enfermó y yo dejé de trabajar como maestro, coincidíamos casi a diario en las traseras de Santa Ana. A eso de las dos y pico. Tomás regresaba de su despacho de abogado, cuesta arriba, a paso lento, cansado. Yo aparecía con las prisas de siempre por la puertina de la muralla, camino también de casa. Recorríamos un tramo juntos y aprovechábamos para charlar de cualquier cosa. Comprábamos el pan en Marina y nos despedíamos hasta el día siguiente. Me iba contento. Porque Tomás te levantaba el ánimo, ya se dijo. Con su peculiar manera de hablar, tan nerviosa, de la que él mismo hacía bromas. 
Dejamos de vernos, sí, pero nuestra relación de amistad siempre fue así: intermitente y guadianesca. Nuestros mundos eran distintos. Eso no impedía que, desde el primer momento nos sintiéramos amigos. Poco importaba con qué frecuencia nos viéramos. Echo la vista atrás y lo veo, adolescentes aún los dos, compartiendo guateques los domingos en una cochera familiar que estaba debajo de su casa, en la bajada al barrio de San Juan. O en las marchas (con su hermano Manolo y su primo Susi, entre otros) hasta Plasencia La Vieja (o Villavieja, la de la imagen). O en las interminables sesiones en La Rana (o Cruz de los Caídos) donde pasamos tantos ratos al fresco y en pandilla. Cómo olvidar la mañana del 20 de noviembre de 1975, cuando llegó al parque cantando a voz en grito porque Franco había muerto. Quedábamos allí cada mañana para subir juntos hasta el instituto Gabriel y Galán, donde ambos estudiábamos COU. En Cáceres, donde hizo Derecho (que ejerció después con solvencia, desempeñando cargos de responsabilidad en el Colegio de Abogados), coincidimos ya menos. No fue mi mejor época. Compartía piso con amigos comunes (Antolín, Titi, Juanmi...) y de las fiestas que organizaban sabe más Yolanda que yo. Fue cuando conoció a Cati y de la capital se vino con un título universitario y, lo que es mejor, con una novia que acabó siendo la mujer de su vida y la madre de sus hijos. 
Este último año preguntaba cada poco por él a otro amigo, Paco Antón. O a Manolo, con el que coincidía en las vacunaciones de la covid. No volvimos a hablar. Uno se maneja mal en estas situaciones y no sabe cómo acertar. Me consta que luchó hasta el final. No quería irse. Era un tipo vital. 
Lo hablaba con otro de sus hermanos, Eduardo, el pequeño, que eligió la Filología, profesor en el IES antes citado. Resaltábamos su bondad. (Sonriente, y por aquello de conversar de otro tema, me dijo que algunos alumnos suyos, que antes lo habían sido míos, nos comparaban. Un honor, sin duda.)
No va ser fácil olvidar a Tomás. Ni uno ni nadie que tuviera la suerte de cruzarse con él. Por eso, a la pena de su pérdida se sobrepone esa sensación de alegría que contagiaba, aunque por desgracia ya no esté. 

6.2.22

500 epigramas griegos

No va uno a descubrir a estas alturas la excelencia de la colección Letras Universales de la benemérita editorial Cátedra (que diría Luis Alberto de Cuenca); comparable, en otro ámbito, a la acreditada Letras Hispánicas, de la misma casa. Es verdad que no todas las traducciones, con ser rigurosas y fiables, tienen el mismo regusto literario. Las hay, sí, demasiado planas, académicas y literales, al menos para mi gusto. Como no soy versado en lenguas, ni antiguas ni modernas y tampoco en la materna (el español o castellano, subrayo con orgullo), siempre he defendido la ejemplar labor de los traductores (excepciones mediante) y, en consecuencia, la traducción como género independiente. 
A esa segunda categoría, la de la traducción con gracia literaria (sin por ello perder, lo doy por hecho, el aludido rigor filológico) pertenece el libro Quinientos epigramas griegos, en edición bilingüe y traducción de Luis Arturo Guichard, poeta mexicano (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1973, residente en España desde 1997) y profesor titular de Filología Griega de la Universidad de Salamanca y codirector del Máster Título Propio en Creación Literaria de la misma institución educativa.
Confieso que para uno tal vez no haya un género literario (porque eso ha terminado siendo) más adecuado para expresarse en verso. Sería, me atrevo a decir, su quintaesencia. Si la poesía es, según entiendo y ante todo, concisión, exactitud y claridad, ¿dónde vamos a encontrar un modelo poético en el que se condensen mejor esas características que en el epigrama? Si hay un libro que me ha acompañado desde que empecé a leer poesía y a concebir, más tarde, la extraña aspiración de ser poeta, ese ha sido la Antología Palatina, un feliz descubrimiento gracias a otra colección memorable: la Biblioteca Clásica Gredos. 
“Cada epigrama es un pequeño universo que cuenta una historia completa en un puñado de versos, a veces en apenas dos, y que lleva al límite las capacidades expresivas de la poesía”, leo en la nota editorial, que muy bien podría haber redactado el propio Guichard, quien en la página 64 afirma que “cada epigrama es un pequeño universo que empieza y termina en sí mismo”.  
Por lo demás, que el epigrama comenzara siendo “una inscripción en verso para conmemorar una muerte o una ofrenda” no significa que haya quedado, ya decía, en eso. Los hay funerarios, votivos, eróticos, escópticos (satíricos), de adivinanza, de crítica literaria, descriptivos, narrativos, simposiacos (en torno a los banquetes), aritméticos, cristianos... Sí, “la variedad de temas y motivos de los epigramas griegos es casi infinita”. 
Como es norma en Letras Universales, el prólogo es extenso, informado y minucioso. Suelen pecar de excesivamente rígidos y académicos, pero este no es el caso. Debido a la manera de escribir del editor y a su inconfundible sentido del humor, se lee con placer y resulta muy ameno, sobre todo porque sabe muy bien de lo que habla. 
“Esta antología del epigrama griego –se nos indica en la mencionada nota– presenta un panorama completo del género, desde el siglo III a.C. hasta el siglo VI d.C., y muestra por qué el epigrama es una de las formas poéticas con mayor presencia en toda la literatura griega”. Estamos, pues, ante “la historia del epigrama literario antiguo en sentido estricto”.  Al género, su definición y características, dedica Guichard el primer capítulo de su pormenorizada introducción. Allí se nos habla de Marcial, al que Plinio dedica, con motivo de su muerte, una palabras sobre cómo era y escribía, que servirían para definirlo por primera vez. 
La brevedad, precisa Guichard, “parece haber formado parte de la magra teoría del género desde sus inicios”. Y cita a Platón: recomendaba que los epitafios no excedieran de las cuatro líneas. De ahí que se vea “obligado a la concentración expresiva, a la concisión y a la densidad, a un lenguaje pregnante y alusivo”. Luego matiza: “La repetición de las mismas formas con temas y contenidos diferentes es una de las claves del género epigramático: lo mismo pero siempre diferente”. Por eso otra de sus características es “el arte de la variación”, que produce “una consciencia de género”. 
En el segundo capítulo, “Epigrama inscripcional y epigrama literario”, empieza por aclarar que todos los especialistas están de acuerdo es en “el origen del epigrama literario como inscripción en monumentos de carácter votivo o funerario” y en que “desde sus inicios es escrito”. También que el funerario “estuvo siempre más desarrollado artísticamente que el votivo” y que “hay un momento en el que el epigrama se independiza del soporte y se va convirtiendo en un género poético autónomo”. A este tipo es al que suele llamarse “epigrama literario”, aunque más exacto sería denominarlo “epigrama ficcional”. El cambio se produjo “a comienzos del helenismo”. Su primer autor, Filitas de Cos, fundador de la poesía helenística y primer bibliotecario de Alejandría.
Nos explica Guichard, en lo que respecta a su transmisión, que nos han llegado a través de dos libros bizantinos: la Antología Palatina (catorce libros, unos 3.800 epigramas y alrededor de 23.000 versos)  y la Antología Planudea (2.400 epigramas y unos 15.000 versos), en la época moderna se ha denominado a la suma de ambas Antología Griega.
Al epigrama helenístico y a la “Corona” de Meleagro (otra antología) se dedica otro capítulo. En el centro, los epigramas eróticos y simposiacos. En ellos, el sujeto poético es un “yo”. Asclepíades (“el primer autor importante de epigramas”) y Calímaco (bien conocido por los lectores españoles gracias, entre otros, a las traducciones del mencionado poeta novísimo Luis Alberto de Cuenca), “los dos primeros maestros del nuevo subgénero”. Desde entonces el epigramático es “un género abierto”.
Va repasando después los nombres de todos y cada uno de los autores (28) que incluye en la antología. Datos biográficos y estilísticos que ayudan a lector a situarse. Hablo de Leónidas, Dioscórides, Meleagro, Argentario (“de origen hispano”), Filipo, Lucilio, Estratón, Páladas, Paulo Silenciario o Juliano de Egipto.
Mención aparte merece la inclusión de mujeres poetas o poetisas como Mero, Erina, Ánite y Nóside, para desarmar tópicos interesados. Sus poemas no son ni mejores ni peores que los de los poetas hombres. Normal. Cada cual decide.
A los poemas isopséficos (como los de Leónides, “en los que la suma de los valores numéricos de las letras griegas –que son numerales ellas mismas–  es el mismo en cada dístico, o el mismo en cada verso  si tienen dos”) y escópticos (como los de Lucilio, un poema que “ataca defectos corporales o de comportamiento”) de la Época Imperial se dedica otro capítulo. Y uno más a los epigramas eróticos y cristianos de la Antigüedad Tardía. Y ahí, Estratón y sus epigramas homoeróticos (que tradujo en su día otro poeta de los 70, Luis Antonio de Villena), Rufino y Páladas.
El siguiente apartado se ocupa de Constantinopla y del “Ciclo” de Agatías.
A los “otros mil quinientos años de epigramas griegos” se aplica el que le sigue. “En Occidente, claro está, el epigrama desaparece totalmente después del siglo V” y en el Renacimiento, con el humanismo, aparecen de nuevo.
Al ocuparse de “Esta edición”, Guichard recuerda el consejo de Andrew F. Gow, “uno de los mejores especialistas en epigramas del siglo XX”: “que nadie debería escribir sobre ese «libro desconcertante» que es la Antología sin haber pasado al menos la mitad de su vida estudiándolo”. «Veinte años trabajando en esto y obtengo un libro de cuatrocientas páginas», ha dicho por su parte el traductor.
Podemos añadir que es la primera vez que, en español, están representadas en un mismo libro todas las etapas del género. Además, en este se reúnen textos de todos los autores importantes y, a pesar de que el florilegio es manejable, hay “al menos un 10 por 100 del total de epigramas y de autores”.
En la selección, Guichard ha tenido en cuenta lo “establecido por la tradición y mi gusto personal” y ha aprovechado (esto no lo hemos comentado hasta ahora pero está aclarado en el prólogo), “lo mejor posible”, “los descubrimientos papiráceos del último siglo”. Hay epigramas de Posidipo, por ejemplo, que se traducen por primera vez al castellano.
Tras analizar el “texto griego”, esto es, la magna Antología Griega, aterriza en su traducción. Cree que ha abusado del uso de los dos puntos (por aquello de la “economía sintáctica) y confiesa que “no he intentado una fórmula métrica ni rítmica” y ha preferido “verter verso por línea”. “Al final –sostiene– la traducción de epigramas es una combinación de estructuras fijadas  por la tradición y simple y llana astucia, como la escritura misma de los epigramas según Marcial”.
Una amplia bibliografía y quinientas pertinentes notas (una por poema, colocadas al final del libro para facilitar la lectura de los epigramas) completan esta ejemplar edición. Eso y, por supuesto, los versos, lo más importante, que por su variedad de asuntos y de técnicas, nunca cansan.
Mucho ha subrayado uno al ir leyendo y muchos los epigramas que podría destacar. Lo mejor, sin duda, es que cada cual emprenda su particular lectura y que disfrute a su modo con esta maravilla poética a la que el tiempo no ha hecho más que engrandecer. Lo mantendré, desde ahora, a mano. Decía el poeta australiano Clive James que “Los versos ganan más de lo que pierden / si se traducen bien”, algo que se puede aplicar a la tarea lograda de Luis Arturo Guichard.
 
Quinientos epigramas griegos
Edición y traducción de Luis Arturo Guichard
Cátedra. Letras Universales. Madrid, 2021. 408 páginas. 17 €        

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.                        


3.2.22

2.2.22

Poesía canaria del paisaje


La Fundación Ortega Muñoz (con nuevo director, Javier González de Duranapublica un nueva entrega de su colección Voces sin tiempoHonda meditación de toda cosa. Poesía canaria del paisaje 1990-2020.

Sobre el libro

Se reúne en este volumen una selección de la obra de quince poetas canarios contemporáneos nacidos entre 1965 y 1980
(Melchor López, Juan Fuentes, Oswaldo Guerra Sánchez, Ricardo Hernández Bravo, María José Alemán Bastarrica, Alejandro Krawietz, Francisco León, Luis Lenz, Antonio Martín Sosa, Isidro Hernández, Bruno Mesa, Miguel Pérez Alvarado, Iván Cabrera Cartaya, Daniela Martín Hidalgo y Sergio Barreto) que han hecho de la vuelta al paisaje, esto es, de la reflexión del paisaje por medio de la palabra poética, uno de los ejes de su trabajo creativo.
En ellos se plasma no solo una visión poderosa y distintiva del espacio insular, sino la voluntad de recuperar una existencia verdaderamente humana, es decir, religada a las vibraciones esenciales y simples de nuestra vida. Y es que la presencia del paisaje en la poesía canaria —en la poesía hecha en Canarias— constituye algo más que un tema recurrente. Se trata más bien de una obsesión continuada y determinada por una profunda búsqueda trascendental.

Sobre los editores

Francisco León (Islas Canarias, 1970) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna y fue lector de español en la Universidad de la Bretaña Occidental (Brest, Francia). 
Ha publicado los libros de poemas Cartografía, Tiempo entero, Terraria, Dos mundos, Aspectos de una revelación, Heracles loco y otros poemas, que han sido compilados recientemente en Tiempo entero. Poesía reunida 1999-2016. Una muestra de su escritura diarística se recoge en el volumen Ábaco (Artemisa, 2005).
Ha editado la antología La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y la compilación de textos poéticos sobre Canarias El sueño de las Islas (Ediciones Idea, 2003). Ha sido incluido en antologías como Campo abierto. Antología 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005) o Poesía canaria actual (Ediciones Idea, 2010).

Jordi Doce (Gijón, 1967) Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctor en literatura comparada por la Universidad de Sheffield, ha publicado siete poemarios, el último de los cuales es No estábamos allí (Pre-Textos, 2016; mejor libro de poesía del año según El Cultural). Recientemente ha visto la luz la antología En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019.
Fue lector de español en las universidades de Sheffield (1993-1995) y Oxford (1997-2000), así como editor en la revista Letras Libres (2001-2004). Actualmente reside y trabaja en Madrid como traductor y coordinador de la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.
Codirige con el poeta Álvaro Valverde la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz.

Esta es la tarjeta que informa del acto de presentación del libro que tendrá lugar próximamente en La Laguna, Tenerife.



27.1.22

En Alejandría


La primera noticia que tuve del escritor judío nacido en 1951 en Alejandría André Aciman (famoso después por la adaptación al cine de su primera novela Call me by your name -Llámame por tu nombre, Alfagüara, 2018-, película dirigida por Luca Guadagnino que obtuvo el Óscar al 'mejor guion adaptado', obra de James Ivory) fue a través del traductor Xavier Farré. A finales de 2014. Publicó en su blog "La memòria d'un lloc", que era una cita suya. Me gustó mucho y me puse en comunicación con él. Unos días más tarde saqué una entrada en el mío titulada "Memoria de un lugar": «Xavier Farré, poeta catalán residente en Cracovia, (...) publica en su blog unas preciosas palabras del ensayista y narrador de origen sefardí, especialista en Proust, André Aciman. (...) "Escribo sobre un lugar, o sobre la memoria de un lugar. Escribo sobre una ciudad llamada Alejandría que dicen que he tenido que querer, y sobre otras ciudades que me recuerdan un mundo desaparecido al que creo que deseo regresar. Escribo sobre el exilio, el recuerdo, y el paso del tiempo. Escribo -así me lo parece- para reconquistar, para conservar y volver al pasado, aunque puede ser perfectamente que escriba para olvidar y para poner el pasado detrás de mí ".  Alejandría, Tánger, Plasencia...»
En un mensaje posterior, Farré me decía: «Sólo una cosa, André Aciman es ensayista y narrador. A pesar de no haber publicado ningún libro de poesía, sí que es realmente un enorme poeta. Es una lástima que todavía no se haya traducido su Salida de Egipto. Seguramente, voy a seguir poniendo alguna entrada más con citas de Aciman». Esta es anterior, pero elocuente. La tituló "Sobre André Aciman" y en ella escribe: «Tras leer Out of Egipt, de André Aciman, tuve una sensación de euforia, de esa pasión contenida del nuevo descubrimiento». Me ha pasado lo mismo. Su titulo definitivo en español es Lejos de Egipto, ha traducido el libro Celia Filipetto y lo publica Libros del Asteroide. 
Son una suerte de memorias de su infancia y primera adolescencia en la ciudad egipcia de Alejandría. Las de su familia sefardita con raíces turcas e italianas. No suelen gustarme los recuerdos infantiles y en las biografías y las autobiografías, sobre todo, me estomagan con frecuencia esas páginas que leo a regañadientes y deprisa. No es el caso. Desde el principio, la novela (cómo llamar a esto si no) engancha. La galería de personajes que transitan por ella es fabulosa y aquel mundo desaparecido vuelve a brillar con la preciosa luz mediterránea que tuvo. En especial, durante los veranos en Mandara. Fueron pocos años, es verdad (desde los años veinte hasta 1965), pero qué intensos. Por ahí desfila una bisabuela, dos abuelas (la santa y la princesa), el padre y la madre (sorda), los tíos (Elsa, Flora, Vili, Nessim...), vecinos y otros personajes secundarios... La hervaciana vida colegial (tan complicada), las distintas lenguas y culturas mezcladas en una ciudad cosmopolita por excelencia, las costumbre y los ritos... Ya digo, un mundo. Un microcosmos habitable gracias a la prosa de Aciman donde, como comentaba Farré, no falta la poesía. En el capítulo final, por ejemplo. Seis componen esta obra maestra, o eso me parece, que he recomendado a Yolanda. Sé que la disfrutará tanto como yo porque, salvadas todas las distancias, su infancia tangerina (con comunidad sefardita incluida) tiene algunos paralelismos. Dos ciudades, sí, de «las afueras de África», como diría otro alejandrino, Fabio Morábito, del que me he acordado mucho mientras leía este libro memorable que, dice Luis Alemany, es divertido definir como «un poco de Bella del señor, un poco de El cuarteto de Alejandría, un poco de Woody Allen, un poco de Marcel Proust, un poco de Isaac Bashevis Singer...» Según Mercedes Monmany, «unas memorias realmente deliciosas, llenas de comicidad, emoción y hechos extravagantes y geniales». Bien está. 

25.1.22

Extremamour

 

La GALERIE PHILOSOPHIQUE du designer JORGE CAÑETE propose une nouvelle exposition : EXTREMAMOUR, faisant suite à la résidence d’artiste extra-muros du photographe suisse PATRICE SCHREYER. Cette carte blanche lui a proposé de parcourir les paysages d’Estrémadure, en Espagne. Le poète estrémègne ÁLVARO VALVERDE les accompagne avec ses poèmes, dont certains écrits spécialement pour cette exposition.

Extremamour, une exposition de photographies et poèmes dédiés à l’Estrémadure.

Le photographe suisse Patrice Schreyer a eu carte blanche pour photographier l’Estrémadure de façon subjective. Son regard ne cherche jamais l’évidence, mais se veut une lettre d’amour visuelle et personnelle aux terres estrémègnes.

Le titre de l’exposition, Extremamour, est d’ailleurs un jeu de mots entre Extremadura (Estrémadure, en espagnol) et amour.

Après une résidence à Trujillo entre décembre 2021 et janvier 2022, le photographe a voyagé en compagnie de Jorge Cañete, le commissaire de l’exposition, à travers cette province méconnue qui renferme pourtant un immense patrimoine que bien peu de régions en Europe peuvent se targuer de posséder.

Les photos de l’artiste neuchâtelois témoignent de sa riche histoire où se mêlent les fantômes de Charles V, des conquistadors, l’ombre des villes de la Renaissance ou l’immensité de paysages encore préservés.



 ÁLVARO VALVERDE, un poète complice

Jorge Cañete a demandé au poète estrémègne Álvaro Valverde une sélection de ses poèmes pour accompagner la scénographie de l’exposition Extremamour. Certains ont d’ailleurs été écrits spécialement pour celle-ci.

Álvaro Valverde est né à Plasencia, en Estrémadure. Ses poèmes ont été traduits en plusieurs langues et son nom apparaît dans les plus prestigieuses anthologies de la poésie espagnole contemporaine. Il est l’auteur, entre autres, des recueils Una oculta razón (Prix Loewe, 1991), Más allá, Tánger (2014) et El cuarto del siroco (2018).Son premier roman, Las murallas del mundo, a par ailleurs été finaliste du prix du Café Gijón, ainsi que du prix d’Estrémadure pour la création de la meilleure œuvre littéraire.

INFORMATIONS PRATIQUES :

Exposition Extremamour, de Patrice SCHREYER & Álvaro VALVERDE, du 27 février au 19 mai 2022.

LA GALERIE PHILOSOPHIQUE par INTERIOR DESIGN PHILOSOPHY, 36 rue Haute, CH-1422 Grandson.

www.lagaleriephilosophique.com

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24.1.22

La poesía luminosa de María Victoria Atencia

Una luz imprevista. Poesía completa
María Victoria Atencia
Edición de Rocío Badía Fumaz
Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 2021. 568 páginas. 16 €
 
Atencia nació en Málaga y, pertinaz viajera, allí ha vivido siempre. Distinguida con múltiples distinciones, es miembro de distintas academias (fue candidata al sillón “n” de la Española) y consejera de varios institutos, fundaciones y centros culturales.
La aparición de su obra poética completa, que abarca libros publicados entre 1961 y 2011, coincide con su noventa aniversario.
Aunque en rigor no formó parte del Grupo del 50, por razones cronológicas pertenecería a esa generación literaria, la segunda de postguerra; a su sección “periférica”, como Gamoneda. Su primer libro es coetáneo de los de Brines o Valente. Sin embargo, por razones literarias se la podría adscribir a la siguiente, la de los Novísimos, con la que converge, tras quince años de silencio (que coinciden con la muerte de sus padres y de un compañero, piloto de aviación como ella), tanto en criterios estéticos como en lo referente a la publicación de libros, contemporáneos de los iniciales de Colinas o Carnero, quien da a conocer la poesía de Atencia al común de los lectores gracias a la edición de la antología Ex libris (Visor, 1984), el mismo año que ve la luz Compás binario en Hiperión.
Esas circunstancias y su gusto por las ediciones minoritarias y no venales (en la exquisita tradición tipográfica malagueña) la sitúan en un territorio confuso. Por ejemplo, su lirismo (levemente anacrónico) o la importancia que da al lenguaje (su poesía, de sesgo culturalista, a rachas barroca y preciosista, es del conocimiento) serían rasgos novísimos. Su espiritualidad, cada vez más acendrada, del 50. No obstante, más allá de didacticismos, la suya es una voz clara e independiente, dueña de un mundo propio, ajena a rígidos preceptos académicos.
Badía Fumaz distingue varias etapas en su obra. La primera abarca sus tres primeros libros: Tierra mojada, Arte y parte y Cañada de los Ingleses. La segunda, Marta & María, Los sueños y El mundo de M. V. La tercera, El coleccionista, Compás binario y Paulina o El libro de las aguas. La cuarta, De la llama en que arde, La pared contigua, La intrusa, El puente, A orillas del Ems, Las contemplaciones y Los niños. A esta podrían unirse sus tres últimas entregas: El hueco, De pérdidas y adioses y El umbral. Esta modélica edición (con notas al final e índices) incluye poemas de plaquettes como Trances de Nuestra Señora, así como inéditos y poemas de juventud.
Atencia escribe a lápiz. Después, borra y corrige. De esos dos momentos: surgimiento y depuración, emanan sus elegantes, sentenciosos poemas. Siempre pendiente de la “debida proporción” (“ante lo bello exacto”). “Maestra de la palabra exacta”, la llamó García Baena. “Con tendencia a la brevedad” y “al uso de verso blanco alejandrino”, apunta la editora, que destaca cuatro características: “tersura, concisión, equilibrio y serenidad”. Antonio Carvajal ha ponderado su perfección métrica y rítmica que se sirve no poco de la sintaxis y el encabalgamiento. Keefe Ugalde alude a su “poética de la atención”, realidad (“solo lo cierto cuenta”, ha escrito) y mirada, sin perder de vista la huella, el hueco y el vacío (“la existencia de la ausencia”) y el misterio (lo aparente y lo escondido).
Aprende en Eliot el uso del monólogo dramático y del correlato objetivo. De san Juan de la Cruz, Dickinson y Rilke, pongamos, mucho más.
Lo doméstico, la casa (donde no falta el mundo vegetal y el jardín), la infancia, los aromas, el agua y los objetos cotidianos (“huella de lo ausente”) son esenciales en esta poética autobiográfica y de la memoria que no desdeña el empleo del yo lírico (mediante personajes femeninos). Detrás, la “exploración de la identidad”.
El paso del tiempo es otro motivo de meditación, y la muerte (recurre al epitafio), asumida como “destino humano”. Una religiosidad “vivida” (de “verticalidad” habló González Iglesias), la reflexión metapoética y el amor (“ya que solo amor cuenta”) completarían, en lo básico, sus intereses. Estamos, sí, ante una obra poética imprescindible.

NOTA: Esta reseña se ha publicado, aunque con cincuenta palabras menos, en El Cultural. Doy aquí la versión íntegra. 

21.1.22

Manolo Peña

Lo primero que he visto al levantarme ha sido un mensaje de Santiago Antón donde me comunicaba la muerte de Manolo Peña ayer tarde. Hace unos días hablábamos los dos de él y recordábamos su llegada a Plasencia, a finales de los setenta, para ejercer como profesor en el entonces Centro Asociado de la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid, patrocinado por la Caja de Ahorros de Plasencia, que diez años después, en 1988, se acabaría convirtiendo en la Escuela Oficial de Idiomas de esta ciudad, en la que Manolo trabajó hasta su jubilación. Allí fue profesor mío, por cierto. De francés, para ser exactos. Había nacido en el precioso pueblo de San Martín del Castañar, en la salmantina Sierra de Francia. 
Como persona, era de un delicadeza llamativa. Muy afable. Cordial y cercano en las formas. Por eso, muy querido por quienes tuvimos la suerte de conocerlo y de tratarlo. 
Coincidíamos en actos culturales y en presentaciones de libros cada poco. La enfermedad no le doblegó. Acompañado casi siempre de su mujer, Puri Dacosta, compañera en el colegio "Alfonso VIII", donde se jubiló. Formaban una pareja estupenda. 
He elegido para ilustrar esta nota una fotografía donde se le ve abrazando a su hijo, el poeta Víctor Peña, el día de su boda con María Ponz. Se los ve a los dos felices. 
La persona que acaso mejor le conocía, Puri, lo ha resumido perfectamente en un breve mensaje: "Era una buena persona". Lo demás, sobra. 

20.1.22

Magrelli dixit

El poeta italiano Valerio Magrelli, que ha publicado hace poco en España El comisario Magrelli (Visor, traducido por Ernesto Hernández Busto), es el autor de estas anotaciones que proceden, según su traductor, Roberto Bernal, de "cuatro cuadernos (...) numerados 11, 12, 13 y 14". Estos escritos inéditos han aparecido en La Jornada Semanal

[11, 22]

La poesía es un hecho personal, íntimo, “aprisionado”, ni más ni menos como las pesadillas. El poeta está entre el sacerdote y el enigmista. La poesía es una pesadilla artesanal, artificio artesanal, pero pesadilla.

[14, 40]

Para mí, la mirada de quien escribe es la de un hombre que está a punto de ser arrollado.

[14, 69]

Quisiera estar muerto, pero no se puede tener todo en la vida.

[14, 105]

Hijo = murciélago que avanza en la oscuridad haciendo rebotar ondas-radio en la figura opuesta de su padre. Para no estrellarse contra él.

NOTA: El retrato de Magrelli está tomado de la revista Vallejo & Co.

18.1.22

Jose

Me entero a destiempo (ayer viajamos a Madrid) de la muerte de José Antonio Valencia (Jose para nosotros), el que fuera dueño -desde 1975- del famoso bar Español, situado en los portales de la Plaza Mayor de Plasencia. En mi memoria infantil y adolescente está, no obstante, al frente de otro bar, el Monterrey, ubicado en la calle de Rey, precisamente, que entonces aún se llamaba Marqués de la Constancia. Aunque olvido, tengo vivas imágenes de las visitas dominicales y festivas con mis padres para disfrutar de su maravillosa ensaladilla rusa; la que su mujer, Pache, cocinó durante años ya en el Español y que algunos tanto echamos de menos a pesar del tiempo transcurrido. 
Hemos sido clientes habituales de ese local. De hecho estrenamos el año con unos arroces de la casa. Ahora vamos a por la paella sabatina, que rara vez probamos porque se agota enseguida. Esta es una ciudad de rutas por los bares que la mayoría traza en función de las tapas que puede degustar en cada uno. 
Volviendo a Jose, destacaría de él su simpatía, nada forzada o profesional, y su saber hacer y estar, algo fundamental en alguien que está detrás de un mostrador, más allá de su condición de jefe o empleado. La indiscreción evidencia falta de oficio. 
Yolanda diría que era cariñoso, lo que sin duda secundo. No perdió, de cara al público, su natural alegre ni siquiera cuando la inesperada muerte de su hija en plena juventud se cruzó en el camino y les cambió la vida. 
Le gustaba el campo (era propietario de una finca) y en el bar, cuando aquello no era pecado, nunca faltaban, por ejemplo, las corridas de los San Isidro retransmitidas por Canal +. 
Siempre estaba pendiente de todo, con agilidad y diligencia, y eso no lo había perdido incluso estos últimos años en los que, ya jubilado y con la salud quebrada, se sentaba a diario en uno de los veladores de la terraza (donde solía comer con su esposa) y miraba cuanto ocurría a su alrededor con la consciencia de que ese negocio seguía siendo de alguna manera el suyo. No era así, cierto, pero su huella está presente en la forma de proceder de su hijo, Emilio, y se advierte en su nieto, Álvaro, que acaba de recibir, en nombre de su familia, el Premio San Fulgencio del Ayuntamiento placentino con motivo del primer centenario de la apertura del establecimiento. Mi pésame para toda la familia. 
En la fotografía del HOY, realizada por David Palma, se le ve (es el primero por la izquierda) junto a su hijo Emilio y algunos camareros, como Pedro, jubilado, y Fernando, ya fallecido, que tantas noches nos atendió cuando Gonzalo y yo llevábamos el Aula de Literatura y solíamos cenar allí con los escritores de paso. Una imagen, por cierto, que a los nostálgicos les recordará el antiguo diseño del local, más cálido y tradicional que el limpio y aséptico que hoy luce. 
En la pequeña memoria provinciana y placentina de estas últimas décadas no debería faltar un rincón para este hombre cabal a la altura de sus circunstancias, que acabaron siendo también las nuestras. Descanse en paz. 

14.1.22

Últimas lecturas de 2021

Lo dije en la entrada que dediqué a justificar mi participación en las listas de "mejores del año": no sólo dejas libros importantes atrás (no los has leído, no caben), sino que te llegan otros o por fin reparas en alguno perdido entre los que están apilados. Para entonces, claro, la nómina ya estaba enviada. Antes de recuperar varios títulos, copio la respuesta que ha dado el nuevo director de El Cultural, Manuel Hidalgo, a una pregunta de Nuria Azancot donde sale a colación el asunto de las dichosas nóminas: 
"¡Pues me gusta mucho hacer listas, soy fanático de las listas! Ya de pequeño, lo que más me gustaba de las vacaciones de Navidad, era encerrarme a hacer las listas de mis libros, películas y discos favoritos del año. ¡Las conservo en cuadernos que me traía mi tía de Biarritz!". Mi gozo, ay, en un pozo. 
Empezaré por un libro que mis compañeros de suplemento Irazoki y Blesa han votado y que yo no voté porque las normas dictaban que no podían seleccionarse florilegios (salvo de poetas extranjeros). Me refiero a Mi lado izquierdo. Antología poética 1989-2019 (Renacimiento), de Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959). No tengo que demostrar nada: sigo a este autor y reseño sus libros desde hace demasiado. Se puede comprobar en la bibliografía manejada por la editora del libro, Xelo Candel, que le menciona a uno en el preciso prólogo que precede a la muestra. No me cabe duda de que es un poeta imprescindible en cualquier lista (canónica o no) de la poesía española de finales del XX. Su voz es única y su independencia ejemplar. Si no se conocen sus poemas, ninguna forma mejor que la de empezar por aquí. 
Francisco J. Márquez (Jerez, 1983) reúne en Cantar de grillos (Libros Canto y Cuento) un puñado de versos sencillos (que no simples), escritos -diría él- "con minúscula", pero que tienen todo el encanto de la verdadera poesía. Así, "La terraza", "Cunetas" o "Palmera", que dedica a José Mateos, director de esta coherente colección donde uno siempre encuentra lo que espera.
Se comprende mejor después de leer otro libro de la misma casa, Mientras levanta el día, el segundo de Manuel Montero (Jerez, 1955), que va ilustrado por Ana Domínguez y lleva un prólogo (de los que conviene leer) de Pedro Sevilla, que lo sitúa lejos del "malditismo" y a favor de la esperanza, ese "anhelo activo", esa "fe de vida". Versos, sin duda, "claros y limpios, sin hojarasca", como los que componen "Identidad", "Ritmo" ("A paso lento / camino entre la gente / que tiene prisa") o "Lo vivido". Como pretendía, ha construido "un nido de palabras". Bien hermoso. 
Después de sorprendernos con su primera novela, Los montes antiguos (Periférica), Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), otro nombre necesario de la Generación de los 80 o de la Democracia, publica Ríos de Babilonia (Pre-Textos), otro hallazgo. Con la hondura y la elegancia que le caracteriza, compone un breve volumen donde cada poema es un libro en sí mismo. Me han encantado "Romanticismo", "Ríos de Babilonia", "La juventud de los hombres ilustres" ("Un poeta no es nada. No tiene nada."), "A propósito de la naturaleza", "Viento seco, trastorno y apariciones"... No, la nómina de su rica promoción no se agota en los nombres de siempre. Hablo de evidencias. Son compatibles para cualquier lector de poesía los últimos libros, pongo por caso, de Fermín Herrero (aún espera la reseña de En la tierra desolada en El Cultural) y de Felipe Benítez Reyes (del que reseñaré Un mentido color para la mismo revista). 
A esa hornada pertenece por edad Juan Peña (Paradas, Sevilla, 1961), otro que va por libre, y que con Yacimiento (La Isla de Siltolá) vuelve a dar en el clavo. El título es muy adecuado porque de restos arqueológicos (terracotas, jarrones, lucernas, vasos, etc.) convertidos en alta poesía de regusto clásico van estos versos escritos con la sabia naturalidad de un poeta auténtico con alma de arqueólogo. Un botón. "Servidumbre y grandor de lo que eres": "Nunca serás la casa, / pero habitas la casa. / Nunca serás el tiempo, /  pero estás en el tiempo. / No serás inmortal, / pero lo sabes". 
José Antonio Llera (Badajoz, 1971), un poeta que no se prodiga, acaba de ganar el XL premio Leonor en Soria por su libro Tanatografía. Antes de que aparezca, RIL edita El hombre al que le zumban los oídos. Del rigor de su poesía ya teníamos cumplida noticia. Los poemas en prosa de esta nueva entrega ponen en evidencia su particular modo de proceder. Estamos ante una poesía en los límites. Sin concesiones. Dura y cortante. En torno a obsesiones muy suyas, como la enfermedad. Y con una mayor presencia, o eso me parece, de la imaginación, lo que le lleva a usar un lenguaje surrealizante que no dejará impávido al lector y que tendrá una gran aceptación entre los más jóvenes, en la línea, pongo por caso, de Mario Obrero. 
El diplomático Ignacio Cartagena (Alicante, 1977) urde en Las cataratas de Nelson (Ars Poética) un artefacto narrativo al que no le falta poesía. Lo explica muy bien en "Nota de aclaración (y de disculpa)" que abre el libro y en la "Nota final" que lo cierra. Un yo literario que es y no es él mismo explica sus peripecias personales y familiares (por medio, un divorcio) a través de una serie de poemas logrados. Como es propio de alguien que trabaja en Asuntos Exteriores, el viaje es un tema omnipresente. Dos partes tienen que ver con eso: "Los telegramas cifrados" y "Doce poemas australes". Su poder evocativo y las atmósferas que consigue fijar dan fe del acierto de su apuesta. Un libro, sí, para lectores mundanos y cosmopolitas. 
Nos ocupamos aquí del primer libro de Xavier Guillén (El Masnou, 1981), quien ahora publica en Pre-Textos Amo de casa. "¿Puede ser la poesía / nostalgia de oficio?", se pregunta al evocar el de su abuelo: zapatero. Tal vez. No le falta al poeta que ha escrito "Mi hermana me saca de casa" (en otro poema le "saca" su mujer), "Sopas completas", "Pesca en hielo", "Mar y tiempo", "Segunda residencia" o "Musgo en la nieve", una serie de ocho poemas en prosa que cierra el volumen. La claridad, la ironía y la memoria ("Devuélvete al presente") son tres de las patas sobre las que se sostiene la segunda entrega de Guillén. No se cae. 
Con Pulso solar, Diego Vaya (Sevilla, 1980) consiguió el accésit del "Jaime Gil de Biedma". De este autor ya habíamos comentado aquí un par de libros de poesía y otro de ensayo que dedicó a la obra de pintor Luis Gordillo. Este se abre con la famosa cita de Borges que celebra que todos los días estemos un instante en el paraíso. Por ejemplo, cuando uno come fruta, ve a su hijo escribir por primera vez su nombre, acaricia la piel del cuerpo de la amada o constata su amor. También al ver fotografías de su madre, que regresa. Meditativo y hasta metafísico se vuelve en las partes tituladas "Horizontes", "Paraíso en obras" y "Rescoldos de sol", que cierra el poema "Lo que importa". Dan fe de la solidez de su apuesta. 

NOTA: Ilustra esta entrada un detalle de una "librería" del escultor Manolo Valdés. 

12.1.22

El mapa de una vida

El pasado mes de octubre visité el IES "San Roque" de Badajoz, que toma su nombre del popular barrio donde está ubicado. ¿El motivo?: la amable invitación para intervenir en el Proyecto Erasmus+ Cartoteca biográfica de autores europeos -BIO-Maps coordinado por ese centro (al frente, los profesores Marisi Fortuna, Esmeralda Tienza y Ángel Domínguez) y en el que participan institutos de Educación Secundaria de Covilhã (Portugal) y Budapest (Hungría), así como las universidades UNED de España, Instituto Politécnico de Oporto, en Portugal, y la Universidad ELTE de Hungría, además de la Asociación Europea de Geógrafos EUROGEO.
Fue un viaje muy placentero y me recibieron con una cordialidad digna de ser subrayada. (El director del instituto, por ejemplo, nos acompañó en todo momento, algo poco habitual.) 
La mañana fue intensa. Después de tomar un café con dulces típicos en la sala de profesores, estuve reunido con el alumnado de 2º de Bachillerato. Luego, con un grupo de 1º de la ESO. Los chavales, mayores y pequeños, se portaron extraordinariamente bien. Suele ocurrir. 
En medio, una larga entrevista con dos alumnas. A partir de esa charla (muy bien documentada, por cierto) y de mis respuestas a un extensísimo cuestionario que preparó el profesor Domínguez y a resultas del cual uno acabó conociendo hechos vitales que ni siquiera recordaba, por no decir que ni conocía, se ha confeccionado lo que presentamos ahora, el story map o mapa de mi vida (en minúsculo sentido histórico), verdadera finalidad de la experiencia. 
Creo que el resultado exige felicitar a los alumnos y profesores implicados. También, cómo no, a agradecerles su trabajo. Destaco los nombres del mencionado Ángel Domínguez, responsable de la Investigación biográfica y los textos, y de Isaac Buzo Sánchez, responsable de la Cartografía y del Story Map (y director del IES).
De aquel viaje a Badajoz (donde uno siempre regresa con gusto), no olvido tampoco la comida final. Por los ricos platinos que disfrutamos en el Sanxenxo y, sobre todo, por la animada y afectuosa conversación mantenida con el grupo de personas que tuvieron a bien acompañarme. Muchas gracias.